Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

Debo aprovechar el tiempo que me queda para guiarte y aconsejarte

plinio_abogadoAunque la carta de don Eugenio Egas atestiguase las cualidades y la integridad de Plinio, doña Lucilia no aflojaría por eso en su deber de perfeccionar con unos últimos retoques la educación de éste. Por otro lado, como sufría continuos achaques, tenía la sensación de que no viviría mucho y deseaba presentarse ante el Divino Tribunal tras haber cumplido de modo eximio sus obligaciones maternas. Es lo que se puede observar en esta carta, tan característica de su afectuosa relación con ambos hijos, aun cuando se veía obligada a advertirlos. Como de costumbre, sabía transformar las reprensiones en suaves caricias.
Prata – 23-5-928
Plinio querido
Recibí ayer tu carta en la que me dices que F.V.  faltó al respeto por teléfono… no me dices cómo fue la cosa, pero, acuérdate bien, que yo ya te previne que debías
volver a su despacho o a su casa para tratar personalmente tu asunto, y lo hiciste por teléfono, lo cual no fue nada, nada correcto. Te olvidas de que a su lado eres un niño; que además de ser mucho mayor, es un señor bien colocado, y hasta adulado en la alta sociedad, y, además de eso, ninguno de nosotros, y tú menos aún, tiene intimidad con él para hablarle por teléfono sobre negocios, o darle razones por la larga tardanza en darle la respuesta atrasada, lo cual ya fue otra falta de delicadeza, de tacto, hijo mío. Ignoro lo que pasó entre ambos, pero con esto diste una muestra de falta de distinción, de
finura, en tu educación, y de nobleza en tus gestos o actos, o inclusive de deferencia de la juventud para con los mayores, y los que en esta vida ya alcanzaron una cierta
posición por su mérito personal o buena suerte. Sé que estoy desagradable hoy, querido mío, pero ahí va otra observación… ¡es mi deber…!: Hijo, durante un mes vas a sustituir al secretario del Instituto; no te olvides de que este tiempo es corto, y de que si tomas ciertos aires de superior y eres impertinente, midiendo las pequeñas cosas

Plinio joven congregado mariano

que hagan los otros, te harás antipático y hostil a todos, y cuando vuelvas a tu lugar, dirán que estás con cara de “becerro desmamado” (Así está en el original portugués. Es una expresión del lenguaje familiar para designar a alguien que queda mohíno como un becerro al que se le obliga a dejar de mamar de la ubre de la vaca), como dice el público de los presidentes de la república cuando dejan el poder. Sobre todo,
querido, es necesario que ejerzas este cargo con tanta puntualidad y acierto, y “sin distracciones” (Las palabras “sin distracciones”, doña Lucilia las subraya seis veces) que, cuando el secretario vuelva, no pueda hacerte observaciones desagradables para vengarse de tus correcciones de portugués, y ni siquiera Nova Gomes pueda tener un altercado contigo.
Te pido también, que trates a todos como te gusta ser tratado, ahí y en todas partes, ¡¡y nada, nada de “mandos”!! ¿Está bien? 

Ayer tuve de nuevo mareos, aunque no tan fuertes como los últimos, lo que me obligó a guardar cama toda la tarde, pero hoy me levanté. Como sabes, estos achaques son avisos de que debo aprovechar el tiempo que me queda antes del viaje, para guiarte y aconsejarte, querido de mi alma, y espero que no vayas a enfadarte y a estrujar mi pobre carta, ni poner malos ojos ¡cuando los tienes tan lindos cuando eres bueno! Estoy con tantas saudades de vosotros que no os lo imagináis. ¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos, y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido? Busca personalmente a Marcos y exponle la razón de la tardanza y después entiéndete personalmente con Waldomiro. (…) ¿Cuándo llega Antonio? Pretendemos ir el próximo miércoles. Como ves, no vale la pena que vengas sólo por dos días y te… aburras en este hotel vacío. Estoy cansada. Termino mandando saludos a todos y besándote, abrazándote y bendiciéndote mucho. De tu madre muy extremosa,

Lucilia

Besos a Rosée y Maria Alice y un abrazo para Antonio y para Rei.

