Se diría que ella estaba hecha para tener millares de hijos

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… Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

La disposición de doña Lucilia para el amor materno haría pensar que su alma speraba tener mil hijos, mucho más de mil, y eso constituía la gran incógnita de su vida.
La Providencia le había infundido en el corazón una enorme capacidad de afecto, de bondad y de protección que parecía destinada a morir sin haber podido ejercerse enteramente. El plan de Dios en relación a ella le parecía inexplicable, y fue una de las tristezas de su vida; aquel amor materno que había podido dedicar, es verdad, a dos hijos, pero que en gran parte había quedado guardado en el santuario de su alma, sin condiciones de ser aplicado.
“Varias veces analicé a mamá —comentaría más tarde el Dr. Plinio—, y no pudiendo imaginarme lo que pasaría después, la miraba y pensaba: “Hay algo de axiológico en su vida que parece no ser como debería. Ella posee una enorme ternura: fue afectuosísima como hija, afectuosísima como hermana, afectuosísima como esposa, afectuosísima como madre, como abuela y hasta como bisabuela. Llevó su afecto hasta donde le fue posible. “Pero tengo la impresión de que hay algo en ella que da la nota de todos esos afectos: ¡es el hecho de ser, sobre todo, madre! “Tiene un amor desbordante no solamente a los dos hijos que tuvo sino también a los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener millares de hijos, y su corazón palpitaba del deseo de conocerlos. “Sin embargo, esos hijos no vinieron, ni podían venir en ese número exorbitante.
¿Qué quiso la Providencia con eso? “Se notaba que mamá esperaba algo en la vida. No en el orden del placer, ni de la notoriedad, ni nada semejante. Esperaba una cierta reciprocidad de mentalidad, una cierta afinidad de pensamiento, de temperamento, de modo de ser. Estaba ávida de abarcar con un amplio afecto, con una inmensa consonancia, a un número enorme de personas. Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

Los funerales de los recuerdos

Lucilia028Cierto día, doña Lucilia permaneció en su cuarto por largo tiempo, revisando papeles guardados en una gaveta del tocador. Sin que ella se diese cuenta, el Dr. Plinio la observaba. Con dificultad, debido a las cataratas, examinaba cada uno de los papeles, los juntaba melancólicamente y, en seguida, los rompía. Habiendo tomado la resolución de nunca disgustarla, el Dr. Plinio no hizo nada para impedir esa destrucción. Se trataba de escritos diversos, muchos de los cuales doña Lucilia había conservado toda su vida. Presintiendo que entregaría brevemente su alma a Dios, quiso ella misma poner en orden sus cosas. Era una acción inspirada por el deseo de no dar trabajo a otros después de su fallecimiento, y por una lealtad y firmeza de alma, fruto seguramente de un pensamiento como este: “La muerte se aproxima y, vista de frente, es razonable que mi conducta sea ésta”.
De este modo, procedía a los funerales de sus recuerdos antes de sus propias exequias.
Días después de su muerte, se comprobó que había dejado solamente lo esencial. El Dr. Plinio notó entonces que su madre había tirado muchos papeles que a él le hubiera gustado enormemente conservar, como, por ejemplo, varias agendas en las que ella anotaba, con escrupulosa precisión, los gastos de la casa, la contabilidad hecha siempre con esmero, y cuántos otros recuerdos…
Deshacerse tranquilamente de todos aquellos papeles, cuyo contenido nos habría hecho conocer otros aspectos de su hermosa alma, era, de su parte, una señal de la serenidad con la que iba a transponer los umbrales de la eternidad.

Para que su hijo no sintiese tanto su muerte

Además de disponer sus cosas para el último viaje, doña Lucilia deseaba también preparar a su hijo para la dolorosa separación. Alguien le dijo que el Dr. Plinio quedaría chocadísimo con su muerte y le aconsejó que disminuyese las manifestaciones de afecto hacia él, para que no sintiese tanto su falta. Doña Lucilia se dejó convencer por el argumento y, dominando su enorme bienquerencia, disminuyó un poco sus cariños. Esa resolución la cumplió con una precisión conmovedora. ¡A ese auge de abnegación llegó su alma maternal! Solamente poco antes de morir le contó al Dr. Plinio que estaba actuando de esa manera a raíz del consejo recibido. En esta actitud, ¡cuánta tranquilidad! Las tempestades que le habían asaltado no habían entrado absolutamente en su tabernáculo interior; ella se estaba preparando para el Cielo.

“¿Cuál es el designio de la Providencia sobre nosotros dos?”

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A pesar de la edad nunca perdía la compostura o la dignidad; por el contrario, mantenía en el porte una impresionante y admirable distinción…

A finales de 1967, doña Lucilia, contando ya 91 años, se vio obligada a moverse en silla de ruedas debido al reumatismo. Una tenue niebla le enturbiaba la mente en lo que se refería a los asuntos prácticos o concretos, pero no le había perjudicado en nada su increíble lucidez sobre los temas elevados. A pesar de la edad nunca perdía la compostura o la dignidad; por el contrario, mantenía en el porte una impresionante y admirable distinción, como nos lo muestran sus últimas fotografías. En cualquier posición que estuviese, mantenía la cabeza siempre firme. Su dulce mirada conservaba toda su luminosidad. En el modo de hablar, con su inconfundible timbre de voz, suave, respetuoso y aristocrático, estaba presente de modo constante la dama paulista de familia de 400 años.
Su vida cotidiana era dedicada casi toda a prolongadas oraciones, principalmente al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora. En las horas de contemplación, su actitud era de quien decía: “Hay muchas cosas que me hacen sufrir, pero en mi alma hay tanta paz, tanto orden, ese orden es tan bueno y de tal manera mi espíritu lo venera que, aunque todo me faltase, yo conservaría intacta mi paz interior”.
Cuando estaba sola, sin darse cuenta de que la observaban, daba la impresión de estar inundada de una dulzura resultante de incontables actos de resignación, ligada a un gran sentido sobrenatural y a una superior dignidad, sin nada en común con una paciencia deformada por concepciones románticas y sentimentales.

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“¿Cuál es el designio de la Providencia sobre nosotros dos?”

