El Ángel de la Guarda de Doña Lucilia

Un ángel lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad, es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal.

Para ver a Doña Lucilia con los ojos con los cuales yo la veía, tengo la impresión de que es necesario tomar mucho en consideración cierto punto fundamental de equilibrio que da propiamente la “fisionomía” del alma como esta es vista por Dios. Porque Él no ve el alma apenas en esa o en aquella actitud, sino en la propia fuente de todas las actitudes, en aquello que hay en el hombre de estable y que dicta la pluralidad de sus actitudes.

Firme en la dulzura y dulce en la firmeza

IMG_0172_20171001_LuciocraAlguien dirá: “Pero el hombre nunca es así, tan coherente. ¿Qué tienen de estable los hombres incoherentes? Parece que ellos no son estables.” Es lo contrario; ellos tienen una estabilidad intencionalmente quebrada, de donde todo el resto sale errado. Pero esta estabilidad, aun cuando sea en lo quebrado, en lo errado, existe.

Así, para formarse una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda correlato a cada persona, es necesario procurar a cada una en esa estabilidad. Más aún, cómo sería esa estabilidad si la persona fuese como debería ser. Ahí se tienen los elementos para una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda de alguien.

En esta perspectiva, me da la impresión de que el Ángel de la Guarda de ella debería ser visto como un Ángel con una especie de serenidad sobrenatural, que importa en una convicción formada: es la fe; en una actitud tomada: es el estilo de vida de ella; y en un pasado coherente con esa actitud hasta el último momento. Firme en la dulzura y dulce en la firmeza hasta el fin.

Ahí se puede tener una idea de cómo sería ese ángel: lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también, un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal, y de ahí no se sale.

Creo que, sabiendo compensar esas cosas y ponerlas bien en línea, se tiene una noción de cómo sería el Ángel de la Guarda de Doña Lucilia.

Todo el mundo habla, y con mucha razón, de la misión protectora que tiene cada ángel. Pero está muy realzada – porque es más fácil de imaginar y es auténtica, existe – la protección del ángel en lo que dice respecto al cuerpo. Sin embargo, no está debidamente resaltada la protección del ángel en lo referente al alma. Ahora bien, ese es el elemento principal. Nosotros estamos aquí en la Tierra para dar gloria a Dios, servirlo y amarlo, pero también para salvar nuestras almas, que es el medio de dar gloria a Él.

En esas condiciones, es bien evidente que el ángel desea para nosotros, más que todo, la perseverancia y la santificación. Y nosotros debemos ver, sobre todo, cómo el ángel habrá actuado con relación al alma de Doña Lucilia.

Un mero corusco transformado en luz

Conozco de un modo no satisfactorio el pasado remoto de su familia. Sé que un bisabuelo suyo era un portugués que luchó contra el ejército de Junot, general de Napoleón que invadió Portugal. Como Junot tomó Portugal, la casa del bisabuelo de mi madre en Porto fue destruida y mataron a su familia, y él se vino a Brasil, donde se casó con una señora de familia tradicional, que vino a ser mi tatarabuela.

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Doña Jesuína Ribero dos Santos, abuela paterna de Doña Lucilia

Sin embargo, tengo una idea muy vaga sobre el pasado de la familia en Portugal, no sé cuál es la mentalidad, el estado de espíritu y, sobre todo, lo que más importa: cuál era la posición religiosa de esos antepasados portugueses. Pero, a través de algunas cosas que ella contó, juzgo vislumbrar que había en su abuela paterna, y también en su padre, algo que le preparaba el camino a ella, haciendo presentir ese estilo de alma del cual acabo de hablar.

Con eso no estoy diciendo que su padre y su abuela correspondieron enteramente. Apenas digo que parecen haber recibido gracias en la misma dirección. Y eso tiene un alcance para considerar cómo su Ángel de la Guarda actuó en su alma, porque se ve que mi madre nació en un ambiente donde esa luz estaba presente, y ella participó de esa luz más que sus antecesores. Lo que era un corusco antes de ella, con ella tomó mucho más porte y dimensión. Dentro de ese ambiente familiar, ella estaba encantadísima con esa luz, haciendo de eso un camino hacia Dios.

En el Sagrado Corazón de Jesús, ella veía la plenitud inimaginable e indiscernible de todas las virtudes, entre las cuales esta que ella conocía por coruscos humanos, por fulguraciones así.

Creo que la gran prueba de su vida se desarrolló de la siguiente manera: tengo la impresión de que ella formaba una idea un tanto ingenua de que todas las personas eran, pensaban, sentían y se querían así, y que todas las familias, en sus casas, vivían de esa forma: los señores eran del estilo de su padre y las señoras como ella veía a su madre. Con eso, ella concebía el mundo como una especie de antesala del Cielo.

Sinsabores permitidos por la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron decepciones: este y aquel no eran así, ingratitudes hacia ella, en fin, toda especie de sinsabores.

Ella me contaba este caso característico: una señora rica, de buena familia, clienta de mi abuelo, estaba aislada en el mundo, no tenía quién la apoyase y de repente se enfermó. Mi abuelo necesitó tratar con ella sobre un negocio cualquiera, supo que ella estaba enferma y mandó que sus hijas la visitasen. Vieron, entonces, el abandono en que ella se encontraba, en una casa grande, rica, pero en medio de criadas que no tenían celo por ella. Mi abuelo, desde el principio decretó: “Ella va a vivir en nuestra casa durante el tiempo que quiera y mis hijas van a cuidarla.”

Mi madre estaba joven y esa señora, por lo tanto, era mucho mayor que ella. E inmediatamente se dispuso a ayudarla. Incluso quehaceres que podrían ser confiados a una criada, ella los hacía, por amabilidad. No obstante, comenzó a notar que cuando prestaba a esa señora toda clase de servicios, ella los recibía como si mi madre estuviese apenas cumpliendo la más elemental de las obligaciones. Por otro lado, al aparecer otra persona de la familia que casi no iba allá – porque pensaba en su propia vida y no quería tener esa paciencia –, la huésped sonreía muy complacida y decía: “Fulana, cómo has sido de buena conmigo. ¡Muchas gracias!”

La persona de la familia objeto de esa gratitud, miraba a mi madre y decía:

– No seas boba, Lucilia. Tú debes hacer como yo: manda a las criadas de la casa que la sirvan, y una vez cada dos o tres días apareces para hacer una corta visita y ella queda encantada.

Mi madre respondía:

– No, pobrecita, ella está enferma, sufriendo, y yo quiero prestarle todos los auxilios, pues papá así nos mandó.

– Mira, vas a ver como el día en que esa señora se sane y salga de casa, me va a agradecer el servicio que tú hiciste.

Dicho y hecho. En el momento de la despedida, la huésped agradeció efusivamente a la otra, y a mi madre apenas le dijo: “Lucilia, hasta luego.”

