Acción de presencia elocuente

Discreta al expresar en palabras sus sentimientos más íntimos, Doña Lucilia poseía, no obstante, una acción de presencia comunicativa que envolvía de afecto a aquellos que se aproximaban a ella, e incluso impregnaba los objetos de su uso.

Yo noto cierta dificultad –muy explicable– de parte de los más jóvenes en darse cuenta de  cómo una persona tan rebosante de sentimientos como Doña Lucilia fuese tan reservada al expresar esos sentimientos en palabras. Entonces, yo quería dar una explicación a ese respecto.

Mudanza de la mentalidad humana: de la polémica a la espontaneidad

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Hasta mediados del siglo XX se gustaba de polemizar y, por lo tanto, las personas admiraban a quien fuera un luchador. Por esa razón, era bonito y propio al hombre tener el control de sí mismo, darse cuenta de todo lo que pensaba, vigilar lo que sucedía en su exterior. Bajo algunos aspectos, esas características estaban para el conjunto del hombre como las torres están para una fortaleza medieval. Ellas serían las torres de la mentalidad humana. Churchill (1) fue de los últimos hombres de ese género. Clemenceau (2), Hindenburg (3 )y Ludendorff (4), sin duda alguna eran así. Sin embargo, la era de la polémica cedió el lugar a la era estilo Kennedy (5). En esa transición, pasó a ser bonito algo
diferente del autocontrol: la espontaneidad. El hombre ya no se da cuenta de lo que piensa, sino que deja correr las cosas, pensando lo que se le venga a la cabeza. Tampoco le importa mucho lo que dice. En el fondo, se trata de la negación del dogma del pecado original: todos los hombres son buenos y no necesitan controlarse. No necesitan controlar sus pensamientos y, por lo tanto, no necesitan controlar sus palabras, porque los demás siempre las recibirán bien. La espontaneidad se volvió el modo de ser habitual de las personas.

Sentimientos inefables transmitidos por la acción de presencia

Eso es lo contrario de aquello a lo cual yo fui habituado. En mi juventud, y a fortiori en el tiempo de Doña Lucilia, impresionaba en un hombre el hecho de que él tuviese dominio de sí mismo, de que se notase un espacio de respeto y reverencia entre lo que él pensaba y lo que consentía en pensar, y entre eso y lo que él decía. Sus palabras salían amoldadas a cada interlocutor, para producir el efecto deseado.
De una persona así se decía: “¡Ese es un hombre!” El espontáneo, por el contrario, se desacreditaba: “¿Ese es espontáneo? ¡Entonces no es civilizado!” De ahí resulta que, muy frecuentemente, la persona era llevada a guardar sus sentimientos más íntimos y más delicados, juzgándolos inefables, superiores a cualquier expresión. Y sabía hacerlos sentir, no por medio de palabras, sino por la presencia.

 Las señoras y los señores antiguos tenían mucha presencia y, por medio de la presencia, decían una serie de cosas demasiado delicadas para ser transmitidas verbalmente. Para usar una expresión que un día oí de un francés, ciertas confidencias muy íntimas se dicen en voz baja entre dos personas, una a la otra, aun cuando estén a solas. Es decir, sentimientos muy elevados, muy internos, se expresan más por la presencia, por la actitud, por un gesto, que por la palabra.

Silencio lleno de cariño y atención

3p186Ahora bien, si hay una persona que en mi modo de sentir tenía presencia, esa persona era Doña Lucilia. Y una presencia que rebosa incluso en las molduras de sus cuadros. Quien trató a mi madre sabe cómo ella manifestaba consideración, gentileza, atención, estima hacia alguien, sin decir esas palabras de amabilidad que se acostumbran a usar hoy.
Un miembro de nuestro movimiento me contó en cierta ocasión las impresiones que tuvo cuando la trató en el período de mi enfermedad (6), cómo mi madre era comunicativa sin necesidad de decir, por ejemplo: “Lo aprecio mucho”, “le tengo mucha simpatía”. Ni siquiera quedaría bien que ella lo dijese, pues sería redundante. Ya estaba dicho. Es como yo la sentía.
El shake hands (apretón de manos) caluroso de nuestros días no cabía en ella. La comparación incluso suena absurda, de tal manera estaba distante de su modo de ser. Sin estrangular los dedos de nadie, al dar la mano Doña Lucilia ya decía toda una serie de cosas. Eso explica por qué, en la convivencia con ella, yo me sentía —no digo a pesar de sus silencios, sino dentro de sus silencios, en la ausencia de elogios— acariciado de punta a punta, desde el primer momento de su contacto hasta el último. E incluso cuando salía de casa me sentía acariciado, tanto cuanto cabe de una madre hacia un hijo. Pero sin que ella
tuviera que decir nada. Me da la impresión de que, el tener que decir, es algo de tiempos más recientes, corresponde a la era kennediana. Las cosas que se dicen no son las más importantes. Lo que se es, lo que se comunica así, es, de lejos, lo más importante.

