Manifestación de acogida, gentileza y bondad

Doña Lucilia tenía una noción muy profunda de la maldad del género humano, que se reflejaba en las personas con quien ella trataba y le causaban decepciones. Pero ella las acogía sin ninguna acrimonia, acidez, ni recriminación; era llena de perdón y de bondad. No obstante, en ella no había ni una gota de ilusión a ese respecto.

e vez en cuando me vuelve al espíritu la actitud de Doña Lucilia con relación al proceso revolucionario, con la curiosidad de recoger pequeñas reminiscencias que me permitan ver y describir mejor cómo era ese asunto.

Noción profunda de la maldad del género humano

Hay ciertas nociones preliminares que, aunque estén al margen del asunto, deben ser consideradas. Una persona del siglo XIX era mucho más atenta a los propios dramas interiores, que una persona posterior a la Primera Guerra Mundial.
Si hay una cosa poco desarrollada en las atmósferas marcadas por el “hollywoodismo” es la sensación, la idea del drama interior, de un elemento que le falta a un alma para que se complete, aquello que la hace sufrir. Esas cosas que el romanticismo del siglo XIX consideró con un lente de aumento, el siglo posterior las comprimió al máximo posi
D ble. Una persona dramatizaba mucho más ciertas situaciones infelices en el siglo XIX, porque las tomaba mucho más en serio, llevándolas con cierta tendencia a la exageración.

En mi madre no noté una tendencia a la exageración, pero ella era muy seria. La fotografía de ella muy joven indica mucho eso. Ella llevaba la seriedad hasta el último límite. Y por esa causa, Doña Lucilia consideraba ciertas situaciones interiores sobre todo bajo el siguiente aspecto: ella notaba que en un mundo feliz – los hermanos, la familia en general, bien instalados – ella era infeliz, porque había sufrido enormemente con la operación realizada en Alemania, en 1912. Además, con sinsabores que también la habían hecho sufrir mucho cuando joven. Le quedaba, entonces, una idea de que ella estaba muy marcada por el sufrimiento y que la Providencia la había escogido para eso.
Por otro lado, la idea de que la transformación que ella observaba en su entorno, que repercutía dentro de ella, resultaba de una profunda maldad del género humano. Ella tenía una noción muy profunda de esa maldad, sin acidez, sin recriminación, llena de perdón y de bondad, pero en la cual no había ni una gota de ilusión. Eso con respecto al conjunto de la humanidad y que, por lo tanto, reflejaba en las personas con quien ella trataba y con quien tenía decepciones, aunque sin ninguna acrimonia.

Una gracia que no existe fuera de la Iglesia Católica

Uno de los aspectos de su alma que más me encantó fue verla, a lo largo de su vida, sufrir muchas cosas midiendo hasta el fondo cada sufrimiento, sin hacerse ninguna ilusión. Y después tratar todo con bondad, con un perdón que me hacía recordar a la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, y aquella atmósfera de innegable perdón que allá existe.
Ella parecía muy modelada por eso. Por esa razón ella me llevó a considerar muy desconfiadamente el género humano. La cuestión se ponía así:
hasta las mejores personas, a quien razonablemente más se quiere, en el fondo, desilusionan. Y si no desilusionaban a todos, por lo menos, la desilusionaban a ella. Y al desilusionarla indicaban que tenían aspectos malos. Ese era, entonces, un aspecto triste y hasta desolador de la existencia humana, considerado, no obstante, con mucha suavidad, pero dejando trasparecer en la mirada una perplejidad: “Veo claramente cómo es eso, pero, ¡qué cosa asombrosamente pésima!”
Por la fotografía se nota que no hay acrimonia, ninguna acusación, ninguna recriminación. Apenas existe una especie de perdón como quien dice: “Deje que eso sea así, yo voy a seguir siendo buena. Eso se explica en Jesucristo Nuestro Señor y no de otra forma, pero se explica realmente”.
Si hay algo que no es natural, es eso. Es decir, es una gracia sobrenatural recibida en el Bautismo, que no existe fuera de la Iglesia Católica y dentro de ella no es frecuente. Fuera de la Iglesia Católica es inútil buscar, porque no existe. Es una gracia que forma la persona en Nuestro Señor Jesucristo.
Hay una jaculatoria dirigida a Nuestro Señor: “¡Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro!”. Es una gran gracia. A propósito, fue lo que Nuestro Señor nos enseñó durante toda su vida. La actitud de Él con nosotros durante la Pasión, por ejemplo, fue esa todo el tiempo.

Un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño

Nuestro Señor vio el mal, claro. Pero a Él no se le muestra así. Se presenta su tristeza, pero no se llega a decir tajantemente que esa tristeza se debe a que Jesús veía el mal en los otros.

Imagen del Sagrado Corazón ofrecida a Doña Lucilia por su padre


Hay un trecho del Evangelio en el cual el evangelista hace este comentario: “Habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo”
(Jn 13, 1). Doña Lucilia daba prueba de ese amor hasta el fin. Yo creo que esa es propiamente la expresión, la irradiación de Nuestro Señor, y también de Nuestra Señora: Salve Regina, Mater misericordiæ y todo el resto, muestran la posición hacia el pecador.
De ahí resulta su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y eso modelaba su alma de tal manera que, al final de su vida, habiendo sufrido todo lo que sufrió, cuando comenzaron a aproximarse a ella algunos de mis jóvenes seguidores, noté que ella se dejó tocar por ese afecto, creyendo en él enteramente. Por tanto, ella ni siquiera había perdido ese frescor de alma por el cual la persona está dispuesta a creer y a esperar una vez más, aunque haya tenido mil decepciones.
De repente apareció en su vida, a punto de terminar, un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño al cual ella se entregó con toda bondad.
Ahora bien, la reacción “normal” sería: “Yo estoy por morir, no voy a embarcarme en la milésima decepción de mi vida. Le cierro la puerta.”
Eso corresponde a una forma conmovedora de perdón. No de un perdón bobo, sino con un profundo discernimiento.
Para utilizar una imagen, era más o menos como cierta hierba cuando es pisada; el pie del hombre dobla la hierba, pero poco a poco ella vuelve a su estado natural. Así era Doña Lucilia. Minutos después de recibir la ofensa, ella estaba con la misma bondad,  nclusive con la misma persona que la había hecho sufrir. Hay almas que, a fuerza de sufrir, quedan como alguien que, debido a un reumatismo, tienen rígidas todas las articulaciones del cuerpo, y por eso les cruje y les duele cualquier movimiento. Es horrible, es triste. Si hay alguien que no era así, fue mi madre. Arquetípicamente no era
así. Ella manifestaba, a cualquier momento, una acogida, una gentileza, una bondad, asombrosa. Era la actitud de un alma consciente de toda la maldad del hombre, pero sabía que podían existir, axiológicamente, criaturas humanas que correspondiesen. Y ella llevó esa certeza tranquilamente hasta el fin.

(Extraído de conferencia de 31/8/1985)

El ímpetu de Doña Lucilia al increpar el mal

Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, Doña Lucilia levantaba todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Sus palabras nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral de quien andaba mal.

Se diría que, a causa de la gran mansedumbre, condescendencia y compasión que rebosaban de Doña Lucilia, ella quedaría horripilada con la hipótesis de que fuesen desencadenados castigos como los previstos en Fátima y en tantas otras revelaciones privadas.

Sentimientos opuestos, pero armónicos

Sin embargo, yo la vi una que otra vez expresar sentimientos opuestos, enteramente armónicos con la personalidad de ella. No propiamente cuando ella hablaba de castigos de pueblos o de civilizaciones – tema que ella conocía, pero entraba poco en sus reflexiones cotidianas –, sino cuando trataba sobre determinados castigos, degradaciones o deterioraciones individuales, con el resultado que eso conllevaba. Así, al referirse a alguna persona que moralmente había decaído mucho, que se había degradado, cuando la degradación era horripilante, mi madre tenía un modo de expresarse por donde aparecía, en relación con los aspectos morales de esa persona, un asco que indicaba, al mismo tiempo, una especie de toque de difuntos. Era como quien daba a entender lo siguiente: eso está de tal manera deteriorado, que tiene lo desagradable de lo putrefacto, y la propia sanidad de la persona exige que lo descompuesto sea enviado a la basura y destruido. La destrucción de lo putrefacto es una señal de salud, y el horror a lo putrefacto es un indicio de integridad. La aversión de ella a las degradaciones morales muy grandes era idéntica a la repulsa a la putrefacción.
No era, por lo tanto, un sentimiento de justicia considerado meramente en abstracto – se practicó un acto altamente censurable, luego, debe ser castigado –, sino una clasificación de un determinado estado de alma como execrable y purulento. Y, en lo purulento, la repulsa llena de desdén y la necesidad del exterminio. No obstante, ese exterminio se presentaba bajo la forma de un respeto a sí misma y al orden superior puesto por Dios, violado por alguien hasta un punto inimaginable. En ese caso, no vi que cupiese una referencia a la misericordia, a no ser por el lado siguiente: “El pobre de Fulano, la pobre de Fulana”. Sin embargo, eran pobrecitos porque habían caído en estado de putrefacción y, por tanto, merecían repulsa y rechazo. No era una actitud así: “No lo repelamos porque él es un pobrecito…”; sino por el contrario: “Pobrecito, él debe ser repelido…” En eso entraba la buena ordenación del espíritu de ella.

