Constante manifestación de la bondad divina

A través de su maternal intercesión, Dña. Lucilia ha llevado a muchas almas a comprender la bondad de aquel que, más que ella, desea concederles a los hombres valiosos e inagotables tesoros.

Elizabete Fátima Talariico Astorino

 

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La intercesión de Dña. Lucilia ha sido siempre un faro para numerosas almas que se encuentran perdidas en el mar tempestuoso de la vida. Gracias a su valioso auxilio y afable protección, mucho de sus devotos pueden comprender más fácilmente que para Dios nada es imposible.

En efecto, aquella que supo sacar del latido del Sagrado Corazón de Jesús la fuerza necesaria para hacer de su vida una constante manifestación de bondad divina, hoy ha acercado a numerosas personas a aquel «que ha amado tanto a los hombres» y que ha sido tan poco amado por ellos, ayudándolas a enfrentar las luchas y sufrimientos de la existencia terrena.

«Quién sabe si rezándole tú, cambian las cosas»

Reconfortada por la dadivosa protección de Dña. Lucilia, Elma Regina dos Santos, de Jacareí (Brasil), nos envía su testimonio, deseosa de manifestar su gratitud por los beneficios recibidos por intercesión de su «amiga que habita en el Cielo.» Así nos lo narra:

«A mediados de 2019 andaba muy triste, con depresión, con la vida en punto muerto, sin tener nada que hacer. Simplemente iba del trabajo a casa y de casa al trabajo, y tampoco me quedaba dinero para nada. Necesitaba hacer reformas en el jardín trasero de mi residencia que estaba muy feo, sólo tenía tierra, nada más.

«Un día llamé a mi madre y le dije: “Mamá, mi vida está siendo muy triste”. Y me respondió: “Mira, he recibido la revista de los Heraldos del Evangelio y en ella se habla de una persona llamada Lucilia. Quién sabe si rezándole tú, cambian las cosas”. Entonces pensé: “Ah, no tengo nada que perder; le voy a rezar”.»

Doña Lucilia, quíteme esta tristeza, deme los medios

Así, siguiendo el consejo de su madre, Elma empezó a rezar todas las noches: «Doña Lucilia, ¡ayúdeme! Doña Lucilia, quíteme esta tristeza, deme los medios».

Sin embargo, a pesar de rezar insistentemente a esta generosa señora, un contratiempo más vino a poner a prueba la fe de Elma: «Llovía mucho, mucho, en mi ciudad; caía una tromba de agua. De repente, oí un estruendo enorme en mi casa. Corrí a ver qué era: se había caído el muro de contención de mi jardín. Sólo quedaban los escombros.»

Ante esta trágica situación, Elma se desanimó todavía más: «No tengo dinero para pagar un albañil, para nada. ¡Apenas conseguía pagar las facturas! Estaba sumida en deudas. Entonces llamé desesperada a mi madre: “Mamá, me dijiste que rezara, recé y ha salido todo errado, empeoró la situación”. Y me contesta: “Piénsalo bien. Si no iba a ayudarte, tampoco iría a hacerte ningún daño. Confiemos. ¿Estás rezando? ¡Confía!”.»

De hecho, Dña. Lucilia le estaba ayudando

Elma continuó pidiéndole auxilio a Dña. Lucilia. Y no tardó en constatar que sus oraciones ya empezaban a ser escuchadas. «Al cabo de dos días —nos cuenta—, mi madre me llamó y me dijo: “Elma, ¿estás pagando una prestación por la casa? La casa tiene seguro. Llama a la aseguradora y pídeles que te manden a alguien que evalúe lo ocurrido”.»

De hecho, Dña. Lucilia ya había comenzado a ayudarla: tras la valoración del perito de la compañía, Elma pudo recibir la contraprestación del seguro y reconstruir el muro. Estaba resuelto el problema que parecía insoluble.

No obstante, esperaba que también fuera atendida su primera petición, la de obtener los recursos necesarios para hacer las adecuadas instalaciones en su jardín y comprar algunos muebles. Para eso era indispensable despejar algunos obstáculos en el trámite de la pensión de su esposo. Elma ya sabía dónde encontrar la solución: «Como aún faltaba mucho de lo que queríamos, empecé a rezar con más fuerza a Dña. Lucilia, pidiéndole que mi marido consiguiera jubilarse.»

Una vez más, el auxilio no tardó en llegar: su esposo obtuvo la jubilación, lo que hizo posible comprar los muebles y hacer en el jardín todas las instalaciones deseadas. «Quedó muy bonito», dijo la feliz beneficiaria.

«Hoy sé que tengo en el Cielo una amiga llamada Dña. Lucilia»

Agradecida por los beneficios recibidos, Elma afirma: «Se lo debo todo a Dña. Lucilia. Durante la construcción del muro y las obras en el jardín, tuve problemas de albañiles, de materiales… Pero todas las veces que pedía su intercesión, de la nada aparecía el albañil; de la nada encontrábamos un lugar más barato para comprar el material. Conseguimos hacer un verdadero milagro en nuestra casa. Estamos muy contentos y tenemos la casa de nuestros sueños. Todo ha sido obra de Dña. Lucilia. Hoy sé que tengo en el Cielo una amiga llamada Dña. Lucilia».

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Desde entonces, Elma no cesó de pedir auxilio a su protectora, ni de propagar entre sus parientes y conocidos el valor de su hábil y maternal intercesión: «Tamaña es mi confianza en Dña. Lucilia que, al ver a mi hermano afligido, debido a un cáncer en el intestino que le causaba gran dolor y preocupación, le dije: “Pon la foto de Dña. Lucilia debajo de la almohada; ella te ayudará”.» Y al día siguiente un tranquilizador aliento le fue dado a su hermano: amaneció animado y decidido a luchar contra la terrible enfermedad.

Poco a poco, la confianza de Elma va beneficiando a otros miembros de su familia: «Mi hermana está con quimioterapia por un cáncer de mama y desde que lleva la foto de Dña. Lucilia ha disminuido su malestar; siempre está animada y con esperanza de curación.»

Elma concluye su testimonio con esta alentadora constatación: «Doña Lucilia es poderosa y realmente intercede por nosotros cuando le pedimos con fe. Es mi amiga que habita en el Cielo y me ayuda a todo momento.»

«Confiamos la resolución del problema exclusivamente a Dña. Lucilia»

Da. Maria Cecília - Foto: Reprodução

Da. Maria Cecília 

Admirada con la rapidez con la que su petición fue atendida, nos escribe María Cecilia Silva da Costa Custodio, de Cuiabá (Brasil), contándonos la gracia recibida por intercesión de Dña. Lucilia: «El 5 de abril de 2019 recibí la noticia de que una amiga, Elaine Bonfanti, estaba gravemente enferma, internada en la UTI, diagnosticada de un derrame pleural y sospecha de gripe porcina. Empezamos entonces las oraciones… El día 7, primer sábado de mes, confiamos la resolución de ese problema exclusivamente a Dña. Lucilia y le prometimos rezar un rosario en agradecimiento, tan pronto como mejorase.»

No tardó Dña. Lucilia en colocar su alentador chal sobre las plegarias de María Cecilia y obtener un brusco cambio en la situación de la enferma: «Al día siguiente, recibimos la noticia de que Elaine había mejorado súbitamente. El día 9 pudo ser trasladada a la habitación. El día 13 recibió el alta y se fue a su casa.»

Antes incluso de que se cumpliera una semana de su petición a Dña. Lucilia, ¡el problema se había resuelto!

Oraciones rápidamente atendidas

Al tener que realizarse una punción en el seno derecho, guiada por ultrasonido, María de la Soledad Braúna Gomes, de São Paulo, pidió la intercesión de Dña. Lucilia, a fin de obtener un buen resultado en ese examen.

Y cual no fue su sorpresa al tomar conocimiento de cómo sus oraciones habían sido rápidamente escuchadas: «Al iniciar el ultrasonido, la médica informó de que ya no sería necesaria la punción, pues la alteración descrita en el examen anterior ya no existía, tan sólo quedaban quistes simples.»

*     *     *

Junto al Sagrado Corazón de Jesús, Dña. Lucilia se dispone a pedir valentía, tranquilidad y esperanza para aquellos que la invocan, auxiliándolos en la resolución de todos los problemas. Así pues, ha hecho con que muchas almas crezcan en la confianza y en el amor a aquel que, más que ella, puede conceder valiosos e inagotables tesoros.

Extraído de la Revista Heraldos del Evangelio nº 220 noviembre 2021 pp. 38-40

«Bienaventurados los mansos»

Su mirada refleja un pensamiento constantemente dirigido hacia consideraciones elevadas. Demuestra poseer en sí el bienestar de la virtud, de la aceptación del sufrimiento vivido en paz

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

La fotografía de Dña. Lucilia reproducida en esta página la presenta, en su vigor juvenil, en sus últimos años de soltera. Está en una terraza, probablemente de la casa de la hacienda Jaguary, en São João da Boa Vista, perteneciente a su padre, el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos.

Dulzura, suavidad y bondad

Dona Lucilia - Foto: Reprodução

Su mirada refleja un pensamiento constantemente dirigido hacia consideraciones elevadas. Su fisonomía denota la precoz seriedad de quien, en la lozanía de su existencia, ya comprendió a fondo esta vida, que la Salve denomina, con gran belleza expresiva, «valle de lágrimas». Sin embargo, no se aprecia en ella la mínima señal de desánimo, acidez o amargura. Al contrario, por encima de todo aparecen dulzura, suavidad y bondad. Lucilia demuestra poseer en sí el bienestar de la virtud, de la aceptación del sufrimiento vivido en paz. Paz que, sin darse cuenta, irradia de forma discreta a su alrededor.

Una bienaventuranza, entre otras, viene a la mente de quien analiza a Lucilia en esa circunstancia: «Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5, 4).

Nadie mantiene una vida virtuosa duraderamente sin el auxilio de la gracia divina. Se observa en esta fotografía, dentro de la secuencia de las que la anteceden, cómo va siendo bien conducida la vida interior de Lucilia, impregnada cada vez más por una tierna devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a su Madre Santísima.

El Sagrado Corazón de Jesús, devoción de toda una vida

Fue en su cándida juventud cuando Lucilia recibió de su padre esa espléndida y piadosa imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que desempeñará un enorme papel en su vida interior, acompañándola hasta su última señal de la cruz. La conservará siempre en su propio cuarto, en un sencillo oratorio de madera. La imagen, de origen francés, fue comprada por el Dr. Antonio en la Casa Garraux, la mayor librería de São Paulo de aquel entonces, que también vendía ciertos artículos europeos, como vinos e imágenes.

