¡Una ancianidad toda preocupada en hacer el bien!

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Dr. Plinio convalecinete de la operción sufrida en su pie derecho

Durante aquellas comidas, cuando los amigos del Dr. Plinio veían entrar a doña Lucilia se levantaban para saludarla. Instalada siempre en el mismo lugar, recorría con la mirada toda la sala y, cuando la conversación permitía una interrupción, se volvía hacia el Dr. Plinio:
— Hijo mío, ¿has invitado a tus amigos a cenar?
— Ellos ya han cenado, mamá.
Para tranquilizarla más, algunos decían:
— No se preocupe, doña Lucilia, ya hemos cenado. Pero pensando que respondían por mera amabilidad, no dudaba en tocar la campanita y decir:
— Mirene, estos señores que están visitando al Dr. Plinio van a cenar aquí. ¿Quieres preparar la mesa?
Era necesario entonces que ellos reafirmasen de manera aún más categórica que ya habían cenado. Sin dejarse derrotar en esta pequeña contienda de cortesía, pasado un instante hacía sonar nuevamente la campanita:
— Mirene, estos señores ya cenaron, por lo tanto prepárales un café.
Una vez, dada la posición poco cómoda en que el Dr. Plinio se encontraba para almorzar, uno de los amigos le sostuvo la bandeja mientras él se servía los alimentos. En determinado momento doña Lucilia se dio cuenta de la escena, se inclinó un tanto hacia adelante, y preguntó:
— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que estás cansando a ese joven?
— Pero, doña Lucilia, si usted pudiese, ¿no haría lo mismo? —dijo quien auxiliaba
al Dr. Plinio. Nada convencida con el argumento, se dirigió nuevamente al Dr. Plinio:
— Pero hijo mío, no se hace eso con los demás.
La acogida dada por doña Lucilia era graduada por sus disposiciones en relación a cada persona. No era igualitaria: naturalmente estimaba más a unos, a otros menos. Pero con todos era siempre de una apertura, de una llaneza, comparable, conforme el caso, ora a la luz de un día asoleado, ora a la luz más discreta de una noche de luna. Su afecto era estable, tranquilo, no mudaba jamás, siendo muy constante en sus amistades.
¡Quien no conoció a doña Lucilia no puede tener idea de cómo era una persona extraordinaria! Es imposible describir, con toda la riqueza de matices, de qué manera nos reportaba a Dios. Tanta era su elevación y dulzura.

Siempre preocupada por los demás

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Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz…,

En sus pequeños gestos, reflejos de una alta virtud
Por más que hayamos comentado a lo largo de estas páginas esta cualidad de doña Lucilia, no nos cansamos de alabarla: era emocionante comprobar en ella el cariñoso deseo de atender las necesidades ajenas, ¡incluso a los 91 años!
— ¿Me permiten una sugerencia? He hecho muchas imprudencias en mi vida leyendo y forzando la vista en lugares poco iluminados. Y ahora les veo a ustedes en este vestíbulo, que no es apropiado para la lectura. Siempre que necesito distraerme hojeando álbumes o revistas uso el comedor, que tiene mucha luz, y como no voy a volver, ustedes podrían pasar allí. Estoy segura de que verán mejor en ese sitio.
Con estas palabras, doña Lucilia les aconsejaba a dos jóvenes que leían —uno un diario y otro un libro— mientras esperaban, en el vestíbulo del “1º Andar”, que el Dr. Plinio les atendiese. Fue después de haberla saludado que oyeron de ella ese ofrecimiento tan afable.
En seguida, doña Lucilia fue conducida hasta su cuarto por la empleada, dejando a los dos jóvenes encantados. Comentaron la amable manifestación de bondad de que habían sido objeto y volvieron a sus respectivas lecturas. Pasado algún tiempo vuelve la empleada, entreabre un poco la puerta del corredor que da para el vestíbulo, y lanza una mirada a los visitantes. El hecho se repitió una segunda vez, lo que no les pasó desapercibido: — ¿Qué estará sucediendo? La tercera vez, la empleada, sonriendo, les dirigió la palabra:
— ¿No van a pasar al comedor?
— ¡No! —dijeron ellos.
— ¡Ah! Por favor, doña Lucilia se quedó muy afligida al saber que ustedes están leyendo a media luz. Mientras no cambien de sala no se tranquilizará.
Esta pequeña actitud de doña Lucilia —que juzgaba un deber de conciencia proteger la vista de dos jóvenes desconocidos— deja entrever, una vez más, no sólo las elevadas cualidades de una bella alma, sino también aspectos de un mundo que se fue.

Otros entretenimientos

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…mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal…

En aquellos momentos de descanso, además de pasar un buen rato hojeando álbumes o revistas, doña Lucilia oía música, aunque era menos frecuente. Nos impresionaba ver cómo, por saber apreciar muy bien el arte de los sonidos, acompañaba con atención y conocimiento las composiciones que escuchaba en un fonógrafo. En esta fase de su vida le agradaba especialmente oír marchas y canciones francesas de la época pre-napoleónica, entre las cuales la de los Dragones del Duque de Noailles, que le gustaba particularmente.
Con suavidad y delicadeza, seguía las ondulaciones de la melodía y el ritmo de la marcha, marcando el compás con calma y vivacidad, ora con las puntas de los dedos de la mano derecha, ora con los de la izquierda, sobre los brazos de su silla de ruedas. Por increíble que parezca, esos movimientos ayudaban a captar mejor la belleza de la composición musical.
Constituía una distracción aún mayor para doña Lucilia recibir a personas amigas. Mucho antes de que llegasen las visitas mandaba a la empleada abrir las venecianas del salón principal y verificar si la disposición de los muebles y de los objetos estaba de acuerdo con sus indicaciones. Faltando poco para la hora marcada, preguntaba dos o tres veces si habían llegado las personas esperadas. Quien tenía la gracia de estar próximo a ella en estas circunstancias, podía comprobar de nuevo su interés y desvelo por los demás. Solía ocurrir que, por su solicitud con los visitantes, éstos se olvidaban hasta de la hora de retirarse…
Sin embargo, nunca dejaba de ocupar el lugar central de sus atenciones su propio hijo.

La hora de conversar con su filhão

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No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo…

Durante casi toda su convalecencia, el Dr. Plinio pasaba el día en el escritorio de su apartamento, siguiendo la prescripción médica. No era raro que, al pasar por el corredor, doña Lucilia manifestase deseo de encontrarse con su hijo. Era conmovedor observar la escena. Mirando hacia la puerta del escritorio, le decía a la empleada que conducía la silla de ruedas:
— Vamos aquí, Mirene.
Muchas veces era la hora del descanso del Dr. Plinio, o el momento de sus oraciones, y la puerta estaba cerrada. La empleada respondía:
— Pero, doña Lucilia, él ahora está durmiendo.
— ¿Estás segura?
A respecto de estos episodios, cuenta el Dr. Plinio: “De vez en cuando, estando ya acostado en el sofá, la oía decir:
“— Mirene, es la hora de hablar con el Dr. Plinio.
“La empleada simulaba no oír, pero mamá insistía y a veces ordenaba:
“— ¡Entra! ¡Quiero hablar con el Dr. Plinio!
“Desde el escritorio, yo hubiera podido decir:
“— ¡Mirene, entra! —pero lo dejaba así, pues quería ver en qué terminaría aquella pequeña batalla. ¡A veces mamá imponía su voluntad con autoridad! La empleada no tenía ánimo de enfrentar y cedía.”
¡Doña Lucilia entraba con una alegría única!
Una “pequeña batalla” semejante se verificaba también cuando el Dr. Plinio estaba en su cuarto. Doña Lucilia, al aproximarse a la puerta, le decía a la empleada:
— Mirene, ¡quiero ver al Dr. Plinio, eh! Estamos llegando a su cuarto. La silla de ruedas continuaba impasible su camino y doña Lucilia insistía:
— Mirene, ha llegado la hora de hablar con el Dr. Plinio.
La empleada retrucaba:
— No, señora, ya pasó la hora.
— No, ¡es la hora!
El Dr. Plinio entonces decía:
— Déjala entrar — y fingía que era la hora de estar con su madre.
— Bueno, mi bien, ha llegado el momento de vernos…
“Cuando entraba en mi cuarto, ella estaba muy tranquila”, recuerda el Dr. Plinio. “Bromeaba un poco con ella, conversaba, mandaba colocarla muy cerca de mí para que me oyese mejor. Ella prestaba una atención enorme en mis palabras. Y no me cabe la menor duda de que, por la noche, mientras se preparaba para dormir, aún pensaba en ese encuentro”.
3p195Fuera de estas esporádicas ocasiones había un horario preestablecido —antes de la siesta  del Dr. Plinio— en que llegaba para doña Lucilia la tan esperada oportunidad de conversar con él. ¡Esa hora nunca se la perdía! Casi siempre asistían a los almuerzos y cenas del Dr. Plinio cuatro o cinco amigos y auxiliares, que aprovechaban la ocasión para tratar temas relativos a las actividades apostólicas en las cuales todos estaban empeñados. Con frecuencia eran verdaderas “comidas de trabajo”. Doña Lucilia entraba a partir del final del segundo plato, ya cerca de la hora del postre. Cesaban entonces los trabajos y comenzaba una conversación variada.
Terminada la comida, los amigos del Dr. Plinio se retiraban, dejándolo a solas con doña Lucilia. La conversación era habitualmente más corta de lo que a ella le hubiese gustado. En efecto, el Dr. Plinio había determinado que la empleada la dejase con él en el escritorio durante un tiempo limitado, debido a las exigencias de su convalecencia. Agotado el tiempo, entraba y decía:
— Doña Lucilia, vamos, el Dr. Plinio necesita descansar.
— No, no —respondía a veces doña Lucilia—, deja que yo me quedo. Pero Mirene, siguiendo las instrucciones del Dr. Plinio, iba empujando la silla lentamente.
— Mirene, ¿qué es eso? Voy a quedarme.
El Dr. Plinio, entonces, intervenía.
— Mi bien, necesito descansar un poco.
Ante el pedido del filhão, doña Lucilia no decía nada más, sometiéndose pacientemente a la privación de la compañía de quien le era tan querido. La empleada iba empujando la silla, hacia atrás, y doña Lucilia se iba despidiendo a distancia, con un leve gesto de mano, mientras miraba a su hijo aún por unos instantes.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Contemplando una rosa

