Bondad e intransigencia oriundas de una única fuente

se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría…

Madre llena de dulzura, pero intransigente con el mal Doña Lucilia en junio de 1906

Lo que más resaltaba en Doña Lucilia era un extraordinario misterio por el que su espíritu maternal la llevaba a querer bien a todos y cada uno. Bastaba que alguien se acercase a ella con confianza y el alma abierta, para que se sintiese tomado por su bondad envolvente y por aquel magnífico modo de ser, calificado por el Dr. Plinio de «aterciopelado». Ella trataba a los demás con una dulzura y un deseo de agradar verdaderamente cautivantes. No obstante, se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría, pues esta bienquerencia no significaba liberalismo, sino al contrario, ya que era muy radical pero de una radicalidad que tenía como corolario el amor a los buenos llevado hasta las últimas consecuencias, porque ella amaba a Dios. Y, en consecuencia, esto la llevaba a tener también un verdadero odio al mal. ¿En qué consistía ese odio al mal? La esencia de la combatividad de Doña Lucilia partía de un principio profundísimo de amor a Dios: Él es el Ser supremo, el Creador y Redentor, y debe ser amado sobre todas las cosas. Siendo así, en todo el orden de la Creación nada hay tan opuesto a Dios como el pecado, ya que es el acto de la criatura inteligente, ángel u hombre, que se rebela contra Dios, proclama otra ley, adversa a la divina y, en el fondo, se pone en pie de igualdad con Él. Eso causaba en el alma de Doña Lucilia un verdadero choque y, de inmediato, dolor al ver que Dios, tan bueno y superexcelente, no recibía todo el amor y devoción merecidos. Por eso, ella quería por todos los medios, que aquella alma se convirtiese y entrase de nuevo en armonía con Dios, arrepintiéndose de la ofensa que le había hecho.
Así es exactamente como Dios actúa con nosotros: Él nos ama con un amor extraordinario y, una vez que hemos cometido una falta, no quiere otra cosa sino perdonarnos y restituirnos todo lo que hemos perdido; y puede, incluso en el momento de la muerte, concedernos una gracia para que nos arrepintamos y salvemos nuestra alma. Pero no transige con el mal ni acepta defectos, porque Él es la Causa íntegra, sin ninguna mancha, y si morimos en pecado mortal, seremos condenados. Una imagen de esa intolerancia divina es el armiño, animalito tan puro que no soporta ensuciarse; cuando se ve rodeado por una barrera de fango, no huye para no mancharse y puede cazarse con facilidad. En este sentido, el Autor (Mons. João S. Clá Dias) sustenta que Doña Lucilia era «armínea»: ella se encantaba con la inocencia y experimentaba una repulsa interior y verdadera indignación contra lo que iba en sentido opuesto. Esto se explica por el hecho de estar tan profundamente unida al Sagrado Corazón de Jesús que hacía que, para ella, la ley de la bondad y la ley de la verdad fuesen sólo una. O sea, el punto de partida de su amor maternal era el mismo de los Mandamientos y, por tanto, cuando se trataba de principios, revelaba una radicalidad total: permanecía firme en su moralidad, sin ceder en nada, ni siquiera un milímetro, conforme comentó una vez el Dr. Plinio: «Esa energía tenía algo de afín con su bondad; y era la energía inquebrantable de la que daba pruebas en ciertas ocasiones: “On ne passe pas! —¡De aquí no se pasa!”». Tal intransigencia trasparece en el episodio del nacimiento de su segundo hijo, Plinio, en que se vio ante una seria amenaza de muerte justo cuando se acercaba el momento de dar a luz. Un médico ateo, que sabía que iba a ser muy arriesgado el nacimiento del niño, le dijo:
— Su parto será peligroso y usted tiene que elegir: o vive usted o vive el niño. ¿Usted prefiere salvar su propia vida?
Ella tuvo un sobresalto y, levantando la cabeza, miró al médico y respondió:
— Doctor, ¿usted tiene valor para proponerme eso? ¡Esa pregunta no se le hace a una madre católica! Usted ni siquiera debería haberla pensado. Si alguien tiene que morir, seré yo, ¡es evidente que el niño tiene que nacer! ¡Mi hijo por encima de mí! ¿Qué era eso? ¿Afecto por el hijo? Sí, pero sobre todo una absoluta fidelidad a la Ley de Dios: ¡lo que aconseja la moral es eso y hay que observarlo! De ninguna manera quería que el niño muriese en su lugar, y aconteció que sobrevivieron tanto la madre como el hijo.

Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…

Doña Lucilia en París, en 1912,
fotografiada con el mencionado traje de gala

Así podríamos citar otros hechos que manifiestan su radicalidad, como lo que ocurrió durante la inauguración del Teatro Municipal de São Paulo, el 12 de septiembre de 1911, varias veces narrado por el Dr. Plinio. Como Doña Lucilia iba a asistir al evento, quiso prepararse con antelación y prefirió hacerse un peinado con una peluquera. En aquellos tiempos, peinarse podría durar, a veces, algunas horas. Doña Lucilia se tomaba esta tarea con una seriedad religiosa, casi como si estuviera en una ceremonia. Por la noche quiso despedirse de sus hijos antes de ir al teatro. Ya arreglada, con un bonito traje blanco, el mismo con el que, más tarde, fue fotografiada en París, y muy bien peinada; pero, para complacer a Plinio que tenía ganas de besarla, lo cogió en brazos. Él, contentísimo, sin darse cuenta de que ella estaba vestida con un traje de fiesta, pues era muy pequeño, empezó a acariciar sus cabellos, deshaciendo el peinado, y hasta el propio vestido sufrió algunos daños. El Dr. Juan Pablo estaba esperando, afligido por el horario, y al ver la escena se quejó horrorizado:
— ¡Señora, ponga a ese niño en el suelo, porque le está estropeando todo el peinado!
Entonces ella, con calma pero muy incisiva, le respondió:
— Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…
Y Doña Lucilia dio el asunto por terminado, porque un principio es un principio: nunca impediría que un hijo la acariciase, aunque con eso le deshiciesen el peinado. Continuó abrazando a su hijo y sólo después de mucho manifestarle su afecto, volvió al tocador, se arregló un poco el ca-bello y salió. Plinio se dio cuenta casi inmediatamente que no debería haber hecho eso; pero, percibiendo la dulzura de la respuesta, pensó: «Esto sí que es bondad, ¡esto es ser madre!» Se podría decir que es algo sin importancia; sin embargo, es un suceso capaz de marcar tan intensamente la vida de un niño que su recuerdo permanezca en el tiempo hasta el momento de su muerte. Plinio, efectivamente, no lo olvidó, hasta el punto de, setenta años después, todavía guardar en su alma una viva memoria del hecho.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 132 ss.

Se diría que ella estaba hecha para tener millares de hijos

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… Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

La disposición de doña Lucilia para el amor materno haría pensar que su alma speraba tener mil hijos, mucho más de mil, y eso constituía la gran incógnita de su vida.
La Providencia le había infundido en el corazón una enorme capacidad de afecto, de bondad y de protección que parecía destinada a morir sin haber podido ejercerse enteramente. El plan de Dios en relación a ella le parecía inexplicable, y fue una de las tristezas de su vida; aquel amor materno que había podido dedicar, es verdad, a dos hijos, pero que en gran parte había quedado guardado en el santuario de su alma, sin condiciones de ser aplicado.
“Varias veces analicé a mamá —comentaría más tarde el Dr. Plinio—, y no pudiendo imaginarme lo que pasaría después, la miraba y pensaba: “Hay algo de axiológico en su vida que parece no ser como debería. Ella posee una enorme ternura: fue afectuosísima como hija, afectuosísima como hermana, afectuosísima como esposa, afectuosísima como madre, como abuela y hasta como bisabuela. Llevó su afecto hasta donde le fue posible. “Pero tengo la impresión de que hay algo en ella que da la nota de todos esos afectos: ¡es el hecho de ser, sobre todo, madre! “Tiene un amor desbordante no solamente a los dos hijos que tuvo sino también a los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener millares de hijos, y su corazón palpitaba del deseo de conocerlos. “Sin embargo, esos hijos no vinieron, ni podían venir en ese número exorbitante.
¿Qué quiso la Providencia con eso? “Se notaba que mamá esperaba algo en la vida. No en el orden del placer, ni de la notoriedad, ni nada semejante. Esperaba una cierta reciprocidad de mentalidad, una cierta afinidad de pensamiento, de temperamento, de modo de ser. Estaba ávida de abarcar con un amplio afecto, con una inmensa consonancia, a un número enorme de personas. Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

