Un río de dignidad y afecto

Tal era la unión de alma entre Doña Lucilia y su hijo, que ambos tenían el mismo
temperamento y modo de ser. Al recibir una carta de su madre, el Dr. Plinio, mucho
más que experimentar una alegría nueva y extraordinaria, sentía la felicidad estable
de la continuación de un río de dignidad y afecto, en el margen del cual él había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces, con toda especie de encantos.

Creo que nunca pasó por el espíritu de mi madre que una carta suya destinada a mí fuese leída en un auditorio. Me pueden imaginar en París recibiendo esa misiva, en la cual se nota bien con qué extremo afecto preparé mi despedida y viendo, por la respuesta, cómo ella fue sensible a ese gesto mío.

Un mismo temperamento y modo de ser

hotel Regina

Entrada del Hôtel Régina

Alguien podría imaginarme en la portería del Hôtel Régina y el portero diciéndome:
Une lettre du Brésil pour vous. (Una carta de Brasil para Ud.).
Yo, entonces, entrando rápidamente en el primer salón, abriendo la carta, leyendo y sintiéndome dominado por una profunda impresión.
Ahora bien, no fue lo que sucedió. No me acuerdo de los pormenores de cómo llegó la carta. Pero imaginen que el portero me haya dicho eso, y que yo, subiendo el elevador “bonbonière”, de cristal y roble, hasta mi cuarto, allá la haya abierto y leído tranquilamente, sentado junto a la mesa. ¿Cuál fue la repercusión de la carta en mí? Quien imaginase que la repercusión fue intensísima, juzgaría tener una idea de la realidad. No obstante, fue plácida, tranquila y de una intensidad que yo llamaría supersónica, es decir, una cosa de tal amplitud que no repercute. Tal era mi unión de alma con Doña Lucilia, la certeza de que ella recibiría de esa manera lo que yo le enviaba y se expresaría más o menos con ese sentimiento, que yo leí como si ella me lo hubiese dicho todo por teléfono y la carta me llegase después. Independiente de que ella me dijese alguna cosa, yo tenía certeza de lo que ella sentiría. Y al tomar todas las medidas que tomé, yo tenía la certeza de cómo ella lo recibiría y lo que haría. De tal manera que hice una narración de lo que yo ya conocía. Tal era mi unión de alma con ella, que así pasaban las cosas. Era un mismo temperamento, una misma alma, el mismo modo de ser. Como si yo me contase a mí mismo la tristeza que tuve al separarme de ella. Así también era ella al contarme la tristeza que tuvo al separarse de mí. Y eso es mucho más que la sorpresa, que la emoción delante de cada palabra, que el sentirme invadido por una alegría nueva y extraordinaria; era la felicidad estable de la continuación de un río de dignidad y de afecto, en cuyos márgenes yo había vivido, en cuyas aguas cristalinas había navegado varias veces con toda clase de encantos. De manera que, para mí, si ella estuviese en la sala del lado y entrase en mi cuarto para decir eso, era absolutamente la misma cosa.
No sé si una persona puede concebir que la unión entre dos almas pueda llegar a ese punto. Era como si yo fuese hablando conmigo mismo, o ella fuese escribiendo para sí misma.

El jarrón del Emperador

cap12_035Lo que me impresionó más fue el pequeño gesto delicado y muy de ella, que representaba
algo nuevo para mí: la distribución de las flores. La delicadeza de llevar flores a la capilla de nuestra sede, era un modo amable de dejar trasparecer que ella sabía que mi Movimiento era, para mí, más que el hogar. Es algo subconsciente, pero trasparece.
Enseguida, llevar flores a la imagen de mi cuarto, y por último al de ella; las sobras iban a ornar el jarrón del Emperador, en la sala de estar, porque ella sabía que a mí me gustaba mucho ese jarrón, sobre el cual, en cierta ocasión, tuvimos una afectuosa “discusión”.
Una vez tuve una pesadilla de que me había dado una neumonía fortísima y ella estaba sin dinero para pagar los gastos médicos. Entonces percibí, desde mi cuarto, que ella estaba queriendo vender el jarrón del Emperador. Y soñé que me levantaba, iba al salón donde ella se encontraba y dije:
– Mi bien, eso no. Prefiero correr cualquier riesgo, a que se venda el jarrón del Emperador.
Y ella me replicó:
– ¡Eso, nunca! Mi hijo vale más que ese jarrón.
Y respondí:
– Eso es justamente lo que yo contesto, de manera que no quiero que lo venda.
Cuando desperté, le conté a ella el sueño. Entonces ella insistió, afirmando que ciertamente vendería el jarrón del Emperador y que era bueno que yo supiese, porque ahora ella tomaría aún más cuidado, que antes de haber tenido ese sueño. La cosa terminó en nada, naturalmente, pero yo insistía en que no era el caso de vender el jarrón del Emperador.
En la carta hay una alusión al jarrón del Emperador, que quedó todo florido. Era una broma que ella hacía, pero cuán discreta; no tiene nada de una broma moderna, es otra cosa, ni comparemos.

Las cartas del Dr. Plinio eran leídas y releídas

3p197bCierta vez, volviendo de Europa, avisé que llegaría en tal día; pero encontré una forma de llegar en la víspera, con la intención de darle una sorpresa y evitarle el temor de que yo, durante la noche, estuviese volando a cinco mil metros de altitud y de que algo le pasase al avión. En aquel tiempo los accidentes aéreos eran mucho más frecuentes que hoy. Me acuerdo que entré en el cuarto de mañana y la encontré acostada en la cama. Ella ya estaba con la vista muy débil y, por eso, a pesar de ser de día, estaba con el abat-jour encendido bien junto a sus ojos, releyendo mi última carta. Ella me esperaba para el día siguiente.
Yo entré y la saludé:
– Mi bien, ¿cómo le va?
– ¡Oh, eres tú!
Nos abrazamos y nos besamos.
Mi padre me dijo:
– No sabes cuántas veces esa carta fue leída y releída…
Entonces, le pregunté a ella:– ¿Y por qué usted estaba leyendo otra vez esta última carta, tan sumaria?
– Cada vez que la leo, siento algo que no había sentido anteriormente.
Deja la carta, eso es asunto mío.
Eso indica muy bien cómo son diferentes las relaciones entre madre e hijo. Lo propio de la relación del hijo con la madre es el de ser totalmente confiada. Ni se le pasa por la mente que ella no retribuya enteramente el afecto que se tiene por ella. Pero de la madre para el hijo no. Cuando es una buena madre católica, ella no regatea nunca. Quiere sentir la alegría de la seguridad, palpar una vez más. Leer una vez más la carta le daba a ella esa tranquilidad.

Hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana

Cuando yo era pequeño, frecuentemente se daba esto: estábamos jugando todos en el jardín – mis primos, mi hermana y yo en el medio – y de repente yo desaparecía, y la Fräulein comenzaba a buscarme. Hasta que un día ella dijo: “No hay caso, cuando Plinio desaparece, ya se sabe… está con la madre.” Yo pensaba: “Mi madre tiene otra substancia, otro entretenimiento, otro afecto, otra seriedad… Yo me escapo de esa gente de cualquier forma, subo y voy a conversar con ella.”

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Plinio, Ilka y Rosée

¡Pueden imaginar cómo ella me recibía! Y cómo era el diálogo: ojos en los ojos, corazón en el corazón, lo más unido que se pueda imaginar. Hasta el momento en que viniesen por mí para ponerme en medio de los niños de nuevo, con la idea de que un niño juega con niños y no debe estar mucho tiempo con los mayores. Entonces, yo también jugaba en medio de los niños. Pero de vez en cuando me volvía a la mente: “Mi madre debe estar en tal sala: si voy corriendo ahora a decirle algo, recibo algo de ella para mí.” Ahora bien, esa actitud la inclinaba a sentirse unida a mí, evidentemente. Eso fue así desde pequeño hasta el último momento, con la gracia de Nuestra Señora.
De esa manera, mis tendencias se afinaron, por la gracia de la Santísima Virgen, con las de ella. Y su modo de ser me pareció el modo de ser natural, la posición ambiental exacta que correspondía a cierto lado de mi modo de ser, que yo deseaba que prevaleciese y venciese. Por lo tanto, para mí, eso no era apenas una consonancia, sino un programa de vida. Ese modo de ser de mi madre resultaba de sus cualidades, de su condición de hija de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, pero con lo específico de su generación y de su familia, acompañado de una carga de sobrenatural, infelizmente mucho menos densa en otras personas. Sin embargo, llevaba la marca de cierta tradición católica, que el modo de ser de su familia indicaba muy bien.

Vocabulario elevado, timbres de voz agradables de oír

Dr._plinioEl modo de ser general en la generación de Doña Lucilia y de su madre era, ante todo, muy ceremonioso, pero muy íntimo. Conversaban sobre cosas bastante simples con mucha intimidad y naturalidad, pero el tiempo entero con muchísima cortesía. De manera que, por ejemplo, en mi tiempo de niño, nunca presencié una pelea entre los mayores. Ni siquiera un levantar de voz, un género de respuesta ácido, nunca vi eso. Puede ser que cuando estuviesen solos tuviesen algún roce. El asunto transcurría en un manso lago azul. Se expresaban muy bien, con un vocabulario bonito, no frecuente en cualquier lugar, habitualmente con timbres de voz agradables de oír. Nadie tenía la voz muy nasal o estridente, nada de eso. Eran timbres que causaban la impresión de que la voz de uno comentaba la del otro. Daba más la impresión de las diferentes notas de un mismo teclado, que propiamente de aparatos diferentes que estuviesen tocando.
La ocasión en que la familia estaba junta era la hora de las comidas, unos minutos antes y algún tiempo después. En la mesa también surgían, a veces, temas muy elevados: política, discusión de religión; y cuando el asunto era elevado, la conversación tendía ligeramente al discurso y a la conferencia. Cuando el tema bajaba, pasaba a ser completamente casero, pero siempre con un vocabulario elevado. Además, con una cosa que mi generación y las posteriores ya no conocieron, que es la vida sin prisa. Aquel era un género de gente que no
se movía con dificultad, no era lenta, pero no hacía nada corriendo. A no ser una cosa: a la hora de tomar el tren, la familia siempre fue un poco atrasada en los horarios. Entonces, había “epopeyas” contadas como hechos graciosos, de trenes que alguien había tomado de tal forma, a última hora, con esos y aquellos episodios. Un tío que fue a coger un tren en la Estación de la Luz, la taquilla estaba cerrada y ya no se podía pasar. Él vio que un elevador de carga iba llevando cosas hacia abajo, guiado por un hombre. Estaba prohibido a los pasajeros bajar por el elevador de carga. Y él estaba lejos y no alcanzaba el elevador. Entonces dio un grito tan imponente, que el conductor paró instintivamente el elevador y élSDL03
entró sin decir nada. El hombre quedó tan tonto, que llevó a mi tío hasta abajo y él cogió el último vagón del tren. Era la única forma de prisa que tenía ciudadanía entre ellos. El resto era lento.
Habla lenta, cada palabra pronunciada enteramente y, durante la conversación, con un poco de pausa. Cuando el tema llegaba a una altura mayor o a una parte más enfática, se hablaba más lento que deprisa y se hacía una fisionomía para el caso. De manera que, por ejemplo, uno está contando una conversación delicada que tuvo con alguien sobre tal cosa: “Bien… bien… puedes imaginar mi apuro.”
Un gesto y una pequeña pausa, actitud para completar el ambiente. Después la narración continuaba. Despedida o saludo en la entrada: con calma. Nadie entraba o salía corriendo. Todos los hechos de la vida transcurridos con densidad; nadie estaba atado o amarrado, ni en correrías. Había un reloj de pared en el comedor, que parecía dar el ritmo a la atmósfera de la casa: “tem, tem, tem”.
Todo eso, que estaba muy en consonancia con Doña Lucilia, ella lo había llevado a una especie de auge, a su punto más característico. Pero con la nota católica muy presente. Era la tradición católica, donde la piedad personal de alguien – en este caso, de mi madre – había puesto la nota católica nuevamente tonificada, reavivada por su acción.

