Una profunda seriedad de espíritu

Analizando el modo de ser de su madre y cómo lo atendía en esa necesidad, Plinio formó en su mente una noción que no sabía expresar por ser muy pequeño, pero que, en el fondo, se resumía en lo siguiente: «¡Madre, madre lo que se dice, para mí es ésta!»
Y de esa percepción, llegó a una conclusión: «¡Cómo ella es seria! No se tomó mi aflicción como una cosa de niñito, sino que percibió cuánto estaba sufriendo de verdad. Aquel dolor, de hecho, lo sentía. Y mamá, por haberlo notado, hizo un sacrificio serio, pues sufrió al socorrerme. Ella era tan seria que ocultó su sufrimiento y fingió

Señora de espíritu grave, serio y profundo, en cuya fisonomía transparecía gran bienquerencia

divertirse con sus propias narraciones, sólo para hacerme el bien. Ella fue seria: quería de verdad remediar mi caso. Su actitud significa mucha misericordia y, sobre todo, ¡mucho amor!» Para que comprendamos bien este espíritu de consecuencia, seriedad y gravedad de Doña Lucilia, es preciso tener en consideración el Primer Mandamiento de la Ley de Dios, que ella practicaba con extraordinaria perfección. En efecto, mucho más que simplemente no reír, la seriedad es una cualidad de alma conducente a dar a cada cosa el debido valor, teniendo una impostación27 interior por la cual el espíritu jerarquiza sus concepciones y sus quehaceres. Por tanto, habiendo dentro de la Creación tres pináculos: la figura adorable de Nuestro Señor Jesucristo, la figura venerabilísima de Nuestra Señora y, después, la figura divina de la Santa Iglesia, la virtud de la seriedad consiste, esencialmente, en dar la adecuada atención a estos tres pináculos, tributando a Dios lo que es de Dios, y a las cosas secundarias, lo secundario.
Siendo así, del amor fervoroso y lleno de llamaradas, aunque suave y calmo, de Doña Lucilia al Sagrado Corazón de Jesús y a todo lo que era conforme a Él, resultaban su intransigencia y radicalidad. Esa seriedad la llevaba también a tener una fisonomía siempre controlada, pero nunca tensa; con una sonrisa nada mundana ni superficial, y sí de profunda bienquerencia, por amor de Dios. Mirando el alma de Doña Lucilia y viendo cuánto era seria, el Dr. Plinio tuvo su primer encanto en relación con la seriedad. He aquí uno más de sus recuerdos: «Ella tenía un sentir profundo de la transcendencia de las cosas y un algo que no se sabe bien hasta qué punto hacía parte de la “transesfera” (el Dr. Plinio utilizaba el término «transesfera» para significar «la suprema y majestuosa resonancia de nuestras acciones en Dios, y la resolución paterna y solar del mismo Dios». En definitiva, hablar de «transesfera» es referirse a todo aquello que está, por así decir, «más allá de la esfera», o sea, por encima de nosotros: es el enlace que conecta el resto de la Creación a Dios o que conduce a Él), y hasta qué punto era sobrenatural; ese algo llamaba su atención con frecuencia y vivía inmersa dentro de ello. Hablaba poco respecto de este asunto, pero nunca me fue posible acercarme a ella o tener cualquier encuentro con ella, sin sentir intensamente la presencia de su espíritu en esa zona de lo “transesférico” y de lo sobrenatural; y sin dejar de notar que el modo por el cual ella veía el mundo, las relaciones humanas, los hechos que pasaban a su alrededor, la vida humana en general, era focalizado en esa región elevada. Eso me ayudó mucho en la formación de mi espíritu. Ella me formó, no a través de consejos explícitos, sino primero por un modo de ser atrayente y convincente, que auxilió enormemente a mi inocencia a discernir, en función de ella y de lo que yo sentía que eran sus pensamientos, la clave más alta de las cosas. Ella fue, por así decir, el fuego, la llama que encendió en mi alma esa visualización. La seriedad y su valor moral venían de ahí. En cualquier acción buena ella veía un mérito tan grande y, de otro lado, en cualquier acción mala, una vergüenza tan grande, que era llevada a considerar la oposición entre el bien y el mal, la verdad y el error, el pulchrum y lo feo, como un valor propio a llenar la vida. Y mucho de la seriedad de mi alma se debió a ella».
Los contactos de un hijo con su madre son incontables, y el Dr. Plinio convivió con su madre nada menos que sesenta años. Ahora bien, él afirma aquí ¡nunca haberse dado una sola ocasión en la cual se aproximase de ella y no percibiese, en su interior, la presencia de esa contemplación de un horizonte «transesférico» y sobrenatural! Analizándola con discernimiento de los espíritus, él comprendió cómo la seriedad y la sabiduría se identifican en gran medida, conforme explicitó en cierta ocasión: «La seriedad es la posición temperamental de quien, con inteligencia, fue sabio e hizo de su inteligencia lo que debía hacer; tal seriedad no es sino uno de los modos de ser de la sabiduría».

Un escalón para la devoción a Nuestra Señora

La convivencia con Doña Lucilia fue para Plinio un oasis. Con ella aprendió, además de la elevación, la donación de sí mismo llevada a las últimas consecuencias. El siguiente comentario expresa cuánto ella fue de un auxilio extraordinario, sin el cual no habría llegado a la práctica de la virtud: «Un beneficio profundísimo que recibí de ella, y no sé lo que sería de mí —naturalmente Nuestra Señora es mi Madre y Ella habría de proveer por mí— si no lo hubiese recibido, fue el de creer, por haberla conocido, que sí es posible el grado de afecto y de dedicación que ella poseía. Y también el grado de desprendimiento de alma y de deseo de dirigirse hacia las cosas superiores que la caracterizaban. Quien conoció esas dos cualidades se vuelve propenso a elevar su alma ad maiora, y adquiere la convicción de que, amando de hecho a Nuestro Señor Jesucristo y a Nuestra Señora, se es capaz de una dedicación y de un afecto como el de ella. Y nada es más antiaxiológico que imaginar el mundo constituido irremediablemente por superegoístas. Además, si el alma llega a creer en el error de que eso es inevitable, la vida recibe una carga de amargura, de decepción y de non sens, de una brutalidad indecibles…»
La Providencia dio a Plinio una robusta noción del ser, así como un inusual sentido del bien y del mal; lo dotó también del discernimiento de los espíritus, del don de sabiduría y de los demás dones del Espíritu Santo en alto grado; infundió en su alma la lógica, a través de una gracia mística recibida algunos años más tarde. Sin embargo, nada de eso habría fructificado si no le hubiese sido concedida una madre que representase la bondad del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora. Un hecho ocurrido con Doña Lucilia demuestra bien, por la reacción que produjo en el alma del pequeño Plinio, cuál era la naturaleza de la influencia que ejercía sobre su hijo. Teniendo él siete u ocho años de edad, este episodio de tinte trágico constituyó, dentro de la «topografía de la infancia», una especie de montaña.
En un periodo en que el romanticismo del siglo XIX estaba desapareciendo y daba lugar a la vida despreocupada de la Belle Époque, el drama que será relatado tuvo aún cierta connotación romántica. Plinio estaba en casa, jugando o contemplando y, de repente, se divulgó la angustiosa noticia de que Doña Lucilia había sufrido un accidente cuando estaba fuera de casa. En efecto, había ido a un dentista de la Rua São Bento, en el mismo edificio donde quedaba el bufete de su esposo, el Dr. João Paulo, y al bajar una escalera, sedesequilibró, e intentando apoyarse en la barandilla, acabó por sufrir una luxación en el hombro.

Plinio y Rosée

La aflicción del pequeño Plinio pronto desapareció con las caricias de la madre

Plinio se sobresaltó enormemente cuando le susurraron al oído que Doña Lucilia iba a llegar bajo los efectos del cloroformo, lo que dejaba a la persona un tanto anestesiada, pues colocar el hombro en su lugar era un proceso extremamente doloroso. Por eso, además, sería trasladada en ambulancia. En una época en que todavía se usaban mucho los caballos, bien se puede imaginar el drama que sería, para un niño inocente, verla llegar en aquel vehículo extraño. Enseguida, los familiares lo dejaron a solas y comenzaron a arreglar el cuarto, andando de un lado para otro, con mucha prisa.
Por teléfono llegaban las noticias: «¡Ya salió del hospital!» «¡Ya debe estar llegando!» Y Plinio, en vez de tranquilizarse porque ya estaba viniendo, se afligía cada vez más. Para él significaba una verdadera desdicha; caso ella llegase a fallecer, sería literalmente el fin del mundo, o peor, ¡porque se quedaría en un mundo del cual ella habría desaparecido! Y tal fue la dilaceración nerviosa por la que pasó, que varias veces, mientras esperaba, salía corriendo desde el fondo de la sala donde estaba, daba un salto y un puntapié en la puerta y volvía corriendo. Puede imaginarse la fisonomía de consternación que tendría ante lo sucedido, pues alguien le llegó a decir:— No aparezca así, porque, si su madre le ve con esa cara de angustia, va a sufrir más aún.

