Auxilio en cualquier situación

 A medida que vamos conociendo los numerosos favores que Dña. Lucilia obtiene para quienes recurren a su intercesión, se vuelve más nítida en nuestro espíritu la certeza de que ella es, de hecho, un instrumento de Dios para ayudar a todos los que aún combaten en este valle de lágrimas. Los relatos que transcribimos a continuación son una elocuente muestra de ello.

Curación de una enfermedad en los ojos

Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Perú, nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia tras haber sido curada, por su intercesión, de una enfermedad oftalmológica.

Nos cuenta que, después de un rutinario examen ocular, la médica le detectó una vasculitis retiniana en el ojo derecho. El especialista al que fue derivada le explicó que tenía un daño irreversible en la retina, probablemente como consecuencia de otra enfermedad, y que lo que entonces tenía que hacer era preservar la vista del ojo izquierdo. Luego de varias pruebas más le diagnosticaron, de hecho, una toxoplasmosis ocular.

Fátima empezó un tratamiento bastante agresivo, que los médicos lo consideraban todavía insuficiente para su recuperación. Sin embargo, confiaba en que Dña. Lucilia intercedería a su favor y, rogándole su curación, se puso sobre ambos ojos un medallón que contenía cabellos de Dña. Lucilia, que un conocido suyo guardaba con devoción particular y se lo había prestado. Y su oración fue prontamente escuchada.

Periódicamente, Fátima sigue realizándose exámenes oftalmológicos, pero nunca más los médicos encontraron ni siquiera vestigios de la enfermedad.

 

Una petición simple, pero hecha con confianza

Es impresionante ver cómo Dña. Lucilia actúa sin hacer «acepción de pedidos»: siempre ayuda a quien recurre a ella con fe y confianza. La familia de Ludmila Priscila Beraldo Dousseau pudo comprobar la solicitud de esta bondadosa señora para solucionar incluso una minúscula dificultad.

Amelie Dousseau com a mala que pediu à sua intercessora - Foto: Reprodução

Amelie Dousseau con la maleta que le pidió a su intercesora

Hasta mayo de 2021, la familia de Ludmila residía en el litoral paulista. Habiendo visitado en una ocasión una de las casas de los Heraldos del Evangelio localizada en el municipio de Caieiras, en el estado de São Paulo, ella y su marido se quedaron tan encantados con el apostolado que allí se realizaba que decidieron mudarse a la Sierra de la Cantareira, movidos por el deseo de estar más cerca de dicha institución y poder así participar en sus actividades.

A finales del 2021 una de sus hijas, Amelie, de 10 años, les pidió estudiar en el Colegio Monte Carmelo, hospedándose en una de las casas de la rama femenina de los Heraldos del Evangelio, a modo de experiencia. Dña. Lucilia no dejó de interceder por Amelie, que vio cómo su deseo fue rápidamente realizado.

Ludmila entonces empezó a preparar todo lo necesario para el hatillo de su hija. En cierto momento, ésta pidió a sus padres que le compraran una maleta para transportar sus pertenencias cada semana, cuando regresara a casa. La madre le respondió que la situación económica de la familia no permitía más gastos y le hizo una sugerencia: pídeselo a Dña. Lucilia. Llena de confianza, Amelie presentó su petición a Dios, por intercesión de aquella a quien siempre recurrían en las dificultades.

Aquel mismo día, de vuelta a casa después de la Misa, la familia se encontró con una maleta en la puerta, en perfecto estado. El padre de la joven, Jason Dousseau, recogió la maleta y se la entregó a su hija, que se alegró mucho con la merced recibida de parte de su bondadosa intercesora.

05

 

Conversando con Dña. Lucilia

Estevilna Acosta con un cuadro de Dña. Lucilia

De la localidad argentina Ingeniero Pablo Nogués, provincia de Buenos Aires, nos escribe Estelvina Acosta para contarnos un hecho que le sucedió a un vecino suyo al recurrir a Dña. Lucilia durante su grave enfermedad:

“En noviembre de 2014 mi vecino, Pedro Bugeño, que estaba padeciendo un cáncer de hígado que lo hacía sufrir mucho, recibió la visita de dos heraldos, en la cual hablaron sobre la vida de Dña. Lucilia y le dejaron una estampa de ella para que le pidiera la paz que estaba buscando.

“Una semana antes de que Pedro falleciera fui a verlo al final de la tarde. Al entrar en la habitación vi que estaba con los ojos cerrados y pensé que estuviese durmiendo; por eso decidí mejor retirarme. Pero cuando me encontraba a punto de hacerlo me dice: ‘No te vayas, estoy despierto; sólo estaba conversando con esta señora’. En su mesilla de noche tenía la estampa de Dña. Lucilia que le habían regalado.

