la caridad de Doña Lucilia

Siempre llena de desvelo por los que la rodeaban, Doña Lucilia constituía un ejemplo vivo de confianza en Dios: caridad al relacionarse, ánimo en los momentos difíciles y alegría incluso delante de pequeños beneficios. 

Doña Lucilia era muy unida a su hermana más joven, aunque también se llevaba muy bien con su otra hermana que, sobre todo durante cierto período, iba mucho a nuestra casa, a pesar de que a veces discutían.

En defensa de los principios

Una vez yo estaba trabajando en mi escritorio y percibí que la criada llevaba una bandeja con la merienda a Doña Lucilia y a su hermana, en una sala donde mi madre acostumbraba a permanecer. Yo oía a lo lejos la conversación, aunque no prestaba atención porque estaba preparando una clase para la Facultad de Derecho.
En cierto momento percibí que las dos levantaron la voz. La conversación había tomado el tono de una discusión. Eso era rarísimo en mi madre, ¡rarísimo! Creo que fue un hecho único en su vida.

Paré de trabajar para ver un poco qué pasaba, porque conforme fuese yo intervendría. Yo no iba a perder tiempo para intervenir si fuese una pequeña discusión que se resolviese de cualquier manera. Percibí que eran dos asuntos que volvían alternadamente a la discusión: la hermana de ella era medio nazi y a favor del divorcio; mi madre no era favorable al divorcio y antinazi y, por esa causa, se encendió la discusión. Las dos estaban tan alteradas que yo me levanté, fui donde ellas y pregunté:
– ¿Qué pasa? ¿Qué propósito tiene esto? Lo dije en tono de broma. Las dos entendieron y el asunto se deshizo. En esa ocasión vi que mi madre juzgó sus principios contundidos y negados, y yo no estaba cerca para reivindicarlos. Ahí ella entró en escena y fue categórica: discutió con argumentos. La cosa llegó al punto de una discusión, y de una discusión seria. No entraba amor propio, sino el sentido de defensa de los principios. Yo nunca la había visto tomar una actitud así, porque cuando yo estaba cerca me iba de espada o de lanza en ristre por encima de la persona, y ella me dejaba. Pero no estando cerca yo, la cosa fue así. Yo les dije que no tratasen más del tema, pues sería mejor. ¿Qué propósito tenía que dos señoras mayores discutieran por causa de eso? Era mejor no discutir. Nunca más trataron de ese asunto entre sí y se acabó.

Desvelo hacia su hermana más joven

Sala de trabajo del Dr. Plinio en su residencia, en la Rua Alagoas, São Paulo

La otra hermana, trece años más joven que lla, había nacido con un defecto en la columna, y mi madre le hacía todos los curativos y ejercicios que los médicos de aquel tiempo querían que las personas hiciesen para corregirse de ese mal.
Mi madre fue quien tomó los mil cuidados recomendados: se levantaba temprano, mandaba a llamar a una masajista para hacer ejercicios de flexibilidad todos los días, después llevaba a su hermana al jardín, todavía con el frío de la mañana. Los médicos querían –no sé si con mucha razón– que ella cogiese el aire de la mañana, antes de calentar. Mi madre era friolenta, pero iba al jardín y paseaba con la niña. Y todo eso con tanta dulzura que mi tía tenía una verdadera locura por ella y la conservó hasta el fin de su vida. Aconteció, sin embargo, que con la vida muy atareada y mi tía viviendo muy lejos, en fin, toda una serie de circunstancias, en un período de algunos años antes de que mi tía muriese, ella frecuentó mucho menos nuestra casa. En esa época la atacó el mal de Parkinson, un mal aflictivo. La persona comienza a temblar y puede acabar en silla de ruedas, sin siquiera conseguir hablar. En los últimos años mi tía casi no podía andar. Mi madre también comenzó a sufrir dolores en las plantas de los pies, que su médico atribuía a la vejez; en fin, por esa razón ella comenzó a usar silla de ruedas. Acostada en la cama no le dolía nada y al caminar le dolía. Y mi tía iba a visitar a mi madre porque no tenía a donde ir. Ella había dejado todo: la presidencia de la Liga de Señoras Católicas y sus relaciones, porque personas así no son bien vistas ni procuradas. Comenzó, entonces, a procurar a mi madre.
No necesito decir cómo la recibió mi madre. En primer lugar, no hizo ninguna queja por el tiempo en que ella no la había visitado. La recibió como si hubiese estado con ella en la víspera.

Comedor de la residencia del Dr. Plinio

Una noche, cuando llegué a la cena, para alimentar la conversación –mi madre todavía no estaba usando la silla de ruedas– le pregunté:
– Mi bien, ¿cómo fue la tarde de hoy?
Ella dijo:
– Estuvo aquí tu tía.
– ¿Qué hicieron?
Ella dijo:
– Pasé la tarde ayudándola.
Yo dije:
– ¿Y cómo la ayudó?
Mi madre dijo:
– Ella se siente a veces agobiada por el malestar que la enfermedad causa. Ora ella quiere caminar y se cansa, entonces quiere parar; parando, queda un poco nerviosa y quiere caminar de nuevo.
Eso se reflejaba en el hecho de que ella no se estabilizaba en ninguna posición. Entonces ella le decía a mi madre – ella llamaba a mi madre Qui:
Qui, ¿caminamos un poco por el corredor?
Las dos caminaban un poco por el corredor hasta que ella se cansaba. Mi madre nunca se cansaba antes de que la enferma se cansara. Y mi madre con dolor en los pies. Después pasaban a la sala de trabajo –quedaba más al alcance del corredor–, se sentaban
en el sofá y comenzaban a conversar.
Mi madre contaba:
– De repente yo notaba que ella se afligía y le preguntaba: “Hija mía, ¿quiere caminar un poco?”
Ella decía:
– Me gustaría…
Mi madre continuaba:
– Volvimos a caminar de nuevo y así fuimos conversando durante toda la tarde, vino la merienda y la tomamos juntas. Le ayudé a tomar la merienda y después su marido la vino a recoger.

El lumen de la caridad de Doña Lucilia

De izquierda a derecha: Rosée, Doña Lucilia, Ilka, Plinio y Doña Zilí

Yo sentí lo pungente de la situación. Las dos estaban caminando hacia la muerte: mi tía murió incluso antes que mi madre. Ellas estaban caminando hacia la invalidez.
Las dos, apoyándose en el corredor, en el vaivén de un corredor que no es largo, entraban en el cuarto de mi madre y llegaban hasta el hall. Caminaban, caminaban y el apoyo mutuo que se prestaban en eso, el afecto que tenían me daba un aspecto más
de la vida de familia vivido bajo el lumen de la caridad de mi madre.

Lo más curioso es lo siguiente: lo trágico, aunque muy acogedor dentro de la tragedia. Ellas estaban en casa, a gusto, juntas, a cada una le gustaba mucho la compañía de la otra y tomaban su tecito. Así, la vida de mi madre estaba llena de pequeños episodios de ese tipo.

Eso, al pie de la letra, cristianiza. La persona se abre al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora, a toda la atmósfera de la piedad católica. Y queda con una especie de confianza en Dios, que nace de eso. Porque, es curioso, de ese modo de tratar a los otros, brota en el alma de quien trata así una actitud muy confiada con relación a Dios. Eso quiere decir lo siguiente: si una persona penetra de tal forma en la situación psicológica de otro y ve cómo tratar bien a ese otro, la persona, a fortiori si es probada por Dios, sabe entender bien cuál es el propósito por el cual el Sagrado Corazón de Jesús o el Inmaculado Corazón de María mandaron esa prueba. Y sabe recibir la prueba con cariño, sabiendo que está correspondiendo a las intenciones benévolas de ellos.
Aunque estemos sufriendo mucho, eso da una confianza en Dios de que nuestra oración será atendida. Dios es Padre, Él nos está haciendo el bien. Nosotros somos los que no entendemos lo que nos conviene. Eso es confianza.

Claro que una persona con el estado de espíritu de Doña Lucilia tiene mucha más propensión a confiar en Dios que una que trata a otros con desprecio y que, por lo tanto, es llevada a tratar al propio Dios también con desprecio, y cree que Él trata a las almas así. Entonces, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, la confianza en la misericordia de los santos y de los ángeles, etc., se instala mucho más fácilmente en un alma con ese lumen.