La criatura humana tiene torpezas de esas, pero en ese caso Nuestra Señora lo permitió para ir abriendo los ojos de mi madre con respecto a las cosas.

Le fue pedido desapegarse de todo

3p197bYo mismo presencié varias situaciones semejantes, por donde ella iba comprendiendo que, frente a su bondad, las personas, en su gran mayoría, quedarían indiferentes. Sin embargo, ella mantenía su posición por amor a algo infinitamente más alto, es decir, a Dios Nuestro Señor.

A lo largo de la vida, ella fue constatando que esa actitud de las personas no era solo una falla, sino, casi se podría decir lo contrario: que dentro del hombre la bondad constituye un lapso, o sea, de vez en cuando le sucede ser bueno. Pero si no fuere fiel a la gracia y por razones religiosas, el ser humano es estable y continuamente ruin. Por lo tanto, en esta vida, esas criaturas humanas terrenas que ella se preparaba para querer tanto no eran sino lo contrario de lo que ella esperaba, de las cuales apenas recibía decepción e ingratitud; y eso entre los más próximos…

Bien se comprende cómo eso iba madurando su alma para hacer el siguiente balance: “O mi vida fue vivida toda para Dios – y entonces la vida encuentra una explicación –, o si no hubiese sido vivida para Él, habría sido el error más grande que se pueda imaginar, porque pasé mi existencia dándome, dándome, dándome y recibiendo de los hombres esa retribución…”

Pequeñas circunstancias fortuitas llevaron a que, en determinado momento, incluso a mi respecto, ella tuviese algunas pruebas. Por ejemplo, yo percibía que ella tenía cierta dificultad en comprender la razón por la cual yo dedicaba tanto tiempo a nuestro Movimiento, dejándola sola. Lo que yo, en medio de mil cariños que siempre tuve con ella, hacía inexorablemente, por saber que era mi obligación.

En cierta ocasión, cuando nos encontramos fortuitamente en un corredor de nuestro apartamento, ella me dijo: “¡Hijo mío, yo solo te tengo a ti, pero a ti te tengo enteramente!” Se ve que después la Providencia comenzó a exigirle, hasta de eso, un cierto desapego: “No piense en nada más, ni en nadie. Piense solo en Dios.” Cuando, en sus últimos instantes, ella sintió la muerte llegar, hizo una gran Señal de la Cruz, juntó las manos y murió. Ese amplio ‘En el nombre del Padre’ tiene evidentemente el carácter de una gran aceptación, una gran resolución y una gran confirmación: “¡Es lo que yo quería y en eso creo!”

(Extraído de conferencia del 16/1/1981)

La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

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Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

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Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

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Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

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El” Quadrinho”

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)

“Mirad cómo Él está llorando por vosotros”

5011_M_fa921190aLa conformidad de doña Lucilia con el espíritu de la Iglesia la hacía eximia cumplidora de las prácticas religiosas. En aquellos tiempos, impregnados aún de la benéfica presencia de San Pío X en el Solio Pontificio, la liturgia enriquecía con todo su sacro esplendor las solemnidades religiosas conmemorativas de los principales misterios de la Fe. Los fieles se asociaban a tales celebraciones, ya por el ejercicio de las prácticas y devociones recomendadas por la Iglesia ya por la asistencia a los oficios divinos. Doña Lucilia, siempre que se lo permitía su frágil salud, comparecía a éstos piadosamente.
Sin embargo, no se limitaba a eso. En casa, procuraba crear el ambiente propio a las diferentes fiestas del calendario litúrgico. Tal era el caso, sobre todo, de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua.
Durante la Semana Santa, no sólo en las iglesias sino también en los hogares —como era tradición en todas las familias católicas— se cubrían con tejidos morados las imágenes y los crucifijos, se suspendían los entretenimientos de los niños, los mayores se abstenían del juego, la mayoría de las personas se vestía de luto, y todos hablaban a media voz en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Doña Lucilia congregaba a los pequeños a su alrededor y les explicaba, con mucha gravedad, cada paso de la Pasión, haciéndoles ver las funestas consecuencias del pecado. Con el objetivo de hacer que sus pequeños oyentes se compadeciesen de Nuestro Señor, les mostraba grabados piadosos y, en palabras accesibles a la comprensión infantil, les decía:
— Mirad cómo Él está llorando por vosotros. Está también llorando por los demás, porque sufrió por todos…
El Viernes Santo reunía a todos los parientes que vivían en su casa y, a las tres de la tarde, organizaba una vigilia de oraciones ante un crucifijo heredado de su recordado padre.
Doña Lucilia daba inicio al acto con la letanía al Sagrado Corazón de Jesús; seguía la letanía a la Virgen; después pedía por el alma de éste, de aquél, no había persona fallecida en la familia, por cuya alma se olvidase de rezar. Intercalaba las oraciones vocales con intervalos de oraciones en silencio, y todos permanecían en actitud de recogimiento. Nadie se atrevía a salir antes de terminar.
Tras las graves tristezas de la Semana Santa venían, a partir del mediodía del Sábado Santo, las triunfales alegrías de la Resurrección, que ella se encargaba también de transmitir a los niños. En varias esquinas de la ciudad se veía la tradicional quema de Judas, en la cual los niños vengaban la traición mil veces infame cometida contra Nuestro Señor Jesucristo.
Desde el sábado, doña Lucilia organizaba el paseo del día siguiente, donde no faltaban los manjares y golosinas tan del gusto de los niños y cuya preparación siempre dirigía.

Domingo de Pascua en el Parque Antárctica

Parque Antártica

Parque Antártica

Desde que salía el sol, el día se anunciaba como un inocente y feliz Domingo de Resurrección de los lejanos años de 1915 o 1916. La víspera, como todos los años, doña Lucilia llenaba una cesta de mimbre con huevos de Pascua, bebidas y bocadillos, dado que era costumbre en la familia llevar a los niños de pic-nic.
En determinado momento, se abría la puerta del palacete Ribeiro dos Santos y, bajo la vigilancia de las institutrices, salía un tropel de niños que, apiñados en taxis, iban en alegre algarabía por las calles de los Campos Elíseos, tan apacibles entonces. Junto a ellos, amparándolos con su diligente y tranquila presencia, iba doña Lucilia. En general escogía el Parque Antárctica para la fiesta al aire libre.
Llegados al lugar, daba libertad a los niños para que fuesen a jugar por las diferentes alamedas ajardinadas, cubiertas por la sombra de imponentes árboles. Mientras los pequeños se dispersaban, las institutrices, bajo la orientación de doña Lucilia, escondían entre la vegetación apetitosos sándwiches de sardinas portuguesas, lomo de cerdo, jamón y queso, con rodajas de huevos duros, además de los huevos de Pascua de chocolate o de azúcar cande, envueltos en papeles plateados. Estos últimos ofrecían la agradable sorpresa de contener bombones.

