Armonía, esplendor y delicadeza de matices

Mi madre era eminentemente, en el buen sentido de la palabra, sensible a millares de cosas.

Por ejemplo, una flor que se le diera. Su hábito era, si era una flor bonita, excepcional, parar, contemplarla por un buen período, quieta, sonriendo. Después de analizarla, a veces pasaba muy ligeramente un dedo en uno u otro punto y después ,con toda naturalidad, comentaba algún aspecto. No sabría expresar el ejercicio de trascendencia hecho por ella, pero ella decía algo como: “Mira la belleza de tal estría de tal pétalo, tal tonalidad…” Se diría, por todos sus comentarios, que era muy sensible, especialmente a las cosas delicadas; y que todo lo que significase delicadeza de alma, matices, buena medida de las cosas, proporciones adecuadas, armoniosas, todo lo que significase armonía era su luz primordial. Eso es verdad solo en parte. Porque yo la vi extasiarse con cosas maravillosas de un modo tal, que solo de hecho con la ayuda de la gracia se puede explicar por entero. En el tiempo en que ella estaba viva, São Paulo no tenía tanta contaminación como tiene hoy. Y el movimiento de automóviles de nuestro barrio era mucho menor, siendo el aire mucho más puro. En cierta época del año, cuando el sol se pone, aparece por encima de la Rua Alagoas. Y en el andén vecino al jardín de la Plaza Buenos Aires, hay una extensión grande de árboles, hoy ya medio viejos, que en aquel tiempo estaban en todo su verdor. Al ponerse el sol, los árboles forman una especie de cúpula y por debajo se veían rayos de luz que entraban. Ella se quedaba de pie junto a la ventana, mirando largamente, extasiada. Yo veía que allí la extasiaba el esplendor, junto con el juego delicado de matices, a medida que el esplendor se iba atenuando y transformándose en delicadeza, porque el sol, cuando se va poniendo, se pone con delicadeza. Ella se extasiaba con eso.

Hotel Gloria a fines de la década de 1920

Pero yo nunca la vi, delante de una cosa natural, tan extasiada como cuando la llevé a Rio de Janeiro, para asistir a mi posesión como diputado. Le conseguí uno de los mejores cuartos del Hotel Gloria. En aquel tiempo el Gloria y el Copacabana eran los dos mejores hoteles de Rio, por lo tanto, los mejores de Brasil. Y le conseguí un cuarto excelente, de frente, que permitía ver bien el mar. El mar, con las reformas que hicieron, está lejos del hotel, pero en aquel tiempo casi golpeaba, por así decirlo, al hotel. A unos diez metros del hotel ya había mar, con apenas lo necesario para que pasase una avenida estrecha y un espacio pequeño para que los automóviles parasen y dejasen a los huéspedes. En el cuarto donde ella se quedó eso no se veía. Se veía directamente el mar. Se podía tener la ilusión de estar en alta mar. Ella se quedaba mirando la belleza de la playa de Flamengo y de aquella ladera, que en aquel tiempo tenía también un diseño diferente, muy bonito, Ella tuvo una pequeña indisposición del hígado y dos o tres días que pasamos en Río los pasó casi todos en el cuarto. Pero estaba satisfecha con esa circunstancia, porque se quedaba sentada junto a la ventana, en esas sillas mecedoras, para hacerle bien al hígado, horas y horas, sola y sin tener qué decir de la belleza del panorama. Yo me veía obligado a entrar y salir para una cosa u otra, etc. Allá estaban mi hermana, mi padre, que entraban y hablaban un poco con ella. Ella enmudecía la conversación para mirar el panorama, embriagada con el Flamengo, mucho más bonito en aquel tiempo que hoy. Delante del hotel había dos palmeras –no eran palmeras imperiales, pero tendían a eso– altas y que se intercalaban sobre el panorama del mar. A ella le gustaba mirarlas. Después llegaba la luna. Ella después daba un relato de todo eso. Y así se iba complaciendo mucho.

(Extraído de conferencia del9/4/1983)

Una señora habilidosa, ¡hasta lo inimaginable!

Irreductibilidad en el cumplimiento del deber, dulzura para corregir los lados malos Doña Lucilia tenía, en alto grado, el equilibrio entre la placidez y  la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención.

