Una llama encendida en el Sagrado Corazón de Jesús

En más de una oportunidad tuve la ocasión de decir que mi madre era profundamente devota del Sagrado Corazón de Jesús. Ella demostraba esa devoción en casa por las oraciones que hacía, pero también, y de un modo tal vez más acentuado, cuando iba los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo la veía envuelta en el ambiente tan espléndido y peculiar de aquella iglesia, relacionado a fondo con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella rezaba ante su imagen, que se encontraba en la nave al lado izquierdo. Esa imagen es expresiva, de estilo artístico “sulpiciano”; no obstante, piadosa, muy respetable. Mi madre terminaba de asistir a Misa y se dirigía hacia allá. La imagen tenía la intención de mostrar el Sagrado Corazón de Jesús como es, o sea, un símbolo del amor misericordioso que Nuestro Señor tiene para con sus criaturas, en especial hacia los católicos. Él la hacía sentir ese amor, esa dulzura, esa suavidad. Era una gracia que ella recibía allí.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Sao Paulo

Por otro lado, en casa, ante una imagen pequeña del Sagrado Corazón de Jesús que había en un oratorio en su cuarto, mi madre rezaba mucho también y se entregaba a la misma actitud espiritual. En aquella posición suya de oración, yo notaba mucho que lo que ella tenía de mejor no era suyo, era algo que el Sagrado Corazón de Jesús le pasaba. Más o menos como una vela bonita, recta, blanca, de buena fabricación, pero apagada, que alguien acercaba a una hoguera; el fuego pasa de la hoguera a la vela, que es encendida por una llama que la va a consumir por entero. Así también se da con nosotros: nosotros somos velas y recibimos la llama de la Hoguera de las hogueras, que es el Sagrado Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad.

La caridad es el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. Ese “horno ardiente de caridad” comunica su llama y la vela pasa a vivir de eso. Yo notaba que, cada vez más, Doña Lucilia iba viviendo de lo que recibía del Corazón de Jesús, a ruegos, es evidente, de Nuestra Señora, porque todo lo que viene de Jesús Nuestro Señor pasa por Ella. Y la vida de mi madre era quemarse delante del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo hacía un raciocinio así: ¿por qué esa imagen produce ese efecto? Porque ella expresa una enseñanza de la Iglesia con respecto a cómo es el Corazón de Jesús. Eso fue deducido de los Evangelios, fue escrito, pasado a un lenguaje corriente. La Iglesia hacía lo posible para que esas enseñanzas contagiaran a todos los católicos, su misión era principalmente esa. Entonces, la Iglesia inspiraba la hechura de la imagen, la construcción de un edificio consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, y determinaba que aquella imagen fuese expuesta allí para la veneración de los fieles, lo cual significaba que ella quería que los fieles fuesen así.

Luego, por detrás de todas esas realidades, había una más alta: la Iglesia Católica quería eso, pero lo quería casi como una criatura humana lo quiere. Ella, templo del Espíritu Santo, quería que eso fuese así, con un querer inspirado por el Espíritu Santo. Todo eso, con todas sus sublimidades, perfecciones, excelencias, provenía de la Iglesia. Y había en ella un principium vitæ –un principio de vida– que es el Divino Espíritu Santo, el propio Dios, inspirando todo aquello que los hombres que la dirigían hacían para llevarla a la realización de sus sublimísimas finalidades.

El conjunto de esa enseñanza, de la grey enorme de fieles especialmente fieles al Sagrado Corazón de Jesús, formaba un todo con la Iglesia Católica. Yo debería amarla con un amor mayor que aquel con el que amaba a mi madre y amaba a las otras personas a quien yo quería porque eran devotas del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia es el principio de vida superior a todo eso.

