El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…

“No hay mal que por bien no venga”

 cap13_004Al haberse prolongado tanto la ausencia del Dr. Plinio, se pudo comprobar una vez más de qué manera ese bendito trato que había entre madre e hijo estaba movido por razones sobrenaturales. Es lo que se nota en la carta siguiente, la última que aquella alba y venerada mano le escribió a fin de exteriorizar los cariñosos sentimientos contenidos en el corazón materno.
Es admirable en la misma el acto de virtud por el cual doña Lucilia renueva su renuncia a la compañía del Dr. Plinio el 13 de diciembre, en aras de lo que ella juzga más ventajoso para él. No solamente expresa su resignación por su ausencia, sino que también le aconseja quedarse más en Europa.

São Paulo, 26-11-962
¡Plinión querido!
Estaba con tantas saudades de una carta tuya que, aunque sea en estilo relámpago como la última que me enviaste, ¡valía la pena recibir otras! Con tanto trabajo, ¡veo que no te será posible regresar nada más acabar el Concilio! Algunos paseos bonitos, despedidas, visitar Florencia, Milán, etc… y después ¡¡¡París!!! ¿Quién puede volver tan de prisa de París? ¿Ni siquiera para pasar el 13 de diciembre, día de tu cumpleaños con mamá? Pero, no hay problema. Has trabajado mucho y ahora debes estar… ¡agotado! Haz todo lo que puedas y vuelve muy animado y contento de volver a ver a tu manguinha y así ¡¡¡pasamos juntos la Navidad!!! ¡Qué fiesta volver a ver a tu manguinha, que te quiere tanto y tanto… ¡¡que ni siquiera tiene palabras para decirlo!! Rosée se ha portado muy bien, viniendo a verme todos los días, y Maria Alice, con su caserón, sus cenas, etc. viene en general cada dos días, y el “Bisnietito” está de exámenes en el colegio.
Cuando converso contigo, aunque sea en “estilo relámpago” no consigo parar y el tiempo pasa rápido; pongamosblos puntos sobre las “íes”.
Saludos a tus amigos Muchos besos y abrazos y la más afectuosa bendición de la madre que tanto y tanto te quiere,
Lucilia

Un salto sobre el océano

Llegando a su término la intensa actividad del Dr. Plinio en Roma, una vez que la primera sesión del Concilio estaba también por finalizar, le escribe una breve carta a doña Lucilia anunciándole su regreso a São Paulo.

cap14_042Roma, 28-XI-62
¡Manguinha querida de mi corazón!
Como debo partir de Roma el día 7, estoy atareadísimo con las ocupaciones finales de la temporada. Por eso, le escribo rápidamente. Debo ir a Asís, Florencia, Venecia y París. Allí pasaré más o menos una semana, para después dar un salto sobre el Océano y ¡caer con inmensas saudades y enorme alegría en los brazos de mi Manguinha querida!
Pienso que me encontrará con un aspecto óptimo. Espero poder decir lo mismo de usted ¡¡Cuidado con la salud!! Le adjunto esta maravilla de Asís y una estampita de una Imagen de Nuestra Señora ante la cual hemos obtenido muchas gracias.
Mil y mil besos saudosísimos, del hijo que la quiere y la respeta hasta al fondo del corazón y le pide la bendición.
Plinio

No demoraría mucho para que las alegrías del regreso del Dr. Plinio consolaran el alma de su madre. En el momento de encontrarse, doña Lucilia no debió quedarse atrás de su hijo en las manifestaciones de afecto. Su encantadora fisonomía, llena de mansedumbre y de ternura, era, por sí sola, el mejor recibimiento que ella le podía dar.

¡Ah!, ¿y mi árbol?

cap12_017En el ocaso de su vida, a doña Lucilia le gustaba rezar y pensar sentada en la antigua mecedora de doña Gabriela. Allí, reclinada serenamente, solía pasar horas y horas, mezclando sus largas oraciones con la contemplación del movedizo y suave juego de luz y sombra que se proyectaba en las paredes internas del escritorio de su apartamento. En la acera de la calle Alagoas se erguía un frondoso árbol cuyo ramaje tocaba la ventana de dicha sala, ofreciendo, sobre todo por la noche debido a la iluminación pública, aquel sencillo espectáculo. No obstante, ese árbol, tan estimado por doña Lucilia, hacía que el apartamento del Dr. Plinio (situado en el primer piso del edificio) fuese un blanco fácil para cualquier terrorista. Conseguir que la Prefectura cortase inmediatamente aquel árbol figuraba entre las diversas medidas de seguridad a tomar. Y lo hizo sin tardanza. Pero para no aumentar la preocupación de su madre, no quiso informarla del peligro a que ambos estaban expuestos, y, por eso, no le dijo nada. Cuál no fue la perplejidad de doña Lucilia cuando, una noche, al mirar las paredes del escritorio, vio que se proyectaba en ellas la banal iluminación de la calle, sin ninguna de aquellas bonitas sombras. Sorprendida, exclamó: “¡Ah! ¡¿el árbol, mi árbol, dónde fue a parar?!” A pesar de todo, se dio cuenta rápidamente, por la actitud de los presentes, que la orden de cortar el árbol había sido dada por su hijo por alguna razón que no podía revelarle. Y nunca más hizo comentario alguno sobre el hecho. Sin embargo, la gravedad de la situación le obligaría al Dr. Plinio a tomar medidas más drásticas.

Cartas laboriosamente redactadas

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Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de su querido hijo…

Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de
su querido hijo, establecía con él su contacto epistolar. Con la vista debilitada, pasaba tardes enteras, pacientemente inclinada sobre las hojas de papel, en las cuales la pluma iba trazando con lentitud y esmero cada letra, para formar palabras cargadas de afecto y dulzura que aún hoy encantan a quien las lee.
Doña Lucilia le envía, con fecha del 1 de noviembre, algunas líneas más, en las cuales se nota cómo estaba preocupada con los acontecimientos mundiales. Siempre en primer lugar, al estar en causa la Iglesia, su atención se dirigía hacia el Concilio. Por otra parte, también le preocupaba el avance del comunismo.
Dejemos que las propias palabras de doña Lucilia nos digan lo que llevaba en el alma:

São Paulo, 1 de Noviembre de 1962
¡Plinio tan querido de mi corazón!
¡Me parece estar tan, tan lejos el día de tu vuelta a mis brazos! (…) El Cardenal Carmello ha vuelto ya para celebrar su primera Misa en Aparecida, y Tristán de Athayde está en Río…
¡Nadie habla de los sacerdotes y obispos, etc.! ¡Y a vosotros, por lo que he visto en la carta que le has escrito a Rosée, se os han ocurrido tantas cosas para darle tanto trabajo! Recibí una carta de Teté (Tía y madrina del Dr. Plinio y cuñada de doña Lucilia) quien, desolada, me dice que el comunismo está controlando cada vez más Pernambuco.
En la “Orden del Rosario” hicieron grandes novenas… y todo sigue igual… entonces los de la Orden del Carmen dijeron: ¡ahora es la nuestra! Cuando el Carmen hace sus novenas con toda fe, no hay lo que se resista… y, sin embargo, ¡¡todo sigue en el mismo estado!!
Cuando veo todo eso tengo tanto miedo, tanto pavor… ¡Pero la Madre de Dios es grande y piadosa y no nos abandonará!
Esta es la tercera carta que te escribo. Mandé la segunda junto con la de Rosée y ésta también va con otra de Rosée. Espero que ya estés más descansado, con buen apetito y ¡¡cuidado con los problemas de estómago!! No repares en mi letra, pues estoy con reumatismo en las muñecas.
¿Qué me dices del barullo de Kruchef (Así escrito en el original), de Kennedy y de Fidel Castro? ¡¿Todo esto viene por causa del puente de Berlín?! (Seguramente se refiere al hecho, ya un poco remoto en 1962, del puente aéreo establecido en Alemania Occidental por los norteamericanos para abastecer a Berlín Occidental, que los soviéticos habían tratado de aislar completamente) ¿No te parece? Con muchas saudades, te besa y te abraza mucho, tu vieja Manguinha.

“Si es la voluntad de Dios… ¡que se haga!”

