Siempre preocupada por los demás

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Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz…,

En sus pequeños gestos, reflejos de una alta virtud
Por más que hayamos comentado a lo largo de estas páginas esta cualidad de doña Lucilia, no nos cansamos de alabarla: era emocionante comprobar en ella el cariñoso deseo de atender las necesidades ajenas, ¡incluso a los 91 años!
— ¿Me permiten una sugerencia? He hecho muchas imprudencias en mi vida leyendo y forzando la vista en lugares poco iluminados. Y ahora les veo a ustedes en este vestíbulo, que no es apropiado para la lectura. Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz, y como no voy a volver, ustedes podrían pasar allí. Estoy segura de que verán mejor en ese sitio.
Con estas palabras, doña Lucilia les aconsejaba a dos jóvenes que leían —uno un diario y otro un libro— mientras esperaban, en el vestíbulo del “1º Andar”, que el Dr. Plinio les atendiese. Fue después de haberla saludado que oyeron de ella ese ofrecimiento tan afable.
En seguida, doña Lucilia fue conducida hasta su cuarto por la empleada, dejando a los dos jóvenes encantados. Comentaron la amable manifestación de bondad de que habían sido objeto y volvieron a sus respectivas lecturas. Pasado algún tiempo vuelve la empleada, entreabre un poco la puerta del corredor que da para el vestíbulo, y lanza una mirada a los visitantes. El hecho se repitió una segunda vez, lo que no les pasó desapercibido: — ¿Qué estará sucediendo? La tercera vez, la empleada, sonriendo, les dirigió la palabra:
— ¿No van a pasar al comedor?
— ¡No! —dijeron ellos.
— ¡Ah! Por favor, doña Lucilia se quedó muy afligida al saber que ustedes están leyendo a media luz. Mientras no cambien de sala no se tranquilizará.
Esta pequeña actitud de doña Lucilia —que juzgaba un deber de conciencia proteger la vista de dos jóvenes desconocidos— deja entrever, una vez más, no sólo las elevadas cualidades de una bella alma, sino también aspectos de un mundo que se fue.

Otros entretenimientos

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…mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal…

En aquellos momentos de descanso, además de pasar un buen rato hojeando álbumes o revistas, doña Lucilia oía música, aunque era menos frecuente. Nos impresionaba ver cómo, por saber apreciar muy bien el arte de los sonidos, acompañaba con atención y conocimiento las composiciones que escuchaba en un fonógrafo. En esta fase de su vida le agradaba especialmente oír marchas y canciones francesas de la época pre-napoleónica, entre las cuales la de los Dragones del Duque de Noailles, que le gustaba particularmente.
Con suavidad y delicadeza, seguía las ondulaciones de la melodía y el ritmo de la marcha, marcando el compás con calma y vivacidad, ora con las puntas de los dedos de la mano derecha, ora con los de la izquierda, sobre los brazos de su silla de ruedas. Por increíble que parezca, esos movimientos ayudaban a captar mejor la belleza de la composición musical.
Constituía una distracción aún mayor para doña Lucilia recibir a personas amigas. Mucho antes de que llegasen las visitas mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal y verificar si la disposición de los muebles y de los objetos estaba de acuerdo con sus indicaciones. Faltando poco para la hora marcada, preguntaba dos o tres veces si habían llegado las personas esperadas. Quien tenía la gracia de estar próximo a ella en estas circunstancias, podía comprobar de nuevo su interés y desvelo por los demás. Solía ocurrir que, por su solicitud con los visitantes, éstos se olvidaban hasta de la hora de retirarse…
Sin embargo, nunca dejaba de ocupar el lugar central de sus atenciones su propio hijo.

La hora de conversar con su filhão

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No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo…

Durante casi toda su convalecencia, el Dr. Plinio pasaba el día en el escritorio de su apartamento, siguiendo la prescripción médica. No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo. Era conmovedor observar la escena. Mirando hacia la puerta del escritorio, le decía a la empleada que conducía la silla de ruedas:
— Vamos aquí, Mirene.
Muchas veces era la hora del descanso del Dr. Plinio, o el momento de sus oraciones, y la puerta estaba cerrada. La empleada respondía:
— Pero, doña Lucilia, él ahora está durmiendo.
— ¿Estás segura?
A respecto de estos episodios, cuenta el Dr. Plinio: “De vez en cuando, estando ya acostado en el sofá, la oía decir:
“— Mirene, es la hora de hablar con el Dr. Plinio.
“La empleada simulaba no oír, pero mamá insistía y a veces ordenaba:
“— ¡Entra! ¡Quiero hablar con el Dr. Plinio!
“Desde el escritorio, yo hubiera podido decir:
“— ¡Mirene, entra! —pero lo dejaba así, pues quería ver en qué terminaría aquella pequeña batalla. ¡A veces mamá imponía su voluntad con autoridad! La empleada no tenía ánimo de enfrentar y cedía.”
¡Doña Lucilia entraba con una alegría única!
Una “pequeña batalla” semejante se verificaba también cuando el Dr. Plinio estaba en su cuarto. Doña Lucilia, al aproximarse a la puerta, le decía a la empleada:
— Mirene, ¡quiero ver al Dr. Plinio, eh! Estamos llegando a su cuarto. La silla de ruedas continuaba impasible su camino y doña Lucilia insistía:
— Mirene, ha llegado la hora de hablar con el Dr. Plinio.
La empleada retrucaba:
— No, señora, ya pasó la hora.
— No, ¡es la hora!
El Dr. Plinio entonces decía:
— Déjala entrar — y fingía que era la hora de estar con su madre.
— Bueno, mi bien, ha llegado el momento de vernos…
“Cuando entraba en mi cuarto, ella estaba muy tranquila”, recuerda el Dr. Plinio. “Bromeaba un poco con ella, conversaba, mandaba colocarla muy cerca de mí para que me oyese mejor. Ella prestaba una atención enorme en mis palabras. Y no me cabe la menor duda de que, por la noche, mientras se preparaba para dormir, aún pensaba en ese encuentro”.
3p195Fuera de estas esporádicas ocasiones había un horario preestablecido —antes de la siesta  del Dr. Plinio— en que llegaba para doña Lucilia la tan esperada oportunidad de conversar con él. ¡Esa hora nunca se la perdía! Casi siempre asistían a los almuerzos y cenas del Dr. Plinio cuatro o cinco amigos y auxiliares, que aprovechaban la ocasión para tratar temas relativos a las actividades apostólicas en las cuales todos estaban empeñados. Con frecuencia eran verdaderas “comidas de trabajo”. Doña Lucilia entraba a partir del final del segundo plato, ya cerca de la hora del postre. Cesaban entonces los trabajos y comenzaba una conversación variada.
Terminada la comida, los amigos del Dr. Plinio se retiraban, dejándolo a solas con doña Lucilia. La conversación era habitualmente más corta de lo que a ella le hubiese gustado. En efecto, el Dr. Plinio había determinado que la empleada la dejase con él en el escritorio durante un tiempo limitado, debido a las exigencias de su convalecencia. Agotado el tiempo, entraba y decía:
— Doña Lucilia, vamos, el Dr. Plinio necesita descansar.
— No, no —respondía a veces doña Lucilia—, deja que yo me quedo. Pero Mirene, siguiendo las instrucciones del Dr. Plinio, iba empujando la silla lentamente.
— Mirene, ¿qué es eso? Voy a quedarme.
El Dr. Plinio, entonces, intervenía.
— Mi bien, necesito descansar un poco.
Ante el pedido del filhão, doña Lucilia no decía nada más, sometiéndose pacientemente a la privación de la compañía de quien le era tan querido. La empleada iba empujando la silla, hacia atrás, y doña Lucilia se iba despidiendo a distancia, con un leve gesto de mano, mientras miraba a su hijo aún por unos instantes.

Voz flexible y ondulada

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“¡Nunca me consolaré por no habérseme ocurrido la idea de grabar su voz…!”