Un afectuoso engaño

Lucilia_correade_oliveira_002Si doña Lucilia se condolía tanto de las víctimas de una guerra en tierras remotas, se compadecía mucho más de aquellos que le eran más próximos. Aunque esas cualidades reluciesen en ella discreta pero vigorosamente, todos los afectos de su corazón se mantuvieron siempre subordinados a una constante elevación de espíritu y amor a Dios, fuente de las virtudes que practicaba.
El modo como trataba a uno de sus parientes lejanos, que había tenido la desgracia de quedarse ciego siendo aún niño debido a una impericia médica, es un ejemplo de esos atributos.
El hecho de ser él ateo declarado hacía que doña Lucilia tuviese todavía más pena del infeliz. Por eso no perdía la oportunidad de hacerle algún bien, con la intención de tocar su alma.
Con frecuencia lo recibía para almorzar o cenar, y en esas circunstancias lo entretenía largas horas. Acto de caridad del cual también participaban don João Paulo y el Dr. Plinio.
Sabiendo que su pariente tenía muy buen apetito, y conociendo su moderación, doña Lucilia convino con la empleada que, cuando ella le hiciese una señal, se acercase con la bandeja y, sin que él lo notase, le sirviese un poco más. Ahora bien, él tenía el hábito de recorrer con el tenedor los bordes y toda la superficie del plato, en busca de los alimentos. De repente, cuándo creía haber terminado, encontraba, con evidente agrado, ¡otra porción de comida! Doña Lucilia procedió así hasta la avanzada vejez de ese pariente, satisfaciendo no sólo sus gustos gastronómicos, sino también disponiéndose para la conversación que más le agradase. Era la solicitud llevada al último extremo.

Pobre, ¡no hagas eso…!

En doña Lucilia, ese deseo de hacer el bien era tan grande que abarcaba hasta a los seres más insignificantes.
En la casa de la calle Itacolomy el comedor daba hacia una entrada de coches que iba hasta el fondo de la residencia. La separaba del terreno vecino un muro no muy alto, cubierto con hiedra para darle al sitio un aspecto más agradable. Un día, durante la comida, el Dr. Plinio notó un movimiento extraño encima del muro, debajo del follaje. Sorprendido, le dijo a doña Lucilia:
— Mamá, mire qué cosa más rara aquel movimiento allá.
Ella no dijo ni sí ni no, y esquivó la respuesta. Pero su hijo quería saber qué era y volvió a insistir.
Doña Lucilia dijo apenas:
— Sí, ya había notado algo.
— Pero yo lo estoy notando sólo ahora — respondió él más categórico.
Dirigiéndose a la empleada que servía la mesa, el Dr. Plinio dijo:
— Ana, vea qué es lo que hay en aquel muro.
Doña Lucilia permaneció silenciosa. La criada se rió y dijo con su acento portugués:
— “Seu doutôire” (en acento cerrado y muy popular: “señor doctor”), ¿usted no se ha dado cuenta? Doña Lucilia le está escondiendo algo.
— ¿Qué me está escondiendo doña Lucilia?
— Es una gata que tiene sus crías allí.
El Dr. Plinio quedó desagradado —¡nunca con doña Lucilia!— con la idea de un muro lleno de gatitos andando de un lado para otro. En poco tiempo los gatos habrían crecido y el jardín estaría superpoblado de esos simpáticos animales. Cuando menos se esperase empezarían a entrar en la casa. Si fuesen uno o dos, pasaría, pero una cría entera…
Inmediatamente, con decisión, le dijo a la criada:
— Coja una escoba, o la manguera de regar el jardín, y eche a la gata con todos los gatitos fuera del terreno de la casa.
Doña Lucilia, con pena de la gata, se volvió hacia su hijo y ligeramente afligida le dijo:
— ¡Ah, pobre! No hagas eso. ¿No ves que ella puede perder alguna de las crías y no encontrarla más?
Era el corazón maternal de doña Lucilia que se sentía como que herido ante tal perspectiva. No obstante, su hijo intentó argumentar:
— Mamá, ella no tiene raciocinio. Pierde una cría como uno de nosotros pierde un cabello.
Pero doña Lucilia quería, más que hacer un silogismo, tocarle los sentimientos:
— ¡Pobrecita! No hagas eso.
“Pobrecita” era dicho con tanta bondad y tanta pena, que el Dr. Plinio no resistió y dijo a la criada:
— Ana, cuide a esa gata y llévele leche todos los días.
Aquella gata, ser irracional, no podía tener conocimiento de su propia existencia. Pero, ya que sobre ella se había posado la compasión llena de dulzura de doña Lucilia… en vez de un chorro de agua, habría leche para toda la gatería.

