Persistencia, delicadeza y desafío

Decidida a vivir de acuerdo con lo que la fe le indicaba, Doña Lucilia levantaba una oposición suave pero infranqueable a los que deseaban lo contrario, incluso si era necesario pagando el precio del aislamiento. Sin embargo, en los últimos meses de su existencia terrena la Providencia quiso confirmar su fidelidad, envolviéndola en el cántico de admiración de algunas almas justas.

Para comprender la manera en que Doña Lucilia actuaba cuando yo era niño, al protegerme de quien quisiese perderme, es necesario haber conocido aquellos tiempos y visto los modos, las costumbres y las reglas de delicadeza entonces vigentes.

Ella era una persona muy bondadosa, pero al mismo tiempo muy seria. Cuando no quería una cosa determinada, levantaba una barrera infranqueable: ¡eso no era así, no podía ser y no sería! Todos comprendían que habría una oposición sin nada de furibundo ni de problemático, pero tan segura, que no servía de nada insistir.

Negativa que desanimaba cualquier ataque

sdlEsa actitud comenzaba por verificarse en lo que se refería a la forma como yo practicaba la religión. A algunos de mis parientes les hubiese gustado que yo fuera un niño más o menos sin religión, como los otros de mi familia formados por ellos. Sin embargo, no osaban proponerle a Doña Lucilia nada a ese respecto; o, si le propusieron, ella acabó la cuestión, de tal modo que ninguno de ellos osó decirme una palabra en el sentido de estimularme a no ser religioso, a no ser puro, etc.

Ellos sabían que, si algo así llegase hasta mi madre, la respuesta vendría con una negativa: “Mi hijo es mío y no tuyo, quien dispone de él soy yo, no tú; y por mi intermedio, quien dispone de él es Dios. De manera que voy a educarlo según Dios quiere, y no te metas. Cuida a tus hijos, si quieres; ¡al mío, no! ¡A él lo cuido yo!”

Conmigo ni trataba del asunto, en una actitud de quien no consideraba posible que alguien se entrometiese en el caso. Lo que ella hizo fue rezar mucho y decir un “no” preventivo. Fin del asunto.

«Vas a sufrir mucho con el aislamiento»

Cuando explotó en 1932 la Revolución Constitucionalista en São Paulo, mi abuela Doña Gabriela decidió comprar una radio para acompañar las noticias. Algún tiempo después, ella le dijo a mi madre, quien me contó el hecho sin hacer comentarios:

—“Cuando yo muera, Lucilia, quiero que ese radio sea para ti”– era todavía un objeto de cierto valor en aquella época–, “porque tú vas a sufrir mucho con la soledad, y al menos la radio sirve para que tengas compañía.”

Se comprende todo lo que eso quería decir…

Además, la salud de mi madre no era buena. Mejoró mucho después de que mi abuela falleció y pasó a vivir sola conmigo. Doña Gabriela era muy generosa, y bajo ese aspecto no había ningún problema, pero mantener las riendas de la casa, cuidar de la servidumbre, atender a los que entraban y salían, constituía un peso difícil de sustentar.

Doña Lucilia tenía paciencias enormes, por ejemplo, con un sobrino sordomudo que presentaba crisis nerviosas horribles. Los padres de este sobrino no aguantaban esas crisis mientras que ella sí. Se encerraba con el niño en una sala, y al cabo de una o dos horas de conversación, él salía más sosegado, tranquilo. Era una manifestación de su generosidad, pero eso la desgastaba.

Por esa causa, durante el período en que vivió en casa de mi abuela, su salud estaba muy decaída. Padecía dolencias del hígado. Sentía indisposiciones horribles, pasaba la noche en vela y por mañana quedaba exhausta, con la fisionomía deshecha.

En el tiempo en que mi hermana y yo éramos muy pequeños, mi madre tenía miedo de morir a cualquier momento, y a veces nos decía eso para prepararnos. ¡Nosotros quedábamos asustadísimos!

Todas esas circunstancias hicieron de Doña Lucilia una persona que medía bien cuál era el padrón de la felicidad, y sentía y cargaba el peso de los sufrimientos hasta el fin.

Cargando la cruz rumbo al ápice

3p200En ese sentido, de las fotografías tomadas a mi madre, ninguna me agrada tanto cuanto una en que ella está bien anciana, con setenta y cinco o setenta y seis años, moviéndose sin necesidad de apoyo, apenas con una deficiencia auditiva que esos aparatos modernos suplían.

Yo la conocía tan bien que, al ver esa fotografía, percibo una cosa curiosa: ella está muy ansiosa. Se nota allí cómo era su adaptabilidad: ella trata de hacer una fisionomía que, dentro de sus principios, sabía que a los presentes les gustaría. ¡Pobrecita! Yo sé muy bien que estaba cargando su cruz rumbo al ápice.

En su fisionomía trasparece tal conjunto de virtudes, viviendo a la manera de un enjambre en su alma –un enjambre santo, no caótico–, que es difícil decir todo lo que veo ahí. Es un equilibrio extraordinario de virtudes, todo un inmenso teclado puesto en orden.