Cuando todo estaba listo, los niños acudían alegres a la voz de doña Lucilia, que los llamaba para que vinieran a descubrir aquellas delicias. Venían veloces. Plinio, nada entusiasta de carreras, se quedaba atrás, pensando consigo mismo: “Mamá me echará una mano”. Mientras los otros, con avidez, iban en busca de los tesoros culinarios escondidos, y las manifestaciones de alegría eran señal de haber sido encontrados los primeros manjares, él se acercaba a doña Lucilia, que complacida observaba toda aquella vivacidad infantil, y le preguntaba:

Parque Antártica

Parque Antártica

— Y entonces mi bien, ¿dónde están las cosas?
Cariñosamente ella respondía:
—Filhão (Se pronunciaría filión. Es el aumentativo de la palabra portuguesa filho, hijo, con la cual doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio de manera cariñosa), ¡hay que buscarlas!
Poco después volvía a insistir:
— Pero, no sé dónde pueden estar.
Entonces, mirando en la dirección en donde había algo escondido, sonreía diciendo:
—Filhão, mira a ver si encuentras alguna cosa por allí.
Confiante en que el consejo materno siempre indicaba el camino seguro, seguía el rumbo trazado por la mirada de doña Lucilia. Ella permanecía sentada observándolo. Si tardaba en encontrar las deseadas golosinas, se levantaba e iba hacia él que, siempre muy enfático, nuevamente le decía:
— ¡Mi bien! ¡No estoy encontrando los huevos! Dígame donde están, que no
los estoy encontrando…
— ¡Busca, busca! Mira un poco por ahí.
Al final, Plinio descubría algunas delicias, que, por supuesto, eran sus predilectas, escondidas especialmente para él… En seguida abrazaba y besaba a doña Lucilia como expresión de filial agradecimiento. Seguidamente ella le ordenaba con afecto:
— Vete a jugar, hijo mío.
* * *
señoradoñalucilia_009Con su placidez y serenidad, en medio de aquella inocente alegría, doña Lucilia enseñaba a los niños a buscar la verdadera felicidad sólo en aquellas formas de placer que conservasen y desarrollasen un bienestar sólido, tranquilo, agradable, y sonriente. No valía la pena sacrificarla por nada que trajese perturbación, aun cuando esto pudiese producirles una pseudo alegría.
Era incompatible con modos de ser febriles y agitados. Ayudaba a eso el equilibrio de su temperamento, siempre recto ante la fruición y verdadero símbolo del orden. Como consecuencia de eso, su alma era ávida de todo cuanto es bello y maravilloso, creando a su alrededor una aureola de sublimidad. Testigos de entonces no dudan en afirmar haber observado en más de una ocasión que, estando doña Lucilia en alguna sala, el ambiente era uno; cuando ella salía, cambiaba completamente. Por eso los niños de la familia buscaban tanto su compañía, y para no frustrar los anhelos de los pequeños, no ahorraba esfuerzos en la preparación de las fiestas infantiles.

“¡Queremos historias de tía Lucilia…!”

doña_lucilia_cTodos los jueves por la noche, la mayor parte de la familia se reunía en la residencia de doña Gabriela para una larga y ceremoniosa cena. Los niños comían en una dependencia secundaria y, naturalmente, acababan antes que sus padres y tíos. En ese momento, estando la casa llena de chiquillos, éstos llamaban a doña Lucilia:
— ¡Queremos historias de tía Lucilia, queremos historias de tía Lucilia!
Y ella, sin dejar de ser muy cariñosa, hacía valer el principio de que los mayores no deben ser interrumpidos por los jóvenes. Con lo cual, éstos no podían entrar en el comedor mientras los adultos no terminasen. Del lado de afuera, a través de la puerta entreabierta, los pequeños hacían carantoñas a doña Lucilia, para conseguir que fuese en seguida a estar con ellos. Ella no les respondía, y continuaba comiendo tranquilamente. Cuando acababa, decía muy complacida:
— Vamos al escritorio y os cuento alguna historia.
El aposento quedaba apiñado de niños, todos contentísimos…

Los maravillosos cuentos de hadas

Mientras los adultos proseguían en el comedor su conversación sobre asuntos de actualidad, doña Lucilia se recostaba en un diván del escritorio de su esposo y los pequeños literalmente se trepaban a su alrededor, incluso hasta por detrás de su cabeza.
Para doña Lucilia, preservar la inocencia de los niños no era sinónimo de mantenerlos indefinidamente en la infantilidad. Al contrario, procuraba hacer que dicha preservación les ayudara a madurar su espíritu, y con esa intención modelaba los cuentos de hadas, lo que constituía una de las principales atracciones de sus historias.

cap6_019La inocencia conduce al alma infantil a ver todo en proporciones fabulosas.
Los cuentos maravillosos son indispensables para refinar el sentido artístico, elevar el espíritu, aguzar la perspicacia y estimular sanamente la imaginación. Doña Lucilia sabía contarlos con notable tacto y buen gusto, evitando que los niños se colocaran como participantes de la trama, pero llevándolos, en cambio, a deleitarse con la felicidad ajena y a encantarse con la perfección en todos sus aspectos: moral, cultural y artística. De esa forma, al sentir el choque con la vulgaridad de la vida, entenderían que no debían olvidarse de los hermosos ejemplos de las historias de su infancia.

El Gato con Botas, el Marqués de Carabás y la Cenicienta

El fino sentido psicológico de doña Lucilia le proporcionaba un conveniente conocimiento de sus hijos y sobrinos. Tras discernir lo que más falta les hacía, lo incluía con tino en la literatura. A fuerza de quererlos, acababa ajustando los cuentos a sus mentalidades y a sus deseos. Así, por ejemplo, en el cuento del Gato con Botas, destacaba que el Marqués
de Carabás se había convertido en propietario de un inmenso y soberbio castillo. El bello carruaje que había adquirido, ornado con plumas multicolores, conducido por postillones impecablemente vestidos con la librea propia de su casa y tirado por fogosos corceles, atravesaba extensos y dorados trigales, mientras el sol, al pasar por sus abombados cristales, producía bellos reflejos. A medida que avanzaba el carruaje, una suave brisa hacía que los trigales se doblaran levemente, dando la impresión de que se inclinaban como cortesanos que querían reverenciar al marqués, su señor, al verlo pasar.
Doña Lucilia descubría a sus jóvenes oyentes la belleza de la caridad, al contarles que el marqués de Carabás llevaba consigo una bella bolsa repleta de monedas de oro para distribuirlas, con magnanimidad, entre los campesinos que respetuosamente lo saludaran por el camino. Después explicaba cómo éstos agradecían con veneración la dádiva del marqués.gato
Para Plinio, insaciable en su deseo de conocer la forma de ser, las costumbres e incluso los objetos de uso personal del noble marqués, doña Lucilia no dejaba de añadir un nuevo detalle cada vez que narraba la historia. Así, si su hijo le preguntaba.
— Mamá, ¿la bolsa del marqués tenía flecos?
— Si, filhão, los hilos eran muy finos y muy bonitos…
— Pero, mamá, ¿alguna piedra adornaba la bolsa?
— Claro que sí, hijo mío. El cierre tenía un bello topacio dorado, que contrastaba con el cuero oscuro de la bolsa.
Otra noche salía a relucir el cuento de la Cenicienta, muchacha huérfana de madre cuya madrastra era una malvada. Doña Lucilia describía los defectos morales de esa arpía, que frecuentemente golpeaba a la hijastra por envidia de sus dotes. Y estimulaba en los niños la pena por la infeliz muchachita que había perdido a su buena madre. A lo largo del cuento narraba, con abundancia de pormenores, la escena en que los servidores del príncipe le probaban a Cenicienta el zapato de cristal, mientras la envidiosa madrastra quería impedirlo… Delineaba el cuadro de una joven glorificada, después de salir de una profunda humillación.
De esta forma, doña Lucilia ayudaba a los niños a comprender las vueltas que da la vida.
Tal era el atractivo de esos cuentos que a veces un cuñado de doña Lucilia iba al escritorio y, fingiendo leer el periódico, escuchaba embelesado aquellas maravillosas narraciones que, seguramente, le causaban saudades de su lejana infancia.