(Extraído de conferencia del 7/7/1979)

La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

3p196a

Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

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Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

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Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

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El” Quadrinho”

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)

El unum de Doña Lucilia

Cuando dos almas llegan a conocerse a fondo en esta Tierra, cada una sabe discernir el unum de la otra. Ese conocimiento es simple, abarcador y completo. Sin embargo, puede haber épocas en la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne el unum con tanta claridad. Fue lo que pasó con el Dr. Plinio, en su juventud, con relación a Doña Lucilia. 

Al convivir con una persona cuya alma está tocada de un modo particular por la gracia, siento que se da entre ella y yo algo de lo que pasaba conmigo hacia mi madre. Percibo que esa persona no me ve por pedazos, como si considerase separadamente las piezas de
un mosaico. Sino, por el contrario, es como cuando se está delante de un mosaico bien hecho, en el cual se ve primero la figura y después se nota que es un mosaico.

La visión de conjunto y los pormenores

Plinio y RoséeEso se observa mucho en mosaicos italianos, sobre todo en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. Mosaicos bien hechos que, al mirarlos sentimos cierta extrañeza, porque vemos que no se trata de cuadros pintados sobre tela y no sabemos cuál es la materia, pues no percibimos la división entre las diferentes piedritas. Se diría que es algo a la manera del cuadro de Nuestra Señora de las Lajas, en Colombia, en que la propia piedra tiene el color de la figura. Después, fijando la vista con atención, se comienza a percibir lo cuadriculado del mosaico. Pero antes no se percibía. Así también, cuando una persona está muy tocada por una gracia, tratando conmigo, percibe lo que puede haber en mí del espíritu de la Santa Iglesia. Y aunque considere después este o aquel aspecto unitariamente, lo que queda, ante todo, es la visión de conjunto.
Ahora bien, eso también fue exactamente lo que hubo entre mi madre y yo. Yo percibí en ella, ante todo, el conjunto. Con el transcurso del tiempo, viendo una cualidad u otra sobresalir, yo decía: “¡Qué bonita cualidad!” En el Quadrinho, por ejemplo, no hay algo que llame la atención a primera vista. Ella no tiene un trazo fisonómico notable, mayor o más correcto que otro, o algo así. Los trazos fisonómicos son de una señora muy anciana, con los cabellos blancos. Pero hay algo que viene antes de todo y dice: ¡Es ella! El Quadrinho da mucho eso, que se expresa por la mirada y después vienen los pormenores.

El unum de cada ser

doña_lucilia_cVeo eso en el episodio del joven rico del Evangelio, cuando él le dijo a Nuestro Señor Jesucristo que había cumplido los Mandamientos durante toda su vida, y preguntaba qué más podría hacer. Nuestro Señor, habiéndolo mirado, lo amó (cf. Mc 10, 21). O sea, no bastaba que el joven fuese bueno; pero cuando Nuestro Señor lo miró y con certeza lo analizó unitariamente, lo amó, pues la bondad apareció en él. Se trata, por lo tanto, de coger el unum de la persona y quererlo. ¿Qué hay en esa mirada de unum a unum? De por sí, el espíritu humano no reconoce la suma necesidad de los sentidos. Cuando estemos en el Cielo, conoceremos muchas cosas sin esta necesidad. Tanto es así, que nuestras almas, aunque separadas de los cuerpos en el Cielo hasta la resurrección, van a conocer muchas cosas. Ese conocimiento es simple, uno, abarcador, completo. Y cuando en esta Tierra dos almas llegan a conocerse a fondo, de hecho ellas se ven así. Eso hace medio indescriptible el contacto de una persona con otra, porque está en el terreno del alma, no del cuerpo.
En el Paraíso terrestre, probablemente el conocimiento debería ser así. Para que Adán diese un nombre a cada animal, es porque conocía el todo y la propia naturaleza, el unum del animal. Y el nombre dado por él no era una cualificación científica, sino el por dónde aquel animal es semejanza de Dios.
Allí estaba el unum dominante que Adán veía y daba a aquella criatura el nombre de la perfección de Dios que ella refleja.
Ver o sentir la perfección posible de las cosas, que ellas aún no alcanzaron, crear un ambiente donde todas esas perfecciones en germen se anuncian en puntadas como si ya fuesen árboles, y ver la floresta futura en la germinación presente, es una de las alegrías de la convivencia. Esta es propiamente una ayuda que Nuestra Señora da para la primavera y el verano de la vida espiritual.
Sin embargo, así como en el Paraíso, ese estado de alma también puede pasar por tentaciones. Y a veces enteramente sin culpa, como Adán no tenía culpa de ser tentado. La tentación tocó la puerta de Adán y Eva cuando ellos no habían pecado; ellos consintieron en la tentación y ahí pecaron. Pero hace parte del designio de Dios que cada ser inteligente sea probado. Entonces, puede haber épocas de la vida espiritual en que esa visión se apaga un tanto y la persona ya no discierne ese unum, y comienza a ver los pedazos del mosaico.

Caída de los mitos

cap7_024Doy un ejemplo. Hay un defecto que aparece en la historia de muchas adolescencias, del cual el joven no siempre tiene una idea clara, que consiste en lo siguiente: El niño siente el peso de la vida que llega. Yo, por ejemplo, notaba que era durísima, pesadísima, la vida que venía. ¡Para llevar a cabo la vida como tiene que ser conducida, es una batalla! ¡No es subir una montaña, sino cargarla en la espalda! En contraste con eso, yo veía la vida calma, todavía medio a la Belle Époque (Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.), bien ordenada, tranquila y próspera de las personas mayores de la familia, que funcionaban como relojes. Todo les salía bien, sucedía como querían y andaban con unas caras contentas, satisfechas, se sentaban y conversaban, contaban hechos en los cuales todo les había corrido normalmente y hasta bellamente, se reían.
Yo sentía, entre ellos y yo, un contraste que incluía a mi madre. Yo la veía generalmente enferma, aunque no eran enfermedades graves, y sí achaques, incómodos que ella tomaba con tanta bondad, tanta dignidad, tanta dulzura y tanto bienestar interior… En aquel tiempo usaban un mueble llamado chaise longe, el nombre ya lo dice, es una silla larga, una especie de sofá para que las personas se reclinasen durante el día. En sus aposentos, como más o menos en cada sala, había un chaise longe. Cuando ella estaba indispuesta vestía una bata y se reclinaba allí, con la cabeza apoyada sobre una de las manos. Los pliegues de la bata formaban algo a la manera de las olas del mar, en orden, y ella recostada en la penumbra miraba hacia un punto indefinido con aquella mirada tan luminosa, serena, firme, sin vacilación.
Por no diferenciar mucho las cosas, para mí ella estaba incorporada en el mundo de los holgados, mientras que yo me sentía, por oposición, pequeñito, débil, frágil ante una tempestad, expuesto a todas las incertezas, y los mayores cobrándome, con la mejor de las intenciones, una sonrisa que no convenía a mi estado de alma, diciéndome: – Entonces, venga. ¿Cómo está este niño? ¡Divirtiéndose, eh! ¿Qué estás jugando? A mí me daba ganas de decir:
– ¡Jugando no, estoy pensando! ¡Yo tengo problemas, tengo debilidades, tengo miedos! Y no quiero capitular.
Eso venía acompañado de una sensación de que, lanzando cierta inseguridad dentro de aquel mundo aparentemente tan estable, se tenía un compañero de infortunio. Por otro lado, también estaba la impresión de que eso era menos sólido de lo que parecía, y que si estableciésemos allí un caos, se quebraba el mito. Entonces comenzaba una especie de contestación, respuestas atravesadas y actitudes así, en que el prestigio de los mayores pasaba durante algún tiempo por una especie de quebranto.
Con mi gusto por analizar a las personas, pasé por esa fase muy agudamente, con una especie de caídas de los mitos donde había una forma de placer dolorido por verificar que esto, aquello y aquello otro era un mito.

La vanagloria de un tío

puerto de santos

Puerto de Santos

Eso lo percibí en cierta ocasión, yendo en automóvil con un tío y un primo por las calles de Santos. Mi tío se volvía hacia su hijo y hacia mí y preguntaba: – ¿Cómo se llama esta calle por la que estamos pasando? Yo no tenía la más mínima idea. Santos para mí era la orilla de los hoteles, de los restaurantes y del mar… Aquellas calles dentro de la ciudad, para mí como que no existían. Entonces respondía con toda inocencia:
– No sé.
Y mi primo daba la misma respuesta. Ante lo cual mi tío concluía:
– ¿Sí ven? Uds. andan por las calles sin saber los nombres. Si se daña el automóvil y Uds. tienen que ir a casa, no saben dónde están. Un hombre como debe ser, conoce el nombre de las calles.
Yo pensé: “Para caber eso en mi cabeza, tengo que quitar otras cosas más importantes. ¿Este señor nutre su espíritu con esas nociones? Yo sé perfectamente cómo hacer si el automóvil se daña. Bajo y le pido a cualquiera: ‘Estoy hospedado en el Parque Balneario, junto a la playa. ¿Me puede decir cómo se va hasta allá?’ Él me dice: ‘Coja el tranvía veinte, quince o cero…’ Tomo el tranvía y listo.
O, entonces, si tengo un poco de dinero en la billetera, llamo un taxi y digo: ‘¡Vamos al Parque Balneario!’” En cierto momento percibí que él nunca preguntaba sin haber llegado al fin de la cuadra, donde miraba la placa y, un poco más adelante, interrogaba. Por lo tanto, él tampoco sabía, y hacía eso solo para vanagloriarse. Yo no le dije a su hijo, pero me quedé viendo… ¡Este quedó fichado!

