Un alma irisada

Entre los aspectos de la personalidad de Doña Lucilia se destacaban las armoniosas alternaciones de estados de espíritu, haciendo su alma semejante a las piedras irisadas, en las que los colores nacen unos de otros.

Cuando comencé, por así decir, a conocer a mamá, ella estaba en la edad de 35 años, más o menos. Ella murió con 92 años. Por lo tanto, la conocí, prácticamente durante 60 años. ¡Eso es conocer bien una persona!

El mayor bien que la vida puede dar

Doña Lucilia con Plinio en los brazos

Además, ella me hablaba mucho de su pasado – que, por cierto, no era largo – como también del pasado de la familia, y con eso la conocía aún mejor. He notado muy bien y pude seguir, por la larga evolución que presencié en su alma, cómo fue su holocausto. Doña Lucilia era educada en la concepción de la vida vigente en las señoras del  medio social en que se formó, en la San Pablo del tiempo de ella. Dentro de esa concepción, ella poseía mucho la idea, que el afecto y el cariño, derivados de la mutua comprensión de las almas, y del bien, eran las mayores riquezas de la vida en lo que se refiere a la relación humana en esta Tierra. Eran riquezas menores que la fe; pero, por lo que se refiere a las relaciones terrenas, constituían el mayor bien que la vida puede dar. Según esta visión de la existencia, el papel de la madre de familia, de la esposa, era irradiar eso en torno de sí, de manera que la familia fuera una especie de santuario de esa comprensión mutua, de que se quiere bien; un lugar donde las personas se encontrarán en una determinada convivencia, y allí encontrarán la fuerza necesaria para enfrentar las dificultades de la vida. Por lo tanto, la gran contribución de la mujer era precisamente perfumar la familia con todo eso. Esta concepción, católicamente  entendida, no tiene nada de sentimental, ni de romántico. Por lo tanto, estoy de acuerdo con ella, y es perfectamente verdadera. Inserida en esa concepción venía la idea – con la que estoy de acuerdo- de que cuando una persona irradia de esa manera la bondad, ella vence todos los obstáculos, porque la bondad conmueve todas las almas, arrastra todos los corazones y resuelve, de un modo inefablemente eficaz, las dificultades que otros modos de proceder no solucionan.

Es decir, para los tiempos y en los ambientes en que Doña Lucilia vivió, habría mucho de eso sin ser enteramente eso. Ella misma contaba los hechos de su familia y de su propia vida, en que la bondad no había resuelto nada. Pero ella narraba como episodios excepcionales, memorables por el horror, y medio espantada de que eso hubiera sido posible. Yo comprendía que en una determinada orden de cosas buenas eso podría ser así, y concordaba completamente con ella.

Ánfora de donde el buen perfume del amor cristiano se irradiaba

En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada.

Doña Lucilia hizo consistir, en su programa de vida, ser la madre católica que esparcía ese amor cristiano en torno a sí, llevando a todos a Dios en las vías de la virtud. En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada. No fue solo ella que me contó eso, pero también su madre y sus hermanas. Cuando ella iba a alguna reunión o fiesta en la sociedad, era una dificultad para sacarla del ambiente, porque todo el mundo tenía más una palabra para decirle, todos buscaban agarrarse a ella, en fin, era buscada. Y, en la familia, era muy considerada como un ánfora donde ese buen perfume se irradiaba. Sin embargo, se fue enfrentando con la invasión de la brutalidad moderna, con cuya entrada, después de la Primera Guerra Mundial, comenzó a surgir otro mundo. Con ello, las personas que ella esperaba mover por la bondad ya no se movían así, y la dejaban incomprendida, aislada y puesta de lado, como alguien que ofreciera, por ejemplo, una bebida fuera de moda que nadie más quiere beber. Eso iba significando  para ella una tristeza proveniente del rechazo sufrido. Pero, junto con la tristeza de la repulsa, venía la incomprensión de lo incomprensible: ¿¡Cómo es que esto llegó a ser así!?

Además, se ponía para ella otra cuestión: “Si las cosas se ponen así, estoy sobrando en la vida, sin misión y sin sentido, lista solo para recibir los rechazos, los desprecios, la indiferencia a lo largo de mi existencia. ¿Qué haré? Seguiré siendo la misma, sin quitar ni poner, hasta el fin. El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María recibirán de mí lo que los otros rechazan. Ella sabía, sin duda, que el hijo de ella también recibía, ampliamente y grandes tragos lo que los otros rechazaban, Pues la trataba y agradaba completamente en ese nivel, piensen los otros lo que quisieran. Evidentemente, esto no quiere decir, que eran brutos, y no delicados con ella. Era aquella incomprensión educada, con un rechazo puesto como un vidrio entre ella y la realidad.

Perdonando sin límites

Doña Lucilia en la década de 1940

Mamá comprendía que su modo de ser tenía un determinado sentido y correspondía al modo de ser de la Iglesia, de Nuestro Señor Jesucristo, dilatado por ella en la medida en que podía. Enfrentando esos rechazos, Doña Lucilia sabía recibir negaciones análogas a las padecidas por nuestro Señor Jesucristo. Así, con una dulzura y una bondad semejante a la de él, a cada golpe de la incomprensión educada, a cada indiferencia, a cada irreflexión de la brutalidad florida, ella respondía como si fuese la primera vez, olvidándolo  enseguida. Esta era su conducta constante: perdonando, perdonando,  y ¡perdonando sin límites!

En este caso, a este respecto, el menor problema axiológico, comprendiendo perfectamente estar realizando una determinada vía, y que las cosas corrían como era razonable que corrieran: muy duras, muy difíciles, pero ella se entregaba totalmente. Esta determinación ella quiso llevar hasta el final. Cuando llegó el momento de su muerte, la gran “Señal de la Cruz” que ella hizo – mamá era muy comedida y no solía hacer grandes señales de la Cruz, ni era costumbre de las señoras de su época- creo que esto significa: “¡Está hecho!” Tal vez ella piensó en el “Consummatumes ” (del latín: “Está consumado” (Jn 19, 30)). De esta manera Doña Lucilia caminó. ¿Habrá comprendido mi vocación a punto de ofrecer ese sacrificio para que yo seguir siendo como era y, gracias a Dios, soy? Es muy probable, todo lleva a creer que sí. Sin embargo, no puedo afirmar porque mamá nunca me dijo, y nunca le pregunté. Tengo la impresión de que nada la mortificaría más si yo me saliese del camino en el que ella me veía. En este sentido, es significativa la actitud de ella cuando volví del viaje que hice a Europa en 1950. Mamá me abrazó, besó, agradó, tomó un poco de distancia y me miró bien. Yo no podía sospechar lo que estaba pasando por la mente de ella, y me dejé mirar. Ella me abrazó de nuevo y dijo: “¡Hijo mío, tú eres el mismo de siempre!” Por ahí se ve lo que representaría para ella si yo no fuera el mismo…

Bondad y ternura son hermanas inseparables de la combatividad

¿Qué valor tuvo su presencia junto a mí? Doña Lucilia quería afirmar la prevalencia de esta virtud cristiana en el ambiente de ella, pero no lo logró. sin embargo ella alcanzó otra cosa: que yo, objeto de ese amor, inundado y extasiado por ese amor, conservara de él una remembranza la vida entera, teniendo por él una admiración llena de veneración y de afecto, y toda clase de placer, en todas las formas y grados; y, llevando a mi combatividad a límites que mi vocación exige, yo conservaría mi encanto por lo que mamá representaba, y comprendía así que esa bondad y esa ternura son las hermanas inseparables de la combatividad verdadera. De manera que me convertía en un luchador, pero no un brutamonte. Si yo fuera a tratar a la brutamonte las almas afligidas, probadas, débiles, habría constituido un desierto en torno de mí, y habría perdido muchas almas que Nuestra Señora deseaba salvar. Más aún: debiendo predicar, hasta el último límite permitido por la Doctrina Católica, la devoción a María Santísima, con un alma de brutamonte yo no lo haría, porque esa devoción comporta todas estas dulzuras de un modo indecible, o no existe. Por lo tanto, lo que constituye la estrella de nuestra misión – propagar la devoción a Nuestra Señora – eso sería deshecho. Además, yo no habría entendido tantos aspectos de la Iglesia Católica tachándoles erróneamente de blandos, de capitulación. ¿Yo habría entendido bien a nuestro Señor Jesucristo? No sé… Y, diciendo eso, digo todo.