Otro aspecto de la confianza en Dios

Hasta sus últimos días, Doña Lucilia mantuvo la costumbre de tomar té todas las tardes en el comedor

Una tendencia que también hace parte de la confianza: alegrarse intensamente con las cosas buenas que Dios manda, aunque sean a veces cosas modestas.
Así también sucedía con uno u otro beneficio que alguien le hacía a Doña Lucilia.

Me acuerdo de un sobrino suyo que, en sus primeros tiempos de casado, iba muy frecuentemente a la hacienda. Yendo una vez, le indicaron una panadería en Campinas, que hacía roscas y otras cosas muy buenas, muy convenientes para la nutrición de ella.
El sobrino le compró un paquete grande de roscas y se las llevó, preguntando si ella quería. Ella las probó, le parecieron deliciosas y eran del tipo dietético que le convenía enteramente. El sobrino, entonces, fue muy amable e hizo una especie de trato con el dueño de la panadería, de tal forma que cuando pasaba por allá, pitaba y el hombre ya le traía el paquete. Llegaba a São Paulo y se lo llevaba a la casa o mandaba a una persona a entregárselo a mi madre. Ella recibía regularmente esas roscas. Creo que hasta morir eso fue así. A ella le gustaba contar ese hecho. Elogiaba las roscas, se las ofrecía a quien la estaba visitando y preguntaba si le hacían bien a la salud. Si la merienda de ella era en ese momento, le preparaba una merienda no dietética a la persona y le insistía al visitante que comiese la rosca, para ver cómo le iba a hacer bien. Después decía:
– Mi sobrino es muy buena persona, él hace…
Toda una cantilena en la cual ella asentaba ese hecho –realmente un gesto extremamente simpático y afectuoso del sobrino–, tratado por ella como si fuese algo magnífico, extraordinario. Ella tenía más gusto de ver el cariño y el gesto amable del sobrino de lo que tenía en saborear las roscas. En fin, de hecho, resolvía un pequeño problema de su vida.

Lo que movía a mi madre a actuar de ese modo era la convicción de que la criatura humana debe ser así. Una prueba y un estímulo supremo es el ejemplo del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, como yo lo adoro a Él y sólo me gustan con toda el alma las personas cuando son así, yo también seré de esa forma con los otros. Teniendo una convivencia asidua con una persona como Doña Lucilia es muy fácil banalizar eso, si no se tiene un verdadero amor a la virtud o a las cualidades que la persona tiene. Todas las decadencias comienzan por esa banalización.

(Extraído de una conferencia del 9/8/1986)

Ejerciendo una influencia católica

Doña Lucilia influyó vigorosamente en la formación del espíritu del Dr. Plinio y, a través de él, en los espíritus de aquellos que fueron destinados por la Providencia a seguirlo.

La Iglesia atribuye a los fundadores la condición de patriarcas. Sin embargo, no se refiere a las personas que de algún modo acompañaron a los fundadores en sus orígenes. Por ejemplo, llamar matriarca de los salesianos a la madre de San Juan Bosco, por mayor que sea nuestra devoción a ella, sería forzar un poco la realidad histórica, porque de hecho la fundación fue de él, aunque ella haya influido mucho en la formación de su alma.

Rezar el día entero en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Yo, por ejemplo, tomé esta decisión: cuando vaya a Italia, si puedo, voy a visitar la tumba de Mamma Margarita, pues tengo hacia ella una simpatía y una reverencia muy especiales. Estoy seguro de que nosotros constituimos una familia espiritual cuya fundación corresponde a una relación patriarcal; de eso no cabe duda. Sin embargo, que esta relación patriarcal tenga con Doña Lucilia una vinculación diferente con la que hubo entre San Juan Bosco y Mamma Margarita, y después, entre Mamma Margarita y los salesianos, es un paso que yo tendría mucho cuidado en transponer.

No obstante, podemos considerar la influencia que Doña Lucilia ejerció en la formación de mi espíritu y, a través de mi espíritu, en la formación de aquellos que son llamados a seguir a esta familia. Cabe considerar en segundo lugar, post mortem, los ejemplos de ella, las gracias que ella obtiene, etc., y cómo actúan en ese sentido. Son cosas de diversa índole, pero que desde cierto aspecto se pueden ver en la misma perspectiva.

Doña Lucilia tuvo en la formación de mi mentalidad una impresión viva, humana y, de algún modo, muy presente. Por otro lado, de manera más reducida, tuvo un efecto análogo al que sufrí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Todo lo que he comentado a respecto de esa iglesia y su impresión en mí y, más que eso, mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tiene una cierta relación con Doña Lucilia, porque ella era devotísima del Sagrado Corazón de Jesús y se deleitaba yendo a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Me acuerdo que mi padre, en cierta ocasión, le hizo una broma. Intentamos buscar una casa cercana a esa iglesia. Él dijo: “Eso no resultará, porque Lucilia, con esa iglesia cerca, dejará todo y pasará allá todo el día; no hará otra cosa, se quedará rezando allá todo el tiempo.”

Ella no dejaría de cumplir sus deberes, pero ¡qué fracciones enormes de tiempo ella dedicaría a la iglesia! Si su marido reclamase, ella atendería, pero sería necesario que él lo hiciese, porque de lo contrario ella iría… indiscutiblemente…

Afecto de Nuestro Señor, estados de espíritu y confianza

“Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

Pero había tanta influencia de esa devoción sobre ella, y tanta correlación entre ella y la atmósfera de la iglesia, que cuando yo era pequeño miraba de reojo a Doña Lucilia rezando y decía: “¿Qué relación hay entre ella y esto? Parecen una misma cosa…”

Y en el fondo, por lo que Doña Lucilia ayudó a enseñarme – no fue la única; la que principalmente me enseñó fue la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana –, puedo decir que yo desde la infancia fui católico por causa de su influencia. Ella me condujo a las fuentes del Bautismo, me enseñó el Catecismo, lo que hace toda madre. Pero yo, por la gracia, en la medida en que iba conociendo a la Iglesia Católica, me adhería a ella sin ninguna discusión. No con arrebatamientos de entusiasmo, sino con una adhesión tranquila, profunda: “¡Es esto! ¡Esta es la Iglesia de Dios! ¡No se discute!”

Recuerdo de la primera vez que yo supe – era muy niño – que había gente que discutía si Jesucristo había existido o no, si Él fue Dios… Pregunté: “¿Pero son unos locos?” ¡Bastaría mirar hacia una imagen de Él para comprender que un hombre, basándose en una mentira, no puede inventar lo que está aquí! O Él es una realidad o una mentira. Sin embargo, yo lo veo y percibo que es una realidad, no una mentira.

Ella contribuyó de un modo enorme para dos cosas: primero, ayudarme a poner mi atención y mi afecto en esa línea. Y en segundo lugar porque había mucha semejanza de temperamento entre ella y yo y por esa razón notaba que se vertía sobre mí, partiendo de ella, una serie de estados de espíritu que me influenciaron mucho, y tal vez no hubiese sido así si ella hubiese muerto prematuramente, o hubiese sucedido algo análogo.

Y una influencia muy grande en una cosa: la confianza en la Providencia. ¿Por qué se daba eso? Porque teniendo confianza en ella, yo comprendía mejor cómo debe ser la confianza en Nuestra Señora, incomparablemente más santa y superior a ella. Y yo me decía a mí mismo: “Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

De estas reflexiones me venía mucha tranquilidad, estabilidad, y varias otras cosas que considero preciosas para la vida y que aprendí con mi madre.

Habría muchas otras cosas qué decir, pero esas son las principales.

(Extraído de conferencia de 6/2/1986)

…un amor mutuo en Jesús y María

Continuando con la obra de Mons. João S. Clá Dias, El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira, en que nos deja las siguintes consideraciones.

