Espíritu Ordenado

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Doña Lucilia era una persona altamente ordenada, cuyo espíritu, aun cuando estaba vuelto hacia las cosas comunes de la vida, estaba con frecuencia orientado hacia Dios.

Una persona que cultivara tulipanes y conociera, por tanto, gran variedad de esas flores muy bonitas, y estuviese dotada de un espíritu ordenado, por lo mejor de su espíritu sería llevada a pensar en un tulipán absoluto, lindísimo, perfectísimo, que encerrase en sí todas las cualidades de su especie, de manera que aquel fuese el tulipán por excelencia.
Ese tulipán no existe. Puede haber uno lindo, el más bonito de los tulipanes que Dios creó, pero uno así, que esté para con los otros tulipanes en ese grado de absoluto, no existe, porque absoluto solo es Dios.

El tulipán perfecto y el palacio de una grandeza inexpresable

Se puede imaginar que una persona procurase hacer una fantasía de ese género de un modo meritorio, virtuosamente, para tener una idea del tulipán perfecto, por un lado, y satisfacer su propio deseo de perfección en todo.
Así, se podría pensar en una persona que tratase varios objetos muy bonitos, todos ellos a su modo perfectos, con las limitaciones propias de este valle de lágrimas. Por ejemplo, un palacio que constituya, con sus muebles, sus parques, sus jardines, sus fuentes, con todo el resto, un conjunto de una belleza inexpresable. La persona piensa qué sería lo más alto en el género palacio, una cosa inalcanzable, pero en la cual el hombre puede pensar, y piensa con mucha seriedad. De manera que el tulipán y el palacio imaginados por él serían, ante todo, aquella forma de perfección que reside principalmente en una seriedad admirable.
Este sería el punto más alto de meditación sobre cosas terrenas que un espíritu humano pudiese concebir. De ahí resultaría una idea abstracta de lo que sería la perfección absoluta, idea esta que la persona no puede reducir a una figura, pero queda en el espíritu. El anhelo de conocer esa perfección absoluta es el deseo de conocer a Dios, porque solo Él es esa perfección absoluta.
Alguien cuya elevación de espíritu lo llevase a dirigirse frecuentemente a ese altísimo páramo, y que aun cuando estuviese cuidando de las cosas comunes de la vida todavía poseyese algo de ese pensamiento dentro del espíritu, sería una persona altamente ordenada, porque el principio del orden es ese. Y el tratar de poner en el orden debido la más pequeña de las cosas, es uno de los efectos de ese principio de orden.

Bondad, dulzura y seriedad

… en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco.

Lo que se veía en mi madre – no sé en qué grado definido, pero en un grado muy alto – era eso. Más allá de su bondad, de su afecto, se veía que estaba en una meditación puesta con mucha dulzura, y sobre todo con mucha seriedad, en este absoluto de las cosas, o sea, Dios Nuestro Señor.
Sobre todo, en las mejores fotografías de Doña Lucilia, eso sobresale mucho. Por ejemplo, en aquella en que está sentada en un banco de madera pintado de blanco. Ella viste un traje de gala, por tanto, en una actitud de quien está participando de una fiesta y se separó un poco para ser fotografiada. Se nota que, con toda naturalidad, terminado el acto de ser fotografiada, saldría del lugar y comenzaría una conversación social – no lo social de hoy, bien entendido, sino del tiempo de ella – con las personas que estuviesen allí, como acostumbra a ser en los actos sociales. Pero por encima de todo hay algo profundamente serio, un tanto doloroso y un tanto extasiado de su alma. Esto era lo mejor de su alma.
Ya en otra fotografía, donde ella está en el extremo de su ancianidad, viendo complacida unas flores, lo que hay de ordenado es diferente de aquella fotografía, en la cual ella tiene treinta y tantos años, y naturalmente aquel completo dominio sobre su propio cuerpo, propio de la edad más distante de la vejez.