Un día en que el Dr. Plinio cenaba solo con su madre, encantándose con sus palabras, con sus gestos y su actitud, una consideración singular le pasó por el espíritu. Emocionado, aún hoy recuerda: “Lo mejor no estaba en la conversación… ¡Estaba en su presencia! Por eso, yo mantenía la conversación casi que por educación, para poder degustar su presencia. Me pasó por la cabeza de repente este pensamiento: ¡cómo las circunstancias del mundo de hoy tienden a hacer cada vez más raro que haya una madre y un hijo que se quieran tanto como nosotros dos! ¡Y qué difícil es encontrar una madre como ella! “Me acordé entonces de las veces que habíamos estados juntos en aquella sala. Siendo tan raro encontrar una relación, un ambiente como ése, me vino naturalmente al espíritu lo siguiente: ¿cuál será el designio de la Providencia sobre nosotros dos? He aquí una sala donde estamos solos una madre anciana y su hijo, hombre ya maduro. De la madurez se llega rápidamente a la vejez y de allí, a la muerte. El tiempo lo devora todo. ¿No será que antes del tiempo normal la Providencia determina llevarnos, sacarnos de esta vida, a ella y a mí?; ¿y si así sucediesen
los hechos como si un huracán entrase en este comedor y nos arrastrase? “Entonces se extinguiría este último terrón donde, como en pocos lugares del mundo de hoy, había un hijo que quería a su madre tanto cuanto podía y la madre lo merecía con una abundancia y una amplitud difíciles de calcular… y una madre que quería a su hijo con todo su corazón. “Este comedor es uno de los pocos pedazos de tierra en que Nuestra Señora todavía conserva un resto de su reino sobre los corazones. En este mundo en el que todo lo que es de Ella está siendo corroído, ¿será que la Providencia permitirá que se disuelva al viento también este pequeño terrón?… “En fin, pensamientos más o menos melancólicos como esos me pasaban por la cabeza, y para los cuales yo no tenía respuesta…”

Los últimos paseos a pie por la calle Alagoas

1p24Tras la boda de Olga la soledad de doña Lucilia se acentuó todavía un poco más, pues la nueva empleada que el Dr. Plinio se apresuró a contratar, por mejor que fuese, era extraña a la casa, y doña Lucilia no podía tener desde el principio el mismo trato establecido a lo largo de los años con la anterior. Para romper la monotonía de un día siempre igual al otro, el Dr. Plinio salía de vez en cuando con su madre a pasear por la acera de la calle Alagoas. Nunca la llevaba a la Plaza Buenos Aires, por miedo de cruzar con ella la transitada avenida Angélica. Tomaba, pues, en sentido opuesto a aquella plaza, una calle en aquel tiempo mucho menos frecuentada que hoy en día, donde todavía subsistían gran número de bonitas casas con jardín. Cuando el sol disminuía el rigor de sus rayos, los dos salían caminando muy lentamente, mientras conversaban un poco. A doña Lucilia le gustaba mucho apreciar la flores de los sucesivos jardines frente a los cuales pasaba, considerando siempre el aspecto superior de lo que fuese digno de admiración. Era la delicadeza de una rosa, o el color vivo de otra, o el fruncido de los pétalos de un clavel, o el suave perfume exhalado por cada una.
Si la vegetación de los jardines irrumpía a través de las rejas que los cercaban y alguna bonita florecilla se inclinaba al alcance de su mano, la miraba con agrado, aspiraba su perfume y hacía comentarios con su hijo. Éste asentía, pero encontraba mucho más bella el alma de su madre que la propia flor…
En el fondo, en sus comentarios minuciosos, coherentes, admirativos, se remitía implícitamente al Divino Creador de aquellas pequeñas maravillas.

Última visita a “su” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Nuestra Señora Auxiliadora, venerada en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Padres SalesianosHacía ya mucho tiempo que doña Lucilia no visitaba la iglesia con la cual sentía una enorme consonancia, escenario de tantos coloquios con Nuestro Señor, y a la cual se refería como mi iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Un día, el Dr. Plinio le propuso ir allí a rezar durante el tiempo que quisiese. Ella aceptó de inmediato esa agradable invitación. La intimidad indeciblemente respetuosa de doña Lucilia con su Divino Maestro tomaba una expresión particular cuando atravesaba aquellos sagrados umbrales. De hecho, el ambiente de sacra seriedad del interior de ese templo es muy propicio a la meditación y a la reflexión, para lo cual contribuyen las agradables proporciones del bello edificio. La luz de los vitrales difunde colores matizados que lo llenan de una acogedora penumbra. Tiene algo de balsámico, de un discreto y perfumado aceite que impregna de gravedad y de afabilidad todo el ambiente, al mismo tiempo que le “susurra” al fiel: “Has sufrido, pero tendrás que sufrir todavía más. Sin embargo, aquí encontrarás un lenitivo para ti. La vida es así… Pero dentro de las paredes de este edificio encontrarás ayuda para sufrir.” Esa iglesia, en efecto, comunica también esperanzas de alivio, de ayuda, y de situaciones que justifiquen la alegría cristiana.
De la penumbra emergen imágenes de rostro serio y acogedor, cuya mirada socorre y protege. Al fondo de la nave lateral izquierda se encuentra la conmovedora imagen del Sagrado Corazón de Jesús: sacral, digna, serena, compasiva, pero triste ante la ingratitud de los hombres. En el fondo de la otra nave lateral, la albísima imagen de Nuestra Señora Auxiliadora de los Cristianos —triunfante, virginal, pura, dulce, bondadosa, también compasiva— parece desbordante de la sobrenatural armonía interior del alma excelsa de la Virgen Madre de Dios. Así, en esa iglesia, verdadero cofre de bendiciones, se diría que la gracia es como una llovizna, como una finísima neblina que se difunde, rociando las almas…
Doña Lucilia, acompañada por su hijo, recorrió en recogida peregrinación cada uno de los altares, aunque caminando penosamente. Rezó y rezó largamente. De vez en cuando se golpeaba el pecho con discreción, como quien pide perdón. Se detuvo largo tiempo a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que simboliza todo lo que el Divino Maestro sufrió durante la pasión por causa de los pecados de los hombres. Terminado su

la Virgen con el Niño Jesús, discutiendo en el templo con los Doctores de la Ley

…el encuentro del Niño Jesús en el Templo entre los doctores de la Ley.

piadoso coloquio con Nuestro Señor, doña Lucilia se dirigió al grupo escultórico situado casi al final de la nave izquierda (del lado de la Epístola), que representa el encuentro del Niño Jesús en el Templo entre los doctores de la Ley. Hacía casi cincuenta años que ella, delante de esa imagen del Divino Infante, solía pedir con insistencia gracias abundantes para que su hijo enfrentase victoriosamente las luchas de la perseverancia y de la santificación, así como también las luchas ideológicas contra los enemigos de la Iglesia. Como ya hemos visto, sabía perfectamente que militia est vita hominis super terram (La vida del hombre es sobre la tierra una milicia (Job. 7, 1)). Después de saludar con la mirada las otras imágenes, los vitrales que coloreaban con su luz las columnas de la nave y el imponente órgano del fondo, doña Lucilia, con el alma llena, se retiró apoyada del brazo de su filhão. Fue una visita de despedida y de preparación para la eternidad. Cuando salieron, el sol estaba emitiendo sus últimos rayos dorados. Habían pasado varias horas…

