Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos».
Elizabete Fátima Talarico Astorino
Carmen Iris Urbano Pacheco, de Perú, también nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia, que la socorrió con prontitud en un apuro económico.
Siendo propietaria de una tienda, cierto día le faltó el dinero necesario para saldar una deuda, de cuyo importe únicamente tenía la trigésima parte… Muy afligida, recurrió enseguida al amparo de Dña. Lucilia: «¿Y ahora qué hago? ¡Mamita, ayúdame! Tengo que pagar esa cuenta. ¡Ayúdame, ayúdame!».
Doña Lucilia con su bisnieto
El proveedor de ventas al que le debía tal cantidad llegaría a su tienda a primera hora de la mañana para cobrar. Sin embargo, por diversas razones tan sólo se presentó en el local a las tres de la tarde. Carmen vio en ese imprevisto el auxilio de Dña. Lucilia, ya que en ese ínterin logró, con gran asombro, vender todo lo necesario para cancelar la deuda.
«No sé cómo, pero el hecho es que Dña. Lucilia me ayudó a reunir todo el dinero que me hacía falta. Ese día se lo agradecí mucho a ella, y siempre se lo agradeceré», declara llena de reconocimiento. Y concluye: «Cuando les conté este episodio a otras personas, me dijeron que no era una casualidad».
Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos». Y deseosa de que otras personas se beneficien de ese maternal amparo, añade: «Sé que Dña. Lucilia, mi mamita, nos estará guiando a cada uno de nosotros y a todo aquel que anhela tener un corazón como el de ella, que es para nosotros un ejemplo».
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)
Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención…
Elizabete Fátima Talarico Astorino
La bondad de esta extremosa señora se manifestó también en Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Lima, la cual ya había sido favorecida por su intercesión en la curación de una toxoplasmosis ocular. Habiendo comprobado cómo Dña. Lucilia atiende a quien la busca, decidió pedirle ayuda con otro problema de salud.
Con inigualable solicitud, Dña. Lucilia atendió la petición que le fue hecha
Fátima Rodríguez con la biografía de Dña. Lucilia en sus manos
Así nos lo narra: «Hace unos años sufrí un accidente automovilístico y me llevaron a Urgencias. No me fracturé nada, pero quedé con el brazo derecho magullado». El dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo, especialmente durante el invierno o cuando sujetaba algo pesado; sólo podía levantar el brazo hasta cierta altura, sin contar con otras limitaciones motrices. Le diagnosticaron bursitis, acompañada de calcificación en el tendón subyacente. Se siguieron varias sesiones de fisioterapia, que aliviaban el dolor durante un tiempo, pero pronto volvía el mismo tormento. Hasta las mantas que le rozaban el brazo al acostarse eran un suplicio.
Un día por la mañana, mientras se quitaba el abrigo para empezar las tareas domésticas, hizo un movimiento brusco con el brazo y oyó un crujido en el hombro, seguido de un dolor tremendo. Con la otra mano intentó sujetar el brazo afectado y se dirigió a su habitación, donde esperó a que su esposo terminara de trabajar para almorzar y la llevara a Urgencias. Mientras tanto se confió a la divina voluntad del Señor y a la maternal intercesión de Dña. Lucilia.
Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención. Como sentía mucho dolor, quiso apartarlo y, en un acto reflejo, estiró el brazo derecho. Entonces se dio cuenta de que el dolor había desaparecido y que había recuperado el movimiento completo del miembro, una constatación acompañada de un gran consuelo sobrenatural.
Desde aquel día los constantes y agudos dolores que sufría no volvieron más. Y así termina Fátima su relato: «Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia. A veces basta con mirar su fotografía para sentir que me comprende, y entonces le comunico mis preocupaciones».
Y Fátima Rodríguez no es la única que tiene esta convicción. De hecho, todos los que acuden a Dña. Lucilia sienten los torrentes de amor y de bondad que de ella emanan, y adquieren la certeza de que jamás serán confundidos.
(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)
Los ojos son la ventana del alma. De hecho, nada se compara a la mirada llena de unción de un alma virtuosa, cuya expresión transmite lecciones infinitas, eleva y santifica.