Chales que guardan el perfume de una presencia

Lucilia004Los que conviven conmigo me vieron enfrentar mil dificultades. Las dificultades conllevan riesgos, y yo sé bien que los riesgos entre los cuales estoy caminando van en un crescendo. Sin embargo, gracias a Nuestra Señora, nunca me vieron retroceder. Más aún, ¡nunca me vieron dejar de ser el primero en percibir una salida arriesgada y entrar por ella! ¡Si un riesgo es necesario, el primero en percibir la necesidad del riesgo y lanzarse en él, soy yo! Pues bien, tal era la acción de presencia de mi madre, y a tal punto esa acción de presencia penetró los objetos que le pertenecieron, que hasta hoy no tuve el coraje de ver la colección de varios chales suyos que están guardados en un armario, por temor de emocionarme demasiado. Vean la fuerza de una acción de presencia. El otro día, pensando que yo no lo supiera, alguien me preguntó:
– ¿Ud. sabe que en el armario están guardados algunos chales de Doña Lucilia?
– Sí, lo sé.
– ¿No quiere que se los lleve hasta la sala de trabajo, para que Ud. los vea?
Yo pensé conmigo mismo: “Es una pregunta embarazosa y no sé si él comprenderá la respuesta. Pero tal vez yo no haga bien mis trabajos después de haber visto esos chales”.
Entonces respondí:
– ¡No!
Poco a poco me voy preparando para ver esos chales. Cuando eso suceda, quiero verlos solo, en mi sala de trabajo, junto al Quadrinho (7). Si Nuestra Señora así dispone, llegará el momento. Yo me sentiré, en esa ocasión, respetado y acariciado como solo Doña Lucilia podría hacerlo.

(Extraído de conferencia del 1/5/1981)

Notas
1) Winston Churchill (*1874 – †1965). Estadista británico, conocido principalmente por su actuación como Primer Ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.
2) Georges Clemenceau (*1841 – †1929). Político francés, fue Primer Ministro de su país en dos mandatos, siendo el último de ellos durante la Primera Guerra Mundial.
3) Paul von Hindenburg (*1847 – †1934). Mariscal alemán que comandó el Ejército Imperial durante la Primera Guerra Mundial y posteriormente fue presidente de la República de Weimar.
4) Erich Ludendorff (*1865 – †1937). General del Ejército Imperial Alemán, que se destacó por su actuación durante la Primera Guerra Mundial.
5) El Dr. Plinio se refiere a John Kennedy (*1917 – †1963), Presidente de Estados Unidos.
6) Se trata de la grave crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en diciembre de 1967, obligándolo a permanecer en reposo en su apartamento por algunos meses.
7) Cuadro al óleo pintado por uno de los discípulos del Dr. Plinio, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.  

Vitral de Dios

Alma profundamente recogida, Doña Lucilia transmitía a los que se acercaban a ella la luz divina, que iluminaba su interior, así como un vitral atravesado por el sol llena de colores una catedral.

3p186Parece razonable que una persona que, por fidelidad al bien, es incomprendida y no tiene con quién comunicarse durante la vida, reciba como recompensa la posibilidad de comunicarse intensamente después de la muerte; se trata de un premio proporcionado.

Para recurrir a un ejemplo divino, con Nuestro Señor sucedió así. En parte, Él fue odiado por ser incomprendido, pues los más próximos no lo entendían. Cuando Jesús dijo que su Cuerpo era verdadera comida y su Sangre verdadera bebida, algunos discípulos lo abandonaron, pues esa afirmación les pareció demasiado fuerte. Entonces Él se volvió hacia los Apóstoles y preguntó:

– Y vosotros, ¿también me queréis abandonar?

