Amor maternal, que le devolvió la paz y la vida

Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

También Flavia Emilia Duarte, de Campo Grande, nos escribe a fin de mostrar su gratitud por el amparo recibido de Dña. Lucilia, durante un período atribulado de su vida:

«Hace algunos años, en medio de una crisis de jaqueca, dolores de pecho, hormigueo en los brazos y de varias idas a Urgencias, me diagnosticaron agotamiento físico seguido de agotamiento mental. En un primer momento, buscamos un tratamiento psicológico; pero las crisis continuaban. Tenía miedo de enloquecer. Los síntomas bombardeaban mi cuerpo y, sobre todo, la mente.R235-D-LDL-Dona-Lucilia-700x537

«Meses después comencé el tratamiento psiquiátrico. El diagnóstico era depresión y síndrome de pánico. Empecé entonces a tomar la medicación prescrita. Tenía días buenos, seguidos de días pésimos. Los medicamentos amenizaban los síntomas, aunque no impedían las crisis.

«Llevaba así un año y ya tenía un viaje programado a São Paulo —nuestra familia iba a participar en una romería a Aparecida, con los Heraldos del Evangelio—, cuando una crisis muy fuerte de pánico me mandó nuevamente al hospital. Sentía que todo mi cuerpo hormigueaba, la consciencia llegaba a faltarme, conseguir respirar era prácticamente imposible. Me recetaron otro ansiolítico, y resolvimos seguir con la idea del viaje».

Durante el trayecto, Flavia recibió una fotografía de Dña. Lucilia y, encantada con aquella mirada bondadosa que tanta paz le traía, decidió recurrir a su intercesión:

«Al regresar a casa, después de una jornada más de terribles síntomas, decidí coger aquel pequeño retrato y pedirle ayuda a Dña. Lucilia. Le rogué que me quitara la “sensación de no saber respirar”. Podría continuar con los demás síntomas, pero ese era el peor de todos, ¡me restaba paz! Puse la foto debajo de la almohada y, cuál no fue mi sorpresa, al despertarme y percibir que aquel desconsuelo había desaparecido. Pasaron los días y ninguno de los síntomas volvieron a manifestarse, ¡estaba curada! Dejé entonces los medicamentos y hoy llevo una vida normal, gracias al amor maternal de aquella señora que me devolvió la paz y la vida».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, junio 2021)

Ayudando a una madre con la recuperación de su hijo

Doña Lucilia nunca se cansa de hacer el bien. Hasta se diría que está, en todo momento, buscando a algún necesitado al que pudiera socorrer. Y parece que tiene especial solicitud en relación con las madres que piden por sus hijos…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Nos cuenta Licia Aparecida Moreira, residente en la ciudad de São João do Itaperiú (Brasil), que a principios de noviembre recibió en su casa la visita de un par de misioneros de los Heraldos del Evangelio. En aquella circunstancia les narró una fatalidad por la que pasó su hijo Leonardo de Oliveira, de 23 años.

Sin duda, Dña. Lucilia seguirá ayudando en la completa recuperación de Leonardo
Leonardo de Oliveira junto con sus padres

El 2 de agosto de 2022, fue accidentalmente aplastado por una pesada plancha de hierro durante el trabajo, llegándose a fracturar dos vértebras y a quedarse sin el movimiento de sus miembros inferiores. Refiere Licia: «Perdió todo el equilibrio de su cuerpo, solamente permanecía sentado con nuestra ayuda, o apoyado en almohadas. No conseguía moverse por sí mismo, ni siquiera pasar de la cama a la silla de ruedas».

Tras haberles comentado a los misioneros esta preocupación suya y que estaba pensando buscar un tratamiento en otro estado, ellos le entregaron una fotografía de Dña. Lucilia, aconsejándoles —a la madre y al hijo— que le hicieran una novena a esta bondadosa señora, pidiéndole que intercediera en la recuperación del joven.

Unos días después, Licia envió un mensaje a los misioneros donde les comunicaba que la misma semana en la que los habían visitado, su hijo empezó a mostrar signos de mejoría: había adquirido más firmeza en su cuerpo, ya podía mantenerse sentado solo y desplazarse de la cama a la silla de ruedas; en fin, presentaba los primeros indicios de que podría volver a llevar una vida independiente. Y el 20 de diciembre comenzó a mover las piernas, ¡antes completamente inertes!

