Un alma irisada

Entre los aspectos de la personalidad de Doña Lucilia se destacaban las armoniosas alternaciones de estados de espíritu, haciendo su alma semejante a las piedras irisadas, en las que los colores nacen unos de otros.

Cuando comencé, por así decir, a conocer a mamá, ella estaba en la edad de 35 años, más o menos. Ella murió con 92 años. Por lo tanto, la conocí, prácticamente durante 60 años. ¡Eso es conocer bien una persona!

El mayor bien que la vida puede dar

Doña Lucilia con Plinio en los brazos

Además, ella me hablaba mucho de su pasado – que, por cierto, no era largo – como también del pasado de la familia, y con eso la conocía aún mejor. He notado muy bien y pude seguir, por la larga evolución que presencié en su alma, cómo fue su holocausto. Doña Lucilia era educada en la concepción de la vida vigente en las señoras del  medio social en que se formó, en la San Pablo del tiempo de ella. Dentro de esa concepción, ella poseía mucho la idea, que el afecto y el cariño, derivados de la mutua comprensión de las almas, y del bien, eran las mayores riquezas de la vida en lo que se refiere a la relación humana en esta Tierra. Eran riquezas menores que la fe; pero, por lo que se refiere a las relaciones terrenas, constituían el mayor bien que la vida puede dar. Según esta visión de la existencia, el papel de la madre de familia, de la esposa, era irradiar eso en torno de sí, de manera que la familia fuera una especie de santuario de esa comprensión mutua, de que se quiere bien; un lugar donde las personas se encontrarán en una determinada convivencia, y allí encontrarán la fuerza necesaria para enfrentar las dificultades de la vida. Por lo tanto, la gran contribución de la mujer era precisamente perfumar la familia con todo eso. Esta concepción, católicamente  entendida, no tiene nada de sentimental, ni de romántico. Por lo tanto, estoy de acuerdo con ella, y es perfectamente verdadera. Inserida en esa concepción venía la idea – con la que estoy de acuerdo- de que cuando una persona irradia de esa manera la bondad, ella vence todos los obstáculos, porque la bondad conmueve todas las almas, arrastra todos los corazones y resuelve, de un modo inefablemente eficaz, las dificultades que otros modos de proceder no solucionan.

Es decir, para los tiempos y en los ambientes en que Doña Lucilia vivió, habría mucho de eso sin ser enteramente eso. Ella misma contaba los hechos de su familia y de su propia vida, en que la bondad no había resuelto nada. Pero ella narraba como episodios excepcionales, memorables por el horror, y medio espantada de que eso hubiera sido posible. Yo comprendía que en una determinada orden de cosas buenas eso podría ser así, y concordaba completamente con ella.

Ánfora de donde el buen perfume del amor cristiano se irradiaba

En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada.

Doña Lucilia hizo consistir, en su programa de vida, ser la madre católica que esparcía ese amor cristiano en torno a sí, llevando a todos a Dios en las vías de la virtud. En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada. No fue solo ella que me contó eso, pero también su madre y sus hermanas. Cuando ella iba a alguna reunión o fiesta en la sociedad, era una dificultad para sacarla del ambiente, porque todo el mundo tenía más una palabra para decirle, todos buscaban agarrarse a ella, en fin, era buscada. Y, en la familia, era muy considerada como un ánfora donde ese buen perfume se irradiaba. Sin embargo, se fue enfrentando con la invasión de la brutalidad moderna, con cuya entrada, después de la Primera Guerra Mundial, comenzó a surgir otro mundo. Con ello, las personas que ella esperaba mover por la bondad ya no se movían así, y la dejaban incomprendida, aislada y puesta de lado, como alguien que ofreciera, por ejemplo, una bebida fuera de moda que nadie más quiere beber. Eso iba significando  para ella una tristeza proveniente del rechazo sufrido. Pero, junto con la tristeza de la repulsa, venía la incomprensión de lo incomprensible: ¿¡Cómo es que esto llegó a ser así!?

Además, se ponía para ella otra cuestión: “Si las cosas se ponen así, estoy sobrando en la vida, sin misión y sin sentido, lista solo para recibir los rechazos, los desprecios, la indiferencia a lo largo de mi existencia. ¿Qué haré? Seguiré siendo la misma, sin quitar ni poner, hasta el fin. El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María recibirán de mí lo que los otros rechazan. Ella sabía, sin duda, que el hijo de ella también recibía, ampliamente y grandes tragos lo que los otros rechazaban, Pues la trataba y agradaba completamente en ese nivel, piensen los otros lo que quisieran. Evidentemente, esto no quiere decir, que eran brutos, y no delicados con ella. Era aquella incomprensión educada, con un rechazo puesto como un vidrio entre ella y la realidad.

Perdonando sin límites

Doña Lucilia en la década de 1940

Mamá comprendía que su modo de ser tenía un determinado sentido y correspondía al modo de ser de la Iglesia, de Nuestro Señor Jesucristo, dilatado por ella en la medida en que podía. Enfrentando esos rechazos, Doña Lucilia sabía recibir negaciones análogas a las padecidas por nuestro Señor Jesucristo. Así, con una dulzura y una bondad semejante a la de él, a cada golpe de la incomprensión educada, a cada indiferencia, a cada irreflexión de la brutalidad florida, ella respondía como si fuese la primera vez, olvidándolo  enseguida. Esta era su conducta constante: perdonando, perdonando,  y ¡perdonando sin límites!

En este caso, a este respecto, el menor problema axiológico, comprendiendo perfectamente estar realizando una determinada vía, y que las cosas corrían como era razonable que corrieran: muy duras, muy difíciles, pero ella se entregaba totalmente. Esta determinación ella quiso llevar hasta el final. Cuando llegó el momento de su muerte, la gran “Señal de la Cruz” que ella hizo – mamá era muy comedida y no solía hacer grandes señales de la Cruz, ni era costumbre de las señoras de su época- creo que esto significa: “¡Está hecho!” Tal vez ella piensó en el “Consummatumes ” (del latín: “Está consumado” (Jn 19, 30)). De esta manera Doña Lucilia caminó. ¿Habrá comprendido mi vocación a punto de ofrecer ese sacrificio para que yo seguir siendo como era y, gracias a Dios, soy? Es muy probable, todo lleva a creer que sí. Sin embargo, no puedo afirmar porque mamá nunca me dijo, y nunca le pregunté. Tengo la impresión de que nada la mortificaría más si yo me saliese del camino en el que ella me veía. En este sentido, es significativa la actitud de ella cuando volví del viaje que hice a Europa en 1950. Mamá me abrazó, besó, agradó, tomó un poco de distancia y me miró bien. Yo no podía sospechar lo que estaba pasando por la mente de ella, y me dejé mirar. Ella me abrazó de nuevo y dijo: “¡Hijo mío, tú eres el mismo de siempre!” Por ahí se ve lo que representaría para ella si yo no fuera el mismo…

Bondad y ternura son hermanas inseparables de la combatividad

¿Qué valor tuvo su presencia junto a mí? Doña Lucilia quería afirmar la prevalencia de esta virtud cristiana en el ambiente de ella, pero no lo logró. sin embargo ella alcanzó otra cosa: que yo, objeto de ese amor, inundado y extasiado por ese amor, conservara de él una remembranza la vida entera, teniendo por él una admiración llena de veneración y de afecto, y toda clase de placer, en todas las formas y grados; y, llevando a mi combatividad a límites que mi vocación exige, yo conservaría mi encanto por lo que mamá representaba, y comprendía así que esa bondad y esa ternura son las hermanas inseparables de la combatividad verdadera. De manera que me convertía en un luchador, pero no un brutamonte. Si yo fuera a tratar a la brutamonte las almas afligidas, probadas, débiles, habría constituido un desierto en torno de mí, y habría perdido muchas almas que Nuestra Señora deseaba salvar. Más aún: debiendo predicar, hasta el último límite permitido por la Doctrina Católica, la devoción a María Santísima, con un alma de brutamonte yo no lo haría, porque esa devoción comporta todas estas dulzuras de un modo indecible, o no existe. Por lo tanto, lo que constituye la estrella de nuestra misión – propagar la devoción a Nuestra Señora – eso sería deshecho. Además, yo no habría entendido tantos aspectos de la Iglesia Católica tachándoles erróneamente de blandos, de capitulación. ¿Yo habría entendido bien a nuestro Señor Jesucristo? No sé… Y, diciendo eso, digo todo.