Casi como si dijese:

– Tampoco confío en vosotros.

¿Queréis abandonarme?

A propósito, San Pedro dio una respuesta que no inspiraba confianza, porque, en vez de afirmar que jamás lo abandonaría, preguntó:

– ¿A quién iremos, si solo Vos tenéis palabras de vida eterna?

Lo cual se podría interpretar como: “Si otro tuviese palabras de vida eterna, iríamos a experimentar. Pero como, por así decir, no tenemos dónde caernos muertos, nos quedamos con Vos.”

Por lo tanto, Nuestro Señor no fue comprendido. Resultado: a pesar de haber aún mucha incomprensión, nunca nadie fue tan comprendido post mortem cuanto Él. Se entiende, entonces, que Doña Lucilia, cuya influencia fue tan reprimida en vida, después de su muerte haya recibido la gracia de comunicarse enormemente a los otros.

Alma profundamente recogida, Doña Lucilia transmitía a los que se acercaban a ella la luz divina, que iluminaba su interior, así como un vitral atravesado por el sol llena de colores una catedral.

Todo en Doña Lucilia era lo contrario de la mentalidad moderna

doña LuciliaUno de los factores que establecían una dificultad en la relación de mi madre con los demás era que muchas personas ya estaban puestas en la mentalidad de la civilización moderna, por la cual solo se habla del presente y del futuro y casi nunca del pasado. Inclusive hechos pasados de una familia, por lo menos en São Paulo y en nuestro ambiente, no se comentaban. Únicamente atraían las novedades que conllevaban la efervescencia de la vida cotidiana. Por esa causa, no se hablaba tampoco respecto a los fallecidos de la familia; era como si nunca hubiesen existido.

Además, cualesquiera comentarios más elevados tendían a ser podados. Por ejemplo: críticas de orden moral: tal acción es buena o mala, tiene tal atenuante o tal agravante, haciendo un análisis de la cuestión. Análisis, no. Se toleraban comentarios muy rápidos seguidos de una exclamación elogiosa o despectiva, pero sucedida inmediatamente por otro tema, sustituyendo al anterior del modo más rápido posible. Entre más breves fuesen las narraciones, más simples las frases y menos pormenores contuviesen, entre más pasajera resultase la intervención de una persona, para dar ocasión a que todos interviniesen también, mejor era la conversación.

Ahora bien, con Doña Lucilia pasaba lo contrario. Los hechos más remotos eran los más interesantes, los episodios típicos que ella contaba para explicar situaciones humanas reportaban a los padres, abuelos, tíos, que no habíamos conocido; esos eran los arquetipos. Además, hacía largos comentarios con voz tranquila, muy matizada. Se mantenía, así, por fuera de la trepidación y de la tensión, en la calma y en el bienestar de quien reflexiona, eleva el alma y tiene un tonus religioso en el espíritu. El temperamento moderno se rebela contra ese modo de ser.

Relación con Dios

votralEso que parece una bagatela, de hecho no lo es. Ese recogimiento constituye una condición previa para la vida espiritual. Alma recogida es aquella que, cuando no está con los otros, no se queda sola, sino que tiene todo un mundo interior con el cual se entretiene. Posee una serie de degustaciones interiores que, cuándo nos aproximamos a ella, nos las transmite para que comencemos a degustarlas también y nos sintamos bien en ese recogimiento.

Sería casi una capacidad de insinuación, de embebernos como el aceite en un papel, por el cual las cosas que a la persona le gustan, ve y siente, ella nos las transmite y comenzamos a gustar, sentir y ver del mismo modo, cuando estamos recogidos.

El recogimiento no consiste en separarse de la convivencia para pensar, sino en convivir con Dios. El alma se encuentra embebida de Dios y, mirándose a sí misma, ve, por así decir, la luz divina que la ilumina. Eso permite un fenómeno sobrenatural llamado intercambio de voluntades, el cual no significa propiamente asumir la voluntad de otra persona, sino cierto bien extrínseco a ella que vemos; más o menos como si trajésemos a nuestro cuarto una lamparita con aceite: trajimos la lamparita, pero vino adentro el aceite.

Así sucede en el intercambio de voluntades: se trata de algo de Dios que embebe aquella alma y que, por su influencia personal, pasa a embebernos también. En último análisis, es Dios, en cuanto presente en un alma, que se comunica y se hace presente en la otra.

