A las puertas de la ancianidad

cap10_028El 22 de abril de 1946, doña Lucilia completaba 70 años…
En la vida humana, 70 años constituyen un hito. Ahí aparecerán, como que cristalizadas, todas aquellas preferencias y modos de ser que orientaron el desarrollo de una existencia. En aquellos que procuraron seguir el camino de la virtud, reluce entonces como nunca en la fisonomía, en las palabras, en los gestos, en los actos, en la acción de presencia la “suma de las edades” : la inocencia bautismal, los sueños de la infancia, las esperanzas de la adolescencia, el vigor de la juventud, la fuerza y la estabilidad de la edad madura, el perfume de una vejez florida, a la que ahora se añadirían los reflejos de plata de la ancianidad, todo ello modelado por los sufrimientos que a lo largo de la vida tallaron su alma, transformándola en una especie de diamante a los ojos de Dios.
En esta talla, es el caso de recordarlo, no faltó ni siquiera aquel tipo de sufrimiento que su antigua situación nunca le haría prever: las dificultades financieras, después de la muerte de doña Gabriela. Sin embargo, si doña Lucilia hubiera sido una persona con éxito tal vez no habría alcanzado la altura espiritual a la que llegó. Por ejemplo, si la familia hubiera sido muy feliz en los negocios y doña Lucilia se encontrara, por lo tanto, en la plenitud de la fortuna, algo habría faltado en su vida: el valor de la posición que había heredado de sus mayores, sustentada con gran categoría en medio de las dificultades. Es más o menos como ciertos castillos: cuando quedan deshabitados y en ruinas tienen mayor grandeza que muchos otros conservados intactos. Bajo cierto punto de vista, Job, leproso en su muladar, era más magnífico que Salomón en el esplendor de su gloria. De otro lado, en doña Lucilia se había quintaesenciado aquella afectividad brasileña colocada en términos afrancesados —un afecto delicado, educadísimo y noble hasta en la mayor intimidad— y que conservaba cualquiera que fuese la situación, de tal manera que ella era la versión al vivo de Madame de Grand Air (Grave, distinguida y bondadosa marquesa, personaje de las aventuras de Bécassine).
¡Cuán expresivo era aquel modo de dirigirse al Dr. Plinio para pedirle algo!: “¿Filhão, quieres coger para tu madre aquel objeto?” Nunca de forma brusca, sino siempre afable y distinguida.
Un cierto aire de gravedad señorial, propio de una dama paulista de los antiguos tiempos, traslucía en todas sus actitudes, hasta cuando andaba dentro de casa, yendo a una sala, por ejemplo, para buscar una costura. Este aspecto de su personalidad formaba un opuesto armónico con la suavidad, que en su vida ocupaba un lugar preponderante.
Usaba una mecedora traída de los Estados Unidos por un tío suyo. Cuando se levantaba, prefería no ser ayudada. Lo hacía por sí misma y como un monumento.
Caminaba con su paso característico, en general ágil y discreto, a veces pausado y solemne, y desaparecía en sus aposentos…

Una insigne piedad

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Durante aquellos 70 años nunca desfalleció en doña Lucilia el amor a Nuestra Señora, cuya omnipotente intercesión junto al Sagrado Corazón de Jesús comprendía tan bien. Desde su nacimiento, María Santísima velaba por ella, pues, como ya vimos, doña Gabriela le había escogido como madrina a la Virgen de la Peña.
Había en su cuarto, en el mismo oratorio de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, otra más pequeña de Nuestra Señora de las Gracias. En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Como era de esperar, tratándose de una persona tan devota de la Santísima Virgen, tenía lugar de destaque en su piedad —desde la más remota juventud— la recitación del Santo Rosario. Su devoción mariana relucía, sobre todo, durante el mes de mayo, ocasión en que adornaba con flores algunas imágenes de Nuestra Señora que había en la casa. Doña Lucilia pertenecía a la Asociación de Madres Cristianas y participó de algunos retiros —bien podemos imaginar con qué recogimiento, seriedad y amor— promovidos por la entidad. Otro testimonio de sus constantes oraciones nos lo proporcionan los muchos devocionarios que, con cuidado, guardaba en una gaveta de su cuarto para tenerlos a mano cuando lo deseara.
El paso del tiempo no había hecho disminuir su deseo de comparecer a las solemnidades religiosas para poder satisfacer los mejores anhelos de su insigne piedad, a pesar del esfuerzo que el peso de sus sufridos 70 años le exigía.
En una carta escrita al Dr. Plinio, el 26 de junio de 1946, terminaba diciendo:

Fui ahora, por la noche, a la novena del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de Santa Cecilia y deseo volver mañana, y, si Dios me ayuda, como todos los años, iré a la Misa, comulgaré, e iré a la procesión del día 28, pasado mañana por la tarde. Seguí también parte de la de Corpus, que estuvo concurridísima, y en la plaza de la Catedral recibimos la bendición. A la vuelta, extenuada, me metí en la cama hasta el día siguiente.
Bien, queridísimo, cansada y con sueño, me despido mandándote con mis más afectuosas bendiciones, muchos besos, abrazos y saudades.
De tu mamá extremosa
Lucilia

Cuando doña Lucilia le envió esta carta, el Dr. Plinio se encontraba en São Sebastião, en el litoral paulista, para tratar de las disposiciones testamentarias de su amigo José Gustavo, fallecido poco tiempo antes.

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En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

Se desencadena la tormenta

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Prefasio del libro “En Defensa de la Acción Católica” del Nuncio Apostólico, Mons. Benito Aloisio Masella

El libro lanzado por el Dr. Plinio en junio de 1943 —en un gesto de holocausto que él mismo calificó de kamikaze — explotó como una bomba y dividió los campos, denunciando, a  los ojos de los que tenía buena fe, los errores diseminados en muchos ambientes del movimiento Católico. Los elementos alcanzados por la mencionada obra, no tuvieron cómo refutar la valiente denuncia del Dr. Plinio. Apelaron entonces a la calumnia, acusándole de haber incurrido en diversos errores doctrinarios sin decir cuáles y de no ser sumiso a la autoridad de los obispos. Esto a pesar de que el libro estuviese prologado por el Nuncio Apostólico, representante del Papa en Brasil y, por lo tanto, bien visto por la Santa Sede.
Como si la detracción contra el autor no bastase, esos elementos pasaron a la persecución abierta, con la intención de neutralizar cualquier acción suya. Arrancaron de sus manos los medios de apostolado, y llegaron al extremo de perjudicarle económicamente haciéndole perder los mejores clientes de su despacho de abogado, como era el caso de la Curia Metropolitana de São Paulo y de las órdenes del Carmen y de San Benito.cap10_016
El Dr. Plinio fue destituido de todos los cargos que poseía en la Archidiócesis, uno tras otro, incluso de la presidencia de la Junta Archidiocesana de la Acción Católica. Se deshicieron, así, innumerables vínculos que mantenía hasta entonces con personalidades eclesiásticas o seglares adeptas de las nuevas doctrinas. Del mismo modo, cesaron casi por completo las numerosas invitaciones para dar discursos y conferencias en reuniones católicas. En una palabra, un pesado ostracismo se abatió sobre él. Apenas le permaneció fiel el pequeño grupo de redactores del Legionário, el semanario archidiocesano del cual era director. Más tarde, las circunstancias le llevarían a renunciar también a este cargo.

“Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas…”

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

En medio de esos acontecimientos, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a un sacerdote amigo suyo, el cual no sólo comulgaba de las mismas ideas sino que también apoyaba abiertamente al “Grupo del Legionário”. Después de la comida, dejaron la mesa y continuaron conversando sobre los últimos acontecimientos del caso En Defensa. Junto a una ventana, doña Lucilia le enseñaba principios de costura a su nieta Maria Alice, en aquel entonces ya adolescente. Aquella escena de intimidad familiar daba la impresión de una vida tranquila, de quien ignoraba la tempestad que se cernía.
Dirigiéndose al sacerdote, el Dr. Plinio comentó:
— Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas, ¿no?
— Es para que ellas puedan continuar siendo así que nosotros conducimos esta lucha… respondió él.
Era la constatación de que, con la diseminación de los errores denunciados por En Defensa y las consecuentes transformaciones religiosas y sociales, aquella tranquilidad, o mejor, aquella concepción de la existencia familiar, toda impregnada de espíritu sobrenatural, corría el riesgo de desaparecer. Doña Lucilia, aunque consciente de la situación ¿tenía entera comprensión de lo que pasaba? Ya vimos en páginas anteriores cómo había  discernido, en una diminuta noticia de periódico, la difusión de estos errores en Brasil. Vimos también cómo, desde la infancia del Dr. Plinio, ella deseaba el desarrollo y la irradiación de su personalidad y entreveía que, de alguna manera, ésta alcanzaría grandes proporciones.
Sus esperanzas sobre el futuro poco común de su hijo, alimentadas por su intuición de madre, se habían realizado en parte, cuando, todavía muy joven, él se convirtió en líder de las Congregaciones Marianas y del propio Movimiento Católico. Pero, ¿y ahora?
Doña Lucilia nota el cambio en la situación de su hijo.
Tras haber seguido paso a paso la brillante ascensión de su hijo como líder católico, doña Lucilia asistía ahora afligida a la destrucción de toda la obra a la cualbél había consagrado lo mejor de su vida, y cuyo único objetivo era la victoria debla Iglesia sobre el mal.
Al lo largo de varias conversaciones con su madre, el Dr. Plinio le iba narrandoblo que sucedía, describía las vicisitudes, así como las consecuencias que de ahí resultaban para el futuro de la Iglesia. No dejaba tampoco de ponerla al par de la difícil situación financiera en la que había sido lanzado, debido a la pérdida de su mejores clientes.
Ella veía todo eso con su habitual serenidad, sin la menor manifestación de acidez o de resentimiento en relación a aquellos que desencadenaban tal persecución contra su hijo.
Con resignación cristiana, doña Lucilia midió las consecuencias de esos hechos en su situación personal. Antes era la madre de aquel que había sido el diputado más joven y más votado de Brasil, polo de pensamiento de la opinión pública católica y hasta de la no católica; de aquel idealista ante el cual se había abierto la perspectiva de brillantes victorias, hasta el triunfo final de la Iglesia sobre sus enemigos. Ahora se convertía en la madre de un hombre al cual el éxito había dado la espalda y que pasaba a vivir casi completamente aislado. Sin embargo, a doña Lucilia le quedaba un consuelo, y eso era lo más importante: ya fuera en el apogeo del prestigio, ya en medio de la persecución, su querido filhão continuaba siempre siendo el mismo.

Nada puede quebrantar a Plinio

Otro sufrimiento afligía a doña Lucilia: no poder hacer nada en favor de su hijo, a no ser cap10_007auxiliarlo por medio de la oración. No obstante, algunos hechos que de vez en cuando le llegaban a los oídos por medio de ésta o aquélla persona conocida, la llenaban de consuelo, pues, le revelaban cómo, en medio de tantas tribulaciones, nada abatía el ánimo de su hijo.
Un día, por ejemplo, el Dr. Plinio volvía en balsa de Guarujá hacia Santos, con destino a São Paulo, en compañía de su cuñado, Antonio de Castro Magalhães. A pequeña distancia de ellos estaba sentado un matrimonio, de mucho realce en la sociedad paulista de aquella época. Al reconocerlo sonrieron con amabilidad, dando muestras de querer entablar conversación con él. El Dr. Plinio conocía al marido hacía mucho tiempo, pero nunca había sido presentado a la esposa, razón por la que creyó ser más atento no tomar la iniciativa de acercarse al matrimonio para saludarlo personalmente. Juzgó su deber conservar esa actitud de reserva aún cuando la esposa le saludó también de modo amable, y por eso permaneció en el lugar en que se encontraba, conversando con su cuñado. A cierta altura, el marido no se contuvo más y, dejando a la esposa, se levantó y fue alegremente a hablar con el Dr. Plinio. La gentil actitud del eminente matrimonio dejaba ver cómo se mantenía intacto en la sociedad paulista el prestigio del intrépido batallador.
Antonio notó perfectamente lo que había de reservado en la cortesía del Dr. Plinio y, al encontrarse después con doña Lucilia, le contó ese pequeño episodio.
Cuando, de noche, ella estuvo con su hijo para la “conversación” habitual, el tema fue éste. Llena de alegría, ella entonces le contó el comentario de su yerno: “¡Nada puede quebrantar a Plinio!”