Si estas líneas saliesen de la pluma de una persona corriente, podría elogiarse su profundo sentido común, cualidad rara en nuestros tumultuosos días. Pero, al saber que ellas brotaron del amor maternal de doña Lucilia, los consejos que transmiten más parecen ser fruto de una sabia y virtuosa prudencia, emanada del Divino Corazón de Nuestro Señor.

Una enfermedad interminable

Fue grande su solicitud cuando Plinio se vio atacado por una de esas enfermedades comunes en la infancia y en la adolescencia, no exenta por cierto de riesgos: las paperas.

Esta enfermedad fue especialmente penosa para él, no tanto por la gravedad del mal sino por la lenta convalecencia, verdadero tormento para un niño. Plinio no sabía que las paperas podían pasar de una parte a otra del organismo. Cuando se juzgaba cercana su curación pues los síntomas ya iban disminuyendo progresivamente y comenzaba ya a hacer planes para jugar en el jardín, todo empezaba de nuevo, para su desconsuelo, con la reaparición de las mismas incomodidades. Entonces era la hora del suave bálsamo de la resignación que sólo doña Lucilia sabía aplicar:
cap7_024— Hijo, ten paciencia, esto se pasa, como ya se ha pasado de este lado de la garganta.
Cuando estaba casi sano de la garganta, Plinio sintió una fuerte indisposición.
Su cuarto estaba al lado del de doña Lucilia y la llamó:
— Mamá, por favor.
Ella vino, afable y sonriente, y él le explicó qué era lo que estaba sintiendo.
— Hijo, —le dijo con una voz encantadora— las paperas se han pasado al aparato digestivo.
Él de nuevo tuvo dificultades para mantener la paciencia:
— Y, ¿para dónde más va a pasar esto? ¿Para los ojos, para la lengua?
— No, quédate tranquilo. Ahora es ya de verdad la última vez. Consuélate, voy a conseguirte un juguete. ¡Ten confianza!
Si otra persona le dijese “ten confianza, esto pasa”, él ciertamente no aceptaría el consejo con la misma resignación. Pediría que llamasen al médico, se quedaría inconforme. Pero ese “ten confianza”, dicho por ella, le transmitía de hecho una dulce serenidad de espíritu que lo tranquilizaba. El efecto comunicativo del timbre de voz materno ejercía una profunda influencia sobre el hijo.

Huellas de una caricia

Cierta vez, en el transcurso de una comida en casa de doña Gabriela, uno de los comensales notó que doña Lucilia tenía en el brazo izquierdo un pequeño moretón, fruto evidente de una contusión, mal disfrazada por una pulsera de marfil con incrustaciones de bronce. Al preguntarle la causa de la inusitada señal, doña Lucilia respondió con dulzura:
— Fue una caricia de Plinio.
Todos dieron una carcajada, y ella también se rió. Alguien le preguntó entonces por qué permitía por parte de su hijo tan truculenta prueba de cariño. Ella respondió:
— Rechazar una caricia de un hijo mío, nunca lo haré en la vida. Desde que no sea el mal, Plinio puede hacer lo que quiera

Años de grandes transformaciones

cap7_010Al finalizar la guerra en 1918, se inicia el período que los historiadores denominan “Entre las dos guerras”. Los armónicos acordes del vals son sustituidos por los estridentes y cacofónicos sones del jazz; los sobrios y graves carruajes tirados por caballos son suplantados definitivamente por el automóvil, que imprime un nuevo ritmo a la existencia; y las señoras, hasta entonces reinas del hogar, dan los primeros pasos hacia la igualdad de sexos. De golpe, las faldas suben de los tobillos a las rodillas, liberando los pasos de los largos y bellos vestidos de otrora; se iniciaba así, resueltamente, una caminata cuyo término final era —todos lo presentían— el impudor.
En aras de la moda y del pragmatismo, las señoras deciden cortar sus cabellos, hasta aquel momento largos y cuidadosamente peinados, como coronas que realzaban su dignidad. Nace entonces el estilo llamado “à la garçonne” (A la muchacho). El colorete y el lápiz de labios, que la dama celosa de su honor nunca usaría, irrumpen en las costumbres, hasta entonces recatadas. La risa, que antes ocupaba un papel discreto en la vida, pasó a ser considerada símbolo necesario de la felicidad —idea ampliamente difundida por el cine de Hollywood— relegando a un segundo plano, en las reuniones sociales, a todos los que no sabían contar chistes y no tenían el pseudocarisma de provocar una constante hilaridad.cap7_008

Un pequeño y conmovedor episodio ilustrará con nitidez la resistencia que ella oponía al espíritu “moderno”.

