Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.

Por la criba de una mirada…

Imaginemos que nos fuera posible subir una montaña escarpada hasta llegar a la cima, donde encontrásemos un nido enorme con un polluelo de águila. Escondidos detrás de una roca, pronto veríamos llegar un águila que vuelve de cazar y se posa en el nido; en las garras trae una presa para alimentar al aguilucho que, al no estar todavía adiestrado para volar, no se mueve de allí pues caería precipicio abajo.

Pero, en cierto momento, las alas del aguilucho comienzan a desarrollarse. Y ¿qué es lo que hace el águila? ¿Cómo entrena a su cría? En primer lugar, la coloca sobre su dorso, bien sujeta en las plumas, para que vaya adquiriendo el gusto de sentir el viento; más tarde, la coge con sus propias garras, la eleva medio metro por encima del nido y la suelta. Al verse sola en el aire, la cría, asustada, aletea torpemente, se esfuerza pero cae al nido. Y así varias veces hasta que, por instinto, la madre se da cuenta de que su cría ya puede valerse por sí misma. Entonces, la lleva a un lugar distante y… la suelta. Cuando finalmente el aguilucho levanta su primer vuelo, planeando alto, la madre águila, si pensase, podría exclamar: «Misión cumplida: ¡un águila más en los cielos!» De hecho, fue algo parecido lo que Doña Lucilia hizo con el
Dr. Plinio: llamada a proteger, a desarrollar e incluso a enriquecer su inocencia elevándolo hacia la plenitud como un águila a su aguilucho, ella lo fue amparando, educando, estimulando y ayudando, hasta cerciorarse de que ya era totalmente dueño de sus actos. Solamente entonces se tranquilizó en cuanto a la formación, pero no en cuanto a la vigilancia, porque todavía lo acompañaría con la mirada atenta: «¿Qué dirección está siguiendo? ¿Hacia dónde está yendo?» Ella manifestaba cómo era exigente no sólo a través de sus reprensiones sino también por la forma de tratar a Plinio; más tarde él definiría este trato como un «cariño contemplativo», que dejaba entrever lo que ella pensaba: «“Éste es mi hijo. Tengo razones para esperar que llegue a ser de tal manera o de tal otra… Voy a seguir jugando con él envolviéndolo con mi afecto, protegiéndolo y procurando descubrir en él los síntomas precursores de la esperanza que tengo. Pero ¿hasta dónde se realizará esa esperanza?” Esta indagación esperanzadora era un estímulo para mí pues sentía una como que afectuosa pregunta: “Hijo mío, ¿será que llegarás a ser como yo te tengo en el fondo de mi alma?”»
En otra ocasión recordaría el Dr. Plinio: «Todo lo que ella exigía de mí era porque la Ley de Dios lo exigía y porque el Dios altísimo, sapientísimo y buenísimo quería que las cosas se hiciesen de esa manera. Ella quería que yo fuese como debía, no para ser un hijo aprovechable y útil para ella, sino con el fin de tener un hijo capaz de hacer un holocausto a Dios, como a Dios se le debe hacer».
El pensamiento de Doña Lucilia, sus reacciones temperamentales y sus diversos estados de espíritu se reflejaban incluso en el color de las pupilas. Sus ojos eran castaños, pero a veces, cuando se disgustaba o cuando se ponía seria, los ojos se volvían de un castaño más oscuro e intenso, casi negro. Muy sensible a los colores y con el discernimiento de los espíritus que tenía desde la infancia, el Dr. Plinio se fijaba en la fisonomía de su madre y observaba este cambio de color en sus ojos. ¡Cuántas y cuántas veces durante su vida debe haber pasado por la criba de esa mirada!

…no te toleraré una nota baja en comportamiento…

Una vez más, recurramos a sus memorias: «En mis tiempos del Colegio San Luis, en cada clase ponían notas diferentes de aplicación y de comportamiento. Mamá me decía a menudo: “Puedo tolerar una nota baja de aplicación, porque uno no tiene la culpa de ser burro”. Recuerdo que, cuando me decía eso, su mirada se volvía más oscura y refulgente pero sin ser perforante como una barrena sino aterciopeladamente seria… Luego agregaba: “Pero no te toleraré una nota baja en comportamiento! ¡Porque cada hombre tiene el comportamiento que quiere!” ¡Y, realmente, no lo toleraba! Alguna que otra vez, raramente, me ponían un nueve en lugar de diez, que era la máxima calificación. Ella veía el boletín y decía: “Hijo mío, ¿qué has hecho en clase para que tu profesor te ponga un nueve en comportamiento?” Yo decía: “Mi bien, estuve hablando”. “¿Y tú crees que eso está bien?” Era una reprensión moderada». Uno de esos exámenes que me hacía con la mirada fue por ocasión de una entrega de premios en el Colegio San Luis, al final del año lectivo de 1921. En 1920, su segundo año de colegio, el Dr. Plinio había obtenido cuatro medallas de plata, una en Religión y las otras tres en Francés, Inglés y Portugués. Doña Lucilia, que siempre se esforzaba para estar presente en estas ceremonias, intentaba dar a entender a su hijo «que su alegría consistía, sobre todo, en que tuviese mayores progresos aún».
Al año siguiente, sin embargo, no pudo ir a la fiesta, como era su costumbre, porque estaba enferma. Por la noche, cuando Plinio volvió a casa, ella misma le abrió la puerta y su mirada incidió sobre el pecho de su hijo, observando enseguida que había sólo tres medallas y no cuatro como en el año anterior… Sus ojos castaños se fueron oscureciendo, se posaron en él y le preguntó:
— ¿Sólo tres medallas? ¿Por qué una menos? ¿Has decaído?
Él dijo:
— Pero mamá, una es de oro.
— ¡Ah, es verdad!
«Ella enseguida se dio cuenta y se tranquilizó. Abrió los brazos, me abrazó y me besó con mucha alegría, y ya estábamos reconciliados.
Si yo hubiese obtenido resultados inferiores a los del año anterior, no me habría castigado, pero me habría hecho sentir su decepción porque siempre esperaba lo mejor de mí. Así era mamá».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 146 ss.

«Alguna preocupación me dio…»

Continuando con “El don de La Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira” de Mons. João Clá Dias, EP. dejemos que El Autor de esta obra nos relate el siguiente hecho de la vida de Doña Lucilia.

Un episodio en particular, ocurrido en la primera infancia del Dr. Plinio, marcó no sólo su memoria, sino también la de Doña Lucilia, hasta el punto de que todavía era capaz de contarlo con detalles, ya al final de su vida.

Convivio intenso con Doña Lucilia

El Autor no se resiste a contar aquí las circunstancias en las que él mismo pudo escuchar la narración de labios de Doña Lucilia. A finales de 1967,  el Dr. Plinio tuvo una grave crisis de diabetes que le obligó a pasar cinco meses aislado, teniendo que llevar un estricto régimen de reposo, en obediencia a las recomendaciones médicas. Durante este tiempo, mientras se encargaba de atender el teléfono y la puerta en el piso del Dr. Plinio, el Autor pudo convivir más intensamente con Doña Lucilia y analizarla más de cerca; encontrándose con ella casi todos los días por la mañana, por la tarde y algunas veces por la noche, desde diciembre de ese año hasta el momento en que ella murió, el 21 de abril de 1968. Tuvo entonces, la posibilidad de informarse acerca de las historias de la infancia del Dr. Plinio, de las reprensiones que ella le daba y también de los viajes que hizo a Francia y Alemania.
Ella, muy mayor, no sabía qué enfermedad tenía el Dr. Plinio porque, para evitar que se inquietase, le escondían un poco la realidad de los hechos. Apenas le decían que el Dr. Plinio estaba en cama debido a una torsión en el pie. A pesar de todo, su corazón maternal hecho de tanta bondad y consideración hacia su hijo se afligía por este largo periodo de convalecencia…

Explicación de los motivos del atraso de su hijo

Todas las tardes, después de la siesta, ella primeramente, procuraba cumplir con sus obligaciones de piedad, rezando el Rosario con mucha atención, a un ritmo pausado y devoto. Mientras rezaba, el teléfono solía sonar algunas veces y ella notaba movimientos en la casa; pero, fiel a la oración, no la interrumpía. Sólo después de terminar el último Gloria Patri y hacer la señal de la Cruz, tocaba la campanita para llamar a la criada. El Autor aún recuerda el timbre de su voz en ese diálogo:
— Mirene, ¿quién llamó durante mis oraciones?
— Ah, no sé, madame.
— ¿Cómo? ¿No has atendido el teléfono?
— No, el que atendió fue un joven que está ahí fuera, esperando al Dr. Plinio.
— Entonces dígale que haga el favor de entrar.