Bondad, mansedumbre y respeto

A esa tendencia de sacudir a los mayores y decirles cosas que los dejasen inseguros, infelizmente yo cedí, cayendo en el hábito de hacer eso con mi madre, pobrecita, que no lo
merecía en lo más mínimo.
Un día en que Doña Lucilia estaba preparándose para almorzar, entré en su cuarto y, mientras ella se arreglaba delante de la mesa de toilette, comencé a decir varias cosas. Noté que ella quedaba muy afligida, dolorida e insegura. Nada de lo que yo decía era insolencia, ni impertinencia, pero eran cosas que la quebrantaban. Ella me daba unas respuestas lógicamente insuficientes y yo metía el dedo en la falta de lógica, dejándola aún más afligida. En cierto momento me vino la idea: “¿Por qué estoy haciendo eso? Vea cómo ella está respondiendo a todo lo que estoy
diciendo con bondad, mansedumbre y respeto. ¡Con qué cariño ella me responde! Su aflicción es por mí y no por ella. ¿Por qué estoy haciendo esta estupidez?!”
Paré en ese mismo instante y comencé a agradarla. Adquirí una noción tan lúcida de quién era mi madre, que nunca más en mi vida, hasta cuando ella murió, hice algo parecido. Por el contrario, hice constantemente lo opuesto el tiempo entero. De tal forma que la colmé, a decir verdad, desde ese momento de un sinsabor fugaz hasta la sepultura, de las rosas que mi cariño, llevado hasta el último punto, le pudiese dar.

(Extraído de una conferencia del 14/7/1980) 

Unión de alma entre Doña Lucilia y el Dr. Plinio

Doña Lucilia producía un gran efecto sobre su hijo y, como madre ejemplar, procuraba estimular al Dr. Plinio en lo que él tenía de parecido con ella e incentivar lo que tenía de diferente de ella. Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana. 

Gracias a Dios, la unión entre mi madre y yo era realmente muy grande. Si yo la tomase como persona y, después, como mi madre, notaría que, en cuanto persona, abstrayendo de la relación entre madre e hijo, había entre nosotros afinidades muy grandes. Sin embargo, también existían algunos puntos – que no eran de contraste sino de diferencia – que se explicaban por aquello que la Providencia quería de cada uno de nosotros en el transcurso de esta vida mortal.

Una especie de telegrafía sin cable

3p168Ella debería llevar la vida en la santa campánula del ambiente familiar y doméstico, con piedad y oración como era en aquel tiempo, educar a los hijos, etc., con la elevación de vistas que le era propia. Yo, no obstante, estaba llamado a las borrascas y las tempestades.
Evidentemente, había en el alma de ella, legítimamente, un movimiento para concentrar, cerrar, preservar, aislar y proteger; mientras que mi movimiento era el ímpetu para andar dentro del ventarrón, para atacar, ser atacado, en fin, para llevar adelante nuestra gesta. Lo cual creaba, naturalmente, no entrechoques, sino diferencias de modo de ser que entran por los ojos. Sucede que, sumando la condición de persona, de alma muy afín a la mía, a la condición de madre, yo era llevado a pensar que ella estaba dotada de una especie de cognición exactísima, muy delicada, de una precisión extraordinaria, de lo que yo era en cuanto yo e incluso en lo que era diferente de ella.
Y ella quería eso, incluso cuando no entendía enteramente. Y hacía esfuerzo para apoyar e incentivar que yo fuese yo. De esa forma, procuraba completarme de dos modos: estimularme en lo que yo tenía de parecido con ella y estimularme en lo que tenía de diferente de ella. Ahí entraba una gracia que no era apenas la suya como católica, sino la gracia como madre. Una madre ejemplar, muy extremosa y en la cual esa relación entre madre e hijo tenía algo de parecido con la causa y el efecto. Ella veía hasta el fondo lo que estaba en mi alma.
A veces por una mirada, un timbre de voz, un pequeño ofrecimiento: “¿Quieres esto?”, o por una caricia cuando yo pasaba… Era toda una especie de telegrafía sin cable, que tenía como efecto que ella y yo nos entendíamos. Mi madre producía un efecto sobre mí, inclusive cuando ella estaba en otra sala y yo la oía hablar; cuando ella se encontraba en otra casa, pero yo tenía conocimiento de que estaba allá; e incluso cuando se encontraba en otra ciudad u otro país, pero yo sabía que ella estaba sobre la faz de la Tierra. 

Gracias recibidas junto al sepulcro de Doña Lucilia

Es curioso que, cuando oigo a alguien contar esta o aquella gracia que recibió junto al sepulcro de ella en el Cementerio de la Consolación, no digo nada, pero quedo prestando atención y recordando. Mientras la persona describe cómo se hizo sentir la gracia en ella, cómo la guio, la apaciguó, la estimuló, en una palabra, la iluminó y la ordenó, me acuerdo enormemente de la acción de presencia que ella desarrollaba sobre mí. Era muy parecida con eso.
tumuloPor lo tanto, para mí tiene un doble sentido: el beneficio hecho a las personas y también algo por lo cual ella como que me dice: “Hijo mío, ¿te acuerdas? Yo continúo siempre la misma, estoy allá, te ayudo y un día nos veremos juntos. Quede tranquilo, sereno, sigue adelante. Por el momento, no pienses en el día en que nos encontraremos, sino en este resto de trayecto que debes recorrer, en el cual aún tendrás otras noticias mías como esta.” Me estoy acordando de que hace poco tiempo se dio lo siguiente, con una buena persona que yo encontraba de vez en cuando y nos saludábamos, pero las cosas se mantenían paradas. En cierto momento me encuentro con él, noto que me mira de un modo especial y pensé: “Aquí hay una gracia de la Consolación.” Yo no le dije nada. Unos días después, él se encuentra conmigo, me dice algo y añade: “¿Sabe usted?, estuve en el Cementerio de la Consolación. Yo estaba allí rezando – por el gesto de él, dio a entender que eran oraciones de rutina –, cuando de repente, no sé qué pasó en mí, mi horizonte se abrió. Comprendí tan bien una serie de cosas que no había entendido, vi tan bien cosas que no había visto, ¡que me siento otro! Y en la relación con usted siento otra relación que no era la de antiguamente.” Y ahí me dijo algunas cosas con respecto a él. De hecho, cuando en el primer momento noté en él esa transformación, pensé: “Aquí hay una gracia del Cementerio de la Consolación”. Después reflexioné: “Se diría que él vio físicamente a mi madre durante un momento”.

Viéndola, el Dr. Plinio comprendía mejor la Iglesia y la Civilización Cristiana

Pero yo quiero describir el efecto de alma que sentí innumerables veces viéndola. Para responder a una pregunta de cómo era mi relación con ella, aquí queda bien encajada la respuesta. El hecho concreto es que eso se desarrolló de la siguiente manera: viéndola, yo comprendía mejor las cosas de la Iglesia y de la Civilización Cristiana.
Hoy en día, en que llegué a una larga convivencia, gracias a Dios y a Nuestra Señora, con  la Iglesia, comprendiendo, por lo tanto, mejor que en tiempos en que yo era pequeño, aquello que en alguna medida fue reflejo de mi madre, hoy se refleja de su memoria y sirve para acordarme de ella.
El otro día, cuando estuvimos en la Iglesia del Corazón de Jesús, casi por todos los lugares yo contemplaba en primer lugar la iglesia, pero después me parecía ver los estados de alma de mi madre por todas partes. Eso componía enormemente el recuerdo que yo llevaba
de ella.
Es necesario decir que no son muchas las ocasiones en mi vida en que ella intervino para alejar o resolver tal probación o dificultad, en que yo pueda decir que haya pedido la intervención de mi madre y sentí que ella intervino. Incluso en su vida terrena, no son muchos los hechos en que ella intervino con un consejo, un acto o algo así. Era mucho más una acción sobre mí para ponerme en proporción con los acontecimientos, que para desviarlos. ¡Pero eso es, de lejos, lo más precioso! Y ella lo hacía intensamente.

La palabra humana nunca agota enteramente la realidad

Dr._plinioMe sería difícil decir más de lo que dije. Realmente raspé el fondo de las posibilidades de la palabra humana. Mi palabra se depara con una insuficiencia de expresión. Sería como, por ejemplo, quien tomase un topacio azul y lo pusiese a contraluz. ¡El topacio, de por sí, no puede dar a no ser lo que está en él…! Se pueden hacer juegos de luz con él, pero dará solamente lo que está en él. También en lo que dice respecto a mi convivencia con mi madre, yo no sabría decir más. Imaginen que alguien les preguntase qué impresión tienen mirando la foto del Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia). Son muchas
impresiones, pero llegan a lo indecible. Al cabo de algunos momentos, no se sabe más qué decir. Hay mucho de qué hablar, pero no se sabe decir más, porque la palabra humana nunca agota enteramente la realidad. A propósito, una de las cosas que hace bella la palabra humana, es justamente el hecho de que ella, en el fondo de todo lo que dice, tiene algo que no dice y se entrevé con la ayuda de lo que dice. Eso da a la palabra una belleza especial. Comprendo que me pregunten: “Pero entrando más a fondo en el bosque, ¿qué hay?” Respondo: “¡Árboles!” ¿Qué puedo decir? Quién sabe si otro día esos recuerdos, puestos bajo otra luz, con otro ángulo, presentan nuevas refracciones y yo puedo decir algo más.

(Extraído de conferencia de 28/10/1980) 

El caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio

Desde niña, Doña Lucilia tenía la vaga noción de que un inmenso holocausto la
esperaba, y lo aceptó sin flaquear. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total sin perder, empero, la noción de su dignidad ante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma.

Hace algunos años atrás, al ver una fotografía de mi madre cuando joven, en la edad en que estaba frecuentando la sociedad – se casó un poco tarde, a los treinta años –, yo tenía mucha incomprensión con relación a la moda del sombrero como el que ella usaba. Es curioso, pero viendo otra vez la foto hoy, me parece interesante, muy bien cortado y colocado. A propósito, era mandado a hacer sobre medida, no se compraba en un almacén.

Un peregrinar rumbo al sacrificio

Se ve en la sucesión de las fotos de ella el caminar de la esperanza hacia la seriedad y el sacrificio, hasta llegar al Quadrinho (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia), donde la inmolación ya está hecha. No es que no haya seriedad en la foto de la juventud, pero la nota preponderante en la foto tomada en París ya es la seriedad.
Más aún en la inauguración del
“Legionário”; y en el Quadrinho la inmolación está concluida.

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En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos)

En la fotografía antes del matrimonio, a pesar de tener cierta juventud, se nota que animam suam in manibus suis semper tenens ( Siempre tuvo su alma en las manos). En la tomada
en París, la madurez ya está entrando; ella no pensaba que se le pidiese tanto. En la primera, ella ve de frente un panorama más grande de lo que suponía y está comenzando el análisis. En la de París, el análisis ya se encuentra adelantado y en la del
“Legionário” la inmolación está avanzada.
En el
Quadrinho, ella ya está lista para lo que venga, como diciendo: “¡Estoy lista para la inmolación!” La inmolación está hecha. Es lo que trato de expresar cuando digo, refiriéndome a esta pintura: Ite, vita est (Id, la vida está terminada). Es decir, ya está medio entrando en la gloria. Consummatum est (Está consumado (Jn 19, 30)).

Esa era su fisionomía casi habitual, incluso más acentuada cuando yo salía con alguna “truculencia”: ella se reía, daba unos toquecitos con sus dedos en mi mano, pero con mucha complacencia. Un equilibrio extraordinario. En todas las actitudes mantenía una mirada profunda, una elevación de espíritu enorme. A propósito, ella era eminentemente brasileña. No hay ninguna nota no brasileña ahí. Propiamente, ella tenía mucho la vocación unitiva, comunicativa del pueblo brasileño, de inducir a cierto cariño, a cierto afecto. Eso se explica mejor tomando en consideración que las virtudes que Doña Lucilia veía en su padre – el Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, a quien no conocí – de hecho, correspondían a las que ella tenía. A veces se tenía la impresión de que mi madre estaba describiéndose a sí misma sin darse cuenta.

