El mensaje de Doña Lucilia

Doña Lucilia, aunque vagamente, veía un gran futuro –providencial– para Brasil, envuelto en cierto misterio, pero que se podía medir por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de los bosques y de los ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en este país, más que en cualquier otro, y que para ella era la gran cualidad religiosa

 

Dios le dio a Nuestra Señora el imperio del Cielo, de la Tierra y de todo el universo; y por una razón análoga quiso que bajo su poder hubiesen sub-imperios y sub-reinos.

El Ángel de la Guarda no sólo defiende contra los peligros, sino también educa, forma, orienta

cap14_039Los Ángeles de la Guarda tienen sobre los países que dirigen, una función semejante a la que ejercen sobre las personas; esto se puede leer en aquella discusión de los Ángeles a los pies de Dios (cf. Dan 10, 13). Ejercen un papel en favor de cada una de esas naciones. Me parece que sería considerar de modo restringido el papel del Ángel de la Guarda, pensando que es solamente un escudo que nos defiende contra los peligros.

Además de proteger contra los peligros, es también un modelo ideal, un arquetipo de una nación; el Ángel de la Guarda la modela de acuerdo con él y tiene, – según imagino – cierta connaturalidad con esa nación, la cual no posee con otra, aunque en tesis pueda amarla.

Por ejemplo, Dios ama más a una nación “X”, digamos la hebrea. Pero el Ángel tiene cierta connaturalidad, por ejemplo, con Luxemburgo y ama a ese país de un determinado modo. Como resultado, conduce las cuestiones de Luxemburgo, no como un Ángel dirigiría las cosas en tesis, sino tomando en consideración su connaturalidad con esa nación que Dios estableció cuando la creó; y que más adelante, con el transcurso de la Historia, se constituyó en Luxemburgo.

Eso forma una especie de parentesco espiritual, de condición de “padrino” de este Ángel en relación a Luxemburgo, que da la idea entera del Ángel de la Guarda como siendo el Ángel que educa, forma, orienta.

Y así deben ser también ciertos Santos con determinadas almas, considerando que son llamados a llenar en el Cielo los lugares que los bandidos demonios dejaron vacíos. Los Santos seguramente llenan el lugar de los ángeles caídos y se encargan de cuidar a las almas y a los pueblos que quedarían abandonados y privados de protección por no tener a estos ángeles, según una destinación y una distribución eventualmente reformada por los designios de Dios. Al ver el pecado de los ángeles, el pecado original, etc., puede ser que el Altísimo haya retocado sucesivamente sus planes, pero en línea general esa es la realidad, y yo imagino que los Ángeles tienen esa realeza sobre los pueblos. Supongo que esa sea la Doctrina Católica.

El Fundador y el Ángel de la Guarda de una Orden religiosa

Lo poco que vi sobre los Ángeles y Santos protectores me parece caminar en esa dirección. Creo que la palabra “padrino” y el patrocinio de los Santos sobre alguien, son muy parecidos con el papel del Ángel, y puede haber Ángeles que dirijan, tengan cierto dominio sobre determinados pueblos, e incluso Santos que los poseen acumulativamente, pero sin que las funciones se borren.

angel de la guarda

Ángel de la Guarda Almenno San Salvatore, Bérgamo, Italia

Por ejemplo, San Miguel Arcángel es conocido como el patrono oficial de la Iglesia Católica, pero San José también lo es; ambos son patronos a títulos diferentes. Y esa misión que toca los pies de Nuestra Señora – tan excelsa es Ella – engloba ampliaciones y disminuciones armónicas, que aumentan la belleza del plan de Dios. No es fácil trazar con nuestro propio puño la línea divisoria, pero se comprenden los criterios con los que eventualmente ésta pudiese ser trazada.

Eso ocurre muy especialmente con las familias de almas de las Órdenes religiosas. El fundador de una Orden religiosa, si practicó la virtud en grado heroico, tiene sobre todos los miembros de esa Orden un patrocinio de esa naturaleza. ¿Quién habría de negar que San Benito es patrono y protector de los benedictinos? Así, sobre los franciscanos, dominicos, jesuitas y demás, se ejercen todos estos patrocinios.

De esta forma, se comprenden incluso los misterios de la vida de ciertas Órdenes religiosas, pensando en la batalla del fundador para mantenerlas fieles contra elementos malos que entraban. Por lo tanto, el fundador, junto al Ángel o los Ángeles de la Guarda de una Orden religiosa, se agrupan según ciertos designios de Dios.

María de Ágreda (Religiosa concepcionista, escritora mística, abadesa del convento de Ágreda en España (*1602- †1665) dice que Nuestra Señora era acompañada por una escolta de mil Ángeles. Es evidente que entre esos mil Ángeles cada uno tenía una función propia, aunque yo no sabría explicar esa distribución.

Así pues, podemos comprender que una persona haya sido llamada en las condiciones de Doña Lucilia, para el patrocinio de una determinada familia de almas.

Ella tan solo poseía una inteligencia e instrucción comunes a una señora culta, como lo eran en general las señoras de sociedad de su tiempo, nada más. Sin embargo, ella era inteligentísima en el sentido minor (Palabra latina: menor) de la palabra, lo cual envuelve una riqueza de alma muy grande, que es el conocimiento, y, como consecuencia, el amor a las cosas por connaturalidad, por la cual su inteligencia y afecto abarcaban un campo muy vasto.

Admiración por Francia

Yo analicé, sobre todo, el alma de Doña Lucilia y las reacciones de su espíritu, en lo tocante a Francia, y noté que ella sentía que ese país poseía y representaba por excelencia en su horizonte – que ella consideraba un poco como horizonte del mundo, y de hecho lo era – una cosa que, por connaturalidad, para ella tenía el mayor valor: la delicadeza de sentimientos.

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Pero, en esos sentimientos, ¿qué es la delicadeza y cómo los veía en Francia? Para una persona en la que el conocimiento se hacía, sobre todo, por connaturalidad, había una cosa – no sé cómo mamá notaba eso en Francia– que era lo siguiente: discernir en las almas de los otros pueblos y naciones aquello que puede ser visto como sutil, requintado, y por ende despertando una forma de afectividad más penetrante, más delicada y que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse, ayudar y favorecer. En resumen, un afecto que lleva a ver lo mejor de la persona en los lados por donde estaría más naturalmente expuesta a sufrir los golpes de la brutalidad, de la maldad, de la dureza y de la crueldad humana en todos sus aspectos.

De allí proviene la idea de que la persona, teniendo más desarrollados estos lados de alma más tiernos – que son los más preciosos, más sobresalientes y más plenamente existentes dentro de ella y que, por eso mismo, Doña Lucilia cultivó en sí misma –, sufre más con los golpes que lleva y es más sujeta a brutalidades inesperadas, pues, debido a su bondad, ella está normalmente desprevenida, por lo cual necesita un auxilio.

En consecuencia, ella sentía mucho que la cultura francesa ponía en evidencia esos lados del alma humana, y mostraba notablemente la dulzura. De esa forma, Francia creaba un tipo de ser humano que alcanzaba, bajo cierto punto de vista, su perfección, y una convivencia humana que también era perfecta, además del criterio de la medida que tanto se elogia en los franceses, y el sentido de la cordialidad, de la suavidad, del charme (Del francés: encanto, atracción, atractivo). Mamá era muy sensible al charme, y un discípulo mío que haya sabido analizarla bien, debe haber notado que, en lo que puede caber respecto a una señora de 92 años, Doña Lucilia poseía mucho charme. El charme tenía para ella un papel enorme en la vida, y para mí, por ejemplo, ella poseía mares de charme, pero mares de charme que yo veía; sin embargo, muchos otros no los percibían.

Tengo certeza de que, si mamá viese los álbumes de Fabergé (Peter Carl Fabergé, conocido también como Karl Gustavovich Fabergé (1846 – San Petersburgo, Rusia -1920, Lausana, Suiza), fue un joyero ruso. Es considerado uno de los orfebres más destacados del mundo, que realizó 69 huevos de Pascua entre los años 1885 a 1917, 61 de ellos se conservan. A ellos se refieren los álbumes de que habla el Dr. Plinio.) – que no era francés, eso es lo más gracioso, pero era remotamente descendiente de inmigrantes que fueron a Francia, y estuvieron anteriormente, si no me equivoco, en Dinamarca, sin embargo quedó en él algo de la sangre francesa, pues Fabergé es Francia en su tinta – ella notaría en ellos una expresión de algo que debería estar en todas las almas, en todos los pueblos, pero que finalmente vino a luz enteramente en Francia, para bien del género humano. Y el género humano debería hacer en relación a Francia, lo que ella hacía en larga medida: mirar, admirar, dejarse llenar y modelar por eso.

Dificultades con relación a Alemania; aprecio por España y Portugal

En este sentido, Doña Lucilia no supo ver bien Alemania: interpretaba la ofensiva alemana contra Francia como el ataque de la brutalidad militarista contra el charme francés. No conseguí que lo viese de otra manera, intenté explicarle, pero eso permaneció radicado en su espíritu. Mamá conoció Alemania poco antes de la I Guerra Mundial, y ya estaba prevenida de la ofensiva de los cascos de acero contra la dulce Francia, lo cual no podía ser, y corría el riesgo de destruir Francia; ¡era un crimen de matar a la humanidad!

Además, algunos alemanes – médicos, enfermeros, etc. – habían sido violentos con ella de un modo inimaginable.