Por fin, ella llegó. Plinio de hecho, no apareció, y esto fue más pungente y aumentó más su tormento; si la hubiese visto, se habría calmado. Pero solamente oyó la agitación de la ambulancia y, a cierta distancia, los pasos de los que la llevaban por el pasillo. Después vio a los médicos, con aquellos grandes bigotes, aún de la época del Káiser, pidiendo yeso y agua caliente… ¡Todo daba la impresión de tragedia! Al final, autorizaron a Plinio a visitarla. Él se acordaría siempre de aquel contacto que tuvo con Doña Lucilia. Le habían dicho que tomase mucho cuidado al abrazarla y que no se lanzase sobre ella, pues todavía se estaba sintiendo mal y sufría un dolor insoportable.
Fue, entonces, introducido silenciosamente en el cuarto y apenas conseguía verla a distancia, desde la puerta: ella estaba acostada en la cama sobre su lado derecho, teniendo el otro enyesado, y con la cabeza puesta en la almohada, muy pálida, pero con una resignación completa. Había una lamparita azul en la cabecera y él escuchó un gemido, tan suave y tan ordenado, que era como la pulsación de un corazón. Y pensó: «¡Qué orden y qué dulzura!»
Cuando ella percibió, en medio de aquella penumbra azul, la presencia del niño, extendió el brazo e hizo una señal:
— Filhão (Desde que el Dr. Plinio era pequeño, Doña Lucilia acostumbraba a llamarlo con el cariñoso título de filhão, derivado de filho, que significa, en castellano, hijo), ¿eres tú?
Él se acercó a la cama y la besó en el rostro muchas veces, mientras ella lo abrazaba y acariciaba. Después, antes de que él pudiese preguntarle cualquier cosa, ella se adelantó para indagarle:
— Hijo mío, ¿estás mejor de tu resfriado? ¿Estás teniendo cuidado con el relente y las bebidas frías?
Entonces, Plinio se dio cuenta de que, en medio de aquel dolor, ¡su madre todavía encontraba la serenidad suficiente para preocuparse más con su estado de salud que consigo misma! Era, por lotanto, una bienquerencia sin pretensión, nada egoísta, realizada, eso sí, ¡en función del amor de Dios! Aquel trato sublime marcó el alma de Plinio y, mientras se retiraba, pensaba: «¡Hay entre ella y yo una interpenetración profunda! ¡Mi alma está en la más íntima unión y afinidad con la suya! Lo que le afecta a ella, me afecta a mí, porque yo soy una prolongación suya; lo que golpea allí, duele allí y aquí, ¡pues yo lo siento como si fuese en mí!»
Se observa en todos estos episodios de su primera infancia, que ella había sido creada para ser, junto a su hijo, una especie de escalón para llegar hasta Dios y, al mismo tiempo, un soporte para que él comprendiese después con facilidad la devoción a Nuestra Señora. Era como la orla del manto de Nuestra Señora que llegaba hasta el niño. Así, cuando a los doce años, en una época difícil de su vida, se arrodilló a los pies de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora, diciendo: «¡Sálvame, Reina de misericordia!», aquella confianza plena tenía como base el amor y la comprensión que había tenido del espíritu materno de Doña Lucilia: «Si mi madre es como es: ésta, que es la Madre de las madres, la Madre de toda la humanidad, ¡¿cómo será?!» «El hecho de experimentar esta paciencia de mi madre me estaba preparando algo muchísimo mayor: la devoción a la Santísima Virgen. Y cuando rezo la Salve Regina o el Memorare, tengo la impresión de hacer con Ella un poco lo que hacía con mamá. No en el sentido físico de la palabra, sino diciéndole cosas que abran su misericordia como mis dedos abrían los ojos de mi madre, convencido de que la súplica de un hijo afligido es oída y que puedo explicarle mis problemas con confianza, pues nunca seré mal recibido. De una manera o de otra, en los días siguientes a estos hechos, yo iba haciendo comparaciones entre mis padres y las personas mayores que veía, y pensaba: “Como ella, nadie. Si yo soy bueno, ¡ella será para mí un mar de bondad! Pero esa bondad, ¿viene de ella? ¡No! Veo que esto también existe, a la manera de relámpagos, en otras personas, pero en ella permanece de modo estable. Si existe en varias personas, significa que la fuente de la bondad no está en ella. Entonces, ¡necesito descubrirla!” Y me venía una cierta idea confusade que mamá era apenas una gota de agua dentro de un océano… Después comprendí que esa fuente era Nuestro Señor Jesucristo».
Por el contrario, un niño que se desarrolla en un ambiente en el cual son frecuentes los choques y las cargas temperamentales de indignación, al ser tratado con violencia adquiere, ya antes del uso de razón, una serie de instintos y costumbres embrutecidos que hace que a partir del momento en que toma conciencia de sí, concluya que es necesario reaccionar contra todo aquello: «Pero… ¡qué cosa más absurda! ¿La humanidad es esto? Voy a tener que defenderme y ser bruto también, porque si no, llevaré las de perder».Y así, a medida que el niño va creciendo, empieza a proyectar en cualquier autoridad aquella fisonomía de cólera que manifestaba su padre o su madre, creando así, la idea de un Dios irascible y sin razón. Más tarde, si comete una falta, tendrá una dificultad enorme en dirigirse a la Santísima Virgen pues, si su propia madre es una persona violenta, con repentes turbulentos, ¿qué idea se hará de Nuestra Señora? Y a continuación se dejará llevar por la siguiente idea: «Me da miedo rezarle, no sea que me caiga un rayo de allí arriba… Ya no tengo más solución, ¡todo está acabado!» Y, sin embargo, ¡la verdadera solución se encuentra precisamente en confiar en la Santísima Virgen y en Nuestro Señor Jesucristo!

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 124 ss.

Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Fue realmente un designio de Dios, y hasta un milagro de la gracia, la preparación que  el Dr. Plinio recibió de su madre, pues fundamentó tanto su inocencia que, si no hubiese sido por la fidelidad de Doña Lucilia, él no habría tenido aquello que constituyó el punto de partida del don de sabiduría en su alma. Doña Lucilia fue la cuna que fluctuó sobre las aguas de la Revolución y que salvó a su hijo Plinio.

La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»

En el Dr. Plinio ya estaba presente desde su más tierna infancia, el don del  discernimiento de los espíritus que conservó hasta el último momento de su existencia. El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) se acuerda de haberle preguntado en una ocasión:
— Dr. Plinio, ¿cuándo fue que floreció en usted el discernimiento de los espíritus?
Con toda naturalidad y modestia, dijo:
— Yo no me acuerdo de ningún momento en que me hubiese dado cuenta de que poseía este don; cuando desperté para el uso de la razón, yo raciocinaba ya con el discernimiento de los espíritus.
— Mas, ¿en quién aplicó usted por primera vez este discernimiento?
— La primera persona a quien recuerdo haber analizado fue a mamá. Me acuerdo de que mirándola veía su alma y pensaba: «¡Cómo es buena! ¡Qué bondad, qué equilibrio, qué bienquerencia! ¡Cómo ella me quiere profundamente, con entero desprendimiento!»
De estas afirmaciones concluimos que, cuando brillaron las primeras centellas de la razón, su inteligencia se concentró en comprender a su madre, Doña Lucilia, pero, concomitantemente, por una gracia inmensa, brillaba el don de discernimiento de los espíritus, por lo que, al fijarse en ella, pudo ver más el alma que el cuerpo. Sólo después de penetrar con acuidad en el fondo de su alma, prestó atención en la fisonomía e hizo una comparación entre lo que había considerado en el alma y lo que observaba en el rostro, advirtiendo cómo éste era un reflejo de aquella. Declaraba él: «Lo que le debo a ella en este orden de ideas es inimaginable. Mis primeras penetraciones psicológicas, se las debo a ella. Me acuerdo de mí mismo, pequeñito, no apenas mirándola y tratando de entenderla, ¡sino entendiéndola y con deseos de entenderla todavía más!»