El encanto de doña Lucilia por las flores permaneció igual hasta los últimos días de su vida. Los atrayentes colores de la naturaleza vegetal, cuya belleza el ingenio humano nunca ha conseguido superar, fácilmente cautivaban su espíritu, siempre dispuesto a entrar en armonía con el menor vestigio de maravilloso. Un joven, sabiendo que ella apreciaba las rosas, en especial las de tono coral, pasó cierto día por una floristería para comprarle la más bonita que encontrase. Al entregársela a doña Lucilia, ella manifestó la alegría de quien recibe un significativo regalo. La tomó con delicadeza, la apartó un poco y, mirándola detenidamente, tejió algunos comentarios elevados. Entremezclaba sus palabras con instantes de silencio, en los cuales contemplaba un poco más aquellos bonitos pétalos. La profundidad de lo que decía no estaba tanto en el sentido literal de las palabras, sino en la disposición de su espíritu, en la serenidad con que se expresaba, en los matices de su voz y en su reacción fisonómica. La bondad luciliana nunca se manifestaba sin la compañía de las luces, hoy cada vez más raras, de la virtud de la gratitud. De ese modo, aquel día —que se llenó con aquella simple rosa— hizo referencia varias veces a ese regalo tan simple, comentando con encanto los pétalos, el color, la forma, el tallo…
Esa rosa bien podría ser tomada como un símbolo o un reflejo de la armoniosa templanza de sus cualidades, y de la generosidad de su bienquerencia.

Un comentario perfecto

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Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…

El discernimiento psicológico de doña Lucilia había crecido con los años, haciéndose singularmente penetrante al aproximarse del umbral de la eternidad. Ella aplicaba ese admirable discernimiento con la misma calma con que practicaba todas las acciones, tan pronto se le presentaban personas, figuras u objetos. Los miraba atentamente, sin que su fisonomía indicase que estuviese haciendo un gran esfuerzo, y, tras reflexionar un poco, emitía su juicio, invariablemente sabio, ponderado y justo.
En una ocasión, al serle mostradas algunas fotografías de una imagen de Nuestra Señora de Fátima, el Dr. Plinio aprovechó para preguntarle qué impresión le causaba. Después de mirar detenidamente los bellos rasgos de la Virgen de Fátima, respondió:
— Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…
Los que estaban allí se quedaron pasmados por el acierto del comentario de doña Lucilia. El propio Dr. Plinio no resistió, y afirmó en un volumen de voz que ella no pudiese oír:
— ¡Es el comentario perfecto!
La escena fue conmovedora. Su análisis, nada doctoral o científico, parecía descender de muy alto, como ocurre con quien tiene el espíritu colocado continuamente en ciertos parajes iluminados por Dios. Se notaba que ella, de alguna forma, estaba en constante oración.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

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Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…

Hasta donde alcanzaron sus fuerzas, doña Lucilia ejerció a la perfección las funciones sociales de un ama de casa. Pudimos observar esto de modo especial cuando ella hacía sus oraciones vespertinas. Su preocupación cuando oía que el teléfono había sido atendido por voces que no le eran familiares, por querer saber de su empleada quién estaría esperando a su hijo, se repetía incansablemente.
— ¡Mirene! ¿Quién está ahí? —preguntaba, enteramente dispuesta a recibir al inesperado visitante.
Un bonito hecho relacionado con ese eximio modo de ser fue presenciado por un joven, que hasta hoy da testimonio a ese respecto, constituyendo una prueba de la gran virtud de esta insigne dama paulista: “Doña Lucilia me hizo entrar en el comedor, nada más terminar el piadoso rezo del rosario, y después de darme las acostumbradas explicaciones del porqué de la tardanza del Dr. Plinio en atenderme, me invitó a sentarme para tomar el té de la tarde en su compañía.” Casi tres horas de conversación pasaron como si fuesen minutos.
Tres décadas después, aquel joven aún recuerda con emoción la extrema gentileza y el envolvente afecto de doña Lucilia hacia él en aquella ocasión: “Todo el tiempo procuró entretenerme, discurriendo sobre los temas que más me agradaban, siempre en un clima de serenidad y bienquerencia.
“Me acuerdo haber salido tan alegre y feliz de aquella conversación —cuenta él— que más me parecía haber estado con un ángel que propiamente con una criatura humana. Recibí una tal comunicación de bienestar, que llegué a pensar que doña Lucilia era una señora que nunca había sufrido el menor incómodo en la vida, pues en ningún momento dejó traslucir la mas mínima señal de enfado o de cansancio, dispuesta a hacer el bien a mi alma hasta los límites permitidos por el reloj”.
Y continuaba su narración, describiendo los juegos de fisonomía de doña Lucilia, los pequeños y elegantes gestos, la voz, la mirada, las manos. Aquel mismo día, después de esta conversación, el Dr. Plinio lo llamó a su despacho para hacer una llamada telefónica al médico de doña Lucilia. Eran las nueve y media de la noche del sábado.
El joven quedó abismado al oír que el Dr. Plinio decía al médico que doña Lucilia había pasado todo el día muy indispuesta, y con tal malestar que ciertamente ello le impediría conciliar el sueño. Después de relatarle al clínico todos los síntomas, con pormenores, el Dr. Plinio pidió a su auxiliar que anotase el nombre de la inyección recetada. El mencionado joven, por tener cierto conocimiento del remedio en cuestión, se dio cuenta de cuál era realmente el estado físico de doña Lucilia, quien con tanta normalidad lo había entretenido por tan largo tiempo.
“En doña Lucilia —recuerda él— la bondad era una segunda naturaleza. Este hecho me dejó aún más patente que ella había pasado la vida haciendo bien a los demás — pertransiit benefaciendo (Anduvo de lugar en lugar haciendo el bien (At. 10, 38)).
No habiendo quien fuese a comprar la inyección, él mismo se ofreció para hacerlo. Después, debido a la ausencia del enfermero de guardia, el Dr. Plinio le pidió que se la colocase a doña Lucilia, dado que tenía práctica en ello. Ocurrió entonces otro episodio que marcó la historia de este feliz joven. Al entrar en el cuarto de doña Lucilia, se tomó de encanto y de emoción al verla tan dignamente recostada en la cama.
— Doña Lucilia, estoy aquí para ponerle una inyección recetada por su médico —dijo al saludarla.
Según narra este testigo, “era extraordinaria la instintiva preocupación de doña Lucilia hacia los demás, aunque estuviese sintiéndose indispuesta, como en aquella circunstancia. Además del momentáneo disturbio por el cual pasaba, estaba a muy pocos meses de la muerte y, no obstante, su atención se volvía hacia los demás.
“En aquel ambiente de compostura y recato, a la luz de una lámpara de mesa, su primera actitud fue la de mirarme atentamente y decir:
“¡Pero cómo, justamente esta noche de sábado le estoy dando todo este trabajo! Perdóneme por perjudicar sus planes.
“Sin demostrar el menor desagrado al serle aplicada la inyección, que provocó cierto dolor, doña Lucilia dijo a continuación:
“— Me ha entristecido mucho haberle causado a usted este trastorno.
“— En nada, doña Lucilia. Al contrario, soy yo quien me entristezco al verla sufrir con esta inyección.
“— En absoluto. Bien, se lo agradezco mucho —concluyó doña Lucilia, con su insuperable dulzura de trato.”
Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…

Voz flexible y ondulada

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“¡Nunca me consolaré por no habérseme ocurrido la idea de grabar su voz…!”