En mi madre, yo veía el espejo del Sagrado Corazón de Jesús y de todo cuanto esa devoción enseña. Encontraba en ella un reflejo de aquello que yo contemplaba en las imágenes del Corazón de Jesús, de lo que había aprendido en la Historia Sagrada, en el Catecismo y, en fin, en las vidas de los santos y en aquello que rodeaba mi vida religiosa. Yo notaba mucho todo eso en ella y, por un principio de coherencia, si me gustaba tanto que esas cosas fuesen así, no me podía dejar de gustar mucho que ella fuese así. Y el fondo de mi amor a ella era ese. Es evidente que el hecho de que ella fuese mi madre colaboraba con eso, pero de una manera muy secundaria. El hecho fundamental es que yo la amaba más como hija de la Iglesia que como mi madre. Esa influencia suya pasaba a mí, pero yo era como un pabilo ávido de la llama. Yo quería esa influencia, me abría a ella y, mientras estaba con ella lo máximo que podía, yo reforzaba esa influencia en mí, en la lógica del elemento primordial que es el gran amor que yo tenía a Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia y, por lo tanto, a Nuestro Señor Jesucristo, Hombre Dios, a Nuestra Señora, al Divino Espíritu Santo.

Oratorio con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doña Lucilia

En contacto con el mundo moderno, a través del Colegio San Luis que cursaba, yo sentía mucho la modernidad de las cosas y todo el mal que había en eso. Ella sentía el mal que había en eso. Ella sentía la modernidad, de algún modo, en el ambiente general donde ella y toda la ciudad de São Paulo estaban inmersos. Pero ella no llegaba a comprender, al comienzo, toda la malicia de eso. Y no comprendía, por lo tanto, el carácter militante que yo tenía como católico. A ella le parecía bueno, pero no percibía hasta qué punto ese aspecto debería ser predominante para quien estaba llamado a vivir en el tiempo en que yo viví sin ella y no en el tiempo en que vivíamos juntos. Por ejemplo, de las abominaciones de nuestros días. ella no llegó a tener conocimiento. De un modo vago, de conjunto, cierta noción sí, pero la idea propiamente, no. Lo cual también se debía, en parte, a la configuración de su espíritu: muy comedido, moderado no diría, pero prudente, y en el cual las realidades aparecían con matices muy delicados. También es propio del ser femenino. Y en mí, por el contrario, las realidades aparecían, desde luego, con colores fuertes. Yo solo juzgaba que una determinada realidad había sido bien comprendida por mí, cuando comprendía por entero lo que tenía de bueno, en qué era opuesta al mal que circulaba en nuestra época a ese respecto. Era la Revolución y la Contra-Revolución que, de niño, por la bondad de Nuestra Señora, mi espíritu iba tejiendo, sin percibir lo que hacía. Entonces, deseo de destruir, entiéndase bien, no de destruir por destruir; era el deseo de destruir aquello que destruye. Es más o menos como una persona que ve una casa antigua, buena, pero toda carcomida por las polillas y percibe que ellas, de un modo inevitable, van a contagiar y destruir todas las otras casas del barrio.

La persona que perciba eso quiere la destrucción de la casa foco de las polillas. No por el gusto de destruir, sino porque en aquella casa está un principio, un elemento activo de destrucción que va a liquidar, y contra eso yo me erguía indignado. Con mi madre yo me abría por entero, hablaba de las Cruzadas… ¡de cuántas cosas! Ella lo aprobaba, pero no llegaba a comprender hasta qué punto aquello debía ser de esa forma. Ella no tendría contra eso una objeción, sino una zona de admiración menor.

Con el correr del tiempo y viendo, por ejemplo, las abominaciones que hacían los comunistas, y después, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis, ella fue comprendiendo la inmensidad de maldad que había entrado por toda parte, además de la “hollywoodización”.

Muy temprano surgió en mi alma una lamentación: la Iglesia del Corazón de Jesús estaría perfecta, pero faltaba algo para ser enteramente de mi gusto. Esa cosa era, por ejemplo, una bella alabarda atada con una cinta bonita y varonil –nada de cinta de cabello de niña– junto a cada confesionario.

Eso, con el tiempo, Doña Lucilia lo fue comprendiendo.