Hay una actitud de alma que yo nunca vi en mi madre, la de la manía de un bruto atascado sin razón: “De aquí no salgo, de aquí nadie me saca”. Por el contrario, ella siempre poseía la mayor afabilidad, la mayor disponibilidad, a cualquier momento, para moverse en cualquier dirección.

Ausencia completa de caprichos

Ella murió con 92 años, cuando nací tenía 32. En sesenta años de convivencia con ella, nunca la vi tener un capricho o algo que la atorase de repente. Absolutamente, nunca vi en ella uno de esos espasmos nerviosos, incluso en ocasiones de mucha alegría o de mucha tristeza. Era como algunos de nuestros ríos de la cuenca amazónica, que no tienen piedras en el medio, no hay caídas de agua ni nada: van, van y van… Así era ella.

Mi madre tenía en alto grado el equilibrio entre la placidez brasileña y la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención, sin nunca salir de la placidez. Quien la viera a primera vista, diría: “¡Qué señora bien sentada y agradablemente instalada!”

Atenta a todo lo que estaba a su alcance

Ella no perdía nunca lo que era capaz de alcanzar con su mirada y que pasara en su periferia. Yo ya dije que ella era solo medianamente inteligente, no era muy inteligente; pero no pasaba cerca de ella algo que estuviera a su alcance que no lo relacionara, sin esfuerzo y sin agitación, sin afán. Y con una aplicación continua, serena. Ella tenía una gran elevación de alma. Sin embargo, no desdeñaba ni lo más minúsculo. Yo a veces la pinchaba, diciéndole que era demasiado meticulosa en ciertas cosas. Ella era meticulosa, pero sin dejar lo más alto, haciendo que lo más alto habitara en todo, estuviera presente en todo, ordenara todo y con un selectivo a la luz de ese punto de partida mental, interno, un selectivo que nunca vi equivocarse. Algo curioso: ella podía tener –sobre todo cuando era más joven y yo había ejercido menos influencia sobre ella– lados un tanto liberales de doctrina subconsciente, que influían en su selectivo. Pero, mostrado ese error –¡y con qué precisión y muchas veces con qué reverente vigor, pero mostradísimo!, ella acababa afinando el paso cuando veía que estaba correcto. Creo que, si puedo decir que recibí algo de la lógica de los jesuitas, recibí de ella enormemente otras cosas. Ella era muy comunicativa de esa elevación. La transmitía mucho, la irradiaba mucho, lo cual, a propósito, se ve en el Quadrinho1; en él se hace evidente.

Suavizadora de los lados malos de las almas

Había una actitud en ella que afinaba, a propósito, mucho con mi modo de entender la devoción a Nuestra Señora –la práctica de la devoción, no su fundamento teológico–, pero un trazo sobresaliente en ella, en su relación con los demás, era el de ser compasiva. Yo no conocí a nadie tan compasivo como ella. De una compasión ordenante, no de una ópera italiana: “¡Pobre hijo! ¡Pobre amada!” Me acuerdo, más de una vez: con relación a esa o aquella persona yo afirmaba un aspecto como cortando con espada… Ella no lo negaba, oía todo, después me decía –con una modulación de voz y una forma de hablar que me dejaba sin saber qué decir, ella no percibía que eso era touchant2, lo hacía con la mayor naturalidad que se pueda imaginar–: “¡Pobrecito, es verdad! Pero ve, tiene tal lado así y tal otro, y otro que, al fin de cuentas, si lo atendiéramos, veríamos que él tiene un atenuante…” Si ella hubiese tratado con aquella persona en la ocasión “X” de la vida de ese individuo y hubiese tenido esa compasión, ella habría ablandado dentro de la persona, no el bien, sino el mal.

Ella era una suavizadora de rebeliones como nunca vi algo igual. Pero por la compasión, por la pena. La persona objeto de esa compasión se desarmaba y tomaba una forma de dulzura, que estoy explicando de un modo muy incompleto, pero hay ciertas cosas que el vocabulario humano no consigue expresar.

¡Cómo vi gente rechazar eso! ¡Y rechazar por autosuficiencia! “¡No quiero que tengan compasión de mí!” U otras cosas del estilo: “Siento que eso me va a desarmar la rebeldía y estoy utilizándola para conseguir tal cosa, por lo tanto, no quiero dejar de rebelarme…” No lo decían, pero yo me daba cuenta. Eso queda en los imponderables en torno a una mesa de comedor o en el living de una casa. La vida cotidiana está hecha de lances de esos.

