la caridad de Doña Lucilia

Siempre llena de desvelo por los que la rodeaban, Doña Lucilia constituía un ejemplo vivo de confianza en Dios: caridad al relacionarse, ánimo en los momentos difíciles y alegría incluso delante de pequeños beneficios. 

Doña Lucilia era muy unida a su hermana más joven, aunque también se llevaba muy bien con su otra hermana que, sobre todo durante cierto período, iba mucho a nuestra casa, a pesar de que a veces discutían.

En defensa de los principios

Una vez yo estaba trabajando en mi escritorio y percibí que la criada llevaba una bandeja con la merienda a Doña Lucilia y a su hermana, en una sala donde mi madre acostumbraba a permanecer. Yo oía a lo lejos la conversación, aunque no prestaba atención porque estaba preparando una clase para la Facultad de Derecho.
En cierto momento percibí que las dos levantaron la voz. La conversación había tomado el tono de una discusión. Eso era rarísimo en mi madre, ¡rarísimo! Creo que fue un hecho único en su vida.

Paré de trabajar para ver un poco qué pasaba, porque conforme fuese yo intervendría. Yo no iba a perder tiempo para intervenir si fuese una pequeña discusión que se resolviese de cualquier manera. Percibí que eran dos asuntos que volvían alternadamente a la discusión: la hermana de ella era medio nazi y a favor del divorcio; mi madre no era favorable al divorcio y antinazi y, por esa causa, se encendió la discusión. Las dos estaban tan alteradas que yo me levanté, fui donde ellas y pregunté:
– ¿Qué pasa? ¿Qué propósito tiene esto? Lo dije en tono de broma. Las dos entendieron y el asunto se deshizo. En esa ocasión vi que mi madre juzgó sus principios contundidos y negados, y yo no estaba cerca para reivindicarlos. Ahí ella entró en escena y fue categórica: discutió con argumentos. La cosa llegó al punto de una discusión, y de una discusión seria. No entraba amor propio, sino el sentido de defensa de los principios. Yo nunca la había visto tomar una actitud así, porque cuando yo estaba cerca me iba de espada o de lanza en ristre por encima de la persona, y ella me dejaba. Pero no estando cerca yo, la cosa fue así. Yo les dije que no tratasen más del tema, pues sería mejor. ¿Qué propósito tenía que dos señoras mayores discutieran por causa de eso? Era mejor no discutir. Nunca más trataron de ese asunto entre sí y se acabó.

Desvelo hacia su hermana más joven

Sala de trabajo del Dr. Plinio en su residencia, en la Rua Alagoas, São Paulo

La otra hermana, trece años más joven que lla, había nacido con un defecto en la columna, y mi madre le hacía todos los curativos y ejercicios que los médicos de aquel tiempo querían que las personas hiciesen para corregirse de ese mal.
Mi madre fue quien tomó los mil cuidados recomendados: se levantaba temprano, mandaba a llamar a una masajista para hacer ejercicios de flexibilidad todos los días, después llevaba a su hermana al jardín, todavía con el frío de la mañana. Los médicos querían –no sé si con mucha razón– que ella cogiese el aire de la mañana, antes de calentar. Mi madre era friolenta, pero iba al jardín y paseaba con la niña. Y todo eso con tanta dulzura que mi tía tenía una verdadera locura por ella y la conservó hasta el fin de su vida. Aconteció, sin embargo, que con la vida muy atareada y mi tía viviendo muy lejos, en fin, toda una serie de circunstancias, en un período de algunos años antes de que mi tía muriese, ella frecuentó mucho menos nuestra casa. En esa época la atacó el mal de Parkinson, un mal aflictivo. La persona comienza a temblar y puede acabar en silla de ruedas, sin siquiera conseguir hablar. En los últimos años mi tía casi no podía andar. Mi madre también comenzó a sufrir dolores en las plantas de los pies, que su médico atribuía a la vejez; en fin, por esa razón ella comenzó a usar silla de ruedas. Acostada en la cama no le dolía nada y al caminar le dolía. Y mi tía iba a visitar a mi madre porque no tenía a donde ir. Ella había dejado todo: la presidencia de la Liga de Señoras Católicas y sus relaciones, porque personas así no son bien vistas ni procuradas. Comenzó, entonces, a procurar a mi madre.
No necesito decir cómo la recibió mi madre. En primer lugar, no hizo ninguna queja por el tiempo en que ella no la había visitado. La recibió como si hubiese estado con ella en la víspera.

Comedor de la residencia del Dr. Plinio

Una noche, cuando llegué a la cena, para alimentar la conversación –mi madre todavía no estaba usando la silla de ruedas– le pregunté:
– Mi bien, ¿cómo fue la tarde de hoy?
Ella dijo:
– Estuvo aquí tu tía.
– ¿Qué hicieron?
Ella dijo:
– Pasé la tarde ayudándola.
Yo dije:
– ¿Y cómo la ayudó?
Mi madre dijo:
– Ella se siente a veces agobiada por el malestar que la enfermedad causa. Ora ella quiere caminar y se cansa, entonces quiere parar; parando, queda un poco nerviosa y quiere caminar de nuevo.
Eso se reflejaba en el hecho de que ella no se estabilizaba en ninguna posición. Entonces ella le decía a mi madre – ella llamaba a mi madre Qui:
Qui, ¿caminamos un poco por el corredor?
Las dos caminaban un poco por el corredor hasta que ella se cansaba. Mi madre nunca se cansaba antes de que la enferma se cansara. Y mi madre con dolor en los pies. Después pasaban a la sala de trabajo –quedaba más al alcance del corredor–, se sentaban
en el sofá y comenzaban a conversar.
Mi madre contaba:
– De repente yo notaba que ella se afligía y le preguntaba: “Hija mía, ¿quiere caminar un poco?”
Ella decía:
– Me gustaría…
Mi madre continuaba:
– Volvimos a caminar de nuevo y así fuimos conversando durante toda la tarde, vino la merienda y la tomamos juntas. Le ayudé a tomar la merienda y después su marido la vino a recoger.

El lumen de la caridad de Doña Lucilia

De izquierda a derecha: Rosée, Doña Lucilia, Ilka, Plinio y Doña Zilí

Yo sentí lo pungente de la situación. Las dos estaban caminando hacia la muerte: mi tía murió incluso antes que mi madre. Ellas estaban caminando hacia la invalidez.
Las dos, apoyándose en el corredor, en el vaivén de un corredor que no es largo, entraban en el cuarto de mi madre y llegaban hasta el hall. Caminaban, caminaban y el apoyo mutuo que se prestaban en eso, el afecto que tenían me daba un aspecto más
de la vida de familia vivido bajo el lumen de la caridad de mi madre.

Lo más curioso es lo siguiente: lo trágico, aunque muy acogedor dentro de la tragedia. Ellas estaban en casa, a gusto, juntas, a cada una le gustaba mucho la compañía de la otra y tomaban su tecito. Así, la vida de mi madre estaba llena de pequeños episodios de ese tipo.

Eso, al pie de la letra, cristianiza. La persona se abre al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora, a toda la atmósfera de la piedad católica. Y queda con una especie de confianza en Dios, que nace de eso. Porque, es curioso, de ese modo de tratar a los otros, brota en el alma de quien trata así una actitud muy confiada con relación a Dios. Eso quiere decir lo siguiente: si una persona penetra de tal forma en la situación psicológica de otro y ve cómo tratar bien a ese otro, la persona, a fortiori si es probada por Dios, sabe entender bien cuál es el propósito por el cual el Sagrado Corazón de Jesús o el Inmaculado Corazón de María mandaron esa prueba. Y sabe recibir la prueba con cariño, sabiendo que está correspondiendo a las intenciones benévolas de ellos.
Aunque estemos sufriendo mucho, eso da una confianza en Dios de que nuestra oración será atendida. Dios es Padre, Él nos está haciendo el bien. Nosotros somos los que no entendemos lo que nos conviene. Eso es confianza.

Claro que una persona con el estado de espíritu de Doña Lucilia tiene mucha más propensión a confiar en Dios que una que trata a otros con desprecio y que, por lo tanto, es llevada a tratar al propio Dios también con desprecio, y cree que Él trata a las almas así. Entonces, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, la confianza en la misericordia de los santos y de los ángeles, etc., se instala mucho más fácilmente en un alma con ese lumen.

Otro aspecto de la confianza en Dios

Hasta sus últimos días, Doña Lucilia mantuvo la costumbre de tomar té todas las tardes en el comedor

Una tendencia que también hace parte de la confianza: alegrarse intensamente con las cosas buenas que Dios manda, aunque sean a veces cosas modestas.
Así también sucedía con uno u otro beneficio que alguien le hacía a Doña Lucilia.

Me acuerdo de un sobrino suyo que, en sus primeros tiempos de casado, iba muy frecuentemente a la hacienda. Yendo una vez, le indicaron una panadería en Campinas, que hacía roscas y otras cosas muy buenas, muy convenientes para la nutrición de ella.
El sobrino le compró un paquete grande de roscas y se las llevó, preguntando si ella quería. Ella las probó, le parecieron deliciosas y eran del tipo dietético que le convenía enteramente. El sobrino, entonces, fue muy amable e hizo una especie de trato con el dueño de la panadería, de tal forma que cuando pasaba por allá, pitaba y el hombre ya le traía el paquete. Llegaba a São Paulo y se lo llevaba a la casa o mandaba a una persona a entregárselo a mi madre. Ella recibía regularmente esas roscas. Creo que hasta morir eso fue así. A ella le gustaba contar ese hecho. Elogiaba las roscas, se las ofrecía a quien la estaba visitando y preguntaba si le hacían bien a la salud. Si la merienda de ella era en ese momento, le preparaba una merienda no dietética a la persona y le insistía al visitante que comiese la rosca, para ver cómo le iba a hacer bien. Después decía:
– Mi sobrino es muy buena persona, él hace…
Toda una cantilena en la cual ella asentaba ese hecho –realmente un gesto extremamente simpático y afectuoso del sobrino–, tratado por ella como si fuese algo magnífico, extraordinario. Ella tenía más gusto de ver el cariño y el gesto amable del sobrino de lo que tenía en saborear las roscas. En fin, de hecho, resolvía un pequeño problema de su vida.

Lo que movía a mi madre a actuar de ese modo era la convicción de que la criatura humana debe ser así. Una prueba y un estímulo supremo es el ejemplo del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, como yo lo adoro a Él y sólo me gustan con toda el alma las personas cuando son así, yo también seré de esa forma con los otros. Teniendo una convivencia asidua con una persona como Doña Lucilia es muy fácil banalizar eso, si no se tiene un verdadero amor a la virtud o a las cualidades que la persona tiene. Todas las decadencias comienzan por esa banalización.