Sin embargo, la persona de quien Dios se sirve para comunicarse, no se queda indiferente a eso. Ella se asemeja a un vitral por el cual pasa la luz del sol, llenando de colores el interior de una catedral. La luz es del astro rey, pero el colorido es del vitral.

Don Chautard, en su libro El alma de todo apostolado, cuenta que un abogado parisiense fue a Ars a conocer a San Juan María Vianney. Cuando regresó a París, alguien le preguntó:

– ¿Y qué vio Ud. en Ars?

Él dijo:

– Vi a Dios en un hombre.

¿Cómo se ve la presencia de Dios en un hombre? Es, más o menos, como la del sol en un vitral: no vemos el sol de un lado y del otro el vitral, sino que la luz atraviesa el vidrio, lo ilumina y, con la misma mirada, contemplamos el vitral y el sol.

Entonces, las características personales, en cuanto iluminadas internamente por la santidad infinita de Dios, hacen ver a Dios a través de ellas.

Respeto y confianza en los superiores

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El»Quadrinho»

Doña Lucilia ejercía esa acción junto a las personas, preparándolas, entre otras cosas, para admirar y reverenciar a las autoridades legítimas. Una característica muy presente en ella era el respeto y la confianza en los superiores. Quien fuese superior, a cualquier título, ella lo respetaba y tendía a mitificarlo.

Por ejemplo, mi madre tenía una tía solo seis años mayor que ella, de la cual era muy amiga. Siempre que se encontraban, inclusive cuando las dos ya eran abuelas, ella se dirigía a esa tía diciendo: “Tía Fulana, Ud…”. No lo hacía de un modo forzado; conversaban como dos amigas, pero mi madre la trataba así.

Se comprende que entre dos señoras muy amigas, una con sesenta años y otra con sesenta y seis, la edad no haga ninguna diferencia. Pero, por ser tía y un poco mayor, mi madre se sentía más unida a ella tratándola de “tía” y “Ud.” que de “tú”.

Hoy se diría: “Nosotras somos amiguísimas, ¡imagine que yo la tratase de ‘Ud.’! Eso nos distancia.” En el espíritu de Doña Lucilia, eso unía más.

Nunca noté en mi madre la más mínima señal de tristeza porque otros tuvieran más que ella. Al contrario, muchas veces se alegraba al ver a alguien que poseía más haberes adquiridos. Más aún, jamás se lamentaba de su propia situación. Siempre contenta, satisfecha, lo opuesto del igualitario inflexible a quien mandan a tributar respeto a alguien y enseguida piensa: “¡Qué verdugo!”

Cuando alguien se acercaba a Doña Lucilia, inhalaba toda esa dulzura propia de la atmósfera del alma del no envidioso, que ama a quien es más. Ella tenía mucho de esa dulzura, sabía hacer dulce lo que era venerable. Acercándose a ella, la dulzura circundaba y convidaba. Basta ver el Quadrinho1 para constatar eso. Allí está una persona que la edad hizo venerable, pero con tal intimidad que una jovencita de quince años tendría una conversación con ella, si quisiera.

Ver la arquetipia de las cosas

Dr._plinioLa Fräulein Mathilde2 acostumbraba a contar en sus memorias que, en París, fue gobernanta en una familia de unos condes polacos riquísimos, en cuya residencia había un espejo tan bonito que, en determinada hora del día, cuando los criados abrían las ventanas del salón para limpiar, había gente del lado de afuera para ver el espejo. Era una atracción turística para cierto género de curiosos.

Si Doña Lucilia estuviese del lado de afuera admirando ese espejo y, de repente, parase un camión frente a la casa y fuese desembarcado otro mueble precioso para ser colocado en el mismo salón, su reacción normal sería de alegría: “¡Qué lindo va a quedar ese salón! ¡Me imagino la satisfacción de la condesa!” Y volvería a la casa contenta, contando cómo era el mueble, imaginando cómo quedaría bonito en el salón. Ella habría ganado su mañana. Esa es la actitud católica delante de un hecho así.

A mi modo de ver, Doña Lucilia tenía la capacidad de considerar, en todo, el aspecto por el cual cada ser era imagen o semejanza de Dios; por lo tanto, de ver la arquetipia de las cosas y, por detrás de esta, lo que había en ella de divino. Mi madre veía eso más o menos en todo y constituía el unum de su alma, el cual traté de describir refiriéndome al respeto y a la admiración. Es algo de Dios que se deja ver por medio de ella.