Admiración por la combatividad

Esa posición se transponía también en una gran admiración por la valentía. Doña Lucilia no admiraba la valentía en cuanto valentía, en cualquier circunstancia en que la persona fuese valerosa, pero la valentía aplicada contra ciertas situaciones concretas, putrefactas y altamente deterioradas, a ella le parecía una especie también tiene capacidad de exponerse a un riesgo insigne con un dominio sobre sí mismo, por amor a eso.
Eso forma al varón de Dios. Tenía, entonces, ¡un gran entusiasmo!
Pero era necesario tener cierta finura de discernimiento para percibir que eso estaba en el espíritu de ella, pues lo que aparecía más evidentemente era la destrucción del mal, que no tiene el derecho de existir y debe ser repelido. También existía otra forma de combatividad en Doña Lucilia. Ella no era una persona discutidora, pero apreciaba mucho cuando alguien daba una respuesta que achataba una causa mala. Y es curioso: ella, que era una persona bien locuaz, nada concisa en lo que decía – no inútilmente prolija, sino bastante expansiva –, sin embargo, apreciaba mucho las réplicas concisas. Y a veces guardaba,
de esta o de aquella situación que había visto, réplicas concisas, se acordaba y contaba, apreciando una operación con horizontes claros, con rayos límpidos que alcanzasen su objetivo.

Movimientos de indignación

Nunca la vi hacer una indirecta, hacer una insinuación contra nadie.
Eso no era de su estilo. En su convivencia suave había, por lo tanto, muy poca probabilidad de que ella dijese alguna cosa desagradable. Pero mi madre tenía, aunque raras veces, movimientos de indignación que procedían, en general, de la conjugación de cierta sorpresa delante de alguna cosa pésima, más lo pésimo existente en aquello. Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en marcha, en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, mi madre llegaba a levantar todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Decía tres o cuatro cosas que nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral pésima.
Por lo tanto, nunca decía algo que criticase la falta de inteligencia, de educación, de cultura, algo que disminuyese a alguien en cuanto persona, sino que increpaba el mal procedimiento. Y ahí era difícil resistir a su ímpetu. Por otro lado, una vez hecha la increpación, nunca la vi jactarse de eso, ni repetir el episodio, ni contar. Había hecho lo que debía hacer, eso moría y ella continuaba viviendo.

(Extraído de conferencia de 12/7/1982)

Una voz comunicativa

La voz de Doña Lucilia era muy flexible y ondulada, con una capacidad extraordinaria de hacer trasparecer el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar. Eso hacía su conversación muy agradable.

 

Mandolina perteneciente a Doña Lucilia

Doña Lucilia nunca fue cantora. Cuando joven tocaba un instrumento panzudo y todo adornado con madreperlas, llamado mandolina.
Como el clima en São Paulo siempre fue muy irregular, cierta vez ella tuvo un resfriado bastante agudo, perdiendo buena parte de su audición por esa causa. Así, quedó incapaz de tocar música, porque para eso es necesario tener un oído muy afinado. Sin embargo, ella conservó la mandolina hasta el final de su vida, guardando cierta nostalgia de ella, aunque ya no la tocara.

Voz comunicativa, principalmente en los asuntos elevados

Aun así, mi madre tenía la voz muy flexible, ondulada. No era nada cantante, sino una voz con una capacidad extraordinaria de transmitir el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar.
Así, cualquier cosa dicha por Doña Lucilia, según el caso, podía tomar una inflexión muy comunicativa y persuasiva, lo cual volvía su conversación muy agradable. Sobre todo cuando se trataba de un asunto serio – no solo en el sentido de reprensión, sino también de aprobación, de un cariño serio, de un tema elevado –, su voz se hacía muy comunicativa.
Eso hacía que ella, cuando quería comunicar confianza, tuviese inflexiones de voz que transmitían una especie de persuasión que, a primera vista, podría parecer gratuita, pero analizando bien, se veía que no era así.
A mí mismo, como hijo suyo, en circunstancias de mi vida de niño –porque el hombre necesita tener
confianza desde pequeño –, así como después en situaciones de mi vida de joven y de adulto, varias veces ella me recomendó esa virtud, comunicándola de modo a persuadirme de que realmente era necesario confiar y mantenerme tranquilo.

El niño Plinio se enferma de paperas

Me acuerdo, por ejemplo, de una cosa que es una bagatela: el modo de ella tratarme las paperas.
Esa enfermedad, si es bien cuidada – evitando que el niño salga corriendo por el jardín, etc. – no tiene ninguna gravedad, pero es un poco prolongada, y para un niño constituye una eternidad quedarse en cama. No hay ningún niño que no tenga horror a permanecer en cama.
Ahora bien, yo no sabía que las paperas podían pasarse de un lado a otro del cuello. Tuve a un lado y después fue disminuyendo. Mi madre – que conocía esa característica de la enfermedad, pero no me lo decía para que yo no quedase temeroso –me tranquilizaba: “¡Mira, ya están mejorando tus paperas!” Yo iba palpando, sintiendo que disminuían, y haciendo planes de salir corriendo al jardín, y de mil otras cosas de un niño que no aguanta más la cama.
Un buen día le dije a ella:
– Mamá, qué gracioso, tengo algo aquí.
– Hijo mío, las paperas pasaron al otro lado.
Comencé a llorar, porque para un niño de seis años eso puede significar una catástrofe cósmica, universal…
– No, ten paciencia, que eso pasa como ya pasó del otro lado – me consolaba ella –.
Si otra persona me dijese eso, yo bramaría: “Eso no pasa, eso no se está acabando, ¿no ves? ¡Cambiemos ese médico!” Yo no entendía bien lo que ocurría. ¿Cómo era posible que la misma enfermedad apareciese al otro lado? ¡Ese médico es un incompetente, no sirve para nada!
Pero al decirme “eso pasa”, ella me daba la persuasión de que realmente eso iba a pasar, el tiempo no sería tan largo, era soportable y, al fin de cuentas, durante la enfermedad yo tendría los cariños excepcionales de ella, que compensarían la prueba de quedarme en cama.

“¡Ten confianza!”

Pueden imaginar el desenlace del caso: cuando las paperas estaban casi curadas, amanecí con una indisposición de estómago violentísima.
Mi cuarto quedaba al lado del de ella. La llamé:
– Mamá, ven, por favor.
Ella vino y yo le dije:
– Amanecí con esto.
Filhão¹, las paperas pasaron al estómago…
– ¡¿Eso se transmite al estómago?! ¡¿Dónde más pasa, a los ojos, a la lengua… ?!
– Quédate calmado, porque solo da en los dos lados del cuello y en el estómago; en ningún otro lugar.
Ahora, de hecho, es la última vez. Quédate consolado. Mira, te voy a traer un juguete. ¡Ten confianza! Ese “ten confianza” era dicho de tal modo que yo comenzaba a confiar y me sosegaba. Era el efecto comunicativo del timbre de su voz, propio de una madre, pero al mismo tiempo con algo que yo sería llevado a juzgar como sobrenatural, y que actuaba profundamente sobre mí.
Aunque yo haya sido en toda mi vida muy categórico, me sosegaba, me acostaba, recostaba mi cabeza en mi almohada y comenzaba mi triste mañana de enfermo. Pero con ella al lado no había problema, estaba todo resuelto: “Mamá está ahí, yo confío en ella, porque ella lleva consigo algo de Dios que hace que todo dé buen resultado.”

Intercambio de mociones que aumentará en las circunstancias más difíciles

La gran cantidad de flores depositadas en la sepultura de Doña Lucilia muestra la forma en que son tratados como hijos los que a ella recurren. Todo eso corresponde a gracias recibidas, a esperanzas de nuevos favores, al afecto y a la gratitud por los beneficios obtenidos. Es una cosa muy justa, muy razonable. Además de las flores, ese grupo de personas se queda allí indefinidamente, sin querer irse. Tanto pueden salir de repente si llueve, por ejemplo, como no incomodarse mucho y permanecer bajo la lluvia.
¿Por qué? Porque están sintiendo algo interior, una gracia que lleva a la persona, más o menos confusamente, a pensar: “Aquí estoy bien y de aquí no salgo”. Se ve que hay una especie de diálogo mudo entre el alma de ella en el Cielo y las personas que están rezando allí.
Ese intercambio de mociones se deberá dar intensísimamente en circunstancias difíciles como, por ejemplo, durante los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
(Extraído de conferencia de 28/2/1993)


1) N. del T.: En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Un Viernes Santo con Doña Lucilia

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, Doña Lucilia se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. Ella Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones.