(Extraído de una conferencia del 9/8/1986)

Reflejo de la compasión del Salvador

 

      La compasión de Doña Lucilia por aquellos a quienes veía sufrir era llena de afecto y respeto, sin nunca esperar retribución de parte de sus beneficiados, verdadero reflejo de la misericordia del Sagrado Corazón.

Con respecto a mi madre he dicho varias veces que ella no era más que un ama de casa con una cultura afrancesada, y ligeramente inglesa, de las señoras de buena familia de su tiempo. Ella poseía esa cultura suficientemente, aunque no se destacaba por su inteligencia.

Finura de percepción

Me llamaba mucho la atención que en cierto sentido ella se mostraba excepcionalmente inteligente, y era una forma de inteligencia ligada a la compasión y a la ayuda. Es decir, ella tenía una noción muy clara de todo lo que pudiese contundir o hacer sufrir a cualquier persona. Ella se daba cuenta inmediatamente.

Era una primera pregunta o una primera mirada – una mirada delicada – que ella ponía sobre la persona. El punto de partida era lo que la persona sufría. Dado que toda criatura humana sufre, ella procuraba ver cuál era el punto dolorido, el lado por donde la persona sufría, etc., y tomaba un cuidado extraordinario para no tener – ni de lejos – una distracción, una referencia en la conversación o cualquier cosa que pudiese hacer sufrir a esa persona de alguna forma, siendo en eso de una penetración y de una delicadeza verdaderamente notable.

Cristo con las manos atadas Iglesia de San Juan de los Reyes, Toledo, España

Pero ella también entendía muy bien – esto es una obra prima de psicología – dada la persona y las circunstancias, lo que debería hacer para ayudar y cuál era la forma de compasión que debería manifestar para atender esa forma de sufrimiento. En eso ella era muy fina de percepción y muy delicada al brindar su compasión. Porque la compasión se expresaba mucho más por la mirada y por las maneras que por lo que ella decía.

Discreción llena de afecto

Era casi imposible que ella procurase desvendar el santuario del sufrimiento de cada uno con palabras indiscretas, que la introdujesen en una intimidad que la persona, a veces legítimamente, no quería dar, a veces por amor propio o por mil razones. Pero en el modo de tratar y de agradar, de tal forma ella realzaba tan discretamente lo que veía de bueno, de honroso en la persona, que ésta se sentía envuelta por su afecto, pero no se sentía para nada solicitada o penetrada, ni invadida por una conmiseración inoportuna. Ella revelaba en eso mucho tacto. Era un modo aristocrático de tener pena.

Sin embargo, dejaba entender a la persona y a todo el mundo con quien trataba, que si quisiesen usar su bondad ella era una puerta que se abriría, pero nunca se abriría y llamaría a alguien hacia adentro. Eso no.

A veces eso aparecía en términos explícitos cuando se trataba de tomar la defensa de alguien que a ella le parecía ser objeto de un ataque demasiado cargado, o que no se tomaba en cuenta algún atenuante que la persona tenía.

Por ejemplo, ella tenía un hijo muy categórico, y ese hijo no hacía ceremonia cuando salía lanza en ristre. Ella a veces oía y decía:

– ¡Pobrecito!

Un “pobrecito” que me hacía sentir en qué aquel hombre era un sufridor. “¡Pobrecito!… Tampoco es para tanto…”. Casi como quien pedía compasión para ella personalmente.

– Filhão (En portugués, aumentativo afectuoso de hijo), ¿no notaste que él tiene tal cualidad?

– Pero, mi bien, mãezinha (En portugués, diminutivo afectuoso de mamá)– de acuerdo al momento –, ¿Ud. no nota que, si uno va a ver, eso da en liberalismo?

Ella decía:

– No, piensa lo que quieras, lo que sea la verdad, pero pon la verdad entera, pon también las cualidades.

Naturalmente, eso me impresionaba de un modo muy favorable, no necesito ni decir. Es absolutamente obvio.

Y si sucedía que en una situación crítica u otra cualquiera, ella tuviese que aproximarse y hablar con la persona, ella hablaba como quien entra en la punta de los pies en el santuario de la desventura de la persona. Ella trataba en un crescendo gradual

y sondeando el terreno, de tal forma que la persona, si quisiese, del modo más fácil del mundo, le haría entender que prefería que no entrase. Ella también cerraba el caso y estaba acabado.

Trato bondadoso y sin ilusiones

No piensen con eso que ella apenas veía el lado positivo de las personas. No. Ella no sólo veía muy bien las amarguras y las cosas duras que tiene la vida, sino que

nos prevenía para estar prontos para eso. Naturalmente, todo era visto según la experiencia de la vida de una señora que vive en el hogar.

Ella nunca fue lo que en mi tiempo de joven llamaban mujer paraíba: una mujer feminista que sale de la casa, toma ciertas actitudes, conoce la vida de los hombres, hace negocios y cosas de ese género. Ella era de un modo que era preciso haber conocido.

Yo doy un ejemplo que ella contó más de una vez.

Mi abuelo tenía una oficina de abogacía, y, entre otros clientes, tenía a una viuda rica y sin hijos. Ella tenía una casa muy buena, grande, con jardines, criadas, etc., pero era una persona muy aburrida.

Mi abuelo tenía pena de esa señora, porque ella tenía buena salud, tenía todo para hacer una vida feliz, pero vivía en una especie de aislamiento por causa de su mal genio. Era una señora de buenas costumbres, pero, por otra parte, era de un trato muy censurable.

Aconteció que un día ella se enfermó de repente y le escribió una carta a mi abuelo, contándole eso y pidiendo si podía conseguirle una criada, algo así, un favor de esa clase. Mi abuelo procuró a mi madre y le dijo:

– Tu madre no está en condiciones de dirigir nuestra casa con tanto movimiento y menos aún para cuidar a esa señora. Es una obligación de caridad nuestra recibirla y tratarla. Aquí hay tal cuarto – un cuarto de huéspedes –; voy a traerla aquí y tú la vas a tratar. Quiero que esa señora salga de nuestra casa encantada con tu caridad.

Mi madre, con pena de esa señora y para agradar a su padre, aceptó. Mi abuelo quedó tranquilo. Poco después llegó esa señora, mi madre la recibió con mil caricias, la acompañó hasta el cuarto, la trató como mejor no se la podría tratar.

Una hermana de mi madre, seis años más joven, pero ya francamente con edad para ayudar, trataba a esa señora con la “punta de los dedos”. Entraba en el cuarto una o dos veces al día, cuando ya estaba lista para salir a la calle:

– ¡Ah!, no quise salir a la calle sin saber cómo está Ud. ¿Ya está mejor, no? Conserve el optimismo, que todo saldrá bien.

Lo que equivale a decir al enfermo “no moleste” o “no se queje”. Eso una vez o dos por día y se acabó.

Y mi madre le decía a su hermana:

– Tú no puedes hacer eso. ¿No ves que papá no quiere eso? Además, pobrecita…

Mi tía decía:

– Vas a ver, estás haciendo por ella absurdos de dedicación sin ningún propósito, y cuando ella salga de aquí, si no sale en un féretro, sino viva, me va a agradecer a mí.

Mi madre ponía en duda que la cosa llegase a ese punto, porque la diferencia de trato era fabulosa. Pero, ¡dicho y hecho!

La señora se sanó y se preparó para volver a su casa. Había varias personas reunidas para despedirse de ella y entre otras estaba esa tía mía. La señora dijo al verla:

– ¡Ven acá! ¡Ah!, tú que fuiste mi ángel durante todo este período…

¡Esa es la maldad humana! De nada vale discutir, ni indagar. ¡Es hasta repugnante, eh!

Y le dio un regalo…

A mi madre apenas le dijo “gracias”. Mi madre no lo decía, pero mientras ella nunca fue bonita, su hermana era muy bonita, en la línea en que mi abuela era bonita y fascinaba. Por lo tanto, cualquier pequeño agrado de mi tía brillaba, y las dedicaciones sin nombre de mi madre, esa señora las tomaba así. En ese punto también está la maldad humana.

Mi madre me contaba eso y una vez me lo contó en presencia de esa tía mía, que acompañó con atención, riéndose en algunos pasajes, y al final dijo que había sido exactamente lo que ella contaba.

   Afecto que no esperaba retribución

Longinos clava la lanza en Jesús – Museo de la Semana Santa, Zamora, España

La moraleja del caso es que, si yo no hubiese sido formado así, por las faltas de retribución que recibo me volvería un hombre malo, y ella no quería eso. Ella quería que yo fuese bueno como ella lo era, y como consideraba que lo era su padre.

De hecho, mi abuelo tenía gestos como esos, de magnanimidad, de desconcertar. Ella contó varios. En ese punto la formación del padre sobre ella fue muy, muy eficaz. De ahí viene ese afecto que, a propósito, es necesario decir que las tres hijas tenían por el padre, un afecto que no las vi tener por nadie, y no vi que ninguna hija tuviese con su padre. No vi. Era una cosa sin igual. Querían mucho a su madre, la respetaban, pero la veneración era para con su padre.

Mi madre fue quien me formó en ese sentido. No estoy analizando si correspondí o no a la gracia de esa formación. Pero de ese modo casero ella me dio una filosofía. Ella no hablaba del pecado original ni nada de eso, pero contaba ese caso y quedaba entendido.

Una persona que saca esa conclusión de un pequeño hecho como ese, ve mucho más que lo que el común de las señoras ve a ese respecto y manifiesta allí una lucidez de vista, una penetración, un discernimiento – no me atrevo hablar de discernimiento de los espíritus –, de las psicologías y de las mentalidades muy grande. Lo cual es realmente muy bonito.

Si fuese necesario ella haría todo de nuevo, aun sabiendo que el resultado sería ese, pero aprovechando la experiencia de la última vez para preparar formas de servir mejor. ¡No se arrepentiría! Porque ella no lo hacía para recibir una retribución, sino para ser buena. En el fondo está Nuestro Señor Jesucristo, el Sagrado Corazón de Jesús.

Aquella frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita María corresponde muy bien a eso: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado”. Toda actitud de Nuestro Señor durante la Pasión fue eso. A propósito, es uno de los trazos por los cuales se doblan las rodillas ante Él, ¿no? Porque llevó esa perfección moral hasta un grado inimaginable. Por ejemplo, Longinos, que perforó con la lanza su costado y salió un agua que curó a ese soldado de una especie de semi ceguera. Es decir, eso es Nuestro Señor Jesucristo por entero.