Su cirujano, que era el médico del Kaiser, hizo la brutalidad de contarle, cuando estaba recién operada, que había visto al Kaiser trabajando. Que estaba organizando una ofensiva alemana contra Santa Catarina, Brasil, y que ya estaba todo preparado…

Es algo incomprensible: un cirujano de fama mundial decirle eso a una enferma tres o cuatro días después de una operación con gran riesgo de vida… No debería haberle contado eso nunca, no había necesidad. Entra una punta de fanfarronada, que mamá notó, así como los otros circunstantes. Yo nunca conseguí quitarle eso de la cabeza.

Así, ella acompañó la Guerra Mundial en este prisma; un prisma casi de cruzada a favor de la delicadeza humana contra la brutalidad.

¿Era una manía? No, era una connaturalidad de altas cualidades de Doña Lucilia y de un elevado modo de ver las cosas. Y creo que fue la Providencia quien la modeló para ser así; se nota que en esto entró mucha influencia de su padre, al menos como ella lo contemplaba, y también de su madre, como ella la veía.

Pero, por ejemplo, delante de la fuerza de España, del salero español, de la gracia española, etc., en los que mamá podría ver algo de contundente, ella no tenía nada de eso, sabía contemplar lo heroico, lo batallador, lo garboso, etc. Aunque no fuese su luz primordial, a ella todo eso le gustaba mucho, lo comentaba varias veces, lo consideraba interesante; ella apreciaba mucho las costumbres regionales españolas, sin insistencia, sin obsesión, francamente receptiva.

Ella tenía, además, una gran propensión hacia Portugal, pero una propensión afrancesada, es decir, destilando de Portugal el hombre lúgubre, pesado, tosco, etc., – para con el cual ella sonreía, como lo haría viendo en un gran oso el fondo bueno – y apreciaba enormemente la cultura portuguesa, la Torre de Belén, las saudades portuguesas, los aspectos dulces del alma portuguesa, donde veía tanta afinidad con el alma francesa. Aunque según su apreciación, el portugués era inferior al francés, como lo era el mundo entero, ella veía que en el portugués había una riqueza de afectividad que, de esa manera, yo nunca la vi elogiar en Francia. No sé si ella se percataba, pero eso brotaba especialmente de su modo de ser brasileño.

Amor a la Iglesia Católica

La moda francesa es muy exigente, hasta en los últimos pormenores, y en materia de trajes, mamá era muy detallista, muy exigente, en nada semejante a mi relajamiento en ese sentido. Pero se trataba de una exigencia sin “jansenismo” y sin maldad, una exigencia llena de bondad, porque ella veía en aquel amor al primor y a la perfección un deseo de volverse agradable. Es como una ama de casa que exige que la cocinera haga cierta receta con todo cuidado, para que ella pueda recibir de la mejor forma a los huéspedes; entra una douceur de vivre (Del francés: dulzura de vivir.) en eso.

plinio_pequeñoPor ejemplo, cuando mi hermana y yo éramos pequeños, en su desvelo hacia nosotros, mamá de vez en cuando nos hacía juguetes; ella a veces trabajaba hasta dos o tres horas de la mañana pintando figuritas de papel y cosas así, con esmeros y cuidados únicos. Mandó a hacer en una carpintería una casa de muñecas para Rosée, con mueblecitos comprados en una tienda de juguetes, con estilos enteramente afines, con cortinitas, etc., todo imaginado por ella.

Pero de esa exigencia emanaba afecto y era hecha por dulzura y para producir dulzura; en eso ella sabía ser muy exigente.

Antes de tratar de Brasil, consideremos cómo Doña Lucilia veía la relación Francia-Iglesia. Yo tengo la impresión de que ese problema nunca se le presentó claramente.

Debido a su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a lo que había en ella de entrañablemente católico, mamá sentía en Él, por connaturalidad, el océano superlativo y trascendente de todo lo que ella amaba en Francia; ella lo sentía en el Sagrado Corazón de Jesús y en la Iglesia Católica. De allí provenía un afecto enorme a la Iglesia Católica, pero era un afecto semejante al de una persona al cielo material. Un individuo educado en aquellas minas subterráneas de carbón tiene, con relación al cielo, una admiración que en cierto modo proviene de la privación; una persona que nació naturalmente, como nosotros, mirando hacia el cielo, posee una admiración muy grande, pero que no es el resultado de la privación, por lo cual tiene un matiz diferente.

Doña Lucilia no imaginaba cómo podía ser una vida o un alma fuera de la Iglesia Católica; era algo inconcebible. Así como poseía cuerpo y alma, ella tenía Fe; era un elemento incorporado a ella, no cabe duda.

Indagar si ella tenía alguna tendencia al materialismo es una pregunta que no se plantea, no vale la pena perder tiempo en hacerla.

En Brasil, Doña Lucilia sentía la bondad más que en otros países

Esas almas que tienen un conocimiento sobre todo por connaturalidad, no son muy expresivas, ellas comunican mucho por connaturalidad, pero no por explicitación.

Por ejemplo, el modo de hablar de Doña Lucilia, las inflexiones de su voz, contenían definiciones – parece una exageración, pero no lo es – que ella no sabría explicitar, pero estaban en su naturaleza, iluminada por la gracia, y mamá transmitía todo muy ordenadamente. Y ella mostraba que era brasileña de la siguiente manera: Para mamá, el modelo del brasileño – ella tenía cierta razón en lo que decía – era su padre. Pero también era el modelo del hombre justo, conforme a Nuestro Señor Jesucristo, virtuoso y bueno, con quien ella poseía una confianza, una admiración y un encanto completos.

En ese hombre, aunque mencionase sus aspectos más varoniles, únicamente como marco, ella resaltaba la bondad de alma, contando hechos realmente insignes. Se notaba que ella creía que toda la nación brasileña era así; su padre era, por tanto, un caso más característico, más notorio de gente que había a montones en Brasil; y esa gente era desinteresada, de visión amplia, amena, generosa, y tenía un mecanismo de interrelaciones psicológicas colosal, abierto a todos los países del mundo, más aún que Francia.

En ese punto, mamá tenía cierta restricción con Francia, considerando su actitud en relación a los otros países un poco mezquina, ácida, lo cual después se acentuó mucho en ese país.

Doña Lucilia veía vagamente un futuro enorme para Brasil, envuelto en cierto misterio, providencial, pero que se podía medir por la homogeneidad de la Fe, por la inmensidad del territorio, por lo misterioso de las florestas, selvas y ríos, así como por una forma de bondad que ella sentía en este país más que en cualquier otro, y que para ella era la gran cualidad humana e incluso la gran cualidad religiosa.

Eso sería la explicación de la psicología de Doña Lucilia. También tengo la impresión de que esa explicación es enteramente conforme a la Moral y a la Doctrina Católica, vistas ampliamente.

Ella notaba mucho que en el cariño que yo tenía hacia ella había una inmensidad de consonancia en ese sentido,  y desde pequeño fui muy afín con ella. Yo nací muy débil, muy frágil, y ella naturalmente hizo esfuerzos no sé de qué tamaño para volverme saludable. ¡Lo que ella realizó fue simplemente colosal! Pero ella sentía la plenitud con la que yo le respondía, y consentía completamente en ese punto.

Yo pensaba que completaba su alma haciéndola admirar eso y me inclinaba hacia una tesis mía que nunca le desarrollé: que las dos partes del alma humana eran Alemania y Francia. Pero no llegué a decírselo porque las brutalidades que mamá sufrió fueron tales que no entendería.

Efecto de Doña Lucilia sobre las almas

De Luis XVI y María Antonieta, por ejemplo, ella tenía mucha pena y solidaridad, pero veía mucho en las monarquías y en las aristocracias el aspecto raffiné (Del francés: delicado, distinguido, elegante), amable, bondadoso y cortés. Y en lo personal de la época del Terror (durante la Revolución francesa de 1789) ella observaba el lado brutal, sanguinario, inhumano; una vez más era la ferocidad humana mostrándose en otro aspecto, más execrable todavía: el lado igualitario y ordinario. Para ella, provenía de allí un horror hacia los que quebraron aquel antiguo régimen en el cual ella no veía un régimen de opresión, sino, por el contrario, de douceur de vivre, de refinamiento. Y tenía toda la razón, estaba muy bien formulado, se comprende bien.

Un ejemplo de eso está en su alegría al ver que yo había apreciado Versailles y en cuánto le gustaba contar nuestra visita allá. Pero no era por mundanismo,  para decir que ella tenía un hijo de buen gusto, no; era porque apreciaba Versailles. No hay duda de que esas características se encuentran en nuestra familia de almas. Si no se encuentran más es por culpa nuestra, y esta familia de almas sería mucho más si fuese notoriamente así.

Acentúo esta forma de bondad, como mamá la veía, porque si prestamos atención, toda la acción que ella ejerce sobre las almas se basa en tratarlas con esa bondad, con la intención de que se vuelvan así, buenas entre sí. Por lo tanto, analizando el efecto de ella sobre las almas, las gracias que obtiene y el efecto de su presencia espiritual sobre nosotros, notamos que va continuamente en esta dirección; no hay un minuto en el que ella no transmita esto, que es, por así decir, el mensaje de mamá.

 

(Extraído de conferencia de 18/1/1986)

 

Ejerciendo una influencia católica

Doña Lucilia influyó vigorosamente en la formación del espíritu del Dr. Plinio y, a través de él, en los espíritus de aquellos que fueron destinados por la Providencia a seguirlo.

La Iglesia atribuye a los fundadores la condición de patriarcas. Sin embargo, no se refiere a las personas que de algún modo acompañaron a los fundadores en sus orígenes. Por ejemplo, llamar matriarca de los salesianos a la madre de San Juan Bosco, por mayor que sea nuestra devoción a ella, sería forzar un poco la realidad histórica, porque de hecho la fundación fue de él, aunque ella haya influido mucho en la formación de su alma.