Siguiendo una antigua tradición familiar, el Viernes Santo, a las tres de la tarde, cuando se celebra la muerte de Nuestro Señor Jesucristo en lo alto del Calvario, mamá se reunía en casa con sus hermanas, acompañadas de sus respectivos hijos. – Doña Lucilia tenía un crucifijo que había pertenecido a su padre y que databa de la época en que Brasil se independizó de Portugal, o de antes, hacia los últimos días del Brasil colonial. Ella guardaba ese antiguo crucifijo en un cajón y lo sacaba una vez por año, para rezar en ese día.
Ella misma preparaba cuidadosamente el ambiente. Ponía el crucifijo sobre un estante, en mi escritorio, y junto a él colocaba un valioso candelabro que había recibido de regalo de bodas; envolvía la base de la vela con un papel de seda, formando una especie de flor muy delicada; prendía la vela y comenzaba las oraciones. Como era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús, que fue perforado por una lanza cuando estaba en lo alto de la cruz, ella rezaba las letanías del Sagrado Corazón de Jesús utilizando un devocionario francés traducido al portugués. Mamá iba leyendo las letanías y la familia respondía. Enseguida, ella pedía por diversas intenciones que suponía estar en el corazón de los familiares presentes: oraba por los fallecidos, para que fueran liberados del Purgatorio, por los enfermos, por las personas que estaban vacilando en la virtud, etc. Rezaba durante mucho tiempo por una serie de intenciones.
Después, ella pasaba un tiempo rezando en voz baja. Nos parecía que se trataba de intenciones particulares que no quería decir a nadie. Me atrevo a imaginar que yo figuraba en el centro de esas intenciones… Cuáles fuesen los pedidos que ella hacía en beneficio de cada uno de nosotros, solo lo sabía ella y el Sagrado Corazón de Jesús.
Pasaba mucho tiempo, y los presentes se iban cansando. Los menos fervorosos se cansaban más rápido, los más fervorosos se quedaban más tiempo rezando. Después, todo el mundo se sentaba. Ella, sin embargo, seguía rezando.
Por fin, ella hacía la señal de la cruz y se volvía afablemente hacia cada uno, saludaba a los que aún no había saludado, se sentaba y comenzaba una conversación familiar común…
Habitualmente, cuando recibía visitas, mamá les ofrecía algo de comer y beber; pero ese día ella no ofrecía nada. Era día de ayuno y, fuera de la hora de la cena, nadie comía en su casa.
Así era un Viernes Santo con Doña Lucilia.

Tomado de conferencia del 27/06/1987

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Fidelidad a las verdades supereminentes

En medio a innumerables pruebas que ornaron su vida, Doña Lucilia se mantuvo siempre fiel a las verdades que orientaban y fundamentaban su existencia.

A veces acontece que entre personas destinadas a mantener una relación más intensa, profunda y elevada se establece cierta confusión, que cuanto más se intenta esclarecer, se vuelve más confusa. Lo verdadero en esa situación es no hablar, y sí esperar. Es necesario confiar.

Incomprensiones dentro de una relación

Yo tuve la experiencia de eso en algunas ocasiones en las cuales procuré ayudar a determinadas personas en asuntos de vida espiritual. A veces sucedía que yo entraba en el tema por un lado, y la sensación de la persona era que yo debería haber entrado por otro. La salida era parar, rezar y esperar pasar el tiempo. No se podía hacer nada.

Cómo eso es duro: queremos hacer el bien, pero el otro es como alguien que está con el cuerpo entero quemado. Donde se pone el dedo, él gime. ¡Realmente eso es duro!
Cuando la persona se coloca en una relación errada, se hace imposible el entendimiento. Puede suceder por culpa propia o por una prueba, pero es una dilaceración muy seria, pues la vida queda truncada en un punto fundamental. ¿Cuál es la razón por la cual Dios
permite eso?

Nuestra Señora y San José, ejemplos de fidelidad a las certezas supereminentes

Las certezas no son autónomas unas de otras. Hay algunas certezas supereminentes que garantizan el todo, aunque las “bombardas” estén explotando en las convicciones inferiores.
Un ejemplo claro de eso es la perplejidad de San José (cfr Mat 1, 19-24). Él no podía dudar de la integridad de Nuestra Señora. Él tenía respecto a Ella una certeza supereminente. El demonio debe haber actuado, haciendo de todo para perturbarlo, pero él conservó la paz de alma. Hizo el raciocinio clásico: “No lo descifro, pero cuando lo descifre, voy a ver que eso ocultaba una maravilla.” Él no desconfió porque era fiel a las certezas supereminentes.
Generalmente, cuando una persona es tentada, tiene una especie de amnesia con relación a las certezas supereminentes.
Otro ejemplo: Nuestra Señora y San José cuando perdieron al Niño Jesús (cfr. Lc 2, 43-50). ¿Cómo podían dudar con relación al Niño Jesús? Ellos veían muy bien que Nuestro Señor los quiso probar. Ese episodio fue un poco como la crucifixión para Nuestra Señora.
Anna Catalina Emmerich¹ cuenta que, antes de ese episodio, la Santísima Virgen comenzó a notar que su Divino Hijo la trataba con cierta frialdad. Por humildad, pensó que tenía la culpa. ¡Fue un tormento! Lo más curioso es el hecho de que María Santísima no preguntó nada al Niño Jesús. Hay horas en las cuales es mejor no preguntar… Eso también acontece en la vida de familia. Hay un desentendimiento entre dos personas, y para que no aumente, los familiares fingen no
notar. La vida es así.

Cuando falta esa fidelidad…

Toda especie de nerviosismo es inevitable cuando las verdades supereminentes no están bien colocadas.
Consideremos a los Apóstoles en el episodio de la tempestad en el Mar de Galilea (cfr. Mc 4, 37-40). Era una verdad supereminente que el barco donde estaba Nuestro Señor no podía hundirse. Ellos fueron hombres de poca fe.
Otro ejemplo elocuente en esa materia es el de San Pedro hundiéndose, después de haber andado sobre las olas (cfr. Mt 14, 28-31). La desconfianza es, en la mayor parte de las veces, una sensación. Cuando San Pedro sintió que las olas se movían bajo sus pies, las certezas supereminentes fracasaron.
En el sueño de los Apóstoles en el Huerto (cfr. Mt 26, 40-45), algo de las certezas supereminentes estaba toldado. Era un sueño lleno de malestar. Tres veces fueron despertados y tres veces dijeron “¡no!” Estaban en un estado de infamia moral. Si las certezas supereminentes hubiesen quedado, la cosa habría sido otra.

Pruebas que ornaron la vida de Doña Lucilia

Hay imponderables que la observación no consigue catalogar bien.
Por ejemplo, mi madre. Ella, que alcanzó a vivir en el Brasil de Don Pedro II, no llegaba a tener idea de la Causa Católica con toda la articulación existente contra ella. Sabía que había enemigos de la Iglesia, pero eran como jaurías de perros bravos que invaden un jardín y son expulsados. Por eso Doña Lucilia no comprendía el Movimiento fundado por mí. No era una incomprensión hostil. Ella poseía una noción vaga con respecto a fuerzas que actuaban contra la civilización cristiana, tenía apenas vislumbres sobre eso.
En consecuencia, ella no comprendía la distancia tomada por mí con relación a ella por causa del apostolado que yo desarrollaba junto a mis seguidores. En cierta ocasión tuve que prepararme, de una hora para otra, para un viaje a Uruguay. Por razones especiales, necesité vender algunos objetos que ella estimaba para tener dinero, y no se lo podía decir. Si le fuese a explicar las razones, crearía una situación de intranquilidad que permanecería hasta el fin de su vida. Ella no recibió la explicación, pero percibí que se había dado cuenta de la operación hecha por mí. Sin embargo, no preguntó nada. Ella debería pensar que yo lo hice porque estaba necesitado y tenía un fin honesto. ¿Qué habrá pensado ella? “Es un hijo tan bueno, tan honesto… Pero, si es honesto, ¿por qué no me cuenta? Él se dio cuenta de que vi, ¡pero no me cuenta! Debe haber alguna razón. Lo miro, y él es el mismo…” Ella creyó en las verdades supereminentes que habitaban tranquilamente en su alma, hasta el fin. Eso le fue exigido por la Providencia. ¿No es verdad que esas pruebas ornan la vida de Doña Lucilia? Que la Providencia pueda exigirnos padecimientos semejantes, ¡es una gloria! Debemos sufrir cosas de esas como una prueba.

