Repentino accidente cardiovascular

El 5 de marzo de 2013 mi padre sufrió una caída al despertarse y quedó tendido en su habitación.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

 

Francisco Estuardo Ruiz Cruz, de Guatemala, nos relata un impresionante hecho sucedido hace algunos años atrás con su padre, Francisco Fortunato Ruiz de León, hoy fallecido. En la época tenía 79 años.

Francisco Estuardo Ruiz Cruz con su esposa

«El 5 de marzo de 2013 mi padre sufrió una caída al despertarse y quedó tendido en su habitación. Mi madre, Alicia de Ruiz, lo asistió inmediatamente y mi hermana, que vivía con ellos, me llamó por teléfono para informarme de lo ocurrido. Enseguida nos trasladamos hacia allá.

«Cuando llegué, lo encontré sentado, consciente, pero sin poder hablar ni moverse. Tenía una mirada fija como queriendo expresarse, aunque no conseguía hacerlo… Por recomendación de mis hermanos médicos, lo llevamos al hospital de la Seguridad Social.

«Pasaban las horas y, lamentablemente, no le dieron una atención adecuada. Sólo por la tarde se consiguió que le realizaran una radiografía que, según los médicos, era necesaria para descartar alguna fractura craneal.

«Al final de la tarde, al estimar que se trataba de un accidente cardiovascular, hablamos telefónicamente con un médico conocido y le expusimos la situación. Nos recomendó entonces trasladarlo a un hospital privado».

Siguiendo la orientación recibida, Francisco se dirigió con su padre al hospital indicado, donde fue atendido por un neurocirujano que, según nos consta en su relato, es considerado uno de los mejores del país:

«Tras evaluarlo en Urgencias, lo trasladaron a la UCI, donde iniciaron una serie de exámenes. Aproximadamente a medianoche, el doctor nos enseñó, a mí y a mi esposa, la tomografía en la cual se veía un derrame en todo el cerebro y nos informó que era necesaria una operación, la cual sería de alto riesgo, pues su estado de salud era delicado…».

Pusimos el caso en sus manos

Ante la complicada situación de Fortunato, que había pasado horas sin una intervención médica efectiva y presentaba un peligroso cuadro clínico, Francisco demostró cierta aflicción, temiendo un agravamiento del estado de salud de su padre.

El médico, no obstante, al ver los medallones de la Virgen de Fátima que él y su esposa llevaban en su ropa como distintivo de cooperadores de los Heraldos del Evangelio, les dijo: «Ustedes siempre están cuidados por Ella, así que no se preocupen».

Ya que las soluciones humanas eran inciertas, incluso habiendo recurrido a la mejor atención médica posible, había llegado la hora de juntar las manos e implorar a los Cielos una intervención divina:

«Nos dirigimos nuevamente a la habitación y pusimos el caso en manos de Dña. Lucilia, pidiéndole un milagro por mi padre que estaba muy mal. Entonces dejamos una fotografía suya debajo de la almohada, del lado donde se encontraba el derrame, y rezamos suplicando claramente su auxilio».

Doña Lucilia no tardó en atendernos

Como verdadera y extremosa madre, Dña. Lucilia no tardó en atender los ruegos de este hijo afligido.

«A la mañana siguiente, aproximadamente sobre las 7 h, recibimos una llamada del doctor diciéndonos: «¡Milagro, milagro, milagro! Acabo de hacer unos estudios para determinar la operación y ya no hay hemorragia, ha desaparecido»».

Impresionados, Francisco y su esposa se dirigieron rápidamente al hospital. Al llegar, «el médico nos mostró los exámenes y nos explicó que el porcentaje que había quedado lo absorbía el propio organismo, con la ayuda de medicamentos. Nos dijo: «No hay operación, no tengo más que hacer en este caso, por lo que los traslado con otro médico»».

Alguien nos ayudó desde el Cielo…

3p200Tras la considerable mejoría del estado clínico de su padre, Francisco no dudó de que Dña. Lucilia llevaría este caso hasta el final:

«Diez días después salió del hospital y fue a realizar su recuperación en nuestra casa. En su alimentación, realizada las primeras semanas por medio de sonda, eran incluidos pétalos de rosas de la tumba de Dña. Lucilia.

«A los cuarenta días tocaba una cita con el doctor, que se quedó impresionado al verlo llegar caminando con ayuda de un andador. Al cumplirse los tres meses del accidente, durante una comida, mi padre agradeció todos los cuidados y dijo que era hora de regresar a su casa».

