Novena pidiendo la ayuda de Dña. Lucilia

Las peticiones que a ella se dirigen, además de ser atendidas con prontitud, hacen que se derramen torrentes de afecto, auxilio y cariño sobre aquellos que la buscan. Porque esta generosa señora ha atendido las súplicas que a ella le elevan haciendo sentir el inefable afecto que el Sagrado Corazón de Jesús tiene por cada uno de nosotros, tanto más grande cuanto peores fueren los dramas y dificultades.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Jordania Patricia de Azevedo, de Fortaleza (Brasil), nos escribe para contarnos un hecho aparentemente simple, pero que demuestra ser fruto de una enorme gracia.

Se encontraba desde hacía meses con la salud debilitada y estaba realizando un tratamiento para las recurrentes infecciones que le aparecían después de haber sido operada del intestino. Afligida, comentó su cuadro médico con algunos heraldos precisamente el día en que descubrió que estaba con otro absceso en la pared abdominal izquierda.

Novena al Sagrado Corazón de Jesús que Jordania empezó a rezar

«Me sugirieron que le hiciera una novena a Dña. Lucilia para pedirle su ayuda con el propósito de curar esas infecciones; así lo hice. Recé en la novena el Oficio de Nuestra Señora y cuando me faltaban dos o tres días para terminarla un conocido me comentó que la oración diaria de Dña. Lucilia era la Corona al Sagrado Corazón de Jesús; entonces me dijo: «Reza, Jordania, esa misma oración en la intención de tu salud, y no pares».

«Cuando acabé la novena, empecé a rezar diariamente la Corona al Sagrado Corazón de Jesús y desde que comencé me siento «diferente»…».

¡Me siento tan saludable como antes!

Impresionada con la rápida recuperación de su salud, Jordania comenta: «Antes me sentía enferma y le decía a mi esposo, llorando: «Incluso con todo el tratamiento, drenaje de absceso, medicamentos fortísimos, me siento enferma». No sé explicar cómo, pero no me sentía saludable de ninguna manera. Desde que empecé la novena, se me pasó esa sensación de estar enferma».

Da. Jordânia de Azevedo com a apostila “Peregrinando dentro de um olhar” - Foto: Reprodução

Da. Jordânia de Azevedo con el librito “Peregrinando dentro de um olhar” 

Segura de que había sido por intercesión de Dña. Lucilia que sus oraciones habían sido escuchadas, Jordania pudo constatar enseguida el motivo de mejoría que experimentaba al examinar el resultado de una prueba médica:

«¡Todos los valores eran normales! ¡Todos! ¡No constaba ninguna infección, ninguna inflamación, no constaba nada de anormal! Diferente a todos los demás exámenes de sangre que me había hecho. Para mayor gloria de Dios, alabanza de Nuestra Señora, y para que un día Dña. Lucilia sea reconocida como santa, les digo con mucha emoción: ¡Estoy bien, muy bien! Me siento tan saludable como antes…».

Jordania explica además que la resolución de la infección era una condición necesaria para que pudiera dar continuidad al tratamiento quirúrgico intestinal. Por eso, al mismo tiempo que agradecía a Dña. Lucilia la gracia alcanzada a través de su intercesión, le dirigía una nueva súplica:

Dulce y tierna mirada de madre

«Le pedía la gracia de que el cirujano no encontrara nada anormal, porque lo mismo desconfiaba de que hubiera una fístula. Le pedía también que él se sorprendiera de tal forma que él mismo me lo dijera. Y así ocurrió…

«La operación tuvo lugar el 19 de enero y al día siguiente, haciendo la visita, mi cirujano me dijo: “Su operación ha sido bastante rápida, estoy impresionado. No había nada de lo que yo esperaba encontrar; fue posible hacer todo lo que yo quería”.

«En ese mismo momento le agradecí enormemente a Dios, a la Virgen y a Dña. Lucilia esa gracia tan grande y el haberme adoptado como hija. Hoy estoy en casa, tan sólo siete días después de una operación de tamaño porte. ¡Lo considero un milagro! ¡Bendito sea Dios!».