Modelo de la dulzura de vivir

El ejemplo de mamá me ayudó a adquirir una disposición de espíritu tranquilo, por donde, gracias a la Virgen, no tengo odio personal a nadie, y quiero bien a cualquier persona que no sea nociva a la Causa católica.

Cuánto esa forma de ser me ayudó, a lo largo de la vida, a ejercer un arte que nuestra vocación exige: el arte de esperar sin quedar amargo, agrio, sin revelarme, ni indignarme, sino esperar con la suavidad con que ella esperó.

Quien considera el “cuadrinho” ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

He aquí el enorme valor del ejemplo dado por Doña Lucilia, no solo porque la vi cumpliendo siempre esa actitud, sino porque vi “gotear la sangre del alma ella”. Es decir, la “sangre” por ella derramada ha tenido para mí ¡una inmensa utilidad!

Creo que la verdadero douceur de vivre (dulzura de vivir) renacerá en el Reino de María, en medidas inimaginables. Y Doña Lucilia esperaba este douceur de vivre florecer largamente, ser una categoría del espíritu humano.  Para mí, ella fue un modelo de la dulzura de vivir, como tal vez no entienda quien no la conoció de cerca.

Cuando voy, los domingos por la tarde, visitar la sepultura de ella y veo aquella gran cantidad de personas rezando allí, pienso: “Si ella estuviera viva, qué dulzuras tendría para cada uno, cómo los acogería, individualmente, con un modo tan atrayente, simpático, y, al mismo tiempo, digno!”

¡Uno no puede tener idea de cuánto cabía de señorío y de suave feminidad materna en todo ese modo de ser de ella! Quien considera el “cuadrinho” (Cuadro a óleo, que mucho  agradó al  Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base de las últimas fotografías de Doña Lucilia),  ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

Cuantas veces me pasó por la mente grabar su timbre de voz, pero no sé por qué no lo grabé.

Así quien no la conoció podría haber tenido una idea de lo que era, por ejemplo, el modo de ella dirigir la palabra a una persona. Cómo las frases iban subiendo y decreciendo, la entonación, la inflexión de voz, por donde el deseo gentil y afectuoso de introducir al interlocutor en el asunto se expandía y se manifestaba.

Grandeza y dulzura

Doña Lucilia en traje de gala

Otro aspecto de la personalidad de ella que me encantaba eran las alteraciones armoniosas, o sea, cómo ella, con dulzura y armonía pasaba de un estado de espíritu para otro. En esto había una particular condición de la bondad de ella.

Jamás gusté de personas que saltan su un extremo de estado de espíritu para otro. Me agrada ver cuando un alma va armoniosamente hasta el otro extremo de un determinado estado de espíritu, y notar cómo, dentro de este, está el otro presente. Esto forma el verdadero equilibrio, el cual no consiste en quedarse en el medio término.

Por ejemplo, un guerrero que, en la fuerza de su furor, ataca al adversario y, de repente, es capaz de parar para socorrer a un niño. Sin embargo, si pasa, de repente, alguna cosa que él debe repeler; entonces del medio de su cariño levanta una llamarada de indignación. Eso no es saltar de un extremo a otro, sino es pasar equilibrada y temperantemente de un estado de espíritu a otro. ¡La templanza es eso! Doña Lucilia tenía mucho de eso. Era un alma irisada. En las piedras irisadas, los colores nacen unos de las otros. Las señoras, en mi tiempo de pequeño, se presentaban en sociedad con solemnidad, con gala. Y esta suponía cierto señorío, cierta altanería, por tanto, hasta cierto dominio.

Se nota algo de esto cuando se considera la fotografía de Doña Lucilia en traje de gala, en París. Recuerdo con qué encanto varias veces yo la vi prepararse para ir a fiestas. Mientras se arreglaba, ella iba conversando con mi hermana y conmigo. Éramos pequeñitos y hacíamos preguntas bobas que los niños a veces hacen. Y ella iba hablando con nosotros, con esa afabilidad incomparable.

Cuando ella estaba lista, asumía la postura de la señora que parte en su gala. Me parecía todo aquello muy bonito, pues siempre me gustó las cosas imponentes, y me quedaba encantado.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

Pero, niños como éramos, tanto mi hermana como yo hacíamos las incursiones en medio de eso. Ella cambiaba inmediatamente, volvía a aquella  misma dulzura, jugaba, hablaba con nosotros, y luego retomaba su aire grandioso.

En aquel tiempo las señoras usaban cabellos largos, y era una tarea difícil arreglarlos de manera se quedan decorosos y bonitos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, ella acababa de peinarse cuando – llevado medio por afecto, medio por admiración – me deshice en agrados sobre ella. Sin tener noción del desastre que estaba haciendo… Y para agradarla aún más, comencé a revolver sus cabellos recién peinados. Las personas que estaban cerca, exclamaron: “¡Plinio, pare, está estropeando el cabello de su madre!” Ella intervino: “Déjenlo que haga todo cuanto quiera. No quiero que mi hijo diga que, a causa de un peinado, lo alejé de mí”.

Solo más tarde entendí todo el alcance de ese gesto.

(Extraído de una conferencia del Dr. Plinio en 17/7/1982)

La reprensiones de Doña Lucilia

Las virtudes de Doña Lucilia, modelo de dulzura y suavidad, así como de firmeza y de intransigencia, se manifestaban también en el modo como ella reprendía a su hijo Plinio.

Cuando yo tenía más o menos once años, pasé por un período de la vida en el que infelizmente me comporté mal, practicando acciones que no debería haber practicado.
Y sucedió que, por un conjunto de circunstancias en las cuales veo el dedo de la Providencia, esas acciones me causaron resultados muy funestos.(Dr. Plinio se refiere a un episodio con el boletín de calificaciones del Colegio San Luis. Un profesor había equivocado una calificación, y el niño Plinio quiso enmendarla sin consultar a sus superiores. Doña Lucilia creyó en un principio que Plinio había falseado la nota. ver más)

Lógica y afecto

Mi madre, que era al mismo tiempo un modelo de dulzura y de suavidad, pero también de firmeza y de intransigencia, tomó conocimiento de esas actitudes mías y se disgustó mucho. Doña Lucilia tenía una manera de reprender que era única. Ella estaba habitualmente enferma – sufría mucho del hígado, aunque haya muerto muy anciana – y permanecía, con frecuencia, recostada en una especie de sofá, y desde allí me llamaba, con una voz fuerte, muy sonora: “¡Plinio!” Cuando oía “Plinio” – pronunciado con una “i” un poco arrastrada, con un timbre aterciopelado, donde había un cariño y un afecto difíciles de describir –, yo iba prontamente y me quedaba muy cerca de ella.
Ella pasaba su mano alrededor de mi cintura, me miraba de frente y me decía:
– Hijo mío, ¿será verdad que hiciste tal cosa así?
– ¡Sí, señora, yo lo hice!
Ella tenía una mirada que, como su voz, cambiaba de intensidad extraordinariamente.
Y mirándome, agregaba:
– Pero, ¿cómo pudiste hacer tal cosa? Esa actitud tiene esto y aquello de malo…
Siempre con lógica y con afecto al mismo tiempo.
Yo iba prestando atención en aquello, encantado con todo: su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia, ¡la cual me encantaba! Al final de la reprensión, ella me decía:
– Bien, hijo mío, ¿tú le prometes a tu madre que no harás eso nunca más?
– Sí, señora, lo prometo.
Pero yo estaba extasiado de admiración, de arrepentimiento y de afecto.
Entonces ella decía:
– Está bien, entonces dale un beso a tu madre.
Yo le daba un beso en la frente, ella me cubría, literalmente, de cariños,
y yo salía “en las nubes” porque había recibido una reprimenda. Esas eran las reprensiones de mamá.