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

La «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual

Siendo así, en aquella primera mirada consciente y racional que, según la Filosofía y la Teología, contiene todas las demás, Plinio contempló un verdadero panorama de virtud. ¿Qué es lo que vio en el alma de su madre? Vio un espejo de limpidez, de honestidad y de inocencia, una representación de la pureza, de la virginidad de espíritu, de la bondad, de la rectitud, de la lealtad. Todos los dones, gracias y beneficios que llevan a un alma a ser perfecta, antes de nada, él alcanzó a discernirlos ¡en ella! Y ya, en aquel comienzo, ¡tuvo, por obra de Dios, su primer arrebatamiento! Para él fue una especie de paraíso, pues se sentía enteramente seguro al mirar a su madre. Doña Lucilia fue el parámetro, los raíles, la «Tabla de la Ley» que lo sustentó en la vida espiritual: percibió desde muy pequeño, sin conocer aún la palabra santidad, cómo debía caminar rumbo a ésta, teniendo por modelo a su madre. Asegura el Dr. Plinio: «Pasé la vida entera analizándola, embebiéndome de su espíritu y haciéndome
semejante a ella en toda la medida de lo posible. Hasta qué punto fue ella alimento para mi inocencia primigenia, no lo sé decir, pero intento, de este modo, expresar un respeto que no tengo palabras para describir, junto con mi veneración y mi agradecimiento».

Y, en otra ocasión contaría él: «Las primeras gracias que recuerdo haber recibido, a los dos o tres años de edad, fueron de tener una gran sensibilidad en relación a mamá. Ella me impresionaba mucho más por lo que yo percibía de su alma que por sus palabras. Su presencia ejercía en mí un efecto profundo; yo prestaba atención y consideraba seriamente lo que ella decía o hacía. Incluso estando lejos de mamá, sabía qué es lo que querría o no querría, y me desagradaba contrariar su voluntad».
Por otro lado, en determinado momento el pequeño Plinio aplicó el discernimiento de los espíritus no sólo en relación a su madre, sino también a las demás personas de la familia, al ambiente que le rodeaba y al resto del mundo. Analizando las almas bien a fondo, con sus cualidades y defectos, pudo desde niño, auxiliado por una gracia especial, hacer una comparación entre lo que percibía en contacto con su madre y lo que percibía con las otras personas, y comenzar a formar un juicio respecto de cada uno, hasta el punto de ver cuánto ella era diferente, pues en ella existía algo mucho más excelso y elevado de lo que había en los otros parientes. Por lo tanto, a los cuatro años de edad, tuvo perfecta noción del papel que Doña Lucilia ocupaba dentro de la familia y, encantado con ella desde entonces, la amó con preferencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 116 ss.

El papel de Doña Lucilia en la vida de su hijo

Ofrecemos a nuestros lectores, algunos trechos de unas de las últimas obras de Mons. Joao S. Cla Dias “El don de Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira” editado por la Editrice Vaticana, sobre el papel de Doña Lucilia en la formación de su providencial hijo.

Algunas veces en la Historia, para preparar a un hombre para una misión muy importante, la Providencia comienza por santificar a su madre. Ya en el Antiguo Testamento, Ana suplicó a Dios la dádiva de tener descendencia, fue atendida y engendró un hijo. Y, por no haberse negado a entregarlo al Señor, alcanzó la gracia de ser la madre del más joven de los profetas de Israel, Samuel, elegido para esa función a los nueve años de edad (cf. 1Sam 1).

Ana entrega a su hijo Samuel al sacerdote Helí

Al analizar el periodo anterior a la venida de Cristo, vemos con frecuencia hombres escogidos por Dios, en especial los que eran santos, que son favorecidos por un origen familiar particularmente bendecido, que les ayudó a abrazar la vía de la santidad. La Providencia respeta la tradición y se complace en preparar a sus elegidos a través de la influencia del linaje, a fin de aprovechar las cualidades naturales y requintarlas con la gracia.

Consideremos,a aquellos que gozaron del privilegio de nacer en hogares verdaderamente católicos como SanJuan Bosco, por ejemplo, que fue educado por su piadosa madre. La unión entre ambos llegó hasta el punto que hizo que constase como
principal argumento de los teólogos, en el elenco de documentos para el proceso de beatificación de Mamma Margherita, la siguiente tesis: los corazones de la madre y del hijo constituyen en la familia salesiana un solo corazón. También San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, tenía una madre excelente. Así, cuando le preguntaban de dónde le venía su amor por la oración, por el altar y por el sacerdocio, respondía derramando lágrimas: «Después de Dios, es obra de mi madre: ¡ella era tan sabia!» Y añadía: «Un hijo no debería poder mirar a su madre sin llorar».También es digna de recuerdo la propia madre de Santo Domingo de Guzmán, la Beata Juana de Azca que, poco antes del nacimiento del niño, soñó que daba a luz un fuerte perro, que ladraba mucho y que sujetaba con los dientes una antorcha de fuego y, corriendo con ella, incendiaba el mundo entero. Domingo creció con aquella imagen del sueño de su madre en la cabeza y, más tarde, fundó una orden mendicante, los Domini canes (del latín: canes del Señor. El nombre de la familia religiosa fundada por Santo Domingo
es Orden de los Predicadores, más conocida como Orden Dominica), porque irían por la faz de la tierra ladrando contra el mal y predicando la doctrina católica. Y así, recorriendo la Historia, podríamos con facilidad multiplicar los ejemplos yendo desde la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino el Grande, hasta Santa Teresita del Niño Jesús, cuyos padres brillan en el firmamento de la santidad. Es verdad, pues, que la influencia y proximidad de los santos son siempre un gran beneficio para las almas que no se cierran a la acción de la gracia, pues éstas acaban santificándose también, gracias al trato con ellos. Por consiguiente, podemos afirmar con entera propiedad que las madres si son buenas, serán las que más ayuden a santificar a los hijos; pero, por otro lado, cuando no lo son, serán quienes más los estropeen. La virtud es contagiosa, pero también elmal, los dos extremos lo son.

Escogida y preparada por el mismo Dios, María Santísima es la más excelsa de todas las madres

No olvidemos, sobre todo, que el gran Hombre providencial por excelencia, Nuestro Señor Jesucristo, también estuvo unido a su Madre. Habiendo llegado el momento de encarnarse, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad creó con todo esmero, una Madre extraordinaria, pues quería tener en el inicio de su vida terrena, ya en su raíz, una persona de la categoría de Ella. Es el único caso en la historia de la Creación en el que alguien, antes de nacer, ha podido escoger y santificar a su propia madre. Ella es la Madre de las madres y Señora de las señoras, que concibió al Santo de los santos, el Hombre-Dios.

«Mamá me enseñó a amar a la Santa Iglesia»

Estudié su bella alma con una atención continua…

¿Cuál es, entonces, el papel de una buena madre a lo largo de la vida de un varón providencial? Es un papel brillante, fundamental e insustituible, que nadie más puede representar, porque ella sirve de espejo para que este varón, cuando es aún pequeño y antes incluso de tener una noción exacta de quién es Dios, pueda ver la figura del Creador.
Si cualquier madre tuviese la posibilidad de dar a su hijo una fortuna extraordinaria, mediante la cual pudiera vivir sin problemas ni preocupaciones, haría todos los esfuerzos para que eso sucediese. Ahora bien, lo máximo que una madre puede desear para su hijo es una eternidad feliz, conviviendo con Dios; y esto puede conseguirlo, conduciendo a su hijo hacia la virtud, por las vías de la Religión.
Con frecuencia, el estado espiritual de la madre condiciona el de su hijo, pues Dios tiene en cuenta la fidelidad materna a la hora de dar a los descendientes las gracias necesarias para el cumplimiento de su misión. Así, con el fin de desempeñar bien este encargo es necesario que la madre sepa rezar, tenga una sólida vida interior y frecuente los Sacramentos para beneficiarse de la gracia y progresar en la vida espiritual. De este modo alcanzará la santidad que se reflejará en sus hijos… Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5, 6); el amor de la madre por su hijo debe ser tal, que tenga hambre y sed de perfección y por ello quiera sacrificarse enteramente para santificar a su hijo y así, estando junto a él, llevarlo a decir: «¡Qué bonito es ser santo!» Ésta era la opinión del Dr. Plinio: «La mejor de las universidades nunca podrá desempeñar el papel de una madre: el de acondicionar, dentro de la perspectiva que ella tiene y que comunica a su hijo, una cierta cantidad de nociones generales, que se proyectarán más tarde sobre toda su vida. Después de beber en ella las buenas influencias, propias para acercarlo a la Iglesia Católica y darle una avidez enorme para acoger a la Iglesia Católica en su alma, cuando el hijo termina el recorrido
de su vida, se da cuenta de que aquello concuerda con lo que recibió de su madre en sus comienzos».
Si nos hacemos una idea concreta del privilegio que supone tener una buena madre, en la que brillan las virtudes y los dones del Espíritu Santo, que toma a su hijo en brazos llena de un cariño, de un afecto y un modo de ser tal que lo haga abrir los ojos para la realidad, dándole el primer impulso hacia el recto camino, tendremosen mente la noción clara del papel que Doña Lucilia desempeñó en la ascensión espiritual del Dr. Plinio. Testimonio de esto son las palabras de encomio que le ofrendó, nada más exhalar ella su último suspiro: «Estudié su bella alma con una atención continua y fue por eso mismo que tanto me encanté con ella hasta tal punto que, si ella no fuese mi madre, sino la madre de otro, la querría de la misma manera, y encontraría la forma de irme a vivir con ella. Mamá me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica».