Años de grandes transformaciones

cap7_010Al finalizar la guerra en 1918, se inicia el período que los historiadores denominan “Entre las dos guerras”. Los armónicos acordes del vals son sustituidos por los estridentes y cacofónicos sones del jazz; los sobrios y graves carruajes tirados por caballos son suplantados definitivamente por el automóvil, que imprime un nuevo ritmo a la existencia; y las señoras, hasta entonces reinas del hogar, dan los primeros pasos hacia la igualdad de sexos. De golpe, las faldas suben de los tobillos a las rodillas, liberando los pasos de los largos y bellos vestidos de otrora; se iniciaba así, resueltamente, una caminata cuyo término final era —todos lo presentían— el impudor.
En aras de la moda y del pragmatismo, las señoras deciden cortar sus cabellos, hasta aquel momento largos y cuidadosamente peinados, como coronas que realzaban su dignidad. Nace entonces el estilo llamado “à la garçonne” (A la muchacho). El colorete y el lápiz de labios, que la dama celosa de su honor nunca usaría, irrumpen en las costumbres, hasta entonces recatadas. La risa, que antes ocupaba un papel discreto en la vida, pasó a ser considerada símbolo necesario de la felicidad —idea ampliamente difundida por el cine de Hollywood— relegando a un segundo plano, en las reuniones sociales, a todos los que no sabían contar chistes y no tenían el pseudocarisma de provocar una constante hilaridad.cap7_008

Un pequeño y conmovedor episodio ilustrará con nitidez la resistencia que ella oponía al espíritu “moderno”.

Doña Lucilia rechaza la nueva moda

En cierta ocasión, durante una comida de la cual participaban amigos y parientes, todos intentaban convencer a doña Lucilia de que se cortara el cabello à la garçonne y se pintara, pues era la única persona de aquella rueda social que no adhería a la nueva moda. Tal vez su mansa pero inquebrantable persistencia en la fidelidad a las antiguas costumbres redundara en cierta fricción moral con los más allegados.
Mientras pudo, durante la conversación, doña Lucilia fue esquivando hábilmente el problema, para no mostrarse desagradable a los visitantes; sin embargo, éstos proseguían su incómoda insistencia. En determinado momento, notando que las presiones pasaban del límite tolerable en un asunto sólo concerniente a ella, reaccionó, como tantas veces hacía, guardando un expresivo silencio. Sentado a su lado, Plinio, entonces con aproximadamente doce años y de natural locuaz y afirmativo, asistía callado a toda la conversación; no les estaba permitido a los menores hablar en la mesa. Encantado con su madre, y notando en ella cómo su presentación externa se adecuaba al noble interior de su alma, al darse cuenta del silencio al que ella había optado decidió intervenir para sustentar la buena posición. Apartó su silla y, arrodillándose afligido ante doña Lucilia, cariñosamente imploró:
— Mamá, ¿me promete que no se cortará el pelo ni usará lápiz de labios?

Enternecida con la actitud de su hijo, se volvió hacia los presentes y, bromeando, concluyó suave y amablemente la discusión:

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…ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

— ¿Ven? Plinio no quiere que me corte el pelo. Entonces no me lo voy a cortar…
Un silencio general se hizo en la sala. Y nunca más ni los familiares ni las amigas trataron este asunto hasta el final de los largos días de doña Lucilia. Cuando, por última vez, sus hijos la vieron yaciente en su ataúd, ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

Preparando a sus hijos para la Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Los años pasaban, los niños crecían, y se acercaba la hora de que hicieran la Primera Comunión. El ambiente de auténtica piedad y ardiente fe que doña Lucilia fomentaba en casa era sin duda la mejor preparación. Además, su desbordante benevolencia ayudaba a los niños a comprender que, por encima de ella, Nuestro Señor Jesucristo, habiendo derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por la salvación de las almas, les quería infinitamente más que su propia madre.
A partir del momento en que les habló de la Primera Comunión, ella les dio una alta idea de la grandeza de ese augusto acto. Consiguió también que el Vicario de la Parroquia de Santa Cecilia les impartiese a Rosée, Plinio e Ilka, un curso de catecismo.
Con el paso de los días, doña Lucilia notó que los niños estaban sacando mucho provecho de las clases. Sumamente complacida, les daba algunas explicaciones y les preguntaba sobre ciertos puntos. Narraba también trechos de la Historia Sagrada de manera tan elevada y entretenida, y con tanta unción, que les infundía
un gran respeto por los personajes bíblicos.
Se imaginaba cómo sería Palestina. Por ejemplo, describía las arenas de los desiertos de Tierra Santa, marcadas por sublimes recuerdos. El modo de pronunciar ella ciertos nombres: “Mar de Tiberiades…” daba, a quien lo oía, la impresión de estar viendo las olas del mar y, en ellas, reflejada la figura del Salvador.
Hablaba mucho de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Los actos de Él eran mostrados siempre como algo sereno y comedido, llenos de significado, de una sabiduría que transcendía de lejos a todo cuanto hay en el mundo; sus actitudes, como expresiones de suma majestad y superioridad absoluta. A la Santísima Virgen, doña Lucilia la presentaba como afable, bondadosa y desbordante de cariño.