(Extraído de conferencia del 4/1/1995)

Por su intercesión estamos aquí

Mientras realizaba las pruebas preoperatorias, Ana hizo un rápido viaje a São Paulo, durante el cual tuvo la oportunidad de visitar una de las casas de los Heraldos y conversar con un sacerdote de la institución.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ana Karina Bueno con su hija

De Recife (Brasil) nos escribe Ana Karina Bueno para contarnos la curación de una enfermedad, conseguida por intercesión de Dña. Lucilia:

«Estuve con mi médica para hacerme los exámenes de rutina y, en la ultrasonografía, apareció un aumento en uno de los ovarios. Lo que debería ser seis centímetros cúbicos estaba con cuarenta. La doctora, al desconfiar de la ultrasonografía, por no ser una prueba de tanta precisión, pidió una resonancia magnética con contraste que haría en otro laboratorio de mayor fiabilidad. El resultado no sólo vino a confirmar el primero, sino también indicó que se trataba de un aumento a sesenta centímetros cúbicos. Es decir, estaba diez veces más grande de lo normal.

«La médica me envió al cirujano, quien me comentó la necesidad de extirpar ese ovario e incluso hasta el propio útero, dependiendo de cómo estuviera en el momento de la operación».

Mientras realizaba las pruebas preoperatorias, Ana hizo un rápido viaje a São Paulo, durante el cual tuvo la oportunidad de visitar una de las casas de los Heraldos y conversar con un sacerdote de la institución:

«Le conté todo lo ocurrido, le pedí su bendición y él en ese mismo instante la concedió, rogando la intercesión de Dña. Lucilia».

Al regresar a Recife y concluidos los exámenes preoperatorios le señalaron el inicio del procedimiento quirúrgico:

«Fui hacia la operación pidiendo que ella, Dña. Lucilia, estuviera conmigo. Y para sorpresa de todos —más aún del médico, que no entendía nada— no había ninguna alteración en mi ovario. Estaba en su tamaño normal y podría quedarme embarazada nuevamente si quisiera».

Admirada, le llevó las imágenes de la cirugía a la doctora que antes le había atendido para informarle de lo acontecido:

«La médica se quedó sin saber qué decir cuando vio el vídeo, pues pensaba que yo quería aclaraciones. Me dijo que no sabía cómo explicar el hecho».

Reconocida por el enorme favor obtenido de Dña. Lucilia, afirma: «Sabía perfectamente y no tuve ninguna duda de que fui curada en la bendición que recibí. Por su intercesión estamos aquí y tengo fe de que ella estará ayudándome nuevamente para que mi bebé esté bien de salud».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)

Amor maternal, que le devolvió la paz y la vida

Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

También Flavia Emilia Duarte, de Campo Grande, nos escribe a fin de mostrar su gratitud por el amparo recibido de Dña. Lucilia, durante un período atribulado de su vida:

«Hace algunos años, en medio de una crisis de jaqueca, dolores de pecho, hormigueo en los brazos y de varias idas a Urgencias, me diagnosticaron agotamiento físico seguido de agotamiento mental. En un primer momento, buscamos un tratamiento psicológico; pero las crisis continuaban. Tenía miedo de enloquecer. Los síntomas bombardeaban mi cuerpo y, sobre todo, la mente.R235-D-LDL-Dona-Lucilia-700x537

«Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico. Empecé entonces a tomar la medicación prescrita. Tenía días buenos, seguidos de días pésimos. Los medicamentos amenizaban los síntomas, aunque no impedían las crisis.

«Llevaba así un año y ya tenía un viaje programado a São Paulo —nuestra familia iba a participar en una romería a Aparecida, con los Heraldos del Evangelio—, cuando una crisis muy fuerte de pánico me mandó nuevamente al hospital. Sentía que todo mi cuerpo hormigueaba, la consciencia llegaba a faltarme, conseguir respirar era prácticamente imposible. Me recetaron otro ansiolítico, y resolvimos seguir con la idea del viaje».

Durante el trayecto, Flavia recibió una fotografía de Dña. Lucilia y, encantada con aquella mirada bondadosa que tanta paz le traía, decidió recurrir a su intercesión:

«Al regresar a casa, después de una jornada más de terribles síntomas, decidí coger aquel pequeño retrato y pedirle ayuda a Dña. Lucilia. Le rogué que me quitara la “sensación de no saber respirar”. Podría continuar con los demás síntomas, pero ese era el peor de todos, ¡me restaba paz! Puse la foto debajo de la almohada y, cuál no fue mi sorpresa, al despertarme y percibir que aquel desconsuelo había desaparecido. Pasaron los días y ninguno de los síntomas volvieron a manifestarse, ¡estaba curada! Dejé entonces los medicamentos y hoy llevo una vida normal, gracias al amor maternal de aquella señora que me devolvió la paz y la vida».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)

Armonía, esplendor y delicadeza de matices

Mi madre era eminentemente, en el buen sentido de la palabra, sensible a millares de cosas.