Trayectoria de inocencia

Analicemos ahora el origen de este varón.
Nació en ese periodo tan importante de la Historia, cuando el mundo entraba en la terrible crisis actual. Poco a poco fue creándose una sociedad atea, en la que el hombre abandonó enteramente la inocencia, el Evangelio fue quedando cada vez más desvanecido, olvidado y desfigurado a sus ojos, e incluso la cultura fue siendo devastada, motivando que la convivencia humana se hiciese semejante a la de los lobos.
¿Cómo fue posible que surgiese y se afirmase en una época así alguien tan favorecido por altísimos dones sobrenaturales, capaz no solamente de restaurar el pasado, sino de estar en el origen de una nueva era histórica, llena de inocencia y verdadera sabiduría, en contraposición con la falsa sabiduría del mundo,Dios, en su infinita sabiduría, preparó con antecedencia el florecimiento de la tan elevada vocación del Dr. Plinio, dándole a Doña Lucilia por madre. Tenía ella el alma ornada con las gracias de la Edad Media y con lo que había de mejor en el Ancien Régime y en la Belle Époque, es decir, aquello que la era de las catedrales y de las cruzadas produjo «post mortem», una vez iniciada la decadencia revolucionaria. En realidad, fundamentado en la palabra del Dr. Plinio y en la propia experiencia personal, juzga el Autor que Doña Lucilia poseía algo más que no hubo en ninguna época anterior. En efecto, asevera el buen principio teológico que la Iglesia, en cuanto Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo, no permanece inerte a lo largo de los tiempos, sino que estará constantemente creciendo en gracia y santidad hasta el fin del mundo. Mientras haya una persona bautizada sobre la faz de la tierra, la Iglesia en ella estará viva y progresando cada vez más, porque cuenta con la promesa de la inmortalidad hecha por Nuestro Señor. Ahora bien, dentro de ese crecimiento, Doña Lucilia representaba una simiente dorada y magnífica, llena de irisaciones, de algo que habría de bueno en el futuro. A este respecto, resulta ilustrativo un comentario hecho por el Dr. Plinio en 1977: «Había en su espíritu un punto altísimo, que era el campo de su inocencia. ¿Qué relación tiene ese campo de su inocencia con mi inocencia? Y ¿qué relación tiene ese campo de su inocencialos lados buenos del siglo XIX, que eran las tradiciones medievales aún vivas; y su alma era una continuación de eso. De manera que yo comencé a amar en ella a la Edad Media, y muchas veces pensaba: “Cómo es parecida con mamá”.

Doña Lucilia poseía cualidades de alma que prenunciaban un futuro grandioso

Sin embargo, mamá no tenía una idea exacta de lo que había sido la Edad Media. A ella le gustaban mucho las cosas góticas, pero su alma era más gótica de lo que ella notaba en el gótico. Fue un eco fidelísimo, aunque subconsciente, de esa gloriosa era de fe, y mientras el mundo entero iba decayendo y abandonaba […] el espíritu de la Edad Media, ella tuvo un hijo entusiasta de la Cristiandad medieval. Ella es el guion que une; el puente entre todo lo que hubo otrora y el futuro. Ella representaba el último llanto del pasado que lloraba por morir. Y a su hijo, Nuestra Señora lo destinó para fundar una familia de almas que sería el alborear de la Edad Media resurrecta en el Reino de María. Es decir, la palabra guion dice poco: es la última simiente de un árbol esplendoroso que muere, pero de la cual va a nacer otro árbol aún mayor. Esa simiente fue ella: modesta, pequeña, ignorada, sin dejar detrás de ella otro rastro a no ser ése. Y ése es el gran papel histórico de ella, su gran misión.

Dada la extraordinaria vocación del Dr. Plinio, ¿no era normal que naciese de una madre tan inocente, como fue Doña Lucilia,que nunca cometió una falta grave en los noventa y dos años de su larga vida? Sí, ese llamado, según el plan de Dios desde toda la eternidad, debería estar fundado en la inocencia, sin la cual, sería imposible que el Dr. Plinio pudiese cumplirlo. Es de la inocencia que brotaron tantas otras prerrogativas, dones y beneficios que la Providencia quiso concederle. Por eso, fue beneficiado con tan virtuosa madre, verdadero manantial, jardín florido de rectitud; para
que pudiera tener delante de sus ojos un punto de análisis, de atracción y de sustentación para su propia inocencia.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 101 ss.

La última carta

cap12_001Pasados aquellos días de tanta aprensión, en los que la confianza en la protección divina fue su principal consuelo, doña Lucilia tomó aquella pluma tantas veces utilizada para transmitir a su hijo, cuando estaba distante, las palabras de afecto que tanto le encantaban, para escribir a su cuñada, la madrina del Dr. Plinio, que vivía en Pernambuco. Son conmovedoras las líneas de esta carta, la última escrita por doña Lucilia antes de partir para la eternidad.

São Paulo, [abril de 1964]
¡Querida Teté!
Creo que no has recibido la carta que te he escrito dándote noticias nuestras (…).
Con este cambio de Gobierno está todo parado, pero esperamos que cuando suba el nuevo y debido Gobierno (este es provisional) Dios permitirá que todo acabe bien. Estaba sufriendo mucho por el reumatismo en los pies y en las piernas y el hígado ¡pésimo!… Camino solamente del brazo de una empleada y con un bastón en la otra [mano], y ¡con dificultad!… Siento mucho que no puedas venir a ver cómo trabaja tu ahijado por nuestra religión… Ha escrito varios libros católicos, habla por todas partes, es invitado por unos y otros para hablar en recepciones, etc… ¡¡y no da abasto!! ¡¡Me siento tan débil que creo que ya no te escribiré más!! ¡Saluda con afecto a todos los que aún se acuerden de mí!
Con un afectuoso abrazo, te besa tu cuñada que te quiere mucho,
Lucilia

El rechazo de doña Lucilia por lo horrendo

Brasil había escapado providencialmente del yugo comunista, pero no estaba inmune al contagio del movimiento hippie que poco tiempo después habría de estallar y difundirse con virulencia por el mundo entero. Uno de los aspectos principales de esta nueva etapa de decadencia de la civilización era la exaltación de lo horrible.
No ha existido ninguna civilización en la Historia, por más decadente que fuese, que no conservara un cierto amor a la belleza, reflejado en el arte y en los demás aspectos de la vida, como por ejemplo en la vestimenta y en los utensilios domésticos.
El hombre del siglo XX, sin embargo, no sólo sacrificó sistemáticamente el pulchrum (En latín, “belleza”) en aras de la modernidad o del utilitarismo, sino que perdió el sentido de la armonía, pasando a exaltar lo feo y lo desproporcionado. El arte moderno, en cualquiera de sus ramas, es bastante representativo de este hecho.
Al ser Dios la propia belleza, y habiendo sido el hombre creado a su imagen y semejanza, si su alma está bien ordenada no puede dejar de admirar profundamente todo lo maravilloso. Por esa razón, los niños inocentes tienen ese sentido tan despierto.
En nuestros días se ha operado una silenciosa revolución en el mundo infantil, con la sustitución de los bonitos juguetes de otrora, evocativos de una era ideal, por figuras que representan seres deformes y repugnantes. No es difícil imaginar la reacción del alma temperante de doña Lucilia ante las primeras manifestaciones de esa nueva mentalidad. Un episodio significativo se dio con ocasión de la visita de unos conocidos de ella al apartamento de la calle Alagoas. Venían acompañados de sus hijas, dos niñitas encantadoras. Casi se diría que ángeles de una miniatura medieval. Atraídas por la bondad y por el modo de ser afable de doña Lucilia, se aproximaron a ella y, sacando del bolsillo un pequeño paquete que contenía unos muñequitos de plástico, se los pusieron en las manos, exclamando alegremente:
“¡Los monstruos, los monstruos!…”
Estaban lejos los tiempos de las muñecas de porcelana vestidas de encajes y de los vistosos soldaditos de plomo…
Doña Lucilia prestó especial atención en uno de ellos y, al darse cuenta de lo que se trataba, se quedo horrorizada y lo apartó de sí. Seguramente habrá lamentado interiormente no poder ella misma velar por la educación de esas pequeñas, introduciéndolas en el universo de los cuentos maravillosos que ella sabía narrar de manera tan encantadora.