El contacto con Doña Lucilia llevaba a creer en la bondad infinita del Sagrado Corazón de Jesús

Ella no se podía imaginar que alguien estuviese prestando ese servicio en su casa y creía que era un visitante a la espera de una cita con el Dr. Plinio. Ahora bien, conociendo de sobra las costumbres del Dr. Plinio desde que era niño, sabía que era raro que él fuese puntual en sus horarios; por otra parte, teniendo en cuenta la enfermedad de su hijo, quería que descansase, pues el reposo era indispensable para su recuperación. Pero como también se sentía unida a los intereses de su hijo, estaba preocupada por la persona que llevaba esperando más de lo previsto y, queriendo reparar ese intervalo de espera, se decidía por hacer ella misma el papel de anfitriona.
Así, para ayudar a su hijo, se saltaba las reglas comunes según las cuales debería mandar que lo despertasen, y resolvía el problema con habilidad «luciliana», dándose a sí misma, sin egoísmo alguno, y a veces superando sus propias fuerzas.
Esta recepción consistía en ofrecer al visitante lo que había de mejor, por lo que éste sentía sus apetencias atendidas de forma paradisíaca. El Autor recuerda con emoción cómo Doña Lucilia, con noventa y dos años de edad, estaba deseosa de hacer el bien a losdemás. Cualquiera que tuviese un contacto con ella no encontraría ninguna dificultad en creer en la bondad infinita del Sagrado Corazón de Jesús.
Ella, siempre muy digna, se volvía con solemnidad y decía:
— Buenas tardes, ¿se encuentra bien? Usted ciertamente ha venido para tener un encuentro con Plinio, ¿verdad?
E inmediatamente daba una larga explicación, lógica y elevada, podría decirse medio maravillosa, del motivo por el que el Dr. Plinio tardaría en atender:
— Sabe usted: Plinio tiene unos amigos que viven en una finca en la ciudad de Amparo, cerca de São Paulo; son muy amables con él y lo estiman tanto que con frecuencia lo invitan a pasar unos días allí. Y la última vez que fue, estuvo caminando en un terreno muy pedregoso y se torció el pie. Los médicos le han recomendado mucho reposo y ahora está haciendo una siesta más larga. Ciertamente marcó una hora determinada con usted, pero se va a atrasar en recibirlo por causa de esa orden médica; de manera que usted va a tener que esperar un poco más de lo que pensaba. Mientras tanto, ¿usted querría darme el placer de su compañía durante el té? Entonces, hacía sentarse al «visitante» y mandaba que sirviesen té y café con leche para que eligiese, así como unas pastas.

Salón Azul de la residencia de Doña Lucilia, donde conversó innumerables veces con el Autor

Ella contaba la historia de las pastas que su sobrino le traía de la ciudad de Campinas todos los jueves para la semana entera, y ella insistía en que los probase, sin pensar si le vendrían a faltar después. Se veía en Doña Lucilia una verdadera satisfacción de alma por el hecho de ofrecer aquellas pastas, hasta el punto de no quedarse contenta mientras que el invitado no se sirviese. Después deesta presentación hecha con tal elevación de espíritu y de lenguaje, se tenía la impresión de que las pastas procedían del Paraíso, elaboradas con harina del Cielo por arte de algún Ángel panadero…

“Ella tenía un hábito muy arraigado de adaptar sus narraciones al interlocutor”

En cierto momento, después de haber introducido la conversación, dejaba un pequeño silencio para dar oportunidad al visitante de tratar del asunto que quisiese, porque la educación exige que la visita proponga el tema. Poseía un extraordinario y peculiar arte de conversar, todo hecho de virtud, del que sólo ella era capaz. Siempre estaba dispuesta, de muy buena gana, para estar atendiendo durante horas si fuese necesario. Claro está que el Autor aprovechaba la oportunidad para acribillarla con preguntas sobre el Dr. Plinio. Ella, sin embargo, nunca tomaba la iniciativa de hablar sobre él porque esto significaría hablar de ella; pero insistiendo, respondía para complacer a su interlocutor y describía los hechos con mucha moderación, como si no se refiriesen a un hijo suyo.
El Dr. Plinio comentaba una vez: «Ella tenía un hábito muy arraigado de adaptar sus narraciones al interlocutor. Es decir, no era una narradora egoísta, que quería contar lo que le parecía bien y como le parecía; sin mentir nunca, siempre veraz, sabía dar a quienes conversaban con ella lo que más deseaban».
Doña Lucilia tenía un modo de ser tranquilo y sereno, pero también auténtico, por el que escuchaba las preguntas con seriedad, prestando atención; después reflexionaba como para examinar su memoria, fruncía suavemente la frente y comenzaba a contar los hechos con todos sus detalles, con mucho charme y extraordinaria capacidad para cautivar y tocar las almas. Más que sus palabras, lo que encantaba era la fisonomía, con un movimiento de cabeza muy lento y solemne, gestos suaves, amenos y proporcionados, y, sobre todo, la entonación y las inflexiones de su voz, melodiosa y ondulada como un órgano. Era en el timbre de voz que trasparecía el fondo de su alma, lleno de afabilidad, afecto, cordura, dando una cierta idea de lo que debe ser la bienquerencia del Sagrado Corazón de Jesús. Por tanto, se puede decir que lo más arrebatador de la convivenciacon ella ¡era esa inimaginable bondad! A su lado se olvidaban todos los males y problemas y uno sentía que entraba en un universo angélico, bien diferente de todo lo conocido por el hombre sobre la faz de la tierra.

“Alguna preocupación me dio…”

Un día, durante uno de esos inolvidables tés, el Autor le inquirió:
— Doña Lucilia, el Dr. Plinio siempre ha sido un buen hijo, ¿verdad? Se ve que la estima profundamente… Pero… ¿nunca le dio ninguna preocupación?
— Bueno, alguna preocupación sí que me dio… Cuando todavía era pequeñito estaba siempre conmigo o con la Fräulein y entre las dos lo controlábamos; sin embargo, un buen día yo estaba en la sala con la puerta abierta y vi a la Fräulein pasar sola, sin Plinio. Me quedé un poco preocupada, mandé llamar a la Fräulein y le pregunté:
«¿Dónde está Plinio?» «Madame, ¡pensaba que estaba con usted!» Entonces mi inquietud aumentó y, como vivíamos en una casa de dos pisos, le dije: «Vamos a hacer lo siguiente: usted busque arriba que yo busco aquí abajo». Después de un rato las dos nos encontramos y ni ella ni yo habíamos visto a Plinio. Así que invertimos la búsqueda: la Fräulein se quedó abajo y yo subí por las escaleras. En determinado momento abrí la puerta que daba a un gran balcón y me llevé una sorpresa: ¡vi que Plinio estaba tumbadito en la balaustrada, durmiendo! A medida que Doña Lucilia hablaba, iba adaptando la fisonomía según las circunstancias y su tono de voz introducía al interlocutor en el ambiente. Cuando relataba que abría la puerta del balcón y veía a Plinio en esa situación de riesgo, abría los ojos, y se tenía la impresión de verla revivir todo el drama. Enseguida continuó:
— Usted entiende aquel peligro, ¡porque él se podía despertar y caerse desde allí arriba! La Fräulein, que era una alemana muy enérgica, cuando llegó, ya le quería regañar en voz alta, pero le dije: «No haga ruido, vamos con calma». Llamé a dos o tres empleadas fuertes y les expliqué cómo deberían quedarse debajo del balcón, cogiendo una manta grande y gruesa por las puntas, doblada en dos, mientras yo iba a despertarlo. Si por casualidad él se asustase y se cayese, ellas podrían cogerlo. Así que me fui de puntillas y puse una silla junto a la balaustrada del balcón, me subí en la silla, lo rodeécon mis brazos y, cuando sentí que lo sujetaba firmemente, le dije: «Plinio, hijo mío, ¡cógete de tu madre!» Él se despertó, se agarró en mí y lo bajé del parapeto; fuimos a un sillón, me senté con él en mi regazo y le dije: «Hijo mío, hay tantos lugares aquí para descansar: tienes sofás y sillones, tienes la cama de tu madre, tu cama y la de tu hermana y, por último, hasta las alfombras de la casa… ¿y tú vas y escoges la balaustrada para dormir? Si te caes desde ahí, ¡te podrías matar! Y ¡qué disgusto para tu madre y tu padre!» A lo que él me respondió: «Ah, mamá, me subí para ver el panorama y, cuando llegué arriba, me entró sueño y me dormí». Entonces le dije: «Bueno, hijo mío, pero, ¿me prometes que nunca más vas a hacer eso?» «Sí, mamá, lo prometo». «Está bien, ahora dale un beso a tu madre y ¡vete a jugar!» Ésta fue una gran preocupación que nos dio cuando pequeño.