Rezar el día entero en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Yo, por ejemplo, tomé esta decisión: cuando vaya a Italia, si puedo, voy a visitar la tumba de Mamma Margarita, pues tengo hacia ella una simpatía y una reverencia muy especiales. Estoy seguro de que nosotros constituimos una familia espiritual cuya fundación corresponde a una relación patriarcal; de eso no cabe duda. Sin embargo, que esta relación patriarcal tenga con Doña Lucilia una vinculación diferente con la que hubo entre San Juan Bosco y Mamma Margarita, y después, entre Mamma Margarita y los salesianos, es un paso que yo tendría mucho cuidado en transponer.

No obstante, podemos considerar la influencia que Doña Lucilia ejerció en la formación de mi espíritu y, a través de mi espíritu, en la formación de aquellos que son llamados a seguir a esta familia. Cabe considerar en segundo lugar, post mortem, los ejemplos de ella, las gracias que ella obtiene, etc., y cómo actúan en ese sentido. Son cosas de diversa índole, pero que desde cierto aspecto se pueden ver en la misma perspectiva.

Doña Lucilia tuvo en la formación de mi mentalidad una impresión viva, humana y, de algún modo, muy presente. Por otro lado, de manera más reducida, tuvo un efecto análogo al que sufrí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Todo lo que he comentado a respecto de esa iglesia y su impresión en mí y, más que eso, mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tiene una cierta relación con Doña Lucilia, porque ella era devotísima del Sagrado Corazón de Jesús y se deleitaba yendo a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Me acuerdo que mi padre, en cierta ocasión, le hizo una broma. Intentamos buscar una casa cercana a esa iglesia. Él dijo: “Eso no resultará, porque Lucilia, con esa iglesia cerca, dejará todo y pasará allá todo el día; no hará otra cosa, se quedará rezando allá todo el tiempo.”

Ella no dejaría de cumplir sus deberes, pero ¡qué fracciones enormes de tiempo ella dedicaría a la iglesia! Si su marido reclamase, ella atendería, pero sería necesario que él lo hiciese, porque de lo contrario ella iría… indiscutiblemente…

Afecto de Nuestro Señor, estados de espíritu y confianza

“Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

Pero había tanta influencia de esa devoción sobre ella, y tanta correlación entre ella y la atmósfera de la iglesia, que cuando yo era pequeño miraba de reojo a Doña Lucilia rezando y decía: “¿Qué relación hay entre ella y esto? Parecen una misma cosa…”

Y en el fondo, por lo que Doña Lucilia ayudó a enseñarme – no fue la única; la que principalmente me enseñó fue la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana –, puedo decir que yo desde la infancia fui católico por causa de su influencia. Ella me condujo a las fuentes del Bautismo, me enseñó el Catecismo, lo que hace toda madre. Pero yo, por la gracia, en la medida en que iba conociendo a la Iglesia Católica, me adhería a ella sin ninguna discusión. No con arrebatamientos de entusiasmo, sino con una adhesión tranquila, profunda: “¡Es esto! ¡Esta es la Iglesia de Dios! ¡No se discute!”

Recuerdo de la primera vez que yo supe – era muy niño – que había gente que discutía si Jesucristo había existido o no, si Él fue Dios… Pregunté: “¿Pero son unos locos?” ¡Bastaría mirar hacia una imagen de Él para comprender que un hombre, basándose en una mentira, no puede inventar lo que está aquí! O Él es una realidad o una mentira. Sin embargo, yo lo veo y percibo que es una realidad, no una mentira.

Ella contribuyó de un modo enorme para dos cosas: primero, ayudarme a poner mi atención y mi afecto en esa línea. Y en segundo lugar porque había mucha semejanza de temperamento entre ella y yo y por esa razón notaba que se vertía sobre mí, partiendo de ella, una serie de estados de espíritu que me influenciaron mucho, y tal vez no hubiese sido así si ella hubiese muerto prematuramente, o hubiese sucedido algo análogo.

Y una influencia muy grande en una cosa: la confianza en la Providencia. ¿Por qué se daba eso? Porque teniendo confianza en ella, yo comprendía mejor cómo debe ser la confianza en Nuestra Señora, incomparablemente más santa y superior a ella. Y yo me decía a mí mismo: “Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

De estas reflexiones me venía mucha tranquilidad, estabilidad, y varias otras cosas que considero preciosas para la vida y que aprendí con mi madre.

Habría muchas otras cosas qué decir, pero esas son las principales.

(Extraído de conferencia de 6/2/1986)

Un alma irisada

Entre los aspectos de la personalidad de Doña Lucilia se destacaban las armoniosas alternaciones de estados de espíritu, haciendo su alma semejante a las piedras irisadas, en las que los colores nacen unos de otros.

Cuando comencé, por así decir, a conocer a mamá, ella estaba en la edad de 35 años, más o menos. Ella murió con 92 años. Por lo tanto, la conocí, prácticamente durante 60 años. ¡Eso es conocer bien una persona!

El mayor bien que la vida puede dar

Doña Lucilia con Plinio en los brazos

Además, ella me hablaba mucho de su pasado – que, por cierto, no era largo – como también del pasado de la familia, y con eso la conocía aún mejor. He notado muy bien y pude seguir, por la larga evolución que presencié en su alma, cómo fue su holocausto. Doña Lucilia era educada en la concepción de la vida vigente en las señoras del  medio social en que se formó, en la San Pablo del tiempo de ella. Dentro de esa concepción, ella poseía mucho la idea, que el afecto y el cariño, derivados de la mutua comprensión de las almas, y del bien, eran las mayores riquezas de la vida en lo que se refiere a la relación humana en esta Tierra. Eran riquezas menores que la fe; pero, por lo que se refiere a las relaciones terrenas, constituían el mayor bien que la vida puede dar. Según esta visión de la existencia, el papel de la madre de familia, de la esposa, era irradiar eso en torno de sí, de manera que la familia fuera una especie de santuario de esa comprensión mutua, de que se quiere bien; un lugar donde las personas se encontrarán en una determinada convivencia, y allí encontrarán la fuerza necesaria para enfrentar las dificultades de la vida. Por lo tanto, la gran contribución de la mujer era precisamente perfumar la familia con todo eso. Esta concepción, católicamente  entendida, no tiene nada de sentimental, ni de romántico. Por lo tanto, estoy de acuerdo con ella, y es perfectamente verdadera. Inserida en esa concepción venía la idea – con la que estoy de acuerdo- de que cuando una persona irradia de esa manera la bondad, ella vence todos los obstáculos, porque la bondad conmueve todas las almas, arrastra todos los corazones y resuelve, de un modo inefablemente eficaz, las dificultades que otros modos de proceder no solucionan.

Es decir, para los tiempos y en los ambientes en que Doña Lucilia vivió, habría mucho de eso sin ser enteramente eso. Ella misma contaba los hechos de su familia y de su propia vida, en que la bondad no había resuelto nada. Pero ella narraba como episodios excepcionales, memorables por el horror, y medio espantada de que eso hubiera sido posible. Yo comprendía que en una determinada orden de cosas buenas eso podría ser así, y concordaba completamente con ella.

Ánfora de donde el buen perfume del amor cristiano se irradiaba

En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada.

Doña Lucilia hizo consistir, en su programa de vida, ser la madre católica que esparcía ese amor cristiano en torno a sí, llevando a todos a Dios en las vías de la virtud. En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada. No fue solo ella que me contó eso, pero también su madre y sus hermanas. Cuando ella iba a alguna reunión o fiesta en la sociedad, era una dificultad para sacarla del ambiente, porque todo el mundo tenía más una palabra para decirle, todos buscaban agarrarse a ella, en fin, era buscada. Y, en la familia, era muy considerada como un ánfora donde ese buen perfume se irradiaba. Sin embargo, se fue enfrentando con la invasión de la brutalidad moderna, con cuya entrada, después de la Primera Guerra Mundial, comenzó a surgir otro mundo. Con ello, las personas que ella esperaba mover por la bondad ya no se movían así, y la dejaban incomprendida, aislada y puesta de lado, como alguien que ofreciera, por ejemplo, una bebida fuera de moda que nadie más quiere beber. Eso iba significando  para ella una tristeza proveniente del rechazo sufrido. Pero, junto con la tristeza de la repulsa, venía la incomprensión de lo incomprensible: ¿¡Cómo es que esto llegó a ser así!?

Además, se ponía para ella otra cuestión: “Si las cosas se ponen así, estoy sobrando en la vida, sin misión y sin sentido, lista solo para recibir los rechazos, los desprecios, la indiferencia a lo largo de mi existencia. ¿Qué haré? Seguiré siendo la misma, sin quitar ni poner, hasta el fin. El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María recibirán de mí lo que los otros rechazan. Ella sabía, sin duda, que el hijo de ella también recibía, ampliamente y grandes tragos lo que los otros rechazaban, Pues la trataba y agradaba completamente en ese nivel, piensen los otros lo que quisieran. Evidentemente, esto no quiere decir, que eran brutos, y no delicados con ella. Era aquella incomprensión educada, con un rechazo puesto como un vidrio entre ella y la realidad.

