Ayudando a una madre con la recuperación de su hijo

Doña Lucilia nunca se cansa de hacer el bien. Hasta se diría que está, en todo momento, buscando a algún necesitado al que pudiera socorrer. Y parece que tiene especial solicitud en relación con las madres que piden por sus hijos…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Nos cuenta Licia Aparecida Moreira, residente en la ciudad de São João do Itaperiú (Brasil), que a principios de noviembre recibió en su casa la visita de un par de misioneros de los Heraldos del Evangelio. En aquella circunstancia les narró una fatalidad por la que pasó su hijo Leonardo de Oliveira, de 23 años.

Sin duda, Dña. Lucilia seguirá ayudando en la completa recuperación de Leonardo
Leonardo de Oliveira junto con sus padres

El 2 de agosto de 2022, fue accidentalmente aplastado por una pesada plancha de hierro durante el trabajo, llegándose a fracturar dos vértebras y a quedarse sin el movimiento de sus miembros inferiores. Refiere Licia: «Perdió todo el equilibrio de su cuerpo, solamente permanecía sentado con nuestra ayuda, o apoyado en almohadas. No conseguía moverse por sí mismo, ni siquiera pasar de la cama a la silla de ruedas».

Tras haberles comentado a los misioneros esta preocupación suya y que estaba pensando buscar un tratamiento en otro estado, ellos le entregaron una fotografía de Dña. Lucilia, aconsejándoles —a la madre y al hijo— que le hicieran una novena a esta bondadosa señora, pidiéndole que intercediera en la recuperación del joven.

Unos días después, Licia envió un mensaje a los misioneros donde les comunicaba que la misma semana en la que los habían visitado, su hijo empezó a mostrar signos de mejoría: había adquirido más firmeza en su cuerpo, ya podía mantenerse sentado solo y desplazarse de la cama a la silla de ruedas; en fin, presentaba los primeros indicios de que podría volver a llevar una vida independiente. Y el 20 de diciembre comenzó a mover las piernas, ¡antes completamente inertes!

Aunque todavía falte un largo camino por recorrer para que Leonardo recupere la movilidad normal, Licia sigue rezándole a Dña. Lucilia y confiando en su intercesión, pues a ella le atribuyó estas auspiciosas mejoras, las cuales llenaron de esperanza a la familia.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

No es mera casualidad

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos».

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Carmen Iris Urbano Pacheco, de Perú, también nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia, que la socorrió con prontitud en un apuro económico.

Siendo propietaria de una tienda, cierto día le faltó el dinero necesario para saldar una deuda, de cuyo importe únicamente tenía la trigésima parte… Muy afligida, recurrió enseguida al amparo de Dña. Lucilia: «¿Y ahora qué hago? ¡Mamita, ayúdame! Tengo que pagar esa cuenta. ¡Ayúdame, ayúdame!».

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Doña Lucilia con su bisnieto

El proveedor de ventas al que le debía tal cantidad llegaría a su tienda a primera hora de la mañana para cobrar. Sin embargo, por diversas razones tan sólo se presentó en el local a las tres de la tarde. Carmen vio en ese imprevisto el auxilio de Dña. Lucilia, ya que en ese ínterin logró, con gran asombro, vender todo lo necesario para cancelar la deuda.

«No sé cómo, pero el hecho es que Dña. Lucilia me ayudó a reunir todo el dinero que me hacía falta. Ese día se lo agradecí mucho a ella, y siempre se lo agradeceré», declara llena de reconocimiento. Y concluye: «Cuando les conté este episodio a otras personas, me dijeron que no era una casualidad».

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos». Y deseosa de que otras personas se beneficien de ese maternal amparo, añade: «Sé que Dña. Lucilia, mi mamita, nos estará guiando a cada uno de nosotros y a todo aquel que anhela tener un corazón como el de ella, que es para nosotros un ejemplo».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

«Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia»

Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

La bondad de esta extremosa señora se manifestó también en Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Lima, la cual ya había sido favorecida por su intercesión en la curación de una toxoplasmosis ocular. Habiendo comprobado cómo Dña. Lucilia atiende a quien la busca, decidió pedirle ayuda con otro problema de salud.