Lleno de contentamiento por el favor concedido, Francisco concluye su testimonio diciendo:

«Nuestra mayor recompensa fue oírle conversar nuevamente y verle caminar al salir de casa, pues era una de las peticiones concretas que habíamos implorado al Cielo por intermedio de Dña. Lucilia. Sabíamos que alguien desde el Cielo nos había ayudado a aumentar nuestra fe, y era quien había cuidado de él a cada momento desde el accidente».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2021)

Mansedumbre y amor lleno de esperanza

Doña Lucilia tenía mucho empeño en auxiliar a las personas. Algo que pueda haber en mí en ese sentido fue aprendido de ella, porque mi madre era así de un modo eminente y con mucho equilibrio.

Apenas dos o tres veces en la vida –sin ella decirme, yo lo percibí– la vi considerar a ciertas almas como perdidas, irrecuperables para el buen camino. Con esas personas ella cortó su relación, no las relaciones externas; estas siempre permanecieron amables, pero en el interior le cœur n’était pas. El manual de amabilidad estaba, pero el corazón no. Había en ella un reflejo de la doctrina católica de que todo pecador es recuperable. Mientras puede ser restaurado y aún está en los planes de la Providencia actuar sobre él, Dios lo quiere bien. Así, ella tenía una especie de amor de esperanza, viendo en la persona algo que restaba de lo que ésta tenía de bueno. Percibiendo eso, ella la quería bien como si fuese solo aquello. Y trataba al individuo como ignorando todos sus defectos. Lo consideraba como con cualidades en estado puro, abstrayendo los defectos. Eso daba un trato muy dignificante, elevado, y era un apoyo dado por mi madre para quela persona se irguiera de nuevo. A veces yo me acercaba a ella, conversábamos un poquito, ella me decía: “Estoy rezando por Fulano…” Lo cual equivalía a cierta leve insinuación de que yo también debería rezar, no era un pedido formal. Mi madre no me pedía, sino raramente, rezar por alguna intención, pues intuía que yo rezaba por otras cosas mucho más altas, pero deseaba que yo deseara. Hacía una insinuación que tenía una connotación por donde daba a entender la razón por la cual estaba rezando, lo que la persona estaba haciendo de malo. Rezaba con el afecto que tendría por aquella alma si estuviese andando bien. Había una especie de perdón anticipado de la deuda. ¡Incluso cuando alguien desilusionaba por completo sus esperanzas, mi madre nunca, nunca, nunca tenía un ataque de rabia, de queja, de cólera, de nada! Era de una mansedumbre absoluta, como un cordero. De tal modo que si, contra toda expectativa, la persona volvía al bien, la encontraba como en la víspera.

Bajo el punto de vista de la mansedumbre, ese fue, de los diferentes aspectos de su alma, el que más me tocó. Porque yo veía a veces cosas que la contundían a fondo; sin embargo, ella las recibía con toda dulzura, sufría con tristeza, ¡pero sin la menor amargura, la menor réplica, la menor lamentación! Yo veía que mi madre pedía perdón a Dios por aquella alma. ¡Eso era algo que me entusiasmaba mucho, mucho! La mansedumbre de mi madre también me desarmaba mucho, porque hubo una época en que, siendo niño aún, tuve cierta dificultad cuando algunas cosas suyas yo no las entendía bien, y no las entendía por cortedad de vistas. Yo mostraba desagrado y recibía de ella una mansedumbre tocante, y viendo que no me podía explicar porque yo no entendería… su silencio era tan discreto, pero al mismo tiempo tan profundamente sufridor, que yo quedaba desarmado. Algunas veces yo me sentía en guerra abierta contra ciertas personas y la veía llena de bondad. Y con esa inconformidad yo tendría la tendencia, no de hacerle una censura directa, sino de enfadarla en algún otro punto. Habría actuado muy mal si lo hubiera hecho; pero me fue muy fácil no hacerlo, a causa de esa excelencia moral que mi madre tenía, aunque en aquella época yo no entendiera.