Subió de modo ordenado la escalinata del dolor

En esa segunda foto mi madre aparece con el cuerpo como macerado por la vejez, pero de tal manera que no está macerado en nada. Se percibe en ella la edad extrema de casi noventa y dos años, que pocas personas alcanzan. Sin embargo, ella conservó la preocupación de que la generalidad de su cuerpo y de su cabeza conservase una línea muy definida.
Todo cuanto dije con respecto a la elevación, en esa edad Doña Lucilia ciertamente no lo sabría explicitar, pero está en su espíritu y ocupa un lugar predominante en la actitud
general de su persona.
Se nota esto, por ejemplo, por la postura de las manos y de los brazos,
colocados en una posición a la cual no le falta ninguna belleza y orden. Los brazos no están puestos de cualquier forma, como una persona que perdió el gobierno de sí, sino que tienen cierta línea propia de quien sabe que está siendo fotografiada y, por tanto, necesita presentarse de manera decorosa. Por otro lado, ella quiso ser fotografiada prestando atención en las flores, para ser amable con la persona que se las dio – eso era muy de ella –, y el modo de ser amable era ver las flores con la expresión fisonómica de quien está complacida, dando así a entender, discretamente, que el regalo le había agradado, y así contentar a quien quiso agradarla.
Es lo que le era posible hacer en ese extremo de ancianidad. Pero en eso mismo se ve que el deseo del orden la llevó a resistir contra el defecto natural de la edad, e imprimir un
tonus general en la fotografía. ¿No podría alguien – viendo esa fotografía –, preguntar: “¿Quién es esa viejita?”? Esa pregunta no cabe, por causa del cuidado de ella con su propia ordenación.
Por lo que me fue dado ver, ella subió la escalinata del dolor normalmente, escalón por escalón, de manera que, con el paso del tiempo, las decepciones, los sufrimientos se fueron sumando. Pero esa suma se constituía de escalones y en tiempos iguales, de manera que daba la impresión de una ascensión homogénea. Por otro lado, incluso en la avanzada edad de mi madre en esa foto, por ejemplo, la acogida que ella daba a una persona que llegaba era naturalmente graduada conforme a sus disposiciones con relación a esa persona, pues Doña Lucilia no era igualitaria, y quería a unos más, a otros menos. Pero siempre con una abertura, una bonhomía, una acogida, que podían ser comparadas, según el caso, a la luz de un día soleado muy bonito o a una luz más discreta, más dulce, de una linda noche de luna.
Ella tenía así disposiciones de espíritu con relación a esa o aquella persona, conforme los casos y las situaciones de entusiasmo, o de un afecto estable, tranquilo, hasta envejecido, pero que no muda nunca. Ella era muy constante en sus amistades.