“No quiero que estéis pensando en la fiesta…”

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Llegó, por fin, el gran día para Rosée, Plinio e Ilka. En aquella época, era costumbre en las familias dar una gran fiesta para los niños que por primera vez se acercaban a la Sagrada Mesa, invitando a los hijos de parientes y amigos. Doña Lucilia, por el contrario, llamó a sus hijos y les dijo:

Hijos míos, la Sagrada Comunión es el acontecimiento más importante de la vida después del Bautismo. Por eso, no es conveniente que en este día estéis pensando, desde la mañana, principalmente en la fiesta, ya que desvía la atención de la Eucaristía.
Y transfirió las conmemoraciones sociales de esa gran fecha para el día siguiente, a fin de que los niños se compenetrasen bien de la excelencia del acto y, de esta manera, no se les perturbara en su recogimiento interior. Por el mismo motivo, los dejó hasta la noche con la ropa de la Comunión, la cual era según las costumbres de la época para el niño un Eton traje inspirado en el uniforme del famoso colegio inglés del mismo nombre y para las niñas un vestido de novia, pues Nuestro Señor Jesucristo es el Divino Esposo de las almas vírgenes.
No es de extrañar que el Dr. Plinio, al recordar aquel momento bendito entre todos en el cual recibió por primera vez al Divino Redentor, comentase: “Mamá fue la luz de la preparación para mi Primera Comunión”.

“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.

“Mirad cómo Él está llorando por vosotros”

5011_M_fa921190aLa conformidad de doña Lucilia con el espíritu de la Iglesia la hacía eximia cumplidora de las prácticas religiosas. En aquellos tiempos, impregnados aún de la benéfica presencia de San Pío X en el Solio Pontificio, la liturgia enriquecía con todo su sacro esplendor las solemnidades religiosas conmemorativas de los principales misterios de la Fe. Los fieles se asociaban a tales celebraciones, ya por el ejercicio de las prácticas y devociones recomendadas por la Iglesia ya por la asistencia a los oficios divinos. Doña Lucilia, siempre que se lo permitía su frágil salud, comparecía a éstos piadosamente.
Sin embargo, no se limitaba a eso. En casa, procuraba crear el ambiente propio a las diferentes fiestas del calendario litúrgico. Tal era el caso, sobre todo, de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua.
Durante la Semana Santa, no sólo en las iglesias sino también en los hogares —como era tradición en todas las familias católicas— se cubrían con tejidos morados las imágenes y los crucifijos, se suspendían los entretenimientos de los niños, los mayores se abstenían del juego, la mayoría de las personas se vestía de luto, y todos hablaban a media voz en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Doña Lucilia congregaba a los pequeños a su alrededor y les explicaba, con mucha gravedad, cada paso de la Pasión, haciéndoles ver las funestas consecuencias del pecado. Con el objetivo de hacer que sus pequeños oyentes se compadeciesen de Nuestro Señor, les mostraba grabados piadosos y, en palabras accesibles a la comprensión infantil, les decía:
— Mirad cómo Él está llorando por vosotros. Está también llorando por los demás, porque sufrió por todos…
El Viernes Santo reunía a todos los parientes que vivían en su casa y, a las tres de la tarde, organizaba una vigilia de oraciones ante un crucifijo heredado de su recordado padre.
Doña Lucilia daba inicio al acto con la letanía al Sagrado Corazón de Jesús; seguía la letanía a la Virgen; después pedía por el alma de éste, de aquél, no había persona fallecida en la familia, por cuya alma se olvidase de rezar. Intercalaba las oraciones vocales con intervalos de oraciones en silencio, y todos permanecían en actitud de recogimiento. Nadie se atrevía a salir antes de terminar.
Tras las graves tristezas de la Semana Santa venían, a partir del mediodía del Sábado Santo, las triunfales alegrías de la Resurrección, que ella se encargaba también de transmitir a los niños. En varias esquinas de la ciudad se veía la tradicional quema de Judas, en la cual los niños vengaban la traición mil veces infame cometida contra Nuestro Señor Jesucristo.
Desde el sábado, doña Lucilia organizaba el paseo del día siguiente, donde no faltaban los manjares y golosinas tan del gusto de los niños y cuya preparación siempre dirigía.