Vivía en la atmósfera del Sagrado Corazón

Sagrado_CorazónEn el fondo de la bondad luciliana, encontramos esa identidad de espíritu con el Sagrado Corazón de Jesús que le hacía manifestar a los otros la inmensidad del amor de Nuestro Señor, como si dijese: “Mira que no faltan razones para confiar en Él. Pide, porque serás atendido; las puertas de la misericordia están abiertas para ti”.
A imitación del Sagrado Corazón de Jesús perforado por la lanza de Longinos, doña Lucilia sabía, con firme y compasivo afecto, insinuar a un culpable la gravedad de su mala conducta. De los labios de la imagen parece salir esta amonestación: “¡Mira todo lo que significa el pecado! ¡Qué hacen los hombres! ¡El mar de pecados en que la humanidad está precipitándose! ¿Tú haces parte de la turba de los que me ofenden?” Se trataba de una bondad que no llevaba al relajamiento moral, sino a una suma compunción y a una perfecta compenetración. Bondad superiormente recta, virtuosa, propia del equilibrio de un alma católica, apostólica y romana.
Doña Lucilia vivía intensamente dentro de esa atmósfera del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado de dolor por los pecados de los hombres y lleno del deseo de perdonarlos. Así como el buen discípulo se parece en algo al Maestro, innumerables veces era posible notar que ella interiormente lamentaba, deploraba, sufría y perdonaba, al unísono con el Sagrado Corazón de Jesús.

“Pobrecita, ella no tiene nada de qué acusarse”

Por habitar cerca del Sagrado Corazón de Jesús, doña Lucilia tenía sus ojos puestos también en María Santísima y en la Santa Iglesia Católica. Atraída por las infinitas perfecciones del Divino Maestro, por la inconmensurable santidad de Su Madre Virginal, por la hermosura del Cuerpo Místico de Cristo, ella los amó cuanto pudo. Como la casta esposa del Cantar de los Cantares, podía decirle a Nuestro Señor: Atraedme; y correré tras el olor de vuestros perfumes 19. De esta devoción a los Sagrados Corazones brotaba la fuente de sus cualidades morales. Así, llena de piedad, llegó a los últimos días de su existencia. No sorprenden las palabras de un prelado que, de vez en cuando, la confesaba cuando iba a celebrar Misa en su apartamento. Al pedirle que lo hiciese una vez más, respondió: — Voy a confesarla, pero, pobrecilla, ella no tiene nada de qué acusarse. Este episodio se repitió más de dos veces y fue presenciado por algunas personas.

“Si yo fuese tratada así, me gustaría vivir 400 años”

Cuanto más doña Lucilia se asemejaba al Divino Salvador menos era comprendida. En aquellos últimos años de su vida eran cada vez menos numerosas las personas que se sentían verdaderamente atraídas por el Sagrado Corazón de Jesús. En un mundo así, doña Lucilia era una exiliada.
El Dr. Plinio redoblaba su cariño como nunca, mostrándole de esa manera que su filhão la comprendía y la quería tanto cuanto podía. Además de hablar con ella, trataba de decir, por medio de la fisonomía, de las miradas y de los gestos, lo que el vocabulario humano no es capaz de expresar. Por otra parte, no le ahorraba elogios, en tono de suave broma, y literalmente la inundaba de agrados. Alguien de la familia llegó a decirle al Dr. Plinio: “Si yo fuese tratada así, me gustaría vivir 400 años…”

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La última carta

cap12_001Pasados aquellos días de tanta aprensión, en los que la confianza en la protección divina fue su principal consuelo, doña Lucilia tomó aquella pluma tantas veces utilizada para transmitir a su hijo, cuando estaba distante, las palabras de afecto que tanto le encantaban, para escribir a su cuñada, la madrina del Dr. Plinio, que vivía en Pernambuco. Son conmovedoras las líneas de esta carta, la última escrita por doña Lucilia antes de partir para la eternidad.

São Paulo, [abril de 1964]
¡Querida Teté!
Creo que no has recibido la carta que te he escrito dándote noticias nuestras (…).
Con este cambio de Gobierno está todo parado, pero esperamos que cuando suba el nuevo y debido Gobierno (este es provisional) Dios permitirá que todo acabe bien. Estaba sufriendo mucho por el reumatismo en los pies y en las piernas y el hígado ¡pésimo!… Camino solamente del brazo de una empleada y con un bastón en la otra [mano], y ¡con dificultad!… Siento mucho que no puedas venir a ver cómo trabaja tu ahijado por nuestra religión… Ha escrito varios libros católicos, habla por todas partes, es invitado por unos y otros para hablar en recepciones, etc… ¡¡y no da abasto!! ¡¡Me siento tan débil que creo que ya no te escribiré más!! ¡Saluda con afecto a todos los que aún se acuerden de mí!
Con un afectuoso abrazo, te besa tu cuñada que te quiere mucho,
Lucilia

El rechazo de doña Lucilia por lo horrendo

Brasil había escapado providencialmente del yugo comunista, pero no estaba inmune al contagio del movimiento hippie que poco tiempo después habría de estallar y difundirse con virulencia por el mundo entero. Uno de los aspectos principales de esta nueva etapa de decadencia de la civilización era la exaltación de lo horrible.
No ha existido ninguna civilización en la Historia, por más decadente que fuese, que no conservara un cierto amor a la belleza, reflejado en el arte y en los demás aspectos de la vida, como por ejemplo en la vestimenta y en los utensilios domésticos.
El hombre del siglo XX, sin embargo, no sólo sacrificó sistemáticamente el pulchrum (En latín, “belleza”) en aras de la modernidad o del utilitarismo, sino que perdió el sentido de la armonía, pasando a exaltar lo feo y lo desproporcionado. El arte moderno, en cualquiera de sus ramas, es bastante representativo de este hecho.
Al ser Dios la propia belleza, y habiendo sido el hombre creado a su imagen y semejanza, si su alma está bien ordenada no puede dejar de admirar profundamente todo lo maravilloso. Por esa razón, los niños inocentes tienen ese sentido tan despierto.
En nuestros días se ha operado una silenciosa revolución en el mundo infantil, con la sustitución de los bonitos juguetes de otrora, evocativos de una era ideal, por figuras que representan seres deformes y repugnantes. No es difícil imaginar la reacción del alma temperante de doña Lucilia ante las primeras manifestaciones de esa nueva mentalidad. Un episodio significativo se dio con ocasión de la visita de unos conocidos de ella al apartamento de la calle Alagoas. Venían acompañados de sus hijas, dos niñitas encantadoras. Casi se diría que ángeles de una miniatura medieval. Atraídas por la bondad y por el modo de ser afable de doña Lucilia, se aproximaron a ella y, sacando del bolsillo un pequeño paquete que contenía unos muñequitos de plástico, se los pusieron en las manos, exclamando alegremente:
“¡Los monstruos, los monstruos!…”
Estaban lejos los tiempos de las muñecas de porcelana vestidas de encajes y de los vistosos soldaditos de plomo…
Doña Lucilia prestó especial atención en uno de ellos y, al darse cuenta de lo que se trataba, se quedo horrorizada y lo apartó de sí. Seguramente habrá lamentado interiormente no poder ella misma velar por la educación de esas pequeñas, introduciéndolas en el universo de los cuentos maravillosos que ella sabía narrar de manera tan encantadora.

