Fue a la consulta y allí mismo le hicieron las pruebas, que arrojaron un resultado inesperado.
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Solange Calero Chávez, residente en España, nos contó cómo Dña. Lucilia había socorrido a su hermana Yiceth en su recuperación de una delicada cirugía cerebral. Ahora nos relata una gracia obtenida por medio de esta bondadosa señora a favor de su sobrino Franko André Parra Flores, de 17 años, que vive en Perú.
«Una noche mi cuñada llamó por teléfono a mi esposo, un poco llorosa, y le dijo que había llevado a su hijo al médico por un problema en la mano, que le estaba doliendo mucho. Fue a la consulta y allí mismo le hicieron las pruebas, que arrojaron un resultado inesperado». En efecto, según la especialista, el joven había desarrollado el síndrome del túnel carpiano, ocasionado por la comprensión del nervio mediano, uno de los principales de las manos. Los síntomas provocan dolor, hormigueo, disminución de la sensibilidad en los dedos e incluso debilitamiento de la mano y entumecimiento muscular, creando dificultad de realizar algunos movimientos.
Al oír tal descripción, Franko se quedó muy angustiado y preocupado por su futuro, pues estaba estudiando ingeniería informática y robótica, y sus manos constituían su principal instrumento de trabajo. Innumerables dudas asaltaban al joven… ¿Cómo sería su vida a partir de entonces? Siendo aún tan joven, ¿por qué le sobrevino tal enfermedad? ¿Qué haría en aquella situación? Su madre, Rosana Flores de Parra, trataba de calmarlo, pero en vano.
Rosana le contó a su cuñada lo sucedido y ésta, intentando ayudarla, le aconsejó un «remedio» muy eficaz: «Le hablé de Dña. Lucilia, recordándole cómo había intercedido por mi hermana. Y le dije: “Voy a pedirle que interceda por Franko”. Me puse a orar en mi pequeño altar diciendo: “Doña Lucilia, protege a mi sobrino. Así como fuiste tan cuidadosa con tu hijo, el Dr. Plinio, por favor cuida de mi sobrino con tu santa intercesión maternal y, si fuese posible, pídele a nuestro Sagrado Corazón de Jesús que lo sane por completo».
Al terminar la oración, Solange telefoneó nuevamente a su cuñada, porque había tenido la idea de sugerirle que buscara la opinión de otro especialista. La tarde del día siguiente, recibía una llamada de Rosana con la siguiente noticia: «Le hemos consultado a otro neurólogo, le volvieron a hacer las pruebas a Franko y el médico nos dijo que el diagnóstico anterior estaba errado».
El doctor le recetó un antiinflamatorio. Con base en el análisis de los resultados de las pruebas hechas posteriormente, aseguró que los dolores que sentía el joven ciertamente se debían a una contusión sufrida durante la práctica de algún ejercicio físico. Para despejar cualquier duda, Rosana consultó a un tercer médico, quien le dio el mismo diagnóstico.
Todo indicaba que, desde el principio, Franko no padecía ninguna afección grave, pero no deja de ser significativo que todo se hubiera aclarado después de una fervorosa oración a Dña. Lucilia. Convencida de ello, Solange le dijo a su cuñada: «¡Ves la maravillosa intercesión de Dña. Lucilia! Por eso le tengo tanto cariño y fe. Siempre que le pido algo, ella me escucha».
Y así concluye su relato: «Gracias a los Heraldos del Evangelio por darme la oportunidad de conocer a esta magnífica mujer, a la cual no me canso de agradecerle lo que hizo por mí. Cada detalle de su vida es único y ejemplar. Mi familia y yo rezamos para que Dña. Lucilia sea elevada a los altares, por su gran amor».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)
Deseosa de manifestarle su gratitud, Cristiane Ramos Soares Carneiro, residente en la ciudad brasileña de Caieiras, nos envía un interesante relato de cómo esta madre caritativa siempre la atendió en momentos de necesidad.
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Doña Lucilia con su bisnieto
En septiembre de 2018 su esposo, teniente del Cuerpo de Bomberos, sufrió un accidente mientras combatía un incendio en un edificio de la zona centro de São Paulo. Él y otros miembros del equipo quedaron atrapados en la tercera planta. Cuando finalmente fue rescatado, tenía quemaduras, internas y externas, en cerca del 20 % del cuerpo. Dada la gravedad de la situación, fue intubado y llevado a la UCI del Hospital de las Clínicas. Allí estuvo casi un mes, siendo sometido a dolorosos tratamientos, como el de desbridamiento de la piel.
