A los débiles coraje, a los valerosos humildad

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Doña Lucilia actúa en las almas de un modo muy suave, transformando las personas como sin que ellas se den cuenta. Ni siquiera es preciso hacer grandes propósitos; es necesario que ella sea constante, y no nosotros. Durante los acontecimientos previstos en Fátima, ella tendrá un papel muy importante, dando coraje a los débiles, humildad a los valerosos, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

Toda convivencia está compuesta por dos elementos: un estado de alma y un modo de tratar.

Un fondo de continua contemplación

La convivencia con mi madre era medio indefinible, porque su estado de alma tenía un  fondo de continua contemplación. Tratando de los asuntos domésticos con alguien, ella lo hacía de modo semejante al de dos personas que estuviesen conversando dentro de un santuario. Su fondo de alma era siempre sacral, serio, elevado, muy respetuoso. Eso era algo estable, fijo, aunque la sacralidad haya crecido con el tiempo. Este era el estado de espíritu con el que ella llevaba la conversación, con una gran benevolencia para con la persona con quien hablaba, pero moderada por una especie de intransigencia vigilante. Si alguna cosa contrariaba los principios morales, ella la rechazaba y no cedía, y creaba un ambiente en el que aquel error no tenía ciudadanía. No era una persona ingeniosa, sino una oyente muy atenta a todo lo que se narraba, y era interesante contarle, porque mi madre tenía pequeñas reacciones curiosas, dando ánimo, nunca con amargura, siempre con confianza en la Providencia de que las cosas saldrían bien, de manera que cerca de ella uno se sentía animado y confortado continuamente.
El trato era invariablemente hecho de una mezcla de afecto y de respeto. Ella respetaba a cualquier persona, por mínima que fuese, en el grado de aquella persona; no era igualitaria en nada. Siempre con un modo de dignidad que con ella no se facilitaba, no había la posibilidad de una broma irrespetuosa o impertinente.
Pero lo que proporcionaba un perfume a todo eso era un desapego continuo. Siempre pronta a sacrificarse por cualquiera, de cualquier forma, a cualquier hora, de buena voluntad; solo le faltaba agradecerle a la persona la oportunidad de sacrificarse por ella. Nunca la vi ceñuda. Así era ella en la intimidad, el tiempo entero, en las cosas más pequeñas. Al mismo tiempo, tenía la afabilidad más cariñosa que se pueda imaginar hacia los niños, la flexibilidad para ayudar de cualquier modo, con mucha elevación. No obstante, una elevación que eleva a los otros en vez de aplanarlos, con la mirada de una persona que no presta mucha atención en las cosas concretas y, sobre todo, no está puesta en sí misma.
En un niño educado en el contacto con una señora así, toda la inocencia primera tiene un elemento de estímulo enorme, en el sentido de considerarla como un paradigma de persona como se debe ser, que abre una clave y genera un ambiente que nadie más crea.

Inspiró y preservó la inocencia primera del Dr. Plinio

¡Era algo único! Cuando estaba con mi madre, yo sentía que entraba en una atmósfera luminosa, fluida, invisible y muy visible creada por ella. La inocencia primera cantaba y se encantaba. A veces, cuando ella me contaba una historia, me quedaba atendiendo

más a ella que en la trama. Eso me sirvió también como elemento de preservación hasta cumplir más o menos veinte años. Ella servía de abastecimiento continuo para la
fidelidad a mi ideal, y de cierta forma representaba ese ideal, que ella poseía de un modo vivo, aunque no sabría presentar en términos doctrinarios. Era yo quien hacía la doctrina sobre lo que era mi madre, y que ella no sabía explicitar.
En cierto momento el papel se invirtió y yo comencé a darle la doctrina. Ella prestaba mucha atención y se veía que aquello entraba profundamente en su alma. Por ejemplo, la devoción a Nuestra Señora.
Ella me inspiró la inocencia primera y después la preservó, evitó que se destruyera, dándome muchos elementos para formar los arquetipos del hombre como debe ser.
Para eso, mi madre contaba muchas historias de personas de su tiempo. Los personajes eran arquetipizados por ella. Así, mi madre formaba arquetipos basados un poco en la leyenda y un poco en la Historia. Como su alma tenía mucho de lo que ella modelaba, una cosa completaba la otra, y enseñaba cómo debe ser un varón verdaderamente católico.
La actitud de alma que se debe tener es dejarla actuar, porque ella actúa en el alma de un modo muy suave, de quien no pide permiso para entrar, de manera muy íntima, interna, y al mismo tiempo con una cierta fuerza de influencia que transforma a la persona, como sin que esta se dé cuenta. No es necesario hacer grandes propósitos. Es necesario que ella sea constante, y no nosotros.
Después de su muerte, Doña Lucilia ha tenido una actuación que nunca imaginó cuando estaba viva. Pienso que en los acontecimientos previstos en Fátima ella tendrá
un papel muy importante, dando a los débiles coraje, a los valerosos humildad, y a todos mucha unión con Nuestra Señora.

(Extraído de conferencia de 23/12/1974)

Formación del espíritu de la Contra-Revolución

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Desde niño, el Dr. Plinio pensaba continuamente en temas elevados. Pero sus compañeros, no queriendo oírlo hablar de esos asuntos, lo aislaban. Ese aislamiento profundo solo encontraba su lenitivo en Doña Lucilia, quien fue el apoyo para su inocencia y para formar en él el espíritu de la Contra-Revolución.

Al considerar las primeras gracias que recuerdo haber recibido – un niño yo de dos o tres años –, la impresión inicial es de una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía de ella a todo lo que fuese más o menos de su estilo. Era muy sensible a la compasión que yo notaba que ella tenía por mí, por ser yo, en mi primera infancia, pequeñito, débil y muy enfermizo. Yo sentía de ella para conmigo una pena amorosa, llena de respeto, una sonrisa bondadosa y una especie de torrente de afecto que se representaba, casi que físicamente, como un caudal de luz dulce que penetraba en mí, y que venía de ella.

Ver las cosas por sus aspectos más altos

El pequeño Plinio con su hermana Roseé

Eso me hacía muy sensible a toda forma de compasión hacia otros que sufriesen. Era un reflejo: lo que ella tenía por mí, yo tenía con respecto al sufrimiento de otros. Eso me sensibilizaba profundamente.
Sin embargo, esas disposiciones no eran una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso y, entonces, de aplicarlo al caso concreto. Y de ese paso hacia lo metafísico resultaba la compasión y la misericordia en sí mismas, aunque ya vistas en su aspecto más alto, y vibraba con eso profundamente. De ahí resultaba también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todo el mundo con afecto, cortesía y respeto, y a pensar que también me tratarían con esa mansedumbre; eso me daba una alegría plateada – para expresarme así – que constituía en una luz de mi infancia.
Me acuerdo, por ejemplo, que mi madre, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon (del francés: festejo con ocasión del Año Nuevo), en París, con ocasión del Año Nuevo, en nuestro viaje de 1912. Y mi madre trajo unos adornos que habían sido distribuidos a las señoras para que los sostuvieran mientras bailaban. Doña Lucilia no bailó, pero trajo los adornos. Al llegar al hotel, ella amarró uno de esos adornos al pie de mi cama. Me levanté en la madrugada y pensé: “Una más de mamá”, y me volví a quedar dormido. Este “una más de mamá” contenía el reconocimiento de una efusión más de su afecto. Cuando desperté, en la mañana, vi de nuevo el adorno y cómo estaba amarrado, y pensé: “Ya veo: ella fue indispuesta a la fiesta y volvió aún más indispuesta, y allá estaba pensando en mí y en mi hermana. Llegó tarde, cansada, y, a pesar de todo, estuvo aquí de pie, amarrando ese adorno, y
puedo imaginarla sonriéndome mientras yo dormía, y regalándose con mi sorpresa al despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a su habitación llevando el adorno, y jugué con ella. En eso había algo a la manera de un globo lleno de gas que tiende a subir, una tendencia a elevarse y ver las cosas por sus aspectos más altos, continuamente y a propósito de todo.

Meditaciones a propósito de un regalo de Navidad

En cierta ocasión recibí de un tío, en Navidad, una caja con un regalo muy bonito traído de Francia, cuyo título era La Ferme – La Hacienda –. Cuando se abría la tapa de la caja, aparecía la escena de una hacienda. Después, en otra sección, venía la escena de una pequeña aldea francesa, encantadora, con enredaderas pequeñas pintadas, con frutillas rojas.
En seguida, había una iglesita y todo lo que existe en una especie de pequeña aldea dentro de una hacienda: los campesinos, los montes de heno muy característicos, el perrito, un riachuelo pintado en el piso con un puentecito… Hasta hoy siento la repercusión del encanto que me causaban esas cosas.
En medio de eso, un hombre muy erecto y distinguido, con un sobretodo negro muy bien cortado y sombrero de copa gris, que era el auge de la elegancia, con unos guantes en la mano saludando a alguien, en un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, aunque saludando con tanta distinción y afabilidad, que yo me encantaba con aquello, y pensaba cómo sería bueno si conociera a ese hombre y lo saludara de la misma forma, y conversáramos. Estableceríamos una conversación sobre temas tan agradables, tan elevados, tan dulces…
Sin embargo, si yo quisiese conversar sobre eso con mis compañeros, ellos lanzarían una carcajada. Nadie toleraría que un niño hiciese sociología, menos aún psicosociología. ¡No podía ser! Pero como yo era así, era el aislamiento y la tristeza…
Un aislamiento profundo que solo encontraba lenitivo en mi madre, con quien yo no hablaba esas cosas porque no tenía certeza de que ella las comprendería, pero sabía que ella las sentía.
Doña Lucilia fue, entonces, el apoyo para mi inocencia y para formar en mí el espíritu de la Contra-Revolución.
(Extraído de una conferencia de 20/6/1987)

 

Sentido del holocausto

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Doña Lucilia no concebía las alegrías del Cielo como un eterno
prolongamiento de Hollywood. Pero sabía que los sufrimientos de esta
vida terrena, soportados con paz y serenidad, preparan una eternidad
donde todo se compensa, se ajusta, se arregla, y la axiología
 se satisface
enteramente. Ella tenía un sentido del holocausto llevado hasta el
máximo grado, y hacía todas las cosas para adorar a Nuestro Señor,
comprendiendo que su actitud causaba alegría a su Sagrado Corazón.

