Vean cómo estoy en paz

Debido a la influencia de la Revolución, hay personas que tienen una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, sintiéndose inconformes cuando este se presenta. Doña Lucilia, por el contrario, tenía una total conformidad con el dolor. Aunque sufriese mucho, tenía una dulzura y una luminosidad dentro del alma que la hacían maestra de la resignación.

La Revolución no es un fenómeno actuante apenas en las ideas y en los principios, sino
también en las tendencias. Estas, a su vez, tienen doctrinas subyacentes, que, precisamente por ser subyacentes, el individuo tiene dificultad en conocerlas e identificar a qué doctrinas corresponden una serie de tendencias sentidas por él.

Efectos de la Revolución Industrial en las almas

El papel de la tendencia es muy especial; cabe a la gracia hacer brotar en las almas de los hombres las tendencias buenas, a veces por lo que ellos dicen, pero a veces también por lo que la gracia hace sentir de un modo imponderable.
Por ejemplo, la cuestión de la música sacra. Esta puede ser tocada apenas con melodías y no con palabras, pero puede también de esa manera hablar vigorosamente a las almas de los hombres, incitándolos a la virtud. ¿De qué manera? A través de los sonidos y las armonías, la música opera, por la acción de la gracia, un efecto santificante en las tendencias; tranquiliza, ordena, por así decir, limpia las tendencias de los hombres y le hacen un bien muy grande a las almas.
Hay algo en la Revolución medio ligado al carácter industrial en el ambiente en que vivimos – pues todavía estamos bajo el dominio de la Revolución Industrial –, con todas sus agitaciones, febrilidades y ambiciones por ella despertadas, así como también con las frialdades de alma y los egoísmos impertinentes que ella suscita. Y es muy difícil para un hombre – aun cuando esté dotado de esta o de aquella capacidad de discusión, o de exposición de una doctrina – remover esa disposición de alma, creada a veces cuando la persona todavía no tiene el uso de la razón, y esas tendencias erradas ya van formándose dentro de ella.

Una influencia siempre benéfica

Una cosa que yo notaba mucho en vida de mi madre – ella la tenía en un alto grado – era una forma de presencia por la cual ella ejercía el trato simple y común de una dueña de casa, es decir, de una señora con su marido, sus hijos, la residencia, con una ordenación interior, desde lo más profundo de su espíritu tan ordenado, armonioso, serio, elevado y tan afable, acogedor y virtuoso, que contagiaba, en el sentido bueno de la palabra. Y así las personas quedaban de repente distendidas, calmadas y tranquilas.

Me acuerdo, por ejemplo, de que cuando yo era pequeño tuve toda clase de enfermedades que los niños tienen: angina diftérica, tosferina, paperas. Y, naturalmente, quien me trataba era Doña Lucilia. Pero, como todos los niños, comenzaba a tener ansiedad por no tener más fiebre. Y ella era una campeona del termómetro, lo usaba muy a menudo.

Ella notaba que yo me impacientaba con el termómetro, pues mientras no pasase la fiebre no me dejaría salir de la cama, y yo prefería no tener esa restricción y levantarme rápido. Entonces, no queriendo acentuar demasiado el uso de ese instrumento, ella ponía su mano sobre mi frente.

Con sólo sentir la mano de mi madre sobre mi frente, yo tenía generalmente una impresión de frescor, de tranquilidad, de suavidad, y todas mis impaciencias pasaban. A veces mi madre venía a verme y yo pensaba: “¡Qué bueno, ella no va a hacer bajar la fiebre, pero aliviará algo que en mí está hirviendo!”

Ponía su mano en mi frente y decía: “Hijo mío, todavía tienes un poco de fiebre…” Ella hacía bajar la sensación de fiebre, y daba una tranquilidad…

Muchas veces, la presencia de Doña Lucilia también me daba la sensación de la protección de la Providencia, por el modo de sentirme seguro en todo, pues ella me protegería; cuando era pequeño, por ser ella mi madre y, por lo tanto, una persona más poderosa que yo; después, con el tiempo, eso continuaba, pero de una manera diversa.

Por ejemplo, yo no iba a un solo examen en el colegio sin pedirle que me hiciese una cruz en la frente. Y eso fue así hasta las últimas pruebas de la Facultad de Derecho. Ella no hacía una, sino unas diez cruces pequeñas. Yo iba a los exámenes acompañado por un primo que estudiaba conmigo; y lo que tiene propósito de parte de una madre hacia su hijo, tiene menor cabimiento de una tía con su sobrino. Sin embargo, mi primo, que estaba junto a mí en la despedida de Doña
Lucilia para ir a la Facultad, también la pedía, y ella igualmente le hacía varias cruces en la frente. ¡Íbamos, entonces, al examen y siempre lo pasábamos! Lo cual era más milagroso con mi primo que conmigo…
Cuando yo iba a viajar – siempre que no fuesen mis viajes a escondidas a Europa sin que mi madre
supiese; ella sólo lo sabía después –, ella me hacía varias señales de la cruz en la frente. Y yo sentía que eso me protegía, me ayudaba. Es Doctrina Católica que la bendición de una madre puede atraer la protección de Dios hacia un hijo. Y ella, consciente de eso, quería esa protección de cualquier forma. Entonces me hacía varias cruces, etc. Ella era un poquito baja, y yo alto, para mi generación. Y yo notaba que ella se ponía un tanto en la punta de los pies para hacer las cruces. Yo entonces me curvaba para facilitárselo. Después nos besábamos y yo salía, a veces besando su mano también.

Acción de presencia de Doña Lucilia

Todo eso indicaba una acción de presencia que yo tendría dificultad de explicitar. Doy otro ejemplo: La sede de la Acción Católica quedaba en el mismo piso de mi oficina de abogacía. Después de un día de trabajo, yo volvía a casa cansado, porque en la mañana daba clases, y en la tarde enfrentaba los aborrecimientos propios de una oficina de abogacía y los problemas de la Acción Católica. No era tanto un cansancio físico común, de quien carga un peso, sino un cansancio más psicológico.
Tan pronto entraba – generalmente la encontraba sentada en la silla mecedora de mi sala de trabajo, leyendo, o la mayoría de las veces rezando – yo sentía la atmósfera de tranquilidad que su presencia dejaba en ese ambiente. Sólo el hecho de que ella estuviese allá me valía por dos o tres horas de descanso.
Era una acción inmediata. Esa acción de presencia tiene algo directamente contrarrevolucionario: tranquilizar y aquietar todo el burbujear de una ciudad – que es una de las mayores del mundo – y preparar para la lucha, para la oración, para la serenidad de alma. He aquí la tranquilidad que Doña Lucilia comunicaba.
Aunque nadie me haya dicho, creo que ese fenómeno es el que le sucede a las personas, principalmente a las más jóvenes, cuando están junto a la sepultura de mi madre en el Cementerio de la Consolación. A veces las veo de pie, algunas rezando el Rosario, otras no están rezando propiamente y parecen estar absortas, sin prestar atención en nada. ¿Qué hacen allí? Están recibiendo una influencia que, a mi modo de ver, es la prolongación de la influencia ejercida por ella en vida.
Pude notar que, cuando van al Cementerio, las personas andan con prisa; al volver caminan despacio, tranquilas, conversando. Sería imposible atraer y retener a tantos jóvenes allá si no hubiese algo de ese género.
A veces el Quadrinho (1) o una fotografía de mi madre produce ese efecto.

Paciencia con un sobrino sordo

¡Cuántas veces presencié escenas así, en la vida de familia! Doña Lucilia tenía un sobrino sordo de nacimiento, con un temperamento muy difícil. A veces iba a la casa de mi abuela materna, donde vivíamos, y comenzaba a pelear con ella. Mi madre se quedaba viendo, y cuando percibía que había llegado a cierto paroxismo, se acercaba a él, lo tranquilizaba y lo llevaba a una pequeña sala, donde lo entretenía durante más de una hora. Como era sordo, no graduaba bien el volumen de su voz y
soltaba algunas palabras a los gritos. Al cabo de una hora y tanto, Tito –era su sobrenombre doméstico – salía tranquilo, la besaba y se iba.
Eso sucedía cuando él y yo éramos niños, e incluso durante nuestro viaje a París. Los padres de Tito estaban allá con Doña Lucilia. Mi madre demostraba tal paciencia con Tito, sacrificando a veces los atractivos del viaje, que, cuando estaba preparando la maleta a fin de volver a São Paulo, encontró adentro un vestido muy bonito, muy fino, que ella no había encomendado. Se lo midió y vio que estaba de acuerdo con su tamaño. Quedó intrigada, y moviendo la vestimenta cayó una tarjeta escrita por la madre de Tito: “A la querida Tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito.”