Echo de menos las reprimendas de mamá

Echo de menos las reprimendas de mamá

Echo de menos las reprimendas de mamá

Siempre que la fräulein u otra persona se daba cuenta de alguna travesura practicada por los niños, doña Lucilia mandaba a un criado que llamara al infractor.
Éste, localizado sin tardanza por el empleado, recibía el aviso. La conciencia pesada por la falta cometida ya le hacía entrever el motivo de la convocatoria, asaltándole en seguida un estremecimiento de congoja por no encontrar ningún atenuante para el acto practicado.
Doña Lucilia, intransigente en exigir el cumplimiento del deber, sabía, sin embargo, templar esa noble virtud con una dulzura de alma que llevaba a sus hijos a aceptar con amor las obligaciones que les imponía.
Como sufría mucho del hígado y necesitaba bastante reposo pasaba buena parte del tiempo en su cuarto, en un diván, con las venecianas entrecerradas, lo que le daba al ambiente un recogimiento muy afín con su alma. Era ahí donde el niño la encontraba. Introducido en esa corte de justicia, al mismo tiempo grave y dulce, se sentía conquistado por la bienquerencia de doña Lucilia, disipándosele todas las anteriores turbaciones al contemplar la fisonomía pensativa de su madre. Doña Lucilia lo reconvenía, dejando traslucir en la voz una mezcla de tristeza, gravedad y afecto.
Cuando su hijo se aproximaba temeroso del merecido castigo, del cual, con certeza, no escaparía, era tomado en seguida por el encanto del trato materno. Frecuentemente le pasaba el brazo alrededor de la cintura, lo miraba fijamente al fondo de los ojos, incentivando de modo irresistible al pequeño y querido reo a confesar su culpa, y le preguntaba:
— ¿Has hecho eso?
— Sí señora… lo hice.
— ¿No te dije que no deberías hacerlo?
— Sí señora, me lo dijo.
A cada pregunta quedaba el niño más tímido, agobiado por el disgusto de haber contrariado a tan bondadosa madre.
— Dime, ¿cómo has podido hacerlo?
— Tenía ganas de… — intentaba explicarse, convencido de que no atenuaría su culpa.
Doña Lucilia enumeraba en seguida los agravantes del delito, dejando, sin embargo, entrever una salida ingeniosa para el caso:
— Pero no tenías derecho a hacer eso, ¿no habría sido mejor haber buscado a tu madre y decirle: “Mamá, he desobedecido, perdón”? Yo te daría una bendición y, después de un beso, estaría todo solucionado.
Cuando se daba cuenta de que sus palabras habían vencido cualquier resistencia, induciendo a su hijo a un proporcionado arrepentimiento, concluía:
— Está bien. ¿Me prometes que no lo harás más?
Él, entonces, respondía “sí”, ya enteramente persuadido.
Llegaba la hora de la misericordia. Doña Lucilia cambiaba de actitud.
— Está bien. ¿Le pides perdón a mamá?
Formulada la petición, ella pasaba de la reprensión severa, nunca irritada, a un afecto desbordante. Entraba tanta armonía y entendimiento recíproco, que Plinio siempre salía inundado de admiración y de contento, de tal manera que, muchos años después de su muerte, afirmaría: “Aún tengo saudades de los regaños de mamá”.
En sus últimos años de vida, al serle recordada por un amigo esa afirmación, exclamó: “Las tengo de veras”.

Los “bolos” con el cepillo de plata

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Los “bolos” con el cepillo de plata

A veces era necesario un castigo mayor. En el caso del niño, la reprimenda se hacía con el auxilio de un cepillo de plata de cerdas duras. Al reprenderle decía doña Lucilia:
— Hijo mío, has actuado mal por causa de …
La explicación era dada con seriedad y dulzura.
— ¿Has entendido?
— Sí señora, lo he entendido.
— ¡Extiende la mano!
Cogía el cepillo y le golpeaba repetidas veces. Esta operación era denominada “bolo”:— ¡Vas a recibir tantos “bolos” (“Bolo” en portugués significa pastel, torta) por lo que has hecho!Lo que el niño más temía no eran los golpes en la mano, sino la severa mirada de su madre mientras le castigaba y censuraba diciendo.
— Esto está muy mal hecho.
A veces interrumpía un momento el castigo.
— Dándote “bolos” tu madre está sufriendo más que tú; pero sufro por ti y tú mereces sufrir. — Y continuaba. Terminados los palmetazos, le decía:
— Ahora, pídele perdón a tu madre.
— Mamá, ¿me perdona?
— ¡Te perdono!
Había llegado el momento que ella más ansiaba, acabando por abrazar y besar tiernamente a su hijo.
De tal modo traslucía en su proceder el amor materno que, incluso en las circunstancias en las que sobresalía la inflexibilidad, era imposible que sus hijos no salieran encantados con ella, casi que teniendo ganas de pedirle otro castigo.
Hasta el fin de su vida, el Dr. Plinio guardó, con cariñosa veneración, el instrumento de justicia de su madre: el cepillo de plata.
En el armonioso conjunto de sus virtudes, doña Lucilia pasaba de un extremo a otro sin la menor dificultad. Bastaba que uno de sus hijos enfermase para que brillara de modo especial su benignidad, que redundaba en cuidados y desvelos inimaginable.