“Qué buena es”

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¡…Qué buena es…!

Con el paso del tiempo, la salud de doña Lucilia era cada vez más preocupante.
En determinado momento, después de haber sufrido un agravamiento súbito, fue necesario sacarle una radiografía. Como estaba ya con las fuerzas muy debilitadas, su hijo contrató un técnico para que realizase dicho examen en su propia casa.
El Dr. Plinio lo esperó para conducirlo al cuarto materno. Cuando llegó, trayendo todos los aparatos de radiología, entraron ambos en el aposento. Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta, moreno, con la piel oscurecida por el sol, habituado a trabajos pesados y con una cierta insensibilidad a los dolores ajenos. Este último aspecto no sorprende, pues su profesión le ponía en constante contacto con las más variadas formas de sufrimiento humano causado por la enfermedad o hasta por la inminencia de la muerte. Sin ni siquiera mirar a doña Lucilia, el técnico la saludó con un banal “buenas noches”, y comenzó a preparar los aparatos para prestar “un servicio más”, quizás el último del día. Sin embargo, eran tales la ternura y el cariño con que el Dr. Plinio trataba a su madre que es posible que el hombre se haya sorprendido. Interrumpió, entonces, el montaje de los instrumentos para ver quién era objeto de tanto afecto. Miró detenidamente a doña Lucilia. Visiblemente, se sintió conmovido hasta las fibras más íntimas del alma. Se aproximo de la cama y, en un gesto de cariño, le acarició el mentón con su enorme dedo, diciendo al mismo tiempo admirado:
— ¡Qué buena es!
Era la afectividad brasileña que hablaba desde el fondo del alma de aquel hombre… Doña Lucilia permaneció en silencio, sin moverse, como si no hubiese notado nada, a pesar de que lo inopinado del gesto constituía una involuntaria falta de respeto hacia ella.
Su hijo, dándose cuenta de que la dulzura de doña Lucilia había tocado aquel corazón, tampoco dijo nada. Pero guardó del episodio un nostálgico recuerdo.

La última caja de corbatas regalada a su hijo

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Última corbata regalada por Doña Lucilia al Dr. Plinio

Pasando un día por el corredor de la casa, el Dr. Plinio notó que su madre estaba en el escritorio, sentada a la mesa, redactando algo. Se trataba de la “sorpresa” que estaba preparando para un cumpleaños más del “hijo querido de su corazón”.
Venciendo las dificultades naturales de su avanzada edad, doña Lucilia escribió una última dedicatoria para el Dr. Plinio en el papel de seda de la caja de corbatas que le daría de regalo. Líneas trazadas con muchos esfuerzo, en el cual entraba un enorme afecto y el deseo de un alma delicada de hacer todo bien y con sentido del deber. Aún más. Aquel gesto traducía su admiración por el Dr. Plinio, la ilimitada confianza que en él depositaba, su incansable deseo de agradarle y su agradecimiento por toda la dedicación de su hijo hacia ella. Admirado con la escena, el Dr. Plinio evitó que su madre se diese cuenta de que él la había observado y, después de recibir el regalo, conservó la dedicatoria como precioso recuerdo de aquel incomparable amor materno. Las palabras eran las siguientes: ¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

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¡¡Recuerdo de Mamá a su hijo querido!!

La boda de Olga

Un día, Olga, la dedicada empleada de doña Lucilia, que le servía fielmente hacía más de veinte años, decidió contraer un segundo matrimonio. Se acercaba ya a la vejez, y su hija Carlota había cumplido ya 30 años. Cuando ya la boda estaba arreglada, Olga fue a hablar con doña Lucilia y, a pesar de estar un poco embarazada por tener que marcharse en una situación en que sus servicios le eran más necesarios, le dio la noticia:
— Doña Lucilia, tengo que comunicarle una cosa que me entristece: voy a tener que dejarla. Pero es mi deber y voy a cumplirlo. Tengo un noviazgo. Sin exteriorizar la sorpresa que este anuncio le causaba, doña Lucilia le preguntó calmamente:
— Pero, ¿su futuro marido es un buen hombre?
Olga respondió que así le parecía y que gozaba de buena fama en el barrio donde vivía. Además, tenía una buena situación financiera y era propietario de un pequeño aserradero.
Siempre pensando en el bien del prójimo, doña Lucilia le preguntó aún:
— Y ¿qué hará Carlota?
— ¡Ah doña Lucilia!, se viene a vivir con nosotros —respondió Olga.
Sin dejar traslucir la tristeza que la separación le iba a causar, pues había adquirido un verdadero afecto por Olga y su hija, doña Lucilia la felicitó por su nuevo matrimonio, deseándole todo tipo de bendiciones y la protección divina. Pocos días después, Olga presentó su novio a doña Lucilia y al Dr. Plinio. Se trataba realmente de un hombre serio, correcto, tranquilo, oriundo de un país de lengua alemana. Pasadas algunas semanas, Olga se casó y se despidió con inmensa gratitud de doña Lucilia, de quien recibió como testimonio de sincero afecto un bonito regalo de boda.
Cuando falleció doña Lucilia, el Dr. Plinio no pudo comunicárselo a Olga, pues había perdido su dirección. Cuál no fue su sorpresa al recibir un día la visita de aquella antigua empleada. Venía vestida esmeradamente. No se sabe cómo le había llegado la noticia de que doña Lucilia había dejado esta vida. Profundamente entristecida, se refirió llena de saudades a su antigua patrona. Pidió disculpas por haberse enterado tan tarde del triste acontecimiento, y quería recordar también, en aquel hogar, la gran bondad de que había sido objeto por parte de don João Paulo, del Dr. Plinio y, especialmente, de su bienhechora,
dejando algunas flores en su cuarto. Después se despidió, y el Dr. Plinio nunca más tuvo noticias ni de ella ni de Carlota.

El joyero de maroquín rojo

cap10_030“Yo fui motivo de un sufrimiento no pequeño para mamá”, contó cierta vez el Dr. Plinio, a respecto de otro episodio ocurrido en esa época.
Entre los objetos heredados por doña Lucilia, se encontraban unas bonitas joyas, Entre las que ella más apreciaba había un broche claveteado de brillantes, unos aros de turquesa, un collar de perlas y otros adornos que las señoras de aquel tiempo usaban con cierta frecuencia. Para guardarlas, había comprado en París un maletín de maroquín (Maroquín: Pieza de cuero de cabra, delicadamente trabajada. Estuvo especialmente
en uso durante la Belle Epoque, cuando doña Lucilia adquirió ese maletín). Como la situación política de Brasil estaba tan inestable, el Dr. Plinio comenzó a prepararse para la eventualidad de abandonar rápidamente el país, a fin de asegurarse una libertad de acción que la extrema izquierda no dudaría en coartar si consiguiese tomar el poder por la violencia. Para esa eventualidad necesitaba disponer de una cantidad suficiente de dinero que le permitiese la subsistencia en el extranjero por un período que podría ser más o menos largo. Como la venta de alguno de los inmuebles que poseía podía tardar mucho tiempo, se vio obligado a vender las joyas de doña Lucilia, preciosas no solamente por el valor material de las mismas, mas, sobre todo, porque a ellas estaban ligados innumerables
recuerdos. Decidió sacrificarlas en esa situación extrema, seguro de que su madre, si él se las pidiese, se las cedería de buen grado.
Así como había ocurrido con el corte del árbol, el Dr. Plinio no le dijo nada a su madre para no sobresaltarla. Sería para ella una gran aflicción enterarse de que su hijo corría inminente peligro. Así, un día, el Dr. Plinio entregó a doña Rosée el maletín de maroquín con las joyas, para que las vendiese. Algún tiempo después, doña Lucilia se dio cuenta de la falta del maletín, pero viendo que había sido el Dr. Plinio quien lo había tomado no lo interrogó sobre el asunto, ni tampoco le hizo referencia alguna sobre el hecho; a tal punto confiaba en él. Pero en el fondo de la mirada de doña Lucilia su hijo notaba la siguiente pregunta: “¿Por qué Plinio no me dice la razón de su actitud? Si necesitaba las joyas, ¿no bastaba pedírmelas?” Se trataba para doña Lucilia de un misterio que ella, por respeto a su hijo, nunca quiso descifrar. Serenamente, soportó esa prueba hasta morir, pocos años después.