(Extraído de conferencia del 2/8/1980)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con  base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

2) En alemán: señorita. Gobernanta del Dr. Plinio y su hermana Rosée, de nacionalidad alemana.

02

Divagando y reflexionando

Impresionantemente lógica y previdente, pero sin un tipo de raciocinio rígido, Doña Lucilia tenía también un espíritu propenso a la divagación, al pasear por temas muy altos. Ella reflexionaba mucho sobre la vida en función de Dios y los designios de la Providencia.

Si me pidieran definir el espíritu de la Iglesia del Corazón de Jesús, tan del agrado de Doña Lucilia, yo no sabría expresarlo en palabras.

Pasear del espíritu por temas muy altos

cropped-capv090.jpgAquella innegable seriedad del ambiente tiene cierto contrapeso con la afabilidad y, cosa curiosa, un nexo con el cariño, por el cual convida al recogimiento, como quien dice: “Preste atención y vea cuánto cariño hay en mí”.

Ahora bien, hay mil modalidades de cariño que no invitan al recogimiento. Existen otras que pueden instar a formas expansivas de alegría. ¿Esa iglesia es alegre? Según el sentido corriente de la palabra, no, pero hay una gran alegría serena, de paz, que toca la fina punta del alma.

Además de esa seriedad y alegría serena, hay allí una distensión a torrentes. Goethe (1) decía que el frío del Norte obligaba al individuo a prever mucho el día de mañana, y en esa previsión perdía algunas de las horas más preciosas de la existencia, porque los mejores momentos de la vida son aquellos en que la persona está despreocupada y puede divagar con el espíritu.

Mi madre era eminentemente “divagadora” con el espíritu. No obstante, ella era una señora muy lógica y previdente; incluso impresionantemente previdente, pero de una manera que no era la de un raciocinio rígido.

Si comparamos las dos fotos de Doña Lucilia tomadas en París, notamos, en la en que está de pie, cómo su mirada está aplicada a una cosa menos precisa, un poquito vaga. Es propiamente una divagación.

La divagación es el pasear del espíritu por temas muy altos, un poco difíciles de alcanzar, sin mucho método, de acuerdo con las apetencias del alma y la atracción o rechazo que el asunto va causando a medida que es recorrido. Propiamente, la divagación podría ser comparada con el movimiento de las nubes en el cielo.

Cuando el pensamiento camina por los temas como las nubes en el firmamento, se hace una divagación. Por lo tanto, la propia mirada de quien está haciendo una divagación no se detiene fijamente en una cosa determinada, sino que está paseando en lo indefinido.

Reflexiones sobre la vida en función de los designios de la Providencia

doña lucilia traje de galaEn la otra foto no hay nada de divagación. Es de una persona que sacó sus conclusiones y está pensando en un plan para ejecutar, con la seguridad de quien va a pasar a la acción. Por eso, ella está con la mirada fija en un punto determinado, y la actitud del cuerpo es de quien va a partir de ahí para una resolución, una deliberación y una acción. La divagación no tiene eso, ella no parte para una resolución, ni siquiera va una conclusión definida, sino que queda como una nube sujeta a que un viento la toque y se explaye. Podríamos preguntarnos: ¿Cuál de las dos posiciones es más noble, la divagación o la reflexión? En sí, la divagación dispone para la reflexión. Ella vuela sobre determinados aspectos de un tema y prepara las premisas. Después las premisas dan origen a la conclusión. De manera que el modo de ser de la divagación es más elevado y noble que el de la reflexión propiamente dicha.