Amenaza de ser mandado al “Caraça”

Sin embargo, cuando sucedió el episodio del boletín, no fue así. Ella me recibió fría, sentada en una mecedora, me puso de pie delante de ella y me dijo:
– ¿Esto fue así?
Yo respondí:
– Fue así.
– Pero, ¡explíqueme esto!
Y me amenazó con mandarme a un internado que había en aquel tiempo en Minas Gerais, el Caraça, que era un Colegio muy bueno, paradigma de aquel Estado de Brasil, pero en San Pablo, no sé por qué, tenía la fama de ser una cárcel para niños.
Lo peor que le podía suceder a alguien era ser mandado al Caraça. Yo recuerdo a mi madre diciéndome:
– Yo voy a averiguar, y, si fuese el caso, ¡tú tendrás que ir al Caraça! Y no cuentes con mi bondad ni con mi perdón, a no ser después de que hayas pasado un año en el Caraça y yo verifique que mejoraste. Antes de eso, no.
¡Quedé aterrado! No sólo por ser mandado al Caraça, sino por haber merecido de mi madre aquella censura.
Yo me sentí expulsado de aquel paraíso de sabiduría y cariño que era ella, y sentí temor por mi unión con ella. Esto me atemorizó verdaderamente. Pensé: “¡Dios mío!, ¿cómo va a ser eso?” Yo tenía cierta piedad en aquel tiempo, pero ninguna devoción a
Nuestra Señora.

Meditando cada palabra de la Salve

Cierto día, fuimos a la Iglesia del Corazón de Jesús y yo me puse, casualmente, delante de la imagen de Nuestra Señora Auxiliadora que se encuentra allá. Entonces le pedí a Ella que resolviese mi problema, rezando una Salve. No tuve ninguna aparición, ni visión, pero experimenté la impresión inefable de que María
Santísima daba valor y sentido a cada una de las palabras de la Salve. Fui, así, meditando y comprendiendo cada término: “Dios te salve Reina…” Pensé: “Ella es Reina y si quiere resuelve mi asunto.” “Madre de misericordia…” “¡Dios mío! – exclamé – ¡Incluso más que mi mamá!” “Vida, dulzura…” “Sí, estoy viviendo con esto, ¡y qué suave es!” “¡Esperanza nuestra, salve!” “¡Ya estoy esperanzado!” “A ti clamamos los desterrados hijos de Eva…” Concluí: “Es justamente lo que estoy haciendo; estoy aquí, desterrado y clamando.” “A ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.” “¡Es mi caso enteramente!” “Ea, pues, Señora, abogada nuestra…” “¿Vieron? – pensé. Ella es abogada. Lo que yo necesito es a alguien que abogue por mi causa junto a Nuestro Señor Jesucristo. Ya que Él es puro y perfecto, no me atrevo
a acercarme a Él después de lo que hice. Pero Ella es mi abogada, Ella arreglará el caso.” “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.” Como dije, sin ninguna visión o revelación, tuve toda la impresión de que la Santísima Virgen miraba hacia mí y me decía sonriendo: “Hijo mío, yo te libro de esta cueva, y arreglo tu caso.” En el relámpago de aquella crisis, entendí cuál era la gravedad del pecado, y en el perdón de Nuestra Señora comprendí bien lo que es la misericordia hacia los que recurren a Ella.
Gracias a Dios, hasta hoy, y espero que hasta el final de mi vida eso no se borre de mis ojos: la armonía entre la severidad y la justicia llevadas hasta su último rigor, y la misericordia llevada hasta su última ternura y al extremo de su esplendor.
No sé decir otra cosa para mostrar como la misericordia y la justicia se complementan, que contar como eso se verificó a lo largo de mi vida. Con mis 63 años, tengo tanta certeza de lo que es la justicia de Dios que, si no fuese por Nuestra Señora, yo me desanimaría. Estoy tan seguro de lo que es la misericordia que el Altísimo concede por medio de María Santísima que, por causa de Ella, espero todo, y espero morir con confianza.
(Extraído de conferencia de 6/4/1972)

Más allá de los vínculos naturales…

Doña Lucilia, en relación a su hijo, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

Respecto a la relación entre el Dr. Plinio y Doña Lucilia, hemos visto cuánto estaban sus almas entrelazadas por un mutuo cariño, consideración y estima. Por parte de él, brotaba el afecto filial más afectuoso y reconocedor de todo cuanto ella hacía por él. Doña Lucilia, por su parte, le dedicaba toda especie de ternura y de enlevo; pero siendo muy cuidadosa y comedida, porque tenía recelo de dejarse llevar por los sentimientos y perder el equilibrio. No quería apegarse a nada, ni siquiera a su propio hijo, pero sí tener, con relación a él, un amor enteramente desinteresado.

… De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto…

«Por mi parte, mi afecto hacia ella era un acto de admiración, lo que supone algo muy elogioso, porque es la afirmación de una cualidad. De su parte hacia mí, había una actitud de esperanza; una invitación para llegar a tener esta misma cualidad. Ésta era la esencia de nuestro afecto».
Por otro lado, no existe la menor duda de que, más allá de los vínculos naturales, había entre ellos un amor sublimado de manera sobrenatural, una bienquerencia embebida de gracias. Una vez que estaba llamada a ser la madre de un niño fuera de lo común, es innegable que, gracias a un don especial del Espíritu Santo, Doña Lucilia percibía de manera clara y profunda la inocencia del alma de su hijo y cuánto era virtuoso. Ella misma, en una carta a Plinio, con fecha del 23 de abril de 1950, llegó a manifestar su alegría y gratitud a Dios por tenerlo como hijo: «De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. […]. Lloré, es verdad, pero “gracias a Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, para quienpido toda la protección Divina y la
Luz del Divino Espíritu Santo».

…la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo…

¡No hay nada más fuerte en el orden de Creación que la imbricación entre las almas que se aman teniendo la santidad por objetivo! Comparado con eso, incluso la dureza del diamante es un resto de polvo de arroz. Además, el Dr. Plinio era un hombre católico, apostólico, romano, con tanto amor por la Iglesia que incluso teniendo una madre como Doña Lucilia, su desprendimiento le llevaba a apreciar más en ella que fuese católica a que fuese su madre. Veamos algunos textos en los que esto se hace patente: «Si yo amo tanto a mamá es porque ella me llevó a la Iglesia. Y si la amé hasta el final es porque la examiné hasta el final y noté que, en ella, todo conducía a la Iglesia Católica». «He dicho muchas veces lo mucho que quería y respetaba a mamá. Sin duda, la respetaba como a una madre, pero no era el título principal. El título principal por el que la quería era esa unión de almas que había entre ella y yo, con vistas a Dios. Al reflejar para mí la Iglesia Católica, el Sagrado Corazón de Jesús, el Inmaculado Corazón de María y por todo lo que había en ella de afín conmigo, intencionalmente puesto por Dios para reflejarlo, yo era llevado a amarla de un modo muy especial, más por estos aspectos que por ser mi madre según la naturaleza».
Se acuerda el Autor de haber oído contar al Dr. Plinio, durante una comida, un edificante episodio acontecido entre ambos. Cuando Doña Lucilia estaba ya con cierta edad, él se planteó la siguiente cuestión: «¿Hasta dónde amo a mi madre y hasta dónde amo los principios que representa? Si ella se hiciese protestante, ¿la seguiría amando del mismo modo o sentiría repulsa hacia ella? ¡No! Sentiría repulsa, ¡porque lo que yo amo en ella es lo que ella representa!».
Cierta vez, mientras estaban sentados a la mesa, él no se contuvo y pensó: «Es duro, pero voy a ponerla prueba, porque quiero ver su reacción al escuchar eso». Y le dije:

…la examiné hasta el final…

— Mamá, ¿sabe qué estaba pensando el otro día? Que si usted, Dios nos libre y guarde, por desgracia dejase de ser católica y se hiciese protestante, yo me iría de casa y la dejaría sola. Seguiría manteniéndola económicamente, la ayudaría en todo lo que necesitase y la visitaría una vez al año o cada seis meses, ¡pero nuestra relación estaría rota! Doña Lucilia aceptó aquello con toda naturalidad, como si alguien le hubiese dicho: «Tengo sed y me voy a tomar este vaso de agua», y respondió elogiando su actitud. Años más tarde, comentaría el Dr. Plinio: «¡Aquel día pasé a quererla y a admirarla más que antes! Porque le había puesto una prueba ¡y ella había pasado de modo brillante!».
Por otra parte, el Dr. Plinio llegó a afirmar que se había puesto varias veces durante la vida ante un problema en apariencia contrario al anterior, pero cuyo fondo era el mismo: «¿Yo la quiero tanto porque es tan buena o porque es mi madre?». «Si en vez de ser mi madre fuese mi tía o una señora de sociedad o una pariente o una prima mayor, ¿la querría como la quiero? ¿Sí o no?»Y la respuesta surgía pronto, sin lugar a dudas: aunque ella no fuese su madre y, por lo tanto, no tuviese ninguna relación natural con él, conociéndola en cualquier lugar del mundo, la amaría con el mismo cariño, el mismo afecto, la misma estima y la misma consideración que le dedicaba a su madre. «Yo querría tenerla como madre. Y si fuese, por ejemplo, mi tía, encontraría un pretexto para ir a su casa todos los días, encontraría una manera de que fuese mi madrina, haría cualquier cosa para hacer explicable que, aunque yo fuese su sobrino, tuviese con ella la relación que tengo con mamá. Si fuese una prima, simile modo (de modo semejante).  Si fuese una señora de sociedad, sería mucho más difícil, pero acabaría consiguiendo la manera de que eso fuese así realmente».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 162 ss.

Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.

«Alguna preocupación me dio…»

Continuando con “El don de La Sabiduría en la mente, vida y obra de Plinio Corrêa de Oliveira” de Mons. João Clá Dias, EP. dejemos que El Autor de esta obra nos relate el siguiente hecho de la vida de Doña Lucilia.

Un episodio en particular, ocurrido en la primera infancia del Dr. Plinio, marcó no sólo su memoria, sino también la de Doña Lucilia, hasta el punto de que todavía era capaz de contarlo con detalles, ya al final de su vida.

Convivio intenso con Doña Lucilia

El Autor no se resiste a contar aquí las circunstancias en las que él mismo pudo escuchar la narración de labios de Doña Lucilia. A finales de 1967,  el Dr. Plinio tuvo una grave crisis de diabetes que le obligó a pasar cinco meses aislado, teniendo que llevar un estricto régimen de reposo, en obediencia a las recomendaciones médicas. Durante este tiempo, mientras se encargaba de atender el teléfono y la puerta en el piso del Dr. Plinio, el Autor pudo convivir más intensamente con Doña Lucilia y analizarla más de cerca; encontrándose con ella casi todos los días por la mañana, por la tarde y algunas veces por la noche, desde diciembre de ese año hasta el momento en que ella murió, el 21 de abril de 1968. Tuvo entonces, la posibilidad de informarse acerca de las historias de la infancia del Dr. Plinio, de las reprensiones que ella le daba y también de los viajes que hizo a Francia y Alemania.
Ella, muy mayor, no sabía qué enfermedad tenía el Dr. Plinio porque, para evitar que se inquietase, le escondían un poco la realidad de los hechos. Apenas le decían que el Dr. Plinio estaba en cama debido a una torsión en el pie. A pesar de todo, su corazón maternal hecho de tanta bondad y consideración hacia su hijo se afligía por este largo periodo de convalecencia…

Explicación de los motivos del atraso de su hijo

Todas las tardes, después de la siesta, ella primeramente, procuraba cumplir con sus obligaciones de piedad, rezando el Rosario con mucha atención, a un ritmo pausado y devoto. Mientras rezaba, el teléfono solía sonar algunas veces y ella notaba movimientos en la casa; pero, fiel a la oración, no la interrumpía. Sólo después de terminar el último Gloria Patri y hacer la señal de la Cruz, tocaba la campanita para llamar a la criada. El Autor aún recuerda el timbre de su voz en ese diálogo:
— Mirene, ¿quién llamó durante mis oraciones?
— Ah, no sé, madame.
— ¿Cómo? ¿No has atendido el teléfono?
— No, el que atendió fue un joven que está ahí fuera, esperando al Dr. Plinio.
— Entonces dígale que haga el favor de entrar.

El contacto con Doña Lucilia llevaba a creer en la bondad infinita del Sagrado Corazón de Jesús

Ella no se podía imaginar que alguien estuviese prestando ese servicio en su casa y creía que era un visitante a la espera de una cita con el Dr. Plinio. Ahora bien, conociendo de sobra las costumbres del Dr. Plinio desde que era niño, sabía que era raro que él fuese puntual en sus horarios; por otra parte, teniendo en cuenta la enfermedad de su hijo, quería que descansase, pues el reposo era indispensable para su recuperación. Pero como también se sentía unida a los intereses de su hijo, estaba preocupada por la persona que llevaba esperando más de lo previsto y, queriendo reparar ese intervalo de espera, se decidía por hacer ella misma el papel de anfitriona.
Así, para ayudar a su hijo, se saltaba las reglas comunes según las cuales debería mandar que lo despertasen, y resolvía el problema con habilidad «luciliana», dándose a sí misma, sin egoísmo alguno, y a veces superando sus propias fuerzas.
Esta recepción consistía en ofrecer al visitante lo que había de mejor, por lo que éste sentía sus apetencias atendidas de forma paradisíaca. El Autor recuerda con emoción cómo Doña Lucilia, con noventa y dos años de edad, estaba deseosa de hacer el bien a losdemás. Cualquiera que tuviese un contacto con ella no encontraría ninguna dificultad en creer en la bondad infinita del Sagrado Corazón de Jesús.
Ella, siempre muy digna, se volvía con solemnidad y decía:
— Buenas tardes, ¿se encuentra bien? Usted ciertamente ha venido para tener un encuentro con Plinio, ¿verdad?
E inmediatamente daba una larga explicación, lógica y elevada, podría decirse medio maravillosa, del motivo por el que el Dr. Plinio tardaría en atender:
— Sabe usted: Plinio tiene unos amigos que viven en una finca en la ciudad de Amparo, cerca de São Paulo; son muy amables con él y lo estiman tanto que con frecuencia lo invitan a pasar unos días allí. Y la última vez que fue, estuvo caminando en un terreno muy pedregoso y se torció el pie. Los médicos le han recomendado mucho reposo y ahora está haciendo una siesta más larga. Ciertamente marcó una hora determinada con usted, pero se va a atrasar en recibirlo por causa de esa orden médica; de manera que usted va a tener que esperar un poco más de lo que pensaba. Mientras tanto, ¿usted querría darme el placer de su compañía durante el té? Entonces, hacía sentarse al «visitante» y mandaba que sirviesen té y café con leche para que eligiese, así como unas pastas.

Salón Azul de la residencia de Doña Lucilia, donde conversó innumerables veces con el Autor

Ella contaba la historia de las pastas que su sobrino le traía de la ciudad de Campinas todos los jueves para la semana entera, y ella insistía en que los probase, sin pensar si le vendrían a faltar después. Se veía en Doña Lucilia una verdadera satisfacción de alma por el hecho de ofrecer aquellas pastas, hasta el punto de no quedarse contenta mientras que el invitado no se sirviese. Después deesta presentación hecha con tal elevación de espíritu y de lenguaje, se tenía la impresión de que las pastas procedían del Paraíso, elaboradas con harina del Cielo por arte de algún Ángel panadero…

“Ella tenía un hábito muy arraigado de adaptar sus narraciones al interlocutor”

En cierto momento, después de haber introducido la conversación, dejaba un pequeño silencio para dar oportunidad al visitante de tratar del asunto que quisiese, porque la educación exige que la visita proponga el tema. Poseía un extraordinario y peculiar arte de conversar, todo hecho de virtud, del que sólo ella era capaz. Siempre estaba dispuesta, de muy buena gana, para estar atendiendo durante horas si fuese necesario. Claro está que el Autor aprovechaba la oportunidad para acribillarla con preguntas sobre el Dr. Plinio. Ella, sin embargo, nunca tomaba la iniciativa de hablar sobre él porque esto significaría hablar de ella; pero insistiendo, respondía para complacer a su interlocutor y describía los hechos con mucha moderación, como si no se refiriesen a un hijo suyo.
El Dr. Plinio comentaba una vez: «Ella tenía un hábito muy arraigado de adaptar sus narraciones al interlocutor. Es decir, no era una narradora egoísta, que quería contar lo que le parecía bien y como le parecía; sin mentir nunca, siempre veraz, sabía dar a quienes conversaban con ella lo que más deseaban».
Doña Lucilia tenía un modo de ser tranquilo y sereno, pero también auténtico, por el que escuchaba las preguntas con seriedad, prestando atención; después reflexionaba como para examinar su memoria, fruncía suavemente la frente y comenzaba a contar los hechos con todos sus detalles, con mucho charme y extraordinaria capacidad para cautivar y tocar las almas. Más que sus palabras, lo que encantaba era la fisonomía, con un movimiento de cabeza muy lento y solemne, gestos suaves, amenos y proporcionados, y, sobre todo, la entonación y las inflexiones de su voz, melodiosa y ondulada como un órgano. Era en el timbre de voz que trasparecía el fondo de su alma, lleno de afabilidad, afecto, cordura, dando una cierta idea de lo que debe ser la bienquerencia del Sagrado Corazón de Jesús. Por tanto, se puede decir que lo más arrebatador de la convivenciacon ella ¡era esa inimaginable bondad! A su lado se olvidaban todos los males y problemas y uno sentía que entraba en un universo angélico, bien diferente de todo lo conocido por el hombre sobre la faz de la tierra.