A pesar de la edad, la mirada, los gestos, la postura en la silla de ruedas, todo en doña Lucilia era encantador. Sin embargo, algo atraía especialmente a quien tuviese la gracia de conversar con ella: su voz. En la ancianidad no tocaba más su mandolina, ni siquiera el piano, pero ambos instrumentos no serían capaces de exceder en belleza a los sonidos que salían de sus labios. Su timbre de voz era enteramente afín con su noble y delicada alma.
“¡Nunca me consolaré por no habérseme ocurrido la idea de grabar su voz”, dijo una vez el Dr. Plinio, “pues estoy seguro de que les haría a todos mucho bien!”
Tampoco se le ocurrió esta idea a ningún otro, desgraciadamente. Pero aquella voz tan dulce, tranquila y pacificadora quedó grabada en los oídos de varios de nosotros. Era muy ondulada, con una extraordinaria capacidad de simbolizar los aspectos morales y psicológicos de lo que quería transmitir, de manera que cualquier palabra dicha por ella podía, conforme el caso, tomar una inflexión muy rica en matices. Y era persuasiva, lo que le daba a su conversación una enorme expresividad, sobre todo cuando tenía algo más serio que decir.
A pesar de que su audición había disminuido con la edad, la sonoridad de la voz no había sufrido ninguna modificación. Era edificante observar su capacidad de dirigirse a sus interlocutores y de atender sus preferencias, contribuyendo particularmente para esto ese timbre de voz aterciopelado, melodioso y lleno de variadas tonalidades.
Con todo, no menos significativo era su silencio, mediante el cual tanto decía a aquellos que la observaban. Cuántas saudades guardan los felices visitantes que, en incontables ocasiones, al entrar en su apartamento, la encontraban sola, sentada en la silla de ruedas, rezando largas oraciones. Nunca se olvidarán de cómo su presencia suave llenaba la sala de una silenciosa paz, mientras pasaba las cuentas de su rosario durante la puesta de sol.

Vista a través de los visillos desgranando el rosario

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…contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol…

A pesar de su avanzada edad, doña Lucilia jamás abandonó el hábito de rezar el rosario todas las tardes. Realizaba este importante acto sentada en su silla de ruedas, en el comedor, mientras contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol que penetraban por la ventana. Eran bonitos crepúsculos, como difícilmente se dan en la gris megalópolis que es la São Paulo de hoy. Aquellos atardeceres se armonizaban admirablemente con el alma tan brasileña de doña Lucilia. ¡Quien tuvo la ventura de observarla a través de las rendijas de los visillos existentes
en la puerta del Salón Azul, no podía dejar de reconocer en ella un verdadero monumento! No era posible separar la nobleza de la religiosidad en aquella señora de 91 años. Cuando se habla de sus virtudes, se habla necesariamente de nobleza, y viceversa. Por cierto, había en ella algo más que nobleza solamente: doña Lucilia poseía un alma augusta.
Ella se colocaba en una actitud tan erecta, tan compuesta, y rezaba con tanta piedad y devoción que la escena era conmovedora.
Un día, mientras rezaba el rosario, necesitó utilizar el pañuelo. “En esa ocasión —relata un joven que la observaba— pudimos comprobar de qué manera se hacía evidente su respetabilidad hasta en los ínfimos gestos”. Sin darse cuenta de que estaba siendo analizada, colocó el rosario sobre el vestido, marcando cuidadosamente la decena en que había suspendido la oración, a fin de proseguirla en el punto exacto. Tomó entonces el pañuelo, utilizándolo con discreción y perfecta compostura. Después lo dobló lentamente, lo guardó, y continuó las oraciones.
“¡Qué dignidad!” —fue la exclamación muda que naturalmente brotó en el interior de quien tuvo la gracia de así, de modo furtivo, conocer a doña Lucilia más de cerca.
Semejante actitud, como tantas otras, permitía darse cuenta de la irradiación diáfana y de la envolvente luminosidad de su alma, uno de los encantos de su benigna y acogedora presencia.
Otro aspecto que saltaba a los ojos de quien tratase con doña Lucilia era su capacidad de pasar de un estado de espíritu a otro sin sobresaltos, con suavidad. Ese orden le permitía transformar en virtud cualidades de alma meramente naturales. Por ejemplo, su acentuada ternura. Cuando estaba sola, la impresión que causaba era de una dulzura toda hecha de resignación. Su presencia rebosaba de elevación, de un qué de tristeza cristiana, de perdón sin límites, de una soledad que no era vacío. Físicamente doña Lucilia podía estar sola, pero la sala donde ella se encontrase era toda penetrada por la irradiación de su bondad.

“¡Cuánta bendición existe en esta casa!”

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— ¿Quién vive aquí?… — ¡Cuánta bendición existe en esta casa!

Muchas personas dotadas de sensibilidad a la gracia sobrenatural notaban su acción de presencia. Es característico el hecho ocurrido con un sacerdote que fue a llevar la Sagrada Eucaristía al Dr. Plinio, entonces imposibilitado de salir de casa. Nada más entrar en el vestíbulo del apartamento, mirando para todos lados, indagó:
— ¿Quién vive aquí?
Y antes incluso de que alguien le respondiera, exclamó:
— ¡Cuánta bendición existe en esta casa!
No se equivocó en nada aquel ministro de Dios. Al poseer la experiencia del trato con las almas, se dio cuenta inmediatamente de cuánto estaba cargado el hogar de doña Lucilia de imponderables buenos, provenientes, en gran medida, de sus elevados pensamientos.
Nada de bello, bueno y verdadero escapaba a su capacidad de observación, siempre admirativa, fuese un capullo de rosa o una simple fruta, un lindo bordado, o una puesta de sol. Con rectitud de alma y perfecto criterio, procuraba relacionar todas las cosas con sus modelos ideales, contemplándolas como reflejos de un universo superior, destinado por Dios para la eterna alegría de los bienaventurados.

Se diría que ella estaba hecha para tener millares de hijos

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… Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

La disposición de doña Lucilia para el amor materno haría pensar que su alma speraba tener mil hijos, mucho más de mil, y eso constituía la gran incógnita de su vida.
La Providencia le había infundido en el corazón una enorme capacidad de afecto, de bondad y de protección que parecía destinada a morir sin haber podido ejercerse enteramente. El plan de Dios en relación a ella le parecía inexplicable, y fue una de las tristezas de su vida; aquel amor materno que había podido dedicar, es verdad, a dos hijos, pero que en gran parte había quedado guardado en el santuario de su alma, sin condiciones de ser aplicado.
“Varias veces analicé a mamá —comentaría más tarde el Dr. Plinio—, y no pudiendo imaginarme lo que pasaría después, la miraba y pensaba: “Hay algo de axiológico en su vida que parece no ser como debería. Ella posee una enorme ternura: fue afectuosísima como hija, afectuosísima como hermana, afectuosísima como esposa, afectuosísima como madre, como abuela y hasta como bisabuela. Llevó su afecto hasta donde le fue posible. “Pero tengo la impresión de que hay algo en ella que da la nota de todos esos afectos: ¡es el hecho de ser, sobre todo, madre! “Tiene un amor desbordante no solamente a los dos hijos que tuvo sino también a los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener millares de hijos, y su corazón palpitaba del deseo de conocerlos. “Sin embargo, esos hijos no vinieron, ni podían venir en ese número exorbitante.
¿Qué quiso la Providencia con eso? “Se notaba que mamá esperaba algo en la vida. No en el orden del placer, ni de la notoriedad, ni nada semejante. Esperaba una cierta reciprocidad de mentalidad, una cierta afinidad de pensamiento, de temperamento, de modo de ser. Estaba ávida de abarcar con un amplio afecto, con una inmensa consonancia, a un número enorme de personas. Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

Los funerales de los recuerdos

Lucilia028Cierto día, doña Lucilia permaneció en su cuarto por largo tiempo, revisando papeles guardados en una gaveta del tocador. Sin que ella se diese cuenta, el Dr. Plinio la observaba. Con dificultad, debido a las cataratas, examinaba cada uno de los papeles, los juntaba melancólicamente y, en seguida, los rompía. Habiendo tomado la resolución de nunca disgustarla, el Dr. Plinio no hizo nada para impedir esa destrucción. Se trataba de escritos diversos, muchos de los cuales doña Lucilia había conservado toda su vida. Presintiendo que entregaría brevemente su alma a Dios, quiso ella misma poner en orden sus cosas. Era una acción inspirada por el deseo de no dar trabajo a otros después de su fallecimiento, y por una lealtad y firmeza de alma, fruto seguramente de un pensamiento como este: “La muerte se aproxima y, vista de frente, es razonable que mi conducta sea ésta”.
De este modo, procedía a los funerales de sus recuerdos antes de sus propias exequias.
Días después de su muerte, se comprobó que había dejado solamente lo esencial. El Dr. Plinio notó entonces que su madre había tirado muchos papeles que a él le hubiera gustado enormemente conservar, como, por ejemplo, varias agendas en las que ella anotaba, con escrupulosa precisión, los gastos de la casa, la contabilidad hecha siempre con esmero, y cuántos otros recuerdos…
Deshacerse tranquilamente de todos aquellos papeles, cuyo contenido nos habría hecho conocer otros aspectos de su hermosa alma, era, de su parte, una señal de la serenidad con la que iba a transponer los umbrales de la eternidad.