La intención de estimular la piedad de Lucilia motivó el gesto de su padre. En efecto, le causaba admiración verla rezar todas las tardes su rosario, apoyada en la barandilla de una ventana que daba al jardín trasero del palacete en el que residía.

A través de esa imagen, reconocía, admiraba y adoraba al propio Sagrado Corazón de Jesús, siempre bondadoso en extremo, misericordioso, dispuesto a perdonar, ¡aunque profundamente serio! Rebosante de afecto, pero sin sonreír nunca; manifestando siempre una cierta tristeza, de quien mide hasta el fondo la maldad de los hombres y por ello sufre mucho. De ahí que el Corazón Sagrado esté rodeado por una corona de espinas y atravesado por la lanza de Longinos.

Los rasgos de su fisonomía simbolizaban la dolorosa queja contenida en aquella famosa frase, dirigida por Nuestro Señor a los hombres por medio de Santa Margarita María Alacoque: «Hija mía, he aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y por ellos tan abandonado».

Con la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, Lucilia desarrolló aún más en su alma el deseo de hacer solamente el bien.

Extraído, con adaptaciones, de: Doña Lucilia. Città del Vaticano-Lima: LEV; Heraldos del Evangelio, 2013, pp. 90-95.

Justicia y bondad

Muchas madres no saben castigar ni premiar a sus hijos en los momentos adecuados. Doña Lucilia fue un modelo en el sentido contrario. En todas las ocasiones de punir, ella punía de verdad; en todos los momentos de premiar, premiaba de verdad. Llevaba las cosas hasta los últimos pormenores. Nunca elogiaba a su hijo, pero siempre lo trataba con inmensa bondad.

Puede darse el caso – y desconfío que hoy sea mucho más frecuente que otrora –
de que una madre pierda la paciencia con el hijo sin ser justa, porque está nerviosa, irritada, los negocios
 no están bien, o simplemente porque ella no controla los nervios, se enoja fuera de hora, después agrada fuera de hora, etc. Ella no es justa en el momento en que pune ni en el momento en que premia.

Boletín con notas de aprovechamiento y comportamiento

cap13_007Doña Lucilia fue un modelo en el sentido contrario. En todas las ocasiones de punir, ella punía de verdad; en todos los momentos de premiar, premiaba de verdad. Ella llevaba las cosas hasta los últimos pormenores. Por ejemplo, ella prestaba mucha atención en las notas que yo sacaba en el colegio. En aquel tiempo el Colegio San Luis, de los padres jesuitas, era el mejor de San Pablo. Todos los meses le entregaban la libreta a cada alumno con las notas de aprovechamiento del estudio y de comportamiento en cada materia. Yo le mostraba la libreta a mi madre, ella la abría y a veces, para evitar que me olvidase, decía: “Mira, voy a ver antes la nota de comportamiento. Porque de la nota de comportamiento tú eres el responsable. Si fueres bueno en comportamiento, mereces un premio; si fueres malo, tienes la culpa, porque depende de ti.” Después ella agregaba, para estimularme: “La nota de aprovechamiento ya no es así, porque no sé si tuve un hijo burro o inteligente. Aún no está demostrado. Y si eres burro, no tienes la culpa. Ahí aparece la nota baja y me doy cuenta de que Plinio es burro. Pero no voy a castigar a un hijo porque es burro, pues no castigaría a un hijo porque es enfermo, por ejemplo. Simplemente constato: mi hijo es burro.”
Mi madre miraba la nota de comportamiento, y en general, siempre fue bien buena: nueve o diez. Ella toleraba nueve en una materia o dos, no más que eso. Porque sacar nueve en algunas materias, quería decir que estaba decayendo en comportamiento, por lo tanto en el carácter, y era necesario ver cuál era la razón de esa decadencia.

Los mejores alumnos eran premiados con medallas de oro o de plata

Colegio San Luis, de los PP. Jesuitas

Colegio San Luis, de los PP. Jesuitas

Al final del año, los padres distribuían un premio destinado a pocos alumnos. Entonces, para cada materia había una medalla de oro y otra de plata, correspondientes al primero y al segundo lugar en cada disciplina. Y una vez yo recibí cuatro medallas. Lo cual era reputado un bello total en el Colegio San Luis. Y ellos prendían las medallas en el pecho del alumno. Mi madre iba siempre a las fiestas de distribución de premios, a fin de prestigiarlas y para que yo comprendiese que, de hecho, era necesario estudiar duro. Pero ese año ella no fue. Cuando llegué a casa, mi madre estaba esperándome. Toqué el timbre, ella fue corriendo a la puerta, y viéndome con cuatro medallas me abrazó y besó mucho. Pero eran cuatro medallas de plata, no de oro; no sé si ella percibió eso. Yo no dije nada y vi que estaba muy contenta. Ella tampoco pudo ir a la fiesta al año siguiente, pues sufría mucho del hígado.
Cuando llegué a casa, toqué el timbre, ella enseguida atendió la puerta y preguntó:
– Entonces, filhão ( en portugués, aumentativo afectuoso de hijo), ¿cómo te fue?
Yo estaba con tres medallas. Ella miró y dijo:
– ¡¿Solo tres medallas?!
Mãezinha (en portugués, diminutivo afectuoso de mamá), una es de oro…
Entonces me abrazó y besó mucho.
Cuento eso, para que noten cómo ella veía hasta las cosas más pequeñas.

Doña Lucilia nunca elogiaba a su hijo

Doña Lucilia tuvo este cuidado hasta el fin de su vida: nunca me elogiaba en mi presencia. A veces, una que otra persona me hacía un elogio en mi presencia, pero ella fingía que no oía y continuaba conversando. Había una señora que frecuentaba nuestra casa y tenía un yerno que era colega mío, abogado como yo. Esa persona iba a nuestra residencia y contaba las proezas de su yerno, como abogado. Pero tomaba mucho tiempo narrando. A mi madre le agradaba esa persona, oía todo con mucha atención y quedaba admirativa. Nunca contaba nada de lo que yo había hecho. Y yo tampoco contaba.
Un día le pregunté:
– Mamá, Ud. ve que ella cuenta esas cosas para dar a entender que él es un abogado mucho más capaz que yo. ¿Por qué Ud. no dice algo sobre lo que yo hago?
Ella me dijo, con un tono de voz muy normal:
– Hijo mío, la pobre queda tan alegre, ¿por qué voy a quitarle la alegría?
Eso entraba, en alguna medida, en su actitud. Pero yo veía muy bien que no era solo por ese motivo. Mi madre tenía miedo de que yo, oyendo un elogio contado por ella, quedase vanidoso. Entonces, en ningún momento ella hacía algún elogio a mi respecto. Pero daba pruebas de confianza sin límites en mí, con respecto a todo. Si yo llegase con un papel en blanco y le pidiese firmar, ella firmaba y no preguntaba después qué era. Ese es el mejor de los elogios.
Cierta vez, un sujeto que era mal hijo me dijo:
– ¡Cómo Doña Lucilia confía en ti! Mis padres no confían tanto en mí.

Yo casi le digo: “¡Cada uno tiene lo que le es justo!” Era la justicia.

El niño Plinio se ve afectado por el crup

plinio_marineroAhora, veamos la bondad de mi madre. Yo tuve, cuando tenía unos diez años de edad, una enfermedad gravísima y contagiosísima, llamada angina diftérica, también denominada crup. No es paperas, que es una enfermedad común. Varios de los que están en este auditorio deben haber tenido paperas. Pero crup es una enfermedad infecciosa horrible y muchas veces mortal. Porque es una infección que da en la garganta, y la persona queda postrada con una fiebre elevadísima. Afecta sobre todo a niños, pero, a veces también a gente adulta, si no me engaño. La garganta se va hinchando, se cierra e impide la respiración; la persona muere por falta de aire.
Yo me acuerdo que me desperté una mañana con la voz embargada, y le dije al empleado: “¡Llame a Doña Lucilia!”
Ella llegó y yo le dije: 
– Mi bien, yo no me levanto ahora porque estoy muy enfermo.
– ¿Qué te pasa, hijo mío?
Le expliqué lo que sentía. Ella cogió una caja de juguetes – de los mejores, que más me interesaban –, la puso en la cama y dijo: “Ve jugando aquí, mientras consulto al médico.”
Me acuerdo muy bien que me senté a jugar, porque era un juguete que no daba para utilizar acostado. Sentí mi cuerpo debilitarse y me hundí en la cama de nuevo.
El médico que mi madre había consultado por teléfono indicó algunos remedios. Pero la enfermedad era contagiosísima. Ella podía perfectamente contratar a una enfermera para tratarme, porque era muy enferma del hígado y si le diese crup, se moría con toda seguridad. No quiso saber de ninguna enfermera, desde el comienzo hasta el fin. Había, sobre todo, un momento decisivo en el crup, especialmente contagioso, con respecto al cual el médico, homeópata, previno a mi madre. Yo tomaba el remedio periódicamente y mi fiebre iba subiendo. Ella llamaba por teléfono al médico – que era amigo de la familia y recibía las llamadas con mucho agrado – y él le decía: “No se asuste, la fiebre de Plinio va a subir aún más. Pero en cierto momento, si el remedio le hace bien, la membrana infectada que él tiene en la garganta será expelida. En el momento en que él lance esa membrana, tenga un paño cualquiera en el regazo y haga que la expela en ese paño. Y mande inmediatamente a una de las criadas a llevarlo al jardín, donde ya debe tener un hueco listo, y enterrarlo bien hondo, porque esa membrana es ultracontagiosa. Y si Ud. la pone en cualquier otro lugar de la casa, se le pega a alguien.”
Ella podía contratar a una enfermera, por lo menos para ese momento, pero no lo hizo.
Me acuerdo que estaba sentada junto a mí. En cierto momento, hice una señal de que iba a suceder algo. Pero yo estaba pensando, con mi mentalidad de niño, que me iba a morir. Mi madre me ayudó y expelí la tal membrana en la toalla colocada sobre su regazo. Ella inmediatamente la dobló, para evitar la expansión de los microbios. Después me agradó un poco, llamó a una empleada de la casa y le dijo: “Magdalena, coja esto con la punta de los dedos y entiérrelo en un hueco que fue hecho allá, en el fondo del quintal.”
Magdalena fue corriendo e hizo como Doña Lucilia le había mandado. Gracias a Dios, ni mi madre ni Magdalena se contagiaron. Unos días después, yo ya estaba restablecido.
Cuando expelí la membrana y mi madre vio que, por lo tanto, el peligro había pasado, ella llamó por teléfono al médico para contarle lo sucedido, diciendo:
– ¡Doctor Fulano!
Él respondió:
– No necesita contarme el resto. Su voz alegre ya me lo dice todo…