La nota que aparece mucho en esa fotografía es el orden que mi madre se impuso a sí misma, porque estaba de acuerdo con lo que el intelecto y la fe le indicaban de cómo se debería ser. Hay una resolución de vivir dentro y para ese orden que, con toda su actividad, revela un trazo heroico: se debe ser de determinada forma y está acabado. Se percibe una persistencia, con delicadeza, y cierta mirada de desafío, como quien dice: “Yo sé que ustedes no están de acuerdo, pero así es.” ¡Con ella no se jugaba!

La confirmación de la fidelidad

La vida de Doña Lucilia fue una enorme espera, que tuvo un desenlace enteramente inesperado: en los últimos meses de su existencia en esta Tierra, por causa de mi enfermedad (1), hubo un flujo torrencial de gente en mi casa y, sobre todo por la insistencia de João (2) en hacer que ella se notase, Doña Lucilia murió envuelta en un cántico de admiración de los que me visitaban.

De hecho, mi madre esperaba que toda su bondad y todo el ambiente por ella creado reconstituyesen en torno de sí un tiempo pasado, que iba siendo devorado por el americanismo.

Entonces mi madre recibió una confirmación de que no se había engañado y de que todo cuanto ella era, era notorio para quien quisiese ver. Fue una especie de confirmación de su fidelidad.

Extraído de conferencias del 14/9/1985 y 6/11/1993

Notas

1) Se trataba de la grave crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en diciembre de 1967, obligándolo a permanecer en reposo en su apartamento por algunos meses.

2) El Dr. Plinio se refiere a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, su fiel discípulo y secretario personal durante más de cuatro décadas, que en la época de los hechos aquí mencionados todavía era laico y contaba con veintiocho años.

Durante la caída le rezó a Doña Lucilia

A menudo nos da la impresión de que ciertas adversidades son permitidas por la Divina Providencia para darles a los intercesores celestiales la oportunidad de mostrar lo mucho que están dispuestos a socorrer a todos los que a ellos recurren.

Caída del ascensor 

Cadeira de rodas do Sr. Ismael de Faria após a queda do elevador - Foto: Reprodução

Silla de ruedas de Ismael de Faria, después de la caída del ascensor

Algo así le sucedió a Ismael de Faria, también vecino de Caieiras. En silla de ruedas desde hace nueve años, usa un ascensor en su casa para trasladarse de una planta a otra. Un día lo utilizó como de costumbre, pero cuando llegó al piso donde pretendía bajarse, el cable de acero del ascensor se rompió, haciéndolo caer desde una altura de seis metros.

Ismael adoptó entonces la mejor actitud que se puede tener en momentos como ese: durante la caída rezó, rogándole a Dña. Lucilia que lo protegiera. Enseguida fue socorrido por sus familiares y llevado al hospital. A lo largo del recorrido no cesó sus oraciones a la misma señora, pidiéndole que lo ayudara a salir bien de aquella situación.

En el hospital le realizaron varios exámenes, entre ellos una resonancia magnética y una tomografía que, para sorpresa de los médicos, sólo sirvieron para constatar lo mucho que había sido protegido: ¡no tenía ni una lesión siquiera!

Estoy curado por intercesión de Dña. Lucilia

Igualmente, Luiz Humberto de Oliveira Carpanez, de Juiz de Fora, nos testimonia una gracia recibida por intercesión de Dña. Lucilia.

Al finalizar un campamento organizado por los Heraldos del Evangelio durante el carnaval, recibió una estampa de Dña. Lucilia como recuerdo de aquellos bendecidos días de convivencia. «Me guardé la foto porque era un recordatorio muy bonito», comenta Luiz Humberto.

Unos días más tarde, en el momento de la acción de gracias durante la Misa, le entregó la foto a una amiga, que la recibió con mucha emoción y devoción. Inspirado por esa buena actitud, Luiz Humberto se sintió inclinado a pedirle a Dña. Lucilia que resolviera un problema de salud que le molestaba mucho, y para el cual, según el médico especialista, la única solución era operarle.

Desde entonces los síntomas de la enfermedad empezaron a disminuir y en poco tiempo desaparecieron por completo. El feliz beneficiado atestigua con alegría y gratitud: «Hoy puedo decir que estoy curado por intercesión de Dña. Lucilia».

02

«Si sobrevive, tendrá muerte cerebral»

Una de las notas características de la bondad de Dña. Lucilia es la delicadeza propia de una madre siempre dispuesta a acudir en auxilio de sus hijos en cualquier circunstancia.

Breno Augusto em coma, no hospital - Foto: Reprodução

Breno Augusto en coma, en el hospital

De esto nos da un valioso testimonio Verónica Lima Barboza, residente en Montes Claros (Brasil): «El día 26 de febrero de 2021, mi hijo Breno Augusto Lima Barboza Silveira tuvo un accidente de moto en la ciudad de Juiz de Fora. Ingresó en el hospital con TCE (traumatismo craneoencefálico) grave, politraumatismo, hundimiento de cráneo, cerebro desplazado 1,8 cm, varias fracturas en el brazo izquierdo y lesión en el pulmón izquierdo».