Entusiasmo materno delante del afecto filial

A propósito, un caso que me sorprendió un poco, en el cual ese entusiasmo se reveló, fue el día en que se inauguró la Constituyente, siendo yo diputado.
Entré en el recinto de la Cámara, fui hasta la representación paulista –dispuesta ya en la primera fila – y saludé a mis compañeros de representación, como era mi obligación. Enseguida, como no conocía a ningún otro diputado – todos eran nuevos para mí, no tenía obligación de saludar a nadie más –, comencé a mirar las tribunas para saber si ella había encontrado lugar. Porque si no tuviese yo subiría, hacía cualquier cosa y le conseguía un lugar. Por el afecto que le tenía a ella, me parecía natural actuar así, y, por lo tanto, no calculé el efecto de lo que hacía.
Por una circunstancia cualquiera me costó verla. De repente noté a las dos – mi madre y mi hermana –, que estaban sonriendo. Cada una había sacado el pañuelo de la cartera y estaban agitándolo porque, percibiendo que yo no las estaba viendo, quisieron así, con ese gesto, facilitar la búsqueda. Cuando la vi, quedé muy contento e hice una señal con la mano, de saludo, y volví a mi lugar. Terminada la sesión, la asamblea se disolvió y fui a buscarlas a la salida del lugar donde ellas se encontraban con mi padre, para tomar un automóvil y volver al hotel donde estábamos hospedados.
Se trataba del Hotel Gloria, que queda en una posición muy bonita en la playa de Flamengo. Yo había conseguido para ella una habitación excelente, con vista directa al mar. Allí no hay playa, pues la urbanización hizo que la tierra diese directamente a un acantilado con piedras puntiagudas. La coloqué en aquella habitación porque sé que a ella le gustaban mucho los panoramas, y allí el panorama es muy bonito.
Cuando llegué, la encontré sentada en una especie de silla mecedora, viendo el mar que, de hecho, estaba soberbio aquella noche. La luna estaba literalmente dorada y muy bonita. Después, a corta distancia, plantada en una posición por así decir muy fotográfica, había una palmera alta. En Río hay palmeras muy bonitas, altas, grandes. Doña Lucilia estaba disfrutando el reflejo de la luna dorada en el mar y de toda la belleza del panorama.
Entré, me acerqué a ella, la besé, en fin, como era de costumbre. La mecedora era muy baja, de manera que me arrodillé para quedar así a su alcance y decirle alguna cosa; son esas conversaciones comunes.
Ella me dijo:
– Hijo mío, no sabes qué alegría diste hoy a tu madre.
– Pero, ¿cómo así, mi bien?
– ¡Es una de las alegrías más grandes que me has dado en la vida!
Ahí ella hablaba con énfasis. Yo le pregunté:
– Y, ¿por qué?
– Todavía conservo en la retina tu expresión fisonómica en la Cámara, allá abajo,  buscándome y después diciéndome adiós; la expresión de fisionomía alegre y tranquilizada que tomaste cuando viste que yo había encontrado un lugar.
Yo no estaba angustiado, ni era para tanto, sino atento; quería que ella estuviese a gusto.
Al oír eso “caí de las nubes” y dije:
– Pero, mi bien, eso no tiene nada de especial.
– No es verdad – respondió ella –, en ese momento en que podías estar pensando solo en ti y todo lleno de vanidad, pensaste así en tu madre; eso quiere decir mucho. Y hasta ahora estoy llena de alegría por haber recibido de tu parte esa manifestación de afecto filial.
La besé varias veces, jugué un poquito con ella y salí.
Yo no la vi en ningún momento manifestar tanto entusiasmo por alguna actitud mía como en esa ocasión.

(Extraído de conferencia de 26/2/1993)

 

Solicitud para con el sufrimiento ajeno

En una actitud opuesta a la culturada por el optimismo ciego de ciertas de épocas, Doña Lucilia tomaba el sufrimiento como un componente ineludible de este “valle de lágrimas”, a ser aceptado con resignación y confianza en la misericordia divina. Como señala el Dr. Plinio, esta postura serena ante el dolor la inclinaba constantemente para la compasión y la caridad en relación al próximo abatido por los reveses e infortunios de la vida.

En su existencia cotidiana, mamá se relacionaba con los demás teniendo como fondo de cuadro el presupuesto de que la vida humana trae necesariamente, para todo hombre, grandes sufrimientos. Después del pecado original, cada criatura humana está sujeta a sufrir y, por lo tanto, no existen los grandes gozadores. El bon vivant es, en realidad, un sufriente que disfraza su padecimiento.

Doña Lucilia en 1959 en una conferencia del Dr. Plinio Profundamente compasiva, Doña Lucilia entendía que la principal solicitud de la Providencia para con los los hombres son de permitirles un sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Pena de quien no sufriera

Por otro lado, Doña Lucilia establecía sus relaciones en el hecho de ir a buscar -con la discreción y el buen sentido convenientes- del sufrimiento del prójimo para ayudarle. Es decir, evitaba ese sistema desgraciadamente común de los contactos de egoísmo con egoísmo, que acaban generando penas mutuas. Por eso, ella tenía también como presupuesto que mi vida era muy sembrada de sufrimientos, y veía en esa circunstancia una condición para la elevación de mi alma, así como la de cualquier persona.

De ahí, creo que ella tendría mucha pena de quien no sufriera, juzgándole en cierto modo menos querido por Dios. Es decir, según la visión de ella, la principal solicitud de la Providencia Divina hacia los hombres no es, como sólo se considera, evitarles todo dolor, sino permitirles un cierto sufrimiento proporcionado y equilibrado que los santifica.