Al Autor le gustaría ser un poeta para describir, con toda propiedad, lo maravilloso que era esta convivencia entre los dos. Innúmeras veces tuvo la oportunidad de asistir a los momentos en que se encontraban. Una era la relación entre ellos cuando el Dr. Plinio pronunciaba conferencias públicas o en la sede (en sentido más amplio que el comúnmente usado, el término sede se empleaba, entre los discípulos del Dr. Plinio, para designar cualquier casa del movimiento fundado por él) situada en la Rua Vieira de Carvalho, donde se reunía con sus seguidores, allá por los años de la década de 1950. En esas ocasiones el trato entre ambos parecía común. Otras eran las manifestaciones de bienquerencia mutua que el Autor pudo comprobar cuando frecuentó la casa de Doña Lucilia durante la crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en 1967.
En ese periodo Doña Lucilia asistía a la parte final de las comidas de su hijo, que las hacía recostado en el sofá de su despacho debido a la enfermedad. Algunos discípulos del Dr. Plinio también le hacían compañía en ese momento. Ella entraba con discreción y compostura, saludaba a los presentes y permanecía en un lado, recogida, mirándolo. Terminado el postre, las personas se retiraban ¡y ellos dos sequedaban a solas!…

Aunque Doña Lucilia no fuese su madre, el Dr. Plinio tendría por ella el mismo afecto filial Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento

Como la sirvienta dejaba la puerta entreabierta,  el Autor podía, a través de una rendija, observar muchas y muchas veces una escena conmovedora: Doña Lucilia se aproximaba bien al sofá del Dr. Plinio y se inclinaba sobre él, quedando un brazo de distancia entre los dos. Entonces él cogía su mano, la besaba varias veces y le hacía unas caricias un poco «truculentas», dando palmaditas con cierta fuerza y diciendo:
— ¡Mãezinha querida, mãezinha querida de mi corazón!
Ella, al contrario, acariciaba sus manos con mucha suavidad y apenas decía:
— ¡Filhão, filhão querido! ¡Cuánto te quiero, hijo mío! ¿Estás bien?
— Sí, mãezinha, y ¿cómo ha dormido usted esta noche?
— Dormí muy bien.
Ella, a veces poniéndole la mano en el rostro le acariciaba con mucho afecto y decía:
— Hijo de mi corazón, ¿sabes que tu madre te quiere mucho?— Y ¿mi mãezinha sabe cuánto la quiero yo?
Así pasaban diez minutos, contados en el reloj, de gestos de agrado y cariño. Los dos casi que ni conversaban, sólo convivían.
Y quien lo observaba veía en esa bienquerencia exuberante un extraordinario amor a Dios. En el fondo, ella le hacía una compañía sin igual en el campo de la virtud, y él, a su vez, en reconocimiento a la inocencia de ella, la retribuía con extraordinaria afectividad.
Después de ese tiempo establecido entraba la empleada, cogía la silla de ruedas y comenzaba a moverla diciendo:
— Ya es la hora, madame. Los médicos aconsejan que el Dr. Plinio descanse.
Doña Lucilia respondía de forma imperiosa:
— No, no, Mirene. ¿Qué es esto? No quiero irme. Déjame aquí. Voy a quedarme con él. El Dr. Plinio, percibiendo que la gobernanta no conseguiría vencerla, se volvía hacia ella y, mirándola con bienquerencia, intervenía:— Mamá, infelizmente los médicos han recomendado reposo. ¿Qué podemos hacer? Con cuánto dolor voy a tener que despedirme de usted, pero no hay remedio…

Siempre revestida de mucha solemnidad, distinción y finura,
sin excluir a nadie del trato con ella
Doña Lucilia en 1968

Ella, entonces, comprendía:
— Está bien, filhão. Me despido, pero con dolor en el corazón.
Ella iba alejándose, mientras hacía un gesto de adiós. Al final, cuando llegaba a la puerta, besaba la palma de su mano y soplaba el beso en dirección a él.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos

En ese corto intervalo, lo que de hecho dejaba encantado al Autor era el ver a los dos, madre e hijo; ella, una señora de noventa y dos años, y él, un señor de sesenta, conviviendo en una intimidad total, pero con extraordinaria reverencia del uno por el otro. El respeto es, justamente, el antepecho que más ayuda a las personas a mantenerse en la línea de la perfección. Si la intimidad rompe ciertas barreras, se pierde el respeto, las relaciones se vuelven igualitarias y Dios acaba por desaparecer. Por eso, ella lo trataba como filhão, y él siempre se dirigía a ella llamándola de señora y nunca tratándola de tú.
Alguien podría imaginar que la conversación entre ellos sería larga, sobre temas teológicos o doctrinales, pero no era lo que sucedía; lo principal era un agrado mudo y rico en imponderables, dentro de una serenidad, suavidad y armonía sublimes. Se hablaban mucho por la mirada. ¡Cuántas y cuántas veces se cruzaron las miradas de uno y otra y se entendieron más de ese modo que con las propias palabras, durante toda la vida!
Es necesario tomar en consideración que la gran trascendencia de los fenómenos místicos ultrapasa nuestra naturaleza pequeña y apocada, más o menos como una hormiga cerca del Himalaya. Esta comparación falla, sin embargo, pues la hormiga tiene proporción con la montaña, ya que ambas, aunque haya una inmensa desigualdad de tamaño, son limitadas. Con todo, ¿cómo poner en términos concretos la relación de un alma con Dios, que es infinitamente más grande que nosotros?
Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Estas palabras de Jesús no eran, de hecho, una gran novedad,porque ya en aquellos tiempos los judíos tenían fe en esa presencia de Dios, y circulaban entre ellos muchos proverbios que afirmaban que, cuando dos o más estuviesen comentando las Escrituras, Dios se haría presente. Sin embargo, Nuestro Señor aplica y reduce a Sí esta antiquísima creencia hebraica y asegura que, estando reunidos en su nombre, Él estaría entre ellos. Por tanto, una vez más, Él se revela como Dios.
Así, Doña Lucilia y el Dr. Plinio se reunían en nombre de Nuestro Señor, poniendo el amor a la Iglesia por encima de todo, haciéndose sensible la presencia de Dios para quien tuviese el encanto de verlos juntos: era el encuentro de dos grandes almas inocentes, unidas a Dios por completo, reflejándolo con diferentes coloridos y aspectos, pero, al mismo tiempo, afines. Según la imagen que el propio Dr. Plinio usó, «se formaba una relación de espejos paralelos»: Es Dios, que está en el alma de uno, contemplándose y amándose a Sí mismo en el alma del otro.
En diversos comentarios hechos ya al final de su vida, explicó el Dr. Plinio que esta reciprocidad de afecto estaba fundamentada en Nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima y podría haber dicho también, en la Santa Iglesia. «Éste era el cimiento de nuestro mutuo amor maternal y filial: se trataba de un amor en Jesús y María. Es decir, que era conforme al amor de Jesús y María, una pálida imitación humana del amor de Jesús y María, que, dicho sea de paso, pertenecen a la humanidad:Nuestro Señor es el Hombre-Dios, y Ella, una criatura humana, siendo, por lo tanto, algo enteramente bueno, santo, como debe ser».

Como un arco gótico

 En la convivencia con Doña Lucilia y habiendo ya conocido de cerca al Dr. Plinio, se constituyó en su alma un como que arco gótico, hasta entonces inexistente. De hecho, así como una ojiva no se compone sólo de una parte, sino que su belleza consiste en el encuentro de los dos lados que se apoyan el uno en el otro, también en la obra de la Creación hay, ante todo, una razón de pulcritud en el hecho de que Dios haya ideado algo comparable a un arco gótico entre el hombre y la mujer. Dios, siendo infinito, tiene opuestos tan armónicos y tan extremos que no cabrían sólo en el hombre: era necesario que fuese completado por la figura de la mujer.
Así, el encontrar en el alma de la madre los reflejos de Dios, armónicos pero complementarios a los que había visto en el hijo, proporcionó al Autor una nueva perspectiva; entendió la misión del Dr. Plinio observando a Doña Lucilia y la misión de ella, observándolo a él. Y, en determinado momento, llegó a la siguiente conclusión: debido al caos y desvarío en que estaría sumergida la humanidad en el siglo XX por obra de la Revolución, la Providencia quiso suscitar una dama y un varón, madre e hijo,
para presentar este modelo de relación humana basada en el amor que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra: «Como Yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En este sentido, Doña Lucilia es un camino para que podamos comprender bien al Dr. Plinio: «Siento que ella, con su dulzura y suavidad, me completa magníficamente ».

