París

capV105La familia se entretuvo algunos días visitando Colonia, donde tomarían a continuación un tren para París. De esta manera, recorriendo las cautivantes tierras alemanas en diversas direcciones, fueron varios los aspectos que doña Lucilia y los suyos tuvieron la felicidad de apreciar antes de que la Primera Guerra Mundial ensangrentara Europa y destruyera los Imperios Centrales.

Quien no conoció Alemania, o cualquier otro país europeo en aquel tiempo, no sabe verdaderamente a qué grado llegó la civilización occidental de entonces. En el caso de Alemania, la grandeza, la distinción y el brillo se unían a los tan elogiados atributos germánicos del sentido de organización, de disciplina, además del característico candor, valores que doña Lucilia discernía, apreciaba y también practicaba. Sin embargo, las cualidades con las que sentía mayor consonancia eran las de un país vecino, Francia.

París

Sería en aquel París, donde las luces de la Historia todavía se hacían sentir en cada esquina, que doña Lucilia acabaría por recuperar enteramente la salud. Ya desde los primeros pasos dados fuera de la estación de tren, observó encantada aquellos edificios, incidiendo su primer análisis sobre la armonía de las líneas, a veces simples, pero siempre distinguidas. Poco después pensará: “¡Cuántas epopeyas y tragedias, cuántos dolores y alegrías, cuyos ecos influyeron sobre el mundo entero, impregnan estas paredes!”
La ciudad no le era del todo extraña a doña Lucilia. Sentía como si hubiera convivido con ella desde su primera juventud, por la asidua lectura de autores franceses y, especialmente, del “Journal de l’Université des Annales” (Revista francesa en la que sobresalía una sección que reproducía conferencias hechas por historiadores y literatos de renombre. Las mismas eran ilustradas con personajes vestidos según la época a la que el orador se refería); como también por el trato con familiares y amigos que, con frecuencia, iban a París por temporadas.

De esta forma, al ver muchos de aquellos edificios por primera vez, tenía la sensación de encontrarse con viejos conocidos, de los cuales había concebido una imagen ideal a través de las descripciones leídas u oídas. Con el paso del tiempo, su encanto por las tradiciones históricas apreciables en la magnífica urbe no haría sino crecer. El colorido de los vitrales de Notre-Dame, el reflejo de la luna sobre las blancas piedras de los monumentos, las aguas del Sena al fluir bajo unos puentes de bellísima cantería, dando la impresión de correr cargadas de reminiscencias; en fin, todo la maravillaba.
No era menor su admiración por el esplendor de aquella refinada sociedad de los últimos años de la Belle Epoque, que entonces alcanzaba su máximo brillo.

Además, inocente como un cordero y delicada como un armiño, le agradaba mucho apreciar las bellas sonoridades de la lengua francesa, que hablaba a la perfección.
En este París, a tantos títulos así amado, fue donde se estableció doña Lucilia durante algún tiempo, teniendo en vista también la formación de sus hijos.

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