Preocupación por las dificultades del hijo

…con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

En ese sentido, mamá percibía que me encontraba inmerso en un conjunto de lides apostólicas. Tal vez no advertía hasta qué punto esas luchas eran simultáneas y cómo constituían un verdadero bloqueo de pruebas, amenazando con el zozobro completo de nuestra obra, de un momento a otro. O, si percibía, era de manera no muy nítida. Lo cierto es que rezaba asiduamente por mí, y por esa actitud teníamos idea de cuánto se preocupaba de mi situación.

Pero, sobre todo, lo que menos podía calcular eran las dificultades financieras, sin embargo crecientes. De esto, mamá – persona de un tiempo en que la vida, desde el punto de vista económico, era más fácil – no tuvo ni siquiera vislumbre, pues, con el favor de Nuestra Señora, me fue posible mantener la entera regularidad de situación para ella, sosteniendo el tenor de existencia material a la que estaba habituada.

Por lo demás, ella percibía una inmensidad de sufrimientos y batallas que enfrentaba. Y en eso quedábamos.

Apoyo y entendimientos recíprocos

En cuanto a esta relación de Doña Lucilia, quisiera subrayar este aspecto: una vez que ella pretendía establecer sus contactos bajo una base seria, creía que el trato no debía ser carrancudo, sino hecho de confianza mutua, expresa, si no verbalmente, al menos por gestos, con apoyo y entendimiento recíprocos, en tono de seriedad con un fondo de melancolía. Tal vez las generaciones más jóvenes no tengan idea de cómo esa postura era, para muchos, fuera de moda en los últimos años de la vida de mamá, que correspondieron a un cierto período de progreso económico en Brasil. Muchos vivían en la alegría por la alegría, no queriendo encarar de frente el lado penoso del día a día. De ahí cierta incompatibilidad con Doña Lucilia. Por ejemplo, sucediendo algo triste con algún conocido, mamá se juzgaba en el deber de contar a otros amigos comunes. La reacción de éste o de aquel: “Si no puedo remediarlo que no me cuente nada, porque ya bastan las cosas que me aburren “. En otras palabras, “transmita sólo las buenas noticias” …

Nostalgias: ornato de la vida

Aun en esta consideración del sufrimiento, es interesante considerar que, para ella, las nostalgias eran un ornato de la vida. Recordar a las personas antiguas, ya fallecidas, de las costumbres que hubo, del tiempo que pasó, de los lances difíciles y alegres de la vida de los que ya fueron, constituía habitualmente – sin convertirse en idea fija – un modo de poblar su cabeza. Como es natural, esa peculiaridad proyectaba un fondo de nostalgia y de tristeza en la convivencia con ella, además de ser estrictamente contrario a los estilos del período favorable a la economía nacional, a la que me referí. Para los adeptos de la felicidad sin niebla, no se debía aludir a la muerte de algún pariente, ni comentar al respecto, a no ser para el inventario, pues se trataba de olvidar cualquier elemento de tristeza. Ahora, para Doña Lucilia era lo contrario. Con frecuencia recordaba tal persona, tal otra, figuras que a veces los propios circunstantes no habían conocido y ella les hacía conocer a través del recuerdo de éste o de aquel hecho, etc. Hábito este completamente alejado por el mundo de entonces.

Lo obligado era hablar de las invenciones más recientes, de los avances de la técnica, de la medicina, de las últimas excentricidades de la moda, de las canciones más salientes. La historia era el cementerio de la vida de los hombres, y en vez de cuidar del pasado, importaba el momento presente.

No será difícil comprender cómo esa mentalidad moderna era en todo diferente a la del mundo en que Doña Lucilia vivió y formó su espíritu, tan compasivo y solícito hacia la tristeza y el sufrimiento del prójimo.