Doña Lucilia tenía el vocabulario elevado, aunque doméstico, de una señora de su tiempo. Ella no sabía construir una bonita frase, sin embargo, nunca cometía un error de gramática. Muchas veces yo prestaba atención. Incluso ciertos defectos pequeños: por ejemplo, repetir una palabra en la misma frase, no le salía.

La madre perfecta

Mi madre era muy educada, pero su modo de ser no se explicaba en términos de educación. Ella utilizaba incluso las reglas de educación, pero en el modo de usarlas entraba una bondad muy grande. En ella no había una sola aplicación de reglas de educación en que no entrase su alma. No tenía una actitud fría, meramente protocolaria. No sé si era capaz de eso.
Para mí, ella fue la madre perfecta. Cuando yo llegaba de la ciudad, generalmente la encontraba haciendo alguna cosa, escribiendo una carta en mi sala de trabajo, o en su cuar
to arreglando las cosas en una gaveta con objetos que ella movía y removía de todos los modos.
Cuando la encontraba en mi sala de trabajo, veía que ella había pasado mucho tiempo allí esperándome y queriéndome bien, contenta por estar en un ambiente que, según su parecer, estaba marcado por mí. En realidad, era marcado por ella, pero según su parecer de madre estaba marcado por mí, porque yo trabajaba mucho en la sala de trabajo y pasaba, por lo tanto, bastante tiempo allí.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera. Pero tengo la impresión de que si yo – Dios me libre – hubiese hecho algo malo a mi madre, ella me recibiría de la misma forma, y tal vez aún con más afecto.
Es necesario hacer notar este punto, y así toda la doctrina de Nuestro Señor en el Evangelio sobre el perdón de los pecados se entiende con ese ejemplo más próximo a nosotros, que la ilustra.
Hay un corolario: ella no era enemiga de nadie, primer punto. Y segundo punto, no era indiferente a nadie. Ella no tenía la indiferencia que se tiene para con un anónimo. Cualquier persona era un hijo de Dios, un católico, y ella no quería que sufriese nada malo. De ahí resulta que, por ejemplo, aunque casi no conociese a los jóvenes que venían a casa, si estuviesen leyendo cualquier texto en el
hall, cuando ella pasaba cerca mandaba inmediatamente un recado por medio de la empleada para que ellos no leyesen ahí, porque perjudicarían sus ojos, debido a la poca luz de aquel ambiente.

Respeto no en pie de guerra,sino de corazón abierto

De parte de ella, todos los agrados y cuidados posibles. Eso era continuo. Sin embargo – para ver cómo era su psicología –, ella sabía que conmigo, con algunas deliberaciones tomadas no había otra salida: están tomadas.
Cuando yo era muy joven tenía el hábito de leer acostado. Constaba en el tiempo de ella que leer acostado hacía mal a la vista. No sé si es verdad. Y mi madre me llamó la
atención más de una vez, con su afabilidad característica: “
Filhão (Del portugués, aumentativo afectuoso de hijo), estás leyendo acostado, ¡eso hace mal a la
vista!” pero a mí me parecía que esa era la posición ideal para leer y estudiar. ¡Por lotanto, así tenía que ser! Yo le dije a ella una vez, sin la más mínima brutalidad: “¡Mãezinha (Del portugués, diminutivo afectuoso de madre), no insista, porque no voy a cambiar ese hábito!” Hasta su muerte, ella nunca más insistió. Se dio cuenta de que había sido una deliberación que yo había tomado, y no había otra salida. Y, por lo tanto, no valía la pena insistir, sino tener resignación. Doña Lucilia tenía una forma de sensibilidad como no conocí en nadie. Digo más: yo fui muy beneficiado con eso, porque si yo no la hubiese conocido, tendría dificultad para comprender cómo es eso. Porque hay ciertas cosas que un libro no muestra. Esa forma de sensibilidad, para quien no fuese un bruto o un animal, era tocante.
Inclusive en esto: si ella estuviese sentada a mi lado, ya estoy viendo…
Naturalmente, ella consideraba el adjetivo “animal” altamente despreciativo. Ella enseguida golpearía levemente mi mano – eran tres toques con mucho afecto para conmigo y mucha compasión para con el otro –: “No, pobrecito, al fin de cuentas, nosotros lo queremos bien, ¡perdonémoslo!”
Sin embargo, en materia de regla,deber es deber, por lo tanto, hay que cumplirlo. Ese es otro asunto. Mi madre no era una persona a quien se le faltase el respeto. Ella sabía muy bien hacerse respetar. Sin embargo, no era en pie de guerra – un respeto de lanza en ristre –, sino un respeto de corazón abierto.
¡Eso se volvió tan raro que no sé qué decir!

El Dr. Antonio protege y defiende en juicio a un enemigo…

Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio

Para hablar desde el lado natural, Doña Lucilia contaba episodios de la vida de su padre que hacían ver que había algo hereditario en eso.
En aquel tiempo, la campaña electoral de un político se hacía a lo largo de un recorrido en tren, porque no había carreteras, y el político bajaba en una u otra estación y conversaba con quince o veinte personas. Así hacía un viaje político. En el trayecto entre Pirassununga y São Paulo mi abuelo tenía muchas relaciones e influencia electoral en varias ciudades.
En una de esas ciudades había un opositor, de apellido Morais, que disputaba la influencia con mi abuelo, cuya señora se entendía muy bien con mi abuela. Ella le decía a mi abuela sin disimulos: “Mi marido no tiene juicio. Él debería ser amigo del Dr. Ribeiro (Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio) y seguirlo. Yo tengo una confianza en el Dr. Ribeiro que no tengo con mi marido.” Un día mi abuelo estaba viajando y el tren paró en una ciudad donde notó un bullicio y preguntó qué pasaba. Le contaron que Morais había sido acusado de un crimen en esa ciudad, había huido a São Paulo, había sido apresado por la policía y llevado de regreso al interior. Entonces los enemigos de Morais, amigos de mi abuelo, estaban esperando la llegada del acusado, que sería juzgado allá al día siguiente, para recibirlo con abucheos. Él ni siquiera tenía quién hiciese su defensa, pues los abogados se habían esquivado de defenderlo, por “respeto humano”, para no ser mal vistos en la ciudad. Y Morais estaba desesperado.
Mi abuelo les dijo: “Me sorprende que Uds. le estén haciendo eso a un enemigo vencido. Sepan que yo voy a esperar a Morais, y les pido que no lo abucheen, porque le voy a dar mi mano, y si Uds. lo abuchean, me estarán abucheando a mí. No permito que un enemigo mío, derrotado, sea tratado de esa manera.”
Llegó el tren que traía a Morais con los guardias. Mi abuelo se acercó, lo saludó muy cordialmente – y le dijo:– Morais, ¿quieres ir conmigo hasta la prisión? Si vas conmigo, te garantizo que no habrá nadie que te abuchee.
– Ribeiro – respondió él –, en esta situación en que me encuentro, acepto.
Los dos fueron caminando hasta la prisión, que quedaba cerca de la estación del tren,  en medio de los enemigos de Morais quietos, por causa de la presencia de mi abuelo.
Al llegar a la prisión, mi abuelo le dijo:
– Estás sin abogado. Nosotros no nos llevamos bien, pero, si quieres, interrumpo mi viaje, hago aquí una parada y preparo tu defensa. Morais aceptó.
Mi abuelo pasó la noche trabajando. Al día siguiente, por lo que contaba mi madre, había hecho una defensa maravillosa y encontró una forma de que Morais quedase libre. Era comprensible, por no tratarse de un bandido profesional, sino de un hombre de buena condición que de repente, por una cuestión electoral, cometió un crimen.
Esa forma en que mi abuelo trató a Morais no impidió que este después hiciese canalladas contra él, de lo cual aquí estamos seguros, porque la gratitud es muy rara.

… y lo socorre en la hora de la muerte

Residencia de la Familia Ribeiro dos Santos, en São Paulo, donde el Dr. Plinio pasó su infancia y juventud

Años después, mi abuelo se mudó a São Paulo, perdió contacto con Morais y no pensó más en eso. En una noche fría, de llovizna – no había teléfono en São Paulo –, tocan la puerta de la casa. Alguien traía una carta de la mujer de Morais para mi abuelo, diciendo: “Dr. Ribeiro, estamos en la situación más atroz que puede haber. Mi marido se está muriendo de tuberculosis. Nos encontramos en pésimas condiciones; no tenemos víveres, ni cama, estamos durmiendo en un colchón sobre el suelo, y ni siquiera tenemos remedios. ¿Será que puedo contar todavía con su generosidad, para darnos dinero para alimentar a Morais, etc.?”
A esa hora de la noche, mi abuelo mandó a venir un tílburi, un pequeño carruaje que existía antiguamente, a pesar de la llovizna, etc., fue a la casa de Morais, llevando víveres, cobijas y otras cosas, para Morais y su mujer. Al llegar allá, preguntó cuál era la fórmula del médico y fue a una farmacia. El farmaceuta dormía, pero él hizo que abriesen la farmacia y compró el remedio. poco después, Morais murió con la cabeza apoyada en una almohada, en los brazos de mi abuelo, que, si no me engaño, había llevado la almohada. Y Morais estaba con una enfermedad contagiosa, que en aquel tiempo era casi incurable…
Mi madre contaba esa historia con mucho entusiasmo por su padre. Y hacía eso evidentemente con la intención de que yo siguiese el buen ejemplo. Eso era patente. A propósito, ella hacía muy bien, estaba dentro de su papel de madre.
Ella me contó el caso de Morais más de una vez, y nunca manifestó ninguna acidez contra él. Mi madre explicaba muy bien cómo Morais era malo, para que yo comprendiese la generosidad de su padre. Si Morais estuviese vivo y necesitase ayuda de mi madre, ella haría lo que fuese necesario en ese momento.