Recordando este mismo hecho, el Dr. Plinio añadía que cuando ella lo llevó al salón y lo puso junto a sí, abrazándolo de aquella forma, experimentó la indecible sensación de estar como que en las manos de Dios. El modo que ella tenía de corregir, sin ninguna carga temperamental o pasión, sino lleno de inocencia y bondad, le daba la idea de cómo era la santidad en Dios hasta tal punto que, después de una reprensión, salía no solamente con una clara noción de que no debería haber hecho lo que hizo, sino también fortalecido para hacer el bien. Por eso se comprende que tuviese por ella un afecto de devoción tan extremo. Muy elocuente es el siguiente comentario: «Ella era al mismo tiempo la más flexible y la más inflexible de las criaturas. La más flexible en lo que se refería a sus ventajas: cedía de buena gana y concedía también. La más inflexible cuando se trataba del deber ¡porque debe cumplirse enteramente! Y ella me enseñó a amar igualmente ambas cosas: flexibilidad e inflexibilidad, dando un énfasis peculiar a la inflexibilidad. Yo me quedaba encantado con su intransigencia incluso cuando me daba una negativa para algo que yo quería, pues lo hacía con tanto afecto y tanta sabiduría, que después de decirme que no, yo salía diciendo: “¡Qué negativa! ¡Qué bonito es negar! ¡Qué bonito es conceder!” Ella concedía con tanta dulzura que me conquistaba. Había entre ella y yo una consonancia constante, a todo momento».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 139 ss.

Sabiduría en la educación y en las reprensiones maternas

En la vida común de cualquier niño pueden darse malos comportamientos y fallos. A veces, se rompe un cristal, se estropea una tarta, se vuelca un litro de leche… Sin embargo, quienes tienen el deber de corregir deben hacerlo por amor al orden y a la disciplina, sin dar rienda suelta a reacciones temperamentales desproporcionadas.

Sólo hay dos maneras de corregir: con base en el amor de Dios o por amor propio, no hay una tercera. Cuando alguien trata mal a los demás es porque no ama a Dios sobre todas las cosas, como prescribe el Primer Mandamiento, y se está basando en su amor propio. La fórmula más eficaz para corregir a un hijo es mediante el afecto y el buen trato, con el fin de que el niño sienta que hay un universo de bondad detrás de la reprimenda. Esto penetra en el alma más profundamente que si lo dijese con palabras y luego fuese desmentido por las actitudes…
Ésta era la escuela de Doña Lucilia; su egoísmo estaba reemplazado por el amor a los demás y a Dios, y por eso nunca maltrataba a nadie. Por el contrario, en la educación de sus hijos era paciente y benigna, dispuesta a ayudar y a perdonarlo todo. Para valorar bien su sabiduría, basta con que se diga que fue la formadora del Dr. Plinio. Veamos, entonces, este papel fundamental y cómo, por medio de su acción, fue modelando el alma de su hijo, preservó su inocencia y fue la fuente de toda la virtud que más tarde él demostró.
Comenta el Dr. Plinio: «Cuando estaba junto a mamá, tenía la impresión de una como que suavidad y ordenamiento interno que me comunicaba una sensación de tranquilidad razonable. A veces estaba con alguna preocupación o con cierto estado de espíritu que no era bueno. […] Pero, al llegar a su presencia y oírla hablar, toda mi agitación interna parecía aquietarse y ajustarse; me quedaba menos apegado a las cosas que deseaba, aceptando mejor las renuncias que debía hacer y, por lo tanto, más razonable. Tenía la impresión de que mamá entraba en mi alma y la colocaba en orden sin que yo lo notase, pues me ponía ante un estado de espíritu tan atrayente, tan
suave y tan diferente del que yo tenía, que demolía el “castillo malo” que había en mi alma, y yo me sentía otro. […] Era una especie de castigo “aterciopelado”, donde el “terciopelo” valía más que el castigo y me dejaba encantado… Esto lo hacía con tanta delicadeza que, después de haber hablado conmigo, salía transformado, alegre y satisfecho, percibiendo que se había dado un verdadero desbordamiento de su espíritu, por el que había obtenido de mí modificaciones que nadie habría conseguido y había vencido todos aquellos prejuicios o inclinaciones que no debería tener».

Obligada a imponer una corrección más severa

En primer plano, el cepillo de plata usado por Doña Lucilia para castigar a Plinio

A veces, sin embargo, cuando alguno de sus hijos hacía algo malo, Doña Lucilia se sentía obligada a imponer una corrección más severa. Normalmente, según lo refería el Dr. Plinio, el modo de «tirarle de las orejas» era así: dado que ella estaba a menudo enferma, generalmente solía permanecer reclinada en un sofá, por lo que llamaba a su hijo a través de la Fräulein. Cuando éste llegaba, lo abrazaba por la cintura y le decía:
— Hijo mío, ¿es verdad que has hecho esto, así y asado?
— Sí, mamá, es verdad.
— Pero, hijo mío, eso no está bien para un niño de tu edad, que debe ser un gran hombre en el futuro. Eso ofende a Dios y es una falta de educación. ¿Te das cuenta de que no deberías haberlo hecho?
— Sí, mamá, ahora lo comprendo mejor.
— ¿Ves que haciendo eso dejas triste a tu madre?
— Sí lo veo, mamá.
— Por eso, ahora te mereces un castigo. Ve y tráeme el cepillo de plata que está en el tocador, que te voy a castigar. Pero que sepas que tu madre va a sufrir más que tú.Plinio traía el cepillo y ella decía:
— Dame tu manita.
Él extendía su mano y Doña Lucilia le daba: ¡pa-pa-pa-pa! Después le mandaba poner el cepillo en su lugar; cuando volvía, le daba un beso y le decía:
— Hijo mío, no pienses más en eso, ya quedó para atrás. Eres tan bueno; ha sido una debilidad tuya. ¿Me prometes que de ahora en adelante no lo vas a volver a hacer?
— Te lo prometo, mamá.
— Pues ya está, vete a jugar.
Ella se valía así del cepillo, aunque doliéndole el corazón, porque preferiría no tener que darle con él, pero lo hacía sin ninguna manifestación de sentimentalismo, comprendiendo que la Ley de Dios lo exigía porque una vez que la naturaleza humana está desarreglada, si en ciertos momentos no se pone en sus «rieles», se desvía locamente. En el fondo era para impedir que, en el futuro, el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo fuese «expulsado» del alma de su hijo por causa del pecado.
Las reprimendas de Doña Lucilia dejarían una huella indeleble y luminosa en el alma del Dr. Plinio: «Las dos cosas más preciosas que me fueron legadas por mi madre, no en el campo religioso sino en el campo moral, fueron exactamente, por una parte, la bondad y, por otra, la severidad sabia. […] ¡Cuánto me acuerdo de sus reprensiones! ¡Qué seriedad en su mirada y qué compenetración deque se trataba de hacer prevalecer un principio! Cuánta convicción tenía de que si yo no conformase mi vida con esos principios, valdría mucho menos para ella. ¡Ella veía en mí más al hijo amante de los principios que al hijo que debía quererla! Además, ¡cuánta sabiduría en sus palabras! ¡Qué voz tan seria! Y en la que, al mismo tiempo ¡la bondad no estaba ausente!»
En otra ocasión, él recordaba: «Mamá tenía una forma única de dar un «tirón de orejas». […] Era hecho, al mismo tiempo, con lógica y afecto. Yo prestaba atención en sus reprensiones, admirado y encantado con su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 136 ss.