Así habría otros casos de ella para contar, ¡muchas cosas de ese género! Pero muchas, que ella sabía arreglar, mover, calmar; ¡muchas, muchas, muchas! 

(Extraído de conferencia de 9/8/1986)

 

     

El mensaje de Doña Lucilia

Doña Lucilia, aunque vagamente, veía un gran futuro –providencial– para Brasil, envuelto en cierto misterio, pero que se podía medir por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de los bosques y de los ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en este país, más que en cualquier otro, y que para ella era la gran cualidad religiosa

 

Dios le dio a Nuestra Señora el imperio del Cielo, de la Tierra y de todo el universo; y por una razón análoga quiso que bajo su poder hubiesen sub-imperios y sub-reinos.

El Ángel de la Guarda no sólo defiende contra los peligros, sino también educa, forma, orienta

cap14_039Los Ángeles de la Guarda tienen sobre los países que dirigen, una función semejante a la que ejercen sobre las personas; esto se puede leer en aquella discusión de los Ángeles a los pies de Dios (cf. Dan 10, 13). Ejercen un papel en favor de cada una de esas naciones. Me parece que sería considerar de modo restringido el papel del Ángel de la Guarda, pensando que es solamente un escudo que nos defiende contra los peligros.

Además de proteger contra los peligros, es también un modelo ideal, un arquetipo de una nación; el Ángel de la Guarda la modela de acuerdo con él y tiene, – según imagino – cierta connaturalidad con esa nación, la cual no posee con otra, aunque en tesis pueda amarla.

Por ejemplo, Dios ama más a una nación “X”, digamos la hebrea. Pero el Ángel tiene cierta connaturalidad, por ejemplo, con Luxemburgo y ama a ese país de un determinado modo. Como resultado, conduce las cuestiones de Luxemburgo, no como un Ángel dirigiría las cosas en tesis, sino tomando en consideración su connaturalidad con esa nación que Dios estableció cuando la creó; y que más adelante, con el transcurso de la Historia, se constituyó en Luxemburgo.

Eso forma una especie de parentesco espiritual, de condición de “padrino” de este Ángel en relación a Luxemburgo, que da la idea entera del Ángel de la Guarda como siendo el Ángel que educa, forma, orienta.

Y así deben ser también ciertos Santos con determinadas almas, considerando que son llamados a llenar en el Cielo los lugares que los bandidos demonios dejaron vacíos. Los Santos seguramente llenan el lugar de los ángeles caídos y se encargan de cuidar a las almas y a los pueblos que quedarían abandonados y privados de protección por no tener a estos ángeles, según una destinación y una distribución eventualmente reformada por los designios de Dios. Al ver el pecado de los ángeles, el pecado original, etc., puede ser que el Altísimo haya retocado sucesivamente sus planes, pero en línea general esa es la realidad, y yo imagino que los Ángeles tienen esa realeza sobre los pueblos. Supongo que esa sea la Doctrina Católica.

El Fundador y el Ángel de la Guarda de una Orden religiosa

Lo poco que vi sobre los Ángeles y Santos protectores me parece caminar en esa dirección. Creo que la palabra “padrino” y el patrocinio de los Santos sobre alguien, son muy parecidos con el papel del Ángel, y puede haber Ángeles que dirijan, tengan cierto dominio sobre determinados pueblos, e incluso Santos que los poseen acumulativamente, pero sin que las funciones se borren.

angel de la guarda

Ángel de la Guarda Almenno San Salvatore, Bérgamo, Italia

Por ejemplo, San Miguel Arcángel es conocido como el patrono oficial de la Iglesia Católica, pero San José también lo es; ambos son patronos a títulos diferentes. Y esa misión que toca los pies de Nuestra Señora – tan excelsa es Ella – engloba ampliaciones y disminuciones armónicas, que aumentan la belleza del plan de Dios. No es fácil trazar con nuestro propio puño la línea divisoria, pero se comprenden los criterios con los que eventualmente ésta pudiese ser trazada.

Eso ocurre muy especialmente con las familias de almas de las Órdenes religiosas. El fundador de una Orden religiosa, si practicó la virtud en grado heroico, tiene sobre todos los miembros de esa Orden un patrocinio de esa naturaleza. ¿Quién habría de negar que San Benito es patrono y protector de los benedictinos? Así, sobre los franciscanos, dominicos, jesuitas y demás, se ejercen todos estos patrocinios.

De esta forma, se comprenden incluso los misterios de la vida de ciertas Órdenes religiosas, pensando en la batalla del fundador para mantenerlas fieles contra elementos malos que entraban. Por lo tanto, el fundador, junto al Ángel o los Ángeles de la Guarda de una Orden religiosa, se agrupan según ciertos designios de Dios.

María de Ágreda (Religiosa concepcionista, escritora mística, abadesa del convento de Ágreda en España (*1602- †1665) dice que Nuestra Señora era acompañada por una escolta de mil Ángeles. Es evidente que entre esos mil Ángeles cada uno tenía una función propia, aunque yo no sabría explicar esa distribución.

Así pues, podemos comprender que una persona haya sido llamada en las condiciones de Doña Lucilia, para el patrocinio de una determinada familia de almas.

Ella tan solo poseía una inteligencia e instrucción comunes a una señora culta, como lo eran en general las señoras de sociedad de su tiempo, nada más. Sin embargo, ella era inteligentísima en el sentido minor (Palabra latina: menor) de la palabra, lo cual envuelve una riqueza de alma muy grande, que es el conocimiento, y, como consecuencia, el amor a las cosas por connaturalidad, por la cual su inteligencia y afecto abarcaban un campo muy vasto.

Admiración por Francia

Yo analicé, sobre todo, el alma de Doña Lucilia y las reacciones de su espíritu, en lo tocante a Francia, y noté que ella sentía que ese país poseía y representaba por excelencia en su horizonte – que ella consideraba un poco como horizonte del mundo, y de hecho lo era – una cosa que, por connaturalidad, para ella tenía el mayor valor: la delicadeza de sentimientos.

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Pero, en esos sentimientos, ¿qué es la delicadeza y cómo los veía en Francia? Para una persona en la que el conocimiento se hacía, sobre todo, por connaturalidad, había una cosa – no sé cómo mamá notaba eso en Francia– que era lo siguiente: discernir en las almas de los otros pueblos y naciones aquello que puede ser visto como sutil, requintado, y por ende despertando una forma de afectividad más penetrante, más delicada y que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse, ayudar y favorecer. En resumen, un afecto que lleva a ver lo mejor de la persona en los lados por donde estaría más naturalmente expuesta a sufrir los golpes de la brutalidad, de la maldad, de la dureza y de la crueldad humana en todos sus aspectos.

De allí proviene la idea de que la persona, teniendo más desarrollados estos lados de alma más tiernos – que son los más preciosos, más sobresalientes y más plenamente existentes dentro de ella y que, por eso mismo, Doña Lucilia cultivó en sí misma –, sufre más con los golpes que lleva y es más sujeta a brutalidades inesperadas, pues, debido a su bondad, ella está normalmente desprevenida, por lo cual necesita un auxilio.

En consecuencia, ella sentía mucho que la cultura francesa ponía en evidencia esos lados del alma humana, y mostraba notablemente la dulzura. De esa forma, Francia creaba un tipo de ser humano que alcanzaba, bajo cierto punto de vista, su perfección, y una convivencia humana que también era perfecta, además del criterio de la medida que tanto se elogia en los franceses, y el sentido de la cordialidad, de la suavidad, del charme (Del francés: encanto, atracción, atractivo). Mamá era muy sensible al charme, y un discípulo mío que haya sabido analizarla bien, debe haber notado que, en lo que puede caber respecto a una señora de 92 años, Doña Lucilia poseía mucho charme. El charme tenía para ella un papel enorme en la vida, y para mí, por ejemplo, ella poseía mares de charme, pero mares de charme que yo veía; sin embargo, muchos otros no los percibían.

Tengo certeza de que, si mamá viese los álbumes de Fabergé (Peter Carl Fabergé, conocido también como Karl Gustavovich Fabergé (1846 – San Petersburgo, Rusia -1920, Lausana, Suiza), fue un joyero ruso. Es considerado uno de los orfebres más destacados del mundo, que realizó 69 huevos de Pascua entre los años 1885 a 1917, 61 de ellos se conservan. A ellos se refieren los álbumes de que habla el Dr. Plinio.) – que no era francés, eso es lo más gracioso, pero era remotamente descendiente de inmigrantes que fueron a Francia, y estuvieron anteriormente, si no me equivoco, en Dinamarca, sin embargo quedó en él algo de la sangre francesa, pues Fabergé es Francia en su tinta – ella notaría en ellos una expresión de algo que debería estar en todas las almas, en todos los pueblos, pero que finalmente vino a luz enteramente en Francia, para bien del género humano. Y el género humano debería hacer en relación a Francia, lo que ella hacía en larga medida: mirar, admirar, dejarse llenar y modelar por eso.

Dificultades con relación a Alemania; aprecio por España y Portugal

En este sentido, Doña Lucilia no supo ver bien Alemania: interpretaba la ofensiva alemana contra Francia como el ataque de la brutalidad militarista contra el charme francés. No conseguí que lo viese de otra manera, intenté explicarle, pero eso permaneció radicado en su espíritu. Mamá conoció Alemania poco antes de la I Guerra Mundial, y ya estaba prevenida de la ofensiva de los cascos de acero contra la dulce Francia, lo cual no podía ser, y corría el riesgo de destruir Francia; ¡era un crimen de matar a la humanidad!

Además, algunos alemanes – médicos, enfermeros, etc. – habían sido violentos con ella de un modo inimaginable.

Su cirujano, que era el médico del Kaiser, hizo la brutalidad de contarle, cuando estaba recién operada, que había visto al Kaiser trabajando. Que estaba organizando una ofensiva alemana contra Santa Catarina, Brasil, y que ya estaba todo preparado…

Es algo incomprensible: un cirujano de fama mundial decirle eso a una enferma tres o cuatro días después de una operación con gran riesgo de vida… No debería haberle contado eso nunca, no había necesidad. Entra una punta de fanfarronada, que mamá notó, así como los otros circunstantes. Yo nunca conseguí quitarle eso de la cabeza.

Así, ella acompañó la Guerra Mundial en este prisma; un prisma casi de cruzada a favor de la delicadeza humana contra la brutalidad.