Modelo de la dulzura de vivir

El ejemplo de mamá me ayudó a adquirir una disposición de espíritu tranquilo, por donde, gracias a la Virgen, no tengo odio personal a nadie, y quiero bien a cualquier persona que no sea nociva a la Causa católica.

Cuánto esa forma de ser me ayudó, a lo largo de la vida, a ejercer un arte que nuestra vocación exige: el arte de esperar sin quedar amargo, agrio, sin revelarme, ni indignarme, sino esperar con la suavidad con que ella esperó.

Quien considera el “cuadrinho” ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

He aquí el enorme valor del ejemplo dado por Doña Lucilia, no solo porque la vi cumpliendo siempre esa actitud, sino porque vi “gotear la sangre del alma ella”. Es decir, la “sangre” por ella derramada ha tenido para mí ¡una inmensa utilidad!

Creo que la verdadero douceur de vivre (dulzura de vivir) renacerá en el Reino de María, en medidas inimaginables. Y Doña Lucilia esperaba este douceur de vivre florecer largamente, ser una categoría del espíritu humano.  Para mí, ella fue un modelo de la dulzura de vivir, como tal vez no entienda quien no la conoció de cerca.

Cuando voy, los domingos por la tarde, visitar la sepultura de ella y veo aquella gran cantidad de personas rezando allí, pienso: “Si ella estuviera viva, qué dulzuras tendría para cada uno, cómo los acogería, individualmente, con un modo tan atrayente, simpático, y, al mismo tiempo, digno!”

¡Uno no puede tener idea de cuánto cabía de señorío y de suave feminidad materna en todo ese modo de ser de ella! Quien considera el “cuadrinho” (Cuadro a óleo, que mucho  agradó al  Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base de las últimas fotografías de Doña Lucilia),  ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

Cuantas veces me pasó por la mente grabar su timbre de voz, pero no sé por qué no lo grabé.

Así quien no la conoció podría haber tenido una idea de lo que era, por ejemplo, el modo de ella dirigir la palabra a una persona. Cómo las frases iban subiendo y decreciendo, la entonación, la inflexión de voz, por donde el deseo gentil y afectuoso de introducir al interlocutor en el asunto se expandía y se manifestaba.

Grandeza y dulzura

Doña Lucilia en traje de gala

Otro aspecto de la personalidad de ella que me encantaba eran las alteraciones armoniosas, o sea, cómo ella, con dulzura y armonía pasaba de un estado de espíritu para otro. En esto había una particular condición de la bondad de ella.

Jamás gusté de personas que saltan su un extremo de estado de espíritu para otro. Me agrada ver cuando un alma va armoniosamente hasta el otro extremo de un determinado estado de espíritu, y notar cómo, dentro de este, está el otro presente. Esto forma el verdadero equilibrio, el cual no consiste en quedarse en el medio término.

Por ejemplo, un guerrero que, en la fuerza de su furor, ataca al adversario y, de repente, es capaz de parar para socorrer a un niño. Sin embargo, si pasa, de repente, alguna cosa que él debe repeler; entonces del medio de su cariño levanta una llamarada de indignación. Eso no es saltar de un extremo a otro, sino es pasar equilibrada y temperantemente de un estado de espíritu a otro. ¡La templanza es eso! Doña Lucilia tenía mucho de eso. Era un alma irisada. En las piedras irisadas, los colores nacen unos de las otros. Las señoras, en mi tiempo de pequeño, se presentaban en sociedad con solemnidad, con gala. Y esta suponía cierto señorío, cierta altanería, por tanto, hasta cierto dominio.

Se nota algo de esto cuando se considera la fotografía de Doña Lucilia en traje de gala, en París. Recuerdo con qué encanto varias veces yo la vi prepararse para ir a fiestas. Mientras se arreglaba, ella iba conversando con mi hermana y conmigo. Éramos pequeñitos y hacíamos preguntas bobas que los niños a veces hacen. Y ella iba hablando con nosotros, con esa afabilidad incomparable.

Cuando ella estaba lista, asumía la postura de la señora que parte en su gala. Me parecía todo aquello muy bonito, pues siempre me gustó las cosas imponentes, y me quedaba encantado.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

Pero, niños como éramos, tanto mi hermana como yo hacíamos las incursiones en medio de eso. Ella cambiaba inmediatamente, volvía a aquella  misma dulzura, jugaba, hablaba con nosotros, y luego retomaba su aire grandioso.

En aquel tiempo las señoras usaban cabellos largos, y era una tarea difícil arreglarlos de manera se quedan decorosos y bonitos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, ella acababa de peinarse cuando – llevado medio por afecto, medio por admiración – me deshice en agrados sobre ella. Sin tener noción del desastre que estaba haciendo… Y para agradarla aún más, comencé a revolver sus cabellos recién peinados. Las personas que estaban cerca, exclamaron: “¡Plinio, pare, está estropeando el cabello de su madre!” Ella intervino: “Déjenlo que haga todo cuanto quiera. No quiero que mi hijo diga que, a causa de un peinado, lo alejé de mí”.

Solo más tarde entendí todo el alcance de ese gesto.

(Extraído de una conferencia del Dr. Plinio en 17/7/1982)

Seriedad florida

Doña Lucilia fue la persona más seria que el Dr. Plinio conoció en su vida. Tenía ella un espíritu muy profundo que unía habitualmente todas las cosas a las más altas consideraciones. Al mismo tiempo, poseía una amenidad, una dulzura y una saludable alegría de existir, incluso en las ocasiones más dramáticas.

cap10_028Yo debo mi formación contra-revolucionaria fundamentalmente a la convivencia con mamá.
Más a la convivencia con ella que a principios abstractos enseñados por ella. Doña Lucilia no era una doctora en Filosofía, sino una ama de casa, y sabía lo que comúnmente una ama de casa sabe. No poseía esos conocimientos abstractos; y a mí tampoco me gustaría que los tuviese. Yo venero a esos espíritus abstractos, hago de ellos el aire de mi alma, pero corresponden más al varón que a la dama.
Aprendí con ella una cosa diferente y que yo no sé enseñar; ella supo y yo no sé: es la seriedad florida. Ella fue la persona más seria que conocí en mi vida. Tenía un espíritu muy profundo que unía habitualmente todas las cosas a las más altas consideraciones. Y por causa de eso, con una integridad de juicio moral muy grande y, por lo tanto, rechazando lo que debe ser rechazado. Pero a la vez, una amenidad, una dulzura… y podía verse que la seriedad colocaba dentro de ella un ambiente tan agradable, tan perfumado, tan lleno de una saludable alegría de existir, incluso en las ocasiones más terribles, más dramáticas en las que yo la vi. Observando su saludable alegría de existir, comprendí en ella, experimentalmente, que la seriedad es la única fuente de la verdadera felicidad. Por allí viene el resto.
En sus fotografías se puede ver eso. Se podría escribir debajo de ellas: “¡Seriedad florida!”
A los 92 años, cuando nada más florece y todo habla de sepultura, había cualquier cosa en ella de ameno, de deleitable, que no dejó de encantarme hasta el último instante de su vida.

