Auxilio en cualquier situación

 A medida que vamos conociendo los numerosos favores que Dña. Lucilia obtiene para quienes recurren a su intercesión, se vuelve más nítida en nuestro espíritu la certeza de que ella es, de hecho, un instrumento de Dios para ayudar a todos los que aún combaten en este valle de lágrimas. Los relatos que transcribimos a continuación son una elocuente muestra de ello.

Curación de una enfermedad en los ojos

Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Perú, nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia tras haber sido curada, por su intercesión, de una enfermedad oftalmológica.

Nos cuenta que, después de un rutinario examen ocular, la médica le detectó una vasculitis retiniana en el ojo derecho. El especialista al que fue derivada le explicó que tenía un daño irreversible en la retina, probablemente como consecuencia de otra enfermedad, y que lo que entonces tenía que hacer era preservar la vista del ojo izquierdo. Luego de varias pruebas más le diagnosticaron, de hecho, una toxoplasmosis ocular.

Fátima empezó un tratamiento bastante agresivo, que los médicos lo consideraban todavía insuficiente para su recuperación. Sin embargo, confiaba en que Dña. Lucilia intercedería a su favor y, rogándole su curación, se puso sobre ambos ojos un medallón que contenía cabellos de Dña. Lucilia, que un conocido suyo guardaba con devoción particular y se lo había prestado. Y su oración fue prontamente escuchada.

Periódicamente, Fátima sigue realizándose exámenes oftalmológicos, pero nunca más los médicos encontraron ni siquiera vestigios de la enfermedad.

 

Una petición simple, pero hecha con confianza

Es impresionante ver cómo Dña. Lucilia actúa sin hacer «acepción de pedidos»: siempre ayuda a quien recurre a ella con fe y confianza. La familia de Ludmila Priscila Beraldo Dousseau pudo comprobar la solicitud de esta bondadosa señora para solucionar incluso una minúscula dificultad.

Amelie Dousseau com a mala que pediu à sua intercessora - Foto: Reprodução

Amelie Dousseau con la maleta que le pidió a su intercesora

Hasta mayo de 2021, la familia de Ludmila residía en el litoral paulista. Habiendo visitado en una ocasión una de las casas de los Heraldos del Evangelio localizada en el municipio de Caieiras, en el estado de São Paulo, ella y su marido se quedaron tan encantados con el apostolado que allí se realizaba que decidieron mudarse a la Sierra de la Cantareira, movidos por el deseo de estar más cerca de dicha institución y poder así participar en sus actividades.

A finales del 2021 una de sus hijas, Amelie, de 10 años, les pidió estudiar en el Colegio Monte Carmelo, hospedándose en una de las casas de la rama femenina de los Heraldos del Evangelio, a modo de experiencia. Dña. Lucilia no dejó de interceder por Amelie, que vio cómo su deseo fue rápidamente realizado.

Ludmila entonces empezó a preparar todo lo necesario para el hatillo de su hija. En cierto momento, ésta pidió a sus padres que le compraran una maleta para transportar sus pertenencias cada semana, cuando regresara a casa. La madre le respondió que la situación económica de la familia no permitía más gastos y le hizo una sugerencia: pídeselo a Dña. Lucilia. Llena de confianza, Amelie presentó su petición a Dios, por intercesión de aquella a quien siempre recurrían en las dificultades.

Aquel mismo día, de vuelta a casa después de la Misa, la familia se encontró con una maleta en la puerta, en perfecto estado. El padre de la joven, Jason Dousseau, recogió la maleta y se la entregó a su hija, que se alegró mucho con la merced recibida de parte de su bondadosa intercesora.

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Afecto, mansedumbre generosa y firmeza inquebrantable

La relación del Dr. Plinio con su madre era toda hecha de afecto, y tenía como presupuesto una mezcla de admiración y esperanza, que producía una íntima unión de almas. Dentro de esa clave imponderable sobresalía en Doña Lucilia una mansedumbre generosa, llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios.

Para comprender mejor el afecto existente entre Doña Lucilia y yo, es necesario ver cómo
era el lenguaje y la vida de familia en la intimidad, en el ambiente donde vivíamos; porque ese es un asunto lleno de matices, y cada país, así como cada estado y ciudad de Brasil, tiene uno.