“Alguna preocupación me dio…”

Un día, durante uno de esos inolvidables tés, el Autor le inquirió:
— Doña Lucilia, el Dr. Plinio siempre ha sido un buen hijo, ¿verdad? Se ve que la estima profundamente… Pero… ¿nunca le dio ninguna preocupación?
— Bueno, alguna preocupación sí que me dio… Cuando todavía era pequeñito estaba siempre conmigo o con la Fräulein y entre las dos lo controlábamos; sin embargo, un buen día yo estaba en la sala con la puerta abierta y vi a la Fräulein pasar sola, sin Plinio. Me quedé un poco preocupada, mandé llamar a la Fräulein y le pregunté:
«¿Dónde está Plinio?» «Madame, ¡pensaba que estaba con usted!» Entonces mi inquietud aumentó y, como vivíamos en una casa de dos pisos, le dije: «Vamos a hacer lo siguiente: usted busque arriba que yo busco aquí abajo». Después de un rato las dos nos encontramos y ni ella ni yo habíamos visto a Plinio. Así que invertimos la búsqueda: la Fräulein se quedó abajo y yo subí por las escaleras. En determinado momento abrí la puerta que daba a un gran balcón y me llevé una sorpresa: ¡vi que Plinio estaba tumbadito en la balaustrada, durmiendo! A medida que Doña Lucilia hablaba, iba adaptando la fisonomía según las circunstancias y su tono de voz introducía al interlocutor en el ambiente. Cuando relataba que abría la puerta del balcón y veía a Plinio en esa situación de riesgo, abría los ojos, y se tenía la impresión de verla revivir todo el drama. Enseguida continuó:
— Usted entiende aquel peligro, ¡porque él se podía despertar y caerse desde allí arriba! La Fräulein, que era una alemana muy enérgica, cuando llegó, ya le quería regañar en voz alta, pero le dije: «No haga ruido, vamos con calma». Llamé a dos o tres empleadas fuertes y les expliqué cómo deberían quedarse debajo del balcón, cogiendo una manta grande y gruesa por las puntas, doblada en dos, mientras yo iba a despertarlo. Si por casualidad él se asustase y se cayese, ellas podrían cogerlo. Así que me fui de puntillas y puse una silla junto a la balaustrada del balcón, me subí en la silla, lo rodeécon mis brazos y, cuando sentí que lo sujetaba firmemente, le dije: «Plinio, hijo mío, ¡cógete de tu madre!» Él se despertó, se agarró en mí y lo bajé del parapeto; fuimos a un sillón, me senté con él en mi regazo y le dije: «Hijo mío, hay tantos lugares aquí para descansar: tienes sofás y sillones, tienes la cama de tu madre, tu cama y la de tu hermana y, por último, hasta las alfombras de la casa… ¿y tú vas y escoges la balaustrada para dormir? Si te caes desde ahí, ¡te podrías matar! Y ¡qué disgusto para tu madre y tu padre!» A lo que él me respondió: «Ah, mamá, me subí para ver el panorama y, cuando llegué arriba, me entró sueño y me dormí». Entonces le dije: «Bueno, hijo mío, pero, ¿me prometes que nunca más vas a hacer eso?» «Sí, mamá, lo prometo». «Está bien, ahora dale un beso a tu madre y ¡vete a jugar!» Ésta fue una gran preocupación que nos dio cuando pequeño.

Recordando este mismo hecho, el Dr. Plinio añadía que cuando ella lo llevó al salón y lo puso junto a sí, abrazándolo de aquella forma, experimentó la indecible sensación de estar como que en las manos de Dios. El modo que ella tenía de corregir, sin ninguna carga temperamental o pasión, sino lleno de inocencia y bondad, le daba la idea de cómo era la santidad en Dios hasta tal punto que, después de una reprensión, salía no solamente con una clara noción de que no debería haber hecho lo que hizo, sino también fortalecido para hacer el bien. Por eso se comprende que tuviese por ella un afecto de devoción tan extremo. Muy elocuente es el siguiente comentario: «Ella era al mismo tiempo la más flexible y la más inflexible de las criaturas. La más flexible en lo que se refería a sus ventajas: cedía de buena gana y concedía también. La más inflexible cuando se trataba del deber ¡porque debe cumplirse enteramente! Y ella me enseñó a amar igualmente ambas cosas: flexibilidad e inflexibilidad, dando un énfasis peculiar a la inflexibilidad. Yo me quedaba encantado con su intransigencia incluso cuando me daba una negativa para algo que yo quería, pues lo hacía con tanto afecto y tanta sabiduría, que después de decirme que no, yo salía diciendo: “¡Qué negativa! ¡Qué bonito es negar! ¡Qué bonito es conceder!” Ella concedía con tanta dulzura que me conquistaba. Había entre ella y yo una consonancia constante, a todo momento».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 139 ss.

Sabiduría en la educación y en las reprensiones maternas

En la vida común de cualquier niño pueden darse malos comportamientos y fallos. A veces, se rompe un cristal, se estropea una tarta, se vuelca un litro de leche… Sin embargo, quienes tienen el deber de corregir deben hacerlo por amor al orden y a la disciplina, sin dar rienda suelta a reacciones temperamentales desproporcionadas.

Sólo hay dos maneras de corregir: con base en el amor de Dios o por amor propio, no hay una tercera. Cuando alguien trata mal a los demás es porque no ama a Dios sobre todas las cosas, como prescribe el Primer Mandamiento, y se está basando en su amor propio. La fórmula más eficaz para corregir a un hijo es mediante el afecto y el buen trato, con el fin de que el niño sienta que hay un universo de bondad detrás de la reprimenda. Esto penetra en el alma más profundamente que si lo dijese con palabras y luego fuese desmentido por las actitudes…
Ésta era la escuela de Doña Lucilia; su egoísmo estaba reemplazado por el amor a los demás y a Dios, y por eso nunca maltrataba a nadie. Por el contrario, en la educación de sus hijos era paciente y benigna, dispuesta a ayudar y a perdonarlo todo. Para valorar bien su sabiduría, basta con que se diga que fue la formadora del Dr. Plinio. Veamos, entonces, este papel fundamental y cómo, por medio de su acción, fue modelando el alma de su hijo, preservó su inocencia y fue la fuente de toda la virtud que más tarde él demostró.
Comenta el Dr. Plinio: «Cuando estaba junto a mamá, tenía la impresión de una como que suavidad y ordenamiento interno que me comunicaba una sensación de tranquilidad razonable. A veces estaba con alguna preocupación o con cierto estado de espíritu que no era bueno. […] Pero, al llegar a su presencia y oírla hablar, toda mi agitación interna parecía aquietarse y ajustarse; me quedaba menos apegado a las cosas que deseaba, aceptando mejor las renuncias que debía hacer y, por lo tanto, más razonable. Tenía la impresión de que mamá entraba en mi alma y la colocaba en orden sin que yo lo notase, pues me ponía ante un estado de espíritu tan atrayente, tan
suave y tan diferente del que yo tenía, que demolía el “castillo malo” que había en mi alma, y yo me sentía otro. […] Era una especie de castigo “aterciopelado”, donde el “terciopelo” valía más que el castigo y me dejaba encantado… Esto lo hacía con tanta delicadeza que, después de haber hablado conmigo, salía transformado, alegre y satisfecho, percibiendo que se había dado un verdadero desbordamiento de su espíritu, por el que había obtenido de mí modificaciones que nadie habría conseguido y había vencido todos aquellos prejuicios o inclinaciones que no debería tener».