“Al preguntarle a qué se refería, me contó que todas las tardes Dña. Lucilia iba a conversar con él y le daba mucha paz. Fue ella quien lo preparó para morir bien”.

Un embarazo imposible

Asimismo, Estelvina nos relata el caso de una amiga que no podía tener hijos desde hacía siete años y que habiendo conocido la historia de Dña. Lucilia empezó a rezarle ante una foto suya, recibida como obsequio, pidiéndole un milagro:

“Interiormente yo no creía mucho que eso ocurriera, pues sabía que los médicos le habían dicho a ella que era imposible que se quedase embarazada por todo lo que había pasado. Cual no fue mi sorpresa cuando, un mes después [de iniciadas sus oraciones], mi amiga Silvana estaba encinta… Desde entonces me volví muy devota de Dña. Lucilia, al ver los milagros que ha ido haciendo”.

FUENTE: REVISTA HERALDOS DEL EVANGELIO, ENERO 2019, PP. 36-39.

03

Un río de dignidad y afecto

Tal era la unión de alma entre Doña Lucilia y su hijo, que ambos tenían el mismo
temperamento y modo de ser. Al recibir una carta de su madre, el Dr. Plinio, mucho
más que experimentar una alegría nueva y extraordinaria, sentía la felicidad estable
de la continuación de un río de dignidad y afecto, en el margen del cual él había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces, con toda especie de encantos.

Creo que nunca pasó por el espíritu de mi madre que una carta suya destinada a mí fuese leída en un auditorio. Me pueden imaginar en París recibiendo esa misiva, en la cual se nota bien con qué extremo afecto preparé mi despedida y viendo, por la respuesta, cómo ella fue sensible a ese gesto mío.

Un mismo temperamento y modo de ser

hotel Regina

Entrada del Hôtel Régina

Alguien podría imaginarme en la portería del Hôtel Régina y el portero diciéndome:
Une lettre du Brésil pour vous. (Una carta de Brasil para Ud.).
Yo, entonces, entrando rápidamente en el primer salón, abriendo la carta, leyendo y sintiéndome dominado por una profunda impresión.
Ahora bien, no fue lo que sucedió. No me acuerdo de los pormenores de cómo llegó la carta. Pero imaginen que el portero me haya dicho eso, y que yo, subiendo el elevador “bonbonière”, de cristal y roble, hasta mi cuarto, allá la haya abierto y leído tranquilamente, sentado junto a la mesa. ¿Cuál fue la repercusión de la carta en mí? Quien imaginase que la repercusión fue intensísima, juzgaría tener una idea de la realidad. No obstante, fue plácida, tranquila y de una intensidad que yo llamaría supersónica, es decir, una cosa de tal amplitud que no repercute. Tal era mi unión de alma con Doña Lucilia, la certeza de que ella recibiría de esa manera lo que yo le enviaba y se expresaría más o menos con ese sentimiento, que yo leí como si ella me lo hubiese dicho todo por teléfono y la carta me llegase después. Independiente de que ella me dijese alguna cosa, yo tenía certeza de lo que ella sentiría. Y al tomar todas las medidas que tomé, yo tenía la certeza de cómo ella lo recibiría y lo que haría. De tal manera que hice una narración de lo que yo ya conocía. Tal era mi unión de alma con ella, que así pasaban las cosas. Era un mismo temperamento, una misma alma, el mismo modo de ser. Como si yo me contase a mí mismo la tristeza que tuve al separarme de ella. Así también era ella al contarme la tristeza que tuvo al separarse de mí. Y eso es mucho más que la sorpresa, que la emoción delante de cada palabra, que el sentirme invadido por una alegría nueva y extraordinaria; era la felicidad estable de la continuación de un río de dignidad y de afecto, en cuyos márgenes yo había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces con toda clase de encantos. De manera que, para mí, si ella estuviese en la sala del lado y entrase en mi cuarto para decir eso, era absolutamente la misma cosa.
No sé si una persona puede concebir que la unión entre dos almas pueda llegar a ese punto. Era como si yo fuese hablando conmigo mismo, o ella fuese escribiendo para sí misma.

