Dos ojos que son un firmamento

El principal punto de adhesión entre el Dr. Plinio y su madre era el hecho de que ella estaba continuamente vuelta hacia una “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual se relacionaba con todo el mundo.
Eso, que podría parecer etéreo, se expresa muy bien en el Quadrinho (
en portugués, diminutivo de cuadro) de Doña Lucilia, especialmente en los ojos.

Doña Lucilia era una señora de familia o, como se dice hoy de una manera horrible, “de habilidades domésticas”. Vivía para el oficio de una existencia de señora dentro de su casa. No fue una señora de estudios, pues en su tiempo no era costumbre que las señoras estudiaran. Tenía las ideas generales de las señoras que vivían en un ambiente de hombres cultos. Era profundamente católica.

Estado de espíritu siempre noble, elevado y sereno

Pero yo no osaría decir que ese punto fuese el principal de la adhesión entre ella y yo. Ciertamente no habría adhesión si ella no fuese así. Eso es seguro, pero no es lo fundamental. El principal punto de adhesión era un modo de ser de su alma que me parecía estar continuamente vuelto hacia una “transesfera” (Término creado por el Dr. Plinio para significar que, por encima de las realidades visibles, existen las invisibles. Las primeras constituyen la esfera, o sea, el universo material; y las invisibles, la transesfera) el cual, aunque ella se encargase muy bien de todo, lo mejor de su atención y de su afecto estaba dirigido hacia esa “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual ella se relacionaba con todo el mundo, de tal manera que se percibía que su alma estaba, al mismo tiempo, en la “transesfera” y en las pequeñas cosas concretas.
Me acuerdo de que a ella le gustaba mucho una flor llamada primavera. En la hacienda del Amparo de Nuestra Señora, donde acostumbro a hospedarme, hay una enredadera
con esa flor. Sabiendo que mi madre apreciaba la primavera, los miembros de nuestro Movimiento allí residentes cortaban muchas de aquellas flores y me las daban para llevarle cada vez que yo regresaba a São Paulo.
Cuando llegaba, yo le entregaba las flores, y veía la manera como ella las miraba encantada. A veces, suave y discretamente, mi madre incluso paraba un poco la respiración y después hacía un comentario. Pero yo notaba que el comentario no era nada en comparación con lo que estaba en su espíritu a ese respecto. Sin embargo, lo que ella decía estaba relacionado con una “transesfera” de la que aquellas flores no eran sino el símbolo. Era en último análisis una relación con Dios Nuestro Señor, con Nuestra Señora y con todo lo demás que toca en el mundo sobrenatural.
De ese sentido elevadísimo en el cual Doña Lucilia habitaba procedían todos sus estados de alma, los cuales constituían mi mayor encanto por ella, y que procuré asimilar y transformar en míos tanto cuanto pude.
Este era el principal punto de atracción. Es un poco nebuloso, etéreo, pero las personas se dan cuenta de eso viendo el Quadrinho. Porque viéndolo se nota lo que eso quiere decir en concreto, aunque sea un poco inexplicable.

Historia de una obra maestra

Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura…

Si quieren saber cuál es el principal punto de atracción del alma de mi madre, para la mía, vean el fondo de su mirada en el Quadrinho y comprenderán. Aquello dice mucho más que cualquier palabra o descripción. Cuando un discípulo mío pintó ese cuadro – teniendo como base una de las últimas fotografías que le tomaron – lo hizo durante un largo viaje, dentro de una furgoneta, en las condiciones más desfavorables que se puedan imaginar para un trabajo de ese tipo. El resultado fue que él terminó la pintura y no le gustó. Entonces borró todo, excepto los ojos, que le parecían haber quedado bien. Así, en el lienzo quedaron apenas los dos ojos. Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura. Él entonces lo hizo y, a pesar de otras vicisitudes, salió aquella obra maestra. Pues bien, yo me conmuevo imaginando aquellos dos ojos en la tela. Sería casi lo que mi madre fue para mí: dos ojos a lo largo de la vida…
Todo el resto, una tela. ¡Pero aquellos dos ojos eran para mí un firmamento!
Me acuerdo de cuántas y cuántas veces yo miraba a sus ojos profundamente. Y mi madre tenía una cosa curiosa: cuando ella se sentía analizada, tomaba una actitud bien fija y se dejaba mirar. Yo tenía la impresión de que tocaba con la mano el fondo de su alma, de tal manera me quedaba claro quién era ella. ¡Y quedaba encantadísimo, encantadísimo!

(Extraído de conferencia de 2/2/1978)

 

El Chal lila

El chal tiene algo de superfluo que, bien usado, puede dar aires de nobleza, de dignidad. A una señora que tiene la edad del sol cuando se pone, le conviene un chal discreto, distinguido, que orne los ocasos. Y uno de los colores adecuados para Doña Lucilia era el lila, que tiene algo de reflexivo, de triste, de ordenado, de aquello que ya camina hacia el fin.

Aunque un espíritu no tiene color, pues no es de naturaleza material, se pueden relacionar estados de alma con determinados colores, procurando ver el espíritu que en ellos se refleja. Así, podríamos preguntarnos si existe un espíritu color amaretto, nacarado o dorado. El color es apenas un símbolo material de un estado de alma espiritual, inmaterial.

Color, aroma, sonido, sabor, y trazado de una línea

En un primer abordaje, la respuesta a la pregunta resulta una banalidad, porque es claro que a estados de espíritu corresponden colores. Por ejemplo, al negro le corresponde el luto. Y no es por una analogía, por una relación convencional, sino por una correspondencia natural. Un hombre muerto no ve, no siente. Él está para la vida como un ciego para lo deslumbrante de las luces, es decir, no ve. Se encuentra en una noche, en una oscuridad “eterna”, en la cual no ve nada.
Por otro lado, hay colores festivos que indican estados de alma jubilosos, triunfales, así como existen colores y tonalidades que indican el reposo. La experiencia muestra que los artistas utilizan en sus obras este o aquel color para expresar un deter
minado estado de espíritu. Luego esa reversibilidad existe. Sin embargo, podríamos ir más lejos y preguntarnos si sería posible, tratando con personas, percibir qué color corresponde a este o a aquel individuo como mentalidad, y si, por lo tanto, las personas tienen colores, en ese sentido. Evidentemente no entra en consideración aquí la etnia. Si establecemos con una persona un contacto en el cual ella no se siente forzada a representar un papel, no se empeñe en falsificarse para hacerse agradable; por lo tanto, tomada la persona en su autenticidad, y supuesta una convivencia en la que, por la continuidad, los diferentes aspectos de ella van apareciendo y completándose – lo cual no implica una convivencia necesariamente muy larga, basta que sea proporcionada al discernimiento del observador –, podríamos decir que cada persona causa una impresión dominante. A mi modo de ver, esa impresión dominante se podría reducir, simbolizar en un color.
Más aún, creo que si, como vimos, a cada persona podría corresponder un color o una tonalidad dentro de un color, de donde resultarían matices más o menos indefinidos, a cada familia también podría corresponder un color, así como un aroma, un sonido, un sabor.
Eso ocurre también con las formas, pues el modo habitual de andar en la vida, la conducta de la persona o de la familia, sería pasible de reducirse al trazado de una línea. Así, hay personas cuya conducta es simbolizada por una línea tambaleante, otras por una línea recta, y otras por una espiral.