Para que su hijo no sintiese tanto su muerte

Además de disponer sus cosas para el último viaje, doña Lucilia deseaba también preparar a su hijo para la dolorosa separación. Alguien le dijo que el Dr. Plinio quedaría chocadísimo con su muerte y le aconsejó que disminuyese las manifestaciones de afecto hacia él, para que no sintiese tanto su falta. Doña Lucilia se dejó convencer por el argumento y, dominando su enorme bienquerencia, disminuyó un poco sus cariños. Esa resolución la cumplió con una precisión conmovedora. ¡A ese auge de abnegación llegó su alma maternal! Solamente poco antes de morir le contó al Dr. Plinio que estaba actuando de esa manera a raíz del consejo recibido. En esta actitud, ¡cuánta tranquilidad! Las tempestades que le habían asaltado no habían entrado absolutamente en su tabernáculo interior; ella se estaba preparando para el Cielo.

“¿Cuál es el designio de la Providencia sobre nosotros dos?”

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A pesar de la edad nunca perdía la compostura o la dignidad; por el contrario, mantenía en el porte una impresionante y admirable distinción…

A finales de 1967, doña Lucilia, contando ya 91 años, se vio obligada a moverse en silla de ruedas debido al reumatismo. Una tenue niebla le enturbiaba la mente en lo que se refería a los asuntos prácticos o concretos, pero no le había perjudicado en nada su increíble lucidez sobre los temas elevados. A pesar de la edad nunca perdía la compostura o la dignidad; por el contrario, mantenía en el porte una impresionante y admirable distinción, como nos lo muestran sus últimas fotografías. En cualquier posición que estuviese, mantenía la cabeza siempre firme. Su dulce mirada conservaba toda su luminosidad. En el modo de hablar, con su inconfundible timbre de voz, suave, respetuoso y aristocrático, estaba presente de modo constante la dama paulista de familia de 400 años.
Su vida cotidiana era dedicada casi toda a prolongadas oraciones, principalmente al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora. En las horas de contemplación, su actitud era de quien decía: “Hay muchas cosas que me hacen sufrir, pero en mi alma hay tanta paz, tanto orden, ese orden es tan bueno y de tal manera mi espíritu lo venera que, aunque todo me faltase, yo conservaría intacta mi paz interior”.
Cuando estaba sola, sin darse cuenta de que la observaban, daba la impresión de estar inundada de una dulzura resultante de incontables actos de resignación, ligada a un gran sentido sobrenatural y a una superior dignidad, sin nada en común con una paciencia deformada por concepciones románticas y sentimentales.

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“¿Cuál es el designio de la Providencia sobre nosotros dos?”

Un día en que el Dr. Plinio cenaba solo con su madre, encantándose con sus palabras, con sus gestos y su actitud, una consideración singular le pasó por el espíritu. Emocionado, aún hoy recuerda: “Lo mejor no estaba en la conversación… ¡Estaba en su presencia! Por eso, yo mantenía la conversación casi que por educación, para poder degustar su presencia. Me pasó por la cabeza de repente este pensamiento: ¡cómo las circunstancias del mundo de hoy tienden a hacer cada vez más raro que haya una madre y un hijo que se quieran tanto como nosotros dos! ¡Y qué difícil es encontrar una madre como ella! “Me acordé entonces de las veces que habíamos estados juntos en aquella sala. Siendo tan raro encontrar una relación, un ambiente como ése, me vino naturalmente al espíritu lo siguiente: ¿cuál será el designio de la Providencia sobre nosotros dos? He aquí una sala donde estamos solos una madre anciana y su hijo, hombre ya maduro. De la madurez se llega rápidamente a la vejez y de allí, a la muerte. El tiempo lo devora todo. ¿No será que antes del tiempo normal la Providencia determina llevarnos, sacarnos de esta vida, a ella y a mí?; ¿y si así sucediesen
los hechos como si un huracán entrase en este comedor y nos arrastrase? “Entonces se extinguiría este último terrón donde, como en pocos lugares del mundo de hoy, había un hijo que quería a su madre tanto cuanto podía y la madre lo merecía con una abundancia y una amplitud difíciles de calcular… y una madre que quería a su hijo con todo su corazón. “Este comedor es uno de los pocos pedazos de tierra en que Nuestra Señora todavía conserva un resto de su reino sobre los corazones. En este mundo en el que todo lo que es de Ella está siendo corroído, ¿será que la Providencia permitirá que se disuelva al viento también este pequeño terrón?… “En fin, pensamientos más o menos melancólicos como esos me pasaban por la cabeza, y para los cuales yo no tenía respuesta…”

Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo

Es edificante lo poco que habla doña Lucilia en sus cartas sobre sus problemas personales. Cuando lo hace, es para satisfacer los insistentes pedidos de su hijo. Por otro lado, aunque privada de la compañía de su hijo, en ningún momento se queja de ello, pues sabe que el viaje del Dr. Plinio es para atender los intereses de la Iglesia. Razón enteramente suficiente para justificar un sacrificio que ella estaría dispuesta a repetir cuantas veces fuera necesario. Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo, como se puede ver una vez más en la siguiente carta, en la que, dicho sea de paso, cap14_014por distracción escribe “congreso” en lugar de “concilio”.

São Paulo, 26-10-1962
¡Hijo querido de mi corazón!
Espero que hayas recibido mis dos cartas; hoy te mando esta otra. He recibido también una tuya, desde Roma. Me imagino cuánto debes estar apreciando la bella morada de los Papas y, todavía más, todo eso en compañía de tus buenos y queridos amigos; ¡solamente me da pena ver a los que no pudieron ir! Siempre que puedas, mándame noticias tuyas… — ¡los periódicos no dan noticias que satisfagan! (…)¡¿Buena parte de los rusos es recibida también en el Congreso?!… ¡Esperemos el final de todo esto! ¿Y del caso Kennedy-Kruchev? (Doña Lucilia se refiere a la famosa crisis política internacional provocada por la instalación de misiles rusos en Cuba, lo que casi provocó la III Guerra Mundial, a raíz de un ultimátum de Kennedy al Gobierno del Kremlin) ¿qué me dices?… ¿Qué nos traerá este nuevo sistema?… ¡¡¡Todo se puede esperar!!! Ha estado aquí Castilho para hacerme una visita. Francisco Eduardo me ha pedido un rosario para rezar con él todos los días. Castilho dice que es muy fácil encontrar allí rosarios muy buenos y resistentes.
No me habitúo a escribir con los bolígrafos que tenemos aquí.
¿Cuándo acabará el Congreso? ¿Cuándo piensas volver? Soy yo quien te dice… deja tanto trabajo, pasea bastante, come bastante, pero sin exagerar, visitad la catedral de Milán que es una belleza y los innumerables cuadros de Florencia, reved París y volved cuánto antes, ¡pues estoy con unas saudades locas de mi “querido”, queridísimo filhão de todo mi corazón! Con muchos besos, abrazos y toda la bendición de tu… manguinha…
Lucilia

De tal manera doña Lucilia se olvidaba de sí misma que solamente se acuerda de pedir un rosario para su bisnieto, Francisco Eduardo. Aunque no lo diga, tal vez haya sido ella quien enseñó al niño a rezar el rosario, explicándole con su modo tan atrayente los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre Virginal. Segura de que un objeto de piedad traído de la Ciudad Eterna lo incitaría más a la devoción, se lo pide al Dr. Plinio.