La visita de un “periodista”

doña Lucilia

Fotpgrafía del pasaporte de Doña Lucilia

Si fuese obligado a salir del país, el Dr. Plinio pensaba llevarse después a su madre junto a él. Le pidió entonces a uno de sus jóvenes amigos que fuese a su casa y le tomase una fotografía para sacarle un pasaporte. De esa manera, un día llamó a la puerta de su casa una persona diciendo que venía de parte del Dr. Plinio para sacarle unas fotografías. En la atmósfera cargada que reinaba en Brasil, doña Lucilia sospechó inmediatamente que se trataba de un periodista. Esa impresión se acentuó aún más cuando el visitante, mientras le sacaba las fotografías, comenzó a hacerle preguntas sobre su vida y su familia, seguramente para mostrarse agradable.
Más tarde, cuando el Dr. Plinio llegó a casa, así le contó ella lo ocurrido:
— Filhão mío, durante tu ausencia ha estado aquí un periodista. Quería hacerme también una entrevista por ser yo una vieja dama paulista de familia de 400 años. Entonces me pidió que le contase mis recuerdos del São Paulo antiguo. ¡Pero yo le dije que, sin el consentimiento de mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira, yo no hablaría con ningún periodista!
Daba especial sabor al relato la referencia a “mi hijo, el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira”, proferida por doña Lucilia en un tono de voz que expresaba todo el respeto que tenía por él.
Ante la encantadora candidez de doña Lucilia, en la que traslucía una vigilancia que la extrema edad no había disminuido, su hijo respondió:
— Mamá, ¡usted actuó muy bien!…

“No hay mal que por bien no venga”

 cap13_004Al haberse prolongado tanto la ausencia del Dr. Plinio, se pudo comprobar una vez más de qué manera ese bendito trato que había entre madre e hijo estaba movido por razones sobrenaturales. Es lo que se nota en la carta siguiente, la última que aquella alba y venerada mano le escribió a fin de exteriorizar los cariñosos sentimientos contenidos en el corazón materno.
Es admirable en la misma el acto de virtud por el cual doña Lucilia renueva su renuncia a la compañía del Dr. Plinio el 13 de diciembre, en aras de lo que ella juzga más ventajoso para él. No solamente expresa su resignación por su ausencia, sino que también le aconseja quedarse más en Europa.

São Paulo, 26-11-962
¡Plinión querido!
Estaba con tantas saudades de una carta tuya que, aunque sea en estilo relámpago como la última que me enviaste, ¡valía la pena recibir otras! Con tanto trabajo, ¡veo que no te será posible regresar nada más acabar el Concilio! Algunos paseos bonitos, despedidas, visitar Florencia, Milán, etc… y después ¡¡¡París!!! ¿Quién puede volver tan de prisa de París? ¿Ni siquiera para pasar el 13 de diciembre, día de tu cumpleaños con mamá? Pero, no hay problema. Has trabajado mucho y ahora debes estar… ¡agotado! Haz todo lo que puedas y vuelve muy animado y contento de volver a ver a tu manguinha y así ¡¡¡pasamos juntos la Navidad!!! ¡Qué fiesta volver a ver a tu manguinha, que te quiere tanto y tanto… ¡¡que ni siquiera tiene palabras para decirlo!! Rosée se ha portado muy bien, viniendo a verme todos los días, y Maria Alice, con su caserón, sus cenas, etc. viene en general cada dos días, y el “Bisnietito” está de exámenes en el colegio.
Cuando converso contigo, aunque sea en “estilo relámpago” no consigo parar y el tiempo pasa rápido; pongamosblos puntos sobre las “íes”.
Saludos a tus amigos Muchos besos y abrazos y la más afectuosa bendición de la madre que tanto y tanto te quiere,
Lucilia

Un salto sobre el océano

Llegando a su término la intensa actividad del Dr. Plinio en Roma, una vez que la primera sesión del Concilio estaba también por finalizar, le escribe una breve carta a doña Lucilia anunciándole su regreso a São Paulo.

cap14_042Roma, 28-XI-62
¡Manguinha querida de mi corazón!
Como debo partir de Roma el día 7, estoy atareadísimo con las ocupaciones finales de la temporada. Por eso, le escribo rápidamente. Debo ir a Asís, Florencia, Venecia y París. Allí pasaré más o menos una semana, para después dar un salto sobre el Océano y ¡caer con inmensas saudades y enorme alegría en los brazos de mi Manguinha querida!
Pienso que me encontrará con un aspecto óptimo. Espero poder decir lo mismo de usted ¡¡Cuidado con la salud!! Le adjunto esta maravilla de Asís y una estampita de una Imagen de Nuestra Señora ante la cual hemos obtenido muchas gracias.
Mil y mil besos saudosísimos, del hijo que la quiere y la respeta hasta al fondo del corazón y le pide la bendición.
Plinio

No demoraría mucho para que las alegrías del regreso del Dr. Plinio consolaran el alma de su madre. En el momento de encontrarse, doña Lucilia no debió quedarse atrás de su hijo en las manifestaciones de afecto. Su encantadora fisonomía, llena de mansedumbre y de ternura, era, por sí sola, el mejor recibimiento que ella le podía dar.

¡Ah!, ¿y mi árbol?

cap12_017En el ocaso de su vida, a doña Lucilia le gustaba rezar y pensar sentada en la antigua mecedora de doña Gabriela. Allí, reclinada serenamente, solía pasar horas y horas, mezclando sus largas oraciones con la contemplación del movedizo y suave juego de luz y sombra que se proyectaba en las paredes internas del escritorio de su apartamento. En la acera de la calle Alagoas se erguía un frondoso árbol cuyo ramaje tocaba la ventana de dicha sala, ofreciendo, sobre todo por la noche debido a la iluminación pública, aquel sencillo espectáculo. No obstante, ese árbol, tan estimado por doña Lucilia, hacía que el apartamento del Dr. Plinio (situado en el primer piso del edificio) fuese un blanco fácil para cualquier terrorista. Conseguir que la Prefectura cortase inmediatamente aquel árbol figuraba entre las diversas medidas de seguridad a tomar. Y lo hizo sin tardanza. Pero para no aumentar la preocupación de su madre, no quiso informarla del peligro a que ambos estaban expuestos, y, por eso, no le dijo nada. Cuál no fue la perplejidad de doña Lucilia cuando, una noche, al mirar las paredes del escritorio, vio que se proyectaba en ellas la banal iluminación de la calle, sin ninguna de aquellas bonitas sombras. Sorprendida, exclamó: “¡Ah! ¡¿el árbol, mi árbol, dónde fue a parar?!” A pesar de todo, se dio cuenta rápidamente, por la actitud de los presentes, que la orden de cortar el árbol había sido dada por su hijo por alguna razón que no podía revelarle. Y nunca más hizo comentario alguno sobre el hecho. Sin embargo, la gravedad de la situación le obligaría al Dr. Plinio a tomar medidas más drásticas.