Deseo de tener siempre la presencia de su hijo

3p186Cuando mis padres estaban vivos, todos los días yo almorzaba con ellos y, terminado el almuerzo, salía corriendo para el trabajo. Ellos estaban tan habituados a eso, que ni siquiera prestaban atención si yo había salido o no, pues daban por cierto que, habiendo acabado de almorzar, ya estaba fuera de la casa. Pero un día, tal vez por haber olvidado algo en casa, volví y encontré esta escena: los dos en una sala de estar; mi padre sentado y mi madre, de pie, le decía:
– ¿De verdad crees que ese menú está bien? ¿A Plinio le gustará comer esos platos? ¿O será mejor hacer otra cosa? Mi padre, que estaba con sueño y con ganas de hacer la siesta, respondió:
– ¡Oh, señora! Haz con él lo que yo haría. Si yo tuviese que organizar un menú, diría: “Joven, para la cena hay esto. Si quieres, come; ¡si no quisieres, vete a comer afuera!”
Ahora bien, eso era justamente lo que mi madre no quería. Su deseo era que yo cenase con ella. Ella no dijo nada, pero noté que había quedado desconcertada porque quería una ayuda que él no le dio. De hecho, él no podía ayudar, pues esas son cosas que una dueña de casa piensa y un hombre no. Ella se quedó quietecita y después salió de la sala. Me retiré de tal forma que ellos no percibiesen que yo había presenciado la escena. Pero salí pensando: “¡Se ve muy bien que padre es padre, pero madre es madre!”
Por ese pequeño episodio, comprendemos la ventaja inapreciable de tener una Madre en el Cielo, como Nuestra Señora, que tiene para con los hijos aquellas accesibilidades, bondades, que las madres tienen. ¡Más aún siendo Ella, al mismo tiempo, Madre de Dios! Por esa causa, debemos rezar con confianza, porque Ella atiende siempre nuestros pedidos.

(Extraído de conferencia del 15/12/1991). 

Fe, objetividad y resignación

Doña Lucilia tenía una gran seriedad de alma que se reflejaba,
inclusive, en el trato con los niños. Al contarles historias, colocaba
siempre una nota de seriedad, explicando el sentido moral y religioso de aquella narración. Aun cuando la historia no fuese religiosa, hacía una crítica con mucha paz, serenidad y objetividad, indicando cómo debería ser aquel cuento dentro de un contexto religioso.

La presencia de mi madre daba siempre la impresión de una tranquilidad llena de dulzura, de afabilidad, lo que hacía esa presencia muy atrayente. Eso hace que, aún hoy cuando entro en casa, yo tenga la sensación de que todo el ambiente está embalsamado por esa tranquilidad.

Cariño con un fondo de seriedad

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Dr. Plinio en la sepultura de Doña Lucilia en el Cementerio de la Consolación

También se nota ese ambiente de paz y tranquilidad en las personas que visitan su sepulcro. Habitualmente voy al cementerio una vez por semana, aunque en horas variadas. A veces voy más de una vez por semana. No me acuerdo de haber encontrado la tumba sin nadie presente junto a ella. En los días en que hay mucho tiempo libre – sábados, domingos y festivos nacionales – se llena de personas a su alrededor. Me llama la atención ver a muchas personas que rezan, y otras quietas, en un estado de alma como quien está sorbiendo esa tranquilidad, bebiendo de ella con la intención de que algún tanto de esa serenidad sea colocado en su alma. Así, noto una analogía o una identidad entre los efectos que las personas sienten hoy junto al sepulcro de ella, y los experimentados otrora por quien frecuentaba nuestra casa cuando ella estaba viva. Esa identidad me conmueve.
¿Cuál era el fondo de esa tranquilidad, de esa serenidad, de esa paz de Doña Lucilia? Ante todo, era una gran seriedad de alma, que se reflejaba inclusive en el trato con los niños. Ella era muy cariñosa con mi hermana y conmigo. Pero su cariño siempre tenía un fondo de seriedad. Mi madre contaba, por ejemplo, historias como la del Gato con Botas. Aunque ella solo tuviese dos hijos, en la familia éramos muchos niños, pues había muchos parientes, y formábamos una rueda enorme en torno a ella y todos los niños absorbían esas narraciones con mucho gusto. Sin embargo, a pesar de hacer descripciones enteramente adaptadas para los niños, ella siempre colocaba una nota de seriedad, es decir, explicaba el más profundo sentido moral y religioso de aquella narración. Aun cuando la historia no fuese religiosa, ella hacía una crítica con mucha paz, serenidad y objetividad, indicando cómo debería ser aquel cuento dentro de un contexto religioso. A propósito, la objetividad era una de las características de su espíritu. Ella quería ver todas las cosas como eran, sin
hacerse ilusiones sobre los lados buenos, ni sobre los malos. Por otro lado, precisamente por causa de esa serenidad y objetividad, ella demostraba una gran resignación.
Doña Lucilia era muy devota del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora, y de esas devociones absorbía una conformidad con todos los aborrecimientos que la vida trae. En efecto, la vida le trajo disgustos enormes, respecto a los cuales no es el momento de tratar, pero ella sufrió mucho, inclusive desde el punto de vista de la salud, pues fue siempre bastante enferma.

Resignación inhalada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

manuel-dorrego-1787-1828-sta-ma-margarita-de-alacoqueElla recibía todo eso con una serenidad tal, que se verificó hasta en el momento de su muerte. Según cuenta el médico que la asistió en sus últimos minutos, eran cerca de las diez de la mañana cuando ella, percibiendo que había llegado el momento de pasar a la eternidad, hizo un Nombre del Padre muy grande y tranquilo, y expiró.
Era el fin propio de la vida que había llevado. En la serenidad, ella entregó su alma a Dios con toda la dulzura y suavidad. Era, por así decir, la esencia de su estado psicológico y moral.
Si queremos gozar de esa paz, haremos muy bien en tener mucha devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en leer algo sobre esa devoción de Santa Margarita María Alacoque, a quien el Sagrado Corazón de Jesús se manifestó, y todo cuanto Él dijo de sí mismo a esa santa, que es una escuela de resignación para los hombres.
En una de sus apariciones a Santa Margarita María, Él mostró su Corazón y afirmó: “Este es el Corazón que amó tanto a los hombres y fue tan poco amado por ellos”. Nuestro Señor hizo ese lamento con una resignación divina, de la cual nos dio ejemplo hasta en la hora de morir en la cruz, cuando dijo: “Padre mío, en vuestras manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). ¡Y expiró! Esa resignación alimentada en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús trae consigo una dulzura extraordinaria. Más aún cuando es acompañada por la devoción a Nuestra Señora, que siguió todos los pasos de la vida, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, el nacimiento de la Iglesia, y era Ella misma la Reina de la paz, de la serenidad, de la tranquilidad, incluso en las situaciones más dolorosas.
Por ejemplo, cuando los Apóstoles abandonaron al Divino Maestro, en cierto momento comenzaron a regresar. San Juan Evangelista fue el primero. Después de que Nuestro Señor Jesucristo fue sepultado, Ella se dirigió hacia el Cenáculo y los Apóstoles fueron, poco a poco, reuniéndose en torno a Ella. Podemos imaginar toda su bondad y su dulzura recibiéndolos, perdonándolos, estimulándolos, y siendo la Reina de la paz y también de la resignación.
El hombre moderno no es resignado. Cuando quiere algo, desea eso ferozmente: un empleo, un paseo, un automóvil, en fin, sea lo que sea, él lo quiere de tal manera, que si no
lo obtiene queda dilacerado en su alma. El alma católica no es así. El espíritu católico desea, pero si no puede recibir lo que quiere, si Dios dispuso que las cosas sean de otra manera, acepta en paz y continúa viviendo tranquilamente. Yo creo que con esas disposiciones podemos obtener verdaderamente paz de alma.

Rezaba hasta las tres de la madrugada

con los doctoresDoña Lucilia rezaba mucho. Como dije, ella era muy enferma, y por esa razón, aunque se despertase temprano, permanecía gran parte de la mañana recostada, rezando. Solo interrumpía la oración con ocasión de la visita de alguien de la familia, o por una criada que iba a pedirle instrucciones respecto a la dirección de la casa. El resto del tiempo lo pasaba en oración, recitando serenamente un eterno rosarito, una Letanía al Sagrado Corazón de Jesús, alguna otra oración así. Cuando llegaba la hora del almuerzo se levantaba y almorzaba con mi padre, conmigo y alguna persona más de la familia que apareciese. Cuando todos salíamos, ella se quedaba en casa, iba a la sala de visitas donde se encuentra una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y retomaba la oración. Después iba a cuidar sus deberes de ama de casa, de los cuales, por cierto, cuidaba muy diligentemente. En la noche, terminada la cena, mi madre conversaba con mi padre, conmigo y con quien hubiese en casa. A cierta altura nos retirábamos y ella volvía a rezar al Sagrado Corazón de Jesús. A veces llevaba la oración hasta las dos o tres de la madrugada. Mi padre se levantaba y la llamaba para ir a dormir; y ella con mucha dulzura hacía una señal indicando que ya iría, pero todavía se demoraba un poco. Esa era la fuente de esa resignación dulce, de esa tranquilidad en circunstancias crueles en que la vi sufrir.
En lo tocante a la educación de los hijos, mi hermana y yo pasamos por todos los peligros espirituales por los cuales se pasa en la vida moderna. En lo que dice a mi respecto, yo notaba que ella rezaba mucho, pues tenía un gran miedo de que yo me perdiese, porque en mi tiempo era mucho más difícil que un hombre preservase la fe, que una mujer.
Ella hacía esas oraciones por mi perseverancia, por ejemplo, al final de la Misa. Hay un altar en la Iglesia del Corazón de Jesús, donde existe un grupo de esculturas que representan a Nuestro Señor Jesucristo discutiendo con los doctores en el Templo, donde están Nuestra Señora y San José que llegan a encontrarlo. Ella rezaba mucho allá; no me decía, pero yo notaba que oraba para que yo tuviese buenos argumentos, buena formación para resistir a los argumentos errados que me quisiesen dar, y pedía al Niño Jesús un poco de la Sabiduría infinita de la cual Él dio pruebas en esa ocasión, para resistir a los enemigos de la fe.