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio de 27/8/1983)

Arquetipo de bondad y lección viva del Evangelio

Si entramos en una catedral o en una simple iglesia y oímos tocar un órgano muy bonito, que emite su sonido de forma grandiosa, repercutiendo en las paredes de piedra y que retorna llenando todo el templo, tendremos, entonces, según la descripción del propio Dr.Plinio, una imagen de cómo era su convivencia con Doña Lucilia…

…la profunda relación que había entre ellos hacía que los deseos de ella fuesen los suyos, la inocencia de ella era la suya…

… pues sobre este asunto él comentaba: «Todo lo que había en ella resonaba en mí profundísimamente».Y en otra ocasión decía: «La actitud de mi alma en relación con mamá fue, sin duda, de una enorme y completa consonancia».
El fenómeno físico de la consonancia consiste en la vibración simultánea de sonidos afines. Cuando se juntan, por ejemplo, una serie de copas de cristal o de campanas, y se hace sonar a una de ellas con un solo tono de forma constante, enseguida las otras copas o campanas armónicas con ese tono comienzan a vibrar, mientras que las otras, no armónicas, permanecen estáticas. Esta consonancia sonora es símbolo de algo que ocurre en un campo muy superior; el de las relaciones humanas. Cuando una persona es consonante con otra, al oírla hablar, ver cómo toma una decisión, o al presenciar una actitud digna de admiración, de inmediato ese gesto repercute en su alma, o sea, se establece un acuerdo. No obstante, alguien que no tenga un conocimiento cabal de quiénes eran el Dr. Plinio y Doña Lucilia, ante esta afirmación sobre la consonancia de ambos, podría quedarse con la idea de que él únicamente se limitaba a concordar en todo con lo que ella hacía. Sin embargo, en opinión del Autor, el término consonancia no consigue abarcar todo lo que existía en la relación entre los dos, porque el mundo de los sonidos tiene sus límites… Mucho más que una campana que al tocar, hiciese tocar otra campana llamada Plinio, la profunda relación que había entre ellos hacía que los deseos de ella fuesen los suyos, la inocencia de ella era la suya, la piedad de ella era la suya, la comprensión y el amor de ella a la Iglesia también eran los suyos. Un comentario del Dr. Plinio parece aclarar el origen sobrenatural de esta unión: «Las almas encuentran misteriosas consonancias con otras almas del mismo género, aunque de modo alguno haya una razón especial de amistad. Lo que ocurre exactamente es que un reflejo de Dios se encuentra con otro reflejo de Dios y este encuentro suscita una saudade de Dios. Entonces, ¿qué es la consonancia? Es este discernimiento y esta forma de bienquerer que le es propia. Es la consonancia no sólo de la inteligencia, sino de la voluntad y de la sensibilidad, a partir de la cognición del alma y de la gracia actuando dentro del alma; es decir, del arquetipo de la propia alma dentro del alma, suscitando la saudade de Dios. Siempre se comienza fijándose en otro tipo y viendo en él a Dios. Dante lo expresó muy bien [en la Divina Comedia], cuando él y Virgilio llegan al Cielo y ven a Dios en la mirada de la Santísima Virgen».
El mismo Dr. Plinio decía haber notado en su madre algo que sentía que le faltaba a él. Así, a partir de un profundo discernimiento sobre ella, en quien veía la acción de la gracia y un verdadero arquetipo de bondad, él mismo comenzaría a ser un reflejo de Dios en búsqueda de las saudades de Dios en los otros. Podemos medir cuál era el grado de influencia que Doña Lucilia ejercía sobre él, si consideramos la siguiente explicitación: «Las influencias entre los hombres son muy variadas, tienen grados y obedecen a una jerarquía. De todas las influencias posibles la que tiene mayor profundidad es la ejercida por quien, a cualquier título, representa para el otro un modelo que debe ser imitado y seguido, o sea, un arquetipo. Si, por ejemplo, un hijo ve en sus padres la realización de la persona ideal que querría ser de mayor, se dejará influir más fácilmente por ellos. En la medida en que los padres no sean este arquetipo, su influencia junto al hijo menguará, y el niño buscará los arquetipos en otra persona. Puede decirse, por tanto, que la mayor de las influencias concebibles viene de los arquetipos».
Desde pequeño, observando a Doña Lucilia, vislumbraba que había dentro de ella algo «mucho mayor que en los demás»: era el Divino Arquetipo. Plinio no sabía aún explicarlo ni buscarlo de modo explícito, porque no tenía ninguna noción de que Él existiese. Después de haber paseado innúmeras veces por las excelsitudes paradisíacas del alma de su madre y de haber hecho una firme apreciación de quien era ella, sólo restaba a Plinio imaginar, por encima de ella, a Alguien que fuese infinito, o sea, Nuestro Señor Jesucristo. Pero, ¿cuándo nació en su mente esta idea? Cierta vez, al ser preguntado por el Autor sobre cómo había llegado a la conclusión de que existía este arquetipo, el Dr. Plinio se sirvió de una metáfora muy elocuente. Decía que había sido como un niño que toma un refresco o un zumo en una copa de licor y después, toma el mismo líquido en un vaso de cristal y que, al tomarlo tanto en la copa de licor como en el vaso de cristal, el niño tuviese la misma sensación una vez que los líquidos son idénticos, pero que «no llegase a la conclusión de que eran el mismo líquido, aunque le gustaron los dos. Pero si alguien le dijese: “Es el mismo líquido”, lo tomaría con la mayor naturalidad».

Desde pequeño, observando a Doña Lucilia, vislumbraba que había dentro de ella algo «mucho mayor que en los demás»

Es decir, ya desde el primer instante del uso de razón, al ver a Doña Lucilia, la comprendió y la amó; y cuando, a los cinco años, entró en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, viendo al fondo de la nave lateral su imagen, lo comprendió y lo adoró. Solamente más tarde, explicitando bien la identidad que había entre las impresiones que poseía a propósito de Doña Lucilia y a propósito del Sagrado Corazón de Jesús, se dio cuenta: «¡He aquí quien es más que ella, el arquetipo de ella!» Pero los dos, ella, una criatura y Él, el Creador, estaban en la misma línea; lo que había en ella lo había en Él, sólo que en diferente intensidad: en Él era infinito y de forma absoluta, en ella, por participación. «Era como si Él viviese en ella. De manera que aquel émerveillement (maravillamiento) que ella causaba en mí, era más limitado pero de la misma naturaleza que el que Nuestro Señor causaba en mí. Una cosa era derivación de la otra. Cuando más tarde conseguí definirlo, no fue una conquista ni una sorpresa, sino que lo tomé con toda naturalidad». Se trataba de un mismo líquido contenido en recipientes desiguales.
Doña Lucilia se sentía enormemente atraída por el Sagrado Corazón de Jesús y tenía en relación a Él una devoción sin límites, porque en Él contemplaba la Bondad, el Perdón y la Misericordia en esencia. Esta bondad era el aspecto de Nuestro Señor Jesucristo que ella estaba llamada a representar con preminencia, por lo que se convirtió, de hecho, en un reflejo vivo y rutilante de Él, tanto para el Dr. Plinio cuanto para todos aquellos junto a los que ella debería desempeñar el papel de madre, queriéndolos como a hijos. Por lo tanto, era una dama inocente, que vivía una intensa unión con Dios, deseosa de ver la imagen de Nuestro Señor fijada en el fondo de las almas de los demás y de hacerlos partícipes de la inocencia de Él.

«¡He aquí quien es más que ella, el arquetipo de ella!»

Y es en este sentido que aplicaba todo su esfuerzo, su empeño y su virtud. «Simplemente en el modo de ella decir “Jesús” o “el Sagrado Corazón de Jesús”, había un profundo respeto, una admiración recogida y una confianza sin límites. Se podía notar perfectamente que ella tenía plena noción de que nuestro Salvador era la fuente de toda misericordia, bondad
y paciencia; y se dirigía a Él especialmente en cuanto tal. De ahí procedían esas virtudes que vi que alcanzaron en ella un grado literalmente inimaginable. Cuando me contaba episodios de la vida de Nuestro Señor, yo entendía su dulzura viéndola reflejada en mamá; de manera que ella se convirtió [para mí] en una especie de lección viva del Evangelio».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 157 ss.

Alma recta e inocente

Alma recta e inocente, Doña Lucilia tenía un conocimiento claro del daño causado por el pecado original en la humanidad y sufría mucho al constatar cualquier falta de fidelidad.

¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia.