Ayudando a encontrar los huevos de Pascua

Mi madre organizaba picnics de Pascua en un lugar en los alrededores de São Paulo, y escondía los huevos de Pascua aquí, allá y más allá.
Sus sobrinos y sus hijos llegaban después, y a ellos les cabía descubrir los huevos de Pascua. Algunos eran muy astutos, salían rápido corriendo y encontraban los huevos.
Viendo mi dificultad, ella me decía sonriendo: “Filhão (2), ve si encuentras un huevo allá…”
Yo pensaba: “¡¿No sería más fácil que ella me trajese el huevo de una vez?!”
Yo llegaba hasta el lugar y ella me decía: “No, no estás buscando bien. Busca allá…” Los otros estaban lejos y no oían como ella me favorecía. Al fin de cuentas, yo encontraba unos dos o tres huevos escondidos por ella en un lugar donde me quedaba fácil encontrarlos. Yo sentía el afecto con el cual eso era hecho y experimentaba una inundación de alegría inocente y satisfecha, colmado y envuelto en esa atmósfera de protección, de cariño y de bondad.

Mamma Margherita y Doña Lucilia

Me acuerdo que mi primer movimiento grande de afecto a María Santísima fue delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora en la Iglesia del Corazón de Jesús. No hubo un milagro, la imagen no se movió, pero recibí la gracia de esperar que Ella actuase de esa forma conmigo. Pensé: “¡Nuestra Señora es incalculablemente buena! ¡Tan buena, que es mejor que mi madre! Y lo que mi madre no está soportando, Ella lo soporta. Además, me da una fuerza que no recibo de mi madre. Entonces voy a pedirle a Nuestra Señora”. Así me preparaba Doña Lucilia para la devoción a la Santísima Virgen. San Juan Bosco, fundador de los Salesianos, llevó a su madre, Mamma Margherita, a vivir en el colegio fundado por él, donde ella trabajaba en la cocina y en otros quehaceres propios de una dueña de casa. Y así trabajó hasta el fin de su vida tanto cuanto su salud se lo permitió.
Podemos admitir que San Juan Bosco fuese un canal – era eso, con toda certeza – de muchas gracias para todos esos niños, profesores, sobre todo padres, monjas, etc., y que algunas de esas gracias fuesen recibidas por las personas por medio de Mamma Margherita. Eso parece verdadero, tanto que la sepultura de ella es muy visitada por toda clase de personas ligadas a la obra salesiana que van allá a rezar, aunque ella no haya sido canonizada. Y creo que, si alguna persona a la cual la Providencia la destinase a recibir una gracia por medio de Mamma Margherita, no se la pide a ella, podría no recibir esa gracia, porque Dios indica el camino que cada uno debe seguir.
En un grado en cierto sentido menor y en cierto sentido mayor, dentro de nuestra familia de almas una cosa de esas se puede repetir perfectamente. No veo nada de heterodoxo. Tengo la impresión de que, aunque no tuviésemos infidelidades, la época en la cual vivimos es de tal manera opuesta a la fidelidad, que, si no hubiese en determinado momento una intervención del Espíritu Santo para elevarnos a una altura mayor, de un modo por el cual el camino común de la gracia no nos levantaría, no llegaríamos a donde necesitamos llegar para enfrentar los castigos previstos por Nuestra Señora en Fátima.
Me da la impresión de que la acción de Doña Lucilia nos predispone a esa gracia, nos da serenidad para ese efecto.

Dulzura y luminosidad de alma

Ella sufría mucho, pero fue la mejor maestra de la resignación que encontré en mi vida. Y no hubo hombre alguno que me enseñase la resignación como mi madre. Porque ella tenía una especie de dulzura y de luminosidad dentro del alma que la llevaba a soportar dolores que para los otros serían insoportables, por una especie de elasticidad interior, por la cual tenía una capacidad cada vez mayor de sufrir, ¡y a veces de un modo asombroso! ¡Pero encontrando tan natural el sufrir, y amando tanto una cierta consolación interior, que era la causa de su dulzura y la hacía la maestra de la resignación!
Aunque mi madre estuviese a veces muy afligida, una persona podía hablar con ella y salir consolada, por esa elasticidad para el dolor, que yo no veo que las personas de hoy tengan. Estas son repelentes, se rebelan contra el dolor y lo consideran casi una vergüenza.
La influencia de hollywood torna feo el sufrir. Lo bonito es estar continuamente alegre y bien dispuesto, tener una especie de intolerancia con relación al sufrimiento, el revés y la indisposición. Por esa razón, si el dolor se presenta, los hombres quedan repelentes, enojados, no se conforman.
Doña Lucilia no era así. Por ejemplo, a veces sucedía que mandábamos traer un aparato para verificar cómo estaba el corazón o la presión, etc. Y cada inspección de esas puede traer una noticia bomba. De tal manera que la persona, en general, cuando se sujeta a algo así, sobre todo una señora, más débil para esas cosas que un hombre, queda preocupada.
Yo la vi más de una vez ser sometida a un examen cardíaco con una naturalidad y una serenidad, ¡una cosa única! Terminado, generalmente daba buen resultado, sin embargo, ella no tenía un gran júbilo. Si no daba buen resultado, ella no sufría un gran abatimiento; continuaba su vida tal cual. A mi modo de ver, la longevidad de ella se atribuye, en parte, a eso. Porque una persona que a propósito de cualquier cosa se alarma, eso no puede dejar de ser fatigante.
Ella tomaba eso con serenidad, que era la tal elasticidad para el dolor. Mi madre sufría mucho, pero con calma, encontrando natural el sufrir, y con una bondad resultante, creo yo, de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, que nos aparece en la iconografía católica con una corona de espinas, indicando el sufrimiento que Él tuvo.
Generalmente, cuando una señora saca una fotografía, su expresión es: “Mire cómo soy de exitosa, de bonita y cómo estoy contenta.” En mi madre la expresión siempre es: “Vean cómo estoy en paz, a pesar de tener muchos dolores, y cómo mi alma está bien.” Es la expresión del Quadrinho.

(Extraído de conferencia de 22/9/1990)

1) Cuadro a óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

2) En portugués, aumentativo afectuoso de hijo.

la caridad de Doña Lucilia

Siempre llena de desvelo por los que la rodeaban, Doña Lucilia constituía un ejemplo vivo de confianza en Dios: caridad al relacionarse, ánimo en los momentos difíciles y alegría incluso delante de pequeños beneficios. 

Doña Lucilia era muy unida a su hermana más joven, aunque también se llevaba muy bien con su otra hermana que, sobre todo durante cierto período, iba mucho a nuestra casa, a pesar de que a veces discutían.

En defensa de los principios

Una vez yo estaba trabajando en mi escritorio y percibí que la criada llevaba una bandeja con la merienda a Doña Lucilia y a su hermana, en una sala donde mi madre acostumbraba a permanecer. Yo oía a lo lejos la conversación, aunque no prestaba atención porque estaba preparando una clase para la Facultad de Derecho.
En cierto momento percibí que las dos levantaron la voz. La conversación había tomado el tono de una discusión. Eso era rarísimo en mi madre, ¡rarísimo! Creo que fue un hecho único en su vida.

Paré de trabajar para ver un poco qué pasaba, porque conforme fuese yo intervendría. Yo no iba a perder tiempo para intervenir si fuese una pequeña discusión que se resolviese de cualquier manera. Percibí que eran dos asuntos que volvían alternadamente a la discusión: la hermana de ella era medio nazi y a favor del divorcio; mi madre no era favorable al divorcio y antinazi y, por esa causa, se encendió la discusión. Las dos estaban tan alteradas que yo me levanté, fui donde ellas y pregunté:
– ¿Qué pasa? ¿Qué propósito tiene esto? Lo dije en tono de broma. Las dos entendieron y el asunto se deshizo. En esa ocasión vi que mi madre juzgó sus principios contundidos y negados, y yo no estaba cerca para reivindicarlos. Ahí ella entró en escena y fue categórica: discutió con argumentos. La cosa llegó al punto de una discusión, y de una discusión seria. No entraba amor propio, sino el sentido de defensa de los principios. Yo nunca la había visto tomar una actitud así, porque cuando yo estaba cerca me iba de espada o de lanza en ristre por encima de la persona, y ella me dejaba. Pero no estando cerca yo, la cosa fue así. Yo les dije que no tratasen más del tema, pues sería mejor. ¿Qué propósito tenía que dos señoras mayores discutieran por causa de eso? Era mejor no discutir. Nunca más trataron de ese asunto entre sí y se acabó.