Doña Lucilia rechaza la nueva moda

En cierta ocasión, durante una comida de la cual participaban amigos y parientes, todos intentaban convencer a doña Lucilia de que se cortara el cabello à la garçonne y se pintara, pues era la única persona de aquella rueda social que no adhería a la nueva moda. Tal vez su mansa pero inquebrantable persistencia en la fidelidad a las antiguas costumbres redundara en cierta fricción moral con los más allegados.
Mientras pudo, durante la conversación, doña Lucilia fue esquivando hábilmente el problema, para no mostrarse desagradable a los visitantes; sin embargo, éstos proseguían su incómoda insistencia. En determinado momento, notando que las presiones pasaban del límite tolerable en un asunto sólo concerniente a ella, reaccionó, como tantas veces hacía, guardando un expresivo silencio. Sentado a su lado, Plinio, entonces con aproximadamente doce años y de natural locuaz y afirmativo, asistía callado a toda la conversación; no les estaba permitido a los menores hablar en la mesa. Encantado con su madre, y notando en ella cómo su presentación externa se adecuaba al noble interior de su alma, al darse cuenta del silencio al que ella había optado decidió intervenir para sustentar la buena posición. Apartó su silla y, arrodillándose afligido ante doña Lucilia, cariñosamente imploró:
— Mamá, ¿me promete que no se cortará el pelo ni usará lápiz de labios?

Enternecida con la actitud de su hijo, se volvió hacia los presentes y, bromeando, concluyó suave y amablemente la discusión:

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…ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

— ¿Ven? Plinio no quiere que me corte el pelo. Entonces no me lo voy a cortar…
Un silencio general se hizo en la sala. Y nunca más ni los familiares ni las amigas trataron este asunto hasta el final de los largos días de doña Lucilia. Cuando, por última vez, sus hijos la vieron yaciente en su ataúd, ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

Preparando a sus hijos para la Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Los años pasaban, los niños crecían, y se acercaba la hora de que hicieran la Primera Comunión. El ambiente de auténtica piedad y ardiente fe que doña Lucilia fomentaba en casa era sin duda la mejor preparación. Además, su desbordante benevolencia ayudaba a los niños a comprender que, por encima de ella, Nuestro Señor Jesucristo, habiendo derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por la salvación de las almas, les quería infinitamente más que su propia madre.
A partir del momento en que les habló de la Primera Comunión, ella les dio una alta idea de la grandeza de ese augusto acto. Consiguió también que el Vicario de la Parroquia de Santa Cecilia les impartiese a Rosée, Plinio e Ilka, un curso de catecismo.
Con el paso de los días, doña Lucilia notó que los niños estaban sacando mucho provecho de las clases. Sumamente complacida, les daba algunas explicaciones y les preguntaba sobre ciertos puntos. Narraba también trechos de la Historia Sagrada de manera tan elevada y entretenida, y con tanta unción, que les infundía
un gran respeto por los personajes bíblicos.
Se imaginaba cómo sería Palestina. Por ejemplo, describía las arenas de los desiertos de Tierra Santa, marcadas por sublimes recuerdos. El modo de pronunciar ella ciertos nombres: “Mar de Tiberiades…” daba, a quien lo oía, la impresión de estar viendo las olas del mar y, en ellas, reflejada la figura del Salvador.
Hablaba mucho de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Los actos de Él eran mostrados siempre como algo sereno y comedido, llenos de significado, de una sabiduría que transcendía de lejos a todo cuanto hay en el mundo; sus actitudes, como expresiones de suma majestad y superioridad absoluta. A la Santísima Virgen, doña Lucilia la presentaba como afable, bondadosa y desbordante de cariño.