3p109Aquel 10 de noviembre de 1962 en São Paulo, con la mente puesta en Roma, doña Lucilia comenzó una nueva carta en la que dejó hablar a su corazón desbordante de desvelo materno y de saudades, cuyas intuiciones sobre el regreso de su hijo no serían desmentidas:

¡Filhão querido de mi corazón! (…)
¿No estarás comiendo demasiado en esos excelentes hoteles? —No puedo quitarme de la cabeza la idea de que te quedarás por ahí hasta el final del Concilio, y así pasaréis en Roma el gran día 13 de diciembre— ¡¡¡nuestro gran día!!! ¿Será posible? Estoy escribiéndote a toda prisa, por eso te dejo ¡sin decirte la falta enorme que me haces…! Vuelve muy fuerte, siempre bueno para tu manguinha y ¡¡hasta la próxima carta!! Que Dios y Nuestra Señora te bendigan — Con todo el afecto te hace lo mismo la madre que te tiene en el corazón,
Lucilia

Una vez más, debido a la escasez de la correspondencia enviada por el Dr. Plinio, se puede suponer cómo su tiempo estaba absorbido por una intensa actividad.
La siguiente carta de doña Lucilia, inacabada, es una afectuosa queja por tan “imperdonable” falta:

São Paulo, 19-11-1962
¡Plinión, corazón mío, hijo mío querido! Estaba tan afligida por falta de noticias tuyas, cuando uno de los jóvenes del segundo piso le dio a doña Carlota una carta tuya para entregármela. Radiante, abro el sobre y veo que no había sino bonitas tarjetas para Yayá, los Languendoncks (Referencia a Telémaco van Languendonck y su esposa, Dª Dora Lindenberg van Languendonck, hija de doña Yayá), a Zilí y Néstor y para mí… ni una palabra. Como sabes, vivo en este momento con el corazón preso en Roma… recibo la carta… y ni un beso, ni un abrazo para mí…
Sé que leéis todos los días el “Estado”, pero como sé que a veces pasa desapercibida alguna noticia, te envío éstas que te gustará leer.  Muchos besos y bendiciones de tu mamá.
Lucilia

La gran expectativa por la llegada de cartas de Roma fue aliviada por una fotografía publicada en la “Folha de São Paulo” en la que doña Lucilia pudo rever la fisonomía de su filhão querido, lo cual le hizo escribir otra vez. No se puede dejar de notar la modestia de su comentario. Tras referirse a la noticia del periódico, sus palabras continúan serenas, tratando de asuntos caseros, entre los cuales ocupa siempre el primer lugar el amor entrañable por su hijo. Con la mirada interior adorando a Nuestro Señor Jesucristo en los trances de la Pasión, doña Lucilia se resignaba a aceptar con paz de alma la ausencia del Dr. Plinio en el “gran día 13 de diciembre”.

3p134

¡Cuántos sacerdotes barbudos!

São Paulo, 22-11-1962
¡¡Hijo tan y tan querido!! Por lo que veo, te verás obligado a pasar allí el 13 de diciembre, ¡día de tu cumpleaños! — Lo siento mucho, pero si es la voluntad de Dios… ¡que se haga! Lo siento mucho, pero, ¿qué hacer? — Castilho me envió ayer dos números de la “ Folha de S. Paulo” que reproducían una fotografía de un grupo de amigos del Barón de Montagnac, que les ofreció una cena de honra con tu presencia en el restaurante “Raniere de Roma”. ¡Cuántos sacerdotes barbudos! (Uno de ellos, obispo de rito católico malabar, de la India) (…) Trata de escribirme un poquito más… ¿está bien? Rosée me ha hecho excelente compañía, y Maria Alice también, pero siempre en medio de médicos, exámenes, cenas, en casa y fuera… ¡eso cansa tanto! Yayá, en los descansos del juego viene siempre, a veces para cenar. ¡Dora y las niñas han venido menos al estar el abuelo enfermo! ¿Has recibido las cartas que te envié la semana pasada? ¡No puedo dejar de escribirte, pues me parece que es tenerte un poco más lejos! Saludos a tus amigos. Con mis bendiciones, te envío muchos abrazos, muchos y muchos besos de tu manguinha que tanto te quiere,
Lucilia

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

cap14_029

Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia

Las despedidas en el ascensor

Las despedidas en el ascensor

doña LuciliaPara amenizar de alguna manera la paciente soledad de doña Lucilia en el atardecer de su existencia, su hijo, todos los días, la entretenía con unos cuarenta minutos de conversación después de la cena. No le era difícil a la mirada perspicaz y diligente del Dr. Plinio discernir los sufrimientos que afligían el alma de su madre, cuyo involuntario aislamiento era, seguramente, muy penoso. Para darle ánimo, tenía la costumbre de decirle en un tono impregnado de cariño:
— ¡Mãezinha! ¡Fuerza, energía, énfasis, resolución!
Al oír esas palabras, doña Lucilia respondía con una ligera sonrisa de contento, sin decir nada. En cierto momento, los impostergables deberes de apostolado del Dr. Plinio ponían fin a su bendito coloquio. Con dolor por tener que dejar a su madre se levantaba y, después de despedirse de ella con mucho afecto, se dirigía al ascensor. Con frecuencia, doña Lucilia lo acompañaba hasta allí, queriendo disfrutar hasta el último instante de la compañía de su hijo. A veces tenía lugar una escena conmovedora en el momento en que el Dr. Plinio habría la puerta del ascensor. Con su voz suave y afable, y con la esperanza de retenerlo un poco, doña Lucilia le decía sonriente:
— Hijo querido, ¿no te da pena dejar a tu madre tan sola?
Sin embargo, todas las noches esperaban al Dr. Plinio para asistir a sus reuniones aquellos que la Providencia le había dado como seguidores suyos en la lucha por la Iglesia y por la Civilización Cristiana. Estos últimos tal vez ignoraban que las gracias allí recibidas le costaban a doña Lucilia el sacrificio de su penosa soledad, aún más profunda después de la muerte de don João Paulo. ¿Cómo explicar todo eso a doña Lucilia? Finalmente, apremiado por el deber, el Dr. Plinio besaba la frente de su madre y le respondía: — Mi bien, lo siento mucho, pero ahora mi obligación es encontrarme con mis compañeros de apostolado. Besándola una vez más, entraba en el ascensor y partía.
En otras ocasiones, esas despedidas daban lugar a una encantadora manifestación de solicitud materna. Doña Lucilia prevenía a su hijo —hombre ya de más de cincuenta años— como lo hacía en los remotos tiempos de su juventud… Antiguamente, los ascensores subían y bajaban lentamente, por lo que tardaban en llegar cuando se les llamaba. Esta lentitud contrariaba el modo de ser resuelto del Dr. Plinio —siempre dispuesto a actuar tranquila, pero prontamente—, en especial en los momentos en que era urgente atender sus compromisos. A veces el Dr. Plinio estaba con prisa, y decidido a no perder tiempo, le decía:
— Mãezinha, ¡bajo por la escalera, pues tengo mucha prisa!
Y, mientras bajaba, le llegaba a los oídos el suave pero firme timbre de voz materno:
— Hijo mío, ¡cuidado!, ¡no corras que puedes caerte!
Era como si una vigilante y cariñosa mano intentase disminuir la cadencia de sus pasos.
Las perspectivas de un aislamiento completo Uno de los mayores sufrimientos de doña Lucilia en esa avanzada etapa de su vida fue el súbito agravamiento de sus condiciones auditivas, junto con un empeoramiento de sus cataratas que le disminuían un tanto la vista.
Si estas deficiencias progresasen, doña Lucilia perdería casi completamente la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior. Y, en consecuencia, de tener con su hijo aquellas conversaciones elevadas que le daban tanto aliento. Habituada a interesarse siempre por sus semejantes, el no poder prodigarles más su caritativo auxilio representaría también para ella un sufrimiento no pequeño.
Ante esa dolorosa perspectiva, aunque sin perder nunca su serenidad y su resignación, cap14_009traslucía en su fisonomía una tristeza más acentuada, muy notoria en una fotografía sacada por ocasión de uno de sus últimos aniversarios, donde la vemos al lado de su hermana, doña Yayá. Si el Sagrado Corazón de Jesús, en sus designios insondables, permitía que ese sufrimiento se abatiese sobre quien tan fielmente lo adoraba, por otro lado, en compensación, le concedía su misericordioso amparo. Así, poco tiempo después de agravarse la dificultad de audición de doña Lucilia, el Dr. Plinio, leyendo un periódico, vio la propaganda de un aparato que podía suplir esa deficiencia. Entonces, como buen hijo, no dudó un instante en adquirirlo, a pesar de ser su precio elevado. Fijó con el vendedor una visita de éste a su casa, después del almuerzo, para darle una sorpresa a doña Lucilia. En efecto, el vendedor apareció a la hora convenida. Hecha la prueba, el Dr. Plinio notó inmediatamente, por la expresión del rostro materno, su auténtica eficacia. Hasta el final de su vida fue motivo de consuelo para el Dr. Plinio recordar la alegría de su madre cuando se dio cuenta de que podría conversar normalmente. Y, sobre todo, volver a oír con nitidez el timbre de voz de su querido “Pimbinchen”…