Visita a un gran hombre de Estado del Imperio

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Doña Lucilia, por pertenecer a preclaras estirpes —así como don João Paulo— siempre que se presentaba una oportunidad adecuada, llamaba la atención de sus hijos para el deber de seguir los ejemplos de sus mayores, algunos de los cuales se habían destacado por los relevantes servicios prestados al país. Lo hacía con su amenidad habitual, contándoles innumerables historias de familia que constituían el encanto de los niños y hacían cortas las largas veladas de entonces.
Uno de los más célebres entre estos era el Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, tío de su esposo, cuyas cualidades de gran estadista de la Monarquía lo elevaron a los más altos cargos del Estado. Habiéndosele presentado a doña Lucilia la ocasión de ir con sus hijos a Río de Janeiro, donde vivía el Consejero, ya de edad avanzada, no quiso que perdiesen la oportunidad de estar con él personalmente. Tal encuentro —juzgaba ella—
perduraría en el recuerdo de los niños para toda la vida, constituyendo un estímulo para seguir la ilustre vía del tío abuelo que habían conocido durante la infancia.
La visita transcurrió con gran cordialidad y causó una profunda impresión en la mente de los pequeños. Poco después, Plinio, por ocasión del 82º cumpleaños de su tío abuelo, le envió un saludo por escrito. En respuesta, con la gentileza de los viejos tiempos, el hombre de Estado escribió en una tarjeta estas palabras:
Río, 15 de marzo de 1918
Querido Plinio,
Recibí y guardo como precioso regalo de cumpleaños las bien trazadas
líneas de tu caligrafía y efusiva redacción, expresándome un dulce
afecto que me tocó el corazón de octogenario.
¡Muy bien! Hago votos para que dé muchos frutos la flor de esperanzas
que se manifiesta en ti. ¡Fe y trabajo! Tienes en tu familia materna
un gran modelo a imitar: don Gabriel Rodrigues dos Santos (D. Gabriel Rodrigues dos Santos, abuelo de doña Lucilia.). Su sangre es prometedora, y Dios bendecirá tu esfuerzo para que la promesa arraigue en hechos ilustres. De tu tío abuelo muy amigo
João Alfredo
No fueron vanos los anhelos que aquel niño suscitó en el atardecer de la vida del ilustre consejero…
Encuentros así, revestidos de las formalidades exigidas por la vida social de entonces —restos preciosos de los esplendores de antaño— eran muy frecuentes.
Hacían parte de la existencia diaria entre las personas de buena familia, que el parentesco, las uniones matrimoniales y los negocios terminaban por relacionar entre sí.

Educando para la vida social

Las señoras reservaban las tardes de algunos días de la semana para hacer visitas.
Éstas obedecían siempre a un pequeño ceremonial, religiosamente respetado hasta que la informalidad populachera, traída por el cine de Hollywood, devastase ampliamente las buenas maneras.
Como tradicional dama paulista, doña Lucilia sabía conjugar, a la perfección, la indispensable rigidez de las reglas de cortesía con la amenidad de una conversación agradable y de un trato impregnado de afecto. No siempre era fácil, pues las relaciones sociales a veces imponían la tarea de recibir a personas con las cuales se podía no simpatizar, sin exteriorizar ningún desagrado o impaciencia. En esta escuela eran educados los niños por la fräulein Matilde, de acuerdo con los padrones de la cortesía europea, bajo la benévola mirada de doña Lucilia.

Muy meticulosa en los trajes

pliniopqequñoTal vez nos sea difícil evaluar hoy en día la importancia dada por las personas de aquella época al modo de vestir. Por ser una sociedad jerarquizada, era normal, e incluso obligatorio, que todos se presentaran condignamente, según su categoría social.
Siempre eximia en todo, doña Lucilia se amoldaba a ese deber con amor, tanto en lo que respecta a sí como a sus hijos. Tenía una noción clara de cómo este proceder ayudaría a crear a su alrededor un ambiente que invitase a la elevación de espíritu y al rechazo de la vulgaridad.
Además, el “age quod agis” ( Haz bien lo que haces) —la regla de todas las obras de doña Lucilia— estaba presente en sus pensamientos, palabras y actos, no con ansiedad sino con suave y decidido empeño. Es bajo este prisma que se entiende su cuidado en el
bien vestir, a fin de respetar los reflejos de Dios presentes en la dignidad humana, pues aquello que San Pablo afirma del apóstol se aplica a todas las personas:
“Estamos hechos para servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres”(I Cor. 4,9).
“Asistí muchas veces al final de su toilette”, contaba el Dr. Plinio algunos años después del fallecimiento de su querida madre. “Recuerdo verla ya lista, sentada delante de la peinadora. En cierto momento, se levantaba y se arreglaba un poco.
Se colocaba delante de un espejo mayor y se miraba detenidamente, con mucho detalle, pero sin presunción. Sin dejar de prestar atención en lo que hacía, mantenía sus pensamientos en altos pináculos. La miraba y pensaba: ¡Qué perfección!” En aquel tiempo en que los buenos trajes nunca se vendían ya hechos, vestir bien constituía, a su manera, un arte que exigía no poco esmero. Doña Lucilia, imaginativa y con muy buen gusto, escogía los tejidos y diseñaba sus propios vestidos, bien como los de Rosée, inspirándose en modelos franceses. Después llamaba a una costurera para hacer las pruebas, lo que no dejaba de ser un pequeño acontecimiento en la rutina doméstica.

Llegada a São Paulo

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Un radiante y cálido sol acogió a doña Lucilia y a sus hijos a su llegada al puerto de Santos, donde les esperaba don João Paulo, el 17 de abril de 1913. Ella había anticipado su regreso, dejando en Europa a doña Gabriela y a otros familiares. Finalizaba de esta forma, al pisar tierras brasileñas, un importante capítulo de su vida. Mientras el tren que la llevaba a São Paulo subía con lentitud la Serra do Mar, doña Lucilia contemplaba de nuevo aquellas elevaciones recubiertas de una exuberante vegetación tropical, salpicada aquí y allá de los vistosos y por ella tan apreciados manacás, intensamente floridos. Al llegar a la Estación de la Luz, en la capital paulista, ya estaban allí algunos criados para darles la bienvenida, recoger el equipaje y prestarles pequeños servicios. Eran los más antiguos de la casa, a quienes las saudades por tan larga ausencia proporcionaban ahora una mayor alegría por la vuelta de aquellos que tanto respetaban. Evidentemente, los tiempos eran otros. El espíritu patriarcal y familiar aún impregnaba de una profunda bienquerencia las relaciones entre las clases sociales, haciendo que los reencuentros entre patronos y empleados, tras separaciones prolongadas, se revistiesen de la dulzura de verdaderos acontecimientos de familia.
Después de un corto trayecto hasta la Alameda Barón de Limeira, Doña Lucilia llega al palacete Ribeiro dos Santos, y en pocos segundos está ante la escalinata de mármol de la entrada principal. Los miembros más jóvenes de la servidumbre salen a la calle para recibir a los recién llegados, y Doña Lucilia los acoge con palabras de bondad.
Tras intercambiar los primeros saludos, sube los escalones y penetra en la atmósfera noble y recogida del santuario familiar. ¡Cuántos recuerdos le vienen al espíritu en ese momento! Comienza a recorrer, despacio, aquellos ambientes tan adecuados a su gusto: la sala de visitas, el salón… Sin embargo, su mirada se vuelve interrogativa al notar, en una y otra sala, que las lámparas ya no eran las mismas ni hacían juego con el ambiente. ¿Qué había ocurrido?