Una señora rusa de alta condición social pide consejo a Doña Lucilia

Hubo también un hecho que se dio en un hotel en París. Cierto día, una señora rusa de alta condición social, tocó la puerta del cuarto de mi madre y dijo:
Madame, ¿me permite? Yo veo en Ud. tanta bondad que, aunque no tenga ningún derecho de venir a expandir mi dolor con Ud., vengo a pedirle permiso, tenga paciencia conmigo. Voy a exponerle el sufrimiento que tengo, y voy a preguntarle si Ud. tiene un consejo a darme…
Pueden imaginar si el pedido fue atendido… ¡Ella era hecha para atender!
– Entre, por favor, siéntese, conversemos.
La señora contó que le habían detectado un cáncer. Era una enfermedad incurable, y ella estaba con pavor.

Aquí entraban los jeitinhos (En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil) de Doña Lucilia. Ella tenía cierta experiencia de la enfermedad, como tiene una dueña de casa atenta a esas cosas para el cumplimiento del deber, pero no tenía un sentido clínico especial. Pero ella le daba una jeitinho a las cosas. Ella oyó todo y dijo:
– Mire, ¿el médico le dio la certeza de que eso es cáncer realmente y de que es incurable?
– Sí,
Madame, el médico me la dio.
– Pero, vea, los médicos se pueden engañar. Yo le aconsejo que vaya al Dr. Fulano, que es un gran médico aquí en París y puede hacer un examen mejor. Le aconsejo mucho que vaya allá. Espere y tenga confianza en Dios que eso se arregla.
La rusa lloró, se terminó de secar las lágrimas y fue al médico. Y después no se encontraron más en el hotel. Pasado algún tiempo, mi madre recibió una carta de la rusa diciendo que no sabía cómo agradecer. Había ido a consultar al médico, y este le había dado un remedio que la curó, alejando de ella la pesadilla.

La acción de mi madre es de una naturaleza que recompone, y el afecto que ella tenía para con los otros era desinteresado. Ella quería el bien de los otros porque es bueno, en sí, que los otros estén bien. El orden creado por Dios pide eso. Y, por lo tanto, lo hacía por amor de Dios.

Quería el bien de las personas sin esperar ninguna retribución

Por ejemplo, en ese pequeño episodio de los jóvenes que estaban leyendo en el hall poco iluminado, ella se inquietó porque era una tristeza, en su concepción oculista, que estuviesen comprometiendo la propia vista. Eso en sí es un mal, no solo por no estar de acuerdo con el orden de las cosas, sino también porque van a estar sufriendo, con perjuicio por perder algo que Dios les dio, que es una buena vista. Y ella quería el bien de ellos, sin esperar ninguna retribución. Se ve que en el fondo estaba la idea del amor de Dios.
Mi madre tenía una noción de orden muy clara, acompañada de la idea de que en esta Tierra esas cosas no tienen recompensa, pero que las grandes tristezas de la vida preparan en el Cielo alegrías nobles y serenas, así como esas tristezas eran nobles y serenas.
Ella no concebía la alegría en el Cielo con pandereta en mano, como un eterno prolongamiento de Hollywood.
Sino una cosa diferente. Toda la paz, toda la serenidad que ella tenía aquí en medio de la tristeza, preparaba una eternidad donde todo eso se compensa, se ajusta, se arregla, y donde la axiología (Ramo de la Filosofía que estudia los “valores”, es decir, los motivos y las aspiraciones superiores y universales del hombre, las condiciones y razones que orientan su existencia, para los cuales él tiende por un impulso inevitable de su naturaleza) se satisface en sus últimos postulados. Es la fe católica, evidentemente.
Entraba mucho una adoración personal a Nuestro Señor, y, sabiendo que el Corazón de Él quedaría alegre con su actitud, ella lo hacía para adorarlo. Todas esas razones constituyen un sentido armónico y un sentido del holocausto llevado hasta el máximo grado.
No vi a nadie llevar el holocausto hasta el punto al cual ella lo llevó.
¡Yo la conocí ya así, y ella fue de ese modo el tiempo entero!

Solo aceptaba cartas manuscritas

Solo aceptaba cartas manuscritas

¿Se acuerdan de aquella historia cuando, de niño, yo pasaba de mi cama a la de ella y me sentaba encima de su pecho para despertarla? Abría sus ojos con mis manos. Yo me daba cuenta de que ella pasaba inmediatamente de un sueño profundo a una actitud de perdón. Tan pronto como ella notaba que era yo quien estaba allí, enseguida se sentaba. No era una actitud ambigua para ver si yo volvía a dormir dentro de poco. Ella renunciaba a retomar su sueño. Abría un paréntesis en el sueño y jugaba conmigo, me decía cosas, me agradaba, etc.
Yo me sentía tan invadido por esa bondad, que las angustias de la noche huían. Me acordé de eso cuando, leyendo la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, oí hablar de las tentaciones que ella tenía durante la noche. Ella decía entonces que no comprendía por qué en el Oficio las carmelitas rezaban: “Para que huyan los malos sueños y los fantasmas nocturnos…” Eso era porque había angustias nocturnas.
Tengo la impresión de que yo me despertaba angustiado. Me sentía aislado, inseguro, mal, en una especie de naufragio. Además, era enfermo y débil. Entonces pasaba a la cama de ella, sin tener la más mínima duda. Yo sabía que iba a ser bien recibido a cualquier hora de la noche.
Y cuando ella me hacía acostarme de nuevo en mi cama, yo me acuerdo que en más de una ocasión reflexionaba: “Propiamente yo me las arreglo con ella. ¡Con mi madre me las arreglo hasta el fin, porque ella no me niega nada!” Creo que eso me calmaba, entonces dormía bien. Al día siguiente era más confianza, quererla más, más respeto, más admiración…
A propósito, ¡es preciso decir que yo la quería muy bien hasta donde me es posible querer bien a una persona! Naturalmente, Nuestro Señor y Nuestra Señora están por encima de toda comparación. Pero yo la quería totalmente bien, hasta donde podía querer bien a una persona.
Pero, vean bien, ella no tenía bondades relajadas. Ella insistía conmigo en las cosas más pequeñas. Cuando yo salía de São Paulo siempre le escribía cartas, y a ella le gustaba, las leía, las volvía a leer y las guardaba.
Pero yo omitía poner la fecha, porque toda la vida tuve pereza de escribir. Y tenía un defecto cualquiera en la mano, por el cual me dolía un poco al escribir; además, tenía letra muy fea. Todo eso hacía que no me gustase escribir. Y ella solo quería carta escrita a mano, no aceptaba hecha a máquina. Decía que carta a máquina era inexpresiva, y que ella no me sentía en la carta escrita a máquina. Y tenía razón. Yo escribía a máquina rapidísimo y en cinco minutos salía una carta enorme, evidentemente desbordante de cariño.
Pero ella no quería. Afirmaba que la tomaba como no recibida.
Yo cedía, porque ella tenía derecho a querer eso de mí. Pero, por pereza de escribir no ponía la fecha. En la respuesta, ella recordaba: “
Filhão querido, cuando me escribas, no olvides poner la fecha arriba…” En la siguiente ocasión yo me olvidaba y ella insistía de nuevo. ¡Eso era hecho con tanta dulzura, que yo quedaba literalmente encantado!

(Extraído de conferencia del 31/8/1985)

 

El ímpetu de Doña Lucilia al increpar el mal

Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, Doña Lucilia levantaba todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Sus palabras nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral de quien andaba mal.

Se diría que, a causa de la gran mansedumbre, condescendencia y compasión que rebosaban de Doña Lucilia, ella quedaría horripilada con la hipótesis de que fuesen desencadenados castigos como los previstos en Fátima y en tantas otras revelaciones privadas.