Serenidad a toda prueba

sdlEn razón de ese modo de ser, ninguna circunstancia, por peor que fuese, lograba perturbar la paz de alma de doña Lucilia. Un día, en la tranquila São Paulo de aquel entonces, una tragedia conmovió a la ciudad entera. Debido al incendio de un autobús en la Avenida Angélica, murieron entre las inclementes llamas muchos de los pasajeros. El vehículo era de la línea “Avenida”, la misma que el Dr. Plinio solía tomar para ir a su despacho de abogacía.
Cuando se entero del pavoroso accidente, el primer pensamiento de doña Lucilia fue que su hijo podía ser una de las víctimas.
Si para un corazón materno no hay nada más angustioso que la perspectiva de la muerte de un hijo, fue incalculable la aflicción que se apoderó del espíritu de doña Lucilia. Pero se acogió confiante a la protección del Sagrado Corazón de Jesús, delante de cuya imagen se puso a rezar a la espera de alguna información segura. Doña Rosée, siempre muy expedita, en seguida empezó a tratar de localizar a su hermano. Telefoneó a varios amigos para averiguar si tenían noticias más exactas y les pidió que comprobaran la identidad de las víctimas. Ahora bien, justamente ese día uno de los amigos del Dr. Plinio del “Grupo del Legionário”, José Gustavo de Souza Queiroz, estaba hospitalizado con una grave enfermedad que acabaría llevándoselo de esta vida poco tiempo después.
El Dr. Plinio había abreviado sus ocupaciones en el centro de la ciudad para hacerle una larga visita. Sin embargo, se había olvidado de dejar aviso en casa. Al final, alrededor de las ocho y media de la noche, llegó sin tener la menor idea de la situación que reinaba en el hogar. Al doblar la esquina de la calle Sergipe divisó a su sobrina Maria Alice junto al portón de la casa, andando inquieta de un lado para otro. Ella y doña Rosée salieron a su encuentro y, todavía sobresaltadas, le contaron lo ocurrido.
Calculando la angustia de doña Lucilia, el Dr. Plinio entró deprisa en la casa. La encontró afligida pero tranquila, sentada en la mecedora. La abrazó y la besó como de costumbre y le preguntó cómo se sentía después de esa atroz tribulación. Con la suavidad de siempre, doña Lucilia respondió: — Hijo mío, ¡qué alegría verte de nuevo! Estaba aprensiva, pero confiaba en que no te había pasado nada… Ahora voy a acostarme, porque la preocupación
me afectó el hígado y no me estoy sintiendo bien.
Después de un día de tanto sufrimiento no partió siquiera una queja de doña Lucilia. Con el alma en paz se fue a su cuarto, dando gracias a Dios por tener a su hijo junto a sí.

¿Qué le habrá pasado a mamá?

Después de la rápida visita del Dr. Plinio a su madre en Guarujá, una llamada de teléfono insólita e inexplicable fue para él motivo de aflicción durante toda una madrugada. Como Presidente de la Junta Archidiocesana de la Acción Católica, debería volver al litoral para la inauguración de una casa de retiros de la JUC (Juventud Universitaria Católica, una de las ramificaciones de la Acción Católica), en Itanhaém.
La noche anterior a este viaje, sonó el teléfono en su casa. Al otro lado de la línea alguien dijo estar llamando de Santos y comunicó que de Guarujá querían hablar con el Dr. Plinio. Sin embargo, la línea cayó en seguida. Él pensó inmediatamente: “¿Qué le habrá pasado a mamá? ¿Estará sintiéndose mal y fueron al puesto telefónico de Guarujá para avisarme?”
Doña Rosée, con quien estaba doña Lucilia, tenía la costumbre de instalarse en el Gran Hotel de La Plage, pero aquel año había alquilado una casa particular que no tenía teléfono. Por lo tanto, para saber más noticias no había otra solución sino esperar a que llamasen de nuevo.
Preocupadísimo, el Dr. Plinio pasó el resto de la noche arrodillado junto a la cama para combatir el sueño y así estar despierto en el caso de que el teléfono sonara una vez más.

Dr. Plinio en la época de En defensa de la Acción Católica

Dr. Plinio en la época de En defensa de la Acción Católica

Sin embargo, el aparato permaneció todo el tiempo mudo.
Por circunstancias que no vienen al caso narrar aquí, el acto de inauguración del establecimiento de la JUC se revestía de aspectos delicados que exigirían bastante atención y tacto por parte del Dr. Plinio. Ahora bien, el resultado concreto de aquella llamada fue que, —agotado de cansancio por haber pasado la noche en claro y preocupado por lo que le pudiera haber pasado a su madre— se encontraba en condiciones físicas y psicológicas bastante desfavorables para enfrentar con éxito las situaciones difíciles que podrían presentarse ese día. De todas formas, tomó resueltamente el tren para el litoral.
El acto en Itanhaém, presidido por el Arzobispo de São Paulo, Mons. José Gaspar, transcurrió felizmente como el Dr. Plinio deseaba. Inmediatamente después de su término, se dirigió a Guarujá donde tuvo la agradable sorpresa de encontrar a doña Lucilia enteramente bien. No quedó menos sorprendido al saber que no había partido de nadie de allí la extraña comunicación. Nunca pudo desvelar el misterio de esa llamada anónima.

Ardientes oraciones por la batalla de su hijo

Doña Lucilia sabía por su hijo de los trámites referentes a la publicación del libro En Defensa de la Acción Católica. En una carta escrita desde Río de Janeiro, el Dr. Plinio le anuncia los progresos realizados para la obtención de un prefacio del Nuncio Apostólico, condición indispensable para que la polémica obra alcanzase la eficacia deseada.
La pone también al par de los intentos realizados para revertir la situación provocada por una injusta ley de inquilinato, promulgada por el Gobierno de Getulio Vargas, la cual perjudicaba a fondo los legítimos derechos de los propietarios de inmuebles de alquiler, acarreándoles incluso al propio Dr. Plinio daños económicos considerables. Sin embargo, no tuvo mucho éxito en esta última iniciativa.

Mãezinha de mi corazón,
Aprovechando unos momentos libres vengo a besarla mil y mil veces
y a darle algunas noticias:
1) El Prefacio: El Sr. Nuncio llega mañana de Petrópolis y recibirá al Padre Dainese. Éste garantiza que obtendré el Prefacio;
2) Los alquileres: fracasé en el Tribunal. Pero Marcondes (Alejandro Marcondes Hijo, uno de los ministros más notables del gobierno de Vargas. Su esposa, doña Mercedes, era prima hermana de doña Lucilia) mandó que me visitara un oficial de gabinete. No sé cómo supo que estoy aquí. Por la lista de pasajeros vio el nombre de Adolphinho, pensó que era Tío Adolpho, y mandó que le visitaran. Pero mi nombre no salió en la lista de pasajeros. Y, con todo, por la tarde, el oficial volvió a visitarme. Esto fue el sábado. Hoy lunes, él fue a despachar con Getulio en Petrópolis. Debo encontrarme con él mañana. Veremos.
¿Cómo está su salud? Mil y mil besos. Rece por mis cosas.
Le pide la bendición el hijo respetuosos que la quiere del fondo del corazón.
Plinio

No cabe la menor duda de que doña Lucilia rezó con fervor por el éxito del viaje de su hijo a Río de Janeiro; y su fe fue premiada, pues el anhelado prefacio acabó por salir. Eran de mucho valor para él las oraciones de su piadosa madre, para poder llevar adelante la ardua lucha, que ahora se desarrollaba semejante a una guerra submarina, invisible en la superficie pero no por eso menos cruel y violenta.