Un mundo relajadamente católico

La religiosidad de Brasil era la de Portugal, por lo cual había una continuidad muy marcada del ambiente religioso portugués en Brasil. No obstante, había una peculiaridad: en el tiempo del Dr. Antonio, Brasil estaba marcado por una religiosidad profunda de pueblos que, a pesar de ser decadentes, vivían engañándose sobre su propia decadencia. Aquellos personajes de los cuadros de Salinas (Juan Pablo Salinas Teruel (*1871 – †1946). Pintor español que se dedicó principalmente a pintar escenas que reflejan costumbres y ambientes, entre los cuales se encuentra la vida de corte en los siglos XVII y XVIII), por ejemplo, son unos decadentes “de cuatro costados”, pero no dan la impresión de estar pensando en la propia decadencia; ellos hacen abstracción, por ejemplo, de la idea de que una Inglaterra poderosa y floreciente estaba tomando cuenta del mundo, y que la España de Don Felipe II ya no es nada. Ellos viven como si estuviesen en la cumbre.

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Bautismo, de Juan Pablo Salinas Teruel

Y Portugal, en menor proporción, hacía lo mismo. Naturalmente, sabían que había naciones protestantes, pero estas no hacían parte de su circuito y, en ese sentido, no existían. Para ellos el mundo entero era católico y no les pasaba por la mente que algún día pudiese dejar de serlo.
Pero, por otro lado, era un mundo relajadamente católico, y tampoco se les pasaba por la cabeza dejar, ellos mismos, de ser relajadamente católicos. Luego, la idea de un mundo fervorosamente católico, como nosotros lo soñamos, no entraba en esa religiosidad, pura y simplemente. Eso era así en toda Suramérica.
Por cierto, todavía había trazos ardorosos y hasta magníficos de esa religiosidad en España, así como en Portugal, por donde se ve que la España agredida por José Bonaparte reaccionó como sabemos. Atacada, después, por varios otros factores, inclusive por la revolución de Franco, España reaccionó magníficamente. También, en la misma línea, agredida la Religión en Brasil, por ejemplo, en el tiempo de Don Vital, salió aquella reacción. Atacada en México, dio en los Cristeros; García Moreno, en Ecuador, etc. Es decir, era una hoguera dentro de la cual las reacciones surgían de repente. ¡Cosas magníficas! No obstante, era una hoguera con algunas brasas fresquísimas, algunos pedazos de leña que aún ardían y mucha ceniza sucia, formando un conjunto.
Los tipos ideales de esa gente eran, en general, católicos muy buenos, capaces de admirar, por ejemplo, a un García Moreno y a la Religión como debía ser practicada en la clase alta de la sociedad, donde tener acendradas virtudes morales aún constituía un adorno necesario del hombre.

Cómo Doña Lucilia presentía algo de la vocación de su hijo

Doña Lucilia idealizaba las cosas y consideraba que un gran número de señoras de su tiempo eran así. Ella, cuando joven, veía el ambiente según ese prisma, sin percibir hasta qué punto estaba putrefacto, y formó su alma justamente dentro de esa atmósfera, teniendo a la Iglesia como foco de eso. La ruptura con el ambiente vino más tarde.
Por otro lado, ella contaba con grandes gracias hacia el futuro, que por lo menos realizarían una plenitud deseada por su alma, pero dentro del marco de una señora del tiempo y del ambiente suyos.
Con relación a mí, ella presentía un llamado, una vocación para algo interior unido a Dios, a un pináculo de alma, que ella deseaba realizar, al cual esperaba ascender, que de hecho correspondía a la santidad, pero ella no percibía que se identificaba con la santidad.
Es necesario tener en consideración que desde muy pequeñito sentí fluctuar a mi respecto, en torno de mí, en las personas que vivían en casa – que eran muchas –, una atmósfera de cierta predestinación, no propiamente religiosa, sino en la línea de un legado cultural, literario, político, etc., de mi bisabuelo, el Dr. Gabriel, correspondiente a una especie de herencia yaciente que nadie de mi generación estaba cogiendo, y que se sentía que yo era predestinado a coger; así como también la herencia de mi tío abuelo João Alfredo, él mismo tenido como el retoño más glorioso de una familia de mucha ilustración que brilló tanto en él; en mí podría brillar también, con los talentos, la habilidad y el realce de él. Entonces, cualquier prueba de un poco más de inteligencia que yo daba, sentía las miradas que decían: “¡Ya vio, eso es!” Yo percibía que en la mente de ella eso proporcionaba la idea de un hombre brillantísimo, de futuro, que uniese la virtud de mi abuelo al talento de Gabriel José y con lo cual pasaba por encima de la genialidad de João Alfredo, y que todo eso iba a
confluir en mí. Es posible que eso existiese en su espíritu, porque ella misma me trataba como un niño medio predestinado, discretamente, sin nunca decírmelo. Había, por lo tanto, una especie de observación en torno de mí, y cuando aparecía cualquier cosita un poco más relevante de mi parte, yo percibía una intercomunicación por mi espalda, que tomaba con mi acostumbrada negligencia: “Eso es con ellos. Yo voy a ser lo que debo ser, y ellos que se las arreglen con esos mitos.” Sin embargo, en eso no entraba de parte de ella vanidades ni envidias.
Nunca noté en ella combates para yugular ese tipo de sentimientos. Noté, eso sí, una resolución dolorosa, aceptada y ejecutada sin vacilación, gradualmente desarrollada en la medida en que los hechos lo exigían, pero llevada hasta el fin. Nunca percibí indecisiones ni aflicciones en ese combate.

Un inmenso holocausto la esperaba

doña LuciliaAnalizando diversas fotografías de mi madre, pude constatar también otra cosa: desde el comienzo, el holocausto llevado hasta el último punto, previsto y aceptado. Era, en el fondo, la previsión del aislamiento y de la renuncia total. En su mirada se nota una tristeza de quien ya previó lo peor. Cabe aquí la comparación con la agonía de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto, porque Él, que en ningún momento vaciló, ni tuvo aflicciones de quien se sentía empujado hacia el lado opuesto, se entregó enteramente desde el primer instante, pero a medida que Él veía el futuro que iba llegando, comenzaba a sudar sangre. Sin embargo, nunca titubeando. No quiero afirmar si mi madre titubeó o no. Apenas deseo decir que ella vio desde el primer instante su crucifixión. Eso se verifica en su fotografía aún de niña: es la noción vaga de que un inmenso holocausto la esperaba, y ella lo aceptó sin flaquear en ningún momento.
No sé qué habrá pasado en su intimidad durante las pruebas que le sobrevinieron, pero la actitud interna de su alma, en esas ocasiones, fue la de quien no había sufrido la menor disminución en esa elevación superior de la cual hablé.
Quien analiza las fotografías de ella en su tiempo de soltera, no puede hacer la acusación de una mujer tibia que no hizo ningún esfuerzo para frecuentar los Sacramentos; es por excelencia lo que no había. No obstante, ella vino a aprender conmigo todo el aspecto combativo de la Iglesia.
A mi modo de ver, en Doña Lucilia había una tendencia metafísica a partir de la idea de elevación, de perfección moral. De acuerdo con el concepto existente en su tiempo, los santos eran muy raros. Mi madre no sabía que era contemporánea de una gran santa, y la idea de que ella misma se hiciese santa no le pasaba por la cabeza. Ella quería llegar hasta ese punto elevado que vislumbraba, pero creía que ser santo era algo todavía mucho más alto. Su atención estaba mucho más vuelta hacia el lado de la santidad de Nuestro Señor Jesucristo y del alma como debe ser con relación a Él, que, hacia el lado socioeconómico, por donde la plenitud intuida por ella correspondía a su misión de madre de familia.

Una excelencia del alma

3p200No obstante, a Doña Lucilia le gustaba mucho la dignidad temporal que ella tenía, no por vanidad, sino por la nobleza intrínseca de la cosa, dentro del siguiente ámbito: toda familia existe necesariamente en un medio social y debe apreciar su situación sin menospreciar a quien está abajo, ni envidiar a quien se encuentra arriba.
Me acuerdo de la divisa de una familia francesa, a propósito, muy noble, los Rohan: “Roi ne puis, prince ne daigne, Rohan je suis – Rey no puedo ser, príncipe no soy digno, soy un Rohan.” Ella no tenía en Brasil una posición correspondiente a los Rohan en Francia, pero era más o menos como quien dijese: “No soy de esos páramos de una familia propiamente noble de Europa; tampoco soy una cualquiera. Yo soy Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira, y esto lo aprecio altamente.”
Era el valor metafísico de la familia, entendida como estirpe y con todo su patriarcalismo y, en cuanto tal, teniendo importancia delante de Dios, porque a eso corresponde una forma de excelencia del alma. Es decir, propiamente, a la persona de cierto medio social le conviene que haya santidad correspondiente a su clase. Es, por tanto, un valor de alma. Doña Lucilia no despreciaba a quien no lo tuviese, en absoluto; pero quien lo tiene debe valorizar eso e in
cluir como uno de los elementos de su santidad. Me parece que eso está correcto.
En ese sentido, mi madre era fuertemente lo contrario de la Revolución, aunque no fuese polémicamente contrarrevolucionaria, pues toda la idea de la Revolución en cuanto procurando conquistar el mundo no estaba nítidamente presente en su espíritu.

(Extraído de una conferencia de 25/1/1986)

Vuelo de la inocencia

3p186

Lo que, en el fondo, está muy presente en la mirada de Doña Lucilia es la connaturalidad con las alturas. Es un cordero que se dejó llevar por las garras del águila y que apacienta en las alturas con la mansedumbre de una oveja en las praderas. He aquí el fruto de una entrega completa, es el vuelo de la inocencia.

La inocencia, con facilidad, lleva al cordero a ser transportado por el águila. Lo que en nosotros no se deja transportar por el águila son las partes pesadas – por así decir, abdominales – que perdieron el gusto de la inocencia. Lo que en nuestras almas se ha convertido en “abdomen”, es decir, en el deseo intemperante de los placeres de la vida, no quiere ser llevado por el águila a lo alto de los montes.

(Extraído de conferencia de 30/04/1983)

Elevación de alma y bondad

La Revolución insinúa que existe un conflicto entre elevación y grandeza, de un lado, y bondad y amenidad, de otro lado. Doña Lucilia desmentía ese error con su presencia. De lo alto de su espíritu bajaban, como caídas de agua limpísimas y discretas, olas de dulzura, bondad y ternura sobre las personas que se aproximaban a ella. Pero, ¡con cuánta elevación y dignidad!

En el alma de todo revolucionario existe un horror – que yo no dudaría en calificar de ateo– a una dimensión de las cosas, a cierta profundidad, cierta elevación de vistas que ve todo con una grandeza fenomenal, relacionada con una porción invisible y más grande, tan grande que llega hasta los pies de Dios.