Al choque interno provocado por las circunstancias de su vida se unían los abundantes casos que oía contar a personas de la sociedad. Por eso temía que alguien ejerciese malas influencias sobre el niño e intentaba proteger, al máximo, su inocencia. Ella debía rezar mucho por él, pidiendo al Sagrado Corazón de Jesús que lo librase del camino del mal. Estas palabras del Dr. Plinio lo atestiguan: «Había sido una madre abnegadísima por mi salud, sin embargo, varias veces, cuando yo era jovencito, en la época en que se forma el carácter, me decía con mucha dulzura: “Preferiría verte muerto a verte descarriado”. Es como quien dice: “Los tiempos son malos, tú eres muy joven; nadie sabe de lo que es capaz una persona cuando se pierde”. ¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia».
¿Cuánta fuerza no fue acrecentada en las bases de su fidelidad y su perseverancia gracias a las oraciones de Doña Lucilia? Un hecho ocurrido repetidamente durante la adolescencia de Plinio nos permite afirmarlo con seguridad: siempre que ella entraba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, cerca de su casa, iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José. ¿Qué es lo que pedía allí? Doña Lucilia nunca le explicó por qué se quedaba tanto tiempo junto a esas imágenes; pero, gracias al discernimiento de los espíritus, mirando en el fondo del alma de su madre, ¡Plinio entendióque ella estaba rezando por él! De hecho, en casa Doña Lucilia asistía a las discusiones que ya desde pequeño él tenía con sus primos y tíos, sobre temas de Religión y pedía gracias especiales y dones del Espíritu Santo para su hijo, con el objetivo de que adquiriese el espíritu de polémica y la sabiduría de Nuestro Señor, para ganar en todas las disputas, ya fuese con la familia o con otros adversarios. Y lo que ella, como madre, pidió, ¡lo consiguió! Pues, en determinado momento, por esas oraciones tan intensas de Doña Lucilia, debe haber recibido una infusión de gracias operantes que le dieron la participación en el espíritu de combatividad del Divino Redentor, que lo tornaron extremadamente recto, inquebrantable en las batallas contra el mal e incansable propagador del bien.Es inimaginable cuánto Doña Lucilia rezaba por el Dr. Plinio…

…iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José…

Siempre con mucha suavidad y respeto. Años más tarde, siendo él adulto, varias veces la veía entrar en su habitación y ponerse bien cerca de él, cuando ya empezaba a dormirse. En medio del torpor del sueño que lo acometía notaba que estaba rezando, pidiendo a Nuestra Señora amparo y ayuda para él. Pasadas varias décadas, todavía rememoraba el Dr. Plinio el final de esa convivencia diaria: «Cuando ya me estaba durmiendo ella me despertaba con sus agrados y me hacía la señal de la Cruz en la frente, antes de retirarse a dormir. Yo percibía algo de su elevada clave de espíritu que fluía sobre mí como un aceite perfumado y suavizante, que me ungía y me hacía bien, penetrando en mí como el aceite penetra en el papel». Después de eso, alguna que otra vez, ella misma apagaba la luz de la mesilla de noche, salía de la habitación y él adormecía con el recuerdo de su fisonomía.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 150 ss.

Se desencadena la tormenta

cap10_015

Prefasio del libro “En Defensa de la Acción Católica” del Nuncio Apostólico, Mons. Benito Aloisio Masella

El libro lanzado por el Dr. Plinio en junio de 1943 —en un gesto de holocausto que él mismo calificó de kamikaze — explotó como una bomba y dividió los campos, denunciando, a  los ojos de los que tenía buena fe, los errores diseminados en muchos ambientes del movimiento Católico. Los elementos alcanzados por la mencionada obra, no tuvieron cómo refutar la valiente denuncia del Dr. Plinio. Apelaron entonces a la calumnia, acusándole de haber incurrido en diversos errores doctrinarios sin decir cuáles y de no ser sumiso a la autoridad de los obispos. Esto a pesar de que el libro estuviese prologado por el Nuncio Apostólico, representante del Papa en Brasil y, por lo tanto, bien visto por la Santa Sede.
Como si la detracción contra el autor no bastase, esos elementos pasaron a la persecución abierta, con la intención de neutralizar cualquier acción suya. Arrancaron de sus manos los medios de apostolado, y llegaron al extremo de perjudicarle económicamente haciéndole perder los mejores clientes de su despacho de abogado, como era el caso de la Curia Metropolitana de São Paulo y de las órdenes del Carmen y de San Benito.cap10_016
El Dr. Plinio fue destituido de todos los cargos que poseía en la Archidiócesis, uno tras otro, incluso de la presidencia de la Junta Archidiocesana de la Acción Católica. Se deshicieron, así, innumerables vínculos que mantenía hasta entonces con personalidades eclesiásticas o seglares adeptas de las nuevas doctrinas. Del mismo modo, cesaron casi por completo las numerosas invitaciones para dar discursos y conferencias en reuniones católicas. En una palabra, un pesado ostracismo se abatió sobre él. Apenas le permaneció fiel el pequeño grupo de redactores del Legionário, el semanario archidiocesano del cual era director. Más tarde, las circunstancias le llevarían a renunciar también a este cargo.

“Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas…”

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

En medio de esos acontecimientos, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a un sacerdote amigo suyo, el cual no sólo comulgaba de las mismas ideas sino que también apoyaba abiertamente al “Grupo del Legionário”. Después de la comida, dejaron la mesa y continuaron conversando sobre los últimos acontecimientos del caso En Defensa. Junto a una ventana, doña Lucilia le enseñaba principios de costura a su nieta Maria Alice, en aquel entonces ya adolescente. Aquella escena de intimidad familiar daba la impresión de una vida tranquila, de quien ignoraba la tempestad que se cernía.
Dirigiéndose al sacerdote, el Dr. Plinio comentó:
— Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas, ¿no?
— Es para que ellas puedan continuar siendo así que nosotros conducimos esta lucha… respondió él.
Era la constatación de que, con la diseminación de los errores denunciados por En Defensa y las consecuentes transformaciones religiosas y sociales, aquella tranquilidad, o mejor, aquella concepción de la existencia familiar, toda impregnada de espíritu sobrenatural, corría el riesgo de desaparecer. Doña Lucilia, aunque consciente de la situación ¿tenía entera comprensión de lo que pasaba? Ya vimos en páginas anteriores cómo había  discernido, en una diminuta noticia de periódico, la difusión de estos errores en Brasil. Vimos también cómo, desde la infancia del Dr. Plinio, ella deseaba el desarrollo y la irradiación de su personalidad y entreveía que, de alguna manera, ésta alcanzaría grandes proporciones.
Sus esperanzas sobre el futuro poco común de su hijo, alimentadas por su intuición de madre, se habían realizado en parte, cuando, todavía muy joven, él se convirtió en líder de las Congregaciones Marianas y del propio Movimiento Católico. Pero, ¿y ahora?
Doña Lucilia nota el cambio en la situación de su hijo.
Tras haber seguido paso a paso la brillante ascensión de su hijo como líder católico, doña Lucilia asistía ahora afligida a la destrucción de toda la obra a la cualbél había consagrado lo mejor de su vida, y cuyo único objetivo era la victoria debla Iglesia sobre el mal.
Al lo largo de varias conversaciones con su madre, el Dr. Plinio le iba narrandoblo que sucedía, describía las vicisitudes, así como las consecuencias que de ahí resultaban para el futuro de la Iglesia. No dejaba tampoco de ponerla al par de la difícil situación financiera en la que había sido lanzado, debido a la pérdida de su mejores clientes.
Ella veía todo eso con su habitual serenidad, sin la menor manifestación de acidez o de resentimiento en relación a aquellos que desencadenaban tal persecución contra su hijo.
Con resignación cristiana, doña Lucilia midió las consecuencias de esos hechos en su situación personal. Antes era la madre de aquel que había sido el diputado más joven y más votado de Brasil, polo de pensamiento de la opinión pública católica y hasta de la no católica; de aquel idealista ante el cual se había abierto la perspectiva de brillantes victorias, hasta el triunfo final de la Iglesia sobre sus enemigos. Ahora se convertía en la madre de un hombre al cual el éxito había dado la espalda y que pasaba a vivir casi completamente aislado. Sin embargo, a doña Lucilia le quedaba un consuelo, y eso era lo más importante: ya fuera en el apogeo del prestigio, ya en medio de la persecución, su querido filhão continuaba siempre siendo el mismo.