(Extraído de conferencia em 17/6/1982)

En el atardecer de esta vida seréis juzgados según el amor

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En el atardecer de esta vida seréis juzgados según el amor

En la extrema ancianidad, las últimas pruebas

La Providencia había reservado para los últimos meses de vida de doña Lucilia la prueba más dura de su existencia. La ancianidad había acrisolado su caridad y la resignación había llegado en su alma a un clímax sublime. Estaba a cinco meses de su juicio particular. Los sufrimientos, las luchas precedentes, en nada habían hecho disminuir el gran equilibrio que su fidelidad a la gracia bautismal generosamente le había conferido; al contrario, la habían tornado aún más unida a Dios. En el ápice de su vida espiritual, se había convertido en un bello tesoro de tradiciones cristianas de los antiguos tiempos, provocando un irresistible encanto en las almas de aquellos que, en esa ocasión, tuvieron la felicidad de convivir con ella más de cerca.
Las pruebas no conocen edad, y se presentan implacables hasta en el final de una larga vida. Dice el Eclesiástico: Grandes tráfagos ha asignado Dios [a todo hombre] y un yugo pesado sobre los hijos de Adán, desde el día de la salida del vientre de su madre hasta el día de volver a la tierra, madre de todo viviente. Así, el Espíritu Santo, inspirando al escritor sagrado tan bellas palabras, nos deja entrever algo de ese sublime misterio.
Veamos cómo visitaron los sufrimientos a doña Lucilia ya casi en el umbral de la eternidad.

1967: sobre el Dr. Plinio sopla un vendaval

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… sobre el Dr. Plinio sopla un vendaval…

En su florida ancianidad, hecha de virtud, serenidad y paz, doña Lucilia tuvo una clara noción, por su aguda intuición materna, de que algo muy grave le sucedía al “hijo muy querido de su corazón”, a pesar de que se había procurado ocultarle la terrible crisis de diabetes que le atacó a fines de 1967.
El día 1 de diciembre, canceló su acostumbrada conferencia semanal, saliendo de casa solamente por la tarde para comulgar en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús. Al bajar del automóvil, causó sorpresa el verlo caminar con auxilio de un bastón y calzando en el pie derecho una simple zapatilla. Tenía la fisonomía muy abatida. Sin embargo, con su invariable finura, no dejaba traslucir en nada, a los que lo saludaban, su malestar físico. Al día siguiente se encontró sin fuerzas para salir de casa a fin de cumplir el precepto dominical, siéndole llevada la Sagrada Comunión. Una persona que tuvo la oportunidad de estar con él por la mañana y por la tarde, contó que se quedó impresionado al saludarlo por la elevada temperatura de su mano. En los días siguientes, la fiebre pasaría los treinta y nueve grados. A pesar de ello, el Dr. Plinio mantenía inalterables la gentileza, nobleza y distinción en su trato, tal como lo había aprendido de doña Lucilia.
Las narraciones que él mismo hizo tiempo después, revelaron la gran prueba que enfrentaba en esa ocasión. “Cuando me apareció esta especie de absceso, me parecía que estaba sucediendo algo absurdo. Me vi obligado a pasar algunos días en casa, haciendo, sin embargo, los mayores esfuerzos para que mamá no se diese cuenta de nada. Mi penoso caminar sólo se hacía posible con el auxilio de algunos apoyos. Me acuerdo que, una vez, mamá estaba sentada en la mesa, a mi espera, y yo, al pasar por el vestíbulo, resbalé y me caí. Mi fiebre ya estaba altísima. Una antigua empleada, sin poder comprender que llevase mi desvelo por mamá hasta el punto de esconder mi enfermedad para ahorrarle preocupaciones, me dijo en un tono ácido:
“— ¿Cuál es el problema? ¿Por qué usted no le cuenta de una vez lo que tiene?
“Manifestando desagrado, respondí:
“— ¿No te das cuenta que no quiero causarle un disgusto?
“— ¿Pero hasta este punto?
“— ¡Hasta este punto! Quien decide eso soy yo.
“Habiéndome levantado, me dirigí a la sala donde estaba mamá, mientras pensaba: Lo que presentía está realizándose. Estoy con una grave enfermedad, me veré obligado a llamar a los médicos, que me darán un terrible diagnóstico…”
De hecho, al día siguiente, lunes, bien temprano, el Dr. Plinio recurrió a los médicos y se vio introducido en un túnel, a primera vista, sin salida. Los resultados de los exámenes de laboratorio revelaron una fuerte crisis de diabetes. Le fue recetado reposo absoluto, un régimen alimenticio restringido, medicinas y control de glucemia para combatir rápidamente los disturbios orgánicos producidos por la enfermedad. No obstante había un problema no menos trágico: una gangrena en su pie derecho.
Ante tal cuadro, el Dr. Plinio pensó: “Mi previsión se ha confirmado. Un vendaval se va a abatir sobre mí, y aun mamá va a morir por estos días…” Si el corazón de un hijo puede a veces ser acometido por intuiciones, ¿qué se dirá del discernimiento materno? Con toda certeza, y a pesar de su avanzada edad, doña Lucilia se dio cuenta de que algo extraño estaba pasándole al Dr. Plinio.
¡Feliz y pobre doña Lucilia! Disfrutaría de la compañía diaria de su hijo hasta el día 21 de abril siguiente, fecha en que comparecería delante de Dios para ser juzgada.