Irreductibilidad con dulzura

Dr. en 1979

Mi madre tenía, así, una especie de forma de compasión que llegaba a lo menudo, entrando en los últimos meandros del sufrimiento de la persona, en aquel pequeño meandro más interno donde el pedazo de vidrio infecta y araña más la herida, y allí ponía una gota de aceite de oliva, tranquilizaba y daba una cosa que no tiene nombre, pero era hecha de compasión. Si alguien quisiere obtener alguna cosa de ella, el camino no es llegar y cobrar un cheque bancario: “Recé veinticinco rosarios, hice noventa y dos penitencias y me abstuve de cinco mil cuatrocientas cosas más que quise hacer ayer y no hice, ¡ahora pagadme!” Me da la impresión de que ella diría: “Pero, hijo mío, ¿hiciste todo eso? ¡Pobrecito! ¡Podías haber hecho mucho menos, yo estaba aquí para darte!” ¿Esa actitud suya era un incentivo a la molicie? Nunca sentí eso en el momento en que ella me incentivaba el cumplimiento del deber; y ella que tuvo que educar a un hijo muelle. Por ejemplo, ella nunca tuvo mucho dinero, pero cuando llovía –ella tenía pánico de los resfriados– aparecía un taxi en el Colegio San Luis, mandado desde casa para recogerme a la salida, porque no quería que me cayera lluvia. Yo era el único niño del Colegio San Luis que tenía taxi, porque los otros, o la familia tenía automóvil y mandaba a buscarlos, o no tenían y no disponían de dinero para pagar el taxi. Era el tranvía y la lluvia. Nunca sucedió y no sucedería que yo, a la hora de levantarme en la mañana le dijera: “Estoy con ganas de dormir media hora más. Mamá, págueme un taxi…” Porque ella no permitiría eso nunca, ¡irreductiblemente! Era hora de levantarse, ¡era preciso levantarse! Y taxi para ir por molicie, ¡no! En esa irreductibilidad era, justamente, la contrapartida sin la cual yo reputaría toda esa dulzura algo melosa. Sin embargo, ¿cómo entraba la dulzura en la irreductibilidad? No sé cómo decir. Era una forma de pena de mí, que yo percibía que ella tenía y participaba de mi sufrimiento, pero si ella no tuviese una resistencia irreductible contra el lado malo, yo no la admiraría. Si yo me tomase por un capricho y no quisiese ir al colegio, la Fräulein le avisaría. Mi madre tenía la costumbre de levantarse tarde, pero se levantaría a cualquier hora e iría, con robe de chambre, a mi cuarto. Se sentaría al pie de mi cama y diría: “Filhão3, ¿qué pasa?” Yo tendría que dar enseguida una explicación de lo que estaba pasando dentro de mí, para poner enseguida aquello en orden. Yo me levantaría. No había salida. Ahí aparecen sus tales habilidades, ¡porque ella era habilidosa hasta lo inimaginable!

(Extraído de conferencia del 8/12/1979)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  2. Del francés: tocante, que toca la sensibilidad. ↩︎
  3. Del portugués: aumentativo afectuoso de hijo. ↩︎

Madre incomparable, reparadora de temperamentos

Apenas fue cruzado el umbral de la eternidad, desaparecieron ciertas barreras establecidas por la práctica eximia de la humildad en la convivencia entre madre e hijo, haciendo que el Dr. Plinio comprendiera nuevos aspectos de la acción de Doña Lucilia sobre las almas.

La posición de mi alma en relación con mi madre era de una consonancia enorme y completa; pero, por otro lado, siempre unido a la preocupación por evitar cualquier movimiento de amor propio o cualquier cosa que pudiera girar en torno a mí mismo. Mientras ella estaba viva, nunca me atreví a meditar y hacer grandes reflexiones sobre ella, por temor a que resultaran en grandes consideraciones sobre mí.

Incomparable dama, envuelta en misterios

Yo estaba en relación con mi madre mucho más como delante de un sol que me llenaba de que delante algo que necesitaba analizar. Desde cierto punto de vista, ella era un misterio para mí.