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                                                                             Estación de la Luz

Las lámparas de bronce

En efecto, durante el viaje de la familia a Europa había sido contratado un ingeniero para hacer algunas reformas en la casa. Doña Lucilia acababa de comprobar que, lamentablemente, el cambio de las lámparas no era de lo más acertado.
Sin ningún sobresalto ni impaciencia indagó entre varios criados el destino de las antiguas lámparas de bronce, hasta que uno de ellos le contó que habían sido vendidas a un pequeño comerciante del barrio.
Tras un merecido y necesario descanso después del largo viaje, doña Lucilia trató de reparar el error cometido por el ingeniero. Sin embargo, tras recorrer algunas de las mejores tiendas de la ciudad, concluyó que era imposible conseguir lámparas iguales o mejores que las anteriores. Por eso, decidió ir a hablar con el comprador de las antiguas.
Encontró al modesto comerciante sentado a la puerta de su casa, limpiando afanadamente las hermosas piezas de cristal y el armazón de bronce dorado que constituían el encanto de aquellos objetos, ya desmontados.
Al ver aproximarse a una distinguida señora se levantó en seguida, quitándose el sombrero en señal de respeto. Doña Lucilia lo saludó amablemente y le explicó lo ocurrido, haciéndole notar la dificultad en que se encontraba, y manifestó el deseo de readquirir las lámparas. Le preguntó cuánto pediría por ellas, y el hombre, a pesar de su simplicidad, gentilmente respondió:
— ¿Pero cómo, señora mía? ¡Nada! Le pido que me conceda el placer de servirla.
Doña Lucilia no sería ella misma si no se negase:
— No, eso no. Usted ha invertido dinero en ellas, ha gastado material de limpieza, ha perdido el tiempo y dedicado su trabajo en abrillantarlas. Al comprárselas, me estoy beneficiando; es natural que le pague incluso algo más.
Teniendo ante sí a tan noble dama, el comerciante se sentía movido a actos de caballerosidad:
— Es verdad, pero el placer de servirle a usted es más valioso para mí que la propia ganancia. Hágame el favor de quedarse con las lámparas.
— En ese caso, perdóneme, pero no puedo quedármelas. Usted me deja en una situación muy difícil, porque en São Paulo no hay otras iguales.
Él continuó insistiendo y no aceptó ni propina. Días después, las lámparas estaban de nuevo en casa de los Ribeiro dos Santos, perfectas e instaladas otra vez.
El noble comportamiento de este simple comerciante, más propio a figurar en las páginas de una historia del Ancien Régime, nos deja entrever de qué manera doña Lucilia estimulaba en las almas la práctica de la virtud tan sólo con una dulce y elevada acción de presencia.

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                                                       Palacete Ribeiro dos Santos

Últimos momentos en París

Una institutriz para sus hijos

Fraulein Mathilde Heldmann

        Fraulein Mathilde Heldmann

Poco antes de abandonar París, doña Lucilia pasó por un drama. No fue pequeña su aflicción al darse cuenta, en determinado momento, de que la institutriz alemana de los niños, fräulein Mina, había sido alcanzada por una terrible enfermedad: la tuberculosis. Incurable en aquella época, llevaba en poco tiempo a la sepultura a buena parte de sus víctimas. Es posible imaginar la aprensión de doña Lucilia hasta cerciorarse de que los niños no habían sido infectados por el mortal bacilo. ¿Qué hacer? Dado el alto grado de contagio de la enfermedad, no había otra solución: la institutriz tendría que dejar sus funciones inmediatamente.
Al despedirse, fue objeto de inigualables manifestaciones de bienquerencia por parte de doña Lucilia, en reconocimiento por los servicios prestados.
¿Quién podría, en adelante, ayudar a esta tierna y celosa madre en la formación de sus hijos? Problema aún más preocupante a respecto de Rosée, pues, según los hábitos de la época, las niñas no estudiaban en colegio sino en casa, protegidas por el recato familiar.
Por otro lado, doña Lucilia tenía el propósito de dar a Rosée y a Plinio una educación eximia. Así, pensaba: “Quiero proporcionarles todo lo que pueda. Estando a mi alcance aprimorar su inteligencia, es indispensable encontrar una institutriz de primera calidad porque ninguna universidad les será mas benéfica que una educadora con experiencia. Lo que aprendan durante la infancia les va a valer más que todo lo que puedan lograr siendo adultos”.
Sin pérdida de tiempo colocó un anuncio en los periódicos. Habiéndose presentado algunas candidatas, seleccionó con minuciosidad la que le parecía más competente. Su preferencia recayó sobre otra alemana, fräulein Matilde Heldmann, que ya había ejercido la profesión en varias casas de la nobleza y de la alta burguesía europeas. A pesar de que los honorarios que exigía eran poco accesibles, doña Lucilia decidió hacer un sacrificio contratándola.
Fräulein Matilde se revelará tan excelente profesora y educadora que será considerada una de las mejores institutrices de São Paulo en su tiempo.

Una paciencia que nunca se agotó

“A la querida tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito”.

Cuando preparaba las maletas, el último día de su estancia en París, doña Lucilia se sorprendió al encontrar una caja de cartulina. Al abrirla, vio que contenía un fino vestido a su medida. ¡Que extraño! ¿Cómo podía ser eso si ella no había hecho ningún encargo? Buscó un poco en la caja y encontró una tarjeta de Tito, con las palabras transcritas. Evidentemente la letra no era del niño, sino de su madre, la cual manifestaba, de manera tan delicada, su reconocimiento a la inagotable paciencia de doña Lucilia con el desdichado sobrino, no solo durante la peor fase de su enfermedad, sino entre los esplendores de París. El regalo no haría crecer en nada la bondad de doña Lucilia en relación al pobre Tito, pues más era imposible…

Llorando por dejar Francia…

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Sainte Chapelle

Doña Lucilia, sus hijos y la institutriz preparan la partida. Grandes maletas, algunos baúles, cajas, todo se apila ordenadamente en la Gare de Lyon, a la espera de embarcar en el tren que los llevará hasta Génova.
Son los últimos momentos de su permanencia en la Ciudad de la Luz. Tras despedirse de los familiares, suben a los vagones, mientras alguien se ocupa de que los cargadores metan todo el equipaje. A la hora marcada, un silbato y el tren parte… Estando los niños en manos de la institutriz, doña Lucilia, recostada junto a la ventana, contempla París que pasa y tal vez nunca más vuelva. Meditativa como siempre, comienza a pensar en todo lo que había visto en Francia, mientras algunas lágrimas le corren por las mejillas.
Poseía una acentuada propensión para discernir en el espíritu de los pueblos los aspectos más sutiles y finos, los que despiertan una afectividad penetrante y delicada; afectividad que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse por el prójimo, de ayudarle y favorecerle. En su horizonte, los franceses poseían y representaban, por excelencia, esa delicadeza de sentimientos. Lo mejor de un pueblo, para doña Lucilia, radicaba en esos lados de alma más preciosos y tiernos y, por eso mismo, más expuestos a recibir los golpes de la dureza y crueldad humanas.
Notaba cómo esas cualidades eran realzadas por la cultura francesa, que hacía sobresalir la suavidad en la convivencia social, creando un elevado tipo humano y un trato perfecto. En éste, brillaba en particular el sentido de la medida, la cordialidad, la amenidad y el encanto.