Obligada a imponer una corrección más severa

En primer plano, el cepillo de plata usado por Doña Lucilia para castigar a Plinio

A veces, sin embargo, cuando alguno de sus hijos hacía algo malo, Doña Lucilia se sentía obligada a imponer una corrección más severa. Normalmente, según lo refería el Dr. Plinio, el modo de «tirarle de las orejas» era así: dado que ella estaba a menudo enferma, generalmente solía permanecer reclinada en un sofá, por lo que llamaba a su hijo a través de la Fräulein. Cuando éste llegaba, lo abrazaba por la cintura y le decía:
— Hijo mío, ¿es verdad que has hecho esto, así y asado?
— Sí, mamá, es verdad.
— Pero, hijo mío, eso no está bien para un niño de tu edad, que debe ser un gran hombre en el futuro. Eso ofende a Dios y es una falta de educación. ¿Te das cuenta de que no deberías haberlo hecho?
— Sí, mamá, ahora lo comprendo mejor.
— ¿Ves que haciendo eso dejas triste a tu madre?
— Sí lo veo, mamá.
— Por eso, ahora te mereces un castigo. Ve y tráeme el cepillo de plata que está en el tocador, que te voy a castigar. Pero que sepas que tu madre va a sufrir más que tú.Plinio traía el cepillo y ella decía:
— Dame tu manita.
Él extendía su mano y Doña Lucilia le daba: ¡pa-pa-pa-pa! Después le mandaba poner el cepillo en su lugar; cuando volvía, le daba un beso y le decía:
— Hijo mío, no pienses más en eso, ya quedó para atrás. Eres tan bueno; ha sido una debilidad tuya. ¿Me prometes que de ahora en adelante no lo vas a volver a hacer?
— Te lo prometo, mamá.
— Pues ya está, vete a jugar.
Ella se valía así del cepillo, aunque doliéndole el corazón, porque preferiría no tener que darle con él, pero lo hacía sin ninguna manifestación de sentimentalismo, comprendiendo que la Ley de Dios lo exigía porque una vez que la naturaleza humana está desarreglada, si en ciertos momentos no se pone en sus «rieles», se desvía locamente. En el fondo era para impedir que, en el futuro, el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo fuese «expulsado» del alma de su hijo por causa del pecado.
Las reprimendas de Doña Lucilia dejarían una huella indeleble y luminosa en el alma del Dr. Plinio: «Las dos cosas más preciosas que me fueron legadas por mi madre, no en el campo religioso sino en el campo moral, fueron exactamente, por una parte, la bondad y, por otra, la severidad sabia. […] ¡Cuánto me acuerdo de sus reprensiones! ¡Qué seriedad en su mirada y qué compenetración deque se trataba de hacer prevalecer un principio! Cuánta convicción tenía de que si yo no conformase mi vida con esos principios, valdría mucho menos para ella. ¡Ella veía en mí más al hijo amante de los principios que al hijo que debía quererla! Además, ¡cuánta sabiduría en sus palabras! ¡Qué voz tan seria! Y en la que, al mismo tiempo ¡la bondad no estaba ausente!»
En otra ocasión, él recordaba: «Mamá tenía una forma única de dar un «tirón de orejas». […] Era hecho, al mismo tiempo, con lógica y afecto. Yo prestaba atención en sus reprensiones, admirado y encantado con su voz, sus ojos, su cariño, su sabiduría y su intransigencia».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 136 ss.

 

Bondad e intransigencia oriundas de una única fuente

se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría…

 

Madre llena de dulzura, pero intransigente con el mal. Doña Lucilia en junio de 1906

Lo que más resaltaba en Doña Lucilia era un extraordinario misterio por el que su espíritu maternal la llevaba a querer bien a todos y cada uno. Bastaba que alguien se acercase a ella con confianza y el alma abierta, para que se sintiese tomado por su bondad envolvente y por aquel magnífico modo de ser, calificado por el Dr. Plinio de «aterciopelado». Ella trataba a los demás con una dulzura y un deseo de agradar verdaderamente cautivantes. No obstante, se diría que esa afabilidad y afecto llevarían a Doña Lucilia a condescender incluso con relación al mal. Quien así lo juzgase se equivocaría, pues esta bienquerencia no significaba liberalismo, sino al contrario, ya que era muy radical pero de una radicalidad que tenía como corolario el amor a los buenos llevado hasta las últimas consecuencias, porque ella amaba a Dios. Y, en consecuencia, esto la llevaba a tener también un verdadero odio al mal. ¿En qué consistía ese odio al mal? La esencia de la combatividad de Doña Lucilia partía de un principio profundísimo de amor a Dios: Él es el Ser supremo, el Creador y Redentor, y debe ser amado sobre todas las cosas. Siendo así, en todo el orden de la Creación nada hay tan opuesto a Dios como el pecado, ya que es el acto de la criatura inteligente, ángel u hombre, que se rebela contra Dios, proclama otra ley, adversa a la divina y, en el fondo, se pone en pie de igualdad con Él. Eso causaba en el alma de Doña Lucilia un verdadero choque y, de inmediato, dolor al ver que Dios, tan bueno y superexcelente, no recibía todo el amor y devoción merecidos. Por eso, ella quería por todos los medios, que aquella alma se convirtiese y entrase de nuevo en armonía con Dios, arrepintiéndose de la ofensa que le había hecho.
Así es exactamente como Dios actúa con nosotros: Él nos ama con un amor extraordinario y, una vez que hemos cometido una falta, no quiere otra cosa sino perdonarnos y restituirnos todo lo que hemos perdido; y puede, incluso en el momento de la muerte, concedernos una gracia para que nos arrepintamos y salvemos nuestra alma. Pero no transige con el mal ni acepta defectos, porque Él es la Causa íntegra, sin ninguna mancha, y si morimos en pecado mortal, seremos condenados. Una imagen de esa intolerancia divina es el armiño, animalito tan puro que no soporta ensuciarse; cuando se ve rodeado por una barrera de fango, no huye para no mancharse y puede cazarse con facilidad. En este sentido, el Autor (Mons. João S. Clá Dias) sustenta que Doña Lucilia era «armínea»: ella se encantaba con la inocencia y experimentaba una repulsa interior y verdadera indignación contra lo que iba en sentido opuesto. Esto se explica por el hecho de estar tan profundamente unida al Sagrado Corazón de Jesús que hacía que, para ella, la ley de la bondad y la ley de la verdad fuesen sólo una. O sea, el punto de partida de su amor maternal era el mismo de los Mandamientos y, por tanto, cuando se trataba de principios, revelaba una radicalidad total: permanecía firme en su moralidad, sin ceder en nada, ni siquiera un milímetro, conforme comentó una vez el Dr. Plinio: «Esa energía tenía algo de afín con su bondad; y era la energía inquebrantable de la que daba pruebas en ciertas ocasiones: “On ne passe pas! —¡De aquí no se pasa!”». Tal intransigencia trasparece en el episodio del nacimiento de su segundo hijo, Plinio, en que se vio ante una seria amenaza de muerte justo cuando se acercaba el momento de dar a luz. Un médico ateo, que sabía que iba a ser muy arriesgado el nacimiento del niño, le dijo:
— Su parto será peligroso y usted tiene que elegir: o vive usted o vive el niño. ¿Usted prefiere salvar su propia vida?
Ella tuvo un sobresalto y, levantando la cabeza, miró al médico y respondió:
— Doctor, ¿usted tiene valor para proponerme eso? ¡Esa pregunta no se le hace a una madre católica! Usted ni siquiera debería haberla pensado. Si alguien tiene que morir, seré yo, ¡es evidente que el niño tiene que nacer! ¡Mi hijo por encima de mí! ¿Qué era eso? ¿Afecto por el hijo? Sí, pero sobre todo una absoluta fidelidad a la Ley de Dios: ¡lo que aconseja la moral es eso y hay que observarlo! De ninguna manera quería que el niño muriese en su lugar, y aconteció que sobrevivieron tanto la madre como el hijo.

Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…

Doña Lucilia en París, en 1912,
fotografiada con el mencionado traje de gala

Así podríamos citar otros hechos que manifiestan su radicalidad, como lo que ocurrió durante la inauguración del Teatro Municipal de São Paulo, el 12 de septiembre de 1911, varias veces narrado por el Dr. Plinio. Como Doña Lucilia iba a asistir al evento, quiso prepararse con antelación y prefirió hacerse un peinado con una peluquera. En aquellos tiempos, peinarse podría durar, a veces, algunas horas. Doña Lucilia se tomaba esta tarea con una seriedad religiosa, casi como si estuviera en una ceremonia. Por la noche quiso despedirse de sus hijos antes de ir al teatro. Ya arreglada, con un bonito traje blanco, el mismo con el que, más tarde, fue fotografiada en París, y muy bien peinada; pero, para complacer a Plinio que tenía ganas de besarla, lo cogió en brazos. Él, contentísimo, sin darse cuenta de que ella estaba vestida con un traje de fiesta, pues era muy pequeño, empezó a acariciar sus cabellos, deshaciendo el peinado, y hasta el propio vestido sufrió algunos daños. El Dr. Juan Pablo estaba esperando, afligido por el horario, y al ver la escena se quejó horrorizado:
— ¡Señora, ponga a ese niño en el suelo, porque le está estropeando todo el peinado!
Entonces ella, con calma pero muy incisiva, le respondió:
— Deje, que yo me las arreglo. Una caricia suya nunca la cohibiré…
Y Doña Lucilia dio el asunto por terminado, porque un principio es un principio: nunca impediría que un hijo la acariciase, aunque con eso le deshiciesen el peinado. Continuó abrazando a su hijo y sólo después de mucho manifestarle su afecto, volvió al tocador, se arregló un poco el ca-bello y salió. Plinio se dio cuenta casi inmediatamente que no debería haber hecho eso; pero, percibiendo la dulzura de la respuesta, pensó: «Esto sí que es bondad, ¡esto es ser madre!» Se podría decir que es algo sin importancia; sin embargo, es un suceso capaz de marcar tan intensamente la vida de un niño que su recuerdo permanezca en el tiempo hasta el momento de su muerte. Plinio, efectivamente, no lo olvidó, hasta el punto de, setenta años después, todavía guardar en su alma una viva memoria del hecho.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 132 ss.

Doña Lucilia comentada por Dr. Plinio

“Toda la vida me gustó muchísimo tratar con personas cuya disposición de alma fuese afable, luminosa, suave, cordial, orientada hacia toda forma de bien, de generosidad y de bondad. Eran virtudes católicas, que notaba, por discernimiento, en la Iglesia y en los verdaderos hijos de la Iglesia, hasta llegar a encantarme, deleitarme y extasiarme”. Plinio Corrêa de Oliveira

Continuando de la mano de Mons. João de su obra El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Ofrecemos las siguintes líneas.

Doña Lucilia comentada los sábados por la noche

“Salón Azul” de la residencia del Dr. Plinio donde hacía las reuniones de “Conversación de Sábado por la Noche”

Sin duda, tal bienestar se notaba especialmente en el trato con aquella que había sido para él como un espejo del espíritu de la Iglesia: su madre Doña Lucilia, que así describió en una Conversación de Sábado por la Noche (Así se llamaba unas de las reuniones que el Dr. Plinio hacía con un grupo reducido de sus discípulos en su propia vivienda): «En cierto sentido, se mostraba excepcionalmente inteligente, con una forma de inteligencia vinculada a la compasión y a la ayuda, con una noción muy clara de todo lo que pudiera contundir o hacer sufrir a alguien. Por una pregunta o por la primera mirada que ella dirigía a alguna persona, intentaba ver cuál era el punto dolorido, lo notaba enseguida y ponía un cuidado extraordinario para no tener una distracción durante la conversación, hacer alguna referencia que pudiera hacer sufrir a esta persona de alguna manera. También sabía cuál era el género de compasión que debía manifestar para atender a ese sufrimiento, y lo expresaba mucho más por la mirada y por las actitudes que propiamente por las palabras».
Pero ¿quiénes eran las personas sobre las que tanto incidían la dulzura y la delicadeza de la madre del Dr. Plinio? En otra conversación así lo explicó: «Ella tenía una forma de
ser madre, un amor materno propenso a tener mil hijos, a englobar un número indefinido de personas. Por su extrema dadivosidad, tengo la impresión de que si dispusiera de todos los bienes de un Rockefeller o de un zar de Rusia, acabaría arruinándolos, por la gran propensión que tenía para dar». Pero quiso aclarar un pormenor: aunque la bondad de Doña Lucilia se manifestase preponderantemente en la asistencia a los necesitados, no se agotaba apenas en esta forma de hacer el bien. «Ella daba por la alegría de ver que alguien recibía lo conveniente y hasta lo superfluo. Su gozo consistía en ver que la persona se alegraba».

El Dr. Plinio comentó también que esta tendencia que tenía Doña Lucilia de beneficiar a los demás se aplicaba incluso a quienes tenían mucho más que ella, y a pesar de que, tal vez, no tuviera ninguna relación con ellos.Y puso un ejemplo hipotético: «Digamos que si supiera que existía en Groenlandia una ricachona que quisiese mostrar unas orquídeas de Brasil a unas amigas, si Doña Lucilia tuviese los recursos suficientes para hacerle llegar estas flores a la ricachona, sin ningún tipo de retribución, ¡ella se quedaría muy contenta! Pues su alegría de recibir era mucho menor que la alegría de dar».

Su bondad era acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo

¿De dónde provenía tanta bondad y bienquerencia? ¿Cuál era el origen de estas virtudes tan opuestas a la mentalidad reinante en aquel brutal y egoísta siglo XX, del que tuvo que recorrer tantas décadas? Explicó esta cuestión también en una Conversación de Sábado por la Noche: «No era la dulzura de una persona que tiene buen genio y trata bien a los demás por ese motivo. Ella lo tenía, pero había algo mucho más alto: un humor afable y acogedor, como penetrado por un rayo de luz que modelaba su bondad de acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo. Yo notaba perfectamente que se trataba de algo comunicado por Él a ella, de la misma forma que si alguien tomase un rayo de sol y lo lanzase sobre un alma, colmándola con sus efectos».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte V pp. 107 ss.

¡Una ancianidad toda preocupada en hacer el bien!

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Dr. Plinio convalecinete de la operción sufrida en su pie derecho

Durante aquellas comidas, cuando los amigos del Dr. Plinio veían entrar a doña Lucilia se levantaban para saludarla. Instalada siempre en el mismo lugar, recorría con la mirada toda la sala y, cuando la conversación permitía una interrupción, se volvía hacia el Dr. Plinio:
— Hijo mío, ¿has invitado a tus amigos a cenar?
— Ellos ya han cenado, mamá.
Para tranquilizarla más, algunos decían:
— No se preocupe, doña Lucilia, ya hemos cenado. Pero pensando que respondían por mera amabilidad, no dudaba en tocar la campanita y decir:
— Mirene, estos señores que están visitando al Dr. Plinio van a cenar aquí. ¿Quieres preparar la mesa?
Era necesario entonces que ellos reafirmasen de manera aún más categórica que ya habían cenado. Sin dejarse derrotar en esta pequeña contienda de cortesía, pasado un instante hacía sonar nuevamente la campanita:
— Mirene, estos señores ya cenaron, por lo tanto prepárales un café.
Una vez, dada la posición poco cómoda en que el Dr. Plinio se encontraba para almorzar, uno de los amigos le sostuvo la bandeja mientras él se servía los alimentos. En determinado momento doña Lucilia se dio cuenta de la escena, se inclinó un tanto hacia adelante, y preguntó:
— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que estás cansando a ese joven?
— Pero, doña Lucilia, si usted pudiese, ¿no haría lo mismo? —dijo quien auxiliaba
al Dr. Plinio. Nada convencida con el argumento, se dirigió nuevamente al Dr. Plinio:
— Pero hijo mío, no se hace eso con los demás.
La acogida dada por doña Lucilia era graduada por sus disposiciones en relación a cada persona. No era igualitaria: naturalmente estimaba más a unos, a otros menos. Pero con todos era siempre de una apertura, de una llaneza, comparable, conforme el caso, ora a la luz de un día asoleado, ora a la luz más discreta de una noche de luna. Su afecto era estable, tranquilo, no mudaba jamás, siendo muy constante en sus amistades.
¡Quien no conoció a doña Lucilia no puede tener idea de cómo era una persona extraordinaria! Es imposible describir, con toda la riqueza de matices, de qué manera nos reportaba a Dios. Tanta era su elevación y dulzura.