Desvelo hacia su hermana más joven

Sala de trabajo del Dr. Plinio en su residencia, en la Rua Alagoas, São Paulo

La otra hermana, trece años más joven que lla, había nacido con un defecto en la columna, y mi madre le hacía todos los curativos y ejercicios que los médicos de aquel tiempo querían que las personas hiciesen para corregirse de ese mal.
Mi madre fue quien tomó los mil cuidados recomendados: se levantaba temprano, mandaba a llamar a una masajista para hacer ejercicios de flexibilidad todos los días, después llevaba a su hermana al jardín, todavía con el frío de la mañana. Los médicos querían –no sé si con mucha razón– que ella cogiese el aire de la mañana, antes de calentar. Mi madre era friolenta, pero iba al jardín y paseaba con la niña. Y todo eso con tanta dulzura que mi tía tenía una verdadera locura por ella y la conservó hasta el fin de su vida. Aconteció, sin embargo, que con la vida muy atareada y mi tía viviendo muy lejos, en fin, toda una serie de circunstancias, en un período de algunos años antes de que mi tía muriese, ella frecuentó mucho menos nuestra casa. En esa época la atacó el mal de Parkinson, un mal aflictivo. La persona comienza a temblar y puede acabar en silla de ruedas, sin siquiera conseguir hablar. En los últimos años mi tía casi no podía andar. Mi madre también comenzó a sufrir dolores en las plantas de los pies, que su médico atribuía a la vejez; en fin, por esa razón ella comenzó a usar silla de ruedas. Acostada en la cama no le dolía nada y al caminar le dolía. Y mi tía iba a visitar a mi madre porque no tenía a donde ir. Ella había dejado todo: la presidencia de la Liga de Señoras Católicas y sus relaciones, porque personas así no son bien vistas ni procuradas. Comenzó, entonces, a procurar a mi madre.
No necesito decir cómo la recibió mi madre. En primer lugar, no hizo ninguna queja por el tiempo en que ella no la había visitado. La recibió como si hubiese estado con ella en la víspera.

Comedor de la residencia del Dr. Plinio

Una noche, cuando llegué a la cena, para alimentar la conversación –mi madre todavía no estaba usando la silla de ruedas– le pregunté:
– Mi bien, ¿cómo fue la tarde de hoy?
Ella dijo:
– Estuvo aquí tu tía.
– ¿Qué hicieron?
Ella dijo:
– Pasé la tarde ayudándola.
Yo dije:
– ¿Y cómo la ayudó?
Mi madre dijo:
– Ella se siente a veces agobiada por el malestar que la enfermedad causa. Ora ella quiere caminar y se cansa, entonces quiere parar; parando, queda un poco nerviosa y quiere caminar de nuevo.
Eso se reflejaba en el hecho de que ella no se estabilizaba en ninguna posición. Entonces ella le decía a mi madre – ella llamaba a mi madre Qui:
Qui, ¿caminamos un poco por el corredor?
Las dos caminaban un poco por el corredor hasta que ella se cansaba. Mi madre nunca se cansaba antes de que la enferma se cansara. Y mi madre con dolor en los pies. Después pasaban a la sala de trabajo –quedaba más al alcance del corredor–, se sentaban
en el sofá y comenzaban a conversar.
Mi madre contaba:
– De repente yo notaba que ella se afligía y le preguntaba: “Hija mía, ¿quiere caminar un poco?”
Ella decía:
– Me gustaría…
Mi madre continuaba:
– Volvimos a caminar de nuevo y así fuimos conversando durante toda la tarde, vino la merienda y la tomamos juntas. Le ayudé a tomar la merienda y después su marido la vino a recoger.

El lumen de la caridad de Doña Lucilia

De izquierda a derecha: Rosée, Doña Lucilia, Ilka, Plinio y Doña Zilí

Yo sentí lo pungente de la situación. Las dos estaban caminando hacia la muerte: mi tía murió incluso antes que mi madre. Ellas estaban caminando hacia la invalidez.
Las dos, apoyándose en el corredor, en el vaivén de un corredor que no es largo, entraban en el cuarto de mi madre y llegaban hasta el hall. Caminaban, caminaban y el apoyo mutuo que se prestaban en eso, el afecto que tenían me daba un aspecto más
de la vida de familia vivido bajo el lumen de la caridad de mi madre.

Lo más curioso es lo siguiente: lo trágico, aunque muy acogedor dentro de la tragedia. Ellas estaban en casa, a gusto, juntas, a cada una le gustaba mucho la compañía de la otra y tomaban su tecito. Así, la vida de mi madre estaba llena de pequeños episodios de ese tipo.

Eso, al pie de la letra, cristianiza. La persona se abre al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora, a toda la atmósfera de la piedad católica. Y queda con una especie de confianza en Dios, que nace de eso. Porque, es curioso, de ese modo de tratar a los otros, brota en el alma de quien trata así una actitud muy confiada con relación a Dios. Eso quiere decir lo siguiente: si una persona penetra de tal forma en la situación psicológica de otro y ve cómo tratar bien a ese otro, la persona, a fortiori si es probada por Dios, sabe entender bien cuál es el propósito por el cual el Sagrado Corazón de Jesús o el Inmaculado Corazón de María mandaron esa prueba. Y sabe recibir la prueba con cariño, sabiendo que está correspondiendo a las intenciones benévolas de ellos.
Aunque estemos sufriendo mucho, eso da una confianza en Dios de que nuestra oración será atendida. Dios es Padre, Él nos está haciendo el bien. Nosotros somos los que no entendemos lo que nos conviene. Eso es confianza.

Claro que una persona con el estado de espíritu de Doña Lucilia tiene mucha más propensión a confiar en Dios que una que trata a otros con desprecio y que, por lo tanto, es llevada a tratar al propio Dios también con desprecio, y cree que Él trata a las almas así. Entonces, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, la confianza en la misericordia de los santos y de los ángeles, etc., se instala mucho más fácilmente en un alma con ese lumen.

Otro aspecto de la confianza en Dios

Hasta sus últimos días, Doña Lucilia mantuvo la costumbre de tomar té todas las tardes en el comedor

Una tendencia que también hace parte de la confianza: alegrarse intensamente con las cosas buenas que Dios manda, aunque sean a veces cosas modestas.
Así también sucedía con uno u otro beneficio que alguien le hacía a Doña Lucilia.

Me acuerdo de un sobrino suyo que, en sus primeros tiempos de casado, iba muy frecuentemente a la hacienda. Yendo una vez, le indicaron una panadería en Campinas, que hacía roscas y otras cosas muy buenas, muy convenientes para la nutrición de ella.
El sobrino le compró un paquete grande de roscas y se las llevó, preguntando si ella quería. Ella las probó, le parecieron deliciosas y eran del tipo dietético que le convenía enteramente. El sobrino, entonces, fue muy amable e hizo una especie de trato con el dueño de la panadería, de tal forma que cuando pasaba por allá, pitaba y el hombre ya le traía el paquete. Llegaba a São Paulo y se lo llevaba a la casa o mandaba a una persona a entregárselo a mi madre. Ella recibía regularmente esas roscas. Creo que hasta morir eso fue así. A ella le gustaba contar ese hecho. Elogiaba las roscas, se las ofrecía a quien la estaba visitando y preguntaba si le hacían bien a la salud. Si la merienda de ella era en ese momento, le preparaba una merienda no dietética a la persona y le insistía al visitante que comiese la rosca, para ver cómo le iba a hacer bien. Después decía:
– Mi sobrino es muy buena persona, él hace…
Toda una cantilena en la cual ella asentaba ese hecho –realmente un gesto extremamente simpático y afectuoso del sobrino–, tratado por ella como si fuese algo magnífico, extraordinario. Ella tenía más gusto de ver el cariño y el gesto amable del sobrino de lo que tenía en saborear las roscas. En fin, de hecho, resolvía un pequeño problema de su vida.

Lo que movía a mi madre a actuar de ese modo era la convicción de que la criatura humana debe ser así. Una prueba y un estímulo supremo es el ejemplo del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, como yo lo adoro a Él y sólo me gustan con toda el alma las personas cuando son así, yo también seré de esa forma con los otros. Teniendo una convivencia asidua con una persona como Doña Lucilia es muy fácil banalizar eso, si no se tiene un verdadero amor a la virtud o a las cualidades que la persona tiene. Todas las decadencias comienzan por esa banalización.

(Extraído de una conferencia del 9/8/1986)

Ejerciendo una influencia católica

Doña Lucilia influyó vigorosamente en la formación del espíritu del Dr. Plinio y, a través de él, en los espíritus de aquellos que fueron destinados por la Providencia a seguirlo.

La Iglesia atribuye a los fundadores la condición de patriarcas. Sin embargo, no se refiere a las personas que de algún modo acompañaron a los fundadores en sus orígenes. Por ejemplo, llamar matriarca de los salesianos a la madre de San Juan Bosco, por mayor que sea nuestra devoción a ella, sería forzar un poco la realidad histórica, porque de hecho la fundación fue de él, aunque ella haya influido mucho en la formación de su alma.

Rezar el día entero en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Yo, por ejemplo, tomé esta decisión: cuando vaya a Italia, si puedo, voy a visitar la tumba de Mamma Margarita, pues tengo hacia ella una simpatía y una reverencia muy especiales. Estoy seguro de que nosotros constituimos una familia espiritual cuya fundación corresponde a una relación patriarcal; de eso no cabe duda. Sin embargo, que esta relación patriarcal tenga con Doña Lucilia una vinculación diferente con la que hubo entre San Juan Bosco y Mamma Margarita, y después, entre Mamma Margarita y los salesianos, es un paso que yo tendría mucho cuidado en transponer.