“Qué buena es”

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¡…Qué buena es…!

Con el paso del tiempo, la salud de doña Lucilia era cada vez más preocupante.
En determinado momento, después de haber sufrido un agravamiento súbito, fue necesario sacarle una radiografía. Como estaba ya con las fuerzas muy debilitadas, su hijo contrató un técnico para que realizase dicho examen en su propia casa.
El Dr. Plinio lo esperó para conducirlo al cuarto materno. Cuando llegó, trayendo todos los aparatos de radiología, entraron ambos en el aposento. Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta, moreno, con la piel oscurecida por el sol, habituado a trabajos pesados y con una cierta insensibilidad a los dolores ajenos. Este último aspecto no sorprende, pues su profesión le ponía en constante contacto con las más variadas formas de sufrimiento humano causado por la enfermedad o hasta por la inminencia de la muerte. Sin ni siquiera mirar a doña Lucilia, el técnico la saludó con un banal “buenas noches”, y comenzó a preparar los aparatos para prestar “un servicio más”, quizás el último del día. Sin embargo, eran tales la ternura y el cariño con que el Dr. Plinio trataba a su madre que es posible que el hombre se haya sorprendido. Interrumpió, entonces, el montaje de los instrumentos para ver quién era objeto de tanto afecto. Miró detenidamente a doña Lucilia. Visiblemente, se sintió conmovido hasta las fibras más íntimas del alma. Se aproximo de la cama y, en un gesto de cariño, le acarició el mentón con su enorme dedo, diciendo al mismo tiempo admirado:
— ¡Qué buena es!
Era la afectividad brasileña que hablaba desde el fondo del alma de aquel hombre… Doña Lucilia permaneció en silencio, sin moverse, como si no hubiese notado nada, a pesar de que lo inopinado del gesto constituía una involuntaria falta de respeto hacia ella.
Su hijo, dándose cuenta de que la dulzura de doña Lucilia había tocado aquel corazón, tampoco dijo nada. Pero guardó del episodio un nostálgico recuerdo.

La última caja de corbatas regalada a su hijo

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Última corbata regalada por Doña Lucilia al Dr. Plinio

Pasando un día por el corredor de la casa, el Dr. Plinio notó que su madre estaba en el escritorio, sentada a la mesa, redactando algo. Se trataba de la “sorpresa” que estaba preparando para un cumpleaños más del “hijo querido de su corazón”.
Venciendo las dificultades naturales de su avanzada edad, doña Lucilia escribió una última dedicatoria para el Dr. Plinio en el papel de seda de la caja de corbatas que le daría de regalo. Líneas trazadas con muchos esfuerzo, en el cual entraba un enorme afecto y el deseo de un alma delicada de hacer todo bien y con sentido del deber. Aún más. Aquel gesto traducía su admiración por el Dr. Plinio, la ilimitada confianza que en él depositaba, su incansable deseo de agradarle y su agradecimiento por toda la dedicación de su hijo hacia ella. Admirado con la escena, el Dr. Plinio evitó que su madre se diese cuenta de que él la había observado y, después de recibir el regalo, conservó la dedicatoria como precioso recuerdo de aquel incomparable amor materno. Las palabras eran las siguientes: ¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

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¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

La boda de Olga

Un día, Olga, la dedicada empleada de doña Lucilia, que le servía fielmente hacía más de veinte años, decidió contraer un segundo matrimonio. Se acercaba ya a la vejez, y su hija Carlota había cumplido ya 30 años. Cuando ya la boda estaba arreglada, Olga fue a hablar con doña Lucilia y, a pesar de estar un poco embarazada por tener que marcharse en una situación en que sus servicios le eran más necesarios, le dio la noticia:
— Doña Lucilia, tengo que comunicarle una cosa que me entristece: voy a tener que dejarla. Pero es mi deber y voy a cumplirlo. Tengo un noviazgo. Sin exteriorizar la sorpresa que este anuncio le causaba, doña Lucilia le preguntó calmamente:
— Pero, ¿su futuro marido es un buen hombre?
Olga respondió que así le parecía y que gozaba de buena fama en el barrio donde vivía. Además, tenía una buena situación financiera y era propietario de un pequeño aserradero.
Siempre pensando en el bien del prójimo, doña Lucilia le preguntó aún:
— Y ¿qué hará Carlota?
— ¡Ah doña Lucilia!, se viene a vivir con nosotros —respondió Olga.
Sin dejar traslucir la tristeza que la separación le iba a causar, pues había adquirido un verdadero afecto por Olga y su hija, doña Lucilia la felicitó por su nuevo matrimonio, deseándole todo tipo de bendiciones y la protección divina. Pocos días después, Olga presentó su novio a doña Lucilia y al Dr. Plinio. Se trataba realmente de un hombre serio, correcto, tranquilo, oriundo de un país de lengua alemana. Pasadas algunas semanas, Olga se casó y se despidió con inmensa gratitud de doña Lucilia, de quien recibió como testimonio de sincero afecto un bonito regalo de boda.
Cuando falleció doña Lucilia, el Dr. Plinio no pudo comunicárselo a Olga, pues había perdido su dirección. Cuál no fue su sorpresa al recibir un día la visita de aquella antigua empleada. Venía vestida esmeradamente. No se sabe cómo le había llegado la noticia de que doña Lucilia había dejado esta vida. Profundamente entristecida, se refirió llena de saudades a su antigua patrona. Pidió disculpas por haberse enterado tan tarde del triste acontecimiento, y quería recordar también, en aquel hogar, la gran bondad de que había sido objeto por parte de don João Paulo, del Dr. Plinio y, especialmente, de su bienhechora,
dejando algunas flores en su cuarto. Después se despidió, y el Dr. Plinio nunca más tuvo noticias ni de ella ni de Carlota.