 

Bondad e intransigencia oriundas de una única fuente

se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría…

 

Madre llena de dulzura, pero intransigente con el mal. Doña Lucilia en junio de 1906

Lo que más resaltaba en Doña Lucilia era un extraordinario misterio por el que su espíritu maternal la llevaba a querer bien a todos y cada uno. Bastaba que alguien se acercase a ella con confianza y el alma abierta, para que se sintiese tomado por su bondad envolvente y por aquel magnífico modo de ser, calificado por el Dr. Plinio de «aterciopelado». Ella trataba a los demás con una dulzura y un deseo de agradar verdaderamente cautivantes. No obstante, se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría, pues esta bienquerencia no significaba liberalismo, sino al contrario, ya que era muy radical pero de una radicalidad que tenía como corolario el amor a los buenos llevado hasta las últimas consecuencias, porque ella amaba a Dios. Y, en consecuencia, esto la llevaba a tener también un verdadero odio al mal. ¿En qué consistía ese odio al mal? La esencia de la combatividad de Doña Lucilia partía de un principio profundísimo de amor a Dios: Él es el Ser supremo, el Creador y Redentor, y debe ser amado sobre todas las cosas. Siendo así, en todo el orden de la Creación nada hay tan opuesto a Dios como el pecado, ya que es el acto de la criatura inteligente, ángel u hombre, que se rebela contra Dios, proclama otra ley, adversa a la divina y, en el fondo, se pone en pie de igualdad con Él. Eso causaba en el alma de Doña Lucilia un verdadero choque y, de inmediato, dolor al ver que Dios, tan bueno y superexcelente, no recibía todo el amor y devoción merecidos. Por eso, ella quería por todos los medios, que aquella alma se convirtiese y entrase de nuevo en armonía con Dios, arrepintiéndose de la ofensa que le había hecho.
Así es exactamente como Dios actúa con nosotros: Él nos ama con un amor extraordinario y, una vez que hemos cometido una falta, no quiere otra cosa sino perdonarnos y restituirnos todo lo que hemos perdido; y puede, incluso en el momento de la muerte, concedernos una gracia para que nos arrepintamos y salvemos nuestra alma. Pero no transige con el mal ni acepta defectos, porque Él es la Causa íntegra, sin ninguna mancha, y si morimos en pecado mortal, seremos condenados. Una imagen de esa intolerancia divina es el armiño, animalito tan puro que no soporta ensuciarse; cuando se ve rodeado por una barrera de fango, no huye para no mancharse y puede cazarse con facilidad. En este sentido, el Autor (Mons. João S. Clá Dias) sustenta que Doña Lucilia era «armínea»: ella se encantaba con la inocencia y experimentaba una repulsa interior y verdadera indignación contra lo que iba en sentido opuesto. Esto se explica por el hecho de estar tan profundamente unida al Sagrado Corazón de Jesús que hacía que, para ella, la ley de la bondad y la ley de la verdad fuesen sólo una. O sea, el punto de partida de su amor maternal era el mismo de los Mandamientos y, por tanto, cuando se trataba de principios, revelaba una radicalidad total: permanecía firme en su moralidad, sin ceder en nada, ni siquiera un milímetro, conforme comentó una vez el Dr. Plinio: «Esa energía tenía algo de afín con su bondad; y era la energía inquebrantable de la que daba pruebas en ciertas ocasiones: “On ne passe pas! —¡De aquí no se pasa!”». Tal intransigencia trasparece en el episodio del nacimiento de su segundo hijo, Plinio, en que se vio ante una seria amenaza de muerte justo cuando se acercaba el momento de dar a luz. Un médico ateo, que sabía que iba a ser muy arriesgado el nacimiento del niño, le dijo:
— Su parto será peligroso y usted tiene que elegir: o vive usted o vive el niño. ¿Usted prefiere salvar su propia vida?
Ella tuvo un sobresalto y, levantando la cabeza, miró al médico y respondió:
— Doctor, ¿usted tiene valor para proponerme eso? ¡Esa pregunta no se le hace a una madre católica! Usted ni siquiera debería haberla pensado. Si alguien tiene que morir, seré yo, ¡es evidente que el niño tiene que nacer! ¡Mi hijo por encima de mí! ¿Qué era eso? ¿Afecto por el hijo? Sí, pero sobre todo una absoluta fidelidad a la Ley de Dios: ¡lo que aconseja la moral es eso y hay que observarlo! De ninguna manera quería que el niño muriese en su lugar, y aconteció que sobrevivieron tanto la madre como el hijo.

Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…

Doña Lucilia en París, en 1912,
fotografiada con el mencionado traje de gala

Así podríamos citar otros hechos que manifiestan su radicalidad, como lo que ocurrió durante la inauguración del Teatro Municipal de São Paulo, el 12 de septiembre de 1911, varias veces narrado por el Dr. Plinio. Como Doña Lucilia iba a asistir al evento, quiso prepararse con antelación y prefirió hacerse un peinado con una peluquera. En aquellos tiempos, peinarse podría durar, a veces, algunas horas. Doña Lucilia se tomaba esta tarea con una seriedad religiosa, casi como si estuviera en una ceremonia. Por la noche quiso despedirse de sus hijos antes de ir al teatro. Ya arreglada, con un bonito traje blanco, el mismo con el que, más tarde, fue fotografiada en París, y muy bien peinada; pero, para complacer a Plinio que tenía ganas de besarla, lo cogió en brazos. Él, contentísimo, sin darse cuenta de que ella estaba vestida con un traje de fiesta, pues era muy pequeño, empezó a acariciar sus cabellos, deshaciendo el peinado, y hasta el propio vestido sufrió algunos daños. El Dr. Juan Pablo estaba esperando, afligido por el horario, y al ver la escena se quejó horrorizado:
— ¡Señora, ponga a ese niño en el suelo, porque le está estropeando todo el peinado!
Entonces ella, con calma pero muy incisiva, le respondió:
— Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…
Y Doña Lucilia dio el asunto por terminado, porque un principio es un principio: nunca impediría que un hijo la acariciase, aunque con eso le deshiciesen el peinado. Continuó abrazando a su hijo y sólo después de mucho manifestarle su afecto, volvió al tocador, se arregló un poco el ca-bello y salió. Plinio se dio cuenta casi inmediatamente que no debería haber hecho eso; pero, percibiendo la dulzura de la respuesta, pensó: «Esto sí que es bondad, ¡esto es ser madre!» Se podría decir que es algo sin importancia; sin embargo, es un suceso capaz de marcar tan intensamente la vida de un niño que su recuerdo permanezca en el tiempo hasta el momento de su muerte. Plinio, efectivamente, no lo olvidó, hasta el punto de, setenta años después, todavía guardar en su alma una viva memoria del hecho.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 132 ss.

Doña Lucilia comentada por Dr. Plinio

“Toda la vida me gustó muchísimo tratar con personas cuya disposición de alma fuese afable, luminosa, suave, cordial, orientada hacia toda forma de bien, de generosidad y de bondad. Eran virtudes católicas, que notaba, por discernimiento, en la Iglesia y en los verdaderos hijos de la Iglesia, hasta llegar a encantarme, deleitarme y extasiarme”. Plinio Corrêa de Oliveira

Continuando de la mano de Mons. João de su obra El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Ofrecemos las siguintes líneas.