No solo cuando mi madre estaba fuera de casa yo la trataba mucho mejor que las demás personas, ¡sino que no trataba a nadie como a ella! Era un trato súper excelente. Mi madre fingía que no lo notaba, pero yo sabía bien que ella era sensibilísima a eso. Jamás la vi haciendo una mirada a otra diciendo: “Vea cómo me trata mi hijo”. ¡Nunca! Yo no la vi compararse con nadie. Su recíproca era como una madre trata a un hijo a quien quiere bien, pero no era como el trato que yo le dispensaba a ella. Lo que yo tenía para con mi madre era un trato ostentoso, de tan cariñoso. El suyo para conmigo era mucho más discreto. Veo que ella procuraba evitar distonías, yo provocaba la distonía. Cierta vez le comentaron a mi madre: “¡Yo nunca vi a nadie tratar bien el uno al otro como usted y el Dr. Plinio! ¡Ni los enamorados se tratan así!” Me contó después, complacida, pero como si fuese un hecho cualquiera, todo muy discreto. Así como yo soy de explosivo, ella era discreta y habilidosa.

(Extraído de conferenciadel 20/9/1980)

Novena pidiendo la ayuda de Dña. Lucilia

Las peticiones que a ella se dirigen, además de ser atendidas con prontitud, hacen que se derramen torrentes de afecto, auxilio y cariño sobre aquellos que la buscan. Porque esta generosa señora ha atendido las súplicas que a ella le elevan haciendo sentir el inefable afecto que el Sagrado Corazón de Jesús tiene por cada uno de nosotros, tanto más grande cuanto peores fueren los dramas y dificultades.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Jordania Patricia de Azevedo, de Fortaleza (Brasil), nos escribe para contarnos un hecho aparentemente simple, pero que demuestra ser fruto de una enorme gracia.

Se encontraba desde hacía meses con la salud debilitada y estaba realizando un tratamiento para las recurrentes infecciones que le aparecían después de haber sido operada del intestino. Afligida, comentó su cuadro médico con algunos heraldos precisamente el día en que descubrió que estaba con otro absceso en la pared abdominal izquierda.

Novena al Sagrado Corazón de Jesús que Jordania empezó a rezar

«Me sugirieron que le hiciera una novena a Dña. Lucilia para pedirle su ayuda con el propósito de curar esas infecciones; así lo hice. Recé en la novena el Oficio de Nuestra Señora y cuando me faltaban dos o tres días para terminarla un conocido me comentó que la oración diaria de Dña. Lucilia era la Corona al Sagrado Corazón de Jesús; entonces me dijo: «Reza, Jordania, esa misma oración en la intención de tu salud, y no pares».

«Cuando acabé la novena, empecé a rezar diariamente la Corona al Sagrado Corazón de Jesús y desde que comencé me siento «diferente»…».

¡Me siento tan saludable como antes!

Impresionada con la rápida recuperación de su salud, Jordania comenta: «Antes me sentía enferma y le decía a mi esposo, llorando: «Incluso con todo el tratamiento, drenaje de absceso, medicamentos fortísimos, me siento enferma». No sé explicar cómo, pero no me sentía saludable de ninguna manera. Desde que empecé la novena, se me pasó esa sensación de estar enferma».

Da. Jordânia de Azevedo com a apostila “Peregrinando dentro de um olhar” - Foto: Reprodução

Da. Jordânia de Azevedo con el librito “Peregrinando dentro de um olhar” 

Segura de que había sido por intercesión de Dña. Lucilia que sus oraciones habían sido escuchadas, Jordania pudo constatar enseguida el motivo de mejoría que experimentaba al examinar el resultado de una prueba médica:

«¡Todos los valores eran normales! ¡Todos! ¡No constaba ninguna infección, ninguna inflamación, no constaba nada de anormal! Diferente a todos los demás exámenes de sangre que me había hecho. Para mayor gloria de Dios, alabanza de Nuestra Señora, y para que un día Dña. Lucilia sea reconocida como santa, les digo con mucha emoción: ¡Estoy bien, muy bien! Me siento tan saludable como antes…».

Jordania explica además que la resolución de la infección era una condición necesaria para que pudiera dar continuidad al tratamiento quirúrgico intestinal. Por eso, al mismo tiempo que agradecía a Dña. Lucilia la gracia alcanzada a través de su intercesión, le dirigía una nueva súplica:

Dulce y tierna mirada de madre

«Le pedía la gracia de que el cirujano no encontrara nada anormal, porque lo mismo desconfiaba de que hubiera una fístula. Le pedía también que él se sorprendiera de tal forma que él mismo me lo dijera. Y así ocurrió…

«La operación tuvo lugar el 19 de enero y al día siguiente, haciendo la visita, mi cirujano me dijo: “Su operación ha sido bastante rápida, estoy impresionado. No había nada de lo que yo esperaba encontrar; fue posible hacer todo lo que yo quería”.