“¡Qué bella mirada!”

cropped-sdl-7.jpgCon la misma tranquilidad de alma, doña Lucilia enfrentó su creciente deficiencia de la vista. Cuando la molestia aumentó, su hijo la llevó a un buen oculista. Después de examinarla, el médico le dijo en voz baja al Dr. Plinio:
— Ella está con una catarata muy avanzada en cada ojo —y le dio a entender que podría operarla. Tras reflexionar rápida y sensatamente, el Dr. Plinio prefirió no someter a su madre a una operación que podría impresionarla mucho y hacerle sufrir innecesariamente, estando ella tan anciana. Poco tiempo después, el progreso de la enfermedad cesó, permitiéndole a doña Lucilia conservar, hasta el fin de sus días, suficiente vista para llevar una vida normal, dentro de las condiciones de su venerable edad.
Esos consoladores auxilios de la Providencia contribuyeron mucho para atenuar aquella sombra de tristeza, como se puede notar en fotografías posteriores.
Fue curiosa la reacción de otro oculista, en otra consulta, al poner sus aparatos sobre los ojos de doña Lucilia para examinarla. El médico, que además de ser un excelente profesional tenía alma de artista, en el momento de proceder al examen no pudo contener esta exclamación:
— ¡Qué bella mirada!
En efecto, en esos ojos de un castaño oscuro se notaba serenidad, afecto, veracidad, en síntesis, una garantía de protección, capaz de impresionar profundamente a las almas que sabían admirarlos.

Un perfecto dominio sobre las propias emociones

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Dr. embarcándose para Uruguay

Los primeros años de la década de los 60 le reservaban otros sufrimientos a doña Lucilia.
En mayo de 1962, el Dr. Plinio fue invitado a pronunciar unas conferencias en Uruguay. Aunque el motivo de su viaje fuese apenas ése y en la despedida se manifestase tranquilo y seguro, doña Lucilia se quedó preocupada. ¿No estaría su hijo abandonando el país debido a la inestable situación en que éste se encontraba en aquel momento? Sumergida en esos pensamientos, pero sin exteriorizar sus temores, le vio partir. Según su certero juicio, todo lo que él hacía estaba bien hecho. Confiante en el auxilio divino, prosiguió su vida cotidiana como si todo se desarrollase dentro de la más perfecta normalidad. Felizmente, aunque sus sospechas no fuesen infundadas, no llegaron a confirmarse. Días más tarde, para alegría suya, su filhão apareció de repente en casa. Cuando entró, doña Lucilia estaba en el Salón Azul recibiendo a algunos conocidos que habían ido a visitarla. La serenidad de su semblante no denotaba ninguna perturbación de espíritu. Es fácil imaginar cuánta alegría le causó el regreso del Dr. Plinio. Sin embargo, como estaban presentes otras personas, ella, como eximia y distinguida anfitriona, continuó dispensándoles lo mejor de su atención.

“Hijo mío, no quería molestar a nadie…”

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Cuarto de Doña Lucilia

Actos de abnegación, pequeños sufrimientos plácidamente aceptados, innumerables gestos de bondad y de paciencia, fueron algunos destellos de luz que continuaron marcando la existencia cotidiana de doña Lucilia en su apartamento de la calle Alagoas.
Una noche, al estar sus movimientos ya bastante dificultados, se cayó de la cama al cambiar de posición. Apoyándose en la misma trató en vano de ponerse de pie, y el ruido provocado por este esfuerzo despertó a la empleada que dormía en el cuarto contiguo. Ésta acudió inmediatamente en su ayuda, pero no teniendo fuerzas suficientes para alzar a doña Lucilia fue a solicitar el auxilio del Dr. Plinio. Al entrar en el cuarto de su madre, él la encontró tratando todavía con pertinacia de levantarse sola, sin demostrar ninguna aflicción o nerviosismo por no conseguirlo. Con todo cuidado, él la alzó, acomodándola en el lecho. Después, con un tono impregnado de afecto, le preguntó:
— Pero, mi bien, ¿por qué no me llamó inmediatamente? Con toda mansedumbre y naturalidad, ella respondió:
— Hijo mío, no quería molestar a nadie…

Equilibrio entre la justicia y la misericordia

Ese admirable desprendimiento que doña Lucilia tenía de sí misma le proporcionaba
un perfecto equilibrio entre dos virtudes armónicamente opuestas, la justicia y la misericordia, como ya fue narrado en capítulos anteriores. La edad no hizo sino acrisolar esas virtudes. Por ejemplo, siempre que en su presencia, por cualquier motivo, se señalaban los defectos de alguien, inmediatamente ella salía en defensa de la víctima. No para proteger sus lados censurables, sino para impedir que fuese emitido un juicio imparcial sobre la persona en cuestión, pues era necesario también tomar en consideración los lados buenos que ésta realmente tuviese.
Así, una vez, hablando acerca de un conocido que era blanco de las invectivas de espíritus poco conciliadores, dijo:
— Es verdad… Pero, dése cuenta que, por ejemplo, él es siempre franco. Muchos que no tienen su defecto, sin embargo, son hipócritas. Esta franqueza tiene su valor. Al hablar de sus defectos, hay que recordar que tiene esa cualidad.

Reflejos de la devoción a Nuestra Señora en el alma de doña Lucilia

cap13_003La piedad de doña Lucilia, de la cual ella casi no hablaba, era poco bulliciosa, pero podía notarse en todo. Se parecía mucho a su modo de ser comunicativo, afable, pero muy discreto. Tal como su tono de voz, dulce, suave, semejante a los diversos registros de un órgano que tocase bajito y armoniosamente en una pequeña capilla, su devoción ardiente permanecía siempre envuelta en un velo de discreción.
Así era su fervor hacia la Madre de Dios, del que se podría decir que empezó en el momento en que las aguas del Bautismo fueron derramadas sobre su frente. Una de las prácticas que más la hizo crecer en esta devoción fue, evidentemente, el rezo del Santo Rosario, al que se había acostumbrado desde su remota juventud. Durante mucho tiempo usó un bonito rosario de cristal, hasta el día en que el Dr. Plinio le trajo otro del Santuario de Aparecida. Ella, ciertamente, no olvidó nunca las palabras de su hijo al entregarle aquel modesto pero cuán significativo regalo:
— Mi bien, mire usted, es un rosario de poco valor. Se lo traigo sólo para que se acuerde de que, estando en Aparecida, recé por usted.
Aunque muy simple, doña Lucilia pasó a usarlo, pues se relacionaba con un recuerdo: “Mi hijo, estando en Aparecida, junto a Nuestra Señora, se acordó de mí con especial afecto.”
Entre las invocaciones de la Santísima Virgen había una que tocaba más especialmente el alma maternal de doña Lucilia, siempre dispuesta a atender las necesidades de sus hijos, antes incluso de que se lo pidiesen: la de Nuestra Señora de las Gracias.
En la pequeña imagen francesa que tenía en su cuarto, la Santísima Virgen se presenta con los brazos abiertos, como compadeciéndose de las flaquezas humanas, y deseosa de distribuir los tesoros de sus gracias a aquellos que se colocan bajo su manto protector.

* * *

El espíritu humano es modelado por el objeto de su admiración. Nuestras almas son como espejos. Si damos culto a Nuestra Señora, un poco de su excelsitud se refleja en nosotros. Sin duda, algo de eso sucedió con doña Lucilia. Los episodios cotidianos de los últimos años de su vida dejaban traslucir de modo especial esa elevación de alma que perfumaba todos sus gestos.