Creo que una de las cosas más pungentes en la vida es conocer una gran mirada –de una gran alma– y, de repente, verse privado de ella porque se cerró para siempre y el alma se fue a Dios. Aquello que se vio no se verá más, no se profundizará más, no se conocerá más como se debería haber conocido, y de ahí en adelante solo es la eternidad…
Comunicación de miradas más allá de la muerte
Mil veces yo peregriné dentro de los ojos de mi madre, pero ¡cuántas y cuántas veces, y a partir de cuántas puertas de esa mirada! Su mirada cuando me miraba, cuando yo la veía mirando dentro de mi mirada; su mirada cuando rezaba; su mirada vista de lado, su mirada vista por detrás, percibida apenas por imponderables, sin verla.
Cuando ella falleció yo me puse esta pregunta: “Para esta vida se terminó, se acabó, nunca más pasearé dentro de esta mirada y nunca más desvendaré esta alma… Ahora, Plinio, pregúntate: ‘¿Tú aprovechaste ese tesoro? ¿Miraste todo lo que tenías que ver y llegaste hasta su último conocimiento? ¿Serás capaz de hacer el viaje retrospectivo y complementarlo a través de velos sucesivos?’” Yo me hice la pregunta distendido y calmado, en medio del llanto de la muerte. Y con toda serenidad me respondí a mí mismo: “Sí y enteramente.” ¡Se acabó, pero tengo todo, llevo todo, ojalá haya asimilado todo! Tal vez ella haya muerto a tiempo para comunicarme los últimos fuegos de una mirada en que la luz de la vida, el lumen rationis, cintilaban, pero aún tenían bellezas nuevas para comunicarme. Sin embargo, siento como si tal vez hace poco me hubiera comunicado con ella.
Una ventana de la eternidad que se abre
El otro día, un rayo de sol incidió sobre una fotografía de ella, abarcando inclusive las flores alrededor, que tomaron vida, parecían flores paradisíacas, iluminadas por dentro. ¡Algo extraordinario!
Si quisiéramos iluminar una foto, jamás conseguiríamos hacer algo parecido. Me acuerdo un poco de esas imágenes modernas que hay hoy en día en las calles, iluminadas por dentro. Pero era, sin comparación, mejor. Su fisionomía relució, dando la idea de una ventana de la eternidad que se abría, transmitía algo que no tiene nada que ver con esta Tierra. Me dio la impresión de que ella estaba tan viva que se diría que comenzaría a hablar con alguien que estuviera allí para hacerle una pregunta. Digo aún más: con una animación que años antes de su muerte ya no tenía, ya muy abatida por la edad.
Parecía bien dispuesta, hasta fuerte. Se diría que había pasado una temporada por fuera, que descansó…
Mirada de futuro, de metafísica y de fe
San Pío XDoña Lucilia con 50 añosSan Charbel Makhlouf
Hay otra mirada, de una fisionomía de ella a los cincuenta años. Es de tal seriedad, que podría ser colocada al lado de una foto de San Pío X o de San Charbel Makhlouf, aunque la mirada de él no tenga esa tristeza. Es una mirada ordenadora para nuestra alma y, puesta en un cuadro en un ambiente, influencia la sala, acompaña a las personas. Si alguien me pregunta cuál fue la influencia de Doña Lucilia en mi formación, yo diría: “¡Vea, ahí está!” Debemos sentirnos en casa en presencia de esa fisionomía, la cual se podría denominar: “Contra-Revolución tendencial.” Mi madre ejercía una acción pacificante ya a distancia. Eso es paz. Ella hizo una verdadera psicología con los brasileños, permitiendo que, antes de esa foto, nos llegara a las manos el “Quadrinho”1. Los dos cuadros hacen una combinación perfecta. El “Quadrinho” la refleja mucho más en la intimidad. El otro expresa su fisionomía cuando se encontraba en otros ambientes. Se ve que ella hace un esfuerzo para no romper lo que resta de amistad con los demás, para poder hacerles bien. La mirada refleja una visión del futuro, pero, sobre todo, en función de la ofensa a Dios, de aquello que ella veía en el Corazón de Jesús, entristecido por los pecados de los hombres. Es un acto de fe, de metafísica viva. Quien hizo ese acto de fe, tiene una limpieza del sentido metafísico colosal. Hay tal integridad, por donde vemos que ella era consciente de que, si aceptara, por ejemplo, una joya un poco moderna, quebraba la fe. Es la fisionomía más seria que vi en mi vida, al mismo tiempo con una calma extraordinaria, la cual se refleja mucho por el conjunto de la fisionomía y por todo el cuerpo, en el cual no hay un músculo contraído. Ella tenía una noción de delicadeza proveniente del hecho de ser muy digna, seria, siendo ella misma, no queriendo ser sino lo que era, sin ambición desmedida. No tenía jamás una sonrisa que significara cualquier connivencia con lo que hubiese de revolucionario en el ambiente. Es una fisionomía que nos prepara para los acontecimientos de Fátima.