El amor de madre se sumaba a la disposición de
obedecer al hijo en todo, ayudarlo y servirlo
Doña Lucilia en su piso, en marzo de 1968

Había una misteriosa relación entre ellos, por la cual la Providencia, al crear a Doña Lucilia, dispuso que fuese, sobre todo, la protectora de la inocencia de su hijo, sirviéndole de inigualable amparo para la práctica de la virtud. Y, por eso, primero Plinio penetró a fondo en su alma y se benefició del modo de ser y de la educación de su madre, consolidándose y adquiriendo gran robustez en la vida espiritual. Sin embargo, cuando ya estaba formado y Doña Lucilia, a su vez, se encontraba en la plenitud de la edad, ella discernió su rectitud, hasta el punto de considerarlo no sólo un apoyo, sino un «alma planeta» (La teoría de los «planetas y satélites» la expuso el Dr. Plinio en la década de 1950, en las clases del Curso Joseph de Maistre, llamadas Teología de la Historia. En este caso concreto, se basó en una obra inédita, que resumía las clases de Historia dadas en el seminario de Vals por el famoso jesuita francés del siglo XIX, P. Henri Ramière, SJ. Más tarde, el Dr. Plinio trató de esta temática con más profundidad, hasta el punto de que la expresión «planetas y satélites» llegó a ser corriente en su lenguaje. Para comprender bien en qué consiste esta teoría, citamos apenas una frase del Dr. Plinio: «La experiencia nos muestra que hay “hombres planetas” y “hombres satélites” en la sociedad humana. Hay, por voluntad de la Providencia de Dios, hombres que tienen poder para influenciar, para impresionar, para guiar, para llevar a los demás, para marcar los acontecimientos; otros hombres, por el contrario, fueron hechos para dejarse impresionar, guiar y marcar por los acontecimientos»), a la que debía entregarse por entero. Ella quería entrar en sus perspectivas y en sus vías, ser instruida por él y, poco a poco, ir cambiando su antigua influencia materna por la completa sumisión en lo relativo a las virtudes, al análisis de las situaciones y a la vocación de su hijo, manteniendo siempre, con todo, su superioridad en cuanto madre.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús, de alabastro, perteneciente a Doña Lucilia. Sus venerables y amorosos ósculos dejaron doradas algunas partes a lo largo de los años

Es evidente que el don de sabiduría, bien como el don de contemplación y el discernimiento de los espíritus, además de su gran vocación, daban al Dr. Plinio una visión de más alcance y más abarcadora que la de Doña Lucilia, a propósito de los panoramas sobrenaturales. Por eso, después de él haber sido su discípulo perfecto, comenzó a convertirse en su maestro, llevándola a más altos parajes y profundizando más aún la catolicidad de su madre. Esto se verificó, por ejemplo, con la devoción mariana. Doña Lucilia siempre guardó, desde niña, un intenso amor al Sagrado Corazón de Jesús, pero fue el Dr. Plinio, a través de una labor de apostolado, que amplió en su alma la devoción a Nuestra Señora, según él mismo relató en diversas ocasiones: «En cierto momento ella pasó a tomar una actitud ya no más de maestra ni de testigo atento, sino de discípula. Dejándose proteger por mí, y comprendiendo que su vida era yo, ella vivía prestando atención en mí, fijándose en mí y aprendiendo de mí. Y puedo decir que, gracias a la Santísima Virgen, concurrí mucho a la intensificación de su espíritu y de su ardor religioso, sobre todo en relación con la devoción a Nuestra Señora. Ella tomaba una actitud de enlevo muy silencioso delante de mí queriendo oírme hablar.  Hoy recompongo algunas de sus miradas y comprendo que era exactamente el enlevo ante un filhão educado por ella como ella quería».
Se ve, entonces, que esta imbricación entre ambos se sintetiza con toda propiedad en la figura del discipulado perfecto, porque, al amor de madre al que era llamada, Doña Lucilia acrecentó el amor de sierva. En todas las minucias de la vida se notaba esta disposición de obedecer y dejarse guiar en todo por él, coadunada al deseo de ayudarlo y servirlo: ¡ella daría su vida por él, así como él daría su vida por ella!
En una reunión en 1972, refiriéndose a este fenómeno, el Dr. Plinio hizo la siguiente confidencia, empleando una imagen muy bonita: «Cuando yo era pequeño, mamá me cogió en sus brazos y, hasta donde sus brazos alcanzaron, me llevó al seno de la Iglesia; más tarde, cuando ya era adulto, la cogí de la mano y la llevé hasta el fondo de la Iglesia».
Años después, recordando esa frase diría él: «¡Fue eso tal cual! ¡Es el resumen de la historia de los dos! Mucha gente podría pensar: “Este amor filial, tan explicable, proviene del orden natural”.
Pero este amor entraba poco; lo que entraba era, eso sí, la unión con la Iglesia Católica».
El amor entre ambos, por amor a la Iglesia, era tal que, en 1994, el Dr. Plinio quiso explicarlo completando aquella frase tan expresiva de Doña Lucilia: «Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien».(«Esta hermosa y luminosa frase expresa con sublimidad lo que podríamos llamar ¡concepción “luciliana” de la vida!» (MonsJoão S. Clá Dias). La afirmación de Doña Lucilia fue en 1950, durante una conversación con el Dr. Plinio, para expresarle cuánto le sería pesaroso el que tuviese que dejar por algún tiempo la convivencia con ella). En aquella ocasión, dejó claro que tal amor mutuo ultrapasaba las propias barreras de la muerte y se adentraba en la eternidad: «Si vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien, después de la muerte de uno de los dos, para quien se queda, vivir es recordar, recordar una vez más, rezar y esperar el Cielo».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 166 ss.

 

Alma recta e inocente

Alma recta e inocente, Doña Lucilia tenía un conocimiento claro del daño causado por el pecado original en la humanidad y sufría mucho al constatar cualquier falta de fidelidad.

¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia.

Al choque interno provocado por las circunstancias de su vida se unían los abundantes casos que oía contar a personas de la sociedad. Por eso temía que alguien ejerciese malas influencias sobre el niño e intentaba proteger, al máximo, su inocencia. Ella debía rezar mucho por él, pidiendo al Sagrado Corazón de Jesús que lo librase del camino del mal. Estas palabras del Dr. Plinio lo atestiguan: «Había sido una madre abnegadísima por mi salud, sin embargo, varias veces, cuando yo era jovencito, en la época en que se forma el carácter, me decía con mucha dulzura: “Preferiría verte muerto a verte descarriado”. Es como quien dice: “Los tiempos son malos, tú eres muy joven; nadie sabe de lo que es capaz una persona cuando se pierde”. ¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia».
¿Cuánta fuerza no fue acrecentada en las bases de su fidelidad y su perseverancia gracias a las oraciones de Doña Lucilia? Un hecho ocurrido repetidamente durante la adolescencia de Plinio nos permite afirmarlo con seguridad: siempre que ella entraba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, cerca de su casa, iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José. ¿Qué es lo que pedía allí? Doña Lucilia nunca le explicó por qué se quedaba tanto tiempo junto a esas imágenes; pero, gracias al discernimiento de los espíritus, mirando en el fondo del alma de su madre, ¡Plinio entendióque ella estaba rezando por él! De hecho, en casa Doña Lucilia asistía a las discusiones que ya desde pequeño él tenía con sus primos y tíos, sobre temas de Religión y pedía gracias especiales y dones del Espíritu Santo para su hijo, con el objetivo de que adquiriese el espíritu de polémica y la sabiduría de Nuestro Señor, para ganar en todas las disputas, ya fuese con la familia o con otros adversarios. Y lo que ella, como madre, pidió, ¡lo consiguió! Pues, en determinado momento, por esas oraciones tan intensas de Doña Lucilia, debe haber recibido una infusión de gracias operantes que le dieron la participación en el espíritu de combatividad del Divino Redentor, que lo tornaron extremadamente recto, inquebrantable en las batallas contra el mal e incansable propagador del bien.Es inimaginable cuánto Doña Lucilia rezaba por el Dr. Plinio…

…iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José…

Siempre con mucha suavidad y respeto. Años más tarde, siendo él adulto, varias veces la veía entrar en su habitación y ponerse bien cerca de él, cuando ya empezaba a dormirse. En medio del torpor del sueño que lo acometía notaba que estaba rezando, pidiendo a Nuestra Señora amparo y ayuda para él. Pasadas varias décadas, todavía rememoraba el Dr. Plinio el final de esa convivencia diaria: «Cuando ya me estaba durmiendo ella me despertaba con sus agrados y me hacía la señal de la Cruz en la frente, antes de retirarse a dormir. Yo percibía algo de su elevada clave de espíritu que fluía sobre mí como un aceite perfumado y suavizante, que me ungía y me hacía bien, penetrando en mí como el aceite penetra en el papel». Después de eso, alguna que otra vez, ella misma apagaba la luz de la mesilla de noche, salía de la habitación y él adormecía con el recuerdo de su fisonomía.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 150 ss.

Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.

Doña Lucilia comentada por Dr. Plinio

“Toda la vida me gustó muchísimo tratar con personas cuya disposición de alma fuese afable, luminosa, suave, cordial, orientada hacia toda forma de bien, de generosidad y de bondad. Eran virtudes católicas, que notaba, por discernimiento, en la Iglesia y en los verdaderos hijos de la Iglesia, hasta llegar a encantarme, deleitarme y extasiarme”. Plinio Corrêa de Oliveira

Continuando de la mano de Mons. João de su obra El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Ofrecemos las siguintes líneas.

Doña Lucilia comentada los sábados por la noche

“Salón Azul” de la residencia del Dr. Plinio donde hacía las reuniones de “Conversación de Sábado por la Noche”

Sin duda, tal bienestar se notaba especialmente en el trato con aquella que había sido para él como un espejo del espíritu de la Iglesia: su madre Doña Lucilia, que así describió en una Conversación de Sábado por la Noche (Así se llamaba unas de las reuniones que el Dr. Plinio hacía con un grupo reducido de sus discípulos en su propia vivienda): «En cierto sentido, se mostraba excepcionalmente inteligente, con una forma de inteligencia vinculada a la compasión y a la ayuda, con una noción muy clara de todo lo que pudiera contundir o hacer sufrir a alguien. Por una pregunta o por la primera mirada que ella dirigía a alguna persona, intentaba ver cuál era el punto dolorido, lo notaba enseguida y ponía un cuidado extraordinario para no tener una distracción durante la conversación, hacer alguna referencia que pudiera hacer sufrir a esta persona de alguna manera. También sabía cuál era el género de compasión que debía manifestar para atender a ese sufrimiento, y lo expresaba mucho más por la mirada y por las actitudes que propiamente por las palabras».
Pero ¿quiénes eran las personas sobre las que tanto incidían la dulzura y la delicadeza de la madre del Dr. Plinio? En otra conversación así lo explicó: «Ella tenía una forma de
ser madre, un amor materno propenso a tener mil hijos, a englobar un número indefinido de personas. Por su extrema dadivosidad, tengo la impresión de que si dispusiera de todos los bienes de un Rockefeller o de un zar de Rusia, acabaría arruinándolos, por la gran propensión que tenía para dar». Pero quiso aclarar un pormenor: aunque la bondad de Doña Lucilia se manifestase preponderantemente en la asistencia a los necesitados, no se agotaba apenas en esta forma de hacer el bien. «Ella daba por la alegría de ver que alguien recibía lo conveniente y hasta lo superfluo. Su gozo consistía en ver que la persona se alegraba».

El Dr. Plinio comentó también que esta tendencia que tenía Doña Lucilia de beneficiar a los demás se aplicaba incluso a quienes tenían mucho más que ella, y a pesar de que, tal vez, no tuviera ninguna relación con ellos.Y puso un ejemplo hipotético: «Digamos que si supiera que existía en Groenlandia una ricachona que quisiese mostrar unas orquídeas de Brasil a unas amigas, si Doña Lucilia tuviese los recursos suficientes para hacerle llegar estas flores a la ricachona, sin ningún tipo de retribución, ¡ella se quedaría muy contenta! Pues su alegría de recibir era mucho menor que la alegría de dar».

Su bondad era acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo

¿De dónde provenía tanta bondad y bienquerencia? ¿Cuál era el origen de estas virtudes tan opuestas a la mentalidad reinante en aquel brutal y egoísta siglo XX, del que tuvo que recorrer tantas décadas? Explicó esta cuestión también en una Conversación de Sábado por la Noche: «No era la dulzura de una persona que tiene buen genio y trata bien a los demás por ese motivo. Ella lo tenía, pero había algo mucho más alto: un humor afable y acogedor, como penetrado por un rayo de luz que modelaba su bondad de acuerdo con la bondad de Nuestro Señor Jesucristo. Yo notaba perfectamente que se trataba de algo comunicado por Él a ella, de la misma forma que si alguien tomase un rayo de sol y lo lanzase sobre un alma, colmándola con sus efectos».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte V pp. 107 ss.

Los últimos paseos a pie por la calle Alagoas

1p24Tras la boda de Olga la soledad de doña Lucilia se acentuó todavía un poco más, pues la nueva empleada que el Dr. Plinio se apresuró a contratar, por mejor que fuese, era extraña a la casa, y doña Lucilia no podía tener desde el principio el mismo trato establecido a lo largo de los años con la anterior. Para romper la monotonía de un día siempre igual al otro, el Dr. Plinio salía de vez en cuando con su madre a pasear por la acera de la calle Alagoas. Nunca la llevaba a la Plaza Buenos Aires, por miedo de cruzar con ella la transitada avenida Angélica. Tomaba, pues, en sentido opuesto a aquella plaza, una calle en aquel tiempo mucho menos frecuentada que hoy en día, donde todavía subsistían gran número de bonitas casas con jardín. Cuando el sol disminuía el rigor de sus rayos, los dos salían caminando muy lentamente, mientras conversaban un poco. A doña Lucilia le gustaba mucho apreciar la flores de los sucesivos jardines frente a los cuales pasaba, considerando siempre el aspecto superior de lo que fuese digno de admiración. Era la delicadeza de una rosa, o el color vivo de otra, o el fruncido de los pétalos de un clavel, o el suave perfume exhalado por cada una.
Si la vegetación de los jardines irrumpía a través de las rejas que los cercaban y alguna bonita florecilla se inclinaba al alcance de su mano, la miraba con agrado, aspiraba su perfume y hacía comentarios con su hijo. Éste asentía, pero encontraba mucho más bella el alma de su madre que la propia flor…
En el fondo, en sus comentarios minuciosos, coherentes, admirativos, se remitía implícitamente al Divino Creador de aquellas pequeñas maravillas.

Última visita a “su” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Nuestra Señora Auxiliadora, venerada en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de los Padres SalesianosHacía ya mucho tiempo que doña Lucilia no visitaba la iglesia con la cual sentía una enorme consonancia, escenario de tantos coloquios con Nuestro Señor, y a la cual se refería como mi iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Un día, el Dr. Plinio le propuso ir allí a rezar durante el tiempo que quisiese. Ella aceptó de inmediato esa agradable invitación. La intimidad indeciblemente respetuosa de doña Lucilia con su Divino Maestro tomaba una expresión particular cuando atravesaba aquellos sagrados umbrales. De hecho, el ambiente de sacra seriedad del interior de ese templo es muy propicio a la meditación y a la reflexión, para lo cual contribuyen las agradables proporciones del bello edificio. La luz de los vitrales difunde colores matizados que lo llenan de una acogedora penumbra. Tiene algo de balsámico, de un discreto y perfumado aceite que impregna de gravedad y de afabilidad todo el ambiente, al mismo tiempo que le “susurra” al fiel: “Has sufrido, pero tendrás que sufrir todavía más. Sin embargo, aquí encontrarás un lenitivo para ti. La vida es así… Pero dentro de las paredes de este edificio encontrarás ayuda para sufrir.” Esa iglesia, en efecto, comunica también esperanzas de alivio, de ayuda, y de situaciones que justifiquen la alegría cristiana.
De la penumbra emergen imágenes de rostro serio y acogedor, cuya mirada socorre y protege. Al fondo de la nave lateral izquierda se encuentra la conmovedora imagen del Sagrado Corazón de Jesús: sacral, digna, serena, compasiva, pero triste ante la ingratitud de los hombres. En el fondo de la otra nave lateral, la albísima imagen de Nuestra Señora Auxiliadora de los Cristianos —triunfante, virginal, pura, dulce, bondadosa, también compasiva— parece desbordante de la sobrenatural armonía interior del alma excelsa de la Virgen Madre de Dios. Así, en esa iglesia, verdadero cofre de bendiciones, se diría que la gracia es como una llovizna, como una finísima neblina que se difunde, rociando las almas…
Doña Lucilia, acompañada por su hijo, recorrió en recogida peregrinación cada uno de los altares, aunque caminando penosamente. Rezó y rezó largamente. De vez en cuando se golpeaba el pecho con discreción, como quien pide perdón. Se detuvo largo tiempo a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que simboliza todo lo que el Divino Maestro sufrió durante la pasión por causa de los pecados de los hombres. Terminado su

la Virgen con el Niño Jesús, discutiendo en el templo con los Doctores de la Ley

…el encuentro del Niño Jesús en el Templo entre los doctores de la Ley.