Un pacto para la eternidad

cap12_047Un día estaban doña Lucilia y su esposo en el comedor, contemplando las bellezas del atardecer, que en la ciudad de São Paulo se reviste con frecuencia de bonitas tonalidades. Pero ella no se limitaba a apreciar desde el punto de vista natural la cambiante vivacidad de los colores ígneos con los que el sol, en su declive lento y majestuoso, iba pintando los rizos de las nubes, aparentemente diseminados en el cielo por manos invisibles. Su espíritu rápidamente se elevaba a consideraciones de orden sobrenatural. Y esta escena le trajo a la mente cuán próximos estaban, ella y su esposo, del ocaso de la vida terrena y de la aurora de la eternidad. Le hizo entonces la siguiente propuesta:
— João Paulo, ¿vamos a hacer un pacto?… Ya estamos con muchos años y no sabemos quién de nosotros se va a quedar solo. Aquel que se quede reza por el otro un Ave María todas las tardes delante de la puesta de sol. Don João Paulo consintió. Sería él el gran beneficiado de ese acuerdo, pues en breve terminaría sus días, y ella cumpliría fielmente la promesa hasta el fin de su vida.

“Hijo, mamá ha comprado esto para ti”

Aunque la felicidad eterna de los suyos fuese la principal preocupación de doña Lucilia, continuaba observando las pequeñas obligaciones provenientes de la mutua relación familiar, en las cuales el afecto era la primera regla. Por eso, al aproximarse el final del año, o el cumpleaños de alguien, doña Lucilia iba pensando ya en los regalos.
La elección era hecha según la medida del afecto, y nunca en función del valor de los recuerdos anteriormente recibidos. Ella nunca condescendería a rebajar una amistad a una relación casi comercial.
Para doña Lucilia, las festividades de fin de año comenzaban siempre unos días antes, o sea, a partir del cumpleaños del Dr. Plinio, el 13 de diciembre. Con mucha antelación iba separando el dinero necesario para los gastos y —con su manera peculiar— lo envolvía en un papel en el que escribía la finalidad, formando pequeños rollos. Lo cual estaba muy acorde con la minuciosidad y perfección con que hacía las menores cosas.
A su hijo siempre le regalaba corbatas. Desde hace mucho tiempo ella no las compraba personalmente, y lo dejaba a cargo de don João Paulo. Como éste, desde joven, se vestía con muy buen gusto, doña Lucilia confiaba siempre en su elección. ¿Por qué? Porque “João Paulo se viste bien”. Era para ella un paradigma.
Para el Dr. Plinio lo que le daba verdadero valor al regalo eran las palabras —envueltas en tanto cariño que llenaban el alma de dulzura— escritas por su madre, no en una tarjeta, sino en el papel de seda de la propia caja de la corbata. Ese pormenor, un tanto inusitado, daba especial sabor a su gesto, pues dejaba traslucir un trazo de su personalidad. Doña Lucilia, al entregar a su hijo el regalo, con afecto decía:
— Filhão, mamá ha comprado esto para ti.

Cariños de madre

cap12_044Desde su más tierna infancia, el Dr. Plinio fue dotado de un lúcido e incomún discernimiento de los espíritus —un don del Espíritu Santo— que, a partir de las primeras luces del uso de la razón, aplicó sobre su propia madre. De esa manera, pudo conocer bien las cualidades con que la Providencia había adornado el alma de ella. Los hechos concretos vinieron después a corroborar la autenticidad de lo que había discernido.
Un día, al salir de casa hacia su despacho de abogado, su madre le acompañó, como de costumbre, hasta la puerta del ascensor. Después de despedirse, ella se dirigió al salón pensando ya en prepararle una buena cena. Para la elaboración del menú no encontró mejor interlocutor que su esposo. No sospechaba, sin embargo, que su hijo tendría ocasión de presenciar con verdadero encanto la curiosa escena que se desarrolló entonces. Él nunca se la hubiera podido imaginar si no la hubiese visto. Necesitó volver para buscar un papel que se había olvidado, y entró silenciosamente en el apartamento para no molestar a sus padres. Al pasar cerca del salón oyó, a través de la puerta entreabierta, la voz de doña Lucilia:
— João Paulo, pensaba prepararle tal plato a Plinio. ¿Te parece bien?
— Sí, está muy bien…
— Pero, ¿crees que a Plinio le gustaría comer ese plato y no tal otro?
Sentado cómodamente en un sillón, don João Paulo respondió:
— ¡Seguro! Debe tener ganas de comer eso, sí.
Doña Lucilia, sin convencerse del todo, insistió con su natural afabilidad:
— Pero, João Paulo, no sé si será lo mejor. ¿No preferirá otro plato?
Un poco perplejo ya, pues no veía razón para tantos cuidados, éste respondió:
— Bien se ve que madre no es padre. Si dependiese de mí, le diría: “Chico, lo que hay para cenar es eso, esto y aquello. Si no te gusta, vete a un restaurante”.
Pero si había algo que doña Lucilia no deseaba era renunciar a la compañía de su hijo durante la cena. Así, se limitó a manifestar serenamente su disconformidad con esta respuesta:
— No, no…
El Dr. Plinio salió de casa sin ser notado. Encantado con una prueba más de solicitud materna, iba por la calle pensando consigo mismo: “Un padre, por mejor que sea, no es capaz de esta forma de cariño. Sólo del corazón de una madre extremosa —con sus delicadezas, sus intuiciones finas y su deseo de agradar—surgirían esas preguntas. Por eso es tan sabroso el menú de casa…”

Muy apreciada por sus artes culinarias

cap13_002El constante “quererse bien” —principal de los tres elementos de nuestro ya tan conocido lema luciliano, “Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien” — dirigía hasta los menores actos de esa inigualable madre, incluso la culinaria.
Doña Lucilia —al elaborar los menús— procuraba siempre que la comida fuese “sazonada” más que con simples condimentos naturales, sobre todo, con cariño y bondad. Esto explica cuanto agradaba esta “receta”, no sólo al Dr. Plinio, buen gastrónomo y mejor hijo, sino a todos los que tenían ocasión de probarlas. Por ejemplo, don Néstor, marido de doña Zilí, años después del fallecimiento de su cuñada se complacía en recordar las cenas que ella ofrecía los domingos.
Decía no conocer a nadie que dirigiese tan bien la preparación de buenos platos, especialmente los apetitosos dulces caseros. Entre éstos se destacaba el pastel de cumpleaños del Dr. Plinio, único dulce que ella hacía personalmente y con particular esmero.
En efecto, doña Lucilia, incluso cuando su avanzada edad no le permitía moverse sino en silla de ruedas, aún se empeñaba en preparar este pastel —un excelente pavé de chocolate, artísticamente adornado— para el cumpleaños de su hijo. Primero dibujaba todos sus detalles, imaginando las dimensiones, el colorido, los adornos, y después seguía minuciosamente el plan.

“¡Esta señora es muy española!…”

Doña Lucilia conciliaba armónicamente su gran ternura con la irreductibilidad en la defensa de los principios católicos. Si alguien los hería de algún modo, se colocaba en una posición más erecta, pareciendo incluso aumentar de estatura y, sin perder la afabilidad, con voz tranquila, intervenía:
— ¡No!… Eso no puede ser así… — y ponía los puntos sobre las íes.
Don João Paulo, pernambucano de los más genuinos, tenía un temperamento muy apacible. El Dr. Plinio decía que era el hombre más pacífico que conocía. Sus largos años de vida conyugal con doña Lucilia transcurrieron en la más perfecta armonía. Cuando presenciaba una actitud enérgica de su esposa, le decía a su hijo, en voz baja, en una jocosa alusión a cierta sangre heredada por ella de remotos antepasados:
— ¡Esta señora española!…
En el trato con su esposa, don João Paulo era muy amable. Tenía una voz sonora, de timbre agradable, y su risa saludable se oía a distancia. El ambiente afrancesado a la paulista que doña Lucilia creaba en torno de sí formaba un conjunto armónico con la nota pernambucana y portuguesa, contribución de su esposo.