Lo práctico y lo estético

La única persona que yo reduje a un color, muchos años después de haber cesado mi convivencia con ella, fue mi madre. Realmente el brillo de la amatista era exactamente el lumen de ella. Pude notar que mi gusto por la amatista, cuando Doña Lucilia estaba viva, correspondía a un modo de quererla bien. Mientras ella estaba viva, yo nunca hice esta reversión. A posteriori, cuando llegué a realizarla, me di cuenta de cómo todo lo que rodeaba a mi madre estaba inmerso en la luminosidad de la amatista, de un color tirando un poco a oscuro. No es, por tanto, de esas amatistas un poco blancuzcas. Es una amatista de valor, de un color fuerte, casi de cuaresma. El chal que ella usaba continuamente estaba en consonancia con eso.
En general, cuando se trata del asunto de un traje, en las épocas más o menos bien constituidas, como era
todavía el tiempo en el cual ella vivió, al menos en algunos aspectos, se ve que hay una especie de composición entre el lado práctico y el estético. Las personas se hacen una cierta idea del lado práctico y con eso vienen luego algunas ideas del lado estético. Y hacen así un total en el cual no se sabe qué predomina más: lo práctico o lo estético.
El chal es característico a ese respecto. La idea es la siguiente: en aquella época había mucho miedo a los resfriados. Y se comprende bien, porque no existían antibióticos como hoy. Y para curar un resfriado era necesario mucho cuidado, porque de lo contrario degeneraba con cierta facilidad en gripe. Y la gripe podía degenerar en neumonía, y ésta en tuberculosis. Y la tuberculosis, que es una enfermedad infecciosa, mataba un número muy grande de gente en el tiempo en que Doña Lucilia era joven. Basta decir que en las piezas de teatro, la mayor parte de los héroes y heroínas que eran presentados muriendo fallecen de tuberculosis. Tanto que esa enfermedad se volvió frecuente en aquel tiempo. Y el resfriado era el comienzo de un camino descendente que llegaba hasta la tuberculosis. Entonces las personas tomaban un cuidado enorme contra el resfriado, que hoy ya no se justifica, dada la facilidad que se
tiene para combatir las enfermedades infecciosas. La idea práctica para evitar los resfriados, y sobre todo las enfermedades del pulmón, era que las señoras protegiesen los pulmones por medio de un chal. Se ve entonces que el chal envuelve y protege esa
parte más sensible del cuerpo contra el peligro de las neumonías.

Adorno para expresar la mentalidad

De esa idea práctica se apoderó el arte. Y el chal usado por las señoras de ese tiempo fue adoptado como una especie de ornato, como expresión de su mentalidad. Entonces, el chal – que queda por encima del cuerpo y tiene más relación con el vestido, forma el busto de la persona – era muy indicativo de la mentalidad de la señora. Y en una señora con chal aparece sobre todo el busto, formado por el rostro, el cuello y el área del chal; y después viene la falda. Las faldas eran largas y llegaban en general hasta los pies; tenían, por tanto, más importancia indumentaria, en comparación con esos faldones groseros de hoy.
Por otra parte, el chal tenía algo particularmente noble, porque lo verdadero y lo bonito del chal es tener algo de superfluo. Eran paños largos que la persona no solo se ponía para cerrar como un suéter, sino que se doblaba el chal hacia un lado y después hacia el otro. Y lo superfluo bien utilizado puede dar un aire de nobleza, de dignidad. De manera que el chal fácilmente ennoblecía a la señora que supiese usarlo. Los modos de poner, doblar y arreglar el chal eran actitudes casi rituales.
Y la señora mostraba la educación, la elegancia y la inteligencia que tenía, a propósito del chal.
El chal de Doña Lucilia era semejante a los que tenían incontables señoras de aquel tiempo. Ella lo usaba de esa forma y se cuidaba con el chal con mucha compostura, suavemente. Los chales de ella tenían una mezcla de distinción y suavidad en el modo de presentarse, que realmente me encantaba.

Una señora que tiene la edad del sol cuando se pone

El color y los diseños del chal tenían relación con la situación y la edad de la señora que lo usaba. De manera que a una señora anciana no le quedaba bien, por ejemplo, un chal rojo o brillante, con lentejuelas doradas o plateadas; sería una cosa horrible. A una señora que tiene la edad del sol cuando se pone le conviene un chal discreto, distinguido, que adorne los ocasos. Y en esas condiciones, uno de los colores adecuados para mi madre era el lila, que tiene al mismo tiempo algo de azul, sin duda, pero también algo de reflexivo, de triste, de ordenado, de lo que ya camina hacia el fin. El lila le quedaba muy bien a ella. Ese chal fue traído por mi hermana de un viaje a Europa. Tengo casi certeza de que ella lo compró en París. Mi hermana tiene mucho espíritu práctico y al mismo tiempo sabe vestirse muy bien. Y era un chal que tenía tres finalidades: calienta mucho, pesa poco – es importante que pese poco sobre los hombros de una señora anciana – y adorna bien. Aunque sea normal que una persona, vistiendo ese chal, lo use sobre todo en las ocasiones en que está delante de personas extrañas, porque es un bonito ornato, a ella de tal manera le gustó que comenzó a usarlo todos los días.

(Extraído de conferencias de 6/7/1980 y 25/8/1983)


La victoria es de los que sufren bien

A pesar de todos los sufrimientos, Doña Lucilia, la madre del Dr. Plinio, era
suave, tranquila, sin la menor señal de desesperación. Comprendía en toda su
extensión cuáles eran los dolores de la vida, segura de que en el fondo la victoria es de los que sufren, y tenía siempre sus ojos vueltos hacia el Sagrado Corazón de Jesús.

Doña Lucilia nació en un período muy diferente al nuestro, que en Europa tal vez ya había comenzado a declinar un poco, pero en Brasil todavía vivíamos plenamente el régimen del romanticismo.

Romanticismo y hollywoodismo

El romanticismo era una escuela de pensamiento mediocre, aunque tomó cuenta del mundo, y que erigía como principio que el sentido verdadero de la vida del hombre estaba en el dolor; si el hombre sufriese mucho realizaba su existencia. Exactamente lo contrario de un principio peor aún, que era “hollywoodiano”, según el cual la vida del hombre está en el placer: si gozase intensamente la vida, habría realizado su finalidad.
Ella nació en el último período del romanticismo y asistió a la salida del sol espurio del “hollywoodismo”.