A pesar de la edad, la mirada, los gestos, la postura en la silla de ruedas, todo en doña Lucilia era encantador. Sin embargo, algo atraía especialmente a quien tuviese la gracia de conversar con ella: su voz. En la ancianidad no tocaba más su mandolina, ni siquiera el piano, pero ambos instrumentos no serían capaces de exceder en belleza a los sonidos que salían de sus labios. Su timbre de voz era enteramente afín con su noble y delicada alma.
“¡Nunca me consolaré por no habérseme ocurrido la idea de grabar su voz”, dijo una vez el Dr. Plinio, “pues estoy seguro de que les haría a todos mucho bien!”
Tampoco se le ocurrió esta idea a ningún otro, desgraciadamente. Pero aquella voz tan dulce, tranquila y pacificadora quedó grabada en los oídos de varios de nosotros. Era muy ondulada, con una extraordinaria capacidad de simbolizar los aspectos morales y psicológicos de lo que quería transmitir, de manera que cualquier palabra dicha por ella podía, conforme el caso, tomar una inflexión muy rica en matices. Y era persuasiva, lo que le daba a su conversación una enorme expresividad, sobre todo cuando tenía algo más serio que decir.
A pesar de que su audición había disminuido con la edad, la sonoridad de la voz no había sufrido ninguna modificación. Era edificante observar su capacidad de dirigirse a sus interlocutores y de atender sus preferencias, contribuyendo particularmente para esto ese timbre de voz aterciopelado, melodioso y lleno de variadas tonalidades.
Con todo, no menos significativo era su silencio, mediante el cual tanto decía a aquellos que la observaban. Cuántas saudades guardan los felices visitantes que, en incontables ocasiones, al entrar en su apartamento, la encontraban sola, sentada en la silla de ruedas, rezando largas oraciones. Nunca se olvidarán de cómo su presencia suave llenaba la sala de una silenciosa paz, mientras pasaba las cuentas de su rosario durante la puesta de sol.

Vista a través de los visillos desgranando el rosario

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…contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol…

A pesar de su avanzada edad, doña Lucilia jamás abandonó el hábito de rezar el rosario todas las tardes. Realizaba este importante acto sentada en su silla de ruedas, en el comedor, mientras contemplaba la copa de los árboles de la Plaza Buenos Aires y se beneficiaba de los últimos rayos de sol que penetraban por la ventana. Eran bonitos crepúsculos, como difícilmente se dan en la gris megalópolis que es la São Paulo de hoy. Aquellos atardeceres se armonizaban admirablemente con el alma tan brasileña de doña Lucilia. ¡Quien tuvo la ventura de observarla a través de las rendijas de los visillos existentes
en la puerta del Salón Azul, no podía dejar de reconocer en ella un verdadero monumento! No era posible separar la nobleza de la religiosidad en aquella señora de 91 años. Cuando se habla de sus virtudes, se habla necesariamente de nobleza, y viceversa. Por cierto, había en ella algo más que nobleza solamente: doña Lucilia poseía un alma augusta.
Ella se colocaba en una actitud tan erecta, tan compuesta, y rezaba con tanta piedad y devoción que la escena era conmovedora.
Un día, mientras rezaba el rosario, necesitó utilizar el pañuelo. “En esa ocasión —relata un joven que la observaba— pudimos comprobar de qué manera se hacía evidente su respetabilidad hasta en los ínfimos gestos”. Sin darse cuenta de que estaba siendo analizada, colocó el rosario sobre el vestido, marcando cuidadosamente la decena en que había suspendido la oración, a fin de proseguirla en el punto exacto. Tomó entonces el pañuelo, utilizándolo con discreción y perfecta compostura. Después lo dobló lentamente, lo guardó, y continuó las oraciones.
“¡Qué dignidad!” —fue la exclamación muda que naturalmente brotó en el interior de quien tuvo la gracia de así, de modo furtivo, conocer a doña Lucilia más de cerca.
Semejante actitud, como tantas otras, permitía darse cuenta de la irradiación diáfana y de la envolvente luminosidad de su alma, uno de los encantos de su benigna y acogedora presencia.
Otro aspecto que saltaba a los ojos de quien tratase con doña Lucilia era su capacidad de pasar de un estado de espíritu a otro sin sobresaltos, con suavidad. Ese orden le permitía transformar en virtud cualidades de alma meramente naturales. Por ejemplo, su acentuada ternura. Cuando estaba sola, la impresión que causaba era de una dulzura toda hecha de resignación. Su presencia rebosaba de elevación, de un qué de tristeza cristiana, de perdón sin límites, de una soledad que no era vacío. Físicamente doña Lucilia podía estar sola, pero la sala donde ella se encontrase era toda penetrada por la irradiación de su bondad.

“¡Cuánta bendición existe en esta casa!”

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— ¿Quién vive aquí?… — ¡Cuánta bendición existe en esta casa!

Muchas personas dotadas de sensibilidad a la gracia sobrenatural notaban su acción de presencia. Es característico el hecho ocurrido con un sacerdote que fue a llevar la Sagrada Eucaristía al Dr. Plinio, entonces imposibilitado de salir de casa. Nada más entrar en el vestíbulo del apartamento, mirando para todos lados, indagó:
— ¿Quién vive aquí?
Y antes incluso de que alguien le respondiera, exclamó:
— ¡Cuánta bendición existe en esta casa!
No se equivocó en nada aquel ministro de Dios. Al poseer la experiencia del trato con las almas, se dio cuenta inmediatamente de cuánto estaba cargado el hogar de doña Lucilia de imponderables buenos, provenientes, en gran medida, de sus elevados pensamientos.
Nada de bello, bueno y verdadero escapaba a su capacidad de observación, siempre admirativa, fuese un capullo de rosa o una simple fruta, un lindo bordado, o una puesta de sol. Con rectitud de alma y perfecto criterio, procuraba relacionar todas las cosas con sus modelos ideales, contemplándolas como reflejos de un universo superior, destinado por Dios para la eterna alegría de los bienaventurados.

“¿Debo recomendar que, si muero, no se lo digan a mamá?”

3p157199A los recelos por su salud se le añadieron al Dr. Plinio perplejidades de alma: “¿Qué decirle a mamá si, por ejemplo, me tuviesen que amputar una parte del pie derecho? ¿Debo recomendar que, si muero, no se lo digan a mamá? ¿Sería lícito no decirle nada para evitarle un gran choque emocional?” Pero, en ese caso, las personas que trataban con ella se verían obligadas a entrar por las vías de la mentira para ocultarle la tragedia. Sufriendo doña Lucilia de una ligera disminución de lucidez, propia a la ancianidad, ¿tendría el derecho de conocer toda la verdad? Por otro lado, si la Divina Providencia quisiese probarla, ¿sería legítimo ahorrarle esta borrasca?
Entre las innumerables preocupaciones que entonces poblaban el alma del Dr. Plinio, estas últimas constituían un tremendo sufrimiento. A su vez, aquella que era objeto de estas preocupaciones estaría, probablemente, pasando por otras aflicciones. En vista del inusitado movimiento en su residencia, su maternal y afectuoso corazón percibía con mucha extrañeza que algo de anormal le había sucedido a su hijo. ¿Por qué tantas personas desconocidas frecuentaban el apartamento? ¿Cuál era la razón de las numerosas llamadas telefónicas? Eran preguntas que se iban acumulando en sus horizontes ya cansados y afligidos. Tanto más que, encontrándose en la necesidad de tener que usar una silla de ruedas, se veía coartada en su deseo de atender a todas las necesidades de su querido hijo.
Por otro lado no se podía exigir a las empleadas de la casa la perfección en la virtud de la caridad. Ellas estaban allí simplemente para servir, pues para eso habían sido contratadas. Así, cuando doña Lucilia les pedía explicaciones a respecto de lo que estaba pasando, cada una le daba la respuesta que espontáneamente le venía a la mente, sin mayores cuidados. Tales circunstancias, sumadas a las intuiciones del corazón de madre, aumentaban el sufrimiento de doña Lucilia.