¿Era una manía? No, era una connaturalidad de altas cualidades de Doña Lucilia y de un elevado modo de ver las cosas. Y creo que fue la Providencia quien la modeló para ser así; se nota que en esto entró mucha influencia de su padre, al menos como ella lo contemplaba, y también de su madre, como ella la veía.

Pero, por ejemplo, delante de la fuerza de España, del salero español, de la gracia española, etc., en los que mamá podría ver algo de contundente, ella no tenía nada de eso, sabía contemplar lo heroico, lo batallador, lo garboso, etc. Aunque no fuese su luz primordial, a ella todo eso le gustaba mucho, lo comentaba varias veces, lo consideraba interesante; ella apreciaba mucho las costumbres regionales españolas, sin insistencia, sin obsesión, francamente receptiva.

Ella tenía, además, una gran propensión hacia Portugal, pero una propensión afrancesada, es decir, destilando de Portugal el hombre lúgubre, pesado, tosco, etc., – para con el cual ella sonreía, como lo haría viendo en un gran oso el fondo bueno – y apreciaba enormemente la cultura portuguesa, la Torre de Belén, las saudades portuguesas, los aspectos dulces del alma portuguesa, donde veía tanta afinidad con el alma francesa. Aunque según su apreciación, el portugués era inferior al francés, como lo era el mundo entero, ella veía que en el portugués había una riqueza de afectividad que, de esa manera, yo nunca la vi elogiar en Francia. No sé si ella se percataba, pero eso brotaba especialmente de su modo de ser brasileño.

Amor a la Iglesia Católica

La moda francesa es muy exigente, hasta en los últimos pormenores, y en materia de trajes, mamá era muy detallista, muy exigente, en nada semejante a mi relajamiento en ese sentido. Pero se trataba de una exigencia sin “jansenismo” y sin maldad, una exigencia llena de bondad, porque ella veía en aquel amor al primor y a la perfección un deseo de volverse agradable. Es como una ama de casa que exige que la cocinera haga cierta receta con todo cuidado, para que ella pueda recibir de la mejor forma a los huéspedes; entra una douceur de vivre (Del francés: dulzura de vivir.) en eso.

plinio_pequeñoPor ejemplo, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, en su desvelo hacia nosotros, mamá de vez en cuando nos hacía juguetes; ella a veces trabajaba hasta dos o tres horas de la mañana pintando figuritas de papel y cosas así, con esmeros y cuidados únicos. Mandó a hacer en una carpintería una casa de muñecas para Rosée, con mueblecitos comprados en una tienda de juguetes, con estilos enteramente afines, con cortinitas, etc., todo imaginado por ella.

Pero de esa exigencia emanaba afecto y era hecha por dulzura y para producir dulzura; en eso ella sabía ser muy exigente.

Antes de tratar de Brasil, consideremos cómo Doña Lucilia veía la relación Francia-Iglesia. Yo tengo la impresión de que ese problema nunca se le presentó claramente.

Debido a su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a lo que había en ella de entrañablemente católico, mamá sentía en Él, por connaturalidad, el océano superlativo y trascendente de todo lo que ella amaba en Francia; ella lo sentía en el Sagrado Corazón de Jesús y en la Iglesia Católica. De allí provenía un afecto enorme a la Iglesia Católica, pero era un afecto semejante al de una persona al cielo material. Un individuo educado en aquellas minas subterráneas de carbón tiene, con relación al cielo, una admiración que en cierto modo proviene de la privación; una persona que nació naturalmente, como nosotros, mirando hacia el cielo, posee una admiración muy grande, pero que no es el resultado de la privación, por lo cual tiene un matiz diferente.

Doña Lucilia no imaginaba cómo podía ser una vida o un alma fuera de la Iglesia Católica; era algo inconcebible. Así como poseía cuerpo y alma, ella tenía Fe; era un elemento incorporado a ella, no cabe duda.

Indagar si ella tenía alguna tendencia al materialismo es una pregunta que no se plantea, no vale la pena perder tiempo en hacerla.

En Brasil, Doña Lucilia sentía la bondad más que en otros países

Esas almas que tienen un conocimiento sobre todo por connaturalidad, no son muy expresivas, ellas comunican mucho por connaturalidad, pero no por explicitación.

Por ejemplo, el modo de hablar de Doña Lucilia, las inflexiones de su voz, contenían definiciones – parece una exageración, pero no lo es – que ella no sabría explicitar, pero estaban en su naturaleza, iluminada por la gracia, y mamá transmitía todo muy ordenadamente. Y ella mostraba que era brasileña de la siguiente manera: Para mamá, el modelo del brasileño – ella tenía cierta razón en lo que decía – era su padre. Pero también era el modelo del hombre justo, conforme a Nuestro Señor Jesucristo, virtuoso y bueno, con quien ella poseía una confianza, una admiración y un encanto completos.

En ese hombre, aunque mencionase sus aspectos más varoniles, únicamente como marco, ella resaltaba la bondad de alma, contando hechos realmente insignes. Se notaba que ella creía que toda la nación brasileña era así; su padre era, por tanto, un caso más característico, más notorio de gente que había a montones en Brasil; y esa gente era desinteresada, de visión amplia, amena, generosa, y tenía un mecanismo de interrelaciones psicológicas colosal, abierto a todos los países del mundo, más aún que Francia.

En ese punto, mamá tenía cierta restricción con Francia, considerando su actitud en relación a los otros países un poco mezquina, ácida, lo cual después se acentuó mucho en ese país.

Doña Lucilia veía vagamente un futuro enorme para Brasil, envuelto en cierto misterio, providencial, pero que se podía medir por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de las florestas, selvas y ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en este país más que en cualquier otro, y que para ella era la gran cualidad humana e incluso la gran cualidad religiosa.

Eso sería la explicación de la psicología de Doña Lucilia. También tengo la impresión de que esa explicación es enteramente conforme a la Moral y a la Doctrina Católica, vistas ampliamente.

Ella notaba mucho que en el cariño que yo tenía hacia ella había una inmensidad de consonancia en ese sentido,  y desde pequeño fui muy afín con ella. Yo nací muy débil, muy frágil, y ella naturalmente hizo esfuerzos no sé de qué tamaño para volverme saludable. ¡Lo que ella realizó fue simplemente colosal! Pero ella sentía la plenitud con la que yo le respondía, y consentía completamente en ese punto.

Yo pensaba que completaba su alma haciéndola admirar eso y me inclinaba hacia una tesis mía que nunca le desarrollé: que las dos partes del alma humana eran Alemania y Francia. Pero no llegué a decírselo porque las brutalidades que mamá sufrió fueron tales que no entendería.

Efecto de Doña Lucilia sobre las almas

De Luis XVI y María Antonieta, por ejemplo, ella tenía mucha pena y solidaridad, pero veía mucho en las monarquías y en las aristocracias el aspecto raffiné (Del francés: delicado, distinguido, elegante), amable, bondadoso y cortés. Y en lo personal de la época del Terror (durante la Revolución francesa de 1789) ella observaba el lado brutal, sanguinario, inhumano; una vez más era la ferocidad humana mostrándose en otro aspecto, más execrable todavía: el lado igualitario y ordinario. Para ella, provenía de allí un horror hacia los que quebraron aquel antiguo régimen en el cual ella no veía un régimen de opresión, sino, por el contrario, de douceur de vivre, de refinamiento. Y tenía toda la razón, estaba muy bien formulado, se comprende bien.

Un ejemplo de eso está en su alegría al ver que yo había apreciado Versailles y en cuánto le gustaba contar nuestra visita allá. Pero no era por mundanismo,  para decir que ella tenía un hijo de buen gusto, no; era porque apreciaba Versailles. No hay duda de que esas características se encuentran en nuestra familia de almas. Si no se encuentran más es por culpa nuestra, y esta familia de almas sería mucho más si fuese notoriamente así.

Acentúo esta forma de bondad, como mamá la veía, porque si prestamos atención, toda la acción que ella ejerce sobre las almas se basa en tratarlas con esa bondad, con la intención de que se vuelvan así, buenas entre sí. Por lo tanto, analizando el efecto de ella sobre las almas, las gracias que obtiene y el efecto de su presencia espiritual sobre nosotros, notamos que va continuamente en esta dirección; no hay un minuto en el que ella no transmita esto, que es, por así decir, el mensaje de mamá.

 

(Extraído de conferencia de 18/1/1986)

 

Ejerciendo una influencia católica

Doña Lucilia influyó vigorosamente en la formación del espíritu del Dr. Plinio y, a través de él, en los espíritus de aquellos que fueron destinados por la Providencia a seguirlo.

La Iglesia atribuye a los fundadores la condición de patriarcas. Sin embargo, no se refiere a las personas que de algún modo acompañaron a los fundadores en sus orígenes. Por ejemplo, llamar matriarca de los salesianos a la madre de San Juan Bosco, por mayor que sea nuestra devoción a ella, sería forzar un poco la realidad histórica, porque de hecho la fundación fue de él, aunque ella haya influido mucho en la formación de su alma.

Rezar el día entero en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Yo, por ejemplo, tomé esta decisión: cuando vaya a Italia, si puedo, voy a visitar la tumba de Mamma Margarita, pues tengo hacia ella una simpatía y una reverencia muy especiales. Estoy seguro de que nosotros constituimos una familia espiritual cuya fundación corresponde a una relación patriarcal; de eso no cabe duda. Sin embargo, que esta relación patriarcal tenga con Doña Lucilia una vinculación diferente con la que hubo entre San Juan Bosco y Mamma Margarita, y después, entre Mamma Margarita y los salesianos, es un paso que yo tendría mucho cuidado en transponer.

No obstante, podemos considerar la influencia que Doña Lucilia ejerció en la formación de mi espíritu y, a través de mi espíritu, en la formación de aquellos que son llamados a seguir a esta familia. Cabe considerar en segundo lugar, post mortem, los ejemplos de ella, las gracias que ella obtiene, etc., y cómo actúan en ese sentido. Son cosas de diversa índole, pero que desde cierto aspecto se pueden ver en la misma perspectiva.

Doña Lucilia tuvo en la formación de mi mentalidad una impresión viva, humana y, de algún modo, muy presente. Por otro lado, de manera más reducida, tuvo un efecto análogo al que sufrí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Todo lo que he comentado a respecto de esa iglesia y su impresión en mí y, más que eso, mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tiene una cierta relación con Doña Lucilia, porque ella era devotísima del Sagrado Corazón de Jesús y se deleitaba yendo a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Me acuerdo que mi padre, en cierta ocasión, le hizo una broma. Intentamos buscar una casa cercana a esa iglesia. Él dijo: “Eso no resultará, porque Lucilia, con esa iglesia cerca, dejará todo y pasará allá todo el día; no hará otra cosa, se quedará rezando allá todo el tiempo.”