El florero de cristal

Evidentemente, en los momentos de aflicción de don João Paulo, la inigualable bondad de doña Lucilia se volvía especialmente hacía él, con el desvelo de quien sabía penetrar en lo más interno del sufrimiento de una persona y allí colocar una gota de bálsamo suavizante.
Una tarde, al regresar del trabajo, el Dr. Plinio encontró a su padre solo en el salón, con aire de tristeza. Le saludó como siempre:
— Buenas tardes, papá, ¿como está usted?
— Bien, gracias — respondió don João Paulo melancólicamente. Su hijo, sin poder atinar con el motivo de esa actitud, se dirigió al cuarto de doña Lucilia, donde la encontró recostada y rezando.
Al verle entrar, ésta le hizo una señal con el dedo para que hablase en voz baja, y le pidió que se sentase junto a ella. Después le dijo en tono compasivo:
— Hijo… ¿has visto lo triste que está tu padre? Ha tropezado sin querer con tu magnífico florero de cristal de Bohemia, que cayó al suelo y se ha hecho pedazos.
— Mi bien, ¿papá ha roto el florero de cristal? — preguntó el Dr. Plinio entre sorprendido y entristecido, pues apreciaba mucho ese objeto.
— Sí, y está sufriendo mucho… Bastaría una palabra tuya para que acabase su aflicción. ¿Harías eso por tu madre?
De cualquier manera, el Dr. Plinio perdonaría de buen grado a su padre por mejor que fuese el florero. Pero, ante la afectuosa súplica de doña Lucilia, se dirigió inmediatamente al lugar donde se encontraba don João Paulo para tranquilizarle y, sonriendo, le dijo que no se preocupase, pues el accidente, completamente involuntario, no tenía importancia. Sus palabras distendieron inmediatamente a su abatido padre, que recuperó su habitual buen humor.
Manifestaciones de afecto de doña Lucilia, como ésta, excedían los límites del hogar. Si hasta en relación a los desconocidos su compasión se hacía sentir tan viva —como en el caso del infeliz médico ruso reducido a la condición de esclavo, que a ella recurrió en París— cuánto más con sus familiares, próximos o lejanos.

Una visita inesperada

Cierto día estaba doña Lucilia a la mesa, cuando una pariente lejana, a quien las pruebas de la vida habían desalentado profundamente, tocó el timbre. La empleada abrió la puerta y fue a anunciar que estaba allí doña Fulana, y que quería hablar con doña Lucilia. Ésta interrumpió el almuerzo y fue solícita hasta la entrada, acogiéndola con mucha afabilidad, pues conocía las tribulaciones por las que pasaba aquella persona.
— ¡Oh!, ¿cómo estás? Entra, por favor…
La convidó a pasar al comedor, la invitó a almorzar y la hizo sentirse a gusto. En poco tiempo la visitante se animaba a exponer sus dificultades y dolores, y recibía de doña Lucilia —como esperaba— consuelo y estímulo para proseguir en las ásperas sendas de la vida confiando en la Providencia Divina.
Este modo de proceder de doña Lucilia era un punto más de resistencia en relación a las desviaciones morales de su tiempo, pues el mito del éxito llevaba a muchos de sus contemporáneos a alejarse con desprecio de quien era alcanzado por la desgracia, como si ésta fuese una lepra cuya mera proximidad pudiese contagiar…

“Si usted perdiese la fe, para mí sería como si hubiese muerto”

cap13_004El océano de cariño de doña Lucilia por su catolicísimo hijo tenía sus raíces más profundas en la fe. Pero —podría preguntarse—, ¿no se mezclarían en su amor materno afectos meramente humanos?  La respuesta la obtuvo el propio Dr. Plinio. En cierta ocasión decidió éste medir hasta qué punto el amor a Dios en doña Lucilia superaba al amor natural entre madre e hijo. Comiendo un día a solas con ella condujo la conversación de manera que, en cierto momento, pudo decirle como “por casualidad”:
— Mi bien, si la quiero tanto es por ser usted católica. Si, por ejemplo, en esta comida me dijese que se había hecho protestante, inmediatamente la interrumpiría diciendo: la dueña de la casa es usted. Las llaves de la casa están aquí. Me voy a vivir a otro lugar. No dejaré de proporcionarle lo necesario para seguir viviendo dignamente, pero a partir de ahora nos veremos dos o tres veces al año como mucho. Y aun esto lo haría con disgusto para mi alma, porque el verdadero vínculo afectivo que nos une se habría roto. Tengo la sensación de que, para mí, usted dejaría de ser madre. Sería como si hubiese muerto. Haciéndose protestante, dejaría de ser para mí lo que es.
Se podría suponer que el sentimiento materno de doña Lucilia se sintiese contundido con esas palabras. Ella había hecho tantos sacrificios por sus hijos en su ya larga vida, y los amaba tan tiernamente, que bien podría considerar como una ingratitud esa categórica postura del Dr. Plinio. Por el contrario, oyó esas palabras con naturalidad y siguió comiendo tranquilamente sin el menor sobresalto, como si su hijo no hubiese dicho nada de extraordinario, pues ella pensaba de la misma manera.
Más tarde, después de la muerte de doña Lucilia, el Dr. Plinio haría esta impresionante afirmación durante el velatorio: “Yo la admiraba mucho más por ella ser era como era y por la virtud que discernía en ella, que por ser mi madre. De tal manera que, si ella fuese madre de otro, y no mía, haría lo posible por ir a vivir junto a ella”.
Esos trazos de alma del Dr. Plinio, para los cuales tanto contribuyó la formación dada por su madre, le habían llevado, en la lejana década de los 40, a hacer en el Legionário la magnífica descripción de una madre católica. A cada paso de este artículo nos parece ver la figura noble y serena de doña Lucilia. Curiosamente, en esas conmovedoras líneas, en las que aparece la admiración por las virtudes insignes, se refiere el Dr. Plinio a la madre de otro…

La dama de cabellera blanca

Lucilia_correade_oliveira_017Yo tenía ante mí la figura genuina de una gran dama cristiana. En todo su ser el tiempo había dejado la marca indefinible de profundos dolores, sufridos con gran nobleza, con inmensa suavidad de alma. Ojos tranquilos, bellos y entristecidos, penetrantes pero dulces, inteligentes pero serenos. El porte, el aspecto, el traje tenían la elegancia simple, noble y despreocupada que la verdadera educación comunica a la vestimenta humana. El timbre de voz afable, reservado, lleno de matices, revelaba un corazón al mismo tiempo fuerte y delicado.
Por la ventana entraba a chorros la claridad, que iluminaba en ciertos momentos su cabellera blanca. Un reflejo plateado, confundiéndose con la suavidad de su mirada, se difundía entonces por su fisonomía. Toda luz hace pensar en felicidad. La luz de estos cabellos blancos hacía pensar en la felicidad extraterrena. Era la grandeza de la ancianidad cristiana santificada por el mérito de la maternidad, glorificada por la aureola discreta que los sufrimientos padecidos en unión con Cristo dejan en toda alma y en todo semblante justo. Mucha dignidad, diríamos incluso cierta majestad. No la majestad ardua, trabajosa y dudosa del dinero, sino la majestad única y suprema que proviene de la dignidad de madre, sentida y vivida hasta las últimas fibras de un corazón nacido de noble estirpe.
¿Debo decir que la contemplación de lo que sufría esa dama, de cuánto sufría, de cómo sufría, me edificó, me arrebató, me llenó de veneración? Nunca vi una madre que ofreciese su hijo [a Dios] con espíritu más sobrenatural, aunque con tan sentido dolor. Afuera, la gran metrópoli vivía, sudaba, pecaba. Pensé conmigo mismo en el valor expiatorio de este sereno sacrificio. Los instantes que pasé en aquel apartamento fueron inolvidables para mí.
Cuántas veces pensé después en esta genuina y gran dama cristiana.
Y qué especial inflexión de alegría tuvo mi “Magníficat” cuando me acordé del júbilo que en aquel momento le debería inundar el corazón.
Que ella me perdone si he levantado indiscretamente el velo de su recogimiento.

Legionário, nº 745, 17/XI/1946

Egoístamente me estremecí de alegría

La lentitud en la entrega de la correspondencia les dejaba a doña Lucilia y al Dr. Plinio perplejos. Así, en la posdata de la carta del día 25, el Dr. Plinio informaba a doña Lucilia:

Acabo de llegar de la Embajada y del consulado: ¡qué sorpresa! Ni carta suya ni de papá, Rosée, Adolphinho ni de nadie del 6º piso. (…) ¿Cómo se explica?