«En ese mismo momento le agradecí enormemente a Dios, a la Virgen y a Dña. Lucilia esa gracia tan grande y el haberme adoptado como hija. Hoy estoy en casa, tan sólo siete días después de una operación de tamaño porte. ¡Lo considero un milagro! ¡Bendito sea Dios!».

Edificada por el ejemplo de madre y esposa que pudo admirar en la vida llena de templanza, fortaleza y docilidad de esa bondadosa señora, Jordania afirma: «Para aquellos que la buscan, pueden estar seguros: ¡Dña. Lucilia, con esa dulce y tierna mirada de madre, nos atiende!».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2021)

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Una llama encendida en el Sagrado Corazón de Jesús

En más de una oportunidad tuve la ocasión de decir que mi madre era profundamente devota del Sagrado Corazón de Jesús. Ella demostraba esa devoción en casa por las oraciones que hacía, pero también, y de un modo tal vez más acentuado, cuando iba los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo la veía envuelta en el ambiente tan espléndido y peculiar de aquella iglesia, relacionado a fondo con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella rezaba ante su imagen, que se encontraba en la nave al lado izquierdo. Esa imagen es expresiva, de estilo artístico “sulpiciano”; no obstante, piadosa, muy respetable. Mi madre terminaba de asistir a Misa y se dirigía hacia allá. La imagen tenía la intención de mostrar el Sagrado Corazón de Jesús como es, o sea, un símbolo del amor misericordioso que Nuestro Señor tiene para con sus criaturas, en especial hacia los católicos. Él la hacía sentir ese amor, esa dulzura, esa suavidad. Era una gracia que ella recibía allí.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Sao Paulo

Por otro lado, en casa, ante una imagen pequeña del Sagrado Corazón de Jesús que había en un oratorio en su cuarto, mi madre rezaba mucho también y se entregaba a la misma actitud espiritual. En aquella posición suya de oración, yo notaba mucho que lo que ella tenía de mejor no era suyo, era algo que el Sagrado Corazón de Jesús le pasaba. Más o menos como una vela bonita, recta, blanca, de buena fabricación, pero apagada, que alguien acercaba a una hoguera; el fuego pasa de la hoguera a la vela, que es encendida por una llama que la va a consumir por entero. Así también se da con nosotros: nosotros somos velas y recibimos la llama de la Hoguera de las hogueras, que es el Sagrado Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad.

La caridad es el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. Ese “horno ardiente de caridad” comunica su llama y la vela pasa a vivir de eso. Yo notaba que, cada vez más, Doña Lucilia iba viviendo de lo que recibía del Corazón de Jesús, a ruegos, es evidente, de Nuestra Señora, porque todo lo que viene de Jesús Nuestro Señor pasa por Ella. Y la vida de mi madre era quemarse delante del Sagrado Corazón de Jesús.

Yo hacía un raciocinio así: ¿por qué esa imagen produce ese efecto? Porque ella expresa una enseñanza de la Iglesia con respecto a cómo es el Corazón de Jesús. Eso fue deducido de los Evangelios, fue escrito, pasado a un lenguaje corriente. La Iglesia hacía lo posible para que esas enseñanzas contagiaran a todos los católicos, su misión era principalmente esa. Entonces, la Iglesia inspiraba la hechura de la imagen, la construcción de un edificio consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, y determinaba que aquella imagen fuese expuesta allí para la veneración de los fieles, lo cual significaba que ella quería que los fieles fuesen así.

Luego, por detrás de todas esas realidades, había una más alta: la Iglesia Católica quería eso, pero lo quería casi como una criatura humana lo quiere. Ella, templo del Espíritu Santo, quería que eso fuese así, con un querer inspirado por el Espíritu Santo. Todo eso, con todas sus sublimidades, perfecciones, excelencias, provenía de la Iglesia. Y había en ella un principium vitæ –un principio de vida– que es el Divino Espíritu Santo, el propio Dios, inspirando todo aquello que los hombres que la dirigían hacían para llevarla a la realización de sus sublimísimas finalidades.

El conjunto de esa enseñanza, de la grey enorme de fieles especialmente fieles al Sagrado Corazón de Jesús, formaba un todo con la Iglesia Católica. Yo debería amarla con un amor mayor que aquel con el que amaba a mi madre y amaba a las otras personas a quien yo quería porque eran devotas del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia es el principio de vida superior a todo eso.