Una tempestad se anuncia en el horizonte

cap10_004Esta situación del mundo y de la Iglesia, discernida con incomparable lucidez por el Dr. Plinio, le llevará a adoptar una resolución llena de trágicas consecuencias para sí y para su querida madre: el lanzamiento del libro-bomba En Defensa de la Acción Católica, que desempeñaría un papel decisivo en el futuro de la Iglesia en Brasil. Doña Lucilia seguía, a través del Legionário, las pugnas trabadas por su hijo, y ciertamente notaba nubes muy cargadas que se iban acumulando en el horizonte. De hecho, una descomunal tempestad se abatiría en breve sobre el Dr. Plinio.
En Febrero de 1943, doña Lucilia había bajado a Guarujá con doña Rosée y su familia. Como ya iban bastante adelantados los trámites con la Nunciatura para la publicación de aquella obra, el Dr. Plinio estuvo con su madre apenas de paso, viéndose obligado a retornar en seguida a São Paulo, para dar un mayor impulso a los asuntos del libro. Desde el litoral, doña Lucilia le escribió lamentando su ausencia. Al final de la carta, doña Rosée agregó algunas palabras, reforzando los irresistibles apelos de su madre para que volviera a reunirse con ellas:

Guarujá, 24-2-943
¡Hijo querido!
Aún no recibí las noticias de tía Cotinha que me habías prometido, pero imagino que, al entrar en la maraña de tus ocupaciones, te olvidaste de todo, hasta de…
¡oh, no! de mí, ni “por hipótesis”, ¿estás consciente de eso? Sentí mucho verte partir, pero espero en Dios que puedas volver el próximo sábado. La estadía aquí está realmente muy agradable. Rosée me ha colmado de agrados y cuidados, y Antonio es siempre muy amable, y ambos se muestran deseosos de que vuelvas, y yo… ¡no pienso en otra cosa! Esa conferencia en Campinas, ¿no puede ser anticipada o postergada?
Yelita y su hijito llegaron hace dos días, y el niño está tan contento que le dijo ayer a su madre que le parece estar en un sueño tan bueno, que ¡hasta tiene miedo de despertar!
Feliz tiempo, ¿verdad? Nelia debe venir al hotel el próximo sábado y Nelita [vendrá también] para acá, lo que será muy bueno para Maria Alice, que, como viste, habla poco. Lee todo el tiempo que está en casa y está siempre callada. Necesita compañías de su edad.
¿En qué quedó la compra de nuestra casa? ¿Han aparecido otros pretendientes?
¿Cómo te han tratado Olga y Sebastiana? ¡Les recomendé tanto que lo hicieran con todo esmero!
Ya hice dos baños de pie con agua de mar, y tengo mucha fe en su buen resultado. Ayer y hoy fui a la playa y es una pena que la lluvia nos impida salir ahora por la tarde.
¿No han venido cartas de tu padre? Manda a Olga que las lleve al correo con la dirección de aquí. Saludos a José Gustavo.
Con mis bendiciones, te envío muchas saudades, besos y abrazos. De tu mamá muy extremosa y amiga,
Lucilia

Mi Pinimino (Apodo del tiempo de niño),
¿Cuándo vienes? Estamos ansiosos de tu vuelta. Dile al sacerdote de Campinas que tienes que visitar a Mamá. Gracias a Dios se ha estado sintiendo óptimamente, come muy bien, duerme bien, pasea y toma los soñados baños de pie. Vuelve pronto, mi bien. Besos
de Rosée.

Recuerdos evocativos

 doña_luciliaHemos visto cómo doña Lucilia guardaba celosamente, en sus archivos caseros, diversas cartas de sus hijos. ¿Por qué motivo no llegaron todas hasta nosotros? ¿Escogería apenas algunas? No lo sabemos. Tal vez reservase las más cariñosas o las que más saudades le trajesen; quizás haya prestado algunas a otros familiares y se extraviaron. Curiosamente, se encuentran a veces entre sus papeles simples notas sin mayor significado aparente, pero ilustrativas de la elevada bienquerencia que le profesaba el Dr. Plinio.
En medio de las graves reflexiones de un retiro espiritual, por ejemplo, él le escribe estas breves palabras:

Mãezinha querida,
Gracias a Dios el retiro transcurre bien, con un excelente predicador, óptima comida y un panorama maravilloso. Lamento mucho que usted no haya ido a Prata.
¿Cómo está Katucha? ¿Y Papá? Espero estar ahí el lunes temprano para matar las saudades, que no son pocas.
Con mil besos para usted y un abrazo para Papá le pide la bendición el hijo muy afectuoso y respetuoso.
Plinio

La siguiente nota fue enviada por doña Lucilia a su hijo, nuevamente en retiro. Realizábase éste en el Seminario del Verbo Divino, en Santo Amaro.

Hijo querido,
Mándame decir con el portador si necesitas más azúcar o alguna otra cosa.
Te envío un pan, y pretendo mandarte mañana un pastel, pero, para eso, deseo saber si esos buenos y excelentes padres no se resentirán al notar que estás recibiendo
golosinas de fuera. En cuanto al azúcar, es justo que lo hagas debido a la escasez del mismo. En ese caso ¿quieres que te mande una lata con azúcar en polvo?
Saudosa, te envía muchos besos y abrazos tu madre extremosa,
Lucilia

Hasta en una sencilla tarjeta doña Lucilia deja trasparecer su maternal afecto:

¡Hijo querido!
Ayer me llamaron por teléfono, del Colegio San Agustín, pidiéndome tu artículo, y yo les dije que te habías ido a Santos, de donde vendrías el lunes. Mira a ver si consigues hacerlo desde ahí. No encontré los libros perdidos, pero estoy casi segura de que están en tu maleta.
Que Dios te bendiga y permita que aproveches bien tu estadía allí. Saudades y mil besos de tu madre extremosa,
Lucilia

El Dr. Plinio frente al Gran Hotel de Guarujá

El Dr. Plinio frente al Gran Hotel de Guarujá

Durante el verano de 1941 el Dr. Plinio fue a Río de Janeiro, donde aprovechó la oportunidad para descansar un poco. Como siempre, prometió a su madre escribirle contando con detalles el viaje. De esa estadía en la Ciudad Maravillosa son las líneas que siguen:

Río, 2-II-41
Mãezinha de mi corazón, Con muchísimas saudades de usted vengo a cumplir mis promesas enviándole mi primera carta.
El calor está muy fuerte, pero el paseo tiene sus ventajas. Ya cené en el Brahma, ya fui a Nicteroy y al Jardín Botánico, donde recogí para usted éstas plantitas llamadas “saca-corchos” y conocí la victoria regia.
Estuve con el Pe. Franca que me festejo mucho, con Mons. Aquino Corrêa (Fue Obispo de Cuiabá, Gobernador de Mato Grosso, orador sacro, escritor y miembrode la Academia Brasileña de Letras), con el P. Félix (P. Félix Pereira de Almeida, antiguo compañero del Dr. Plinio en el Colegio San Luis). El Sr. Cardenal y el Sr. Nuncio están en Petrópolis.
Cuento con visitar hoy San Francisco y San Benito.
Le pido que me mande con urgencia las tarjetas de visita.
¿Cómo está usted? ¿Y Rosée? ¿Y Katucha? Muchos besos a ella.
Mil y mil besos para usted del hijo que mucho y mucho la quiere del fondo del corazón y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