La esencia del afecto: admiración y esperanza

3p200Entre nosotros había un presupuesto de que el afecto era un acto de admiración o, por lo menos, de esperanza. Admiración de mi parte hacia ella y de esperanza de ella hacia mí. El afecto era un sentimiento muy digno de elogio que no se malgastaba concediéndolo a cualquiera, precisamente porque es la afirmación de una cualidad o de la esperanza de que alguien llegue a tener esa cualidad. Esa era la esencia del afecto. Pero, al mismo tiempo, era la afirmación de una consonancia del bien que se espera o se reconoce en el otro, con el bien que se siente en uno mismo. Era, por lo tanto, la afirmación de una íntima unión de almas.
Todo esto se manifestaba por el modo intensamente afectuoso con que yo la trataba, en donde eran abundantes las palabras muy cariñosas y simbólicas que repercutían en ella de manera suave, pero profunda, dejándola tan complacida, que mi padre —por naturaleza muy bromista— le decía, imitando un poco el acento portugués: “¡No te derritas!”.
Me acuerdo de algunas expresiones que yo usaba. Por ejemplo, a veces me dirigía a ella llamándola de
Lady Perfection (1), a lo que ella respondía con toda naturalidad, como si no hubiese oído o como si yo la hubiese llamado de “mamá”. Otro título que usé durante mucho tiempo, teniendo en vista su aspecto afrancesado y distinguido, fue el de “marquesita”.
Otras veces yo la llamaba de “manguinha” (2), como en el tiempo de mi infancia, con un afecto especial, para recordar aquellos tiempos. Además, “querida mía”, “mi bien”, ¡a torrentes! No es necesario decir que nunca la llamé de tú. ¡Nunca! Ni me pasó por la mente. Siempre era “Usted”. Me daba la impresión de que tendría que confesarme si la llamara de “tú”.
A veces le decía que no conocía madre igual a ella. Evidentemente la besaba también, cogía su mano y le daba palmaditas, la abrazaba, etc., muchas veces. Yo notaba que ella quedaba muy conmovida y recibía todo eso con complacencia, pero con una cierta discreción que no sé describir bien. Era como si ella, sin apagar la luz, pusiera un abat-jour (3). Era el sistema usado por ella —comprensible y muy adecuado, a mi modo de ver— y con el cual yo afinaba.

Significado de los puntos suspensivos usados en las cartas

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El «Quadrinho»

Quien lee las cartas que mi madre me escribía, nota que ella usaba muchas veces puntos suspensivos. Doña Lucilia hacía esto sin pensar, con la naturalidad de una madre, pero esos puntos suspensivos correspondían a un modo de hablar de ella; era como un pasar al papel su manera de expresarse.
Tenía una voz muy aterciopelada, suave, enormemente matizada. Los matices de su voz le servían muchísimo para expresar cada idea, cada pensamiento, cada expresión, lo cual ella acompañaba cambiando ligeramente la posición de la cabeza y con movimientos de manos muy discretos, pero expresivos. Ahora bien, Doña Lucilia tenía un hábito interesante, que tal vez no exista en otras personas y solo lo noté en ella; decir algo y quedarse un momento, discretamente, con los ojos puestos en el interlocutor para ver qué repercusión había causado aquello, como que acentuando con la mirada lo que ella había dicho, de manera a llegar al grado de repercusión que le parecería normal, proporcionado.
Eso que era, por así decir, los últimos timbres de sus palabras, en las cartas ella lo representaba con los puntos suspensivos. De manera que donde hay puntos suspensivos, era eso que cuando ella hablaba hacía con su mirada.
Por lo tanto, no significa que era una persona reticente para nada. Muy por el contrario, su pensamiento se expresaba con mucha franqueza y claridad. Sino que eran los imponderables que constituían una especie de aureola en torno de lo que decía.
A propósito, una de las cosas interesantes del Quadrinho (4), es retratar la actitud que tomaba cuando acababa de decir algo y miraba. Eso contribuye para dar la expresión que tiene el Quadrinho.
Aunque todo eso tuviese en ella el significado que estoy mencionando, es necesario decir, para la glorificación de la Civilización Cristiana, que era un pequeño fragmento del pasado. El arte de la conversación antiguamente era muy así. Hoy las personas casi no cambian de tono de voz, son monótonas con frecuencia, y no saben utilizar la mirada; miran al interlocutor como podrían fijar la vista en una pared blanca. La mirada no tiene más el papel que tuvo otrora. Por lo tanto, ese predicado en Doña Lucilia era la iluminación por la presencia, por la fidelidad a la gracia, de un modo de ser de la Civilización Cristiana, o sea, una tradición.