No obstante, podemos considerar la influencia que Doña Lucilia ejerció en la formación de mi espíritu y, a través de mi espíritu, en la formación de aquellos que son llamados a seguir a esta familia. Cabe considerar en segundo lugar, post mortem, los ejemplos de ella, las gracias que ella obtiene, etc., y cómo actúan en ese sentido. Son cosas de diversa índole, pero que desde cierto aspecto se pueden ver en la misma perspectiva.

Doña Lucilia tuvo en la formación de mi mentalidad una impresión viva, humana y, de algún modo, muy presente. Por otro lado, de manera más reducida, tuvo un efecto análogo al que sufrí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Todo lo que he comentado a respecto de esa iglesia y su impresión en mí y, más que eso, mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tiene una cierta relación con Doña Lucilia, porque ella era devotísima del Sagrado Corazón de Jesús y se deleitaba yendo a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Me acuerdo que mi padre, en cierta ocasión, le hizo una broma. Intentamos buscar una casa cercana a esa iglesia. Él dijo: “Eso no resultará, porque Lucilia, con esa iglesia cerca, dejará todo y pasará allá todo el día; no hará otra cosa, se quedará rezando allá todo el tiempo.”

Ella no dejaría de cumplir sus deberes, pero ¡qué fracciones enormes de tiempo ella dedicaría a la iglesia! Si su marido reclamase, ella atendería, pero sería necesario que él lo hiciese, porque de lo contrario ella iría… indiscutiblemente…

Afecto de Nuestro Señor, estados de espíritu y confianza

“Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

Pero había tanta influencia de esa devoción sobre ella, y tanta correlación entre ella y la atmósfera de la iglesia, que cuando yo era pequeño miraba de reojo a Doña Lucilia rezando y decía: “¿Qué relación hay entre ella y esto? Parecen una misma cosa…”

Y en el fondo, por lo que Doña Lucilia ayudó a enseñarme – no fue la única; la que principalmente me enseñó fue la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana –, puedo decir que yo desde la infancia fui católico por causa de su influencia. Ella me condujo a las fuentes del Bautismo, me enseñó el Catecismo, lo que hace toda madre. Pero yo, por la gracia, en la medida en que iba conociendo a la Iglesia Católica, me adhería a ella sin ninguna discusión. No con arrebatamientos de entusiasmo, sino con una adhesión tranquila, profunda: “¡Es esto! ¡Esta es la Iglesia de Dios! ¡No se discute!”

Recuerdo de la primera vez que yo supe – era muy niño – que había gente que discutía si Jesucristo había existido o no, si Él fue Dios… Pregunté: “¿Pero son unos locos?” ¡Bastaría mirar hacia una imagen de Él para comprender que un hombre, basándose en una mentira, no puede inventar lo que está aquí! O Él es una realidad o una mentira. Sin embargo, yo lo veo y percibo que es una realidad, no una mentira.

Ella contribuyó de un modo enorme para dos cosas: primero, ayudarme a poner mi atención y mi afecto en esa línea. Y en segundo lugar porque había mucha semejanza de temperamento entre ella y yo y por esa razón notaba que se vertía sobre mí, partiendo de ella, una serie de estados de espíritu que me influenciaron mucho, y tal vez no hubiese sido así si ella hubiese muerto prematuramente, o hubiese sucedido algo análogo.

Y una influencia muy grande en una cosa: la confianza en la Providencia. ¿Por qué se daba eso? Porque teniendo confianza en ella, yo comprendía mejor cómo debe ser la confianza en Nuestra Señora, incomparablemente más santa y superior a ella. Y yo me decía a mí mismo: “Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

De estas reflexiones me venía mucha tranquilidad, estabilidad, y varias otras cosas que considero preciosas para la vida y que aprendí con mi madre.

Habría muchas otras cosas qué decir, pero esas son las principales.

(Extraído de conferencia de 6/2/1986)

La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Bondad e intransigencia oriundas de una única fuente

se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría…

 

Madre llena de dulzura, pero intransigente con el mal. Doña Lucilia en junio de 1906

Lo que más resaltaba en Doña Lucilia era un extraordinario misterio por el que su espíritu maternal la llevaba a querer bien a todos y cada uno. Bastaba que alguien se acercase a ella con confianza y el alma abierta, para que se sintiese tomado por su bondad envolvente y por aquel magnífico modo de ser, calificado por el Dr. Plinio de «aterciopelado». Ella trataba a los demás con una dulzura y un deseo de agradar verdaderamente cautivantes. No obstante, se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría, pues esta bienquerencia no significaba liberalismo, sino al contrario, ya que era muy radical pero de una radicalidad que tenía como corolario el amor a los buenos llevado hasta las últimas consecuencias, porque ella amaba a Dios. Y, en consecuencia, esto la llevaba a tener también un verdadero odio al mal. ¿En qué consistía ese odio al mal? La esencia de la combatividad de Doña Lucilia partía de un principio profundísimo de amor a Dios: Él es el Ser supremo, el Creador y Redentor, y debe ser amado sobre todas las cosas. Siendo así, en todo el orden de la Creación nada hay tan opuesto a Dios como el pecado, ya que es el acto de la criatura inteligente, ángel u hombre, que se rebela contra Dios, proclama otra ley, adversa a la divina y, en el fondo, se pone en pie de igualdad con Él. Eso causaba en el alma de Doña Lucilia un verdadero choque y, de inmediato, dolor al ver que Dios, tan bueno y superexcelente, no recibía todo el amor y devoción merecidos. Por eso, ella quería por todos los medios, que aquella alma se convirtiese y entrase de nuevo en armonía con Dios, arrepintiéndose de la ofensa que le había hecho.
Así es exactamente como Dios actúa con nosotros: Él nos ama con un amor extraordinario y, una vez que hemos cometido una falta, no quiere otra cosa sino perdonarnos y restituirnos todo lo que hemos perdido; y puede, incluso en el momento de la muerte, concedernos una gracia para que nos arrepintamos y salvemos nuestra alma. Pero no transige con el mal ni acepta defectos, porque Él es la Causa íntegra, sin ninguna mancha, y si morimos en pecado mortal, seremos condenados. Una imagen de esa intolerancia divina es el armiño, animalito tan puro que no soporta ensuciarse; cuando se ve rodeado por una barrera de fango, no huye para no mancharse y puede cazarse con facilidad. En este sentido, el Autor (Mons. João S. Clá Dias) sustenta que Doña Lucilia era «armínea»: ella se encantaba con la inocencia y experimentaba una repulsa interior y verdadera indignación contra lo que iba en sentido opuesto. Esto se explica por el hecho de estar tan profundamente unida al Sagrado Corazón de Jesús que hacía que, para ella, la ley de la bondad y la ley de la verdad fuesen sólo una. O sea, el punto de partida de su amor maternal era el mismo de los Mandamientos y, por tanto, cuando se trataba de principios, revelaba una radicalidad total: permanecía firme en su moralidad, sin ceder en nada, ni siquiera un milímetro, conforme comentó una vez el Dr. Plinio: «Esa energía tenía algo de afín con su bondad; y era la energía inquebrantable de la que daba pruebas en ciertas ocasiones: “On ne passe pas! —¡De aquí no se pasa!”». Tal intransigencia trasparece en el episodio del nacimiento de su segundo hijo, Plinio, en que se vio ante una seria amenaza de muerte justo cuando se acercaba el momento de dar a luz. Un médico ateo, que sabía que iba a ser muy arriesgado el nacimiento del niño, le dijo:
— Su parto será peligroso y usted tiene que elegir: o vive usted o vive el niño. ¿Usted prefiere salvar su propia vida?
Ella tuvo un sobresalto y, levantando la cabeza, miró al médico y respondió:
— Doctor, ¿usted tiene valor para proponerme eso? ¡Esa pregunta no se le hace a una madre católica! Usted ni siquiera debería haberla pensado. Si alguien tiene que morir, seré yo, ¡es evidente que el niño tiene que nacer! ¡Mi hijo por encima de mí! ¿Qué era eso? ¿Afecto por el hijo? Sí, pero sobre todo una absoluta fidelidad a la Ley de Dios: ¡lo que aconseja la moral es eso y hay que observarlo! De ninguna manera quería que el niño muriese en su lugar, y aconteció que sobrevivieron tanto la madre como el hijo.

Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…

Doña Lucilia en París, en 1912,
fotografiada con el mencionado traje de gala

Así podríamos citar otros hechos que manifiestan su radicalidad, como lo que ocurrió durante la inauguración del Teatro Municipal de São Paulo, el 12 de septiembre de 1911, varias veces narrado por el Dr. Plinio. Como Doña Lucilia iba a asistir al evento, quiso prepararse con antelación y prefirió hacerse un peinado con una peluquera. En aquellos tiempos, peinarse podría durar, a veces, algunas horas. Doña Lucilia se tomaba esta tarea con una seriedad religiosa, casi como si estuviera en una ceremonia. Por la noche quiso despedirse de sus hijos antes de ir al teatro. Ya arreglada, con un bonito traje blanco, el mismo con el que, más tarde, fue fotografiada en París, y muy bien peinada; pero, para complacer a Plinio que tenía ganas de besarla, lo cogió en brazos. Él, contentísimo, sin darse cuenta de que ella estaba vestida con un traje de fiesta, pues era muy pequeño, empezó a acariciar sus cabellos, deshaciendo el peinado, y hasta el propio vestido sufrió algunos daños. El Dr. Juan Pablo estaba esperando, afligido por el horario, y al ver la escena se quejó horrorizado:
— ¡Señora, ponga a ese niño en el suelo, porque le está estropeando todo el peinado!
Entonces ella, con calma pero muy incisiva, le respondió:
— Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…
Y Doña Lucilia dio el asunto por terminado, porque un principio es un principio: nunca impediría que un hijo la acariciase, aunque con eso le deshiciesen el peinado. Continuó abrazando a su hijo y sólo después de mucho manifestarle su afecto, volvió al tocador, se arregló un poco el ca-bello y salió. Plinio se dio cuenta casi inmediatamente que no debería haber hecho eso; pero, percibiendo la dulzura de la respuesta, pensó: «Esto sí que es bondad, ¡esto es ser madre!» Se podría decir que es algo sin importancia; sin embargo, es un suceso capaz de marcar tan intensamente la vida de un niño que su recuerdo permanezca en el tiempo hasta el momento de su muerte. Plinio, efectivamente, no lo olvidó, hasta el punto de, setenta años después, todavía guardar en su alma una viva memoria del hecho.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 132 ss.

Doña Lucilia comentada por Dr. Plinio

“Toda la vida me gustó muchísimo tratar con personas cuya disposición de alma fuese afable, luminosa, suave, cordial, orientada hacia toda forma de bien, de generosidad y de bondad. Eran virtudes católicas, que notaba, por discernimiento, en la Iglesia y en los verdaderos hijos de la Iglesia, hasta llegar a encantarme, deleitarme y extasiarme”. Plinio Corrêa de Oliveira

Continuando de la mano de Mons. João de su obra El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Ofrecemos las siguintes líneas.

Doña Lucilia comentada los sábados por la noche

“Salón Azul” de la residencia del Dr. Plinio donde hacía las reuniones de “Conversación de Sábado por la Noche”

Sin duda, tal bienestar se notaba especialmente en el trato con aquella que había sido para él como un espejo del espíritu de la Iglesia: su madre Doña Lucilia, que así describió en una Conversación de Sábado por la Noche (Así se llamaba unas de las reuniones que el Dr. Plinio hacía con un grupo reducido de sus discípulos en su propia vivienda): «En cierto sentido, se mostraba excepcionalmente inteligente, con una forma de inteligencia vinculada a la compasión y a la ayuda, con una noción muy clara de todo lo que pudiera contundir o hacer sufrir a alguien. Por una pregunta o por la primera mirada que ella dirigía a alguna persona, intentaba ver cuál era el punto dolorido, lo notaba enseguida y ponía un cuidado extraordinario para no tener una distracción durante la conversación, hacer alguna referencia que pudiera hacer sufrir a esta persona de alguna manera. También sabía cuál era el género de compasión que debía manifestar para atender a ese sufrimiento, y lo expresaba mucho más por la mirada y por las actitudes que propiamente por las palabras».
Pero ¿quiénes eran las personas sobre las que tanto incidían la dulzura y la delicadeza de la madre del Dr. Plinio? En otra conversación así lo explicó: «Ella tenía una forma de
ser madre, un amor materno propenso a tener mil hijos, a englobar un número indefinido de personas. Por su extrema dadivosidad, tengo la impresión de que si dispusiera de todos los bienes de un Rockefeller o de un zar de Rusia, acabaría arruinándolos, por la gran propensión que tenía para dar». Pero quiso aclarar un pormenor: aunque la bondad de Doña Lucilia se manifestase preponderantemente en la asistencia a los necesitados, no se agotaba apenas en esta forma de hacer el bien. «Ella daba por la alegría de ver que alguien recibía lo conveniente y hasta lo superfluo. Su gozo consistía en ver que la persona se alegraba».

El Dr. Plinio comentó también que esta tendencia que tenía Doña Lucilia de beneficiar a los demás se aplicaba incluso a quienes tenían mucho más que ella, y a pesar de que, tal vez, no tuviera ninguna relación con ellos.Y puso un ejemplo hipotético: «Digamos que si supiera que existía en Groenlandia una ricachona que quisiese mostrar unas orquídeas de Brasil a unas amigas, si Doña Lucilia tuviese los recursos suficientes para hacerle llegar estas flores a la ricachona, sin ningún tipo de retribución, ¡ella se quedaría muy contenta! Pues su alegría de recibir era mucho menor que la alegría de dar».

Su bondad era acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo

¿De dónde provenía tanta bondad y bienquerencia? ¿Cuál era el origen de estas virtudes tan opuestas a la mentalidad reinante en aquel brutal y egoísta siglo XX, del que tuvo que recorrer tantas décadas? Explicó esta cuestión también en una Conversación de Sábado por la Noche: «No era la dulzura de una persona que tiene buen genio y trata bien a los demás por ese motivo. Ella lo tenía, pero había algo mucho más alto: un humor afable y acogedor, como penetrado por un rayo de luz que modelaba su bondad de acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo. Yo notaba perfectamente que se trataba de algo comunicado por Él a ella, de la misma forma que si alguien tomase un rayo de sol y lo lanzase sobre un alma, colmándola con sus efectos».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte V pp. 107 ss.

Una profunda seriedad de espíritu

Analizando el modo de ser de su madre y cómo lo atendía en esa necesidad, Plinio formó en su mente una noción que no sabía expresar por ser muy pequeño, pero que, en el fondo, se resumía en lo siguiente: «¡Madre, madre lo que se dice, para mí es ésta!»
Y de esa percepción, llegó a una conclusión: «¡Cómo ella es seria! No se tomó mi aflicción como una cosa de niñito, sino que percibió cuánto estaba sufriendo de verdad. Aquel dolor, de hecho, lo sentía. Y mamá, por haberlo notado, hizo un sacrificio serio, pues sufrió al socorrerme. Ella era tan seria que ocultó su sufrimiento y fingió

Señora de espíritu grave, serio y profundo, en cuya fisonomía transparecía gran bienquerencia

divertirse con sus propias narraciones, sólo para hacerme el bien. Ella fue seria: quería de verdad remediar mi caso. Su actitud significa mucha misericordia y, sobre todo, ¡mucho amor!» Para que comprendamos bien este espíritu de consecuencia, seriedad y gravedad de Doña Lucilia, es preciso tener en consideración el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que ella practicaba con extraordinaria perfección. En efecto, mucho más que simplemente no reír, la seriedad es una cualidad de alma conducente a dar a cada cosa el debido valor, teniendo una impostación27 interior por la cual el espíritu jerarquiza sus concepciones y sus quehaceres. Por tanto, habiendo dentro de la Creación tres pináculos: la figura adorable de Nuestro Señor Jesucristo, la figura venerabilísima de Nuestra Señora y, después, la figura divina de la Santa Iglesia, la virtud de la seriedad consiste, esencialmente, en dar la adecuada atención a estos tres pináculos, tributando a Dios lo que es de Dios, y a las cosas secundarias, lo secundario.
Siendo así, del amor fervoroso y lleno de llamaradas, aunque suave y calmo, de Doña Lucilia al Sagrado Corazón de Jesús y a todo lo que era conforme a Él, resultaban su intransigencia y radicalidad. Esa seriedad la llevaba también a tener una fisonomía siempre controlada, pero nunca tensa; con una sonrisa nada mundana ni superficial, y sí de profunda bienquerencia, por amor de Dios. Mirando el alma de Doña Lucilia y viendo cuánto era seria, el Dr. Plinio tuvo su primer encanto en relación con la seriedad. He aquí uno más de sus recuerdos: «Ella tenía un sentir profundo de la transcendencia de las cosas y un algo que no se sabe bien hasta qué punto hacía parte de la “transesfera” (el Dr. Plinio utilizaba el término «transesfera» para significar «la suprema y majestuosa resonancia de nuestras acciones en Dios, y la resolución paterna y solar del mismo Dios». En definitiva, hablar de «transesfera» es referirse a todo aquello que está, por así decir, «más allá de la esfera», o sea, por encima de nosotros: es el enlace que conecta el resto de la Creación a Dios o que conduce a Él), y hasta qué punto era sobrenatural; ese algo llamaba su atención con frecuencia y vivía inmersa dentro de ello. Hablaba poco respecto de este asunto, pero nunca me fue posible acercarme a ella o tener cualquier encuentro con ella, sin sentir intensamente la presencia de su espíritu en esa zona de lo “transesférico” y de lo sobrenatural; y sin dejar de notar que el modo por el cual ella veía el mundo, las relaciones humanas, los hechos que pasaban a su alrededor, la vida humana en general, era focalizado en esa región elevada. Eso me ayudó mucho en la formación de mi espíritu. Ella me formó, no a través de consejos explícitos, sino primero por un modo de ser atrayente y convincente, que auxilió enormemente a mi inocencia a discernir, en función de ella y de lo que yo sentía que eran sus pensamientos, la clave más alta de las cosas. Ella fue, por así decir, el fuego, la llama que encendió en mi alma esa visualización. La seriedad y su valor moral venían de ahí. En cualquier acción buena ella veía un mérito tan grande y, de otro lado, en cualquier acción mala, una vergüenza tan grande, que era llevada a considerar la oposición entre el bien y el mal, la verdad y el error, el pulchrum y lo feo, como un valor propio a llenar la vida. Y mucho de la seriedad de mi alma se debió a ella».
Los contactos de un hijo con su madre son incontables, y el Dr. Plinio convivió con su madre nada menos que sesenta años. Ahora bien, él afirma aquí ¡nunca haberse dado una sola ocasión en la cual se aproximase de ella y no percibiese, en su interior, la presencia de esa contemplación de un horizonte «transesférico» y sobrenatural! Analizándola con discernimiento de los espíritus, él comprendió cómo la seriedad y la sabiduría se identifican en gran medida, conforme explicitó en cierta ocasión: «La seriedad es la posición temperamental de quien, con inteligencia, fue sabio e hizo de su inteligencia lo que debía hacer; tal seriedad no es sino uno de los modos de ser de la sabiduría».