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Notre Dame

Tales características eran la expresión de algo que debería florecer en el alma de todos los pueblos, pero que al final de cuentas, en el doux pays, para bien de la Civilización Cristiana, había florecido enteramente. Admirar Francia, dejarse embeber y modelar por ella, era un deber de todos los hombres, según la concepción de doña Lucilia. El tren acelera. A lo lejos, la aguja de la Torre Eiffel queda como único punto de referencia. Junto a ésta corre el Sena. La imaginación de doña Lucilia vuela hasta la otra margen, donde están la Place de l’Etoile, la Av. de Friedland, el Rond Point, l’Opéra, el Louvre, el Sacré-Coeur de Montmartre, la Sainte Chapelle, Notre Dame… “¡Ah! ¡Todo ese conjunto magnífico quedó atrás!” piensa ella pesarosa.
La familia está a camino de Roma, con la esperanza de un encuentro con el Papa, punto de honra de todo católico. En la época era, ni más ni menos, el gran San Pío X. La perspectiva de recibir la bendición de un Pontífice que, ya en vida, tenía fama de santidad, suavizaba un poco los dolores de doña Lucilia por tener que abandonar su ciudad preferida.
Si embargo, ¡oh, tristeza! llegando a Génova no fue posible continuar el viaje, porque se había propagado una epidemia en la Ciudad Eterna. Fueron obligados, en aquel puerto italiano, a coger un barco y regresar a Brasil.

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Sacré-Coeur de Montmartre

Cuadro y Fotografías para el Recuerdo

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Bondad con los necesitados, admiración, respeto y veneración para con los superiores. Aquel artístico y fino París de comienzos de siglo, ofreció a doña Lucilia una excelente oportunidad para manifestar su intenso amor por doña Gabriela. Después de buscar un poco, encontró un artista que, con precisión y talento, se dispuso a pintar a su madre: el notable retratista Léon Comerre.
Doña Gabriela intentó disuadir a su cariñosa hija, pero todo fue en vano, ni siquiera los argumentos financieros pudieron moverla de su posición. Doña Lucilia, en tono de súplica, le pidió que aceptase el homenaje de ese ofrecimiento. Gesto que dejó para la posteridad los imponentes trazos de su venerada madre.
Quería dejar a sus hijos el cuadro como herencia pues, según afirmaba, valía más que un blasón de familia.
En esa ocasión, un pequeño hecho puso en evidencia el perfil moral de aquella dama paulista. Cuando la obra de arte estaba casi concluida, el pintor le enseñó a doña Gabriela un álbum que contenía fotos y diseños de diferentes joyas de gran valor. Le preguntó cuáles debería reproducir en el cuadro para realzar la belleza de su noble figura. Sorprendida, respondió que debería ser retratada exactamente como estaba, sin aquellas joyas y ornatos, que en realidad no poseía.

Fotografías en traje de gala

Además de los episodios que venimos narrando, hay algo más que nos dará, con indiscutible autenticidad, una noción bastante aproximada de las reacciones psicológicas de doña Lucilia en medio de las bellezas y los encantos de París. A comienzos del siglo XX, el arte de la fotografía ya estaba bastante desarrollado, aunque no hubiese alcanzado las perfecciones de nuestros días. Eran los buenos tiempos de las fotos en pose, estudiadas, planeadas, muy demoradas. No raras veces se igualaban a una pintura o la excedían en la representación de la realidad. Creemos que las fotos de doña Lucilia, sacadas en ese período, ilustran bien lo que sobre ella hemos dicho.
Deseando guardar unos recuerdos que, por cierto, atravesarían las décadas, reservó un día para ir con doña Gabriela, don João Paulo y sus hijos a un buen fotógrafo.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

En la fotografía los niños aparecen vestidos con el esmero y el cariño tan propios de doña Lucilia; ambos de blanco, color de su preferencia. En la mirada de Rosée se nota ya el brillo de la inteligencia y la vivacidad. En Plinio se esboza de forma definida el espíritu contemplativo y reluce la inocencia.

Sentada en el banco de un jardín

En cuanto a doña Lucilia, el hábil fotógrafo supo interpretar su psicología, procurando dejarla al natural. El vestido de gala que usa es distinguido y de alta calidad, pero sin ostentación. No lo copió de ningún catálogo ni fue propuesto por ninguna costurera. Sus trajes eran planeados por ella misma en todos sus pormenores, tras observar diversos modelos. Pensaba meticulosamente en todo, en la combinación de colores, en las formas y, mientras no contrariasen a la moral, se adaptaba a las circunstancias y a la moda del momento.doña lucilia en banca

Era común que los fotógrafos tuvieran en sus estudios objetos decorativos para montar un escenario de acuerdo con el gusto de los clientes. El fondo de cuadro que aparece detrás de doña Lucilia corresponde a una mezcla de tempestad y de luz clara, representando una escena imaginaria al aire libre.
Probablemente el fotógrafo quiso establecer un contraste entre el aire de ceremonia de doña Lucilia y el ambiente de jardín. Bien podría ser la situación de una dama que, ya arreglada, está esperando el momento de salir para una fiesta; como no quiere arrugar su vestido en el confortable sofá de la sala de visitas y, al mismo tiempo, quiere disfrutar del aire fresco de una atmósfera pura y cristalina, como la de París al inicio de la primavera, se sienta en un banco del jardín. Su actitud denota distinción, categoría y delicadeza de alma.
El gesto de la mano con el abanico trasluce nobleza; la posición de la otra mano, sobre la que apoya la cabeza, sugiere elevación de espíritu y el hábito de meditar que tanto la caracterizaban. Las cejas, espesas, bastante oscuras y definidas, expresan la precisión y la fuerza de su personalidad. El arco que forman simboliza tal vez su firmeza de carácter,
nada concesivo al mal.

capV090 En su modo de ser se destacan algunos aspectos: calma, bondad, suave tristeza, resignación y mucha energía de alma para ser fiel a las vías de la Providencia. La mirada, además de seria, es firme, reflexiva y analítica. Con frecuencia analizaba a las almas bajo el prisma de la obligación de ser buenas unas con las otras. Sus ojos miran a fondo: parecen considerar la creciente desilusión que la humanidad y la vida le venían causando. También se unen en su figura gravedad y suavidad, virtudes muy difíciles de conjugar.