Aunque todavía falte un largo camino por recorrer para que Leonardo recupere la movilidad normal, Licia sigue rezándole a Dña. Lucilia y confiando en su intercesión, pues a ella le atribuyó estas auspiciosas mejoras, las cuales llenaron de esperanza a la familia.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

No es mera casualidad

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos».

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Carmen Iris Urbano Pacheco, de Perú, también nos transmite su gratitud a Dña. Lucilia, que la socorrió con prontitud en un apuro económico.

Siendo propietaria de una tienda, cierto día le faltó el dinero necesario para saldar una deuda, de cuyo importe únicamente tenía la trigésima parte… Muy afligida, recurrió enseguida al amparo de Dña. Lucilia: «¿Y ahora qué hago? ¡Mamita, ayúdame! Tengo que pagar esa cuenta. ¡Ayúdame, ayúdame!».

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Doña Lucilia con su bisnieto

El proveedor de ventas al que le debía tal cantidad llegaría a su tienda a primera hora de la mañana para cobrar. Sin embargo, por diversas razones tan sólo se presentó en el local a las tres de la tarde. Carmen vio en ese imprevisto el auxilio de Dña. Lucilia, ya que en ese ínterin logró, con gran asombro, vender todo lo necesario para cancelar la deuda.

«No sé cómo, pero el hecho es que Dña. Lucilia me ayudó a reunir todo el dinero que me hacía falta. Ese día se lo agradecí mucho a ella, y siempre se lo agradeceré», declara llena de reconocimiento. Y concluye: «Cuando les conté este episodio a otras personas, me dijeron que no era una casualidad».

Ahora Carmen recurre, confiada, a su intercesora para resolver una cuestión familiar: «Sé que con su ayuda lo conseguiremos». Y deseosa de que otras personas se beneficien de ese maternal amparo, añade: «Sé que Dña. Lucilia, mi mamita, nos estará guiando a cada uno de nosotros y a todo aquel que anhela tener un corazón como el de ella, que es para nosotros un ejemplo».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

«Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia»

Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención…

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

La bondad de esta extremosa señora se manifestó también en Fátima Clara María Rodríguez de González Zúñiga, de Lima, la cual ya había sido favorecida por su intercesión en la curación de una toxoplasmosis ocular. Habiendo comprobado cómo Dña. Lucilia atiende a quien la busca, decidió pedirle ayuda con otro problema de salud.

Con inigualable solicitud, Dña. Lucilia atendió la petición que le fue hecha
Fátima Rodríguez con la biografía de Dña. Lucilia en sus manos

Así nos lo narra: «Hace unos años sufrí un accidente automovilístico y me llevaron a Urgencias. No me fracturé nada, pero quedé con el brazo derecho magullado». El dolor aumentaba a medida que pasaba el tiempo, especialmente durante el invierno o cuando sujetaba algo pesado; sólo podía levantar el brazo hasta cierta altura, sin contar con otras limitaciones motrices. Le diagnosticaron bursitis, acompañada de calcificación en el tendón subyacente. Se siguieron varias sesiones de fisioterapia, que aliviaban el dolor durante un tiempo, pero pronto volvía el mismo tormento. Hasta las mantas que le rozaban el brazo al acostarse eran un suplicio.

Un día por la mañana, mientras se quitaba el abrigo para empezar las tareas domésticas, hizo un movimiento brusco con el brazo y oyó un crujido en el hombro, seguido de un dolor tremendo. Con la otra mano intentó sujetar el brazo afectado y se dirigió a su habitación, donde esperó a que su esposo terminara de trabajar para almorzar y la llevara a Urgencias. Mientras tanto se confió a la divina voluntad del Señor y a la maternal intercesión de Dña. Lucilia.

Apenas había terminado de rezar cuando su perrito se le acerca deseoso de un poco de atención. Como sentía mucho dolor, quiso apartarlo y, en un acto reflejo, estiró el brazo derecho. Entonces se dio cuenta de que el dolor había desaparecido y que había recuperado el movimiento completo del miembro, una constatación acompañada de un gran consuelo sobrenatural.

Desde aquel día los constantes y agudos dolores que sufría no volvieron más. Y así termina Fátima su relato: «Me siento una hija predilecta de Dña. Lucilia. A veces basta con mirar su fotografía para sentir que me comprende, y entonces le comunico mis preocupaciones».

Y Fátima Rodríguez no es la única que tiene esta convicción. De hecho, todos los que acuden a Dña. Lucilia sienten los torrentes de amor y de bondad que de ella emanan, y adquieren la certeza de que jamás serán confundidos.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, marzo 2023)

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