El Ángel de la Guarda de Doña Lucilia

Un ángel lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad, es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal.

Para ver a Doña Lucilia con los ojos con los cuales yo la veía, tengo la impresión de que es necesario tomar mucho en consideración cierto punto fundamental de equilibrio que da propiamente la “fisionomía” del alma como esta es vista por Dios. Porque Él no ve el alma apenas en esa o en aquella actitud, sino en la propia fuente de todas las actitudes, en aquello que hay en el hombre de estable y que dicta la pluralidad de sus actitudes.

Firme en la dulzura y dulce en la firmeza

IMG_0172_20171001_LuciocraAlguien dirá: “Pero el hombre nunca es así, tan coherente. ¿Qué tienen de estable los hombres incoherentes? Parece que ellos no son estables.” Es lo contrario; ellos tienen una estabilidad intencionalmente quebrada, de donde todo el resto sale errado. Pero esta estabilidad, aun cuando sea en lo quebrado, en lo errado, existe.

Así, para formarse una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda correlato a cada persona, es necesario procurar a cada una en esa estabilidad. Más aún, cómo sería esa estabilidad si la persona fuese como debería ser. Ahí se tienen los elementos para una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda de alguien.

En esta perspectiva, me da la impresión de que el Ángel de la Guarda de ella debería ser visto como un Ángel con una especie de serenidad sobrenatural, que importa en una convicción formada: es la fe; en una actitud tomada: es el estilo de vida de ella; y en un pasado coherente con esa actitud hasta el último momento. Firme en la dulzura y dulce en la firmeza hasta el fin.

Ahí se puede tener una idea de cómo sería ese ángel: lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también, un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal, y de ahí no se sale.

Creo que, sabiendo compensar esas cosas y ponerlas bien en línea, se tiene una noción de cómo sería el Ángel de la Guarda de Doña Lucilia.

Todo el mundo habla, y con mucha razón, de la misión protectora que tiene cada ángel. Pero está muy realzada – porque es más fácil de imaginar y es auténtica, existe – la protección del ángel en lo que dice respecto al cuerpo. Sin embargo, no está debidamente resaltada la protección del ángel en lo referente al alma. Ahora bien, ese es el elemento principal. Nosotros estamos aquí en la Tierra para dar gloria a Dios, servirlo y amarlo, pero también para salvar nuestras almas, que es el medio de dar gloria a Él.

En esas condiciones, es bien evidente que el ángel desea para nosotros, más que todo, la perseverancia y la santificación. Y nosotros debemos ver, sobre todo, cómo el ángel habrá actuado con relación al alma de Doña Lucilia.

Un mero corusco transformado en luz

Conozco de un modo no satisfactorio el pasado remoto de su familia. Sé que un bisabuelo suyo era un portugués que luchó contra el ejército de Junot, general de Napoleón que invadió Portugal. Como Junot tomó Portugal, la casa del bisabuelo de mi madre en Porto fue destruida y mataron a su familia, y él se vino a Brasil, donde se casó con una señora de familia tradicional, que vino a ser mi tatarabuela.

jesuina

Doña Jesuína Ribero dos Santos, abuela paterna de Doña Lucilia

Sin embargo, tengo una idea muy vaga sobre el pasado de la familia en Portugal, no sé cuál es la mentalidad, el estado de espíritu y, sobre todo, lo que más importa: cuál era la posición religiosa de esos antepasados portugueses. Pero, a través de algunas cosas que ella contó, juzgo vislumbrar que había en su abuela paterna, y también en su padre, algo que le preparaba el camino a ella, haciendo presentir ese estilo de alma del cual acabo de hablar.

Con eso no estoy diciendo que su padre y su abuela correspondieron enteramente. Apenas digo que parecen haber recibido gracias en la misma dirección. Y eso tiene un alcance para considerar cómo su Ángel de la Guarda actuó en su alma, porque se ve que mi madre nació en un ambiente donde esa luz estaba presente, y ella participó de esa luz más que sus antecesores. Lo que era un corusco antes de ella, con ella tomó mucho más porte y dimensión. Dentro de ese ambiente familiar, ella estaba encantadísima con esa luz, haciendo de eso un camino hacia Dios.

En el Sagrado Corazón de Jesús, ella veía la plenitud inimaginable e indiscernible de todas las virtudes, entre las cuales esta que ella conocía por coruscos humanos, por fulguraciones así.

Creo que la gran prueba de su vida se desarrolló de la siguiente manera: tengo la impresión de que ella formaba una idea un tanto ingenua de que todas las personas eran, pensaban, sentían y se querían así, y que todas las familias, en sus casas, vivían de esa forma: los señores eran del estilo de su padre y las señoras como ella veía a su madre. Con eso, ella concebía el mundo como una especie de antesala del Cielo.

Sinsabores permitidos por la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron decepciones: este y aquel no eran así, ingratitudes hacia ella, en fin, toda especie de sinsabores.

Ella me contaba este caso característico: una señora rica, de buena familia, clienta de mi abuelo, estaba aislada en el mundo, no tenía quién la apoyase y de repente se enfermó. Mi abuelo necesitó tratar con ella sobre un negocio cualquiera, supo que ella estaba enferma y mandó que sus hijas la visitasen. Vieron, entonces, el abandono en que ella se encontraba, en una casa grande, rica, pero en medio de criadas que no tenían celo por ella. Mi abuelo, desde el principio decretó: “Ella va a vivir en nuestra casa durante el tiempo que quiera y mis hijas van a cuidarla.”