Perdonando sin límites

Doña Lucilia en la década de 1940

Mamá comprendía que su modo de ser tenía un determinado sentido y correspondía al modo de ser de la Iglesia, de Nuestro Señor Jesucristo, dilatado por ella en la medida en que podía. Enfrentando esos rechazos, Doña Lucilia sabía recibir negaciones análogas a las padecidas por nuestro Señor Jesucristo. Así, con una dulzura y una bondad semejante a la de él, a cada golpe de la incomprensión educada, a cada indiferencia, a cada irreflexión de la brutalidad florida, ella respondía como si fuese la primera vez, olvidándolo  enseguida. Esta era su conducta constante: perdonando, perdonando,  y ¡perdonando sin límites!

En este caso, a este respecto, el menor problema axiológico, comprendiendo perfectamente estar realizando una determinada vía, y que las cosas corrían como era razonable que corrieran: muy duras, muy difíciles, pero ella se entregaba totalmente. Esta determinación ella quiso llevar hasta el final. Cuando llegó el momento de su muerte, la gran “Señal de la Cruz” que ella hizo – mamá era muy comedida y no solía hacer grandes señales de la Cruz, ni era costumbre de las señoras de su época- creo que esto significa: “¡Está hecho!” Tal vez ella piensó en el “Consummatumes ” (del latín: “Está consumado” (Jn 19, 30)). De esta manera Doña Lucilia caminó. ¿Habrá comprendido mi vocación a punto de ofrecer ese sacrificio para que yo seguir siendo como era y, gracias a Dios, soy? Es muy probable, todo lleva a creer que sí. Sin embargo, no puedo afirmar porque mamá nunca me dijo, y nunca le pregunté. Tengo la impresión de que nada la mortificaría más si yo me saliese del camino en el que ella me veía. En este sentido, es significativa la actitud de ella cuando volví del viaje que hice a Europa en 1950. Mamá me abrazó, besó, agradó, tomó un poco de distancia y me miró bien. Yo no podía sospechar lo que estaba pasando por la mente de ella, y me dejé mirar. Ella me abrazó de nuevo y dijo: “¡Hijo mío, tú eres el mismo de siempre!” Por ahí se ve lo que representaría para ella si yo no fuera el mismo…

Bondad y ternura son hermanas inseparables de la combatividad

¿Qué valor tuvo su presencia junto a mí? Doña Lucilia quería afirmar la prevalencia de esta virtud cristiana en el ambiente de ella, pero no lo logró. sin embargo ella alcanzó otra cosa: que yo, objeto de ese amor, inundado y extasiado por ese amor, conservara de él una remembranza la vida entera, teniendo por él una admiración llena de veneración y de afecto, y toda clase de placer, en todas las formas y grados; y, llevando a mi combatividad a límites que mi vocación exige, yo conservaría mi encanto por lo que mamá representaba, y comprendía así que esa bondad y esa ternura son las hermanas inseparables de la combatividad verdadera. De manera que me convertía en un luchador, pero no un brutamonte. Si yo fuera a tratar a la brutamonte las almas afligidas, probadas, débiles, habría constituido un desierto en torno de mí, y habría perdido muchas almas que Nuestra Señora deseaba salvar. Más aún: debiendo predicar, hasta el último límite permitido por la Doctrina Católica, la devoción a María Santísima, con un alma de brutamonte yo no lo haría, porque esa devoción comporta todas estas dulzuras de un modo indecible, o no existe. Por lo tanto, lo que constituye la estrella de nuestra misión – propagar la devoción a Nuestra Señora – eso sería deshecho. Además, yo no habría entendido tantos aspectos de la Iglesia Católica tachándoles erróneamente de blandos, de capitulación. ¿Yo habría entendido bien a nuestro Señor Jesucristo? No sé… Y, diciendo eso, digo todo.

Modelo de la dulzura de vivir

El ejemplo de mamá me ayudó a adquirir una disposición de espíritu tranquilo, por donde, gracias a la Virgen, no tengo odio personal a nadie, y quiero bien a cualquier persona que no sea nociva a la Causa católica.

Cuánto esa forma de ser me ayudó, a lo largo de la vida, a ejercer un arte que nuestra vocación exige: el arte de esperar sin quedar amargo, agrio, sin revelarme, ni indignarme, sino esperar con la suavidad con que ella esperó.

Quien considera el “cuadrinho” ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

He aquí el enorme valor del ejemplo dado por Doña Lucilia, no solo porque la vi cumpliendo siempre esa actitud, sino porque vi “gotear la sangre del alma ella”. Es decir, la “sangre” por ella derramada ha tenido para mí ¡una inmensa utilidad!

Creo que la verdadero douceur de vivre (dulzura de vivir) renacerá en el Reino de María, en medidas inimaginables. Y Doña Lucilia esperaba este douceur de vivre florecer largamente, ser una categoría del espíritu humano.  Para mí, ella fue un modelo de la dulzura de vivir, como tal vez no entienda quien no la conoció de cerca.

Cuando voy, los domingos por la tarde, visitar la sepultura de ella y veo aquella gran cantidad de personas rezando allí, pienso: “Si ella estuviera viva, qué dulzuras tendría para cada uno, cómo los acogería, individualmente, con un modo tan atrayente, simpático, y, al mismo tiempo, digno!”

¡Uno no puede tener idea de cuánto cabía de señorío y de suave feminidad materna en todo ese modo de ser de ella! Quien considera el “cuadrinho” (Cuadro a óleo, que mucho  agradó al  Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base de las últimas fotografías de Doña Lucilia),  ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

Cuantas veces me pasó por la mente grabar su timbre de voz, pero no sé por qué no lo grabé.

Así quien no la conoció podría haber tenido una idea de lo que era, por ejemplo, el modo de ella dirigir la palabra a una persona. Cómo las frases iban subiendo y decreciendo, la entonación, la inflexión de voz, por donde el deseo gentil y afectuoso de introducir al interlocutor en el asunto se expandía y se manifestaba.

Grandeza y dulzura

Doña Lucilia en traje de gala

Otro aspecto de la personalidad de ella que me encantaba eran las alteraciones armoniosas, o sea, cómo ella, con dulzura y armonía pasaba de un estado de espíritu para otro. En esto había una particular condición de la bondad de ella.

Jamás gusté de personas que saltan su un extremo de estado de espíritu para otro. Me agrada ver cuando un alma va armoniosamente hasta el otro extremo de un determinado estado de espíritu, y notar cómo, dentro de este, está el otro presente. Esto forma el verdadero equilibrio, el cual no consiste en quedarse en el medio término.

Por ejemplo, un guerrero que, en la fuerza de su furor, ataca al adversario y, de repente, es capaz de parar para socorrer a un niño. Sin embargo, si pasa, de repente, alguna cosa que él debe repeler; entonces del medio de su cariño levanta una llamarada de indignación. Eso no es saltar de un extremo a otro, sino es pasar equilibrada y temperantemente de un estado de espíritu a otro. ¡La templanza es eso! Doña Lucilia tenía mucho de eso. Era un alma irisada. En las piedras irisadas, los colores nacen unos de las otros. Las señoras, en mi tiempo de pequeño, se presentaban en sociedad con solemnidad, con gala. Y esta suponía cierto señorío, cierta altanería, por tanto, hasta cierto dominio.

Se nota algo de esto cuando se considera la fotografía de Doña Lucilia en traje de gala, en París. Recuerdo con qué encanto varias veces yo la vi prepararse para ir a fiestas. Mientras se arreglaba, ella iba conversando con mi hermana y conmigo. Éramos pequeñitos y hacíamos preguntas bobas que los niños a veces hacen. Y ella iba hablando con nosotros, con esa afabilidad incomparable.

Cuando ella estaba lista, asumía la postura de la señora que parte en su gala. Me parecía todo aquello muy bonito, pues siempre me gustó las cosas imponentes, y me quedaba encantado.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

Pero, niños como éramos, tanto mi hermana como yo hacíamos las incursiones en medio de eso. Ella cambiaba inmediatamente, volvía a aquella  misma dulzura, jugaba, hablaba con nosotros, y luego retomaba su aire grandioso.

En aquel tiempo las señoras usaban cabellos largos, y era una tarea difícil arreglarlos de manera que queden decorosos y bonitos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, ella acababa de peinarse cuando – llevado medio por afecto, medio por admiración – me deshice en agrados sobre ella. Sin tener noción del desastre que estaba haciendo… Y para agradarla aún más, comencé a revolver sus cabellos recién peinados. Las personas que estaban cerca, exclamaron: “¡Plinio, pare, está estropeando el cabello de su madre!” Ella intervino: “Déjenlo que haga todo cuanto quiera. No quiero que mi hijo diga que, a causa de un peinado, lo alejé de mí”.

Solo más tarde entendí todo el alcance de ese gesto.

(Extraído de una conferencia del Dr. Plinio en 17/7/1982)

Seriedad florida

Doña Lucilia fue la persona más seria que el Dr. Plinio conoció en su vida. Tenía ella un espíritu muy profundo que unía habitualmente todas las cosas a las más altas consideraciones. Al mismo tiempo, poseía una amenidad, una dulzura y una saludable alegría de existir, incluso en las ocasiones más dramáticas.

cap10_028Yo debo mi formación contra-revolucionaria fundamentalmente a la convivencia con mamá.
Más a la convivencia con ella que a principios abstractos enseñados por ella. Doña Lucilia no era una doctora en Filosofía, sino una ama de casa, y sabía lo que comúnmente una ama de casa sabe. No poseía esos conocimientos abstractos; y a mí tampoco me gustaría que los tuviese. Yo venero a esos espíritus abstractos, hago de ellos el aire de mi alma, pero corresponden más al varón que a la dama.
Aprendí con ella una cosa diferente y que yo no sé enseñar; ella supo y yo no sé: es la seriedad florida. Ella fue la persona más seria que conocí en mi vida. Tenía un espíritu muy profundo que unía habitualmente todas las cosas a las más altas consideraciones. Y por causa de eso, con una integridad de juicio moral muy grande y, por lo tanto, rechazando lo que debe ser rechazado. Pero a la vez, una amenidad, una dulzura… y podía verse que la seriedad colocaba dentro de ella un ambiente tan agradable, tan perfumado, tan lleno de una saludable alegría de existir, incluso en las ocasiones más terribles, más dramáticas en las que yo la vi. Observando su saludable alegría de existir, comprendí en ella, experimentalmente, que la seriedad es la única fuente de la verdadera felicidad. Por allí viene el resto.
En sus fotografías se puede ver eso. Se podría escribir debajo de ellas: “¡Seriedad florida!”
A los 92 años, cuando nada más florece y todo habla de sepultura, había cualquier cosa en ella de ameno, de deleitable, que no dejó de encantarme hasta el último instante de su vida.