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Un amargo cáliz bebido con resignación

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                                                   Palacete Robeiro dos Santos

Gracias a un brillante e ingente esfuerzo, don Antonio había acumulado a lo largo de su existencia un considerable peculio. Pero en los últimos años de vida de doña Gabriela, algunos reveses financieros perjudicaron a fondo la fortuna de la familia.
Ya antes don João Paulo había sufrido algunos fracasos que lo habían obligado a vender una fábrica de cuchillos donde había invertido casi la totalidad de su capital. A causa de esto, intentó recuperar sus finanzas con el ejercicio de la abogacía en la entonces distante ciudad de São José do Río Preto, en el interior de São Paulo.
En la misma época se incendió un edificio, propiedad de doña Lucilia. El accidente ocurrió al día siguiente del vencimiento del seguro, que no había sido renovado por quien estaba encargado de hacerlo, perdiendo ella así un patrimonio que le habría asegurado una razonable estabilidad en cualquier circunstancia.
Ante tantos infortunios, doña Lucilia se mantuvo enteramente tranquila. Conservando siempre el dominio de sí, no salía de sus labios la más mínima expresión de inconformidad o desaliento. Nada era suficiente para destruir su indefectible confianza en la Providencia, con cuyos designios ella se conformaba con docilidad.
Con la muerte de doña Gabriela se hacía necesario dividir la herencia entre los hijos, viéndose ellos en la necesidad de vender el palacete Ribeiro dos Santos.
El verse obligada a dejar aquella residencia impregnada de tantos y tan entrañables recuerdos, fue para doña Lucilia otro duro golpe soportado con resignación cristiana. A aquellas paredes estaba ligada la historia de la familia, y abandonarlas representaba un sufrimiento mayor que la difícil situación económica por la cual aún tendría que pasar. Sin una queja o lamentación, bebió con pequeños tragos el amargo cáliz: hacer el inventario, ir despidiendo poco a poco a los criados, que tan fiel y dedicadamente habían servido a la familia a lo largo de los años, y dividir con los hermanos el mobiliario…
Ciertamente, antes de desmantelar la casa, doña Lucilia recorrió una vez más las diversas salas y salones, recordando —casi se diría meditando— tantos y tantos hechos, ya jubilosos, ya trágicos, allí ocurridos desde el momento en que, aún joven, había transpuesto por primera vez sus umbrales. Era un capítulo de su vida que concluía dolorosamente.
Para ella, este período de pruebas estaba lejos de terminar. En ese año de 1934, el Dr. Plinio, todavía metido en los trabajos y luchas de la Constituyente, se mudó con su madre para una nueva residencia, situada casi al final de la calle Marqués de Itú, en el barrio de Higienópolis. Llevaron consigo los muebles que les habían tocado en herencia. Pero… ¡qué diferencia en relación al vetusto y acogedor palacete!