Mi madre estaba joven y esa señora, por lo tanto, era mucho mayor que ella. E inmediatamente se dispuso a ayudarla. Incluso quehaceres que podrían ser confiados a una criada, ella los hacía, por amabilidad. No obstante, comenzó a notar que cuando prestaba a esa señora toda clase de servicios, ella los recibía como si mi madre estuviese apenas cumpliendo la más elemental de las obligaciones. Por otro lado, al aparecer otra persona de la familia que casi no iba allá – porque pensaba en su propia vida y no quería tener esa paciencia –, la huésped sonreía muy complacida y decía: “Fulana, cómo has sido de buena conmigo. ¡Muchas gracias!”

La persona de la familia objeto de esa gratitud, miraba a mi madre y decía:

– No seas boba, Lucilia. Tú debes hacer como yo: manda a las criadas de la casa que la sirvan, y una vez cada dos o tres días apareces para hacer una corta visita y ella queda encantada.

Mi madre respondía:

– No, pobrecita, ella está enferma, sufriendo, y yo quiero prestarle todos los auxilios, pues papá así nos mandó.

– Mira, vas a ver como el día en que esa señora se sane y salga de casa, me va a agradecer el servicio que tú hiciste.

Dicho y hecho. En el momento de la despedida, la huésped agradeció efusivamente a la otra, y a mi madre apenas le dijo: “Lucilia, hasta luego.”

La criatura humana tiene torpezas de esas, pero en ese caso Nuestra Señora lo permitió para ir abriendo los ojos de mi madre con respecto a las cosas.

Le fue pedido desapegarse de todo

3p197bYo mismo presencié varias situaciones semejantes, por donde ella iba comprendiendo que, frente a su bondad, las personas, en su gran mayoría, quedarían indiferentes. Sin embargo, ella mantenía su posición por amor a algo infinitamente más alto, es decir, a Dios Nuestro Señor.

A lo largo de la vida, ella fue constatando que esa actitud de las personas no era solo una falla, sino, casi se podría decir lo contrario: que dentro del hombre la bondad constituye un lapso, o sea, de vez en cuando le sucede ser bueno. Pero si no fuere fiel a la gracia y por razones religiosas, el ser humano es estable y continuamente ruin. Por lo tanto, en esta vida, esas criaturas humanas terrenas que ella se preparaba para querer tanto no eran sino lo contrario de lo que ella esperaba, de las cuales apenas recibía decepción e ingratitud; y eso entre los más próximos…

Bien se comprende cómo eso iba madurando su alma para hacer el siguiente balance: “O mi vida fue vivida toda para Dios – y entonces la vida encuentra una explicación –, o si no hubiese sido vivida para Él, habría sido el error más grande que se pueda imaginar, porque pasé mi existencia dándome, dándome, dándome y recibiendo de los hombres esa retribución…”

Pequeñas circunstancias fortuitas llevaron a que, en determinado momento, incluso a mi respecto, ella tuviese algunas pruebas. Por ejemplo, yo percibía que ella tenía cierta dificultad en comprender la razón por la cual yo dedicaba tanto tiempo a nuestro Movimiento, dejándola sola. Lo que yo, en medio de mil cariños que siempre tuve con ella, hacía inexorablemente, por saber que era mi obligación.

En cierta ocasión, cuando nos encontramos fortuitamente en un corredor de nuestro apartamento, ella me dijo: “¡Hijo mío, yo solo te tengo a ti, pero a ti te tengo enteramente!” Se ve que después la Providencia comenzó a exigirle, hasta de eso, un cierto desapego: “No piense en nada más, ni en nadie. Piense solo en Dios.” Cuando, en sus últimos instantes, ella sintió la muerte llegar, hizo una gran Señal de la Cruz, juntó las manos y murió. Ese amplio ‘En el nombre del Padre’ tiene evidentemente el carácter de una gran aceptación, una gran resolución y una gran confirmación: “¡Es lo que yo quería y en eso creo!”

(Extraído de conferencia del 16/1/1981)

La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

3p196a

Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

sao bento

Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

cap13_008

Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

16265307_241108586347785_5711736621450719215_n

El” Quadrinho”

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)

El inapreciable valor de una vida común sin pretensiones

Si le fuese permitido por Dios, Doña Lucilia bajaría del Cielo a consolar a los que sufren en esta tierra para que esos sufrimientos cesen o, en ciertos casos, que soporten el dolor con resignación y dignidad.

Doña Lucilia tenía horror al Infierno, mezcla de temor reverencial y de asco. Le parecía -y con mucha razón- que son personas muy repugnantes las que allá caen. Y hacía expresiones fisionómicas que expresaban ese asco de manera muy categórica.

Horror a los réprobos y compasión por las almas del Purgatorio

De manera que no debemos suponer -ni mucho menos- que ella tuviera el menor movimiento de compasión por aquellos de quien ni Dios tiene compasión: fueron condenados y mandados al Infierno, y ya está todo definido. Pero sentía mucha compasión por las almas que estaban en el Purgatorio y le gustaba rezar por ellas. Comentaba, de vez en cuando, alguna que otra cosa que había leído en libros de piedad sobre el Purgatorio. Pero su principal atención se centraba en el Cielo y el Sagrado Corazón de Jesús. Me pregunto si ella en el Cielo pediría bajar a la tierra a consolarnos. Me parece que lo pediría y tendría un gusto enorme haciendo eso. Pero con el cuidado de no hacerlo tantas veces que nos quitase méritos. Ella tenía una concepción “dura” de las cosas, es decir, que es necesario sufrir en esta tierra. Y por lo tanto, toda idea de transformar la bondad en un medio para el desaparecimiento del dolor, sería una cosa que ella no vería con buenos ojos.
Doña Lucilia sería, eso sí, muy propensa a bajar a la tierra -si le fuese permitido- y consolar a los que están sufriendo para que, en algunos casos, el sufrimiento termine; y, en otros casos, que las personas continúen padeciendo y aguanten el dolor con resignación y dignidad.