Por todo cuanto conocí de Doña Lucilia, ella reflexionaba mucho sobre la vida en función de Dios, de los designios de la Providencia. Entonces, al suceder una cosa determinada, estaría en su naturaleza divagar sobre ese acontecimiento, considerando sus varios aspectos y después reflexionar y sacar las conclusiones con respecto al actuar divino y a la existencia humana. Por ejemplo, la visita que ella hizo con su madre a la Princesa Isabel, en París. Mi madre me contó esa visita con una serie de pormenores, porque ella tenía un espíritu muy minucioso. Sin embargo, todos los pormenores que ella citaba conducían a un conjunto determinado de reflexiones. Por ejemplo: cómo las condiciones de la criatura humana varían y cómo la Princesa Isabel, de una posición tan alta en Brasil, acabó siendo colocada por la Revolución republicana en una situación menos elevada en Europa. Pero, por otro lado, cómo en Europa ella recibió una herencia de una pariente del Conde d’Eu, y de repente se volvió rica, pasando a poseer en París una base y una especie de proyección mayores de las que ella tendría simplemente en cuanto Princesa Imperial de Brasil. Por lo tanto, también cómo son los altos y bajos de la vida humana y cómo Dios exige del hombre una confianza y una sumisión grandes a todo cuanto Él quiera. También, cómo la Princesa estaba tomando eso. Y al final venía una evaluación de la Princesa en cuanto persona y como católica.

Ahí estaba establecida una divagación que llegaba a algunas conclusiones. Era un proceso entero de pensamiento.

Doña Lucilia estará, con certeza, haciendo divagaciones o reflexiones de esa naturaleza en el Cielo. Porque en el Paraíso se divaga y se reflexiona también, en presencia de la perfección infinita de Dios, relacionando todo con Él.

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(Extraído de conferencias del 5/4/1988 y 17/6/1992)

1) Johann Wolfang von Goethe (*1749 -†1832). Estadista y escritor alemán.

Auxilio maternal en las necesidades

Doña Lucilia acoge siempre con benignidad las peticiones que le son hechas. Así, basta recurrir a su intercesión para encontrar una pronta solución hasta para problemas aparentemente insolubles.

Elizabete Fátima Talarico Astorina

Al considerar los diversos episodios de la vida de Dña. Lucilia, se aprecia cómo en la base de su trato con los demás relucía de manera especial una virtud: la bondad. Ningún contratiempo, enfermedad o dificultad era capaz de impedir que su benevolencia envolviera a quienes necesitaban de auxilio.

Transcurridos más de cincuenta años desde su paso a la eternidad, aún sigue sorprendiendo a todos con su maternal intercesión.

Diagnosticada una mielitis viral

Prueba elocuente de esta realidad es el relato enviado por Anésia Valéria Ribeiro Gabriel, de Miracema (Brasil), sobre la curación humanamente inexplicable de su esposo, Alexandre Dias Gabriel.

Alexandre Dias Gabriel en diciembre de 2021

El día 1 de abril de 2016 amaneció con fuertes dolores en el cuello y en el brazo. Se iniciaba, pues, una dura lucha para Anésia y su familia, porque las molestias se intensificaban cada día, exigiéndole continuas idas a Urgencias. Como el cuadro se agravaba, Alexandre buscó atención médica en otras ciudades y varias veces fue hospitalizado para seguir un tratamiento, pero sin ningún resultado. Al contrario, empezó a perder el movimiento de las piernas y, en agosto, comenzó a usar silla de ruedas. Finalmente, un médico le diagnosticó su enfermedad: mielitis viral.

 

En 2017 fue necesario colocarle una sonda vesical permanente; al año siguiente se sometió a una cistotomía. Alexandre tuvo varias citas médicas y tomó muchos medicamentos, pero su situación empeoraba constantemente.

En julio de 2021 sus manos se hincharon hasta el punto de tener que ir todos los días a la sala de emergencia, a menudo para que le pusieran una inyección de morfina. Finalmente, perdió el movimiento de las manos.

Al no poder recibir un tratamiento adecuado en su ciudad, un médico lo remitió a Río de Janeiro. Allí le propusieron operarle los nervios de la pierna, lo cual eliminaría los dolores, pero le quitaba la posibilidad de volver a caminar algún día. A la espera de una plaza libre para ser hospitalizado, siguió acudiendo diariamente a Urgencias, debido a los fuertes dolores y constantes crisis de espasmos.

Poderosa intercesión tras seis años de sufrimiento

Alexandre en julio de 2022, después de la gracia alcanzada por intercesión de Dña. Lucilia

El 15 de febrero de 2022, la familia recibió la visita de un sacerdote de los Heraldos del Evangelio. Después de darle al enfermo la debida bendición, el sacerdote le preguntó si creía en los milagros. Habiendo recibido una respuesta positiva, le sugirió que pidiera con mucha confianza la intercesión de Dña. Lucilia para que solucionara su caso. Alexandre y su familia empezaron inmediatamente a rezarle a esta benigna señora.