En mi madre, yo veía el espejo del Sagrado Corazón de Jesús y de todo cuanto esa devoción enseña. Encontraba en ella un reflejo de aquello que yo contemplaba en las imágenes del Corazón de Jesús, de lo que había aprendido en la Historia Sagrada, en el Catecismo y, en fin, en las vidas de los santos y en aquello que rodeaba mi vida religiosa. Yo notaba mucho todo eso en ella y, por un principio de coherencia, si me gustaba tanto que esas cosas fuesen así, no me podía dejar de gustar mucho que ella fuese así. Y el fondo de mi amor a ella era ese. Es evidente que el hecho de que ella fuese mi madre colaboraba con eso, pero de una manera muy secundaria. El hecho fundamental es que yo la amaba más como hija de la Iglesia que como mi madre. Esa influencia suya pasaba a mí, pero yo era como un pabilo ávido de la llama. Yo quería esa influencia, me abría a ella y, mientras estaba con ella lo máximo que podía, yo reforzaba esa influencia en mí, en la lógica del elemento primordial que es el gran amor que yo tenía a Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia y, por lo tanto, a Nuestro Señor Jesucristo, Hombre Dios, a Nuestra Señora, al Divino Espíritu Santo.

Oratorio con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doña Lucilia

En contacto con el mundo moderno, a través del Colegio San Luis que cursaba, yo sentía mucho la modernidad de las cosas y todo el mal que había en eso. Ella sentía el mal que había en eso. Ella sentía la modernidad, de algún modo, en el ambiente general donde ella y toda la ciudad de São Paulo estaban inmersos. Pero ella no llegaba a comprender, al comienzo, toda la malicia de eso. Y no comprendía, por lo tanto, el carácter militante que yo tenía como católico. A ella le parecía bueno, pero no percibía hasta qué punto ese aspecto debería ser predominante para quien estaba llamado a vivir en el tiempo en que yo viví sin ella y no en el tiempo en que vivíamos juntos. Por ejemplo, de las abominaciones de nuestros días. ella no llegó a tener conocimiento. De un modo vago, de conjunto, cierta noción sí, pero la idea propiamente, no. Lo cual también se debía, en parte, a la configuración de su espíritu: muy comedido, moderado no diría, pero prudente, y en el cual las realidades aparecían con matices muy delicados. También es propio del ser femenino. Y en mí, por el contrario, las realidades aparecían, desde luego, con colores fuertes. Yo solo juzgaba que una determinada realidad había sido bien comprendida por mí, cuando comprendía por entero lo que tenía de bueno, en qué era opuesta al mal que circulaba en nuestra época a ese respecto. Era la Revolución y la Contra-Revolución que, de niño, por la bondad de Nuestra Señora, mi espíritu iba tejiendo, sin percibir lo que hacía. Entonces, deseo de destruir, entiéndase bien, no de destruir por destruir; era el deseo de destruir aquello que destruye. Es más o menos como una persona que ve una casa antigua, buena, pero toda carcomida por las polillas y percibe que ellas, de un modo inevitable, van a contagiar y destruir todas las otras casas del barrio.

La persona que perciba eso quiere la destrucción de la casa foco de las polillas. No por el gusto de destruir, sino porque en aquella casa está un principio, un elemento activo de destrucción que va a liquidar, y contra eso yo me erguía indignado. Con mi madre yo me abría por entero, hablaba de las Cruzadas… ¡de cuántas cosas! Ella lo aprobaba, pero no llegaba a comprender hasta qué punto aquello debía ser de esa forma. Ella no tendría contra eso una objeción, sino una zona de admiración menor.

Con el correr del tiempo y viendo, por ejemplo, las abominaciones que hacían los comunistas, y después, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis, ella fue comprendiendo la inmensidad de maldad que había entrado por toda parte, además de la “hollywoodización”.

Muy temprano surgió en mi alma una lamentación: la Iglesia del Corazón de Jesús estaría perfecta, pero faltaba algo para ser enteramente de mi gusto. Esa cosa era, por ejemplo, una bella alabarda atada con una cinta bonita y varonil –nada de cinta de cabello de niña– junto a cada confesionario.

Eso, con el tiempo, Doña Lucilia lo fue comprendiendo.

(Extraído de conferencia del 4/1/1995)