Muy vigilante

Ella era una madre muy vigilante, aunque de un modo curioso. Después de que me volví adulto y di pruebas de mi fidelidad, ella tenía mucha confianza en mí, ¡mucha! Sin embargo, tenía al mismo tiempo una vigilancia de la cual un síntoma interesante es este: hubo una ocasión en que tuve que hacer un viaje a Europa. El día de mi regreso, habiendo ya calculado la hora en que yo debería llegar, ella se quedó esperando sentada en el hall de entrada, frente a la puerta del apartamento, toda arreglada, habiendo dejado preparada una mesa con dulces y otras golosinas para que yo comiese. Cuando entré, fui deprisa a besarla. Después de las primeras caricias, ella se apartó un poco de mí y me miró con toda atención. No noté lo que ella estaba haciendo, la miré y me dejé mirar, sonriendo. Ella hizo este comentario: “¡Gracias a Dios eres el mismo, no mudaste en nada!” Es decir, el viaje a Europa, los placeres del turismo, etc., pueden marcar desfavorablemente el alma de una
persona. La gran preocupación de ella no era saber si yo tenía una fisionomía saludable, sino si el alma estaba saludable. Ella me miró fijamente, con una mirada muy tranquila, afectuosa, aunque iba hasta el fondo de mi alma.
En eso consistía su seriedad, cuya fuente estaba en el Sagrado Corazón de Jesús: fe, objetividad y resignación.

(Extraído de conferencia del 7/8/1990).

El Ángel de la Guarda de Doña Lucilia

Un ángel lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad, es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal.

Para ver a Doña Lucilia con los ojos con los cuales yo la veía, tengo la impresión de que es necesario tomar mucho en consideración cierto punto fundamental de equilibrio que da propiamente la “fisionomía” del alma como esta es vista por Dios. Porque Él no ve el alma apenas en esa o en aquella actitud, sino en la propia fuente de todas las actitudes, en aquello que hay en el hombre de estable y que dicta la pluralidad de sus actitudes.

Firme en la dulzura y dulce en la firmeza

IMG_0172_20171001_LuciocraAlguien dirá: “Pero el hombre nunca es así, tan coherente. ¿Qué tienen de estable los hombres incoherentes? Parece que ellos no son estables.” Es lo contrario; ellos tienen una estabilidad intencionalmente quebrada, de donde todo el resto sale errado. Pero esta estabilidad, aun cuando sea en lo quebrado, en lo errado, existe.

Así, para formarse una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda correlato a cada persona, es necesario procurar a cada una en esa estabilidad. Más aún, cómo sería esa estabilidad si la persona fuese como debería ser. Ahí se tienen los elementos para una hipótesis de cómo es el Ángel de la Guarda de alguien.

En esta perspectiva, me da la impresión de que el Ángel de la Guarda de ella debería ser visto como un Ángel con una especie de serenidad sobrenatural, que importa en una convicción formada: es la fe; en una actitud tomada: es el estilo de vida de ella; y en un pasado coherente con esa actitud hasta el último momento. Firme en la dulzura y dulce en la firmeza hasta el fin.

Ahí se puede tener una idea de cómo sería ese ángel: lleno de misericordia, de pronto atendimiento, suave en todos los pedidos, sabiendo tener pena hasta el fondo. Pero también, un ángel de gran discernimiento: lo que es verdad es verdad, lo que es error es error, lo que es bien es bien, lo que es mal es mal, y de ahí no se sale.

Creo que, sabiendo compensar esas cosas y ponerlas bien en línea, se tiene una noción de cómo sería el Ángel de la Guarda de Doña Lucilia.

Todo el mundo habla, y con mucha razón, de la misión protectora que tiene cada ángel. Pero está muy realzada – porque es más fácil de imaginar y es auténtica, existe – la protección del ángel en lo que dice respecto al cuerpo. Sin embargo, no está debidamente resaltada la protección del ángel en lo referente al alma. Ahora bien, ese es el elemento principal. Nosotros estamos aquí en la Tierra para dar gloria a Dios, servirlo y amarlo, pero también para salvar nuestras almas, que es el medio de dar gloria a Él.

En esas condiciones, es bien evidente que el ángel desea para nosotros, más que todo, la perseverancia y la santificación. Y nosotros debemos ver, sobre todo, cómo el ángel habrá actuado con relación al alma de Doña Lucilia.

Un mero corusco transformado en luz

Conozco de un modo no satisfactorio el pasado remoto de su familia. Sé que un bisabuelo suyo era un portugués que luchó contra el ejército de Junot, general de Napoleón que invadió Portugal. Como Junot tomó Portugal, la casa del bisabuelo de mi madre en Porto fue destruida y mataron a su familia, y él se vino a Brasil, donde se casó con una señora de familia tradicional, que vino a ser mi tatarabuela.

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Doña Jesuína Ribero dos Santos, abuela paterna de Doña Lucilia

Sin embargo, tengo una idea muy vaga sobre el pasado de la familia en Portugal, no sé cuál es la mentalidad, el estado de espíritu y, sobre todo, lo que más importa: cuál era la posición religiosa de esos antepasados portugueses. Pero, a través de algunas cosas que ella contó, juzgo vislumbrar que había en su abuela paterna, y también en su padre, algo que le preparaba el camino a ella, haciendo presentir ese estilo de alma del cual acabo de hablar.

Con eso no estoy diciendo que su padre y su abuela correspondieron enteramente. Apenas digo que parecen haber recibido gracias en la misma dirección. Y eso tiene un alcance para considerar cómo su Ángel de la Guarda actuó en su alma, porque se ve que mi madre nació en un ambiente donde esa luz estaba presente, y ella participó de esa luz más que sus antecesores. Lo que era un corusco antes de ella, con ella tomó mucho más porte y dimensión. Dentro de ese ambiente familiar, ella estaba encantadísima con esa luz, haciendo de eso un camino hacia Dios.

En el Sagrado Corazón de Jesús, ella veía la plenitud inimaginable e indiscernible de todas las virtudes, entre las cuales esta que ella conocía por coruscos humanos, por fulguraciones así.

Creo que la gran prueba de su vida se desarrolló de la siguiente manera: tengo la impresión de que ella formaba una idea un tanto ingenua de que todas las personas eran, pensaban, sentían y se querían así, y que todas las familias, en sus casas, vivían de esa forma: los señores eran del estilo de su padre y las señoras como ella veía a su madre. Con eso, ella concebía el mundo como una especie de antesala del Cielo.

Sinsabores permitidos por la Providencia

Dña. Gabriela y Dr. Antonio, padres de Doña Lucilia

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron decepciones: este y aquel no eran así, ingratitudes hacia ella, en fin, toda especie de sinsabores.

Ella me contaba este caso característico: una señora rica, de buena familia, clienta de mi abuelo, estaba aislada en el mundo, no tenía quién la apoyase y de repente se enfermó. Mi abuelo necesitó tratar con ella sobre un negocio cualquiera, supo que ella estaba enferma y mandó que sus hijas la visitasen. Vieron, entonces, el abandono en que ella se encontraba, en una casa grande, rica, pero en medio de criadas que no tenían celo por ella. Mi abuelo, desde el principio decretó: “Ella va a vivir en nuestra casa durante el tiempo que quiera y mis hijas van a cuidarla.”

Mi madre estaba joven y esa señora, por lo tanto, era mucho mayor que ella. E inmediatamente se dispuso a ayudarla. Incluso quehaceres que podrían ser confiados a una criada, ella los hacía, por amabilidad. No obstante, comenzó a notar que cuando prestaba a esa señora toda clase de servicios, ella los recibía como si mi madre estuviese apenas cumpliendo la más elemental de las obligaciones. Por otro lado, al aparecer otra persona de la familia que casi no iba allá – porque pensaba en su propia vida y no quería tener esa paciencia –, la huésped sonreía muy complacida y decía: “Fulana, cómo has sido de buena conmigo. ¡Muchas gracias!”

La persona de la familia objeto de esa gratitud, miraba a mi madre y decía:

– No seas boba, Lucilia. Tú debes hacer como yo: manda a las criadas de la casa que la sirvan, y una vez cada dos o tres días apareces para hacer una corta visita y ella queda encantada.

Mi madre respondía:

– No, pobrecita, ella está enferma, sufriendo, y yo quiero prestarle todos los auxilios, pues papá así nos mandó.

– Mira, vas a ver como el día en que esa señora se sane y salga de casa, me va a agradecer el servicio que tú hiciste.

Dicho y hecho. En el momento de la despedida, la huésped agradeció efusivamente a la otra, y a mi madre apenas le dijo: “Lucilia, hasta luego.”

La criatura humana tiene torpezas de esas, pero en ese caso Nuestra Señora lo permitió para ir abriendo los ojos de mi madre con respecto a las cosas.

Le fue pedido desapegarse de todo

3p197bYo mismo presencié varias situaciones semejantes, por donde ella iba comprendiendo que, frente a su bondad, las personas, en su gran mayoría, quedarían indiferentes. Sin embargo, ella mantenía su posición por amor a algo infinitamente más alto, es decir, a Dios Nuestro Señor.

A lo largo de la vida, ella fue constatando que esa actitud de las personas no era solo una falla, sino, casi se podría decir lo contrario: que dentro del hombre la bondad constituye un lapso, o sea, de vez en cuando le sucede ser bueno. Pero si no fuere fiel a la gracia y por razones religiosas, el ser humano es estable y continuamente ruin. Por lo tanto, en esta vida, esas criaturas humanas terrenas que ella se preparaba para querer tanto no eran sino lo contrario de lo que ella esperaba, de las cuales apenas recibía decepción e ingratitud; y eso entre los más próximos…

Bien se comprende cómo eso iba madurando su alma para hacer el siguiente balance: “O mi vida fue vivida toda para Dios – y entonces la vida encuentra una explicación –, o si no hubiese sido vivida para Él, habría sido el error más grande que se pueda imaginar, porque pasé mi existencia dándome, dándome, dándome y recibiendo de los hombres esa retribución…”

Pequeñas circunstancias fortuitas llevaron a que, en determinado momento, incluso a mi respecto, ella tuviese algunas pruebas. Por ejemplo, yo percibía que ella tenía cierta dificultad en comprender la razón por la cual yo dedicaba tanto tiempo a nuestro Movimiento, dejándola sola. Lo que yo, en medio de mil cariños que siempre tuve con ella, hacía inexorablemente, por saber que era mi obligación.

En cierta ocasión, cuando nos encontramos fortuitamente en un corredor de nuestro apartamento, ella me dijo: “¡Hijo mío, yo solo te tengo a ti, pero a ti te tengo enteramente!” Se ve que después la Providencia comenzó a exigirle, hasta de eso, un cierto desapego: “No piense en nada más, ni en nadie. Piense solo en Dios.” Cuando, en sus últimos instantes, ella sintió la muerte llegar, hizo una gran Señal de la Cruz, juntó las manos y murió. Ese amplio ‘En el nombre del Padre’ tiene evidentemente el carácter de una gran aceptación, una gran resolución y una gran confirmación: “¡Es lo que yo quería y en eso creo!”