Ella no dejaría de cumplir sus deberes, pero ¡qué fracciones enormes de tiempo ella dedicaría a la iglesia! Si su marido reclamase, ella atendería, pero sería necesario que él lo hiciese, porque de lo contrario ella iría… indiscutiblemente…

Afecto de Nuestro Señor, estados de espíritu y confianza

“Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

Pero había tanta influencia de esa devoción sobre ella, y tanta correlación entre ella y la atmósfera de la iglesia, que cuando yo era pequeño miraba de reojo a Doña Lucilia rezando y decía: “¿Qué relación hay entre ella y esto? Parecen una misma cosa…”

Y en el fondo, por lo que Doña Lucilia ayudó a enseñarme – no fue la única; la que principalmente me enseñó fue la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana –, puedo decir que yo desde la infancia fui católico por causa de su influencia. Ella me condujo a las fuentes del Bautismo, me enseñó el Catecismo, lo que hace toda madre. Pero yo, por la gracia, en la medida en que iba conociendo a la Iglesia Católica, me adhería a ella sin ninguna discusión. No con arrebatamientos de entusiasmo, sino con una adhesión tranquila, profunda: “¡Es esto! ¡Esta es la Iglesia de Dios! ¡No se discute!”

Recuerdo de la primera vez que yo supe – era muy niño – que había gente que discutía si Jesucristo había existido o no, si Él fue Dios… Pregunté: “¿Pero son unos locos?” ¡Bastaría mirar hacia una imagen de Él para comprender que un hombre, basándose en una mentira, no puede inventar lo que está aquí! O Él es una realidad o una mentira. Sin embargo, yo lo veo y percibo que es una realidad, no una mentira.

Ella contribuyó de un modo enorme para dos cosas: primero, ayudarme a poner mi atención y mi afecto en esa línea. Y en segundo lugar porque había mucha semejanza de temperamento entre ella y yo y por esa razón notaba que se vertía sobre mí, partiendo de ella, una serie de estados de espíritu que me influenciaron mucho, y tal vez no hubiese sido así si ella hubiese muerto prematuramente, o hubiese sucedido algo análogo.

Y una influencia muy grande en una cosa: la confianza en la Providencia. ¿Por qué se daba eso? Porque teniendo confianza en ella, yo comprendía mejor cómo debe ser la confianza en Nuestra Señora, incomparablemente más santa y superior a ella. Y yo me decía a mí mismo: “Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

De estas reflexiones me venía mucha tranquilidad, estabilidad, y varias otras cosas que considero preciosas para la vida y que aprendí con mi madre.

Habría muchas otras cosas qué decir, pero esas son las principales.

(Extraído de conferencia de 6/2/1986)

Rezando en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Doña Lucilia era una persona muy respetable, digna y, al mismo tiempo, de una afabilidad y dulzura indecibles. Tales cualidades eran análogas a las existentes
en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús en San Pablo. Esa iglesia parecía hecha para que ella fuese a rezar allí.

Para mi sensibilidad de hijo, al ver a Doña Lucilia rezando en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, me daba la impresión de que ella estaba allí como una católica en su lugar propio, en el ambiente, en la actitud, en la posición que conviene a un alma católica, al pie de un altar en donde recibe gracias muy grandes.

Iglesia digna, casi majestuosa

Quien visitaba esa iglesia notaba, desde la primera vez, una armonía de cualidades que no se encuentran frecuentemente reunidas. Es una iglesia muy digna, casi llega a ser majestuosa, pero al mismo tiempo muy afable, de manera que la persona se siente enteramente a gusto dentro de ella, completamente acogida como quien está en la casa paterna. Era la atmósfera que el propio Nuestro Señor Jesucristo creaba alrededor suyo, como se ve en el Evangelio. Es decir, las personas tenían por Nuestro Señor un respeto sin fin, sin límites, pero al mismo tiempo poseían facilidad de acceso junto a Él, hablaban, preguntaban, etc., y sentían su majestad juntamente con el cariño, la bondad, la amabilidad. En aquella iglesia, cuando el órgano toca alguna melodía polifónica o de canto gregoriano, encuentra allí sus resonancias adecuadas.
No es un templo riquísimo, sino una bonita iglesia parroquial, nada más que eso; por lo que no es comparable con la belleza de cualquier iglesia de Italia, en donde resaltan los mármoles suntuosos, los bronces, las grandes obras de arte, los grandes pintores, escultores y artistas de todo género, de modo que se ven cosas extraordinarias en cualquier iglesia. En el Corazón de Jesús, de San Pablo, no; todo es digno, pero es lo que América del Sur puede dar; nosotros tenemos aquello. Y Nuestro Señor recibe de buena gana la ofrenda de quien tiene poco. Hay una gracia en ese sentido. Ahora, transponiendo todo eso para el nivel tan inferior de una pura criatura humana, yo notaba en Doña Lucilia cualidades que me parecían análogas a aquellas que habían sido percibidas por mí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Es decir, la personalidad de ella era muy respetable y muy digna, y al mismo tiempo de una afabilidad y dulzura indecibles. Una personalidad muy marcada por los sufrimientos de la vida, pero con una especie de alegría de quien sufre de buena gana, da con buen gusto aquello que tiene que entregar a Dios, y carga su cruz considerando natural cargarla, con el coraje sin pretensiones de quien cumple integralmente el deber de todos los días.

“Espere un poquito…”

…ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús.

Siempre fui muy observador, incluso en relación a mi propia madre; y muchas veces, por un movimiento instintivo, yo la miraba de reojo durante sus oraciones en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Viéndola rezar, yo pensaba: hay algo entre ella y esta iglesia por donde ella parece hecha para rezar aquí, y la iglesia parece hecha para que aquí ella rece. Hasta que cumplí once o doce años – no me acuerdo bien –, yo asistía a Misa en el Corazón de Jesús frecuentemente al lado de mamá. Después, cuando crecí, la costumbre era que los jóvenes asistiesen a Misa en las naves laterales, porque la iglesia se llenaba y convenía ceder los lugares a las señoras. Los hombres permanecían de pie. Un anciano podría permanecer arrodillado en medio de las señoras, pero para un joven, parecía una actitud orgullosa e inadecuada arrodillarse cuando había señoras a quienes debía ceder su lugar. Entonces, yo asistía a Misa en la nave lateral buscando, como siempre, poder mirar hacia la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora. Esa era mi primera intención, indiscutiblemente: entrar e ir para allá. Nunca tuve la menor duda a ese respecto. Al terminar el Santo Sacrificio, cuando todos comenzaban a retirarse, Doña Lucilia no era de las primeras en salir. Cuando la mayor parte de la gente se había retirado, ella se levantaba y pasaba al altar del Corazón de Jesús. Mi padre se quedaba esperándola, pero como no tenía la piedad de
ella, se quedaba afuera, en la puerta de la iglesia, conversando con el P. Falconi. Eran largas prosas, mientras mamá rezaba. Doña Lucilia rezaba notoriamente delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pero naturalmente también delante de la imagen de Nuestra Señora, y, después, frente a aquel conjunto de esculturas del Niño Jesús en el Templo entre los doctores. Ella no oraba con los labios cerrados, sino que los movía ligeramente, acompañando lo que ella decía, de un modo tan rápido que no emitía el más mínimo sonido, y tampoco se llegaba a percibir lo que decía, porque era un movimiento minúsculo de los labios. Era su modo de ser. Cada uno tiene el suyo, ella era así. A veces mi padre entraba y le decía, siempre en tono muy cortés:
“Señora, ¿vamos?” Ella hacía una seña, como diciendo: “Espere un poquito…”
A lo largo de toda mi vida nunca vi a ninguno de los dos impacientarse con el otro o hacer alguna manifestación de impaciencia. Pero ella daba a entender lo siguiente: “Mira, tú puedes venir algunas veces aquí y aún me encontrarás…” Al final, los dos
íbamos a pie para la casa.

(Extraído de conferencia del Dr. Plino de 4/2/1986)

La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Preparándose para recibir la Eucaristía

Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Hubo un marco en la infancia de Plinio que mucho contribuyó a incrementar su devoción, ya tan profunda, al Sagrado Corazón de Jesús: la Primera Comunión, el 19 de noviembre de 1917. El Autor tiene absoluta certeza de que ése fue uno de los días más felices de su existencia, desde que tuvo conciencia de sí mismo. Varias veces, a lo largo de los años, solía citar la célebre respuesta de Napoleón Bonaparte cuando le preguntaron cuál había sido la ocasión más feliz de su vida: «El día de mi Primera Comunión». El Dr. Plinio guardó en su alma esa frase, porque a él le había ocurrido lo mismo. Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible, a través del decreto Sacra Tridentina Synodus, del 20 de diciembre de 1905, que puso punto final a las nocivas tendencias contrarias que, bajo pretexto de honrar debidamente al Sacramento del Altar, enfriaban el fervor de las almas y las apartaban de Jesús Hostia. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, para lo que el Santo Padre establecía, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.
¡En otros tiempos se tardaba mucho en hacer la Primera Comunión! Pero después de la medida tomada por San Pío X, la piedad eucarística hizo progresos extraordinarios, las Comuniones se volvieron muy frecuentes y las manifestaciones de religiosidad, múltiples: en todas las iglesias se veían multitudes de niños llevados por sus padres para acercarse a la Sagrada Mesa. Como no podía dejar de ser, en una persona tan piadosa y seria como ella, Doña Lucilia tenía un alto concepto de la gracia de la Primera Comunión. En 1917, considerando que Plinio y Rosée habían alcanzado la madurez conveniente, quiso que continuasen el curso de catecismo por separado de los otros niños de la parroquia, con el fin de proporcionarles una formación más cuidadosa y compenetrarlos de la importancia del hecho. Obtuvo, así, que el párroco
de la Iglesia de Santa Cecilia, el P. Pedrosa, impartiese clases particulares a sus dos hijos y a su sobrina Ilka, contribuyendo, de hecho, para un mayor provecho.
«Llegaron las gracias de la Primera Comunión y una instrucción más exacta, en cursos regulares de doctrina católica, de catecismo, de Historia Sagrada. Y me venía la idea complementaria de una gran institución que, más aún que el ambiente temporal y la convivencia con los míos, era fuente de esta acción de Cristo sobre los hombres. Y que, si mi ambiente era así, era porque estaba unido a esa fuente. En definitiva, si Él tenía ese nexo con mi alma, era porque yo era católico. Era, por tanto, dentro de la concha sagrada de la Iglesia, que podía encontrar a Nuestro Señor Jesucristo».Comentaría Dr. Plinio en una reunión del 12 de abril de 1989.
Incluso en el contacto con una persona consagrada a Dios, como lo era el sacerdote, Plinio «sentía cierto efecto sacralizante, y esto ayudaba para tener una idea más precisa del Dios que iría a recibir en la Eucaristía». Todo se unía para elevar su espíritu, haciéndolo crecer en respeto y veneración por la Iglesia: el bello ambiente de la sala donde se impartía el curso, en la Iglesia de Santa Cecilia; la materia tan santa, y sobre todo, un punto de la doctrina católica, calificado por él como uno de los mayores encantos de su vida: el dogma de la infalibilidad pontificia. «Eso me dio mucha seguridad y mucho reconocimiento y admiración por Nuestro Señor, por haber ideado una Iglesia así».
Los recuerdos del Dr. Plinio bien reflejan el clima de piedad y de inocencia que precedió al gran día: «El papel de Doña Lucilia siempre fue de una simplicidad extraordinaria: no crean que cuando yo llegaba a casa, intentaba ella completar lo que el sacerdote había enseñado, haciendo un comentario sublime. Su presencia, que no sé cómo describir, y su gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús, favorecían una atmósfera de elevación, creando las condiciones para que yo tuviese apetencia por los temas de la fe». «Lo más importante era la manera profundamente religiosa de portarse delante de nosotros, irradiando piedad y devoción en toda su vida y forma de ser. Cuando ella decía “Filhão, ¿estás volviendo del catecismo?”, la palabra catecismo era pronunciada con tanto respeto y realzada por su mirada, de forma que me quedaba
encantadísimo con aquel ejemplo vivo y me dejaba penetrar en profundidad por aquello».
Unos días antes de la fecha fijada para la ceremonia empezaban a llegar los regalos. En general, según la praxis de la época, se trataba de láminas o de pequeñas imágenes de metal fundido o, a veces, incluso de plata, casi siempre con motivos eucarísticos, puestas sobre plaquitas de piedras de colores como ónix, jaspe, lapislázuli o mármol. Y Plinio, siempre sensible a piedras y colores, las analizaba con detenimiento, sacando conclusiones.
«Recuerdo que examinaba esos mármoles y me parecía que las gracias que iba a recibir tenían algo de imponderablemente parecido con ellos». «Eran recuerdos que daban al niño el sabor de la alegría sacral y del buen gusto de las pompas de la tierra, puestas al servicio de la piedad y situaban prestigiosamente la Religión en el firmamento cultural infantil».

Regalo que recibió Plinio unos días antes de su
Primera Comunión. El original, de color verde,
se rompió accidentalmente unos años después,
siendo sustituido por mármol de otro color

Una de esas estampitas, hecha en mármol verde veteado, le agradó particularmente. Tenía un aspecto como de mar petrificado y viéndola pensó «que había fundamento en la propia esencia divina para que esa piedra fuese así y que algo del mismo Dios se conseguía entrever mejor analizándola». Colocado sobre la piedra, había un medallón
que representaba al Discípulo Amado con la cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús, en una postura de completa sumisión al Divino Maestro, que atrajo a Pli-nio, tan amante de las jerarquías. Dejemos que él mismo narre sus impresiones: «¡Qué respetable y venerable me parecía el gesto de Nuestro Señor Jesucristo con San Juan Evangelista! Siendo antiigualitario por vocación, por todos los impulsos de la gracia en mí, me extasié al contemplar la actitud tan bondadosa, pero también doctoral y grave, de Nuestro Señor en esa imagen que parecía decir algo que no era una censura a San Juan y sí a la naturaleza humana en cuanto afectada por el pecado original. San Juan Evangelista está filial, débil, sintiendo su propia fragilidad y pidiendo a Nuestro Señor que lo apoye en su debilidad. Le agrada oír los avisos que recibe sobre sus flaquezas, mas, al mismo tiempo, se reconoce insuficiente para vencerlo. Pero tiene tanta confianza y seguridad de que será atendido, siente tanta bondad por detrás de la advertencia solemne de Nuestro Señor, que hasta reclina la cabeza sobre sus hombros. […] Esto me hacía elevarme mucho y me hacía apreciar esa nobleza divina, regia, magistral de Nuestro Señor, que mi vista de niño, deseosa de ver expresiones mucho más altas aún de todo eso, procuraba anticiparlas, anteviéndolas desde ya, expresadas en Nuestro Señor».

La primera Confesión, tomada muy en serio

Ahora bien, para cumplir con las directrices del Papa, antes de ser admitidos los niños a la Comunión, todos debían presentarse en el tribunal de la Penitencia. En el caso de Plinio, la primera Confesión fue muy difícil, aunque él se la tomó con toda seriedad.
En la víspera de la solemnidad, la Fräulein Mathilde llevó a los niños a la iglesia. Al entrar, preguntó al niño:
— Plinio, ¿estás arrepentido de tus faltas?
Unos días antes, al escuchar la expresión llorar los pecados, Plinio no había entendido el sentido figurado de la expresión y dedujo que sólo tenía verdadera compunción la persona capaz de derramar lágrimas por el mal practicado. Él, sin embargo, de índole plácida y estable, aunque lamentaba sus faltas, no sentía ganas de llorar. Con recelo de hacer una Confesión sacrílega, respondió:

Fraulein Mathilde Heldmann

Fraulein Mathilde Heldmann

— ¡No!
Ella exclamó:
— ¿Cómo? ¡Arrepiéntete! ¡Haz un Vía Crucis y contempla la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo! Plinio obedeció, pensando que, de hecho, era conveniente para un alma «dura» como la suya y, después de hacer todas las estaciones, volvió a presentarse a la alemana. Ésta, inflexible, indagó:
— ¿Ya estás arrepentido?
— Todavía no.
— Ah, ¡tienes que arrepentirte! Así que, ¡otro Vía Crucis!
La institutriz tenía una noción inexacta de la contrición, creyendo que dependía del sentimiento, cuando, en realidad, es un acto de la razón proveniente de una gracia.
Otra cosa es el llamado don de lágrimas, que consiste precisamente en un arrepentimiento tan perfecto de la persona, que llega hasta el punto de llorar por causa de sus propias faltas. Sin embargo, ese sentimiento no es el resultado de un esfuerzo:
es también una gracia de Dios.
«La compunción no es una pena sensible sino un profundo tomarse en serio los datos ofrecidos por la Fe: “Si yo hice mal tal cosa, me pesa de haberla hecho y no voy a repetir lo que hice”».
«Por lo tanto, la esencia del arrepentimiento es: primero, la consideración lúcida del acto realizado; segundo, el reconocimiento de todo el mal que había en ese acto; tercero, ser consciente de que no debería haberlo practicado; cuarto, propósito de no repetirlo».
Finalmente, después de tres o cuatro Vía Crucis y varios intentos para despertar cierta conmoción de pesar, la Fräulein dijo:
— Bueno, vete ya a contarle al sacerdote el estado de tu alma.
Se dirigió al confesionario y leyó delante del sacerdote la lista de todas sus faltas, escritas cuidadosamente en un papelito para no olvidarlas. Después, declaró el problema de conciencia que le angustiaba. El confesor sonrió y le dio las aclaraciones pertinentes. Enseguida le dio la absolución y todo quedó resuelto. Cuando llegó a casa, Plinio se acordó de que se había olvidado la hojita en la iglesia y, afligido, le dijo a Doña Lucilia:
— Mamá, ¡he perdido el papel de la confesión! Debe haberse quedado en el confesionario, ¿qué hago? Imagine si alguien la
coge…
Doña Lucilia intentó calmarlo, porque sabía que no tenía ninguna falta por la que pudiese ser ridiculizado y respondió:
— Ahora ya está cerrada la iglesia; mañana tu madre irá para ver si encuentra la hojita. No te preocupes, hijo, quédate tranquilo.
Pero una criada, ya mayor, llamada Magdalena, que prestaba el servicio de lavandera para la familia, escuchó la conversación y le hizo gracia, así que interrumpió la tarea de ordenar la ropa y salió corriendo, para intentar encontrar la hoja. «Yo estaba muy incomodado pensando en la vergüenza que suponía que una tercera persona conociese la lista de mis pecados. Miré a mamá que, a pesar del apuro en el cual me veía, estaba en completa serenidad. Y pensé:“Si ella está tan tranquila, será porque no es tan grave”». Felizmente, Magdalena volvió diciendo que no había encontrado nada.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 268 ss.

Hablando con el Sagrado Corazón de Jesús

Al recordar aspectos de la larga y sacral convivencia que tuvo con su madre, el Dr. Plinio narra sucintamente hechos relativos a la vida de piedad de Doña Lucilia: su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Rosario

Con los ojos cerrados y los labios cercanos al Corazón de Jesús

En el largo período en que viví con mamá en el apartamento de la Calle Alagoas -era sistemático, frecuentemente se daba eso –, yo llegaba tarde y entraba directamente a la sala de visitas de la casa, porque sabía que ella se encontraba allá, y casi siempre de pie, junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Ella era un poco baja, y la columna sobre la cual estaba la imagen era un poco alta para su estatura, entonces Doña Lucilia tenía dificultad de colocar los labios a la altura en que se encontraba el corazón. Entonces ella se quedaba un poco suspendida, con toda su alturita desenvuelta y hablando bajito al Corazón de Jesús. Naturalmente, mamá sabía que se trataba de una imagen de piedra, pero era un modo de hacer entender simbólicamente a Nuestro Señor que ella quería hablar directamente a su Corazón. Eso era hecho en una larga exposición, en la cual ella pedía esto, aquello y aquello otro… con los ojos enteramente cerrados, hablando tan suavecito que yo creo que ella no emitía ningún timbre de voz. Ella sólo movía los labios para decir lo que ella quería. ¡Allí ella hacía largas, largas insistencias! Ella nunca me dijo qué decía en esas ocasiones, pues prefería esquivarse de contarlo. Yo tampoco insistía, pues, cuando ella estaba hablando directamente con el Sagrado Corazón de Jesús, querer saber lo que ella conversaba con Él sería llevar la “intromisión” demasiado lejos. Yo sólo tenía el derecho de preguntar, si ella se sintiese enteramente en la libertad de no responder, claro está. Yo apenas veía que era un momento que a ella no le causaba nada de tensión, en el cual ella no creía estar oyendo nada de Él, pero sí sabía estar siendo oída; y de lo que ella hablaba, estoy seguro de que yo era muy beneficiado, ¡pero largamente!