“No quiero que estéis pensando en la fiesta…”

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Llegó, por fin, el gran día para Rosée, Plinio e Ilka. En aquella época, era costumbre en las familias dar una gran fiesta para los niños que por primera vez se acercaban a la Sagrada Mesa, invitando a los hijos de parientes y amigos. Doña Lucilia, por el contrario, llamó a sus hijos y les dijo:

Hijos míos, la Sagrada Comunión es el acontecimiento más importante de la vida después del Bautismo. Por eso, no es conveniente que en este día estéis pensando, desde la mañana, principalmente en la fiesta, ya que desvía la atención de la Eucaristía.
Y transfirió las conmemoraciones sociales de esa gran fecha para el día siguiente, a fin de que los niños se compenetrasen bien de la excelencia del acto y, de esta manera, no se les perturbara en su recogimiento interior. Por el mismo motivo, los dejó hasta la noche con la ropa de la Comunión, la cual era según las costumbres de la época para el niño un Eton traje inspirado en el uniforme del famoso colegio inglés del mismo nombre y para las niñas un vestido de novia, pues Nuestro Señor Jesucristo es el Divino Esposo de las almas vírgenes.
No es de extrañar que el Dr. Plinio, al recordar aquel momento bendito entre todos en el cual recibió por primera vez al Divino Redentor, comentase: “Mamá fue la luz de la preparación para mi Primera Comunión”.

“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.

“Mirad cómo Él está llorando por vosotros”

5011_M_fa921190aLa conformidad de doña Lucilia con el espíritu de la Iglesia la hacía eximia cumplidora de las prácticas religiosas. En aquellos tiempos, impregnados aún de la benéfica presencia de San Pío X en el Solio Pontificio, la liturgia enriquecía con todo su sacro esplendor las solemnidades religiosas conmemorativas de los principales misterios de la Fe. Los fieles se asociaban a tales celebraciones, ya por el ejercicio de las prácticas y devociones recomendadas por la Iglesia ya por la asistencia a los oficios divinos. Doña Lucilia, siempre que se lo permitía su frágil salud, comparecía a éstos piadosamente.
Sin embargo, no se limitaba a eso. En casa, procuraba crear el ambiente propio a las diferentes fiestas del calendario litúrgico. Tal era el caso, sobre todo, de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua.
Durante la Semana Santa, no sólo en las iglesias sino también en los hogares —como era tradición en todas las familias católicas— se cubrían con tejidos morados las imágenes y los crucifijos, se suspendían los entretenimientos de los niños, los mayores se abstenían del juego, la mayoría de las personas se vestía de luto, y todos hablaban a media voz en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Doña Lucilia congregaba a los pequeños a su alrededor y les explicaba, con mucha gravedad, cada paso de la Pasión, haciéndoles ver las funestas consecuencias del pecado. Con el objetivo de hacer que sus pequeños oyentes se compadeciesen de Nuestro Señor, les mostraba grabados piadosos y, en palabras accesibles a la comprensión infantil, les decía:
— Mirad cómo Él está llorando por vosotros. Está también llorando por los demás, porque sufrió por todos…
El Viernes Santo reunía a todos los parientes que vivían en su casa y, a las tres de la tarde, organizaba una vigilia de oraciones ante un crucifijo heredado de su recordado padre.
Doña Lucilia daba inicio al acto con la letanía al Sagrado Corazón de Jesús; seguía la letanía a la Virgen; después pedía por el alma de éste, de aquél, no había persona fallecida en la familia, por cuya alma se olvidase de rezar. Intercalaba las oraciones vocales con intervalos de oraciones en silencio, y todos permanecían en actitud de recogimiento. Nadie se atrevía a salir antes de terminar.
Tras las graves tristezas de la Semana Santa venían, a partir del mediodía del Sábado Santo, las triunfales alegrías de la Resurrección, que ella se encargaba también de transmitir a los niños. En varias esquinas de la ciudad se veía la tradicional quema de Judas, en la cual los niños vengaban la traición mil veces infame cometida contra Nuestro Señor Jesucristo.
Desde el sábado, doña Lucilia organizaba el paseo del día siguiente, donde no faltaban los manjares y golosinas tan del gusto de los niños y cuya preparación siempre dirigía.