En resumen, el joven estaba en coma en el grado 3 de Glasgow, el más profundo estadio, en el cual el paciente no responde a ningún estímulo. Después de una operación de craneotomía descompresiva, el cirujano le dijo a Verónica que «ya estaba hecho todo lo que había que hacer». Y resumió en una breve frase la gravedad de la situación: «Si sobrevive, tendrá muerte cerebral». Es decir, quedaría en estado vegetativo.

En ese trágico momento, Verónica mantuvo una gran paz de alma, confortada por el hecho de que un sacerdote heraldo hubiera acudido al hospital y administrado a su hijo la Unción de los Enfermos. Ella consiguió autorización para visitarlo en el CTI todos los días, pero infelizmente, debido al agravamiento de la pandemia de COVID-19, dichas visitas fueron canceladas.

Doña Lucilia da muestras de su actuación en el caso

Da. Verônica Barboza com seu filho, junto a um sacerdote dos Arautos do Evangelho - Foto: Reprodução

Verônica Barboza con su hijo, junto a un sacerdote de los Heraldos del Evangelio

«El 8 de marzo —prosigue Verónica—, cuando fueron suspendidas las visitas en el CTI, le pedí a la enfermera jefe que colocara una estampa de Dña. Lucilia junto a Breno Augusto, para que ella lo cuidara en mi ausencia».

El 12 de abril, le dieron el alta del CTI. Los días 21 y 22, en los cuales se conmemoran el aniversario de fallecimiento y el de nacimiento de Dña. Lucilia, el joven mostró alentadoras señales de mejoría: se sentó y levantó la cabeza. Gran sorpresa se llevaron los dos fisioterapeutas que le asistían; uno de ellos, muy contento con tal progreso, le pidió a Verónica que marcara la fecha 21 de abril de 2021 para celebrar esa feliz evolución.

Verónica concluye su relato con sencillas palabras de gratitud: «Dña. Lucilia cuidó de mi hijo en el CTI y hoy está vivo gracias al milagro obrado por su intercesión».

02

Detección de un cáncer linfático

Sr. Jaison Jeferson Küster, junto a um quadro de Dona Lucilia - Foto: Reprodução

Sr. Jaison Jeferson Küster, junto a un cuadro de Dona Lucilia

Jaison Jeferson Küster, miembro de los Heraldos del Evangelio, también nos cuenta cuán grande es su gratitud para con Dña. Lucilia, principalmente tras haber sido objeto de su intercesión ante Dios.

Desde hace tiempo, nos dice, le diagnosticaron un cáncer linfático en su fase más avanzada. El número de tumores era espantoso: quince, todos malignos y ya estaba en la última etapa. Los hematólogos calcularon doce sesiones de quimioterapia y otras quince de radioterapia, para intentar salvar la vida del paciente.

Consciente del grave estado de salud en que se encontraba, Jaison resolvió recurrir a Dña. Lucilia. Al comienzo del tratamiento se dirigió a su tumba en el cementerio de la Consolación, situado en São Paulo. Tras un momento de bendecida y reconfortante oración, se le ocurrió coger algunas de las rosas que adornan la tumba para hacer un té con los pétalos, como peculiar método de confiar su curación a quien consideraba, a justo título, como madre espiritual.

Un «remedio» diferente

Sabía muy bien que no podía encontrar en un simple té de pétalos de rosas los elementos medicinales para la curación de cualquier enfermedad, mucho menos quince tumores cancerígenos en su fase más avanzada. Sin embargo, tenía fe de que por aquel sencillo gesto practicado a la manera de una novena —pues lo estuvo tomando durante nueve días—, obtendría de Dios, por la intercesión Dña. Lucilia, la anhelada curación.

Después del primer ciclo de quimioterapia, el hematólogo responsable por el caso le pidió que se hiciera una nueva prueba PET CT SCAN, a fin de valorar los efectos del tratamiento. Al analizar los resultados, el médico no se lo podía creer: en tan sólo dos meses de tratamiento, ¡Jaison se había curado completamente de los quince tumores malignos!

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A veces Dios nos envía determinadas pruebas, enfermedades y adversidades para enseñarnos a mirar al Cielo, pedir la ayuda de los bienaventurados que allí gozan de la visión beatífica y esperar el auxilio que, según sus sapienciales designios, descenderá hasta nosotros.

Así, habiendo tomado conocimiento de esos milagrosos favores que Dña. Lucilia con tanta bondad viene alcanzándoles a los que recurren a ella, tengamos también nosotros la certeza de que, por muy insoluble que pueda parecer nuestra situación, con su ayuda llegaremos al puerto seguro de la salvación.

Elizabete Fátima Talarico Astorino

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio Marzo 2022