La Revolución detesta contemplar las cosas por su lado más elevado

La Revolución acusa a ese estado de espíritu de engendrar la guerra santa, el fanatismo, no la bondad. De engendrar entusiasmo, no el bienestar. Las grandes elevaciones de espíritu conducen a alturas que el espíritu no fue hecho para habitar. Y, por lo tanto, a lo máximo se debe revolotear por allá un poco y después volver a las planicies de lo cotidiano. En otros términos, es necesario vivir la vida a pie o montado en un burro, como Sancho Panza, en vez de vivir montado a caballo, como Don Quijote.
La Revolución insinúa que hay un conflicto entre esos dos estados de es
píritu, entre dos perfecciones: la elevación y la grandeza, que se expresan en una seriedad extraordinaria, de un la do, y de otro la bondad y la amenidad. Habiendo leído una que otra descripción de esos vuelos en que un astronauta sale de la órbita de la Tierra y entra en una especie de noche que existe entre varios astros, y ve todo modificarse, noto que hacen una descripción de carácter estrictamente científico, sin darse cuenta de la seriedad que aquello tiene, que
envuelve al hombre. Cuando un astronauta sale de la atracción de la gravedad de la Tierra
y comienza a dejarse atraer por otros planetas, eso tiene una seriedad inmensa. Él es llamado a vías que no son las comunes del hombre y a órbitas que no son las suyas. Él constituye una excepción en el orden del universo y es puesto como un espectáculo para los ángeles y para los hombres. El hombre moderno detesta contemplar las cosas bajo ese prisma. Él quiere ver en el viaje astronáutico el mero recorrido de una mercadería.
Mandan un cohete a la Luna, adentro está un hombre que aprieta unos botoncitos y complementa a la máquina. ¿Ese hombre llega o no llega? ¿Trae o no trae muestras a la Tierra? Y se acabó. Lo grandioso de ese viaje interastral formidable, que nunca nadie hizo hasta entonces, la grandeza del hombre que se extrapola de la regla y queda en un zenit a lo largo de los siglos, como siendo el único que se posó en la Luna – ¡una cosa fenomenal! –, eso las personas no lo quieren percibir. Son ajenos de grandezas.

Grandeza sin intersticios de mediocridad

Los revolucionarios quieren afirmar que ese tipo de alma no tiene bondad, dulzura, amenidad, ni misericordia y, por lo tanto, cerca de una persona así uno se encanta sin distenderse. Y como no se puede vivir tenso, es necesario tomar vacaciones de la grandeza.
Si analizamos los más diversos ambientes contemporáneos, encontraremos, tal vez con raras excepciones, el choque entre la grandeza de alma a la cual nos convidan los panoramas de la Fe y lo modesto de un pequeño arreglo doméstico, de una pequeña situación por resolver: la criada que entró, el empleo que el padre tiene o no tiene, todas esas cosas que van a entrar en la primera línea de la preocupación. Y el hombre es llevado, por los hábitos mentales recibidos desde muy temprano, a esperar precisamente que le sea dado un intervalo entre grandeza y grandeza, en el marco de la mediocridad. Esos son los momentos de intersticio dentro de la vida de entusiasmo y de grandeza. Esa especie de tentación de los hiatos de grandeza encontraba en el alma de mi madre el desmentido más
completo. Porque si había una cosa que la caracterizaba, era justamente esa grandeza que ella ponía en las cosas más pequeñas. Doña Lucilia era una persona a quien, si le fuese dada una rosa, podía quedarse horas contemplando esa flor y haciendo comentarios. Y comentarios que tenían esto de característico: descendían a lo más menudo de la vida y tomaban los pormenores más minúsculos para analizarlos. No obstante, cuando se veía con qué espíritu estaba siendo analizado aquello, se percibía que tocaba en lo alto. Todo le interesaba a ella en la medida en que ciertos pensamientos altos, que nunca abandonaba, estaban presentes en ella. Debo decir que, aunque un hombre no se deba comparar en nada a una flor – puede compararse a un fruto o a un árbol, más que a una flor –, sin embargo, era así como yo me sentía tratado por ella en mi infancia. La vinculación profunda de alma entre ella y yo tenía su razón de ser más profunda en este punto de encanto mío por ella, desde pequeño.

Luciliotropismo

Yo notaba que mi madre me trataba, siendo muy pequeñito, bajo cierto punto de vista, como un juguetico. Ella encontraba gracia en mi fragilidad, en mi insipiencia, en fin, en mi estado de principiante en todo.
Pero yo notaba que en eso entraba una especie de cariño contemplativo que iba hasta las más altas regiones y – vean la paradoja del lenguaje – las más altas profundidades de su alma. Y aquel cariño, lleno de un pensamiento enteramente superior, me envolvía todo: “Este es mi hijo. De él tengo razón para esperar que sea de tal manera, de tal otra… Voy a jugar con él envolviéndolo con mi afecto, protegiéndolo y procurando en él los síntomas precursores de mi esperanza. De mi esperanza, ¿qué se podrá realizar?” Yo me sentía estimulado por esa indagación esperanzadora, como quien decía con afecto: “Hijo mío, ¿tú serás aquello que yo tengo en el fondo de mi alma?”
Así como existe el heliotropismo, por el cual la planta procura el sol, así también, por una especie de “Luciliotropismo”, yo era tendiente a volverme hacia ella. Cuando mi madre me hacía las cosas más pequeñas, como, por ejemplo, ayudarme a pasar de mi cama de niño de dos o tres años a la de ella, sonriendo, jugando, ¡yo percibía que algo mucho más alto me envolvía y que un día comprendería la dulzura de las altas cumbres, la distensión y la suavidad de los altos ideales, y cómo aquello, que era majestuoso, era dulce y atrayente! Eso lo aprendí de ella de tal manera, que lo contemplé en ella hasta el fin de su vida y tuve con ella el trato lleno de veneración que correspondía a un alma como la suya. Mi madre merecía mi respeto y yo apreciaba esa circunstancia. Pero no era solo eso. Ella era de esa manera y tenía en su alma esa grandeza; por esa razón, yo sentía que todas esas cualidades suyas caían sobre mí, me circundaban y penetraban en mí por una ósmosis a la cual yo le abría todos mis poros.

En lo alto de las serranías se encuentra la paz

Más de una vez bajé con ella a Santos, en tren, en un período en que casi no se hacía ese viaje en automóvil. Es un lindo camino, que pasa por sierras con solanáceas floridas y donde se ve el agua correr abundante desde lo alto de los peñascos, y escurrir hasta los valles que circundan todo aquello, en medio del verde de una selva donde los pies humanos nunca se posaron, y están como los veía el Padre José de Anchieta (Sacerdote jesuita español misionero en Brasil, fue uno de los fundadores de la ciudad de São Paulo (*1534 – †1597)).
¡Cuántas veces acompañé la mirada de Doña Lucilia que contemplaba ese panorama! Ella bajaba el vidrio de la ventana, reclinaba la frente sobre el brazo y se quedaba viendo toda aquella naturaleza…
Confieso que yo la veía mucho más a ella, que al panorama. Discretamente, para que no notase, porque a ella no le gustaría… Pero son los contrabandos que un hijo puede hacer.
Yo veía todo eso y pensaba: “Esto tiene una analogía cualquiera con ella, que algún día explicitaré…” Ahora estoy explicitando. De lo alto de su espíritu bajaban olas de dulzura, de bondad y de ternura, como caídas de agua limpísimas, discretas – no es la Cascada Paulo Afonso con aquel ruido –, y venían suave y dulcemente, como todo lo que bajaba de ella sobre nosotros. Pero, ¡cuánta elevación, cuánta altura, cuánta dignidad!
Si queremos encontrar la paz, la dulzura, el afecto del cual, por algunos lados, a justo título, nuestra alma está sedienta, seamos los hombres que comprenden que eso solo se encuentra en lo alto de las serranías. Y cada vez que, arrastrados por la influencia subconsciente del espíritu moderno, procuramos lo cotidiano sin sus grandezas y sin su belleza, de hecho, estamos alejando con la mano esa cosa colosal, pues todas las suavidades e invitaciones para la dulzura del “Quadrinho” (Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) no van de la mano con quien tiene el alma puesta en esas cosas revolucionarias.

Subir las vías escarpadas de la grandeza

Por el contrario, haciéndome mi madre sentir, de esas altas cumbres, la bondad, la dulzura, el bienestar de la convivencia con ella, tuve una idea experimental, viva, de lo que son esas cualidades, como no conozco que haya habido igual. Es decir, quien busca lo muy alto, muy majestuoso, muy grandioso, aquel que camina con paso resuelto hasta dentro de lo trágico, y que es sediento de lo trágico porque sabe que esa es la escalinata que lleva hasta las cumbres – el Viacrucis es el único que conduce hasta lo alto del Calvario –, ese encuentra las cosas que busca. El otro es desviado por el espíritu moderno.
En la hora en que todo convida a la falta de seriedad, al relajamiento, a lo meramente florido, ornamental y ‘gustosito’, nosotros debemos estar de pie, con toda nuestra estatura, contra la tentación de la trivialidad y apartarla con el pie, diciendo: “Futuro, con los pies puestos sobre los escombros de esta banalidad blasfema, yo te llamo. ¡Ven, oh futuro!”
Id resueltamente escalando las vías escarpadas de la grandeza. A lo largo de esas vías encontraréis no solo la protección de quien con una real grandeza tuvo tanta bondad, sino de Aquella que, incomparablemente superior a todas las criaturas, es al mismo tiempo la Reina majestuosa del universo, que pisa la serpiente para siempre jamás.
Ella es la Inmaculada Concepción, de quien decimos: “¡Vida, dulzura y esperanza nuestra, salve, oh Reina!” ¡Subid, no os dejéis atraer por el señuelo de lo cotidiano, evitad lo banal y amad la grandeza, y me habréis dado aquello que más deseo de vosotros!

(Extraído de conferencia de 12/12/1982) 

El papel de Doña Lucilia en la formación del Dr. Plinio

El alma de Doña Lucilia estaba hecha de una gran elevación, una enorme admiración por la obra de Dios y por Nuestra Señora, una firmeza que nadie quebraba y un cariño al cual era difícil resistir. Esos rasgos del alma de su madre llevaron al Dr. Plinio a comprender y amar a la Santa Iglesia Católica.

¿Cuál fue el papel de mi madre en la formación de mi alma? Lo que no dejo de agradecerle,
desde el fondo de mi alma, es su carácter de alma profundamente católica, no sólo en el sentido de una persona que reza mucho, aunque ella rezaba mucho; tengo en mi salón la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, delante de la cual ella oraba a veces hasta dos o tres horas de la mañana. Sin embargo, no era sólo eso, sino que su mentalidad era enteramente católica, que se reflejaba en una elevación de alma por donde todas sus reflexiones, incluso las más pequeñas, se aferraban a valores espirituales muy altos, lo que se notaba en su modo de ser, en su mirada, en su inflexión de voz, en su trato y en esa mezcla realmente incomparable de dignidad, firmeza, mansedumbre y afecto que la caracterizaba más que a nadie. Nunca conocí a nadie que, ni de lejos, se pareciera a ella en ese sentido.