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio de 27/8/1983)

La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Preparándose para recibir la Eucaristía

Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Hubo un marco en la infancia de Plinio que mucho contribuyó a incrementar su devoción, ya tan profunda, al Sagrado Corazón de Jesús: la Primera Comunión, el 19 de noviembre de 1917. El Autor tiene absoluta certeza de que ése fue uno de los días más felices de su existencia, desde que tuvo conciencia de sí mismo. Varias veces, a lo largo de los años, solía citar la célebre respuesta de Napoleón Bonaparte cuando le preguntaron cuál había sido la ocasión más feliz de su vida: «El día de mi Primera Comunión». El Dr. Plinio guardó en su alma esa frase, porque a él le había ocurrido lo mismo. Entre tantas magníficas reformas emprendidas por el Papa San Pío X, hubo dos que trajeron para la Iglesia una enorme irrupción de gracias y frenaron la avalancha revolucionaria de inmoralidad y perdición de la humanidad, produciendo una tremenda sacudida en la obra de satanás en el mundo. La primera fue el incentivo para recibir la Comunión frecuente, diaria si fuese posible, a través del decreto Sacra Tridentina Synodus, del 20 de diciembre de 1905, que puso punto final a las nocivas tendencias contrarias que, bajo pretexto de honrar debidamente al Sacramento del Altar, enfriaban el fervor de las almas y las apartaban de Jesús Hostia. La segunda, no mucho tiempo después fue, mediante el decreto Quam singularis, del 8 de agosto de 1910, la recepción de la Eucaristía para los niños, para lo que el Santo Padre establecía, como edad suficiente, la de discreción de juicio, es decir, cuando uno es capaz de raciocinar.
¡En otros tiempos se tardaba mucho en hacer la Primera Comunión! Pero después de la medida tomada por San Pío X, la piedad eucarística hizo progresos extraordinarios, las Comuniones se volvieron muy frecuentes y las manifestaciones de religiosidad, múltiples: en todas las iglesias se veían multitudes de niños llevados por sus padres para acercarse a la Sagrada Mesa. Como no podía dejar de ser, en una persona tan piadosa y seria como ella, Doña Lucilia tenía un alto concepto de la gracia de la Primera Comunión. En 1917, considerando que Plinio y Rosée habían alcanzado la madurez conveniente, quiso que continuasen el curso de catecismo por separado de los otros niños de la parroquia, con el fin de proporcionarles una formación más cuidadosa y compenetrarlos de la importancia del hecho. Obtuvo, así, que el párroco
de la Iglesia de Santa Cecilia, el P. Pedrosa, impartiese clases particulares a sus dos hijos y a su sobrina Ilka, contribuyendo, de hecho, para un mayor provecho.
«Llegaron las gracias de la Primera Comunión y una instrucción más exacta, en cursos regulares de doctrina católica, de catecismo, de Historia Sagrada. Y me venía la idea complementaria de una gran institución que, más aún que el ambiente temporal y la convivencia con los míos, era fuente de esta acción de Cristo sobre los hombres. Y que, si mi ambiente era así, era porque estaba unido a esa fuente. En definitiva, si Él tenía ese nexo con mi alma, era porque yo era católico. Era, por tanto, dentro de la concha sagrada de la Iglesia, que podía encontrar a Nuestro Señor Jesucristo».Comentaría Dr. Plinio en una reunión del 12 de abril de 1989.
Incluso en el contacto con una persona consagrada a Dios, como lo era el sacerdote, Plinio «sentía cierto efecto sacralizante, y esto ayudaba para tener una idea más precisa del Dios que iría a recibir en la Eucaristía». Todo se unía para elevar su espíritu, haciéndolo crecer en respeto y veneración por la Iglesia: el bello ambiente de la sala donde se impartía el curso, en la Iglesia de Santa Cecilia; la materia tan santa, y sobre todo, un punto de la doctrina católica, calificado por él como uno de los mayores encantos de su vida: el dogma de la infalibilidad pontificia. «Eso me dio mucha seguridad y mucho reconocimiento y admiración por Nuestro Señor, por haber ideado una Iglesia así».
Los recuerdos del Dr. Plinio bien reflejan el clima de piedad y de inocencia que precedió al gran día: «El papel de Doña Lucilia siempre fue de una simplicidad extraordinaria: no crean que cuando yo llegaba a casa, intentaba ella completar lo que el sacerdote había enseñado, haciendo un comentario sublime. Su presencia, que no sé cómo describir, y su gran devoción al Sagrado Corazón de Jesús, favorecían una atmósfera de elevación, creando las condiciones para que yo tuviese apetencia por los temas de la fe». «Lo más importante era la manera profundamente religiosa de portarse delante de nosotros, irradiando piedad y devoción en toda su vida y forma de ser. Cuando ella decía “Filhão, ¿estás volviendo del catecismo?”, la palabra catecismo era pronunciada con tanto respeto y realzada por su mirada, de forma que me quedaba
encantadísimo con aquel ejemplo vivo y me dejaba penetrar en profundidad por aquello».
Unos días antes de la fecha fijada para la ceremonia empezaban a llegar los regalos. En general, según la praxis de la época, se trataba de láminas o de pequeñas imágenes de metal fundido o, a veces, incluso de plata, casi siempre con motivos eucarísticos, puestas sobre plaquitas de piedras de colores como ónix, jaspe, lapislázuli o mármol. Y Plinio, siempre sensible a piedras y colores, las analizaba con detenimiento, sacando conclusiones.
«Recuerdo que examinaba esos mármoles y me parecía que las gracias que iba a recibir tenían algo de imponderablemente parecido con ellos». «Eran recuerdos que daban al niño el sabor de la alegría sacral y del buen gusto de las pompas de la tierra, puestas al servicio de la piedad y situaban prestigiosamente la Religión en el firmamento cultural infantil».

Regalo que recibió Plinio unos días antes de su
Primera Comunión. El original, de color verde,
se rompió accidentalmente unos años después,
siendo sustituido por mármol de otro color

Una de esas estampitas, hecha en mármol verde veteado, le agradó particularmente. Tenía un aspecto como de mar petrificado y viéndola pensó «que había fundamento en la propia esencia divina para que esa piedra fuese así y que algo del mismo Dios se conseguía entrever mejor analizándola». Colocado sobre la piedra, había un medallón
que representaba al Discípulo Amado con la cabeza reclinada sobre el pecho de Jesús, en una postura de completa sumisión al Divino Maestro, que atrajo a Pli-nio, tan amante de las jerarquías. Dejemos que él mismo narre sus impresiones: «¡Qué respetable y venerable me parecía el gesto de Nuestro Señor Jesucristo con San Juan Evangelista! Siendo antiigualitario por vocación, por todos los impulsos de la gracia en mí, me extasié al contemplar la actitud tan bondadosa, pero también doctoral y grave, de Nuestro Señor en esa imagen que parecía decir algo que no era una censura a San Juan y sí a la naturaleza humana en cuanto afectada por el pecado original. San Juan Evangelista está filial, débil, sintiendo su propia fragilidad y pidiendo a Nuestro Señor que lo apoye en su debilidad. Le agrada oír los avisos que recibe sobre sus flaquezas, mas, al mismo tiempo, se reconoce insuficiente para vencerlo. Pero tiene tanta confianza y seguridad de que será atendido, siente tanta bondad por detrás de la advertencia solemne de Nuestro Señor, que hasta reclina la cabeza sobre sus hombros. […] Esto me hacía elevarme mucho y me hacía apreciar esa nobleza divina, regia, magistral de Nuestro Señor, que mi vista de niño, deseosa de ver expresiones mucho más altas aún de todo eso, procuraba anticiparlas, anteviéndolas desde ya, expresadas en Nuestro Señor».