Con inigualable solicitud, Dña. Lucilia atendió la petición que le fue hecha
Fátima Rodríguez con la biografía de Dña. Lucilia en sus manos

Así nos lo narra: «Hace unos años sufrí un accidente automovilístico y me llevaron a Urgencias. No me fracturé nada, pero quedé con el brazo derecho magullado». El dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo, especialmente durante el invierno o cuando sujetaba algo pesado; sólo podía levantar el brazo hasta cierta altura, sin contar con otras limitaciones motrices. Le diagnosticaron bursitis, acompañada de calcificación en el tendón subyacente. Se siguieron varias sesiones de fisioterapia, que aliviaban el dolor durante un tiempo, pero pronto volvía el mismo tormento. Hasta las mantas que le rozaban el brazo al acostarse eran un suplicio.

Un día por la mañana, mientras se quitaba el abrigo para empezar las tareas domésticas, hizo un movimiento brusco con el brazo y oyó un crujido en el hombro, seguido de un dolor tremendo. Con la otra mano intentó sujetar el brazo afectado y se dirigió a su habitación, donde esperó a que su esposo terminara de trabajar para almorzar y la llevara a Urgencias. Mientras tanto se confió a la divina voluntad del Señor y a la maternal intercesión de Dña. Lucilia.

Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención. Como sentía mucho dolor, quiso apartarlo y, en un acto reflejo, estiró el brazo derecho. Entonces se dio cuenta de que el dolor había desaparecido y que había recuperado el movimiento completo del miembro, una constatación acompañada de un gran consuelo sobrenatural.

Desde aquel día los constantes y agudos dolores que sufría no volvieron más. Y así termina Fátima su relato: «Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia. A veces basta con mirar su fotografía para sentir que me comprende, y entonces le comunico mis preocupaciones».

Y Fátima Rodríguez no es la única que tiene esta convicción. De hecho, todos los que acuden a Dña. Lucilia sienten los torrentes de amor y de bondad que de ella emanan, y adquieren la certeza de que jamás serán confundidos.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

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Peregrinando en la mirada de Doña Lucilia

Los ojos son la ventana del alma. De hecho, nada se compara a la mirada llena de unción de un alma virtuosa, cuya expresión transmite lecciones infinitas, eleva y santifica.

Creo que una de las cosas más pungentes en la vida es conocer una gran mirada –de una gran alma– y, de repente, verse privado de ella porque se cerró para siempre y el alma se fue a Dios. Aquello que se vio no se verá más, no se profundizará más, no se conocerá más como se debería haber conocido, y de ahí en adelante solo es la eternidad…

Comunicación de miradas más allá de la muerte

Mil veces yo peregriné dentro de los ojos de mi madre, pero ¡cuántas y cuántas veces, y a partir de cuántas puertas de esa mirada! Su mirada cuando me miraba, cuando yo la veía mirando dentro de mi mirada; su mirada cuando rezaba; su mirada vista de lado, su mirada vista por detrás, percibida apenas por imponderables, sin verla.

Cuando ella falleció yo me puse esta pregunta: “Para esta vida se terminó, se acabó, nunca más pasearé dentro de esta mirada y nunca más desvendaré esta alma… Ahora, Plinio, pregúntate: ‘¿Tú aprovechaste ese tesoro? ¿Miraste todo lo que tenías que ver y llegaste hasta su último conocimiento? ¿Serás capaz de hacer el viaje retrospectivo y complementarlo a  través de velos sucesivos?’” Yo me hice la pregunta distendido y calmado, en medio del llanto de la muerte. Y con toda serenidad me respondí a mí mismo: “Sí y enteramente.” ¡Se acabó, pero tengo todo, llevo todo, ojalá haya asimilado todo! Tal vez ella haya muerto a tiempo para comunicarme los últimos fuegos de una mirada en que la luz de la vida, el lumen rationis, cintilaban, pero aún tenían bellezas nuevas para comunicarme. Sin embargo, siento como si tal vez hace poco me hubiera comunicado con ella.