Domingo de Pascua en el Parque Antárctica

Parque Antártica

Parque Antártica

Desde que salía el sol, el día se anunciaba como un inocente y feliz Domingo de Resurrección de los lejanos años de 1915 o 1916. La víspera, como todos los años, doña Lucilia llenaba una cesta de mimbre con huevos de Pascua, bebidas y bocadillos, dado que era costumbre en la familia llevar a los niños de pic-nic.
En determinado momento, se abría la puerta del palacete Ribeiro dos Santos y, bajo la vigilancia de las institutrices, salía un tropel de niños que, apiñados en taxis, iban en alegre algarabía por las calles de los Campos Elíseos, tan apacibles entonces. Junto a ellos, amparándolos con su diligente y tranquila presencia, iba doña Lucilia. En general escogía el Parque Antárctica para la fiesta al aire libre.
Llegados al lugar, daba libertad a los niños para que fuesen a jugar por las diferentes alamedas ajardinadas, cubiertas por la sombra de imponentes árboles. Mientras los pequeños se dispersaban, las institutrices, bajo la orientación de doña Lucilia, escondían entre la vegetación apetitosos sándwiches de sardinas portuguesas, lomo de cerdo, jamón y queso, con rodajas de huevos duros, además de los huevos de Pascua de chocolate o de azúcar cande, envueltos en papeles plateados. Estos últimos ofrecían la agradable sorpresa de contener bombones.

Cuando todo estaba listo, los niños acudían alegres a la voz de doña Lucilia, que los llamaba para que vinieran a descubrir aquellas delicias. Venían veloces. Plinio, nada entusiasta de carreras, se quedaba atrás, pensando consigo mismo: “Mamá me echará una mano”. Mientras los otros, con avidez, iban en busca de los tesoros culinarios escondidos, y las manifestaciones de alegría eran señal de haber sido encontrados los primeros manjares, él se acercaba a doña Lucilia, que complacida observaba toda aquella vivacidad infantil, y le preguntaba:

Parque Antártica

Parque Antártica

— Y entonces mi bien, ¿dónde están las cosas?
Cariñosamente ella respondía:
—Filhão (Se pronunciaría filión. Es el aumentativo de la palabra portuguesa filho, hijo, con la cual doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio de manera cariñosa), ¡hay que buscarlas!
Poco después volvía a insistir:
— Pero, no sé dónde pueden estar.
Entonces, mirando en la dirección en donde había algo escondido, sonreía diciendo:
—Filhão, mira a ver si encuentras alguna cosa por allí.
Confiante en que el consejo materno siempre indicaba el camino seguro, seguía el rumbo trazado por la mirada de doña Lucilia. Ella permanecía sentada observándolo. Si tardaba en encontrar las deseadas golosinas, se levantaba e iba hacia él que, siempre muy enfático, nuevamente le decía:
— ¡Mi bien! ¡No estoy encontrando los huevos! Dígame donde están, que no
los estoy encontrando…
— ¡Busca, busca! Mira un poco por ahí.
Al final, Plinio descubría algunas delicias, que, por supuesto, eran sus predilectas, escondidas especialmente para él… En seguida abrazaba y besaba a doña Lucilia como expresión de filial agradecimiento. Seguidamente ella le ordenaba con afecto:
— Vete a jugar, hijo mío.
* * *
señoradoñalucilia_009Con su placidez y serenidad, en medio de aquella inocente alegría, doña Lucilia enseñaba a los niños a buscar la verdadera felicidad sólo en aquellas formas de placer que conservasen y desarrollasen un bienestar sólido, tranquilo, agradable, y sonriente. No valía la pena sacrificarla por nada que trajese perturbación, aun cuando esto pudiese producirles una pseudo alegría.
Era incompatible con modos de ser febriles y agitados. Ayudaba a eso el equilibrio de su temperamento, siempre recto ante la fruición y verdadero símbolo del orden. Como consecuencia de eso, su alma era ávida de todo cuanto es bello y maravilloso, creando a su alrededor una aureola de sublimidad. Testigos de entonces no dudan en afirmar haber observado en más de una ocasión que, estando doña Lucilia en alguna sala, el ambiente era uno; cuando ella salía, cambiaba completamente. Por eso los niños de la familia buscaban tanto su compañía, y para no frustrar los anhelos de los pequeños, no ahorraba esfuerzos en la preparación de las fiestas infantiles.