piadoso coloquio con Nuestro Señor, doña Lucilia se dirigió al grupo escultórico situado casi al final de la nave izquierda (del lado de la Epístola), que representa el encuentro del Niño Jesús en el Templo entre los doctores de la Ley. Hacía casi cincuenta años que ella, delante de esa imagen del Divino Infante, solía pedir con insistencia gracias abundantes para que su hijo enfrentase victoriosamente las luchas de la perseverancia y de la santificación, así como también las luchas ideológicas contra los enemigos de la Iglesia. Como ya hemos visto, sabía perfectamente que militia est vita hominis super terram (La vida del hombre es sobre la tierra una milicia (Job. 7, 1)). Después de saludar con la mirada las otras imágenes, los vitrales que coloreaban con su luz las columnas de la nave y el imponente órgano del fondo, doña Lucilia, con el alma llena, se retiró apoyada del brazo de su filhão. Fue una visita de despedida y de preparación para la eternidad. Cuando salieron, el sol estaba emitiendo sus últimos rayos dorados. Habían pasado varias horas…

Vivía en la atmósfera del Sagrado Corazón

Sagrado_CorazónEn el fondo de la bondad luciliana, encontramos esa identidad de espíritu con el Sagrado Corazón de Jesús que le hacía manifestar a los otros la inmensidad del amor de Nuestro Señor, como si dijese: “Mira que no faltan razones para confiar en Él. Pide, porque serás atendido; las puertas de la misericordia están abiertas para ti”.
A imitación del Sagrado Corazón de Jesús perforado por la lanza de Longinos, doña Lucilia sabía, con firme y compasivo afecto, insinuar a un culpable la gravedad de su mala conducta. De los labios de la imagen parece salir esta amonestación: “¡Mira todo lo que significa el pecado! ¡Qué hacen los hombres! ¡El mar de pecados en que la humanidad está precipitándose! ¿Tú haces parte de la turba de los que me ofenden?” Se trataba de una bondad que no llevaba al relajamiento moral, sino a una suma compunción y a una perfecta compenetración. Bondad superiormente recta, virtuosa, propia del equilibrio de un alma católica, apostólica y romana.
Doña Lucilia vivía intensamente dentro de esa atmósfera del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado de dolor por los pecados de los hombres y lleno del deseo de perdonarlos. Así como el buen discípulo se parece en algo al Maestro, innumerables veces era posible notar que ella interiormente lamentaba, deploraba, sufría y perdonaba, al unísono con el Sagrado Corazón de Jesús.

“Pobrecita, ella no tiene nada de qué acusarse”

Por habitar cerca del Sagrado Corazón de Jesús, doña Lucilia tenía sus ojos puestos también en María Santísima y en la Santa Iglesia Católica. Atraída por las infinitas perfecciones del Divino Maestro, por la inconmensurable santidad de Su Madre Virginal, por la hermosura del Cuerpo Místico de Cristo, ella los amó cuanto pudo. Como la casta esposa del Cantar de los Cantares, podía decirle a Nuestro Señor: Atraedme; y correré tras el olor de vuestros perfumes 19. De esta devoción a los Sagrados Corazones brotaba la fuente de sus cualidades morales. Así, llena de piedad, llegó a los últimos días de su existencia. No sorprenden las palabras de un prelado que, de vez en cuando, la confesaba cuando iba a celebrar Misa en su apartamento. Al pedirle que lo hiciese una vez más, respondió: — Voy a confesarla, pero, pobrecilla, ella no tiene nada de qué acusarse. Este episodio se repitió más de dos veces y fue presenciado por algunas personas.

“Si yo fuese tratada así, me gustaría vivir 400 años”

Cuanto más doña Lucilia se asemejaba al Divino Salvador menos era comprendida. En aquellos últimos años de su vida eran cada vez menos numerosas las personas que se sentían verdaderamente atraídas por el Sagrado Corazón de Jesús. En un mundo así, doña Lucilia era una exiliada.
El Dr. Plinio redoblaba su cariño como nunca, mostrándole de esa manera que su filhão la comprendía y la quería tanto cuanto podía. Además de hablar con ella, trataba de decir, por medio de la fisonomía, de las miradas y de los gestos, lo que el vocabulario humano no es capaz de expresar. Por otra parte, no le ahorraba elogios, en tono de suave broma, y literalmente la inundaba de agrados. Alguien de la familia llegó a decirle al Dr. Plinio: “Si yo fuese tratada así, me gustaría vivir 400 años…”

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“Ah, Plinio… qué mezcla explosiva”

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Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?

Transcurría aún el año 1956. En el vestíbulo del edificio de la calle Vieira de Carvalho, un joven de 17 años esperaba la llegada del ascensor cuando, al mirar hacia el portal, vio entrar a una distinguida señora. Era doña Lucilia, que volvía de algún paseo con el Dr. Plinio, y ambos se dirigían al sexto piso, donde don João Paulo les esperaba para regresar a casa. Doña Lucilia intentaba apoyarse en el brazo izquierdo del Dr. Plinio para subir tres o cuatro escalones. Inmediatamente aquel joven bajó y le ofreció el brazo derecho, lo que ella aceptó con toda naturalidad, apoyándose levemente, no queriendo pesar sobre quien la ayudaba.
Llegando al ascensor, el joven abrió la puerta para que pasasen ella y el Dr. Plinio, el cual —¡agradable sorpresa!— lo convidó a entrar también. El Dr. Plinio se lo presentó a doña Lucilia de una forma un poco más íntima y graciosa:
— Mamá, este es João Cla, hijo de una italiana y de un español.
Con aire bondadoso, ella miró al joven y frunció un poco el ceño, dando a entender que lo analizaba con especial atención. En seguida, se volvió hacia su hijo, esbozó una ligera sonrisa y, un poco en broma, dijo de modo amable:
— Ah, Plinio… qué mezcla explosiva, ¿no?
Aquel joven nunca más se olvidaría de tan dulce y feliz encuentro.

El encanto de un hidalgo español

Bastaba tener el alma abierta a lo sobrenatural para sentirse inmediatamente atraído por la gran benevolencia de doña Lucilia, incluso sin conocerla a fondo. Los lados buenos del alma se regocijaban y se sentían fortalecidos, reanimados en el trato con ella. Fue lo que le ocurrió a un hidalgo español de paso por São Paulo.
Un día, muy temprano, cuando toda la familia dormía aún, sonó el timbre del apartamento. Al abrir la puerta, la empleada se encontró a un extraño, hablando una lengua que ella no entendía. Avisó entonces al Dr. Plinio, quien fue a ver de quién se trataba. Era un hidalgo español, alto y de buena presencia, con quien había trabado amistad en uno de sus viajes a España. Tal vez por el cansancio del viaje y porque la empleada no entendía sus palabras, el recién llegado parecía un poco impaciente. El Dr. Plinio lo recibió con amabilidad y lo invitó a cenar en casa esa noche.
A la hora convenida, naturalmente también estaban en la mesa los padres del Dr. Plinio. La desbordante bondad de doña Lucilia cautivó vivamente al visitante desde que le fue presentada. Éste, durante toda la cena, la miraba repetidas veces con evidente encanto, hasta que en cierto momento se volvió hacia el Dr. Plinio y exclamó con un énfasis típico de su pueblo: “¡Cómo me gusta ella!” Y para mejor manifestar su simpatía, le acariciaba la mano, repitiendo varias veces la misma exclamación.
La escena marcó profundamente al Dr. Plinio, no sólo por la forma inusual —si bien que hidalga y franca— con que el visitante expresó sus sentimientos, sino sobre todo porque alguien de temperamento tan diferente al brasileño, se mostraba de tal manera sensible a las cualidades de alma de doña Lucilia.