Recuerdo que a menudo me hacía esta pregunta: “¿Ella no será una persona completamente incomparable? ¿No hay un misterio dentro de ella que no puedo, no me atrevo y no debo desentrañar? En la medida en que exista, ¿cuál es este misterio?” Y yo mismo me detuve en el umbral de estas consideraciones… Mi admiración por ella creció cada vez más, especialmente en los últimos días de su vida, los dos o tres años que precedieron a mi crisis de diabetes en 19671. Una vez deshecha la unión entre madre e hijo, ¿qué quedará de la Contrarrevolución?

Finca en Amparo. En el
centro de atención, el Dr. Plinio en el mismo lugar, en agosto de 1968

Recuerdo una reflexión que hice cuando, después de la amputación de los dedos de los pies2, ya podía ir al comedor con muletas para estar un rato con ella durante las comidas. En esa situación pensé: “Pobrecita, ella está llegando al final, como veo, y yo estoy en estas condiciones en las que me encuentro. Hay un binomio: aquí hay dos a quienes Nuestra Señora amó mucho y que, a su vez, la amaron mucho también. Ahora, sobre estos se descarga repentinamente esta serie de golpes: sobre mí, los golpes que siento; en ella, un final que se acerca. Y lo que parecía ser una conjunción de almas que Nuestra Señora había deseado y que Dios había creado para que lo amaran de una manera tan especial, su propia iniciativa parece estar inconexa. ¿A qué conducirá esto? Solamente ella tiene entera consonancia conmigo y con nadie más. Una vez deshecho este vínculo, ¿qué resultará de ahí? “Pero, Dios mío, ella, este hijo y todo el entorno creado por ella existen para Vos. Vos los levantasteis, los articulasteis, los ordenasteis y haréis lo que queráis. Pero tengo la impresión de que, si deshicierais esto, destruiréis la contrarrevolución, y si la destruís, será el fin del mundo. Ahora bien, históricamente el fin del mundo no debería llegar ahora. ¿Qué haréis, Dios mío? “Me enfrento a un misterio, que acepto, no hace falta decirlo; aceptaría incluso mi propia muerte y lo que sea intención de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Pero no entiendo lo que está pasando. ¡Voy a seguir avanzando!”

Narro esto para expresar cuánto ya la admiraba y estaba en consonancia con ella, y así no parezca inexplicable que, sin embargo, casi no me haya atrevido a analizarla y formar una teoría a su respecto.

Comienzo de una posthistoria

Visitas del Dr. Plinio a la tumba de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación.

 Ahora bien, con los sucesos y su acción post-mortem, se reveló gran parte de la grandeza y el esplendor de su alma. Me di cuenta de que ella comenzó a actuar a su manera, por sí misma y casi al margen mío, actuando de una manera extraordinaria y comenzando una post historia. Fue entonces cuando comprendí la necesidad de analizarla, no para conocer algo nuevo, sino para hacer explícito lo que correspondía a mi admiración, cuyo umbral no me había atrevido a cruzar mientras ella estaba viva. Esto se debió a algunas gracias que recibí a través de ella y otras que ella, sin mi interferencia, comenzó a dispensar a otros. Porque todos son testigos de esto: nunca he promovido la devoción por ella; siempre he dado mi aquiescencia, pero nunca la incentivé.

La primera de estas gracias insignes recibidas de ella después de su muerte fue de sentirla hablar a mi alma, sin saber cómo eso se daba. ¡Yo, que nunca tuve visión ni revelación! ¿Hablar con mi alma? ¿Cómo?

Hijo mío, él volverá

El primer evento en el que ocurrió este fenómeno fue sobre un joven que había dejado nuestro Movimiento. Recuerdo que fue en las semanas posteriores a la muerte de mamá, cuando estaba descansando en una hacienda. Estaba acostado cuando me vino a la mente el recuerdo de esta persona, y sentí como si mi madre me sonriera, con una sonrisa iluminada, generosa, llena de felicidad, y me dijera: “Hijo mío, él volverá y su caso no está perdido, él continuará su camino”. Pensé para mis adentros: “Es evidente que es una comunicación de ella y que eso sucederá. Sin embargo, debido a la moderación que debo imponerme, no le daré la más mínima importancia a lo sucedido”. Y así lo hice, tanto que no le comenté a nadie.