Edificada por el ejemplo de madre y esposa que pudo admirar en la vida llena de templanza, fortaleza y docilidad de esa bondadosa señora, Jordania afirma: «Para aquellos que la buscan, pueden estar seguros: ¡Dña. Lucilia, con esa dulce y tierna mirada de madre, nos atiende!».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2021)

04

Una llama encendida en el Sagrado Corazón de Jesús

En más de una oportunidad tuve la ocasión de decir que mi madre era profundamente devota del Sagrado Corazón de Jesús. Ella demostraba esa devoción en casa por las oraciones que hacía, pero también, y de un modo tal vez más acentuado, cuando iba los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo la veía envuelta en el ambiente tan espléndido y peculiar de aquella iglesia, relacionado a fondo con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella rezaba ante su imagen, que se encontraba en la nave al lado izquierdo. Esa imagen es expresiva, de estilo artístico “sulpiciano”; no obstante, piadosa, muy respetable. Mi madre terminaba de asistir a Misa y se dirigía hacia allá. La imagen tenía la intención de mostrar el Sagrado Corazón de Jesús como es, o sea, un símbolo del amor misericordioso que Nuestro Señor tiene para con sus criaturas, en especial hacia los católicos. Él la hacía sentir ese amor, esa dulzura, esa suavidad. Era una gracia que ella recibía allí.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Sao Paulo

Por otro lado, en casa, ante una imagen pequeña del Sagrado Corazón de Jesús que había en un oratorio en su cuarto, mi madre rezaba mucho también y se entregaba a la misma actitud espiritual. En aquella posición suya de oración, yo notaba mucho que lo que ella tenía de mejor no era suyo, era algo que el Sagrado Corazón de Jesús le pasaba. Más o menos como una vela bonita, recta, blanca, de buena fabricación, pero apagada, que alguien acercaba a una hoguera; el fuego pasa de la hoguera a la vela, que es encendida por una llama que la va a consumir por entero. Así también se da con nosotros: nosotros somos velas y recibimos la llama de la Hoguera de las hogueras, que es el Sagrado Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad.

La caridad es el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. Ese “horno ardiente de caridad” comunica su llama y la vela pasa a vivir de eso. Yo notaba que, cada vez más, Doña Lucilia iba viviendo de lo que recibía del Corazón de Jesús, a ruegos, es evidente, de Nuestra Señora, porque todo lo que viene de Jesús Nuestro Señor pasa por Ella. Y la vida de mi madre era quemarse delante del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo hacía un raciocinio así: ¿por qué esa imagen produce ese efecto? Porque ella expresa una enseñanza de la Iglesia con respecto a cómo es el Corazón de Jesús. Eso fue deducido de los Evangelios, fue escrito, pasado a un lenguaje corriente. La Iglesia hacía lo posible para que esas enseñanzas contagiaran a todos los católicos, su misión era principalmente esa. Entonces, la Iglesia inspiraba la hechura de la imagen, la construcción de un edificio consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, y determinaba que aquella imagen fuese expuesta allí para la veneración de los fieles, lo cual significaba que ella quería que los fieles fuesen así.

Luego, por detrás de todas esas realidades, había una más alta: la Iglesia Católica quería eso, pero lo quería casi como una criatura humana lo quiere. Ella, templo del Espíritu Santo, quería que eso fuese así, con un querer inspirado por el Espíritu Santo. Todo eso, con todas sus sublimidades, perfecciones, excelencias, provenía de la Iglesia. Y había en ella un principium vitæ –un principio de vida– que es el Divino Espíritu Santo, el propio Dios, inspirando todo aquello que los hombres que la dirigían hacían para llevarla a la realización de sus sublimísimas finalidades.

El conjunto de esa enseñanza, de la grey enorme de fieles especialmente fieles al Sagrado Corazón de Jesús, formaba un todo con la Iglesia Católica. Yo debería amarla con un amor mayor que aquel con el que amaba a mi madre y amaba a las otras personas a quien yo quería porque eran devotas del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia es el principio de vida superior a todo eso.