Escasa correspondencia

Naturalmente, al contemplar el magnífico escenario de la Roma de los Papas, el Dr. Plinio no podía dejar de pensar en doña Lucilia, cuya alma admirativa se encantaría con todo aquello. Si estuviese allí, recorrería lentamente aquellos lugares, apoyada del brazo de su filhão, comentando extasiada ora esto, ora aquello —el azul tan bonito del cielo romano; los castillos de nubes en el horizonte, realzando la grandeza de los milenarios monumentos; el Tíber, que serpentea mansamente entre históricos edificios y gloriosas ruinas—, hasta que la puesta del sol le anunciase el final de tan agradable conversación…

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Capitolio romano

Roma, 22-10-1962
Luzinha querida de mi corazón
Estoy esperando ansiosamente una carta suya. En todo caso, ya he sabido por un joven del grupo que usted recibió bien la noticia de mi viaje, ¡gracias a Dios! Me acuerdo mucho de mi Lú y de su conversación que tantas saudades me da, así como de sus cariños y todo lo demás, ¡de lo que siento tantas saudades! Especialmente me acuerdo de usted cuando veo algunas cosas bonitas que tanto le gustarían a usted. Ayer, por ejemplo, vi el Capitolio romano, que por cierto ya había visitado en 1959. Es estupendo. Pensé en seguida: ¡que bueno sería si Lú de mi corazón pudiese ver esto! Escríbame cuanto antes, querida, hablándome de todo a su respecto y, especialmente, de su salud. He trabajado mucho, comido mucho, paseado un poco por lugares bonitos. Le adjunto las cartas para Rosée y Maria Alice. Así usted tendrá el noticiero completo.
Me veo obligado a parar, pues son las 16 Hrs. y a las 17 Hrs. tendré una reunión muy importante.
Querida mía, mi muñeca, mi marquesita: cuidado con su salud y rece por el filhão que la quiere muchísimo y le envía millones de besos y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

En la carta siguiente, el Dr. Plinio manifiesta como siempre una cualidad sin la cual una auténtica convivencia no se establece: la abnegación. Se diría que, en esa inefable relación con doña Lucilia, la renuncia de cada uno a sí mismo revierte generosamente en beneficio del otro; así como los arbotantes de una catedral, que por sí solos no se sostendrían pero apoyando las colosales paredes forman con ellas un conjunto esplendoroso.

Manguinha de mi corazón,
Mi pluma azul está rota. Por eso, le escribo en rojo.
Sus dos cartas me gustaron inmensamente. Las tengo sobre mi mesa de noche para tenerlas siempre delante de los ojos. Estoy con unas saudades locas de mi mãezinha querida, de sus cariños, de su presencia, de su conversación, en fin, de ella, de todo lo que es de ella y de todo lo que la rodea.
Pocas cosas podrían alegrarme tanto como saber que usted está bien. Cuídese; usted no podría hacer nada mejor por mí. Mejor que eso, solamente una cosa: rezar por mí…
Todavía no sé bien la fecha de mi regreso, pero espero que no tarde. Escríbame cuánto antes, amor de mi corazón.
Perdóneme esta carta-relámpago; estoy ocupadísimo.
Con mil y mil besos, todo el cariño del hijo que la quiere inmensísimamente y le pide con respeto bendiciones y oraciones.
P.

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1962: nueva separación…

cap14_044El año de 1962 le reservaba a doña Lucilia una nueva ausencia de su hijo tan querido. La causa fue uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX: el Concilio Vaticano II, que definiría los rumbos de la Iglesia Católica en las siguientes décadas.
Consciente de la importancia de aquel momento histórico, el Dr. Plinio partió hacia Roma en octubre de 1962 a fin de seguir de cerca los trabajos del Concilio Ecuménico. Conocía bien las múltiples limitaciones de sus medios individuales de acción, pero confiaba en la Providencia. Según la costumbre adoptada en ocasiones anteriores, no reveló en seguida a doña Lucilia ni el objetivo, ni la duración del viaje. Solamente cuando ya se encontraba en la Ciudad Eterna, doña Rosée le contó a su madre el verdadero destino del Dr. Plinio y le entregó la carta que éste le había dejado antes de partir.
Por sus palabras, inflamadas de amor a Dios, esa carta es otro elocuente testimonio de cómo la educación dada por doña Lucilia había producido en el alma del Dr. Plinio abundantes frutos:

¡Manguinha querida de mi corazón!
Bueno, cuando usted lea esta carta, ¡su hijo estará en Roma! Este viaje es fruto de largas reflexiones. No lo hago para divertirme. Por el contrario, en el estado de cansancio en que estoy preferiría sinceramente quedarme aquí, y no sobrecargarme con todas las ocupaciones y preocupaciones que tendré en Roma. Pero si yo no fuese a Roma ahora tendría mi conciencia más sucia que si fuese un soldado desertor. Y, colocando el deber por encima de todo —máxime, el deber hacia la Santa Iglesia—, decidí partir.
Usted comprenderá, mi Amor, cuánto me pesa dejarla, aunque sea solamente por unos quince o veinte días. Esté segura que yo jamás haría este viaje por placer. Pero, una vez más, la Religión está por encima de todo. Ahora bien, ocurre que, por un lado, nunca el cerco de los enemigos externos de la Iglesia había sido tan fuerte, y tampoco nunca tan general, tan articulada, tan audaz la acción de sus enemigos internos. Por otro lado, sé bien que puedo prestar servicios muy útiles para ayudar a sostener el edificio de la Cristiandad. Usted comprenderá bien, queridita, que yo no podría jamás, bajo ningún cap14_043pretexto, renunciar a prestar a la Iglesia, a la cual he dedicado mi vida, este servicio en un momento histórico casi tan triste como el de la Muerte de Nuestro Señor. Por eso, mi bien, por más dolorosa que sea esta separación de algunas semanas usted debe alegrarse. En efecto, debe llenarla de júbilo que Nuestra Señora se sirva de su hijo para algo. Y, si para esto soy apto, es en gran medida por la influencia que usted ejerció sobre mí, la educación que usted me dio, y el espíritu religioso que me inculcó desde tan temprana edad. Ofrezca, pues, a Nuestra Señora el sacrificio de esta separación para que el esfuerzo tenga éxito.
Algunas semanas pasan de prisa, Luzinha. Piense, así, en la alegría del regreso y cuide bien de su salud, para que yo pueda encontrar a mi Lú fuertecita, contentita, pimpona, esperándome. Usted sabe muy bien, pues la quiero inmensamente, cuánto valor le doy a su salud y toda la alegría que me dará encontrarla fuerte y bonita.
Rece mucho por mí y acepte mil y mil besos del hijo que con todo afecto y respeto le pide su bendición,
Plinio
PS: Escríbame cuánto antes diciéndome cómo esta, etc. etc, con aquella letra tan bonita que me gusta tanto leer. Quiero saber todo sobre la Luzinha de mi corazón.

Terminada la lectura, podemos imaginar a doña Lucilia tomando un pequeño pañuelo, secarse tranquila y dulcemente las copiosas lágrimas que caen de sus ojos, doblar con cuidado tan cariñosa carta y, en un primer momento, depositarla a los pies de la imagen del Divino Redentor, iniciando por el viaje de su hijo piadosas y empeñadas oraciones.
Ofrece una vez más con generosidad al Sagrado Corazón de Jesús el sacrificio de una larga separación, más difícil de soportar ahora por la ausencia de su esposo y por su ya tan avanzada edad. La vista un tanto disminuida y el reumatismo de sus manos le exigían un esfuerzo no pequeño y bastante tiempo para, con “aquella letra tan bonita” que tanto agradaba a su hijo, redactar una respuesta. Sin embargo, esa incomodidad era compensada por el gusto de mantener, por medio de esas líneas, su relación con él.
En la anterior correspondencia de doña Lucilia traslucía sobre todo su inmensa bondad y un inigualable afecto materno. Sin que esos aspectos perdiesen en nada su intensidad, en las cartas que le escribió durante el Concilio llama especialmente la atención su profundo amor a la Santa Iglesia. Por sus palabras notamos cómo seguía con sumo interés las noticias publicadas en la prensa sobre los trabajos de la magna asamblea reunida en Roma.
Después de recibir la primera carta de su hijo, le escribe estas bonitas líneas:

São Paulo, 18-10-62
¡Filhão querido de mi corazón!
Cuando tengas otra vez necesidad de ausentarte por tantos días y tan lejos, avísame con anticipación para habituarme un poco a esa idea, antes de verte partir, “¡por más que lo sienta!” Si en esta ocasión podías prestar algún auxilio a los obispos y arzobispos etc. del clero bueno, y no lo hicieses, ¡faltarías a tu deber!
Estoy guardando el periódico “Estado de S. Paulo”, que puede que te guste leer. Si es verdad todo lo que dice sobre los primeros días, ¿qué será de nosotros? ¡Que Jesús nos proteja! ¿Qué decir de esos antipáticos y feos obispos rusos? ¿Estarán queriendo ponerse en el lugar de nuestro Papa, para hacer un Papa “a la moda rusa”? ¡Que San Pedro nos proteja! En fin… ¡¡vosotros sabéis más que yo, que tengo miedo de todo!!