Un escalón para la devoción a Nuestra Señora

La convivencia con Doña Lucilia fue para Plinio un oasis. Con ella aprendió, además de la elevación, la donación de sí mismo llevada a las últimas consecuencias. El siguiente comentario expresa cuánto ella fue de un auxilio extraordinario, sin el cual no habría llegado a la práctica de la virtud: «Un beneficio profundísimo que recibí de ella, y no sé lo que sería de mí —naturalmente Nuestra Señora es mi Madre y Ella habría de proveer por mí— si no lo hubiese recibido, fue el de creer, por haberla conocido, que sí es posible el grado de afecto y de dedicación que ella poseía. Y también el grado de desprendimiento de alma y de deseo de dirigirse hacia las cosas superiores que la caracterizaban. Quien conoció esas dos cualidades se vuelve propenso a elevar su alma ad maiora, y adquiere la convicción de que, amando de hecho a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora, se es capaz de una dedicación y de un afecto como el de ella. Y nada es más antiaxiológico que imaginar el mundo constituido irremediablemente por superegoístas. Además, si el alma llega a creer en el error de que eso es inevitable, la vida recibe una carga de amargura, de decepción y de non sens, de una brutalidad indecibles…»
La Providencia dio a Plinio una robusta noción del ser, así como un inusual sentido del bien y del mal; lo dotó también del discernimiento de los espíritus, del don de sabiduría y de los demás dones del Espíritu Santo en alto grado; infundió en su alma la lógica, a través de una gracia mística recibida algunos años más tarde. Sin embargo, nada de eso habría fructificado si no le hubiese sido concedida una madre que representase la bondad del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora. Un hecho ocurrido con Doña Lucilia demuestra bien, por la reacción que produjo en el alma del pequeño Plinio, cuál era la naturaleza de la influencia que ejercía sobre su hijo. Teniendo él siete u ocho años de edad, este episodio de tinte trágico constituyó, dentro de la «topografía de la infancia», una especie de montaña.
En un periodo en que el romanticismo del siglo XIX estaba desapareciendo y daba lugar a la vida despreocupada de la Belle Époque, el drama que será relatado tuvo aún cierta connotación romántica. Plinio estaba en casa, jugando o contemplando y, de repente, se divulgó la angustiosa noticia de que Doña Lucilia había sufrido un accidente cuando estaba fuera de casa. En efecto, había ido a un dentista de la Rua São Bento, en el mismo edificio donde quedaba el bufete de su esposo, el Dr. João Paulo, y al bajar una escalera, sedesequilibró, e intentando apoyarse en la barandilla, acabó por sufrir una luxación en el hombro.

Plinio y Rosée

La aflicción del pequeño Plinio pronto desapareció con las caricias de la madre

Plinio se sobresaltó enormemente cuando le susurraron al oído que Doña Lucilia iba a llegar bajo los efectos del cloroformo, lo que dejaba a la persona un tanto anestesiada, pues colocar el hombro en su lugar era un proceso extremamente doloroso. Por eso, además, sería trasladada en ambulancia. En una época en que todavía se usaban mucho los caballos, bien se puede imaginar el drama que sería, para un niño inocente, verla llegar en aquel vehículo extraño. Enseguida, los familiares lo dejaron a solas y comenzaron a arreglar el cuarto, andando de un lado para otro, con mucha prisa.
Por teléfono llegaban las noticias: «¡Ya salió del hospital!» «¡Ya debe estar llegando!» Y Plinio, en vez de tranquilizarse porque ya estaba viniendo, se afligía cada vez más. Para él significaba una verdadera desdicha; caso ella llegase a fallecer, sería literalmente el fin del mundo, o peor, ¡porque se quedaría en un mundo del cual ella habría desaparecido! Y tal fue la dilaceración nerviosa por la que pasó, que varias veces, mientras esperaba, salía corriendo desde el fondo de la sala donde estaba, daba un salto y un puntapié en la puerta y volvía corriendo. Puede imaginarse la fisonomía de consternación que tendría ante lo sucedido, pues alguien le llegó a decir:— No aparezca así, porque, si su madre le ve con esa cara de angustia, va a sufrir más aún.

Por fin, ella llegó. Plinio de hecho, no apareció, y esto fue más pungente y aumentó más su tormento; si la hubiese visto, se habría calmado. Pero solamente oyó la agitación de la ambulancia y, a cierta distancia, los pasos de los que la llevaban por el pasillo. Después vio a los médicos, con aquellos grandes bigotes, aún de la época del Káiser, pidiendo yeso y agua caliente… ¡Todo daba la impresión de tragedia! Al final, autorizaron a Plinio a visitarla. Él se acordaría siempre de aquel contacto que tuvo con Doña Lucilia. Le habían dicho que tomase mucho cuidado al abrazarla y que no se lanzase sobre ella, pues todavía se estaba sintiendo mal y sufría un dolor insoportable.
Fue, entonces, introducido silenciosamente en el cuarto y apenas conseguía verla a distancia, desde la puerta: ella estaba acostada en la cama sobre su lado derecho, teniendo el otro enyesado, y con la cabeza puesta en la almohada, muy pálida, pero con una resignación completa. Había una lamparita azul en la cabecera y él escuchó un gemido, tan suave y tan ordenado, que era como la pulsación de un corazón. Y pensó: «¡Qué orden y qué dulzura!»
Cuando ella percibió, en medio de aquella penumbra azul, la presencia del niño, extendió el brazo e hizo una señal:
— Filhão (Desde que el Dr. Plinio era pequeño, Doña Lucilia acostumbraba a llamarlo con el cariñoso título de filhão, derivado de filho, que significa, en castellano, hijo), ¿eres tú?
Él se acercó a la cama y la besó en el rostro muchas veces, mientras ella lo abrazaba y acariciaba. Después, antes de que él pudiese preguntarle cualquier cosa, ella se adelantó para indagarle:
— Hijo mío, ¿estás mejor de tu resfriado? ¿Estás teniendo cuidado con el relente y las bebidas frías?
Entonces, Plinio se dio cuenta de que, en medio de aquel dolor, ¡su madre todavía encontraba la serenidad suficiente para preocuparse más con su estado de salud que consigo misma! Era, por lotanto, una bienquerencia sin pretensión, nada egoísta, realizada, eso sí, ¡en función del amor de Dios! Aquel trato sublime marcó el alma de Plinio y, mientras se retiraba, pensaba: «¡Hay entre ella y yo una interpenetración profunda! ¡Mi alma está en la más íntima unión y afinidad con la suya! Lo que le afecta a ella, me afecta a mí, porque yo soy una prolongación suya; lo que golpea allí, duele allí y aquí, ¡pues yo lo siento como si fuese en mí!»
Se observa en todos estos episodios de su primera infancia, que ella había sido creada para ser, junto a su hijo, una especie de escalón para llegar hasta Dios y, al mismo tiempo, un soporte para que él comprendiese después con facilidad la devoción a Nuestra Señora. Era como la orla del manto de Nuestra Señora que llegaba hasta el niño. Así, cuando a los doce años, en una época difícil de su vida, se arrodilló a los pies de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora, diciendo: «¡Sálvame, Reina de misericordia!», aquella confianza plena tenía como base el amor y la comprensión que había tenido del espíritu materno de Doña Lucilia: «Si mi madre es como es: ésta, que es la Madre de las madres, la Madre de toda la humanidad, ¡¿cómo será?!» «El hecho de experimentar esta paciencia de mi madre me estaba preparando algo muchísimo mayor: la devoción a la Santísima Virgen. Y cuando rezo la Salve Regina o el Memorare, tengo la impresión de hacer con Ella un poco lo que hacía con mamá. No en el sentido físico de la palabra, sino diciéndole cosas que abran su misericordia como mis dedos abrían los ojos de mi madre, convencido de que la súplica de un hijo afligido es oída y que puedo explicarle mis problemas con confianza, pues nunca seré mal recibido. De una manera o de otra, en los días siguientes a estos hechos, yo iba haciendo comparaciones entre mis padres y las personas mayores que veía, y pensaba: “Como ella, nadie. Si yo soy bueno, ¡ella será para mí un mar de bondad! Pero esa bondad, ¿viene de ella? ¡No! Veo que esto también existe, a la manera de relámpagos, en otras personas, pero en ella permanece de modo estable. Si existe en varias personas, significa que la fuente de la bondad no está en ella. Entonces, ¡necesito descubrirla!” Y me venía una cierta idea confusade que mamá era apenas una gota de agua dentro de un océano… Después comprendí que esa fuente era Nuestro Señor Jesucristo».
Por el contrario, un niño que se desarrolla en un ambiente en el cual son frecuentes los choques y las cargas temperamentales de indignación, al ser tratado con violencia adquiere, ya antes del uso de razón, una serie de instintos y costumbres embrutecidos que hace que a partir del momento en que toma conciencia de sí, concluya que es necesario reaccionar contra todo aquello: «Pero… ¡qué cosa más absurda! ¿La humanidad es esto? Voy a tener que defenderme y ser bruto también, porque si no, llevaré las de perder».Y así, a medida que el niño va creciendo, empieza a proyectar en cualquier autoridad aquella fisonomía de cólera que manifestaba su padre o su madre, creando así, la idea de un Dios irascible y sin razón. Más tarde, si comete una falta, tendrá una dificultad enorme en dirigirse a la Santísima Virgen pues, si su propia madre es una persona violenta, con repentes turbulentos, ¿qué idea se hará de Nuestra Señora? Y a continuación se dejará llevar por la siguiente idea: «Me da miedo rezarle, no sea que me caiga un rayo de allí arriba… Ya no tengo más solución, ¡todo está acabado!» Y, sin embargo, ¡la verdadera solución se encuentra precisamente en confiar en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor Jesucristo!