Doña Lucilia comentada los sábados por la noche

“Salón Azul” de la residencia del Dr. Plinio donde hacía las reuniones de “Conversación de Sábado por la Noche”

Sin duda, tal bienestar se notaba especialmente en el trato con aquella que había sido para él como un espejo del espíritu de la Iglesia: su madre Doña Lucilia, que así describió en una Conversación de Sábado por la Noche (Así se llamaba unas de las reuniones que el Dr. Plinio hacía con un grupo reducido de sus discípulos en su propia vivienda): «En cierto sentido, se mostraba excepcionalmente inteligente, con una forma de inteligencia vinculada a la compasión y a la ayuda, con una noción muy clara de todo lo que pudiera contundir o hacer sufrir a alguien. Por una pregunta o por la primera mirada que ella dirigía a alguna persona, intentaba ver cuál era el punto dolorido, lo notaba enseguida y ponía un cuidado extraordinario para no tener una distracción durante la conversación, hacer alguna referencia que pudiera hacer sufrir a esta persona de alguna manera. También sabía cuál era el género de compasión que debía manifestar para atender a ese sufrimiento, y lo expresaba mucho más por la mirada y por las actitudes que propiamente por las palabras».
Pero ¿quiénes eran las personas sobre las que tanto incidían la dulzura y la delicadeza de la madre del Dr. Plinio? En otra conversación así lo explicó: «Ella tenía una forma de
ser madre, un amor materno propenso a tener mil hijos, a englobar un número indefinido de personas. Por su extrema dadivosidad, tengo la impresión de que si dispusiera de todos los bienes de un Rockefeller o de un zar de Rusia, acabaría arruinándolos, por la gran propensión que tenía para dar». Pero quiso aclarar un pormenor: aunque la bondad de Doña Lucilia se manifestase preponderantemente en la asistencia a los necesitados, no se agotaba apenas en esta forma de hacer el bien. «Ella daba por la alegría de ver que alguien recibía lo conveniente y hasta lo superfluo. Su gozo consistía en ver que la persona se alegraba».

El Dr. Plinio comentó también que esta tendencia que tenía Doña Lucilia de beneficiar a los demás se aplicaba incluso a quienes tenían mucho más que ella, y a pesar de que, tal vez, no tuviera ninguna relación con ellos.Y puso un ejemplo hipotético: «Digamos que si supiera que existía en Groenlandia una ricachona que quisiese mostrar unas orquídeas de Brasil a unas amigas, si Doña Lucilia tuviese los recursos suficientes para hacerle llegar estas flores a la ricachona, sin ningún tipo de retribución, ¡ella se quedaría muy contenta! Pues su alegría de recibir era mucho menor que la alegría de dar».

Su bondad era acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo

¿De dónde provenía tanta bondad y bienquerencia? ¿Cuál era el origen de estas virtudes tan opuestas a la mentalidad reinante en aquel brutal y egoísta siglo XX, del que tuvo que recorrer tantas décadas? Explicó esta cuestión también en una Conversación de Sábado por la Noche: «No era la dulzura de una persona que tiene buen genio y trata bien a los demás por ese motivo. Ella lo tenía, pero había algo mucho más alto: un humor afable y acogedor, como penetrado por un rayo de luz que modelaba su bondad de acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo. Yo notaba perfectamente que se trataba de algo comunicado por Él a ella, de la misma forma que si alguien tomase un rayo de sol y lo lanzase sobre un alma, colmándola con sus efectos».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte V pp. 107 ss.

Una profunda seriedad de espíritu

Analizando el modo de ser de su madre y cómo lo atendía en esa necesidad, Plinio formó en su mente una noción que no sabía expresar por ser muy pequeño, pero que, en el fondo, se resumía en lo siguiente: «¡Madre, madre lo que se dice, para mí es ésta!»
Y de esa percepción, llegó a una conclusión: «¡Cómo ella es seria! No se tomó mi aflicción como una cosa de niñito, sino que percibió cuánto estaba sufriendo de verdad. Aquel dolor, de hecho, lo sentía. Y mamá, por haberlo notado, hizo un sacrificio serio, pues sufrió al socorrerme. Ella era tan seria que ocultó su sufrimiento y fingió

Señora de espíritu grave, serio y profundo, en cuya fisonomía transparecía gran bienquerencia

divertirse con sus propias narraciones, sólo para hacerme el bien. Ella fue seria: quería de verdad remediar mi caso. Su actitud significa mucha misericordia y, sobre todo, ¡mucho amor!» Para que comprendamos bien este espíritu de consecuencia, seriedad y gravedad de Doña Lucilia, es preciso tener en consideración el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que ella practicaba con extraordinaria perfección. En efecto, mucho más que simplemente no reír, la seriedad es una cualidad de alma conducente a dar a cada cosa el debido valor, teniendo una impostación27 interior por la cual el espíritu jerarquiza sus concepciones y sus quehaceres. Por tanto, habiendo dentro de la Creación tres pináculos: la figura adorable de Nuestro Señor Jesucristo, la figura venerabilísima de Nuestra Señora y, después, la figura divina de la Santa Iglesia, la virtud de la seriedad consiste, esencialmente, en dar la adecuada atención a estos tres pináculos, tributando a Dios lo que es de Dios, y a las cosas secundarias, lo secundario.
Siendo así, del amor fervoroso y lleno de llamaradas, aunque suave y calmo, de Doña Lucilia al Sagrado Corazón de Jesús y a todo lo que era conforme a Él, resultaban su intransigencia y radicalidad. Esa seriedad la llevaba también a tener una fisonomía siempre controlada, pero nunca tensa; con una sonrisa nada mundana ni superficial, y sí de profunda bienquerencia, por amor de Dios. Mirando el alma de Doña Lucilia y viendo cuánto era seria, el Dr. Plinio tuvo su primer encanto en relación con la seriedad. He aquí uno más de sus recuerdos: «Ella tenía un sentir profundo de la transcendencia de las cosas y un algo que no se sabe bien hasta qué punto hacía parte de la “transesfera” (el Dr. Plinio utilizaba el término «transesfera» para significar «la suprema y majestuosa resonancia de nuestras acciones en Dios, y la resolución paterna y solar del mismo Dios». En definitiva, hablar de «transesfera» es referirse a todo aquello que está, por así decir, «más allá de la esfera», o sea, por encima de nosotros: es el enlace que conecta el resto de la Creación a Dios o que conduce a Él), y hasta qué punto era sobrenatural; ese algo llamaba su atención con frecuencia y vivía inmersa dentro de ello. Hablaba poco respecto de este asunto, pero nunca me fue posible acercarme a ella o tener cualquier encuentro con ella, sin sentir intensamente la presencia de su espíritu en esa zona de lo “transesférico” y de lo sobrenatural; y sin dejar de notar que el modo por el cual ella veía el mundo, las relaciones humanas, los hechos que pasaban a su alrededor, la vida humana en general, era focalizado en esa región elevada. Eso me ayudó mucho en la formación de mi espíritu. Ella me formó, no a través de consejos explícitos, sino primero por un modo de ser atrayente y convincente, que auxilió enormemente a mi inocencia a discernir, en función de ella y de lo que yo sentía que eran sus pensamientos, la clave más alta de las cosas. Ella fue, por así decir, el fuego, la llama que encendió en mi alma esa visualización. La seriedad y su valor moral venían de ahí. En cualquier acción buena ella veía un mérito tan grande y, de otro lado, en cualquier acción mala, una vergüenza tan grande, que era llevada a considerar la oposición entre el bien y el mal, la verdad y el error, el pulchrum y lo feo, como un valor propio a llenar la vida. Y mucho de la seriedad de mi alma se debió a ella».
Los contactos de un hijo con su madre son incontables, y el Dr. Plinio convivió con su madre nada menos que sesenta años. Ahora bien, él afirma aquí ¡nunca haberse dado una sola ocasión en la cual se aproximase de ella y no percibiese, en su interior, la presencia de esa contemplación de un horizonte «transesférico» y sobrenatural! Analizándola con discernimiento de los espíritus, él comprendió cómo la seriedad y la sabiduría se identifican en gran medida, conforme explicitó en cierta ocasión: «La seriedad es la posición temperamental de quien, con inteligencia, fue sabio e hizo de su inteligencia lo que debía hacer; tal seriedad no es sino uno de los modos de ser de la sabiduría».