Disposición de ser como un cordero que se deja sacrificar

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…este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos…

Uno de los aspectos que me encantaba en Doña Lucilia, ante todo, erala elevación de alma, que constituía la clave donde esas cosas se daban. Porque todo cuanto estoy diciendo, puesto en almas menos elevadas, redundaría en banalidades. Su elevación de alma colocaba todo en un pináculo, y daba la clave de la belleza de las cosas íntimas que estoy contando. Dentro de la clave de esa elevación de alma, toda ella imponderable, me encantaba una mezcla de mansedumbre generosa llevada hasta lo increíble, al lado de una firmeza inquebrantable cuando se trataba de principios. La yuxtaposición de esos contrastes armónicos realmente me atraía en el más alto grado. ¡Nadie puede tener idea de lo que era la mansedumbre de mi madre! Vivía, evidentemente, en una familia educada y que no iba a tratarla con brutalidades. Pero la educación no impide la ingratitud, la incomprensión y, por lo tanto, no evita muchas decepciones. La educación es un barniz para el cual no importa la calidad de la madera. Doña Lucilia pasaba a veces por situaciones realmente difíciles de imaginar. Invariablemente, con el propósito de nunca replicar, nunca redargüir de un modo desagradable o ácido, impertinente —lo cual quedaba bien en su papel de madre de familia—, ella presentaba siempre una explicación de lo que hacía, con lógica y afabilidad; y si no servía de nada, se quedaba callada sin acidez. Poco después retomaba las relaciones en el mismo nivel anterior, desde que la otra persona quisiera. Mi madre hacía eso con tal disposición de ser como una víctima o un cordero que se deja sacrificar, porque quiere sufrir sin reaccionar, y por juzgar que debe hacer ese apostolado de mansedumbre, que no conozco verdaderamente cosa igual, o que siquiera se parezca de lejos con eso.
Dentro de esa actitud venía la firmeza de principios. Ella era así, les gustara o no, porque así se debe ser. Esa es la voluntad de Dios, ese es el pensamiento de la Iglesia y, por lo tanto, no se cambia. Por lo tanto, adaptarse a otros principios para evitar el sufrimiento de la incomprensión, ¡nunca! Ella era enteramente ella, con dignidad, a pesar de serlo con mansedumbre. Para mí, que la conocí tan de cerca, este aspecto aparece mucho en una fotografía tomada en la Escuela Caetano de Campos, en la Plaza de la República, mientras asistía a una conferencia mía. Mi madre está allí en una actitud de quien presencia una sesión con cierta solemnidad, pero no pierde el propósito de mantener una mansedumbre inalterable, una dulzura como no se puede imaginar; lo cual se expresaba por cierta melancolía que ella hacía notar. No obstante, si las personas fuesen indiferentes a esa melancolía, continuaba con la misma dulzura y del mismo modo.
Debo decir que este fue uno de los medios más vigorosos de cautivar mi afecto, porque eso me encantaba más allá de cualquier expresión y me hacía pensar, naturalmente, en Nuestro Señor Jesucristo y en Nuestra Señora. Incluso porque mi madre, de vez en cuando, elogiaba a Nuestro Señor por eso. En el modo de elogiarlo, sin darse cuenta, hacía trasparecer cómo ella lo imitaba. No era su intención, pero por una especie de santa inadvertencia o santa ingenuidad, sin percibirlo, ella se elogiaba hablando de Nuestro Señor Jesucristo.