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 124 ss.

Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Fue realmente un designio de Dios, y hasta un milagro de la gracia, la preparación que  el Dr. Plinio recibió de su madre, pues fundamentó tanto su inocencia que, si no hubiese sido por la fidelidad de Doña Lucilia, él no habría tenido aquello que constituyó el punto de partida del don de sabiduría en su alma. Doña Lucilia fue la cuna que fluctuó sobre las aguas de la Revolución y que salvó a su hijo Plinio.

La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»

En el Dr. Plinio ya estaba presente desde su más tierna infancia, el don del  discernimiento de los espíritus que conservó hasta el último momento de su existencia. El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) se acuerda de haberle preguntado en una ocasión:
— Dr. Plinio, ¿cuándo fue que floreció en usted el discernimiento de los espíritus?
Con toda naturalidad y modestia, dijo:
— Yo no me acuerdo de ningún momento en que me hubiese dado cuenta de que poseía este don; cuando desperté para el uso de la razón, yo raciocinaba ya con el discernimiento de los espíritus.
— Mas, ¿en quién aplicó usted por primera vez este discernimiento?
— La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»
De estas afirmaciones concluimos que, cuando brillaron las primeras centellas de la razón, su inteligencia se concentró en comprender a su madre, Doña Lucilia, pero, concomitantemente, por una gracia inmensa, brillaba el don de discernimiento de los espíritus, por lo que, al fijarse en ella, pudo ver más el alma que el cuerpo. Sólo después de penetrar con acuidad en el fondo de su alma, prestó atención en la fisonomía e hizo una comparación entre lo que había considerado en el alma y lo que observaba en el rostro, advirtiendo cómo éste era un reflejo de aquella. Declaraba él: «Lo que le debo a ella en este orden de ideas es inimaginable. Mis primeras penetraciones psicológicas, se las debo a ella. Me acuerdo de mí mismo, pequeñito, no apenas mirándola y tratando de entenderla, ¡sino entendiéndola y con deseos de entenderla todavía más!»

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Siendo así, en aquella primera mirada consciente y racional que, según la Filosofía y la Teología, contiene todas las demás, Plinio contempló un verdadero panorama de virtud. ¿Qué es lo que vio en el alma de su madre? Vio un espejo de limpidez, de honestidad y de inocencia, una representación de la pureza, de la virginidad de espíritu, de la bondad, de la rectitud, de la lealtad. Todos los dones, gracias y beneficios que llevan a un alma a ser perfecta, antes de nada, él alcanzó a discernirlos ¡en ella! Y ya, en aquel comienzo, ¡tuvo, por obra de Dios, su primer arrebatamiento! Para él fue una especie de paraíso, pues se sentía enteramente seguro al mirar a su madre. Doña Lucilia fue el parámetro, los raíles, la «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual: percibió desde muy pequeño, sin conocer aún la palabra santidad, cómo debía caminar rumbo a ésta, teniendo por modelo a su madre. Asegura el Dr. Plinio: «Pasé la vida entera analizándola, embebiéndome de su espíritu y haciéndome
semejante a ella en toda la medida de lo posible. Hasta qué punto fue ella alimento para mi inocencia primigenia, no lo sé decir, pero intento, de este modo, expresar un respeto que no tengo palabras para describir, junto con mi veneración y mi agradecimiento».

Y, en otra ocasión contaría él: «Las primeras gracias que recuerdo haber recibido, a los dos o tres años de edad, fueron de tener una gran sensibilidad en relación a mamá. Ella me impresionaba mucho más por lo que yo percibía de su alma que por sus palabras. Su presencia ejercía en mí un efecto profundo; yo prestaba atención y consideraba seriamente lo que ella decía o hacía. Incluso estando lejos de mamá, sabía qué es lo que querría o no querría, y me desagradaba contrariar su voluntad».
Por otro lado, en determinado momento el pequeño Plinio aplicó el discernimiento de los espíritus no sólo en relación a su madre, sino también a las demás personas de la familia, al ambiente que le rodeaba y al resto del mundo. Analizando las almas bien a fondo, con sus cualidades y defectos, pudo desde niño, auxiliado por una gracia especial, hacer una comparación entre lo que percibía en contacto con su madre y lo que percibía con las otras personas, y comenzar a formar un juicio respecto de cada uno, hasta el punto de ver cuánto ella era diferente, pues en ella existía algo mucho más excelso y elevado de lo que había en los otros parientes. Por lo tanto, a los cuatro años de edad, tuvo perfecta noción del papel que Doña Lucilia ocupaba dentro de la familia y, encantado con ella desde entonces, la amó con preferencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 116 ss.

El papel de Doña Lucilia en la vida de su hijo

Ofrecemos a nuestros lectores, algunos trechos de unas de las últimas obras de Mons. Joao S. Cla Dias “El don de Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira” editado por la Editrice Vaticana, sobre el papel de Doña Lucilia en la formación de su providencial hijo.

Algunas veces en la Historia, para preparar a un hombre para una misión muy importante, la Providencia comienza por santificar a su madre. Ya en el Antiguo Testamento, Ana suplicó a Dios la dádiva de tener descendencia, fue atendida y engendró un hijo. Y, por no haberse negado a entregarlo al Señor, alcanzó la gracia de ser la madre del más joven de los profetas de Israel, Samuel, elegido para esa función a los nueve años de edad (cf. 1Sam 1).

Ana entrega a su hijo Samuel al sacerdote Helí

Al analizar el periodo anterior a la venida de Cristo, vemos con frecuencia hombres escogidos por Dios, en especial los que eran santos, que son favorecidos por un origen familiar particularmente bendecido, que les ayudó a abrazar la vía de la santidad. La Providencia respeta la tradición y se complace en preparar a sus elegidos a través de la influencia del linaje, a fin de aprovechar las cualidades naturales y requintarlas con la gracia.