Siempre preocupada por los demás

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Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz…,

En sus pequeños gestos, reflejos de una alta virtud
Por más que hayamos comentado a lo largo de estas páginas esta cualidad de doña Lucilia, no nos cansamos de alabarla: era emocionante comprobar en ella el cariñoso deseo de atender las necesidades ajenas, ¡incluso a los 91 años!
— ¿Me permiten una sugerencia? He hecho muchas imprudencias en mi vida leyendo y forzando la vista en lugares poco iluminados. Y ahora les veo a ustedes en este vestíbulo, que no es apropiado para la lectura. Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz, y como no voy a volver, ustedes podrían pasar allí. Estoy segura de que verán mejor en ese sitio.
Con estas palabras, doña Lucilia les aconsejaba a dos jóvenes que leían —uno un diario y otro un libro— mientras esperaban, en el vestíbulo del “1º Andar”, que el Dr. Plinio les atendiese. Fue después de haberla saludado que oyeron de ella ese ofrecimiento tan afable.
En seguida, doña Lucilia fue conducida hasta su cuarto por la empleada, dejando a los dos jóvenes encantados. Comentaron la amable manifestación de bondad de que habían sido objeto y volvieron a sus respectivas lecturas. Pasado algún tiempo vuelve la empleada, entreabre un poco la puerta del corredor que da para el vestíbulo, y lanza una mirada a los visitantes. El hecho se repitió una segunda vez, lo que no les pasó desapercibido: — ¿Qué estará sucediendo? La tercera vez, la empleada, sonriendo, les dirigió la palabra:
— ¿No van a pasar al comedor?
— ¡No! —dijeron ellos.
— ¡Ah! Por favor, doña Lucilia se quedó muy afligida al saber que ustedes están leyendo a media luz. Mientras no cambien de sala no se tranquilizará.
Esta pequeña actitud de doña Lucilia —que juzgaba un deber de conciencia proteger la vista de dos jóvenes desconocidos— deja entrever, una vez más, no sólo las elevadas cualidades de una bella alma, sino también aspectos de un mundo que se fue.

Otros entretenimientos

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…mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal…

En aquellos momentos de descanso, además de pasar un buen rato hojeando álbumes o revistas, doña Lucilia oía música, aunque era menos frecuente. Nos impresionaba ver cómo, por saber apreciar muy bien el arte de los sonidos, acompañaba con atención y conocimiento las composiciones que escuchaba en un fonógrafo. En esta fase de su vida le agradaba especialmente oír marchas y canciones francesas de la época pre-napoleónica, entre las cuales la de los Dragones del Duque de Noailles, que le gustaba particularmente.
Con suavidad y delicadeza, seguía las ondulaciones de la melodía y el ritmo de la marcha, marcando el compás con calma y vivacidad, ora con las puntas de los dedos de la mano derecha, ora con los de la izquierda, sobre los brazos de su silla de ruedas. Por increíble que parezca, esos movimientos ayudaban a captar mejor la belleza de la composición musical.
Constituía una distracción aún mayor para doña Lucilia recibir a personas amigas. Mucho antes de que llegasen las visitas mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal y verificar si la disposición de los muebles y de los objetos estaba de acuerdo con sus indicaciones. Faltando poco para la hora marcada, preguntaba dos o tres veces si habían llegado las personas esperadas. Quien tenía la gracia de estar próximo a ella en estas circunstancias, podía comprobar de nuevo su interés y desvelo por los demás. Solía ocurrir que, por su solicitud con los visitantes, éstos se olvidaban hasta de la hora de retirarse…
Sin embargo, nunca dejaba de ocupar el lugar central de sus atenciones su propio hijo.

La hora de conversar con su filhão

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No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo…

Durante casi toda su convalecencia, el Dr. Plinio pasaba el día en el escritorio de su apartamento, siguiendo la prescripción médica. No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo. Era conmovedor observar la escena. Mirando hacia la puerta del escritorio, le decía a la empleada que conducía la silla de ruedas:
— Vamos aquí, Mirene.
Muchas veces era la hora del descanso del Dr. Plinio, o el momento de sus oraciones, y la puerta estaba cerrada. La empleada respondía:
— Pero, doña Lucilia, él ahora está durmiendo.
— ¿Estás segura?
A respecto de estos episodios, cuenta el Dr. Plinio: “De vez en cuando, estando ya acostado en el sofá, la oía decir:
“— Mirene, es la hora de hablar con el Dr. Plinio.
“La empleada simulaba no oír, pero mamá insistía y a veces ordenaba:
“— ¡Entra! ¡Quiero hablar con el Dr. Plinio!
“Desde el escritorio, yo hubiera podido decir:
“— ¡Mirene, entra! —pero lo dejaba así, pues quería ver en qué terminaría aquella pequeña batalla. ¡A veces mamá imponía su voluntad con autoridad! La empleada no tenía ánimo de enfrentar y cedía.”
¡Doña Lucilia entraba con una alegría única!
Una “pequeña batalla” semejante se verificaba también cuando el Dr. Plinio estaba en su cuarto. Doña Lucilia, al aproximarse a la puerta, le decía a la empleada:
— Mirene, ¡quiero ver al Dr. Plinio, eh! Estamos llegando a su cuarto. La silla de ruedas continuaba impasible su camino y doña Lucilia insistía:
— Mirene, ha llegado la hora de hablar con el Dr. Plinio.
La empleada retrucaba:
— No, señora, ya pasó la hora.
— No, ¡es la hora!
El Dr. Plinio entonces decía:
— Déjala entrar — y fingía que era la hora de estar con su madre.
— Bueno, mi bien, ha llegado el momento de vernos…
“Cuando entraba en mi cuarto, ella estaba muy tranquila”, recuerda el Dr. Plinio. “Bromeaba un poco con ella, conversaba, mandaba colocarla muy cerca de mí para que me oyese mejor. Ella prestaba una atención enorme en mis palabras. Y no me cabe la menor duda de que, por la noche, mientras se preparaba para dormir, aún pensaba en ese encuentro”.
3p195Fuera de estas esporádicas ocasiones había un horario preestablecido —antes de la siesta  del Dr. Plinio— en que llegaba para doña Lucilia la tan esperada oportunidad de conversar con él. ¡Esa hora nunca se la perdía! Casi siempre asistían a los almuerzos y cenas del Dr. Plinio cuatro o cinco amigos y auxiliares, que aprovechaban la ocasión para tratar temas relativos a las actividades apostólicas en las cuales todos estaban empeñados. Con frecuencia eran verdaderas “comidas de trabajo”. Doña Lucilia entraba a partir del final del segundo plato, ya cerca de la hora del postre. Cesaban entonces los trabajos y comenzaba una conversación variada.
Terminada la comida, los amigos del Dr. Plinio se retiraban, dejándolo a solas con doña Lucilia. La conversación era habitualmente más corta de lo que a ella le hubiese gustado. En efecto, el Dr. Plinio había determinado que la empleada la dejase con él en el escritorio durante un tiempo limitado, debido a las exigencias de su convalecencia. Agotado el tiempo, entraba y decía:
— Doña Lucilia, vamos, el Dr. Plinio necesita descansar.
— No, no —respondía a veces doña Lucilia—, deja que yo me quedo. Pero Mirene, siguiendo las instrucciones del Dr. Plinio, iba empujando la silla lentamente.
— Mirene, ¿qué es eso? Voy a quedarme.
El Dr. Plinio, entonces, intervenía.
— Mi bien, necesito descansar un poco.
Ante el pedido del filhão, doña Lucilia no decía nada más, sometiéndose pacientemente a la privación de la compañía de quien le era tan querido. La empleada iba empujando la silla, hacia atrás, y doña Lucilia se iba despidiendo a distancia, con un leve gesto de mano, mientras miraba a su hijo aún por unos instantes.