¿Cómo eran celebrados los cumpleaños de la Sra. Doña Lucilia…?

Mamá tenía certeza absoluta que yo comparecería para celebrar su cumpleaños. Vivíamos en la misma casa y, además, ella sabía bien cuánto yo la quería y que por tanto era ciertísimo que estaría presente. Ella podría tener un cierto temor de que yo, atrasado por preocupaciones de mi oficina, llegara tarde, pero no comenzaría la comida conmemorativa de su cumpleaños sin mi presencia. Los convidados ya sabían eso y no insistían, y aunque algunas veces quedase un poco preocupada, no me decía nada para no contrariarme. Lo que yo hacía de mi parte en esa ocasión era algo que parecía imposible de hacer, pero cabía en una circunstancia así: un aumento de mi cariño. Cariño mezclado con un poco de broma que yo hacía con ella acerca de un punto cualquiera y que ella sabía muy bien que eran un gracejo.

Por ejemplo, ya conté, que frecuentemente -creo que debido a esa temperatura aquí de Sao Paulo- cuando la besaba, yo sentía en mi rostro la punta de su nariz ligeramente fría y entonces le preguntaba: “¿Cómo así? ¿Esta con mucho frío en la nariz?” Son bromas que se hacen para darle un poquito de alegría a la vida familiar.

…y los del Dr. Plinio

Celebraba mucho más mi cumpleaños que el de ella, pero eso no dependía de mí. Mi cumpleaños era celebrado en el almuerzo y en la cena con un menú reforzado, mientras que en el cumpleaños de ella había solamente una cena a la que comparecían los parientes más allegados.
Para mí ella siempre mandaba a hacer torcazas, porque cuando estuvimos en Alemania, en el hotel de unos termales de aguas medicinales llamada Wiesbaden, servían pichones de torcaza con cierta frecuencia. Y cuando venían con ese plato a la mesa, yo, siempre muy interesado en asuntos gastronómicos, ya me daba cuenta desde lejos y decía aplaudiendo “¡Mamá, palomitos!”.
Doña Lucilia me hacía señal para yo no hacer ruido en un solemne comedor de hotel. Baste decir que en ese gran salón había un ambiente separado por cortinas, con una mesa ya montada para el Kaiser y personas de la Corte. Cuando él llegaba, corrían las cortinas, tocaban el himno de Alemania, aplaudían, el monarca agradecía, se sentaba y después el almuerzo seguía. Pero a pesar de que la atención de los empleados siempre estaba pendiente de que en los tiempos de vacaciones el Kaiser podía aparecer de una hora para otra, el copero quedaba muy contento cuando traía palomitos porque le gustaba ver mi reacción. Y él procuraba traducir la palabra “palomitos” por “pimbinchen”. No existe en alemán ni en portugués esa palabra; era una mezcla de sub-alemán y mal portugués… Me mostraba de lejos el plato y decía: “¡Pimbinchen!” y yo quedaba muy contento.
Entonces cuando llegaba mi cumpleaños ella mandaba comprar “pimbinchens” en el mercado y los preparaba según una receta especial quedando una cosa deliciosa. Colocaba tres o cuatro “pimbinchens” además de un postre. Todo adecuado. Y cuando llegaban los platos ella me decía: “Hijo, los pimbinchens”. Y yo algunas veces manifestaba mayor alegría para contentarla también.
Esa era nuestra vida común familiar sin pretensiones, pero que para mí tenían un valor sin nombre. En lo relacionado con el cumpleaños de ella, Rosé -mi hermana- se encargaba del regalo, porque en general eran artículos para señora de los que yo no tenía la menor idea. Acordaba con mi hermana, arreglábamos las cuentas y ella hacía la compra. De tal manera que yo a veces ni sabía lo que se le había regalado y mamá sabía que eso era así.

Evidentemente hacíamos más oraciones el uno por el otro pero no dialogando. Son cosas del modo de ser paulista antiguo. Eso no quiere decir que sea lo ideal pero tampoco me parece reprensible. Me parece un modo de proceder que podría tal vez ser mejor, pero así estaba bien.

(Extraído de conferencia de 22/4/1993)

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Contemplando una rosa

El encanto de doña Lucilia por las flores permaneció igual hasta los últimos días de su vida. Los atrayentes colores de la naturaleza vegetal, cuya belleza el ingenio humano nunca ha conseguido superar, fácilmente cautivaban su espíritu, siempre dispuesto a entrar en armonía con el menor vestigio de maravilloso. Un joven, sabiendo que ella apreciaba las rosas, en especial las de tono coral, pasó cierto día por una floristería para comprarle la más bonita que encontrase. Al entregársela a doña Lucilia, ella manifestó la alegría de quien recibe un significativo regalo. La tomó con delicadeza, la apartó un poco y, mirándola detenidamente, tejió algunos comentarios elevados. Entremezclaba sus palabras con instantes de silencio, en los cuales contemplaba un poco más aquellos bonitos pétalos. La profundidad de lo que decía no estaba tanto en el sentido literal de las palabras, sino en la disposición de su espíritu, en la serenidad con que se expresaba, en los matices de su voz y en su reacción fisonómica. La bondad luciliana nunca se manifestaba sin la compañía de las luces, hoy cada vez más raras, de la virtud de la gratitud. De ese modo, aquel día —que se llenó con aquella simple rosa— hizo referencia varias veces a ese regalo tan simple, comentando con encanto los pétalos, el color, la forma, el tallo…
Esa rosa bien podría ser tomada como un símbolo o un reflejo de la armoniosa templanza de sus cualidades, y de la generosidad de su bienquerencia.

Un comentario perfecto

3p182

Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…

El discernimiento psicológico de doña Lucilia había crecido con los años, haciéndose singularmente penetrante al aproximarse del umbral de la eternidad. Ella aplicaba ese admirable discernimiento con la misma calma con que practicaba todas las acciones, tan pronto se le presentaban personas, figuras u objetos. Los miraba atentamente, sin que su fisonomía indicase que estuviese haciendo un gran esfuerzo, y, tras reflexionar un poco, emitía su juicio, invariablemente sabio, ponderado y justo.
En una ocasión, al serle mostradas algunas fotografías de una imagen de Nuestra Señora de Fátima, el Dr. Plinio aprovechó para preguntarle qué impresión le causaba. Después de mirar detenidamente los bellos rasgos de la Virgen de Fátima, respondió:
— Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…
Los que estaban allí se quedaron pasmados por el acierto del comentario de doña Lucilia. El propio Dr. Plinio no resistió, y afirmó en un volumen de voz que ella no pudiese oír:
— ¡Es el comentario perfecto!
La escena fue conmovedora. Su análisis, nada doctoral o científico, parecía descender de muy alto, como ocurre con quien tiene el espíritu colocado continuamente en ciertos parajes iluminados por Dios. Se notaba que ella, de alguna forma, estaba en constante oración.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

16265307_241108586347785_5711736621450719215_n

Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…

Hasta donde alcanzaron sus fuerzas, doña Lucilia ejerció a la perfección las funciones sociales de un ama de casa. Pudimos observar esto de modo especial cuando ella hacía sus oraciones vespertinas. Su preocupación cuando oía que el teléfono había sido atendido por voces que no le eran familiares, por querer saber de su empleada quién estaría esperando a su hijo, se repetía incansablemente.
— ¡Mirene! ¿Quién está ahí? —preguntaba, enteramente dispuesta a recibir al inesperado visitante.
Un bonito hecho relacionado con ese eximio modo de ser fue presenciado por un joven, que hasta hoy da testimonio a ese respecto, constituyendo una prueba de la gran virtud de esta insigne dama paulista: “Doña Lucilia me hizo entrar en el comedor, nada más terminar el piadoso rezo del rosario, y después de darme las acostumbradas explicaciones del porqué de la tardanza del Dr. Plinio en atenderme, me invitó a sentarme para tomar el té de la tarde en su compañía.” Casi tres horas de conversación pasaron como si fuesen minutos.
Tres décadas después, aquel joven aún recuerda con emoción la extrema gentileza y el envolvente afecto de doña Lucilia hacia él en aquella ocasión: “Todo el tiempo procuró entretenerme, discurriendo sobre los temas que más me agradaban, siempre en un clima de serenidad y bienquerencia.
“Me acuerdo haber salido tan alegre y feliz de aquella conversación —cuenta él— que más me parecía haber estado con un ángel que propiamente con una criatura humana. Recibí una tal comunicación de bienestar, que llegué a pensar que doña Lucilia era una señora que nunca había sufrido el menor incómodo en la vida, pues en ningún momento dejó traslucir la mas mínima señal de enfado o de cansancio, dispuesta a hacer el bien a mi alma hasta los límites permitidos por el reloj”.
Y continuaba su narración, describiendo los juegos de fisonomía de doña Lucilia, los pequeños y elegantes gestos, la voz, la mirada, las manos. Aquel mismo día, después de esta conversación, el Dr. Plinio lo llamó a su despacho para hacer una llamada telefónica al médico de doña Lucilia. Eran las nueve y media de la noche del sábado.
El joven quedó abismado al oír que el Dr. Plinio decía al médico que doña Lucilia había pasado todo el día muy indispuesta, y con tal malestar que ciertamente ello le impediría conciliar el sueño. Después de relatarle al clínico todos los síntomas, con pormenores, el Dr. Plinio pidió a su auxiliar que anotase el nombre de la inyección recetada. El mencionado joven, por tener cierto conocimiento del remedio en cuestión, se dio cuenta de cuál era realmente el estado físico de doña Lucilia, quien con tanta normalidad lo había entretenido por tan largo tiempo.
“En doña Lucilia —recuerda él— la bondad era una segunda naturaleza. Este hecho me dejó aún más patente que ella había pasado la vida haciendo bien a los demás — pertransiit benefaciendo (Anduvo de lugar en lugar haciendo el bien (At. 10, 38)).
No habiendo quien fuese a comprar la inyección, él mismo se ofreció para hacerlo. Después, debido a la ausencia del enfermero de guardia, el Dr. Plinio le pidió que se la colocase a doña Lucilia, dado que tenía práctica en ello. Ocurrió entonces otro episodio que marcó la historia de este feliz joven. Al entrar en el cuarto de doña Lucilia, se tomó de encanto y de emoción al verla tan dignamente recostada en la cama.
— Doña Lucilia, estoy aquí para ponerle una inyección recetada por su médico —dijo al saludarla.
Según narra este testigo, “era extraordinaria la instintiva preocupación de doña Lucilia hacia los demás, aunque estuviese sintiéndose indispuesta, como en aquella circunstancia. Además del momentáneo disturbio por el cual pasaba, estaba a muy pocos meses de la muerte y, no obstante, su atención se volvía hacia los demás.
“En aquel ambiente de compostura y recato, a la luz de una lámpara de mesa, su primera actitud fue la de mirarme atentamente y decir:
“¡Pero cómo, justamente esta noche de sábado le estoy dando todo este trabajo! Perdóneme por perjudicar sus planes.
“Sin demostrar el menor desagrado al serle aplicada la inyección, que provocó cierto dolor, doña Lucilia dijo a continuación:
“— Me ha entristecido mucho haberle causado a usted este trastorno.
“— En nada, doña Lucilia. Al contrario, soy yo quien me entristezco al verla sufrir con esta inyección.
“— En absoluto. Bien, se lo agradezco mucho —concluyó doña Lucilia, con su insuperable dulzura de trato.”
Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…

El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…

Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo

Es edificante lo poco que habla doña Lucilia en sus cartas sobre sus problemas personales. Cuando lo hace, es para satisfacer los insistentes pedidos de su hijo. Por otro lado, aunque privada de la compañía de su hijo, en ningún momento se queja de ello, pues sabe que el viaje del Dr. Plinio es para atender los intereses de la Iglesia. Razón enteramente suficiente para justificar un sacrificio que ella estaría dispuesta a repetir cuantas veces fuera necesario. Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo, como se puede ver una vez más en la siguiente carta, en la que, dicho sea de paso, cap14_014por distracción escribe “congreso” en lugar de “concilio”.

São Paulo, 26-10-1962
¡Hijo querido de mi corazón!
Espero que hayas recibido mis dos cartas; hoy te mando esta otra. He recibido también una tuya, desde Roma. Me imagino cuánto debes estar apreciando la bella morada de los Papas y, todavía más, todo eso en compañía de tus buenos y queridos amigos; ¡solamente me da pena ver a los que no pudieron ir! Siempre que puedas, mándame noticias tuyas… — ¡los periódicos no dan noticias que satisfagan! (…)¡¿Buena parte de los rusos es recibida también en el Congreso?!… ¡Esperemos el final de todo esto! ¿Y del caso Kennedy-Kruchev? (Doña Lucilia se refiere a la famosa crisis política internacional provocada por la instalación de misiles rusos en Cuba, lo que casi provocó la III Guerra Mundial, a raíz de un ultimátum de Kennedy al Gobierno del Kremlin) ¿qué me dices?… ¿Qué nos traerá este nuevo sistema?… ¡¡¡Todo se puede esperar!!! Ha estado aquí Castilho para hacerme una visita. Francisco Eduardo me ha pedido un rosario para rezar con él todos los días. Castilho dice que es muy fácil encontrar allí rosarios muy buenos y resistentes.
No me habitúo a escribir con los bolígrafos que tenemos aquí.
¿Cuándo acabará el Congreso? ¿Cuándo piensas volver? Soy yo quien te dice… deja tanto trabajo, pasea bastante, come bastante, pero sin exagerar, visitad la catedral de Milán que es una belleza y los innumerables cuadros de Florencia, reved París y volved cuánto antes, ¡pues estoy con unas saudades locas de mi “querido”, queridísimo filhão de todo mi corazón! Con muchos besos, abrazos y toda la bendición de tu… manguinha…
Lucilia

De tal manera doña Lucilia se olvidaba de sí misma que solamente se acuerda de pedir un rosario para su bisnieto, Francisco Eduardo. Aunque no lo diga, tal vez haya sido ella quien enseñó al niño a rezar el rosario, explicándole con su modo tan atrayente los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre Virginal. Segura de que un objeto de piedad traído de la Ciudad Eterna lo incitaría más a la devoción, se lo pide al Dr. Plinio.

Escasa correspondencia

Naturalmente, al contemplar el magnífico escenario de la Roma de los Papas, el Dr. Plinio no podía dejar de pensar en doña Lucilia, cuya alma admirativa se encantaría con todo aquello. Si estuviese allí, recorrería lentamente aquellos lugares, apoyada del brazo de su filhão, comentando extasiada ora esto, ora aquello —el azul tan bonito del cielo romano; los castillos de nubes en el horizonte, realzando la grandeza de los milenarios monumentos; el Tíber, que serpentea mansamente entre históricos edificios y gloriosas ruinas—, hasta que la puesta del sol le anunciase el final de tan agradable conversación…

cap14_015

Capitolio romano

Roma, 22-10-1962
Luzinha querida de mi corazón
Estoy esperando ansiosamente una carta suya. En todo caso, ya he sabido por un joven del grupo que usted recibió bien la noticia de mi viaje, ¡gracias a Dios! Me acuerdo mucho de mi Lú y de su conversación que tantas saudades me da, así como de sus cariños y todo lo demás, ¡de lo que siento tantas saudades! Especialmente me acuerdo de usted cuando veo algunas cosas bonitas que tanto le gustarían a usted. Ayer, por ejemplo, vi el Capitolio romano, que por cierto ya había visitado en 1959. Es estupendo. Pensé en seguida: ¡que bueno sería si Lú de mi corazón pudiese ver esto! Escríbame cuanto antes, querida, hablándome de todo a su respecto y, especialmente, de su salud. He trabajado mucho, comido mucho, paseado un poco por lugares bonitos. Le adjunto las cartas para Rosée y Maria Alice. Así usted tendrá el noticiero completo.
Me veo obligado a parar, pues son las 16 Hrs. y a las 17 Hrs. tendré una reunión muy importante.
Querida mía, mi muñeca, mi marquesita: cuidado con su salud y rece por el filhão que la quiere muchísimo y le envía millones de besos y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

En la carta siguiente, el Dr. Plinio manifiesta como siempre una cualidad sin la cual una auténtica convivencia no se establece: la abnegación. Se diría que, en esa inefable relación con doña Lucilia, la renuncia de cada uno a sí mismo revierte generosamente en beneficio del otro; así como los arbotantes de una catedral, que por sí solos no se sostendrían pero apoyando las colosales paredes forman con ellas un conjunto esplendoroso.

Manguinha de mi corazón,
Mi pluma azul está rota. Por eso, le escribo en rojo.
Sus dos cartas me gustaron inmensamente. Las tengo sobre mi mesa de noche para tenerlas siempre delante de los ojos. Estoy con unas saudades locas de mi mãezinha querida, de sus cariños, de su presencia, de su conversación, en fin, de ella, de todo lo que es de ella y de todo lo que la rodea.
Pocas cosas podrían alegrarme tanto como saber que usted está bien. Cuídese; usted no podría hacer nada mejor por mí. Mejor que eso, solamente una cosa: rezar por mí…
Todavía no sé bien la fecha de mi regreso, pero espero que no tarde. Escríbame cuánto antes, amor de mi corazón.
Perdóneme esta carta-relámpago; estoy ocupadísimo.
Con mil y mil besos, todo el cariño del hijo que la quiere inmensísimamente y le pide con respeto bendiciones y oraciones.
P.

cropped-sdl-10.jpg

Las despedidas en el ascensor

Las despedidas en el ascensor

doña LuciliaPara amenizar de alguna manera la paciente soledad de doña Lucilia en el atardecer de su existencia, su hijo, todos los días, la entretenía con unos cuarenta minutos de conversación después de la cena. No le era difícil a la mirada perspicaz y diligente del Dr. Plinio discernir los sufrimientos que afligían el alma de su madre, cuyo involuntario aislamiento era, seguramente, muy penoso. Para darle ánimo, tenía la costumbre de decirle en un tono impregnado de cariño:
— ¡Mãezinha! ¡Fuerza, energía, énfasis, resolución!
Al oír esas palabras, doña Lucilia respondía con una ligera sonrisa de contento, sin decir nada. En cierto momento, los impostergables deberes de apostolado del Dr. Plinio ponían fin a su bendito coloquio. Con dolor por tener que dejar a su madre se levantaba y, después de despedirse de ella con mucho afecto, se dirigía al ascensor. Con frecuencia, doña Lucilia lo acompañaba hasta allí, queriendo disfrutar hasta el último instante de la compañía de su hijo. A veces tenía lugar una escena conmovedora en el momento en que el Dr. Plinio habría la puerta del ascensor. Con su voz suave y afable, y con la esperanza de retenerlo un poco, doña Lucilia le decía sonriente:
— Hijo querido, ¿no te da pena dejar a tu madre tan sola?
Sin embargo, todas las noches esperaban al Dr. Plinio para asistir a sus reuniones aquellos que la Providencia le había dado como seguidores suyos en la lucha por la Iglesia y por la Civilización Cristiana. Estos últimos tal vez ignoraban que las gracias allí recibidas le costaban a doña Lucilia el sacrificio de su penosa soledad, aún más profunda después de la muerte de don João Paulo. ¿Cómo explicar todo eso a doña Lucilia? Finalmente, apremiado por el deber, el Dr. Plinio besaba la frente de su madre y le respondía: — Mi bien, lo siento mucho, pero ahora mi obligación es encontrarme con mis compañeros de apostolado. Besándola una vez más, entraba en el ascensor y partía.
En otras ocasiones, esas despedidas daban lugar a una encantadora manifestación de solicitud materna. Doña Lucilia prevenía a su hijo —hombre ya de más de cincuenta años— como lo hacía en los remotos tiempos de su juventud… Antiguamente, los ascensores subían y bajaban lentamente, por lo que tardaban en llegar cuando se les llamaba. Esta lentitud contrariaba el modo de ser resuelto del Dr. Plinio —siempre dispuesto a actuar tranquila, pero prontamente—, en especial en los momentos en que era urgente atender sus compromisos. A veces el Dr. Plinio estaba con prisa, y decidido a no perder tiempo, le decía:
— Mãezinha, ¡bajo por la escalera, pues tengo mucha prisa!
Y, mientras bajaba, le llegaba a los oídos el suave pero firme timbre de voz materno:
— Hijo mío, ¡cuidado!, ¡no corras que puedes caerte!
Era como si una vigilante y cariñosa mano intentase disminuir la cadencia de sus pasos.
Las perspectivas de un aislamiento completo Uno de los mayores sufrimientos de doña Lucilia en esa avanzada etapa de su vida fue el súbito agravamiento de sus condiciones auditivas, junto con un empeoramiento de sus cataratas que le disminuían un tanto la vista.
Si estas deficiencias progresasen, doña Lucilia perdería casi completamente la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior. Y, en consecuencia, de tener con su hijo aquellas conversaciones elevadas que le daban tanto aliento. Habituada a interesarse siempre por sus semejantes, el no poder prodigarles más su caritativo auxilio representaría también para ella un sufrimiento no pequeño.
Ante esa dolorosa perspectiva, aunque sin perder nunca su serenidad y su resignación, cap14_009traslucía en su fisonomía una tristeza más acentuada, muy notoria en una fotografía sacada por ocasión de uno de sus últimos aniversarios, donde la vemos al lado de su hermana, doña Yayá. Si el Sagrado Corazón de Jesús, en sus designios insondables, permitía que ese sufrimiento se abatiese sobre quien tan fielmente lo adoraba, por otro lado, en compensación, le concedía su misericordioso amparo. Así, poco tiempo después de agravarse la dificultad de audición de doña Lucilia, el Dr. Plinio, leyendo un periódico, vio la propaganda de un aparato que podía suplir esa deficiencia. Entonces, como buen hijo, no dudó un instante en adquirirlo, a pesar de ser su precio elevado. Fijó con el vendedor una visita de éste a su casa, después del almuerzo, para darle una sorpresa a doña Lucilia. En efecto, el vendedor apareció a la hora convenida. Hecha la prueba, el Dr. Plinio notó inmediatamente, por la expresión del rostro materno, su auténtica eficacia. Hasta el final de su vida fue motivo de consuelo para el Dr. Plinio recordar la alegría de su madre cuando se dio cuenta de que podría conversar normalmente. Y, sobre todo, volver a oír con nitidez el timbre de voz de su querido “Pimbinchen”…