Pues bien, posteriormente los hechos confirmaron, y de manera maravillosa, su intervención en el caso.

A pesar de la enorme admiración, veneración, cariño, respeto que tenía por ella, mi posición fue de establecer una especie de duda metódica ante lo que había sentido. Y no solo dudar, sino relegar el hecho, ignorarlo, aunque deseando, como se puede imaginar, que esa promesa se cumpla.

Ella misma, por así decirlo, empujó afectuosamente, cariñosamente, la barrera metódica que yo había establecido, mostrándome que, de hecho, ocupaba un lugar que mi miedo, mi vigilancia, me impedían tanto afirmar como negar. Había hecho borrón y cuenta nueva al respecto.

Barreras simétricas santamente establecidas

Luego hubo otro caso, más personal, respecto a mi salud, en el que ella también habló claro y los hechos se cumplieron como ella había dicho. No sé explicar cómo, pero es un hablar sin hablar, un decir sin decir, con una gran sonrisa, y cuyo significado profundo me preparó para admitir como auténticas las gracias que ella ha otorgado junto a su sepultura y cuya autenticidad no podría negar. Porque, para quien tiene una pizca de discernimiento de los espíritus, constituyen tal evidencia, que yo no podría negar. Para decirlo todo de una vez, la barrera que puse en la consideración de su persona fue quizás la misma que ella había puesto en la consideración de mi persona. Es decir, tal vez eran barreras simétricas, establecidas por ella y por mí, que venían de la misma preocupación. No estoy seguro, pero era muy posible. Sin embargo, ella pasó por encima de la barrera que yo aprendí de ella a poner, tanto en lo que a ella respecta como en lo que a mí respecta; ella entró y la abrió.

Y esto me lleva a volver a estudiar el tema de su persona, sin algunas limitaciones que yo mismo me

creí obligado a establecer en el pasado. Al final de su vida, me transmitió algunos pensamientos, no a la manera de quien va a pronunciar dichos sublimes suponiendo que va a morir, sino que fueron cosas que se le escaparon por casualidad; y que después fui interpretando, con más profundidad, algunas ideas que tenía desde la época de mi infancia, reconstituyendo muchas impresiones que ella me dio.

Un alma esperando a otros hijos

Tumba de Doña Lucilia en el cementerio de la Consolación

Unos veinte años antes de que muriera, comencé a ponerle atención y pensé: “Mamá era una excelente hija, una óptima hermana, una esposa pacientísima y dedicadísima; pero ella, por encima de todo, es una madre, y no quiero decir que sea sobre todo mi madre”.

Con el paso del tiempo, comencé a notar en ella la actitud de alguien que tiene el alma de una madre llamada a tener una buena cantidad de hijos, que ella no tuvo, y se diría que es un alma esperando otros hijos que ella no tendría, sobre todo porque yo no me iba a casar. ¿Cómo se explicaba esto que estaba en suspenso? Más tarde comencé a notar que ella tenía una actitud maternal hacia todos mis amigos que se le acercaban. Me vino a la mente esta pregunta: “¿Será que un día ella va a ser madre de todos aquellos que son mis hijos espirituales y que toda la TFP, que debe crecer aún más, vendrá a ser un Movimiento de hijos de ella?” De hecho, el modo en que ella actúa con los que van a rezar junto a su sepultura es el siguiente: toma uno a uno como hijo, estableciendo un vínculo maternal y, más que atender a la gracia que se le pide, ella hace sentir a aquel a cuya petición dice “sí” que, a partir de ese momento, providencialmente cuidará de él; toda la serie de otras peticiones que haga, ella las concederá como lo hace una madre con el que realmente toma como su hijo.

Promover, hacer de cada uno su hijo es, digamos, el objetivo de estas relaciones que establece ella en el Cementerio de la Consolación.