En mi madre, yo veía el espejo del Sagrado Corazón de Jesús y de todo cuanto esa devoción enseña. Encontraba en ella un reflejo de aquello que yo contemplaba en las imágenes del Corazón de Jesús, de lo que había aprendido en la Historia Sagrada, en el Catecismo y, en fin, en las vidas de los santos y en aquello que rodeaba mi vida religiosa. Yo notaba mucho todo eso en ella y, por un principio de coherencia, si me gustaba tanto que esas cosas fuesen así, no me podía dejar de gustar mucho que ella fuese así. Y el fondo de mi amor a ella era ese. Es evidente que el hecho de que ella fuese mi madre colaboraba con eso, pero de una manera muy secundaria. El hecho fundamental es que yo la amaba más como hija de la Iglesia que como mi madre. Esa influencia suya pasaba a mí, pero yo era como un pabilo ávido de la llama. Yo quería esa influencia, me abría a ella y, mientras estaba con ella lo máximo que podía, yo reforzaba esa influencia en mí, en la lógica del elemento primordial que es el gran amor que yo tenía a Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia y, por lo tanto, a Nuestro Señor Jesucristo, Hombre Dios, a Nuestra Señora, al Divino Espíritu Santo.

Oratorio con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doña Lucilia

En contacto con el mundo moderno, a través del Colegio San Luis que cursaba, yo sentía mucho la modernidad de las cosas y todo el mal que había en eso. Ella sentía el mal que había en eso. Ella sentía la modernidad, de algún modo, en el ambiente general donde ella y toda la ciudad de São Paulo estaban inmersos. Pero ella no llegaba a comprender, al comienzo, toda la malicia de eso. Y no comprendía, por lo tanto, el carácter militante que yo tenía como católico. A ella le parecía bueno, pero no percibía hasta qué punto ese aspecto debería ser predominante para quien estaba llamado a vivir en el tiempo en que yo viví sin ella y no en el tiempo en que vivíamos juntos. Por ejemplo, de las abominaciones de nuestros días. ella no llegó a tener conocimiento. De un modo vago, de conjunto, cierta noción sí, pero la idea propiamente, no. Lo cual también se debía, en parte, a la configuración de su espíritu: muy comedido, moderado no diría, pero prudente, y en el cual las realidades aparecían con matices muy delicados. También es propio del ser femenino. Y en mí, por el contrario, las realidades aparecían, desde luego, con colores fuertes. Yo solo juzgaba que una determinada realidad había sido bien comprendida por mí, cuando comprendía por entero lo que tenía de bueno, en qué era opuesta al mal que circulaba en nuestra época a ese respecto. Era la Revolución y la Contra-Revolución que, de niño, por la bondad de Nuestra Señora, mi espíritu iba tejiendo, sin percibir lo que hacía. Entonces, deseo de destruir, entiéndase bien, no de destruir por destruir; era el deseo de destruir aquello que destruye. Es más o menos como una persona que ve una casa antigua, buena, pero toda carcomida por las polillas y percibe que ellas, de un modo inevitable, van a contagiar y destruir todas las otras casas del barrio.

La persona que perciba eso quiere la destrucción de la casa foco de las polillas. No por el gusto de destruir, sino porque en aquella casa está un principio, un elemento activo de destrucción que va a liquidar, y contra eso yo me erguía indignado. Con mi madre yo me abría por entero, hablaba de las Cruzadas… ¡de cuántas cosas! Ella lo aprobaba, pero no llegaba a comprender hasta qué punto aquello debía ser de esa forma. Ella no tendría contra eso una objeción, sino una zona de admiración menor.

Con el correr del tiempo y viendo, por ejemplo, las abominaciones que hacían los comunistas, y después, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis, ella fue comprendiendo la inmensidad de maldad que había entrado por toda parte, además de la “hollywoodización”.

Muy temprano surgió en mi alma una lamentación: la Iglesia del Corazón de Jesús estaría perfecta, pero faltaba algo para ser enteramente de mi gusto. Esa cosa era, por ejemplo, una bella alabarda atada con una cinta bonita y varonil –nada de cinta de cabello de niña– junto a cada confesionario.

Eso, con el tiempo, Doña Lucilia lo fue comprendiendo.

(Extraído de conferencia del 4/1/1995)

Por su intercesión estamos aquí

Mientras realizaba las pruebas preoperatorias, Ana hizo un rápido viaje a São Paulo, durante el cual tuvo la oportunidad de visitar una de las casas de los Heraldos y conversar con un sacerdote de la institución.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Ana Karina Bueno con su hija

De Recife (Brasil) nos escribe Ana Karina Bueno para contarnos la curación de una enfermedad, conseguida por intercesión de Dña. Lucilia:

«Estuve con mi médica para hacerme los exámenes de rutina y, en la ultrasonografía, apareció un aumento en uno de los ovarios. Lo que debería ser seis centímetros cúbicos estaba con cuarenta. La doctora, al desconfiar de la ultrasonografía, por no ser una prueba de tanta precisión, pidió una resonancia magnética con contraste que haría en otro laboratorio de mayor fiabilidad. El resultado no sólo vino a confirmar el primero, sino también indicó que se trataba de un aumento a sesenta centímetros cúbicos. Es decir, estaba diez veces más grande de lo normal.