Sentimientos opuestos, pero armónicos

Sin embargo, yo la vi una que otra vez expresar sentimientos opuestos, enteramente armónicos con la personalidad de ella. No propiamente cuando ella hablaba de castigos de pueblos o de civilizaciones – tema que ella conocía, pero entraba poco en sus reflexiones cotidianas –, sino cuando trataba sobre determinados castigos, degradaciones o deterioraciones individuales, con el resultado que eso conllevaba. Así, al referirse a alguna persona que moralmente había decaído mucho, que se había degradado, cuando la degradación era horripilante, mi madre tenía un modo de expresarse por donde aparecía, en relación con los aspectos morales de esa persona, un asco que indicaba, al mismo tiempo, una especie de toque de difuntos. Era como quien daba a entender lo siguiente: eso está de tal manera deteriorado, que tiene lo desagradable de lo putrefacto, y la propia sanidad de la persona exige que lo descompuesto sea enviado a la basura y destruido. La destrucción de lo putrefacto es una señal de salud, y el horror a lo putrefacto es un indicio de integridad. La aversión de ella a las degradaciones morales muy grandes era idéntica a la repulsa a la putrefacción.
No era, por lo tanto, un sentimiento de justicia considerado meramente en abstracto – se practicó un acto altamente censurable, luego, debe ser castigado –, sino una clasificación de un determinado estado de alma como execrable y purulento. Y, en lo purulento, la repulsa llena de desdén y la necesidad del exterminio. No obstante, ese exterminio se presentaba bajo la forma de un respeto a sí misma y al orden superior puesto por Dios, violado por alguien hasta un punto inimaginable. En ese caso, no vi que cupiese una referencia a la misericordia, a no ser por el lado siguiente: “El pobre de Fulano, la pobre de Fulana”. Sin embargo, eran pobrecitos porque habían caído en estado de putrefacción y, por tanto, merecían repulsa y rechazo. No era una actitud así: “No lo repelamos porque él es un pobrecito…”; sino por el contrario: “Pobrecito, él debe ser repelido…” En eso entraba la buena ordenación del espíritu de ella.

Admiración por la combatividad

Esa posición se transponía también en una gran admiración por la valentía. Doña Lucilia no admiraba la valentía en cuanto valentía, en cualquier circunstancia en que la persona fuese valerosa, pero la valentía aplicada contra ciertas situaciones concretas, putrefactas y altamente deterioradas, a ella le parecía una especie también tiene capacidad de exponerse a un riesgo insigne con un dominio sobre sí mismo, por amor a eso.
Eso forma al varón de Dios. Tenía, entonces, ¡un gran entusiasmo!
Pero era necesario tener cierta finura de discernimiento para percibir que eso estaba en el espíritu de ella, pues lo que aparecía más evidentemente era la destrucción del mal, que no tiene el derecho de existir y debe ser repelido. También existía otra forma de combatividad en Doña Lucilia. Ella no era una persona discutidora, pero apreciaba mucho cuando alguien daba una respuesta que achataba una causa mala. Y es curioso: ella, que era una persona bien locuaz, nada concisa en lo que decía – no inútilmente prolija, sino bastante expansiva –, sin embargo, apreciaba mucho las réplicas concisas. Y a veces guardaba,
de esta o de aquella situación que había visto, réplicas concisas, se acordaba y contaba, apreciando una operación con horizontes claros, con rayos límpidos que alcanzasen su objetivo.

Movimientos de indignación

Nunca la vi hacer una indirecta, hacer una insinuación contra nadie.
Eso no era de su estilo. En su convivencia suave había, por lo tanto, muy poca probabilidad de que ella dijese alguna cosa desagradable. Pero mi madre tenía, aunque raras veces, movimientos de indignación que procedían, en general, de la conjugación de cierta sorpresa delante de alguna cosa pésima, más lo pésimo existente en aquello. Cuando se trataba de algo pésimo que estaba en marcha, en vías de realizarse, y cuyo curso ella podía impedir, mi madre llegaba a levantar todo el cuerpo, alzaba el cuello, sus ojos se volvían fogosos y hablaba mirando desde arriba, comenzando en un tono de voz fino que iba haciéndose más caluroso. Decía tres o cuatro cosas que nunca eran insultos personales, sino una crítica a la actitud moral pésima.
Por lo tanto, nunca decía algo que criticase la falta de inteligencia, de educación, de cultura, algo que disminuyese a alguien en cuanto persona, sino que increpaba el mal procedimiento. Y ahí era difícil resistir a su ímpetu. Por otro lado, una vez hecha la increpación, nunca la vi jactarse de eso, ni repetir el episodio, ni contar. Había hecho lo que debía hacer, eso moría y ella continuaba viviendo.

(Extraído de conferencia de 12/7/1982)

Una voz comunicativa

La voz de Doña Lucilia era muy flexible y ondulada, con una capacidad extraordinaria de hacer trasparecer el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar. Eso hacía su conversación muy agradable.

 

Mandolina perteneciente a Doña Lucilia

Doña Lucilia nunca fue cantora. Cuando joven tocaba un instrumento panzudo y todo adornado con madreperlas, llamado mandolina.
Como el clima en São Paulo siempre fue muy irregular, cierta vez ella tuvo un resfriado bastante agudo, perdiendo buena parte de su audición por esa causa. Así, quedó incapaz de tocar música, porque para eso es necesario tener un oído muy afinado. Sin embargo, ella conservó la mandolina hasta el final de su vida, guardando cierta nostalgia de ella, aunque ya no la tocara.

Voz comunicativa, principalmente en los asuntos elevados

Aun así, mi madre tenía la voz muy flexible, ondulada. No era nada cantante, sino una voz con una capacidad extraordinaria de transmitir el significado moral y psicológico que ella le quisiese comunicar.
Así, cualquier cosa dicha por Doña Lucilia, según el caso, podía tomar una inflexión muy comunicativa y persuasiva, lo cual volvía su conversación muy agradable. Sobre todo cuando se trataba de un asunto serio – no solo en el sentido de reprensión, sino también de aprobación, de un cariño serio, de un tema elevado –, su voz se hacía muy comunicativa.
Eso hacía que ella, cuando quería comunicar confianza, tuviese inflexiones de voz que transmitían una especie de persuasión que, a primera vista, podría parecer gratuita, pero analizando bien, se veía que no era así.
A mí mismo, como hijo suyo, en circunstancias de mi vida de niño –porque el hombre necesita tener
confianza desde pequeño –, así como después en situaciones de mi vida de joven y de adulto, varias veces ella me recomendó esa virtud, comunicándola de modo a persuadirme de que realmente era necesario confiar y mantenerme tranquilo.

El niño Plinio se enferma de paperas

Me acuerdo, por ejemplo, de una cosa que es una bagatela: el modo de ella tratarme las paperas.
Esa enfermedad, si es bien cuidada – evitando que el niño salga corriendo por el jardín, etc. – no tiene ninguna gravedad, pero es un poco prolongada, y para un niño constituye una eternidad quedarse en cama. No hay ningún niño que no tenga horror a permanecer en cama.
Ahora bien, yo no sabía que las paperas podían pasarse de un lado a otro del cuello. Tuve a un lado y después fue disminuyendo. Mi madre – que conocía esa característica de la enfermedad, pero no me lo decía para que yo no quedase temeroso –me tranquilizaba: “¡Mira, ya están mejorando tus paperas!” Yo iba palpando, sintiendo que disminuían, y haciendo planes de salir corriendo al jardín, y de mil otras cosas de un niño que no aguanta más la cama.
Un buen día le dije a ella:
– Mamá, qué gracioso, tengo algo aquí.
– Hijo mío, las paperas pasaron al otro lado.
Comencé a llorar, porque para un niño de seis años eso puede significar una catástrofe cósmica, universal…
– No, ten paciencia, que eso pasa como ya pasó del otro lado – me consolaba ella –.
Si otra persona me dijese eso, yo bramaría: “Eso no pasa, eso no se está acabando, ¿no ves? ¡Cambiemos ese médico!” Yo no entendía bien lo que ocurría. ¿Cómo era posible que la misma enfermedad apareciese al otro lado? ¡Ese médico es un incompetente, no sirve para nada!
Pero al decirme “eso pasa”, ella me daba la persuasión de que realmente eso iba a pasar, el tiempo no sería tan largo, era soportable y, al fin de cuentas, durante la enfermedad yo tendría los cariños excepcionales de ella, que compensarían la prueba de quedarme en cama.

“¡Ten confianza!”

Pueden imaginar el desenlace del caso: cuando las paperas estaban casi curadas, amanecí con una indisposición de estómago violentísima.
Mi cuarto quedaba al lado del de ella. La llamé:
– Mamá, ven, por favor.
Ella vino y yo le dije:
– Amanecí con esto.
Filhão¹, las paperas pasaron al estómago…
– ¡¿Eso se transmite al estómago?! ¡¿Dónde más pasa, a los ojos, a la lengua… ?!
– Quédate calmado, porque solo da en los dos lados del cuello y en el estómago; en ningún otro lugar.
Ahora, de hecho, es la última vez. Quédate consolado. Mira, te voy a traer un juguete. ¡Ten confianza! Ese “ten confianza” era dicho de tal modo que yo comenzaba a confiar y me sosegaba. Era el efecto comunicativo del timbre de su voz, propio de una madre, pero al mismo tiempo con algo que yo sería llevado a juzgar como sobrenatural, y que actuaba profundamente sobre mí.
Aunque yo haya sido en toda mi vida muy categórico, me sosegaba, me acostaba, recostaba mi cabeza en mi almohada y comenzaba mi triste mañana de enfermo. Pero con ella al lado no había problema, estaba todo resuelto: “Mamá está ahí, yo confío en ella, porque ella lleva consigo algo de Dios que hace que todo dé buen resultado.”

Intercambio de mociones que aumentará en las circunstancias más difíciles

La gran cantidad de flores depositadas en la sepultura de Doña Lucilia muestra la forma en que son tratados como hijos los que a ella recurren. Todo eso corresponde a gracias recibidas, a esperanzas de nuevos favores, al afecto y a la gratitud por los beneficios obtenidos. Es una cosa muy justa, muy razonable. Además de las flores, ese grupo de personas se queda allí indefinidamente, sin querer irse. Tanto pueden salir de repente si llueve, por ejemplo, como no incomodarse mucho y permanecer bajo la lluvia.
¿Por qué? Porque están sintiendo algo interior, una gracia que lleva a la persona, más o menos confusamente, a pensar: “Aquí estoy bien y de aquí no salgo”. Se ve que hay una especie de diálogo mudo entre el alma de ella en el Cielo y las personas que están rezando allí.
Ese intercambio de mociones se deberá dar intensísimamente en circunstancias difíciles como, por ejemplo, durante los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
(Extraído de conferencia de 28/2/1993)


1) N. del T.: En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Fidelidad a las verdades supereminentes

En medio a innumerables pruebas que ornaron su vida, Doña Lucilia se mantuvo siempre fiel a las verdades que orientaban y fundamentaban su existencia.