Una ventana de la eternidad que se abre

El otro día, un rayo de sol incidió sobre una fotografía de ella, abarcando inclusive las flores alrededor, que tomaron vida, parecían flores paradisíacas, iluminadas por dentro. ¡Algo extraordinario!

Si quisiéramos iluminar una foto, jamás conseguiríamos hacer algo parecido. Me acuerdo un poco de esas imágenes modernas que hay hoy en día en las calles, iluminadas por dentro. Pero era, sin comparación, mejor. Su fisionomía relució, dando la idea de una ventana de la eternidad que se abría, transmitía algo que no tiene nada que ver con esta Tierra. Me dio la impresión de que ella estaba tan viva que se diría que comenzaría a hablar con alguien que estuviera allí para hacerle una pregunta. Digo aún más: con una animación que años antes de su muerte ya no tenía, ya muy abatida por la edad.

Parecía bien dispuesta, hasta fuerte. Se diría que había pasado una temporada por fuera, que descansó…

Mirada de futuro, de metafísica y de fe

Hay otra mirada, de una fisionomía de ella a los cincuenta años. Es de tal seriedad, que podría ser colocada al lado de una foto de San Pío X o de San Charbel Makhlouf, aunque la mirada de él no tenga esa tristeza. Es una mirada ordenadora para nuestra alma y, puesta en un cuadro en un ambiente, influencia la sala, acompaña a las personas. Si alguien me pregunta cuál fue la influencia de Doña Lucilia en mi formación, yo diría: “¡Vea, ahí está!” Debemos sentirnos en casa en presencia de esa fisionomía, la cual se podría denominar: “Contra-Revolución tendencial.” Mi madre ejercía una acción pacificante ya a distancia. Eso es paz. Ella hizo una verdadera psicología con los brasileños, permitiendo que, antes de esa foto, nos llegara a las manos el “Quadrinho”1. Los dos cuadros hacen una combinación perfecta. El “Quadrinho” la refleja mucho más en la intimidad. El otro expresa su fisionomía cuando se encontraba en otros ambientes. Se ve que ella hace un esfuerzo para no romper lo que resta de amistad con los demás, para poder hacerles bien. La mirada refleja una visión del futuro, pero, sobre todo, en función de la ofensa a Dios, de aquello que ella veía en el Corazón de Jesús, entristecido por los pecados de los hombres. Es un acto de fe, de metafísica viva. Quien hizo ese acto de fe, tiene una limpieza del sentido metafísico colosal. Hay tal integridad, por donde vemos que ella era consciente de que, si aceptara, por ejemplo, una joya un poco moderna, quebraba la fe. Es la fisionomía más seria que vi en mi vida, al mismo tiempo con una calma extraordinaria, la cual se refleja mucho por el conjunto de la fisionomía y por todo el cuerpo, en el cual no hay un músculo contraído. Ella tenía una noción de delicadeza proveniente del hecho de ser muy digna, seria, siendo ella misma, no queriendo ser sino lo que era, sin ambición desmedida. No tenía jamás una sonrisa que significara cualquier connivencia con lo que hubiese de revolucionario en el ambiente. Es una fisionomía que nos prepara para los acontecimientos de Fátima.

El «Quadrinho»

Ejercicio para la visión beatífica

Así veo yo sucesivamente las miradas, las cosas que esta vida nos presenta. Eso es vivir. Y no hacer eso es no vivir. Hablar, en el fondo, es decir cosas de esas. Y quien nunca pensó ni vio, y no tuvo cosas semejantes en vista, y nunca hizo eso, de ese, yo tengo dificultad de explicarme a mí mismo cómo estará pronto para la visión beatífica. Porque la visión beatífica es eso: ¡ver a Dios cara a cara y peregrinar dentro de Él siempre, siempre, inmutable y nuevo para nosotros, afable, majestuoso, acogedor!

Y nosotros dentro de Él superponiendo aspectos sucesivos, para formar una cognición que nunca cesará. Porque jamás lo conoceremos en su totalidad. ¡Eso será nuestra alegría en el Cielo!

 (Extraído de conferencias del 23/12/1976, 7/3/1982 y 20/8/1987)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