El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…

“No hay mal que por bien no venga”

 cap13_004Al haberse prolongado tanto la ausencia del Dr. Plinio, se pudo comprobar una vez más de qué manera ese bendito trato que había entre madre e hijo estaba movido por razones sobrenaturales. Es lo que se nota en la carta siguiente, la última que aquella alba y venerada mano le escribió a fin de exteriorizar los cariñosos sentimientos contenidos en el corazón materno.
Es admirable en la misma el acto de virtud por el cual doña Lucilia renueva su renuncia a la compañía del Dr. Plinio el 13 de diciembre, en aras de lo que ella juzga más ventajoso para él. No solamente expresa su resignación por su ausencia, sino que también le aconseja quedarse más en Europa.

São Paulo, 26-11-962
¡Plinión querido!
Estaba con tantas saudades de una carta tuya que, aunque sea en estilo relámpago como la última que me enviaste, ¡valía la pena recibir otras! Con tanto trabajo, ¡veo que no te será posible regresar nada más acabar el Concilio! Algunos paseos bonitos, despedidas, visitar Florencia, Milán, etc… y después ¡¡¡París!!! ¿Quién puede volver tan de prisa de París? ¿Ni siquiera para pasar el 13 de diciembre, día de tu cumpleaños con mamá? Pero, no hay problema. Has trabajado mucho y ahora debes estar… ¡agotado! Haz todo lo que puedas y vuelve muy animado y contento de volver a ver a tu manguinha y así ¡¡¡pasamos juntos la Navidad!!! ¡Qué fiesta volver a ver a tu manguinha, que te quiere tanto y tanto… ¡¡que ni siquiera tiene palabras para decirlo!! Rosée se ha portado muy bien, viniendo a verme todos los días, y Maria Alice, con su caserón, sus cenas, etc. viene en general cada dos días, y el “Bisnietito” está de exámenes en el colegio.
Cuando converso contigo, aunque sea en “estilo relámpago” no consigo parar y el tiempo pasa rápido; pongamosblos puntos sobre las “íes”.
Saludos a tus amigos Muchos besos y abrazos y la más afectuosa bendición de la madre que tanto y tanto te quiere,
Lucilia

Un salto sobre el océano

Llegando a su término la intensa actividad del Dr. Plinio en Roma, una vez que la primera sesión del Concilio estaba también por finalizar, le escribe una breve carta a doña Lucilia anunciándole su regreso a São Paulo.

cap14_042Roma, 28-XI-62
¡Manguinha querida de mi corazón!
Como debo partir de Roma el día 7, estoy atareadísimo con las ocupaciones finales de la temporada. Por eso, le escribo rápidamente. Debo ir a Asís, Florencia, Venecia y París. Allí pasaré más o menos una semana, para después dar un salto sobre el Océano y ¡caer con inmensas saudades y enorme alegría en los brazos de mi Manguinha querida!
Pienso que me encontrará con un aspecto óptimo. Espero poder decir lo mismo de usted ¡¡Cuidado con la salud!! Le adjunto esta maravilla de Asís y una estampita de una Imagen de Nuestra Señora ante la cual hemos obtenido muchas gracias.
Mil y mil besos saudosísimos, del hijo que la quiere y la respeta hasta al fondo del corazón y le pide la bendición.
Plinio

No demoraría mucho para que las alegrías del regreso del Dr. Plinio consolaran el alma de su madre. En el momento de encontrarse, doña Lucilia no debió quedarse atrás de su hijo en las manifestaciones de afecto. Su encantadora fisonomía, llena de mansedumbre y de ternura, era, por sí sola, el mejor recibimiento que ella le podía dar.

¡Ah!, ¿y mi árbol?

cap12_017En el ocaso de su vida, a doña Lucilia le gustaba rezar y pensar sentada en la antigua mecedora de doña Gabriela. Allí, reclinada serenamente, solía pasar horas y horas, mezclando sus largas oraciones con la contemplación del movedizo y suave juego de luz y sombra que se proyectaba en las paredes internas del escritorio de su apartamento. En la acera de la calle Alagoas se erguía un frondoso árbol cuyo ramaje tocaba la ventana de dicha sala, ofreciendo, sobre todo por la noche debido a la iluminación pública, aquel sencillo espectáculo. No obstante, ese árbol, tan estimado por doña Lucilia, hacía que el apartamento del Dr. Plinio (situado en el primer piso del edificio) fuese un blanco fácil para cualquier terrorista. Conseguir que la Prefectura cortase inmediatamente aquel árbol figuraba entre las diversas medidas de seguridad a tomar. Y lo hizo sin tardanza. Pero para no aumentar la preocupación de su madre, no quiso informarla del peligro a que ambos estaban expuestos, y, por eso, no le dijo nada. Cuál no fue la perplejidad de doña Lucilia cuando, una noche, al mirar las paredes del escritorio, vio que se proyectaba en ellas la banal iluminación de la calle, sin ninguna de aquellas bonitas sombras. Sorprendida, exclamó: “¡Ah! ¡¿el árbol, mi árbol, dónde fue a parar?!” A pesar de todo, se dio cuenta rápidamente, por la actitud de los presentes, que la orden de cortar el árbol había sido dada por su hijo por alguna razón que no podía revelarle. Y nunca más hizo comentario alguno sobre el hecho. Sin embargo, la gravedad de la situación le obligaría al Dr. Plinio a tomar medidas más drásticas.

Cartas laboriosamente redactadas

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Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de su querido hijo…

Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de
su querido hijo, establecía con él su contacto epistolar. Con la vista debilitada, pasaba tardes enteras, pacientemente inclinada sobre las hojas de papel, en las cuales la pluma iba trazando con lentitud y esmero cada letra, para formar palabras cargadas de afecto y dulzura que aún hoy encantan a quien las lee.
Doña Lucilia le envía, con fecha del 1 de noviembre, algunas líneas más, en las cuales se nota cómo estaba preocupada con los acontecimientos mundiales. Siempre en primer lugar, al estar en causa la Iglesia, su atención se dirigía hacia el Concilio. Por otra parte, también le preocupaba el avance del comunismo.
Dejemos que las propias palabras de doña Lucilia nos digan lo que llevaba en el alma:

São Paulo, 1 de Noviembre de 1962
¡Plinio tan querido de mi corazón!
¡Me parece estar tan, tan lejos el día de tu vuelta a mis brazos! (…) El Cardenal Carmello ha vuelto ya para celebrar su primera Misa en Aparecida, y Tristán de Athayde está en Río…
¡Nadie habla de los sacerdotes y obispos, etc.! ¡Y a vosotros, por lo que he visto en la carta que le has escrito a Rosée, se os han ocurrido tantas cosas para darle tanto trabajo! Recibí una carta de Teté (Tía y madrina del Dr. Plinio y cuñada de doña Lucilia) quien, desolada, me dice que el comunismo está controlando cada vez más Pernambuco.
En la “Orden del Rosario” hicieron grandes novenas… y todo sigue igual… entonces los de la Orden del Carmen dijeron: ¡ahora es la nuestra! Cuando el Carmen hace sus novenas con toda fe, no hay lo que se resista… y, sin embargo, ¡¡todo sigue en el mismo estado!!
Cuando veo todo eso tengo tanto miedo, tanto pavor… ¡Pero la Madre de Dios es grande y piadosa y no nos abandonará!
Esta es la tercera carta que te escribo. Mandé la segunda junto con la de Rosée y ésta también va con otra de Rosée. Espero que ya estés más descansado, con buen apetito y ¡¡cuidado con los problemas de estómago!! No repares en mi letra, pues estoy con reumatismo en las muñecas.
¿Qué me dices del barullo de Kruchef (Así escrito en el original), de Kennedy y de Fidel Castro? ¡¿Todo esto viene por causa del puente de Berlín?! (Seguramente se refiere al hecho, ya un poco remoto en 1962, del puente aéreo establecido en Alemania Occidental por los norteamericanos para abastecer a Berlín Occidental, que los soviéticos habían tratado de aislar completamente) ¿No te parece? Con muchas saudades, te besa y te abraza mucho, tu vieja Manguinha.

“Si es la voluntad de Dios… ¡que se haga!”

3p109Aquel 10 de noviembre de 1962 en São Paulo, con la mente puesta en Roma, doña Lucilia comenzó una nueva carta en la que dejó hablar a su corazón desbordante de desvelo materno y de saudades, cuyas intuiciones sobre el regreso de su hijo no serían desmentidas:

¡Filhão querido de mi corazón! (…)
¿No estarás comiendo demasiado en esos excelentes hoteles? —No puedo quitarme de la cabeza la idea de que te quedarás por ahí hasta el final del Concilio, y así pasaréis en Roma el gran día 13 de diciembre— ¡¡¡nuestro gran día!!! ¿Será posible? Estoy escribiéndote a toda prisa, por eso te dejo ¡sin decirte la falta enorme que me haces…! Vuelve muy fuerte, siempre bueno para tu manguinha y ¡¡hasta la próxima carta!! Que Dios y Nuestra Señora te bendigan — Con todo el afecto te hace lo mismo la madre que te tiene en el corazón,
Lucilia

Una vez más, debido a la escasez de la correspondencia enviada por el Dr. Plinio, se puede suponer cómo su tiempo estaba absorbido por una intensa actividad.
La siguiente carta de doña Lucilia, inacabada, es una afectuosa queja por tan “imperdonable” falta:

São Paulo, 19-11-1962
¡Plinión, corazón mío, hijo mío querido! Estaba tan afligida por falta de noticias tuyas, cuando uno de los jóvenes del segundo piso le dio a doña Carlota una carta tuya para entregármela. Radiante, abro el sobre y veo que no había sino bonitas tarjetas para Yayá, los Languendoncks (Referencia a Telémaco van Languendonck y su esposa, Dª Dora Lindenberg van Languendonck, hija de doña Yayá), a Zilí y Néstor y para mí… ni una palabra. Como sabes, vivo en este momento con el corazón preso en Roma… recibo la carta… y ni un beso, ni un abrazo para mí…
Sé que leéis todos los días el “Estado”, pero como sé que a veces pasa desapercibida alguna noticia, te envío éstas que te gustará leer.  Muchos besos y bendiciones de tu mamá.
Lucilia

La gran expectativa por la llegada de cartas de Roma fue aliviada por una fotografía publicada en la “Folha de São Paulo” en la que doña Lucilia pudo rever la fisonomía de su filhão querido, lo cual le hizo escribir otra vez. No se puede dejar de notar la modestia de su comentario. Tras referirse a la noticia del periódico, sus palabras continúan serenas, tratando de asuntos caseros, entre los cuales ocupa siempre el primer lugar el amor entrañable por su hijo. Con la mirada interior adorando a Nuestro Señor Jesucristo en los trances de la Pasión, doña Lucilia se resignaba a aceptar con paz de alma la ausencia del Dr. Plinio en el “gran día 13 de diciembre”.

3p134

¡Cuántos sacerdotes barbudos!

São Paulo, 22-11-1962
¡¡Hijo tan y tan querido!! Por lo que veo, te verás obligado a pasar allí el 13 de diciembre, ¡día de tu cumpleaños! — Lo siento mucho, pero si es la voluntad de Dios… ¡que se haga! Lo siento mucho, pero, ¿qué hacer? — Castilho me envió ayer dos números de la “ Folha de S. Paulo” que reproducían una fotografía de un grupo de amigos del Barón de Montagnac, que les ofreció una cena de honra con tu presencia en el restaurante “Raniere de Roma”. ¡Cuántos sacerdotes barbudos! (Uno de ellos, obispo de rito católico malabar, de la India) (…) Trata de escribirme un poquito más… ¿está bien? Rosée me ha hecho excelente compañía, y Maria Alice también, pero siempre en medio de médicos, exámenes, cenas, en casa y fuera… ¡eso cansa tanto! Yayá, en los descansos del juego viene siempre, a veces para cenar. ¡Dora y las niñas han venido menos al estar el abuelo enfermo! ¿Has recibido las cartas que te envié la semana pasada? ¡No puedo dejar de escribirte, pues me parece que es tenerte un poco más lejos! Saludos a tus amigos. Con mis bendiciones, te envío muchos abrazos, muchos y muchos besos de tu manguinha que tanto te quiere,
Lucilia

Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo

Es edificante lo poco que habla doña Lucilia en sus cartas sobre sus problemas personales. Cuando lo hace, es para satisfacer los insistentes pedidos de su hijo. Por otro lado, aunque privada de la compañía de su hijo, en ningún momento se queja de ello, pues sabe que el viaje del Dr. Plinio es para atender los intereses de la Iglesia. Razón enteramente suficiente para justificar un sacrificio que ella estaría dispuesta a repetir cuantas veces fuera necesario. Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo, como se puede ver una vez más en la siguiente carta, en la que, dicho sea de paso, cap14_014por distracción escribe “congreso” en lugar de “concilio”.