A veces acontece que entre personas destinadas a mantener una relación más intensa, profunda y elevada se establece cierta confusión, que cuanto más se intenta esclarecer, se vuelve más confusa. Lo verdadero en esa situación es no hablar, y sí esperar. Es necesario confiar.

Incomprensiones dentro de una relación

Yo tuve la experiencia de eso en algunas ocasiones en las cuales procuré ayudar a determinadas personas en asuntos de vida espiritual. A veces sucedía que yo entraba en el tema por un lado, y la sensación de la persona era que yo debería haber entrado por otro. La salida era parar, rezar y esperar pasar el tiempo. No se podía hacer nada.

Cómo eso es duro: queremos hacer el bien, pero el otro es como alguien que está con el cuerpo entero quemado. Donde se pone el dedo, él gime. ¡Realmente eso es duro!
Cuando la persona se coloca en una relación errada, se hace imposible el entendimiento. Puede suceder por culpa propia o por una prueba, pero es una dilaceración muy seria, pues la vida queda truncada en un punto fundamental. ¿Cuál es la razón por la cual Dios
permite eso?

Nuestra Señora y San José, ejemplos de fidelidad a las certezas supereminentes

Las certezas no son autónomas unas de otras. Hay algunas certezas supereminentes que garantizan el todo, aunque las “bombardas” estén explotando en las convicciones inferiores.
Un ejemplo claro de eso es la perplejidad de San José (cfr Mat 1, 19-24). Él no podía dudar de la integridad de Nuestra Señora. Él tenía respecto a Ella una certeza supereminente. El demonio debe haber actuado, haciendo de todo para perturbarlo, pero él conservó la paz de alma. Hizo el raciocinio clásico: “No lo descifro, pero cuando lo descifre, voy a ver que eso ocultaba una maravilla.” Él no desconfió porque era fiel a las certezas supereminentes.
Generalmente, cuando una persona es tentada, tiene una especie de amnesia con relación a las certezas supereminentes.
Otro ejemplo: Nuestra Señora y San José cuando perdieron al Niño Jesús (cfr. Lc 2, 43-50). ¿Cómo podían dudar con relación al Niño Jesús? Ellos veían muy bien que Nuestro Señor los quiso probar. Ese episodio fue un poco como la crucifixión para Nuestra Señora.
Anna Catalina Emmerich¹ cuenta que, antes de ese episodio, la Santísima Virgen comenzó a notar que su Divino Hijo la trataba con cierta frialdad. Por humildad, pensó que tenía la culpa. ¡Fue un tormento! Lo más curioso es el hecho de que María Santísima no preguntó nada al Niño Jesús. Hay horas en las cuales es mejor no preguntar… Eso también acontece en la vida de familia. Hay un desentendimiento entre dos personas, y para que no aumente, los familiares fingen no
notar. La vida es así.

Cuando falta esa fidelidad…

Toda especie de nerviosismo es inevitable cuando las verdades supereminentes no están bien colocadas.
Consideremos a los Apóstoles en el episodio de la tempestad en el Mar de Galilea (cfr. Mc 4, 37-40). Era una verdad supereminente que el barco donde estaba Nuestro Señor no podía hundirse. Ellos fueron hombres de poca fe.
Otro ejemplo elocuente en esa materia es el de San Pedro hundiéndose, después de haber andado sobre las olas (cfr. Mt 14, 28-31). La desconfianza es, en la mayor parte de las veces, una sensación. Cuando San Pedro sintió que las olas se movían bajo sus pies, las certezas supereminentes fracasaron.
En el sueño de los Apóstoles en el Huerto (cfr. Mt 26, 40-45), algo de las certezas supereminentes estaba toldado. Era un sueño lleno de malestar. Tres veces fueron despertados y tres veces dijeron “¡no!” Estaban en un estado de infamia moral. Si las certezas supereminentes hubiesen quedado, la cosa habría sido otra.

Pruebas que ornaron la vida de Doña Lucilia

Hay imponderables que la observación no consigue catalogar bien.
Por ejemplo, mi madre. Ella, que alcanzó a vivir en el Brasil de Don Pedro II, no llegaba a tener idea de la Causa Católica con toda la articulación existente contra ella. Sabía que había enemigos de la Iglesia, pero eran como jaurías de perros bravos que invaden un jardín y son expulsados. Por eso Doña Lucilia no comprendía el Movimiento fundado por mí. No era una incomprensión hostil. Ella poseía una noción vaga con respecto a fuerzas que actuaban contra la civilización cristiana, tenía apenas vislumbres sobre eso.
En consecuencia, ella no comprendía la distancia tomada por mí con relación a ella por causa del apostolado que yo desarrollaba junto a mis seguidores. En cierta ocasión tuve que prepararme, de una hora para otra, para un viaje a Uruguay. Por razones especiales, necesité vender algunos objetos que ella estimaba para tener dinero, y no se lo podía decir. Si le fuese a explicar las razones, crearía una situación de intranquilidad que permanecería hasta el fin de su vida. Ella no recibió la explicación, pero percibí que se había dado cuenta de la operación hecha por mí. Sin embargo, no preguntó nada. Ella debería pensar que yo lo hice porque estaba necesitado y tenía un fin honesto. ¿Qué habrá pensado ella? “Es un hijo tan bueno, tan honesto… Pero, si es honesto, ¿por qué no me cuenta? Él se dio cuenta de que vi, ¡pero no me cuenta! Debe haber alguna razón. Lo miro, y él es el mismo…” Ella creyó en las verdades supereminentes que habitaban tranquilamente en su alma, hasta el fin. Eso le fue exigido por la Providencia. ¿No es verdad que esas pruebas ornan la vida de Doña Lucilia? Que la Providencia pueda exigirnos padecimientos semejantes, ¡es una gloria! Debemos sufrir cosas de esas como una prueba.

Discernimiento, confianza y desvelo de una madre amorosa

Cuando viajé a Europa en 1952, no le revelé a mi madre mi viaje para no traumatizarla. Antes de partir le dejé una carta con una tía, con quien concerté que la misiva solo debía ser entregada cuando ella recibiese un telegrama enviado por mí desde Europa.
Cuando esa pariente mía, en posesión del telegrama, fue a avisar a mi madre, la encontró afligida, dirigiéndole la siguiente pregunta: “¿Dónde está Plinio? Porque mi corazón lo busca y no lo encuentra en ningún lugar.
¡Lo busca en Rio, en Santos, en el interior, y no lo encuentra!” Mi tía entonces le contó que yo ya había llegado a Europa, y le dio la carta. Mi madre después me escribió, agradeciendo todas las atenciones y diciendo que estaba pasando muy bien.
Cuando llegué de viaje, mi madre me abrazó y me besó. Enseguida, retrocedió un poco y, mirándome, dijo: “¡Tú eres siempre el mismo!” Después me abrazó y me besó de nuevo.
Ella poseía los elementos para discernir lo que sucedía conmigo. Eso indica bien el contexto general dentro del cual se dio la venta de los objetos a los cuales me referí, y me facilitó cuando necesité tomar esa decisión tan dura.
En las noches, cuando yo llegaba del restaurante Giordano, donde me reunía con miembros de nuestro Movimiento por razones de apostolado, a veces ella estaba rezando junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Yo entraba en casa y ella no interrumpía la oración. Tenía un rito invariable: hacía cruces en el corazón de la imagen y después en su frente, pidiendo por ella y por todos por quienes rezaba. Mientras no hubiese terminado todas las cruces, no me venía a saludar.
Enseguida, siempre con aquella calma, de la cual no puede tener idea quien no la conoció, venía hasta mí y me decía: “¡Filhão!”². Entonces comenzábamos a conversar sobre las cosas más minúsculas, hasta las más grandes. Cuando le preguntaba por qué no iba a dormir más temprano, ella decía: “No voy mientras no llegas, porque contigo en casa no puede suceder nada.” En el fondo era porque yo estaba cerca de ella…

Último acto de fe con una amplia señal de la cruz

Esas verdades supereminentes no pueden ser apenas “verdades”, tienen que ser una unión, una consonancia supereminente.
En el caso de Doña Lucilia, vean cómo actuó la Providencia: dejarla llegar al otoño, al invierno de la vida para pedir el lance heroico. Cuando se ve el Quadrinho³, parece que ya pasó todo. Nadie sabe… Al final de la vida, no se sabe lo que la Providencia cobra. Cuando mi madre murió, había pasado una noche regular. Por la mañana, mientras yo leía el periódico, el médico que la asistía me llamó: “¡Venga deprisa porque ella está muriendo!” Yo estaba recuperándome de una cirugía en el pie y no estaba con las muletas en esa ocasión. Entonces fui lo más rápidamente posible, apoyado en dos escobas, a su cuarto. Cuando llegué, había fallecido… Podía ser que el demonio borrase las certezas, para que ella pasase por la tentación. En ese caso, ella tendría que hacer un acto de fe en la memoria. Si ella dudase, quizás pondría en riesgo su salvación, pues podría pensar: “Si eso es así, ¿qué es ser católico? ¿De qué vale la Iglesia?” La amplia señal de la cruz que ella hizo antes de expirar, indicaba su certeza en las verdades supereminentes.