Por ejemplo, una flor que se le diera. Su hábito era, si era una flor bonita, excepcional, parar, contemplarla por un buen período, quieta, sonriendo. Después de analizarla, a veces pasaba muy ligeramente un dedo en uno u otro punto y después ,con toda naturalidad, comentaba algún aspecto. No sabría expresar el ejercicio de trascendencia hecho por ella, pero ella decía algo como: “Mira la belleza de tal estría de tal pétalo, tal tonalidad…” Se diría, por todos sus comentarios, que era muy sensible, especialmente a las cosas delicadas; y que todo lo que significase delicadeza de alma, matices, buena medida de las cosas, proporciones adecuadas, armoniosas, todo lo que significase armonía era su luz primordial. Eso es verdad solo en parte. Porque yo la vi extasiarse con cosas maravillosas de un modo tal, que solo de hecho con la ayuda de la gracia se puede explicar por entero. En el tiempo en que ella estaba viva, São Paulo no tenía tanta contaminación como tiene hoy. Y el movimiento de automóviles de nuestro barrio era mucho menor, siendo el aire mucho más puro. En cierta época del año, cuando el sol se pone, aparece por encima de la Rua Alagoas. Y en el andén vecino al jardín de la Plaza Buenos Aires, hay una extensión grande de árboles, hoy ya medio viejos, que en aquel tiempo estaban en todo su verdor. Al ponerse el sol, los árboles forman una especie de cúpula y por debajo se veían rayos de luz que entraban. Ella se quedaba de pie junto a la ventana, mirando largamente, extasiada. Yo veía que allí la extasiaba el esplendor, junto con el juego delicado de matices, a medida que el esplendor se iba atenuando y transformándose en delicadeza, porque el sol, cuando se va poniendo, se pone con delicadeza. Ella se extasiaba con eso.

Hotel Gloria a fines de la década de 1920

Pero yo nunca la vi, delante de una cosa natural, tan extasiada como cuando la llevé a Rio de Janeiro, para asistir a mi posesión como diputado. Le conseguí uno de los mejores cuartos del Hotel Gloria. En aquel tiempo el Gloria y el Copacabana eran los dos mejores hoteles de Rio, por lo tanto, los mejores de Brasil. Y le conseguí un cuarto excelente, de frente, que permitía ver bien el mar. El mar, con las reformas que hicieron, está lejos del hotel, pero en aquel tiempo casi golpeaba, por así decirlo, al hotel. A unos diez metros del hotel ya había mar, con apenas lo necesario para que pasase una avenida estrecha y un espacio pequeño para que los automóviles parasen y dejasen a los huéspedes. En el cuarto donde ella se quedó eso no se veía. Se veía directamente el mar. Se podía tener la ilusión de estar en alta mar. Ella se quedaba mirando la belleza de la playa de Flamengo y de aquella ladera, que en aquel tiempo tenía también un diseño diferente, muy bonito, Ella tuvo una pequeña indisposición del hígado y dos o tres días que pasamos en Río los pasó casi todos en el cuarto. Pero estaba satisfecha con esa circunstancia, porque se quedaba sentada junto a la ventana, en esas sillas mecedoras, para hacerle bien al hígado, horas y horas, sola y sin tener qué decir de la belleza del panorama. Yo me veía obligado a entrar y salir para una cosa u otra, etc. Allá estaban mi hermana, mi padre, que entraban y hablaban un poco con ella. Ella enmudecía la conversación para mirar el panorama, embriagada con el Flamengo, mucho más bonito en aquel tiempo que hoy. Delante del hotel había dos palmeras –no eran palmeras imperiales, pero tendían a eso– altas y que se intercalaban sobre el panorama del mar. A ella le gustaba mirarlas. Después llegaba la luna. Ella después daba un relato de todo eso. Y así se iba complaciendo mucho.

(Extraído de conferencia del9/4/1983)