Una angustiosa tranquilidad

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Dr. Plinio después de la operación de su pie derecho

Al principio, los médicos hicieron unas curas en el pie derecho del Dr. Plinio en el propio “1º Andar”. Después pensaron que lo mejor sería llamar a un especialista. Fue escogido el Dr. Adib Bouabci quien, tras examinar al enfermo, concluyó que era necesaria una urgente cirugía para dominar la grave infección.
Aquella misma noche, con los debidos cuidados, el Dr. Plinio fue trasladado al Hospital Sirio-Libanés, donde el Dr. Adib ejecutó eximiamente la operación. En el “1º Andar” no le faltaron motivos de aflicción a doña Lucilia. Se le había ocultado el ingreso del Dr. Plinio en el hospital. Ella, intrigada, se daba cuenta que al intenso movimiento de los días anteriores se sucedía una repentina tranquilidad que la dejaba perpleja. ¿Qué le habría sucedido a su hijo? Hacía mucho que no la visitaba. ¿Habría viajado? ¿O se había abatido sobre él una grave enfermedad? ¿Sería que la muerte se lo habría llevado? A causa de estos recelos, soportados en silencio, el dolor se convirtió cada vez más en su compañero durante los últimos resplandores de su sufrida existencia.

El desvelo materno le hace soñar la realidad

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Felizmente, el Dr. Plinio no tardó en volver…

Felizmente, el Dr. Plinio no tardó en volver. Con miras a disminuir el sufrimiento de su madre, el Dr. Plinio siguió ocultándole lo que le había sucedido. No obstante, era indispensable inventar algo, a fin de responder a las afligidas interrogaciones maternas, y explicar por qué tenía el pie derecho vendado y por qué debía estar tanto tiempo acostado. Se le ocurrió a una de las empleadas, en un momento de aprieto, decirle a doña Lucilia que el Dr. Plinio, paseando por los caminos pedregosos de la hacienda de unos amigos, se había torcido el pie, y debía, por prescripción médica, permanecer en un prolongado reposo.
Al corazón de una madre no se le engaña. Una noche, doña Lucilia, en medio de una pesadilla a propósito de la enfermedad de su hijo, vio que él sufría una seria amputación en el pie derecho. A partir de ese momento se convenció de que ésta era la realidad. Por lo tanto, algo mucho más grave que el relato hecho por la empleada. ¿Quién encontraría argumentos para tranquilizarla? Tarea nada fácil… Fueron incontables las ocasiones, hasta la hora de su muerte, en las que doña Lucilia se refirió a las escenas de aquel sueño como un retrato de algo que, efectivamente, había ocurrido. A pesar de su edad tan avanzada, el desvelo materno le hizo descubrir lo que no le había sido dicho, aunque los circundantes continuaron encubriendo la realidad con velos optimistas.

“Para todos fue una sorpresa y un encanto de alma”

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“Para todos fue una sorpresa y un encanto de alma”

Como hemos podido ver a través de la narración de la vida de doña Lucilia, durante su larga existencia permaneció casi siempre recogida en la respetable atmósfera de su hogar, como fiel cumplidora de los deberes de un ama de casa católica fervorosa. Con su hijo sucedía exactamente lo contrario. Debido a las exigencias de sus numerosas actividades apostólicas y profesionales, era obligado a permanecer muy poco tiempo en su ambiente familiar. Pero, con la enfermedad, se vio forzado a pasar cinco meses de convalecencia entre las paredes de su apartamento. En seguida el Dr. Plinio recomenzó a recibir un inusitado número de visitas de admiradores y amigos. Muchos años después, él relató sucintamente el encanto de aquellos que entonces habían sido objeto de la gentil y encantadora acogida de su madre:
En el año de 1967 enfermé con serio riesgo de vida, y mi residencia se llenó naturalmente de amigos. Profundamente afligida, a todos recibía mi madre, ya entonces con la avanzada edad de 92 años. En ese difícil trance ella les dispensaba una acogida en la cual traslucía su afecto materno, su resignación cristiana, su ilimitada bondad de corazón y la encantadora gentileza de los viejos tiempos del São Paulo de otrora. Para todos fue una sorpresa y, explicablemente, también un encanto de alma. Duró, así, esta convivencia largos meses.
El delicado estado de salud del Dr. Plinio permitió que doña Lucilia fuese conocida más de cerca y, por qué no decirlo, admirada. Las incontables facetas morales de la madre ideal estaban allí al alcance de la observación de todos, convidándolos a hacer parte de aquellos “mil hijos” por los cuales anhelaba su corazón desbordante de benevolencia.

Se diría que ella estaba hecha para tener millares de hijos

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… Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

La disposición de doña Lucilia para el amor materno haría pensar que su alma speraba tener mil hijos, mucho más de mil, y eso constituía la gran incógnita de su vida.
La Providencia le había infundido en el corazón una enorme capacidad de afecto, de bondad y de protección que parecía destinada a morir sin haber podido ejercerse enteramente. El plan de Dios en relación a ella le parecía inexplicable, y fue una de las tristezas de su vida; aquel amor materno que había podido dedicar, es verdad, a dos hijos, pero que en gran parte había quedado guardado en el santuario de su alma, sin condiciones de ser aplicado.
“Varias veces analicé a mamá —comentaría más tarde el Dr. Plinio—, y no pudiendo imaginarme lo que pasaría después, la miraba y pensaba: “Hay algo de axiológico en su vida que parece no ser como debería. Ella posee una enorme ternura: fue afectuosísima como hija, afectuosísima como hermana, afectuosísima como esposa, afectuosísima como madre, como abuela y hasta como bisabuela. Llevó su afecto hasta donde le fue posible. “Pero tengo la impresión de que hay algo en ella que da la nota de todos esos afectos: ¡es el hecho de ser, sobre todo, madre! “Tiene un amor desbordante no solamente a los dos hijos que tuvo sino también a los hijos que no tuvo. Se diría que estaba hecha para tener millares de hijos, y su corazón palpitaba del deseo de conocerlos. “Sin embargo, esos hijos no vinieron, ni podían venir en ese número exorbitante.
¿Qué quiso la Providencia con eso? “Se notaba que mamá esperaba algo en la vida. No en el orden del placer, ni de la notoriedad, ni nada semejante. Esperaba una cierta reciprocidad de mentalidad, una cierta afinidad de pensamiento, de temperamento, de modo de ser. Estaba ávida de abarcar con un amplio afecto, con una inmensa consonancia, a un número enorme de personas. Y llegó al último extremo de su larga ancianidad en esa serena expectativa, tranquila, un poco triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitaciones ni angustias y con un fondo de certeza de que eso algún día vendría…”

Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo

Es edificante lo poco que habla doña Lucilia en sus cartas sobre sus problemas personales. Cuando lo hace, es para satisfacer los insistentes pedidos de su hijo. Por otro lado, aunque privada de la compañía de su hijo, en ningún momento se queja de ello, pues sabe que el viaje del Dr. Plinio es para atender los intereses de la Iglesia. Razón enteramente suficiente para justificar un sacrificio que ella estaría dispuesta a repetir cuantas veces fuera necesario. Después del bien de la causa católica, su principal preocupación era el bien de su hijo, como se puede ver una vez más en la siguiente carta, en la que, dicho sea de paso, cap14_014por distracción escribe “congreso” en lugar de “concilio”.