Nada puede quebrantar a Plinio

Otro sufrimiento afligía a doña Lucilia: no poder hacer nada en favor de su hijo, a no ser cap10_007auxiliarlo por medio de la oración. No obstante, algunos hechos que de vez en cuando le llegaban a los oídos por medio de ésta o aquélla persona conocida, la llenaban de consuelo, pues, le revelaban cómo, en medio de tantas tribulaciones, nada abatía el ánimo de su hijo.
Un día, por ejemplo, el Dr. Plinio volvía en balsa de Guarujá hacia Santos, con destino a São Paulo, en compañía de su cuñado, Antonio de Castro Magalhães. A pequeña distancia de ellos estaba sentado un matrimonio, de mucho realce en la sociedad paulista de aquella época. Al reconocerlo sonrieron con amabilidad, dando muestras de querer entablar conversación con él. El Dr. Plinio conocía al marido hacía mucho tiempo, pero nunca había sido presentado a la esposa, razón por la que creyó ser más atento no tomar la iniciativa de acercarse al matrimonio para saludarlo personalmente. Juzgó su deber conservar esa actitud de reserva aún cuando la esposa le saludó también de modo amable, y por eso permaneció en el lugar en que se encontraba, conversando con su cuñado. A cierta altura, el marido no se contuvo más y, dejando a la esposa, se levantó y fue alegremente a hablar con el Dr. Plinio. La gentil actitud del eminente matrimonio dejaba ver cómo se mantenía intacto en la sociedad paulista el prestigio del intrépido batallador.
Antonio notó perfectamente lo que había de reservado en la cortesía del Dr. Plinio y, al encontrarse después con doña Lucilia, le contó ese pequeño episodio.
Cuando, de noche, ella estuvo con su hijo para la “conversación” habitual, el tema fue éste. Llena de alegría, ella entonces le contó el comentario de su yerno: “¡Nada puede quebrantar a Plinio!”

Serenidad a toda prueba

sdlEn razón de ese modo de ser, ninguna circunstancia, por peor que fuese, lograba perturbar la paz de alma de doña Lucilia. Un día, en la tranquila São Paulo de aquel entonces, una tragedia conmovió a la ciudad entera. Debido al incendio de un autobús en la Avenida Angélica, murieron entre las inclementes llamas muchos de los pasajeros. El vehículo era de la línea “Avenida”, la misma que el Dr. Plinio solía tomar para ir a su despacho de abogacía.
Cuando se entero del pavoroso accidente, el primer pensamiento de doña Lucilia fue que su hijo podía ser una de las víctimas.
Si para un corazón materno no hay nada más angustioso que la perspectiva de la muerte de un hijo, fue incalculable la aflicción que se apoderó del espíritu de doña Lucilia. Pero se acogió confiante a la protección del Sagrado Corazón de Jesús, delante de cuya imagen se puso a rezar a la espera de alguna información segura. Doña Rosée, siempre muy expedita, en seguida empezó a tratar de localizar a su hermano. Telefoneó a varios amigos para averiguar si tenían noticias más exactas y les pidió que comprobaran la identidad de las víctimas. Ahora bien, justamente ese día uno de los amigos del Dr. Plinio del “Grupo del Legionário”, José Gustavo de Souza Queiroz, estaba hospitalizado con una grave enfermedad que acabaría llevándoselo de esta vida poco tiempo después.
El Dr. Plinio había abreviado sus ocupaciones en el centro de la ciudad para hacerle una larga visita. Sin embargo, se había olvidado de dejar aviso en casa. Al final, alrededor de las ocho y media de la noche, llegó sin tener la menor idea de la situación que reinaba en el hogar. Al doblar la esquina de la calle Sergipe divisó a su sobrina Maria Alice junto al portón de la casa, andando inquieta de un lado para otro. Ella y doña Rosée salieron a su encuentro y, todavía sobresaltadas, le contaron lo ocurrido.
Calculando la angustia de doña Lucilia, el Dr. Plinio entró deprisa en la casa. La encontró afligida pero tranquila, sentada en la mecedora. La abrazó y la besó como de costumbre y le preguntó cómo se sentía después de esa atroz tribulación. Con la suavidad de siempre, doña Lucilia respondió: — Hijo mío, ¡qué alegría verte de nuevo! Estaba aprensiva, pero confiaba en que no te había pasado nada… Ahora voy a acostarme, porque la preocupación
me afectó el hígado y no me estoy sintiendo bien.
Después de un día de tanto sufrimiento no partió siquiera una queja de doña Lucilia. Con el alma en paz se fue a su cuarto, dando gracias a Dios por tener a su hijo junto a sí.

Una tempestad se anuncia en el horizonte

cap10_004Esta situación del mundo y de la Iglesia, discernida con incomparable lucidez por el Dr. Plinio, le llevará a adoptar una resolución llena de trágicas consecuencias para sí y para su querida madre: el lanzamiento del libro-bomba En Defensa de la Acción Católica, que desempeñaría un papel decisivo en el futuro de la Iglesia en Brasil. Doña Lucilia seguía, a través del Legionário, las pugnas trabadas por su hijo, y ciertamente notaba nubes muy cargadas que se iban acumulando en el horizonte. De hecho, una descomunal tempestad se abatiría en breve sobre el Dr. Plinio.
En Febrero de 1943, doña Lucilia había bajado a Guarujá con doña Rosée y su familia. Como ya iban bastante adelantados los trámites con la Nunciatura para la publicación de aquella obra, el Dr. Plinio estuvo con su madre apenas de paso, viéndose obligado a retornar en seguida a São Paulo, para dar un mayor impulso a los asuntos del libro. Desde el litoral, doña Lucilia le escribió lamentando su ausencia. Al final de la carta, doña Rosée agregó algunas palabras, reforzando los irresistibles apelos de su madre para que volviera a reunirse con ellas:

Guarujá, 24-2-943
¡Hijo querido!
Aún no recibí las noticias de tía Cotinha que me habías prometido, pero imagino que, al entrar en la maraña de tus ocupaciones, te olvidaste de todo, hasta de…
¡oh, no! de mí, ni “por hipótesis”, ¿estás consciente de eso? Sentí mucho verte partir, pero espero en Dios que puedas volver el próximo sábado. La estadía aquí está realmente muy agradable. Rosée me ha colmado de agrados y cuidados, y Antonio es siempre muy amable, y ambos se muestran deseosos de que vuelvas, y yo… ¡no pienso en otra cosa! Esa conferencia en Campinas, ¿no puede ser anticipada o postergada?
Yelita y su hijito llegaron hace dos días, y el niño está tan contento que le dijo ayer a su madre que le parece estar en un sueño tan bueno, que ¡hasta tiene miedo de despertar!
Feliz tiempo, ¿verdad? Nelia debe venir al hotel el próximo sábado y Nelita [vendrá también] para acá, lo que será muy bueno para Maria Alice, que, como viste, habla poco. Lee todo el tiempo que está en casa y está siempre callada. Necesita compañías de su edad.
¿En qué quedó la compra de nuestra casa? ¿Han aparecido otros pretendientes?
¿Cómo te han tratado Olga y Sebastiana? ¡Les recomendé tanto que lo hicieran con todo esmero!
Ya hice dos baños de pie con agua de mar, y tengo mucha fe en su buen resultado. Ayer y hoy fui a la playa y es una pena que la lluvia nos impida salir ahora por la tarde.
¿No han venido cartas de tu padre? Manda a Olga que las lleve al correo con la dirección de aquí. Saludos a José Gustavo.
Con mis bendiciones, te envío muchas saudades, besos y abrazos. De tu mamá muy extremosa y amiga,
Lucilia

Mi Pinimino (Apodo del tiempo de niño),
¿Cuándo vienes? Estamos ansiosos de tu vuelta. Dile al sacerdote de Campinas que tienes que visitar a Mamá. Gracias a Dios se ha estado sintiendo óptimamente, come muy bien, duerme bien, pasea y toma los soñados baños de pie. Vuelve pronto, mi bien. Besos
de Rosée.