(Extraído de conferencia del 16/1/1981)

Un río de dignidad y afecto

Tal era la unión de alma entre Doña Lucilia y su hijo, que ambos tenían el mismo
temperamento y modo de ser. Al recibir una carta de su madre, el Dr. Plinio, mucho
más que experimentar una alegría nueva y extraordinaria, sentía la felicidad estable
de la continuación de un río de dignidad y afecto, en el margen del cual él había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces, con toda especie de encantos.

Creo que nunca pasó por el espíritu de mi madre que una carta suya destinada a mí fuese leída en un auditorio. Me pueden imaginar en París recibiendo esa misiva, en la cual se nota bien con qué extremo afecto preparé mi despedida y viendo, por la respuesta, cómo ella fue sensible a ese gesto mío.

Un mismo temperamento y modo de ser

hotel Regina

Entrada del Hôtel Régina

Alguien podría imaginarme en la portería del Hôtel Régina y el portero diciéndome:
Une lettre du Brésil pour vous. (Una carta de Brasil para Ud.).
Yo, entonces, entrando rápidamente en el primer salón, abriendo la carta, leyendo y sintiéndome dominado por una profunda impresión.
Ahora bien, no fue lo que sucedió. No me acuerdo de los pormenores de cómo llegó la carta. Pero imaginen que el portero me haya dicho eso, y que yo, subiendo el elevador “bonbonière”, de cristal y roble, hasta mi cuarto, allá la haya abierto y leído tranquilamente, sentado junto a la mesa. ¿Cuál fue la repercusión de la carta en mí? Quien imaginase que la repercusión fue intensísima, juzgaría tener una idea de la realidad. No obstante, fue plácida, tranquila y de una intensidad que yo llamaría supersónica, es decir, una cosa de tal amplitud que no repercute. Tal era mi unión de alma con Doña Lucilia, la certeza de que ella recibiría de esa manera lo que yo le enviaba y se expresaría más o menos con ese sentimiento, que yo leí como si ella me lo hubiese dicho todo por teléfono y la carta me llegase después. Independiente de que ella me dijese alguna cosa, yo tenía certeza de lo que ella sentiría. Y al tomar todas las medidas que tomé, yo tenía la certeza de cómo ella lo recibiría y lo que haría. De tal manera que hice una narración de lo que yo ya conocía. Tal era mi unión de alma con ella, que así pasaban las cosas. Era un mismo temperamento, una misma alma, el mismo modo de ser. Como si yo me contase a mí mismo la tristeza que tuve al separarme de ella. Así también era ella al contarme la tristeza que tuvo al separarse de mí. Y eso es mucho más que la sorpresa, que la emoción delante de cada palabra, que el sentirme invadido por una alegría nueva y extraordinaria; era la felicidad estable de la continuación de un río de dignidad y de afecto, en cuyos márgenes yo había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces con toda clase de encantos. De manera que, para mí, si ella estuviese en la sala del lado y entrase en mi cuarto para decir eso, era absolutamente la misma cosa.
No sé si una persona puede concebir que la unión entre dos almas pueda llegar a ese punto. Era como si yo fuese hablando conmigo mismo, o ella fuese escribiendo para sí misma.

El jarrón del Emperador

cap12_035Lo que me impresionó más fue el pequeño gesto delicado y muy de ella, que representaba
algo nuevo para mí: la distribución de las flores. La delicadeza de llevar flores a la capilla de nuestra sede, era un modo amable de dejar trasparecer que ella sabía que mi Movimiento era, para mí, más que el hogar. Es algo subconsciente, pero trasparece.
Enseguida, llevar flores a la imagen de mi cuarto, y por último al de ella; las sobras iban a ornar el jarrón del Emperador, en la sala de estar, porque ella sabía que a mí me gustaba mucho ese jarrón, sobre el cual, en cierta ocasión, tuvimos una afectuosa “discusión”.
Una vez tuve una pesadilla de que me había dado una neumonía fortísima y ella estaba sin dinero para pagar los gastos médicos. Entonces percibí, desde mi cuarto, que ella estaba queriendo vender el jarrón del Emperador. Y soñé que me levantaba, iba al salón donde ella se encontraba y dije:
– Mi bien, eso no. Prefiero correr cualquier riesgo, a que se venda el jarrón del Emperador.
Y ella me replicó:
– ¡Eso, nunca! Mi hijo vale más que ese jarrón.
Y respondí:
– Eso es justamente lo que yo contesto, de manera que no quiero que lo venda.
Cuando desperté, le conté a ella el sueño. Entonces ella insistió, afirmando que ciertamente vendería el jarrón del Emperador y que era bueno que yo supiese, porque ahora ella tomaría aún más cuidado, que antes de haber tenido ese sueño. La cosa terminó en nada, naturalmente, pero yo insistía en que no era el caso de vender el jarrón del Emperador.
En la carta hay una alusión al jarrón del Emperador, que quedó todo florido. Era una broma que ella hacía, pero cuán discreta; no tiene nada de una broma moderna, es otra cosa, ni comparemos.

Las cartas del Dr. Plinio eran leídas y releídas

3p197bCierta vez, volviendo de Europa, avisé que llegaría en tal día; pero encontré una forma de llegar en la víspera, con la intención de darle una sorpresa y evitarle el temor de que yo, durante la noche, estuviese volando a cinco mil metros de altitud y de que algo le pasase al avión. En aquel tiempo los accidentes aéreos eran mucho más frecuentes que hoy. Me acuerdo que entré en el cuarto de mañana y la encontré acostada en la cama. Ella ya estaba con la vista muy débil y, por eso, a pesar de ser de día, estaba con el abat-jour encendido bien junto a sus ojos, releyendo mi última carta. Ella me esperaba para el día siguiente.
Yo entré y la saludé:
– Mi bien, ¿cómo le va?
– ¡Oh, eres tú!
Nos abrazamos y nos besamos.
Mi padre me dijo:
– No sabes cuántas veces esa carta fue leída y releída…
Entonces, le pregunté a ella:– ¿Y por qué usted estaba leyendo otra vez esta última carta, tan sumaria?
– Cada vez que la leo, siento algo que no había sentido anteriormente.
Deja la carta, eso es asunto mío.
Eso indica muy bien cómo son diferentes las relaciones entre madre e hijo. Lo propio de la relación del hijo con la madre es el de ser totalmente confiada. Ni se le pasa por la mente que ella no retribuya enteramente el afecto que se tiene por ella. Pero de la madre para el hijo no. Cuando es una buena madre católica, ella no regatea nunca. Quiere sentir la alegría de la seguridad, palpar una vez más. Leer una vez más la carta le daba a ella esa tranquilidad.

Hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana

Cuando yo era pequeño, frecuentemente se daba esto: estábamos jugando todos en el jardín – mis primos, mi hermana y yo en el medio – y de repente yo desaparecía, y la Fräulein comenzaba a buscarme. Hasta que un día ella dijo: “No hay caso, cuando Plinio desaparece, ya se sabe… está con la madre.” Yo pensaba: “Mi madre tiene otra substancia, otro entretenimiento, otro afecto, otra seriedad… Yo me escapo de esa gente de cualquier forma, subo y voy a conversar con ella.”

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Plinio, Ilka y Rosée

¡Pueden imaginar cómo ella me recibía! Y cómo era el diálogo: ojos en los ojos, corazón en el corazón, lo más unido que se pueda imaginar. Hasta el momento en que viniesen por mí para ponerme en medio de los niños de nuevo, con la idea de que un niño juega con niños y no debe estar mucho tiempo con los mayores. Entonces, yo también jugaba en medio de los niños. Pero de vez en cuando me volvía a la mente: “Mi madre debe estar en tal sala: si voy corriendo ahora a decirle algo, recibo algo de ella para mí.” Ahora bien, esa actitud la inclinaba a sentirse unida a mí, evidentemente. Eso fue así desde pequeño hasta el último momento, con la gracia de Nuestra Señora.
De esa manera, mis tendencias se afinaron, por la gracia de la Santísima Virgen, con las de ella. Y su modo de ser me pareció el modo de ser natural, la posición ambiental exacta que correspondía a cierto lado de mi modo de ser, que yo deseaba que prevaleciese y venciese. Por lo tanto, para mí, eso no era apenas una consonancia, sino un programa de vida. Ese modo de ser de mi madre resultaba de sus cualidades, de su condición de hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, pero con lo específico de su generación y de su familia, acompañado de una carga de sobrenatural, infelizmente mucho menos densa en otras personas. Sin embargo, llevaba la marca de cierta tradición católica, que el modo de ser de su familia indicaba muy bien.

Vocabulario elevado, timbres de voz agradables de oír

Dr._plinioEl modo de ser general en la generación de Doña Lucilia y de su madre era, ante todo, muy ceremonioso, pero muy íntimo. Conversaban sobre cosas bastante simples con mucha intimidad y naturalidad, pero el tiempo entero con muchísima cortesía. De manera que, por ejemplo, en mi tiempo de niño, nunca presencié una pelea entre los mayores. Ni siquiera un levantar de voz, un género de respuesta ácido, nunca vi eso. Puede ser que cuando estuviesen solos tuviesen algún roce. El asunto transcurría en un manso lago azul. Se expresaban muy bien, con un vocabulario bonito, no frecuente en cualquier lugar, habitualmente con timbres de voz agradables de oír. Nadie tenía la voz muy nasal o estridente, nada de eso. Eran timbres que causaban la impresión de que la voz de uno comentaba la del otro. Daba más la impresión de las diferentes notas de un mismo teclado, que propiamente de aparatos diferentes que estuviesen tocando.
La ocasión en que la familia estaba junta era la hora de las comidas, unos minutos antes y algún tiempo después. En la mesa también surgían, a veces, temas muy elevados: política, discusión de religión; y cuando el asunto era elevado, la conversación tendía ligeramente al discurso y a la conferencia. Cuando el tema bajaba, pasaba a ser completamente casero, pero siempre con un vocabulario elevado. Además, con una cosa que mi generación y las posteriores ya no conocieron, que es la vida sin prisa. Aquel era un género de gente que no
se movía con dificultad, no era lenta, pero no hacía nada corriendo. A no ser una cosa: a la hora de tomar el tren, la familia siempre fue un poco atrasada en los horarios. Entonces, había “epopeyas” contadas como hechos graciosos, de trenes que alguien había tomado de tal forma, a última hora, con esos y aquellos episodios. Un tío que fue a coger un tren en la Estación de la Luz, la taquilla estaba cerrada y ya no se podía pasar. Él vio que un elevador de carga iba llevando cosas hacia abajo, guiado por un hombre. Estaba prohibido a los pasajeros bajar por el elevador de carga. Y él estaba lejos y no alcanzaba el elevador. Entonces dio un grito tan imponente, que el conductor paró instintivamente el elevador y élSDL03
entró sin decir nada. El hombre quedó tan tonto, que llevó a mi tío hasta abajo y él cogió el último vagón del tren. Era la única forma de prisa que tenía ciudadanía entre ellos. El resto era lento.
Habla lenta, cada palabra pronunciada enteramente y, durante la conversación, con un poco de pausa. Cuando el tema llegaba a una altura mayor o a una parte más enfática, se hablaba más lento que deprisa y se hacía una fisionomía para el caso. De manera que, por ejemplo, uno está contando una conversación delicada que tuvo con alguien sobre tal cosa: “Bien… bien… puedes imaginar mi apuro.”
Un gesto y una pequeña pausa, actitud para completar el ambiente. Después la narración continuaba. Despedida o saludo en la entrada: con calma. Nadie entraba o salía corriendo. Todos los hechos de la vida transcurridos con densidad; nadie estaba atado o amarrado, ni en correrías. Había un reloj de pared en el comedor, que parecía dar el ritmo a la atmósfera de la casa: “tem, tem, tem”.
Todo eso, que estaba muy en consonancia con Doña Lucilia, ella lo había llevado a una especie de auge, a su punto más característico. Pero con la nota católica muy presente. Era la tradición católica, donde la piedad personal de alguien – en este caso, de mi madre – había puesto la nota católica nuevamente tonificada, reavivada por su acción.