Un papel maternal para recomponer almas huérfanas

Esto tiene una reversión en otra realidad. A menudo, comparándola con otras madres que conocía, tenía un sentimiento curioso y pensaba: “Tengo la impresión de que ella es la última madre en la tierra, porque madre como ella es –con tanta plenitud de maternidad–, no conozco a nadie, excepto, por supuesto, a Nuestra Señora. “Las madres están muriendo sobre la faz de la Tierra. Hay restos de esto en esta, en aquella y en aquella otra, pero con esta totalidad de predicados no veo a nadie. Creo que habrá una época en que la relación entre madre e hijo desaparecerá”. Y tengo la impresión de que doña Lucilia entra en este escenario y cuida especialmente a los que son más huérfanos, a aquellos con los que su madre fue menos madre. A estos los pacifica, apacigua, entretiene, en fin, realiza un trabajo como solo ella podría hacer, y lo hace de una manera espléndida, excelente, con agrados, revelándoles lo que es tener una madre.

De esta manera, la axiología que ella recompone cariñosamente corresponde al sentido de orfandad. Un huérfano que nunca tuvo una madre o que ni siquiera ha conocido a una buena madre, este termina con la axiología rajada. Ahora bien, dar axiología es propio del oficio materno y es lo que Nuestra Señora hace. El universo no tendría sentido y sería una sucesión de iras permanentes de Dios, si no fuera la intervención de Nuestra Señora, uniendo, reparando. Y lo que la Santísima Virgen realiza de manera universal, mi madre parece tener la tarea de hacerlo de una manera más particular, precisa, pequeñita.

A lo largo de mi vida, vi a mi madre con muchos interrogantes y, desde la eternidad, parece responderlos plenamente. Con el hecho del rayo de luz sobre las orquídeas3 y los eventos que tuvieron lugar, se me fijó la idea de una misión de ella post-mortem.

Reparadora de los temperamentos, cuya bondad forma para la lucha

Algo en lo que también entra la acción de Doña Lucilia es el tema de los temperamentos. Ahora bien, el temperamento de las generaciones venideras estaría marcado por una especie de incapacidad para las grandes ascesis, debido a una disminución de la naturaleza. Y ella, la señora del Quadrinho, con su forma de afecto, de accesibilidad, resuelve incluso el problema temperamental, cuyo reflejo se puede ver en la propia forma de comportarme delante a su virtud. Cuando era de esperar que las almas ya no tuvieran acceso a esto, nace una nueva forma de ascesis, de axiología, toda hecha de su bondad, de misericordia, de una suavidad reconstituyente, que tiene esto de curioso: rehecho por ella, sirve para el combate; sin ser rehecho por ella, no vale para ninguna lucha. Y aún más: a los que no son capaces de mayores esfuerzos los presenta a los ojos de Dios con apariencia de ascetismo; no logro expresarlo bien, pero sería algo de esa naturaleza. Ella consigue, por así decirlo, con una sonrisa y una acción en el alma, lo que la grandeza de los siglos pasados –que admiro y trato de representar– en sí misma no causaría. Despierta admiración, pero no se mueve a la imitación. Ella, sin embargo, lo ve, lo llena, lo completa y lo hace funcionar.

Complemento de suavidad y dulzura a la acción del Dr. Plinio

El Dr. Plinio em 1985

Aquí hay una especie de intersección de acciones: en cierto sentido, yo represento el futuro y ella el pasado; en otro sentido, yo represento el pasado que se levanta furioso, sacando las garras frente a la Revolución, y ella representa el futuro. Hay, por ejemplo, casos de personas que se acercan a mí con deseos de seguirme, pero con dificultades temperamentales. Mamá, a su manera, suaviza el temperamento, lo pone en orden. Donde yo no podía llegar, ella, a través de su sonrisa, dirige el alma.

Es un punto donde siento que me completa magníficamente. Una vez, estaba hablando con un joven; estábamos lado a lado, en sendas sillas de mimbre. Después de haberle señalado ciertos deberes que debía cumplir, me respondió: “Para esto, no tengo ni fuerza ni valor, y es inútil que usted me lo pida, porque no consigo”. A mis labios vino el deseo de la increpación: “¿Cómo puede ser esto?

Usted tiene la gracia de Dios como yo, y tiene la obligación de exigirse lo que yo me exijo. Y lo que no sea esto, por su parte, es flojera y falta de sinceridad…”

Cuando lo miré, me di cuenta de que habría algún propósito en decirle esto; pero sería, al mismo tiempo, una acción tan irrazonable que no debería hacerlo. Me tragué la censura y dejé pasar la situación. Años más tarde, este joven me mencionó una acción de mi madre en su alma –creo que ella ya había muerto– para reparar el temperamento. Me di cuenta que esa actitud mía, de hecho, habría estado fuera de lugar, porque ella arregló lo que yo no habría logrado. Este joven habría admirado mi “rugido”, pero la reprimenda no habría reparado su temperamento.