A doña Lucilia no le pasaba desapercibido que los contactos realizados por el Dr. Plinio con personalidades eclesiásticas de influencia no se limitaban a simples visitas de cortesía. Tal vez ella no discernía con entera claridad el alcance de la guerra de bastidores que ya se trababa en los medios católicos, pero por las palabras de su hijo y por la intensa actividad desarrollada por él, notaba que algo importante se preparaba. Sería sólo dos años después que saldría a relucir esa pugna.
Mientras tanto, veamos otra tarjeta enviada por el Dr. Plinio, esta vez desde Santos, el 5 de julio de 1941. Durante esta estadía, por sus muchas ocupaciones, no le sobró tiempo sino para escribirle unas breves líneas a su madre:

Como ya hablé ayer dos veces con usted, hoy sólo va una tarjeta para decirle que estoy muy bien, pero con mil saudades de usted y de Papá.
Bendiga al hijo que la quiere muchísimo.

En los cuidados de la propia salud, preocupación por sus hijos

El precario estado de salud de doña Lucilia les causaba a sus hijos una constante aprensión, y les llevaba a no ahorrar esfuerzos ni recursos a fin de aliviarla, en todo lo que estaba a su alcance, de la penosa enfermedad de hígado que la acometía. Por tal motivo, nunca dejaron de proporcionarle largas permanencias en Águas da Prata, que redundaban en sensibles mejorías para ella.
Sin embargo, en la sinceridad de su desprendimiento, y más preocupada por los otros que por sí misma, doña Lucilia no quería ser un peso en el presupuesto de sus hijos. Tenía recelo de que hicieran excesivos gastos por ella y, como se puede comprobar por la afectuosa respuesta del Dr. Plinio, llegó a exteriorizar eso en una de sus cartas, infelizmente perdida:

Lucilia_correade_oliveira_004Santos, 27 de marzo [de 1942]
Mãezinha,
Recibí su última carta de la cual le debo decir francamente que, si una parte me agradó mucho, la otra no me desagradó menos. Me agrado mucho, claro está, saber que, gracias a Dios, usted se está sintiendo mejor.
Sin embargo, la forma por la que usted se refiere al interés que Rosée y yo tomamos por su salud me desagradó categóricamente. En todo, mi bien querido, es necesario ser lógico. En primer lugar, lo que Rosée y yo estamos haciendo no pasa de trivialidades, hechas ciertamente con gran afecto, pero que ni por eso dejan de estar en la órbita de las trivialidades. ¿Qué hay de más natural en que ella le lleve a su casa, y allá le dispense todo el cariño? ¿No es, pues, su hija? ¿Qué es ser hija? Por mi parte, ¿qué hay de más normal que emplear algún dinero para el bienestar de mi madre? Si el dinero que con el auxilio de Nuestra Señora he podido ganar, no se empleara con suma satisfacción en este asunto, merecería yo el castigo de que se me escapase enteramente de las manos, puesto que, gastándolo así, no hago otra cosa sino cumplir una obligación grave cuya observancia, por mi parte, es de esos “minimuns” que se exigen de cualquier persona de sentimientos corrientemente bien formados.
Por otro lado, aunque el sacrificio fuera grande, siendo para usted estaría idealmente bien, y no podría estar mejor. Si yo necesitara de usted un sacrificio pesado se lo pediría, y lo aceptaría con tan absoluta naturalidad, con tal seguridad de la entera dedicación con que usted lo prestaría, que ni se me ocurriría lamentarme por el caso. No sé por qué usted ha de imaginarse que la reciprocidad no debe ser la misma…
Así, mi bien, nada de lloriqueo, de lamentaciones, de agradecimientos. Agradezca simplemente a Dios y a Nuestra Señora que tengamos con qué enfrentar las necesidades, y pídales que continúe siempre siendo así. Por lo demás, el asunto está definitivamente terminado, ¿ha oído mi bien?

A continuación, la carta nos pone una vez más ante la perspectiva de la Segunda Guerra Mundial, en la que Brasil acababa de entrar. De hecho, tras haber mantenido, junto con el bloque macizamente católico de las naciones latinoamericanas, cierta neutralidad, nuestro país entró en la guerra cuando la opinión pública se puso contra el nazismo de modo definido. Solidario con los Estados Unidos, que acababan de sufrir el ataque de Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), Brasil rompió relaciones diplomáticas con los países del Eje.
A propósito de los nuevos panoramas, el Dr. Plinio comentaba en la misma carta:

[Imagino que le contaron] el excelente paseo que hicimos al fuerte Munduba (Frente a la isla de la Moela, en Santos). Era impresionante la sensación de, en pleno territorio nacional, encontrarnos en una auténtica “Maginot” excavada dentro de la propia roca, y conversar sobre la posible bajada de paracaidistas, la eventual llegada de escuadras extranjeras, la acción de la quinta columna en Santos, etc., etc. Es un nuevo capítulo que se abre, una nueva era en que entramos, en la historia nacional. En otros términos, empezamos a ser “gente”, a correr riesgos, a tratar de cosas serias, y la infancia política en que nuestra situación geográfica y nuestra debilidad nos colocaban parece haber cesado de una vez. Así se abre el capitulo: ¿Cómo terminará? ¿Cuál será el mapa del mundo cuando todo esto amaine? Es lo que sólo Dios sabe.

Debo llegar el martes, no sé bien a qué hora, pero seguramente después del almuerzo. Ahí mataremos, si Dios quiere, las saudades, que están hasta rindiendo intereses de tan grandes que son.
Papá ya debe haber llegado. Mándele un abrazo apretado. Para usted, mi bien querido, muchos y muchos besos y abrazos de su hijo saudosísimo que le pide respetuosamente la bendición.
Plinio
En la soledad de su cuarto, doña Lucilia debe haber leído y releído esas líneas innumerables veces, consolada por haber recibido de Dios un hijo tan dedicado y
generoso.