Un escalón para la devoción a Nuestra Señora

La convivencia con Doña Lucilia fue para Plinio un oasis. Con ella aprendió, además de la elevación, la donación de sí mismo llevada a las últimas consecuencias. El siguiente comentario expresa cuánto ella fue de un auxilio extraordinario, sin el cual no habría llegado a la práctica de la virtud: «Un beneficio profundísimo que recibí de ella, y no sé lo que sería de mí —naturalmente Nuestra Señora es mi Madre y Ella habría de proveer por mí— si no lo hubiese recibido, fue el de creer, por haberla conocido, que sí es posible el grado de afecto y de dedicación que ella poseía. Y también el grado de desprendimiento de alma y de deseo de dirigirse hacia las cosas superiores que la caracterizaban. Quien conoció esas dos cualidades se vuelve propenso a elevar su alma ad maiora, y adquiere la convicción de que, amando de hecho a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora, se es capaz de una dedicación y de un afecto como el de ella. Y nada es más antiaxiológico que imaginar el mundo constituido irremediablemente por superegoístas. Además, si el alma llega a creer en el error de que eso es inevitable, la vida recibe una carga de amargura, de decepción y de non sens, de una brutalidad indecibles…»
La Providencia dio a Plinio una robusta noción del ser, así como un inusual sentido del bien y del mal; lo dotó también del discernimiento de los espíritus, del don de sabiduría y de los demás dones del Espíritu Santo en alto grado; infundió en su alma la lógica, a través de una gracia mística recibida algunos años más tarde. Sin embargo, nada de eso habría fructificado si no le hubiese sido concedida una madre que representase la bondad del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora. Un hecho ocurrido con Doña Lucilia demuestra bien, por la reacción que produjo en el alma del pequeño Plinio, cuál era la naturaleza de la influencia que ejercía sobre su hijo. Teniendo él siete u ocho años de edad, este episodio de tinte trágico constituyó, dentro de la «topografía de la infancia», una especie de montaña.
En un periodo en que el romanticismo del siglo XIX estaba desapareciendo y daba lugar a la vida despreocupada de la Belle Époque, el drama que será relatado tuvo aún cierta connotación romántica. Plinio estaba en casa, jugando o contemplando y, de repente, se divulgó la angustiosa noticia de que Doña Lucilia había sufrido un accidente cuando estaba fuera de casa. En efecto, había ido a un dentista de la Rua São Bento, en el mismo edificio donde quedaba el bufete de su esposo, el Dr. João Paulo, y al bajar una escalera, sedesequilibró, e intentando apoyarse en la barandilla, acabó por sufrir una luxación en el hombro.

Plinio y Rosée

La aflicción del pequeño Plinio pronto desapareció con las caricias de la madre

Plinio se sobresaltó enormemente cuando le susurraron al oído que Doña Lucilia iba a llegar bajo los efectos del cloroformo, lo que dejaba a la persona un tanto anestesiada, pues colocar el hombro en su lugar era un proceso extremamente doloroso. Por eso, además, sería trasladada en ambulancia. En una época en que todavía se usaban mucho los caballos, bien se puede imaginar el drama que sería, para un niño inocente, verla llegar en aquel vehículo extraño. Enseguida, los familiares lo dejaron a solas y comenzaron a arreglar el cuarto, andando de un lado para otro, con mucha prisa.
Por teléfono llegaban las noticias: «¡Ya salió del hospital!» «¡Ya debe estar llegando!» Y Plinio, en vez de tranquilizarse porque ya estaba viniendo, se afligía cada vez más. Para él significaba una verdadera desdicha; caso ella llegase a fallecer, sería literalmente el fin del mundo, o peor, ¡porque se quedaría en un mundo del cual ella habría desaparecido! Y tal fue la dilaceración nerviosa por la que pasó, que varias veces, mientras esperaba, salía corriendo desde el fondo de la sala donde estaba, daba un salto y un puntapié en la puerta y volvía corriendo. Puede imaginarse la fisonomía de consternación que tendría ante lo sucedido, pues alguien le llegó a decir:— No aparezca así, porque, si su madre le ve con esa cara de angustia, va a sufrir más aún.

Por fin, ella llegó. Plinio de hecho, no apareció, y esto fue más pungente y aumentó más su tormento; si la hubiese visto, se habría calmado. Pero solamente oyó la agitación de la ambulancia y, a cierta distancia, los pasos de los que la llevaban por el pasillo. Después vio a los médicos, con aquellos grandes bigotes, aún de la época del Káiser, pidiendo yeso y agua caliente… ¡Todo daba la impresión de tragedia! Al final, autorizaron a Plinio a visitarla. Él se acordaría siempre de aquel contacto que tuvo con Doña Lucilia. Le habían dicho que tomase mucho cuidado al abrazarla y que no se lanzase sobre ella, pues todavía se estaba sintiendo mal y sufría un dolor insoportable.
Fue, entonces, introducido silenciosamente en el cuarto y apenas conseguía verla a distancia, desde la puerta: ella estaba acostada en la cama sobre su lado derecho, teniendo el otro enyesado, y con la cabeza puesta en la almohada, muy pálida, pero con una resignación completa. Había una lamparita azul en la cabecera y él escuchó un gemido, tan suave y tan ordenado, que era como la pulsación de un corazón. Y pensó: «¡Qué orden y qué dulzura!»
Cuando ella percibió, en medio de aquella penumbra azul, la presencia del niño, extendió el brazo e hizo una señal:
— Filhão (Desde que el Dr. Plinio era pequeño, Doña Lucilia acostumbraba a llamarlo con el cariñoso título de filhão, derivado de filho, que significa, en castellano, hijo), ¿eres tú?
Él se acercó a la cama y la besó en el rostro muchas veces, mientras ella lo abrazaba y acariciaba. Después, antes de que él pudiese preguntarle cualquier cosa, ella se adelantó para indagarle:
— Hijo mío, ¿estás mejor de tu resfriado? ¿Estás teniendo cuidado con el relente y las bebidas frías?
Entonces, Plinio se dio cuenta de que, en medio de aquel dolor, ¡su madre todavía encontraba la serenidad suficiente para preocuparse más con su estado de salud que consigo misma! Era, por lotanto, una bienquerencia sin pretensión, nada egoísta, realizada, eso sí, ¡en función del amor de Dios! Aquel trato sublime marcó el alma de Plinio y, mientras se retiraba, pensaba: «¡Hay entre ella y yo una interpenetración profunda! ¡Mi alma está en la más íntima unión y afinidad con la suya! Lo que le afecta a ella, me afecta a mí, porque yo soy una prolongación suya; lo que golpea allí, duele allí y aquí, ¡pues yo lo siento como si fuese en mí!»
Se observa en todos estos episodios de su primera infancia, que ella había sido creada para ser, junto a su hijo, una especie de escalón para llegar hasta Dios y, al mismo tiempo, un soporte para que él comprendiese después con facilidad la devoción a Nuestra Señora. Era como la orla del manto de Nuestra Señora que llegaba hasta el niño. Así, cuando a los doce años, en una época difícil de su vida, se arrodilló a los pies de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora, diciendo: «¡Sálvame, Reina de misericordia!», aquella confianza plena tenía como base el amor y la comprensión que había tenido del espíritu materno de Doña Lucilia: «Si mi madre es como es: ésta, que es la Madre de las madres, la Madre de toda la humanidad, ¡¿cómo será?!» «El hecho de experimentar esta paciencia de mi madre me estaba preparando algo muchísimo mayor: la devoción a la Santísima Virgen. Y cuando rezo la Salve Regina o el Memorare, tengo la impresión de hacer con Ella un poco lo que hacía con mamá. No en el sentido físico de la palabra, sino diciéndole cosas que abran su misericordia como mis dedos abrían los ojos de mi madre, convencido de que la súplica de un hijo afligido es oída y que puedo explicarle mis problemas con confianza, pues nunca seré mal recibido. De una manera o de otra, en los días siguientes a estos hechos, yo iba haciendo comparaciones entre mis padres y las personas mayores que veía, y pensaba: “Como ella, nadie. Si yo soy bueno, ¡ella será para mí un mar de bondad! Pero esa bondad, ¿viene de ella? ¡No! Veo que esto también existe, a la manera de relámpagos, en otras personas, pero en ella permanece de modo estable. Si existe en varias personas, significa que la fuente de la bondad no está en ella. Entonces, ¡necesito descubrirla!” Y me venía una cierta idea confusade que mamá era apenas una gota de agua dentro de un océano… Después comprendí que esa fuente era Nuestro Señor Jesucristo».
Por el contrario, un niño que se desarrolla en un ambiente en el cual son frecuentes los choques y las cargas temperamentales de indignación, al ser tratado con violencia adquiere, ya antes del uso de razón, una serie de instintos y costumbres embrutecidos que hace que a partir del momento en que toma conciencia de sí, concluya que es necesario reaccionar contra todo aquello: «Pero… ¡qué cosa más absurda! ¿La humanidad es esto? Voy a tener que defenderme y ser bruto también, porque si no, llevaré las de perder».Y así, a medida que el niño va creciendo, empieza a proyectar en cualquier autoridad aquella fisonomía de cólera que manifestaba su padre o su madre, creando así, la idea de un Dios irascible y sin razón. Más tarde, si comete una falta, tendrá una dificultad enorme en dirigirse a la Santísima Virgen pues, si su propia madre es una persona violenta, con repentes turbulentos, ¿qué idea se hará de Nuestra Señora? Y a continuación se dejará llevar por la siguiente idea: «Me da miedo rezarle, no sea que me caiga un rayo de allí arriba… Ya no tengo más solución, ¡todo está acabado!» Y, sin embargo, ¡la verdadera solución se encuentra precisamente en confiar en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor Jesucristo!

