Armonía, esplendor y delicadeza de matices

Mi madre era eminentemente, en el buen sentido de la palabra, sensible a millares de cosas.

Por ejemplo, una flor que se le diera. Su hábito era, si era una flor bonita, excepcional, parar, contemplarla por un buen período, quieta, sonriendo. Después de analizarla, a veces pasaba muy ligeramente un dedo en uno u otro punto y después ,con toda naturalidad, comentaba algún aspecto. No sabría expresar el ejercicio de trascendencia hecho por ella, pero ella decía algo como: “Mira la belleza de tal estría de tal pétalo, tal tonalidad…” Se diría, por todos sus comentarios, que era muy sensible, especialmente a las cosas delicadas; y que todo lo que significase delicadeza de alma, matices, buena medida de las cosas, proporciones adecuadas, armoniosas, todo lo que significase armonía era su luz primordial. Eso es verdad solo en parte. Porque yo la vi extasiarse con cosas maravillosas de un modo tal, que solo de hecho con la ayuda de la gracia se puede explicar por entero. En el tiempo en que ella estaba viva, São Paulo no tenía tanta contaminación como tiene hoy. Y el movimiento de automóviles de nuestro barrio era mucho menor, siendo el aire mucho más puro. En cierta época del año, cuando el sol se pone, aparece por encima de la Rua Alagoas. Y en el andén vecino al jardín de la Plaza Buenos Aires, hay una extensión grande de árboles, hoy ya medio viejos, que en aquel tiempo estaban en todo su verdor. Al ponerse el sol, los árboles forman una especie de cúpula y por debajo se veían rayos de luz que entraban. Ella se quedaba de pie junto a la ventana, mirando largamente, extasiada. Yo veía que allí la extasiaba el esplendor, junto con el juego delicado de matices, a medida que el esplendor se iba atenuando y transformándose en delicadeza, porque el sol, cuando se va poniendo, se pone con delicadeza. Ella se extasiaba con eso.

Hotel Gloria a fines de la década de 1920

Pero yo nunca la vi, delante de una cosa natural, tan extasiada como cuando la llevé a Rio de Janeiro, para asistir a mi posesión como diputado. Le conseguí uno de los mejores cuartos del Hotel Gloria. En aquel tiempo el Gloria y el Copacabana eran los dos mejores hoteles de Rio, por lo tanto, los mejores de Brasil. Y le conseguí un cuarto excelente, de frente, que permitía ver bien el mar. El mar, con las reformas que hicieron, está lejos del hotel, pero en aquel tiempo casi golpeaba, por así decirlo, al hotel. A unos diez metros del hotel ya había mar, con apenas lo necesario para que pasase una avenida estrecha y un espacio pequeño para que los automóviles parasen y dejasen a los huéspedes. En el cuarto donde ella se quedó eso no se veía. Se veía directamente el mar. Se podía tener la ilusión de estar en alta mar. Ella se quedaba mirando la belleza de la playa de Flamengo y de aquella ladera, que en aquel tiempo tenía también un diseño diferente, muy bonito, Ella tuvo una pequeña indisposición del hígado y dos o tres días que pasamos en Río los pasó casi todos en el cuarto. Pero estaba satisfecha con esa circunstancia, porque se quedaba sentada junto a la ventana, en esas sillas mecedoras, para hacerle bien al hígado, horas y horas, sola y sin tener qué decir de la belleza del panorama. Yo me veía obligado a entrar y salir para una cosa u otra, etc. Allá estaban mi hermana, mi padre, que entraban y hablaban un poco con ella. Ella enmudecía la conversación para mirar el panorama, embriagada con el Flamengo, mucho más bonito en aquel tiempo que hoy. Delante del hotel había dos palmeras –no eran palmeras imperiales, pero tendían a eso– altas y que se intercalaban sobre el panorama del mar. A ella le gustaba mirarlas. Después llegaba la luna. Ella después daba un relato de todo eso. Y así se iba complaciendo mucho.

(Extraído de conferencia del9/4/1983)

Inesperados obstáculos en plena negociación de una venta

Había ocurrido un radical e inexplicable cambio de comportamiento de parte de él. De inmediato asocié ese cambio a una intervención de Dña. Lucilia.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

La familia de María Baghdikian, de São Paulo, se encontraba en una delicada situación financiera cuando decidió vender un inmueble recibido en herencia. Un inesperado percance, no obstante, vino a amenazar el éxito del negocio:

«Conseguimos un comprador, acordando entregarle el inmueble completamente desocupado en el plazo de tres meses. La planta baja del mismo estaba ocupada por nosotros. La parte superior estaba alquilada a una persona que desde el inicio del arrendamiento conocía nuestra intención de venderlo. Este inquilino, con quien teníamos una antigua relación de buena confianza, había asumido el compromiso de desalojarla en caso de venta, de modo que no pusiera trabas.

«Sin embargo, a partir del momento en que se cerró el contrato, pasó a adoptar un comportamiento negativo: extremamente agresivo, se oponía a desalojar el inmueble, de manera que hacía inviable la venta».