Rezo del Rosario

Imagen de la Inmaculada Concepción que doña Lucilia siempre tuvo en su
cuarto en las sucesivas casas en que vivió

Era diferente el modo en que Doña Lucilia rezaba el Rosario. Ella lo rezaba, generalmente, en su cuarto, sentada junto a la cama, en una sillita de paja, por cierto muy bonita, pero nada cómoda, delante de la imagen de Nuestra Señora de la Concepción que hay allá en un oratorio. Mamá se sentía perfectamente bien en aquella silla, porque las personas de su tiempo no eran como las de mi generación, que necesitaban respaldo, brazo, etc. Yo mismo soy un gran apreciador de los sofás. Ella no, en una silla de paja común, sin apoyo para los brazos, estaba perfectamente bien. Y cuando era más joven, ella participaba de las comidas sin recostarse en el respaldo de la silla porque, en el tiempo de ella, esa era una de las reglas de la buena educación. Pero las hermanas de ella, por ejemplo – una con seis, otra con trece años menos que ella –, no tenían ese rigor. Mamá, por lo tanto, alcanzó el último tiempo de esa costumbre. Me acuerdo de ella, aún joven, rígida, sentada frente a la mesa, sin recostarse en el respaldo de la silla y haciendo tentativas de que mi hermana y yo nos sentásemos de la misma manera. Sobre todo conmigo, era un fracaso completo…
Queda aquí una reminiscencia más de nuestra convivencia.

(Extraído de conferencia de 17/12/1985)

 

…un amor mutuo en Jesús y María

Continuando con la obra de Mons. João S. Clá Dias, El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira, en que nos deja las siguintes consideraciones.

Al Autor le gustaría ser un poeta para describir, con toda propiedad, lo maravilloso que era esta convivencia entre los dos. Innúmeras veces tuvo la oportunidad de asistir a los momentos en que se encontraban. Una era la relación entre ellos cuando el Dr. Plinio pronunciaba conferencias públicas o en la sede (en sentido más amplio que el comúnmente usado, el término sede se empleaba, entre los discípulos del Dr. Plinio, para designar cualquier casa del movimiento fundado por él) situada en la Rua Vieira de Carvalho, donde se reunía con sus seguidores, allá por los años de la década de 1950. En esas ocasiones el trato entre ambos parecía común. Otras eran las manifestaciones de bienquerencia mutua que el Autor pudo comprobar cuando frecuentó la casa de Doña Lucilia durante la crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en 1967.
En ese periodo Doña Lucilia asistía a la parte final de las comidas de su hijo, que las hacía recostado en el sofá de su despacho debido a la enfermedad. Algunos discípulos del Dr. Plinio también le hacían compañía en ese momento. Ella entraba con discreción y compostura, saludaba a los presentes y permanecía en un lado, recogida, mirándolo. Terminado el postre, las personas se retiraban ¡y ellos dos sequedaban a solas!…

Aunque Doña Lucilia no fuese su madre, el Dr. Plinio tendría por ella el mismo afecto filial Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento

Como la sirvienta dejaba la puerta entreabierta,  el Autor podía, a través de una rendija, observar muchas y muchas veces una escena conmovedora: Doña Lucilia se aproximaba bien al sofá del Dr. Plinio y se inclinaba sobre él, quedando un brazo de distancia entre los dos. Entonces él cogía su mano, la besaba varias veces y le hacía unas caricias un poco «truculentas», dando palmaditas con cierta fuerza y diciendo:
— ¡Mãezinha querida, mãezinha querida de mi corazón!
Ella, al contrario, acariciaba sus manos con mucha suavidad y apenas decía:
— ¡Filhão, filhão querido! ¡Cuánto te quiero, hijo mío! ¿Estás bien?
— Sí, mãezinha, y ¿cómo ha dormido usted esta noche?
— Dormí muy bien.
Ella, a veces poniéndole la mano en el rostro le acariciaba con mucho afecto y decía:
— Hijo de mi corazón, ¿sabes que tu madre te quiere mucho?— Y ¿mi mãezinha sabe cuánto la quiero yo?
Así pasaban diez minutos, contados en el reloj, de gestos de agrado y cariño. Los dos casi que ni conversaban, sólo convivían.
Y quien lo observaba veía en esa bienquerencia exuberante un extraordinario amor a Dios. En el fondo, ella le hacía una compañía sin igual en el campo de la virtud, y él, a su vez, en reconocimiento a la inocencia de ella, la retribuía con extraordinaria afectividad.
Después de ese tiempo establecido entraba la empleada, cogía la silla de ruedas y comenzaba a moverla diciendo:
— Ya es la hora, madame. Los médicos aconsejan que el Dr. Plinio descanse.
Doña Lucilia respondía de forma imperiosa:
— No, no, Mirene. ¿Qué es esto? No quiero irme. Déjame aquí. Voy a quedarme con él. El Dr. Plinio, percibiendo que la gobernanta no conseguiría vencerla, se volvía hacia ella y, mirándola con bienquerencia, intervenía:— Mamá, infelizmente los médicos han recomendado reposo. ¿Qué podemos hacer? Con cuánto dolor voy a tener que despedirme de usted, pero no hay remedio…

Siempre revestida de mucha solemnidad, distinción y finura,
sin excluir a nadie del trato con ella
Doña Lucilia en 1968

Ella, entonces, comprendía:
— Está bien, filhão. Me despido, pero con dolor en el corazón.
Ella iba alejándose, mientras hacía un gesto de adiós. Al final, cuando llegaba a la puerta, besaba la palma de su mano y soplaba el beso en dirección a él.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos

En ese corto intervalo, lo que de hecho dejaba encantado al Autor era el ver a los dos, madre e hijo; ella, una señora de noventa y dos años, y él, un señor de sesenta, conviviendo en una intimidad total, pero con extraordinaria reverencia del uno por el otro. El respeto es, justamente, el antepecho que más ayuda a las personas a mantenerse en la línea de la perfección. Si la intimidad rompe ciertas barreras, se pierde el respeto, las relaciones se vuelven igualitarias y Dios acaba por desaparecer. Por eso, ella lo trataba como filhão, y él siempre se dirigía a ella llamándola de señora y nunca tratándola de tú.
Alguien podría imaginar que la conversación entre ellos sería larga, sobre temas teológicos o doctrinales, pero no era lo que sucedía; lo principal era un agrado mudo y rico en imponderables, dentro de una serenidad, suavidad y armonía sublimes. Se hablaban mucho por la mirada. ¡Cuántas y cuántas veces se cruzaron las miradas de uno y otra y se entendieron más de ese modo que con las propias palabras, durante toda la vida!
Es necesario tomar en consideración que la gran trascendencia de los fenómenos místicos ultrapasa nuestra naturaleza pequeña y apocada, más o menos como una hormiga cerca del Himalaya. Esta comparación falla, sin embargo, pues la hormiga tiene proporción con la montaña, ya que ambas, aunque haya una inmensa desigualdad de tamaño, son limitadas. Con todo, ¿cómo poner en términos concretos la relación de un alma con Dios, que es infinitamente más grande que nosotros?
Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Estas palabras de Jesús no eran, de hecho, una gran novedad,porque ya en aquellos tiempos los judíos tenían fe en esa presencia de Dios, y circulaban entre ellos muchos proverbios que afirmaban que, cuando dos o más estuviesen comentando las Escrituras, Dios se haría presente. Sin embargo, Nuestro Señor aplica y reduce a Sí esta antiquísima creencia hebraica y asegura que, estando reunidos en su nombre, Él estaría entre ellos. Por tanto, una vez más, Él se revela como Dios.
Así, Doña Lucilia y el Dr. Plinio se reunían en nombre de Nuestro Señor, poniendo el amor a la Iglesia por encima de todo, haciéndose sensible la presencia de Dios para quien tuviese el encanto de verlos juntos: era el encuentro de dos grandes almas inocentes, unidas a Dios por completo, reflejándolo con diferentes coloridos y aspectos, pero, al mismo tiempo, afines. Según la imagen que el propio Dr. Plinio usó, «se formaba una relación de espejos paralelos»: Es Dios, que está en el alma de uno, contemplándose y amándose a Sí mismo en el alma del otro.
En diversos comentarios hechos ya al final de su vida, explicó el Dr. Plinio que esta reciprocidad de afecto estaba fundamentada en Nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima y podría haber dicho también, en la Santa Iglesia. «Éste era el cimiento de nuestro mutuo amor maternal y filial: se trataba de un amor en Jesús y María. Es decir, que era conforme al amor de Jesús y María, una pálida imitación humana del amor de Jesús y María, que, dicho sea de paso, pertenecen a la humanidad:Nuestro Señor es el Hombre-Dios, y Ella, una criatura humana, siendo, por lo tanto, algo enteramente bueno, santo, como debe ser».

Como un arco gótico

 En la convivencia con Doña Lucilia y habiendo ya conocido de cerca al Dr. Plinio, se constituyó en su alma un como que arco gótico, hasta entonces inexistente. De hecho, así como una ojiva no se compone sólo de una parte, sino que su belleza consiste en el encuentro de los dos lados que se apoyan el uno en el otro, también en la obra de la Creación hay, ante todo, una razón de pulcritud en el hecho de que Dios haya ideado algo comparable a un arco gótico entre el hombre y la mujer. Dios, siendo infinito, tiene opuestos tan armónicos y tan extremos que no cabrían sólo en el hombre: era necesario que fuese completado por la figura de la mujer.
Así, el encontrar en el alma de la madre los reflejos de Dios, armónicos pero complementarios a los que había visto en el hijo, proporcionó al Autor una nueva perspectiva; entendió la misión del Dr. Plinio observando a Doña Lucilia y la misión de ella, observándolo a él. Y, en determinado momento, llegó a la siguiente conclusión: debido al caos y desvarío en que estaría sumergida la humanidad en el siglo XX por obra de la Revolución, la Providencia quiso suscitar una dama y un varón, madre e hijo,
para presentar este modelo de relación humana basada en el amor que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra: «Como Yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En este sentido, Doña Lucilia es un camino para que podamos comprender bien al Dr. Plinio: «Siento que ella, con su dulzura y suavidad, me completa magníficamente ».