São Paulo, 26-10-1962
¡Hijo querido de mi corazón!
Espero que hayas recibido mis dos cartas; hoy te mando esta otra. He recibido también una tuya, desde Roma. Me imagino cuánto debes estar apreciando la bella morada de los Papas y, todavía más, todo eso en compañía de tus buenos y queridos amigos; ¡solamente me da pena ver a los que no pudieron ir! Siempre que puedas, mándame noticias tuyas… — ¡los periódicos no dan noticias que satisfagan! (…)¡¿Buena parte de los rusos es recibida también en el Congreso?!… ¡Esperemos el final de todo esto! ¿Y del caso Kennedy-Kruchev? (Doña Lucilia se refiere a la famosa crisis política internacional provocada por la instalación de misiles rusos en Cuba, lo que casi provocó la III Guerra Mundial, a raíz de un ultimátum de Kennedy al Gobierno del Kremlin) ¿qué me dices?… ¿Qué nos traerá este nuevo sistema?… ¡¡¡Todo se puede esperar!!! Ha estado aquí Castilho para hacerme una visita. Francisco Eduardo me ha pedido un rosario para rezar con él todos los días. Castilho dice que es muy fácil encontrar allí rosarios muy buenos y resistentes.
No me habitúo a escribir con los bolígrafos que tenemos aquí.
¿Cuándo acabará el Congreso? ¿Cuándo piensas volver? Soy yo quien te dice… deja tanto trabajo, pasea bastante, come bastante, pero sin exagerar, visitad la catedral de Milán que es una belleza y los innumerables cuadros de Florencia, reved París y volved cuánto antes, ¡pues estoy con unas saudades locas de mi “querido”, queridísimo filhão de todo mi corazón! Con muchos besos, abrazos y toda la bendición de tu… manguinha…
Lucilia

De tal manera doña Lucilia se olvidaba de sí misma que solamente se acuerda de pedir un rosario para su bisnieto, Francisco Eduardo. Aunque no lo diga, tal vez haya sido ella quien enseñó al niño a rezar el rosario, explicándole con su modo tan atrayente los diversos misterios de la vida de Nuestro Señor y de su Madre Virginal. Segura de que un objeto de piedad traído de la Ciudad Eterna lo incitaría más a la devoción, se lo pide al Dr. Plinio.

Escasa correspondencia

Naturalmente, al contemplar el magnífico escenario de la Roma de los Papas, el Dr. Plinio no podía dejar de pensar en doña Lucilia, cuya alma admirativa se encantaría con todo aquello. Si estuviese allí, recorrería lentamente aquellos lugares, apoyada del brazo de su filhão, comentando extasiada ora esto, ora aquello —el azul tan bonito del cielo romano; los castillos de nubes en el horizonte, realzando la grandeza de los milenarios monumentos; el Tíber, que serpentea mansamente entre históricos edificios y gloriosas ruinas—, hasta que la puesta del sol le anunciase el final de tan agradable conversación…

cap14_015

Capitolio romano

Roma, 22-10-1962
Luzinha querida de mi corazón
Estoy esperando ansiosamente una carta suya. En todo caso, ya he sabido por un joven del grupo que usted recibió bien la noticia de mi viaje, ¡gracias a Dios! Me acuerdo mucho de mi Lú y de su conversación que tantas saudades me da, así como de sus cariños y todo lo demás, ¡de lo que siento tantas saudades! Especialmente me acuerdo de usted cuando veo algunas cosas bonitas que tanto le gustarían a usted. Ayer, por ejemplo, vi el Capitolio romano, que por cierto ya había visitado en 1959. Es estupendo. Pensé en seguida: ¡que bueno sería si Lú de mi corazón pudiese ver esto! Escríbame cuanto antes, querida, hablándome de todo a su respecto y, especialmente, de su salud. He trabajado mucho, comido mucho, paseado un poco por lugares bonitos. Le adjunto las cartas para Rosée y Maria Alice. Así usted tendrá el noticiero completo.
Me veo obligado a parar, pues son las 16 Hrs. y a las 17 Hrs. tendré una reunión muy importante.
Querida mía, mi muñeca, mi marquesita: cuidado con su salud y rece por el filhão que la quiere muchísimo y le envía millones de besos y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

En la carta siguiente, el Dr. Plinio manifiesta como siempre una cualidad sin la cual una auténtica convivencia no se establece: la abnegación. Se diría que, en esa inefable relación con doña Lucilia, la renuncia de cada uno a sí mismo revierte generosamente en beneficio del otro; así como los arbotantes de una catedral, que por sí solos no se sostendrían pero apoyando las colosales paredes forman con ellas un conjunto esplendoroso.

Manguinha de mi corazón,
Mi pluma azul está rota. Por eso, le escribo en rojo.
Sus dos cartas me gustaron inmensamente. Las tengo sobre mi mesa de noche para tenerlas siempre delante de los ojos. Estoy con unas saudades locas de mi mãezinha querida, de sus cariños, de su presencia, de su conversación, en fin, de ella, de todo lo que es de ella y de todo lo que la rodea.
Pocas cosas podrían alegrarme tanto como saber que usted está bien. Cuídese; usted no podría hacer nada mejor por mí. Mejor que eso, solamente una cosa: rezar por mí…
Todavía no sé bien la fecha de mi regreso, pero espero que no tarde. Escríbame cuánto antes, amor de mi corazón.
Perdóneme esta carta-relámpago; estoy ocupadísimo.
Con mil y mil besos, todo el cariño del hijo que la quiere inmensísimamente y le pide con respeto bendiciones y oraciones.
P.

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Doña Lucilia cumple 80 años…

Doña Lucilia cumple 80 años: tres fotografías, tres aspectos de alma

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda)
y su bisnieto Francisco Eduardo

A partir del momento en que completó los 80 años de edad sus virtudes se hicieron aún más notorias a los ojos de aquellos que habían tenido la gracia de observarla. Analizando de nuevo los diversos aspectos de la matizada alma de doña Lucilia podemos decir que, tal vez, los más bellos eran armónicamente opuestos: por un lado, su gran bondad, que traslucía en su trato afable, siempre dispuesta a inclinarse sobre los otros para hacerles el bien; por otro lado, su firmeza, seriedad e inquebrantable fidelidad al modo de ser católico. Todas estas cualidades las inhalaba del Divino Maestro.
Tres fotografías sacadas poco antes del 22 de abril de 1956 nos atestiguan los magníficos lados de alma de doña Lucilia. En aquella ocasión la encontramos en casa de su nieta, doña Maria Alice. En la primera podemos ver a doña Lucilia agarrando al pequeño Francisco Eduardo, su bisnieto. Es de las pocas que la retratan conversando. Es tan comunicativa que da casi la impresión de tener movimiento. Su mirada es expresiva y en su conjunto se nota el deseo de agradar a los circundantes como sólo ella sabía hacerlo. Sin embargo, la fisonomía es de quien vive un paréntesis de alegría y de distensión en una vida en la que no faltan las cruces. Aquellos 80 años, para quien pautó su existencia por la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, no podían dejar de ser un largo Vía Crucis. ¡Cuántos recuerdos de todas clases habrán pasado por la mente de doña Lucilia ese día! La segunda fotografía muestra otro estado de espíritu.

cap13_007Su mirada profunda y pensativa está considerando amplios horizontes, en el fondo de los cuales se encuentra Dios. Se diría que es una contemplativa que vive en la clausura bendita de su monasterio, dirigida sólo hacia los asuntos celestiales. Pero no. Enmarcando esa mirada vemos la fisonomía de una dama tradicional que vive la vida social en pleno siglo XX.
En su porte trasluce un carácter afirmativo. La forma de cerrar los labios es de quien serenamente afirma no ceder, retroceder o transigir nada en materia de principios, para obtener una sonrisa. El camino está elegido y está decidida a seguirlo hasta el final.
La misma actitud de alma está presente en las fotografías sacadas en otras ocasiones, notablemente en las de París. Ellas forman una colección en la que está patente la gran continuidad psicológica de su vida, que ninguna vicisitud fue capaz de alterar.
Muchos años después de la muerte de doña Lucilia, su hijo evocaría con saudades su octogésimo cumpleaños al comentar los recuerdos que la segunda fotografía le traía: “Varias veces en la vida la vi perpleja, con algo de esta fisonomía. Ella mantenía el semblante inmóvil, sin fruncir el ceño, fijaba la mirada en un punto indefinido y como ausente del propio rostro, meditaba. Era señal de que alguna preocupación tomaba su espíritu, y calmamente se preguntaba cómo actuar. “Cuando juzgaba que sus recelos se confirmaban, se entregaba resignada y confiante en las manos de Dios. En esas ocasiones, lo que yo admiraba más en ella era la calma durante la preocupación.”

cap13_008La última de las fotografías constituye una interesante prueba de la bienquerencia de doña Lucilia, cualidad de alma que tanto marcó su existencia. Además de su elevada distinción, se nota una gran alegría en su fisonomía por tener en los brazos un bisnieto a quien podía envolver con toda la protección de su acogedor afecto.