Cariño y firmeza

En una ocasión tuve un ejemplo de eso cuando una joven, pariente mía, acompañada de su novio, me visitaron en mi apartamento, donde mi madre conservó una serie de cuadros pintados al óleo de sus antepasados, así como muebles antiguos de la familia.
Naturalmente, todo eso lo guardé. Cuando entré en el salón de visitas, me encontré con algunos familiares, entre ellos al padre de la novia mostrando y comentando para su futuro yerno los cuadros de los antepasados de la joven. En cierto momento, ella entró en mi estudio, cogió una fotografía de mamá y se lo llevó al novio para que la viera. El novio no la conoció pues ella ya había muerto. Miró la fotografía y dijo: “¡Pero cuánto cariño, cuánto cariño!” Percibí que había quedado impresionado. Pero si hubiese dicho: “Cuánta decisión, cuánta firmeza”, habría dicho también la verdad. Porque su alma estaba hecha de una gran elevación, de una enorme admiración por la obra de Dios y por Nuestra Señora, una firmeza que nadie quebraba y un cariño al que era difícil resistir. Estos eran los rasgos de su alma que me encantaron y transparecían en su piedad. Esto me llevó a comprender y amar a la Iglesia católica como yo la amo. 

Triple maternidad

No fue sólo eso. Después de que ella preparara mi alma para entender la Iglesia, yo estudié con empeño, en la medida en que pude, la Iglesia, sus doctrinas, sus instituciones, sus leyes, su obra. De manera que no es sólo el recuerdo de un modelo materno lo que me mantiene en esa adhesión. Sin embargo, nunca habría visto completamente a la Iglesia si no hubiera contemplado este modelo maternal. Por eso, doy gracias a la Virgen por haberme dado esta madre. Para mí, el gran mérito de ella fue haber encaminado mi alma a otra madre que es la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana.
El alma de esta otra madre, que es la Santa Iglesia, tiene a su vez un trono para una tercera madre que es María santísima. A través de una madre caminé hacia las otras. Es de
esta triple maternidad – una física-espiritual, las otras dos, espirituales y sobrenaturales – que se alienta mi ánimo y mi piedad.

(Extraído de conferencia de 30/7/1978)

Una forma de ser profundamente contrarrevolucionaria

En una carta del Dr. Plinio y en otra de Doña Lucilia se nota la seriedad, el respeto y el cariño, atributos de un mundo profundamente contrarrevolucionario, y en cuanto tal, auténticamente católico, donde hay desigualdades armónicas y bien concatenadas. Es lo contrario del mundo revolucionario, en que el individuo se siente como una pieza de un mecanismo, un fragmento anónimo y sin expresión de un mismo ser total que no significa nada, y, por tanto, a decir verdad, muerto dentro de lo que existe.

Cuando nos referimos a las relaciones humanas, ¿cuándo debemos decir “convivencia” y cuándo debemos usar el término “convivio(Del portugués: convivencia, acción de
convivir. En portugués “convivio” es sinónimo de convivencia, buenas relaciones entre convidados, banquete. A diferencia de “convivio” en español, que es la acción o efecto de convidar, de invitar particularmente a un banquete)? A mi modo de ver, es una pregunta toda hecha de musicalidad, pues la diferencia está en los matices de la lengua portuguesa, por lo menos de la que se habla en Brasil. No sé bien si en el portugués de Portugal, del cual admiro mucho otros matices, esta existe.

Convivioy convivencia

A mi entender, “convivio” es una palabra más noble y más destinada a cosas imponderables, que nos permite hacer sentir la riqueza del significado de una relación. La convivencia es una forma menos noble, en la cual se quiere hacer sentir el género de interpenetración de almas resultante del mero hecho de que las personas estén juntas durante un tiempo muy largo. A esa distinción corresponde una noción más profunda, porque realmente hay una forma de intimidad que solo la convivencia da. Aunque sea un estilo inferior de intimidad, tiene su papel en el todo de las relaciones. Sin embargo, estas relaciones lucran más con el “convivio” que con la convivencia.
Mi
convivio con Doña Lucilia se reflejaba en nuestra correspondencia epistolar. Por ejemplo, al rever recientemente dos cartas, me emocioné al constatar la identidad de fechas. En efecto, nunca imaginé que yo estuviese redactando una carta para mi madre el mismo día en que ella también me estaba escribiendo. Además, tengo mala memoria, e inmediatamente después de haber puesto la carta en el correo me olvidaba del día en que la había redactado. Ni se me ocurrió mirar esa correspondencia antigua, que ni siquiera sabía que Doña Lucilia guardaba.
A propósito, hay inclusive un detalle tocante en ese sentido: algún tiempo antes de que mi madre muriese, noté que ella abría las gavetas de un mueble de su cuarto y rasgaba muchos papeles. No me di cuenta de que ella, previendo su muerte, estaba destruyendo lo que a otros pudiese dar trabajo verificar. No se me pasó por la cabeza, porque la salud de ella era tan normal, que nada podía pensarse de la proximidad de su muerte. Años antes ella había tenido una crisis cardíaca, pero ya habían pasado siete años.
Después de eso vi al médico – después de haber auscultado su corazón –, dirigirse hacia mí y decirme en voz baja: “No sé qué pasa… Parece el corazón de otra persona. ¡Está joven y bueno!” Estoy conmovido de ver que ella conservó, no sé si todas, pero por lo menos muchas de las cartas que le escribí.

Diferencia y semejanza de modos de ser

Leyendo de nuevo las dos cartas juntas, como un tercero que las analiza desde afuera, me pareció que tenían una diferencia, y al mismo tiempo una semejanza, prodigiosas de modos de ser individuales.
¿En dónde está la diferencia prodigiosa? En la carta de Doña Lucilia se nota el temperamento femenino, por lo tanto, muy delicado y vuelto hacia las cosas con cuidado, exponiendo acompasadamente y con primor todos los pormenores de lo que ella escribía, pesando bien todas las palabras, a la manera de un mosaico bien arreglado donde cada piedrita fue pulida adecuadamente antes de ser colocada en su lugar con esmero.
En mi misiva se ve una cosa diferente: es un luchador que está viajando para luchar mejor, que escribe a las carreras en medio de una serie de cosas que necesita hacer, que redacta expresando con todo el impulso posible unas dos o tres ideas centrales. El impulso podrá valer alguna cosa, los pormenores nada. Porque las ideas centrales están fuertemente – yo diría categóricamente – afirmadas, y el resto queda insinuado, seguro de que ella sabría peinar los bordes despeinados del tapete que yo le mandaba. Y que, recibiendo de mí esas líneas generales, ella comprendería después cómo era cada cosita. Y sería una pérdida de tiempo pasar mi mano a la manera de la mano cuidadosa de ella, sobre los pormenores que
mi madre instalaría en su mente mucho mejor de lo que yo mismo podría hacer. Entonces, mis cartas no son bien cuidadas, con excepción de un punto: de que las ideas centrales estuviesen bien firmes, bien expuestas y, si fuese posible, hasta fulgurantes. El resto se arregla. Mi madre lo arregla… Allá va la carta.
Sin embargo, descontada esa diversidad de modos de expresar – en que entra mi categórico nativo, mi gusto por las hipérboles, al contrario del gusto de ella por lo comedido –, se nota la semejanza. Y la semejanza está en la enorme valorización dada por cada uno a la relación de afecto con el otro. Y cada una de las dos cartas, a su modo, afirma este afecto de una manera que es, al mismo tiempo, la manifestación de la certeza entera del afecto de la otra parte. El empeño de ambos lados no es comprobar el afecto de la otra parte, sino conseguir manifestar enteramente el afecto que se tiene.

Seriedad, respeto y cariño

A pesar de la diferencia – ella es madre, y yo, hijo –, es un afecto impregnado de mucha seriedad, de mucho respeto y cariño. Entonces, la misma escuela de seriedad, respeto y cariño existente en las dos cartas, está expresada por cada uno a su modo.
Así, la seriedad y el modo pensativo de ser de ella se expresa en la propia lentitud. La lentitud del curso de las cosas es la lentitud de un pensamiento que camina atento a todas las circunstancias y a todos los pormenores, que no tiene prisa de concluir y que va asimilando todo, que percibe, y después expone con la misma lentitud todo cuanto se piensa. Y en la carta todo tiene la secuencia de ese pensar y sentir.
Todo se expresa en orden, y se diría que es una grande dame que pasa avanzando tranquila y altiva, dejando para atrás la larga cola de sus impresiones.

Esa es la seriedad, la gravedad. Podríamos decir que los otros atributos de la carta van en el mismo sentido. Es decir, el respeto es el mismo. Además, ella está segurísima de todo el respeto – decir respeto es muy poco –, de la veneración entrañada y profunda que yo tengo hacia ella.
Pero al mismo tiempo se nota que por mucho que la madre debe respetar a su hijo, ella me respeta a mí, y que se respeta enormemente a sí misma como madre. No hay, por ejemplo – no estoy criticando, es un modo de sentir las cosas –, ciertas fórmulas que comenzaron a usarse después del tiempo en que ella me formó, como expresiones así – para que el padre o la madre firmasen cartas para los hijos –: “Tu padre y amigo”, o “Tu madre y amiga”. Amigo es tanto menos que padre o que madre, que da la impresión de que en la fórmula “su madre y amiga Fulana de Tal”, el término “amiga” casi que reduce la palabra madre al tamaño de un punto final.
Entre mi madre y yo no había nada de esas relaciones medio alegres entre camarada y camarada. Se ve que Doña Lucilia habla con la gravedad de quien le está hablando a un hijo. Y que ella siempre se habituó a hablar desde arriba, respetándolo y respetándose, y enseñándole así a respetar y también a tomar el gusto de ser respetado.
La carta que le escribí, por más apresurada y hasta improvisada que sea, es densa y casi explosiva de respeto, el cual se nota en todos los pormenores, en todo el afecto, en todos los modos. Pero no es solo respeto, sino también veneración.
En cuanto al cariño, de parte a parte son tan parecidos, que se diría que es un solo cariño procedente de dos polos, de un lado y del otro del Atlántico, que se encuentran. Allí existe la afirmación de una forma de ser, de pensar y de sentir las cosas que vale la pena describir de esa manera. No porque estuviésemos en juego ella y yo, sino porque hay ese predicado de ser profundamente contrarrevolucionario y, en cuanto tal, auténticamente católico.