“¡Queremos historias de tía Lucilia…!”

doña_lucilia_cTodos los jueves por la noche, la mayor parte de la familia se reunía en la residencia de doña Gabriela para una larga y ceremoniosa cena. Los niños comían en una dependencia secundaria y, naturalmente, acababan antes que sus padres y tíos. En ese momento, estando la casa llena de chiquillos, éstos llamaban a doña Lucilia:
— ¡Queremos historias de tía Lucilia, queremos historias de tía Lucilia!
Y ella, sin dejar de ser muy cariñosa, hacía valer el principio de que los mayores no deben ser interrumpidos por los jóvenes. Con lo cual, éstos no podían entrar en el comedor mientras los adultos no terminasen. Del lado de afuera, a través de la puerta entreabierta, los pequeños hacían carantoñas a doña Lucilia, para conseguir que fuese en seguida a estar con ellos. Ella no les respondía, y continuaba comiendo tranquilamente. Cuando acababa, decía muy complacida:
— Vamos al escritorio y os cuento alguna historia.
El aposento quedaba apiñado de niños, todos contentísimos…

Los maravillosos cuentos de hadas

Mientras los adultos proseguían en el comedor su conversación sobre asuntos de actualidad, doña Lucilia se recostaba en un diván del escritorio de su esposo y los pequeños literalmente se trepaban a su alrededor, incluso hasta por detrás de su cabeza.
Para doña Lucilia, preservar la inocencia de los niños no era sinónimo de mantenerlos indefinidamente en la infantilidad. Al contrario, procuraba hacer que dicha preservación les ayudara a madurar su espíritu, y con esa intención modelaba los cuentos de hadas, lo que constituía una de las principales atracciones de sus historias.

cap6_019La inocencia conduce al alma infantil a ver todo en proporciones fabulosas.
Los cuentos maravillosos son indispensables para refinar el sentido artístico, elevar el espíritu, aguzar la perspicacia y estimular sanamente la imaginación. Doña Lucilia sabía contarlos con notable tacto y buen gusto, evitando que los niños se colocaran como participantes de la trama, pero llevándolos, en cambio, a deleitarse con la felicidad ajena y a encantarse con la perfección en todos sus aspectos: moral, cultural y artística. De esa forma, al sentir el choque con la vulgaridad de la vida, entenderían que no debían olvidarse de los hermosos ejemplos de las historias de su infancia.

El Gato con Botas, el Marqués de Carabás y la Cenicienta

El fino sentido psicológico de doña Lucilia le proporcionaba un conveniente conocimiento de sus hijos y sobrinos. Tras discernir lo que más falta les hacía, lo incluía con tino en la literatura. A fuerza de quererlos, acababa ajustando los cuentos a sus mentalidades y a sus deseos. Así, por ejemplo, en el cuento del Gato con Botas, destacaba que el Marqués
de Carabás se había convertido en propietario de un inmenso y soberbio castillo. El bello carruaje que había adquirido, ornado con plumas multicolores, conducido por postillones impecablemente vestidos con la librea propia de su casa y tirado por fogosos corceles, atravesaba extensos y dorados trigales, mientras el sol, al pasar por sus abombados cristales, producía bellos reflejos. A medida que avanzaba el carruaje, una suave brisa hacía que los trigales se doblaran levemente, dando la impresión de que se inclinaban como cortesanos que querían reverenciar al marqués, su señor, al verlo pasar.
Doña Lucilia descubría a sus jóvenes oyentes la belleza de la caridad, al contarles que el marqués de Carabás llevaba consigo una bella bolsa repleta de monedas de oro para distribuirlas, con magnanimidad, entre los campesinos que respetuosamente lo saludaran por el camino. Después explicaba cómo éstos agradecían con veneración la dádiva del marqués.gato
Para Plinio, insaciable en su deseo de conocer la forma de ser, las costumbres e incluso los objetos de uso personal del noble marqués, doña Lucilia no dejaba de añadir un nuevo detalle cada vez que narraba la historia. Así, si su hijo le preguntaba.
— Mamá, ¿la bolsa del marqués tenía flecos?
— Si, filhão, los hilos eran muy finos y muy bonitos…
— Pero, mamá, ¿alguna piedra adornaba la bolsa?
— Claro que sí, hijo mío. El cierre tenía un bello topacio dorado, que contrastaba con el cuero oscuro de la bolsa.
Otra noche salía a relucir el cuento de la Cenicienta, muchacha huérfana de madre cuya madrastra era una malvada. Doña Lucilia describía los defectos morales de esa arpía, que frecuentemente golpeaba a la hijastra por envidia de sus dotes. Y estimulaba en los niños la pena por la infeliz muchachita que había perdido a su buena madre. A lo largo del cuento narraba, con abundancia de pormenores, la escena en que los servidores del príncipe le probaban a Cenicienta el zapato de cristal, mientras la envidiosa madrastra quería impedirlo… Delineaba el cuadro de una joven glorificada, después de salir de una profunda humillación.
De esta forma, doña Lucilia ayudaba a los niños a comprender las vueltas que da la vida.
Tal era el atractivo de esos cuentos que a veces un cuñado de doña Lucilia iba al escritorio y, fingiendo leer el periódico, escuchaba embelesado aquellas maravillosas narraciones que, seguramente, le causaban saudades de su lejana infancia.