(Extraído de conferencia del 24/5/1980)
1) Del inglés: Señora Perfección.
2) “Mãezinha” en portugués: diminutivo de mamá, modificado por el Dr. Plinio en su infancia.
3) En francés: pantalla de lámpara.
4) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Dignidad y compostura repletas de bondad

Doña Lucilia era categórica, inmensamente cariñosa, afable, llena de bondad, siempre dispuesta a hacer sacrificios e inmolaciones por cualquier persona, desde que estos estuviesen ordenados a la salvación eterna. Se veía en ella lo opuesto del mundo contemporáneo.

Se nota en estas fotografías de Doña Lucilia una decisión tomada, calma, dulce, pero inquebrantable. Ella tiene cierta idea de cómo debe ser el orden dentro del ser humano y, por lo tanto, también en la presentación exterior que la persona hace de sí misma.

Dignidad hasta en los momentos de comodidad

3p196aSe ve que ese orden corresponde justamente a lo que la Iglesia enseña sobre cómo debe ser una persona católica, apostólica y romana, tomando en consideración la situación, la edad y las relaciones que ella tiene.
Doña Lucilia está en una posición natural. Nada está tenso; por el contrario, todo está tranquilo y perfectamente ordenado. Hay un dominio del alma sobre el cuerpo, y la noción que el alma tiene de cómo debe ser la actitud del cuerpo es enteramente exacta y firme, coherente y definida.
Por otro lado, se comprende que una persona tan categórica sea inmensamente suave, afable, llena de bondad, y por esa razón esté dispuesta a hacer sacrificios e inmolaciones por cualquier persona, desde que estos estén ordenados a la salvación eterna.
Vemos en ella lo opuesto del mundo contemporáneo, el cual es todo lo contrario de eso.
Me acuerdo de ella tanto en la intimidad como en ocasiones de ceremonia. En la intimidad, principalmente en la casa de su madre, donde pasó la mayor parte de su vida, porque cuando mi abuela quedó viuda necesitó del apoyo de mi madre. La residencia de mi abuela era una casa grande, de techos altos, con todo el estilo, la seriedad y gravedad de las casonas antiguas. Los muebles armonizaban con eso: eran grandes y confortables, pero con cierta solemnidad.
Cuántas y cuántas veces yo entré en esta o aquella sala de la casa y encontré a mi madre sola, rezando o meditando, pensando, reflexionando. Nunca la vi en una actitud relajada. Aunque estuviese enteramente sola, con trajes del género de los que usaban las señoras de aquel tiempo cuando estaban en la intimidad, dignos, distinguidos, que permitían la comodidad y el confort; incluso así, su actitud era siempre de cierta dignidad, por no decir a veces con una punta de majestad.

Compostura que envolvía la idea de familia

Dr._plinioMe acuerdo de ella, por ejemplo, sentada en un sofá de tres lugares, de manera que una persona puede, sin estar propiamente acostada, extender las piernas un poco en cierta dirección, y puede quedar entre acostada y sentada. Mi madre estaba así, con el brazo apoyado en el brazo lateral del sofá, pensando. Las ventanas estaban abiertas, el día caliente, a decir verdad, la naturaleza del verano invadía la sala, dilatando y llenando todo.
Ella se quedaba en esa actitud muy frecuentemente. Usaba vestidos largos, de manera que dejaban aparecer solamente la punta de los zapatos. Estaba completamente distendida y pensando en algo que no se sabía qué era, pero se veía que en medio de todo aquello se empeñaba en conservar la nota y la distinción. Su compostura revelaba mucho la idea que ella hacía de familia. En el espíritu de Doña Lucilia, la familia era como un país minúsculo, con sus fronteras, su población, y yo casi diría, con su bandera. Las fronteras eran los muros de la casa; la población, los parientes; la bandera era algún blasón de armas, cuando la familia lo tenía. Así, todo aquel ambiente familiar era para ella como una nación minúscula, pero tenía también su dignidad y su importancia, así como un país puede tenerlas. Una persona puede ufanarse de su patria. Por ejemplo, nacer en Clermont-Ferrand, en Francia, donde Urbano II predicó la Cruzada, lanzó el grito Deus vult (1) y todos los cruzados tomaron la cruz, es como nacer en una especie de pequeña patria privilegiada dentro de la gran nación francesa. O entonces, ser natural de la pequeña ciudad de Domrémy, donde nació La Pucelle, o sea, Santa Juana de Arco, era un privilegio, porque allí esa virgen y mártir había recibido las revelaciones de las voces y la vocación, y de un modo general, toda su vida tenía como punto de referencia el minúsculo lugar llamado Domrémy que, sin dejar de ser minúsculo, adquirió una gran honra por el hecho de allí haber nacido Santa Juana de Arco.