Dos mundos: el de la Revolución y el de la Contra-Revolución

¿Qué tiene eso de profundamente contrarrevolucionario y católico? Si comparamos las máximas revolucionarias con el ambiente que envuelve esas dos cartas y la tradición que está por detrás de ese ambiente – la antigua y milenaria tradición de la Civilización Cristiana – y, por detrás de eso, la Iglesia Católica, maestra y fuente de vida de esa tradición, y, en la Iglesia Católica, Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo, entonces comprenderemos la diferencia completa entre la Revolución y la atmósfera de esas dos cartas. Son dos mundos.
Se podría preguntar: Delante de esos dos mundos, ¿en cuál de ellos se siente bien encajada una persona? A mi modo de ver, alguien solo se siente verdaderamente hombre en el mundo de las desigualdades armónicas y bien concatenadas. En el otro, el individuo se siente como la pieza de un mecanismo, tan solamente una molécula de un mismo vaso de agua, fragmento anónimo y sin expresión de un mismo ser total que no significa nada
y, por lo tanto, a decir verdad, muerto dentro de lo que existe.
Imaginen, por ejemplo, que una sala enorme, construida de cemento, estuviese organizada de manera que tuviese los elementos necesarios para que en ella viviesen doscientos colibríes revoloteando de un lado a otro, según sus inclinaciones y peculiaridades, atraídos por esta o aquella flor. Comparen uno de esos colibríes con un grano de arena sepultado en medio de la losa, fijo, remachado y haciendo parte de la masa de cemento, sin nunca moverse ni sentir, apenas existiendo. Esa es la diferencia entre un alma masificada en el anonimato igualitario y la que vive de su propia vida, en un “convivio” lleno de seriedad, respeto y cariño, en medio de desigualdades armónicas como el revoloteo de los colibríes, unos de los cuales van hacia arriba, otros hacia abajo, jamás se chocan ni vuelan en el mismo plano. ¡En fin, es otro mundo! 

(Extraído de conferencia de 8/3/1980) 

Transcribimos aquí las dos cartas que Dr. Plinio hace referencia en su conferencia.

São Paulo, 6-V-950
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso gusto recibí tu carta de Sevilla y estoy ansiosa por recibir otras desde Fátima, Lourdes y París, y más tarde, desde Roma, del Vaticano, del Santo Padre y en fin, ¡la de tu regreso! Hijo mío, tengo un inmenso gusto en verte hacer este viaje, tan necesario bajo todos los aspectos y en tan buenas condiciones y excelente compañía de tan buenos y dedicados amigos, y, por todo eso, doy infinitas gracias a Dios y a María Santísima, que os acompañará todo el tiempo. Y por eso, querido, no des atención a unos pequeños gemidos, que parten apenas de las saudades, en los que no debemos prestar atención. (…)
No he ido todavía al mes de María, porque ha llovido y refrescado mucho, pero, como sabes, tengo en el cuarto la imagen llena de flores. Delante de ella rezo el rosario y la letanía y otras oraciones, por las bendiciones y felicidades de mi hijo querido, de sus amigos, de mi hija, nieta, por Antonio… etc.
A ver si les escribes a tus tías; ¿sí? Me darías con eso un gran gusto.
Yayá almorzó hoy aquí; está bien y va a organizar un juego de bridge en su casa hoy por la noche.
¿Basta de conversación? Termino enviándote junto con mis bendiciones muchos y muchos besos y abrazos. ¡¡¡El sofá de jacarandá también tiene unas saudades…!!!
Un abrazo más y otro beso de tu madre extremosa,
Lucilia

***** 

París, 6 de mayo de 1950
Luzinha queridísima
Querido Papá
Les escribo una carta desastrosa, porque el teclado [de la máquina de escribir] es diferente del nuestro, especialmente en lo que se refiere a las letras a, m, q. En todo caso, es mejor que nada y puedo ir más deprisa, aprovechando así el tiempo en París.
Les escribí desde España, estuve posteriormente en Portugal, incluso en Fátima, desdedonde les escribí postales. En Lisboa, recibí las cartas de ahí. Viajé por todo Portugal en dos días fulminantes, y en seguida fui a París en avión.
Nuestro hotel está a dos pasos del Louvre. Ya he estado en Versalles. He visitado Notre Dame, S. Germain l’Auxerrois, donde fue dada la señal para la masacre de S. Bartolomé, etc. Es inútil y absolutamente imposible decir la impresión que todos estos monumentos causan. Debemos ir mañana a S. Cloud y a Fontainebleau. Me han gustado enormemente las noticias que Papá me dio sobre los negocios.
En cuanto a recibir mi sueldo, es simplísimo: basta ir a la Secretaría de Hacienda el día 13 y pedir que le paguen. Todas las formalidades están ya cumplidas. Me gustó inmensamente ver con cuánto sentido común mi Lady Perfection (Apodo cariñoso dado por el Dr. Plinio a su madre, quien gustaba hacer todas las cosas perfectamente) está tomando esta separación. Me estoy muriendo de saudades de nuestras conversaciones. Hay aquí un conjunto de relojes que marcan las diversas horas del mundo entero. Cuando paso por él, pienso siempre en lo que estará haciendo mi Marquesa a esta hora. Y tengo una preocupación no pequeña en lo que se refiere a los horarios de oración.
Estoy absolutamente sin noticias de Rosée y de los suyos. Le mandé un telegrama cuando llegué a Madrid y no he obtenido respuesta. Las cartas de ahí nada me dicen al respecto. Quiero que esta carta sea leída a la gente del 6º piso y enviada después a Buenos Aires.
Tampoco tengo ninguna noticia de la gente del 6º piso. ¿Qué hace esa banda de perezosos? Sólo he recibido una carta de Tía Zilí, carta muy cariñosa, que respondí hace muchos días. Les he escrito a Tía Yayá, Dora y Telémaco, (…) Antony y a los del 6º piso. Ninguna respuesta: “Voilà qui est beau”  (“¡Qué belleza!” Equivale a una queja por la ausencia de correspondencia) Pienso que aún me quedaré en París una semana, e iré después a Lourdes y a Roma. Cuando llegue a Roma, mamá puede comenzar a preparar la feijoada.
Mil millones de besos y abrazos para mi Manguinha del corazón.
Mil abrazos para Papá. A ambos pido la bendición.
Abrazos también a las tías, Antonio, Dora y Telémaco y a toda la familia. Para la gente del 6º piso nada, mientras no me respondan. Del hijo que muchísimo les quiere,
Plinio

*****

Una señora de sociedad enteramente vuelta hacia la devoción

En Doña Lucilia se notaba la unión de la sociedad espiritual con la temporal. Ella era una señora de sociedad y no una monja. Pero, de tal modo estaba embebida de las gracias recibidas del Sagrado Corazón de Jesús, que ambas condiciones se permeaban: la de una señora de sociedad y la de un alma dada completamente a la piedad.

En mi infancia, en el contacto continuo entre madre e hijo, más aún siendo un hijo de tierna edad, yo sentía en Doña Lucilia algo que después, a lo largo de la vida, no hizo sino confirmarse: la dulzura de un espíritu, de un alma elevada a altas meditaciones.

Elevación, bondad, perdón sin límites y soledad

 

No era apenas la dulzura de una persona dotada de buen genio, de buen humor y que trata bien a las personas, sino una cosa mucho más alta. Era el buen genio, el humor afable y acogedor de ella, como penetrado por un rayo de luz que hacía la bondad de mi madre tan a la manera de la bondad de Nuestro Señor Jesucristo, que yo notaba perfectamente que le había sido dado por Él, como si se sacase de un sol un rayo y se atravesase con él un alma. El alma no quedaría con todos los rayos de ese sol, pero quedaría llena del rayo que recibió. Así, ni de lejos ella tenía todas las virtudes de Nuestro Señor Jesucristo, a no ser en
un grado que un buen católico practicante debe tener. Pero había una presencia de elevación, de tristeza, de bondad, de perdón sin límites y de soledad en torno de ella. Una soledad que no era el vacío.
Ella no tenía en torno de sí el vacuo; su soledad estaba toda saturada e impregnada de la irradiación de su bondad. Conociendo eso en ella, yo tenía una especie de confirmación tangible de cómo era en el Sagrado Corazón de Jesús. Y viendo cómo era en Él en un grado infinitamente mayor, y en mi madre era una cosa semejante, eso me confirmaba también en la fe. Es decir, tanto es verdad que Él es así, que ella, a fuerza de rezarle, quedó con algo de eso. De manera que era una acción reversible, medio en péndulo: viendo las imágenes de Él, más de una vez yo me acordaba de ella; y viéndola, más de una vez yo me acordaba de Él.
De ahí resultaba una especie de quererla bien, que era un quererlo bien a Él en ella. Yo la quería inmensamente bien a ella, pero la razón principal era porque, viéndola, en ella yo veía la discípula del Sagrado Corazón de Jesús.
Es necesario decir lo siguiente: nunca noté en ella el más mínimo deseo de imitarlo físicamente, lo cual sería enteramente insoportable, intolerable. Mi amistad, mi afecto por ella se partiría en pedazos si yo notase algo así. No era eso, sino propiamente lo que la Doctrina Católica nos enseña de un alma buena, recta, muy so brenatural, que recibía ese embebecimiento de Él.

Imposibilidad de inventar un Hombre Dios 

Eso me animó la vida entera. En los reveses y aborrecimientos más grandes me daba siempre algo que me alegraba. Era un lado de mi vida, por así decir un jardín, donde nunca penetró lo opuesto. De ahí venía un sentimiento de apoyo muy grande. Yo también percibía que, delante de los que me querían perder, mi madre tomaba una actitud, la cual supongo que nunca llegó a las palabras, pero dejaba claro que, si ellos me llevasen hacia el mal y de ahí resultase algo que ella viese, mi madre creaba un problema, ¡y uno de esos problemas que sería histórico en la familia! Y ellos tenían miedo de enfrentar. Esa energía tenía algo de afín con su bondad. Esa era la energía inquebrantable de la cual Doña Lucilia daba pruebas en ciertas ocasiones. Todo eso era muy formativo para mí. Creo que de algún modo se me comunicaba. Y esa es la prueba de que la bondad era verdadera, no hay duda alguna.
Me acuerdo de que la primera vez que supe que existía gente que ponía en duda la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ¡quedé aterrado! Mi reflexión era la siguiente: “Pero ¿ellos no ven en cualquier imagen que tiene que haber existido, y que fue Dios? ¡Porque eso no se inventa! ¡Nadie es capaz de inventar ese Hombre, ni ese Dios! ¡O eso se vio, o no existiría!” De hecho, no hay posibilidad de inventarse un Hombre Dios, que represente tan bien el papel que un Hombre Dios puede haber tenido. Eso no puede haber sido producto de una imaginación, y sí producto de la realidad. Solo un Hombre Dios sería capaz
de eso, y el Hombre Dios solo podría ser así. Pero no habría ningún hombre que inventase eso. No me vengan con cuentos, porque yo no creo. Tal individuo fue un gran pintor, otro un gran escultor, un tercero un gran dibujante. ¡Pero inventar eso, no se inventa! Además, todas las imágenes de Él, sobre todo en cuanto Sagrado Corazón, reflejan algo que está unido a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y tienen toda la comunicatividad de la cual hablaba Santa Margarita María Alacoque, que fue quien recibió las revelaciones. Es decir, las propias imágenes de Él son comunicativas. A propósito, la imagencita del cuarto de Doña Lucilia, aunque no tenga un valor económico apreciable, tiene algo que, a mi modo de ver, la imagen que queda en la sala de visitas no tiene. Esta última es más fina, esculpida en alabastro; sin embargo, la del cuarto de ella tiene otra comunicatividad.
En la mañana, ella pasaba horas rezando en el cuarto. Yo creo que ella hacía una especie de transfert de lo que había en aquella imagen para la de alabastro, atribuyéndole a esta lo que veía en aquella. Y mi madre rezaba mucho, pero mucho, también junto a la imagen de la sala de visitas.