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 124 ss.

Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Fue realmente un designio de Dios, y hasta un milagro de la gracia, la preparación que  el Dr. Plinio recibió de su madre, pues fundamentó tanto su inocencia que, si no hubiese sido por la fidelidad de Doña Lucilia, él no habría tenido aquello que constituyó el punto de partida del don de sabiduría en su alma. Doña Lucilia fue la cuna que fluctuó sobre las aguas de la Revolución y que salvó a su hijo Plinio.

La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»

En el Dr. Plinio ya estaba presente desde su más tierna infancia, el don del  discernimiento de los espíritus que conservó hasta el último momento de su existencia. El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) se acuerda de haberle preguntado en una ocasión:
— Dr. Plinio, ¿cuándo fue que floreció en usted el discernimiento de los espíritus?
Con toda naturalidad y modestia, dijo:
— Yo no me acuerdo de ningún momento en que me hubiese dado cuenta de que poseía este don; cuando desperté para el uso de la razón, yo raciocinaba ya con el discernimiento de los espíritus.
— Mas, ¿en quién aplicó usted por primera vez este discernimiento?
— La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»
De estas afirmaciones concluimos que, cuando brillaron las primeras centellas de la razón, su inteligencia se concentró en comprender a su madre, Doña Lucilia, pero, concomitantemente, por una gracia inmensa, brillaba el don de discernimiento de los espíritus, por lo que, al fijarse en ella, pudo ver más el alma que el cuerpo. Sólo después de penetrar con acuidad en el fondo de su alma, prestó atención en la fisonomía e hizo una comparación entre lo que había considerado en el alma y lo que observaba en el rostro, advirtiendo cómo éste era un reflejo de aquella. Declaraba él: «Lo que le debo a ella en este orden de ideas es inimaginable. Mis primeras penetraciones psicológicas, se las debo a ella. Me acuerdo de mí mismo, pequeñito, no apenas mirándola y tratando de entenderla, ¡sino entendiéndola y con deseos de entenderla todavía más!»

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Siendo así, en aquella primera mirada consciente y racional que, según la Filosofía y la Teología, contiene todas las demás, Plinio contempló un verdadero panorama de virtud. ¿Qué es lo que vio en el alma de su madre? Vio un espejo de limpidez, de honestidad y de inocencia, una representación de la pureza, de la virginidad de espíritu, de la bondad, de la rectitud, de la lealtad. Todos los dones, gracias y beneficios que llevan a un alma a ser perfecta, antes de nada, él alcanzó a discernirlos ¡en ella! Y ya, en aquel comienzo, ¡tuvo, por obra de Dios, su primer arrebatamiento! Para él fue una especie de paraíso, pues se sentía enteramente seguro al mirar a su madre. Doña Lucilia fue el parámetro, los raíles, la «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual: percibió desde muy pequeño, sin conocer aún la palabra santidad, cómo debía caminar rumbo a ésta, teniendo por modelo a su madre. Asegura el Dr. Plinio: «Pasé la vida entera analizándola, embebiéndome de su espíritu y haciéndome
semejante a ella en toda la medida de lo posible. Hasta qué punto fue ella alimento para mi inocencia primigenia, no lo sé decir, pero intento, de este modo, expresar un respeto que no tengo palabras para describir, junto con mi veneración y mi agradecimiento».

Y, en otra ocasión contaría él: «Las primeras gracias que recuerdo haber recibido, a los dos o tres años de edad, fueron de tener una gran sensibilidad en relación a mamá. Ella me impresionaba mucho más por lo que yo percibía de su alma que por sus palabras. Su presencia ejercía en mí un efecto profundo; yo prestaba atención y consideraba seriamente lo que ella decía o hacía. Incluso estando lejos de mamá, sabía qué es lo que querría o no querría, y me desagradaba contrariar su voluntad».
Por otro lado, en determinado momento el pequeño Plinio aplicó el discernimiento de los espíritus no sólo en relación a su madre, sino también a las demás personas de la familia, al ambiente que le rodeaba y al resto del mundo. Analizando las almas bien a fondo, con sus cualidades y defectos, pudo desde niño, auxiliado por una gracia especial, hacer una comparación entre lo que percibía en contacto con su madre y lo que percibía con las otras personas, y comenzar a formar un juicio respecto de cada uno, hasta el punto de ver cuánto ella era diferente, pues en ella existía algo mucho más excelso y elevado de lo que había en los otros parientes. Por lo tanto, a los cuatro años de edad, tuvo perfecta noción del papel que Doña Lucilia ocupaba dentro de la familia y, encantado con ella desde entonces, la amó con preferencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 116 ss.

El papel de Doña Lucilia en la vida de su hijo

Ofrecemos a nuestros lectores, algunos trechos de unas de las últimas obras de Mons. Joao S. Cla Dias “El don de Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira” editado por la Editrice Vaticana, sobre el papel de Doña Lucilia en la formación de su providencial hijo.

Algunas veces en la Historia, para preparar a un hombre para una misión muy importante, la Providencia comienza por santificar a su madre. Ya en el Antiguo Testamento, Ana suplicó a Dios la dádiva de tener descendencia, fue atendida y engendró un hijo. Y, por no haberse negado a entregarlo al Señor, alcanzó la gracia de ser la madre del más joven de los profetas de Israel, Samuel, elegido para esa función a los nueve años de edad (cf. 1Sam 1).

Ana entrega a su hijo Samuel al sacerdote Helí

Al analizar el periodo anterior a la venida de Cristo, vemos con frecuencia hombres escogidos por Dios, en especial los que eran santos, que son favorecidos por un origen familiar particularmente bendecido, que les ayudó a abrazar la vía de la santidad. La Providencia respeta la tradición y se complace en preparar a sus elegidos a través de la influencia del linaje, a fin de aprovechar las cualidades naturales y requintarlas con la gracia.

Consideremos,a aquellos que gozaron del privilegio de nacer en hogares verdaderamente católicos como SanJuan Bosco, por ejemplo, que fue educado por su piadosa madre. La unión entre ambos llegó hasta el punto que hizo que constase como
principal argumento de los teólogos, en el elenco de documentos para el proceso de beatificación de Mamma Margherita, la siguiente tesis: los corazones de la madre y del hijo constituyen en la familia salesiana un solo corazón. También San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, tenía una madre excelente. Así, cuando le preguntaban de dónde le venía su amor por la oración, por el altar y por el sacerdocio, respondía derramando lágrimas: «Después de Dios, es obra de mi madre: ¡ella era tan sabia!» Y añadía: «Un hijo no debería poder mirar a su madre sin llorar».También es digna de recuerdo la propia madre de Santo Domingo de Guzmán, la Beata Juana de Azca que, poco antes del nacimiento del niño, soñó que daba a luz un fuerte perro, que ladraba mucho y que sujetaba con los dientes una antorcha de fuego y, corriendo con ella, incendiaba el mundo entero. Domingo creció con aquella imagen del sueño de su madre en la cabeza y, más tarde, fundó una orden mendicante, los Domini canes (del latín: canes del Señor. El nombre de la familia religiosa fundada por Santo Domingo
es Orden de los Predicadores, más conocida como Orden Dominica), porque irían por la faz de la tierra ladrando contra el mal y predicando la doctrina católica. Y así, recorriendo la Historia, podríamos con facilidad multiplicar los ejemplos yendo desde la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, hasta Santa Teresita del Niño Jesús, cuyos padres brillan en el firmamento de la santidad. Es verdad, pues, que la influencia y proximidad de los santos son siempre un gran beneficio para las almas que no se cierran a la acción de la gracia, pues éstas acaban santificándose también, gracias al trato con ellos. Por consiguiente, podemos afirmar con entera propiedad que las madres si son buenas, serán las que más ayuden a santificar a los hijos; pero, por otro lado, cuando no lo son, serán quienes más los estropeen. La virtud es contagiosa, pero también elmal, los dos extremos lo son.