Final de la Constituyente y nueva candidatura

Sala de la Asamblea Federal en Río de Janeiro

                                Sala de la Asamblea Federal en Río de Janeiro

“No me olvidaré de las llamadas por teléfono a su mamá…”

Durante el período que pasó en Río, el Dr. Plinio tenía por hábito hospedarse en el Hotel Regina, desde donde a menudo llamaba por teléfono a su querida madre. Terminados los trabajos de la Constituyente con su promulgación el 16 de julio de 1934, cuando se preparaba para dejar definitivamente la Capital Federal, una confidencia le reveló que esas conversaciones habían sido escuchadas por alguien.
Antes de partir, se despidió de los empleados del hotel, que lo habían servido durante un año entero. El establecimiento estaba dirigido por una señora portuguesa, categórica y autoritaria pero muy amable, doña María da Gloria, y a ella le dirigió algunas palabras más corteses para decirle que guardaría gratos recuerdos de la estadía pasada allí, donde había sido tan bien tratado.
Ella, con un candor totalmente lusitano, respondió:
— Vaya con Dios. Yo nunca me olvidaré de las llamadas por teléfono a su mamá en São Paulo.
— Pero, ¿las escuchó usted? — preguntó él asombrado.
A lo que doña María da Gloria, sonriendo, contestó:
— Vaya con Dios, doctor. ¡Eran tan bonitas que las oí todas!
Lo normal sería que el Dr. Plinio reclamase, pues era inadmisible que una gerente de hotel oyera las conversaciones telefónicas de los huéspedes. Pero doña María da Gloria confesó su falta con tal sinceridad, dejando traslucir tanta bondad de alma y tanta admiración, que él se sintió desarmado y le retribuyó esa inocente prueba de amistad con una gentileza proporcionada.
Al llegar a São Paulo le contó el hecho a su madre, a quien le pareció muy pintoresco. A partir de entonces, doña Lucilia en una actitud muy característica suya, siempre que el Dr. Plinio iba a Río y se hospedaba en el Hotel Regina, mandaba afectuosos saludos a la indiscreta y amable gerente, cuya alma aún tenía suficiente quilate para maravillarse con aquella elevada convivencia.

Las alegrías del regreso

cap9_001A través de la lectura de los diarios, doña Lucilia seguía atentamente el desarrollo
de los trabajos de la Constituyente. Además de desear saber si las “Reivindicaciones
Mínimas” de la Liga Electoral Católica, por las que tanto batallaba su hijo, habían sido aprobadas, ansiaba su vuelta. Las saudades aumentaban día tras día.
Por fin, llegó la confirmación del tan esperado regreso: el equipaje, que había sido despachado con anterioridad para São Paulo, es entregado en la calle Marqués de Itú. Fue tal la alegría que esto causó a doña Lucilia que, desbordante de júbilo, llegó a besar una por una las maletas de su hijo. El día anunciado para la llegada, estando próxima la hora y tras haber preparado todo del mejor modo posible para recibirlo, se sentó junto a la entrada de la casa. Y allí se quedó a la espera, rezando, para tener la alegría de abrirle la puerta y no retrasar, ni siquiera por un instante, el momento de verlo, abrazarlo y besarlo.
Aquel día, la conversación no se quedó para la noche. El Dr. Plinio en seguida le contó cómo había sido el viaje, las indiscreciones de doña María da Gloria, la firma de la Constitución, la clausura de las actividades de la Asamblea, algunas novedades sobre los familiares y conocidos de Río…
Doña Lucilia también le relató por su parte las pequeñas nuevas domésticas, entre otras la de que una de sus tías había hecho un negocio muy bueno y, como era soltera, les había regalado a cada una de las tres sobrinas una buena suma de dinero. No obstante, en vez de disponer del mismo para los gastos de la casa, pues se habían mudado hacía poco y era necesario hacer algunas reformas, doña Lucilia prefería ponerlo a disposición de su hijo para lo que él quisiese. Le dijo entonces:
— ¿En qué quieres invertir ese dinero? Si piensas utilizarlo para amueblar nuestra casa será suficiente para ello; pero si tienes otros planes, confío enteramente en ti. Haz lo que quieras.
El Dr. Plinio respondió:
— Mãezinha, voy a pensar un poco. Vamos a ver cómo andan las cosas…
Deseaba saber cómo se desarrollarían los acontecimientos políticos pues, si los intereses de la Iglesia lo exigiesen, volvería a presentarse como candidato para diputado, y entonces sería necesario utilizar ese dinero para su campaña electoral.

Generosa entrega a la Causa Católica

Dr. Plinio diputadoUna vez disuelta la Asamblea Constituyente, fueron convocadas unas nuevas elecciones, ahora no sólo para la Cámara Federal sino también para las Cámaras Estatales.
Si el Dr. Plinio se lanzase como candidato para diputado federal y fuese elegido —reflexionaba con cierta aprensión doña Lucilia— eso motivaría una nueva separación bastante más larga. Sin embargo estaba dispuesta a cualquier sacrificio. Pero esta vez las intenciones apostólicas del Dr. Plinio fueron favorables a los anhelos maternos. Debido al lugar de destaque que él ocupaba en las Congregaciones Marianas de São Paulo no quería apartarse de lo que era su campo de acción por excelencia, y así se lanzó como candidato para diputado estatal, con gran alivio para su madre.
El Dr. Plinio tuvo que enfrentar serias dificultades, pues las circunstancias no eran tan propicias como durante la elección anterior. El Arzobispo de São Paulo, Mons. Duarte, decidió disolver la LEC, y no hubo, por lo tanto, candidatos oficialmente indicados por la Iglesia. Gran desventaja para el Dr. Plinio, pues su electorado era católico. No faltaron vivas y cordiales presiones para que se inscribiese en las listas de los dos partidos rivales: el Partido Republicano Paulista, conservador, cuya dirección estaba integrada por antiguos barones del café, y el Partido Constitucionalista, dirigido por profesores universitarios y profesionales liberales. Ahora bien, el electorado personal del Dr. Plinio se dividía entre las filas de ambos partidos. Si optaba por ser candidato de uno de éstos, se apartaba naturalmente del otro, con lo que perdía inevitablemente la otra mitad. Además, un hermano del Arzobispo también se presentó como candidato a diputado estatal, y corrió la voz entre los católicos que sería descortés para con el ilustre prelado, y en consecuencia para con la Iglesia, que no fuese elegido.
Por ese motivo, el hermano de Mons. Duarte terminó siendo en cierto modo el candidato oficioso de la Iglesia.
A pesar de tantas adversidades, el Dr. Plinio decidió presentarse como candidato independiente en vista de su prestigio como líder católico, comprobado en la elección anterior, y de las ventajas que de allí podría sacar para el apostolado. Al hacer el presupuesto para los gastos de la campaña, vio que costaría exactamente la cantidad que doña Lucilia había recibido de su tía. Tras sopesar bien los pros y los contras, resolvió comunicar a su madre la decisión de luchar en defensa de la Iglesia como diputado estatal:
— Mãezinha, creo que, verdaderamente, lo mejor para mí sería no lanzarme como candidato, asumir mi cátedra en la Facultad de Derecho y, algún tiempo después, abrir un despacho de abogacía. Con nuestra casa razonablemente arreglada, normalizaríamos nuestra situación; pero es ventajoso para la Causa Católica que presente mi candidatura como diputado independiente. En estas condiciones, le pido permiso para poder usar el dinero que usted me ofreció para cubrir los gastos de mi campaña.
Doña Lucilia veía bien cuánto arriesgaba en ello, pero su decisión estaba tomada desde hacía mucho tiempo. Con la misma serenidad de siempre le respondió:
— ¡Lo que quieras, lo tendrás! Todo mi dinero, todo cuanto es mío. Dispón como quieras…
En la difícil situación financiera en que la familia se encontraba, doña Lucilia daba un magnífico ejemplo de desprendimiento en favor de los intereses de la Santa Iglesia, y de confianza total en la Providencia. Tras las elecciones, los hechos vinieron a dar la razón a las aprensiones de doña Lucilia, pues el Dr. Plinio no fue elegido. En efecto, los candidatos independientes eran cuatro o cinco. El más votado de ellos había sido el Dr. Plinio, pero ninguno había alcanzado el número suficiente de votos para obtener un escaño.