Discernimiento, confianza y desvelo de una madre amorosa

Cuando viajé a Europa en 1952, no le revelé a mi madre mi viaje para no traumatizarla. Antes de partir le dejé una carta con una tía, con quien concerté que la misiva solo debía ser entregada cuando ella recibiese un telegrama enviado por mí desde Europa.
Cuando esa pariente mía, en posesión del telegrama, fue a avisar a mi madre, la encontró afligida, dirigiéndole la siguiente pregunta: “¿Dónde está Plinio? Porque mi corazón lo busca y no lo encuentra en ningún lugar.
¡Lo busca en Rio, en Santos, en el interior, y no lo encuentra!” Mi tía entonces le contó que yo ya había llegado a Europa, y le dio la carta. Mi madre después me escribió, agradeciendo todas las atenciones y diciendo que estaba pasando muy bien.
Cuando llegué de viaje, mi madre me abrazó y me besó. Enseguida, retrocedió un poco y, mirándome, dijo: “¡Tú eres siempre el mismo!” Después me abrazó y me besó de nuevo.
Ella poseía los elementos para discernir lo que sucedía conmigo. Eso indica bien el contexto general dentro del cual se dio la venta de los objetos a los cuales me referí, y me facilitó cuando necesité tomar esa decisión tan dura.
En las noches, cuando yo llegaba del restaurante Giordano, donde me reunía con miembros de nuestro Movimiento por razones de apostolado, a veces ella estaba rezando junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Yo entraba en casa y ella no interrumpía la oración. Tenía un rito invariable: hacía cruces en el corazón de la imagen y después en su frente, pidiendo por ella y por todos por quienes rezaba. Mientras no hubiese terminado todas las cruces, no me venía a saludar.
Enseguida, siempre con aquella calma, de la cual no puede tener idea quien no la conoció, venía hasta mí y me decía: “¡Filhão!”². Entonces comenzábamos a conversar sobre las cosas más minúsculas, hasta las más grandes. Cuando le preguntaba por qué no iba a dormir más temprano, ella decía: “No voy mientras no llegas, porque contigo en casa no puede suceder nada.” En el fondo era porque yo estaba cerca de ella…

Último acto de fe con una amplia señal de la cruz

Esas verdades supereminentes no pueden ser apenas “verdades”, tienen que ser una unión, una consonancia supereminente.
En el caso de Doña Lucilia, vean cómo actuó la Providencia: dejarla llegar al otoño, al invierno de la vida para pedir el lance heroico. Cuando se ve el Quadrinho³, parece que ya pasó todo. Nadie sabe… Al final de la vida, no se sabe lo que la Providencia cobra. Cuando mi madre murió, había pasado una noche regular. Por la mañana, mientras yo leía el periódico, el médico que la asistía me llamó: “¡Venga deprisa porque ella está muriendo!” Yo estaba recuperándome de una cirugía en el pie y no estaba con las muletas en esa ocasión. Entonces fui lo más rápidamente posible, apoyado en dos escobas, a su cuarto. Cuando llegué, había fallecido… Podía ser que el demonio borrase las certezas, para que ella pasase por la tentación. En ese caso, ella tendría que hacer un acto de fe en la memoria. Si ella dudase, quizás pondría en riesgo su salvación, pues podría pensar: “Si eso es así, ¿qué es ser católico? ¿De qué vale la Iglesia?” La amplia señal de la cruz que ella hizo antes de expirar, indicaba su certeza en las verdades supereminentes.

(Extraído de conferencia de 12/8/1978)

1) Monja agustina de nacionalidad alemana, favorecida con muchas revelaciones místicas respecto a la vida de
Nuestro Señor Jesucristo.
2) En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.
3) Cuadro a óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Vean cómo estoy en paz

Debido a la influencia de la Revolución, hay personas que tienen una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, sintiéndose inconformes cuando este se presenta. Doña Lucilia, por el contrario, tenía una total conformidad con el dolor. Aunque sufriese mucho, tenía una dulzura y una luminosidad dentro del alma que la hacían maestra de la resignación.

La Revolución no es un fenómeno actuante apenas en las ideas y en los principios, sino
también en las tendencias. Estas, a su vez, tienen doctrinas subyacentes, que, precisamente por ser subyacentes, el individuo tiene dificultad en conocerlas e identificar a qué doctrinas corresponden una serie de tendencias sentidas por él.

Efectos de la Revolución Industrial en las almas

El papel de la tendencia es muy especial; cabe a la gracia hacer brotar en las almas de los hombres las tendencias buenas, a veces por lo que ellos dicen, pero a veces también por lo que la gracia hace sentir de un modo imponderable.
Por ejemplo, la cuestión de la música sacra. Esta puede ser tocada apenas con melodías y no con palabras, pero puede también de esa manera hablar vigorosamente a las almas de los hombres, incitándolos a la virtud. ¿De qué manera? A través de los sonidos y las armonías, la música opera, por la acción de la gracia, un efecto santificante en las tendencias; tranquiliza, ordena, por así decir, limpia las tendencias de los hombres y le hacen un bien muy grande a las almas.
Hay algo en la Revolución medio ligado al carácter industrial en el ambiente en que vivimos – pues todavía estamos bajo el dominio de la Revolución Industrial –, con todas sus agitaciones, febrilidades y ambiciones por ella despertadas, así como también con las frialdades de alma y los egoísmos impertinentes que ella suscita. Y es muy difícil para un hombre – aun cuando esté dotado de esta o de aquella capacidad de discusión, o de exposición de una doctrina – remover esa disposición de alma, creada a veces cuando la persona todavía no tiene el uso de la razón, y esas tendencias erradas ya van formándose dentro de ella.

Una influencia siempre benéfica

Una cosa que yo notaba mucho en vida de mi madre – ella la tenía en un alto grado – era una forma de presencia por la cual ella ejercía el trato simple y común de una dueña de casa, es decir, de una señora con su marido, sus hijos, la residencia, con una ordenación interior, desde lo más profundo de su espíritu tan ordenado, armonioso, serio, elevado y tan afable, acogedor y virtuoso, que contagiaba, en el sentido bueno de la palabra. Y así las personas quedaban de repente distendidas, calmadas y tranquilas.

Me acuerdo, por ejemplo, de que cuando yo era pequeño tuve toda clase de enfermedades que los niños tienen: angina diftérica, tosferina, paperas. Y, naturalmente, quien me trataba era Doña Lucilia. Pero, como todos los niños, comenzaba a tener ansiedad por no tener más fiebre. Y ella era una campeona del termómetro, lo usaba muy a menudo.

Ella notaba que yo me impacientaba con el termómetro, pues mientras no pasase la fiebre no me dejaría salir de la cama, y yo prefería no tener esa restricción y levantarme rápido. Entonces, no queriendo acentuar demasiado el uso de ese instrumento, ella ponía su mano sobre mi frente.

Con sólo sentir la mano de mi madre sobre mi frente, yo tenía generalmente una impresión de frescor, de tranquilidad, de suavidad, y todas mis impaciencias pasaban. A veces mi madre venía a verme y yo pensaba: “¡Qué bueno, ella no va a hacer bajar la fiebre, pero aliviará algo que en mí está hirviendo!”

Ponía su mano en mi frente y decía: “Hijo mío, todavía tienes un poco de fiebre…” Ella hacía bajar la sensación de fiebre, y daba una tranquilidad…

Muchas veces, la presencia de Doña Lucilia también me daba la sensación de la protección de la Providencia, por el modo de sentirme seguro en todo, pues ella me protegería; cuando era pequeño, por ser ella mi madre y, por lo tanto, una persona más poderosa que yo; después, con el tiempo, eso continuaba, pero de una manera diversa.