Domingo de Pascua en el Parque Antárctica

Parque Antártica

Parque Antártica

Desde que salía el sol, el día se anunciaba como un inocente y feliz Domingo de Resurrección de los lejanos años de 1915 o 1916. La víspera, como todos los años, doña Lucilia llenaba una cesta de mimbre con huevos de Pascua, bebidas y bocadillos, dado que era costumbre en la familia llevar a los niños de pic-nic.
En determinado momento, se abría la puerta del palacete Ribeiro dos Santos y, bajo la vigilancia de las institutrices, salía un tropel de niños que, apiñados en taxis, iban en alegre algarabía por las calles de los Campos Elíseos, tan apacibles entonces. Junto a ellos, amparándolos con su diligente y tranquila presencia, iba doña Lucilia. En general escogía el Parque Antárctica para la fiesta al aire libre.
Llegados al lugar, daba libertad a los niños para que fuesen a jugar por las diferentes alamedas ajardinadas, cubiertas por la sombra de imponentes árboles. Mientras los pequeños se dispersaban, las institutrices, bajo la orientación de doña Lucilia, escondían entre la vegetación apetitosos sándwiches de sardinas portuguesas, lomo de cerdo, jamón y queso, con rodajas de huevos duros, además de los huevos de Pascua de chocolate o de azúcar cande, envueltos en papeles plateados. Estos últimos ofrecían la agradable sorpresa de contener bombones.

Cuando todo estaba listo, los niños acudían alegres a la voz de doña Lucilia, que los llamaba para que vinieran a descubrir aquellas delicias. Venían veloces. Plinio, nada entusiasta de carreras, se quedaba atrás, pensando consigo mismo: “Mamá me echará una mano”. Mientras los otros, con avidez, iban en busca de los tesoros culinarios escondidos, y las manifestaciones de alegría eran señal de haber sido encontrados los primeros manjares, él se acercaba a doña Lucilia, que complacida observaba toda aquella vivacidad infantil, y le preguntaba:

Parque Antártica

Parque Antártica

— Y entonces mi bien, ¿dónde están las cosas?
Cariñosamente ella respondía:
—Filhão (Se pronunciaría filión. Es el aumentativo de la palabra portuguesa filho, hijo, con la cual doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio de manera cariñosa), ¡hay que buscarlas!
Poco después volvía a insistir:
— Pero, no sé dónde pueden estar.
Entonces, mirando en la dirección en donde había algo escondido, sonreía diciendo:
—Filhão, mira a ver si encuentras alguna cosa por allí.
Confiante en que el consejo materno siempre indicaba el camino seguro, seguía el rumbo trazado por la mirada de doña Lucilia. Ella permanecía sentada observándolo. Si tardaba en encontrar las deseadas golosinas, se levantaba e iba hacia él que, siempre muy enfático, nuevamente le decía:
— ¡Mi bien! ¡No estoy encontrando los huevos! Dígame donde están, que no
los estoy encontrando…
— ¡Busca, busca! Mira un poco por ahí.
Al final, Plinio descubría algunas delicias, que, por supuesto, eran sus predilectas, escondidas especialmente para él… En seguida abrazaba y besaba a doña Lucilia como expresión de filial agradecimiento. Seguidamente ella le ordenaba con afecto:
— Vete a jugar, hijo mío.
* * *
señoradoñalucilia_009Con su placidez y serenidad, en medio de aquella inocente alegría, doña Lucilia enseñaba a los niños a buscar la verdadera felicidad sólo en aquellas formas de placer que conservasen y desarrollasen un bienestar sólido, tranquilo, agradable, y sonriente. No valía la pena sacrificarla por nada que trajese perturbación, aun cuando esto pudiese producirles una pseudo alegría.
Era incompatible con modos de ser febriles y agitados. Ayudaba a eso el equilibrio de su temperamento, siempre recto ante la fruición y verdadero símbolo del orden. Como consecuencia de eso, su alma era ávida de todo cuanto es bello y maravilloso, creando a su alrededor una aureola de sublimidad. Testigos de entonces no dudan en afirmar haber observado en más de una ocasión que, estando doña Lucilia en alguna sala, el ambiente era uno; cuando ella salía, cambiaba completamente. Por eso los niños de la familia buscaban tanto su compañía, y para no frustrar los anhelos de los pequeños, no ahorraba esfuerzos en la preparación de las fiestas infantiles.