Según la escuela del romanticismo, la persona debía examinar su propia vida y buscar en ella lo que era o podía ser una causa de sufrimiento. Los partidarios de esa escuela decían – y en eso tenían razón, pues el mal absoluto no existe – que todo hombre que examine bien sus condiciones de vida encuentra razones de sufrimiento, y debe estar atento a esas razones, comprendiendo que muchas veces no son removibles. Entonces, es necesario aceptar ese dolor reconociendo – otra cosa verdadera – que es un factor de valorización del alma.
En efecto, en lenguaje católico, el dolor es un factor de santificación y es necesario aceptarlo, aunque, siendo posible, podamos y hasta debamos procurar remover los padecimientos que vengan a nuestro encuentro, por permiso de la Providencia.
Por ejemplo, una enfermedad. La persona está enferma, pero tratándose bien puede curarse. El verdadero sentido común no es decir: “¡Dios mío, Vos me mandasteis una enfermedad; yo
abro mis brazos y me entrego!” ¡Bueno, tome un remedio! O una actitud todavía más dura: haga un régimen, pero no lloriquee por lo que usted puede remediar. Dios le envió la enfermedad, pero también el remedio y el dinero para comprarlo. Entonces compre el remedio, tómeselo y acabe con esa enfermedad y también con ese lloriqueo.
No obstante, hay enfermedades y sufrimientos que no se pueden remover. La persona debe aceptarlos: “La Providencia quiso que toda mi vida yo sufriese eso, voy a aceptar de frente, y no procurar cerrar los ojos al significado de mi dolor; por el contrario, voy a verlo por entero: todo lo que pierdo, todo cuanto sufro y aún sufriré por esa causa, y a preparar mi alma como un guerrero se prepara para la guerra.”
Y el enfrentar consiste muchas veces en trabar una lucha más dura que la propia enfermedad o la propia prueba. Por ejemplo, la persona tiene una enfermedad y padece por esa razón. La reacción podría ser: “¡Ay, ay, ay…! ¡Cómo estoy sufriendo!” La verdad no es esa: “¿Usted está sufriendo? Está bien, pero su vida no está hecha solo de sufrimiento, hay otras cosas buenas: pan con mantequilla, por ejemplo. ¡Coma pan y mantequilla, trabaje, luche, ponga su ideal donde debe estar, es decir, al servicio de la Santa Iglesia, para la derrota de satanás, y ponga el pecho!”

Dureza de alma en el trato

En el caso de Doña Lucilia, ella veía dos situaciones. En el tiempo de ese romanticismo, se daba una importancia muy grande a la belleza física femenina, y que la hermosura del rostro tenía una importancia mucho mayor que la del cuerpo. La mujer podía ser una “ballena”; pero si tenía un rostro fantástico, todo estaba aprobado. Pero si ella no era muy bonita de cara, pasaba al último lugar.
En cada familia, la joven querida, admirada, apreciada, era la hija bonita. Y la hija que tuviese un rostro común, por más amable, gentil y cortés que fuese, por más que tuviese buen gusto en el modo de vestirse, no siendo bonita pasaba a un segundo plano. Ahora bien, Doña Lucilia no era considerada bonita por sus contemporáneos, y por esa causa, en el plano de las jóvenes de sociedad, ella pasaba a un segundo lugar. Entonces, en los afectos, en los cariños – no diré de los padres y de los hermanos, sino
del resto de las relaciones – ella pasaba a un plano secundario, y en el primero quedaban las otras.
La estupidez de ese procedimiento, el modo agudo como eso se hacía sentir muchas veces, se mostraban en lo que para ella era el verdadero sufrimiento: la dureza de alma de los otros, y no el hecho de que ella quedase en un segundo plano.

Falsa filosofía de la vida

Voy a contar un pequeño caso ocurrido con una familia determinada, y que hace sentir el asunto vivamente.
Un abogado con una gran oficina en São Paulo ganaba muy buen dinero, y tenía una cliente que le daba muy buenas causas. Era una viuda – o una solterona, no recuerdo bien ese pormenor –, muy rica. Esa señora tenía ya unos sesenta años o más y se enfermó, y no había quien la cuidase. Entonces ese abogado se puso de acuerdo con su esposa y convidaron a esa señora a ir a tratarse en la casa de ellos. Entraba caridad y, probablemente, los negocios de la oficina también.
Mi madre frecuentaba asiduamente esa casa, y, habiendo quedado con mucha pena de esa persona enferma, la trataba con todo cuidado, siendo muy amable y gentil. En esa casa vivía una joven muy bonita que decía:
– Lucilia, tú haces el papel de boba. ¿Por qué la tratas con tanto cariño, le llevas flores, le muestras libros con grabados y tantas cosas para distraerla, cuando ella en el fondo no te quiere? Ella me quiere muy bien a mí.
– Tengo pena de ella – respondió mi madre.
La otra dio una carcajada:
– ¡Tú eres boba! La pena no existe, lo que existe es el interés. La otra tiene interés en agradarme y no en agradarte a ti. Mientras ella esté enferma, va a recibir muy bien tus caricias. Pero si estás aquí presente cuando ella se vaya, vas a ver la manera como ella me agradece a mí y ti. A mí, que una vez por día me acerco a ella, converso con ella algunos minutos y me voy, verás los besos que me va a dar. En cuanto a ti: “Lucilia, muchas gracias”.
A mi madre le pareció improbable tal actitud. En la hora de la despedida, ella estaba allá. La señora enferma le dijo a la joven bonita:
– Muchas gracias por todo lo que hiciste por mí, te estoy muy agradecida, dame un beso, y uno más; jamás me olvidaré de tus caricias.
Después le dijo a mi madre, que estaba al lado de la otra:
– Lucilia, te estoy agradecida, tú fuiste muy gentil conmigo.
¡Esa es la vida, eh! No sé si en la época dura en que estamos es necesario explicar que la vida es así, pues da la impresión de que eso no es una novedad para nadie.
Lo que estaba implícito en el modo como la joven bonita lo decía era: “Yo soy bonita y tú eres fea. Por lo tanto, a ti nadie te da importancia. Tú no consigues nada con nadie, porque bonita soy yo”.
Eso constituye una filosofía de la vida falsa y pésima. Pero, quiérase o no, es una filosofía de la vida.

Fuente de toda consolación

Fons totius consolationis

Fons totius consolationis

Por otro lado, Doña Lucilia fue comprendiendo que en la época en la cual ella vivía las relaciones ya no se movían a no ser por interés, y que el afecto desinteresado hacía parte del tiempo expirante del romanticismo. Con la modernidad había entrado la brutalidad, el interés personal, el poco caso por los otros que sufren, y el desprecio. Eso marcó una gran tristeza en su vida, por comprender que todo no era sino aislamiento, pues todo el mundo era así y ella no tendría posibilidad de encontrar quien tuviese para con ella la forma de afecto y de unión de alma que ella querría tener con tantas personas. De ahí resultaba entonces un problema axiológico: “¿Cómo es la vida? ¿Cómo debo hacer? ¿Cómo debo entender las cosas?” Donde entraba una profunda decepción y un modo muy severo, enteramente real y exacto, de ver a los otros.
Yo ya he visto personas que elogian un examen médico con estas palabras: “Tal doctor hizo un examen médico severísimo”. Evidentemente eso es un elogio, porque es para saber si se está enfermo o no. No se hace un examen flojo para que la enfermedad pase desapercibida. Si es para curar verdaderamente, el examen tiene que ser severísimo.
Antiguamente se usaba mucho esta expresión: “El médico exigió una radiografía”. Es decir, los enfermos no querían dejarse sacar la radiografía, porque la radiografía a veces da susto, y le sacaban el cuerpo, pero no podían, pues “el médico exigió”, o sea, quería decir: “no me siento seguro y no voy a cargar un diagnóstico equivocado en mi espalda; por lo tanto, hágase una radiografía, que yo la analizo y trato su problema, de lo contrario, no lo haré.” Ahora bien, Doña Lucilia hizo un examen severísimo de la vida. Con su sentido común y su rectitud moral, ella hizo una radiografía de la existencia y comprendió cómo era. De ahí resultaba una gran decepción, y también un enorme consuelo, pues se ve bien todo lo que en ella confluía hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que es exactamente Fons totius consolationis, según una de las invocaciones de las Letanías del Sagrado Corazón de Jesús: Fuente de todas las consolaciones. Es verdad que, si en la vida encontramos solo decepciones, lo encontraremos a Él, que es la Fuente de toda consolación.