Por ejemplo, yo no iba a un solo examen en el colegio sin pedirle que me hiciese una cruz en la frente. Y eso fue así hasta las últimas pruebas de la Facultad de Derecho. Ella no hacía una, sino unas diez cruces pequeñas. Yo iba a los exámenes acompañado por un primo que estudiaba conmigo; y lo que tiene propósito de parte de una madre hacia su hijo, tiene menor cabimiento de una tía con su sobrino. Sin embargo, mi primo, que estaba junto a mí en la despedida de Doña
Lucilia para ir a la Facultad, también la pedía, y ella igualmente le hacía varias cruces en la frente. ¡Íbamos, entonces, al examen y siempre lo pasábamos! Lo cual era más milagroso con mi primo que conmigo…
Cuando yo iba a viajar – siempre que no fuesen mis viajes a escondidas a Europa sin que mi madre
supiese; ella sólo lo sabía después –, ella me hacía varias señales de la cruz en la frente. Y yo sentía que eso me protegía, me ayudaba. Es Doctrina Católica que la bendición de una madre puede atraer la protección de Dios hacia un hijo. Y ella, consciente de eso, quería esa protección de cualquier forma. Entonces me hacía varias cruces, etc. Ella era un poquito baja, y yo alto, para mi generación. Y yo notaba que ella se ponía un tanto en la punta de los pies para hacer las cruces. Yo entonces me curvaba para facilitárselo. Después nos besábamos y yo salía, a veces besando su mano también.

Acción de presencia de Doña Lucilia

Todo eso indicaba una acción de presencia que yo tendría dificultad de explicitar. Doy otro ejemplo: La sede de la Acción Católica quedaba en el mismo piso de mi oficina de abogacía. Después de un día de trabajo, yo volvía a casa cansado, porque en la mañana daba clases, y en la tarde enfrentaba los aborrecimientos propios de una oficina de abogacía y los problemas de la Acción Católica. No era tanto un cansancio físico común, de quien carga un peso, sino un cansancio más psicológico.
Tan pronto entraba – generalmente la encontraba sentada en la silla mecedora de mi sala de trabajo, leyendo, o la mayoría de las veces rezando – yo sentía la atmósfera de tranquilidad que su presencia dejaba en ese ambiente. Sólo el hecho de que ella estuviese allá me valía por dos o tres horas de descanso.
Era una acción inmediata. Esa acción de presencia tiene algo directamente contrarrevolucionario: tranquilizar y aquietar todo el burbujear de una ciudad – que es una de las mayores del mundo – y preparar para la lucha, para la oración, para la serenidad de alma. He aquí la tranquilidad que Doña Lucilia comunicaba.
Aunque nadie me haya dicho, creo que ese fenómeno es el que le sucede a las personas, principalmente a las más jóvenes, cuando están junto a la sepultura de mi madre en el Cementerio de la Consolación. A veces las veo de pie, algunas rezando el Rosario, otras no están rezando propiamente y parecen estar absortas, sin prestar atención en nada. ¿Qué hacen allí? Están recibiendo una influencia que, a mi modo de ver, es la prolongación de la influencia ejercida por ella en vida.
Pude notar que, cuando van al Cementerio, las personas andan con prisa; al volver caminan despacio, tranquilas, conversando. Sería imposible atraer y retener a tantos jóvenes allá si no hubiese algo de ese género.
A veces el Quadrinho (1) o una fotografía de mi madre produce ese efecto.

Paciencia con un sobrino sordo

¡Cuántas veces presencié escenas así, en la vida de familia! Doña Lucilia tenía un sobrino sordo de nacimiento, con un temperamento muy difícil. A veces iba a la casa de mi abuela materna, donde vivíamos, y comenzaba a pelear con ella. Mi madre se quedaba viendo, y cuando percibía que había llegado a cierto paroxismo, se acercaba a él, lo tranquilizaba y lo llevaba a una pequeña sala, donde lo entretenía durante más de una hora. Como era sordo, no graduaba bien el volumen de su voz y
soltaba algunas palabras a los gritos. Al cabo de una hora y tanto, Tito –era su sobrenombre doméstico – salía tranquilo, la besaba y se iba.
Eso sucedía cuando él y yo éramos niños, e incluso durante nuestro viaje a París. Los padres de Tito estaban allá con Doña Lucilia. Mi madre demostraba tal paciencia con Tito, sacrificando a veces los atractivos del viaje, que, cuando estaba preparando la maleta a fin de volver a São Paulo, encontró adentro un vestido muy bonito, muy fino, que ella no había encomendado. Se lo midió y vio que estaba de acuerdo con su tamaño. Quedó intrigada, y moviendo la vestimenta cayó una tarjeta escrita por la madre de Tito: “A la querida Tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito.”

Ayudando a encontrar los huevos de Pascua

Mi madre organizaba picnics de Pascua en un lugar en los alrededores de São Paulo, y escondía los huevos de Pascua aquí, allá y más allá.
Sus sobrinos y sus hijos llegaban después, y a ellos les cabía descubrir los huevos de Pascua. Algunos eran muy astutos, salían rápido corriendo y encontraban los huevos.
Viendo mi dificultad, ella me decía sonriendo: “Filhão (2), ve si encuentras un huevo allá…”
Yo pensaba: “¡¿No sería más fácil que ella me trajese el huevo de una vez?!”
Yo llegaba hasta el lugar y ella me decía: “No, no estás buscando bien. Busca allá…” Los otros estaban lejos y no oían como ella me favorecía. Al fin de cuentas, yo encontraba unos dos o tres huevos escondidos por ella en un lugar donde me quedaba fácil encontrarlos. Yo sentía el afecto con el cual eso era hecho y experimentaba una inundación de alegría inocente y satisfecha, colmado y envuelto en esa atmósfera de protección, de cariño y de bondad.

Mamma Margherita y Doña Lucilia

Me acuerdo que mi primer movimiento grande de afecto a María Santísima fue delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora en la Iglesia del Corazón de Jesús. No hubo un milagro, la imagen no se movió, pero recibí la gracia de esperar que Ella actuase de esa forma conmigo. Pensé: “¡Nuestra Señora es incalculablemente buena! ¡Tan buena, que es mejor que mi madre! Y lo que mi madre no está soportando, Ella lo soporta. Además, me da una fuerza que no recibo de mi madre. Entonces voy a pedirle a Nuestra Señora”. Así me preparaba Doña Lucilia para la devoción a la Santísima Virgen. San Juan Bosco, fundador de los Salesianos, llevó a su madre, Mamma Margherita, a vivir en el colegio fundado por él, donde ella trabajaba en la cocina y en otros quehaceres propios de una dueña de casa. Y así trabajó hasta el fin de su vida tanto cuanto su salud se lo permitió.
Podemos admitir que San Juan Bosco fuese un canal – era eso, con toda certeza – de muchas gracias para todos esos niños, profesores, sobre todo padres, monjas, etc., y que algunas de esas gracias fuesen recibidas por las personas por medio de Mamma Margherita. Eso parece verdadero, tanto que la sepultura de ella es muy visitada por toda clase de personas ligadas a la obra salesiana que van allá a rezar, aunque ella no haya sido canonizada. Y creo que, si alguna persona a la cual la Providencia la destinase a recibir una gracia por medio de Mamma Margherita, no se la pide a ella, podría no recibir esa gracia, porque Dios indica el camino que cada uno debe seguir.
En un grado en cierto sentido menor y en cierto sentido mayor, dentro de nuestra familia de almas una cosa de esas se puede repetir perfectamente. No veo nada de heterodoxo. Tengo la impresión de que, aunque no tuviésemos infidelidades, la época en la cual vivimos es de tal manera opuesta a la fidelidad, que, si no hubiese en determinado momento una intervención del Espíritu Santo para elevarnos a una altura mayor, de un modo por el cual el camino común de la gracia no nos levantaría, no llegaríamos a donde necesitamos llegar para enfrentar los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
Me da la impresión de que la acción de Doña Lucilia nos predispone a esa gracia, nos da serenidad para ese efecto.

Dulzura y luminosidad de alma

Ella sufría mucho, pero fue la mejor maestra de la resignación que encontré en mi vida. Y no hubo hombre alguno que me enseñase la resignación como mi madre. Porque ella tenía una especie de dulzura y de luminosidad dentro del alma que la llevaba a soportar dolores que para los otros serían insoportables, por una especie de elasticidad interior, por la cual tenía una capacidad cada vez mayor de sufrir, ¡y a veces de un modo asombroso! ¡Pero encontrando tan natural el sufrir, y amando tanto una cierta consolación interior, que era la causa de su dulzura y la hacía la maestra de la resignación!
Aunque mi madre estuviese a veces muy afligida, una persona podía hablar con ella y salir consolada, por esa elasticidad para el dolor, que yo no veo que las personas de hoy tengan. Estas son repelentes, se rebelan contra el dolor y lo consideran casi una vergüenza.
La influencia de hollywood torna feo el sufrir. Lo bonito es estar continuamente alegre y bien dispuesto, tener una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, el revés y la indisposición. Por esa razón, si el dolor se presenta, los hombres quedan repelentes, enojados, no se conforman.
Doña Lucilia no era así. Por ejemplo, a veces sucedía que mandábamos traer un aparato para verificar cómo estaba el corazón o la presión, etc. Y cada inspección de esas puede traer una noticia bomba. De tal manera que la persona, en general, cuando se sujeta a algo así, sobre todo una señora, más débil para esas cosas que un hombre, queda preocupada.
Yo la vi más de una vez ser sometida a un examen cardíaco con una naturalidad y una serenidad, ¡una cosa única! Terminado, generalmente daba buen resultado, sin embargo, ella no tenía un gran júbilo. Si no daba buen resultado, ella no sufría un gran abatimiento; continuaba su vida tal cual. A mi modo de ver, la longevidad de ella se atribuye, en parte, a eso. Porque una persona que a propósito de cualquier cosa se alarma, eso no puede dejar de ser fatigante.
Ella tomaba eso con serenidad, que era la tal elasticidad para el dolor. Mi madre sufría mucho, pero con calma, encontrando natural el sufrir, y con una bondad resultante, creo yo, de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que nos aparece en la iconografía católica con una corona de espinas, indicando el sufrimiento que Él tuvo.
Generalmente, cuando una señora saca una fotografía, su expresión es: “Mire cómo soy de exitosa, de bonita y cómo estoy contenta.” En mi madre la expresión siempre es: “Vean cómo estoy en paz, a pesar de tener muchos dolores, y cómo mi alma está bien.” Es la expresión del Quadrinho.