Nueva Mudanza

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

A principios de 1941, doña Lucilia se mudó de casa una vez más. La nueva vivienda, en la calle Sergipe nº 401, del barrio de Higienópolis, tenía la ventaja de estar situada en la misma calle en que vivía doña Rosée, lo que le facilitaba a ésta el hacer compañía a su madre durante las ausencias del Dr. Plinio. En esa época don João Paulo todavía ejercía la abogacía en São José do Río Preto, viviendo en São Paulo apenas durante cortas temporadas.
Poco después de la mudanza, doña Lucilia tuvo que despedir a una empleada. Sin embargo no tardó en aparecer a su puerta, ofreciendo sus servicios, una mujer alta, de cabellos rubios y ojos azules, hablando portugués con cierta dificultad y con una voz un poco estridente para oídos brasileños. Se llamaba Olga y era natural de Letonia, uno de los países bálticos que, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, había caído bajo la tiranía de la Rusia comunista.
Como es normal, doña Lucilia le hizo algunas preguntas para cerciorarse si convenía o no admitirla. Tras las primeras respuestas notó que la pobre Olga, además de poseer varias cualidades, había pasado por no pequeñas tragedias en la vida y, compadeciéndose de ella, decidió contratarla. Ante su bondad, Olga no vaciló en pedirle permiso para que viviera con ella su hija única, de siete años. Doña Lucilia, que sería incapaz de exigir que una hija estuviese separada de su madre, accedió de buena gana. A causa de los infortunios que se habían abatido sobre la infeliz, doña Lucilia la trataba con cariño, y fue conociendo poco a poco su larga espiral de sufrimientos, sobre los cuales ella aplicaba siempre el lenitivo de un buen consejo. Agradecida, Olga acabó nutriendo un respetuoso afecto por tan excelente señora, a quien sirvió dedicadamente durante más de veinte años.

Magnanimidades de otrora

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Entre las diversas anécdotas que doña Lucilia oía con gusto de los labios de su hijo, sin perder palabra, viene aquí al caso otra, también relacionada con el Consejero João Alfredo.
Un día, el Dr. Plinio, que acababa de asistir a Misa en la Catedral de São Paulo, se encontraba en la puerta de salida cuando se aproximó a él un señor de edad, aún robusto, vestido modestamente con ropas gastadas. Manifestó con amabilidad al Dr. Plinio el deseo de saludarlo y conocerlo personalmente, pues sabía que era el sobrino nieto del Consejero João Alfredo.
Le contó que éste había causado su empobrecimiento al hacer aprobar la Ley Aurea (Recibe este nombre la ley que, en 1888, abolió la esclavitud en Brasil). Explicó que en aquella ocasión era hacendado y dueño de esclavos y, con la libertad de éstos, justamente en la época de la colecta del café, perdió la mano de obra y nunca más pudo recuperarse del perjuicio sufrido.
— Vea usted cómo estoy vestido —dijo él—. A pesar de todo me gustaría saludarle y expresarle mi admiración por João Alfredo y por el bien que le hizo a los esclavos.
El Dr. Plinio le saludó efusivamente. Al volver a casa, relató lo ocurrido a una oyente que sabía valorar como nadie los gestos bellos y virtuosos… Ella, muy agradada con aquella actitud, elogió efusivamente la rara magnanimidad del hacendado empobrecido, el cual, sin duda, se benefició de sus oraciones.

La tranquilizadora presencia de doña Lucilia

cap10_019Los trabajos del despacho de abogado se sumaban a otras tareas que el Dr. Plinio ya desempeñaba. En efecto, además de ejercer el magisterio y ser director de una inmobiliaria, se había entregado en cuerpo y alma a la actividad apostólica, que lo absorbía mucho.
La justa celebridad que había alcanzado como líder católico le obligaba a comparecer a gran número de actos públicos en los medios religiosos, por lo que era frecuentemente invitado a hacer discursos y conferencias en los más variados ambientes.
A pesar de tan intensos trabajos, nunca salía de casa sin antes despedirse de doña Lucilia y decirle a dónde iba. Ella lo abrazaba, lo besaba, y después le daba la bendición. Un día, sin embargo, doña Lucilia notó que el Dr. Plinio había salido sin despedirse de ella. Tan sólo encontró, en lugar visible, una nota coronada por una pequeña cruz bajo la cual se leían las iniciales del lema de San Ignacio:

Ad Majorem Dei Gloriam. Mãezinha de mi corazón,

Hace como tres semanas marqué para hoy por la noche, a las ocho y media, una conferencia en la Escuela Paulista de Medicina en Villa Clementino. Después me olvidé de la fecha. Ayer me telefonearon recordándomela, y para allá voy con gran antecedencia (…). Por ésta, mi amorcito, le dejo mil y mil de los más cariñosos besos, pidiéndole disculpas y prometiendo volver luego que termine para matar las saudades (“Matar las saudades”: Expresión muy usada en Brasil para significar la alegría de estar de nuevo junto a un ser querido, cuya ausencia provoca una gran nostalgia).

Otro día ocurrió lo contrario. El Dr. Plinio no había aparecido por la mañana, a la hora habitual, para darle los buenos días. El tiempo pasaba y él no daba señales de vida. Doña Lucilia mandó a la empleada que viera la razón de esto, y la respuesta no tardó: la puerta del cuarto estaba cerrada y todo permanecía en silencio. Esta vez no era ninguna enfermedad lo que lo había postrado en la cama, sino el cansancio de una vida muy atareada. Le dijo entonces a la criada que golpeara la puerta y pasara por debajo una nota, escrita por ella, con el siguiente apelo:

¡Plinio, ya perdiste la clase, mira si no pierdes también el empleo! Levántate ya, te lo pido.

En realidad, la fatiga que postraba al Dr. Plinio no era sólo, ni principalmente, fruto de los muchos trabajos, sino de las innumerables batallas en defensa de la Fe. Pero, si el combate llevado a cabo con entusiasmo le pesaba en los hombros, la simple presencia de su madre lo compensaba todo, constituyendo un suave bálsamo. Lo sentía de manera especial cuando regresaba a casa desde el escritorio, ocasión en que se le hacía más patente el choque entre el frenesí de la calle y las bendiciones del hogar. Doña Lucilia pasaba buena parte del día rezando o leyendo, sentada en la mecedora que antaño había pertenecido a doña Gabriela. Alrededor de ella se creaba una atmósfera de indecible sosiego, opuesta al mundo agitado y tormentoso que se movía fuera de casa. Era como si una cúpula invisible, colocada por un ángel, protegiera aquel ambiente del conturbado torbellino de la vida. Quien penetrase en él, sentiría su alma inundada de paz. Una paz más tranquilizadora que dos o tres horas de descanso.