Alegría con un fondo de tristeza

La Iglesia del Corazón de Jesús tiene en el techo una pintura que representa la aparición de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque. Yo pasé unos treinta o cuarenta años yendo a esa iglesia sin dar una atención especial a esa escena.
En una de las últimas veces que estuve allá, la miré y me di cuenta de algo curioso: al contemplar otrora aquel cuadro, aunque me formase de él una idea objetiva, Nuestra Señora ayudaba a mi espíritu de niño a mitificar, a sublimar el cuadro. Y esa sublimación me hizo mucho bien, porque me hacía sentir la gracia venida del Sagrado Corazón de Jesús a torrentes, sobre todo
la gracia con el aspecto de la tristeza.
Entonces, aquella frase: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado…” ¿Cómo puede ser que la tristeza adorne tanto el alma de Él, a tal punto que incluso no se comprende que haya belleza de alma si no hay siempre un rincón de tristeza? Entonces, al contrario del modo de apreciar las cosas hoy en día, viendo una persona enteramente alegre y en la cual no se nota nada de fondo de tristeza, esa persona, para mí,
a priori, se anuncia como no amiga de la cruz. Ahora bien, para el común de los hombres de hoy, la persona en la cual se nota un poco de tristeza es puesta de lado, porque nadie quiere saber de tristeza. Tienen interés solamente por la alegría, quieren que se sea divertido; y la tristeza es la gran rechazada, porque es rechazada la cruz.
Las cosas más o menos del tiempo de mi madre, y de la generación de su madre, aunque fuesen festivas, a medida que se ahondan en el pasado toman el aire de una tristeza digna, bonita. El
Quadrinho ( En portugués: Cuadrito. Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) es la expresión de eso.

Una señora de sociedad, embebida de muchas gracias

Es necesario ver bien un aspecto que existe en Doña Lucilia. Es la sociedad espiritual embebida en la temporal. Porque ella está en su papel de una señora de sociedad y no tiene nada de monja, de religiosa. Sería muy noble si lo fuese. Santa Juana de Chantal, fundadora junto con San Francisco de Sales de una orden femenina, se hizo monja después de viuda. Lucró con eso, fue una gran ventaja. Pero, Doña Lucilia era una señora de sociedad, embebida enteramente de esas gracias recibidas del Sagrado Corazón de Jesús. De manera que ambas condiciones se permeaban: la de una señora de sociedad y la de un alma dada enteramente a la piedad, a la devoción.
A mi modo de ver, el concepto de señora comenzó a morir con la generación de ella, que todavía usó los atavíos, los arreglos en un grado mínimo que tenían en vista hacer sentir que una dama era señora. En las épocas anteriores eso existía más intensamente; pero en
el tiempo en que mi madre vivió todavía existía. Y en las épocas posteriores, la señora comenzó a ser obligada a usar adornos que ya contestaban el señorío, y quedarían mal para Doña Lucilia. De manera que ella no podía caminar en ese rumbo sin desmentirse. Porque eso era una característica muy marcada en ella: en la medida en que estuviese más cercada de las condiciones y del aparato de una señora, más normal ella estaría.

Un velo simbólico

En aquella fotografía sacada en París, en que mi madre está de pie sosteniendo un velo, quien conoce las modas y las costumbres del tiempo, ve que todo era de esa época, pero el modo de usarlo, la actitud de ella y, sobre todo, la expresión de la mirada, eran más antiguos que la moda. Ella trasciende la moda, de alguna manera. Más aún, aquel velo con que ella se hizo fotografiar, curiosamente las señoras no lo usaban. Fue un adorno que ella imaginó para dar lo que pensaba que era enteramente su expresión. Tiene algo de una vaga reminiscencia del estilo antiguo, cuando las señoras, usando vestidos con cola o falda con miriñaque, constituían un ambiente en torno de sí. Aquel velo, que no es de un tejido finísimo, tiene algo que sustituye y todavía prolonga eso: es el ambiente que la señora conlleva en torno de sí.
El velo está muy bien calculado, porque tiene exactamente el tamaño que debe tener, la curva que hace de una mano a la otra es como debe ser. Además, en la fotografía se percibe bien que se trata de un velo, no hay ninguna duda; y el velo es el único tejido que, al ser cargado, podía permitir el gesto leve de la mano, sin dar la impresión de estar cargando un paño pesado.
Las personas tal vez no calculan cómo perdería el cuadro sin el velo, el cual es un símbolo de uno de los aspectos del alma de Doña Lucilia. Creo que ella no tenía una intención explícita, sino que hizo eso intuitiva, instintivamente.

Ella estaba permanentemente meditando

Algunas impresiones causadas por el cuadro lucran al ser explicitadas.Yo innumerables veces, viendo aquello, poco a poco fui explicitando. Por ejemplo, mi madre era un poco baja, y yo hasta bromeaba con ella a ese respecto. En su tiempo, señoras bajas como ella eran frecuentes. Pero el fotógrafo, inteligente, la interpretó muy bien y le consiguió un escalón exactamente del tamaño necesario para la estatura, la mirada y el porte de ella.
Con relación a ese fondo que representa la entrada de una ópera, una cosa grandiosa, palaciego sin ser un palacio – es un teatro palaciego, como era la Ópera de París, por ejemplo –, ella está colocada de tal manera que no parece una pose, sino un poco
négligée, un poco por acaso, pero es el “por acaso” idealmente escogido por el ojo francés para que ella quedase bien como era. Aquel hombre interpretó, inclusive, la virtud de ella muy bien.
Mi madre estaba permanentemente meditando, con el espíritu puesto en una clave determinada, que tenía mucho que ver con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella no decía, ni sabía decirlo, sin embargo, eso se irradiaba de toda su persona y le daba aquella dulzura discreta de personalidad, pero también una profundidad que, por ejemplo, el
Ancien Régime no comportaba y detestaba En el ambiente de la Edad Media, mucho más serio, podríamos imaginarla mejor, pues allí ella casi que estaría in sede propria. Eso porque el romanticismo sentimental de su tiempo – no considerado en cuanto filosofía, sino como un capítulo de la historia de las almas –, que la marcó de algún modo, tenía en algunos aspectos una seriedad, que es la de ella, y representa el aspecto gótico del romanticismo.
Había vetas buenas del romanticismo y estas tenían algo de “goticizante”. Así, podríamos imaginarla en la Catedral de
Notre Dame rezando: ella estaría enteramente a gusto.

El tono de su voz podría ser comparado a un órgano

Sin embargo, en esa fotografía en París todo eso va muy bien con ella, porque, propiamente es la fotografía de su tiempo y donde ella era aquello. O entonces, en otra foto, en la cual ella está sentada en un banco de madera, pensando. Ella está tan bien expresada allí, que tendríamos dificultad en imaginarla vestida con otros trajes que llegó a vestir. Porque tuvo que hacer una adaptación. Ella no podía, por ejemplo, ir al dentista, vestida como está en esa fotografía. Pero era una adaptación de tal forma que ella como que ignoraba la ropa que estaba vistiendo. No obstante, en aquellas fotografías ella no la ignoraba: percibía la armonía con ella y se sentía bien. Con relación a los vestidos más recientes, ella los ignoraba y prolongaba el estado de espíritu con que ella está incluso en el Quadrinho. Ese era su modo de ser.
Mi madre hablaba del Sagrado Corazón de Jesús sin describirlo, propiamente. Pero en el modo de ella decir: “Recé al Sagrado Corazón de Jesús”, o “Estaba muy afligida, me dirigí a Él”, en eso entraba implícitamente una descripción de Él.
Sería necesario haber oído su voz para entender bien. Mi madre no hablaba alto, pero tenía un aterciopelado en la voz tan sonoro, tan suave, que hasta cierto punto podía ser comparado a un armonio o un órgano. No es decir que fuese una voz de un timbre propio a una cantora, nunca. Tenía cierta musicalidad, no de artista, sino psicológica. El timbre de voz era agradable, sin ser extraordinario, con algo de psicológico que expresaba tan bien todo cuanto ella sentía.

La luminosidad de su mirada

Eso se hacía notar en el timbre de voz, en la impostación y hasta en el portugués utilizado por ella. No era un portugués adornado; eran palabras de la vida corriente, pero sin ningún error. Frases de una construcción muy simple, aunque enteramente correctas, y un vocabulario fácil. Inclusive en el estado de semi lucidez al final de su vida, ninguna vez la vi a la procura de una palabra. Aquello salía con naturalidad. Pero ella no se apresuraba para contar, no corría y no amarraba, iba lentamente. Era una velocidad exactamente adecuada a lo que convenía.
En el modo afable de tratar a las personas, ella era muy amable. Sin embargo, conservaba una actitud por donde no era posible faltarle al respeto. Ni le pasaba por la mente a alguien faltarle al respeto.
Su mirada era aterciopelada, de un café muy oscuro, que tomaba una luminosidad conforme al grado de intensidad con que ella quería caracterizar, marcar lo que decía. Cuando estaba alegre, era una luz suave, envolvente; cuando tomaba la cosa muy en serio y estaba impresionada, la mirada adquiría una tonalidad de un oscuro cargado, bien definido.
Al pasar la mirada de una cosa a otra, lo hacía con un movimiento tan temperante que se parecía a sus pasos: un caminar un tanto rápido, pero a pesar de eso muy acompasado.

Un rayo de sol incide sobre la cruz hecha de flores

A este respecto me conmovió un episodio que ocurrió con ocasión de la Misa de séptimo día del fallecimiento de mi madre. Cuando ella murió, le pedí a Nuestra Señora que me diese la certeza de que ella había salido del Purgatorio. Porque, evidentemente, me atormentaba mucho la idea de que ella pudiese estar sufriendo. Y cuando sucedió el hecho de aquel rayo de luz que incidió sobre las orquídeas que adornaban el centro de una cruz hecha de flores, el modo por el cual el rayo de luz, de repente, se movió y salió, era como si
ella saliese de mi campo visual con aquella ligereza. Pero era el paso ligero y al mismo tiempo calmado de ella, no de pasitos vulgares. Era el paso de una conciencia leve. Podía cargar algún peso, pero no era el del pecado, ni de la rabia, del odio, de la envidia, esas amarguras así por el estilo.

La luz creció en intensidad mientras incidía sobre la cruz. De manera que, en cierto momento aquellas flores quedaron cargadas de tal intensidad luminosa, que las orquídeas parecían estar iluminadas por dentro. Y fue lentamente desvaneciéndose, con una suavidad que mi madre ponía en sus transiciones. Después salió “andando”.
No creo que se pueda hablar de milagro, pero fue un fenómeno donde lo sobrenatural estaba patente. Fue claramente una señal. A propósito, el pedido que hice a Nuestra Señora fue propiamente el siguiente: “Yo tengo conciencia de haber sido para ella un muy buen hijo. Así, invoco mi condición de buen hijo para pediros que me deis una señal de que ella no está en el Purgatorio. En nombre del buen hijo que fui, lo cual sé que Vos apreciabais, os pido eso.”
Como aquel rayo, por así decir, se perdió dentro de la pared, así también Doña Lucilia partió. Pero de un modo tan característico suyo, que era un último cariño. 

 (Extraído de conferencia de 15/4/1989)