Cristiane no dejaba de rezar por su recuperación. «En determinado momento —nos cuenta ella—, le pedí a Dña. Lucilia que mi marido pudiera al menos salir de la UCI y pasar a una habitación, lo que facilitaría el contacto con la familia». Doña Lucilia superó todas sus expectativas: dos días después de haberlo pedido, su esposo no sólo salió de la UCI, sino que le dieron el alta. «Ése fue el primer gran milagro de Dña. Lucilia en beneficio de mi familia», concluía Cristiane, llena de gratitud.
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)
Doña Lucilia tenía un afecto penetrante, envolvente, constante, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Ese es el motivo intenso para tener una confianza especial en ella y en su poder impetratorio junto a Dios.
Es comprensible que un alma recta, virtuosa, habiendo ido al Cielo, pidiendo a Dios, reciba de su bondad tesoros enormes para distribuir a los demás, proporcionados a la voluntad que tuvo en la Tierra de hacer el bien.
Poder impetratorio de hacer el bien
¡El deseo de Doña Lucilia hacer el bien era enorme, torrencial! Yo no sé a quién ella no lo
Urbano ll
haya hecho, dando un buen consejo, una directriz, una orientación, una caricia, una limosna, arreglando una situación. De ahí deduzco que, en el Cielo, ella debe pedir eso ardentísimamente y debe tener un poder impetratorio muy grande en ese sentido. Con eso no quiero hacer una comparación entre ella y otras almas que están en el Cielo.
Es un poco como si yo tomara en consideración al Bienaventurado Urbano II, que tuvo el deseo ardiente de hacer la Cruzada. En el Cielo, su poder impetratorio para todos los que conducen luchas del tipo de las Cruzadas es especial. Lo que él quiso en la Tierra, en el Cielo le es dado en abundancia. Mi madre quiso hacer el bien con mucha amplitud y con una especie de incondicionalidad: la persona podía estar animada con relación a ella o con las intenciones más equivocadas, más ingratas. Su deseo de hacer el bien era el mismo. Por otro lado, ¡una compasión! Ella sentía en sí el dolor de los que estaban sufriendo, y fuese cual fuese la circunstancia, tenía la habilidad para decir una palabra, para introducir un afecto, de un modo tan extraordinario, que yo estimo que todo eso, a justo título, le sea dado realizar ahora. Eso es un motivo intenso para tener una confianza especial en ella, por su vínculo con nosotros.
Afecto envolvente y penetrante
¿Cuál es el punto más sensible para mí del beneficio que ella puede hacernos y me parece que ella hace, indiscutiblemente, si pedimos? De ella recibí, como hijo, toda especie de beneficios. Al menos los que la limitación de sus recursos le permitía hacer, ella los llevaba hasta el extremo. Ella era muy prudente: endeudarse, nunca, pero con lo poco que poseía, sabía hacer aquello rendir para que nos complaciera –a mi hermana y a mí– hasta el último punto.
Yo me acuerdo, por ejemplo, que al no tener dinero para comprarnos ciertos juguetes y a pesar de estar enferma del hígado, ella a veces se quedaba hasta la medianoche –horario muy tardío para aquel tiempo– o hasta la una o dos de la mañana, cortando unas figuritas de bailarinas, de vaquitas, de animales, cosas así, en papel crepé, siguiendo modelos, y después ella misma los pintaba, haciendo, con una especie de polvo de mica, un cinturón plateado, una corona dorada, y después nos los daba para que jugáramos. Ella se quedaba hasta tarde haciendo eso sola, con todo el mundo durmiendo. A esa hora ella no estaba rezando, sino trabajando por sus hijos, con una indulgencia y la elaboración de juguetes que llevaban a hacer bien al alma, ¡extraordinarias! Todo eso conducía a un punto: yo sentía en ella un afecto envolvente, penetrante, no en el sentido de un dardo, sino de un perfume, de un aroma penetrante y estable, que nunca tenía la menor disminución de afecto según el día o la hora, según las circunstancias o las condiciones de su hígado. Era siempre el mismo “mediodía”, nunca había alteración. Y amparándome en todas las condiciones. Le hiciese yo a ella lo que le hiciese, yo podía contar con ella hasta el fin.