(Extraído de conferencia del 7/7/1979)

La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

3p196a

Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

sao bento

Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

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Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

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El» Quadrinho»

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)

El unum de Doña Lucilia

Cuando dos almas llegan a conocerse a fondo en esta Tierra, cada una sabe discernir el unum de la otra. Ese conocimiento es simple, abarcador y completo. Sin embargo, puede haber épocas en la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne el unum con tanta claridad. Fue lo que pasó con el Dr. Plinio, en su juventud, con relación a Doña Lucilia. 

Al convivir con una persona cuya alma está tocada de un modo particular por la gracia, siento que se da entre ella y yo algo de lo que pasaba conmigo hacia mi madre. Percibo que esa persona no me ve por pedazos, como si considerase separadamente las piezas de
un mosaico. Sino, por el contrario, es como cuando se está delante de un mosaico bien hecho, en el cual se ve primero la figura y después se nota que es un mosaico.

La visión de conjunto y los pormenores

Plinio y RoséeEso se observa mucho en mosaicos italianos, sobre todo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Mosaicos bien hechos que, al mirarlos sentimos cierta extrañeza, porque vemos que no se trata de cuadros pintados sobre tela y no sabemos cuál es la materia, pues no percibimos la división entre las diferentes piedritas. Se diría que es algo a la manera del cuadro de Nuestra Señora de las Lajas, en Colombia, en que la propia piedra tiene el color de la figura. Después, fijando la vista con atención, se comienza a percibir lo cuadriculado del mosaico. Pero antes no se percibía. Así también, cuando una persona está muy tocada por una gracia, tratando conmigo, percibe lo que puede haber en mí del espíritu de la Santa Iglesia. Y aunque considere después este o aquel aspecto unitariamente, lo que queda, ante todo, es la visión de conjunto.
Ahora bien, eso también fue exactamente lo que hubo entre mi madre y yo. Yo percibí en ella, ante todo, el conjunto. Con el transcurso del tiempo, viendo una cualidad u otra sobresalir, yo decía: “¡Qué bonita cualidad!” En el Quadrinho, por ejemplo, no hay algo que llame la atención a primera vista. Ella no tiene un trazo fisonómico notable, mayor o más correcto que otro, o algo así. Los trazos fisonómicos son de una señora muy anciana, con los cabellos blancos. Pero hay algo que viene antes de todo y dice: ¡Es ella! El Quadrinho da mucho eso, que se expresa por la mirada y después vienen los pormenores.

El unum de cada ser

doña_lucilia_cVeo eso en el episodio del joven rico del Evangelio, cuando él le dijo a Nuestro Señor Jesucristo que había cumplido los Mandamientos durante toda su vida, y preguntaba qué más podría hacer. Nuestro Señor, habiéndolo mirado, lo amó (cf. Mc 10, 21). O sea, no bastaba que el joven fuese bueno; pero cuando Nuestro Señor lo miró y con certeza lo analizó unitariamente, lo amó, pues la bondad apareció en él. Se trata, por lo tanto, de coger el unum de la persona y quererlo. ¿Qué hay en esa mirada de unum a unum? De por sí, el espíritu humano no reconoce la suma necesidad de los sentidos. Cuando estemos en el Cielo, conoceremos muchas cosas sin esta necesidad. Tanto es así, que nuestras almas, aunque separadas de los cuerpos en el Cielo hasta la resurrección, van a conocer muchas cosas. Ese conocimiento es simple, uno, abarcador, completo. Y cuando en esta Tierra dos almas llegan a conocerse a fondo, de hecho ellas se ven así. Eso hace medio indescriptible el contacto de una persona con otra, porque está en el terreno del alma, no del cuerpo.
En el Paraíso terrestre, probablemente el conocimiento debería ser así. Para que Adán diese un nombre a cada animal, es porque conocía el todo y la propia naturaleza, el unum del animal. Y el nombre dado por él no era una cualificación científica, sino el por dónde aquel animal es semejanza de Dios.
Allí estaba el unum dominante que Adán veía y daba a aquella criatura el nombre de la perfección de Dios que ella refleja.
Ver o sentir la perfección posible de las cosas, que ellas aún no alcanzaron, crear un ambiente donde todas esas perfecciones en germen se anuncian en puntadas como si ya fuesen árboles, y ver la floresta futura en la germinación presente, es una de las alegrías de la convivencia. Esta es propiamente una ayuda que Nuestra Señora da para la primavera y el verano de la vida espiritual.
Sin embargo, así como en el Paraíso, ese estado de alma también puede pasar por tentaciones. Y a veces enteramente sin culpa, como Adán no tenía culpa de ser tentado. La tentación tocó la puerta de Adán y Eva cuando ellos no habían pecado; ellos consintieron en la tentación y ahí pecaron. Pero hace parte del designio de Dios que cada ser inteligente sea probado. Entonces, puede haber épocas de la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne ese unum, y comienza a ver los pedazos del mosaico.

Caída de los mitos

cap7_024Doy un ejemplo. Hay un defecto que aparece en la historia de muchas adolescencias, del cual el joven no siempre tiene una idea clara, que consiste en lo siguiente: El niño siente el peso de la vida que llega. Yo, por ejemplo, notaba que era durísima, pesadísima, la vida que venía. ¡Para llevar a cabo la vida como tiene que ser conducida, es una batalla! ¡No es subir una montaña, sino cargarla en la espalda! En contraste con eso, yo veía la vida calma, todavía medio a la Belle Époque (Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.), bien ordenada, tranquila y próspera de las personas mayores de la familia, que funcionaban como relojes. Todo les salía bien, sucedía como querían y andaban con unas caras contentas, satisfechas, se sentaban y conversaban, contaban hechos en los cuales todo les había corrido normalmente y hasta bellamente, se reían.
Yo sentía, entre ellos y yo, un contraste que incluía a mi madre. Yo la veía generalmente enferma, aunque no eran enfermedades graves, y sí achaques, incómodos que ella tomaba con tanta bondad, tanta dignidad, tanta dulzura y tanto bienestar interior… En aquel tiempo usaban un mueble llamado chaise longe, el nombre ya lo dice, es una silla larga, una especie de sofá para que las personas se reclinasen durante el día. En sus aposentos, como más o menos en cada sala, había un chaise longe. Cuando ella estaba indispuesta vestía una bata y se reclinaba allí, con la cabeza apoyada sobre una de las manos. Los pliegues de la bata formaban algo a la manera de las olas del mar, en orden, y ella recostada en la penumbra miraba hacia un punto indefinido con aquella mirada tan luminosa, serena, firme, sin vacilación.
Por no diferenciar mucho las cosas, para mí ella estaba incorporada en el mundo de los holgados, mientras que yo me sentía, por oposición, pequeñito, débil, frágil ante una tempestad, expuesto a todas las incertezas, y los mayores cobrándome, con la mejor de las intenciones, una sonrisa que no convenía a mi estado de alma, diciéndome: – Entonces, venga. ¿Cómo está este niño? ¡Divirtiéndose, eh! ¿Qué estás jugando? A mí me daba ganas de decir:
– ¡Jugando no, estoy pensando! ¡Yo tengo problemas, tengo debilidades, tengo miedos! Y no quiero capitular.
Eso venía acompañado de una sensación de que, lanzando cierta inseguridad dentro de aquel mundo aparentemente tan estable, se tenía un compañero de infortunio. Por otro lado, también estaba la impresión de que eso era menos sólido de lo que parecía, y que si estableciésemos allí un caos, se quebraba el mito. Entonces comenzaba una especie de contestación, respuestas atravesadas y actitudes así, en que el prestigio de los mayores pasaba durante algún tiempo por una especie de quebranto.
Con mi gusto por analizar a las personas, pasé por esa fase muy agudamente, con una especie de caídas de los mitos donde había una forma de placer dolorido por verificar que esto, aquello y aquello otro era un mito.

La vanagloria de un tío

puerto de santos

Puerto de Santos

Eso lo percibí en cierta ocasión, yendo en automóvil con un tío y un primo por las calles de Santos. Mi tío se volvía hacia su hijo y hacia mí y preguntaba: – ¿Cómo se llama esta calle por la que estamos pasando? Yo no tenía la más mínima idea. Santos para mí era la orilla de los hoteles, de los restaurantes y del mar… Aquellas calles dentro de la ciudad, para mí como que no existían. Entonces respondía con toda inocencia:
– No sé.
Y mi primo daba la misma respuesta. Ante lo cual mi tío concluía:
– ¿Sí ven? Uds. andan por las calles sin saber los nombres. Si se daña el automóvil y Uds. tienen que ir a casa, no saben dónde están. Un hombre como debe ser, conoce el nombre de las calles.
Yo pensé: “Para caber eso en mi cabeza, tengo que quitar otras cosas más importantes. ¿Este señor nutre su espíritu con esas nociones? Yo sé perfectamente cómo hacer si el automóvil se daña. Bajo y le pido a cualquiera: ‘Estoy hospedado en el Parque Balneario, junto a la playa. ¿Me puede decir cómo se va hasta allá?’ Él me dice: ‘Coja el tranvía veinte, quince o cero…’ Tomo el tranvía y listo.
O, entonces, si tengo un poco de dinero en la billetera, llamo un taxi y digo: ‘¡Vamos al Parque Balneario!’” En cierto momento percibí que él nunca preguntaba sin haber llegado al fin de la cuadra, donde miraba la placa y, un poco más adelante, interrogaba. Por lo tanto, él tampoco sabía, y hacía eso solo para vanagloriarse. Yo no le dije a su hijo, pero me quedé viendo… ¡Este quedó fichado!