Con certeza, la lectura de estas líneas afligió a doña Lucilia. Había enviado varias cartas a su hijo y ¿éste no las había recibido? Felizmente, dos a tres días después, una nueva misiva borraría sus preocupaciones:

cap12_004Mãezinha del corazón
Recibí por fin una carta suya, de Rosée, Maria Alice, Papá. Para todos, muchas gracias. Trataré en esta carta de enviar un recado para cada uno, pues, después de unos días muy buenos en Madrid, debo ir mañana a San Sebastián, camino de Lourdes y París. Gracias a Dios, el viaje está siendo superior, y con mucho, a mi expectativa. Espero partir de Europa rumbo a la deliciosa y saudosa calle Alagoas y a la deliciosísima y saudosísima compañía de mi incomparable Lú, hacia fines de agosto o primeros de septiembre. De esta manera usted puede ir preparando el “vatapá” (Plato típico de la cocina del Estado de Bahía, hecho de pescado o pollo, con frutos secos, leche de coco, y gran cantidad de especias ).
Como Papá es el gran técnico en degustación, es bueno que se vaya preparando.
Me he quedado muy contento con lo que Rosée me ha escrito sobre sus joyas, ¡pero la mejor joya es tener una hija de temple! Un beso para ambas. (…)
Mil millones de besos para usted, mi amor, abrazos afectuosos para Papá.
A ambos pido la bendición. (…)
Plinio

En medio del tono general auspicioso de esta carta, algo entristeció el corazón materno: su hijo tardaría en regresar más de lo que ella había imaginado. Pero doña Lucilia recibió esa noticia con toda tranquilidad de espíritu, pensando en el bien del Dr. Plinio.
En la carta siguiente, como en otras incontables ocasiones, el Dr. Plinio pudo contemplar un vivo ejemplo de esa paz en el alma de su madre:

São Paulo, 6-VIII-52.
¡Hijo querido de mi corazón!
Esta mañana tuve el gran placer de recibir otra carta tuya venida aún de Madrid, fechada el …??! ¿Por qué no colocas la fecha en tus cartas? Después del telegrama recibido hace algunos días en el “sexto” piso, todos hemos enviado nuestras cartas a París — Regina Hotel. No sé exactamente por qué los jóvenes dedujeron de tu telegrama que habías anticipado tu venida para el próximo día dieciséis. Egoístamente me estremecí de alegría, pero, por la carta de hoy, me he armado de nueva paciencia, pensando que, a fin de cuentas, eres algo más que una máquina humana de trabajo. Es forzoso que antes de recomenzar aquí la lucha te distraigas y descanses un poco. ¡”Así debía hacer el tamoio” ! (Es un dicho. Los tamoyos eran unos indígenas pertenecientes a la familia de los tupíes) ¡Se nota que la expectativa de Adolphinho ante tu regreso es ansiosa! Rosée y Antonio están pasando quince días en Paraná y Maria Alice y Eduardo, fueron con su suegro. Debían haber vuelto el sábado o domingo, y hasta hoy no han llegado. Todos los viajes hechos en avión… Dios mío… ¡Me pongo tan nerviosa! ¿Te has acordado de mandar celebrar la Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña, conforme te he pedido en todas las cartas? Si no lo has hecho, escribe desde ahí para que lo hagan. Dora y Telémaco ya han vuelto de Campos del Jordão, y parten para Inglaterra el próximo día 19.
Me han contado que el Padre Demarais está despertando gran interés y entusiasmo con sus conferencias. Las salas quedan repletas, sobre todo de hombres.
Saluda a tus amigos de mi parte, y con mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos, recibe el corazón saudoso de tu madre extremosa,
Lucilia
Cuando te vea llegar, ¡creo que voy a pensar que no es verdad!
N.B. Gracias a Dios he tenido buenas noticias de Maria Alice. Llegó bien, y siguió para Guarujá, donde pasará unos días.

Con la intención de evitarle a su madre cualquier aflicción, el Dr. Plinio procuraba siempre regresar algunos días antes de la fecha marcada. Don João Paulo aprobaba este procedimiento de su hijo, como podemos ver en este trecho de una carta del 7 de agosto:

Ahí va una carta más de Lucilia que, en la desconfianza, o mejor, ante la incertidumbre de tu salida de París, ha decidido escribir. Aprovechando “el portador”, es decir, el mismo sobre, también te envío esto. Por mi parte, supongo que tu regreso no será a comienzos de septiembre, como dices, sino en el transcurso de este mes, de manera que Lucilia sólo lo sepa cuando llegues a Río o a São Paulo, lo que por cierto, me parecería apropiado.

Para apaciguar las saudades, conversaciones por escrito.

cap12_023São Paulo, una fría tarde de julio de 1952. Los últimos rayos de sol, tras jugar con las ramas de los árboles de la Plaza Buenos Aires, acaban por retirarse, dejando lugar a una espesa neblina que, lentamente, va ocupando las calles del barrio de Higienópolis. En su apartamento, una distinguida dama reza su rosario y piensa en su filhão querido que está del otro lado del océano. Concluidas las oraciones, toca la campanita y pide a la empleada que le traiga el chal color lila.
Después de habérselo puesto sobre los hombros, decide escribirle a su hijo. Con toda calma se dirige al Salón Azul, levanta la tapa del escritorio, toma la pluma y comienza:

S. Paulo II-VII-952
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Cuántas saudades hijo mío! Para apaciguarlas un poco, vengo a conversar contigo por escrito. Releo con frecuencia la única carta que me has escrito, así como las de Rosée y Maria Alice las cuales he guardado para mí. He leído también la que fue recibida con gran regocijo en el 6º piso. (…)
El día de San Pedro fui a la procesión del Sagrado Corazón de Jesús, que, de tan pobre y mal organizada, comprimía el corazón. ¡Qué falta hace el padre Falcone! (Padre Caetano Falcone, Salesiano, fue durante largos años el Rector del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús). Rosée ha sido muy dedicada y llena de atenciones. Ha venido todos los días a verme, cenando con frecuencia. Maria Alice también ha aparecido por aquí, trayéndome siempre alguna cosa de regalo. Después de tu partida, Rosée me ha llevado a dos espectáculos de ballet y a un concierto de piano para distraerme un poco.
Dean Acheson (Secretario de Estado del Presidente norteamericano Truman)  está siendo esperado en Río y de allí vendrá a São Paulo.
No sé cuándo ni dónde recibirás esta carta, si aún en Italia o si ya en España… ¡me quedo tan aprensiva con estos viajes de avión, y… con todo lo que te pueda suceder o disgustar! Mira si puedes hablarme un poco más de ti y de todo lo que te concierne. Respecto a los restaurantes es bueno que no te excedas. Si no enfermarás y perderás el placer de la mesa por harto, o por privaciones, lo que es a veces penoso, ¡que lo diga yo!
Estamos pasando por una nueva ola de frío y, con tu padre, estamos los dos abrigaditos en nuestra “casa agradable” que el hijo querido preparó para consuelo de nuestra vejez. Una vez en un autobús y otra en un coche alquilado [fulano de tal] trató, con poco éxito, de conversar con tu padre.
He rezado, comulgado y asistido a las Misas por tu intención, y creo en Dios, Nuestra Señora y el Divino Espíritu Santo, que no te dejarán un momento y te protegerán siempre, haciéndote muy feliz en todo, como tanto lo mereces.
Zilí recibió tu postal el día 30 y se mostró muy emocionada y contenta. ¡“Mille grazie”! (“Mil gracias” en italiano) ¿Te he aburrido demasiado? Cansada, termino ésta enviándote junto con mis bendiciones, muchos y muchos besos y abrazos.
De tu mamá extremosa,
Lucilia
Te pido que no olvides cumplir el pedido que te hice en la última carta de mandar celebrar una Misa y encender una vela, en el altar de Nuestra Señora de Begoña, por la intención de Rosée, ¿sí? Otro beso más y una “crucecita” de mamá.