Un camino sembrado de espinas

Eso se aplica también al apostolado. Se entra a la vida de católico militante y se renuncia a una serie de bagatelas para darse enteramente al Sol de Justicia, que es Nuestro Señor Jesucristo, para que la vida transcurra bajo la dulce luz de Nuestra Señora, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata – bella como la luna, electa como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla.
Se piensa: “¡Oh, qué legión de amigos magníficos me aguarda allá! Todos tan buenos, renunciaron a tantas cosas, el corazón de ellos es movido, como el mío, por la gracia de Dios y por los mismos ideales, ¡qué maravilla!”
A partir de determinado momento aparece una decepción, después otra, y se ve que todo no es una maravilla… Ora es un compañero de apostolado que está en crisis, y comienza a atormentarnos y a ejercitar nuestra paciencia; otro hace no sé qué, y comprendemos que entramos en un camino como el Víacrucis de Nuestro Señor Jesucristo: sacrosanto, lindo, pero cuyo suelo está sembrado de espinas, las cuales, a veces, nos atraviesan el cuerpo de lado a lado.
Cuando eso sucede, la persona deberá decir: “Yo conocía ese camino, no me dejaron hacerme ilusiones y no las tuve. Ahora llegó la hora.” Y paga el precio. Este es el precio del Cielo.
Quien piensa así puede estar acribillado de sufrimientos, pero su alma es como un cielo azul en un día límpido, pues ella está limpia, libre de desesperación.
Por ejemplo, en los ojos claros y serenos de Jesús moribundo no hay la menor señal de desesperación. ¡Nada! Tranquilos y certísimos del Cielo. Él le dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” Lo que quiere decir: “Yo voy a estar en el Paraíso, y dentro de poco.” Los dolores están aumentando, la liquidación de su cuerpo
lo tritura, Él comprende que ha llegado el fin y que Longinos ya se encuentra afilando su lanza para atravesar bárbaramente su Corazón, símbolo del amor que Él nos tiene. Jesús conoce todo eso, pero sabe también que cuanto más avanzan esos acontecimientos, más Él se aproxima del Cielo.

En la hora de la muerte, una gran señal de la Cruz

De ahí aquella palabra final, que indica todas sus esperanzas: Consummatum est. El precio fue pagado por entero, sufrí todo, ahora el Cielo está delante de mí. Eso explica también por qué un alma como la de mi madre, habiendo sufrido mucho, era suave, tranquila, sin la menor señal de desespero, de destrozo interior, sumisa al dolor, pero comprendiendo en toda su extensión cuáles eran los dolores de la vida, y segura de que en el fondo la victoria sería de los que sufren.
Nada más característico que el momento en que ella sufrió el dolor de la muerte. Ya había amanecido, por lo tanto, ella me podría mandar a llamar para asistir a sus últimos momentos, tanto más cuanto yo estaba en el cuarto del lado. Mi madre percibía su respiración cada vez más corta y sabía que tenía un problema del corazón, propio de personas con la avanzadísima edad que ella había alcanzado, y no podía tener duda de que la hora del consummatum est estaba llegando. ¡Ella ni siquiera quiso incomodarme en esa hora y por eso no me mandó a llamar! Apenas cuando llegó el momento, hizo una gran señal de la cruz, et flavit spiritum (Del latín: expiró).

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio 8/2/1995)

 

Espíritu Ordenado

Minientrada

Doña Lucilia era una persona altamente ordenada, cuyo espíritu, aun cuando estaba vuelto hacia las cosas comunes de la vida, estaba con frecuencia orientado hacia Dios.

Una persona que cultivara tulipanes y conociera, por tanto, gran variedad de esas flores muy bonitas, y estuviese dotada de un espíritu ordenado, por lo mejor de su espíritu sería llevada a pensar en un tulipán absoluto, lindísimo, perfectísimo, que encerrase en sí todas las cualidades de su especie, de manera que aquel fuese el tulipán por excelencia.
Ese tulipán no existe. Puede haber uno lindo, el más bonito de los tulipanes que Dios creó, pero uno así, que esté para con los otros tulipanes en ese grado de absoluto, no existe, porque absoluto solo es Dios.

El tulipán perfecto y el palacio de una grandeza inexpresable

Se puede imaginar que una persona procurase hacer una fantasía de ese género de un modo meritorio, virtuosamente, para tener una idea del tulipán perfecto, por un lado, y satisfacer su propio deseo de perfección en todo.
Así, se podría pensar en una persona que tratase varios objetos muy bonitos, todos ellos a su modo perfectos, con las limitaciones propias de este valle de lágrimas. Por ejemplo, un palacio que constituya, con sus muebles, sus parques, sus jardines, sus fuentes, con todo el resto, un conjunto de una belleza inexpresable. La persona piensa qué sería lo más alto en el género palacio, una cosa inalcanzable, pero en la cual el hombre puede pensar, y piensa con mucha seriedad. De manera que el tulipán y el palacio imaginados por él serían, ante todo, aquella forma de perfección que reside principalmente en una seriedad admirable.
Este sería el punto más alto de meditación sobre cosas terrenas que un espíritu humano pudiese concebir. De ahí resultaría una idea abstracta de lo que sería la perfección absoluta, idea esta que la persona no puede reducir a una figura, pero queda en el espíritu. El anhelo de conocer esa perfección absoluta es el deseo de conocer a Dios, porque solo Él es esa perfección absoluta.
Alguien cuya elevación de espíritu lo llevase a dirigirse frecuentemente a ese altísimo páramo, y que aun cuando estuviese cuidando de las cosas comunes de la vida todavía poseyese algo de ese pensamiento dentro del espíritu, sería una persona altamente ordenada, porque el principio del orden es ese. Y el tratar de poner en el orden debido la más pequeña de las cosas, es uno de los efectos de ese principio de orden.

Bondad, dulzura y seriedad

… en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco.