El jarrón del Emperador

cap12_035Lo que me impresionó más fue el pequeño gesto delicado y muy de ella, que representaba
algo nuevo para mí: la distribución de las flores. La delicadeza de llevar flores a la capilla de nuestra sede, era un modo amable de dejar trasparecer que ella sabía que mi Movimiento era, para mí, más que el hogar. Es algo subconsciente, pero trasparece.
Enseguida, llevar flores a la imagen de mi cuarto, y por último al de ella; las sobras iban a ornar el jarrón del Emperador, en la sala de estar, porque ella sabía que a mí me gustaba mucho ese jarrón, sobre el cual, en cierta ocasión, tuvimos una afectuosa “discusión”.
Una vez tuve una pesadilla de que me había dado una neumonía fortísima y ella estaba sin dinero para pagar los gastos médicos. Entonces percibí, desde mi cuarto, que ella estaba queriendo vender el jarrón del Emperador. Y soñé que me levantaba, iba al salón donde ella se encontraba y dije:
– Mi bien, eso no. Prefiero correr cualquier riesgo, a que se venda el jarrón del Emperador.
Y ella me replicó:
– ¡Eso, nunca! Mi hijo vale más que ese jarrón.
Y respondí:
– Eso es justamente lo que yo contesto, de manera que no quiero que lo venda.
Cuando desperté, le conté a ella el sueño. Entonces ella insistió, afirmando que ciertamente vendería el jarrón del Emperador y que era bueno que yo supiese, porque ahora ella tomaría aún más cuidado, que antes de haber tenido ese sueño. La cosa terminó en nada, naturalmente, pero yo insistía en que no era el caso de vender el jarrón del Emperador.
En la carta hay una alusión al jarrón del Emperador, que quedó todo florido. Era una broma que ella hacía, pero cuán discreta; no tiene nada de una broma moderna, es otra cosa, ni comparemos.

Las cartas del Dr. Plinio eran leídas y releídas

3p197bCierta vez, volviendo de Europa, avisé que llegaría en tal día; pero encontré una forma de llegar en la víspera, con la intención de darle una sorpresa y evitarle el temor de que yo, durante la noche, estuviese volando a cinco mil metros de altitud y de que algo le pasase al avión. En aquel tiempo los accidentes aéreos eran mucho más frecuentes que hoy. Me acuerdo que entré en el cuarto de mañana y la encontré acostada en la cama. Ella ya estaba con la vista muy débil y, por eso, a pesar de ser de día, estaba con el abat-jour encendido bien junto a sus ojos, releyendo mi última carta. Ella me esperaba para el día siguiente.
Yo entré y la saludé:
– Mi bien, ¿cómo le va?
– ¡Oh, eres tú!
Nos abrazamos y nos besamos.
Mi padre me dijo:
– No sabes cuántas veces esa carta fue leída y releída…
Entonces, le pregunté a ella:– ¿Y por qué usted estaba leyendo otra vez esta última carta, tan sumaria?
– Cada vez que la leo, siento algo que no había sentido anteriormente.
Deja la carta, eso es asunto mío.
Eso indica muy bien cómo son diferentes las relaciones entre madre e hijo. Lo propio de la relación del hijo con la madre es el de ser totalmente confiada. Ni se le pasa por la mente que ella no retribuya enteramente el afecto que se tiene por ella. Pero de la madre para el hijo no. Cuando es una buena madre católica, ella no regatea nunca. Quiere sentir la alegría de la seguridad, palpar una vez más. Leer una vez más la carta le daba a ella esa tranquilidad.

Hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana

Cuando yo era pequeño, frecuentemente se daba esto: estábamos jugando todos en el jardín – mis primos, mi hermana y yo en el medio – y de repente yo desaparecía, y la Fräulein comenzaba a buscarme. Hasta que un día ella dijo: “No hay caso, cuando Plinio desaparece, ya se sabe… está con la madre.” Yo pensaba: “Mi madre tiene otra substancia, otro entretenimiento, otro afecto, otra seriedad… Yo me escapo de esa gente de cualquier forma, subo y voy a conversar con ella.”