Bondad, mansedumbre y respeto

A esa tendencia de sacudir a los mayores y decirles cosas que los dejasen inseguros, infelizmente yo cedí, cayendo en el hábito de hacer eso con mi madre, pobrecita, que no lo
merecía en lo más mínimo.
Un día en que Doña Lucilia estaba preparándose para almorzar, entré en su cuarto y, mientras ella se arreglaba delante de la mesa de toilette, comencé a decir varias cosas. Noté que ella quedaba muy afligida, dolorida e insegura. Nada de lo que yo decía era insolencia, ni impertinencia, pero eran cosas que la quebrantaban. Ella me daba unas respuestas lógicamente insuficientes y yo metía el dedo en la falta de lógica, dejándola aún más afligida. En cierto momento me vino la idea: “¿Por qué estoy haciendo eso? Vea cómo ella está respondiendo a todo lo que estoy
diciendo con bondad, mansedumbre y respeto. ¡Con qué cariño ella me responde! Su aflicción es por mí y no por ella. ¿Por qué estoy haciendo esta estupidez?!”
Paré en ese mismo instante y comencé a agradarla. Adquirí una noción tan lúcida de quién era mi madre, que nunca más en mi vida, hasta cuando ella murió, hice algo parecido. Por el contrario, hice constantemente lo opuesto el tiempo entero. De tal forma que la colmé, a decir verdad, desde ese momento de un sinsabor fugaz hasta la sepultura, de las rosas que mi cariño, llevado hasta el último punto, le pudiese dar.

(Extraído de una conferencia del 14/7/1980) 

Unión de alma entre Doña Lucilia y el Dr. Plinio

Doña Lucilia producía un gran efecto sobre su hijo y, como madre ejemplar, procuraba estimular al Dr. Plinio en lo que él tenía de parecido con ella e incentivar lo que tenía de diferente de ella. Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. 

Gracias a Dios, la unión entre mi madre y yo era realmente muy grande. Si yo la tomase como persona y, después, como mi madre, notaría que, en cuanto persona, abstrayendo de la relación entre madre e hijo, había entre nosotros afinidades muy grandes. Sin embargo, también existían algunos puntos – que no eran de contraste sino de diferencia – que se explicaban por aquello que la Providencia quería de cada uno de nosotros en el transcurso de esta vida mortal.

Una especie de telegrafía sin cable

3p168Ella debería llevar la vida en la santa campánula del ambiente familiar y doméstico, con piedad y oración como era en aquel tiempo, educar a los hijos, etc., con la elevación de vistas que le era propia. Yo, no obstante, estaba llamado a las borrascas y las tempestades.
Evidentemente, había en el alma de ella, legítimamente, un movimiento para concentrar, cerrar, preservar, aislar y proteger; mientras que mi movimiento era el ímpetu para andar dentro del ventarrón, para atacar, ser atacado, en fin, para llevar adelante nuestra gesta. Lo cual creaba, naturalmente, no entrechoques, sino diferencias de modo de ser que entran por los ojos. Sucede que, sumando la condición de persona, de alma muy afín a la mía, a la condición de madre, yo era llevado a pensar que ella estaba dotada de una especie de cognición exactísima, muy delicada, de una precisión extraordinaria, de lo que yo era en cuanto yo e incluso en lo que era diferente de ella.
Y ella quería eso, incluso cuando no entendía enteramente. Y hacía esfuerzo para apoyar e incentivar que yo fuese yo. De esa forma, procuraba completarme de dos modos: estimularme en lo que yo tenía de parecido con ella y estimularme en lo que tenía de diferente de ella. Ahí entraba una gracia que no era apenas la suya como católica, sino la gracia como madre. Una madre ejemplar, muy extremosa y en la cual esa relación entre madre e hijo tenía algo de parecido con la causa y el efecto. Ella veía hasta el fondo lo que estaba en mi alma.
A veces por una mirada, un timbre de voz, un pequeño ofrecimiento: “¿Quieres esto?”, o por una caricia cuando yo pasaba… Era toda una especie de telegrafía sin cable, que tenía como efecto que ella y yo nos entendíamos. Mi madre producía un efecto sobre mí, inclusive cuando ella estaba en otra sala y yo la oía hablar; cuando ella se encontraba en otra casa, pero yo tenía conocimiento de que estaba allá; e incluso cuando se encontraba en otra ciudad u otro país, pero yo sabía que ella estaba sobre la faz de la Tierra. 

Gracias recibidas junto al sepulcro de Doña Lucilia

Es curioso que, cuando oigo a alguien contar esta o aquella gracia que recibió junto al sepulcro de ella en el Cementerio de la Consolación, no digo nada, pero quedo prestando atención y recordando. Mientras la persona describe cómo se hizo sentir la gracia en ella, cómo la guio, la apaciguó, la estimuló, en una palabra, la iluminó y la ordenó, me acuerdo enormemente de la acción de presencia que ella desarrollaba sobre mí. Era muy parecida con eso.
tumuloPor lo tanto, para mí tiene un doble sentido: el beneficio hecho a las personas y también algo por lo cual ella como que me dice: “Hijo mío, ¿te acuerdas? Yo continúo siempre la misma, estoy allá, te ayudo y un día nos veremos juntos. Quede tranquilo, sereno, sigue adelante. Por el momento, no pienses en el día en que nos encontraremos, sino en este resto de trayecto que debes recorrer, en el cual aún tendrás otras noticias mías como esta.” Me estoy acordando de que hace poco tiempo se dio lo siguiente, con una buena persona que yo encontraba de vez en cuando y nos saludábamos, pero las cosas se mantenían paradas. En cierto momento me encuentro con él, noto que me mira de un modo especial y pensé: “Aquí hay una gracia de la Consolación.” Yo no le dije nada. Unos días después, él se encuentra conmigo, me dice algo y añade: “¿Sabe usted?, estuve en el Cementerio de la Consolación. Yo estaba allí rezando – por el gesto de él, dio a entender que eran oraciones de rutina –, cuando de repente, no sé qué pasó en mí, mi horizonte se abrió. Comprendí tan bien una serie de cosas que no había entendido, vi tan bien cosas que no había visto, ¡que me siento otro! Y en la relación con usted siento otra relación que no era la de antiguamente.” Y ahí me dijo algunas cosas con respecto a él. De hecho, cuando en el primer momento noté en él esa transformación, pensé: “Aquí hay una gracia del Cementerio de la Consolación”. Después reflexioné: “Se diría que él vio físicamente a mi madre durante un momento”.

Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor la Iglesia y la Civilización Cristiana

Pero yo quiero describir el efecto de alma que sentí innumerables veces viéndola. Para responder a una pregunta de cómo era mi relación con ella, aquí queda bien encajada la respuesta. El hecho concreto es que eso se desarrolló de la siguiente manera: viéndola, yo comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana.
Hoy en día, en que llegué a una larga convivencia, gracias a Dios y a Nuestra Señora, con  la Iglesia, comprendiendo, por lo tanto, mejor que en tiempos en que yo era pequeño, aquello que en alguna medida fue reflejo de mi madre, hoy se refleja de su memoria y sirve para acordarme de ella.
El otro día, cuando estuvimos en la Iglesia del Corazón de Jesús, casi por todos los lugares yo contemplaba en primer lugar la iglesia, pero después me parecía ver los estados de alma de mi madre por todas partes. Eso componía enormemente el recuerdo que yo llevaba
de ella.
Es necesario decir que no son muchas las ocasiones en mi vida en que ella intervino para alejar o resolver tal probación o dificultad, en que yo pueda decir que haya pedido la intervención de mi madre y sentí que ella intervino. Incluso en su vida terrena, no son muchos los hechos en que ella intervino con un consejo, un acto o algo así. Era mucho más una acción sobre mí para ponerme en proporción con los acontecimientos, que para desviarlos. ¡Pero eso es, de lejos, lo más precioso! Y ella lo hacía intensamente.

La palabra humana nunca agota enteramente la realidad

Dr._plinioMe sería difícil decir más de lo que dije. Realmente raspé el fondo de las posibilidades de la palabra humana. Mi palabra se depara con una insuficiencia de expresión. Sería como, por ejemplo, quien tomase un topacio azul y lo pusiese a contraluz. ¡El topacio, de por sí, no puede dar a no ser lo que está en él…! Se pueden hacer juegos de luz con él, pero dará solamente lo que está en él. También en lo que dice respecto a mi convivencia con mi madre, yo no sabría decir más. Imaginen que alguien les preguntase qué impresión tienen mirando la foto del Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia). Son muchas
impresiones, pero llegan a lo indecible. Al cabo de algunos momentos, no se sabe más qué decir. Hay mucho de qué hablar, pero no se sabe decir más, porque la palabra humana nunca agota enteramente la realidad. A propósito, una de las cosas que hace bella la palabra humana, es justamente el hecho de que ella, en el fondo de todo lo que dice, tiene algo que no dice y se entrevé con la ayuda de lo que dice. Eso da a la palabra una belleza especial. Comprendo que me pregunten: “Pero entrando más a fondo en el bosque, ¿qué hay?” Respondo: “¡Árboles!” ¿Qué puedo decir? Quién sabe si otro día esos recuerdos, puestos bajo otra luz, con otro ángulo, presentan nuevas refracciones y yo puedo decir algo más.

(Extraído de conferencia de 28/10/1980) 

El caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio

Desde niña, Doña Lucilia tenía la vaga noción de que un inmenso holocausto la
esperaba, y lo aceptó sin flaquear. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total sin perder, empero, la noción de su dignidad ante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma.

Hace algunos años atrás, al ver una fotografía de mi madre cuando joven, en la edad en que estaba frecuentando la sociedad – se casó un poco tarde, a los treinta años –, yo tenía mucha incomprensión con relación a la moda del sombrero como el que ella usaba. Es curioso, pero viendo otra vez la foto hoy, me parece interesante, muy bien cortado y colocado. A propósito, era mandado a hacer sobre medida, no se compraba en un almacén.

Un peregrinar rumbo al sacrificio

Se ve en la sucesión de las fotos de ella el caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio, hasta llegar al Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia), donde la inmolación ya está hecha. No es que no haya seriedad en la foto de la juventud, pero la nota preponderante en la foto tomada en París ya es la seriedad.
Más aún en la inauguración del
“Legionário”; y en el Quadrinho la inmolación está concluida.