Ojos contemplativos en los que hay un firmamento

cap13_010Después de un caliente día del verano de 1959, cuando el frescor de la noche parecía dar descanso al exuberante arbolado de algunas calles de la ciudad, se pudo asistir a una escena especialmente bonita: auxiliada por su hijo, doña Lucilia se aproximaba con paso lento y solemne a la puerta de entrada del auditorio donde se realizaría una de las últimas conferencias públicas de su hijo a la que ella comparecería.

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Una fotografía sacada en aquella ocasión, en la cual doña Lucilia aparece sentada en la primera fila entre su sobrino, D. Adolpho Lindenberg, y la esposa de este, doña Teresa, nos llama especialmente la atención. Quizá sea de las fotografías que mejor expresan su perfil psicológico y moral. En su mirada contemplativa, a la búsqueda de un firmamento, nos es permitido entrever cierto fondo de tristeza y melancolía, al que se mezcla algo de dulzura, presente como siempre en todas sus actitudes. El modo de sujetar el bolso y de apoyar levemente su mano sobre él, o la manera de arreglarse el chal, señalan gestos inadvertidos pero muy distinguidos. Por otro lado, se ve que no está ajena a la realidad externa y sigue la conferencia sin distraerse. Sin embargo, la expresión de su fisonomía es de quien tiene lo mejor de su atención dirigida hacia pensamientos elevados.
Esa magnífica conjugación de sentido común y elevación de alma, características del espíritu católico medieval, llenaban la noble alma de doña Lucilia en pleno siglo XX.

Una lamparita a los pies del Sagrado Corazón de Jesús

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…su manual de piedad predilecto, el Goffiné…

Con el transcurso de los años, doña Lucilia fue siendo obligada a reducir, poco a poco, sus tareas domésticas, pues, como era natural, le iban faltando las fuerzas. Sin embargo, no se quedaba inactiva y llenaba los ratos libres con su ocupación preferida: la oración, la silenciosa intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús.
Bajo la misericordiosa mirada de la bella imagen permanecía las mañanas en su cuarto pasando infatigablemente las cuentas de su rosario, alternando el rezo de éste con letanías y novenas, además de otras oraciones, en general sacadas de su manual de piedad predilecto, el Goffiné (Manual del Cristiano, del P. Leonardo Goffiné (1648-1719)), que poseía desde su juventud.
Una de sus oraciones preferidas era la “Novena irresistible al Sagrado Corazón de Jesús”, que debe haber rezado con mayor insistencia en los períodos de prueba.
Otra oración con la cual doña Lucilia imploraba también la protección divina era el Salmo 90, que copió con su bonita letra. A lo largo del día, según las circunstancias e intenciones por las que rezaba, doña Lucilia hacía sus oraciones en diferentes lugares de la casa: andando lentamente por el corredor; sentada en el comedor mientras miraba la puesta de sol sobre los árboles de la Plaza Buenos Aires; en el cuarto de su hijo, delante de las imágenes que estaban sobre la mesa de noche; o, con más frecuencia, en el escritorio, sentada en la mecedora, que hacía oscilar casi imperceptiblemente.

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…el Salmo 90, que copió con su bonita letra

Quien la viese entonces no sabría decir si había interrumpido sus oraciones vocales para meditar o viceversa… pues contemplación y oración constituían un todo en su espíritu.
Con la llegada de la ancianidad, doña Lucilia se habituó a rezar hasta altas horas de la madrugada, delante de la imagen de alabastro del Sagrado Corazón de Jesús reinante en el salón principal de la casa. Cuando el Dr. Plinio volvía tras una noche de intensa actividad, aún la encontraba en ese lugar, muchas veces de pie, con el porte erecto a pesar de la edad, los labios muy próximos del Sagrado Corazón de Nuestro Señor, no raramente con los ojos cerrados y el rosario en la mano. Daba la impresión de que acababa de hablar con Jesús en aquel instante.
Según el empeño que tenía al formular sus intenciones, colocaba reverentemente la punta de sus finos dedos sobre los divinos pies o las adorables manos del Salvador. Quien la viese rezar así —con tanta humildad, plenamente convencida de ser amada por Nuestro Señor, y recelosa de faltar a la delicadeza y a la reverencia a Él debidas— no podría dejar de conmoverse profundamente. Doña Lucilia rezó tanto delante de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que a ésta quedó vinculado algo de su persona. En los pies, en la rodilla izquierda y en las manos de esa imagen, ligeramente marcados por sus besos, dejó doña Lucilia el testimonio de la insistencia de sus pedidos y de la intensidad de sus actos de adoración.

Un cumpleaños marcado por una gran ausencia

cap12_069Se aproximaba una gran fecha, muy querida por el Dr. Plinio: el 22 de abril.
Un año más de su querida madre quedaría hacia atrás. En la estabilidad de las buenas disposiciones y equilibrio de doña Lucilia, el Dr. Plinio sentía un apoyo para aquella determinación de ser fiel al bien que había tomado desde su adolescencia, cuando estudiaba en el Colegio San Luis.
A lo largo de los años, doña Lucilia iba adquiriendo cada vez más la fisonomía bondadosa, dulce, afable y sufridora, pero firme, definida y categórica, que claramente se nota en sus últimas fotografías.
En la mañana de aquél 22 de abril llega un telegrama al apartamento:

BARCELONA – 22.04.50
MILLONES BESOS AFECTUOSÍSIMOS
PLINIO

Don João Paulo le entregó en el mismo instante la segunda carta dejada por el Dr. Plinio, junto con un bellísimo ramo de flores. De esta forma, ya desde la primera hora de la mañana recibía manifestaciones de amor y veneración de su hijo, como si él no estuviera ausente. Ante el cariñoso gesto, su corazón se conmovió. Y de pura alegría no consiguió contener las lágrimas mientras leía estas expresivas líneas:

cap14_02813 de Abril 22-IV ( El Dr. Plinio puso las dos fechas en la carta. La primera era del día en que la escribió)
Mi querido amorcito.
Quise que, nada más despertarse, mis felicitaciones fuesen las primeras, junto con las de Papá. Mil besos, mil abrazos, cariño sin fin, un océano de saudades.
Pocas veces he hecho un sacrificio tan grande como el de marcar un viaje las vísperas de su cumpleaños, que me gustaría inmensamente pasar con usted. Pero, mi bien, fue indispensable organizar las cosas así.
La ida fue anticipada: lo será implícitamente la vuelta.
Hoy comulgaré en su intención y pensaré en usted todo el día… ¡lo que por supuesto haré también los demás días!
Las flores de casa son todas compradas por mí.
Mil felicitaciones, querida. Que Nuestra señora le dé todo a usted.
Pide su bendición con un afecto y un respeto sin cuenta su corpulentísimo y vigorosísimo ex-Pimbinche.
Plinio

Algunos días después, doña Lucilia recibió otra carta del Dr. Plinio aún sobre su cumpleaños, escrita esta vez desde España y fechada el 21 de abril. En ella manifestaba cuánto le dolía no poder estar en São Paulo al día siguiente:

Mãezinha de mi corazón,
Dentro de algunas horas le mandaré un telegrama por el día 22.
Hace días vengo pensando en esta fecha. ¡Cuánto daría yo para que me fuese posible, como por arte de magia, estar ahí en esa fecha, para besarla y abrazarla de corazón (…) y charlar un ratito! Yo le contaría entonces las maravillas que he visto aquí y ¡conversaríamos hasta el amanecer! Pero eso queda para la vuelta, cuando espero contarle cosas y más cosas sobre esta maravillosa Europa (En la parte final de la carta, el Dr. Plinio da noticias de su llegada a España, razón por la cual transcribimos el resto más adelante).

Recurramos una vez más a las cartas enviadas por don João Paulo a su hijo para saber cómo transcurrió ese día para doña Lucilia.