Le agradezco a ella su bondad y rapidez con las que me socorrió

En ese momento de tensión fue cuando un pariente le aconsejó a María que recurriera a la intervención de Dña. Lucilia, con el fin de que se solucionara a tiempo:

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«Intentamos convencerlo de que cumpliera lo acordado verbalmente. Pero las conversaciones se fueron complicando y transformándose en discusiones y fricciones. Así, el tiempo iba pasando, el plazo final para la entrega de la propiedad se acercaba y el riesgo de perder la venta se volvía cada vez más real debido a la creciente obstinación del inquilino.

«Faltaban diez días para que terminara el plazo y tuvimos una áspera discusión, en la que él se comportó de forma mucho más agresiva y vulgar.

«Extremadamente afligida, decidí hablar con mi tío para preguntarle si tendría alguna idea o sugerencia que darme. Viendo que no se resolvería el problema sino era a través de la vía judicial, solución que al demorarse mucho tiempo podría invalidar el contrato, me sugirió que recurriera a Dña. Lucilia.

«Recé, inmediatamente, tres rosarios para pedirle su intercesión. Poco después se presentó el inquilino, de modo inesperado, en la planta baja del inmueble, donde me encontraba, y espontánea y sorprendentemente me dijo que iba a desocupar la vivienda.

«Había ocurrido un radical e inexplicable cambio de comportamiento de parte de él. De inmediato asocié ese cambio a una intervención de Dña. Lucilia. Le doy gracias a Dios por el favor que me hizo por intercesión de ella y a ella le agradezco su bondad y rapidez con las que me socorrió».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)

Ayudando a una madre con la recuperación de su hijo

Doña Lucilia nunca se cansa de hacer el bien. Hasta se diría que está, en todo momento, buscando a algún necesitado al que pudiera socorrer. Y parece que tiene especial solicitud en relación con las madres que piden por sus hijos…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Nos cuenta Licia Aparecida Moreira, residente en la ciudad de São João do Itaperiú (Brasil), que a principios de noviembre recibió en su casa la visita de un par de misioneros de los Heraldos del Evangelio. En aquella circunstancia les narró una fatalidad por la que pasó su hijo Leonardo de Oliveira, de 23 años.

Sin duda, Dña. Lucilia seguirá ayudando en la completa recuperación de Leonardo
Leonardo de Oliveira junto con sus padres

El 2 de agosto de 2022, fue accidentalmente aplastado por una pesada plancha de hierro durante el trabajo, llegándose a fracturar dos vértebras y a quedarse sin el movimiento de sus miembros inferiores. Refiere Licia: «Perdió todo el equilibrio de su cuerpo, solamente permanecía sentado con nuestra ayuda, o apoyado en almohadas. No conseguía moverse por sí mismo, ni siquiera pasar de la cama a la silla de ruedas».

Tras haberles comentado a los misioneros esta preocupación suya y que estaba pensando buscar un tratamiento en otro estado, ellos le entregaron una fotografía de Dña. Lucilia, aconsejándoles —a la madre y al hijo— que le hicieran una novena a esta bondadosa señora, pidiéndole que intercediera en la recuperación del joven.

Unos días después, Licia envió un mensaje a los misioneros donde les comunicaba que la misma semana en la que los habían visitado, su hijo empezó a mostrar signos de mejoría: había adquirido más firmeza en su cuerpo, ya podía mantenerse sentado solo y desplazarse de la cama a la silla de ruedas; en fin, presentaba los primeros indicios de que podría volver a llevar una vida independiente. Y el 20 de diciembre comenzó a mover las piernas, ¡antes completamente inertes!

Aunque todavía falte un largo camino por recorrer para que Leonardo recupere la movilidad normal, Licia sigue rezándole a Dña. Lucilia y confiando en su intercesión, pues a ella le atribuyó estas auspiciosas mejoras, las cuales llenaron de esperanza a la familia.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

No es mera casualidad

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos».

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Carmen Iris Urbano Pacheco, de Perú, también nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia, que la socorrió con prontitud en un apuro económico.

Siendo propietaria de una tienda, cierto día le faltó el dinero necesario para saldar una deuda, de cuyo importe únicamente tenía la trigésima parte… Muy afligida, recurrió enseguida al amparo de Dña. Lucilia: «¿Y ahora qué hago? ¡Mamita, ayúdame! Tengo que pagar esa cuenta. ¡Ayúdame, ayúdame!».

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Doña Lucilia con su bisnieto

El proveedor de ventas al que le debía tal cantidad llegaría a su tienda a primera hora de la mañana para cobrar. Sin embargo, por diversas razones tan sólo se presentó en el local a las tres de la tarde. Carmen vio en ese imprevisto el auxilio de Dña. Lucilia, ya que en ese ínterin logró, con gran asombro, vender todo lo necesario para cancelar la deuda.

«No sé cómo, pero el hecho es que Dña. Lucilia me ayudó a reunir todo el dinero que me hacía falta. Ese día se lo agradecí mucho a ella, y siempre se lo agradeceré», declara llena de reconocimiento. Y concluye: «Cuando les conté este episodio a otras personas, me dijeron que no era una casualidad».

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos». Y deseosa de que otras personas se beneficien de ese maternal amparo, añade: «Sé que Dña. Lucilia, mi mamita, nos estará guiando a cada uno de nosotros y a todo aquel que anhela tener un corazón como el de ella, que es para nosotros un ejemplo».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)