plinio_Ilka_rose

Plinio, Ilka y Rosée

¡Pueden imaginar cómo ella me recibía! Y cómo era el diálogo: ojos en los ojos, corazón en el corazón, lo más unido que se pueda imaginar. Hasta el momento en que viniesen por mí para ponerme en medio de los niños de nuevo, con la idea de que un niño juega con niños y no debe estar mucho tiempo con los mayores. Entonces, yo también jugaba en medio de los niños. Pero de vez en cuando me volvía a la mente: “Mi madre debe estar en tal sala: si voy corriendo ahora a decirle algo, recibo algo de ella para mí.” Ahora bien, esa actitud la inclinaba a sentirse unida a mí, evidentemente. Eso fue así desde pequeño hasta el último momento, con la gracia de Nuestra Señora.
De esa manera, mis tendencias se afinaron, por la gracia de la Santísima Virgen, con las de ella. Y su modo de ser me pareció el modo de ser natural, la posición ambiental exacta que correspondía a cierto lado de mi modo de ser, que yo deseaba que prevaleciese y venciese. Por lo tanto, para mí, eso no era apenas una consonancia, sino un programa de vida. Ese modo de ser de mi madre resultaba de sus cualidades, de su condición de hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, pero con lo específico de su generación y de su familia, acompañado de una carga de sobrenatural, infelizmente mucho menos densa en otras personas. Sin embargo, llevaba la marca de cierta tradición católica, que el modo de ser de su familia indicaba muy bien.

Vocabulario elevado, timbres de voz agradables de oír

Dr._plinioEl modo de ser general en la generación de Doña Lucilia y de su madre era, ante todo, muy ceremonioso, pero muy íntimo. Conversaban sobre cosas bastante simples con mucha intimidad y naturalidad, pero el tiempo entero con muchísima cortesía. De manera que, por ejemplo, en mi tiempo de niño, nunca presencié una pelea entre los mayores. Ni siquiera un levantar de voz, un género de respuesta ácido, nunca vi eso. Puede ser que cuando estuviesen solos tuviesen algún roce. El asunto transcurría en un manso lago azul. Se expresaban muy bien, con un vocabulario bonito, no frecuente en cualquier lugar, habitualmente con timbres de voz agradables de oír. Nadie tenía la voz muy nasal o estridente, nada de eso. Eran timbres que causaban la impresión de que la voz de uno comentaba la del otro. Daba más la impresión de las diferentes notas de un mismo teclado, que propiamente de aparatos diferentes que estuviesen tocando.
La ocasión en que la familia estaba junta era la hora de las comidas, unos minutos antes y algún tiempo después. En la mesa también surgían, a veces, temas muy elevados: política, discusión de religión; y cuando el asunto era elevado, la conversación tendía ligeramente al discurso y a la conferencia. Cuando el tema bajaba, pasaba a ser completamente casero, pero siempre con un vocabulario elevado. Además, con una cosa que mi generación y las posteriores ya no conocieron, que es la vida sin prisa. Aquel era un género de gente que no
se movía con dificultad, no era lenta, pero no hacía nada corriendo. A no ser una cosa: a la hora de tomar el tren, la familia siempre fue un poco atrasada en los horarios. Entonces, había “epopeyas” contadas como hechos graciosos, de trenes que alguien había tomado de tal forma, a última hora, con esos y aquellos episodios. Un tío que fue a coger un tren en la Estación de la Luz, la taquilla estaba cerrada y ya no se podía pasar. Él vio que un elevador de carga iba llevando cosas hacia abajo, guiado por un hombre. Estaba prohibido a los pasajeros bajar por el elevador de carga. Y él estaba lejos y no alcanzaba el elevador. Entonces dio un grito tan imponente, que el conductor paró instintivamente el elevador y élSDL03
entró sin decir nada. El hombre quedó tan tonto, que llevó a mi tío hasta abajo y él cogió el último vagón del tren. Era la única forma de prisa que tenía ciudadanía entre ellos. El resto era lento.
Habla lenta, cada palabra pronunciada enteramente y, durante la conversación, con un poco de pausa. Cuando el tema llegaba a una altura mayor o a una parte más enfática, se hablaba más lento que deprisa y se hacía una fisionomía para el caso. De manera que, por ejemplo, uno está contando una conversación delicada que tuvo con alguien sobre tal cosa: “Bien… bien… puedes imaginar mi apuro.”
Un gesto y una pequeña pausa, actitud para completar el ambiente. Después la narración continuaba. Despedida o saludo en la entrada: con calma. Nadie entraba o salía corriendo. Todos los hechos de la vida transcurridos con densidad; nadie estaba atado o amarrado, ni en correrías. Había un reloj de pared en el comedor, que parecía dar el ritmo a la atmósfera de la casa: “tem, tem, tem”.
Todo eso, que estaba muy en consonancia con Doña Lucilia, ella lo había llevado a una especie de auge, a su punto más característico. Pero con la nota católica muy presente. Era la tradición católica, donde la piedad personal de alguien – en este caso, de mi madre – había puesto la nota católica nuevamente tonificada, reavivada por su acción.

(Extraído de conferencia del 7/7/1979)

La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

3p196a

Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

sao bento

Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

cap13_008

Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

16265307_241108586347785_5711736621450719215_n

El» Quadrinho»

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)