(Extraído de conferencia de 12/8/1978)

1) Monja agustina de nacionalidad alemana, favorecida con muchas revelaciones místicas respecto a la vida de
Nuestro Señor Jesucristo.
2) En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.
3) Cuadro a óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Vean cómo estoy en paz

Debido a la influencia de la Revolución, hay personas que tienen una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, sintiéndose inconformes cuando este se presenta. Doña Lucilia, por el contrario, tenía una total conformidad con el dolor. Aunque sufriese mucho, tenía una dulzura y una luminosidad dentro del alma que la hacían maestra de la resignación.

La Revolución no es un fenómeno actuante apenas en las ideas y en los principios, sino
también en las tendencias. Estas, a su vez, tienen doctrinas subyacentes, que, precisamente por ser subyacentes, el individuo tiene dificultad en conocerlas e identificar a qué doctrinas corresponden una serie de tendencias sentidas por él.

Efectos de la Revolución Industrial en las almas

El papel de la tendencia es muy especial; cabe a la gracia hacer brotar en las almas de los hombres las tendencias buenas, a veces por lo que ellos dicen, pero a veces también por lo que la gracia hace sentir de un modo imponderable.
Por ejemplo, la cuestión de la música sacra. Esta puede ser tocada apenas con melodías y no con palabras, pero puede también de esa manera hablar vigorosamente a las almas de los hombres, incitándolos a la virtud. ¿De qué manera? A través de los sonidos y las armonías, la música opera, por la acción de la gracia, un efecto santificante en las tendencias; tranquiliza, ordena, por así decir, limpia las tendencias de los hombres y le hacen un bien muy grande a las almas.
Hay algo en la Revolución medio ligado al carácter industrial en el ambiente en que vivimos – pues todavía estamos bajo el dominio de la Revolución Industrial –, con todas sus agitaciones, febrilidades y ambiciones por ella despertadas, así como también con las frialdades de alma y los egoísmos impertinentes que ella suscita. Y es muy difícil para un hombre – aun cuando esté dotado de esta o de aquella capacidad de discusión, o de exposición de una doctrina – remover esa disposición de alma, creada a veces cuando la persona todavía no tiene el uso de la razón, y esas tendencias erradas ya van formándose dentro de ella.

Una influencia siempre benéfica

Una cosa que yo notaba mucho en vida de mi madre – ella la tenía en un alto grado – era una forma de presencia por la cual ella ejercía el trato simple y común de una dueña de casa, es decir, de una señora con su marido, sus hijos, la residencia, con una ordenación interior, desde lo más profundo de su espíritu tan ordenado, armonioso, serio, elevado y tan afable, acogedor y virtuoso, que contagiaba, en el sentido bueno de la palabra. Y así las personas quedaban de repente distendidas, calmadas y tranquilas.

Me acuerdo, por ejemplo, de que cuando yo era pequeño tuve toda clase de enfermedades que los niños tienen: angina diftérica, tosferina, paperas. Y, naturalmente, quien me trataba era Doña Lucilia. Pero, como todos los niños, comenzaba a tener ansiedad por no tener más fiebre. Y ella era una campeona del termómetro, lo usaba muy a menudo.

Ella notaba que yo me impacientaba con el termómetro, pues mientras no pasase la fiebre no me dejaría salir de la cama, y yo prefería no tener esa restricción y levantarme rápido. Entonces, no queriendo acentuar demasiado el uso de ese instrumento, ella ponía su mano sobre mi frente.

Con sólo sentir la mano de mi madre sobre mi frente, yo tenía generalmente una impresión de frescor, de tranquilidad, de suavidad, y todas mis impaciencias pasaban. A veces mi madre venía a verme y yo pensaba: “¡Qué bueno, ella no va a hacer bajar la fiebre, pero aliviará algo que en mí está hirviendo!”

Ponía su mano en mi frente y decía: “Hijo mío, todavía tienes un poco de fiebre…” Ella hacía bajar la sensación de fiebre, y daba una tranquilidad…

Muchas veces, la presencia de Doña Lucilia también me daba la sensación de la protección de la Providencia, por el modo de sentirme seguro en todo, pues ella me protegería; cuando era pequeño, por ser ella mi madre y, por lo tanto, una persona más poderosa que yo; después, con el tiempo, eso continuaba, pero de una manera diversa.

Por ejemplo, yo no iba a un solo examen en el colegio sin pedirle que me hiciese una cruz en la frente. Y eso fue así hasta las últimas pruebas de la Facultad de Derecho. Ella no hacía una, sino unas diez cruces pequeñas. Yo iba a los exámenes acompañado por un primo que estudiaba conmigo; y lo que tiene propósito de parte de una madre hacia su hijo, tiene menor cabimiento de una tía con su sobrino. Sin embargo, mi primo, que estaba junto a mí en la despedida de Doña
Lucilia para ir a la Facultad, también la pedía, y ella igualmente le hacía varias cruces en la frente. ¡Íbamos, entonces, al examen y siempre lo pasábamos! Lo cual era más milagroso con mi primo que conmigo…
Cuando yo iba a viajar – siempre que no fuesen mis viajes a escondidas a Europa sin que mi madre
supiese; ella sólo lo sabía después –, ella me hacía varias señales de la cruz en la frente. Y yo sentía que eso me protegía, me ayudaba. Es Doctrina Católica que la bendición de una madre puede atraer la protección de Dios hacia un hijo. Y ella, consciente de eso, quería esa protección de cualquier forma. Entonces me hacía varias cruces, etc. Ella era un poquito baja, y yo alto, para mi generación. Y yo notaba que ella se ponía un tanto en la punta de los pies para hacer las cruces. Yo entonces me curvaba para facilitárselo. Después nos besábamos y yo salía, a veces besando su mano también.

Acción de presencia de Doña Lucilia

Todo eso indicaba una acción de presencia que yo tendría dificultad de explicitar. Doy otro ejemplo: La sede de la Acción Católica quedaba en el mismo piso de mi oficina de abogacía. Después de un día de trabajo, yo volvía a casa cansado, porque en la mañana daba clases, y en la tarde enfrentaba los aborrecimientos propios de una oficina de abogacía y los problemas de la Acción Católica. No era tanto un cansancio físico común, de quien carga un peso, sino un cansancio más psicológico.
Tan pronto entraba – generalmente la encontraba sentada en la silla mecedora de mi sala de trabajo, leyendo, o la mayoría de las veces rezando – yo sentía la atmósfera de tranquilidad que su presencia dejaba en ese ambiente. Sólo el hecho de que ella estuviese allá me valía por dos o tres horas de descanso.
Era una acción inmediata. Esa acción de presencia tiene algo directamente contrarrevolucionario: tranquilizar y aquietar todo el burbujear de una ciudad – que es una de las mayores del mundo – y preparar para la lucha, para la oración, para la serenidad de alma. He aquí la tranquilidad que Doña Lucilia comunicaba.
Aunque nadie me haya dicho, creo que ese fenómeno es el que le sucede a las personas, principalmente a las más jóvenes, cuando están junto a la sepultura de mi madre en el Cementerio de la Consolación. A veces las veo de pie, algunas rezando el Rosario, otras no están rezando propiamente y parecen estar absortas, sin prestar atención en nada. ¿Qué hacen allí? Están recibiendo una influencia que, a mi modo de ver, es la prolongación de la influencia ejercida por ella en vida.
Pude notar que, cuando van al Cementerio, las personas andan con prisa; al volver caminan despacio, tranquilas, conversando. Sería imposible atraer y retener a tantos jóvenes allá si no hubiese algo de ese género.
A veces el Quadrinho (1) o una fotografía de mi madre produce ese efecto.

Paciencia con un sobrino sordo

¡Cuántas veces presencié escenas así, en la vida de familia! Doña Lucilia tenía un sobrino sordo de nacimiento, con un temperamento muy difícil. A veces iba a la casa de mi abuela materna, donde vivíamos, y comenzaba a pelear con ella. Mi madre se quedaba viendo, y cuando percibía que había llegado a cierto paroxismo, se acercaba a él, lo tranquilizaba y lo llevaba a una pequeña sala, donde lo entretenía durante más de una hora. Como era sordo, no graduaba bien el volumen de su voz y
soltaba algunas palabras a los gritos. Al cabo de una hora y tanto, Tito –era su sobrenombre doméstico – salía tranquilo, la besaba y se iba.
Eso sucedía cuando él y yo éramos niños, e incluso durante nuestro viaje a París. Los padres de Tito estaban allá con Doña Lucilia. Mi madre demostraba tal paciencia con Tito, sacrificando a veces los atractivos del viaje, que, cuando estaba preparando la maleta a fin de volver a São Paulo, encontró adentro un vestido muy bonito, muy fino, que ella no había encomendado. Se lo midió y vio que estaba de acuerdo con su tamaño. Quedó intrigada, y moviendo la vestimenta cayó una tarjeta escrita por la madre de Tito: “A la querida Tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito.”

Ayudando a encontrar los huevos de Pascua

Mi madre organizaba picnics de Pascua en un lugar en los alrededores de São Paulo, y escondía los huevos de Pascua aquí, allá y más allá.
Sus sobrinos y sus hijos llegaban después, y a ellos les cabía descubrir los huevos de Pascua. Algunos eran muy astutos, salían rápido corriendo y encontraban los huevos.
Viendo mi dificultad, ella me decía sonriendo: “Filhão (2), ve si encuentras un huevo allá…”
Yo pensaba: “¡¿No sería más fácil que ella me trajese el huevo de una vez?!”
Yo llegaba hasta el lugar y ella me decía: “No, no estás buscando bien. Busca allá…” Los otros estaban lejos y no oían como ella me favorecía. Al fin de cuentas, yo encontraba unos dos o tres huevos escondidos por ella en un lugar donde me quedaba fácil encontrarlos. Yo sentía el afecto con el cual eso era hecho y experimentaba una inundación de alegría inocente y satisfecha, colmado y envuelto en esa atmósfera de protección, de cariño y de bondad.