Hay algo en lo que ella me completa con dulzura y suavidad, logrando lo que yo no podría. Y yo, muy agradecido y enternecido, sin tener palabras siquiera para decir lo agradecido que estoy, registro estos hechos.

¡Eso es así! v

(Conferencia del 30/10/1977)

  1. A finales de 1967, como resultado del agotamiento físico, el Dr. Plinio fue afectado por una grave crisis de diabetes. ↩︎
  2. Debido a la gangrena causada por una infección en su pie derecho, se le amputaron cuatro dedos. ↩︎
  3. En el momento de la Consagración de la Misa del séptimo día del fallecimiento de Doña Lucilia, celebrada en la Iglesia de Santa Teresita, un rayo de luz incidió repentinamente sobre las orquídeas, que constituían el centro de la cruz floral que estaba al lado de la mesa de la Comunión. ↩︎

Victoria sobre graves peligros

A principios de mayo de 2012, su madre, Zuleida Vasconcelos Almeida Campos, residente en Belo Horizonte (Brasil), por entonces con 80 años, estuvo a punto de sufrir un derrame cerebral, ya que la carótida derecha estaba 98% obstruida. 

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

A veces, Dña. Lucilia pone a prueba la confianza: parece que no atiende del todo las súplicas que se le hacen, para estimular la esperanza en que su bondadosa asistencia al final llegará. Esto lo podemos ver en el relato que nos envía la Hna. Juliane Vasconcelos Almeida Campos, de los Heraldos del Evangelio.

A principios de mayo de 2012, su madre, Zuleida Vasconcelos Almeida Campos, residente en Belo Horizonte (Brasil), por entonces con 80 años, estuvo a punto de sufrir un derrame cerebral, ya que la carótida derecha estaba 98% obstruida. Necesitaba someterse a una intervención quirúrgica, de sí bastante delicada, sobre todo teniendo en cuenta su avanzada edad. Toda la familia confió el caso a Dña. Lucilia y comenzaron los exámenes preoperatorios.

Mientras tanto, un dolor abdominal agudo la llevó al hospital, donde se constató la presencia de gran cantidad de cálculos en la vesícula biliar, lo cual requeriría una extracción urgente. Los médicos se vieron en un callejón sin salida: si operaban la vesícula, la paciente podría no resistir, dada la presión que se haría sobre la carótida tan obstruida; si operaban la carótida, los cálculos biliares podrían cerrar el conducto, complicándose mucho la situación, pues ya había una infección a causa de la mencionada obstrucción.

La familia se dispuso a acatar la decisión de los cirujanos en cuanto a la salud corporal de la enferma, mientras se ocupaba en cuidar de su alma, en la certeza de que Dña. Lucilia los ayudaría a encontrar un clérigo que le administrara los sacramentos, principalmente la Unción de los enfermos, tarea no muy fácil en aquella región. Al final, un sacerdote de la congregación del Verbo Divino se prestó a ello. Los médicos optaron por operar primero la carótida y la operación fue muy exitosa.

Una sorpresa en el ascensor

Para llevar a cabo el segundo procedimiento debían pasar unas semanas y en el entretanto la recuperación de Zuleida fue admirablemente rápida, por lo que la colecistectomía quedó fijada para mediados de junio. En principio, sería una cirugía cerrada, y el médico tranquilizó a la paciente y a la familia, diciéndoles que se trataba de una operación sencilla y, si todo iba bien, en 48 horas recibiría el alta y podría volver a casa.

Realizada la intervención, el médico salió del quirófano y comentó que hubo una leve complicación, debido al excesivo número de cálculos, y que fue necesario hacer una colecistectomía abierta. Pero añadió que la paciente se encontraba bien y estaba bajo observación.