Los “antipáticos y feos obispos rusos” a los que doña Lucilia se refiere en la carta, eran observadores de la iglesia cismática que habían sido invitados a asistir al Concilio. Luego continúa ella con su encantadora manera de aconsejar a su filhão querido:

cap14_042¿Has sido invitado a la cena ofrecida a los arzobispos y obispos brasileños por la embajada brasileña junto a la Santa Sede? ¡Debe ser hoy! Pensaba escribirte anteayer, pero vino tanta gente a visitarme para distraerme de tu ausencia ¡que no me fue posible hacerlo! Estuvieron aquí, el sábado Rosée, Maria Alice, Dora. El domingo Maria Alice, Rosée, Dora “nuestro niño” (El bisnieto de doña Lucilia, Francisco Eduardo), Zilí y Néstor cenaron, Sinhá almorzó y se quedó hasta las seis. El lunes, Rosée, Das Dores (María das Dores Procopio de Araújo Carvalho, hermana de Gabriela Procopio Ribeiro. Esta última era esposa de don Gabriel, hermano de doña Lucilia), Yelita, Dora (que se fue ayer a Río) y doña Viví ( Dª Olivia Torres Castilho de Andrade, madre de D. José Carlos Castilho de Andrade, amigo del Dr. Plinio), que fue muy amable y me trajo un ramo de rosas. Ayer estuvieron Rosée, Maria Alice y Eduardo.
Quiero pedirte un favor… ten cuidado con lo que comes por ahí, pues cuando el menú es bueno te pones muy goloso y, si abusas, ¡te puede hacer mal! Cuidado, ¿eh?
He rezado mucho por ti. Con mil abrazos y besos y muchas bendiciones de mamá, que tanto te quiere,
Lucilia

Fallecimiento de don João Paulo

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D. Joao Paulo

A partir del 27 de enero de 1961, el pacto hecho por doña Lucilia con su esposo, de rezar una Ave María delante de la puesta de sol entró en vigor. Algunos días después de un derrame cerebral, don João Paulo, entonces con 87 años de edad, entregó su alma a Dios.
Aunque doña Lucilia hacía mucho tiempo que estaba con el espíritu preparado para la eventualidad de la muerte de su esposo, la rapidez del desenlace la conmocionó. Pero era tal su paz de espíritu, y tan grande su confianza en la Providencia, que, sin dejar de demostrar natural tristeza y dolor, no perdió la serenidad en ningún momento, conservando un aplomo admirable. Ésta era su constante actitud delante del dolor, siguiendo el excelso ejemplo de Nuestra Señora a los pies de la Cruz.

Los nobles deberes de la viudez

En nuestros días es tal la aversión a la Cruz de Nuestro Señor que, poco a poco, ha sido relegada al olvido la saludable costumbre del luto, por traer éste ligado a sí el recuerdo de la muerte y de la eternidad. Doña Lucilia nunca adhirió a ese estado de espíritu. Y, una vez fallecido su esposo, cambió algunos hábitos de acuerdo con su nueva situación. Guardó luto hasta el fin de sus días, y dejó de usar joyas durante un año, según la costumbre.
Al comienzo, al Dr. Plinio le pareció todo esto natural, pero pasado cierto tiempo le preguntó:
— Mãezinha, ¿usted ha dejado de usar el collar de perlas?
— Sí, hijo mío, ya no lo usaré más. Una señora sólo se adorna para su esposo.
De hecho, nunca más usó el collar, tan de su gusto, donde se ve con qué modestia y desapego había usado sus joyas a lo largo de toda su vida.

Lenta marcha hacia el anochecer

Con la muerte de don João Paulo se acentuó para doña Lucilia el normal aislamiento que la edad avanzada trae consigo. Desde joven ella había previsto la eventualidad de que su modo de ser y de pensar fuese incomprendido por las generaciones siguientes, en vista de las transformaciones que presenciaba. Así, no tenía ninguna ilusión.
Haciendo recordar ciertas flores, que exhalan su mejor perfume cuando son maceradas, doña Lucilia se sometía con dulzura y suavidad a la prueba del aislamiento, más doloroso para ella debido a que era muy comunicativa. Sin embargo, su soledad no fue completa. Desde la juventud de su hijo, poder constatar la afinidad existente entre ambos fue para ella un consuelo, pues veía en la fidelidad de éste a los mismos principios católicos que ella amaba, la promesa de una compañía hasta sus últimos días.

“Hijo, sólo te tengo a ti”

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…al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo… “Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero”

Considerando que la sensibilidad de una señora es más refinada que la del hombre, el Dr. Plinio hizo el propósito de amenizar el aislamiento de doña Lucilia y de sustentarla en su soledad. Redobló, así, sus manifestaciones de cariño hacia ella, que discernía perfectamente la intención de su hijo en la expresividad de los agrados con que la cubría. Por eso doña Lucilia no perdía ninguna oportunidad de manifestarle su agradecimiento.
Un día, al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo. Paró frente a él, le puso las manos sobre los hombros y, mirándole profundamente, le dijo:
— Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero.
Al acordarse de esa escena, años más tarde, el Dr. Plinio comentaría: “Esas palabras se grabaron en mi espíritu para siempre. Cuando ella dijo esto, yo no respondí nada, pues no existen palabras capaces de expresar los propios sentimientos en situaciones como ésta. Sólo la besé y abracé, como lo hice siempre. Pero puedo decir tranquilamente que ella me tenía de verdad, ¡y por entero!”.

“Ah, Plinio… qué mezcla explosiva”

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Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?

Transcurría aún el año 1956. En el vestíbulo del edificio de la calle Vieira de Carvalho, un joven de 17 años esperaba la llegada del ascensor cuando, al mirar hacia el portal, vio entrar a una distinguida señora. Era doña Lucilia, que volvía de algún paseo con el Dr. Plinio, y ambos se dirigían al sexto piso, donde don João Paulo les esperaba para regresar a casa. Doña Lucilia intentaba apoyarse en el brazo izquierdo del Dr. Plinio para subir tres o cuatro escalones. Inmediatamente aquel joven bajó y le ofreció el brazo derecho, lo que ella aceptó con toda naturalidad, apoyándose levemente, no queriendo pesar sobre quien la ayudaba.
Llegando al ascensor, el joven abrió la puerta para que pasasen ella y el Dr. Plinio, el cual —¡agradable sorpresa!— lo convidó a entrar también. El Dr. Plinio se lo presentó a doña Lucilia de una forma un poco más íntima y graciosa:
— Mamá, este es João Cla, hijo de una italiana y de un español.
Con aire bondadoso, ella miró al joven y frunció un poco el ceño, dando a entender que lo analizaba con especial atención. En seguida, se volvió hacia su hijo, esbozó una ligera sonrisa y, un poco en broma, dijo de modo amable:
— Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?
Aquel joven nunca más se olvidaría de tan dulce y feliz encuentro.