Presencia dulce y suave

Todavía hoy, si cruzásemos la puerta del apartamento de la calle Alagoas, nos llamaría la atención la atmósfera de calma allí reinante. Parecería que al entrar en una de las salas encontraríamos a doña Lucilia sentada en algún sillón, entregada a profundas reflexiones, o pasando lenta y acompasadamente las cuentas del rosario a la espera de la vuelta del Dr. cap12_019Plinio. El ambiente de serenidad que ella difundía en torno de sí era de los aspectos más atrayentes y benéficos de su presencia. Cuando, en aquellos añorados tiempos, el Dr. Plinio tenía algún trabajo que exigía una mayor concentración de espíritu —como por ejemplo la preparación de una clase o la redacción de determinados artículos—, se aislaba en el escritorio de su casa. El simple hecho de saber que doña Lucilia estaba allí, aunque en otra sala, era una fuente de ininterrumpido bienestar para su alma. A veces ella se asomaba a la puerta y preguntaba con un cariñoso timbre de voz:
— ¿Se puede entrar?
— Pero, mãezinha, ¡entre!
Para no interrumpir su trabajo, se aproximaba en silencio, posaba su blanca y aterciopelada mano en el hombro del Dr. Plinio, le daba un beso y le decía simplemente:
— ¡Filhão!
En la aridez del trabajo, este simple saludo constituía un alivio para él. Doña Lucilia pasaba el tiempo junto a su hijo, sentada en la mecedora, rezando o haciendo croché. Muchas veces no intercambiaban ni una sola palabra, pero al Dr. Plinio le reconfortaba la suave, tranquila y comunicativa presencia materna. De vez en cuando el Dr. Plinio acariciaba la mano de su querida madre, o le hacía otro pequeño agrado, lo que la dejaba muy complacida.

Sueño profundo y reparador

La serenidad de doña Lucilia se manifestaba, de forma muy particular, en una circunstancia que pocos tuvieron el privilegio de contemplar: su reposo. Su modo distinguido y compuesto de estar acostada, con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, la respiración discreta y acompasada, denotaba que para ella el sueño no era un momento del día en que los sentidos se desligan de la realidad para gozar intemperantemente algunas horas de inacción, sino una dádiva de Dios que suspende por algunos instantes las amarguras de la vida, permitiendo la restauración de las fuerzas.
Cuando era niño, el Dr. Plinio se despedía de doña Lucilia antes de salir para el colegio San Luis, pero algunas veces la encontraba aún durmiendo. Ante aquella inmensa calma, en la penumbra silenciosa del cuarto, pensaba consigo mismo: “¡Qué agradable debe ser dormir como ella!”
Era un sueño profundo y reparador, de quien sabía dormir en paz. Se despertaba también tranquilamente, pero ya en el primer momento abría los ojos a la realidad, sin permitir que el torpor la dominase ni siquiera un segundo.

“Mi casa eran sus ojos”

Además de la esmerada práctica diaria de sus actos de piedad, doña Lucilia —empeñada en enriquecer aún más su vida interior— se entretenía en la elevada consideración de los esplendores de la Civilización Cristiana. Su espíritu contemplativo era muy favorecido por el amor a la estabilidad, que las circunstancias de una avanzada edad tornaban ahora propicia. Una de las principales alegrías cotidianas, en esa fase final de su vida terrena, consistía en la admiración de las maravillas creadas por Dios, de modo especial de la diversidad y del valor cultural —mucho más que material— de las almas y de los pueblos.
El Dr. Plinio, que había aprendido de ella el gusto por la estabilidad, se veía en la necesidad de viajar mucho, impelido por razones de apostolado. Sin embargo, mantenía en São Paulo un punto especial de referencia: la mirada de su bondadosa madre.
Nada le producía tanta atracción. Por eso, al volver de la calle, su primera preocupación era verla y sentir su afecto, lo que le hizo afirmar en una ocasión: “Mi casa eran sus ojos y en ellos habitaba.”

“¡Mi madre es mucho mejor que la suya!”

capv086El Dr. Plinio no perdía ocasión para retribuir el afecto de su madre. Esto compensaba, de alguna forma, las ausencias impuestas por sus obligaciones, y, sobre todo, la aliviaba de su aislamiento. Muchas veces exteriorizaba este reconocimiento con dichos graciosos; una frase ocurrente le daba mayor alcance a sus filiales sentimientos. Una vez, estando doña Lucilia en el Salón Azul, sentada al lado de su filhão en una agradable conversación, éste le preguntó, refiriéndose al cuadro de doña Gabriela:
— Mamá, ¿quién es esa señora que está en aquel cuadro?
Extrañando la pregunta, respondió en un tono de voz que denotaba una cierta sorpresa:
— Hijo mío… aquella es mamá…
— Pues mire, ¡mi madre es mucho mejor que la suya!
Un poco desconcertada delante de un elogio que la colocaba por encima de su madre, a quien mucho admiraba, no teniendo qué responder, tocando con la punta de los dedos suavemente la mano del Dr. Plinio, como era su costumbre, le dijo apenas:
— Hijo mío, hijo mío…
Cuando era muy elogiada por él, doña Lucilia alegaba que sus dichos eran exagerados, pues no merecía tanto. El bromeaba entonces, y la llamaba “Madame Merece Más”, no permitiendo que ella venciese en la cariñosa disputa. Le daba a entender de ese modo cuánto se quedaban siempre cortas sus alabanzas.

Una larga y penosa separación

Por una serie de circunstancias, el Dr. Plinio se vio obligado a marcar un viaje a Europa para mediados de abril, pocos días antes del cumpleaños de su madre, el 22 de ese mismo mes. Sabía bien la aflicción y el dolor que la noticia de su viaje le causaría a doña Lucilia, no solamente por la perspectiva de una larga ausencia, sino también por las diversas preocupaciones que tendría.
En efecto, nacida en el siglo XIX, doña Lucilia conservaba el prisma de su juventud para analizar las demoras y los peligros de una travesía transoceánica. ¡A fortiori tratándose de un viaje en avión! Guardaba vivo el recuerdo del tiempo en que la aeronáutica estaba en sus comienzos y eran comunes los accidentes fatales. E, incluso en 1950, no le servía de consuelo el hecho de haberse hecho habituales y seguros los viajes aéreos intercontinentales.
Entonces, el Dr. Plinio ingenió una pía fraus (Fraude piadoso, o sea, hecho con buena intención). Acordó con don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos, decirle a doña Lucilia que él viajaría a Río de Janeiro, donde solía ir con cierta frecuencia. Así, ella pensaría que se trataba de una corta ausencia. En realidad, solamente iba a estar de paso en Río, pues de allí salían los aviones hacia Europa.
Al llegar a España —primera etapa del viaje— le enviaría a doña Zilí, su tía, un telegrama confirmando la llegada. Ésta podría entonces visitar a doña Lucilia para revelarle toda la verdad. Al mismo tiempo, don João Paulo le entregaría la primera de dos cartas que el Dr. Plinio iba a dejar ya escritas, acompañada de una cesta de flores.
Horas después, el timbre del apartamento sonaría nuevamente: otro ramo de flores, encargado por el Dr. Plinio, sería una nueva manifestación de filial cariño.
El 22 de abril, día del cumpleaños de doña Lucilia, le sería entregada, junto con un ramo de flores, la segunda carta de felicitación, que estaba en poder de don João Paulo. Al menos esas pequeñas atenciones, desbordantes de afecto, la consolarían un poco por la ausencia de su filhão. A su vez, las hermanas y otros parientes de doña Lucilia se comprometieron a
hacerle compañía más asiduamente y a llevarla a pasear para distraerla. Habiendo previsto hasta en sus minucias todos esos detalles, el sábado 15 de abril, por la mañana, el Dr. Plinio fue a despedirse de doña Lucilia, como lo hacía habitualmente antes de viajar.

La despedida

sdlEra costumbre de doña Lucilia permanecer en la cama hasta tarde, pues su frágil salud le exigía mucho reposo. Aprovechaba entonces para rezar largo tiempo. Al despedirse de su madre, frecuentemente el Dr. Plinio la encontraba aún acostada, absorta en su piadosa oración. Dependiendo de la hora, el cuarto estaba a veces iluminado nada más que por una lámpara y con las venecianas cerradas. Sólo después de las diez de la mañana mandaba abrirlas.
Mãezinha —le dijo—, ya es hora de irme.
Filhão… entonces ¿es el momento de separarnos?
El tono interrogativo y cariñoso de aquellas pocas palabras parecía decir suavemente: “Hijo mío, ¿vas a dejar entonces a tu madre?” Para el Dr. Plinio no debía ser fácil resistir tan suave llamado, pero el deber le obligó a responder:
— Mi bien, tengo que ir.
En esos instantes, doña Lucilia dejaba traslucir su cariño más de lo habitual.
Sin perder su carácter afable, la despedida se revestía siempre de ciertas formalidades, muy al estilo de los Ribeiro dos Santos. El Dr. Plinio besaba primero su mano, después la frente y varias veces las mejillas. A su vez, doña Lucilia le hacía varias crucecitas en la frente, mientras, con los ojos semicerrados, susurraba algunas oraciones o formulaba en su interior algunos pedidos, cuyo contenido nunca revelaba (por discreción, su hijo nunca indagó a ese respecto). Por fin, lo bendecía y lo seguía con la mirada hasta la puerta del cuarto. Retornaba, entonces, a sus devotas oraciones, y sin duda pedía que de lo alto de los Cielos María Santísima lo protegiese de manera especial, pues Ella, la más excelsa de las madres, le atendería con solicitud.
La despedida para ese viaje no fue diferente de las anteriores, al menos en apariencia. No sabemos si el maternal corazón de doña Lucilia se habrá sobresaltado en ese momento, pensando que le estuviesen ocultando algo, aunque no tenía ningún indicio para ello. Así, durante las primeras horas que siguieron a la partida parecía despreocupada y tranquila.