Intransigencia en la defensa de los principios

Así como sucedió durante la Primera Guerra Mundial, también ahora la opinión pública brasileña estaba dividida, aunque no sólo por motivos de preferencias culturales. Había un factor ideológico del cual, en conciencia, no se podía hacer abstracción: por ser el nazismo una doctrina condenada por la Iglesia, le estaba vedado a un católico darle cualquier tipo de apoyo.cap10_002
Un día, una persona de los círculos familiares de doña Lucilia, al visitarla, se declaró favorable al nazismo, enalteciendo sus sangrientos triunfos, además de manifestar el deseo de su victoria en todo el mundo. Y como si eso no bastase, introdujo un tema de otra índole, al afirmar que el divorcio sería una medida indispensable para solucionar los casos extremos en que los cónyuges no lograsen llevar una vida en común.
Esas afirmaciones contundían de frente a la doctrina católica. Y doña Lucilia, siempre tan afable, decidió defender con energía los buenos principios, dando origen a una viva discusión. Levantó la voz hasta el punto de ser oída en la sala de al lado —donde el Dr. Plinio preparaba una clase que iba a dar en la Facultad Sedes Sapientiae— sin perder, no obstante, ni el aplomo ni la dignidad. Era siempre el mismo amor a Dios que, de un lado, la movía a los mayores extremos de bondad, y, de otro, la llevaba a un no menor rechazo del mal.

Un retraso preocupante

Los acontecimientos de Europa, convulsionada por la guerra, hacían hervir aún más las polémicas en Brasil. El Dr. Plinio hacía de las paginas del Legionário la tribuna desde donde desafiaba a los enemigos de la Iglesia, comunistas y nazis.
Doña Lucilia, que seguía con mirada atenta las actividades de su hijo, medía bien los peligros a que se exponía. En una ocasión en que los ánimos estaban mas exaltados, unos extremistas adeptos del nazismo llegaron a hacerle amenazas de muerte al Dr. Plinio. Por eso, a la noche, doña Lucilia nunca se acostaba antes de que su hijo hubiera regresado a casa. Cuando él tardaba más de lo habitual, despertaba a don João Paulo con cierta aflicción y, para moverlo a tomar alguna medida, le preguntaba:
— ¿No tarda Plinio?
Él, como buen nordestino, inclinado al optimismo y a la despreocupación, intentaba calmarla, diciéndole:
— ¡Señora! Llega en cualquier momento.
Ese optimismo nunca fue desmentido por los hechos, ciertamente gracias a las fervorosas oraciones de doña Lucilia. Sin embargo, la placidez de su esposo no era suficiente para tranquilizarla, y replicaba:
sdl— ¡No! Nadie sabe lo que puede pasar…
Y continuaba rezando, confiante en la protección de la Providencia. A veces, cuando la salud se lo exigía, se recostaba en la cama y dejaba la luz encendida, esperando que el ruido de los pasos firmes de su hijo anunciara el fin de la vigilia. Después que el Dr. Plinio la saludaba y ella constataba con sus propios ojos su integridad física, si el tiempo todavía lo permitía, entablaban una pequeña conversación sobre las novedades del día, cómo había ido el trabajo, el apostolado…
Don João Paulo, a fin de convencer a su hijo de que regresase más temprano, le contaba algunas veces los temores de doña Lucilia con aquellas tardanzas. Sin embargo, las obligaciones para con la Causa de la Iglesia tenían precedencia, y no le permitían en absoluto cambiar sus horarios. Doña Lucilia comprendía que esto no podía ser de otra forma y nunca se quejaba, ofreciendo por su esposo y por sus hijos, al Sagrado Corazón de Jesús, el sacrificio que aquella situación representaba.
No obstante, una noche, las horas fueron pasando, y el Dr. Plinio no aparecía.
Siempre que era previsible algún atraso, él solía avisar a su madre para que no se preocupara; sin embargo, aquella noche ella no había recibido ningún aviso. Fácilmente podemos imaginar cuántas y cuán sombrías conjeturas pasaron por la mente de doña Lucilia. ¿Le habría ocurrido algún accidente a su hijo, o habría sufrido algún atentado? Como hacía siempre en las ocasiones de angustia, recurrió al Sagrado Corazón de Jesús; y a los pies de la imagen del Divino Redentor, ya sentada, ya de pie, fue desgranando con serenidad y confianza las cuentas del rosario.
Cuando las primeras claridades de la aurora comenzaron a ahuyentar las tinieblas, cerca de las cinco de la mañana, el Dr. Plinio finalmente llegó. Aún no había terminado de darle la vuelta completa a la llave en la cerradura, cuando ya doña Lucilia se dirigía a la entrada para recibirle. A las angustias de la larga espera, se sucedieron las alegrías de verle allí sano y salvo. Por eso, antes de hacerle cualquier pregunta, le recibió con cariño y, después de los primeros instantes de evidente alivio, le preguntó:
— Pero, hijo mío, ¿qué has hecho hasta ahora?
El Dr. Plinio le explicó en seguida el motivo de tan largo retraso: dos religiosos, por cuya Orden abogaba, habían ido a su despacho para tratar de algunos asuntos. La Orden a la cual pertenecían era uno de sus mejores clientes. Como los sacerdotes apreciaban una buena conversación, tras terminar la consulta iniciaron una charla que se prolongó hasta las cuatro y media de la mañana. Doña Lucilia, todavía un poco inconforme, replicó sorprendida:
— Pero, ¿¡sacerdotes en la calle hasta esas horas!?
— Sí, señora. Y era mi obligación atenderles. Aunque sólo fuera porque buena parte de mi abogacía depende de ellos.
Tranquilizada por la explicación, doña Lucilia decidió acostarse, no sin antes dar las gracias al Sagrado Corazón de Jesús por no haber sucedido nada grave.

La II Guerra Mundial: fin de una era

cap10_004A lo largo de los años que transcurrieron entre las dos conflagraciones mundiales, doña Lucilia pudo observar con tristeza cómo la nueva mentalidad liberal e igualitaria, difundida en todo el mundo civilizado, no hacía sino acentuarse, arrastrando a la humanidad en una alegre farándula, hacia el abismo de tragedias de las que la Segunda Guerra Mundial sería apenas el preludio. Mientras, por un lado, el progreso material crecía de modo embriagante y ofrecía a los hombres la perspectiva ilusoria de una felicidad sin límites al margen de la Ley de Dios, por otro, el abandono de los sagrados preceptos de esta misma Ley abría camino a hecatombes de consecuencias incalculables. Esto fue lo que el Dr. Plinio, en entera consonancia con la mentalidad de su madre, había previsto en 1929, diez años antes de estallar la guerra. En aquella ocasión escribía él en una carta a un amigo:

Mi querido [Fulano]
Cada vez se acentúa más en mí la impresión de que estamos en el umbral de una época llena de sufrimientos y de luchas. Por todas partes el sufrimiento de la Iglesia se hace más intenso y la lucha se aproxima más. Tengo la impresión de que las nubes del horizonte político están bajando. No tarda la tempestad, que deberá tener como simple prefacio una guerra mundial. Pero esta guerra esparcirá por el mundo entero tal confusión, que surgirán revoluciones por todas partes, y la putrefacción del triste “siglo XX” alcanzará su auge. Entonces surgirán las fuerzas del mal que, como los gusanos, sólo aparecen en los momentos en que culmina la putrefacción. Todo el “bas-fond” (Expresión francesa para designar a los estratos más corrompidos de la sociedad.) de la sociedad saldrá a la superficie, y la Iglesia será perseguida por todas partes. Pero… “Et ego dico tibi quia tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam mean, ET PORTAE INFERI NON PRAEVALEBUNT ADVERSUS EAM” (Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” Mt. 16, 18). Como consecuencia, tendremos “un nouveau Moyen Age” (Una nueva Edad Media.) o tendremos el fin del mundo. Esta es nuestra principal tarea: prepararnos para la lucha, y preparar a la Iglesia, como el marinero que prepara el navío antes de la tempestad.

cap10_007De hecho, precisamente diez años después, estalló la Segunda Guerra Mundial.
Uno de sus efectos más funestos será, en los años subsiguientes a ella, el empeño que pondrán las clases dirigentes de todo el mundo en impedir cualquier conflicto de ideologías, temerosos de la explosión de una nueva guerra, que sería ciertamente mucho peor que la anterior. Ese estado de espíritu abrirá las puertas a la aceptación de todas las renuncias en cuestiones doctrinarias, siempre que con ello se eviten polémicas y enfrentamientos.
Así, la Humanidad renunciará a la búsqueda de la verdad y a la lógica, bases de la razón, para correr tras la huidiza posición del término medio. El “lumen rationis” ( Luz de la razón) se apagará progresivamente dando origen a la “civilización del instinto”,expresada por completo, en sus principios y en sus formas de vida, por la Revolución de la Sorbona.
No es necesario decir cuánto se oponía doña Lucilia a ese modo de ser, que se propagaba por todas partes como un gas entorpecedor y contaminaba las mentes, obnubilándoles la razón. En esta íntegra dama las potencias del alma se regían por un perfecto equilibrio jerárquico. La inteligencia, iluminada por una ardiente fe, gobernaba por entero a la voluntad, y ésta a la sensibilidad. De ahí la firmeza de principios que la llevaban a una perfecta intransigencia en relación al mal, manteniendo siempre un temperamento sereno y benévolo en relación a aquellos que conservaban algo de bueno. Esto, más que nada, es lo que podemos admirar en doña Lucilia en este  período histórico.

La derrota de Francia y la toma de París

Doña Lucilia seguía paso a paso el desarrollo de los acontecimientos y de las convulsiones que sacudían al mundo en aquella conturbada época, pues percibía claramente la importancia de éstos para el futuro de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. Así, durante la guerra, después del cobarde aplastamiento de Polonia por los nazis mancomunados con los comunistas, y ante la indecisión de las grandes potencias europeas, los ejércitos germánicos volvieron sus cañones destructores contra Francia. En un ataque fulminante, la avasalladora ola de fuego y acero de los nazis hizo retroceder a las tropas francesas en desorden, obligando al Gobierno a abandonar París. La capital estaba amenazada por un feroz e implacable bombardeo que destruiría un gran numero de reliquias de la Cristiandad, si es que no borraba del mapa aquella joya de la Civilización. ¿Cuál sería la suerte de la cap10_005“Ciudad Luz”?
Bien sabemos lo que Francia significaba para doña Lucilia. Y, dentro de Francia, París, que ella había conocido en plena Belle Epoque, en su reluciente esplendor. Una eventual destrucción de la ciudad significaría no sólo la liquidación de edificios grandiosos por sus líneas arquitectónicas, sino también la pérdida de las incomparables obras de arte que ellos contenían. Sería la extinción del farol del buen gusto y del charme en el mundo. Doña Lucilia, que consideraba todo en su aspecto más elevado y por el lado sobrenatural, estaba segura de que los valores de Francia tenían su origen, en último análisis en lo alto del Calvario, donde el Divino Redentor sufrió y murió por nosotros.
La ruina de tal maravilla constituía para ella un sacrilegio. Por eso empezó a escuchar por la radio las noticias de la guerra, a fin de seguir de cerca cómo se jugaba el destino de París.
Después de un período de incertidumbre, la ciudad fue al final respetada, lo que le produjo una gran alegría. No obstante, la dejó entristecida el hecho de que Francia hubiera caído bajo la dominación nazi. A cierta altura de estos acontecimientos, doña Lucilia fue a pasar algunos días en Águas da Prata. Una ironía del Dr. Plinio, en una carta, nos hace ver cómo ella mantenía una posición definida y categórica contra el nazismo.

São Paulo, 1 de junio del 40
Mãezinha de mi corazón, Finalmente está llegando a su término la larga temporada de “castigo” en Prata que se impuso usted… o mejor, que nosotros le impusimos.
Espero que el próximo jueves ya esté de vuelta en el nido.
Mi pie ya está casi bien, aunque todavía no enteramente restablecido.
Tengo cierta desconfianza de que un músculo de la parte de atrás de la rodilla también sufrió una torcedura. Espero, sin embargo, que cuando la vaya a abrazar ya esté andando con paso ligero.
He pensado mucho en usted, al leer los desoladores triunfos alcanzados por su “amigo” Hitler.
Katucha obtuvo una medalla y es la primera en francés. Por lo demás, gracias a Dios, todo marcha satisfactoriamente. Mándele saludos a doña María, y acepte con mil y mil besos afectuosísimos todas las saudades del hijo respetuoso que le pide la bendición.
Plinio

En otra misiva, en que relata con todo lujo de detalles su vida diaria en Santos para que doña Lucilia lo siga con el pensamiento, el Dr. Plinio hace, de nuevo, una alusión de paso a la cuestión del nazismo.

cap10_006Mãezinha de mi corazón,
Dada la facilidad con que se llama por teléfono desde aquí para São Paulo, he cedido a la tentación de substituir las cartas por llamadas.
Esta es pues la primera carta que le escribo. La estadía ha sido excelente. El hotel, aunque fino como conviene, tiene el mérito inapreciable de no ser de nuevos ricos. La comida es buena y el aire del mar me abre mucho el apetito. A medianoche comemos siempre tarta de manzana con chantilly.
En materia de paseo, fui al fuerte de Itaipú, al caño de S. Vicente, al puente colgante, a la punta de la playa, al cerro de Sta. Terezinha, al Monte Serrat, a la Bertioga, a Guarujá… en fin, es imposible aprovechar mejor.
Noté que el reposo me hizo mucho bien.
¿Y usted cómo está, mi amor? ¿Cómo está nuestro “higadorio”? ¿Todavía entumecido por Hitler?
Aún no sé cuándo volveré: tal vez el lunes o el miércoles. Tengo más saudades de usted de lo que se puede imaginar. Con mil y mil besos afectuosísimos, le pide la bendición el hijo respetuoso que la quiere inmensamente.
Plinio

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.