Al día siguiente, sintió un fuerte malestar y tuvo que acudir urgentemente al hospital. Unos instantes después, cuál no sería la sorpresa de todos al percibir que podía mover las manos nuevamente. En poco tiempo, la hinchazón desapareció y los dolores pararon. Al otro día, notaron que recuperaba gradualmente también el movimiento de las piernas.

«De ahí en adelante», declara llena de gratitud Anésia, «todo fue ocurriendo muy deprisa: los dolores acabaron, cesaron las crisis. Mi esposo ya no toma ningún medicamento. Todo mejoró y hoy anda, incluso consigue viajar. Han sido seis años de luchas y sufrimientos, pero Dña. Lucilia escuchó nuestras oraciones y nos obtuvo el milagro. Nuestra vida cambió. No tenemos palabras para agradecerle».

Sin ninguna duda, Dña. Lucilia nos atendió

Juan Manuel García Félix con la foto de Dña. Lucilia publicada en la revista

También Juan Manuel García Félix, residente en Ciempozuelos (España), fue beneficiado por la intercesión de Dña. Lucilia, conforme el relato enviado por su hija, Pilar García Moraleda.

Nos cuenta ella: «Mi padre fue sometido a una intervención quirúrgica para retirarle un tumor de estómago. La operación salió bien, pero a los dos días los médicos detectaron que una de las suturas tenía una fuga. Si no se le cerraba con un tratamiento conservador, tendrían que volver a intervenir, cuya operación sería muchísimo más complicada que la primera y con grandes riesgos.»

Bajo el peso de esta dramática perspectiva, la esposa de Juan Manuel regresó a su casa para descansar. Al llegar, encontró en el buzón la revista Heraldos del Evangelio y, como de costumbre, empezó a leerla enseguida. Al ver una gran foto de Dña. Lucilia en la contraportada, tuvo un vuelco de alegría, pues percibió que se trataba de una señal del Cielo. Volvió sin tardanza al hospital y colocó en la habitación del enfermo la fotografía de Dña. Lucilia. Toda la familia se puso a pedirle la solución para aquella angustiante situación.

Así concluye su relato: «Desde ese día, milagrosamente la fuga comenzó a cerrarse; y en veinticinco días el problema estaba resuelto, no había necesidad de una segunda intervención. Los médicos estaban muy sorprendidos de la buena evolución del caso. Sin ninguna duda, Dña. Lucilia nos atendió en ese momento de angustia. Agradecemos con toda nuestra alma su intercesión».

Una aterradora perspectiva

María Teresa Daidone con un cuadro de Dña. Lucilia

Igualmente agradecida se muestra María Teresa Falchero Daidone, de São Caetano do Sul (Brasil), socorrida por Dña. Lucilia en una situación en que corría serio riesgo de vida, conforme relata su hija, María Fernanda Daidone Madrucci.

Aquejada de una grave neumonía, María Teresa tuvo que ser hospitalizada. El antibiótico tenía que ser administrado por vía intravenosa y, por el hecho de que sus venas eran muy sensibles y por algunas complicaciones más, en cierto momento se hizo necesario colocar el acceso en el cuello. Sin embargo, por un error médico, el antibiótico fue inyectado en una arteria, lo que ocasionó una hemorragia seguida de cinco convulsiones a lo largo del día, debido a la formación de un trombo.

El médico informó que habría que intubarla si ocurrían más convulsiones, para evitar secuelas irreversibles en el cerebro. También explicó que quizá no resistiera tal procedimiento, porque tenía problemas pulmonares.

Ante una perspectiva tan aterradora, María Fernanda colocó en la almohada de María Teresa una foto de Dña. Lucilia, pidiéndole fervorosamente que cuidara de su madre e intercediera por ella ante la Virgen. Al llegar a casa, reunió a sus hijas para explicarles la situación de la abuela y les recomendó que le rezaran a Dña. Lucilia pidiendo que cuidara de ella.

Bajo la protección de un chal rosado

Cuando regresó al hospital a la mañana siguiente, María Fernanda notó que el equipo médico estaba frente a la puerta de la habitación de su madre. Enseguida pensó que había ocurrido lo peor… Al acercarse, el médico le preguntó:

—¿Usted cree en Dios?

—Sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta? —le contestó María Fernanda.

—Pues, entre y vea a su madre.