Lo que se veía en mi madre – no sé en qué grado definido, pero en un grado muy alto – era eso. Más allá de su bondad, de su afecto, se veía que estaba en una meditación puesta con mucha dulzura, y sobre todo con mucha seriedad, en este absoluto de las cosas, o sea, Dios Nuestro Señor.
Sobre todo, en las mejores fotografías de Doña Lucilia, eso sobresale mucho. Por ejemplo, en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco. Ella viste un traje de gala, por tanto, en una actitud de quien está participando de una fiesta y se separó un poco para ser fotografiada. Se nota que, con toda naturalidad, terminado el acto de ser fotografiada, saldría del lugar y comenzaría una conversación social – no lo social de hoy, bien entendido, sino del tiempo de ella – con las personas que estuviesen allí, como acostumbra a ser en los actos sociales. Pero por encima de todo hay algo profundamente serio, un tanto doloroso y un tanto extasiado de su alma. Esto era lo mejor de su alma.
Ya en otra fotografía, donde ella está en el extremo de su ancianidad, viendo complacida unas flores, lo que hay de ordenado es diferente de aquella fotografía, en la cual ella tiene treinta y tantos años, y naturalmente aquel completo dominio sobre su propio cuerpo, propio de la edad más distante de la vejez.

Subió de modo ordenado la escalinata del dolor

En esa segunda foto mi madre aparece con el cuerpo como macerado por la vejez, pero de tal manera que no está macerado en nada. Se percibe en ella la edad extrema de casi noventa y dos años, que pocas personas alcanzan. Sin embargo, ella conservó la preocupación de que la generalidad de su cuerpo y de su cabeza conservase una línea muy definida.
Todo cuanto dije con respecto a la elevación, en esa edad Doña Lucilia ciertamente no lo sabría explicitar, pero está en su espíritu y ocupa un lugar predominante en la actitud
general de su persona.
Se nota esto, por ejemplo, por la postura de las manos y de los brazos,
colocados en una posición a la cual no le falta ninguna belleza y orden. Los brazos no están puestos de cualquier forma, como una persona que perdió el gobierno de sí, sino que tienen cierta línea propia de quien sabe que está siendo fotografiada y, por tanto, necesita presentarse de manera decorosa. Por otro lado, ella quiso ser fotografiada prestando atención en las flores, para ser amable con la persona que se las dio – eso era muy de ella –, y el modo de ser amable era ver las flores con la expresión fisonómica de quien está complacida, dando así a entender, discretamente, que el regalo le había agradado, y así contentar a quien quiso agradarla.
Es lo que le era posible hacer en ese extremo de ancianidad. Pero en eso mismo se ve que el deseo del orden la llevó a resistir contra el defecto natural de la edad, e imprimir un
tonus general en la fotografía. ¿No podría alguien – viendo esa fotografía –, preguntar: “¿Quién es esa viejita?”? Esa pregunta no cabe, por causa del cuidado de ella con su propia ordenación.
Por lo que me fue dado ver, ella subió la escalinata del dolor normalmente, escalón por escalón, de manera que, con el paso del tiempo, las decepciones, los sufrimientos se fueron sumando. Pero esa suma se constituía de escalones y en tiempos iguales, de manera que daba la impresión de una ascensión homogénea. Por otro lado, incluso en la avanzada edad de mi madre en esa foto, por ejemplo, la acogida que ella daba a una persona que llegaba era naturalmente graduada conforme a sus disposiciones con relación a esa persona, pues Doña Lucilia no era igualitaria, y quería a unos más, a otros menos. Pero siempre con una abertura, una bonhomía, una acogida, que podían ser comparadas, según el caso, a la luz de un día soleado muy bonito o a una luz más discreta, más dulce, de una linda noche de luna.
Ella tenía así disposiciones de espíritu con relación a esa o aquella persona, conforme los casos y las situaciones de entusiasmo, o de un afecto estable, tranquilo, hasta envejecido, pero que no muda nunca. Ella era muy constante en sus amistades.

Entusiasmo materno delante del afecto filial

A propósito, un caso que me sorprendió un poco, en el cual ese entusiasmo se reveló, fue el día en que se inauguró la Constituyente, siendo yo diputado.
Entré en el recinto de la Cámara, fui hasta la representación paulista –dispuesta ya en la primera fila – y saludé a mis compañeros de representación, como era mi obligación. Enseguida, como no conocía a ningún otro diputado – todos eran nuevos para mí, no tenía obligación de saludar a nadie más –, comencé a mirar las tribunas para saber si ella había encontrado lugar. Porque si no tuviese yo subiría, hacía cualquier cosa y le conseguía un lugar. Por el afecto que le tenía a ella, me parecía natural actuar así, y, por lo tanto, no calculé el efecto de lo que hacía.
Por una circunstancia cualquiera me costó verla. De repente noté a las dos – mi madre y mi hermana –, que estaban sonriendo. Cada una había sacado el pañuelo de la cartera y estaban agitándolo porque, percibiendo que yo no las estaba viendo, quisieron así, con ese gesto, facilitar la búsqueda. Cuando la vi, quedé muy contento e hice una señal con la mano, de saludo, y volví a mi lugar. Terminada la sesión, la asamblea se disolvió y fui a buscarlas a la salida del lugar donde ellas se encontraban con mi padre, para tomar un automóvil y volver al hotel donde estábamos hospedados.
Se trataba del Hotel Gloria, que queda en una posición muy bonita en la playa de Flamengo. Yo había conseguido para ella una habitación excelente, con vista directa al mar. Allí no hay playa, pues la urbanización hizo que la tierra diese directamente a un acantilado con piedras puntiagudas. La coloqué en aquella habitación porque sé que a ella le gustaban mucho los panoramas, y allí el panorama es muy bonito.
Cuando llegué, la encontré sentada en una especie de silla mecedora, viendo el mar que, de hecho, estaba soberbio aquella noche. La luna estaba literalmente dorada y muy bonita. Después, a corta distancia, plantada en una posición por así decir muy fotográfica, había una palmera alta. En Río hay palmeras muy bonitas, altas, grandes. Doña Lucilia estaba disfrutando el reflejo de la luna dorada en el mar y de toda la belleza del panorama.
Entré, me acerqué a ella, la besé, en fin, como era de costumbre. La mecedora era muy baja, de manera que me arrodillé para quedar así a su alcance y decirle alguna cosa; son esas conversaciones comunes.
Ella me dijo:
– Hijo mío, no sabes qué alegría diste hoy a tu madre.
– Pero, ¿cómo así, mi bien?
– ¡Es una de las alegrías más grandes que me has dado en la vida!
Ahí ella hablaba con énfasis. Yo le pregunté:
– Y, ¿por qué?
– Todavía conservo en la retina tu expresión fisonómica en la Cámara, allá abajo,  buscándome y después diciéndome adiós; la expresión de fisionomía alegre y tranquilizada que tomaste cuando viste que yo había encontrado un lugar.
Yo no estaba angustiado, ni era para tanto, sino atento; quería que ella estuviese a gusto.
Al oír eso “caí de las nubes” y dije:
– Pero, mi bien, eso no tiene nada de especial.
– No es verdad – respondió ella –, en ese momento en que podías estar pensando solo en ti y todo lleno de vanidad, pensaste así en tu madre; eso quiere decir mucho. Y hasta ahora estoy llena de alegría por haber recibido de tu parte esa manifestación de afecto filial.
La besé varias veces, jugué un poquito con ella y salí.
Yo no la vi en ningún momento manifestar tanto entusiasmo por alguna actitud mía como en esa ocasión.