Zuleida recién salida de la UTI

Cuál no fue la sorpresa de los familiares, que aguardaban en la sala de espera situada junto al vestíbulo de los ascensores, cuando percibieron un movimiento inusual, en dirección al quirófano, de médicos y enfermeros que entraban y salían de manera agitada. Poco después, el cirujano informó que Zuleida había tenido una hemorragia interna en la zona hepática, lo que requirió que fuera otra vez intubada para un nuevo abordaje quirúrgico y la extracción de los coágulos. A pesar de haber detenido el flujo de sangre, como había perdido bastante, tuvo que recibir una transfusión de tres bolsas. Como resultado, se produjo un shock hipovolémico, la presión bajó casi a cero y, en lenguaje médico, hubo que «resucitarla»: con una dosis muy alta de noradrenalina, los médicos lograron restablecer su presión arterial, que aún estaba muy inestable y con tendencia a caer. El cirujano la derivó a la UTI, donde intentarían mantenerla con vida mediante máquinas, pero no dio esperanzas de que aguantara mucho tiempo más.

La Hna. Juliane cuenta que, al ver pasar a su madre en la camilla y entrar en la UTI, su mayor aflicción era saber que podría fallecer sin recibir los sacramentos. ¿Habría dejado Dña. Lucilia de atender enteramente esta vez? Con el alma angustiada, se sentó en un sillón del vestíbulo, frente a los ascensores, y le pidió: «Madrecita, sé que es casi imposible, pero, por favor, consíguenos un sacerdote. No la dejes morir sin los últimos sacramentos».

En ese preciso momento se abrió la puerta de uno de los ascensores, en cuyo interior se encontraba un sacerdote, perfectamente identificable por su atuendo clerical. Las miradas de ambos se cruzaron y, al ver el hábito de los Heraldos del Evangelio que llevaba ella, el sacerdote sonrió y asintió con un saludo afable. Levantándose de un salto, corrió hasta el ascensor, antes de que se cerrara la puerta, porque el sacerdote no hizo ademán de salir, y le dijo: «¡Padre, por favor, atienda a mi madre! ¡Se está muriendo!».

Magnanimidad en la asistencia

En pocas palabras le explicó el caso y el sacerdote, el P. Nivaldo Magela de Almeida Rodrigues, dijo que estaba llevándole los santos óleos a una enferma internada una planta más abajo. Fue impresionante constatar la respuesta tan inmediata de Dña. Lucilia. Más aún al oírle decir que había entrado en el ascensor para bajar y no entendía por qué había subido… Era una intervención demasiado patente de Dña. Lucilia, confirmada por el sacerdote, que añadió: «Creo que he subido porque tenía que atender a su madre».

De hecho, salvados los obstáculos para entrar en la UTI, el sacerdote, emocionado, le administró los sacramentos con el ceremonial completo, siguiendo todas las rúbricas y también le concedió la indulgencia plenaria y la bendición apostólica papal, según el rito, pues Zuleida estaba moribunda.

La situación continuó siendo dramática durante algunos días. No obstante, la magnanimidad de la asistencia de Dña. Lucilia es completa. Después de once días en la UTI, durante los cuales cumplió 81 años, la paciente fue recuperándose poco a poco. Según los comentarios del equipo que la atendía, ella era un milagro vivo, porque, además de todo lo pasado, venció una infección hospitalaria, una neumonía, una colitis seudomembranosa y una farmacodermia, como reacción a fuertes antibióticos. Al cabo de veintiséis días, recibió el alta, siendo necesarios varios tratamientos posteriores para vencer las secuelas hospitalarias. Dña. Lucilia, no obstante, quería concederle la plena recuperación de su salud, pero dejándole únicamente una hernia, para que recordara todo lo sucedido y su intervención.

Zuleida con su esposo el día de las bodas de diamante

En 2017, totalmente restablecida, pudo celebrar sus bodas de diamante —sesenta años de matrimonio— y hoy, transcurrida una década de estos hechos, con 91 años, es el principal apoyo de su esposo, también nonagenario, quien sufrió un síncope cardíaco y un consecuente accidente cerebrovascular en 2018.

Da. Zuleida com o esposo e os filhos Zuleida con su esposo e hijos

Así concluye la Hna. Juliane su relato: «En toda nuestra familia la devoción a Dña. Lucilia no ha hecho más que aumentar a lo largo de los años, y la narración presentada aquí no es sino una manifestación de profunda gratitud a esta tan extremosa madre».

 

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2022)