El amor de madre se sumaba a la disposición de
obedecer al hijo en todo, ayudarlo y servirlo
Doña Lucilia en su piso, en marzo de 1968

Había una misteriosa relación entre ellos, por la cual la Providencia, al crear a Doña Lucilia, dispuso que fuese, sobre todo, la protectora de la inocencia de su hijo, sirviéndole de inigualable amparo para la práctica de la virtud. Y, por eso, primero Plinio penetró a fondo en su alma y se benefició del modo de ser y de la educación de su madre, consolidándose y adquiriendo gran robustez en la vida espiritual. Sin embargo, cuando ya estaba formado y Doña Lucilia, a su vez, se encontraba en la plenitud de la edad, ella discernió su rectitud, hasta el punto de considerarlo no sólo un apoyo, sino un «alma planeta» (La teoría de los «planetas y satélites» la expuso el Dr. Plinio en la década de 1950, en las clases del Curso Joseph de Maistre, llamadas Teología de la Historia. En este caso concreto, se basó en una obra inédita, que resumía las clases de Historia dadas en el seminario de Vals por el famoso jesuita francés del siglo XIX, P. Henri Ramière, SJ. Más tarde, el Dr. Plinio trató de esta temática con más profundidad, hasta el punto de que la expresión «planetas y satélites» llegó a ser corriente en su lenguaje. Para comprender bien en qué consiste esta teoría, citamos apenas una frase del Dr. Plinio: «La experiencia nos muestra que hay “hombres planetas” y “hombres satélites” en la sociedad humana. Hay, por voluntad de la Providencia de Dios, hombres que tienen poder para influenciar, para impresionar, para guiar, para llevar a los demás, para marcar los acontecimientos; otros hombres, por el contrario, fueron hechos para dejarse impresionar, guiar y marcar por los acontecimientos»), a la que debía entregarse por entero. Ella quería entrar en sus perspectivas y en sus vías, ser instruida por él y, poco a poco, ir cambiando su antigua influencia materna por la completa sumisión en lo relativo a las virtudes, al análisis de las situaciones y a la vocación de su hijo, manteniendo siempre, con todo, su superioridad en cuanto madre.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús, de alabastro, perteneciente a Doña Lucilia. Sus venerables y amorosos ósculos dejaron doradas algunas partes a lo largo de los años

Es evidente que el don de sabiduría, bien como el don de contemplación y el discernimiento de los espíritus, además de su gran vocación, daban al Dr. Plinio una visión de más alcance y más abarcadora que la de Doña Lucilia, a propósito de los panoramas sobrenaturales. Por eso, después de él haber sido su discípulo perfecto, comenzó a convertirse en su maestro, llevándola a más altos parajes y profundizando más aún la catolicidad de su madre. Esto se verificó, por ejemplo, con la devoción mariana. Doña Lucilia siempre guardó, desde niña, un intenso amor al Sagrado Corazón de Jesús, pero fue el Dr. Plinio, a través de una labor de apostolado, que amplió en su alma la devoción a Nuestra Señora, según él mismo relató en diversas ocasiones: «En cierto momento ella pasó a tomar una actitud ya no más de maestra ni de testigo atento, sino de discípula. Dejándose proteger por mí, y comprendiendo que su vida era yo, ella vivía prestando atención en mí, fijándose en mí y aprendiendo de mí. Y puedo decir que, gracias a la Santísima Virgen, concurrí mucho a la intensificación de su espíritu y de su ardor religioso, sobre todo en relación con la devoción a Nuestra Señora. Ella tomaba una actitud de enlevo muy silencioso delante de mí queriendo oírme hablar.  Hoy recompongo algunas de sus miradas y comprendo que era exactamente el enlevo ante un filhão educado por ella como ella quería».
Se ve, entonces, que esta imbricación entre ambos se sintetiza con toda propiedad en la figura del discipulado perfecto, porque, al amor de madre al que era llamada, Doña Lucilia acrecentó el amor de sierva. En todas las minucias de la vida se notaba esta disposición de obedecer y dejarse guiar en todo por él, coadunada al deseo de ayudarlo y servirlo: ¡ella daría su vida por él, así como él daría su vida por ella!
En una reunión en 1972, refiriéndose a este fenómeno, el Dr. Plinio hizo la siguiente confidencia, empleando una imagen muy bonita: «Cuando yo era pequeño, mamá me cogió en sus brazos y, hasta donde sus brazos alcanzaron, me llevó al seno de la Iglesia; más tarde, cuando ya era adulto, la cogí de la mano y la llevé hasta el fondo de la Iglesia».
Años después, recordando esa frase diría él: «¡Fue eso tal cual! ¡Es el resumen de la historia de los dos! Mucha gente podría pensar: “Este amor filial, tan explicable, proviene del orden natural”.
Pero este amor entraba poco; lo que entraba era, eso sí, la unión con la Iglesia Católica».
El amor entre ambos, por amor a la Iglesia, era tal que, en 1994, el Dr. Plinio quiso explicarlo completando aquella frase tan expresiva de Doña Lucilia: «Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien».(«Esta hermosa y luminosa frase expresa con sublimidad lo que podríamos llamar ¡concepción “luciliana” de la vida!» (MonsJoão S. Clá Dias). La afirmación de Doña Lucilia fue en 1950, durante una conversación con el Dr. Plinio, para expresarle cuánto le sería pesaroso el que tuviese que dejar por algún tiempo la convivencia con ella). En aquella ocasión, dejó claro que tal amor mutuo ultrapasaba las propias barreras de la muerte y se adentraba en la eternidad: «Si vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien, después de la muerte de uno de los dos, para quien se queda, vivir es recordar, recordar una vez más, rezar y esperar el Cielo».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 166 ss.

 

Más allá de los vínculos naturales…

Doña Lucilia, en relación a su hijo, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

Respecto a la relación entre el Dr. Plinio y Doña Lucilia, hemos visto cuánto estaban sus almas entrelazadas por un mutuo cariño, consideración y estima. Por parte de él, brotaba el afecto filial más afectuoso y reconocedor de todo cuanto ella hacía por él. Doña Lucilia, por su parte, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

… De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto…

«Por mi parte, mi afecto hacia ella era un acto de admiración, lo que supone algo muy elogioso, porque es la afirmación de una cualidad. De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto».
Por otro lado, no existe la menor duda de que, más allá de los vínculos naturales, había entre ellos un amor sublimado de manera sobrenatural, una bienquerencia embebida de gracias. Una vez que estaba llamada a ser la madre de un niño fuera de lo común, es innegable que, gracias a un don especial del Espíritu Santo, Doña Lucilia percibía de manera clara y profunda la inocencia del alma de su hijo y cuánto era virtuoso. Ella misma, en una carta a Plinio, con fecha del 23 de abril de 1950, llegó a manifestar su alegría y gratitud a Dios por tenerlo como hijo: «De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. […]. Lloré, es verdad, pero “gracias a Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, para quienpido toda la protección Divina y la
Luz del Divino Espíritu Santo».

…la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo…

¡No hay nada más fuerte en el orden de Creación que la imbricación entre las almas que se aman teniendo la santidad por objetivo! Comparado con eso, incluso la dureza del diamante es un resto de polvo de arroz. Además, el Dr. Plinio era un hombre católico, apostólico, romano, con tanto amor por la Iglesia que incluso teniendo una madre como Doña Lucilia, su desprendimiento le llevaba a apreciar más en ella que fuese católica a que fuese su madre. Veamos algunos textos en los que esto se hace patente: «Si yo amo tanto a mamá es porque ella me llevó a la Iglesia. Y si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y noté que, en ella, todo conducía a la Iglesia Católica». «He dicho muchas veces lo mucho que quería y respetaba a mamá. Sin duda, la respetaba como a una madre, pero no era el título principal. El título principal por el que la quería era esa unión de almas que había entre ella y yo, con vistas a Dios. Al reflejar para mí la Iglesia Católica, el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y por todo lo que había en ella de afín conmigo, intencionalmente puesto por Dios para reflejarlo, yo era llevado a amarla de un modo muy especial, más por estos aspectos que por ser mi madre según la naturaleza».
Se acuerda el Autor de haber oído contar al Dr. Plinio, durante una comida, un edificante episodio acontecido entre ambos. Cuando Doña Lucilia estaba ya con cierta edad, él se planteó la siguiente cuestión: «¿Hasta dónde amo a mi madre y hasta dónde amo los principios que representa? Si ella se hiciese protestante, ¿la seguiría amando del mismo modo o sentiría repulsa hacia ella? ¡No! Sentiría repulsa, ¡porque lo que yo amo en ella es lo que ella representa!».
Cierta vez, mientras estaban sentados a la mesa, él no se contuvo y pensó: «Es duro, pero voy a ponerla prueba, porque quiero ver su reacción al escuchar eso». Y le dije:

…la examiné hasta el final…

— Mamá, ¿sabe qué estaba pensando el otro día? Que si usted, Dios nos libre y guarde, por desgracia dejase de ser católica y se hiciese protestante, yo me iría de casa y la dejaría sola. Seguiría manteniéndola económicamente, la ayudaría en todo lo que necesitase y la visitaría una vez al año o cada seis meses, ¡pero nuestra relación estaría rota! Doña Lucilia aceptó aquello con toda naturalidad, como si alguien le hubiese dicho: «Tengo sed y me voy a tomar este vaso de agua», y respondió elogiando su actitud. Años más tarde, comentaría el Dr. Plinio: «¡Aquel día pasé a quererla y a admirarla más que antes! Porque le había puesto una prueba ¡y ella había pasado de modo brillante!».
Por otra parte, el Dr. Plinio llegó a afirmar que se había puesto varias veces durante la vida ante un problema en apariencia contrario al anterior, pero cuyo fondo era el mismo: «¿Yo la quiero tanto porque es tan buena o porque es mi madre?». «Si en vez de ser mi madre fuese mi tía o una señora de sociedad o una pariente o una prima mayor, ¿la querría como la quiero? ¿Sí o no?»Y la respuesta surgía pronto, sin lugar a dudas: aunque ella no fuese su madre y, por lo tanto, no tuviese ninguna relación natural con él, conociéndola en cualquier lugar del mundo, la amaría con el mismo cariño, el mismo afecto, la misma estima y la misma consideración que le dedicaba a su madre. «Yo querría tenerla como madre. Y si fuese, por ejemplo, mi tía, encontraría un pretexto para ir a su casa todos los días, encontraría una manera de que fuese mi madrina, haría cualquier cosa para hacer explicable que, aunque yo fuese su sobrino, tuviese con ella la relación que tengo con mamá. Si fuese una prima, simile modo (de modo semejante).  Si fuese una señora de sociedad, sería mucho más difícil, pero acabaría consiguiendo la manera de que eso fuese así realmente».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 162 ss.