La primera Confesión, tomada muy en serio

Ahora bien, para cumplir con las directrices del Papa, antes de ser admitidos los niños a la Comunión, todos debían presentarse en el tribunal de la Penitencia. En el caso de Plinio, la primera Confesión fue muy difícil, aunque él se la tomó con toda seriedad.
En la víspera de la solemnidad, la Fräulein Mathilde llevó a los niños a la iglesia. Al entrar, preguntó al niño:
— Plinio, ¿estás arrepentido de tus faltas?
Unos días antes, al escuchar la expresión llorar los pecados, Plinio no había entendido el sentido figurado de la expresión y dedujo que sólo tenía verdadera compunción la persona capaz de derramar lágrimas por el mal practicado. Él, sin embargo, de índole plácida y estable, aunque lamentaba sus faltas, no sentía ganas de llorar. Con recelo de hacer una Confesión sacrílega, respondió:

Fraulein Mathilde Heldmann

Fraulein Mathilde Heldmann

— ¡No!
Ella exclamó:
— ¿Cómo? ¡Arrepiéntete! ¡Haz un Vía Crucis y contempla la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo! Plinio obedeció, pensando que, de hecho, era conveniente para un alma «dura» como la suya y, después de hacer todas las estaciones, volvió a presentarse a la alemana. Ésta, inflexible, indagó:
— ¿Ya estás arrepentido?
— Todavía no.
— Ah, ¡tienes que arrepentirte! Así que, ¡otro Vía Crucis!
La institutriz tenía una noción inexacta de la contrición, creyendo que dependía del sentimiento, cuando, en realidad, es un acto de la razón proveniente de una gracia.
Otra cosa es el llamado don de lágrimas, que consiste precisamente en un arrepentimiento tan perfecto de la persona, que llega hasta el punto de llorar por causa de sus propias faltas. Sin embargo, ese sentimiento no es el resultado de un esfuerzo:
es también una gracia de Dios.
«La compunción no es una pena sensible sino un profundo tomarse en serio los datos ofrecidos por la Fe: “Si yo hice mal tal cosa, me pesa de haberla hecho y no voy a repetir lo que hice”».
«Por lo tanto, la esencia del arrepentimiento es: primero, la consideración lúcida del acto realizado; segundo, el reconocimiento de todo el mal que había en ese acto; tercero, ser consciente de que no debería haberlo practicado; cuarto, propósito de no repetirlo».
Finalmente, después de tres o cuatro Vía Crucis y varios intentos para despertar cierta conmoción de pesar, la Fräulein dijo:
— Bueno, vete ya a contarle al sacerdote el estado de tu alma.
Se dirigió al confesionario y leyó delante del sacerdote la lista de todas sus faltas, escritas cuidadosamente en un papelito para no olvidarlas. Después, declaró el problema de conciencia que le angustiaba. El confesor sonrió y le dio las aclaraciones pertinentes. Enseguida le dio la absolución y todo quedó resuelto. Cuando llegó a casa, Plinio se acordó de que se había olvidado la hojita en la iglesia y, afligido, le dijo a Doña Lucilia:
— Mamá, ¡he perdido el papel de la confesión! Debe haberse quedado en el confesionario, ¿qué hago? Imagine si alguien la
coge…
Doña Lucilia intentó calmarlo, porque sabía que no tenía ninguna falta por la que pudiese ser ridiculizado y respondió:
— Ahora ya está cerrada la iglesia; mañana tu madre irá para ver si encuentra la hojita. No te preocupes, hijo, quédate tranquilo.
Pero una criada, ya mayor, llamada Magdalena, que prestaba el servicio de lavandera para la familia, escuchó la conversación y le hizo gracia, así que interrumpió la tarea de ordenar la ropa y salió corriendo, para intentar encontrar la hoja. «Yo estaba muy incomodado pensando en la vergüenza que suponía que una tercera persona conociese la lista de mis pecados. Miré a mamá que, a pesar del apuro en el cual me veía, estaba en completa serenidad. Y pensé:“Si ella está tan tranquila, será porque no es tan grave”». Felizmente, Magdalena volvió diciendo que no había encontrado nada.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 268 ss.

…un amor mutuo en Jesús y María

Continuando con la obra de Mons. João S. Clá Dias, El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira, en que nos deja las siguintes consideraciones.

Al Autor le gustaría ser un poeta para describir, con toda propiedad, lo maravilloso que era esta convivencia entre los dos. Innúmeras veces tuvo la oportunidad de asistir a los momentos en que se encontraban. Una era la relación entre ellos cuando el Dr. Plinio pronunciaba conferencias públicas o en la sede (en sentido más amplio que el comúnmente usado, el término sede se empleaba, entre los discípulos del Dr. Plinio, para designar cualquier casa del movimiento fundado por él) situada en la Rua Vieira de Carvalho, donde se reunía con sus seguidores, allá por los años de la década de 1950. En esas ocasiones el trato entre ambos parecía común. Otras eran las manifestaciones de bienquerencia mutua que el Autor pudo comprobar cuando frecuentó la casa de Doña Lucilia durante la crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en 1967.
En ese periodo Doña Lucilia asistía a la parte final de las comidas de su hijo, que las hacía recostado en el sofá de su despacho debido a la enfermedad. Algunos discípulos del Dr. Plinio también le hacían compañía en ese momento. Ella entraba con discreción y compostura, saludaba a los presentes y permanecía en un lado, recogida, mirándolo. Terminado el postre, las personas se retiraban ¡y ellos dos sequedaban a solas!…

Aunque Doña Lucilia no fuese su madre, el Dr. Plinio tendría por ella el mismo afecto filial Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento

Como la sirvienta dejaba la puerta entreabierta,  el Autor podía, a través de una rendija, observar muchas y muchas veces una escena conmovedora: Doña Lucilia se aproximaba bien al sofá del Dr. Plinio y se inclinaba sobre él, quedando un brazo de distancia entre los dos. Entonces él cogía su mano, la besaba varias veces y le hacía unas caricias un poco «truculentas», dando palmaditas con cierta fuerza y diciendo:
— ¡Mãezinha querida, mãezinha querida de mi corazón!
Ella, al contrario, acariciaba sus manos con mucha suavidad y apenas decía:
— ¡Filhão, filhão querido! ¡Cuánto te quiero, hijo mío! ¿Estás bien?
— Sí, mãezinha, y ¿cómo ha dormido usted esta noche?
— Dormí muy bien.
Ella, a veces poniéndole la mano en el rostro le acariciaba con mucho afecto y decía:
— Hijo de mi corazón, ¿sabes que tu madre te quiere mucho?— Y ¿mi mãezinha sabe cuánto la quiero yo?
Así pasaban diez minutos, contados en el reloj, de gestos de agrado y cariño. Los dos casi que ni conversaban, sólo convivían.
Y quien lo observaba veía en esa bienquerencia exuberante un extraordinario amor a Dios. En el fondo, ella le hacía una compañía sin igual en el campo de la virtud, y él, a su vez, en reconocimiento a la inocencia de ella, la retribuía con extraordinaria afectividad.
Después de ese tiempo establecido entraba la empleada, cogía la silla de ruedas y comenzaba a moverla diciendo:
— Ya es la hora, madame. Los médicos aconsejan que el Dr. Plinio descanse.
Doña Lucilia respondía de forma imperiosa:
— No, no, Mirene. ¿Qué es esto? No quiero irme. Déjame aquí. Voy a quedarme con él. El Dr. Plinio, percibiendo que la gobernanta no conseguiría vencerla, se volvía hacia ella y, mirándola con bienquerencia, intervenía:— Mamá, infelizmente los médicos han recomendado reposo. ¿Qué podemos hacer? Con cuánto dolor voy a tener que despedirme de usted, pero no hay remedio…

Siempre revestida de mucha solemnidad, distinción y finura,
sin excluir a nadie del trato con ella
Doña Lucilia en 1968

Ella, entonces, comprendía:
— Está bien, filhão. Me despido, pero con dolor en el corazón.
Ella iba alejándose, mientras hacía un gesto de adiós. Al final, cuando llegaba a la puerta, besaba la palma de su mano y soplaba el beso en dirección a él.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos

En ese corto intervalo, lo que de hecho dejaba encantado al Autor era el ver a los dos, madre e hijo; ella, una señora de noventa y dos años, y él, un señor de sesenta, conviviendo en una intimidad total, pero con extraordinaria reverencia del uno por el otro. El respeto es, justamente, el antepecho que más ayuda a las personas a mantenerse en la línea de la perfección. Si la intimidad rompe ciertas barreras, se pierde el respeto, las relaciones se vuelven igualitarias y Dios acaba por desaparecer. Por eso, ella lo trataba como filhão, y él siempre se dirigía a ella llamándola de señora y nunca tratándola de tú.
Alguien podría imaginar que la conversación entre ellos sería larga, sobre temas teológicos o doctrinales, pero no era lo que sucedía; lo principal era un agrado mudo y rico en imponderables, dentro de una serenidad, suavidad y armonía sublimes. Se hablaban mucho por la mirada. ¡Cuántas y cuántas veces se cruzaron las miradas de uno y otra y se entendieron más de ese modo que con las propias palabras, durante toda la vida!
Es necesario tomar en consideración que la gran trascendencia de los fenómenos místicos ultrapasa nuestra naturaleza pequeña y apocada, más o menos como una hormiga cerca del Himalaya. Esta comparación falla, sin embargo, pues la hormiga tiene proporción con la montaña, ya que ambas, aunque haya una inmensa desigualdad de tamaño, son limitadas. Con todo, ¿cómo poner en términos concretos la relación de un alma con Dios, que es infinitamente más grande que nosotros?
Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Estas palabras de Jesús no eran, de hecho, una gran novedad,porque ya en aquellos tiempos los judíos tenían fe en esa presencia de Dios, y circulaban entre ellos muchos proverbios que afirmaban que, cuando dos o más estuviesen comentando las Escrituras, Dios se haría presente. Sin embargo, Nuestro Señor aplica y reduce a Sí esta antiquísima creencia hebraica y asegura que, estando reunidos en su nombre, Él estaría entre ellos. Por tanto, una vez más, Él se revela como Dios.
Así, Doña Lucilia y el Dr. Plinio se reunían en nombre de Nuestro Señor, poniendo el amor a la Iglesia por encima de todo, haciéndose sensible la presencia de Dios para quien tuviese el encanto de verlos juntos: era el encuentro de dos grandes almas inocentes, unidas a Dios por completo, reflejándolo con diferentes coloridos y aspectos, pero, al mismo tiempo, afines. Según la imagen que el propio Dr. Plinio usó, «se formaba una relación de espejos paralelos»: Es Dios, que está en el alma de uno, contemplándose y amándose a Sí mismo en el alma del otro.
En diversos comentarios hechos ya al final de su vida, explicó el Dr. Plinio que esta reciprocidad de afecto estaba fundamentada en Nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima y podría haber dicho también, en la Santa Iglesia. «Éste era el cimiento de nuestro mutuo amor maternal y filial: se trataba de un amor en Jesús y María. Es decir, que era conforme al amor de Jesús y María, una pálida imitación humana del amor de Jesús y María, que, dicho sea de paso, pertenecen a la humanidad:Nuestro Señor es el Hombre-Dios, y Ella, una criatura humana, siendo, por lo tanto, algo enteramente bueno, santo, como debe ser».