Reflejo de la infinita bondad de Dios
No es fácil imaginar hasta qué punto eso estabiliza, hace bien al alma, airea –para usar un verbo que no existe–, “desentumora”, o sea, cura el tumor de cierta soledad de alma de quien nunca encontró algo así y para la cual la vida acaba siendo una cosa anti-axiológica. Me agradaba mucho ver cómo eso no quedaba en ella. Ella daba mucho valor a que la quisiéramos bien, pero si no la quisiésemos, su actitud era la misma, de un lado. De otro lado, quedar con rencor, con un punto adolorido, absolutamente no. La confianza que se podía tener en ella era como la que se podía tener en el eje del mundo.
Todos saben cómo es raro encontrar eso. Desde la primera infancia, siendo cargado en brazos, con penetración de niño, percibir eso es un beneficio que no tiene palabras. Creo que, si le pedimos, ella nos hace sentir eso con toda seriedad, con toda solidez. Yo percibía que la fuente de eso no estaba en ella, sino en el Sagrado Corazón de Jesús, por medio de Nuestra Señora. Por lo tanto, la fuente estaba en el Absoluto, en Dios mismo. Y era como palpar la propia bondad infinita de Dios. Eso era muy benéfico. Creo que, en el punto de partida de un gran número de defectos y de crisis espirituales, de cosas que una persona pueda tener, en el fondo hay esa sensación de aislamiento parcial o total. La verdad es que, cuando un fragmento está roto, el conjunto no vale nada. O eso es completo o no es nada. Eso fue lo que me llevó a colocarla, desde pequeño, por encima de todas las personas, debajo de Dios, en sus debidos términos debajo de la Iglesia, de las personas que constituyen la dirección de la Iglesia que, evidentemente, yo colocaba en el punto más alto de mi admiración y confianza. Ella misma me hacía ver así porque soplaba hacia allá, no se ponía como término final.
Relaciones basadas en el Sagrado Corazón de Jesús
Creo que es una experiencia para hacer, pues toda el alma se abre con otra concepción hacia la vida y a otra idea de lo que podría ser el Reino de María. Porque en el Reino de María las verdaderas relaciones de afecto serán basadas en el Sagrado Corazón de Jesús, en el Corazón Sapiencial de María. Son relaciones mucho más próximas a eso de lo que podemos imaginar y que se hacen sentir de un modo o de otro en todas las articulaciones de la vida, haciéndonos entender cómo existirán en el Reino de María ciertas situaciones que, fuera de ese clima, imaginaríamos incomprensibles. En fin, para todo ese género de cosas ella dirigía su atención, tendría comprensiones, tendría explicaciones, con modos de afabilidad sumamente curativos para cada circunstancia. Otro punto: a ella no le gustaba que se burlasen de las personas –los niños son tendientes a burlarse. Su tendencia era de intervenir con compasión y decir: “¡Pobrecito! Vea, tiene esto, tiene aquello”. Ella sabía mostrar un lado por donde se comprendía que no se debía hacer burla de aquella persona. Por naturaleza, Rosée, yo y nuestra prima, teníamos lenguas afiladísimas y hacíamos comentarios en su presencia. Ella iba oyendo y conversando, como una madre hace con sus hijos. Cuando llegaba una burla más puntuda –y yo era de los líderes de la punta– decía:
Otro aspecto era la melodía de su voz… No era propia para cantar en un teatro, pero era llena de afabilidad, por así decir, retórica, de una conversación individual. ¡Una cosa extraordinaria!
Todo eso debe aumentar la confianza en que seremos atendidos. También otro punto: si así era ella, ¿cómo será Nuestra Señora? ¡Si hubiésemos conocido a Nuestra Señora…! Ahí la “Salve”, el “Acordaos” y tantas otras oraciones toman todo su valor, todo su sabor, ¡toda su fuerza de confianza!
Al representar la última semilla de un árbol esplendoroso que moría, Doña Lucilia fue puesta por la Providencia en una situación intermediaria entre su generación y el pasado, donde la inocencia de su acción habría de echar raíces para un nuevo y glorioso árbol: el Reino de María.
Qué se daba con mi madre en lo que dice respecto a su inocencia?
Mirada puesta en un punto luminoso indefinido
En su alma había un esplendor. Es propio del Quadrinho1 indicarlo con perfección. A propósito, ese Quadrinho –como otras cosas que ella ha hecho– roza en lo milagroso, porque yo no puedo admitir que, con base en una fotografía, un pintor que nunca la vio le haya dado a él mucha más expresión de la que hay en la misma foto de ella. Lo que el cuadro tiene de imponderable es la mirada, manifestada por ella muchas veces, fija en un punto luminoso indefinido, el cual no se saciaba de ver y le llenaba el alma de luz.