En las enfermedades, una alegría que mitiga el dolor

Plinio y RoséeEn las enfermedades, la preocupación de doña Lucilia era serena pero vigilante.
Daba preferencia a la homeopatía, cuya acción suave se adecuaba bien a su modo de ser. Cuando era necesario, tanto para ser asistida en sus dolencias como para solucionar las pequeñas incomodidades de sus hijos, consultaba a un excelente médico homeópata en el que tenía mucha confianza, el Dr. Murtinho Nobre, que atendía también a doña Gabriela y a otros familiares.
El Dr. Murtinho será médico de la familia durante casi treinta años, a lo largo de los cuales, por encima y más allá del mero servicio, se creará entre ellos un vínculo de auténtica amistad.
Habitualmente, al recibir los medicamentos recetados por el Dr. Murtinho a los niños, doña Lucilia escribía los nombres en pequeñas hojas de papel; después anotaba en otra las horas en que el enfermito debía tomarlos. Quería estar segura de no olvidarse de ninguna dosis.
A la hora debida, entraba en el cuarto sonriendo, trayendo en la mano los frasquitos. Rosée o Plinio, conforme el caso, se sentían reconfortados tan sólo con verla llegar tan afable, comunicativa, llena de promesas de que la medicina curaría, y extremamente cariñosa en el modo de administrarla.
En esas horas, era tan bondadosa con los niños que muchas veces los familiares bromeaban:
— Lucilia trata tan bien a sus hijos cuando están enfermos que no tienen ganas
de curarse.
SDL_casamientoA este conmovedor procedimiento sabía unir también otro auxilio: la exigencia en el cumplimiento de los preceptos médicos.
En determinados momentos del día entraba con el termómetro, a fin de tomarle la temperatura al joven enfermo. Por más que éste afirmase que ya estaba bien, para poder salir de la cama, doña Lucilia le colocaba la pequeña barra de vidrio bajo el brazo y, después de unos escasos minutos contados por el reloj, que parecían una eternidad al pequeño, recogía el instrumento y se acercaba a la ventana para verlo mejor. Llegaba el momento de oír el veredicto de los labios maternos, que no raramente era de condenación: la terrible columnita de mercurio había subido hasta 38 grados o más. A veces él se impacientaba, y doña Lucilia, con todo su afecto, intentaba calmarlo explicándole las razones por las cuales debería estar más tiempo en la cama. Cuando ella salía del cuarto, el ánimo del niño estaba de nuevo serenado.
Doña Lucilia notaba que sobre todo Plinio se enfadaba mucho con esa rutina: “Si no me pusiese tantas veces el termómetro, la fiebre no subiría así…”, pensaba el niño. Para evitarle ese pequeño sufrimiento, su madre se limitaba, en algunas ocasiones, a ponerle su refrescante mano en la cabeza. Al menos no tendría la desagradable sensación de que el termómetro prolongaba su enfermedad. Y si ni por eso bajaba la fiebre, algo que en él antes hervía se apaciguaba. Ese efecto se acentuaba cuando, en un tono de voz propio a inspirar confianza, su madre le recomendaba un poco más de paciencia, pues el poquito de temperatura febril terminaría por bajar.
Al desaparecer los síntomas de la enfermedad, doña Lucilia tampoco exageraba la alegría, limitándose a decir:
— Bueno, hijo mío, ya te puedes levantar.
Ayudaba al niño a salir alegremente de la cama, pero sin manifestarse demasiado contenta por recelo de que los excesos pudiesen llevarlos a imprudencias.
Constituía éste otro procedimiento en el cual el equilibrio entre el dolor y la alegría era dosificado con sabiduría e inculcado en el alma de sus hijos de forma didáctica.