Fallecimiento de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

A finales de 1933, el estado de doña Gabriela se agravó de forma preocupante.
No tardaría en extinguirse la luz de esa venerable dama, cuya presencia había comunicado tanto brillo a la sociedad paulista. Doña Lucilia no sería ella misma si no envolviese con su filial cariño y con su dedicación incansable a la madre a quien tanto amaba. En el palacete Ribeiro dos Santos, el cuarto de doña Lucilia quedaba a una buena distancia del aposento de doña Gabriela. Esta última tenía un ama de llaves muy buena y dedicada, que dormía en una dependencia contigua para servirla cuando la necesitase.
Doña Lucilia, no obstante, llevada por su solicitud, mandó instalar un timbre eléctrico en su propio cuarto, que podía ser accionado desde la cabecera de la cama de doña Gabriela. De esta manera, si hubiese alguna emergencia, podría atenderla con celeridad, procurando suplir con su presencia cualquier dificultad que el ama de llaves no supiese resolver. Sin embargo, ni el más profundo amor filial es capaz de impedir lo inevitable… El 6 de enero de 1934 falleció la gran dama.
Doña Lucilia, a pesar del dolor que le invadía el alma, pues la muerte de su madre la había afectado profundamente, no dejó de cumplir la penosa tarea de recibir, al lado de sus hermanos y de otros familiares más próximos, las manifestaciones de pesar de las personas amigas, hasta el momento en que las fuerzas le faltaron y se vio obligada a recogerse en sus aposentos.
Acostada en la cama, con la fisonomía envuelta en un velo de tristeza, se entregó a la oración, a fin de encontrar un consuelo espiritual en el Sagrado Corazón de Jesús y alcanzar de Él el eterno descanso de su tan querida madre. Fue así como, algunos instantes después, la encontró su hijo, cuando se dio cuenta de su ausencia en el salón.
Viendo su abatimiento intentó consolarla con palabras de afecto y dulzura, como sólo él sabía decir a su madre. Sin embargo, en medio de todas aquellas adversidades, doña Lucilia mantuvo continuamente una actitud de entera serenidad y compostura, sin permitir que la emoción, por mayor que fuese, le quitase el dominio de los sentimientos.
La Providencia le reservaba otros sufrimientos, que la acrisolarían aún más poniendo a prueba su confianza en Dios.

Las profundas transformaciones de los años 30

Hacía mucho que doña Lucilia había cesado la acción estrictamente formativa
de sus hijos. Doña Rosée, de veintiséis años, ya tiene familia constituida y desde
hace algún tiempo no vive más con su madre. El Dr. Plinio, de casi veinticuatro
años, abogado, es líder incontestable del Movimiento Católico en São Paulo. A pesar de todo, por sus virtudes, por su bondad, por su determinación en
buscar siempre la perfección, por su abnegación para con sus hijos y por desearles
todo el bien, la suave y afectuosa solicitud de doña Lucilia continuaría fluyendo
sobre ellos como las aguas límpidas de un caudaloso río.

Las profundas transformaciones de los años 30

cap9_012Doña Lucilia tendría ocasión de presenciar, en el transcurso de la década de los 30, muchas transformaciones sociales que llevarían a Brasil a abandonar las hermosas tradiciones admiradas por ella en su infancia y juventud. Si el propio Georges Clemenceau, izquierdista declarado, hubiese vuelto a nuestro país durante aquellos años, tal vez no se sentiría tan en casa como en 1910.
El esplendor, el refinamiento y los modos de ser reinantes en el tiempo de la República Vieja, iban siendo sustituidos por el American way of life y por la socialización igualitaria y populista que caracterizó a la dictadura de GetulioVargas.
La Revolución de 1930 y, posteriormente, el advenimiento de lo que se llamó de Estado Novo (El período de la historia de Brasil marcado por la presencia del dictador Getulio Vargas irá de 1930 hasta la caída de éste en 1945. El Estado Novo propiamente dicho se
iniciaría en 1937, tras un nuevo golpe dado por Vargas) no constituyeron un simple cambio de gobierno, sino que marcaron una línea divisoria en la historia del país, pues las clases dirigentes tradicionales perdieron buena parte de su influencia y de su poder, tanto político como económico. Ellas fueron rápidamente relegadas a un segundo plano, y el tonus general de la sociedad empezó a ser dado por otro elemento —el nuevo rico— cuyo enriquecimiento de la noche a la mañana, debido a la industrialización inducida, lo elevó a la cúspide de la notoriedad.
Oro y prestigio se hicieron sinónimos. Arriesgar grandes sumas, hacer grandes negocios, obtener grandes lucros —no para tener una vida cómoda y tranquila, sino para poder hacer más negocios y ganar más dinero— fueron, a partir de entonces, los objetivos del hombre de ese triste siglo XX, tanto del magnate como del más ínfimo negociante.
El deseo desmedido de gozar el instante presente, como quien degusta hasta el último y más pequeño pedazo de una deliciosa fruta, para, en seguida, tomar otra y otra más, hizo que las personas volviesen su mirada exclusivamente hacia los bienes materiales y pasajeros, disminuyendo en sí la capacidad de amar y de cultivar los bienes sobrenaturales y eternos, en los cuales reside la verdadera felicidad del alma.
¡Hasta el ritmo de vida se alteró!
El espíritu familiar, que impregnaba a fondo el vínculo entre patrones y obreros, de modo más acentuado en los medios rurales, feneció. Y la lucha de clases, insuflada por una legislación laborista socializante, fue tomando su lugar paulatinamente.
¡Qué diferencia con aquellos añorados tiempos de otrora, en que el afecto y la bondad eran la nota dominante en el trato entre los hombres y entre las clases sociales!
El Brasil de la tranquilidad, imbuido de la atmósfera de la vida de familia y del suave aroma de la Civilización Cristiana, desapareció rápidamente.

La virtud de la caridad que, al regir la convivencia social, había hecho de la bondad la característica sobresaliente del temperamento brasileño, se fue apagando en los corazones.
Pero doña Lucilia, a pesar de todos esos cambios, añadió a la tenaz y serena resistencia que ya oponía al espíritu de Hollywood una fidelidad inquebrantable al estilo de vida tradicional, así como una religiosidad y una elevación de espíritu crecientes. La clase social a la que pertenecía fue la más lesionada por las transformaciones de la época. Poco antes, la agricultura había sido golpeada por la irrupción del stephanoderes coffeae (Plaga de los cafetales africanos que, de modo extraño e inesperado, contaminó las plantaciones brasileñas). Luego, una superproducción de café y la trágica quema de los excedentes del producto (cuya claridad iluminó los cielos paulistanos durante algún tiempo) a partir del otoño de 1929 (“crisis del café”), hicieron que todo conspirara para que la agricultura fuese pasando a un segundo plano, mientras la industria ocupaba el primero.