El encanto de un hidalgo español

Bastaba tener el alma abierta a lo sobrenatural para sentirse inmediatamente atraído por la gran benevolencia de doña Lucilia, incluso sin conocerla a fondo. Los lados buenos del alma se regocijaban y se sentían fortalecidos, reanimados en el trato con ella. Fue lo que le ocurrió a un hidalgo español de paso por São Paulo.
Un día, muy temprano, cuando toda la familia dormía aún, sonó el timbre del apartamento. Al abrir la puerta, la empleada se encontró a un extraño, hablando una lengua que ella no entendía. Avisó entonces al Dr. Plinio, quien fue a ver de quién se trataba. Era un hidalgo español, alto y de buena presencia, con quien había trabado amistad en uno de sus viajes a España. Tal vez por el cansancio del viaje y porque la empleada no entendía sus palabras, el recién llegado parecía un poco impaciente. El Dr. Plinio lo recibió con amabilidad y lo invitó a cenar en casa esa noche.
A la hora convenida, naturalmente también estaban en la mesa los padres del Dr. Plinio. La desbordante bondad de doña Lucilia cautivó vivamente al visitante desde que le fue presentada. Éste, durante toda la cena, la miraba repetidas veces con evidente encanto, hasta que en cierto momento se volvió hacia el Dr. Plinio y exclamó con un énfasis típico de su pueblo: “¡Cómo me gusta ella!” Y para mejor manifestar su simpatía, le acariciaba la mano, repitiendo varias veces la misma exclamación.
La escena marcó profundamente al Dr. Plinio, no sólo por la forma inusual —si bien que hidalga y franca— con que el visitante expresó sus sentimientos, sino sobre todo porque alguien de temperamento tan diferente al brasileño, se mostraba de tal manera sensible a las cualidades de alma de doña Lucilia.

Ojos contemplativos en los que hay un firmamento

cap13_010Después de un caliente día del verano de 1959, cuando el frescor de la noche parecía dar descanso al exuberante arbolado de algunas calles de la ciudad, se pudo asistir a una escena especialmente bonita: auxiliada por su hijo, doña Lucilia se aproximaba con paso lento y solemne a la puerta de entrada del auditorio donde se realizaría una de las últimas conferencias públicas de su hijo a la que ella comparecería.

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Una fotografía sacada en aquella ocasión, en la cual doña Lucilia aparece sentada en la primera fila entre su sobrino, D. Adolpho Lindenberg, y la esposa de este, doña Teresa, nos llama especialmente la atención. Quizá sea de las fotografías que mejor expresan su perfil psicológico y moral. En su mirada contemplativa, a la búsqueda de un firmamento, nos es permitido entrever cierto fondo de tristeza y melancolía, al que se mezcla algo de dulzura, presente como siempre en todas sus actitudes. El modo de sujetar el bolso y de apoyar levemente su mano sobre él, o la manera de arreglarse el chal, señalan gestos inadvertidos pero muy distinguidos. Por otro lado, se ve que no está ajena a la realidad externa y sigue la conferencia sin distraerse. Sin embargo, la expresión de su fisonomía es de quien tiene lo mejor de su atención dirigida hacia pensamientos elevados.
Esa magnífica conjugación de sentido común y elevación de alma, características del espíritu católico medieval, llenaban la noble alma de doña Lucilia en pleno siglo XX.

Una lamparita a los pies del Sagrado Corazón de Jesús

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…su manual de piedad predilecto, el Goffiné…

Con el transcurso de los años, doña Lucilia fue siendo obligada a reducir, poco a poco, sus tareas domésticas, pues, como era natural, le iban faltando las fuerzas. Sin embargo, no se quedaba inactiva y llenaba los ratos libres con su ocupación preferida: la oración, la silenciosa intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús.
Bajo la misericordiosa mirada de la bella imagen permanecía las mañanas en su cuarto pasando infatigablemente las cuentas de su rosario, alternando el rezo de éste con letanías y novenas, además de otras oraciones, en general sacadas de su manual de piedad predilecto, el Goffiné (Manual del Cristiano, del P. Leonardo Goffiné (1648-1719)), que poseía desde su juventud.
Una de sus oraciones preferidas era la “Novena irresistible al Sagrado Corazón de Jesús”, que debe haber rezado con mayor insistencia en los períodos de prueba.
Otra oración con la cual doña Lucilia imploraba también la protección divina era el Salmo 90, que copió con su bonita letra. A lo largo del día, según las circunstancias e intenciones por las que rezaba, doña Lucilia hacía sus oraciones en diferentes lugares de la casa: andando lentamente por el corredor; sentada en el comedor mientras miraba la puesta de sol sobre los árboles de la Plaza Buenos Aires; en el cuarto de su hijo, delante de las imágenes que estaban sobre la mesa de noche; o, con más frecuencia, en el escritorio, sentada en la mecedora, que hacía oscilar casi imperceptiblemente.

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…el Salmo 90, que copió con su bonita letra

Quien la viese entonces no sabría decir si había interrumpido sus oraciones vocales para meditar o viceversa… pues contemplación y oración constituían un todo en su espíritu.
Con la llegada de la ancianidad, doña Lucilia se habituó a rezar hasta altas horas de la madrugada, delante de la imagen de alabastro del Sagrado Corazón de Jesús reinante en el salón principal de la casa. Cuando el Dr. Plinio volvía tras una noche de intensa actividad, aún la encontraba en ese lugar, muchas veces de pie, con el porte erecto a pesar de la edad, los labios muy próximos del Sagrado Corazón de Nuestro Señor, no raramente con los ojos cerrados y el rosario en la mano. Daba la impresión de que acababa de hablar con Jesús en aquel instante.
Según el empeño que tenía al formular sus intenciones, colocaba reverentemente la punta de sus finos dedos sobre los divinos pies o las adorables manos del Salvador. Quien la viese rezar así —con tanta humildad, plenamente convencida de ser amada por Nuestro Señor, y recelosa de faltar a la delicadeza y a la reverencia a Él debidas— no podría dejar de conmoverse profundamente. Doña Lucilia rezó tanto delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que a ésta quedó vinculado algo de su persona. En los pies, en la rodilla izquierda y en las manos de esa imagen, ligeramente marcados por sus besos, dejó doña Lucilia el testimonio de la insistencia de sus pedidos y de la intensidad de sus actos de adoración.

Doña Lucilia cumple 80 años…

Doña Lucilia cumple 80 años: tres fotografías, tres aspectos de alma

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

A partir del momento en que completó los 80 años de edad sus virtudes se hicieron aún más notorias a los ojos de aquellos que habían tenido la gracia de observarla. Analizando de nuevo los diversos aspectos de la matizada alma de doña Lucilia podemos decir que, tal vez, los más bellos eran armónicamente opuestos: por un lado, su gran bondad, que traslucía en su trato afable, siempre dispuesta a inclinarse sobre los otros para hacerles el bien; por otro lado, su firmeza, seriedad e inquebrantable fidelidad al modo de ser católico. Todas estas cualidades las inhalaba del Divino Maestro.
Tres fotografías sacadas poco antes del 22 de abril de 1956 nos atestiguan los magníficos lados de alma de doña Lucilia. En aquella ocasión la encontramos en casa de su nieta, doña Maria Alice. En la primera podemos ver a doña Lucilia agarrando al pequeño Francisco Eduardo, su bisnieto. Es de las pocas que la retratan conversando. Es tan comunicativa que da casi la impresión de tener movimiento. Su mirada es expresiva y en su conjunto se nota el deseo de agradar a los circundantes como sólo ella sabía hacerlo. Sin embargo, la fisonomía es de quien vive un paréntesis de alegría y de distensión en una vida en la que no faltan las cruces. Aquellos 80 años, para quien pautó su existencia por la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, no podían dejar de ser un largo Vía Crucis. ¡Cuántos recuerdos de todas clases habrán pasado por la mente de doña Lucilia ese día! La segunda fotografía muestra otro estado de espíritu.

cap13_007Su mirada profunda y pensativa está considerando amplios horizontes, en el fondo de los cuales se encuentra Dios. Se diría que es una contemplativa que vive en la clausura bendita de su monasterio, dirigida sólo hacia los asuntos celestiales. Pero no. Enmarcando esa mirada vemos la fisonomía de una dama tradicional que vive la vida social en pleno siglo XX.
En su porte trasluce un carácter afirmativo. La forma de cerrar los labios es de quien serenamente afirma no ceder, retroceder o transigir nada en materia de principios, para obtener una sonrisa. El camino está elegido y está decidida a seguirlo hasta el final.
La misma actitud de alma está presente en las fotografías sacadas en otras ocasiones, notablemente en las de París. Ellas forman una colección en la que está patente la gran continuidad psicológica de su vida, que ninguna vicisitud fue capaz de alterar.
Muchos años después de la muerte de doña Lucilia, su hijo evocaría con saudades su octogésimo cumpleaños al comentar los recuerdos que la segunda fotografía le traía: “Varias veces en la vida la vi perpleja, con algo de esta fisonomía. Ella mantenía el semblante inmóvil, sin fruncir el ceño, fijaba la mirada en un punto indefinido y como ausente del propio rostro, meditaba. Era señal de que alguna preocupación tomaba su espíritu, y calmamente se preguntaba cómo actuar. “Cuando juzgaba que sus recelos se confirmaban, se entregaba resignada y confiante en las manos de Dios. En esas ocasiones, lo que yo admiraba más en ella era la calma durante la preocupación.”

cap13_008La última de las fotografías constituye una interesante prueba de la bienquerencia de doña Lucilia, cualidad de alma que tanto marcó su existencia. Además de su elevada distinción, se nota una gran alegría en su fisonomía por tener en los brazos un bisnieto a quien podía envolver con toda la protección de su acogedor afecto.