Quadrinho
Ese punto luminoso indicaba que había en su interior una zona de meditación muy alta y continua, cuya acción sublimaba el alma, iluminándola y haciéndola cada vez más nívea. Sus cabellos blancos, ya al final de la vida, a veces me conmovían, porque parecían el resplandor de algo enternecedor y conmovedoramente plateado que ella poseía. Y da la impresión de que en el Quadrinho ella medita mirando una luz plateada.
Ejercicios de trascendencia al admirar la naturaleza
Había en su espíritu un punto altísimo: era el terreno de su inocencia. Me acuerdo de cierta vez haberla escuchado hablar con mi padre. Ambos estaban mirando el eterno panorama de los ancianos que no salen de casa: la plaza de en frente, una bonita puesta del sol vista a través de la arboleda, hacia el lado de la Rua Alagoas; la ciudad era menos contaminada que hoy.
A las tantas, ella le dijo a mi padre: “Esposo mío, ¡vea qué sol bonito viene ahí! ¡Qué puesta del sol maravillosa! Nosotros vamos a morir dentro de poco y le propongo que hagamos un trato: cuando hayan esas puestas de sol, aquel que se quede en la Tierra por más tiempo rezará un Avemaría por el otro.” Percibí por ese hecho cuánto representaba para ella aquel crepúsculo y qué alto ejercicio de trascendencia hacía en relación con algo de la naturaleza.
En otra ocasión, por cuestiones de seguridad, mandé cortar las ramas de un árbol que quedaba cerca a la casa. Ella no tenía noción del peligro que aquello representaba y percibí que el hecho de que ella no podría contemplar más las hojas de aquel árbol y la proyección de la luz que ellas hacían, trazando en la noche sombras en la pared blanca de mi sala de trabajo, era como algo del Cielo que se cerraba para ella. Y noté, en aquella mansedumbre eximia de ella, solo un “ay” de un cordero que recibía otra punzada y nada más.
Posición ápice de un alma
Mi madre era de la generación de mi abuela, pero a la manera de una simplificación: ella estaba entre su generación y la anterior, representando mucho del siglo XIX. Esta es la posición contrarrevolucionaria ápice de un alma: quedar a medio camino de la generación que la antecedió, sin ser una persona anacrónica, no siendo de ningún modo de su propia generación.
En el siglo XIX aún restaban muchos valores medievales que los hombres amaban sin verlos con claridad. Por ejemplo, en la perspectiva de Santa Teresita, ¿cómo sería propiamente la Edad Media? Vemos, sin embargo, que la unión de ella con su padre, Luis Martin, era por ver en él una gota de la Cristiandad medieval puesta en el siglo XIX, pero no como algo que se separó y perseveró. El siglo XIX todavía era rebosante de cosas medievales, de donde inclusive surgió un movimiento neogótico.
No quiero hacer una equiparación entre mi madre y Santa Teresita, pero describo un punto de semejanza. Santa Teresita no hizo grandes obras. Lo que ella tuvo fue una altísima inocencia, con la cual realizó actos que le dieron un valor insondable, los cuales, según su escuela y su doctrina, eran cosas comunes. No era común aceptar la muerte como ella la aceptó. Puede haber mucha gente que muera aceptando la muerte, incluso en términos edificantes. Pero Santa Teresita fue mucho más que eso.
Santa Teresita, creo yo, fue la última flor de Francia y, por eso, la última flor de la Cristiandad. Ella dio origen a una familia de almas universal y no más específicamente francesa, sino vuelta hacia el futuro. Es una semilla que quedó del árbol sacrosanto de Francia y dio origen a otras maravillas. En ese sentido, ¿qué fue mi madre para mí? ¿Qué relación tiene el campo de su inocencia con el de mi inocencia? ¿Y qué relación ese campo de inocencia tiene con su papel dentro de la Historia?
De la semilla modesta resurge la Cristiandad del Reino de María.
Mi madre retuvo sobre todo los lados buenos del siglo XIX, las tradiciones medievales todavía vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: ¡cómo se parece a mi madre! Sin embargo, mi madre no tenía una noción exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Ella fue un eco fidelísimo, aunque inconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonando el espíritu de la Edad Media, ella engendró a un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion, el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado, llorando por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería la aurora de la Edad Media resurrecta en el Reino de María.
La palabra guion dice poco: es la última semilla de un árbol esplendoroso que muere, pero del cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa semilla fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar atrás de sí otro rastro a no ser ese, pero dejando ese. Y ese es su gran papel histórico, su gran misión; y tal vez, sin saberlo, ella dio nacimiento a la Contra-Revolución
(Extraído de conferencia del 30/10/1977)
Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