Como un arco gótico

 En la convivencia con Doña Lucilia y habiendo ya conocido de cerca al Dr. Plinio, se constituyó en su alma un como que arco gótico, hasta entonces inexistente. De hecho, así como una ojiva no se compone sólo de una parte, sino que su belleza consiste en el encuentro de los dos lados que se apoyan el uno en el otro, también en la obra de la Creación hay, ante todo, una razón de pulcritud en el hecho de que Dios haya ideado algo comparable a un arco gótico entre el hombre y la mujer. Dios, siendo infinito, tiene opuestos tan armónicos y tan extremos que no cabrían sólo en el hombre: era necesario que fuese completado por la figura de la mujer.
Así, el encontrar en el alma de la madre los reflejos de Dios, armónicos pero complementarios a los que había visto en el hijo, proporcionó al Autor una nueva perspectiva; entendió la misión del Dr. Plinio observando a Doña Lucilia y la misión de ella, observándolo a él. Y, en determinado momento, llegó a la siguiente conclusión: debido al caos y desvarío en que estaría sumergida la humanidad en el siglo XX por obra de la Revolución, la Providencia quiso suscitar una dama y un varón, madre e hijo,
para presentar este modelo de relación humana basada en el amor que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra: «Como Yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En este sentido, Doña Lucilia es un camino para que podamos comprender bien al Dr. Plinio: «Siento que ella, con su dulzura y suavidad, me completa magníficamente ».

El amor de madre se sumaba a la disposición de
obedecer al hijo en todo, ayudarlo y servirlo
Doña Lucilia en su piso, en marzo de 1968

Había una misteriosa relación entre ellos, por la cual la Providencia, al crear a Doña Lucilia, dispuso que fuese, sobre todo, la protectora de la inocencia de su hijo, sirviéndole de inigualable amparo para la práctica de la virtud. Y, por eso, primero Plinio penetró a fondo en su alma y se benefició del modo de ser y de la educación de su madre, consolidándose y adquiriendo gran robustez en la vida espiritual. Sin embargo, cuando ya estaba formado y Doña Lucilia, a su vez, se encontraba en la plenitud de la edad, ella discernió su rectitud, hasta el punto de considerarlo no sólo un apoyo, sino un «alma planeta» (La teoría de los «planetas y satélites» la expuso el Dr. Plinio en la década de 1950, en las clases del Curso Joseph de Maistre, llamadas Teología de la Historia. En este caso concreto, se basó en una obra inédita, que resumía las clases de Historia dadas en el seminario de Vals por el famoso jesuita francés del siglo XIX, P. Henri Ramière, SJ. Más tarde, el Dr. Plinio trató de esta temática con más profundidad, hasta el punto de que la expresión «planetas y satélites» llegó a ser corriente en su lenguaje. Para comprender bien en qué consiste esta teoría, citamos apenas una frase del Dr. Plinio: «La experiencia nos muestra que hay “hombres planetas” y “hombres satélites” en la sociedad humana. Hay, por voluntad de la Providencia de Dios, hombres que tienen poder para influenciar, para impresionar, para guiar, para llevar a los demás, para marcar los acontecimientos; otros hombres, por el contrario, fueron hechos para dejarse impresionar, guiar y marcar por los acontecimientos»), a la que debía entregarse por entero. Ella quería entrar en sus perspectivas y en sus vías, ser instruida por él y, poco a poco, ir cambiando su antigua influencia materna por la completa sumisión en lo relativo a las virtudes, al análisis de las situaciones y a la vocación de su hijo, manteniendo siempre, con todo, su superioridad en cuanto madre.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús, de alabastro, perteneciente a Doña Lucilia. Sus venerables y amorosos ósculos dejaron doradas algunas partes a lo largo de los años

Es evidente que el don de sabiduría, bien como el don de contemplación y el discernimiento de los espíritus, además de su gran vocación, daban al Dr. Plinio una visión de más alcance y más abarcadora que la de Doña Lucilia, a propósito de los panoramas sobrenaturales. Por eso, después de él haber sido su discípulo perfecto, comenzó a convertirse en su maestro, llevándola a más altos parajes y profundizando más aún la catolicidad de su madre. Esto se verificó, por ejemplo, con la devoción mariana. Doña Lucilia siempre guardó, desde niña, un intenso amor al Sagrado Corazón de Jesús, pero fue el Dr. Plinio, a través de una labor de apostolado, que amplió en su alma la devoción a Nuestra Señora, según él mismo relató en diversas ocasiones: «En cierto momento ella pasó a tomar una actitud ya no más de maestra ni de testigo atento, sino de discípula. Dejándose proteger por mí, y comprendiendo que su vida era yo, ella vivía prestando atención en mí, fijándose en mí y aprendiendo de mí. Y puedo decir que, gracias a la Santísima Virgen, concurrí mucho a la intensificación de su espíritu y de su ardor religioso, sobre todo en relación con la devoción a Nuestra Señora. Ella tomaba una actitud de enlevo muy silencioso delante de mí queriendo oírme hablar.  Hoy recompongo algunas de sus miradas y comprendo que era exactamente el enlevo ante un filhão educado por ella como ella quería».
Se ve, entonces, que esta imbricación entre ambos se sintetiza con toda propiedad en la figura del discipulado perfecto, porque, al amor de madre al que era llamada, Doña Lucilia acrecentó el amor de sierva. En todas las minucias de la vida se notaba esta disposición de obedecer y dejarse guiar en todo por él, coadunada al deseo de ayudarlo y servirlo: ¡ella daría su vida por él, así como él daría su vida por ella!
En una reunión en 1972, refiriéndose a este fenómeno, el Dr. Plinio hizo la siguiente confidencia, empleando una imagen muy bonita: «Cuando yo era pequeño, mamá me cogió en sus brazos y, hasta donde sus brazos alcanzaron, me llevó al seno de la Iglesia; más tarde, cuando ya era adulto, la cogí de la mano y la llevé hasta el fondo de la Iglesia».
Años después, recordando esa frase diría él: «¡Fue eso tal cual! ¡Es el resumen de la historia de los dos! Mucha gente podría pensar: “Este amor filial, tan explicable, proviene del orden natural”.
Pero este amor entraba poco; lo que entraba era, eso sí, la unión con la Iglesia Católica».
El amor entre ambos, por amor a la Iglesia, era tal que, en 1994, el Dr. Plinio quiso explicarlo completando aquella frase tan expresiva de Doña Lucilia: «Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien».(«Esta hermosa y luminosa frase expresa con sublimidad lo que podríamos llamar ¡concepción “luciliana” de la vida!» (MonsJoão S. Clá Dias). La afirmación de Doña Lucilia fue en 1950, durante una conversación con el Dr. Plinio, para expresarle cuánto le sería pesaroso el que tuviese que dejar por algún tiempo la convivencia con ella). En aquella ocasión, dejó claro que tal amor mutuo ultrapasaba las propias barreras de la muerte y se adentraba en la eternidad: «Si vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien, después de la muerte de uno de los dos, para quien se queda, vivir es recordar, recordar una vez más, rezar y esperar el Cielo».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 166 ss.

 

Más allá de los vínculos naturales…

Doña Lucilia, en relación a su hijo, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

Respecto a la relación entre el Dr. Plinio y Doña Lucilia, hemos visto cuánto estaban sus almas entrelazadas por un mutuo cariño, consideración y estima. Por parte de él, brotaba el afecto filial más afectuoso y reconocedor de todo cuanto ella hacía por él. Doña Lucilia, por su parte, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

… De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto…

«Por mi parte, mi afecto hacia ella era un acto de admiración, lo que supone algo muy elogioso, porque es la afirmación de una cualidad. De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto».
Por otro lado, no existe la menor duda de que, más allá de los vínculos naturales, había entre ellos un amor sublimado de manera sobrenatural, una bienquerencia embebida de gracias. Una vez que estaba llamada a ser la madre de un niño fuera de lo común, es innegable que, gracias a un don especial del Espíritu Santo, Doña Lucilia percibía de manera clara y profunda la inocencia del alma de su hijo y cuánto era virtuoso. Ella misma, en una carta a Plinio, con fecha del 23 de abril de 1950, llegó a manifestar su alegría y gratitud a Dios por tenerlo como hijo: «De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. […]. Lloré, es verdad, pero “gracias a Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, para quienpido toda la protección Divina y la
Luz del Divino Espíritu Santo».