(Extraído de conferencia de 22/9/1990)

1) Cuadro a óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

2) En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Solicitud para con el sufrimiento ajeno

En una actitud opuesta a la culturada por el optimismo ciego de ciertas de épocas, Doña Lucilia tomaba el sufrimiento como un componente ineludible de este “valle de lágrimas”, a ser aceptado con resignación y confianza en la misericordia divina. Como señala el Dr. Plinio, esta postura serena ante el dolor la inclinaba constantemente para la compasión y la caridad en relación al próximo abatido por los reveses e infortunios de la vida.

En su existencia cotidiana, mamá se relacionaba con los demás teniendo como fondo de cuadro el presupuesto de que la vida humana trae necesariamente, para todo hombre, grandes sufrimientos. Después del pecado original, cada criatura humana está sujeta a sufrir y, por lo tanto, no existen los grandes gozadores. El bon vivant es, en realidad, un sufriente que disfraza su padecimiento.

Doña Lucilia en 1959 en una conferencia del Dr. Plinio Profundamente compasiva, Doña Lucilia entendía que la principal solicitud de la Providencia para con los los hombres son de permitirles un sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Pena de quien no sufriera

Por otro lado, Doña Lucilia establecía sus relaciones en el hecho de ir a buscar -con la discreción y el buen sentido convenientes- del sufrimiento del prójimo para ayudarle. Es decir, evitaba ese sistema desgraciadamente común de los contactos de egoísmo con egoísmo, que acaban generando penas mutuas. Por eso, ella tenía también como presupuesto que mi vida era muy sembrada de sufrimientos, y veía en esa circunstancia una condición para la elevación de mi alma, así como la de cualquier persona.

De ahí, creo que ella tendría mucha pena de quien no sufriera, juzgándole en cierto modo menos querido por Dios. Es decir, según la visión de ella, la principal solicitud de la Providencia Divina hacia los hombres no es, como sólo se considera, evitarles todo dolor, sino permitirles un cierto sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Preocupación por las dificultades del hijo

…con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

En ese sentido, mamá percibía que me encontraba inmerso en un conjunto de lides apostólicas. Tal vez no advertía hasta qué punto esas luchas eran simultáneas y cómo constituían un verdadero bloqueo de pruebas, amenazando con el zozobro completo de nuestra obra, de un momento a otro. O, si percibía, era de manera no muy nítida. Lo cierto es que rezaba asiduamente por mí, y por esa actitud teníamos idea de cuánto se preocupaba de mi situación.

Pero, sobre todo, lo que menos podía calcular eran las dificultades financieras, sin embargo crecientes. De esto, mamá – persona de un tiempo en que la vida, desde el punto de vista económico, era más fácil – no tuvo ni siquiera vislumbre, pues, con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

Por lo demás, ella percibía una inmensidad de sufrimientos y batallas que enfrentaba. Y en eso quedábamos.

Apoyo y entendimientos recíprocos

En cuanto a esta relación de Doña Lucilia, quisiera subrayar este aspecto: una vez que ella pretendía establecer sus contactos bajo una base seria, creía que el trato no debía ser carrancudo, sino hecho de confianza mutua, expresa, si no verbalmente, al menos por gestos, con apoyo y entendimiento recíprocos, en tono de seriedad con un fondo de melancolía. Tal vez las generaciones más jóvenes no tengan idea de cómo esa postura era, para muchos, fuera de moda en los últimos años de la vida de mamá, que correspondieron a un cierto período de progreso económico en Brasil. Muchos vivían en la alegría por la alegría, no queriendo encarar de frente el lado penoso del día a día. De ahí cierta incompatibilidad con Doña Lucilia. Por ejemplo, sucediendo algo triste con algún conocido, mamá se juzgaba en el deber de contar a otros amigos comunes. La reacción de éste o de aquel: “Si no puedo remediarlo que no me cuente nada, porque ya bastan las cosas que me aburren “. En otras palabras, “transmita sólo las buenas noticias” …

Nostalgias: ornato de la vida

Aun en esta consideración del sufrimiento, es interesante considerar que, para ella, las nostalgias eran un ornato de la vida. Recordar a las personas antiguas, ya fallecidas, de las costumbres que hubo, del tiempo que pasó, de los lances difíciles y alegres de la vida de los que ya fueron, constituía habitualmente – sin convertirse en idea fija – un modo de poblar su cabeza. Como es natural, esa peculiaridad proyectaba un fondo de nostalgia y de tristeza en la convivencia con ella, además de ser estrictamente contrario a los estilos del período favorable a la economía nacional, a la que me referí. Para los adeptos de la felicidad sin niebla, no se debía aludir a la muerte de algún pariente, ni comentar al respecto, a no ser para el inventario, pues se trataba de olvidar cualquier elemento de tristeza. Ahora, para Doña Lucilia era lo contrario. Con frecuencia recordaba tal persona, tal otra, figuras que a veces los propios circunstantes no habían conocido y ella les hacía conocer a través del recuerdo de éste o de aquel hecho, etc. Hábito este completamente alejado por el mundo de entonces.

Lo obligado era hablar de las invenciones más recientes, de los avances de la técnica, de la medicina, de las últimas excentricidades de la moda, de las canciones más salientes. La historia era el cementerio de la vida de los hombres, y en vez de cuidar del pasado, importaba el momento presente.

No será difícil comprender cómo esa mentalidad moderna era en todo diferente a la del mundo en que Doña Lucilia vivió y formó su espíritu, tan compasivo y solícito hacia la tristeza y el sufrimiento del prójimo.

(Extraído de conferencia em 17/6/1982)

Recordar, mirar, sonreír y sentir

Tomado por un profundo respeto por todo cuanto se refería a Doña Lucilia, al volver a ver los zapatos con los cuales ella había sido sepultada – recuperados durante la exhumación de sus restos –, el Dr. Plinio recordaba cómo su saudosa madre le había enseñado a enfrentar las situaciones difíciles de la vida.

Desde una edad muy temprana, yo me habitué a llamar a Doña Lucilia de mãezinha (En portugués, diminutivo de mamá.) y hasta de “manguinha”. Sin embargo, excepto eso, nunca usaba un diminutivo para cosas referentes a ella. Porque, como yo era muy pequeño, mi madre me parecía grande. Me acuerdo de ella con el traje con el
cual le fue tomada una foto de cuerpo entero, en París, y me acuerdo de mí mismo mirando a mi madre y pensando: “¡Cómo es de alta!”.

Cómo enfrentar las realidades penosas

En eso entraba un fondo de respeto y de una suma seriedad con la cual yo tomaba todo lo que decía respecto a ella. De tal manera que me parecería poner un sello de muerte sobre mi vocabulario si me refiriese a ella, después de muerta, con términos que yo no usaba durante su vida.
A veces oigo a algunas personas referirse a los zapatos con los cuales mi madre fue sepultada, con el diminutivo de “zapaticos”. No censuro ni disuado eso, y comprendo que es una forma más afectuosa y hasta entra más respeto en el modo de decirlo. Todas las veces que lo oí, las personas lo dijeron de un modo muy respetuoso que me agradó. Por lo tanto, no hay ningún problema. Pero esa no es mi costumbre.
La primera impresión que tuve al ver los zapatos de mi madre, después de la exhumación de sus restos mortales, fue la siguiente. Cuando se hizo la exhumación, yo daba por seguro que, o no había quedado nada de los zapatos, o serían inhumados de nuevo y por lo tanto no los iba a volver a ver. Como en todo lo que dice respecto a mi madre cuando me separé de ella con ocasión de su entierro, di eso por sumergido en la eternidad y por remitido a la resurrección de los muertos.
Sé muy bien que en la resurrección de los muertos las personas no van a usar más zapatos, y que los fallecidos no resucitan con los zapatos usados cuando son sepultados. Pero eso expresaba una separación, una dilaceración, una ruptura que era necesario enfrentar como se enfrentan las realidades penosas y, sobre todo, las penosísimas.