Consideremos,a aquellos que gozaron del privilegio de nacer en hogares verdaderamente católicos como SanJuan Bosco, por ejemplo, que fue educado por su piadosa madre. La unión entre ambos llegó hasta el punto que hizo que constase como
principal argumento de los teólogos, en el elenco de documentos para el proceso de beatificación de Mamma Margherita, la siguiente tesis: los corazones de la madre y del hijo constituyen en la familia salesiana un solo corazón. También San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, tenía una madre excelente. Así, cuando le preguntaban de dónde le venía su amor por la oración, por el altar y por el sacerdocio, respondía derramando lágrimas: «Después de Dios, es obra de mi madre: ¡ella era tan sabia!» Y añadía: «Un hijo no debería poder mirar a su madre sin llorar».También es digna de recuerdo la propia madre de Santo Domingo de Guzmán, la Beata Juana de Azca que, poco antes del nacimiento del niño, soñó que daba a luz un fuerte perro, que ladraba mucho y que sujetaba con los dientes una antorcha de fuego y, corriendo con ella, incendiaba el mundo entero. Domingo creció con aquella imagen del sueño de su madre en la cabeza y, más tarde, fundó una orden mendicante, los Domini canes (del latín: canes del Señor. El nombre de la familia religiosa fundada por Santo Domingo
es Orden de los Predicadores, más conocida como Orden Dominica), porque irían por la faz de la tierra ladrando contra el mal y predicando la doctrina católica. Y así, recorriendo la Historia, podríamos con facilidad multiplicar los ejemplos yendo desde la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, hasta Santa Teresita del Niño Jesús, cuyos padres brillan en el firmamento de la santidad. Es verdad, pues, que la influencia y proximidad de los santos son siempre un gran beneficio para las almas que no se cierran a la acción de la gracia, pues éstas acaban santificándose también, gracias al trato con ellos. Por consiguiente, podemos afirmar con entera propiedad que las madres si son buenas, serán las que más ayuden a santificar a los hijos; pero, por otro lado, cuando no lo son, serán quienes más los estropeen. La virtud es contagiosa, pero también elmal, los dos extremos lo son.

Escogida y preparada por el mismo Dios, María Santísima es la más excelsa de todas las madres

No olvidemos, sobre todo, que el gran Hombre providencial por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo, también estuvo unido a su Madre. Habiendo llegado el momento de encarnarse, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad creó con todo esmero, una Madre extraordinaria, pues quería tener en el inicio de su vida terrena, ya en su raíz, una persona de la categoría de Ella. Es el único caso en la historia de la Creación en el que alguien, antes de nacer, ha podido escoger y santificar a su propia madre. Ella es la Madre de las madres y Señora de las señoras, que concibió al Santo de los santos, el Hombre-Dios.

«Mamá me enseñó a amar a la Santa Iglesia»

Estudié su bella alma con una atención continua…

¿Cuál es, entonces, el papel de una buena madre a lo largo de la vida de un varón providencial? Es un papel brillante, fundamental e insustituible, que nadie más puede representar, porque ella sirve de espejo para que este varón, cuando es aún pequeño y antes incluso de tener una noción exacta de quién es Dios, pueda ver la figura del Creador.
Si cualquier madre tuviese la posibilidad de dar a su hijo una fortuna extraordinaria, mediante la cual pudiera vivir sin problemas ni preocupaciones, haría todos los esfuerzos para que eso sucediese. Ahora bien, lo máximo que una madre puede desear para su hijo es una eternidad feliz, conviviendo con Dios; y esto puede conseguirlo, conduciendo a su hijo hacia la virtud, por las vías de la Religión.
Con frecuencia, el estado espiritual de la madre condiciona el de su hijo, pues Dios tiene en cuenta la fidelidad materna a la hora de dar a los descendientes las gracias necesarias para el cumplimiento de su misión. Así, con el fin de desempeñar bien este encargo es necesario que la madre sepa rezar, tenga una sólida vida interior y frecuente los Sacramentos para beneficiarse de la gracia y progresar en la vida espiritual. De este modo alcanzará la santidad que se reflejará en sus hijos… Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5, 6); el amor de la madre por su hijo debe ser tal, que tenga hambre y sed de perfección y por ello quiera sacrificarse enteramente para santificar a su hijo y así, estando junto a él, llevarlo a decir: «¡Qué bonito es ser santo!» Ésta era la opinión del Dr. Plinio: «La mejor de las universidades nunca podrá desempeñar el papel de una madre: el de acondicionar, dentro de la perspectiva que ella tiene y que comunica a su hijo, una cierta cantidad de nociones generales, que se proyectarán más tarde sobre toda su vida. Después de beber en ella las buenas influencias, propias para acercarlo a la Iglesia Católica y darle una avidez enorme para acoger a la Iglesia Católica en su alma, cuando el hijo termina el recorrido
de su vida, se da cuenta de que aquello concuerda con lo que recibió de su madre en sus comienzos».
Si nos hacemos una idea concreta del privilegio que supone tener una buena madre, en la que brillan las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que toma a su hijo en brazos llena de un cariño, de un afecto y un modo de ser tal que lo haga abrir los ojos para la realidad, dándole el primer impulso hacia el recto camino, tendremosen mente la noción clara del papel que Doña Lucilia desempeñó en la ascensión espiritual del Dr. Plinio. Testimonio de esto son las palabras de encomio que le ofrendó, nada más exhalar ella su último suspiro: «Estudié su bella alma con una atención continua y fue por eso mismo que tanto me encanté con ella hasta tal punto que, si ella no fuese mi madre, sino la madre de otro, la querría de la misma manera, y encontraría la forma de irme a vivir con ella. Mamá me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica».

Trayectoria de inocencia

Analicemos ahora el origen de este varón.
Nació en ese periodo tan importante de la Historia, cuando el mundo entraba en la terrible crisis actual. Poco a poco fue creándose una sociedad atea, en la que el hombre abandonó enteramente la inocencia, el Evangelio fue quedando cada vez más desvanecido, olvidado y desfigurado a sus ojos, e incluso la cultura fue siendo devastada, motivando que la convivencia humana se hiciese semejante a la de los lobos.
¿Cómo fue posible que surgiese y se afirmase en una época así alguien tan favorecido por altísimos dones sobrenaturales, capaz no solamente de restaurar el pasado, sino de estar en el origen de una nueva era histórica, llena de inocencia y verdadera sabiduría, en contraposición con la falsa sabiduría del mundo,Dios, en su infinita sabiduría, preparó con antecedencia el florecimiento de la tan elevada vocación del Dr. Plinio, dándole a Doña Lucilia por madre. Tenía ella el alma ornada con las gracias de la Edad Media y con lo que había de mejor en el Ancien Régime y en la Belle Époque, es decir, aquello que la era de las catedrales y de las cruzadas produjo «post mortem», una vez iniciada la decadencia revolucionaria. En realidad, fundamentado en la palabra del Dr. Plinio y en la propia experiencia personal, juzga el Autor que Doña Lucilia poseía algo más que no hubo en ninguna época anterior. En efecto, asevera el buen principio teológico que la Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, no permanece inerte a lo largo de los tiempos, sino que estará constantemente creciendo en gracia y santidad hasta el fin del mundo. Mientras haya una persona bautizada sobre la faz de la tierra, la Iglesia en ella estará viva y progresando cada vez más, porque cuenta con la promesa de la inmortalidad hecha por Nuestro Señor. Ahora bien, dentro de ese crecimiento, Doña Lucilia representaba una simiente dorada y magnífica, llena de irisaciones, de algo que habría de bueno en el futuro. A este respecto, resulta ilustrativo un comentario hecho por el Dr. Plinio en 1977: «Había en su espíritu un punto altísimo, que era el campo de su inocencia. ¿Qué relación tiene ese campo de su inocencia con mi inocencia? Y ¿qué relación tiene ese campo de su inocencialos lados buenos del siglo XIX, que eran las tradiciones medievales aún vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: “Cómo es parecida con mamá”.

Doña Lucilia poseía cualidades de alma que prenunciaban un futuro grandioso

Sin embargo, mamá no tenía una idea exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Fue un eco fidelísimo, aunque subconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonaba […] el espíritu de la Edad Media, ella tuvo un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion que une; el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado que lloraba por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería el alborear de la Edad Media resurrecta en el Reino de María. Es decir, la palabra guion dice poco: es la última simiente de un árbol esplendoroso que muere, pero de la cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa simiente fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar detrás de ella otro rastro a no ser ése. Y ése es el gran papel histórico de ella, su gran misión.

Dada la extraordinaria vocación del Dr. Plinio, ¿no era normal que naciese de una madre tan inocente, como fue Doña Lucilia,que nunca cometió una falta grave en los noventa y dos años de su larga vida? Sí, ese llamado, según el plan de Dios desde toda la eternidad, debería estar fundado en la inocencia, sin la cual, sería imposible que el Dr. Plinio pudiese cumplirlo. Es de la inocencia que brotaron tantas otras prerrogativas, dones y beneficios que la Providencia quiso concederle. Por eso, fue beneficiado con tan virtuosa madre, verdadero manantial, jardín florido de rectitud; para
que pudiera tener delante de sus ojos un punto de análisis, de atracción y de sustentación para su propia inocencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 101 ss.