(Extraído de conferencia de 26/2/1993)

 

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

A los débiles coraje, a los valerosos humildad

Doña Lucilia actúa en las almas de un modo muy suave, transformando las personas como sin que ellas se den cuenta. Ni siquiera es preciso hacer grandes propósitos; es necesario que ella sea constante, y no nosotros. Durante los acontecimientos previstos en Fátima, ella tendrá un papel muy importante, dando coraje a los débiles, humildad a los valerosos, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

Toda convivencia está compuesta por dos elementos: un estado de alma y un modo de tratar.

Un fondo de continua contemplación

La convivencia con mi madre era medio indefinible, porque su estado de alma tenía un  fondo de continua contemplación. Tratando de los asuntos domésticos con alguien, ella lo hacía de modo semejante al de dos personas que estuviesen conversando dentro de un santuario. Su fondo de alma era siempre sacral, serio, elevado, muy respetuoso. Eso era algo estable, fijo, aunque la sacralidad haya crecido con el tiempo. Este era el estado de espíritu con el que ella llevaba la conversación, con una gran benevolencia para con la persona con quien hablaba, pero moderada por una especie de intransigencia vigilante. Si alguna cosa contrariaba los principios morales, ella la rechazaba y no cedía, y creaba un ambiente en el que aquel error no tenía ciudadanía. No era una persona ingeniosa, sino una oyente muy atenta a todo lo que se narraba, y era interesante contarle, porque mi madre tenía pequeñas reacciones curiosas, dando ánimo, nunca con amargura, siempre con confianza en la Providencia de que las cosas saldrían bien, de manera que cerca de ella uno se sentía animado y confortado continuamente.
El trato era invariablemente hecho de una mezcla de afecto y de respeto. Ella respetaba a cualquier persona, por mínima que fuese, en el grado de aquella persona; no era igualitaria en nada. Siempre con un modo de dignidad que con ella no se facilitaba, no había la posibilidad de una broma irrespetuosa o impertinente.
Pero lo que proporcionaba un perfume a todo eso era un desapego continuo. Siempre pronta a sacrificarse por cualquiera, de cualquier forma, a cualquier hora, de buena voluntad; solo le faltaba agradecerle a la persona la oportunidad de sacrificarse por ella. Nunca la vi ceñuda. Así era ella en la intimidad, el tiempo entero, en las cosas más pequeñas. Al mismo tiempo, tenía la afabilidad más cariñosa que se pueda imaginar hacia los niños, la flexibilidad para ayudar de cualquier modo, con mucha elevación. No obstante, una elevación que eleva a los otros en vez de aplanarlos, con la mirada de una persona que no presta mucha atención en las cosas concretas y, sobre todo, no está puesta en sí misma.
En un niño educado en el contacto con una señora así, toda la inocencia primera tiene un elemento de estímulo enorme, en el sentido de considerarla como un paradigma de persona como se debe ser, que abre una clave y genera un ambiente que nadie más crea.

Inspiró y preservó la inocencia primera del Dr. Plinio

¡Era algo único! Cuando estaba con mi madre, yo sentía que entraba en una atmósfera luminosa, fluida, invisible y muy visible creada por ella. La inocencia primera cantaba y se encantaba. A veces, cuando ella me contaba una historia, me quedaba atendiendo

más a ella que en la trama. Eso me sirvió también como elemento de preservación hasta cumplir más o menos veinte años. Ella servía de abastecimiento continuo para la
fidelidad a mi ideal, y de cierta forma representaba ese ideal, que ella poseía de un modo vivo, aunque no sabría presentar en términos doctrinarios. Era yo quien hacía la doctrina sobre lo que era mi madre, y que ella no sabía explicitar.
En cierto momento el papel se invirtió y yo comencé a darle la doctrina. Ella prestaba mucha atención y se veía que aquello entraba profundamente en su alma. Por ejemplo, la devoción a Nuestra Señora.
Ella me inspiró la inocencia primera y después la preservó, evitó que se destruyera, dándome muchos elementos para formar los arquetipos del hombre como debe ser.
Para eso, mi madre contaba muchas historias de personas de su tiempo. Los personajes eran arquetipizados por ella. Así, mi madre formaba arquetipos basados un poco en la leyenda y un poco en la Historia. Como su alma tenía mucho de lo que ella modelaba, una cosa completaba la otra, y enseñaba cómo debe ser un varón verdaderamente católico.
La actitud de alma que se debe tener es dejarla actuar, porque ella actúa en el alma de un modo muy suave, de quien no pide permiso para entrar, de manera muy íntima, interna, y al mismo tiempo con una cierta fuerza de influencia que transforma a la persona, como sin que esta se dé cuenta. No es necesario hacer grandes propósitos. Es necesario que ella sea constante, y no nosotros.
Después de su muerte, Doña Lucilia ha tenido una actuación que nunca imaginó cuando estaba viva. Pienso que en los acontecimientos previstos en Fátima ella tendrá
un papel muy importante, dando a los débiles coraje, a los valerosos humildad, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

(Extraído de conferencia de 23/12/1974)

 

Formación del espíritu de la Contra-Revolución

Desde niño, el Dr. Plinio pensaba continuamente en temas elevados. Pero sus compañeros, no queriendo oírlo hablar de esos asuntos, lo aislaban. Ese aislamiento profundo solo encontraba su lenitivo en Doña Lucilia, quien fue el apoyo para su inocencia y para formar en él el espíritu de la Contra-Revolución.

Al considerar las primeras gracias que recuerdo haber recibido – un niño yo de dos o tres años –, la impresión inicial es de una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía de ella a todo lo que fuese más o menos de su estilo. Era muy sensible a la compasión que yo notaba que ella tenía por mí, por ser yo, en mi primera infancia, pequeñito, débil y muy enfermizo. Yo sentía de ella para conmigo una pena amorosa, llena de respeto, una sonrisa bondadosa y una especie de torrente de afecto que se representaba, casi que físicamente, como un caudal de luz dulce que penetraba en mí, y que venía de ella.