«La médica me envió al cirujano, quien me comentó la necesidad de extirpar ese ovario e incluso hasta el propio útero, dependiendo de cómo estuviera en el momento de la operación».

Mientras realizaba las pruebas preoperatorias, Ana hizo un rápido viaje a São Paulo, durante el cual tuvo la oportunidad de visitar una de las casas de los Heraldos y conversar con un sacerdote de la institución:

«Le conté todo lo ocurrido, le pedí su bendición y él en ese mismo instante la concedió, rogando la intercesión de Dña. Lucilia».

Al regresar a Recife y concluidos los exámenes preoperatorios le señalaron el inicio del procedimiento quirúrgico:

«Fui hacia la operación pidiendo que ella, Dña. Lucilia, estuviera conmigo. Y para sorpresa de todos —más aún del médico, que no entendía nada— no había ninguna alteración en mi ovario. Estaba en su tamaño normal y podría quedarme embarazada nuevamente si quisiera».

Admirada, le llevó las imágenes de la cirugía a la doctora que antes le había atendido para informarle de lo acontecido:

«La médica se quedó sin saber qué decir cuando vio el vídeo, pues pensaba que yo quería aclaraciones. Me dijo que no sabía cómo explicar el hecho».

Reconocida por el enorme favor obtenido de Dña. Lucilia, afirma: «Sabía perfectamente y no tuve ninguna duda de que fui curada en la bendición que recibí. Por su intercesión estamos aquí y tengo fe de que ella estará ayudándome nuevamente para que mi bebé esté bien de salud».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)

Amor maternal, que le devolvió la paz y la vida

Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

También Flavia Emilia Duarte, de Campo Grande, nos escribe a fin de mostrar su gratitud por el amparo recibido de Dña. Lucilia, durante un período atribulado de su vida:

«Hace algunos años, en medio de una crisis de jaqueca, dolores de pecho, hormigueo en los brazos y de varias idas a Urgencias, me diagnosticaron agotamiento físico seguido de agotamiento mental. En un primer momento, buscamos un tratamiento psicológico; pero las crisis continuaban. Tenía miedo de enloquecer. Los síntomas bombardeaban mi cuerpo y, sobre todo, la mente.R235-D-LDL-Dona-Lucilia-700x537

«Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico. Empecé entonces a tomar la medicación prescrita. Tenía días buenos, seguidos de días pésimos. Los medicamentos amenizaban los síntomas, aunque no impedían las crisis.

«Llevaba así un año y ya tenía un viaje programado a São Paulo —nuestra familia iba a participar en una romería a Aparecida, con los Heraldos del Evangelio—, cuando una crisis muy fuerte de pánico me mandó nuevamente al hospital. Sentía que todo mi cuerpo hormigueaba, la consciencia llegaba a faltarme, conseguir respirar era prácticamente imposible. Me recetaron otro ansiolítico, y resolvimos seguir con la idea del viaje».

Durante el trayecto, Flavia recibió una fotografía de Dña. Lucilia y, encantada con aquella mirada bondadosa que tanta paz le traía, decidió recurrir a su intercesión:

«Al regresar a casa, después de una jornada más de terribles síntomas, decidí coger aquel pequeño retrato y pedirle ayuda a Dña. Lucilia. Le rogué que me quitara la “sensación de no saber respirar”. Podría continuar con los demás síntomas, pero ese era el peor de todos, ¡me restaba paz! Puse la foto debajo de la almohada y, cuál no fue mi sorpresa, al despertarme y percibir que aquel desconsuelo había desaparecido. Pasaron los días y ninguno de los síntomas volvieron a manifestarse, ¡estaba curada! Dejé entonces los medicamentos y hoy llevo una vida normal, gracias al amor maternal de aquella señora que me devolvió la paz y la vida».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)