Conciencia de la propia dignidad

Pertenecer a las antiguas familias de São Paulo era como tener un título de nobleza, y Doña Lucilia apreciaba mucho eso. Por esa razón, en la formación que ella nos dio a mi hermana y a mí, exigía siempre maneras y educación bien tradicionales. Cuando ella veía que uno de nosotros a veces se relajaba –los niños tienen esa mala tendencia hacia el relajamiento–, ella decía: “¡Acuérdate de quién eres tú!” Mi madre tomaba muy en consideración también la familia de mi padre, el Dr. João Paulo, que igualmente pertenecía a un linaje antiguo de Pernambuco, el cual tenía muchas analogías con las estirpes tradicionales paulistas, pero con esta diferencia: la cualidad principal de los paulistas es la de ser prácticos y hacer prosperar la economía; mientras los nordestinos son mucho más de cantar, hacer poesía, discursos, tener literatos y parlamentarios célebres, haciendo brillar los dones de la inteligencia.
A veces, para incentivarme a imitar las cualidades de la familia paterna, mi madre me decía: –“Acuérdate de tales parientes tuyos y aprende a hablar bien. No adquieras el lenguaje de los niños de tu edad; eso no vale de nada. Debemos tener un lenguaje mejor y más bello que el que corresponde al común de nuestra edad.”
Yo tengo la certeza de que, si muchas madres formaran a sus hijos así, Brasil sería otro.
Sin embargo, eso venía acompañado de una exigencia absoluta de desapego y nada de fanfarronada. Bastaba que un hijo o una hija contara algo para sobresalir, que ella lanzaba una mirada de reprobación, haciéndonos entender que no habíamos actuado bien.

El Rosarito de cristal y el adquirido en Aparecida

cap12_015A veces yo la encontraba sola, rezando con un rosarito de cristal que ella tuvo durante mucho tiempo, que sustituyó más tarde por otro que le compré en Aparecida (2), de calidad muy inferior, porque los objetos sagrados que se vendían en Aparecida, en aquella época, eran muy populares. Yo se lo compré porque no había algo mejor para comprarle, y quería darle un recuerdo al regresar a São Paulo. Le expliqué: “Mi bien, vea usted, es un rosarito que no vale nada. Apenas para recordarle que, estando en Aparecida, recé por usted.”
El rosarito de cristal, que valía mucho más, desapareció. Y muchas décadas después nunca la vi con otro rosario en la mano, a no ser con ese sin valor ni calidad, pero que para ella se prendía a un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con un afecto especial.”
Quien visita la casa de Doña Lucilia, nota la presencia de cuadros y otros adornos que conllevan un mundo de recuerdos, y el espíritu repleto de simbolismo que el presente rechazó del pasado. Se ve que ella los ponía allí dentro a propósito, para significar su unión de psicología y mentalidad con aquellos objetos.
Por ejemplo, en su cuarto de dormir hay un reloj de alabastro con el mostrador de esmalte, encimado por un adorno de bronce. Solo las palabras alabastro, esmalte y bronce ya llevan alguna connotación simbólica consigo. Ese reloj tiene todo el espíritu anterior a la Revolución Francesa, y queda muy sobresaliente en los aposentos de mi madre, de tal manera que marca el ambiente. Y así otra serie de cosas. Ahí están algunos datos, algunos recuerdos y muchas saudades.

(Extraído de conferencia del 16/2/1994)

1) Del latín: Dios lo quiere.
2) Basílica Santuario erigida en honor a la patrona de Brasil: Nuestra Señora Aparecida, situado en la ciudad del mismo nombre, en el estado de São Paulo.