“Mi corazón busca el de Plinio…”

cap11_005Pero no era fácil engañar a un corazón tan ardoroso, todo hecho de cariño… Una secreta desconfianza le decía ser otro el verdadero destino de su hijo. Y, por más que le asegurasen lo contrario, ella no se convencía.
Don João Paulo, en una carta escrita al Dr. Plinio el día 20, relata lo ocurrido en casa después de la partida de éste:

Lucilia, siempre desconfiada [de que esté ocurriendo algo inusitado], instintivamente se ha vuelto aún más recelosa de lo que ya estaba (…); el domingo solicitó una llamada telefónica a Río y al no obtenerla, me hizo pedirla para el lunes.

El lunes 17, el Dr. Plinio aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Una de sus primeras precauciones fue enviar el telegrama a doña Zilí informándole que había tenido un buen viaje. No lo mandó directamente a su casa, pues doña Lucilia, al verlo llegar, en seguida se daría cuenta de lo sucedido, pudiendo sufrir un cierto choque. Por eso, quiso que la noticia le fuese dada por su tía y suavizada con el bálsamo de la cariñosa carta que le había dejado. Así, don João Paulo, después de narrar la llegada del telegrama, añade:

[Néstor] y Zilí vinieron a casa y todo quedó claro. Mucho llanto, mucho rezar y todo se regularizó satisfactoriamente, sobre todo después de la lectura de la primera de las cartas que has dejado para ella. La segunda carta la recibirá el día 22 con las flores que pediré a Zilí que elija, como tú pediste.

Una vez rehecha del golpe de los primeros momentos, doña Lucilia cogió en seguida la pluma para escribir la primera de las muchas cartas que las enormes saudades le harían enviar a su filhão querido. Para nuestra alegría, ha sido encontrada casi intacta la correspondencia intercambiada entre ella y el Dr. Plinio en este período, lo cual nos permite penetrar con discreción y respeto en el suave y acogedor interior de aquel corazón materno.
De forma conmovedora y con palabras llenas de unción, le cuenta, en la primera carta, cómo sus presentimientos no la habían engañado:

¡Hijo querido de mi corazón!
Acabo de recibir tu carta y tu telegrama. Alabado sea Dios, has llegado sano y salvo. No era en vano que yo le decía a tu padre: “¡mi corazón busca el de Plinio y no le encuentra en Río y sí por los aires!” En fin, me alegro por todo lo que Dios y la Santísima Virgen hacen por ti, que eres el mejor de los hijos y al que bendigo con todo mi corazón, con todas las fuerzas de mi alma.
Muchos abrazos, besos y saudades, de tu vieja manguinha.

En otra carta escrita poco después aparece la gratitud hacia su hijo por haberle ocultado el verdadero destino del viaje, con lo que le ahorró innumerables aflicciones. En líneas llenas de dulzura, reflejo de su nobleza de alma, así se expresa:

¡Plinio querido!
Con tanta cosa para escribirte y que me salía a borbotones, se me olvidaba decirte —cosa que me habría afligido mucho—, cuánto he apreciado la delicadeza de tu mentira generosa. No me la tragué totalmente, pues, desconfiada y afligida, repetía siempre, — ¡Qué va!, no me engañáis, mi hijo está de viaje,… ¡mi corazón no encuentra el suyo en Río y sí volando, por los aires!
Tu padre y todos, en fin, procuraban engañarme hasta el punto de tranquilizarme y ponerme de nuevo a esperarte, pero sólo por unas horas. Como todo lo que haces, fue muy bien hecho y te lo agradezco reconocida. ¡A ver si cuidas bien tu salud! Nada de imprudencias. Y, saludos para todos. (…).
Muchos besos más, bendiciones y abrazos de tu madre extremosa.
Lucilia
¿Cuándo vais a Fátima? Rezad por nosotros, especialmente por tu ahijada y sobrina.

Ese día, como había contado don João Paulo, doña Lucilia lloró mucho y rezó aún más. A pesar de que su dulce consuelo era el Sagrado Corazón de Jesús, no poco debe haberla reconfortado la lectura y relectura de la carta dejada por su hijo:

cap10_030Manguinha querida de mi corazón,
Cuando usted lea esta carta ya estaré en las Españas. No necesito decirle con cuántas saudades he partido… mucho mayores, me parece, que las suyas. (…)
Ahora, amor mío, algunas recomendaciones:
1- HORARIO: aproveche este tiempo para llevar una verdadera vida de hospital, almorzando y cenando temprano, ACOSTÁNDOSE TEMPRANO, tomando MUCHA agua Prata, etc. Será un período de reposo al cabo del cual encontraré a mi “pito de ferro” (“Pito” significa “reprimenda”. El Dr. Plinio posiblemente use aquí este apelativo para, de manera cariñosa, referirse a doña Lucilia por sus continuos y maternales avisos y regaños, siempre para el bien de su hijo) más fuerte que nunca, si Dios quiere;
2- ORACIONES: razonables, ya que nada de lo que no es razonable puede agradar a Dios. Así, cuenta, peso y medida hasta para rezar.
Nada de oraciones hasta altas horas de la noche. Rece mucho, pero rece de día;
3- DISTRACCIONES: vaya con frecuencia a algún cine (Es de señalar que, en aquellos remotos años 50, el cine estaba muy lejos de la bajeza moral alcanzada en nuestros días. No eran raras las películas que podían ser vistas por personas que apreciasen la moralidad de las costumbres.), a casa de sus hermanas, etc. Invite también a Sinhá. No quiero que usted se quede mucho tiempo sola en casa;
4- Espero que, con las precauciones que he tomado, el dinero va a sobrar.
Vea si me consigue la alfombrita y cambia el terciopelo de las sillas rojas y plateadas. Mande al liceo ( Liceo de Artes y Oficios, en el que se realizaban excelentes trabajos de ebanistería) las dos sillitas que fueron del cuarto de vestir de la abuela. Quiero encontrar todo esto en orden cuando vuelva;
5- No economice en automóvil, especialmente cuando se trate de ir al Corazón de Jesús. Vaya frecuentemente y quédese allí todo el tiempo que quiera.
Creo, ángel querido, que estaré de vuelta la última semana de junio, pues aquí tengo conferencias y compromisos. Pero no puedo decir qué día llegaré. Le escribiré asiduamente. No le doy la dirección, pues no se a qué hotel voy. Ni tampoco sé exactamente el número de días que deberé quedarme en cada país.
No necesito decirle por qué me he visto obligado a este otro sacrificio: estar ausente el día 22. Lo he hecho para regresar a tiempo.
No podré llamarle por teléfono el día 22 pero seguramente le mandaré un telegrama.
Querida de mi corazón, confíe mucho en Nuestra Señora, que iré a venerar en sus principales Santuarios: Fátima, Lourdes y la Rue du Bac, donde se apareció a Santa Catalina Labouré, bajo la invocación de la Medalla Milagrosa.
Sensatez, amor. NADA DE LIBERALISMOS (Referencia del Dr. Plinio a las afectuosas discusiones que a veces mantenía con doña Lucilia. Ella, debido a su extrema bondad, siempre resaltaba los lados buenos de los otros y omitía los malos. Para animar un poco la conversación, el Dr. Plinio recordaba éste o aquel defecto de las personas objeto de comentario entre ellos y, en tono de cariñosa broma, llamaba a doña Lucilia de liberal). Pienso que no es necesario recomendarle que se acuerde de vez en cuando de mí.
Con millones de abrazos y besos, y todo el afecto y respeto de este mundo, pide su bendición su hijo, el corpulentísimo y vigorosísimo “pimbinche”.
Plinio
Para mi vuelta, una feijoada (Plato típico brasileño, preparado con judías negras, tocino, carne seca, salchichas, etc. Es semejante a la fabada, pero más oscura y densa) de primera clase con aguardiente, judías negras y harina tostada.
Mire las cortinas del hall y del comedor y los resortes de mi cama.
Tome mucha agua Prata y empache a Papá de coco y cocadas (Dulce elaborado con coco rallado y almíbar).
P.

