Espíritu Ordenado

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Doña Lucilia era una persona altamente ordenada, cuyo espíritu, aun cuando estaba vuelto hacia las cosas comunes de la vida, estaba con frecuencia orientado hacia Dios.

Una persona que cultivara tulipanes y conociera, por tanto, gran variedad de esas flores muy bonitas, y estuviese dotada de un espíritu ordenado, por lo mejor de su espíritu sería llevada a pensar en un tulipán absoluto, lindísimo, perfectísimo, que encerrase en sí todas las cualidades de su especie, de manera que aquel fuese el tulipán por excelencia.
Ese tulipán no existe. Puede haber uno lindo, el más bonito de los tulipanes que Dios creó, pero uno así, que esté para con los otros tulipanes en ese grado de absoluto, no existe, porque absoluto solo es Dios.

El tulipán perfecto y el palacio de una grandeza inexpresable

Se puede imaginar que una persona procurase hacer una fantasía de ese género de un modo meritorio, virtuosamente, para tener una idea del tulipán perfecto, por un lado, y satisfacer su propio deseo de perfección en todo.
Así, se podría pensar en una persona que tratase varios objetos muy bonitos, todos ellos a su modo perfectos, con las limitaciones propias de este valle de lágrimas. Por ejemplo, un palacio que constituya, con sus muebles, sus parques, sus jardines, sus fuentes, con todo el resto, un conjunto de una belleza inexpresable. La persona piensa qué sería lo más alto en el género palacio, una cosa inalcanzable, pero en la cual el hombre puede pensar, y piensa con mucha seriedad. De manera que el tulipán y el palacio imaginados por él serían, ante todo, aquella forma de perfección que reside principalmente en una seriedad admirable.
Este sería el punto más alto de meditación sobre cosas terrenas que un espíritu humano pudiese concebir. De ahí resultaría una idea abstracta de lo que sería la perfección absoluta, idea esta que la persona no puede reducir a una figura, pero queda en el espíritu. El anhelo de conocer esa perfección absoluta es el deseo de conocer a Dios, porque solo Él es esa perfección absoluta.
Alguien cuya elevación de espíritu lo llevase a dirigirse frecuentemente a ese altísimo páramo, y que aun cuando estuviese cuidando de las cosas comunes de la vida todavía poseyese algo de ese pensamiento dentro del espíritu, sería una persona altamente ordenada, porque el principio del orden es ese. Y el tratar de poner en el orden debido la más pequeña de las cosas, es uno de los efectos de ese principio de orden.

Bondad, dulzura y seriedad

… en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco.

Lo que se veía en mi madre – no sé en qué grado definido, pero en un grado muy alto – era eso. Más allá de su bondad, de su afecto, se veía que estaba en una meditación puesta con mucha dulzura, y sobre todo con mucha seriedad, en este absoluto de las cosas, o sea, Dios Nuestro Señor.
Sobre todo, en las mejores fotografías de Doña Lucilia, eso sobresale mucho. Por ejemplo, en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco. Ella viste un traje de gala, por tanto, en una actitud de quien está participando de una fiesta y se separó un poco para ser fotografiada. Se nota que, con toda naturalidad, terminado el acto de ser fotografiada, saldría del lugar y comenzaría una conversación social – no lo social de hoy, bien entendido, sino del tiempo de ella – con las personas que estuviesen allí, como acostumbra a ser en los actos sociales. Pero por encima de todo hay algo profundamente serio, un tanto doloroso y un tanto extasiado de su alma. Esto era lo mejor de su alma.
Ya en otra fotografía, donde ella está en el extremo de su ancianidad, viendo complacida unas flores, lo que hay de ordenado es diferente de aquella fotografía, en la cual ella tiene treinta y tantos años, y naturalmente aquel completo dominio sobre su propio cuerpo, propio de la edad más distante de la vejez.

Subió de modo ordenado la escalinata del dolor

En esa segunda foto mi madre aparece con el cuerpo como macerado por la vejez, pero de tal manera que no está macerado en nada. Se percibe en ella la edad extrema de casi noventa y dos años, que pocas personas alcanzan. Sin embargo, ella conservó la preocupación de que la generalidad de su cuerpo y de su cabeza conservase una línea muy definida.
Todo cuanto dije con respecto a la elevación, en esa edad Doña Lucilia ciertamente no lo sabría explicitar, pero está en su espíritu y ocupa un lugar predominante en la actitud
general de su persona.
Se nota esto, por ejemplo, por la postura de las manos y de los brazos,
colocados en una posición a la cual no le falta ninguna belleza y orden. Los brazos no están puestos de cualquier forma, como una persona que perdió el gobierno de sí, sino que tienen cierta línea propia de quien sabe que está siendo fotografiada y, por tanto, necesita presentarse de manera decorosa. Por otro lado, ella quiso ser fotografiada prestando atención en las flores, para ser amable con la persona que se las dio – eso era muy de ella –, y el modo de ser amable era ver las flores con la expresión fisonómica de quien está complacida, dando así a entender, discretamente, que el regalo le había agradado, y así contentar a quien quiso agradarla.
Es lo que le era posible hacer en ese extremo de ancianidad. Pero en eso mismo se ve que el deseo del orden la llevó a resistir contra el defecto natural de la edad, e imprimir un
tonus general en la fotografía. ¿No podría alguien – viendo esa fotografía –, preguntar: “¿Quién es esa viejita?”? Esa pregunta no cabe, por causa del cuidado de ella con su propia ordenación.
Por lo que me fue dado ver, ella subió la escalinata del dolor normalmente, escalón por escalón, de manera que, con el paso del tiempo, las decepciones, los sufrimientos se fueron sumando. Pero esa suma se constituía de escalones y en tiempos iguales, de manera que daba la impresión de una ascensión homogénea. Por otro lado, incluso en la avanzada edad de mi madre en esa foto, por ejemplo, la acogida que ella daba a una persona que llegaba era naturalmente graduada conforme a sus disposiciones con relación a esa persona, pues Doña Lucilia no era igualitaria, y quería a unos más, a otros menos. Pero siempre con una abertura, una bonhomía, una acogida, que podían ser comparadas, según el caso, a la luz de un día soleado muy bonito o a una luz más discreta, más dulce, de una linda noche de luna.
Ella tenía así disposiciones de espíritu con relación a esa o aquella persona, conforme los casos y las situaciones de entusiasmo, o de un afecto estable, tranquilo, hasta envejecido, pero que no muda nunca. Ella era muy constante en sus amistades.

Entusiasmo materno delante del afecto filial

A propósito, un caso que me sorprendió un poco, en el cual ese entusiasmo se reveló, fue el día en que se inauguró la Constituyente, siendo yo diputado.
Entré en el recinto de la Cámara, fui hasta la representación paulista –dispuesta ya en la primera fila – y saludé a mis compañeros de representación, como era mi obligación. Enseguida, como no conocía a ningún otro diputado – todos eran nuevos para mí, no tenía obligación de saludar a nadie más –, comencé a mirar las tribunas para saber si ella había encontrado lugar. Porque si no tuviese yo subiría, hacía cualquier cosa y le conseguía un lugar. Por el afecto que le tenía a ella, me parecía natural actuar así, y, por lo tanto, no calculé el efecto de lo que hacía.
Por una circunstancia cualquiera me costó verla. De repente noté a las dos – mi madre y mi hermana –, que estaban sonriendo. Cada una había sacado el pañuelo de la cartera y estaban agitándolo porque, percibiendo que yo no las estaba viendo, quisieron así, con ese gesto, facilitar la búsqueda. Cuando la vi, quedé muy contento e hice una señal con la mano, de saludo, y volví a mi lugar. Terminada la sesión, la asamblea se disolvió y fui a buscarlas a la salida del lugar donde ellas se encontraban con mi padre, para tomar un automóvil y volver al hotel donde estábamos hospedados.
Se trataba del Hotel Gloria, que queda en una posición muy bonita en la playa de Flamengo. Yo había conseguido para ella una habitación excelente, con vista directa al mar. Allí no hay playa, pues la urbanización hizo que la tierra diese directamente a un acantilado con piedras puntiagudas. La coloqué en aquella habitación porque sé que a ella le gustaban mucho los panoramas, y allí el panorama es muy bonito.
Cuando llegué, la encontré sentada en una especie de silla mecedora, viendo el mar que, de hecho, estaba soberbio aquella noche. La luna estaba literalmente dorada y muy bonita. Después, a corta distancia, plantada en una posición por así decir muy fotográfica, había una palmera alta. En Río hay palmeras muy bonitas, altas, grandes. Doña Lucilia estaba disfrutando el reflejo de la luna dorada en el mar y de toda la belleza del panorama.
Entré, me acerqué a ella, la besé, en fin, como era de costumbre. La mecedora era muy baja, de manera que me arrodillé para quedar así a su alcance y decirle alguna cosa; son esas conversaciones comunes.
Ella me dijo:
– Hijo mío, no sabes qué alegría diste hoy a tu madre.
– Pero, ¿cómo así, mi bien?
– ¡Es una de las alegrías más grandes que me has dado en la vida!
Ahí ella hablaba con énfasis. Yo le pregunté:
– Y, ¿por qué?
– Todavía conservo en la retina tu expresión fisonómica en la Cámara, allá abajo,  buscándome y después diciéndome adiós; la expresión de fisionomía alegre y tranquilizada que tomaste cuando viste que yo había encontrado un lugar.
Yo no estaba angustiado, ni era para tanto, sino atento; quería que ella estuviese a gusto.
Al oír eso “caí de las nubes” y dije:
– Pero, mi bien, eso no tiene nada de especial.
– No es verdad – respondió ella –, en ese momento en que podías estar pensando solo en ti y todo lleno de vanidad, pensaste así en tu madre; eso quiere decir mucho. Y hasta ahora estoy llena de alegría por haber recibido de tu parte esa manifestación de afecto filial.
La besé varias veces, jugué un poquito con ella y salí.
Yo no la vi en ningún momento manifestar tanto entusiasmo por alguna actitud mía como en esa ocasión.

(Extraído de conferencia de 26/2/1993)

 

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

A los débiles coraje, a los valerosos humildad

Doña Lucilia actúa en las almas de un modo muy suave, transformando las personas como sin que ellas se den cuenta. Ni siquiera es preciso hacer grandes propósitos; es necesario que ella sea constante, y no nosotros. Durante los acontecimientos previstos en Fátima, ella tendrá un papel muy importante, dando coraje a los débiles, humildad a los valerosos, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

Toda convivencia está compuesta por dos elementos: un estado de alma y un modo de tratar.

Un fondo de continua contemplación

La convivencia con mi madre era medio indefinible, porque su estado de alma tenía un  fondo de continua contemplación. Tratando de los asuntos domésticos con alguien, ella lo hacía de modo semejante al de dos personas que estuviesen conversando dentro de un santuario. Su fondo de alma era siempre sacral, serio, elevado, muy respetuoso. Eso era algo estable, fijo, aunque la sacralidad haya crecido con el tiempo. Este era el estado de espíritu con el que ella llevaba la conversación, con una gran benevolencia para con la persona con quien hablaba, pero moderada por una especie de intransigencia vigilante. Si alguna cosa contrariaba los principios morales, ella la rechazaba y no cedía, y creaba un ambiente en el que aquel error no tenía ciudadanía. No era una persona ingeniosa, sino una oyente muy atenta a todo lo que se narraba, y era interesante contarle, porque mi madre tenía pequeñas reacciones curiosas, dando ánimo, nunca con amargura, siempre con confianza en la Providencia de que las cosas saldrían bien, de manera que cerca de ella uno se sentía animado y confortado continuamente.
El trato era invariablemente hecho de una mezcla de afecto y de respeto. Ella respetaba a cualquier persona, por mínima que fuese, en el grado de aquella persona; no era igualitaria en nada. Siempre con un modo de dignidad que con ella no se facilitaba, no había la posibilidad de una broma irrespetuosa o impertinente.
Pero lo que proporcionaba un perfume a todo eso era un desapego continuo. Siempre pronta a sacrificarse por cualquiera, de cualquier forma, a cualquier hora, de buena voluntad; solo le faltaba agradecerle a la persona la oportunidad de sacrificarse por ella. Nunca la vi ceñuda. Así era ella en la intimidad, el tiempo entero, en las cosas más pequeñas. Al mismo tiempo, tenía la afabilidad más cariñosa que se pueda imaginar hacia los niños, la flexibilidad para ayudar de cualquier modo, con mucha elevación. No obstante, una elevación que eleva a los otros en vez de aplanarlos, con la mirada de una persona que no presta mucha atención en las cosas concretas y, sobre todo, no está puesta en sí misma.
En un niño educado en el contacto con una señora así, toda la inocencia primera tiene un elemento de estímulo enorme, en el sentido de considerarla como un paradigma de persona como se debe ser, que abre una clave y genera un ambiente que nadie más crea.

Inspiró y preservó la inocencia primera del Dr. Plinio

¡Era algo único! Cuando estaba con mi madre, yo sentía que entraba en una atmósfera luminosa, fluida, invisible y muy visible creada por ella. La inocencia primera cantaba y se encantaba. A veces, cuando ella me contaba una historia, me quedaba atendiendo

más a ella que en la trama. Eso me sirvió también como elemento de preservación hasta cumplir más o menos veinte años. Ella servía de abastecimiento continuo para la
fidelidad a mi ideal, y de cierta forma representaba ese ideal, que ella poseía de un modo vivo, aunque no sabría presentar en términos doctrinarios. Era yo quien hacía la doctrina sobre lo que era mi madre, y que ella no sabía explicitar.
En cierto momento el papel se invirtió y yo comencé a darle la doctrina. Ella prestaba mucha atención y se veía que aquello entraba profundamente en su alma. Por ejemplo, la devoción a Nuestra Señora.
Ella me inspiró la inocencia primera y después la preservó, evitó que se destruyera, dándome muchos elementos para formar los arquetipos del hombre como debe ser.
Para eso, mi madre contaba muchas historias de personas de su tiempo. Los personajes eran arquetipizados por ella. Así, mi madre formaba arquetipos basados un poco en la leyenda y un poco en la Historia. Como su alma tenía mucho de lo que ella modelaba, una cosa completaba la otra, y enseñaba cómo debe ser un varón verdaderamente católico.
La actitud de alma que se debe tener es dejarla actuar, porque ella actúa en el alma de un modo muy suave, de quien no pide permiso para entrar, de manera muy íntima, interna, y al mismo tiempo con una cierta fuerza de influencia que transforma a la persona, como sin que esta se dé cuenta. No es necesario hacer grandes propósitos. Es necesario que ella sea constante, y no nosotros.
Después de su muerte, Doña Lucilia ha tenido una actuación que nunca imaginó cuando estaba viva. Pienso que en los acontecimientos previstos en Fátima ella tendrá
un papel muy importante, dando a los débiles coraje, a los valerosos humildad, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

(Extraído de conferencia de 23/12/1974)

 

Formación del espíritu de la Contra-Revolución

Desde niño, el Dr. Plinio pensaba continuamente en temas elevados. Pero sus compañeros, no queriendo oírlo hablar de esos asuntos, lo aislaban. Ese aislamiento profundo solo encontraba su lenitivo en Doña Lucilia, quien fue el apoyo para su inocencia y para formar en él el espíritu de la Contra-Revolución.

Al considerar las primeras gracias que recuerdo haber recibido – un niño yo de dos o tres años –, la impresión inicial es de una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía de ella a todo lo que fuese más o menos de su estilo. Era muy sensible a la compasión que yo notaba que ella tenía por mí, por ser yo, en mi primera infancia, pequeñito, débil y muy enfermizo. Yo sentía de ella para conmigo una pena amorosa, llena de respeto, una sonrisa bondadosa y una especie de torrente de afecto que se representaba, casi que físicamente, como un caudal de luz dulce que penetraba en mí, y que venía de ella.

Ver las cosas por sus aspectos más altos

El pequeño Plinio con su hermana Roseé

Eso me hacía muy sensible a toda forma de compasión hacia otros que sufriesen. Era un reflejo: lo que ella tenía por mí, yo tenía con respecto al sufrimiento de otros. Eso me sensibilizaba profundamente.
Sin embargo, esas disposiciones no eran una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso y, entonces, de aplicarlo al caso concreto. Y de ese paso hacia lo metafísico resultaba la compasión y la misericordia en sí mismas, aunque ya vistas en su aspecto más alto, y vibraba con eso profundamente. De ahí resultaba también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todo el mundo con afecto, cortesía y respeto, y a pensar que también me tratarían con esa mansedumbre; eso me daba una alegría plateada – para expresarme así – que constituía en una luz de mi infancia.
Me acuerdo, por ejemplo, que mi madre, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon (del francés: festejo con ocasión del Año Nuevo), en París, con ocasión del Año Nuevo, en nuestro viaje de 1912. Y mi madre trajo unos adornos que habían sido distribuidos a las señoras para que los sostuvieran mientras bailaban. Doña Lucilia no bailó, pero trajo los adornos. Al llegar al hotel, ella amarró uno de esos adornos al pie de mi cama. Me levanté en la madrugada y pensé: “Una más de mamá”, y me volví a quedar dormido. Este “una más de mamá” contenía el reconocimiento de una efusión más de su afecto. Cuando desperté, en la mañana, vi de nuevo el adorno y cómo estaba amarrado, y pensé: “Ya veo: ella fue indispuesta a la fiesta y volvió aún más indispuesta, y allá estaba pensando en mí y en mi hermana. Llegó tarde, cansada, y, a pesar de todo, estuvo aquí de pie, amarrando ese adorno, y
puedo imaginarla sonriéndome mientras yo dormía, y regalándose con mi sorpresa al despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a su habitación llevando el adorno, y jugué con ella. En eso había algo a la manera de un globo lleno de gas que tiende a subir, una tendencia a elevarse y ver las cosas por sus aspectos más altos, continuamente y a propósito de todo.

Meditaciones a propósito de un regalo de Navidad

En cierta ocasión recibí de un tío, en Navidad, una caja con un regalo muy bonito traído de Francia, cuyo título era La Ferme – La Hacienda –. Cuando se abría la tapa de la caja, aparecía la escena de una hacienda. Después, en otra sección, venía la escena de una pequeña aldea francesa, encantadora, con enredaderas pequeñas pintadas, con frutillas rojas.
En seguida, había una iglesita y todo lo que existe en una especie de pequeña aldea dentro de una hacienda: los campesinos, los montes de heno muy característicos, el perrito, un riachuelo pintado en el piso con un puentecito… Hasta hoy siento la repercusión del encanto que me causaban esas cosas.
En medio de eso, un hombre muy erecto y distinguido, con un sobretodo negro muy bien cortado y sombrero de copa gris, que era el auge de la elegancia, con unos guantes en la mano saludando a alguien, en un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, aunque saludando con tanta distinción y afabilidad, que yo me encantaba con aquello, y pensaba cómo sería bueno si conociera a ese hombre y lo saludara de la misma forma, y conversáramos. Estableceríamos una conversación sobre temas tan agradables, tan elevados, tan dulces…
Sin embargo, si yo quisiese conversar sobre eso con mis compañeros, ellos lanzarían una carcajada. Nadie toleraría que un niño hiciese sociología, menos aún psicosociología. ¡No podía ser! Pero como yo era así, era el aislamiento y la tristeza…
Un aislamiento profundo que solo encontraba lenitivo en mi madre, con quien yo no hablaba esas cosas porque no tenía certeza de que ella las comprendería, pero sabía que ella las sentía.
Doña Lucilia fue, entonces, el apoyo para mi inocencia y para formar en mí el espíritu de la Contra-Revolución.
(Extraído de una conferencia de 20/6/1987)

 

Sentido del holocausto

Doña Lucilia no concebía las alegrías del Cielo como un eterno
prolongamiento de Hollywood. Pero sabía que los sufrimientos de esta
vida terrena, soportados con paz y serenidad, preparan una eternidad
donde todo se compensa, se ajusta, se arregla, y la axiología
 se satisface
enteramente. Ella tenía un sentido del holocausto llevado hasta el
máximo grado, y hacía todas las cosas para adorar a Nuestro Señor,
comprendiendo que su actitud causaba alegría a su Sagrado Corazón.

Doña Lucilia tenía el vocabulario elevado, aunque doméstico, de una señora de su tiempo. Ella no sabía construir una bonita frase, sin embargo, nunca cometía un error de gramática. Muchas veces yo prestaba atención. Incluso ciertos defectos pequeños: por ejemplo, repetir una palabra en la misma frase, no le salía.

La madre perfecta

Mi madre era muy educada, pero su modo de ser no se explicaba en términos de educación. Ella utilizaba incluso las reglas de educación, pero en el modo de usarlas entraba una bondad muy grande. En ella no había una sola aplicación de reglas de educación en que no entrase su alma. No tenía una actitud fría, meramente protocolaria. No sé si era capaz de eso.
Para mí, ella fue la madre perfecta. Cuando yo llegaba de la ciudad, generalmente la encontraba haciendo alguna cosa, escribiendo una carta en mi sala de trabajo, o en su cuar
to arreglando las cosas en una gaveta con objetos que ella movía y removía de todos los modos.
Cuando la encontraba en mi sala de trabajo, veía que ella había pasado mucho tiempo allí esperándome y queriéndome bien, contenta por estar en un ambiente que, según su parecer, estaba marcado por mí. En realidad, era marcado por ella, pero según su parecer de madre estaba marcado por mí, porque yo trabajaba mucho en la sala de trabajo y pasaba, por lo tanto, bastante tiempo allí.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera. Pero tengo la impresión de que si yo – Dios me libre – hubiese hecho algo malo a mi madre, ella me recibiría de la misma forma, y tal vez aún con más afecto.
Es necesario hacer notar este punto, y así toda la doctrina de Nuestro Señor en el Evangelio sobre el perdón de los pecados se entiende con ese ejemplo más próximo a nosotros, que la ilustra.
Hay un corolario: ella no era enemiga de nadie, primer punto. Y segundo punto, no era indiferente a nadie. Ella no tenía la indiferencia que se tiene para con un anónimo. Cualquier persona era un hijo de Dios, un católico, y ella no quería que sufriese nada malo. De ahí resulta que, por ejemplo, aunque casi no conociese a los jóvenes que venían a casa, si estuviesen leyendo cualquier texto en el
hall, cuando ella pasaba cerca mandaba inmediatamente un recado por medio de la empleada para que ellos no leyesen ahí, porque perjudicarían sus ojos, debido a la poca luz de aquel ambiente.

Respeto no en pie de guerra,sino de corazón abierto

De parte de ella, todos los agrados y cuidados posibles. Eso era continuo. Sin embargo – para ver cómo era su psicología –, ella sabía que conmigo, con algunas deliberaciones tomadas no había otra salida: están tomadas.
Cuando yo era muy joven tenía el hábito de leer acostado. Constaba en el tiempo de ella que leer acostado hacía mal a la vista. No sé si es verdad. Y mi madre me llamó la
atención más de una vez, con su afabilidad característica: “
Filhão (Del portugués, aumentativo afectuoso de hijo), estás leyendo acostado, ¡eso hace mal a la
vista!” pero a mí me parecía que esa era la posición ideal para leer y estudiar. ¡Por lotanto, así tenía que ser! Yo le dije a ella una vez, sin la más mínima brutalidad: “¡Mãezinha (Del portugués, diminutivo afectuoso de madre), no insista, porque no voy a cambiar ese hábito!” Hasta su muerte, ella nunca más insistió. Se dio cuenta de que había sido una deliberación que yo había tomado, y no había otra salida. Y, por lo tanto, no valía la pena insistir, sino tener resignación. Doña Lucilia tenía una forma de sensibilidad como no conocí en nadie. Digo más: yo fui muy beneficiado con eso, porque si yo no la hubiese conocido, tendría dificultad para comprender cómo es eso. Porque hay ciertas cosas que un libro no muestra. Esa forma de sensibilidad, para quien no fuese un bruto o un animal, era tocante.
Inclusive en esto: si ella estuviese sentada a mi lado, ya estoy viendo…
Naturalmente, ella consideraba el adjetivo “animal” altamente despreciativo. Ella enseguida golpearía levemente mi mano – eran tres toques con mucho afecto para conmigo y mucha compasión para con el otro –: “No, pobrecito, al fin de cuentas, nosotros lo queremos bien, ¡perdonémoslo!”
Sin embargo, en materia de regla,deber es deber, por lo tanto, hay que cumplirlo. Ese es otro asunto. Mi madre no era una persona a quien se le faltase el respeto. Ella sabía muy bien hacerse respetar. Sin embargo, no era en pie de guerra – un respeto de lanza en ristre –, sino un respeto de corazón abierto.
¡Eso se volvió tan raro que no sé qué decir!

El Dr. Antonio protege y defiende en juicio a un enemigo…

Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio

Para hablar desde el lado natural, Doña Lucilia contaba episodios de la vida de su padre que hacían ver que había algo hereditario en eso.
En aquel tiempo, la campaña electoral de un político se hacía a lo largo de un recorrido en tren, porque no había carreteras, y el político bajaba en una u otra estación y conversaba con quince o veinte personas. Así hacía un viaje político. En el trayecto entre Pirassununga y São Paulo mi abuelo tenía muchas relaciones e influencia electoral en varias ciudades.
En una de esas ciudades había un opositor, de apellido Morais, que disputaba la influencia con mi abuelo, cuya señora se entendía muy bien con mi abuela. Ella le decía a mi abuela sin disimulos: “Mi marido no tiene juicio. Él debería ser amigo del Dr. Ribeiro (Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio) y seguirlo. Yo tengo una confianza en el Dr. Ribeiro que no tengo con mi marido.” Un día mi abuelo estaba viajando y el tren paró en una ciudad donde notó un bullicio y preguntó qué pasaba. Le contaron que Morais había sido acusado de un crimen en esa ciudad, había huido a São Paulo, había sido apresado por la policía y llevado de regreso al interior. Entonces los enemigos de Morais, amigos de mi abuelo, estaban esperando la llegada del acusado, que sería juzgado allá al día siguiente, para recibirlo con abucheos. Él ni siquiera tenía quién hiciese su defensa, pues los abogados se habían esquivado de defenderlo, por “respeto humano”, para no ser mal vistos en la ciudad. Y Morais estaba desesperado.
Mi abuelo les dijo: “Me sorprende que Uds. le estén haciendo eso a un enemigo vencido. Sepan que yo voy a esperar a Morais, y les pido que no lo abucheen, porque le voy a dar mi mano, y si Uds. lo abuchean, me estarán abucheando a mí. No permito que un enemigo mío, derrotado, sea tratado de esa manera.”
Llegó el tren que traía a Morais con los guardias. Mi abuelo se acercó, lo saludó muy cordialmente – y le dijo:– Morais, ¿quieres ir conmigo hasta la prisión? Si vas conmigo, te garantizo que no habrá nadie que te abuchee.
– Ribeiro – respondió él –, en esta situación en que me encuentro, acepto.
Los dos fueron caminando hasta la prisión, que quedaba cerca de la estación del tren,  en medio de los enemigos de Morais quietos, por causa de la presencia de mi abuelo.
Al llegar a la prisión, mi abuelo le dijo:
– Estás sin abogado. Nosotros no nos llevamos bien, pero, si quieres, interrumpo mi viaje, hago aquí una parada y preparo tu defensa. Morais aceptó.
Mi abuelo pasó la noche trabajando. Al día siguiente, por lo que contaba mi madre, había hecho una defensa maravillosa y encontró una forma de que Morais quedase libre. Era comprensible, por no tratarse de un bandido profesional, sino de un hombre de buena condición que de repente, por una cuestión electoral, cometió un crimen.
Esa forma en que mi abuelo trató a Morais no impidió que este después hiciese canalladas contra él, de lo cual aquí estamos seguros, porque la gratitud es muy rara.

… y lo socorre en la hora de la muerte

Residencia de la Familia Ribeiro dos Santos, en São Paulo, donde el Dr. Plinio pasó su infancia y juventud

Años después, mi abuelo se mudó a São Paulo, perdió contacto con Morais y no pensó más en eso. En una noche fría, de llovizna – no había teléfono en São Paulo –, tocan la puerta de la casa. Alguien traía una carta de la mujer de Morais para mi abuelo, diciendo: “Dr. Ribeiro, estamos en la situación más atroz que puede haber. Mi marido se está muriendo de tuberculosis. Nos encontramos en pésimas condiciones; no tenemos víveres, ni cama, estamos durmiendo en un colchón sobre el suelo, y ni siquiera tenemos remedios. ¿Será que puedo contar todavía con su generosidad, para darnos dinero para alimentar a Morais, etc.?”
A esa hora de la noche, mi abuelo mandó a venir un tílburi, un pequeño carruaje que existía antiguamente, a pesar de la llovizna, etc., fue a la casa de Morais, llevando víveres, cobijas y otras cosas, para Morais y su mujer. Al llegar allá, preguntó cuál era la fórmula del médico y fue a una farmacia. El farmaceuta dormía, pero él hizo que abriesen la farmacia y compró el remedio. poco después, Morais murió con la cabeza apoyada en una almohada, en los brazos de mi abuelo, que, si no me engaño, había llevado la almohada. Y Morais estaba con una enfermedad contagiosa, que en aquel tiempo era casi incurable…
Mi madre contaba esa historia con mucho entusiasmo por su padre. Y hacía eso evidentemente con la intención de que yo siguiese el buen ejemplo. Eso era patente. A propósito, ella hacía muy bien, estaba dentro de su papel de madre.
Ella me contó el caso de Morais más de una vez, y nunca manifestó ninguna acidez contra él. Mi madre explicaba muy bien cómo Morais era malo, para que yo comprendiese la generosidad de su padre. Si Morais estuviese vivo y necesitase ayuda de mi madre, ella haría lo que fuese necesario en ese momento.

Una señora rusa de alta condición social pide consejo a Doña Lucilia

Hubo también un hecho que se dio en un hotel en París. Cierto día, una señora rusa de alta condición social, tocó la puerta del cuarto de mi madre y dijo:
Madame, ¿me permite? Yo veo en Ud. tanta bondad que, aunque no tenga ningún derecho de venir a expandir mi dolor con Ud., vengo a pedirle permiso, tenga paciencia conmigo. Voy a exponerle el sufrimiento que tengo, y voy a preguntarle si Ud. tiene un consejo a darme…
Pueden imaginar si el pedido fue atendido… ¡Ella era hecha para atender!
– Entre, por favor, siéntese, conversemos.
La señora contó que le habían detectado un cáncer. Era una enfermedad incurable, y ella estaba con pavor.

Aquí entraban los jeitinhos (En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil) de Doña Lucilia. Ella tenía cierta experiencia de la enfermedad, como tiene una dueña de casa atenta a esas cosas para el cumplimiento del deber, pero no tenía un sentido clínico especial. Pero ella le daba una jeitinho a las cosas. Ella oyó todo y dijo:
– Mire, ¿el médico le dio la certeza de que eso es cáncer realmente y de que es incurable?
– Sí,
Madame, el médico me la dio.
– Pero, vea, los médicos se pueden engañar. Yo le aconsejo que vaya al Dr. Fulano, que es un gran médico aquí en París y puede hacer un examen mejor. Le aconsejo mucho que vaya allá. Espere y tenga confianza en Dios que eso se arregla.
La rusa lloró, se terminó de secar las lágrimas y fue al médico. Y después no se encontraron más en el hotel. Pasado algún tiempo, mi madre recibió una carta de la rusa diciendo que no sabía cómo agradecer. Había ido a consultar al médico, y este le había dado un remedio que la curó, alejando de ella la pesadilla.

La acción de mi madre es de una naturaleza que recompone, y el afecto que ella tenía para con los otros era desinteresado. Ella quería el bien de los otros porque es bueno, en sí, que los otros estén bien. El orden creado por Dios pide eso. Y, por lo tanto, lo hacía por amor de Dios.

Quería el bien de las personas sin esperar ninguna retribución

Por ejemplo, en ese pequeño episodio de los jóvenes que estaban leyendo en el hall poco iluminado, ella se inquietó porque era una tristeza, en su concepción oculista, que estuviesen comprometiendo la propia vista. Eso en sí es un mal, no solo por no estar de acuerdo con el orden de las cosas, sino también porque van a estar sufriendo, con perjuicio por perder algo que Dios les dio, que es una buena vista. Y ella quería el bien de ellos, sin esperar ninguna retribución. Se ve que en el fondo estaba la idea del amor de Dios.
Mi madre tenía una noción de orden muy clara, acompañada de la idea de que en esta Tierra esas cosas no tienen recompensa, pero que las grandes tristezas de la vida preparan en el Cielo alegrías nobles y serenas, así como esas tristezas eran nobles y serenas.
Ella no concebía la alegría en el Cielo con pandereta en mano, como un eterno prolongamiento de Hollywood.
Sino una cosa diferente. Toda la paz, toda la serenidad que ella tenía aquí en medio de la tristeza, preparaba una eternidad donde todo eso se compensa, se ajusta, se arregla, y donde la axiología (Ramo de la Filosofía que estudia los “valores”, es decir, los motivos y las aspiraciones superiores y universales del hombre, las condiciones y razones que orientan su existencia, para los cuales él tiende por un impulso inevitable de su naturaleza) se satisface en sus últimos postulados. Es la fe católica, evidentemente.
Entraba mucho una adoración personal a Nuestro Señor, y, sabiendo que el Corazón de Él quedaría alegre con su actitud, ella lo hacía para adorarlo. Todas esas razones constituyen un sentido armónico y un sentido del holocausto llevado hasta el máximo grado.
No vi a nadie llevar el holocausto hasta el punto al cual ella lo llevó.
¡Yo la conocí ya así, y ella fue de ese modo el tiempo entero!

Solo aceptaba cartas manuscritas

Solo aceptaba cartas manuscritas

¿Se acuerdan de aquella historia cuando, de niño, yo pasaba de mi cama a la de ella y me sentaba encima de su pecho para despertarla? Abría sus ojos con mis manos. Yo me daba cuenta de que ella pasaba inmediatamente de un sueño profundo a una actitud de perdón. Tan pronto como ella notaba que era yo quien estaba allí, enseguida se sentaba. No era una actitud ambigua para ver si yo volvía a dormir dentro de poco. Ella renunciaba a retomar su sueño. Abría un paréntesis en el sueño y jugaba conmigo, me decía cosas, me agradaba, etc.
Yo me sentía tan invadido por esa bondad, que las angustias de la noche huían. Me acordé de eso cuando, leyendo la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, oí hablar de las tentaciones que ella tenía durante la noche. Ella decía entonces que no comprendía por qué en el Oficio las carmelitas rezaban: “Para que huyan los malos sueños y los fantasmas nocturnos…” Eso era porque había angustias nocturnas.
Tengo la impresión de que yo me despertaba angustiado. Me sentía aislado, inseguro, mal, en una especie de naufragio. Además, era enfermo y débil. Entonces pasaba a la cama de ella, sin tener la más mínima duda. Yo sabía que iba a ser bien recibido a cualquier hora de la noche.
Y cuando ella me hacía acostarme de nuevo en mi cama, yo me acuerdo que en más de una ocasión reflexionaba: “Propiamente yo me las arreglo con ella. ¡Con mi madre me las arreglo hasta el fin, porque ella no me niega nada!” Creo que eso me calmaba, entonces dormía bien. Al día siguiente era más confianza, quererla más, más respeto, más admiración…
A propósito, ¡es preciso decir que yo la quería muy bien hasta donde me es posible querer bien a una persona! Naturalmente, Nuestro Señor y Nuestra Señora están por encima de toda comparación. Pero yo la quería totalmente bien, hasta donde podía querer bien a una persona.
Pero, vean bien, ella no tenía bondades relajadas. Ella insistía conmigo en las cosas más pequeñas. Cuando yo salía de São Paulo siempre le escribía cartas, y a ella le gustaba, las leía, las volvía a leer y las guardaba.
Pero yo omitía poner la fecha, porque toda la vida tuve pereza de escribir. Y tenía un defecto cualquiera en la mano, por el cual me dolía un poco al escribir; además, tenía letra muy fea. Todo eso hacía que no me gustase escribir. Y ella solo quería carta escrita a mano, no aceptaba hecha a máquina. Decía que carta a máquina era inexpresiva, y que ella no me sentía en la carta escrita a máquina. Y tenía razón. Yo escribía a máquina rapidísimo y en cinco minutos salía una carta enorme, evidentemente desbordante de cariño.
Pero ella no quería. Afirmaba que la tomaba como no recibida.
Yo cedía, porque ella tenía derecho a querer eso de mí. Pero, por pereza de escribir no ponía la fecha. En la respuesta, ella recordaba: “
Filhão querido, cuando me escribas, no olvides poner la fecha arriba…” En la siguiente ocasión yo me olvidaba y ella insistía de nuevo. ¡Eso era hecho con tanta dulzura, que yo quedaba literalmente encantado!

(Extraído de conferencia del 31/8/1985)

 

Manifestación de acogida, gentileza y bondad

Doña Lucilia tenía una noción muy profunda de la maldad del género humano, que se reflejaba en las personas con quien ella trataba y le causaban decepciones. Pero ella las acogía sin ninguna acrimonia, acidez, ni recriminación; era llena de perdón y de bondad. No obstante, en ella no había ni una gota de ilusión a ese respecto.

e vez en cuando me vuelve al espíritu la actitud de Doña Lucilia con relación al proceso revolucionario, con la curiosidad de recoger pequeñas reminiscencias que me permitan ver y describir mejor cómo era ese asunto.

Noción profunda de la maldad del género humano

Hay ciertas nociones preliminares que, aunque estén al margen del asunto, deben ser consideradas. Una persona del siglo XIX era mucho más atenta a los propios dramas interiores, que una persona posterior a la Primera Guerra Mundial.
Si hay una cosa poco desarrollada en las atmósferas marcadas por el “hollywoodismo” es la sensación, la idea del drama interior, de un elemento que le falta a un alma para que se complete, aquello que la hace sufrir. Esas cosas que el romanticismo del siglo XIX consideró con un lente de aumento, el siglo posterior las comprimió al máximo posi
D ble. Una persona dramatizaba mucho más ciertas situaciones infelices en el siglo XIX, porque las tomaba mucho más en serio, llevándolas con cierta tendencia a la exageración.

En mi madre no noté una tendencia a la exageración, pero ella era muy seria. La fotografía de ella muy joven indica mucho eso. Ella llevaba la seriedad hasta el último límite. Y por esa causa, Doña Lucilia consideraba ciertas situaciones interiores sobre todo bajo el siguiente aspecto: ella notaba que en un mundo feliz – los hermanos, la familia en general, bien instalados – ella era infeliz, porque había sufrido enormemente con la operación realizada en Alemania, en 1912. Además, con sinsabores que también la habían hecho sufrir mucho cuando joven. Le quedaba, entonces, una idea de que ella estaba muy marcada por el sufrimiento y que la Providencia la había escogido para eso.
Por otro lado, la idea de que la transformación que ella observaba en su entorno, que repercutía dentro de ella, resultaba de una profunda maldad del género humano. Ella tenía una noción muy profunda de esa maldad, sin acidez, sin recriminación, llena de perdón y de bondad, pero en la cual no había ni una gota de ilusión. Eso con respecto al conjunto de la humanidad y que, por lo tanto, reflejaba en las personas con quien ella trataba y con quien tenía decepciones, aunque sin ninguna acrimonia.

Una gracia que no existe fuera de la Iglesia Católica

Uno de los aspectos de su alma que más me encantó fue verla, a lo largo de su vida, sufrir muchas cosas midiendo hasta el fondo cada sufrimiento, sin hacerse ninguna ilusión. Y después tratar todo con bondad, con un perdón que me hacía recordar a la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, y aquella atmósfera de innegable perdón que allá existe.
Ella parecía muy modelada por eso. Por esa razón ella me llevó a considerar muy desconfiadamente el género humano. La cuestión se ponía así:
hasta las mejores personas, a quien razonablemente más se quiere, en el fondo, desilusionan. Y si no desilusionaban a todos, por lo menos, la desilusionaban a ella. Y al desilusionarla indicaban que tenían aspectos malos. Ese era, entonces, un aspecto triste y hasta desolador de la existencia humana, considerado, no obstante, con mucha suavidad, pero dejando trasparecer en la mirada una perplejidad: “Veo claramente cómo es eso, pero, ¡qué cosa asombrosamente pésima!”
Por la fotografía se nota que no hay acrimonia, ninguna acusación, ninguna recriminación. Apenas existe una especie de perdón como quien dice: “Deje que eso sea así, yo voy a seguir siendo buena. Eso se explica en Jesucristo Nuestro Señor y no de otra forma, pero se explica realmente”.
Si hay algo que no es natural, es eso. Es decir, es una gracia sobrenatural recibida en el Bautismo, que no existe fuera de la Iglesia Católica y dentro de ella no es frecuente. Fuera de la Iglesia Católica es inútil buscar, porque no existe. Es una gracia que forma la persona en Nuestro Señor Jesucristo.
Hay una jaculatoria dirigida a Nuestro Señor: “¡Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro!”. Es una gran gracia. A propósito, fue lo que Nuestro Señor nos enseñó durante toda su vida. La actitud de Él con nosotros durante la Pasión, por ejemplo, fue esa todo el tiempo.

Un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño

Nuestro Señor vio el mal, claro. Pero a Él no se le muestra así. Se presenta su tristeza, pero no se llega a decir tajantemente que esa tristeza se debe a que Jesús veía el mal en los otros.

Imagen del Sagrado Corazón ofrecida a Doña Lucilia por su padre


Hay un trecho del Evangelio en el cual el evangelista hace este comentario: “Habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo”
(Jn 13, 1). Doña Lucilia daba prueba de ese amor hasta el fin. Yo creo que esa es propiamente la expresión, la irradiación de Nuestro Señor, y también de Nuestra Señora: Salve Regina, Mater misericordiæ y todo el resto, muestran la posición hacia el pecador.
De ahí resulta su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y eso modelaba su alma de tal manera que, al final de su vida, habiendo sufrido todo lo que sufrió, cuando comenzaron a aproximarse a ella algunos de mis jóvenes seguidores, noté que ella se dejó tocar por ese afecto, creyendo en él enteramente. Por tanto, ella ni siquiera había perdido ese frescor de alma por el cual la persona está dispuesta a creer y a esperar una vez más, aunque haya tenido mil decepciones.
De repente apareció en su vida, a punto de terminar, un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño al cual ella se entregó con toda bondad.
Ahora bien, la reacción “normal” sería: “Yo estoy por morir, no voy a embarcarme en la milésima decepción de mi vida. Le cierro la puerta.”
Eso corresponde a una forma conmovedora de perdón. No de un perdón bobo, sino con un profundo discernimiento.
Para utilizar una imagen, era más o menos como cierta hierba cuando es pisada; el pie del hombre dobla la hierba, pero poco a poco ella vuelve a su estado natural. Así era Doña Lucilia. Minutos después de recibir la ofensa, ella estaba con la misma bondad,  nclusive con la misma persona que la había hecho sufrir. Hay almas que, a fuerza de sufrir, quedan como alguien que, debido a un reumatismo, tienen rígidas todas las articulaciones del cuerpo, y por eso les cruje y les duele cualquier movimiento. Es horrible, es triste. Si hay alguien que no era así, fue mi madre. Arquetípicamente no era
así. Ella manifestaba, a cualquier momento, una acogida, una gentileza, una bondad, asombrosa. Era la actitud de un alma consciente de toda la maldad del hombre, pero sabía que podían existir, axiológicamente, criaturas humanas que correspondiesen. Y ella llevó esa certeza tranquilamente hasta el fin.

(Extraído de conferencia de 31/8/1985)

El ímpetu de Doña Lucilia al increpar el mal

Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, Doña Lucilia levantaba todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Sus palabras nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral de quien andaba mal.

Se diría que, a causa de la gran mansedumbre, condescendencia y compasión que rebosaban de Doña Lucilia, ella quedaría horripilada con la hipótesis de que fuesen desencadenados castigos como los previstos en Fátima y en tantas otras revelaciones privadas.

Sentimientos opuestos, pero armónicos

Sin embargo, yo la vi una que otra vez expresar sentimientos opuestos, enteramente armónicos con la personalidad de ella. No propiamente cuando ella hablaba de castigos de pueblos o de civilizaciones – tema que ella conocía, pero entraba poco en sus reflexiones cotidianas –, sino cuando trataba sobre determinados castigos, degradaciones o deterioraciones individuales, con el resultado que eso conllevaba. Así, al referirse a alguna persona que moralmente había decaído mucho, que se había degradado, cuando la degradación era horripilante, mi madre tenía un modo de expresarse por donde aparecía, en relación con los aspectos morales de esa persona, un asco que indicaba, al mismo tiempo, una especie de toque de difuntos. Era como quien daba a entender lo siguiente: eso está de tal manera deteriorado, que tiene lo desagradable de lo putrefacto, y la propia sanidad de la persona exige que lo descompuesto sea enviado a la basura y destruido. La destrucción de lo putrefacto es una señal de salud, y el horror a lo putrefacto es un indicio de integridad. La aversión de ella a las degradaciones morales muy grandes era idéntica a la repulsa a la putrefacción.
No era, por lo tanto, un sentimiento de justicia considerado meramente en abstracto – se practicó un acto altamente censurable, luego, debe ser castigado –, sino una clasificación de un determinado estado de alma como execrable y purulento. Y, en lo purulento, la repulsa llena de desdén y la necesidad del exterminio. No obstante, ese exterminio se presentaba bajo la forma de un respeto a sí misma y al orden superior puesto por Dios, violado por alguien hasta un punto inimaginable. En ese caso, no vi que cupiese una referencia a la misericordia, a no ser por el lado siguiente: “El pobre de Fulano, la pobre de Fulana”. Sin embargo, eran pobrecitos porque habían caído en estado de putrefacción y, por tanto, merecían repulsa y rechazo. No era una actitud así: “No lo repelamos porque él es un pobrecito…”; sino por el contrario: “Pobrecito, él debe ser repelido…” En eso entraba la buena ordenación del espíritu de ella.

Admiración por la combatividad

Esa posición se transponía también en una gran admiración por la valentía. Doña Lucilia no admiraba la valentía en cuanto valentía, en cualquier circunstancia en que la persona fuese valerosa, pero la valentía aplicada contra ciertas situaciones concretas, putrefactas y altamente deterioradas, a ella le parecía una especie también tiene capacidad de exponerse a un riesgo insigne con un dominio sobre sí mismo, por amor a eso.
Eso forma al varón de Dios. Tenía, entonces, ¡un gran entusiasmo!
Pero era necesario tener cierta finura de discernimiento para percibir que eso estaba en el espíritu de ella, pues lo que aparecía más evidentemente era la destrucción del mal, que no tiene el derecho de existir y debe ser repelido. También existía otra forma de combatividad en Doña Lucilia. Ella no era una persona discutidora, pero apreciaba mucho cuando alguien daba una respuesta que achataba una causa mala. Y es curioso: ella, que era una persona bien locuaz, nada concisa en lo que decía – no inútilmente prolija, sino bastante expansiva –, sin embargo, apreciaba mucho las réplicas concisas. Y a veces guardaba,
de esta o de aquella situación que había visto, réplicas concisas, se acordaba y contaba, apreciando una operación con horizontes claros, con rayos límpidos que alcanzasen su objetivo.

Movimientos de indignación

Nunca la vi hacer una indirecta, hacer una insinuación contra nadie.
Eso no era de su estilo. En su convivencia suave había, por lo tanto, muy poca probabilidad de que ella dijese alguna cosa desagradable. Pero mi madre tenía, aunque raras veces, movimientos de indignación que procedían, en general, de la conjugación de cierta sorpresa delante de alguna cosa pésima, más lo pésimo existente en aquello. Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en marcha, en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, mi madre llegaba a levantar todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Decía tres o cuatro cosas que nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral pésima.
Por lo tanto, nunca decía algo que criticase la falta de inteligencia, de educación, de cultura, algo que disminuyese a alguien en cuanto persona, sino que increpaba el mal procedimiento. Y ahí era difícil resistir a su ímpetu. Por otro lado, una vez hecha la increpación, nunca la vi jactarse de eso, ni repetir el episodio, ni contar. Había hecho lo que debía hacer, eso moría y ella continuaba viviendo.

(Extraído de conferencia de 12/7/1982)

Una voz comunicativa

La voz de Doña Lucilia era muy flexible y ondulada, con una capacidad extraordinaria de hacer trasparecer el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar. Eso hacía su conversación muy agradable.

 

Mandolina perteneciente a Doña Lucilia

Doña Lucilia nunca fue cantora. Cuando joven tocaba un instrumento panzudo y todo adornado con madreperlas, llamado mandolina.
Como el clima en São Paulo siempre fue muy irregular, cierta vez ella tuvo un resfriado bastante agudo, perdiendo buena parte de su audición por esa causa. Así, quedó incapaz de tocar música, porque para eso es necesario tener un oído muy afinado. Sin embargo, ella conservó la mandolina hasta el final de su vida, guardando cierta nostalgia de ella, aunque ya no la tocara.

Voz comunicativa, principalmente en los asuntos elevados

Aun así, mi madre tenía la voz muy flexible, ondulada. No era nada cantante, sino una voz con una capacidad extraordinaria de transmitir el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar.
Así, cualquier cosa dicha por Doña Lucilia, según el caso, podía tomar una inflexión muy comunicativa y persuasiva, lo cual volvía su conversación muy agradable. Sobre todo cuando se trataba de un asunto serio – no solo en el sentido de reprensión, sino también de aprobación, de un cariño serio, de un tema elevado –, su voz se hacía muy comunicativa.
Eso hacía que ella, cuando quería comunicar confianza, tuviese inflexiones de voz que transmitían una especie de persuasión que, a primera vista, podría parecer gratuita, pero analizando bien, se veía que no era así.
A mí mismo, como hijo suyo, en circunstancias de mi vida de niño –porque el hombre necesita tener
confianza desde pequeño –, así como después en situaciones de mi vida de joven y de adulto, varias veces ella me recomendó esa virtud, comunicándola de modo a persuadirme de que realmente era necesario confiar y mantenerme tranquilo.

El niño Plinio se enferma de paperas

Me acuerdo, por ejemplo, de una cosa que es una bagatela: el modo de ella tratarme las paperas.
Esa enfermedad, si es bien cuidada – evitando que el niño salga corriendo por el jardín, etc. – no tiene ninguna gravedad, pero es un poco prolongada, y para un niño constituye una eternidad quedarse en cama. No hay ningún niño que no tenga horror a permanecer en cama.
Ahora bien, yo no sabía que las paperas podían pasarse de un lado a otro del cuello. Tuve a un lado y después fue disminuyendo. Mi madre – que conocía esa característica de la enfermedad, pero no me lo decía para que yo no quedase temeroso –me tranquilizaba: “¡Mira, ya están mejorando tus paperas!” Yo iba palpando, sintiendo que disminuían, y haciendo planes de salir corriendo al jardín, y de mil otras cosas de un niño que no aguanta más la cama.
Un buen día le dije a ella:
– Mamá, qué gracioso, tengo algo aquí.
– Hijo mío, las paperas pasaron al otro lado.
Comencé a llorar, porque para un niño de seis años eso puede significar una catástrofe cósmica, universal…
– No, ten paciencia, que eso pasa como ya pasó del otro lado – me consolaba ella –.
Si otra persona me dijese eso, yo bramaría: “Eso no pasa, eso no se está acabando, ¿no ves? ¡Cambiemos ese médico!” Yo no entendía bien lo que ocurría. ¿Cómo era posible que la misma enfermedad apareciese al otro lado? ¡Ese médico es un incompetente, no sirve para nada!
Pero al decirme “eso pasa”, ella me daba la persuasión de que realmente eso iba a pasar, el tiempo no sería tan largo, era soportable y, al fin de cuentas, durante la enfermedad yo tendría los cariños excepcionales de ella, que compensarían la prueba de quedarme en cama.

“¡Ten confianza!”

Pueden imaginar el desenlace del caso: cuando las paperas estaban casi curadas, amanecí con una indisposición de estómago violentísima.
Mi cuarto quedaba al lado del de ella. La llamé:
– Mamá, ven, por favor.
Ella vino y yo le dije:
– Amanecí con esto.
Filhão¹, las paperas pasaron al estómago…
– ¡¿Eso se transmite al estómago?! ¡¿Dónde más pasa, a los ojos, a la lengua… ?!
– Quédate calmado, porque solo da en los dos lados del cuello y en el estómago; en ningún otro lugar.
Ahora, de hecho, es la última vez. Quédate consolado. Mira, te voy a traer un juguete. ¡Ten confianza! Ese “ten confianza” era dicho de tal modo que yo comenzaba a confiar y me sosegaba. Era el efecto comunicativo del timbre de su voz, propio de una madre, pero al mismo tiempo con algo que yo sería llevado a juzgar como sobrenatural, y que actuaba profundamente sobre mí.
Aunque yo haya sido en toda mi vida muy categórico, me sosegaba, me acostaba, recostaba mi cabeza en mi almohada y comenzaba mi triste mañana de enfermo. Pero con ella al lado no había problema, estaba todo resuelto: “Mamá está ahí, yo confío en ella, porque ella lleva consigo algo de Dios que hace que todo dé buen resultado.”

Intercambio de mociones que aumentará en las circunstancias más difíciles

La gran cantidad de flores depositadas en la sepultura de Doña Lucilia muestra la forma en que son tratados como hijos los que a ella recurren. Todo eso corresponde a gracias recibidas, a esperanzas de nuevos favores, al afecto y a la gratitud por los beneficios obtenidos. Es una cosa muy justa, muy razonable. Además de las flores, ese grupo de personas se queda allí indefinidamente, sin querer irse. Tanto pueden salir de repente si llueve, por ejemplo, como no incomodarse mucho y permanecer bajo la lluvia.
¿Por qué? Porque están sintiendo algo interior, una gracia que lleva a la persona, más o menos confusamente, a pensar: “Aquí estoy bien y de aquí no salgo”. Se ve que hay una especie de diálogo mudo entre el alma de ella en el Cielo y las personas que están rezando allí.
Ese intercambio de mociones se deberá dar intensísimamente en circunstancias difíciles como, por ejemplo, durante los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
(Extraído de conferencia de 28/2/1993)


1) N. del T.: En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Un Viernes Santo con Doña Lucilia

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, Doña Lucilia se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. Ella Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones.

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, mamá se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. – Doña Lucilia tenía un crucifijo que había pertenecido a su padre y que databa de la época en que Brasil se independizó de Portugal, o de antes, hacia los últimos días del Brasil colonial. Ella guardaba ese antiguo crucifijo en un cajón y lo sacaba una vez por año, para rezar en ese día.
Ella misma preparaba cuidadosamente el ambiente. Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones. Como era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús, que fue perforado por una lanza cuando estaba en lo alto de la cruz, ella rezaba las letanías del Sagrado Corazón de Jesús utilizando un devocionario francés traducido al portugués. Mamá iba leyendo las letanías y la familia respondía. Enseguida, ella pedía por diversas intenciones que suponía estar en el corazón de los familiares presentes: oraba por los fallecidos, para que fueran liberados del Purgatorio, por los enfermos, por las personas que estaban vacilando en la virtud, etc. Rezaba durante mucho tiempo por una serie de intenciones.
Después, ella pasaba un tiempo rezando en voz baja. Nos parecía que se trataba de intenciones particulares que no quería decir a nadie. Me atrevo a imaginar que yo figuraba en el centro de esas intenciones… Cuáles fuesen los pedidos que ella hacía en beneficio de cada uno de nosotros, solo lo sabía ella y el Sagrado Corazón de Jesús.
Pasaba mucho tiempo, y los presentes se iban cansando. Los menos fervorosos se cansaban más rápido, los más fervorosos se quedaban más tiempo rezando. Después, todo el mundo se sentaba. Ella, sin embargo, seguía rezando.
Por fin, ella hacía la señal de la cruz y se volvía afablemente hacia cada uno, saludaba a los que aún no había saludado, se sentaba y comenzaba una conversación familiar común…
Habitualmente, cuando recibía visitas, mamá les ofrecía algo de comer y beber; pero ese día ella no ofrecía nada. Era día de ayuno y, fuera de la hora de la cena, nadie comía en su casa.
Así era un Viernes Santo con Doña Lucilia.

Tomado de conferencia del 27/06/1987

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.