“¡Queremos historias de tía Lucilia…!”

doña_lucilia_cTodos los jueves por la noche, la mayor parte de la familia se reunía en la residencia de doña Gabriela para una larga y ceremoniosa cena. Los niños comían en una dependencia secundaria y, naturalmente, acababan antes que sus padres y tíos. En ese momento, estando la casa llena de chiquillos, éstos llamaban a doña Lucilia:
— ¡Queremos historias de tía Lucilia, queremos historias de tía Lucilia!
Y ella, sin dejar de ser muy cariñosa, hacía valer el principio de que los mayores no deben ser interrumpidos por los jóvenes. Con lo cual, éstos no podían entrar en el comedor mientras los adultos no terminasen. Del lado de afuera, a través de la puerta entreabierta, los pequeños hacían carantoñas a doña Lucilia, para conseguir que fuese en seguida a estar con ellos. Ella no les respondía, y continuaba comiendo tranquilamente. Cuando acababa, decía muy complacida:
— Vamos al escritorio y os cuento alguna historia.
El aposento quedaba apiñado de niños, todos contentísimos…

Los maravillosos cuentos de hadas

Mientras los adultos proseguían en el comedor su conversación sobre asuntos de actualidad, doña Lucilia se recostaba en un diván del escritorio de su esposo y los pequeños literalmente se trepaban a su alrededor, incluso hasta por detrás de su cabeza.
Para doña Lucilia, preservar la inocencia de los niños no era sinónimo de mantenerlos indefinidamente en la infantilidad. Al contrario, procuraba hacer que dicha preservación les ayudara a madurar su espíritu, y con esa intención modelaba los cuentos de hadas, lo que constituía una de las principales atracciones de sus historias.

cap6_019La inocencia conduce al alma infantil a ver todo en proporciones fabulosas.
Los cuentos maravillosos son indispensables para refinar el sentido artístico, elevar el espíritu, aguzar la perspicacia y estimular sanamente la imaginación. Doña Lucilia sabía contarlos con notable tacto y buen gusto, evitando que los niños se colocaran como participantes de la trama, pero llevándolos, en cambio, a deleitarse con la felicidad ajena y a encantarse con la perfección en todos sus aspectos: moral, cultural y artística. De esa forma, al sentir el choque con la vulgaridad de la vida, entenderían que no debían olvidarse de los hermosos ejemplos de las historias de su infancia.

El Gato con Botas, el Marqués de Carabás y la Cenicienta

El fino sentido psicológico de doña Lucilia le proporcionaba un conveniente conocimiento de sus hijos y sobrinos. Tras discernir lo que más falta les hacía, lo incluía con tino en la literatura. A fuerza de quererlos, acababa ajustando los cuentos a sus mentalidades y a sus deseos. Así, por ejemplo, en el cuento del Gato con Botas, destacaba que el Marqués
de Carabás se había convertido en propietario de un inmenso y soberbio castillo. El bello carruaje que había adquirido, ornado con plumas multicolores, conducido por postillones impecablemente vestidos con la librea propia de su casa y tirado por fogosos corceles, atravesaba extensos y dorados trigales, mientras el sol, al pasar por sus abombados cristales, producía bellos reflejos. A medida que avanzaba el carruaje, una suave brisa hacía que los trigales se doblaran levemente, dando la impresión de que se inclinaban como cortesanos que querían reverenciar al marqués, su señor, al verlo pasar.
Doña Lucilia descubría a sus jóvenes oyentes la belleza de la caridad, al contarles que el marqués de Carabás llevaba consigo una bella bolsa repleta de monedas de oro para distribuirlas, con magnanimidad, entre los campesinos que respetuosamente lo saludaran por el camino. Después explicaba cómo éstos agradecían con veneración la dádiva del marqués.gato
Para Plinio, insaciable en su deseo de conocer la forma de ser, las costumbres e incluso los objetos de uso personal del noble marqués, doña Lucilia no dejaba de añadir un nuevo detalle cada vez que narraba la historia. Así, si su hijo le preguntaba.
— Mamá, ¿la bolsa del marqués tenía flecos?
— Si, filhão, los hilos eran muy finos y muy bonitos…
— Pero, mamá, ¿alguna piedra adornaba la bolsa?
— Claro que sí, hijo mío. El cierre tenía un bello topacio dorado, que contrastaba con el cuero oscuro de la bolsa.
Otra noche salía a relucir el cuento de la Cenicienta, muchacha huérfana de madre cuya madrastra era una malvada. Doña Lucilia describía los defectos morales de esa arpía, que frecuentemente golpeaba a la hijastra por envidia de sus dotes. Y estimulaba en los niños la pena por la infeliz muchachita que había perdido a su buena madre. A lo largo del cuento narraba, con abundancia de pormenores, la escena en que los servidores del príncipe le probaban a Cenicienta el zapato de cristal, mientras la envidiosa madrastra quería impedirlo… Delineaba el cuadro de una joven glorificada, después de salir de una profunda humillación.
De esta forma, doña Lucilia ayudaba a los niños a comprender las vueltas que da la vida.
Tal era el atractivo de esos cuentos que a veces un cuñado de doña Lucilia iba al escritorio y, fingiendo leer el periódico, escuchaba embelesado aquellas maravillosas narraciones que, seguramente, le causaban saudades de su lejana infancia.