El «Quadrinho»
Ejercicio para la visión beatífica
Así veo yo sucesivamente las miradas, las cosas que esta vida nos presenta. Eso es vivir. Y no hacer eso es no vivir. Hablar, en el fondo, es decir cosas de esas. Y quien nunca pensó ni vio, y no tuvo cosas semejantes en vista, y nunca hizo eso, de ese, yo tengo dificultad de explicarme a mí mismo cómo estará pronto para la visión beatífica. Porque la visión beatífica es eso: ¡ver a Dios cara a cara y peregrinar dentro de Él siempre, siempre, inmutable y nuevo para nosotros, afable, majestuoso, acogedor!
Y nosotros dentro de Él superponiendo aspectos sucesivos, para formar una cognición que nunca cesará. Porque jamás lo conoceremos en su totalidad. ¡Eso será nuestra alegría en el Cielo!
(Extraído de conferencias del 23/12/1976, 7/3/1982 y 20/8/1987)
Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
Irreductibilidad en el cumplimiento del deber, dulzura para corregir los lados malos Doña Lucilia tenía, en alto grado, el equilibrio entre la placidez y la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención.
Hay una actitud de alma que yo nunca vi en mi madre, la de la manía de un bruto atascado sin razón: “De aquí no salgo, de aquí nadie me saca”. Por el contrario, ella siempre poseía la mayor afabilidad, la mayor disponibilidad, a cualquier momento, para moverse en cualquier dirección.
Ausencia completa de caprichos
Ella murió con 92 años, cuando nací tenía 32. En sesenta años de convivencia con ella, nunca la vi tener un capricho o algo que la atorase de repente. Absolutamente, nunca vi en ella uno de esos espasmos nerviosos, incluso en ocasiones de mucha alegría o de mucha tristeza. Era como algunos de nuestros ríos de la cuenca amazónica, que no tienen piedras en el medio, no hay caídas de agua ni nada: van, van y van… Así era ella.
Mi madre tenía en alto grado el equilibrio entre la placidez brasileña y la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención, sin nunca salir de la placidez. Quien la viera a primera vista, diría: “¡Qué señora bien sentada y agradablemente instalada!”
Atenta a todo lo que estaba a su alcance
Ella no perdía nunca lo que era capaz de alcanzar con su mirada y que pasara en su periferia. Yo ya dije que ella era solo medianamente inteligente, no era muy inteligente; pero no pasaba cerca de ella algo que estuviera a su alcance que no lo relacionara, sin esfuerzo y sin agitación, sin afán. Y con una aplicación continua, serena. Ella tenía una gran elevación de alma. Sin embargo, no desdeñaba ni lo más minúsculo. Yo a veces la pinchaba, diciéndole que era demasiado meticulosa en ciertas cosas. Ella era meticulosa, pero sin dejar lo más alto, haciendo que lo más alto habitara en todo, estuviera presente en todo, ordenara todo y con un selectivo a la luz de ese punto de partida mental, interno, un selectivo que nunca vi equivocarse. Algo curioso: ella podía tener –sobre todo cuando era más joven y yo había ejercido menos influencia sobre ella– lados un tanto liberales de doctrina subconsciente, que influían en su selectivo. Pero, mostrado ese error –¡y con qué precisión y muchas veces con qué reverente vigor, pero mostradísimo!, ella acababa afinando el paso cuando veía que estaba correcto. Creo que, si puedo decir que recibí algo de la lógica de los jesuitas, recibí de ella enormemente otras cosas. Ella era muy comunicativa de esa elevación. La transmitía mucho, la irradiaba mucho, lo cual, a propósito, se ve en el Quadrinho1; en él se hace evidente.
Suavizadora de los lados malos de las almas
Había una actitud en ella que afinaba, a propósito, mucho con mi modo de entender la devoción a Nuestra Señora –la práctica de la devoción, no su fundamento teológico–, pero un trazo sobresaliente en ella, en su relación con los demás, era el de ser compasiva. Yo no conocí a nadie tan compasivo como ella. De una compasión ordenante, no de una ópera italiana: “¡Pobre hijo! ¡Pobre amada!” Me acuerdo, más de una vez: con relación a esa o aquella persona yo afirmaba un aspecto como cortando con espada… Ella no lo negaba, oía todo, después me decía –con una modulación de voz y una forma de hablar que me dejaba sin saber qué decir, ella no percibía que eso era touchant2, lo hacía con la mayor naturalidad que se pueda imaginar–: “¡Pobrecito, es verdad! Pero ve, tiene tal lado así y tal otro, y otro que, al fin de cuentas, si lo atendiéramos, veríamos que él tiene un atenuante…” Si ella hubiese tratado con aquella persona en la ocasión “X” de la vida de ese individuo y hubiese tenido esa compasión, ella habría ablandado dentro de la persona, no el bien, sino el mal.
Ella era una suavizadora de rebeliones como nunca vi algo igual. Pero por la compasión, por la pena. La persona objeto de esa compasión se desarmaba y tomaba una forma de dulzura, que estoy explicando de un modo muy incompleto, pero hay ciertas cosas que el vocabulario humano no consigue expresar.
¡Cómo vi gente rechazar eso! ¡Y rechazar por autosuficiencia! “¡No quiero que tengan compasión de mí!” U otras cosas del estilo: “Siento que eso me va a desarmar la rebeldía y estoy utilizándola para conseguir tal cosa, por lo tanto, no quiero dejar de rebelarme…” No lo decían, pero yo me daba cuenta. Eso queda en los imponderables en torno a una mesa de comedor o en el living de una casa. La vida cotidiana está hecha de lances de esos.
Irreductibilidad con dulzura
Dr. en 1979
Mi madre tenía, así, una especie de forma de compasión que llegaba a lo menudo, entrando en los últimos meandros del sufrimiento de la persona, en aquel pequeño meandro más interno donde el pedazo de vidrio infecta y araña más la herida, y allí ponía una gota de aceite de oliva, tranquilizaba y daba una cosa que no tiene nombre, pero era hecha de compasión. Si alguien quisiere obtener alguna cosa de ella, el camino no es llegar y cobrar un cheque bancario: “Recé veinticinco rosarios, hice noventa y dos penitencias y me abstuve de cinco mil cuatrocientas cosas más que quise hacer ayer y no hice, ¡ahora pagadme!” Me da la impresión de que ella diría: “Pero, hijo mío, ¿hiciste todo eso? ¡Pobrecito! ¡Podías haber hecho mucho menos, yo estaba aquí para darte!” ¿Esa actitud suya era un incentivo a la molicie? Nunca sentí eso en el momento en que ella me incentivaba el cumplimiento del deber; y ella que tuvo que educar a un hijo muelle. Por ejemplo, ella nunca tuvo mucho dinero, pero cuando llovía –ella tenía pánico de los resfriados– aparecía un taxi en el Colegio San Luis, mandado desde casa para recogerme a la salida, porque no quería que me cayera lluvia. Yo era el único niño del Colegio San Luis que tenía taxi, porque los otros, o la familia tenía automóvil y mandaba a buscarlos, o no tenían y no disponían de dinero para pagar el taxi. Era el tranvía y la lluvia. Nunca sucedió y no sucedería que yo, a la hora de levantarme en la mañana le dijera: “Estoy con ganas de dormir media hora más. Mamá, págueme un taxi…” Porque ella no permitiría eso nunca, ¡irreductiblemente! Era hora de levantarse, ¡era preciso levantarse! Y taxi para ir por molicie, ¡no! En esa irreductibilidad era, justamente, la contrapartida sin la cual yo reputaría toda esa dulzura algo melosa. Sin embargo, ¿cómo entraba la dulzura en la irreductibilidad? No sé cómo decir. Era una forma de pena de mí, que yo percibía que ella tenía y participaba de mi sufrimiento, pero si ella no tuviese una resistencia irreductible contra el lado malo, yo no la admiraría. Si yo me tomase por un capricho y no quisiese ir al colegio, la Fräulein le avisaría. Mi madre tenía la costumbre de levantarse tarde, pero se levantaría a cualquier hora e iría, con robe dechambre, a mi cuarto. Se sentaría al pie de mi cama y diría: “Filhão3, ¿qué pasa?” Yo tendría que dar enseguida una explicación de lo que estaba pasando dentro de mí, para poner enseguida aquello en orden. Yo me levantaría. No había salida. Ahí aparecen sus tales habilidades, ¡porque ella era habilidosa hasta lo inimaginable!
(Extraído de conferencia del 8/12/1979)
Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
Del francés: tocante, que toca la sensibilidad. ↩︎