Estas últimas palabras de doña Lucilia expresan, una vez más, el desvelo incomparable de una madre católica que nunca dejaba de tener como preocupación primordial a sus propios hijos. Era especialmente por ellos que vivía, rezaba y se sacrificaba, sin descuidar el deber de incluir en sus oraciones a todos sus familiares. Pero las noticias de su hijo eran cada vez mas escasas. Una de las cartas, escrita desde Roma, se extravió, y sólo llegó a las manos de doña Lucilia mucho tiempo después de terminado el viaje. La guardó cuidadosamente, junto con las otras, para leerlas en las horas de soledad. Hela aquí:

Roma, 27 de junio de 1952.
Luzinha querida de mi corazón, Tal como le anunciaba en mi telegrama, que usted debe haber recibido ayer, llegué de París el día 26, en avión, a Roma después de dos hora y pico de viaje, durante el cual sobrevolamos Suiza, pasando sobre el Lago de Ginebra, los Alpes y, por supuesto, el imponentísimo Mont Blanc. El mismo día de nuestra llegada fuimos a la Basílica del Vaticano, donde tuvimos la ocasión de rezar ante el altar del

cap12_057Bienaventurado Pío X, ahora expuesto a la veneración de los fieles, junto al altar de San Pedro y junto al de Nuestra Señora de la Piedad, donde está expuesta la famosísima estatua de Miguel Angel que representa a Nuestra Señora con su Hijo muerto en los brazos. Después nos quedamos en la plaza de San Pedro, viendo, midiendo, examinando y comentando hasta caer la noche. Finalmente, tomamos un coche de caballos y, por las callejuelas sinuosas y pintorescas de la Roma antigua, llegamos hasta
las avenidas más modernas y, por ellas, hasta el hotel. A la mañana siguiente fuimos a recibir la Sagrada Comunión en la Basílica, y después comenzamos a trabajar. Ayer nos quedamos poniendo en orden papeles, pues los que habíamos traído de São Paulo necesitaban ser revisados.
Hoy he comenzado los primeros contactos, y estoy reservando unas horas para la correspondencia, mientras el resto del equipo termina de poner en orden los papeles. Espero quedarme en Roma hasta el 15 de julio y después continuar para España. He dejado encargado que me manden de París las cartas que eventualmente lleguen al Regina. La temperatura aquí está asfixiante, pero a los italianos les parece todo normal. Como París, también Roma está mucho más animada que en 1950. Se ve que las cicatrices de la última guerra están desapareciendo. Aún así ¡hay dos millones de desempleados!
Salí muy satisfecho de París, no sólo por la ciudad, superior a cualquier elogio, sino también por el resultado de los trabajos que allí realicé. Que Nuestra Señora me auxilie para que aquí también todo vaya bien.
Mi amor, me ha gustado mucho su carta, con la narración pormenorizada de todo lo que hace. Envíeme otra, igualmente BIEN METICULOSA, pues, como sabe, en las cosas que me interesan exijo pormenores. Hay uno sobre el cual quiero precisión absoluta: ¿cuántas horas ha dormido por las noches Mme. la Marquise?
Desde París envié postales a toda la familia. Me gustaría saber si las han recibido.
Como tengo muchísimo trabajo por delante, voy a acabar. No hace falta que le diga, querida, cuántas saudades tengo de usted… ¡Son inexpresables! En todo momento, me acuerdo de mi Manguinha del corazón. Y, siempre que me acuerdo de ella, hago la siguiente reflexión: LÚ me quiere bastante como para entender que lo que yo más quiero de ella es que cuide de su propia salud.
Rece por mí, querida, y déle su bendición a este hijo que la quiere tanto cuanto puede, y menos de lo que usted merece, y que le manda millones y millones de besos.
Plinio
Querido Papá:
Muchas gracias por su carta, informativa como todas, y que al mismo tiempo me hizo dar unas buenas carcajadas. El calor que siento por aquí me recuerda el que sentí en Recife. ¡Es algo extraordinario! Así, me acuerdo con envidia de ese frío paulistano del cual usted se queja. Así son las cosas. Cada uno de nosotros está metido en una temperatura que no le gusta.
Roma es impresionante y emocionante desde el punto de vista religioso, pero es para mí un lugar de abundante y delicado trabajo. Así, creo que será ésta la fase más árida de mi viaje. Le pido que siga poniéndome al corriente de lo que vaya pasando por ahí.
Con un abrazo muy saudoso, pide su bendición el hijo que mucho le quiere.
Plinio

cap12_054Debido a que esta carta, como antes se dijo, sólo llegó posteriormente, doña Lucilia seguía sin noticias del Dr. Plinio. De ahí haberle escrito nuevamente presentando una suave queja, a la cual no faltó algo de pintoresco relativo a la ausencia de novedades. A cierta altura de la bonita misiva nos agradará un destacado aspecto de su noble alma: la cuidadosa sensibilidad con respecto al brillo de la sociedad temporal. Ella no veía contradicción entre los esplendores de ésta y la infinita grandeza del Sagrado Corazón de Jesús. Por el contrario, para ella el Divino Maestro estaba en la raíz, era la fuente de todo cuanto de maravilloso pudiese realizar el hombre. Todas estas obras Él las amaba con infinito cariño y de manera proporcionada.

São Paulo, 9-VII-52
¡Hijo querido de mi corazón!
Ansiosa, esperaba desde algunos días ser atendida con una de esas dádivas preciosas que es la carta de un hijo que me llena el corazón de saudades… y sin embargo, nada, ni siquiera una postal. Parece increíble mas, a veces, me pongo a pensar que tal vez mi hijo querido no esté soportando bien esta canícula inusitada en Roma. Todos se ríen cuando lo digo, pero todo es posible, ¡pues eres tan sensible al calor! “ Pour un en cas”  (Por si acaso), como dicen los franceses tan amigos tuyos, te escribo ésta, con la esperanza de que, no alcanzándote en Roma, te sea enviada a las tierras de mis bisabuelos, Portugal y España. (…)
Como un meteoro, —apenas veinticuatro horas— pasó por aquí, el matrimonio Dean cap10_028Acheson. Marjory Prado les ofreció uno de estos raros y grandes Bailes con “letra mayúscula”, con gran profusión de luces, flores y, atrás de la casa, una colosal terraza toda cubierta de tejido rojo oscuro, y recubierto de hiedras, y unos bonitos espejos antiguos, y en el techo cinco lámparas de cristal, y se bailaba por todas partes. Rosée y Maria Alice estuvieron allí con sus respectivos maridos, estaban muy chics y, como abuela, puedo decir que Maria Alice estaba un encanto… Se veían joyas y trajes de gala bellísimos, y la acumulación de gente era tal que Rosée, Maria Alice, Bebé y Nia Washington se buscaban en vano y, al final, ¡salieron sin encontrarse! Cambiaron impresiones al día siguiente. Rosée se quedó visiblemente satisfecha con tu telegrama. Cenamos allí, con mis dos hermanas — Néstor de viaje. Adolphinho, de acuerdo con Rosée, cenó con… ¡los del sexto piso! Antonio le dio a Rosée dos collares más de perlas iguales al que ya le había dado últimamente — más una linda trousse (Pequeña bolsa) de
oro, bien trabajada y toda incrustada de rubíes. Su hija y su yerno le dieron un anillo, de esos modernos, que no aprecio, incrustado de brillantes, y que fue muy elogiado.
Junto a tu padre he sufrido con el frío, que está duro de soportar. Durante el almuerzo, él abre las cortinas y el sol le baña de lleno las espaldas, quedándose contento. Y yo, con saudades, busco a alguien, y a unas manos queridas que están ausentes hace un largo mes.
¿Cómo van tus estudios, tus visitas a esos “mil y un” museos, y tus viajes? ¿Todo a tu gusto? Si fuese posible, debéis hacer una excursión en barco por el Loira a los castillos “intactos” que aún conservan sus márgenes. ¿No vas esta vez a Lourdes, o a Paray-le-Monial ? Te pido que no dejes de mandar celebrar una misa y encender una vela a Nuestra Señora de Begoña, por la intención de Rosée; — ¿De acuerdo, querido? (…)
Con mi corazón, recibe muchas bendiciones, abrazos y besos. De tu madre extremosa,
Lucilia

El 10 de julio, don João Paulo transmite de pasada, en una carta, noticias de doña Lucilia:

En casa todo transcurre normalmente. Tu madre sigue bien.
Tiene, una que otra vez, crisis de intensa saudade. Lee, entonces, tus cartas y las relee, y termina en aquellas interminables oraciones que bien conoces. Y vuelve el buen tiempo.