Yo aprendí precisamente de ella, desde niño, a beber las cosas penosas y las penosísimas no a sorbos, sino de un solo trago.

Una pequeña batalla con el aceite de hígado de bacalao

Ella nos hacía tomar un fortificante que en ese tiempo era tenido como muy bueno: aceite de hígado de bacalao. ¡Es de un gusto detestable!
Y mi hermana, una primita educada con nosotros y yo, no queríamos beberlo. Ella nos obligaba inexorablemente a tomarlo. Este era el proceso que ella empleaba como medio de atenuación: mezclaba una dosis de un buen vino tinto francés o portugués – compatible para un niño –, de tal modo que endulzase el fortificante. Las dos substancias no se mezclan, pero por lo menos son dos sabores que se degluten juntos.
Sin embargo, ella no permitía que se bebiese poco a poco. ¡Era de un solo trago! ¡Y las sugerencias más o menos fraudulentas que hace cualquier niño – primero beber el vino y después el aceite – no las toleraba! ¡No entraban en consideración!
Y había un nuevo atenuante: si durante los meses fríos del año tomásemos ese aceite sin quejarnos, ella nos llevaba a una casa de juguetes – la mejor que había en São Paulo – y cada uno tenía derecho a un juguete extra, además del de Navidad.
Doña Lucilia me obligaba a tomar ese aceite por medio de la autoridad vigorosa de la Fräulein (Del alemán: señorita. El Dr. Plinio se refiere a su preceptora alemana, la Srta. Mathilde Heldmann), que no tenía las maneras mimosas de mi madre. Ella ponía el aceite en la cuchara, lo acercaba a mis labios, me mandaba a abrir la boca, y de hecho el aceite entraba en mi garganta, no había otra salida. Yo era niño, pero reflexionaba a ese respecto. Y gracias a Dios, crónicamente de acuerdo con mi madre, aun cuando no me gustara, pensaba: “Ella tiene razón. Ya lo bebí, no pienso más en eso hasta mañana. Ahora voy a continuar con la vida normal.”
Y así me habitué también a hacer con las clases del colegio, con todo lo desagradable: saltar encima de lo desagradable y hacerlo enseguida, y después hacer lo agradable, agradablemente, por sorbos, deleitándome.
Y así, habituado a una vida en que la parte del vino tinto se iba haciendo cada vez menor y la cantidad de aceite de hígado de bacalao cada vez mayor, fui siguiendo siempre ese sistema.
Cuando llegó la hora del encuentro de ella con Dios, lo engullí de una sola vez. “¡Esa separación es para siempre! En el Cielo la verás, porque eres católico y crees en la resurrección de los muertos. ¡Aguanta firme!”

El tiempo ofrecido a Nuestra Señora debe ser empleado con toda seriedad

 ¡Imaginen la impresión deliciosa –una especie de retroceso en el tiempo – cuando vi aquellos zapatos que yo suponía que nunca más iba a volver a ver, y que me hablaban tanto de ella! De repente salen de las sombras de la muerte, de la renuncia completa, emergen y se presentan bien arreglados, de acuerdo al gusto de ella, de tal manera que todo lo que pudiese recordar la corrupción de la sepultura estaba cuidadosamente apartado, todo estaba perfecto. Era una especie de odisea de aquellos zapatos que para mí significaban mucho. Evidentemente, yo no podía dejar de quedar profundamente conmovido.
Esa primera impresión fue tan profunda, que me vino otro hábito mental, infundido también por ella y correlato con ese: “Muy bien, magnífico. Pero ahora llegó el momento del trabajo, y eso te va a molestar. Cierra la gaveta y no pienses más en eso hasta que tengas un poco de tiempo. ¡Sé disciplinado y no permitas que el tiempo consagrado a Nuestra Señora sea entregado a consideraciones que serían muy legítimas y de un orden que Ella puede desear, pero en este momento en que María Santísima quiere otras luchas, déjalas de lado y veamos si ahora trabajas con toda seriedad!”
Dudo que quien trabajó conmigo haya notado enseguida que yo me estaba dejando alterar en algo con ese recuerdo suavísimo. Mantuve los zapatos bajo llave hasta que, estando solo, pudiese rememorar.
Hice consideraciones sobre el momento en que eso llegaba a mis manos, lo que eso representaba, etc. Habría sido muy legítimo que las hubiese hecho antes. Y cuando me acuerdo de los zapatos y del hecho, el asunto me toma, es decir, no es que yo tenga la vivencia– porque no sé bien en qué consisten las famosas vivencias –, pero si es así, lo
que voy a decir es una cosa buena.

Sentimientos densos de pensamiento

 Al ver sus zapatos, cuando tengo en mente que están en la sala en que me encuentro, con el bastón y el chal [de Doña Lucilia] – más que estos últimos, porque la acompañaron en la sepultura –, ¿qué impresión tengo? Por una asociación de imágenes, me acuerdo de varias cosas de ella – lo cual puede sucederle a todo el mundo, por ejemplo, a propósito de un par de guantes que perteneció a alguien – no de hechos, sino
de estados de espíritu. De situaciones que me vienen a la mente con tanta vida que, habituado como estoy a la presencia de ella – una presencia tan sugestiva de sentimientos densos de pensamientos, sin dejar de ser sentimientos –, no soy propenso a discurrir sobre el asunto, sino simplemente a recordar, mirar, sonreír, y a sentir…
Ni siquiera tuve tiempo todavía para reflexiones. ¿Estas vendrán? Es posible. Si vienen, las transmitiré. No voy a forzar nada; voy a dejar que las cosas corran y que la bobina de mis recuerdos gire normalmente con mis velocidades, dado que soy hijo de Doña Lucilia y ella me quería así… Además, es necesario tomar en cuenta que la gracia probablemente sopla así.
Aunque yo sea tan exigente en materia de verdad y de error, de bien y de mal, esos valores no están envueltos en este caso, permitiéndome una normal libertad de espíritu y de modo de ser, que me parece algo bueno, para que no nos volvamos robots de nuestros propios principios, sino para movernos con ellos de un modo vivo.

(Extraído de conferencia de 31/8/1982)

 

la caridad de Doña Lucilia

Siempre llena de desvelo por los que la rodeaban, Doña Lucilia constituía un ejemplo vivo de confianza en Dios: caridad al relacionarse, ánimo en los momentos difíciles y alegría incluso delante de pequeños beneficios. 

Doña Lucilia era muy unida a su hermana más joven, aunque también se llevaba muy bien con su otra hermana que, sobre todo durante cierto período, iba mucho a nuestra casa, a pesar de que a veces discutían.

En defensa de los principios

Una vez yo estaba trabajando en mi escritorio y percibí que la criada llevaba una bandeja con la merienda a Doña Lucilia y a su hermana, en una sala donde mi madre acostumbraba a permanecer. Yo oía a lo lejos la conversación, aunque no prestaba atención porque estaba preparando una clase para la Facultad de Derecho.
En cierto momento percibí que las dos levantaron la voz. La conversación había tomado el tono de una discusión. Eso era rarísimo en mi madre, ¡rarísimo! Creo que fue un hecho único en su vida.

Paré de trabajar para ver un poco qué pasaba, porque conforme fuese yo intervendría. Yo no iba a perder tiempo para intervenir si fuese una pequeña discusión que se resolviese de cualquier manera. Percibí que eran dos asuntos que volvían alternadamente a la discusión: la hermana de ella era medio nazi y a favor del divorcio; mi madre no era favorable al divorcio y antinazi y, por esa causa, se encendió la discusión. Las dos estaban tan alteradas que yo me levanté, fui donde ellas y pregunté:
– ¿Qué pasa? ¿Qué propósito tiene esto? Lo dije en tono de broma. Las dos entendieron y el asunto se deshizo. En esa ocasión vi que mi madre juzgó sus principios contundidos y negados, y yo no estaba cerca para reivindicarlos. Ahí ella entró en escena y fue categórica: discutió con argumentos. La cosa llegó al punto de una discusión, y de una discusión seria. No entraba amor propio, sino el sentido de defensa de los principios. Yo nunca la había visto tomar una actitud así, porque cuando yo estaba cerca me iba de espada o de lanza en ristre por encima de la persona, y ella me dejaba. Pero no estando cerca yo, la cosa fue así. Yo les dije que no tratasen más del tema, pues sería mejor. ¿Qué propósito tenía que dos señoras mayores discutieran por causa de eso? Era mejor no discutir. Nunca más trataron de ese asunto entre sí y se acabó.