Escogida y preparada por el mismo Dios, María Santísima es la más excelsa de todas las madres

No olvidemos, sobre todo, que el gran Hombre providencial por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo, también estuvo unido a su Madre. Habiendo llegado el momento de encarnarse, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad creó con todo esmero, una Madre extraordinaria, pues quería tener en el inicio de su vida terrena, ya en su raíz, una persona de la categoría de Ella. Es el único caso en la historia de la Creación en el que alguien, antes de nacer, ha podido escoger y santificar a su propia madre. Ella es la Madre de las madres y Señora de las señoras, que concibió al Santo de los santos, el Hombre-Dios.

«Mamá me enseñó a amar a la Santa Iglesia»

Estudié su bella alma con una atención continua…

¿Cuál es, entonces, el papel de una buena madre a lo largo de la vida de un varón providencial? Es un papel brillante, fundamental e insustituible, que nadie más puede representar, porque ella sirve de espejo para que este varón, cuando es aún pequeño y antes incluso de tener una noción exacta de quién es Dios, pueda ver la figura del Creador.
Si cualquier madre tuviese la posibilidad de dar a su hijo una fortuna extraordinaria, mediante la cual pudiera vivir sin problemas ni preocupaciones, haría todos los esfuerzos para que eso sucediese. Ahora bien, lo máximo que una madre puede desear para su hijo es una eternidad feliz, conviviendo con Dios; y esto puede conseguirlo, conduciendo a su hijo hacia la virtud, por las vías de la Religión.
Con frecuencia, el estado espiritual de la madre condiciona el de su hijo, pues Dios tiene en cuenta la fidelidad materna a la hora de dar a los descendientes las gracias necesarias para el cumplimiento de su misión. Así, con el fin de desempeñar bien este encargo es necesario que la madre sepa rezar, tenga una sólida vida interior y frecuente los Sacramentos para beneficiarse de la gracia y progresar en la vida espiritual. De este modo alcanzará la santidad que se reflejará en sus hijos… Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5, 6); el amor de la madre por su hijo debe ser tal, que tenga hambre y sed de perfección y por ello quiera sacrificarse enteramente para santificar a su hijo y así, estando junto a él, llevarlo a decir: «¡Qué bonito es ser santo!» Ésta era la opinión del Dr. Plinio: «La mejor de las universidades nunca podrá desempeñar el papel de una madre: el de acondicionar, dentro de la perspectiva que ella tiene y que comunica a su hijo, una cierta cantidad de nociones generales, que se proyectarán más tarde sobre toda su vida. Después de beber en ella las buenas influencias, propias para acercarlo a la Iglesia Católica y darle una avidez enorme para acoger a la Iglesia Católica en su alma, cuando el hijo termina el recorrido
de su vida, se da cuenta de que aquello concuerda con lo que recibió de su madre en sus comienzos».
Si nos hacemos una idea concreta del privilegio que supone tener una buena madre, en la que brillan las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que toma a su hijo en brazos llena de un cariño, de un afecto y un modo de ser tal que lo haga abrir los ojos para la realidad, dándole el primer impulso hacia el recto camino, tendremosen mente la noción clara del papel que Doña Lucilia desempeñó en la ascensión espiritual del Dr. Plinio. Testimonio de esto son las palabras de encomio que le ofrendó, nada más exhalar ella su último suspiro: «Estudié su bella alma con una atención continua y fue por eso mismo que tanto me encanté con ella hasta tal punto que, si ella no fuese mi madre, sino la madre de otro, la querría de la misma manera, y encontraría la forma de irme a vivir con ella. Mamá me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica».

Trayectoria de inocencia

Analicemos ahora el origen de este varón.
Nació en ese periodo tan importante de la Historia, cuando el mundo entraba en la terrible crisis actual. Poco a poco fue creándose una sociedad atea, en la que el hombre abandonó enteramente la inocencia, el Evangelio fue quedando cada vez más desvanecido, olvidado y desfigurado a sus ojos, e incluso la cultura fue siendo devastada, motivando que la convivencia humana se hiciese semejante a la de los lobos.
¿Cómo fue posible que surgiese y se afirmase en una época así alguien tan favorecido por altísimos dones sobrenaturales, capaz no solamente de restaurar el pasado, sino de estar en el origen de una nueva era histórica, llena de inocencia y verdadera sabiduría, en contraposición con la falsa sabiduría del mundo,Dios, en su infinita sabiduría, preparó con antecedencia el florecimiento de la tan elevada vocación del Dr. Plinio, dándole a Doña Lucilia por madre. Tenía ella el alma ornada con las gracias de la Edad Media y con lo que había de mejor en el Ancien Régime y en la Belle Époque, es decir, aquello que la era de las catedrales y de las cruzadas produjo «post mortem», una vez iniciada la decadencia revolucionaria. En realidad, fundamentado en la palabra del Dr. Plinio y en la propia experiencia personal, juzga el Autor que Doña Lucilia poseía algo más que no hubo en ninguna época anterior. En efecto, asevera el buen principio teológico que la Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, no permanece inerte a lo largo de los tiempos, sino que estará constantemente creciendo en gracia y santidad hasta el fin del mundo. Mientras haya una persona bautizada sobre la faz de la tierra, la Iglesia en ella estará viva y progresando cada vez más, porque cuenta con la promesa de la inmortalidad hecha por Nuestro Señor. Ahora bien, dentro de ese crecimiento, Doña Lucilia representaba una simiente dorada y magnífica, llena de irisaciones, de algo que habría de bueno en el futuro. A este respecto, resulta ilustrativo un comentario hecho por el Dr. Plinio en 1977: «Había en su espíritu un punto altísimo, que era el campo de su inocencia. ¿Qué relación tiene ese campo de su inocencia con mi inocencia? Y ¿qué relación tiene ese campo de su inocencialos lados buenos del siglo XIX, que eran las tradiciones medievales aún vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: “Cómo es parecida con mamá”.

Doña Lucilia poseía cualidades de alma que prenunciaban un futuro grandioso

Sin embargo, mamá no tenía una idea exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Fue un eco fidelísimo, aunque subconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonaba […] el espíritu de la Edad Media, ella tuvo un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion que une; el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado que lloraba por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería el alborear de la Edad Media resurrecta en el Reino de María. Es decir, la palabra guion dice poco: es la última simiente de un árbol esplendoroso que muere, pero de la cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa simiente fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar detrás de ella otro rastro a no ser ése. Y ése es el gran papel histórico de ella, su gran misión.

Dada la extraordinaria vocación del Dr. Plinio, ¿no era normal que naciese de una madre tan inocente, como fue Doña Lucilia,que nunca cometió una falta grave en los noventa y dos años de su larga vida? Sí, ese llamado, según el plan de Dios desde toda la eternidad, debería estar fundado en la inocencia, sin la cual, sería imposible que el Dr. Plinio pudiese cumplirlo. Es de la inocencia que brotaron tantas otras prerrogativas, dones y beneficios que la Providencia quiso concederle. Por eso, fue beneficiado con tan virtuosa madre, verdadero manantial, jardín florido de rectitud; para
que pudiera tener delante de sus ojos un punto de análisis, de atracción y de sustentación para su propia inocencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 101 ss.