…la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo…

¡No hay nada más fuerte en el orden de Creación que la imbricación entre las almas que se aman teniendo la santidad por objetivo! Comparado con eso, incluso la dureza del diamante es un resto de polvo de arroz. Además, el Dr. Plinio era un hombre católico, apostólico, romano, con tanto amor por la Iglesia que incluso teniendo una madre como Doña Lucilia, su desprendimiento le llevaba a apreciar más en ella que fuese católica a que fuese su madre. Veamos algunos textos en los que esto se hace patente: «Si yo amo tanto a mamá es porque ella me llevó a la Iglesia. Y si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y noté que, en ella, todo conducía a la Iglesia Católica». «He dicho muchas veces lo mucho que quería y respetaba a mamá. Sin duda, la respetaba como a una madre, pero no era el título principal. El título principal por el que la quería era esa unión de almas que había entre ella y yo, con vistas a Dios. Al reflejar para mí la Iglesia Católica, el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y por todo lo que había en ella de afín conmigo, intencionalmente puesto por Dios para reflejarlo, yo era llevado a amarla de un modo muy especial, más por estos aspectos que por ser mi madre según la naturaleza».
Se acuerda el Autor de haber oído contar al Dr. Plinio, durante una comida, un edificante episodio acontecido entre ambos. Cuando Doña Lucilia estaba ya con cierta edad, él se planteó la siguiente cuestión: «¿Hasta dónde amo a mi madre y hasta dónde amo los principios que representa? Si ella se hiciese protestante, ¿la seguiría amando del mismo modo o sentiría repulsa hacia ella? ¡No! Sentiría repulsa, ¡porque lo que yo amo en ella es lo que ella representa!».
Cierta vez, mientras estaban sentados a la mesa, él no se contuvo y pensó: «Es duro, pero voy a ponerla prueba, porque quiero ver su reacción al escuchar eso». Y le dije:

…la examiné hasta el final…

— Mamá, ¿sabe qué estaba pensando el otro día? Que si usted, Dios nos libre y guarde, por desgracia dejase de ser católica y se hiciese protestante, yo me iría de casa y la dejaría sola. Seguiría manteniéndola económicamente, la ayudaría en todo lo que necesitase y la visitaría una vez al año o cada seis meses, ¡pero nuestra relación estaría rota! Doña Lucilia aceptó aquello con toda naturalidad, como si alguien le hubiese dicho: «Tengo sed y me voy a tomar este vaso de agua», y respondió elogiando su actitud. Años más tarde, comentaría el Dr. Plinio: «¡Aquel día pasé a quererla y a admirarla más que antes! Porque le había puesto una prueba ¡y ella había pasado de modo brillante!».
Por otra parte, el Dr. Plinio llegó a afirmar que se había puesto varias veces durante la vida ante un problema en apariencia contrario al anterior, pero cuyo fondo era el mismo: «¿Yo la quiero tanto porque es tan buena o porque es mi madre?». «Si en vez de ser mi madre fuese mi tía o una señora de sociedad o una pariente o una prima mayor, ¿la querría como la quiero? ¿Sí o no?»Y la respuesta surgía pronto, sin lugar a dudas: aunque ella no fuese su madre y, por lo tanto, no tuviese ninguna relación natural con él, conociéndola en cualquier lugar del mundo, la amaría con el mismo cariño, el mismo afecto, la misma estima y la misma consideración que le dedicaba a su madre. «Yo querría tenerla como madre. Y si fuese, por ejemplo, mi tía, encontraría un pretexto para ir a su casa todos los días, encontraría una manera de que fuese mi madrina, haría cualquier cosa para hacer explicable que, aunque yo fuese su sobrino, tuviese con ella la relación que tengo con mamá. Si fuese una prima, simile modo (de modo semejante).  Si fuese una señora de sociedad, sería mucho más difícil, pero acabaría consiguiendo la manera de que eso fuese así realmente».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 162 ss.

Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.

Por la criba de una mirada…

Imaginemos que nos fuera posible subir una montaña escarpada hasta llegar a la cima, donde encontrásemos un nido enorme con un polluelo de águila. Escondidos detrás de una roca, pronto veríamos llegar un águila que vuelve de cazar y se posa en el nido; en las garras trae una presa para alimentar al aguilucho que, al no estar todavía adiestrado para volar, no se mueve de allí pues caería precipicio abajo.

Pero, en cierto momento, las alas del aguilucho comienzan a desarrollarse. Y ¿qué es lo que hace el águila? ¿Cómo entrena a su cría? En primer lugar, la coloca sobre su dorso, bien sujeta en las plumas, para que vaya adquiriendo el gusto de sentir el viento; más tarde, la coge con sus propias garras, la eleva medio metro por encima del nido y la suelta. Al verse sola en el aire, la cría, asustada, aletea torpemente, se esfuerza pero cae al nido. Y así varias veces hasta que, por instinto, la madre se da cuenta de que su cría ya puede valerse por sí misma. Entonces, la lleva a un lugar distante y… la suelta. Cuando finalmente el aguilucho levanta su primer vuelo, planeando alto, la madre águila, si pensase, podría exclamar: «Misión cumplida: ¡un águila más en los cielos!» De hecho, fue algo parecido lo que Doña Lucilia hizo con el
Dr. Plinio: llamada a proteger, a desarrollar e incluso a enriquecer su inocencia elevándolo hacia la plenitud como un águila a su aguilucho, ella lo fue amparando, educando, estimulando y ayudando, hasta cerciorarse de que ya era totalmente dueño de sus actos. Solamente entonces se tranquilizó en cuanto a la formación, pero no en cuanto a la vigilancia, porque todavía lo acompañaría con la mirada atenta: «¿Qué dirección está siguiendo? ¿Hacia dónde está yendo?» Ella manifestaba cómo era exigente no sólo a través de sus reprensiones sino también por la forma de tratar a Plinio; más tarde él definiría este trato como un «cariño contemplativo», que dejaba entrever lo que ella pensaba: «“Éste es mi hijo. Tengo razones para esperar que llegue a ser de tal manera o de tal otra… Voy a seguir jugando con él envolviéndolo con mi afecto, protegiéndolo y procurando descubrir en él los síntomas precursores de la esperanza que tengo. Pero ¿hasta dónde se realizará esa esperanza?” Esta indagación esperanzadora era un estímulo para mí pues sentía una como que afectuosa pregunta: “Hijo mío, ¿será que llegarás a ser como yo te tengo en el fondo de mi alma?”»
En otra ocasión recordaría el Dr. Plinio: «Todo lo que ella exigía de mí era porque la Ley de Dios lo exigía y porque el Dios altísimo, sapientísimo y buenísimo quería que las cosas se hiciesen de esa manera. Ella quería que yo fuese como debía, no para ser un hijo aprovechable y útil para ella, sino con el fin de tener un hijo capaz de hacer un holocausto a Dios, como a Dios se le debe hacer».
El pensamiento de Doña Lucilia, sus reacciones temperamentales y sus diversos estados de espíritu se reflejaban incluso en el color de las pupilas. Sus ojos eran castaños, pero a veces, cuando se disgustaba o cuando se ponía seria, los ojos se volvían de un castaño más oscuro e intenso, casi negro. Muy sensible a los colores y con el discernimiento de los espíritus que tenía desde la infancia, el Dr. Plinio se fijaba en la fisonomía de su madre y observaba este cambio de color en sus ojos. ¡Cuántas y cuántas veces durante su vida debe haber pasado por la criba de esa mirada!

…no te toleraré una nota baja en comportamiento…

Una vez más, recurramos a sus memorias: «En mis tiempos del Colegio San Luis, en cada clase ponían notas diferentes de aplicación y de comportamiento. Mamá me decía a menudo: “Puedo tolerar una nota baja de aplicación, porque uno no tiene la culpa de ser burro”. Recuerdo que, cuando me decía eso, su mirada se volvía más oscura y refulgente pero sin ser perforante como una barrena sino aterciopeladamente seria… Luego agregaba: “Pero no te toleraré una nota baja en comportamiento! ¡Porque cada hombre tiene el comportamiento que quiere!” ¡Y, realmente, no lo toleraba! Alguna que otra vez, raramente, me ponían un nueve en lugar de diez, que era la máxima calificación. Ella veía el boletín y decía: “Hijo mío, ¿qué has hecho en clase para que tu profesor te ponga un nueve en comportamiento?” Yo decía: “Mi bien, estuve hablando”. “¿Y tú crees que eso está bien?” Era una reprensión moderada». Uno de esos exámenes que me hacía con la mirada fue por ocasión de una entrega de premios en el Colegio San Luis, al final del año lectivo de 1921. En 1920, su segundo año de colegio, el Dr. Plinio había obtenido cuatro medallas de plata, una en Religión y las otras tres en Francés, Inglés y Portugués. Doña Lucilia, que siempre se esforzaba para estar presente en estas ceremonias, intentaba dar a entender a su hijo «que su alegría consistía, sobre todo, en que tuviese mayores progresos aún».
Al año siguiente, sin embargo, no pudo ir a la fiesta, como era su costumbre, porque estaba enferma. Por la noche, cuando Plinio volvió a casa, ella misma le abrió la puerta y su mirada incidió sobre el pecho de su hijo, observando enseguida que había sólo tres medallas y no cuatro como en el año anterior… Sus ojos castaños se fueron oscureciendo, se posaron en él y le preguntó:
— ¿Sólo tres medallas? ¿Por qué una menos? ¿Has decaído?
Él dijo:
— Pero mamá, una es de oro.
— ¡Ah, es verdad!
«Ella enseguida se dio cuenta y se tranquilizó. Abrió los brazos, me abrazó y me besó con mucha alegría, y ya estábamos reconciliados.
Si yo hubiese obtenido resultados inferiores a los del año anterior, no me habría castigado, pero me habría hecho sentir su decepción porque siempre esperaba lo mejor de mí. Así era mamá».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 146 ss.