Cartas laboriosamente redactadas

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Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de su querido hijo…

Desde el escritorio de Plinio, lugar que más le recordaba a doña Lucilia la presencia de
su querido hijo, establecía con él su contacto epistolar. Con la vista debilitada, pasaba tardes enteras, pacientemente inclinada sobre las hojas de papel, en las cuales la pluma iba trazando con lentitud y esmero cada letra, para formar palabras cargadas de afecto y dulzura que aún hoy encantan a quien las lee.
Doña Lucilia le envía, con fecha del 1 de noviembre, algunas líneas más, en las cuales se nota cómo estaba preocupada con los acontecimientos mundiales. Siempre en primer lugar, al estar en causa la Iglesia, su atención se dirigía hacia el Concilio. Por otra parte, también le preocupaba el avance del comunismo.
Dejemos que las propias palabras de doña Lucilia nos digan lo que llevaba en el alma:

São Paulo, 1 de Noviembre de 1962
¡Plinio tan querido de mi corazón!
¡Me parece estar tan, tan lejos el día de tu vuelta a mis brazos! (…) El Cardenal Carmello ha vuelto ya para celebrar su primera Misa en Aparecida, y Tristán de Athayde está en Río…
¡Nadie habla de los sacerdotes y obispos, etc.! ¡Y a vosotros, por lo que he visto en la carta que le has escrito a Rosée, se os han ocurrido tantas cosas para darle tanto trabajo! Recibí una carta de Teté (Tía y madrina del Dr. Plinio y cuñada de doña Lucilia) quien, desolada, me dice que el comunismo está controlando cada vez más Pernambuco.
En la “Orden del Rosario” hicieron grandes novenas… y todo sigue igual… entonces los de la Orden del Carmen dijeron: ¡ahora es la nuestra! Cuando el Carmen hace sus novenas con toda fe, no hay lo que se resista… y, sin embargo, ¡¡todo sigue en el mismo estado!!
Cuando veo todo eso tengo tanto miedo, tanto pavor… ¡Pero la Madre de Dios es grande y piadosa y no nos abandonará!
Esta es la tercera carta que te escribo. Mandé la segunda junto con la de Rosée y ésta también va con otra de Rosée. Espero que ya estés más descansado, con buen apetito y ¡¡cuidado con los problemas de estómago!! No repares en mi letra, pues estoy con reumatismo en las muñecas.
¿Qué me dices del barullo de Kruchef (Así escrito en el original), de Kennedy y de Fidel Castro? ¡¿Todo esto viene por causa del puente de Berlín?! (Seguramente se refiere al hecho, ya un poco remoto en 1962, del puente aéreo establecido en Alemania Occidental por los norteamericanos para abastecer a Berlín Occidental, que los soviéticos habían tratado de aislar completamente) ¿No te parece? Con muchas saudades, te besa y te abraza mucho, tu vieja Manguinha.

“Si es la voluntad de Dios… ¡que se haga!”

3p109Aquel 10 de noviembre de 1962 en São Paulo, con la mente puesta en Roma, doña Lucilia comenzó una nueva carta en la que dejó hablar a su corazón desbordante de desvelo materno y de saudades, cuyas intuiciones sobre el regreso de su hijo no serían desmentidas:

¡Filhão querido de mi corazón! (…)
¿No estarás comiendo demasiado en esos excelentes hoteles? —No puedo quitarme de la cabeza la idea de que te quedarás por ahí hasta el final del Concilio, y así pasaréis en Roma el gran día 13 de diciembre— ¡¡¡nuestro gran día!!! ¿Será posible? Estoy escribiéndote a toda prisa, por eso te dejo ¡sin decirte la falta enorme que me haces…! Vuelve muy fuerte, siempre bueno para tu manguinha y ¡¡hasta la próxima carta!! Que Dios y Nuestra Señora te bendigan — Con todo el afecto te hace lo mismo la madre que te tiene en el corazón,
Lucilia

Una vez más, debido a la escasez de la correspondencia enviada por el Dr. Plinio, se puede suponer cómo su tiempo estaba absorbido por una intensa actividad.
La siguiente carta de doña Lucilia, inacabada, es una afectuosa queja por tan “imperdonable” falta:

São Paulo, 19-11-1962
¡Plinión, corazón mío, hijo mío querido! Estaba tan afligida por falta de noticias tuyas, cuando uno de los jóvenes del segundo piso le dio a doña Carlota una carta tuya para entregármela. Radiante, abro el sobre y veo que no había sino bonitas tarjetas para Yayá, los Languendoncks (Referencia a Telémaco van Languendonck y su esposa, Dª Dora Lindenberg van Languendonck, hija de doña Yayá), a Zilí y Néstor y para mí… ni una palabra. Como sabes, vivo en este momento con el corazón preso en Roma… recibo la carta… y ni un beso, ni un abrazo para mí…
Sé que leéis todos los días el “Estado”, pero como sé que a veces pasa desapercibida alguna noticia, te envío éstas que te gustará leer.  Muchos besos y bendiciones de tu mamá.
Lucilia

La gran expectativa por la llegada de cartas de Roma fue aliviada por una fotografía publicada en la “Folha de São Paulo” en la que doña Lucilia pudo rever la fisonomía de su filhão querido, lo cual le hizo escribir otra vez. No se puede dejar de notar la modestia de su comentario. Tras referirse a la noticia del periódico, sus palabras continúan serenas, tratando de asuntos caseros, entre los cuales ocupa siempre el primer lugar el amor entrañable por su hijo. Con la mirada interior adorando a Nuestro Señor Jesucristo en los trances de la Pasión, doña Lucilia se resignaba a aceptar con paz de alma la ausencia del Dr. Plinio en el “gran día 13 de diciembre”.

3p134

¡Cuántos sacerdotes barbudos!

São Paulo, 22-11-1962
¡¡Hijo tan y tan querido!! Por lo que veo, te verás obligado a pasar allí el 13 de diciembre, ¡día de tu cumpleaños! — Lo siento mucho, pero si es la voluntad de Dios… ¡que se haga! Lo siento mucho, pero, ¿qué hacer? — Castilho me envió ayer dos números de la “ Folha de S. Paulo” que reproducían una fotografía de un grupo de amigos del Barón de Montagnac, que les ofreció una cena de honra con tu presencia en el restaurante “Raniere de Roma”. ¡Cuántos sacerdotes barbudos! (Uno de ellos, obispo de rito católico malabar, de la India) (…) Trata de escribirme un poquito más… ¿está bien? Rosée me ha hecho excelente compañía, y Maria Alice también, pero siempre en medio de médicos, exámenes, cenas, en casa y fuera… ¡eso cansa tanto! Yayá, en los descansos del juego viene siempre, a veces para cenar. ¡Dora y las niñas han venido menos al estar el abuelo enfermo! ¿Has recibido las cartas que te envié la semana pasada? ¡No puedo dejar de escribirte, pues me parece que es tenerte un poco más lejos! Saludos a tus amigos. Con mis bendiciones, te envío muchos abrazos, muchos y muchos besos de tu manguinha que tanto te quiere,
Lucilia

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

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Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia

Las despedidas en el ascensor

Las despedidas en el ascensor

doña LuciliaPara amenizar de alguna manera la paciente soledad de doña Lucilia en el atardecer de su existencia, su hijo, todos los días, la entretenía con unos cuarenta minutos de conversación después de la cena. No le era difícil a la mirada perspicaz y diligente del Dr. Plinio discernir los sufrimientos que afligían el alma de su madre, cuyo involuntario aislamiento era, seguramente, muy penoso. Para darle ánimo, tenía la costumbre de decirle en un tono impregnado de cariño:
— ¡Mãezinha! ¡Fuerza, energía, énfasis, resolución!
Al oír esas palabras, doña Lucilia respondía con una ligera sonrisa de contento, sin decir nada. En cierto momento, los impostergables deberes de apostolado del Dr. Plinio ponían fin a su bendito coloquio. Con dolor por tener que dejar a su madre se levantaba y, después de despedirse de ella con mucho afecto, se dirigía al ascensor. Con frecuencia, doña Lucilia lo acompañaba hasta allí, queriendo disfrutar hasta el último instante de la compañía de su hijo. A veces tenía lugar una escena conmovedora en el momento en que el Dr. Plinio habría la puerta del ascensor. Con su voz suave y afable, y con la esperanza de retenerlo un poco, doña Lucilia le decía sonriente:
— Hijo querido, ¿no te da pena dejar a tu madre tan sola?
Sin embargo, todas las noches esperaban al Dr. Plinio para asistir a sus reuniones aquellos que la Providencia le había dado como seguidores suyos en la lucha por la Iglesia y por la Civilización Cristiana. Estos últimos tal vez ignoraban que las gracias allí recibidas le costaban a doña Lucilia el sacrificio de su penosa soledad, aún más profunda después de la muerte de don João Paulo. ¿Cómo explicar todo eso a doña Lucilia? Finalmente, apremiado por el deber, el Dr. Plinio besaba la frente de su madre y le respondía: — Mi bien, lo siento mucho, pero ahora mi obligación es encontrarme con mis compañeros de apostolado. Besándola una vez más, entraba en el ascensor y partía.
En otras ocasiones, esas despedidas daban lugar a una encantadora manifestación de solicitud materna. Doña Lucilia prevenía a su hijo —hombre ya de más de cincuenta años— como lo hacía en los remotos tiempos de su juventud… Antiguamente, los ascensores subían y bajaban lentamente, por lo que tardaban en llegar cuando se les llamaba. Esta lentitud contrariaba el modo de ser resuelto del Dr. Plinio —siempre dispuesto a actuar tranquila, pero prontamente—, en especial en los momentos en que era urgente atender sus compromisos. A veces el Dr. Plinio estaba con prisa, y decidido a no perder tiempo, le decía:
— Mãezinha, ¡bajo por la escalera, pues tengo mucha prisa!
Y, mientras bajaba, le llegaba a los oídos el suave pero firme timbre de voz materno:
— Hijo mío, ¡cuidado!, ¡no corras que puedes caerte!
Era como si una vigilante y cariñosa mano intentase disminuir la cadencia de sus pasos.
Las perspectivas de un aislamiento completo Uno de los mayores sufrimientos de doña Lucilia en esa avanzada etapa de su vida fue el súbito agravamiento de sus condiciones auditivas, junto con un empeoramiento de sus cataratas que le disminuían un tanto la vista.
Si estas deficiencias progresasen, doña Lucilia perdería casi completamente la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior. Y, en consecuencia, de tener con su hijo aquellas conversaciones elevadas que le daban tanto aliento. Habituada a interesarse siempre por sus semejantes, el no poder prodigarles más su caritativo auxilio representaría también para ella un sufrimiento no pequeño.
Ante esa dolorosa perspectiva, aunque sin perder nunca su serenidad y su resignación, cap14_009traslucía en su fisonomía una tristeza más acentuada, muy notoria en una fotografía sacada por ocasión de uno de sus últimos aniversarios, donde la vemos al lado de su hermana, doña Yayá. Si el Sagrado Corazón de Jesús, en sus designios insondables, permitía que ese sufrimiento se abatiese sobre quien tan fielmente lo adoraba, por otro lado, en compensación, le concedía su misericordioso amparo. Así, poco tiempo después de agravarse la dificultad de audición de doña Lucilia, el Dr. Plinio, leyendo un periódico, vio la propaganda de un aparato que podía suplir esa deficiencia. Entonces, como buen hijo, no dudó un instante en adquirirlo, a pesar de ser su precio elevado. Fijó con el vendedor una visita de éste a su casa, después del almuerzo, para darle una sorpresa a doña Lucilia. En efecto, el vendedor apareció a la hora convenida. Hecha la prueba, el Dr. Plinio notó inmediatamente, por la expresión del rostro materno, su auténtica eficacia. Hasta el final de su vida fue motivo de consuelo para el Dr. Plinio recordar la alegría de su madre cuando se dio cuenta de que podría conversar normalmente. Y, sobre todo, volver a oír con nitidez el timbre de voz de su querido “Pimbinchen”…

“¡Qué bella mirada!”

cropped-sdl-7.jpgCon la misma tranquilidad de alma, doña Lucilia enfrentó su creciente deficiencia de la vista. Cuando la molestia aumentó, su hijo la llevó a un buen oculista. Después de examinarla, el médico le dijo en voz baja al Dr. Plinio:
— Ella está con una catarata muy avanzada en cada ojo —y le dio a entender que podría operarla. Tras reflexionar rápida y sensatamente, el Dr. Plinio prefirió no someter a su madre a una operación que podría impresionarla mucho y hacerle sufrir innecesariamente, estando ella tan anciana. Poco tiempo después, el progreso de la enfermedad cesó, permitiéndole a doña Lucilia conservar, hasta el fin de sus días, suficiente vista para llevar una vida normal, dentro de las condiciones de su venerable edad.
Esos consoladores auxilios de la Providencia contribuyeron mucho para atenuar aquella sombra de tristeza, como se puede notar en fotografías posteriores.
Fue curiosa la reacción de otro oculista, en otra consulta, al poner sus aparatos sobre los ojos de doña Lucilia para examinarla. El médico, que además de ser un excelente profesional tenía alma de artista, en el momento de proceder al examen no pudo contener esta exclamación:
— ¡Qué bella mirada!
En efecto, en esos ojos de un castaño oscuro se notaba serenidad, afecto, veracidad, en síntesis, una garantía de protección, capaz de impresionar profundamente a las almas que sabían admirarlos.

Un perfecto dominio sobre las propias emociones

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Dr. embarcándose para Uruguay

Los primeros años de la década de los 60 le reservaban otros sufrimientos a doña Lucilia.
En mayo de 1962, el Dr. Plinio fue invitado a pronunciar unas conferencias en Uruguay. Aunque el motivo de su viaje fuese apenas ése y en la despedida se manifestase tranquilo y seguro, doña Lucilia se quedó preocupada. ¿No estaría su hijo abandonando el país debido a la inestable situación en que éste se encontraba en aquel momento? Sumergida en esos pensamientos, pero sin exteriorizar sus temores, le vio partir. Según su certero juicio, todo lo que él hacía estaba bien hecho. Confiante en el auxilio divino, prosiguió su vida cotidiana como si todo se desarrollase dentro de la más perfecta normalidad. Felizmente, aunque sus sospechas no fuesen infundadas, no llegaron a confirmarse. Días más tarde, para alegría suya, su filhão apareció de repente en casa. Cuando entró, doña Lucilia estaba en el Salón Azul recibiendo a algunos conocidos que habían ido a visitarla. La serenidad de su semblante no denotaba ninguna perturbación de espíritu. Es fácil imaginar cuánta alegría le causó el regreso del Dr. Plinio. Sin embargo, como estaban presentes otras personas, ella, como eximia y distinguida anfitriona, continuó dispensándoles lo mejor de su atención.

“Hijo mío, no quería molestar a nadie…”

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Cuarto de Doña Lucilia

Actos de abnegación, pequeños sufrimientos plácidamente aceptados, innumerables gestos de bondad y de paciencia, fueron algunos destellos de luz que continuaron marcando la existencia cotidiana de doña Lucilia en su apartamento de la calle Alagoas.
Una noche, al estar sus movimientos ya bastante dificultados, se cayó de la cama al cambiar de posición. Apoyándose en la misma trató en vano de ponerse de pie, y el ruido provocado por este esfuerzo despertó a la empleada que dormía en el cuarto contiguo. Ésta acudió inmediatamente en su ayuda, pero no teniendo fuerzas suficientes para alzar a doña Lucilia fue a solicitar el auxilio del Dr. Plinio. Al entrar en el cuarto de su madre, él la encontró tratando todavía con pertinacia de levantarse sola, sin demostrar ninguna aflicción o nerviosismo por no conseguirlo. Con todo cuidado, él la alzó, acomodándola en el lecho. Después, con un tono impregnado de afecto, le preguntó:
— Pero, mi bien, ¿por qué no me llamó inmediatamente? Con toda mansedumbre y naturalidad, ella respondió:
— Hijo mío, no quería molestar a nadie…

Equilibrio entre la justicia y la misericordia

Ese admirable desprendimiento que doña Lucilia tenía de sí misma le proporcionaba
un perfecto equilibrio entre dos virtudes armónicamente opuestas, la justicia y la misericordia, como ya fue narrado en capítulos anteriores. La edad no hizo sino acrisolar esas virtudes. Por ejemplo, siempre que en su presencia, por cualquier motivo, se señalaban los defectos de alguien, inmediatamente ella salía en defensa de la víctima. No para proteger sus lados censurables, sino para impedir que fuese emitido un juicio imparcial sobre la persona en cuestión, pues era necesario también tomar en consideración los lados buenos que ésta realmente tuviese.
Así, una vez, hablando acerca de un conocido que era blanco de las invectivas de espíritus poco conciliadores, dijo:
— Es verdad… Pero, dése cuenta que, por ejemplo, él es siempre franco. Muchos que no tienen su defecto, sin embargo, son hipócritas. Esta franqueza tiene su valor. Al hablar de sus defectos, hay que recordar que tiene esa cualidad.