De pie, en una escalera

doña lucilia traje de galaLo artificial es el subterfugio de aquellos que no poseen cualidades. No pasó por la mente de doña Lucilia el deseo de representar lo que no era. Siempre muy digna, compuesta y virtuosa, no tenía necesidad de echar mano de algunos medios que maquillasen los aspectos menos agradables de su personalidad. Ella era admirable en todo. Aunque un fotógrafo le sugiriese actitudes inauténticas, es decir, que no estuvieran en su modo de ser, no encontraría consonancia de su parte. Es lo que se nota en esa fotografía. El aire noble y natural con que se presenta muestra bien el alto grado de virtud alcanzado por ella en la calma y en la serenidad. En su mirada no se percibe la menor preocupación por el fotógrafo, y sí por asuntos más elevados. Así mismo, no es su intención impresionar a quien en el futuro vea la fotografía.
No hay nada de autoritario en su actitud, sino la dulzura y afabilidad características de quien se habituó a ser siempre obedecida con afecto y sin resistencia. Se diría que el objetivo la sorprendió en el momento de bajar con entera naturalidad el peldaño de una escalera. El tul —concebido por ella como adorno— parece en sus manos más diáfano que una nube, y toma un aire de levedad y distinción que es casi de cuentos de hadas, realzando sus expresivos gestos. Si embargo, nada suplanta la luminosa bondad reflejada en su semblante y, sobre todo, en su mirada.

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Por el Rin, hasta Colonia

Valle del Rin

                                                                  Valle del Rin

Ya recuperada, doña Lucilia concluyó la temporada en Wiesbaden y, con la familia, partió en una excelente embarcación por el legendario y hermoso Rin, rumbo a Colonia. Sin los males de los que fue víctima por ocasión de su travesía oceánica, pudo ahora apreciar en toda su belleza el paisaje renano.

Durante los recorridos, ora desde el interior del barco, ora al aire libre, iba comentando con sus hijos todo cuanto de interesante se veía en las orillas: castillos propios de un cuento de hadas, imponentes e inexpugnables fortalezas, venerables monasterios, pequeñas y graciosas capillas, lugares con aires pintorescamente medievales. De vez en cuando, sobre un afluente del gran río, se divisaba, todavía firme y fuerte, algún puente de piedra sobre arcos que databa del Imperio Romano…

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Por las campiñas, entrecortadas por viñedos y otras plantaciones cultivadas con esmero, se apreciaba un ganado cebado y bien cuidado.
Transcurrido algún tiempo de viaje, la familia decidió hacer una pausa y hospedarse en un agradable hotel, situado sobre una colina, cerca del río. Todos comentaban —ya con saudades, pues se aproximaba el fin de su estadía en Alemania— los deliciosos platos de la cocina del país, y, sobre todo, el mundialmente famoso vino blanco del Rin. Deseaban, allí mismo, saborear esta exquisita bebida, de la cual se hacían los mayores elogios. Eso no hizo sino aguzar la curiosidad de los niños que ya se imaginaban partícipes de la apetecible degustación. Una vez instalados en sus respectivos cuartos, bajaron al restaurante, pues era la hora de la cena. Plinio, nada más entrar, comenzó a analizar la mesa reservada  para su familia. Quedó extrañado al ver que, en uno de los lugares, había solamente una copa para agua y le preguntó a uno de sus parientes cuál era la causa de esa diferencia. La respuesta no se hizo esperar y lo dejó perplejo:
— ¡Este es tu lugar y los niños no toman vino!
Durante la cena, Plinio manifestó su deseo de probar la extraordinaria bebida. Pero las reglas eran implacables… Permaneció callado sin conformarse con la “injusta” medida.
Terminada la cena todos se levantaron y manteniendo una animada conversación pasaron a una sala contigua. Plinio se quedó un poco rezagado, junto a las mesas. Era la oportunidad de probar el generoso fruto de la vid. Sin pérdida de tiempo, bebió el vino sobrante en una copa. El efecto fue casi inmediato. Al ver a su familia en una animada conversación, arrastró una silla hasta la rueda y dijo que quería hacer un discurso… Con locuacidad y alegría inusitadas, comenzó a tejer observaciones psicológicas —consideradas no oportunas— sobre los presentes.

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Doña Lucilia no tardó en intuir lo ocurrido. Dirigiéndose a Plinio, le preguntó:
— Hijo mío, ¿no te habrás bebido el vino que ha sobrado?
Él respondió con toda inocencia:
— Me lo bebí, sí señora.
Doña Lucilia se quedó un poco preocupada, con recelo del efecto que una cantidad excesiva de alcohol pudiese producir en un niño tan pequeño, por lo que insistió:
— Pero hijo mío, ¿te lo has bebido todo?
— Sí, me lo bebí. Y estaba muy bueno — concluyó él cándidamente.
Doña Lucilia le explicó entonces, con afecto y seriedad, cuánto había de censurable en su proceder, además del peligro que podría representar para su salud. Acto seguido, tomándolo ella por una mano y don João Paulo por la otra, se lo llevaron al cuarto, donde un sueño reparador restableció la normalidad.
Plinio jamás se olvidaría de esta pintoresca aventura en la cual, como Noé, fue víctima de la celada escondida en las delicias del atrayente licor y que le valió una dulce censura de su madre.

Colonia

Por fin, Colonia se anunció a lo lejos ante los ojos de doña Lucilia con las altas y majestuosas torres de su célebre catedral. Uno de los mayores centros católicos del país, la ciudad podía ostentar una historia dos veces milenaria, pues había sido fundada por los romanos al conquistar la región. Todos estos aspectos de religiosidad y de tradición latina eran del agrado de doña Lucilia. También guardará gratos recuerdos de otro pequeño hecho sucedido con su hijo en esa ciudad.
Cuando entraron en la habitación que ocuparían en el hotel, cuál no fue su sorpresa al ver que Plinio iba inmediatamente al cuarto de baño y abría todos los grifos. Con invariable afabilidad le pregunta:
— Plinio, ¿qué estás haciendo?
— ¡Ah, mamá!, fui a buscar agua de colonia, pero estos grifos sólo tienen agua común…
Sin reírse y, menos aún, sin burlarse de la puerilidad de su hijo, ella tomó este hecho, fruto de la inocencia del niño, con toda naturalidad, dando a entender que comprendía su actitud. Sin embargo, le explicó que no era en cualquier lugar donde iba a poder encontrar la famosa agua de colonia.

Catedral de Colonia

                                             Catedral de Colonia