Equilibrio por excelencia

Comentando una de las últimas fotografías de Doña Lucilia, a pedido de sus jóvenes discípulos, el Dr. Plinio analiza un trazo significativo y fundamental de la personalidad de su madre: el equilibrio.

 

La mezcla de seriedad, gravedad, bondad y hasta suavidad que se expresan en su fisionomía son cualidades que existen en ella de un modo tan excelente, y se combinan para formar un todo tan agradable de ver en su conjunto, que uno queda con el deseo de mirar indefinidamente.

Diferencia profunda entre Doña Lucilia…

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Ahí se combinan algunas cualidades difíciles de enlazar, porque hay algo de antitético. No de contradictorio, aunque podría parecer a primera vista. Algo que, por otro lado, el espíritu moderno rechaza profundamente, y por esa misma razón también agrada a nuestros espíritus profundamente. Vemos en ella una especie de correctivo para el espíritu moderno; hay algo de equilibrado, de tal manera que no se sabría decir qué podría ser más grande en ella.

Esa fisionomía es la del equilibrio por excelencia. No hay – por la gracia de Dios, porque esas no son cualidades meramente humanas – ningún riesgo de que salga una palabra desequilibrada delante de un hecho que la choque mucho.

Digamos, por ejemplo, algo que a cualquier madre le chocaría hasta el extremo: imaginen que, estando ella en una sala de su casa, entrase una persona y le dijese:

– Doña Lucilia, el Dr. Plinio acaba de ser asesinado aquí en la sala del lado.

Sería un choque inmenso, ella sería capaz de morir. Y que el individuo agregase:

– Yo fui quien lo mató.

Ella podría tener cualquier reacción, menos la de insultar al asesino. ¿Cuál sería su reacción? Podría quedar algún tiempo desmayada, llorar con un llanto muy prolongado y dolorido, e incluso gemir alto.

– ¡Ay, mi hijo!

Podría decirle al hombre:

– Pero, ¿Ud. por qué hizo eso con mi hijo?

Y como las madres tienen la tendencia a engañarse con sus hijos, ella además podría decirle:

– Él era tan bueno. ¿Por qué lo mató?

…y muchas madres contagiadas de la mentalidad moderna

No obstante, decirle a él: “¡Bellaco! ¡Bandido! ¡Salga de aquí!”, eso no le saldría. No habría posibilidad de que cogiese un objeto y se lo tirase; la reacción sería equilibrada.

Pero digamos que el asesino quisiese, tomando una actitud desequilibrada de facineroso, acercarse a ella para agradarla y consolarla. Ella lo evitaría, profundamente desagradada y afirmaría:

– ¡No me toque!

Infelizmente hay muchas madres, contagiadas de la mentalidad moderna, que actuarían con desequilibrio en esa ocasión. Una primera actitud desequilibrada podría ser la de sentir poco la muerte del hijo.

– ¿Lo mataron? ¿Y dónde está su cuerpo? Hay que avisarle a la policía. Arreglemos esto, entonces vistamos el cadáver…

Por ahí iría la cuestión. Podría suceder – si fuese una señora con una forma de ser más tradicional, pero dentro del desequilibrio moderno – que cogiera un objeto y se lo lanzara a ese sujeto. Infelizmente, no estaría excluida la hipótesis de que dijese una mala palabra.

Doña Lucilia podría decirle al individuo:

– ¡Salga ya de mi casa! No la contamine con su presencia. Yo me las arreglo con el peor dolor de mi vida. ¡Salga! No obstante, si el asesino dijese contrito:

– Señora, yo no soy digno de estar en su casa, pero tenga en cuenta que tuve una madre que me quiso mucho como Ud. amó a su hijo, y tenga compasión de mí. Ella era capaz de no llamar a la policía. Si alguien quisiese hacerlo no se opondría, pero podría no llamarla.

Al cabo de un año, digamos, después de ese episodio, mi madre todavía estaría “sangrando” por lo que había sucedido ese día. Y al contar el hecho y referirse al asesino, podría decir “infeliz” o “miserable”. Pero ella no lo llamaría de bellaco, monstruo, etc. Había un equilibrio, un límite para cada cosa.