“¿Hijo mío, por qué no vienes a conversar conmigo por la noche?”

cap10_022

Dr. Plinio con el Grupo de “El Legionario”

En cierta ocasión, doña Lucilia le hizo a su hijo una tentadora propuesta: pedía un cambio de horarios que, en el fondo, era un pequeño “robo” de tiempo a favor de ella y en perjuicio de los muchachos del sexto piso…
— Hijo mío —le dijo afablemente— tú que tienes tan buen apetito, siempre cenas y comes en casa, para hacerme compañía. ¿Por qué no inviertes tu programa? Cena fuera con tus amigos y… por la noche ven a conversar conmigo.
Era la dulce propuesta de un plan, ideado ciertamente en las incontables horas de soledad, en que el afecto por el hijo batallador desbordaba en deseos de estar juntos.
La sugestión traía implícita una perplejidad, pues no entendía claramente por qué motivo su hijo le dedicaba tanto tiempo a los amigos. Ya que ella gustaba tanto de conversar con él, bien podía ser favorecida con algunos minutitos más…
Pero la causa católica exigía de él una actitud inflexible. El Dr. Plinio dio una respuesta, la más amable y afectuosa posible, pero dejando el asunto en el aire. Y, aunque apenado, no hizo el cambio que ella deseaba. Doña Lucilia, tranquila y en paz, continuó todas las noches su paciente vigilia mientras esperaba su vuelta.
Don João Paulo, que siempre tuvo el hábito de acostarse temprano, le preguntaba a veces a su esposa por qué no se recogía también. Ella respondía con alguna amable evasiva y continuaba esperando la “conversación” con su hijo. En una nota enviada desde Santos por el Dr. Plinio, éste pintorescamente se refiere a la actitud que su padre tomaba a respecto de aquellas conversaciones en horas tardías:
30-VI
A la querida Mãezinha, con un largo y saudoso beso, le mando muchos recuerdos.
Dígale a papá que ahora, en el momento en que escribo, son las doce y media de la noche, hora de nuestra conversación y de sus refunfuños. Mándele un abrazo,
Plinio
Nota
Agradézcale a la tía Yayá su excelente pan. Le mandé hoy un telegrama
a tía Zilí.

El Vaticano apoya al Dr. Plinio

cap10_021Hacía ya cierto tiempo que la Santa Sede venía dando señales inequívocas de que aprobaba el libro-bomba del Dr. Plinio, En Defensa de la Acción Católica.
Entre otros hechos de indudable significado, se destacaban dos que valían por un testimonio de confianza del Papa: en breve espacio de tiempo fueron elevados al episcopado dos sacerdotes que públicamente lo apoyaban. A este respecto, afirmaría más tarde el Dr. Plinio: “Nuestra alegría subió al cielo como un himno. Una estrella se encendía, brillando en la noche de nuestro exilio, sobre los destrozos de nuestro naufragio.”
Esas dos sorpresas no fueron las mayores. Un día, tuvo la alegría de recibir una carta enviada por la Santa Sede, en nombre de Pío XII:

Palacio del Vaticano, 26 de febrero de 1949.
Preclaro Señor,
Movido por tu dedicación y piedad filial, ofreciste al Santo Padre el libro “En Defensa de la Acción Católica”, en cuyo trabajo revelaste un primoroso cuidado y una persistente diligencia.
Su Santidad se regocija contigo porque explicaste y defendiste con penetración y claridad la Acción Católica, de la cual posees un conocimiento completo, y a la cual tienes un gran aprecio, de modo que se hizo claro para todos cuán importante es estudiar y promover esta forma auxiliar del apostolado jerárquico.
El Augusto Pontífice hace votos de todo corazón para que de este trabajo tuyo resulten ricos y maduros frutos, y recojas no pequeños ni pocos consuelos; y como prenda de ello, te concede la Bendición Apostólica.
Entre tanto, con la debida consideración, me declaro muy tuyo afectísimo.
J.B. Montini, Sustituto.

En esta carta, firmada por el Substituto de la Secretaria de Estado de la Santa
Sede futuro Pablo VI ¡el libro del kamikaze era alabado y recomendado por el
propio Papa! Esta vez todo quedaba claro.

“¡De tanto pensar en Itaicy, tengo la impresión de conocerlo!”

Entre las crecientes actividades del grupo, al cual se habían sumado nuevos elementos, estaba un retiro anual, que el Dr. Plinio nunca se perdía, ni siquiera en medio de las más absorbentes ocupaciones. De uno de estos, realizado en el Seminario de los Jesuitas en Itaicy, en el año de 1949, escribe él a su madre, en una carta desbordante de cariño:

cap8_017Luzinha, mi flor,
Aquí van los tan anhelados garabatos, para decirle que estoy bien, y
pasando una temporada excelente.
En efecto, el lugar es admirable, el clima bueno y la comida óptima.
El pobre sacerdote es el que por cierto, prematuramente ya está con el
cerebro medio licuefacto. Es francés de la zona de Lourdes, y quizás es
por esto que tiene un aspecto de españolazo corpulento y jovial, cabellos
de plata, muy amable. Pero durante la prédica abre paréntesis para
“des radotages” (Expresión en francés para designar afirmaciones desprovistas de sentido) que muestran que está con el espíritu medio “ramolli” (Esclerosado).
¿Y usted, mi flor, cómo está? ¿Y Papá? Si hay telegramas, mándemelos con Adolphinho.
El resto de la correspondencia que se quede ahí. No quiero molestias.
Un abrazo para Papá.
Para usted, mi Marquesita, mil y mil besos del hijo que le pide la bendición.
Plinio

En respuesta, doña Lucilia le cuenta la visita que había hecho a la fräulein Matilde, en aquel entonces hospitalizada. Manifiesta así, una vez más, a la antigua institutriz de sus hijos, la gratitud por la formación que les dio. Casi al final de la carta revela cuánto estaba presente su hijo en sus pensamientos, de tal manera que le parecía conocer los lugares a donde él iba, sin haberlos visto nunca.

São Paulo, 14-4-949
¡Mi filhão querido!
Tu cartita tan tierna y tan buena, fue recibida con el máximo cariño, alegría y… ¡mil gracias!
Espero en Dios que, con tus buenos amigos, sigas gozando de este buen reposo para ti y para el teléfono.
Fui ayer con Rosée a visitar a la Fräulein Matilde en el hospital Sta. Catalina y a llevarle unas flores de tu parte. Se quedó muy satisfecha y me pidió que te dijera muchas cosas buenas en su nombre, que te repito con tu habitual ¡tá-tá-tá, y tá-tá-tá!
cap14_028En cuanto a las obras del pintor, todo está paralizado. Estuve ahí ayer con Rosée, a quien le pareció buena la pintura, y él estaba dándole en ese momento la segunda mano al baño. Pintó las piezas de arriba de las ventanas, sobre las cortinas. Con unos ladrillos sueltos, que encontró, cubrió la pared del baño. No pintó las puertas y ventanas porque no entró en tu presupuesto, y también porque no va a trabajar más esta semana. ¡El pobre!… ¡Está sin recursos y ayer pidió dinero para comer! ¡Siento mucho que encuentren todo tan atrasado! Te mando el presupuesto hecho para las baldosas de la cocina, que me pareció muy alto. En fin, creí más prudente esperarte, para que le des la respuesta. Es mejor que no te preocupes más con esto, por ahí. Hoy fui con tu padre a Misa, y comulgué en la iglesia de Sta. Cecilia. Fuimos después a la de la Buena Muerte, donde hicimos la guardia del Santísimo. “Caímos” allá en una suscripción para el ropaje de Mons. Aguinaldo, que antes de terminado el sufragio, ya “todo de rojo”, se paseaba de un lado para otro tan satisfecho que daba gusto verle.
Acabaste, por fin, pidiéndome la correspondencia que te envío. Dios permita que no traiga motivos para dolores de cabeza.
Las saudades son tantas que, de tanto pensar en Itaicy, ¡tengo la impresión de conocerlo!
Doy gracias a Dios por las buenas noticias traídas por Adolphinho, pero… ¡deseo que vengas pronto! Me haces de veras ser una gran egoísta… mea culpa.
Saludos a todo el buen grupo, y recibe con mis bendiciones, saudosos abrazos, y muchos besos de tu madre extremosa,
Lucilia.