Desvelo hacia su hermana más joven

Sala de trabajo del Dr. Plinio en su residencia, en la Rua Alagoas, São Paulo

La otra hermana, trece años más joven que lla, había nacido con un defecto en la columna, y mi madre le hacía todos los curativos y ejercicios que los médicos de aquel tiempo querían que las personas hiciesen para corregirse de ese mal.
Mi madre fue quien tomó los mil cuidados recomendados: se levantaba temprano, mandaba a llamar a una masajista para hacer ejercicios de flexibilidad todos los días, después llevaba a su hermana al jardín, todavía con el frío de la mañana. Los médicos querían –no sé si con mucha razón– que ella cogiese el aire de la mañana, antes de calentar. Mi madre era friolenta, pero iba al jardín y paseaba con la niña. Y todo eso con tanta dulzura que mi tía tenía una verdadera locura por ella y la conservó hasta el fin de su vida. Aconteció, sin embargo, que con la vida muy atareada y mi tía viviendo muy lejos, en fin, toda una serie de circunstancias, en un período de algunos años antes de que mi tía muriese, ella frecuentó mucho menos nuestra casa. En esa época la atacó el mal de Parkinson, un mal aflictivo. La persona comienza a temblar y puede acabar en silla de ruedas, sin siquiera conseguir hablar. En los últimos años mi tía casi no podía andar. Mi madre también comenzó a sufrir dolores en las plantas de los pies, que su médico atribuía a la vejez; en fin, por esa razón ella comenzó a usar silla de ruedas. Acostada en la cama no le dolía nada y al caminar le dolía. Y mi tía iba a visitar a mi madre porque no tenía a donde ir. Ella había dejado todo: la presidencia de la Liga de Señoras Católicas y sus relaciones, porque personas así no son bien vistas ni procuradas. Comenzó, entonces, a procurar a mi madre.
No necesito decir cómo la recibió mi madre. En primer lugar, no hizo ninguna queja por el tiempo en que ella no la había visitado. La recibió como si hubiese estado con ella en la víspera.

Comedor de la residencia del Dr. Plinio

Una noche, cuando llegué a la cena, para alimentar la conversación –mi madre todavía no estaba usando la silla de ruedas– le pregunté:
– Mi bien, ¿cómo fue la tarde de hoy?
Ella dijo:
– Estuvo aquí tu tía.
– ¿Qué hicieron?
Ella dijo:
– Pasé la tarde ayudándola.
Yo dije:
– ¿Y cómo la ayudó?
Mi madre dijo:
– Ella se siente a veces agobiada por el malestar que la enfermedad causa. Ora ella quiere caminar y se cansa, entonces quiere parar; parando, queda un poco nerviosa y quiere caminar de nuevo.
Eso se reflejaba en el hecho de que ella no se estabilizaba en ninguna posición. Entonces ella le decía a mi madre – ella llamaba a mi madre Qui:
Qui, ¿caminamos un poco por el corredor?
Las dos caminaban un poco por el corredor hasta que ella se cansaba. Mi madre nunca se cansaba antes de que la enferma se cansara. Y mi madre con dolor en los pies. Después pasaban a la sala de trabajo –quedaba más al alcance del corredor–, se sentaban
en el sofá y comenzaban a conversar.
Mi madre contaba:
– De repente yo notaba que ella se afligía y le preguntaba: “Hija mía, ¿quiere caminar un poco?”
Ella decía:
– Me gustaría…
Mi madre continuaba:
– Volvimos a caminar de nuevo y así fuimos conversando durante toda la tarde, vino la merienda y la tomamos juntas. Le ayudé a tomar la merienda y después su marido la vino a recoger.

El lumen de la caridad de Doña Lucilia

De izquierda a derecha: Rosée, Doña Lucilia, Ilka, Plinio y Doña Zilí

Yo sentí lo pungente de la situación. Las dos estaban caminando hacia la muerte: mi tía murió incluso antes que mi madre. Ellas estaban caminando hacia la invalidez.
Las dos, apoyándose en el corredor, en el vaivén de un corredor que no es largo, entraban en el cuarto de mi madre y llegaban hasta el hall. Caminaban, caminaban y el apoyo mutuo que se prestaban en eso, el afecto que tenían me daba un aspecto más
de la vida de familia vivido bajo el lumen de la caridad de mi madre.

Lo más curioso es lo siguiente: lo trágico, aunque muy acogedor dentro de la tragedia. Ellas estaban en casa, a gusto, juntas, a cada una le gustaba mucho la compañía de la otra y tomaban su tecito. Así, la vida de mi madre estaba llena de pequeños episodios de ese tipo.

Eso, al pie de la letra, cristianiza. La persona se abre al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora, a toda la atmósfera de la piedad católica. Y queda con una especie de confianza en Dios, que nace de eso. Porque, es curioso, de ese modo de tratar a los otros, brota en el alma de quien trata así una actitud muy confiada con relación a Dios. Eso quiere decir lo siguiente: si una persona penetra de tal forma en la situación psicológica de otro y ve cómo tratar bien a ese otro, la persona, a fortiori si es probada por Dios, sabe entender bien cuál es el propósito por el cual el Sagrado Corazón de Jesús o el Inmaculado Corazón de María mandaron esa prueba. Y sabe recibir la prueba con cariño, sabiendo que está correspondiendo a las intenciones benévolas de ellos.
Aunque estemos sufriendo mucho, eso da una confianza en Dios de que nuestra oración será atendida. Dios es Padre, Él nos está haciendo el bien. Nosotros somos los que no entendemos lo que nos conviene. Eso es confianza.

Claro que una persona con el estado de espíritu de Doña Lucilia tiene mucha más propensión a confiar en Dios que una que trata a otros con desprecio y que, por lo tanto, es llevada a tratar al propio Dios también con desprecio, y cree que Él trata a las almas así. Entonces, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, la confianza en la misericordia de los santos y de los ángeles, etc., se instala mucho más fácilmente en un alma con ese lumen.

Otro aspecto de la confianza en Dios

Hasta sus últimos días, Doña Lucilia mantuvo la costumbre de tomar té todas las tardes en el comedor

Una tendencia que también hace parte de la confianza: alegrarse intensamente con las cosas buenas que Dios manda, aunque sean a veces cosas modestas.
Así también sucedía con uno u otro beneficio que alguien le hacía a Doña Lucilia.

Me acuerdo de un sobrino suyo que, en sus primeros tiempos de casado, iba muy frecuentemente a la hacienda. Yendo una vez, le indicaron una panadería en Campinas, que hacía roscas y otras cosas muy buenas, muy convenientes para la nutrición de ella.
El sobrino le compró un paquete grande de roscas y se las llevó, preguntando si ella quería. Ella las probó, le parecieron deliciosas y eran del tipo dietético que le convenía enteramente. El sobrino, entonces, fue muy amable e hizo una especie de trato con el dueño de la panadería, de tal forma que cuando pasaba por allá, pitaba y el hombre ya le traía el paquete. Llegaba a São Paulo y se lo llevaba a la casa o mandaba a una persona a entregárselo a mi madre. Ella recibía regularmente esas roscas. Creo que hasta morir eso fue así. A ella le gustaba contar ese hecho. Elogiaba las roscas, se las ofrecía a quien la estaba visitando y preguntaba si le hacían bien a la salud. Si la merienda de ella era en ese momento, le preparaba una merienda no dietética a la persona y le insistía al visitante que comiese la rosca, para ver cómo le iba a hacer bien. Después decía:
– Mi sobrino es muy buena persona, él hace…
Toda una cantilena en la cual ella asentaba ese hecho –realmente un gesto extremamente simpático y afectuoso del sobrino–, tratado por ella como si fuese algo magnífico, extraordinario. Ella tenía más gusto de ver el cariño y el gesto amable del sobrino de lo que tenía en saborear las roscas. En fin, de hecho, resolvía un pequeño problema de su vida.

Lo que movía a mi madre a actuar de ese modo era la convicción de que la criatura humana debe ser así. Una prueba y un estímulo supremo es el ejemplo del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, como yo lo adoro a Él y sólo me gustan con toda el alma las personas cuando son así, yo también seré de esa forma con los otros. Teniendo una convivencia asidua con una persona como Doña Lucilia es muy fácil banalizar eso, si no se tiene un verdadero amor a la virtud o a las cualidades que la persona tiene. Todas las decadencias comienzan por esa banalización.

(Extraído de una conferencia del 9/8/1986)