Pérdida del patrimonio debido a la omisión de un pariente

Por otro lado, en ella se nota un fondo de tristeza. Pero no es una tristeza que arranque expresiones de rebeldía ni de inconformidad con los causantes de esa tristeza. Ella está viendo hacia el pasado, midiendo una vez más lo que fue hecho, y está llorando en el interior de su alma. Pero en el fondo, tiene la calma de una persona que almorzó y está descansando un poco después de comer. ¡Es el equilibrio! El equilibrio en el bien, en la verdad, en el deber, pero siempre el equilibrio. Este era el trazado continuo de la vida de Doña Lucilia: en todo y por todo, en todos los aspectos de su vida, pasara lo que pasara, su actitud era de equilibrio.

A mi madre le sucedió el siguiente hecho: durante un viaje que mi padre tuvo que hacer a Pernambuco, él le aconsejó, y ella aceptó dar un poder a un pariente suyo para que se encargase de sus bienes. Ese pariente, entre otras “maravillas”, hizo lo siguiente: tenía que renovar el seguro del edificio contra incendios, pero dejó que se agotase el plazo y, resultado, al día siguiente del vencimiento del seguro el edificio se incendió y ella perdió su patrimonio.

¿No es verdad que Uds. conocen señoras que tendrían una actitud de desequilibrio en ese caso?

Comenzando por darle un consejo al pariente: “¡No aparezca por aquí!” Y podía ser en términos mucho más fuertes que esos…

Doña Lucilia, en la misma noche del día en que eso sucedió, mientras digería la pésima noticia, él aparece y la saluda. Ella le dijo buenas noches, con calma, con normalidad, lo hizo entrar y le pidió:

– Fulano, explíqueme un poco cómo fue eso, porque no entendí bien.

Él dio la explicación y ella después me contó: – Pobre de ese pariente nuestro, pasó por un gran disgusto.
Otra persona diría: – ¿Qué me importa su disgusto? Fue un relajado. Si hay algo que un hombre que tiene un poder no puede hacer, es dejar pasar el plazo de vigencia de un seguro contra incendio. Él es gravemente responsable por eso, y ahora debe poner de su dinero para resarcir el mal que me
causó.
Pero la respuesta de mi madre sería: – ¡Oh!, pobrecito, él tiene muchos hijos. Nosotros podemos vivir bien sin eso. No destruyamos su vida.

Sufrir en la Tierra para llegar al Cielo

Es un equilibrio con bondad, donde entra mucho el corazón, no un equilibrio metálico, que no lleva la bondad a dominar la justicia. Si ese apoderado hubiese perjudicado a terceros en beneficio de ella, ella le habría exigido a ese hombre que le restituyese a la persona perjudicada centavo por centavo, inclusive con los intereses debidos. Sin duda alguna.

Así yo podría contar cien episodios, si hubiese tiempo y si no se tratase de personas a las cuales alguien que tome conocimiento de esos hechos pueda llegar a identificar, pues no quiero estar difamando a nadie.

Tengo la certeza de que, en el Cielo, donde se encuentra mi madre, está aprobando mi conducta. En esta fotografía se ve que es una señora que llegó a una edad extrema. Tenía noventa y dos años, una edad en la cual fallecen los que mueren tarde. Fue una persona que no ejerció ninguna profesión. No obstante, se percibe que carga consigo un gran cansancio. ¿Cansancio de qué? En parte de lo que podríamos llamar el cansancio del equilibrio.

Cansa estar procurando el equilibrio en todo, y cumpliendo la justicia en todo. Llevar una vida enteramente dentro de los Mandamientos es prepararse para el Cielo, pero todavía no es el Cielo. Por el contrario, es sufrir en la Tierra para llegar hasta allá.

Ahí vemos el cansancio extremo de innumerables dolores, de incontables deberes cumplidos, de situaciones difíciles enfrentadas y vencidas sin la más mínima pretensión. Nadie, viéndola, diría lo siguiente: “Esa señora se considera un coloso”. Para nada, eso ni siquiera pasa por su mente. ¿Por qué? Equilibrio.

(Extraído de conferencia del 12/1/1994).

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