Mamma Margherita y Doña Lucilia

Me acuerdo que mi primer movimiento grande de afecto a María Santísima fue delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora en la Iglesia del Corazón de Jesús. No hubo un milagro, la imagen no se movió, pero recibí la gracia de esperar que Ella actuase de esa forma conmigo. Pensé: “¡Nuestra Señora es incalculablemente buena! ¡Tan buena, que es mejor que mi madre! Y lo que mi madre no está soportando, Ella lo soporta. Además, me da una fuerza que no recibo de mi madre. Entonces voy a pedirle a Nuestra Señora”. Así me preparaba Doña Lucilia para la devoción a la Santísima Virgen. San Juan Bosco, fundador de los Salesianos, llevó a su madre, Mamma Margherita, a vivir en el colegio fundado por él, donde ella trabajaba en la cocina y en otros quehaceres propios de una dueña de casa. Y así trabajó hasta el fin de su vida tanto cuanto su salud se lo permitió.
Podemos admitir que San Juan Bosco fuese un canal – era eso, con toda certeza – de muchas gracias para todos esos niños, profesores, sobre todo padres, monjas, etc., y que algunas de esas gracias fuesen recibidas por las personas por medio de Mamma Margherita. Eso parece verdadero, tanto que la sepultura de ella es muy visitada por toda clase de personas ligadas a la obra salesiana que van allá a rezar, aunque ella no haya sido canonizada. Y creo que, si alguna persona a la cual la Providencia la destinase a recibir una gracia por medio de Mamma Margherita, no se la pide a ella, podría no recibir esa gracia, porque Dios indica el camino que cada uno debe seguir.
En un grado en cierto sentido menor y en cierto sentido mayor, dentro de nuestra familia de almas una cosa de esas se puede repetir perfectamente. No veo nada de heterodoxo. Tengo la impresión de que, aunque no tuviésemos infidelidades, la época en la cual vivimos es de tal manera opuesta a la fidelidad, que, si no hubiese en determinado momento una intervención del Espíritu Santo para elevarnos a una altura mayor, de un modo por el cual el camino común de la gracia no nos levantaría, no llegaríamos a donde necesitamos llegar para enfrentar los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
Me da la impresión de que la acción de Doña Lucilia nos predispone a esa gracia, nos da serenidad para ese efecto.

Dulzura y luminosidad de alma

Ella sufría mucho, pero fue la mejor maestra de la resignación que encontré en mi vida. Y no hubo hombre alguno que me enseñase la resignación como mi madre. Porque ella tenía una especie de dulzura y de luminosidad dentro del alma que la llevaba a soportar dolores que para los otros serían insoportables, por una especie de elasticidad interior, por la cual tenía una capacidad cada vez mayor de sufrir, ¡y a veces de un modo asombroso! ¡Pero encontrando tan natural el sufrir, y amando tanto una cierta consolación interior, que era la causa de su dulzura y la hacía la maestra de la resignación!
Aunque mi madre estuviese a veces muy afligida, una persona podía hablar con ella y salir consolada, por esa elasticidad para el dolor, que yo no veo que las personas de hoy tengan. Estas son repelentes, se rebelan contra el dolor y lo consideran casi una vergüenza.
La influencia de hollywood torna feo el sufrir. Lo bonito es estar continuamente alegre y bien dispuesto, tener una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, el revés y la indisposición. Por esa razón, si el dolor se presenta, los hombres quedan repelentes, enojados, no se conforman.
Doña Lucilia no era así. Por ejemplo, a veces sucedía que mandábamos traer un aparato para verificar cómo estaba el corazón o la presión, etc. Y cada inspección de esas puede traer una noticia bomba. De tal manera que la persona, en general, cuando se sujeta a algo así, sobre todo una señora, más débil para esas cosas que un hombre, queda preocupada.
Yo la vi más de una vez ser sometida a un examen cardíaco con una naturalidad y una serenidad, ¡una cosa única! Terminado, generalmente daba buen resultado, sin embargo, ella no tenía un gran júbilo. Si no daba buen resultado, ella no sufría un gran abatimiento; continuaba su vida tal cual. A mi modo de ver, la longevidad de ella se atribuye, en parte, a eso. Porque una persona que a propósito de cualquier cosa se alarma, eso no puede dejar de ser fatigante.
Ella tomaba eso con serenidad, que era la tal elasticidad para el dolor. Mi madre sufría mucho, pero con calma, encontrando natural el sufrir, y con una bondad resultante, creo yo, de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que nos aparece en la iconografía católica con una corona de espinas, indicando el sufrimiento que Él tuvo.
Generalmente, cuando una señora saca una fotografía, su expresión es: “Mire cómo soy de exitosa, de bonita y cómo estoy contenta.” En mi madre la expresión siempre es: “Vean cómo estoy en paz, a pesar de tener muchos dolores, y cómo mi alma está bien.” Es la expresión del Quadrinho.

(Extraído de conferencia de 22/9/1990)

1) Cuadro a óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

2) En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

Solicitud para con el sufrimiento ajeno

En una actitud opuesta a la culturada por el optimismo ciego de ciertas de épocas, Doña Lucilia tomaba el sufrimiento como un componente ineludible de este “valle de lágrimas”, a ser aceptado con resignación y confianza en la misericordia divina. Como señala el Dr. Plinio, esta postura serena ante el dolor la inclinaba constantemente para la compasión y la caridad en relación al próximo abatido por los reveses e infortunios de la vida.

En su existencia cotidiana, mamá se relacionaba con los demás teniendo como fondo de cuadro el presupuesto de que la vida humana trae necesariamente, para todo hombre, grandes sufrimientos. Después del pecado original, cada criatura humana está sujeta a sufrir y, por lo tanto, no existen los grandes gozadores. El bon vivant es, en realidad, un sufriente que disfraza su padecimiento.

Doña Lucilia en 1959 en una conferencia del Dr. Plinio Profundamente compasiva, Doña Lucilia entendía que la principal solicitud de la Providencia para con los los hombres son de permitirles un sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Pena de quien no sufriera

Por otro lado, Doña Lucilia establecía sus relaciones en el hecho de ir a buscar -con la discreción y el buen sentido convenientes- del sufrimiento del prójimo para ayudarle. Es decir, evitaba ese sistema desgraciadamente común de los contactos de egoísmo con egoísmo, que acaban generando penas mutuas. Por eso, ella tenía también como presupuesto que mi vida era muy sembrada de sufrimientos, y veía en esa circunstancia una condición para la elevación de mi alma, así como la de cualquier persona.

De ahí, creo que ella tendría mucha pena de quien no sufriera, juzgándole en cierto modo menos querido por Dios. Es decir, según la visión de ella, la principal solicitud de la Providencia Divina hacia los hombres no es, como sólo se considera, evitarles todo dolor, sino permitirles un cierto sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Preocupación por las dificultades del hijo

…con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

En ese sentido, mamá percibía que me encontraba inmerso en un conjunto de lides apostólicas. Tal vez no advertía hasta qué punto esas luchas eran simultáneas y cómo constituían un verdadero bloqueo de pruebas, amenazando con el zozobro completo de nuestra obra, de un momento a otro. O, si percibía, era de manera no muy nítida. Lo cierto es que rezaba asiduamente por mí, y por esa actitud teníamos idea de cuánto se preocupaba de mi situación.

Pero, sobre todo, lo que menos podía calcular eran las dificultades financieras, sin embargo crecientes. De esto, mamá – persona de un tiempo en que la vida, desde el punto de vista económico, era más fácil – no tuvo ni siquiera vislumbre, pues, con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

Por lo demás, ella percibía una inmensidad de sufrimientos y batallas que enfrentaba. Y en eso quedábamos.

Apoyo y entendimientos recíprocos

En cuanto a esta relación de Doña Lucilia, quisiera subrayar este aspecto: una vez que ella pretendía establecer sus contactos bajo una base seria, creía que el trato no debía ser carrancudo, sino hecho de confianza mutua, expresa, si no verbalmente, al menos por gestos, con apoyo y entendimiento recíprocos, en tono de seriedad con un fondo de melancolía. Tal vez las generaciones más jóvenes no tengan idea de cómo esa postura era, para muchos, fuera de moda en los últimos años de la vida de mamá, que correspondieron a un cierto período de progreso económico en Brasil. Muchos vivían en la alegría por la alegría, no queriendo encarar de frente el lado penoso del día a día. De ahí cierta incompatibilidad con Doña Lucilia. Por ejemplo, sucediendo algo triste con algún conocido, mamá se juzgaba en el deber de contar a otros amigos comunes. La reacción de éste o de aquel: “Si no puedo remediarlo que no me cuente nada, porque ya bastan las cosas que me aburren “. En otras palabras, “transmita sólo las buenas noticias” …

Nostalgias: ornato de la vida

Aun en esta consideración del sufrimiento, es interesante considerar que, para ella, las nostalgias eran un ornato de la vida. Recordar a las personas antiguas, ya fallecidas, de las costumbres que hubo, del tiempo que pasó, de los lances difíciles y alegres de la vida de los que ya fueron, constituía habitualmente – sin convertirse en idea fija – un modo de poblar su cabeza. Como es natural, esa peculiaridad proyectaba un fondo de nostalgia y de tristeza en la convivencia con ella, además de ser estrictamente contrario a los estilos del período favorable a la economía nacional, a la que me referí. Para los adeptos de la felicidad sin niebla, no se debía aludir a la muerte de algún pariente, ni comentar al respecto, a no ser para el inventario, pues se trataba de olvidar cualquier elemento de tristeza. Ahora, para Doña Lucilia era lo contrario. Con frecuencia recordaba tal persona, tal otra, figuras que a veces los propios circunstantes no habían conocido y ella les hacía conocer a través del recuerdo de éste o de aquel hecho, etc. Hábito este completamente alejado por el mundo de entonces.