São Paulo, 26-10-1962
¡Hijo querido de mi corazón!
Espero que hayas recibido mis dos cartas; hoy te mando esta otra. He recibido también una tuya, desde Roma. Me imagino cuánto debes estar apreciando la bella morada de los Papas y, todavía más, todo eso en compañía de tus buenos y queridos amigos; ¡solamente me da pena ver a los que no pudieron ir! Siempre que puedas, mándame noticias tuyas… — ¡los periódicos no dan noticias que satisfagan! (…)¡¿Buena parte de los rusos es recibida también en el Congreso?!… ¡Esperemos el final de todo esto! ¿Y del caso Kennedy-Kruchev? (Doña Lucilia se refiere a la famosa crisis política internacional provocada por la instalación de misiles rusos en Cuba, lo que casi provocó la III Guerra Mundial, a raíz de un ultimátum de Kennedy al Gobierno del Kremlin) ¿qué me dices?… ¿Qué nos traerá este nuevo sistema?… ¡¡¡Todo se puede esperar!!! Ha estado aquí Castilho para hacerme una visita. Francisco Eduardo me ha pedido un rosario para rezar con él todos los días. Castilho dice que es muy fácil encontrar allí rosarios muy buenos y resistentes.
No me habitúo a escribir con los bolígrafos que tenemos aquí.
¿Cuándo acabará el Congreso? ¿Cuándo piensas volver? Soy yo quien te dice… deja tanto trabajo, pasea bastante, come bastante, pero sin exagerar, visitad la catedral de Milán que es una belleza y los innumerables cuadros de Florencia, reved París y volved cuánto antes, ¡pues estoy con unas saudades locas de mi “querido”, queridísimo filhão de todo mi corazón! Con muchos besos, abrazos y toda la bendición de tu… manguinha…
Lucilia

De tal manera doña Lucilia se olvidaba de sí misma que solamente se acuerda de pedir un rosario para su bisnieto, Francisco Eduardo. Aunque no lo diga, tal vez haya sido ella quien enseñó al niño a rezar el rosario, explicándole con su modo tan atrayente los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre Virginal. Segura de que un objeto de piedad traído de la Ciudad Eterna lo incitaría más a la devoción, se lo pide al Dr. Plinio.

Escasa correspondencia

Naturalmente, al contemplar el magnífico escenario de la Roma de los Papas, el Dr. Plinio no podía dejar de pensar en doña Lucilia, cuya alma admirativa se encantaría con todo aquello. Si estuviese allí, recorrería lentamente aquellos lugares, apoyada del brazo de su filhão, comentando extasiada ora esto, ora aquello —el azul tan bonito del cielo romano; los castillos de nubes en el horizonte, realzando la grandeza de los milenarios monumentos; el Tíber, que serpentea mansamente entre históricos edificios y gloriosas ruinas—, hasta que la puesta del sol le anunciase el final de tan agradable conversación…

cap14_015

Capitolio romano

Roma, 22-10-1962
Luzinha querida de mi corazón
Estoy esperando ansiosamente una carta suya. En todo caso, ya he sabido por un joven del grupo que usted recibió bien la noticia de mi viaje, ¡gracias a Dios! Me acuerdo mucho de mi Lú y de su conversación que tantas saudades me da, así como de sus cariños y todo lo demás, ¡de lo que siento tantas saudades! Especialmente me acuerdo de usted cuando veo algunas cosas bonitas que tanto le gustarían a usted. Ayer, por ejemplo, vi el Capitolio romano, que por cierto ya había visitado en 1959. Es estupendo. Pensé en seguida: ¡que bueno sería si Lú de mi corazón pudiese ver esto! Escríbame cuanto antes, querida, hablándome de todo a su respecto y, especialmente, de su salud. He trabajado mucho, comido mucho, paseado un poco por lugares bonitos. Le adjunto las cartas para Rosée y Maria Alice. Así usted tendrá el noticiero completo.
Me veo obligado a parar, pues son las 16 Hrs. y a las 17 Hrs. tendré una reunión muy importante.
Querida mía, mi muñeca, mi marquesita: cuidado con su salud y rece por el filhão que la quiere muchísimo y le envía millones de besos y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

En la carta siguiente, el Dr. Plinio manifiesta como siempre una cualidad sin la cual una auténtica convivencia no se establece: la abnegación. Se diría que, en esa inefable relación con doña Lucilia, la renuncia de cada uno a sí mismo revierte generosamente en beneficio del otro; así como los arbotantes de una catedral, que por sí solos no se sostendrían pero apoyando las colosales paredes forman con ellas un conjunto esplendoroso.

Manguinha de mi corazón,
Mi pluma azul está rota. Por eso, le escribo en rojo.
Sus dos cartas me gustaron inmensamente. Las tengo sobre mi mesa de noche para tenerlas siempre delante de los ojos. Estoy con unas saudades locas de mi mãezinha querida, de sus cariños, de su presencia, de su conversación, en fin, de ella, de todo lo que es de ella y de todo lo que la rodea.
Pocas cosas podrían alegrarme tanto como saber que usted está bien. Cuídese; usted no podría hacer nada mejor por mí. Mejor que eso, solamente una cosa: rezar por mí…
Todavía no sé bien la fecha de mi regreso, pero espero que no tarde. Escríbame cuánto antes, amor de mi corazón.
Perdóneme esta carta-relámpago; estoy ocupadísimo.
Con mil y mil besos, todo el cariño del hijo que la quiere inmensísimamente y le pide con respeto bendiciones y oraciones.
P.

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“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

cap14_029

Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia

1962: nueva separación…

cap14_044El año de 1962 le reservaba a doña Lucilia una nueva ausencia de su hijo tan querido. La causa fue uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX: el Concilio Vaticano II, que definiría los rumbos de la Iglesia Católica en las siguientes décadas.
Consciente de la importancia de aquel momento histórico, el Dr. Plinio partió hacia Roma en octubre de 1962 a fin de seguir de cerca los trabajos del Concilio Ecuménico. Conocía bien las múltiples limitaciones de sus medios individuales de acción, pero confiaba en la Providencia. Según la costumbre adoptada en ocasiones anteriores, no reveló en seguida a doña Lucilia ni el objetivo, ni la duración del viaje. Solamente cuando ya se encontraba en la Ciudad Eterna, doña Rosée le contó a su madre el verdadero destino del Dr. Plinio y le entregó la carta que éste le había dejado antes de partir.
Por sus palabras, inflamadas de amor a Dios, esa carta es otro elocuente testimonio de cómo la educación dada por doña Lucilia había producido en el alma del Dr. Plinio abundantes frutos:

¡Manguinha querida de mi corazón!
Bueno, cuando usted lea esta carta, ¡su hijo estará en Roma! Este viaje es fruto de largas reflexiones. No lo hago para divertirme. Por el contrario, en el estado de cansancio en que estoy preferiría sinceramente quedarme aquí, y no sobrecargarme con todas las ocupaciones y preocupaciones que tendré en Roma. Pero si yo no fuese a Roma ahora tendría mi conciencia más sucia que si fuese un soldado desertor. Y, colocando el deber por encima de todo —máxime, el deber hacia la Santa Iglesia—, decidí partir.
Usted comprenderá, mi Amor, cuánto me pesa dejarla, aunque sea solamente por unos quince o veinte días. Esté segura que yo jamás haría este viaje por placer. Pero, una vez más, la Religión está por encima de todo. Ahora bien, ocurre que, por un lado, nunca el cerco de los enemigos externos de la Iglesia había sido tan fuerte, y tampoco nunca tan general, tan articulada, tan audaz la acción de sus enemigos internos. Por otro lado, sé bien que puedo prestar servicios muy útiles para ayudar a sostener el edificio de la Cristiandad. Usted comprenderá bien, queridita, que yo no podría jamás, bajo ningún cap14_043pretexto, renunciar a prestar a la Iglesia, a la cual he dedicado mi vida, este servicio en un momento histórico casi tan triste como el de la Muerte de Nuestro Señor. Por eso, mi bien, por más dolorosa que sea esta separación de algunas semanas usted debe alegrarse. En efecto, debe llenarla de júbilo que Nuestra Señora se sirva de su hijo para algo. Y, si para esto soy apto, es en gran medida por la influencia que usted ejerció sobre mí, la educación que usted me dio, y el espíritu religioso que me inculcó desde tan temprana edad. Ofrezca, pues, a Nuestra Señora el sacrificio de esta separación para que el esfuerzo tenga éxito.
Algunas semanas pasan de prisa, Luzinha. Piense, así, en la alegría del regreso y cuide bien de su salud, para que yo pueda encontrar a mi Lú fuertecita, contentita, pimpona, esperándome. Usted sabe muy bien, pues la quiero inmensamente, cuánto valor le doy a su salud y toda la alegría que me dará encontrarla fuerte y bonita.
Rece mucho por mí y acepte mil y mil besos del hijo que con todo afecto y respeto le pide su bendición,
Plinio
PS: Escríbame cuánto antes diciéndome cómo esta, etc. etc, con aquella letra tan bonita que me gusta tanto leer. Quiero saber todo sobre la Luzinha de mi corazón.

Terminada la lectura, podemos imaginar a doña Lucilia tomando un pequeño pañuelo, secarse tranquila y dulcemente las copiosas lágrimas que caen de sus ojos, doblar con cuidado tan cariñosa carta y, en un primer momento, depositarla a los pies de la imagen del Divino Redentor, iniciando por el viaje de su hijo piadosas y empeñadas oraciones.
Ofrece una vez más con generosidad al Sagrado Corazón de Jesús el sacrificio de una larga separación, más difícil de soportar ahora por la ausencia de su esposo y por su ya tan avanzada edad. La vista un tanto disminuida y el reumatismo de sus manos le exigían un esfuerzo no pequeño y bastante tiempo para, con “aquella letra tan bonita” que tanto agradaba a su hijo, redactar una respuesta. Sin embargo, esa incomodidad era compensada por el gusto de mantener, por medio de esas líneas, su relación con él.
En la anterior correspondencia de doña Lucilia traslucía sobre todo su inmensa bondad y un inigualable afecto materno. Sin que esos aspectos perdiesen en nada su intensidad, en las cartas que le escribió durante el Concilio llama especialmente la atención su profundo amor a la Santa Iglesia. Por sus palabras notamos cómo seguía con sumo interés las noticias publicadas en la prensa sobre los trabajos de la magna asamblea reunida en Roma.
Después de recibir la primera carta de su hijo, le escribe estas bonitas líneas:

São Paulo, 18-10-62
¡Filhão querido de mi corazón!
Cuando tengas otra vez necesidad de ausentarte por tantos días y tan lejos, avísame con anticipación para habituarme un poco a esa idea, antes de verte partir, “¡por más que lo sienta!” Si en esta ocasión podías prestar algún auxilio a los obispos y arzobispos etc. del clero bueno, y no lo hicieses, ¡faltarías a tu deber!
Estoy guardando el periódico “Estado de S. Paulo”, que puede que te guste leer. Si es verdad todo lo que dice sobre los primeros días, ¿qué será de nosotros? ¡Que Jesús nos proteja! ¿Qué decir de esos antipáticos y feos obispos rusos? ¿Estarán queriendo ponerse en el lugar de nuestro Papa, para hacer un Papa “a la moda rusa”? ¡Que San Pedro nos proteja! En fin… ¡¡vosotros sabéis más que yo, que tengo miedo de todo!!

Los “antipáticos y feos obispos rusos” a los que doña Lucilia se refiere en la carta, eran observadores de la iglesia cismática que habían sido invitados a asistir al Concilio. Luego continúa ella con su encantadora manera de aconsejar a su filhão querido:

cap14_042¿Has sido invitado a la cena ofrecida a los arzobispos y obispos brasileños por la embajada brasileña junto a la Santa Sede? ¡Debe ser hoy! Pensaba escribirte anteayer, pero vino tanta gente a visitarme para distraerme de tu ausencia ¡que no me fue posible hacerlo! Estuvieron aquí, el sábado Rosée, Maria Alice, Dora. El domingo Maria Alice, Rosée, Dora “nuestro niño” (El bisnieto de doña Lucilia, Francisco Eduardo), Zilí y Néstor cenaron, Sinhá almorzó y se quedó hasta las seis. El lunes, Rosée, Das Dores (María das Dores Procopio de Araújo Carvalho, hermana de Gabriela Procopio Ribeiro. Esta última era esposa de don Gabriel, hermano de doña Lucilia), Yelita, Dora (que se fue ayer a Río) y doña Viví ( Dª Olivia Torres Castilho de Andrade, madre de D. José Carlos Castilho de Andrade, amigo del Dr. Plinio), que fue muy amable y me trajo un ramo de rosas. Ayer estuvieron Rosée, Maria Alice y Eduardo.
Quiero pedirte un favor… ten cuidado con lo que comes por ahí, pues cuando el menú es bueno te pones muy goloso y, si abusas, ¡te puede hacer mal! Cuidado, ¿eh?
He rezado mucho por ti. Con mil abrazos y besos y muchas bendiciones de mamá, que tanto te quiere,
Lucilia