En las enfermedades, una alegría que mitiga el dolor

Plinio y RoséeEn las enfermedades, la preocupación de doña Lucilia era serena pero vigilante.
Daba preferencia a la homeopatía, cuya acción suave se adecuaba bien a su modo de ser. Cuando era necesario, tanto para ser asistida en sus dolencias como para solucionar las pequeñas incomodidades de sus hijos, consultaba a un excelente médico homeópata en el que tenía mucha confianza, el Dr. Murtinho Nobre, que atendía también a doña Gabriela y a otros familiares.
El Dr. Murtinho será médico de la familia durante casi treinta años, a lo largo de los cuales, por encima y más allá del mero servicio, se creará entre ellos un vínculo de auténtica amistad.
Habitualmente, al recibir los medicamentos recetados por el Dr. Murtinho a los niños, doña Lucilia escribía los nombres en pequeñas hojas de papel; después anotaba en otra las horas en que el enfermito debía tomarlos. Quería estar segura de no olvidarse de ninguna dosis.
A la hora debida, entraba en el cuarto sonriendo, trayendo en la mano los frasquitos. Rosée o Plinio, conforme el caso, se sentían reconfortados tan sólo con verla llegar tan afable, comunicativa, llena de promesas de que la medicina curaría, y extremamente cariñosa en el modo de administrarla.
En esas horas, era tan bondadosa con los niños que muchas veces los familiares bromeaban:
— Lucilia trata tan bien a sus hijos cuando están enfermos que no tienen ganas
de curarse.
SDL_casamientoA este conmovedor procedimiento sabía unir también otro auxilio: la exigencia en el cumplimiento de los preceptos médicos.
En determinados momentos del día entraba con el termómetro, a fin de tomarle la temperatura al joven enfermo. Por más que éste afirmase que ya estaba bien, para poder salir de la cama, doña Lucilia le colocaba la pequeña barra de vidrio bajo el brazo y, después de unos escasos minutos contados por el reloj, que parecían una eternidad al pequeño, recogía el instrumento y se acercaba a la ventana para verlo mejor. Llegaba el momento de oír el veredicto de los labios maternos, que no raramente era de condenación: la terrible columnita de mercurio había subido hasta 38 grados o más. A veces él se impacientaba, y doña Lucilia, con todo su afecto, intentaba calmarlo explicándole las razones por las cuales debería estar más tiempo en la cama. Cuando ella salía del cuarto, el ánimo del niño estaba de nuevo serenado.
Doña Lucilia notaba que sobre todo Plinio se enfadaba mucho con esa rutina: “Si no me pusiese tantas veces el termómetro, la fiebre no subiría así…”, pensaba el niño. Para evitarle ese pequeño sufrimiento, su madre se limitaba, en algunas ocasiones, a ponerle su refrescante mano en la cabeza. Al menos no tendría la desagradable sensación de que el termómetro prolongaba su enfermedad. Y si ni por eso bajaba la fiebre, algo que en él antes hervía se apaciguaba. Ese efecto se acentuaba cuando, en un tono de voz propio a inspirar confianza, su madre le recomendaba un poco más de paciencia, pues el poquito de temperatura febril terminaría por bajar.
Al desaparecer los síntomas de la enfermedad, doña Lucilia tampoco exageraba la alegría, limitándose a decir:
— Bueno, hijo mío, ya te puedes levantar.
Ayudaba al niño a salir alegremente de la cama, pero sin manifestarse demasiado contenta por recelo de que los excesos pudiesen llevarlos a imprudencias.
Constituía éste otro procedimiento en el cual el equilibrio entre el dolor y la alegría era dosificado con sabiduría e inculcado en el alma de sus hijos de forma didáctica.