“¡Qué bella mirada!”

cropped-sdl-7.jpgCon la misma tranquilidad de alma, doña Lucilia enfrentó su creciente deficiencia de la vista. Cuando la molestia aumentó, su hijo la llevó a un buen oculista. Después de examinarla, el médico le dijo en voz baja al Dr. Plinio:
— Ella está con una catarata muy avanzada en cada ojo —y le dio a entender que podría operarla. Tras reflexionar rápida y sensatamente, el Dr. Plinio prefirió no someter a su madre a una operación que podría impresionarla mucho y hacerle sufrir innecesariamente, estando ella tan anciana. Poco tiempo después, el progreso de la enfermedad cesó, permitiéndole a doña Lucilia conservar, hasta el fin de sus días, suficiente vista para llevar una vida normal, dentro de las condiciones de su venerable edad.
Esos consoladores auxilios de la Providencia contribuyeron mucho para atenuar aquella sombra de tristeza, como se puede notar en fotografías posteriores.
Fue curiosa la reacción de otro oculista, en otra consulta, al poner sus aparatos sobre los ojos de doña Lucilia para examinarla. El médico, que además de ser un excelente profesional tenía alma de artista, en el momento de proceder al examen no pudo contener esta exclamación:
— ¡Qué bella mirada!
En efecto, en esos ojos de un castaño oscuro se notaba serenidad, afecto, veracidad, en síntesis, una garantía de protección, capaz de impresionar profundamente a las almas que sabían admirarlos.

Un perfecto dominio sobre las propias emociones

cap14_010

Dr. embarcándose para Uruguay

Los primeros años de la década de los 60 le reservaban otros sufrimientos a doña Lucilia.
En mayo de 1962, el Dr. Plinio fue invitado a pronunciar unas conferencias en Uruguay. Aunque el motivo de su viaje fuese apenas ése y en la despedida se manifestase tranquilo y seguro, doña Lucilia se quedó preocupada. ¿No estaría su hijo abandonando el país debido a la inestable situación en que éste se encontraba en aquel momento? Sumergida en esos pensamientos, pero sin exteriorizar sus temores, le vio partir. Según su certero juicio, todo lo que él hacía estaba bien hecho. Confiante en el auxilio divino, prosiguió su vida cotidiana como si todo se desarrollase dentro de la más perfecta normalidad. Felizmente, aunque sus sospechas no fuesen infundadas, no llegaron a confirmarse. Días más tarde, para alegría suya, su filhão apareció de repente en casa. Cuando entró, doña Lucilia estaba en el Salón Azul recibiendo a algunos conocidos que habían ido a visitarla. La serenidad de su semblante no denotaba ninguna perturbación de espíritu. Es fácil imaginar cuánta alegría le causó el regreso del Dr. Plinio. Sin embargo, como estaban presentes otras personas, ella, como eximia y distinguida anfitriona, continuó dispensándoles lo mejor de su atención.