Presencia dulce y suave

Todavía hoy, si cruzásemos la puerta del apartamento de la calle Alagoas, nos llamaría la atención la atmósfera de calma allí reinante. Parecería que al entrar en una de las salas encontraríamos a doña Lucilia sentada en algún sillón, entregada a profundas reflexiones, o pasando lenta y acompasadamente las cuentas del rosario a la espera de la vuelta del Dr. cap12_019Plinio. El ambiente de serenidad que ella difundía en torno de sí era de los aspectos más atrayentes y benéficos de su presencia. Cuando, en aquellos añorados tiempos, el Dr. Plinio tenía algún trabajo que exigía una mayor concentración de espíritu —como por ejemplo la preparación de una clase o la redacción de determinados artículos—, se aislaba en el escritorio de su casa. El simple hecho de saber que doña Lucilia estaba allí, aunque en otra sala, era una fuente de ininterrumpido bienestar para su alma. A veces ella se asomaba a la puerta y preguntaba con un cariñoso timbre de voz:
— ¿Se puede entrar?
— Pero, mãezinha, ¡entre!
Para no interrumpir su trabajo, se aproximaba en silencio, posaba su blanca y aterciopelada mano en el hombro del Dr. Plinio, le daba un beso y le decía simplemente:
— ¡Filhão!
En la aridez del trabajo, este simple saludo constituía un alivio para él. Doña Lucilia pasaba el tiempo junto a su hijo, sentada en la mecedora, rezando o haciendo croché. Muchas veces no intercambiaban ni una sola palabra, pero al Dr. Plinio le reconfortaba la suave, tranquila y comunicativa presencia materna. De vez en cuando el Dr. Plinio acariciaba la mano de su querida madre, o le hacía otro pequeño agrado, lo que la dejaba muy complacida.

Sueño profundo y reparador

La serenidad de doña Lucilia se manifestaba, de forma muy particular, en una circunstancia que pocos tuvieron el privilegio de contemplar: su reposo. Su modo distinguido y compuesto de estar acostada, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, la respiración discreta y acompasada, denotaba que para ella el sueño no era un momento del día en que los sentidos se desligan de la realidad para gozar intemperantemente algunas horas de inacción, sino una dádiva de Dios que suspende por algunos instantes las amarguras de la vida, permitiendo la restauración de las fuerzas.
Cuando era niño, el Dr. Plinio se despedía de doña Lucilia antes de salir para el colegio San Luis, pero algunas veces la encontraba aún durmiendo. Ante aquella inmensa calma, en la penumbra silenciosa del cuarto, pensaba consigo mismo: “¡Qué agradable debe ser dormir como ella!”
Era un sueño profundo y reparador, de quien sabía dormir en paz. Se despertaba también tranquilamente, pero ya en el primer momento abría los ojos a la realidad, sin permitir que el torpor la dominase ni siquiera un segundo.

“Mi casa eran sus ojos”

Además de la esmerada práctica diaria de sus actos de piedad, doña Lucilia —empeñada en enriquecer aún más su vida interior— se entretenía en la elevada consideración de los esplendores de la Civilización Cristiana. Su espíritu contemplativo era muy favorecido por el amor a la estabilidad, que las circunstancias de una avanzada edad tornaban ahora propicia. Una de las principales alegrías cotidianas, en esa fase final de su vida terrena, consistía en la admiración de las maravillas creadas por Dios, de modo especial de la diversidad y del valor cultural —mucho más que material— de las almas y de los pueblos.
El Dr. Plinio, que había aprendido de ella el gusto por la estabilidad, se veía en la necesidad de viajar mucho, impelido por razones de apostolado. Sin embargo, mantenía en São Paulo un punto especial de referencia: la mirada de su bondadosa madre.
Nada le producía tanta atracción. Por eso, al volver de la calle, su primera preocupación era verla y sentir su afecto, lo que le hizo afirmar en una ocasión: “Mi casa eran sus ojos y en ellos habitaba.”

“¡Mi madre es mucho mejor que la suya!”

capv086El Dr. Plinio no perdía ocasión para retribuir el afecto de su madre. Esto compensaba, de alguna forma, las ausencias impuestas por sus obligaciones, y, sobre todo, la aliviaba de su aislamiento. Muchas veces exteriorizaba este reconocimiento con dichos graciosos; una frase ocurrente le daba mayor alcance a sus filiales sentimientos. Una vez, estando doña Lucilia en el Salón Azul, sentada al lado de su filhão en una agradable conversación, éste le preguntó, refiriéndose al cuadro de doña Gabriela:
— Mamá, ¿quién es esa señora que está en aquel cuadro?
Extrañando la pregunta, respondió en un tono de voz que denotaba una cierta sorpresa:
— Hijo mío… aquella es mamá…
— Pues mire, ¡mi madre es mucho mejor que la suya!
Un poco desconcertada delante de un elogio que la colocaba por encima de su madre, a quien mucho admiraba, no teniendo qué responder, tocando con la punta de los dedos suavemente la mano del Dr. Plinio, como era su costumbre, le dijo apenas:
— Hijo mío, hijo mío…
Cuando era muy elogiada por él, doña Lucilia alegaba que sus dichos eran exagerados, pues no merecía tanto. El bromeaba entonces, y la llamaba “Madame Merece Más”, no permitiendo que ella venciese en la cariñosa disputa. Le daba a entender de ese modo cuánto se quedaban siempre cortas sus alabanzas.

“Las palabras de Cristo no pasan”

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En Barcelona pasé días agradabilísimos.

A medida que se van los días, a pesar de las saudades, encontramos a doña Lucilia siempre en paz y señora de sí, como nos lo demuestran sus cartas. En su equilibrada actitud vemos relucir el sentimiento materno, profundo y amoroso, guiado por las virtudes de la fe y la templanza.

São Paulo, 22-7-52.
¡Hijo querido de mi corazón saudoso! Esperaba recibir una carta… ¡y nada! Probablemente tendré una mañana, ¿no es verdad? Me llegan a las manos de ordinario, los martes o miércoles. Ya te envié una la semana pasada para Madrid, ¿fue recibida? Recelo que sean muy largas y fastidiosas, pero ¿sabes querido? éste es todavía el único medio de hacerme la ilusión de que, de algún modo, estoy un poco contigo. No sé por qué, pero siento con frecuencia una fuerte preocupación de corazón o espíritu, como si no te sintieras bien de salud, ni de espíritu. No abuses de los platos deliciosos, pero excesivamente elaborados, de los restaurantes. Cuidado con el hígado, que es nuestro mal de familia.
Por lo demás, “tengamos fe”, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, han de velarte y protegerte de todas las formas. ¡Rezo y pido tanto al “Canal de las Gracias”! Y las palabras de Cristo no pasan. Has de ser muy feliz y bendito por Dios. Con tu padre, Rosée y Antonio, cené ayer en casa de Maria Alice.
Maria Alice es un encanto en su casa. Está coleccionando unas recetas para que yo te las prepare, hizo una crema deliciosa —de coco— para su abuelo, y mandó que trajeran una bonita película cinematográfica inglesa, en tamaño natural, para ponerla en la maquina de Eduardo. Maria Alice y Rosée acaban de salir y te envían muchos besos.
¿Has mandado ya decir la Misa que te pedí, en el altar de Nuestra Señora de Begoña? Insisto mucho en ese sentido. A ver si me haces esto, ¿sí?
Nuestra casa sigue siempre deliciosa, esperando a su querido dueño y señor. ¿Has visto ya a todos tus amigos españoles? ¿Cuándo, y adónde vas ahora?
¡Escríbeme enseguida! (Doña Lucilia subraya cuatro veces la palabra “enseguida”)
Con todo mi cariño te bendigo, te beso y te abrazo hasta el fondo del corazón.
De tu madre extremosa,
Lucilia
Recuerdos a tus cuatro buenos amigos.