Por medio de su esposo, doña Lucilia enviaba un recado a su hijo:

A propósito, al escribir ésta, Lucilia me ha pedido que te diga que debes tener el mayor cuidado con los automóviles, en vista del reciente rapto del abogado de Berlín, que tanto la ha impresionado…

Evidentemente el Dr. Plinio tomaría en cuenta la observación materna, pues había comprobado, no pocas veces, el acierto de las intuiciones de doña Lucilia en todo lo que a él podía causarle daño. Sin embargo, más que la propia advertencia le agradaba aquella incesante manifestación de solicitud.

“El Divino Espíritu Santo estará siempre en ti”

cap13_012Mientras no llegasen las primeras cartas de Europa, doña Lucilia llenaría los intervalos de sus largos períodos de oración con la lectura de las cartas que el Dr. Plinio había dejado antes de viajar. De esta manera se sentía algo de su presencia y se hacía más fácil soportar con resignación las saudades de cuando estaban juntos. Pero para su amor materno esto no bastaba. Quería tomar rápidamente contacto epistolar con su muy amado hijo.

São Paulo – 13-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Que Dios te bendiga por el buen éxito del engaño que me hiciste! Tan sólo el día diez Rosée trajo los telegramas de Dakar y el de París, y estoy en paz a pesar de todo…
En primer lugar di gracias a Dios por lo feliz de la temible travesía, y después, emocionadísima, no podía creer todo lo que tu padre, Rosée y Maria Alice me decían, y ¡me exasperaba la idea de pasar tres largos meses sin verte! Trato, en fin, de consolarme con la certeza de cuán benéfico te será este viaje para tu salud, estudios y observaciones. ¡Qué bueno sería si pudieses pasar unos 20 días en Monte Cattini! (Estación de aguas de Italia). Es la tercera vez que intento escribirte pero he tenido la casa llena, a pedido tuyo, se ve, — y… ¡un beso por todo! Rosée ha venido dos veces por día e incluso ha cenado dos veces aquí, y ha traído todo tipo de pasteles para que no me preocupe con los postres y para gran alegría de la cocinera. Mientras no vuelvas, no tendré gusto en ninguna cosa que haga, sólo busco buenas recetas.
Respecto al “money”… hago igual que la otra vez: lo economizo todo para ti, retirando sólo lo indispensable; de manera que si tienes alguna necesidad basta que me envíes un telegrama.
Una cosa te pido con insistencia: manda decir una Misa y encender una gran vela por Rosée en el altar de Nuestra Señora de Begoña en España, para que aumente su fe, por su salud y por su felicidad. Ella está muy delgada y pálida.
Ayer fui a Misa, comulgué y seguí una parte de la procesión del Santísimo hasta la Catedral. Todo en tu intención… ¡Ay! hijo mío querido… ¡tengo tantas saudades!
Sigo constante en mis letanías y rosarios a mi amadísimo Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima, a los cuales te confié cuando naciste y tengo fe que el Divino Espíritu Santo estará siempre en ti, pues bien lo mereces, ¡hijo querido! Me despido enviándote mis bendiciones, muchos besos y abrazos afectuosos.
De tu mamá,
Lucilia
Rosée ya te ha escrito.

Cuidados maternos de doña Lucilia

Una mañana muy clara, cuando los rayos del sol bañaban el tocador de doña Lucilia, un objeto brilló más intensamente: el cepillo de plata que tanto le hacía recordar la infancia de su hijo. Las saudades le oprimieron el corazón. Habían pasado diez días desde la última vez que había visto a su queridísimo Pigeon, en aquel mismo lugar.
De repente, alguien toca en la puerta del cuarto:
cap12_059— ¿Quién es? —pregunta doña Lucilia con voz musical.
— Soy Olga. El cartero ha traído unas cartas para usted.
Doña Lucilia hizo que entrase inmediatamente. Quién sabe si no estaba entre ellas la tan esperada misiva de su hijo…
¡Con qué alegría encontró una tarjeta suya proveniente de Madrid! El Dr. Plinio, aprovechando una escala del avión allí, no perdió la oportunidad para enviarle a su madre algunas palabras de cariño.
El afecto hizo que doña Lucilia le escribiese al día siguiente, 18 de junio, una larga carta. Madre siempre vigilante, se apresuró en alertar a su hijo sobre las intenciones de uno de aquellos ex compañeros de lucha, a cuyo respecto, ya algunos años antes, ella le había llamado la atención.

São Paulo, 18-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
Tuvimos el día quince —”gracias a Dios”— excelentes noticias sobre ti por medio de Helena Alves de Lima, quien llamó por teléfono a Rosée. Recibí ayer tu postal de Madrid.
Estoy esperando recibir una larga carta tuya, ¡y bien pormenorizada!…
[ Fulano] apareció con mucha naturalidad en el despacho, preguntando qué habías ido hacer y “ad una voce” (A una sola voz), todos dijeron que, muy fatigado, habías ido a descansar; pidió la dirección… ¡y aún nadie la sabía! Les dijo entonces que vendría a pedírmela, pues tiene algunas cosas para decirte. Se encontró ayer con tu padre y le contó la misma historia, y terminó diciendo que vendría para pedir nuevamente tu dirección.“ Cuidado”…
cap12_001Hoy es el cumpleaños de tu tía Yayá. Ella dijo a los Lindenberg que iría a Santos y se vino a almorzar a casa con su hijo y Rosée, y tiene la intención de cenar con su hija. Hoy está haciendo tanto, tanto frío, que estamos temiéndonos una helada, ¡de la que le pido a Dios y a San Judas Tadeo que nos libren! ¡amen!…
¡Escríbeme y cuéntame todo lo que te sea posible, para amenizar las saudades! ¿Has recibido las cartas que escribimos, Rosée, Zilí, tu padre y yo? Cuando me siento para escribirte, me parece escuchar a nuestros bonitos negritos (Las dos lámparas de porcelana que estaban encima del escritorio del Salón Azul, mencionadas anteriormente) preguntarme: ¿cuándo vuelve Plinio? Rosée se ha portado muy bien y sigue al pie de la letra tus instrucciones. Me llevó junto con Maria Alice a dar un gran paseo de automóvil. También me llevó en automóvil hasta la Plaza del Patriarca para sumarme a la procesión
y, después, mandó que me fuesen a buscar. Me hizo asistir al concierto de Gulda (Friedrich Gulda, pianista, famoso en aquella época), el mayor pianista del momento, que me gustó muchísimo. Ha cenado en casa algunas veces y cuando le es posible, viene dos veces por día, trayendo siempre diversas cosas sabrosas del Gerbaux (Pastelería con mucha reputación en São Paulo).
Respecto a acostarme temprano… piano, pianino (Expresión italiana: “Despacio, despacito”), voy entrando en los ejes.
¿Cómo estás de salud? Si te fuese posible pasar unos quince días en Monte Cattini, para sustituir el famoso São Lourenço, sería muy útil.
Al regresar de un té que había ido a tomar en compañía de María Helena Ramos, Rosée paso por aquí un instante para verme una vez más y enseñarme su lindo vestido de invierno, así como una modernísima y bonita estola de piel. Estaba tan chic, tan elegante, que podría competir con cualquier parisina, ¡cualquiera!
¿Por qué no has llevado tu frac? ¡es tan bonito! y ¿no te hará falta? Necesito saber si te encuentras bien y si te sientes satisfecho. ¿Qué paseos habéis hecho? Saluda de mi parte a tus amigos.
Pienso que deberías buscar a Ouro Preto (Embajador de Brasil en Francia), cuya familia fue tan amiga de la nuestra, e incluso, si no me equivoco, fue este Ouro Preto de quien María Eugenia Celso (Prima hermana de Ouro Preto. Ambos descendían de Afonso Celso de Assís Figueiredo, Vizconde de Ouro Preto, Presidente del Consejo de Ministros cuando fue proclamada la República)  escribió a mamá para que te pidiese una recomendación o carta de presentación, cuando eras diputado.
Bien, querido mío, ¡que el Divino Espíritu Santo te guíe y te inspire, y que el Sagrado Corazón y la Virgen Santísima junto con tu buen ángel de la guarda te bendigan y te protejan!
Con el corazón lleno de saudades, te envío mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos.
De tu vieja manguinha,