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En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos)

En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos). En la tomada
en París, la madurez ya está entrando; ella no pensaba que se le pidiese tanto. En la primera, ella ve de frente un panorama más grande de lo que suponía y está comenzando el análisis. En la de París, el análisis ya se encuentra adelantado y en la del
“Legionário” la inmolación está avanzada.
En el
Quadrinho, ella ya está lista para lo que venga, como diciendo: “¡Estoy lista para la inmolación!” La inmolación está hecha. Es lo que trato de expresar cuando digo, refiriéndome a esta pintura: Ite, vita est (Id, la vida está terminada). Es decir, ya está medio entrando en la gloria. Consummatum est (Está consumado (Jn 19, 30)).

Esa era su fisionomía casi habitual, incluso más acentuada cuando yo salía con alguna “truculencia”: ella se reía, daba unos toquecitos con sus dedos en mi mano, pero con mucha complacencia. Un equilibrio extraordinario. En todas las actitudes mantenía una mirada profunda, una elevación de espíritu enorme. A propósito, ella era eminentemente brasileña. No hay ninguna nota no brasileña ahí. Propiamente, ella tenía mucho la vocación unitiva, comunicativa del pueblo brasileño, de inducir a cierto cariño, a cierto afecto. Eso se explica mejor tomando en consideración que las virtudes que Doña Lucilia veía en su padre – el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, a quien no conocí – de hecho, correspondían a las que ella tenía. A veces se tenía la impresión de que mi madre estaba describiéndose a sí misma sin darse cuenta.

Un mundo relajadamente católico

La religiosidad de Brasil era la de Portugal, por lo cual había una continuidad muy marcada del ambiente religioso portugués en Brasil. No obstante, había una peculiaridad: en el tiempo del Dr. Antonio, Brasil estaba marcado por una religiosidad profunda de pueblos que, a pesar de ser decadentes, vivían engañándose sobre su propia decadencia. Aquellos personajes de los cuadros de Salinas (Juan Pablo Salinas Teruel (*1871 – †1946). Pintor español que se dedicó principalmente a pintar escenas que reflejan costumbres y ambientes, entre los cuales se encuentra la vida de corte en los siglos XVII y XVIII), por ejemplo, son unos decadentes “de cuatro costados”, pero no dan la impresión de estar pensando en la propia decadencia; ellos hacen abstracción, por ejemplo, de la idea de que una Inglaterra poderosa y floreciente estaba tomando cuenta del mundo, y que la España de Don Felipe II ya no es nada. Ellos viven como si estuviesen en la cumbre.

salinas

Bautismo, de Juan Pablo Salinas Teruel

Y Portugal, en menor proporción, hacía lo mismo. Naturalmente, sabían que había naciones protestantes, pero estas no hacían parte de su circuito y, en ese sentido, no existían. Para ellos el mundo entero era católico y no les pasaba por la mente que algún día pudiese dejar de serlo.
Pero, por otro lado, era un mundo relajadamente católico, y tampoco se les pasaba por la cabeza dejar, ellos mismos, de ser relajadamente católicos. Luego, la idea de un mundo fervorosamente católico, como nosotros lo soñamos, no entraba en esa religiosidad, pura y simplemente. Eso era así en toda Suramérica.
Por cierto, todavía había trazos ardorosos y hasta magníficos de esa religiosidad en España, así como en Portugal, por donde se ve que la España agredida por José Bonaparte reaccionó como sabemos. Atacada, después, por varios otros factores, inclusive por la revolución de Franco, España reaccionó magníficamente. También, en la misma línea, agredida la Religión en Brasil, por ejemplo, en el tiempo de Don Vital, salió aquella reacción. Atacada en México, dio en los Cristeros; García Moreno, en Ecuador, etc. Es decir, era una hoguera dentro de la cual las reacciones surgían de repente. ¡Cosas magníficas! No obstante, era una hoguera con algunas brasas fresquísimas, algunos pedazos de leña que aún ardían y mucha ceniza sucia, formando un conjunto.
Los tipos ideales de esa gente eran, en general, católicos muy buenos, capaces de admirar, por ejemplo, a un García Moreno y a la Religión como debía ser practicada en la clase alta de la sociedad, donde tener acendradas virtudes morales aún constituía un adorno necesario del hombre.

Cómo Doña Lucilia presentía algo de la vocación de su hijo

Doña Lucilia idealizaba las cosas y consideraba que un gran número de señoras de su tiempo eran así. Ella, cuando joven, veía el ambiente según ese prisma, sin percibir hasta qué punto estaba putrefacto, y formó su alma justamente dentro de esa atmósfera, teniendo a la Iglesia como foco de eso. La ruptura con el ambiente vino más tarde.
Por otro lado, ella contaba con grandes gracias hacia el futuro, que por lo menos realizarían una plenitud deseada por su alma, pero dentro del marco de una señora del tiempo y del ambiente suyos.
Con relación a mí, ella presentía un llamado, una vocación para algo interior unido a Dios, a un pináculo de alma, que ella deseaba realizar, al cual esperaba ascender, que de hecho correspondía a la santidad, pero ella no percibía que se identificaba con la santidad.
Es necesario tener en consideración que desde muy pequeñito sentí fluctuar a mi respecto, en torno de mí, en las personas que vivían en casa – que eran muchas –, una atmósfera de cierta predestinación, no propiamente religiosa, sino en la línea de un legado cultural, literario, político, etc., de mi bisabuelo, el Dr. Gabriel, correspondiente a una especie de herencia yaciente que nadie de mi generación estaba cogiendo, y que se sentía que yo era predestinado a coger; así como también la herencia de mi tío abuelo João Alfredo, él mismo tenido como el retoño más glorioso de una familia de mucha ilustración que brilló tanto en él; en mí podría brillar también, con los talentos, la habilidad y el realce de él. Entonces, cualquier prueba de un poco más de inteligencia que yo daba, sentía las miradas que decían: “¡Ya vio, eso es!” Yo percibía que en la mente de ella eso proporcionaba la idea de un hombre brillantísimo, de futuro, que uniese la virtud de mi abuelo al talento de Gabriel José y con lo cual pasaba por encima de la genialidad de João Alfredo, y que todo eso iba a
confluir en mí. Es posible que eso existiese en su espíritu, porque ella misma me trataba como un niño medio predestinado, discretamente, sin nunca decírmelo. Había, por lo tanto, una especie de observación en torno de mí, y cuando aparecía cualquier cosita un poco más relevante de mi parte, yo percibía una intercomunicación por mi espalda, que tomaba con mi acostumbrada negligencia: “Eso es con ellos. Yo voy a ser lo que debo ser, y ellos que se las arreglen con esos mitos.” Sin embargo, en eso no entraba de parte de ella vanidades ni envidias.
Nunca noté en ella combates para yugular ese tipo de sentimientos. Noté, eso sí, una resolución dolorosa, aceptada y ejecutada sin vacilación, gradualmente desarrollada en la medida en que los hechos lo exigían, pero llevada hasta el fin. Nunca percibí indecisiones ni aflicciones en ese combate.

Un inmenso holocausto la esperaba

doña LuciliaAnalizando diversas fotografías de mi madre, pude constatar también otra cosa: desde el comienzo, el holocausto llevado hasta el último punto, previsto y aceptado. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total. En su mirada se nota una tristeza de quien ya previó lo peor. Cabe aquí la comparación con la agonía de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, porque Él, que en ningún momento vaciló, ni tuvo aflicciones de quien se sentía empujado hacia el lado opuesto, se entregó enteramente desde el primer instante, pero a medida que Él veía el futuro que iba llegando, comenzaba a sudar sangre. Sin embargo, nunca titubeando. No quiero afirmar si mi madre titubeó o no. Apenas deseo decir que ella vio desde el primer instante su crucifixión. Eso se verifica en su fotografía aún de niña: es la noción vaga de que un inmenso holocausto la esperaba, y ella lo aceptó sin flaquear en ningún momento.
No sé qué habrá pasado en su intimidad durante las pruebas que le sobrevinieron, pero la actitud interna de su alma, en esas ocasiones, fue la de quien no había sufrido la menor disminución en esa elevación superior de la cual hablé.
Quien analiza las fotografías de ella en su tiempo de soltera, no puede hacer la acusación de una mujer tibia que no hizo ningún esfuerzo para frecuentar los Sacramentos; es por excelencia lo que no había. No obstante, ella vino a aprender conmigo todo el aspecto combativo de la Iglesia.
A mi modo de ver, en Doña Lucilia había una tendencia metafísica a partir de la idea de elevación, de perfección moral. De acuerdo con el concepto existente en su tiempo, los santos eran muy raros. Mi madre no sabía que era contemporánea de una gran santa, y la idea de que ella misma se hiciese santa no le pasaba por la cabeza. Ella quería llegar hasta ese punto elevado que vislumbraba, pero creía que ser santo era algo todavía mucho más alto. Su atención estaba mucho más vuelta hacia el lado de la santidad de Nuestro Señor Jesucristo y del alma como debe ser con relación a Él, que, hacia el lado socioeconómico, por donde la plenitud intuida por ella correspondía a su misión de madre de familia.

Una excelencia del alma

3p200No obstante, a Doña Lucilia le gustaba mucho la dignidad temporal que ella tenía, no por vanidad, sino por la nobleza intrínseca de la cosa, dentro del siguiente ámbito: toda familia existe necesariamente en un medio social y debe apreciar su situación sin menospreciar a quien está abajo, ni envidiar a quien se encuentra arriba.
Me acuerdo de la divisa de una familia francesa, a propósito, muy noble, los Rohan: “Roi ne puis, prince ne daigne, Rohan je suis – Rey no puedo ser, príncipe no soy digno, soy un Rohan.” Ella no tenía en Brasil una posición correspondiente a los Rohan en Francia, pero era más o menos como quien dijese: “No soy de esos páramos de una familia propiamente noble de Europa; tampoco soy una cualquiera. Yo soy Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira, y esto lo aprecio altamente.”
Era el valor metafísico de la familia, entendida como estirpe y con todo su patriarcalismo y, en cuanto tal, teniendo importancia delante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma. Es decir, propiamente, a la persona de cierto medio social le conviene que haya santidad correspondiente a su clase. Es, por tanto, un valor de alma. Doña Lucilia no despreciaba a quien no lo tuviese, en absoluto; pero quien lo tiene debe valorizar eso e in
cluir como uno de los elementos de su santidad. Me parece que eso está correcto.
En ese sentido, mi madre era fuertemente lo contrario de la Revolución, aunque no fuese polémicamente contrarrevolucionaria, pues toda la idea de la Revolución en cuanto procurando conquistar el mundo no estaba nítidamente presente en su espíritu.

(Extraído de una conferencia de 25/1/1986)