Entró en la habitación y encontró a su madre sentada, muy contenta y sonriente, desayunando sin ninguna dificultad. Entonces le enseñó la foto que había puesto bajo la almohada la noche anterior, a lo que su madre le dice: «Hija, tengo la sensación de haber visto a esta señora mientras dormía.»

Concluye María Fernanda en su relato: «Se sintió envuelta por algo rosado, que imagino que es el chal de Dña. Lucilia, como se ve en la foto».

Desenlace inesperado en la liquidación de una deuda

«Me encontraba desesperada, angustiada y sin saber qué hacer, pues tenía una deuda muy grande y no tenía condiciones de pagarla». Así comienza el relato enviado desde Cuenca (Ecuador) por Narcisa Matute Vásquez. Continúa: «Fui a la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y le expuse mi problema al sacerdote que estaba allí confesando». Éste le aconsejó que hiciera una novena a María Santísima y le pidiera también ayuda a Dña. Lucilia. Le rezó con fe a esta última, diciéndole con toda sencillez: «Usted sabe el sufrimiento por el que estoy pasando, deme una luz para salir de esta situación».

Transcurrido unos días, le vino la solución. Poseía un terreno comprado en sociedad con su hermana. Ésta había reafirmado varias veces su decisión de venderlo solamente cuando las dos estuvieran en edad avanzada, pues así sería su sustento en la vejez. Cuenta Narcisa: «Me encomendé nuevamente a Dña. Lucilia y le propuse a mi hermana vender el terreno. Aceptó la propuesta sin preguntar siquiera el motivo. Tres días después, apareció un comprador que pagó el precio justo.»

Con esta solución enteramente «luciliana», se había resuelto el angustioso problema de Narcisa.

Graves consecuencias de un accidente

Impresionada con la presteza con la cual Dña. Lucilia obtuvo el restablecimiento de Daniele, su amiga, María Aparecida Neves Defanti, de Cambuci (Brasil), nos envía una pormenorizada narración del hecho.

Nos cuenta que Daniele regresaba tranquilamente en moto a su residencia cuando, al pasar por un bache, perdió el equilibrio y cayó. De la caída resultó la fractura de siete costillas, además de lesiones en el hígado, en el bazo y en los pulmones. Nada más llegar al hospital fue derivada inmediatamente a la UCI.

El médico a cargo aconsejó a la familia trasladar a la accidentada a un hospital con más recursos, pues su caso era muy grave. Parientes y amigos hicieron numerosos intentos para efectuar el traslado, pero todos fueron en vano. Decidieron entonces depositar el caso en manos de Dña. Lucilia.

Pídele a ella el milagro que tanto necesitas

«Empezamos a rezar enseguida, pidiéndole a Dña. Lucilia que la curara cuanto antes», relata María Aparecida. Cinco días después del accidente, un amigo visitó a Daniele en el hospital y le dio una estampa de Dña. Lucilia, diciéndole: «Pídele a ella el milagro que tanto necesitas».

Para asombro de todos, incluso del médico, al día siguiente comenzaron a aparecer signos de mejoría. Pasado un día más, otra sorpresa: una tomografía reveló que el hígado y el bazo ya estaban en buenas condiciones.

La atención a sus oraciones, sin embargo, no se había consumado, pues quedaba un factor preocupante: los pulmones retenían mucho líquido. A la vista de esto, el médico comunicó que haría un drenaje al día siguiente, después de realizarle una prueba de rayos X. Pero no hubo necesidad de proceder a la intervención quirúrgica, porque el examen demostró de manera indudable que no había más secuelas del accidente en el organismo de Daniele.

Asombrado, el médico volvió a examinar a la paciente, analizó nuevamente el resultado de la radiografía y, finalmente, le dijo: «Puedes irte a casa, porque estás completamente recuperada. ¡Ha ocurrido un milagro! Llevo treinta y cinco años de profesión y nunca he visto nada parecido. Realmente, ha sido un milagro.»

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Estos relatos revelan la inagotable generosidad con la cual Dña. Lucilia acude en ayuda de quienes la invocan en momentos de apuro y dificultad. Como su benevolencia es un reflejo de la bondad del Sagrado Corazón de Jesús, siempre acepta las peticiones que se le hacen. Basta, por tanto, recurrir a ella para encontrar pronta solución hasta para problemas aparentemente insolubles. 

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