“Hijo mío, no quería molestar a nadie…”

cap12_010

Cuarto de Doña Lucilia

Actos de abnegación, pequeños sufrimientos plácidamente aceptados, innumerables gestos de bondad y de paciencia, fueron algunos destellos de luz que continuaron marcando la existencia cotidiana de doña Lucilia en su apartamento de la calle Alagoas.
Una noche, al estar sus movimientos ya bastante dificultados, se cayó de la cama al cambiar de posición. Apoyándose en la misma trató en vano de ponerse de pie, y el ruido provocado por este esfuerzo despertó a la empleada que dormía en el cuarto contiguo. Ésta acudió inmediatamente en su ayuda, pero no teniendo fuerzas suficientes para alzar a doña Lucilia fue a solicitar el auxilio del Dr. Plinio. Al entrar en el cuarto de su madre, él la encontró tratando todavía con pertinacia de levantarse sola, sin demostrar ninguna aflicción o nerviosismo por no conseguirlo. Con todo cuidado, él la alzó, acomodándola en el lecho. Después, con un tono impregnado de afecto, le preguntó:
— Pero, mi bien, ¿por qué no me llamó inmediatamente? Con toda mansedumbre y naturalidad, ella respondió:
— Hijo mío, no quería molestar a nadie…

Equilibrio entre la justicia y la misericordia

Ese admirable desprendimiento que doña Lucilia tenía de sí misma le proporcionaba
un perfecto equilibrio entre dos virtudes armónicamente opuestas, la justicia y la misericordia, como ya fue narrado en capítulos anteriores. La edad no hizo sino acrisolar esas virtudes. Por ejemplo, siempre que en su presencia, por cualquier motivo, se señalaban los defectos de alguien, inmediatamente ella salía en defensa de la víctima. No para proteger sus lados censurables, sino para impedir que fuese emitido un juicio imparcial sobre la persona en cuestión, pues era necesario también tomar en consideración los lados buenos que ésta realmente tuviese.
Así, una vez, hablando acerca de un conocido que era blanco de las invectivas de espíritus poco conciliadores, dijo:
— Es verdad… Pero, dése cuenta que, por ejemplo, él es siempre franco. Muchos que no tienen su defecto, sin embargo, son hipócritas. Esta franqueza tiene su valor. Al hablar de sus defectos, hay que recordar que tiene esa cualidad.

Fallecimiento de don João Paulo

joao-paulo

D. Joao Paulo

A partir del 27 de enero de 1961, el pacto hecho por doña Lucilia con su esposo, de rezar una Ave María delante de la puesta de sol entró en vigor. Algunos días después de un derrame cerebral, don João Paulo, entonces con 87 años de edad, entregó su alma a Dios.
Aunque doña Lucilia hacía mucho tiempo que estaba con el espíritu preparado para la eventualidad de la muerte de su esposo, la rapidez del desenlace la conmocionó. Pero era tal su paz de espíritu, y tan grande su confianza en la Providencia, que, sin dejar de demostrar natural tristeza y dolor, no perdió la serenidad en ningún momento, conservando un aplomo admirable. Ésta era su constante actitud delante del dolor, siguiendo el excelso ejemplo de Nuestra Señora a los pies de la Cruz.

Los nobles deberes de la viudez

En nuestros días es tal la aversión a la Cruz de Nuestro Señor que, poco a poco, ha sido relegada al olvido la saludable costumbre del luto, por traer éste ligado a sí el recuerdo de la muerte y de la eternidad. Doña Lucilia nunca adhirió a ese estado de espíritu. Y, una vez fallecido su esposo, cambió algunos hábitos de acuerdo con su nueva situación. Guardó luto hasta el fin de sus días, y dejó de usar joyas durante un año, según la costumbre.
Al comienzo, al Dr. Plinio le pareció todo esto natural, pero pasado cierto tiempo le preguntó:
— Mãezinha, ¿usted ha dejado de usar el collar de perlas?
— Sí, hijo mío, ya no lo usaré más. Una señora sólo se adorna para su esposo.
De hecho, nunca más usó el collar, tan de su gusto, donde se ve con qué modestia y desapego había usado sus joyas a lo largo de toda su vida.

Lenta marcha hacia el anochecer

Con la muerte de don João Paulo se acentuó para doña Lucilia el normal aislamiento que la edad avanzada trae consigo. Desde joven ella había previsto la eventualidad de que su modo de ser y de pensar fuese incomprendido por las generaciones siguientes, en vista de las transformaciones que presenciaba. Así, no tenía ninguna ilusión.
Haciendo recordar ciertas flores, que exhalan su mejor perfume cuando son maceradas, doña Lucilia se sometía con dulzura y suavidad a la prueba del aislamiento, más doloroso para ella debido a que era muy comunicativa. Sin embargo, su soledad no fue completa. Desde la juventud de su hijo, poder constatar la afinidad existente entre ambos fue para ella un consuelo, pues veía en la fidelidad de éste a los mismos principios católicos que ella amaba, la promesa de una compañía hasta sus últimos días.

“Hijo, sólo te tengo a ti”

cap12_051

…al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo… “Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero”

Considerando que la sensibilidad de una señora es más refinada que la del hombre, el Dr. Plinio hizo el propósito de amenizar el aislamiento de doña Lucilia y de sustentarla en su soledad. Redobló, así, sus manifestaciones de cariño hacia ella, que discernía perfectamente la intención de su hijo en la expresividad de los agrados con que la cubría. Por eso doña Lucilia no perdía ninguna oportunidad de manifestarle su agradecimiento.
Un día, al salir de su cuarto, se lo encontró en el corredor, junto a la puerta del vestíbulo. Paró frente a él, le puso las manos sobre los hombros y, mirándole profundamente, le dijo:
— Filhão, sólo te tengo a ti; pero a ti te tengo por entero.
Al acordarse de esa escena, años más tarde, el Dr. Plinio comentaría: “Esas palabras se grabaron en mi espíritu para siempre. Cuando ella dijo esto, yo no respondí nada, pues no existen palabras capaces de expresar los propios sentimientos en situaciones como ésta. Sólo la besé y abracé, como lo hice siempre. Pero puedo decir tranquilamente que ella me tenía de verdad, ¡y por entero!”.