Ver las cosas por sus aspectos más altos

El pequeño Plinio con su hermana Roseé

Eso me hacía muy sensible a toda forma de compasión hacia otros que sufriesen. Era un reflejo: lo que ella tenía por mí, yo tenía con respecto al sufrimiento de otros. Eso me sensibilizaba profundamente.
Sin embargo, esas disposiciones no eran una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso y, entonces, de aplicarlo al caso concreto. Y de ese paso hacia lo metafísico resultaba la compasión y la misericordia en sí mismas, aunque ya vistas en su aspecto más alto, y vibraba con eso profundamente. De ahí resultaba también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todo el mundo con afecto, cortesía y respeto, y a pensar que también me tratarían con esa mansedumbre; eso me daba una alegría plateada – para expresarme así – que constituía en una luz de mi infancia.
Me acuerdo, por ejemplo, que mi madre, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon (del francés: festejo con ocasión del Año Nuevo), en París, con ocasión del Año Nuevo, en nuestro viaje de 1912. Y mi madre trajo unos adornos que habían sido distribuidos a las señoras para que los sostuvieran mientras bailaban. Doña Lucilia no bailó, pero trajo los adornos. Al llegar al hotel, ella amarró uno de esos adornos al pie de mi cama. Me levanté en la madrugada y pensé: “Una más de mamá”, y me volví a quedar dormido. Este “una más de mamá” contenía el reconocimiento de una efusión más de su afecto. Cuando desperté, en la mañana, vi de nuevo el adorno y cómo estaba amarrado, y pensé: “Ya veo: ella fue indispuesta a la fiesta y volvió aún más indispuesta, y allá estaba pensando en mí y en mi hermana. Llegó tarde, cansada, y, a pesar de todo, estuvo aquí de pie, amarrando ese adorno, y
puedo imaginarla sonriéndome mientras yo dormía, y regalándose con mi sorpresa al despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a su habitación llevando el adorno, y jugué con ella. En eso había algo a la manera de un globo lleno de gas que tiende a subir, una tendencia a elevarse y ver las cosas por sus aspectos más altos, continuamente y a propósito de todo.

Meditaciones a propósito de un regalo de Navidad

En cierta ocasión recibí de un tío, en Navidad, una caja con un regalo muy bonito traído de Francia, cuyo título era La Ferme – La Hacienda –. Cuando se abría la tapa de la caja, aparecía la escena de una hacienda. Después, en otra sección, venía la escena de una pequeña aldea francesa, encantadora, con enredaderas pequeñas pintadas, con frutillas rojas.
En seguida, había una iglesita y todo lo que existe en una especie de pequeña aldea dentro de una hacienda: los campesinos, los montes de heno muy característicos, el perrito, un riachuelo pintado en el piso con un puentecito… Hasta hoy siento la repercusión del encanto que me causaban esas cosas.
En medio de eso, un hombre muy erecto y distinguido, con un sobretodo negro muy bien cortado y sombrero de copa gris, que era el auge de la elegancia, con unos guantes en la mano saludando a alguien, en un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, aunque saludando con tanta distinción y afabilidad, que yo me encantaba con aquello, y pensaba cómo sería bueno si conociera a ese hombre y lo saludara de la misma forma, y conversáramos. Estableceríamos una conversación sobre temas tan agradables, tan elevados, tan dulces…
Sin embargo, si yo quisiese conversar sobre eso con mis compañeros, ellos lanzarían una carcajada. Nadie toleraría que un niño hiciese sociología, menos aún psicosociología. ¡No podía ser! Pero como yo era así, era el aislamiento y la tristeza…
Un aislamiento profundo que solo encontraba lenitivo en mi madre, con quien yo no hablaba esas cosas porque no tenía certeza de que ella las comprendería, pero sabía que ella las sentía.
Doña Lucilia fue, entonces, el apoyo para mi inocencia y para formar en mí el espíritu de la Contra-Revolución.
(Extraído de una conferencia de 20/6/1987)

 

El ímpetu de Doña Lucilia al increpar el mal

Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, Doña Lucilia levantaba todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Sus palabras nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral de quien andaba mal.

Se diría que, a causa de la gran mansedumbre, condescendencia y compasión que rebosaban de Doña Lucilia, ella quedaría horripilada con la hipótesis de que fuesen desencadenados castigos como los previstos en Fátima y en tantas otras revelaciones privadas.

Sentimientos opuestos, pero armónicos

Sin embargo, yo la vi una que otra vez expresar sentimientos opuestos, enteramente armónicos con la personalidad de ella. No propiamente cuando ella hablaba de castigos de pueblos o de civilizaciones – tema que ella conocía, pero entraba poco en sus reflexiones cotidianas –, sino cuando trataba sobre determinados castigos, degradaciones o deterioraciones individuales, con el resultado que eso conllevaba. Así, al referirse a alguna persona que moralmente había decaído mucho, que se había degradado, cuando la degradación era horripilante, mi madre tenía un modo de expresarse por donde aparecía, en relación con los aspectos morales de esa persona, un asco que indicaba, al mismo tiempo, una especie de toque de difuntos. Era como quien daba a entender lo siguiente: eso está de tal manera deteriorado, que tiene lo desagradable de lo putrefacto, y la propia sanidad de la persona exige que lo descompuesto sea enviado a la basura y destruido. La destrucción de lo putrefacto es una señal de salud, y el horror a lo putrefacto es un indicio de integridad. La aversión de ella a las degradaciones morales muy grandes era idéntica a la repulsa a la putrefacción.
No era, por lo tanto, un sentimiento de justicia considerado meramente en abstracto – se practicó un acto altamente censurable, luego, debe ser castigado –, sino una clasificación de un determinado estado de alma como execrable y purulento. Y, en lo purulento, la repulsa llena de desdén y la necesidad del exterminio. No obstante, ese exterminio se presentaba bajo la forma de un respeto a sí misma y al orden superior puesto por Dios, violado por alguien hasta un punto inimaginable. En ese caso, no vi que cupiese una referencia a la misericordia, a no ser por el lado siguiente: “El pobre de Fulano, la pobre de Fulana”. Sin embargo, eran pobrecitos porque habían caído en estado de putrefacción y, por tanto, merecían repulsa y rechazo. No era una actitud así: “No lo repelamos porque él es un pobrecito…”; sino por el contrario: “Pobrecito, él debe ser repelido…” En eso entraba la buena ordenación del espíritu de ella.

Admiración por la combatividad

Esa posición se transponía también en una gran admiración por la valentía. Doña Lucilia no admiraba la valentía en cuanto valentía, en cualquier circunstancia en que la persona fuese valerosa, pero la valentía aplicada contra ciertas situaciones concretas, putrefactas y altamente deterioradas, a ella le parecía una especie también tiene capacidad de exponerse a un riesgo insigne con un dominio sobre sí mismo, por amor a eso.
Eso forma al varón de Dios. Tenía, entonces, ¡un gran entusiasmo!
Pero era necesario tener cierta finura de discernimiento para percibir que eso estaba en el espíritu de ella, pues lo que aparecía más evidentemente era la destrucción del mal, que no tiene el derecho de existir y debe ser repelido. También existía otra forma de combatividad en Doña Lucilia. Ella no era una persona discutidora, pero apreciaba mucho cuando alguien daba una respuesta que achataba una causa mala. Y es curioso: ella, que era una persona bien locuaz, nada concisa en lo que decía – no inútilmente prolija, sino bastante expansiva –, sin embargo, apreciaba mucho las réplicas concisas. Y a veces guardaba,
de esta o de aquella situación que había visto, réplicas concisas, se acordaba y contaba, apreciando una operación con horizontes claros, con rayos límpidos que alcanzasen su objetivo.