En el mismo sobre iba otra carta de don João Paulo, informando al Dr. Plinio que doña Lucilia se encuentra con buena salud, satisfecha. Sólo una cosa le duele, la saudade del hijo ausente, que no le sale nunca de la memoria. Pocos días después, algunas novedades de Roma alegrarían el corazón de doña Lucilia.

Roma, 18-7-52
Luzinha, mi amor
Recibí su carta ayer, que me dejó indignado con el correo. He escrito varias veces, ¡y mi Lú me dice que sólo ha recibido una carta mía! Es un escándalo, pura y simplemente.
Pero espero que usted en este ínterin ya haya recibido por lo menos la última que le envié desde Roma. El viaje, como provecho, supera en mucho mi expectativa. Cuento salir de Roma para Barcelona el domingo temprano, lleno de alegría.
¿Rosée tampoco habrá recibido mis cartas? Escriban a Madrid contando noticias muy detalladas, principalmente de la Finca Sta. Alice que me preocupa por el frío. Mi amor querido, millones de besos para usted del hijo que la quiere inexpresablemente, y le pide la bendición.
Plinio
Querido Papá
Gracias por sus informaciones siempre exactas e interesantes. Mil abrazos. Pide sus oraciones.
Plinio

Estas serían las últimas líneas que doña Lucilia recibiría venidas de la bella Italia, pues a esta altura su hijo ya se había dirigido a la gallarda España, tierra que le recordaba algunos remotos antepasados.

La sangre de los Rodríguez Camargo y de los Ortiz

“De tanto pensar en Itaicí, tengo la impresión de ya conocerla”, escribió doña Lucilia cierta vez a su hijo, cuando este pasaba unos días en aquella localidad del interior paulista. Lo mismo se podría decir a propósito de cada lugar recorrido por él en sus viajes. De este modo, tanto durante sus fervorosas y tranquilas oraciones de la mañana como durante las comidas, en las horas de contemplación, al recibir visitas, en los quehaceres domésticos o en la hora de la conversación nocturna, por así decir, ella “volaba” con su hijo de Italia a España, “paseaba” por las calles de Barcelona y, quizás, haya “asistido” a una corrida de toros en Madrid…
El día 30 de julio, doña Lucilia recibió la siguiente misiva del Dr. Plinio:

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“Los Caracoles” uno de los mejores restaurantes del mundo.

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Parque del Retiro, Madrid

Luzinha, mi amor querido.
Poco antes de dejar —muy satisfecho— Italia, recibí una carta suya, quejándose de que yo sólo le había enviado una carta. Respondí en seguida con otra carta, y también en el telegrama a Adolphinho, diciéndole que he escrito varias veces.
Hoy, día de mi llegada a Madrid, es la fiesta de Santiago, patrono de España, día de precepto nacional. Nuestra embajada y nuestro consulado están cerrados. Mañana, cuento con ir a recoger cartas allí, pues, no sin sorpresa, este hotel no tenía correspondencia para mí. En Barcelona pasé días agradabilísimos. La comida regional catalana es un sueño y “Los Caracoles” uno de los mejores restaurantes del mundo. Papá, allá, estaría en su elemento: langostas, langostinos, camarones, mariscos, ostras, calamares, frutos del mar en cantidad, de una variedad y sabor increíbles.
Aquí, llegué temprano, dormí antes del almuerzo, dormí después del almuerzo, fui a una corrida de toros, y paseé por un parque bonito, el Retiro.
Me gustó la corrida, y mucho. Me recordó analógicamente mucha estrategia que he usado en mi vida, haciendo a veces el papel de toro, otras de torero. Durante la corrida hasta tuve una sorpresa: cuando caí en mí, estaba aplaudiendo sinceramente a un torero que realmente había engañado al toro de modo eximio. Pocas veces en mi vida me ha ocurrido aplaudir espontáneamente y con calor. Una de las cosas que me gustó fue el estilo de los toreros: ropas bonitas, valentía hecha de fuerza y de salud sin duda, pero sobre todo de vida, agilidad, inteligencia.
Debo pasar unos días aquí, yendo después a Sevilla. De esta ciudad me vuelvo a Madrid, rumbo a San Sebastián y Lourdes. Después, París. Y, en París, comenzará a ponerse la perspectiva de la vuelta como muy próxima.
Mañana espero tener noticias suyas. Siga mandándolas al Ritz, hasta que yo le dé otra dirección, y comunique esto a todos.
Bien, mi flor, mi corazón, mi bien: con millones y millones de saudades de usted, pide su bendición, y le envía los besos más afectuosos del mundo, su filhão,
Plinio

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Siga mandándolas al Ritz…

Al apreciar la corrida de toros a través de las narraciones de su hijo, doña Lucilia una vez más tuvo ocasión de admirar algunos predicados del alma española, en especial la fuerza graciosamente amenizada por lo que ellos llaman “salero” y ennoblecida por el garbo.
Doña Lucilia decidió responder aquel mismo día. En la carta, cada noticia o comentario —sea una palabra de cariño o una pequeña ironía, una expresión de preocupación o incluso de temor— traía la inequívoca nota de serenidad y de elevación de su modo de ser.

São Paulo, 30-VII-1952.
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso placer he recibido hoy tu carta de Madrid, fechada el …?, y me entristeció tu decepción, al no encontrar cartas mías ni de Rosée ya enviadas para ahí. No imaginaba que, en el fondo, tuvieses ese “penchant” (Gusto, inclinación) por las corridas de toros; ¡es la sangre de los Rodríguez Camargo, y de los Ortiz, que aún habla!
Te pido una vez más, como lo he hecho en todas las cartas, que mandes decir una Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña, y enciendas una vela por la intención de tu hermana que ha sido buenísima conmigo. Ciertamente, me causa gran placer la anticipación de tu vuelta para acá, pero, al mismo tiempo, evaluando el pesar muy natural, por cierto, con que lo haces, parece increíble, pero insensiblemente me entristezco de que no puedas quedarte… “un poquito más”.
En cuanto al frío en Paraná, por el momento no ha traído helada, y yo más que nunca he atormentado al buen San Judas Tadeo.
Nuestra casa tan bonita y “cosy”  (Acogedora), está suspirando por ti.
Presta atención (Doña Lucilia subraya tres veces las palabras “presta atención”): Cuando busquéis pasajes de avión, los de ahí, y los de regreso, que no sean junto a la puerta de entrada. En vista del terrible desastre del President —Estados Unidos vía Italia, en que se abrió la puerta y por ella se cayó una señora— me quedé más nerviosa. ¡Cuidado!
Es una pena que Dora y Telémaco ya no te encuentren ahí. Maria Alice y Eduardo pretenden pasar unos días en Guarujá, y Rosée en la finca, en Paraná, donde ya la espera su marido.
Fui dos veces a visitar a las “Paula Leite”. No las encontré cuando fui la primera vez, estaban en la finca y ahora en Santos. Dejé convites hechos a Antoni, que no ha aparecido ni poco ni mucho, ni si quiera por el escritorio. ¡Mi “torero” me está haciendo falta! Los platillos voladores al final ya están alarmando en los E.U., y ahí,… nada, ¿no? Ellos me aterran.
Debes estar cansado de leer tantas… niaiseries (Tonterías), pero es un medio de engañar a las saudades, escribiendo. Reza en Lourdes por mí, que rezo, comulgo, y hago promesas por ti, ¡hijo mío querido! Con muchas bendiciones, te envío los más afectuosos
besos y abrazos. De tu madre extremosa,
Lucilia
Saluda a tus amigos de mi parte.