Lo obligado era hablar de las invenciones más recientes, de los avances de la técnica, de la medicina, de las últimas excentricidades de la moda, de las canciones más salientes. La historia era el cementerio de la vida de los hombres, y en vez de cuidar del pasado, importaba el momento presente.

No será difícil comprender cómo esa mentalidad moderna era en todo diferente a la del mundo en que Doña Lucilia vivió y formó su espíritu, tan compasivo y solícito hacia la tristeza y el sufrimiento del prójimo.

(Extraído de conferencia em 17/6/1982)

Recordar, mirar, sonreír y sentir

Tomado por un profundo respeto por todo cuanto se refería a Doña Lucilia, al volver a ver los zapatos con los cuales ella había sido sepultada – recuperados durante la exhumación de sus restos –, el Dr. Plinio recordaba cómo su saudosa madre le había enseñado a enfrentar las situaciones difíciles de la vida.

Desde una edad muy temprana, yo me habitué a llamar a Doña Lucilia de mãezinha (En portugués, diminutivo de mamá.) y hasta de “manguinha”. Sin embargo, excepto eso, nunca usaba un diminutivo para cosas referentes a ella. Porque, como yo era muy pequeño, mi madre me parecía grande. Me acuerdo de ella con el traje con el
cual le fue tomada una foto de cuerpo entero, en París, y me acuerdo de mí mismo mirando a mi madre y pensando: “¡Cómo es de alta!”.

Cómo enfrentar las realidades penosas

En eso entraba un fondo de respeto y de una suma seriedad con la cual yo tomaba todo lo que decía respecto a ella. De tal manera que me parecería poner un sello de muerte sobre mi vocabulario si me refiriese a ella, después de muerta, con términos que yo no usaba durante su vida.
A veces oigo a algunas personas referirse a los zapatos con los cuales mi madre fue sepultada, con el diminutivo de “zapaticos”. No censuro ni disuado eso, y comprendo que es una forma más afectuosa y hasta entra más respeto en el modo de decirlo. Todas las veces que lo oí, las personas lo dijeron de un modo muy respetuoso que me agradó. Por lo tanto, no hay ningún problema. Pero esa no es mi costumbre.
La primera impresión que tuve al ver los zapatos de mi madre, después de la exhumación de sus restos mortales, fue la siguiente. Cuando se hizo la exhumación, yo daba por seguro que, o no había quedado nada de los zapatos, o serían inhumados de nuevo y por lo tanto no los iba a volver a ver. Como en todo lo que dice respecto a mi madre cuando me separé de ella con ocasión de su entierro, di eso por sumergido en la eternidad y por remitido a la resurrección de los muertos.
Sé muy bien que en la resurrección de los muertos las personas no van a usar más zapatos, y que los fallecidos no resucitan con los zapatos usados cuando son sepultados. Pero eso expresaba una separación, una dilaceración, una ruptura que era necesario enfrentar como se enfrentan las realidades penosas y, sobre todo, las penosísimas.

Yo aprendí precisamente de ella, desde niño, a beber las cosas penosas y las penosísimas no a sorbos, sino de un solo trago.

Una pequeña batalla con el aceite de hígado de bacalao

Ella nos hacía tomar un fortificante que en ese tiempo era tenido como muy bueno: aceite de hígado de bacalao. ¡Es de un gusto detestable!
Y mi hermana, una primita educada con nosotros y yo, no queríamos beberlo. Ella nos obligaba inexorablemente a tomarlo. Este era el proceso que ella empleaba como medio de atenuación: mezclaba una dosis de un buen vino tinto francés o portugués – compatible para un niño –, de tal modo que endulzase el fortificante. Las dos substancias no se mezclan, pero por lo menos son dos sabores que se degluten juntos.
Sin embargo, ella no permitía que se bebiese poco a poco. ¡Era de un solo trago! ¡Y las sugerencias más o menos fraudulentas que hace cualquier niño – primero beber el vino y después el aceite – no las toleraba! ¡No entraban en consideración!
Y había un nuevo atenuante: si durante los meses fríos del año tomásemos ese aceite sin quejarnos, ella nos llevaba a una casa de juguetes – la mejor que había en São Paulo – y cada uno tenía derecho a un juguete extra, además del de Navidad.
Doña Lucilia me obligaba a tomar ese aceite por medio de la autoridad vigorosa de la Fräulein (Del alemán: señorita. El Dr. Plinio se refiere a su preceptora alemana, la Srta. Mathilde Heldmann), que no tenía las maneras mimosas de mi madre. Ella ponía el aceite en la cuchara, lo acercaba a mis labios, me mandaba a abrir la boca, y de hecho el aceite entraba en mi garganta, no había otra salida. Yo era niño, pero reflexionaba a ese respecto. Y gracias a Dios, crónicamente de acuerdo con mi madre, aun cuando no me gustara, pensaba: “Ella tiene razón. Ya lo bebí, no pienso más en eso hasta mañana. Ahora voy a continuar con la vida normal.”
Y así me habitué también a hacer con las clases del colegio, con todo lo desagradable: saltar encima de lo desagradable y hacerlo enseguida, y después hacer lo agradable, agradablemente, por sorbos, deleitándome.
Y así, habituado a una vida en que la parte del vino tinto se iba haciendo cada vez menor y la cantidad de aceite de hígado de bacalao cada vez mayor, fui siguiendo siempre ese sistema.
Cuando llegó la hora del encuentro de ella con Dios, lo engullí de una sola vez. “¡Esa separación es para siempre! En el Cielo la verás, porque eres católico y crees en la resurrección de los muertos. ¡Aguanta firme!”

El tiempo ofrecido a Nuestra Señora debe ser empleado con toda seriedad

 ¡Imaginen la impresión deliciosa –una especie de retroceso en el tiempo – cuando vi aquellos zapatos que yo suponía que nunca más iba a volver a ver, y que me hablaban tanto de ella! De repente salen de las sombras de la muerte, de la renuncia completa, emergen y se presentan bien arreglados, de acuerdo al gusto de ella, de tal manera que todo lo que pudiese recordar la corrupción de la sepultura estaba cuidadosamente apartado, todo estaba perfecto. Era una especie de odisea de aquellos zapatos que para mí significaban mucho. Evidentemente, yo no podía dejar de quedar profundamente conmovido.
Esa primera impresión fue tan profunda, que me vino otro hábito mental, infundido también por ella y correlato con ese: “Muy bien, magnífico. Pero ahora llegó el momento del trabajo, y eso te va a molestar. Cierra la gaveta y no pienses más en eso hasta que tengas un poco de tiempo. ¡Sé disciplinado y no permitas que el tiempo consagrado a Nuestra Señora sea entregado a consideraciones que serían muy legítimas y de un orden que Ella puede desear, pero en este momento en que María Santísima quiere otras luchas, déjalas de lado y veamos si ahora trabajas con toda seriedad!”
Dudo que quien trabajó conmigo haya notado enseguida que yo me estaba dejando alterar en algo con ese recuerdo suavísimo. Mantuve los zapatos bajo llave hasta que, estando solo, pudiese rememorar.
Hice consideraciones sobre el momento en que eso llegaba a mis manos, lo que eso representaba, etc. Habría sido muy legítimo que las hubiese hecho antes. Y cuando me acuerdo de los zapatos y del hecho, el asunto me toma, es decir, no es que yo tenga la vivencia– porque no sé bien en qué consisten las famosas vivencias –, pero si es así, lo
que voy a decir es una cosa buena.

Sentimientos densos de pensamiento

 Al ver sus zapatos, cuando tengo en mente que están en la sala en que me encuentro, con el bastón y el chal [de Doña Lucilia] – más que estos últimos, porque la acompañaron en la sepultura –, ¿qué impresión tengo? Por una asociación de imágenes, me acuerdo de varias cosas de ella – lo cual puede sucederle a todo el mundo, por ejemplo, a propósito de un par de guantes que perteneció a alguien – no de hechos, sino
de estados de espíritu. De situaciones que me vienen a la mente con tanta vida que, habituado como estoy a la presencia de ella – una presencia tan sugestiva de sentimientos densos de pensamientos, sin dejar de ser sentimientos –, no soy propenso a discurrir sobre el asunto, sino simplemente a recordar, mirar, sonreír, y a sentir…
Ni siquiera tuve tiempo todavía para reflexiones. ¿Estas vendrán? Es posible. Si vienen, las transmitiré. No voy a forzar nada; voy a dejar que las cosas corran y que la bobina de mis recuerdos gire normalmente con mis velocidades, dado que soy hijo de Doña Lucilia y ella me quería así… Además, es necesario tomar en cuenta que la gracia probablemente sopla así.
Aunque yo sea tan exigente en materia de verdad y de error, de bien y de mal, esos valores no están envueltos en este caso, permitiéndome una normal libertad de espíritu y de modo de ser, que me parece algo bueno, para que no nos volvamos robots de nuestros propios principios, sino para movernos con ellos de un modo vivo.

(Extraído de conferencia de 31/8/1982)