Movimientos de indignación

Nunca la vi hacer una indirecta, hacer una insinuación contra nadie.
Eso no era de su estilo. En su convivencia suave había, por lo tanto, muy poca probabilidad de que ella dijese alguna cosa desagradable. Pero mi madre tenía, aunque raras veces, movimientos de indignación que procedían, en general, de la conjugación de cierta sorpresa delante de alguna cosa pésima, más lo pésimo existente en aquello. Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en marcha, en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, mi madre llegaba a levantar todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Decía tres o cuatro cosas que nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral pésima.
Por lo tanto, nunca decía algo que criticase la falta de inteligencia, de educación, de cultura, algo que disminuyese a alguien en cuanto persona, sino que increpaba el mal procedimiento. Y ahí era difícil resistir a su ímpetu. Por otro lado, una vez hecha la increpación, nunca la vi jactarse de eso, ni repetir el episodio, ni contar. Había hecho lo que debía hacer, eso moría y ella continuaba viviendo.

(Extraído de conferencia de 12/7/1982)

Una voz comunicativa

La voz de Doña Lucilia era muy flexible y ondulada, con una capacidad extraordinaria de hacer trasparecer el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar. Eso hacía su conversación muy agradable.

 

Mandolina perteneciente a Doña Lucilia

Doña Lucilia nunca fue cantora. Cuando joven tocaba un instrumento panzudo y todo adornado con madreperlas, llamado mandolina.
Como el clima en São Paulo siempre fue muy irregular, cierta vez ella tuvo un resfriado bastante agudo, perdiendo buena parte de su audición por esa causa. Así, quedó incapaz de tocar música, porque para eso es necesario tener un oído muy afinado. Sin embargo, ella conservó la mandolina hasta el final de su vida, guardando cierta nostalgia de ella, aunque ya no la tocara.

Voz comunicativa, principalmente en los asuntos elevados

Aun así, mi madre tenía la voz muy flexible, ondulada. No era nada cantante, sino una voz con una capacidad extraordinaria de transmitir el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar.
Así, cualquier cosa dicha por Doña Lucilia, según el caso, podía tomar una inflexión muy comunicativa y persuasiva, lo cual volvía su conversación muy agradable. Sobre todo cuando se trataba de un asunto serio – no solo en el sentido de reprensión, sino también de aprobación, de un cariño serio, de un tema elevado –, su voz se hacía muy comunicativa.
Eso hacía que ella, cuando quería comunicar confianza, tuviese inflexiones de voz que transmitían una especie de persuasión que, a primera vista, podría parecer gratuita, pero analizando bien, se veía que no era así.
A mí mismo, como hijo suyo, en circunstancias de mi vida de niño –porque el hombre necesita tener
confianza desde pequeño –, así como después en situaciones de mi vida de joven y de adulto, varias veces ella me recomendó esa virtud, comunicándola de modo a persuadirme de que realmente era necesario confiar y mantenerme tranquilo.

El niño Plinio se enferma de paperas

Me acuerdo, por ejemplo, de una cosa que es una bagatela: el modo de ella tratarme las paperas.
Esa enfermedad, si es bien cuidada – evitando que el niño salga corriendo por el jardín, etc. – no tiene ninguna gravedad, pero es un poco prolongada, y para un niño constituye una eternidad quedarse en cama. No hay ningún niño que no tenga horror a permanecer en cama.
Ahora bien, yo no sabía que las paperas podían pasarse de un lado a otro del cuello. Tuve a un lado y después fue disminuyendo. Mi madre – que conocía esa característica de la enfermedad, pero no me lo decía para que yo no quedase temeroso –me tranquilizaba: “¡Mira, ya están mejorando tus paperas!” Yo iba palpando, sintiendo que disminuían, y haciendo planes de salir corriendo al jardín, y de mil otras cosas de un niño que no aguanta más la cama.
Un buen día le dije a ella:
– Mamá, qué gracioso, tengo algo aquí.
– Hijo mío, las paperas pasaron al otro lado.
Comencé a llorar, porque para un niño de seis años eso puede significar una catástrofe cósmica, universal…
– No, ten paciencia, que eso pasa como ya pasó del otro lado – me consolaba ella –.
Si otra persona me dijese eso, yo bramaría: “Eso no pasa, eso no se está acabando, ¿no ves? ¡Cambiemos ese médico!” Yo no entendía bien lo que ocurría. ¿Cómo era posible que la misma enfermedad apareciese al otro lado? ¡Ese médico es un incompetente, no sirve para nada!
Pero al decirme “eso pasa”, ella me daba la persuasión de que realmente eso iba a pasar, el tiempo no sería tan largo, era soportable y, al fin de cuentas, durante la enfermedad yo tendría los cariños excepcionales de ella, que compensarían la prueba de quedarme en cama.

“¡Ten confianza!”

Pueden imaginar el desenlace del caso: cuando las paperas estaban casi curadas, amanecí con una indisposición de estómago violentísima.
Mi cuarto quedaba al lado del de ella. La llamé:
– Mamá, ven, por favor.
Ella vino y yo le dije:
– Amanecí con esto.
Filhão¹, las paperas pasaron al estómago…
– ¡¿Eso se transmite al estómago?! ¡¿Dónde más pasa, a los ojos, a la lengua… ?!
– Quédate calmado, porque solo da en los dos lados del cuello y en el estómago; en ningún otro lugar.
Ahora, de hecho, es la última vez. Quédate consolado. Mira, te voy a traer un juguete. ¡Ten confianza! Ese “ten confianza” era dicho de tal modo que yo comenzaba a confiar y me sosegaba. Era el efecto comunicativo del timbre de su voz, propio de una madre, pero al mismo tiempo con algo que yo sería llevado a juzgar como sobrenatural, y que actuaba profundamente sobre mí.
Aunque yo haya sido en toda mi vida muy categórico, me sosegaba, me acostaba, recostaba mi cabeza en mi almohada y comenzaba mi triste mañana de enfermo. Pero con ella al lado no había problema, estaba todo resuelto: “Mamá está ahí, yo confío en ella, porque ella lleva consigo algo de Dios que hace que todo dé buen resultado.”

Intercambio de mociones que aumentará en las circunstancias más difíciles

La gran cantidad de flores depositadas en la sepultura de Doña Lucilia muestra la forma en que son tratados como hijos los que a ella recurren. Todo eso corresponde a gracias recibidas, a esperanzas de nuevos favores, al afecto y a la gratitud por los beneficios obtenidos. Es una cosa muy justa, muy razonable. Además de las flores, ese grupo de personas se queda allí indefinidamente, sin querer irse. Tanto pueden salir de repente si llueve, por ejemplo, como no incomodarse mucho y permanecer bajo la lluvia.
¿Por qué? Porque están sintiendo algo interior, una gracia que lleva a la persona, más o menos confusamente, a pensar: “Aquí estoy bien y de aquí no salgo”. Se ve que hay una especie de diálogo mudo entre el alma de ella en el Cielo y las personas que están rezando allí.
Ese intercambio de mociones se deberá dar intensísimamente en circunstancias difíciles como, por ejemplo, durante los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
(Extraído de conferencia de 28/2/1993)


1) N. del T.: En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.