La convocatoria de la Constituyente y la fundación de la LEC

cap9_006

Mons. Duarte Leopoldo e Silva

Era previsible que hubiese espasmos de insatisfacción en toda la sociedad, como de hecho ocurrió y  llevó al Gobierno a convocar una Asamblea Nacional Constituyente.
En este contexto, la ejemplar formación que doña Lucilia había dado al Dr. Plinio comenzaría a surtir sus efectos beneficiosos en la vida pública paulista; y no mucho después en el ámbito nacional. Como líder católico, le llegaba el momento de entrar en la lid, a fin de servir a su país en toda la medida de lo posible.
Con la convocatoria de la Constituyente, el Dr. Plinio vio abrirse una buena oportunidad para desarrollar su acción en favor de los derechos de la Iglesia, a la cual el laicismo caduco y anticlerical del siglo XIX había lesionado gravemente, perjudicando con ello a la propia nación brasileña. El joven congregado mariano fue entonces uno de los más activos propugnadores, junto con el Episcopado nacional, de la fundación de la Liga Electoral Católica (LEC), inspirada en una institución semejante existente en Francia (La Fédération Nationale Catholique, que fue planeada y propuesta por el General Marqués de Castelnau, uno de los principales jefes militares de Francia durante la Primera Guerra Mundial). Su modo de actuación consistía en interrogar a los candidatos de los diversos partidos políticos sobre lo que pretendían hacer durante el ejercicio de su mandato, a respecto de las principales materias de interés para la Iglesia Católica. Conforme a las respuestas, ellos eran recomendados o no al voto católico. Como se ve, la indicación de dichos candidatos obedecía al más alto idealismo, y se abstenía de tomar cualquier posición político-partidaria. La Junta Nacional de la Liga Electoral Católica, previa aprobación del Episcopado brasileño, publicó la lista de las “Reivindicaciones Mínimas”
de la opinión católica (El objetivo de la LEC era conseguir la inserción, en la futura Constitución Federal, del reconocimiento de algunos derechos esenciales de la Iglesia y de los católicos que el positivismo laico y republicano había abolido en 1889. Esos derechos eran: enseñanza religiosa en las escuelas públicas; capellanías católicas en las Fuerzas Armadas, en las prisiones, en los hospitales públicos y en todos los otros establecimientos del Estado; prohibición del divorcio; atribución de efectos civiles al matrimonio religioso. Gracias al esfuerzo desarrollado por el Dr. Plinio, dichas “Reivindicaciones Mínimas” fueron luego aprobadas por la Asamblea Nacional Constituyente).
Era entonces Arzobispo de São Paulo Mons. Duarte Leopoldo e Silva, prelado imponente, decidido y altamente consciente de sus responsabilidades morales para el cumplimiento del cargo sagrado que le había conferido la Iglesia. Para la fundación y organización de la LEC del Estado de São Paulo tomó como brazo derecho al Dr. Plinio. Así, en noviembre de 1932 se estableció su Junta Estatal.
Como secretario general fue escogido el propio Dr. Plinio. Este cargo era una especie de palanca rectrix de la Junta Estatal.

Trámites en Río de Janeiro

Para tratar con Mons. Leme (Mons. Sebastião Leme da Silveira Cintra, Cardenal Arzobispo de Río de Janeiro) sobre la formación de la LEC a nivel nacional, el Dr. Plinio tuvo que ausentarse algún tiempo de casa.

La elección del Dr. Plinio

plinio_correa_de_oliveira_diputadoEl año de 1933 se abrió con la expectativa de la Constituyente, que fijaría los rumbos del nuevo Brasil. El 3 de mayo se realizaron las elecciones para escoger a los futuros parlamentarios. En numerosos estados muchos de los nombres indicados por la LEC ascendieron a la Magna Asamblea.
Un triunfo inesperado llenó de alegría al electorado católico: Plinio Corrêa de Oliveira, de 24 años, el más joven de los candidatos, sorprendió a sus partidarios más optimistas al ser el más votado en todo el país, obteniendo el doble de sufragios que el segundo, a pesar de ser éste un hombre célebre y experimentado en las lides políticas.
La espectacular elección del Dr. Plinio representaba un triunfo del Movimiento Católico, dado que él había hecho propaganda apenas en las parroquias o entre las asociaciones religiosas, y había presentado como programa la defensa de los principios de la Iglesia.
A doña Lucilia le había causado una especial aprensión el hecho de ver a su hijo proponerse como candidato aún muy joven y sin electorado fijo, al contrario de los políticos más experimentados. Bajo este aspecto, él estaba en franca desventaja frente a sus opositores. Recelosa de que el Movimiento Católico no consiguiese votos suficientes para elegirlo, llamó por teléfono a todas sus amigas, pidiendo que no dejasen de votar por él. Hasta llegó a llamar al director del Hotel Parque Balneario de Santos, donde acostumbraba hospedarse la familia, a fin de obtener que él garantizase los votos de los funcionarios del establecimiento a favor del Dr. Plinio.
Pero el sorprendente resultado de la elección reveló que la fuerza de la opinión pública católica era mucho mayor de lo que mostraban las apariencias, dándole a doña Lucilia una redoblada alegría, sobre todo por tratarse de una victoria de la Iglesia.
No obstante, el éxito del Dr. Plinio le costó no pequeñas preocupaciones y sacrificios. El mayor de ellos fue la prolongada ausencia de su filhão querido, durante la cual ella pasó innumerables horas rezando delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús por el buen éxito de sus pugnas. Preocupaciones y alegrías, oraciones ardorosas y lágrimas maternales, doña Lucilia depositaba todo con confianza a los pies del Divino Redentor, segura de que Él habría de oír aquella insistente súplica. Y sus fervorosas oraciones fueron ampliamente atendidas.
La convivencia fundamentada en la Caridad hace que, en relación a los riesgos y peligros, aquellos que se aman se vuelvan aún más perspicaces.

Un designio de la Providencia que doña Lucilia intuía

cap8_017Doña Lucilia parecía notar algún designio de la Providencia para su hijo, aunque no lo comprendiese hasta el fondo. Ciertas actitudes suyas lo expresaban claramente como, por ejemplo, aquellas asiduas oraciones que hacía por él ante el altar dedicado al Niño Jesús en discusión con los Doctores de la Ley, en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús. Intuía que la vida del Dr. Plinio estaría enteramente consagrada a un alto ideal, y que eso tal vez exigiese de él algunos sacrificios como, por ejemplo, quedarse soltero.
Ahora bien, en aquella época él aún no había optado por el celibato. Conoció entonces a una joven que le pareció simpática y de buen carácter, cuya familia pertenecía a la más alta sociedad de São Paulo y tenía muchos bienes. Juzgando que era un buen partido, comenzó a encontrarse con ella en algunas fiestas para conversar. Después de cierto tiempo, resolvió llevar adelante su proyecto. Hablando una vez sobre música, ella afirmó no conocer algunos discos, y él le dijo que se los mandaría, lo que efectivamente hizo en cuanto pudo, anexando al regalo una tarjeta de visita. Ella, a su vez, le envió por correo otra tarjeta agradeciendo.
El Dr. Plinio tenía en su escritorio un pequeño bajorrelieve de metal sobre una placa de mármol, que representaba a Nuestro Señor dando la Sagrada Eucaristía a un niño. A fin de obtener de Dios el buen andamiento de aquel asunto, puso detrás de la placa de mármol la tarjeta que había recibido. El dejarla junto a la imagen simbolizaba un constante pedido en ese sentido. Pero el incipiente compromiso se deshizo, y él mismo se olvidó de que había dejado allí la tarjeta. Tiempo después, al llegar el Dr. Plinio de su despacho, doña Lucilia le abordó maternalmente, con aires de quien había descubierto un secreto celosamente guardado:
— Entonces, ¡¿eh?! tu madre lo ignoraba…
El Dr. Plinio, sin tener idea de qué se trataba, respondió:
— ¿Mi bien, qué es lo que ignoraba?
— Yo estaba rezando por ti, en tu mesa, y vi aparecer por detrás de aquel mármol una puntita de papel. Me entró curiosidad de saber qué era, le di la vuelta a la placa y encontré la amable tarjeta de X, agradeciendo gentilmente un regalo…
Bien veo lo que eso quiere decir…
El Dr. Plinio entonces le respondió jocosamente:
— Pero ¿qué pasa? ¿Usted no ve que todo el mundo se casa? Yo también me voy a casar un día…
Y se rió afectuosamente. Después le dijo:
— ¡Oh mamá, eso ya está roto, no hay nada más!
El Dr. Plinio notó que un eventual noviazgo sería una decepción para ella.
Más adelante, cuando decidió optar por el celibato, no le dijo nada, porque le parecía un asunto muy personal. Pero doña Lucilia notó su resolución y se quedó verdaderamente satisfecha.
Otros parientes también intuyeron que él había renunciado al matrimonio para entregarse al apostolado, y comentaban el hecho en conversaciones de familia.
Un día, alguien dijo que así era mejor, pues por su modo de ser enérgico, él no sería un buen marido. Doña Lucilia respondió inmediatamente que no estaba de acuerdo con esa afirmación, pues siendo él tan buen hijo no podría dejar de ser buen esposo. Los parientes, que conocían ya sus intransigencias, prefirieron batirse en retirada y no tocar más el tema.