Aquí llegó el día 22 temprano tu telegrama desde Barcelona.
Y, en seguida, el de Adolpho.
Lucilia se conmovió mucho, no solamente con el telegrama, sino con la carta que aquí se quedó para serle entregada en aquel día: derramó el frasco ( Don João Paulo quiere decir de esta manera que lloró mucho) tras exclamaciones de ternura y saudades y después se sumergió profundamente en oraciones.
Todo corrió bien en su cumpleaños: tuvimos una buena cena, con la mesa adornada con unos magníficos claveles rojos; la sala de visitas tuvo unas lindas flores compradas con los cien [reis] que para eso dejaste…

Aquel día estuvo lleno de visitas —que doña Lucilia recibió con los ya conocidos requintes de benevolencia— por lo cual sólo pudo responder a su hijo a lamañana siguiente. Lo hizo con palabras repletas de ardiente amor a Dios:

São Paulo, 23-04-50

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido de mi corazón!
De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. Y además, los bonitos, “bellísimos de verdad”, gladiolos blancos, rojos, amarillos y lilas que Zilí me envió por la mañana. Lloré, es verdad, pero “gracias a
Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, por quien pido toda la protección Divina y la luz del Divino Espíritu Santo. De estos gladiolos, he llevado dos para la capilla del “sexto piso”, uno para la imagen del Inmaculado Corazón de María que está en tu cuarto, donde, como de costumbre, recé por ti; y otros dos para la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en el salón (y el resto —muchos— en el jarrón del emperador).
Estuvieron aquí durante el día, Dadole, Yelita, Yelmo y Marcos, y cenaron: Antonio, Zilí, Cecilia Carmen, María Estela, Dora y Telémaco. — ¿Es necesario decirte las saudades que he tenido y la falta que me hiciste? Pues bien, con menos intensidad, era lo que todos sentían. También me han hecho inmensa falta Rosée y Maria Alice, que me han llamado por teléfono, y Yayá, pobrecita, que está mejor, pero aún con la presión alta. (…)
He ido hoy a oír Misa y comulgar por ti en “mi” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, donde he encargado una Misa en tu intención y por el buen éxito en tus empresas. Es el sacerdote polaco quien va a celebrarla. Me ha dicho que te estima mucho. Está cap12_035horrorizado con el progreso del comunismo; tiene setenta y nueve años, pero no quiere morir sin ver el comunismo deshecho y exterminado por lo que le hizo a Polonia.
Esperaba que ya estuvieses en Portugal y me quedé admirada de ver que me mandabas un telegrama desde Barcelona. Estoy ansiosa por recibir una carta tuya, trayéndome tus impresiones del lugar. Las primeras, generalmente no son favorables; pero después poco a poco, ya ambientado, se aprecia mucho más. Escríbeme siempre, ¿sí? Mira a ver si encomiendas la Misa en Ntra. Sra. de Begoña por las intenciones de Rosée, ¿está bien?
Con muchas saudades, “espiritualmente” (…) rezamos el rosario juntos, te hago una crucecita en la frente y… la cubro de besos y bendiciones. Un largo y saudoso abrazo, Pimbinchen querido, de tu “manguinha” afectuosa,
Lucilia

A las puertas de la ancianidad

cap10_028El 22 de abril de 1946, doña Lucilia completaba 70 años…
En la vida humana, 70 años constituyen un hito. Ahí aparecerán, como que cristalizadas, todas aquellas preferencias y modos de ser que orientaron el desarrollo de una existencia. En aquellos que procuraron seguir el camino de la virtud, reluce entonces como nunca en la fisonomía, en las palabras, en los gestos, en los actos, en la acción de presencia la “suma de las edades” : la inocencia bautismal, los sueños de la infancia, las esperanzas de la adolescencia, el vigor de la juventud, la fuerza y la estabilidad de la edad madura, el perfume de una vejez florida, a la que ahora se añadirían los reflejos de plata de la ancianidad, todo ello modelado por los sufrimientos que a lo largo de la vida tallaron su alma, transformándola en una especie de diamante a los ojos de Dios.
En esta talla, es el caso de recordarlo, no faltó ni siquiera aquel tipo de sufrimiento que su antigua situación nunca le haría prever: las dificultades financieras, después de la muerte de doña Gabriela. Sin embargo, si doña Lucilia hubiera sido una persona con éxito tal vez no habría alcanzado la altura espiritual a la que llegó. Por ejemplo, si la familia hubiera sido muy feliz en los negocios y doña Lucilia se encontrara, por lo tanto, en la plenitud de la fortuna, algo habría faltado en su vida: el valor de la posición que había heredado de sus mayores, sustentada con gran categoría en medio de las dificultades. Es más o menos como ciertos castillos: cuando quedan deshabitados y en ruinas tienen mayor grandeza que muchos otros conservados intactos. Bajo cierto punto de vista, Job, leproso en su muladar, era más magnífico que Salomón en el esplendor de su gloria. De otro lado, en doña Lucilia se había quintaesenciado aquella afectividad brasileña colocada en términos afrancesados —un afecto delicado, educadísimo y noble hasta en la mayor intimidad— y que conservaba cualquiera que fuese la situación, de tal manera que ella era la versión al vivo de Madame de Grand Air (Grave, distinguida y bondadosa marquesa, personaje de las aventuras de Bécassine).
¡Cuán expresivo era aquel modo de dirigirse al Dr. Plinio para pedirle algo!: “¿Filhão, quieres coger para tu madre aquel objeto?” Nunca de forma brusca, sino siempre afable y distinguida.
Un cierto aire de gravedad señorial, propio de una dama paulista de los antiguos tiempos, traslucía en todas sus actitudes, hasta cuando andaba dentro de casa, yendo a una sala, por ejemplo, para buscar una costura. Este aspecto de su personalidad formaba un opuesto armónico con la suavidad, que en su vida ocupaba un lugar preponderante.
Usaba una mecedora traída de los Estados Unidos por un tío suyo. Cuando se levantaba, prefería no ser ayudada. Lo hacía por sí misma y como un monumento.
Caminaba con su paso característico, en general ágil y discreto, a veces pausado y solemne, y desaparecía en sus aposentos…

Una insigne piedad

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Durante aquellos 70 años nunca desfalleció en doña Lucilia el amor a Nuestra Señora, cuya omnipotente intercesión junto al Sagrado Corazón de Jesús comprendía tan bien. Desde su nacimiento, María Santísima velaba por ella, pues, como ya vimos, doña Gabriela le había escogido como madrina a la Virgen de la Peña.
Había en su cuarto, en el mismo oratorio de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, otra más pequeña de Nuestra Señora de las Gracias. En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Como era de esperar, tratándose de una persona tan devota de la Santísima Virgen, tenía lugar de destaque en su piedad —desde la más remota juventud— la recitación del Santo Rosario. Su devoción mariana relucía, sobre todo, durante el mes de mayo, ocasión en que adornaba con flores algunas imágenes de Nuestra Señora que había en la casa. Doña Lucilia pertenecía a la Asociación de Madres Cristianas y participó de algunos retiros —bien podemos imaginar con qué recogimiento, seriedad y amor— promovidos por la entidad. Otro testimonio de sus constantes oraciones nos lo proporcionan los muchos devocionarios que, con cuidado, guardaba en una gaveta de su cuarto para tenerlos a mano cuando lo deseara.
El paso del tiempo no había hecho disminuir su deseo de comparecer a las solemnidades religiosas para poder satisfacer los mejores anhelos de su insigne piedad, a pesar del esfuerzo que el peso de sus sufridos 70 años le exigía.
En una carta escrita al Dr. Plinio, el 26 de junio de 1946, terminaba diciendo:

Fui ahora, por la noche, a la novena del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de Santa Cecilia y deseo volver mañana, y, si Dios me ayuda, como todos los años, iré a la Misa, comulgaré, e iré a la procesión del día 28, pasado mañana por la tarde. Seguí también parte de la de Corpus, que estuvo concurridísima, y en la plaza de la Catedral recibimos la bendición. A la vuelta, extenuada, me metí en la cama hasta el día siguiente.
Bien, queridísimo, cansada y con sueño, me despido mandándote con mis más afectuosas bendiciones, muchos besos, abrazos y saudades.
De tu mamá extremosa
Lucilia

Cuando doña Lucilia le envió esta carta, el Dr. Plinio se encontraba en São Sebastião, en el litoral paulista, para tratar de las disposiciones testamentarias de su amigo José Gustavo, fallecido poco tiempo antes.

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En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción.