Un torrente de afecto como un caudal de luz

Doña Lucilia trataba a su hijo, desde su primera infancia, con mucho respeto, con una sonrisa bondadosa y un torrente de afecto. Por estar siempre vuelto hacia los aspectos más altos de las cosas, el niño Plinio era rechazado por sus compañeros y vivía aislado. Ese aislamiento profundo sólo encontraba alivio en su bondadosa madre. Doña Lucilia era su apoyo.

Si considero las gracias más antiguas que recuerdo haber recibido – entonces, un niñito de dos o tres años –, la primera impresión fue una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía desde la persona de ella hacia todo lo que fuera más o menos de la misma forma. Muy sensible, por ejemplo, a la compasión que sentía que ella tenía por mí, por el hecho de ser pequeñito, débil, muy enfermizo en mi primera infancia; después, a fuerza de tratamientos, eso cambió, gracias a Dios. Yo notaba su pena amorosa, llena de respeto, con una sonrisa bondadosa, afectuosa y una especie de torrente de afecto, que sentía casi físicamente como un caudal de una luz dulce, que entraba en mí y venía de ella.

Afecto, cortesía, respeto

Eso terminaba constituyendo una especie de regla de tres, por la cual yo me volvía muy sensible a toda especie de compasión hacia los que sufrían. Eso era un reflejo: lo que mamá sentía por mí yo lo tenía con el sufrimiento de los otros; me sensibilizaba profundamente, ponía atención, tenía mucha lástima. Esas disposiciones no eran de una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso. Entonces, aplicaba a un caso concreto y de ahí pasaba a la metafísica, a la compasión, la misericordia en sí misma, vista en su aspecto más alto, y vibraba con esto profundamente.
De ahí también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todos con afecto, cortesía, respeto, a pensar que me tratarían con esa mansedumbre también, y eso se configuraba para mí como un gozo plateado que constituía la luz de mi infancia.
También sentía una especie de caricia de las cosas bonitas, que fueran de belleza delicada, elevada, que atraían hacia un ambiente superior, hacia algo más elevado, no de un valor social, sino moral. Eso me atraía enormemente. Pero, asimismo, en los contornos de esto el valor social, en la medida en que percibía que el valor social superior exigía un cierto valor moral, sin el cual aquello era una frustración y una vergüenza. Entonces, un respeto por ese valor moral comprendido en esto.

Lo metafísico y el arquetipo de cada cosa

Se tiene una idea mejor de esto conociendo mi afinidad con Versalles. Cuando tenía casi cuatro años, me llevaron al Palacio de Versalles, donde hubo algunas escenas que ya he tenido oportunidad de relatar. Ese gesto de agarrarme al carruaje era porque todo eso representaba un valor moral relacionado con lo social. Recuerdo que en el exterior de la puerta del carruaje había una de esas escenas francesas tan apacibles; un paisajito, un pastor, una pastora, que a mi vista de niño se configuraba como la cosa más inocente posible, con aquellos colores, unas auroras, unos ríos muy delicados; la naturaleza toda muy delicada con personajes que, a su vez, tomaban actitudes muy corteses hacia los demás. Cubierta por un excelente barniz, aquella pintura tomaba un aspecto tal que mi alma se encantaba, por causa de una noción de delicadeza, que era el modo propio de mi alma. Yo pensaba: “¡Cuántas dulzuras hay en esto!” ¡Cómo está Jesucristo en todo esto!”
Así yo veía también en las cosas de la Iglesia, de la Religión, en la imagen del Corazón de Jesús de mi casa. Y creo que son fenómenos de mística ordinaria, mezclados con una ayuda de la gracia para ver el aspecto metafísico, en dosis que no sé bien cuáles son. Visto lo metafísico y
lo arquetípico, entraba una puntica de sobrenatural, de una consolación sensible asociada a todo esto.

Ver las cosas por los aspectos más elevados

Recuerdo, por ejemplo, que mamá, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon en Paris, por el Año Nuevo. Y Doña Lucilia vino trayendo cotillons, objetos que distribuían para que las señoras los llevaran en la mano mientras bailaban. Ella no danzó, pero los trajo. Al llegar al hotel, amarró algunos cotillons al pie de mi cama. Al despertar de madrugada y percibir que algo estaba amarrado ahí, yo pensé: “¡Otra de mamá!” En este “otra de mamá” estaba la idea de una nueva expresión de su cariño. Me volví hacia el otro lado y me dormí. Cuando desperté por la mañana, vi los cotillons y concluí: “Ya veo. Aunque indispuesta, fue a hacerle compañía a mi papá, y volvió más indispuesta aún; y allá estaba pensando en mí, en medio de la fiesta, y cuando volvió tarde, cansada, estuvo de pie junto a mi cama amarrando esto y sonriéndome, a mí que dormía, recreándose con mi sorpresa a la hora de despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a sus habitaciones a jugar con ella, despertándola sin consciencia alguna de estarla incomodando. Había en todo eso algo a manera de un globo lleno de gas que tendía a subir, haciéndome ver las cosas por los aspectos más altos, continuamente y por cualquier motivo.

Discerniendo lo que se oponía a las cosas elevadas

En ese sentido, hay otra reminiscencia de mi infancia. Una escena muy confusa, más o menos así: El barco en el que viajábamos era italiano, Duca d’Aosta. Al verlo parado,  o sé dónde, tuve la impresión de que había alguna máquina funcionando para sacar de la embarcación cantidades de agua. Yo veía aquel chorro de agua y pensaba: “La vida es así: es un agua que está saliendo, saliendo, pero al final acaba… ¡Qué bonito es ese chorro!, pero ¡cómo es bueno que comience, dure y acabe!” Había algo arquetípico al respecto, que iba más allá de la idea de un niño de cuatro o cinco años. El tiempo libre que tenía, lo reservaba para reflexiones como esa. No hablé con nadie al respecto, porque me di cuenta de que sería mal visto. Luego vino la sensación de soledad frente a lo admirable, pero mal visto por todos lados, que, por lo tanto, debería florecer, secarse y marchitarse. Y así pasaron los veranos, los inviernos, los manantiales y los otoños, sucediéndose unos a otros y agregando soledades a soledades solo en presencia de Dios. Esta idea me venía mucho al espíritu. A lo que se añadía una noción confusa de que algo no me quería, y que se presentaba por formas de trato que me agredían.
Volviendo de Génova a Brasil, en cierto momento una persona de mi familia se me acercó con aires de burla. Pensé conmigo mismo: “Ya viene este hombre aquí… ¿Pero por qué está riendo? No hay nada de chistoso”. Se acercó con risas, y yo permanecí serio. Después, me agarró y me colocó encima de un barril que estaba en la cubierta y me dijo: “Toca el acordeón”. Comencé a tocar para evitar complicaciones, pero pensando: “¿De qué se está riendo? Eso no me produce ninguna gracia; ¿por qué está burlándose de mí? Yo estoy serio aquí ¿Por qué se está riendo?” Y después me levantaba y me bajaba. Yo sentía algo que más tarde llamaría espíritu revolucionario. Así, a un discernimiento de esas cosas elevadas se unía un discernimiento más fino, relacionado con lo que se oponía a esas cosas elevadas. Era ya un despuntar de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución, que comenzaba en mi plena inocencia.

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Niño que raciocinaba hasta el último punto

En todo esto había alguna cosa que era la inocencia del católico que no pecó, de la gracia bautismal, y además una continua acción de la gracia extendiendo los límites de esa inocencia, haciendo notar cosas que después irían en cadena hasta ver la Revolución y la Contra-Revolución. Más o menos todo me llevaba a eso.
También sentía un abismo que comenzaba a abrirse entre los de mi edad y yo. Porque,  pesar de ser algo sensible y no lógico, era siempre conforme a la lógica; yo raciocinaba hasta el último punto. Esas cosas que veía eran premisas evidentes de las cuales yo sacaba consecuencias. Pero percibía que mis compañeros de edad no querían saber de eso, ni siquiera querían mirar, y estaban en otra clave; por tanto, yo tendría que relacionarme con ellos desde la rodilla hacia abajo, para que pudiéramos convivir.
Tentación de orgullo, gracias a Nuestra Señora no tuve. Al contrario, me sentí hasta disminuido por ser diferente de los demás, quedando medio al margen, y haciendo, pues era necesario, un acto de humildad para ser fiel a todo eso. Sin embargo, a la vez iba sintiendo el aislamiento y la necesidad de tener una profunda vida interior, pues sabía que era muy buena, muy conforme a la Religión, muy lógica, pero que no era visible a nadie. Con todo, yo pensaba lo siguiente: “Quien rechaza esas cosas podría decirse mi amigo, pero yo no acepto esa amistad, ella no es válida porque yo soy así. Y si quieren de mí un tercero que no soy yo, el niño juicioso, recto, educado, agradable, pero sin nada de todo esto – es así que tengo que mostrarme para convivir con ellos –, entonces en realidad no gustan de mí, pues tengo que usar una máscara para vivir entre ellos.” No es la máscara de la hipocresía, sino de la diplomacia.

La ferme, un regalo muy bonito

En cierta ocasión, en Navidad, recibí de un tío un regalo muy bonito. Era una caja venida de Francia, intitulada “La ferme”. Al abrirla, uno se encontraba con la escena de una hacienda común. Después, levantando otra tapa, se veía junto a la hacienda una aldeíta encantadora, francesa, con todo cuanto hay en una especie de villa cercana a una hacienda: la iglesita, los campesinos, aquellos montes de heno tan característicos, el perrito, la campesina, un riachuelo pintado en el suelo con su puentecito, pequeñas enredaderas con fruticas rojas pintadas en las ventanas de las casas…
Hasta hoy, al narrar, siento aún la repercusión del encanto que me causaron esas cosas. En el medio, había un hombre muy derecho, elegante, con un abrigo negro muy bien cortado y un sombrero de copa gris – lo que era el auge de la elegancia –, con guantes en las manos, saludando a alguien; era un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, pero con tanta distinción y afabilidad que yo quedaba encantado. Y pensaba cómo sería bueno conocer a ese hombre y saludarlo del mismo modo, y conversar con él. Intercambiaríamos ideas sobre asuntos muy agradables, muy elevados y dulces…
Pero si yo quisiera conversar sobre eso con mis compañeros, caerían en carcajadas. De ahí, un aislamiento profundo que sólo encontraba consuelo en mamá, con quien no
hablaba de esas cosas, pero yo sabía que ella las sentía. Así, Doña Lucilia era mi apoyo.

(Extraído de conferencia de 20/6/1987)

La bondad de Doña Lucilia

En Doña Lucilia había una apetencia de espíritu de lo sobrenatural, porque ella quería tener su principal relación con Dios, y todos los otros afectos de ella provenían de este primer afecto. En el fondo, a quien ella más amaba era a Nuestro Señor Jesucristo. Su bondad la llevaba a considerar a las personas con mucha elevación, rodeándolas de dulzura y afecto.

Doña Lucilia fue la última simiente del árbol de la Edad Media que, al caer al suelo, hizo germinar el futuro. Ella es un alma profundamente medieval, pero no en cuanto a una síntesis del pasado. Era llamada a ser, sobre todo, un comienzo del futuro.

Una bondad que ultrapasa la medieval

Por ejemplo, en lo tocante a la bondad. No se puede decir que su bondad fuese estrictamente medieval. La Edad Media está allí adentro, pero es una bondad que ultrapasa la medieval, es un desarrollo de la que existía en aquel período histórico. La bondad de Doña Lucilia es hecha de una elevación de espíritu que multiplica la bondad por la bondad. Me cuesta concebir cómo es que existía en la Edad Media la bondad desde este punto de vista. En mamá había una tendencia, una apetencia del espíritu para un contacto con Dios, porque ella quería tener su principal relación con un Ser tan elevado, noble y sublime, y todos sus otros afectos eran provenientes de ese primer afecto. En el fondo, lo que ella amaba era a Nuestro Señor Jesucristo.
Esto conducía a que toda la bondad que ella tenía fuese constituida de un modo de considerar a los otros con una elevación muy alta, rodeando de dulzura y afecto la persona a quien ella consideraba. Este afecto descendía de esa eminencia, por así decir, casi raptando a la persona hacia una esfera sobrenatural muy elevada también.
Tomemos, por ejemplo, el cántico Anima Christi. Existe casi una diferencia entre las palabras y el tono de voz con aquello que debe ser cantado, por un lado, y la música, por el otro. Porque hay algo de arrebatado en el estilo ignaciano de este cántico. ¡Pero existe al mismo tiempo una ternura llevada a una elevación, a una cosa que es el extremo en su género! De la elevación de quien considera la sublimidad de Nuestro Señor Jesucristo y casi la debilidad de Él.

En el Anima Christi existe una especie de compasión con que es tratado Nuestro Señor, pero, de otro lado, un arrebatamiento. Hay en eso una mezcla de veneración muy profunda y respetuosa, y de ternura que, tomando en consideración la grandeza del Redentor, pero también como llagado, tiene casi recelo de expresarse, por miedo de tocarlo de un modo insuficientemente delicado. Pero en el fondo y en el centro está la evocación de la Persona de Él y de los sentimientos que esa Persona despierta. Así, ese cántico de algún modo lo describe.

El Sagrado Corazón de Jesús era la cima de su amor

Había todo eso en el modo de ser de mamá, por donde el Sagrado Corazón de Jesús era el ápice, la cima de su amor. Eso daba la marca medieval de ella. Porque, aunque la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no hubiese nacido en la Edad Media, ella llevaba la ternura del medieval hacia Él hasta el último punto. Es bonito que Nuestro Señor haya aparecido en Paray-le-Monial, cuyos orígenes se remontan a la Orden de Cluny. La consideración de todo esto me llevaba a respetarla profundamente y, al mismo tiempo, a tener hacia ella una ternura la más delicada posible. Pero con la sensación de que todo cuanto yo hiciese no bastaba, pues ella estaba arriba de eso.
Cuando Doña Lucilia murió, sentí un doble lanzazo: de un lado, la noción de que una persona así acababa de ser, inexorablemente, “deshecha” por la justicia divina… Porque la muerte es eso. Los dos elementos constitutivos del ser humano, el alma y el cuerpo, son separados. Por tanto, en ese sentido deshecha. Por lo demás, si no fuese la resurrección, sería un absurdo. Me acordaba de una cancioncilla que se entonaba cuando las Hijas de María hacían procesión en la iglesia de Santa Cecilia: “Misteriosa justicia nos prende, sólo por hijos de la culpa de Adán; mas la ley quebrantada la anuló tu santa y feliz Concepción.” Es decir, realmente es una misteriosa justicia.
De otro lado, su irreparable ausencia. Porque encontrar otra persona así… Puede tener la linterna de Diógenes que no descubre nada…

Reveses y pruebas

Poco antes de ser acometido de diabetes (En diciembre de 1967, como consecuencia de una grave crisis de diabetes, el Dr. Plinio tuvo una gangrena en su pie derecho, siendo sometido a una cirugía en el Hospital Sirio Libanés en San Pablo, para descubrir la infección), estábamos cenando, solos ella y yo en casa. Hablábamos, pero lo mejor de la conversación era su presencia. Por tanto, yo estaba manteniendo la prosa casi por educación, pero de hecho embelesado fantásticamente con ella. Me acuerdo de haber pensado en esto: cómo sería difícil una madre y un hijo quererse tan bien en el mundo de hoy. Y me venía al espíritu la idea: “Esta salita de cenar es en el fondo, una especie de torreoncito donde Nuestra Señora aún conserva un pequeño resto, pero en mamá ¡un resto solar! ¿Será que está en los designios de la Providencia permitir que todo esto se disuelva con una anticipación relativamente grande de los acontecimientos previstos en Fátima?

Mamá fallece; de repente yo muero también, todo esto aquí es vendido, se dispersa, y es otra buena cosa más que desaparece en el mundo…”
Cuando me apareció la infección en el pie me acordé inmediatamente de lo que había pensado. Pasé los días en casa haciendo todo lo posible para que ella no percibiese la
gravedad de mi estado de salud. En cierta ocasión mamá estaba sentada junto a la mesa del comedor, yo pasé por el hall y tuve una caída sin que ella lo viese. La empleada me dijo en un tono medio atrevido y sublevado:
– Pero ¿qué es lo que tiene? ¡Cuéntele de una vez sobre el estado en que se encuentra! Yo manifesté mi disgusto y afirmé:
– ¿No está viendo que no quiero disgustarla?
– Pero así, ¿hasta ese punto?
– Hasta ese punto. Quien gradúa eso soy yo.
Entré en la sala pensando: “Lo que había previsto se está realizando. Esto que tengo aquí es una gangrena.” Mandé llamar a los médicos y entré en un túnel. Pensé: “Un vendaval me va a tomar y ella morirá por estos días…”
Quedaba transido de pena al pensar lo que podría suceder si yo muriese antes que ella. Y me ponía el siguiente problema: ¿Recomiendo que no le digan que fallecí? Porque el problema se establecía. Es decir, para que no le comunicaran que yo había muerto tenía que entrar por el camino de las mentiras. Mas ella, en el estado en que se encontraba, ¿tenía derecho a la verdad?
Pero, de otro lado, si Dios la quería probar, ¿tenía yo el derecho de ahorrarle esa prueba? Es decir… ¡una cosa tremenda!

La silla de ruedas de Doña Lucilia

Cuando me avisaron que ella estaba muriendo, yo acababa de desayunar y de leer el periódico. Me dirigí al cuarto de ella tan rápido cuanto mis condiciones físicas lo permitían y, al llegar, ella ya estaba muerta. Lloré mucho y, al fin de cuentas, fui a mi cuarto. Inexplicablemente, – creo que fue una gracia obtenida por ella – me invadió una paz, una tranquilidad que era casi una alegría.
Fui al cementerio para el entierro, pero no me atreví a ir hasta la sepultura. Al día siguiente partí a nuestra Sede, en Amparo, volviendo de allá para la Misa del séptimo día durante la cual se dio el fenómeno de un rayo de sol sobre unas orquídeas, que
tomé como siendo la señal pedida por mí a Nuestra Señora de que mamá no estaba más en el Purgatorio.

Me acuerdo, por ejemplo, de una bagatela. A mí me desagradaba mucho la silla de ruedas de ella. A mí me hubiera gustado que mamá caminase. El pasito de ella era una de las muchas cosas que me encantaban. ¡Cómo ella conseguía caminar con gravedad y con un pasito rápido! Doña Lucilia era muy grave en lo que ella hacía, pero rápida en el andar. No sé cómo ella conciliaba eso. A pesar de lo antigua y de ya no usarse más sillas de ruedas de aquel tipo, por ser más altas tenían más dignidad que las de los modelos recientes. Y yo no quería verla metida en esas sillas mucho mejores, pero menos dignas. Entonces conseguí esa misma, en la que mamá, quedaba más alta.
Cuando ella murió, mandé devolver la silla de ruedas a la Santa Casa y pagar el  alquiler. Unos cinco días después, comencé a sentir “saudades” de la silla de ruedas y ordené preguntar a la Santa Casa si podían vendérmela.
Son recuerdos que me dicen mucho. Aunque el retroceso del tiempo, en este caso, no mejore la perspectiva, ni me lleve a quererla mejor por causa de eso, por algunos lados invita a una actitud más admirativa con relación a mamá.

(Extraída de conferencia de 20/4/1991)

 

La victoria es de los que sufren bien

A pesar de todos los sufrimientos, Doña Lucilia, la madre del Dr. Plinio, era
suave, tranquila, sin la menor señal de desesperación. Comprendía en toda su
extensión cuáles eran los dolores de la vida, segura de que en el fondo la victoria es de los que sufren, y tenía siempre sus ojos vueltos hacia el Sagrado Corazón de Jesús.

Doña Lucilia nació en un período muy diferente al nuestro, que en Europa tal vez ya había comenzado a declinar un poco, pero en Brasil todavía vivíamos plenamente el régimen del romanticismo.

Romanticismo y hollywoodismo

El romanticismo era una escuela de pensamiento mediocre, aunque tomó cuenta del mundo, y que erigía como principio que el sentido verdadero de la vida del hombre estaba en el dolor; si el hombre sufriese mucho realizaba su existencia. Exactamente lo contrario de un principio peor aún, que era “hollywoodiano”, según el cual la vida del hombre está en el placer: si gozase intensamente la vida, habría realizado su finalidad.
Ella nació en el último período del romanticismo y asistió a la salida del sol espurio del “hollywoodismo”.

Según la escuela del romanticismo, la persona debía examinar su propia vida y buscar en ella lo que era o podía ser una causa de sufrimiento. Los partidarios de esa escuela decían – y en eso tenían razón, pues el mal absoluto no existe – que todo hombre que examine bien sus condiciones de vida encuentra razones de sufrimiento, y debe estar atento a esas razones, comprendiendo que muchas veces no son removibles. Entonces, es necesario aceptar ese dolor reconociendo – otra cosa verdadera – que es un factor de valorización del alma.
En efecto, en lenguaje católico, el dolor es un factor de santificación y es necesario aceptarlo, aunque, siendo posible, podamos y hasta debamos procurar remover los padecimientos que vengan a nuestro encuentro, por permiso de la Providencia.
Por ejemplo, una enfermedad. La persona está enferma, pero tratándose bien puede curarse. El verdadero sentido común no es decir: “¡Dios mío, Vos me mandasteis una enfermedad; yo
abro mis brazos y me entrego!” ¡Bueno, tome un remedio! O una actitud todavía más dura: haga un régimen, pero no lloriquee por lo que usted puede remediar. Dios le envió la enfermedad, pero también el remedio y el dinero para comprarlo. Entonces compre el remedio, tómeselo y acabe con esa enfermedad y también con ese lloriqueo.
No obstante, hay enfermedades y sufrimientos que no se pueden remover. La persona debe aceptarlos: “La Providencia quiso que toda mi vida yo sufriese eso, voy a aceptar de frente, y no procurar cerrar los ojos al significado de mi dolor; por el contrario, voy a verlo por entero: todo lo que pierdo, todo cuanto sufro y aún sufriré por esa causa, y a preparar mi alma como un guerrero se prepara para la guerra.”
Y el enfrentar consiste muchas veces en trabar una lucha más dura que la propia enfermedad o la propia prueba. Por ejemplo, la persona tiene una enfermedad y padece por esa razón. La reacción podría ser: “¡Ay, ay, ay…! ¡Cómo estoy sufriendo!” La verdad no es esa: “¿Usted está sufriendo? Está bien, pero su vida no está hecha solo de sufrimiento, hay otras cosas buenas: pan con mantequilla, por ejemplo. ¡Coma pan y mantequilla, trabaje, luche, ponga su ideal donde debe estar, es decir, al servicio de la Santa Iglesia, para la derrota de satanás, y ponga el pecho!”

Dureza de alma en el trato

En el caso de Doña Lucilia, ella veía dos situaciones. En el tiempo de ese romanticismo, se daba una importancia muy grande a la belleza física femenina, y que la hermosura del rostro tenía una importancia mucho mayor que la del cuerpo. La mujer podía ser una “ballena”; pero si tenía un rostro fantástico, todo estaba aprobado. Pero si ella no era muy bonita de cara, pasaba al último lugar.
En cada familia, la joven querida, admirada, apreciada, era la hija bonita. Y la hija que tuviese un rostro común, por más amable, gentil y cortés que fuese, por más que tuviese buen gusto en el modo de vestirse, no siendo bonita pasaba a un segundo plano. Ahora bien, Doña Lucilia no era considerada bonita por sus contemporáneos, y por esa causa, en el plano de las jóvenes de sociedad, ella pasaba a un segundo lugar. Entonces, en los afectos, en los cariños – no diré de los padres y de los hermanos, sino
del resto de las relaciones – ella pasaba a un plano secundario, y en el primero quedaban las otras.
La estupidez de ese procedimiento, el modo agudo como eso se hacía sentir muchas veces, se mostraban en lo que para ella era el verdadero sufrimiento: la dureza de alma de los otros, y no el hecho de que ella quedase en un segundo plano.

Falsa filosofía de la vida

Voy a contar un pequeño caso ocurrido con una familia determinada, y que hace sentir el asunto vivamente.
Un abogado con una gran oficina en São Paulo ganaba muy buen dinero, y tenía una cliente que le daba muy buenas causas. Era una viuda – o una solterona, no recuerdo bien ese pormenor –, muy rica. Esa señora tenía ya unos sesenta años o más y se enfermó, y no había quien la cuidase. Entonces ese abogado se puso de acuerdo con su esposa y convidaron a esa señora a ir a tratarse en la casa de ellos. Entraba caridad y, probablemente, los negocios de la oficina también.
Mi madre frecuentaba asiduamente esa casa, y, habiendo quedado con mucha pena de esa persona enferma, la trataba con todo cuidado, siendo muy amable y gentil. En esa casa vivía una joven muy bonita que decía:
– Lucilia, tú haces el papel de boba. ¿Por qué la tratas con tanto cariño, le llevas flores, le muestras libros con grabados y tantas cosas para distraerla, cuando ella en el fondo no te quiere? Ella me quiere muy bien a mí.
– Tengo pena de ella – respondió mi madre.
La otra dio una carcajada:
– ¡Tú eres boba! La pena no existe, lo que existe es el interés. La otra tiene interés en agradarme y no en agradarte a ti. Mientras ella esté enferma, va a recibir muy bien tus caricias. Pero si estás aquí presente cuando ella se vaya, vas a ver la manera como ella me agradece a mí y ti. A mí, que una vez por día me acerco a ella, converso con ella algunos minutos y me voy, verás los besos que me va a dar. En cuanto a ti: “Lucilia, muchas gracias”.
A mi madre le pareció improbable tal actitud. En la hora de la despedida, ella estaba allá. La señora enferma le dijo a la joven bonita:
– Muchas gracias por todo lo que hiciste por mí, te estoy muy agradecida, dame un beso, y uno más; jamás me olvidaré de tus caricias.
Después le dijo a mi madre, que estaba al lado de la otra:
– Lucilia, te estoy agradecida, tú fuiste muy gentil conmigo.
¡Esa es la vida, eh! No sé si en la época dura en que estamos es necesario explicar que la vida es así, pues da la impresión de que eso no es una novedad para nadie.
Lo que estaba implícito en el modo como la joven bonita lo decía era: “Yo soy bonita y tú eres fea. Por lo tanto, a ti nadie te da importancia. Tú no consigues nada con nadie, porque bonita soy yo”.
Eso constituye una filosofía de la vida falsa y pésima. Pero, quiérase o no, es una filosofía de la vida.

Fuente de toda consolación

Fons totius consolationis

Fons totius consolationis

Por otro lado, Doña Lucilia fue comprendiendo que en la época en la cual ella vivía las relaciones ya no se movían a no ser por interés, y que el afecto desinteresado hacía parte del tiempo expirante del romanticismo. Con la modernidad había entrado la brutalidad, el interés personal, el poco caso por los otros que sufren, y el desprecio. Eso marcó una gran tristeza en su vida, por comprender que todo no era sino aislamiento, pues todo el mundo era así y ella no tendría posibilidad de encontrar quien tuviese para con ella la forma de afecto y de unión de alma que ella querría tener con tantas personas. De ahí resultaba entonces un problema axiológico: “¿Cómo es la vida? ¿Cómo debo hacer? ¿Cómo debo entender las cosas?” Donde entraba una profunda decepción y un modo muy severo, enteramente real y exacto, de ver a los otros.
Yo ya he visto personas que elogian un examen médico con estas palabras: “Tal doctor hizo un examen médico severísimo”. Evidentemente eso es un elogio, porque es para saber si se está enfermo o no. No se hace un examen flojo para que la enfermedad pase desapercibida. Si es para curar verdaderamente, el examen tiene que ser severísimo.
Antiguamente se usaba mucho esta expresión: “El médico exigió una radiografía”. Es decir, los enfermos no querían dejarse sacar la radiografía, porque la radiografía a veces da susto, y le sacaban el cuerpo, pero no podían, pues “el médico exigió”, o sea, quería decir: “no me siento seguro y no voy a cargar un diagnóstico equivocado en mi espalda; por lo tanto, hágase una radiografía, que yo la analizo y trato su problema, de lo contrario, no lo haré.” Ahora bien, Doña Lucilia hizo un examen severísimo de la vida. Con su sentido común y su rectitud moral, ella hizo una radiografía de la existencia y comprendió cómo era. De ahí resultaba una gran decepción, y también un enorme consuelo, pues se ve bien todo lo que en ella confluía hacia el Sagrado Corazón de Jesús, que es exactamente Fons totius consolationis, según una de las invocaciones de las Letanías del Sagrado Corazón de Jesús: Fuente de todas las consolaciones. Es verdad que, si en la vida encontramos solo decepciones, lo encontraremos a Él, que es la Fuente de toda consolación.

Un camino sembrado de espinas

Eso se aplica también al apostolado. Se entra a la vida de católico militante y se renuncia a una serie de bagatelas para darse enteramente al Sol de Justicia, que es Nuestro Señor Jesucristo, para que la vida transcurra bajo la dulce luz de Nuestra Señora, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata – bella como la luna, electa como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla.
Se piensa: “¡Oh, qué legión de amigos magníficos me aguarda allá! Todos tan buenos, renunciaron a tantas cosas, el corazón de ellos es movido, como el mío, por la gracia de Dios y por los mismos ideales, ¡qué maravilla!”
A partir de determinado momento aparece una decepción, después otra, y se ve que todo no es una maravilla… Ora es un compañero de apostolado que está en crisis, y comienza a atormentarnos y a ejercitar nuestra paciencia; otro hace no sé qué, y comprendemos que entramos en un camino como el Víacrucis de Nuestro Señor Jesucristo: sacrosanto, lindo, pero cuyo suelo está sembrado de espinas, las cuales, a veces, nos atraviesan el cuerpo de lado a lado.
Cuando eso sucede, la persona deberá decir: “Yo conocía ese camino, no me dejaron hacerme ilusiones y no las tuve. Ahora llegó la hora.” Y paga el precio. Este es el precio del Cielo.
Quien piensa así puede estar acribillado de sufrimientos, pero su alma es como un cielo azul en un día límpido, pues ella está limpia, libre de desesperación.
Por ejemplo, en los ojos claros y serenos de Jesús moribundo no hay la menor señal de desesperación. ¡Nada! Tranquilos y certísimos del Cielo. Él le dijo al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso.” Lo que quiere decir: “Yo voy a estar en el Paraíso, y dentro de poco.” Los dolores están aumentando, la liquidación de su cuerpo
lo tritura, Él comprende que ha llegado el fin y que Longinos ya se encuentra afilando su lanza para atravesar bárbaramente su Corazón, símbolo del amor que Él nos tiene. Jesús conoce todo eso, pero sabe también que cuanto más avanzan esos acontecimientos, más Él se aproxima del Cielo.

En la hora de la muerte, una gran señal de la Cruz

De ahí aquella palabra final, que indica todas sus esperanzas: Consummatum est. El precio fue pagado por entero, sufrí todo, ahora el Cielo está delante de mí. Eso explica también por qué un alma como la de mi madre, habiendo sufrido mucho, era suave, tranquila, sin la menor señal de desespero, de destrozo interior, sumisa al dolor, pero comprendiendo en toda su extensión cuáles eran los dolores de la vida, y segura de que en el fondo la victoria sería de los que sufren.
Nada más característico que el momento en que ella sufrió el dolor de la muerte. Ya había amanecido, por lo tanto, ella me podría mandar a llamar para asistir a sus últimos momentos, tanto más cuanto yo estaba en el cuarto del lado. Mi madre percibía su respiración cada vez más corta y sabía que tenía un problema del corazón, propio de personas con la avanzadísima edad que ella había alcanzado, y no podía tener duda de que la hora del consummatum est estaba llegando. ¡Ella ni siquiera quiso incomodarme en esa hora y por eso no me mandó a llamar! Apenas cuando llegó el momento, hizo una gran señal de la cruz, et flavit spiritum (Del latín: expiró).

(Extraído de conferencia del Dr. Plinio 8/2/1995)

 

Manifestación de acogida, gentileza y bondad

Doña Lucilia tenía una noción muy profunda de la maldad del género humano, que se reflejaba en las personas con quien ella trataba y le causaban decepciones. Pero ella las acogía sin ninguna acrimonia, acidez, ni recriminación; era llena de perdón y de bondad. No obstante, en ella no había ni una gota de ilusión a ese respecto.

e vez en cuando me vuelve al espíritu la actitud de Doña Lucilia con relación al proceso revolucionario, con la curiosidad de recoger pequeñas reminiscencias que me permitan ver y describir mejor cómo era ese asunto.

Noción profunda de la maldad del género humano

Hay ciertas nociones preliminares que, aunque estén al margen del asunto, deben ser consideradas. Una persona del siglo XIX era mucho más atenta a los propios dramas interiores, que una persona posterior a la Primera Guerra Mundial.
Si hay una cosa poco desarrollada en las atmósferas marcadas por el “hollywoodismo” es la sensación, la idea del drama interior, de un elemento que le falta a un alma para que se complete, aquello que la hace sufrir. Esas cosas que el romanticismo del siglo XIX consideró con un lente de aumento, el siglo posterior las comprimió al máximo posi
D ble. Una persona dramatizaba mucho más ciertas situaciones infelices en el siglo XIX, porque las tomaba mucho más en serio, llevándolas con cierta tendencia a la exageración.

En mi madre no noté una tendencia a la exageración, pero ella era muy seria. La fotografía de ella muy joven indica mucho eso. Ella llevaba la seriedad hasta el último límite. Y por esa causa, Doña Lucilia consideraba ciertas situaciones interiores sobre todo bajo el siguiente aspecto: ella notaba que en un mundo feliz – los hermanos, la familia en general, bien instalados – ella era infeliz, porque había sufrido enormemente con la operación realizada en Alemania, en 1912. Además, con sinsabores que también la habían hecho sufrir mucho cuando joven. Le quedaba, entonces, una idea de que ella estaba muy marcada por el sufrimiento y que la Providencia la había escogido para eso.
Por otro lado, la idea de que la transformación que ella observaba en su entorno, que repercutía dentro de ella, resultaba de una profunda maldad del género humano. Ella tenía una noción muy profunda de esa maldad, sin acidez, sin recriminación, llena de perdón y de bondad, pero en la cual no había ni una gota de ilusión. Eso con respecto al conjunto de la humanidad y que, por lo tanto, reflejaba en las personas con quien ella trataba y con quien tenía decepciones, aunque sin ninguna acrimonia.

Una gracia que no existe fuera de la Iglesia Católica

Uno de los aspectos de su alma que más me encantó fue verla, a lo largo de su vida, sufrir muchas cosas midiendo hasta el fondo cada sufrimiento, sin hacerse ninguna ilusión. Y después tratar todo con bondad, con un perdón que me hacía recordar a la Iglesia del Corazón de Jesús, en São Paulo, y aquella atmósfera de innegable perdón que allá existe.
Ella parecía muy modelada por eso. Por esa razón ella me llevó a considerar muy desconfiadamente el género humano. La cuestión se ponía así:
hasta las mejores personas, a quien razonablemente más se quiere, en el fondo, desilusionan. Y si no desilusionaban a todos, por lo menos, la desilusionaban a ella. Y al desilusionarla indicaban que tenían aspectos malos. Ese era, entonces, un aspecto triste y hasta desolador de la existencia humana, considerado, no obstante, con mucha suavidad, pero dejando trasparecer en la mirada una perplejidad: “Veo claramente cómo es eso, pero, ¡qué cosa asombrosamente pésima!”
Por la fotografía se nota que no hay acrimonia, ninguna acusación, ninguna recriminación. Apenas existe una especie de perdón como quien dice: “Deje que eso sea así, yo voy a seguir siendo buena. Eso se explica en Jesucristo Nuestro Señor y no de otra forma, pero se explica realmente”.
Si hay algo que no es natural, es eso. Es decir, es una gracia sobrenatural recibida en el Bautismo, que no existe fuera de la Iglesia Católica y dentro de ella no es frecuente. Fuera de la Iglesia Católica es inútil buscar, porque no existe. Es una gracia que forma la persona en Nuestro Señor Jesucristo.
Hay una jaculatoria dirigida a Nuestro Señor: “¡Jesús, manso y humilde de Corazón, haced nuestro corazón semejante al vuestro!”. Es una gran gracia. A propósito, fue lo que Nuestro Señor nos enseñó durante toda su vida. La actitud de Él con nosotros durante la Pasión, por ejemplo, fue esa todo el tiempo.

Un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño

Nuestro Señor vio el mal, claro. Pero a Él no se le muestra así. Se presenta su tristeza, pero no se llega a decir tajantemente que esa tristeza se debe a que Jesús veía el mal en los otros.

Imagen del Sagrado Corazón ofrecida a Doña Lucilia por su padre


Hay un trecho del Evangelio en el cual el evangelista hace este comentario: “Habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo”
(Jn 13, 1). Doña Lucilia daba prueba de ese amor hasta el fin. Yo creo que esa es propiamente la expresión, la irradiación de Nuestro Señor, y también de Nuestra Señora: Salve Regina, Mater misericordiæ y todo el resto, muestran la posición hacia el pecador.
De ahí resulta su devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Y eso modelaba su alma de tal manera que, al final de su vida, habiendo sufrido todo lo que sufrió, cuando comenzaron a aproximarse a ella algunos de mis jóvenes seguidores, noté que ella se dejó tocar por ese afecto, creyendo en él enteramente. Por tanto, ella ni siquiera había perdido ese frescor de alma por el cual la persona está dispuesta a creer y a esperar una vez más, aunque haya tenido mil decepciones.
De repente apareció en su vida, a punto de terminar, un torbellino de afecto, de comprensión y de cariño al cual ella se entregó con toda bondad.
Ahora bien, la reacción “normal” sería: “Yo estoy por morir, no voy a embarcarme en la milésima decepción de mi vida. Le cierro la puerta.”
Eso corresponde a una forma conmovedora de perdón. No de un perdón bobo, sino con un profundo discernimiento.
Para utilizar una imagen, era más o menos como cierta hierba cuando es pisada; el pie del hombre dobla la hierba, pero poco a poco ella vuelve a su estado natural. Así era Doña Lucilia. Minutos después de recibir la ofensa, ella estaba con la misma bondad,  nclusive con la misma persona que la había hecho sufrir. Hay almas que, a fuerza de sufrir, quedan como alguien que, debido a un reumatismo, tienen rígidas todas las articulaciones del cuerpo, y por eso les cruje y les duele cualquier movimiento. Es horrible, es triste. Si hay alguien que no era así, fue mi madre. Arquetípicamente no era
así. Ella manifestaba, a cualquier momento, una acogida, una gentileza, una bondad, asombrosa. Era la actitud de un alma consciente de toda la maldad del hombre, pero sabía que podían existir, axiológicamente, criaturas humanas que correspondiesen. Y ella llevó esa certeza tranquilamente hasta el fin.

(Extraído de conferencia de 31/8/1985)

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

la caridad de Doña Lucilia

Siempre llena de desvelo por los que la rodeaban, Doña Lucilia constituía un ejemplo vivo de confianza en Dios: caridad al relacionarse, ánimo en los momentos difíciles y alegría incluso delante de pequeños beneficios. 

Doña Lucilia era muy unida a su hermana más joven, aunque también se llevaba muy bien con su otra hermana que, sobre todo durante cierto período, iba mucho a nuestra casa, a pesar de que a veces discutían.

En defensa de los principios

Una vez yo estaba trabajando en mi escritorio y percibí que la criada llevaba una bandeja con la merienda a Doña Lucilia y a su hermana, en una sala donde mi madre acostumbraba a permanecer. Yo oía a lo lejos la conversación, aunque no prestaba atención porque estaba preparando una clase para la Facultad de Derecho.
En cierto momento percibí que las dos levantaron la voz. La conversación había tomado el tono de una discusión. Eso era rarísimo en mi madre, ¡rarísimo! Creo que fue un hecho único en su vida.

Paré de trabajar para ver un poco qué pasaba, porque conforme fuese yo intervendría. Yo no iba a perder tiempo para intervenir si fuese una pequeña discusión que se resolviese de cualquier manera. Percibí que eran dos asuntos que volvían alternadamente a la discusión: la hermana de ella era medio nazi y a favor del divorcio; mi madre no era favorable al divorcio y antinazi y, por esa causa, se encendió la discusión. Las dos estaban tan alteradas que yo me levanté, fui donde ellas y pregunté:
– ¿Qué pasa? ¿Qué propósito tiene esto? Lo dije en tono de broma. Las dos entendieron y el asunto se deshizo. En esa ocasión vi que mi madre juzgó sus principios contundidos y negados, y yo no estaba cerca para reivindicarlos. Ahí ella entró en escena y fue categórica: discutió con argumentos. La cosa llegó al punto de una discusión, y de una discusión seria. No entraba amor propio, sino el sentido de defensa de los principios. Yo nunca la había visto tomar una actitud así, porque cuando yo estaba cerca me iba de espada o de lanza en ristre por encima de la persona, y ella me dejaba. Pero no estando cerca yo, la cosa fue así. Yo les dije que no tratasen más del tema, pues sería mejor. ¿Qué propósito tenía que dos señoras mayores discutieran por causa de eso? Era mejor no discutir. Nunca más trataron de ese asunto entre sí y se acabó.

Desvelo hacia su hermana más joven

Sala de trabajo del Dr. Plinio en su residencia, en la Rua Alagoas, São Paulo

La otra hermana, trece años más joven que lla, había nacido con un defecto en la columna, y mi madre le hacía todos los curativos y ejercicios que los médicos de aquel tiempo querían que las personas hiciesen para corregirse de ese mal.
Mi madre fue quien tomó los mil cuidados recomendados: se levantaba temprano, mandaba a llamar a una masajista para hacer ejercicios de flexibilidad todos los días, después llevaba a su hermana al jardín, todavía con el frío de la mañana. Los médicos querían –no sé si con mucha razón– que ella cogiese el aire de la mañana, antes de calentar. Mi madre era friolenta, pero iba al jardín y paseaba con la niña. Y todo eso con tanta dulzura que mi tía tenía una verdadera locura por ella y la conservó hasta el fin de su vida. Aconteció, sin embargo, que con la vida muy atareada y mi tía viviendo muy lejos, en fin, toda una serie de circunstancias, en un período de algunos años antes de que mi tía muriese, ella frecuentó mucho menos nuestra casa. En esa época la atacó el mal de Parkinson, un mal aflictivo. La persona comienza a temblar y puede acabar en silla de ruedas, sin siquiera conseguir hablar. En los últimos años mi tía casi no podía andar. Mi madre también comenzó a sufrir dolores en las plantas de los pies, que su médico atribuía a la vejez; en fin, por esa razón ella comenzó a usar silla de ruedas. Acostada en la cama no le dolía nada y al caminar le dolía. Y mi tía iba a visitar a mi madre porque no tenía a donde ir. Ella había dejado todo: la presidencia de la Liga de Señoras Católicas y sus relaciones, porque personas así no son bien vistas ni procuradas. Comenzó, entonces, a procurar a mi madre.
No necesito decir cómo la recibió mi madre. En primer lugar, no hizo ninguna queja por el tiempo en que ella no la había visitado. La recibió como si hubiese estado con ella en la víspera.

Comedor de la residencia del Dr. Plinio

Una noche, cuando llegué a la cena, para alimentar la conversación –mi madre todavía no estaba usando la silla de ruedas– le pregunté:
– Mi bien, ¿cómo fue la tarde de hoy?
Ella dijo:
– Estuvo aquí tu tía.
– ¿Qué hicieron?
Ella dijo:
– Pasé la tarde ayudándola.
Yo dije:
– ¿Y cómo la ayudó?
Mi madre dijo:
– Ella se siente a veces agobiada por el malestar que la enfermedad causa. Ora ella quiere caminar y se cansa, entonces quiere parar; parando, queda un poco nerviosa y quiere caminar de nuevo.
Eso se reflejaba en el hecho de que ella no se estabilizaba en ninguna posición. Entonces ella le decía a mi madre – ella llamaba a mi madre Qui:
Qui, ¿caminamos un poco por el corredor?
Las dos caminaban un poco por el corredor hasta que ella se cansaba. Mi madre nunca se cansaba antes de que la enferma se cansara. Y mi madre con dolor en los pies. Después pasaban a la sala de trabajo –quedaba más al alcance del corredor–, se sentaban
en el sofá y comenzaban a conversar.
Mi madre contaba:
– De repente yo notaba que ella se afligía y le preguntaba: “Hija mía, ¿quiere caminar un poco?”
Ella decía:
– Me gustaría…
Mi madre continuaba:
– Volvimos a caminar de nuevo y así fuimos conversando durante toda la tarde, vino la merienda y la tomamos juntas. Le ayudé a tomar la merienda y después su marido la vino a recoger.

El lumen de la caridad de Doña Lucilia

De izquierda a derecha: Rosée, Doña Lucilia, Ilka, Plinio y Doña Zilí

Yo sentí lo pungente de la situación. Las dos estaban caminando hacia la muerte: mi tía murió incluso antes que mi madre. Ellas estaban caminando hacia la invalidez.
Las dos, apoyándose en el corredor, en el vaivén de un corredor que no es largo, entraban en el cuarto de mi madre y llegaban hasta el hall. Caminaban, caminaban y el apoyo mutuo que se prestaban en eso, el afecto que tenían me daba un aspecto más
de la vida de familia vivido bajo el lumen de la caridad de mi madre.

Lo más curioso es lo siguiente: lo trágico, aunque muy acogedor dentro de la tragedia. Ellas estaban en casa, a gusto, juntas, a cada una le gustaba mucho la compañía de la otra y tomaban su tecito. Así, la vida de mi madre estaba llena de pequeños episodios de ese tipo.

Eso, al pie de la letra, cristianiza. La persona se abre al Sagrado Corazón de Jesús, a Nuestra Señora, a toda la atmósfera de la piedad católica. Y queda con una especie de confianza en Dios, que nace de eso. Porque, es curioso, de ese modo de tratar a los otros, brota en el alma de quien trata así una actitud muy confiada con relación a Dios. Eso quiere decir lo siguiente: si una persona penetra de tal forma en la situación psicológica de otro y ve cómo tratar bien a ese otro, la persona, a fortiori si es probada por Dios, sabe entender bien cuál es el propósito por el cual el Sagrado Corazón de Jesús o el Inmaculado Corazón de María mandaron esa prueba. Y sabe recibir la prueba con cariño, sabiendo que está correspondiendo a las intenciones benévolas de ellos.
Aunque estemos sufriendo mucho, eso da una confianza en Dios de que nuestra oración será atendida. Dios es Padre, Él nos está haciendo el bien. Nosotros somos los que no entendemos lo que nos conviene. Eso es confianza.

Claro que una persona con el estado de espíritu de Doña Lucilia tiene mucha más propensión a confiar en Dios que una que trata a otros con desprecio y que, por lo tanto, es llevada a tratar al propio Dios también con desprecio, y cree que Él trata a las almas así. Entonces, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, al Inmaculado Corazón de María, la confianza en la misericordia de los santos y de los ángeles, etc., se instala mucho más fácilmente en un alma con ese lumen.

Otro aspecto de la confianza en Dios

Hasta sus últimos días, Doña Lucilia mantuvo la costumbre de tomar té todas las tardes en el comedor

Una tendencia que también hace parte de la confianza: alegrarse intensamente con las cosas buenas que Dios manda, aunque sean a veces cosas modestas.
Así también sucedía con uno u otro beneficio que alguien le hacía a Doña Lucilia.

Me acuerdo de un sobrino suyo que, en sus primeros tiempos de casado, iba muy frecuentemente a la hacienda. Yendo una vez, le indicaron una panadería en Campinas, que hacía roscas y otras cosas muy buenas, muy convenientes para la nutrición de ella.
El sobrino le compró un paquete grande de roscas y se las llevó, preguntando si ella quería. Ella las probó, le parecieron deliciosas y eran del tipo dietético que le convenía enteramente. El sobrino, entonces, fue muy amable e hizo una especie de trato con el dueño de la panadería, de tal forma que cuando pasaba por allá, pitaba y el hombre ya le traía el paquete. Llegaba a São Paulo y se lo llevaba a la casa o mandaba a una persona a entregárselo a mi madre. Ella recibía regularmente esas roscas. Creo que hasta morir eso fue así. A ella le gustaba contar ese hecho. Elogiaba las roscas, se las ofrecía a quien la estaba visitando y preguntaba si le hacían bien a la salud. Si la merienda de ella era en ese momento, le preparaba una merienda no dietética a la persona y le insistía al visitante que comiese la rosca, para ver cómo le iba a hacer bien. Después decía:
– Mi sobrino es muy buena persona, él hace…
Toda una cantilena en la cual ella asentaba ese hecho –realmente un gesto extremamente simpático y afectuoso del sobrino–, tratado por ella como si fuese algo magnífico, extraordinario. Ella tenía más gusto de ver el cariño y el gesto amable del sobrino de lo que tenía en saborear las roscas. En fin, de hecho, resolvía un pequeño problema de su vida.

Lo que movía a mi madre a actuar de ese modo era la convicción de que la criatura humana debe ser así. Una prueba y un estímulo supremo es el ejemplo del Sagrado Corazón de Jesús. Ahora bien, como yo lo adoro a Él y sólo me gustan con toda el alma las personas cuando son así, yo también seré de esa forma con los otros. Teniendo una convivencia asidua con una persona como Doña Lucilia es muy fácil banalizar eso, si no se tiene un verdadero amor a la virtud o a las cualidades que la persona tiene. Todas las decadencias comienzan por esa banalización.

(Extraído de una conferencia del 9/8/1986)

Ejerciendo una influencia católica

Doña Lucilia influyó vigorosamente en la formación del espíritu del Dr. Plinio y, a través de él, en los espíritus de aquellos que fueron destinados por la Providencia a seguirlo.

La Iglesia atribuye a los fundadores la condición de patriarcas. Sin embargo, no se refiere a las personas que de algún modo acompañaron a los fundadores en sus orígenes. Por ejemplo, llamar matriarca de los salesianos a la madre de San Juan Bosco, por mayor que sea nuestra devoción a ella, sería forzar un poco la realidad histórica, porque de hecho la fundación fue de él, aunque ella haya influido mucho en la formación de su alma.

Rezar el día entero en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

Yo, por ejemplo, tomé esta decisión: cuando vaya a Italia, si puedo, voy a visitar la tumba de Mamma Margarita, pues tengo hacia ella una simpatía y una reverencia muy especiales. Estoy seguro de que nosotros constituimos una familia espiritual cuya fundación corresponde a una relación patriarcal; de eso no cabe duda. Sin embargo, que esta relación patriarcal tenga con Doña Lucilia una vinculación diferente con la que hubo entre San Juan Bosco y Mamma Margarita, y después, entre Mamma Margarita y los salesianos, es un paso que yo tendría mucho cuidado en transponer.

No obstante, podemos considerar la influencia que Doña Lucilia ejerció en la formación de mi espíritu y, a través de mi espíritu, en la formación de aquellos que son llamados a seguir a esta familia. Cabe considerar en segundo lugar, post mortem, los ejemplos de ella, las gracias que ella obtiene, etc., y cómo actúan en ese sentido. Son cosas de diversa índole, pero que desde cierto aspecto se pueden ver en la misma perspectiva.

Doña Lucilia tuvo en la formación de mi mentalidad una impresión viva, humana y, de algún modo, muy presente. Por otro lado, de manera más reducida, tuvo un efecto análogo al que sufrí en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Todo lo que he comentado a respecto de esa iglesia y su impresión en mí y, más que eso, mi devoción al Sagrado Corazón de Jesús, tiene una cierta relación con Doña Lucilia, porque ella era devotísima del Sagrado Corazón de Jesús y se deleitaba yendo a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Me acuerdo que mi padre, en cierta ocasión, le hizo una broma. Intentamos buscar una casa cercana a esa iglesia. Él dijo: “Eso no resultará, porque Lucilia, con esa iglesia cerca, dejará todo y pasará allá todo el día; no hará otra cosa, se quedará rezando allá todo el tiempo.”

Ella no dejaría de cumplir sus deberes, pero ¡qué fracciones enormes de tiempo ella dedicaría a la iglesia! Si su marido reclamase, ella atendería, pero sería necesario que él lo hiciese, porque de lo contrario ella iría… indiscutiblemente…

Afecto de Nuestro Señor, estados de espíritu y confianza

“Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

Pero había tanta influencia de esa devoción sobre ella, y tanta correlación entre ella y la atmósfera de la iglesia, que cuando yo era pequeño miraba de reojo a Doña Lucilia rezando y decía: “¿Qué relación hay entre ella y esto? Parecen una misma cosa…”

Y en el fondo, por lo que Doña Lucilia ayudó a enseñarme – no fue la única; la que principalmente me enseñó fue la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana –, puedo decir que yo desde la infancia fui católico por causa de su influencia. Ella me condujo a las fuentes del Bautismo, me enseñó el Catecismo, lo que hace toda madre. Pero yo, por la gracia, en la medida en que iba conociendo a la Iglesia Católica, me adhería a ella sin ninguna discusión. No con arrebatamientos de entusiasmo, sino con una adhesión tranquila, profunda: “¡Es esto! ¡Esta es la Iglesia de Dios! ¡No se discute!”

Recuerdo de la primera vez que yo supe – era muy niño – que había gente que discutía si Jesucristo había existido o no, si Él fue Dios… Pregunté: “¿Pero son unos locos?” ¡Bastaría mirar hacia una imagen de Él para comprender que un hombre, basándose en una mentira, no puede inventar lo que está aquí! O Él es una realidad o una mentira. Sin embargo, yo lo veo y percibo que es una realidad, no una mentira.

Ella contribuyó de un modo enorme para dos cosas: primero, ayudarme a poner mi atención y mi afecto en esa línea. Y en segundo lugar porque había mucha semejanza de temperamento entre ella y yo y por esa razón notaba que se vertía sobre mí, partiendo de ella, una serie de estados de espíritu que me influenciaron mucho, y tal vez no hubiese sido así si ella hubiese muerto prematuramente, o hubiese sucedido algo análogo.

Y una influencia muy grande en una cosa: la confianza en la Providencia. ¿Por qué se daba eso? Porque teniendo confianza en ella, yo comprendía mejor cómo debe ser la confianza en Nuestra Señora, incomparablemente más santa y superior a ella. Y yo me decía a mí mismo: “Si confío en ella de ojos cerrados y sin límites, en Nuestra Señora, que está inmensamente por encima de ella, ¡confío mucho más todavía!”

De estas reflexiones me venía mucha tranquilidad, estabilidad, y varias otras cosas que considero preciosas para la vida y que aprendí con mi madre.

Habría muchas otras cosas qué decir, pero esas son las principales.

(Extraído de conferencia de 6/2/1986)

…un amor mutuo en Jesús y María

Continuando con la obra de Mons. João S. Clá Dias, El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira, en que nos deja las siguintes consideraciones.

Al Autor le gustaría ser un poeta para describir, con toda propiedad, lo maravilloso que era esta convivencia entre los dos. Innúmeras veces tuvo la oportunidad de asistir a los momentos en que se encontraban. Una era la relación entre ellos cuando el Dr. Plinio pronunciaba conferencias públicas o en la sede (en sentido más amplio que el comúnmente usado, el término sede se empleaba, entre los discípulos del Dr. Plinio, para designar cualquier casa del movimiento fundado por él) situada en la Rua Vieira de Carvalho, donde se reunía con sus seguidores, allá por los años de la década de 1950. En esas ocasiones el trato entre ambos parecía común. Otras eran las manifestaciones de bienquerencia mutua que el Autor pudo comprobar cuando frecuentó la casa de Doña Lucilia durante la crisis de diabetes que acometió al Dr. Plinio en 1967.
En ese periodo Doña Lucilia asistía a la parte final de las comidas de su hijo, que las hacía recostado en el sofá de su despacho debido a la enfermedad. Algunos discípulos del Dr. Plinio también le hacían compañía en ese momento. Ella entraba con discreción y compostura, saludaba a los presentes y permanecía en un lado, recogida, mirándolo. Terminado el postre, las personas se retiraban ¡y ellos dos sequedaban a solas!…

Aunque Doña Lucilia no fuese su madre, el Dr. Plinio tendría por ella el mismo afecto filial Doña Lucilia un mes antes de su fallecimiento

Como la sirvienta dejaba la puerta entreabierta,  el Autor podía, a través de una rendija, observar muchas y muchas veces una escena conmovedora: Doña Lucilia se aproximaba bien al sofá del Dr. Plinio y se inclinaba sobre él, quedando un brazo de distancia entre los dos. Entonces él cogía su mano, la besaba varias veces y le hacía unas caricias un poco «truculentas», dando palmaditas con cierta fuerza y diciendo:
— ¡Mãezinha querida, mãezinha querida de mi corazón!
Ella, al contrario, acariciaba sus manos con mucha suavidad y apenas decía:
— ¡Filhão, filhão querido! ¡Cuánto te quiero, hijo mío! ¿Estás bien?
— Sí, mãezinha, y ¿cómo ha dormido usted esta noche?
— Dormí muy bien.
Ella, a veces poniéndole la mano en el rostro le acariciaba con mucho afecto y decía:
— Hijo de mi corazón, ¿sabes que tu madre te quiere mucho?— Y ¿mi mãezinha sabe cuánto la quiero yo?
Así pasaban diez minutos, contados en el reloj, de gestos de agrado y cariño. Los dos casi que ni conversaban, sólo convivían.
Y quien lo observaba veía en esa bienquerencia exuberante un extraordinario amor a Dios. En el fondo, ella le hacía una compañía sin igual en el campo de la virtud, y él, a su vez, en reconocimiento a la inocencia de ella, la retribuía con extraordinaria afectividad.
Después de ese tiempo establecido entraba la empleada, cogía la silla de ruedas y comenzaba a moverla diciendo:
— Ya es la hora, madame. Los médicos aconsejan que el Dr. Plinio descanse.
Doña Lucilia respondía de forma imperiosa:
— No, no, Mirene. ¿Qué es esto? No quiero irme. Déjame aquí. Voy a quedarme con él. El Dr. Plinio, percibiendo que la gobernanta no conseguiría vencerla, se volvía hacia ella y, mirándola con bienquerencia, intervenía:— Mamá, infelizmente los médicos han recomendado reposo. ¿Qué podemos hacer? Con cuánto dolor voy a tener que despedirme de usted, pero no hay remedio…

Siempre revestida de mucha solemnidad, distinción y finura,
sin excluir a nadie del trato con ella
Doña Lucilia en 1968

Ella, entonces, comprendía:
— Está bien, filhão. Me despido, pero con dolor en el corazón.
Ella iba alejándose, mientras hacía un gesto de adiós. Al final, cuando llegaba a la puerta, besaba la palma de su mano y soplaba el beso en dirección a él.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos

En ese corto intervalo, lo que de hecho dejaba encantado al Autor era el ver a los dos, madre e hijo; ella, una señora de noventa y dos años, y él, un señor de sesenta, conviviendo en una intimidad total, pero con extraordinaria reverencia del uno por el otro. El respeto es, justamente, el antepecho que más ayuda a las personas a mantenerse en la línea de la perfección. Si la intimidad rompe ciertas barreras, se pierde el respeto, las relaciones se vuelven igualitarias y Dios acaba por desaparecer. Por eso, ella lo trataba como filhão, y él siempre se dirigía a ella llamándola de señora y nunca tratándola de tú.
Alguien podría imaginar que la conversación entre ellos sería larga, sobre temas teológicos o doctrinales, pero no era lo que sucedía; lo principal era un agrado mudo y rico en imponderables, dentro de una serenidad, suavidad y armonía sublimes. Se hablaban mucho por la mirada. ¡Cuántas y cuántas veces se cruzaron las miradas de uno y otra y se entendieron más de ese modo que con las propias palabras, durante toda la vida!
Es necesario tomar en consideración que la gran trascendencia de los fenómenos místicos ultrapasa nuestra naturaleza pequeña y apocada, más o menos como una hormiga cerca del Himalaya. Esta comparación falla, sin embargo, pues la hormiga tiene proporción con la montaña, ya que ambas, aunque haya una inmensa desigualdad de tamaño, son limitadas. Con todo, ¿cómo poner en términos concretos la relación de un alma con Dios, que es infinitamente más grande que nosotros?
Nuestro Señor dice en el Evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos» (Mt 18, 20). Estas palabras de Jesús no eran, de hecho, una gran novedad,porque ya en aquellos tiempos los judíos tenían fe en esa presencia de Dios, y circulaban entre ellos muchos proverbios que afirmaban que, cuando dos o más estuviesen comentando las Escrituras, Dios se haría presente. Sin embargo, Nuestro Señor aplica y reduce a Sí esta antiquísima creencia hebraica y asegura que, estando reunidos en su nombre, Él estaría entre ellos. Por tanto, una vez más, Él se revela como Dios.
Así, Doña Lucilia y el Dr. Plinio se reunían en nombre de Nuestro Señor, poniendo el amor a la Iglesia por encima de todo, haciéndose sensible la presencia de Dios para quien tuviese el encanto de verlos juntos: era el encuentro de dos grandes almas inocentes, unidas a Dios por completo, reflejándolo con diferentes coloridos y aspectos, pero, al mismo tiempo, afines. Según la imagen que el propio Dr. Plinio usó, «se formaba una relación de espejos paralelos»: Es Dios, que está en el alma de uno, contemplándose y amándose a Sí mismo en el alma del otro.
En diversos comentarios hechos ya al final de su vida, explicó el Dr. Plinio que esta reciprocidad de afecto estaba fundamentada en Nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima y podría haber dicho también, en la Santa Iglesia. «Éste era el cimiento de nuestro mutuo amor maternal y filial: se trataba de un amor en Jesús y María. Es decir, que era conforme al amor de Jesús y María, una pálida imitación humana del amor de Jesús y María, que, dicho sea de paso, pertenecen a la humanidad:Nuestro Señor es el Hombre-Dios, y Ella, una criatura humana, siendo, por lo tanto, algo enteramente bueno, santo, como debe ser».

Como un arco gótico

 En la convivencia con Doña Lucilia y habiendo ya conocido de cerca al Dr. Plinio, se constituyó en su alma un como que arco gótico, hasta entonces inexistente. De hecho, así como una ojiva no se compone sólo de una parte, sino que su belleza consiste en el encuentro de los dos lados que se apoyan el uno en el otro, también en la obra de la Creación hay, ante todo, una razón de pulcritud en el hecho de que Dios haya ideado algo comparable a un arco gótico entre el hombre y la mujer. Dios, siendo infinito, tiene opuestos tan armónicos y tan extremos que no cabrían sólo en el hombre: era necesario que fuese completado por la figura de la mujer.
Así, el encontrar en el alma de la madre los reflejos de Dios, armónicos pero complementarios a los que había visto en el hijo, proporcionó al Autor una nueva perspectiva; entendió la misión del Dr. Plinio observando a Doña Lucilia y la misión de ella, observándolo a él. Y, en determinado momento, llegó a la siguiente conclusión: debido al caos y desvarío en que estaría sumergida la humanidad en el siglo XX por obra de la Revolución, la Providencia quiso suscitar una dama y un varón, madre e hijo,
para presentar este modelo de relación humana basada en el amor que Nuestro Señor Jesucristo trajo a la tierra: «Como Yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13, 34). En este sentido, Doña Lucilia es un camino para que podamos comprender bien al Dr. Plinio: «Siento que ella, con su dulzura y suavidad, me completa magníficamente ».

El amor de madre se sumaba a la disposición de
obedecer al hijo en todo, ayudarlo y servirlo
Doña Lucilia en su piso, en marzo de 1968

Había una misteriosa relación entre ellos, por la cual la Providencia, al crear a Doña Lucilia, dispuso que fuese, sobre todo, la protectora de la inocencia de su hijo, sirviéndole de inigualable amparo para la práctica de la virtud. Y, por eso, primero Plinio penetró a fondo en su alma y se benefició del modo de ser y de la educación de su madre, consolidándose y adquiriendo gran robustez en la vida espiritual. Sin embargo, cuando ya estaba formado y Doña Lucilia, a su vez, se encontraba en la plenitud de la edad, ella discernió su rectitud, hasta el punto de considerarlo no sólo un apoyo, sino un «alma planeta» (La teoría de los «planetas y satélites» la expuso el Dr. Plinio en la década de 1950, en las clases del Curso Joseph de Maistre, llamadas Teología de la Historia. En este caso concreto, se basó en una obra inédita, que resumía las clases de Historia dadas en el seminario de Vals por el famoso jesuita francés del siglo XIX, P. Henri Ramière, SJ. Más tarde, el Dr. Plinio trató de esta temática con más profundidad, hasta el punto de que la expresión «planetas y satélites» llegó a ser corriente en su lenguaje. Para comprender bien en qué consiste esta teoría, citamos apenas una frase del Dr. Plinio: «La experiencia nos muestra que hay “hombres planetas” y “hombres satélites” en la sociedad humana. Hay, por voluntad de la Providencia de Dios, hombres que tienen poder para influenciar, para impresionar, para guiar, para llevar a los demás, para marcar los acontecimientos; otros hombres, por el contrario, fueron hechos para dejarse impresionar, guiar y marcar por los acontecimientos»), a la que debía entregarse por entero. Ella quería entrar en sus perspectivas y en sus vías, ser instruida por él y, poco a poco, ir cambiando su antigua influencia materna por la completa sumisión en lo relativo a las virtudes, al análisis de las situaciones y a la vocación de su hijo, manteniendo siempre, con todo, su superioridad en cuanto madre.

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús, de alabastro, perteneciente a Doña Lucilia. Sus venerables y amorosos ósculos dejaron doradas algunas partes a lo largo de los años

Es evidente que el don de sabiduría, bien como el don de contemplación y el discernimiento de los espíritus, además de su gran vocación, daban al Dr. Plinio una visión de más alcance y más abarcadora que la de Doña Lucilia, a propósito de los panoramas sobrenaturales. Por eso, después de él haber sido su discípulo perfecto, comenzó a convertirse en su maestro, llevándola a más altos parajes y profundizando más aún la catolicidad de su madre. Esto se verificó, por ejemplo, con la devoción mariana. Doña Lucilia siempre guardó, desde niña, un intenso amor al Sagrado Corazón de Jesús, pero fue el Dr. Plinio, a través de una labor de apostolado, que amplió en su alma la devoción a Nuestra Señora, según él mismo relató en diversas ocasiones: «En cierto momento ella pasó a tomar una actitud ya no más de maestra ni de testigo atento, sino de discípula. Dejándose proteger por mí, y comprendiendo que su vida era yo, ella vivía prestando atención en mí, fijándose en mí y aprendiendo de mí. Y puedo decir que, gracias a la Santísima Virgen, concurrí mucho a la intensificación de su espíritu y de su ardor religioso, sobre todo en relación con la devoción a Nuestra Señora. Ella tomaba una actitud de enlevo muy silencioso delante de mí queriendo oírme hablar.  Hoy recompongo algunas de sus miradas y comprendo que era exactamente el enlevo ante un filhão educado por ella como ella quería».
Se ve, entonces, que esta imbricación entre ambos se sintetiza con toda propiedad en la figura del discipulado perfecto, porque, al amor de madre al que era llamada, Doña Lucilia acrecentó el amor de sierva. En todas las minucias de la vida se notaba esta disposición de obedecer y dejarse guiar en todo por él, coadunada al deseo de ayudarlo y servirlo: ¡ella daría su vida por él, así como él daría su vida por ella!
En una reunión en 1972, refiriéndose a este fenómeno, el Dr. Plinio hizo la siguiente confidencia, empleando una imagen muy bonita: «Cuando yo era pequeño, mamá me cogió en sus brazos y, hasta donde sus brazos alcanzaron, me llevó al seno de la Iglesia; más tarde, cuando ya era adulto, la cogí de la mano y la llevé hasta el fondo de la Iglesia».
Años después, recordando esa frase diría él: «¡Fue eso tal cual! ¡Es el resumen de la historia de los dos! Mucha gente podría pensar: “Este amor filial, tan explicable, proviene del orden natural”.
Pero este amor entraba poco; lo que entraba era, eso sí, la unión con la Iglesia Católica».
El amor entre ambos, por amor a la Iglesia, era tal que, en 1994, el Dr. Plinio quiso explicarlo completando aquella frase tan expresiva de Doña Lucilia: «Vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien».(«Esta hermosa y luminosa frase expresa con sublimidad lo que podríamos llamar ¡concepción “luciliana” de la vida!» (MonsJoão S. Clá Dias). La afirmación de Doña Lucilia fue en 1950, durante una conversación con el Dr. Plinio, para expresarle cuánto le sería pesaroso el que tuviese que dejar por algún tiempo la convivencia con ella). En aquella ocasión, dejó claro que tal amor mutuo ultrapasaba las propias barreras de la muerte y se adentraba en la eternidad: «Si vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien, después de la muerte de uno de los dos, para quien se queda, vivir es recordar, recordar una vez más, rezar y esperar el Cielo».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 166 ss.

 

Alma recta e inocente

Alma recta e inocente, Doña Lucilia tenía un conocimiento claro del daño causado por el pecado original en la humanidad y sufría mucho al constatar cualquier falta de fidelidad.

¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia.

Al choque interno provocado por las circunstancias de su vida se unían los abundantes casos que oía contar a personas de la sociedad. Por eso temía que alguien ejerciese malas influencias sobre el niño e intentaba proteger, al máximo, su inocencia. Ella debía rezar mucho por él, pidiendo al Sagrado Corazón de Jesús que lo librase del camino del mal. Estas palabras del Dr. Plinio lo atestiguan: «Había sido una madre abnegadísima por mi salud, sin embargo, varias veces, cuando yo era jovencito, en la época en que se forma el carácter, me decía con mucha dulzura: “Preferiría verte muerto a verte descarriado”. Es como quien dice: “Los tiempos son malos, tú eres muy joven; nadie sabe de lo que es capaz una persona cuando se pierde”. ¡Ella daría su vida para que no me muriese! Pero prefería mi muerte a verme en una situación de pecado mortal o de ruptura con la Iglesia».
¿Cuánta fuerza no fue acrecentada en las bases de su fidelidad y su perseverancia gracias a las oraciones de Doña Lucilia? Un hecho ocurrido repetidamente durante la adolescencia de Plinio nos permite afirmarlo con seguridad: siempre que ella entraba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, cerca de su casa, iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José. ¿Qué es lo que pedía allí? Doña Lucilia nunca le explicó por qué se quedaba tanto tiempo junto a esas imágenes; pero, gracias al discernimiento de los espíritus, mirando en el fondo del alma de su madre, ¡Plinio entendióque ella estaba rezando por él! De hecho, en casa Doña Lucilia asistía a las discusiones que ya desde pequeño él tenía con sus primos y tíos, sobre temas de Religión y pedía gracias especiales y dones del Espíritu Santo para su hijo, con el objetivo de que adquiriese el espíritu de polémica y la sabiduría de Nuestro Señor, para ganar en todas las disputas, ya fuese con la familia o con otros adversarios. Y lo que ella, como madre, pidió, ¡lo consiguió! Pues, en determinado momento, por esas oraciones tan intensas de Doña Lucilia, debe haber recibido una infusión de gracias operantes que le dieron la participación en el espíritu de combatividad del Divino Redentor, que lo tornaron extremadamente recto, inquebrantable en las batallas contra el mal e incansable propagador del bien.Es inimaginable cuánto Doña Lucilia rezaba por el Dr. Plinio…

…iba a rezar delante de las imágenes de un bello conjunto escultórico que representa al Niño Jesús en el Templo, discutiendo entre los doctores, estando al lado la Santísima Virgen y San José…

Siempre con mucha suavidad y respeto. Años más tarde, siendo él adulto, varias veces la veía entrar en su habitación y ponerse bien cerca de él, cuando ya empezaba a dormirse. En medio del torpor del sueño que lo acometía notaba que estaba rezando, pidiendo a Nuestra Señora amparo y ayuda para él. Pasadas varias décadas, todavía rememoraba el Dr. Plinio el final de esa convivencia diaria: «Cuando ya me estaba durmiendo ella me despertaba con sus agrados y me hacía la señal de la Cruz en la frente, antes de retirarse a dormir. Yo percibía algo de su elevada clave de espíritu que fluía sobre mí como un aceite perfumado y suavizante, que me ungía y me hacía bien, penetrando en mí como el aceite penetra en el papel». Después de eso, alguna que otra vez, ella misma apagaba la luz de la mesilla de noche, salía de la habitación y él adormecía con el recuerdo de su fisonomía.

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 150 ss.

Intérprete incomparable de la Santa Iglesia

El hombre, por ser un animal racional, necesita símbolos para poder llegar al conocimiento de las cosas; de lo contrario, no las consigue entender. Una escuela que forme a sus alumnos de manera totalmente teórica, enseñando únicamente la doctrina pura, no obtendrá buenos resultados.

Así, por ejemplo, no se debe enseñar el catecismo a un niño sólo a base de leerle textos y haciéndole memorizar los artículos de la Fe. Es necesario, además, explicarle las verdades a través de un lenguaje parabólico, poniendo a su disposición símbolos, es decir, modelos. Sin ellos, el hombre no penetra en el sentido de los conceptos ni tiene fuerzas para practicar la virtud.
El mismo Dr. Plinio conversando con el Autor, en 1979, profundizó más sobre esta temática: él comentaba que debería haber, además de los principios, ceremonias que los simbolicen. Pero incluso esto sería insuficiente para convencer y atraer a otros. Las ceremonias y los principios sólo echan raíces en las almas cuando hay un hombre representativo que signifique tales principios y tales ceremonias. Como en un trípode, cada una de las tres patas es indispensable porque si una de ellas falta se cae el armazón. Y continuaba: «Ahí están constituidas las condiciones normales de la Fe Católica. Porque el espíritu humano puede concebir algo doctrinalmente, pero necesita tener símbolos que completen en él la acción de la doctrina; y necesita conocer ejemplos vivos que lo lleven a una mejor comprensión de esa doctrina».
En la educación actual, los niños tienen todo su tiempo ocupado por los estudios del colegio y otras actividades, como clases de inglés, guitarra, natación, kárate o judo, o, si se trata de una niña, clases de ballet. A estas ocupaciones se le suman cursos de informática, videojuegos y ¡horas desperdiciadas frente a la pantalla del ordenador, de la televisión y del teléfono móvil! Sin embargo, según recientes investigaciones científicas, se han multiplicado en el mundo infantil ciertos fenómenos que no existían en el pasado, como el de niños que empiezan a engordar exageradamente, y otros que
padecen problemas nerviosos o trastornos del sueño. Y llegaron a la conclusión de que los horarios excesivamente apretados les embota la cabeza, haciéndolos perder lo más importante para la formación de un hombre: la convivencia.
El niño posee los sentidos de la verdad, del bien, de lo bello y del unum; con el contacto con el mundo exterior, estos principios se van desarrollando, lo que le permite adquirir una visión respecto del universo. Este desarrollo será mayor cuanto mayor sea el trato con los demás, y el niño aprenderá mucho más en una conversación de media hora con sus padres o hermanos mayores, por la noche antes de acostarse, que en un día entero de investigaciones y especulaciones abstractas, pues la conversación familiar está más proporcionada a la capacidad que el niño tiene de conocer. Así debe ser la verdadera educación.Ahora bien, si éste es el proceso humano de cualquier niño, a fortiori también lo fue del Dr. Plinio. ¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes? Por ejemplo, ¿de dónde bebió para tener la fe robusta y esa convicción sobre la infalibilidad e inmortalidad de la Iglesia?
Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión

Plinio en el día de su Primera Comunión

¿Cómo fue aprendiendo? ¿Estudiando o buscando en los libros la definición de las virtudes?

Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia. En este «libro» aprendió lo que es la inocencia y la santidad, la intransigencia, la prudencia y la sabiduría; ¡en su madre comprendió mejor lo que era el Cielo!
«Ella me transmitía lo que había de católico en su alma. […] De manera que yo encontraba consonancias tan profundas con lo que era la gracia que recibía a través de ella con la gracia oriunda de otras fuentes, que se diría que eran dos instrumentos tocando la misma música, encontrándose perfecta y enteramente. Unas veces sentía apetencia por lo que ella podía darme; otras veces era ella, o más bien la gracia por medio de ella, la que me hacía desear lo que la propia gracia me proporcionaría de forma directa. Todo constituía un solo circuito».
Así, el Dr. Plinio percibía toda la consonancia que tenía Doña Lucilia con lo que él recibía a través de la Iglesia, sin intermediarios. La Santa Iglesia y su madre eran como dos instrumentos, podríamos suponer un clavecín y un violín ejecutando la misma armonía en su alma. La madre era, para él, la voz de la gracia, ¡y la voz de la gracia era la voz de la madre!
Con todo, cabe preguntarse: ¿cómo transmitió Doña Lucilia su catolicidad al Dr. Plinio? ¿Le dio unas instrucciones o algunas clases? ¿Le explicó qué significa pertenecer a la Iglesia? ¡No! A semejanza de un vitral sobre el que incide la luz del sol, las gracias se iban sobreponiendo a la naturaleza y penetraban en su modo de ser, acrecentando un nuevo brillo a sus cualidades naturales. Estando cerca de ella y al ver

Fue introducido en las vías del Evangelio y en los magníficos panoramas de la Religión Católica por un ejemplo vivo, presente en casa, delante de sí: Doña Lucilia.

la calma, la tranquilidad y la serenidad con que realizaba las acciones más comunes de la existencia como, por ejemplo, peinarse el cabello, mover las manos o incluso adormecerse en un sillón, la gracia invitaba al pequeño Plinio para aceptar y amar todas las virtudes. Especialmente le llamaba la atención la solemnidad, la compostura, la seriedad… haciéndole exclamar: «¡Qué bonito es ser así! ¡Cómo ella es buena, afable y está dispuesta a ayudar! ¡Con ella lo puedo todo!» Consideremos sus propias palabras: «Yo eminentemente aprendí con ella. ¿Cómo? Era una mirada, una inflexión de voz, una caricia… Por ejemplo, el estar sentado cerca de ella. ¡Me acuerdo con enormes saudades de sus manos! Me quedaba mirando sus manos y, confusamente, porque era un niño, pensaba: “¡Qué alma! ¡Qué corazón!”»
«En última instancia, ¿qué veía en ella? Era una unión de cualidades, que evidentemente no son antitéticas porque no hay una antítesis entre una cualidad y otra, pero que son casi paradójicas. Es decir, sin oposición, pero formando algo parecido a una contradicción debido a una ilusión de la vista. Ante todo, ¿qué era entonces lo que veía en ella? Era una gran elevación de alma, de manera que su espíritu no sólo se reportaba muy fácilmente a las regiones más altas, sino que vivía en esas regiones. Al mismo tiempo, era lo contrario de una soñadora, de una pura teórica o de una persona que vive enredada en preocupaciones sin base en la realidad. Ella estaba por entero dentro de su simple realidad: cuidando de todo, arreglándolo todo, haciéndolo todo, amando esta realidad concreta y participando de la vida con intensidad, aunque el espíritu estuviese en esa región más alta. Esto no se daba con una dilaceración artificial e incómoda, sino mediante una especie de ubicuidad cómoda que la llevaba a habitar enteramente a gusto y por completo en los dos planos, conociendo al mismo tiempo todas las correlaciones que hay entre ellos».

 

Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia…

Innúmeras fueron las ocasiones en que el Dr. Plinio explicitó el gran papel de Doña Lucilia en cuanto símbolo de la Iglesia, para la formación de su sentido católico. Cuando tomó contacto con la Iglesia, no tuvo ninguna sorpresa, puesto que mucho de ella, de lo sobrenatural y de la misma Santísima Virgen, ya lo había conocido en el alma de la madre.
Vayamos una vez más, a los recuerdos del Dr. Plinio: «Cuando comencé a abrir los ojos para la Iglesia Católica, veía innúmeras veces, afinidades entre el alma de mamá y el espíritu de la Iglesia, de manera que pude comprender muchas cosas de la Iglesia por conocer a mamá. Y después, naturalmente, iba a ver si la Iglesia pensaba así, porque pronto se hizo claro para mi espíritu que mamá no era el padrón de la verdad, sino la Iglesia. Muchas veces, ciertos puntos de la doctrina de la Iglesia los entendía más fácilmente porque los interpretaba a la luz de lo que veía en ella, de lo que aprendía de ella… ¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe!».
«Recuerdo el momento en que leí por primera vez la expresión “Santa Madre Iglesia”. Me quedé conmovido y pensé: “¡Es verdad! Tengo una madre muy buena pero la Iglesia es más Madre mía que ella”. Y así será hasta el fin de mi vida, si Dios quiere. En cierto momento, comencé a darme cuenta de qué manera mamá era un magnífico ejemplo de cómo alguien puede ser conforme a la Santa Iglesia. Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia».

¡Ella fue para mí una intérprete incomparable de la Iglesia! ¡Ella era, a mi ver, la madre ideal y me preparó de un modo eximio para recibir esta Fe! Ella fue para mí como una prefiguración de la Iglesia…

Plinio, por el discernimiento de los espíritus, al analizar a Doña Lucilia percibía que había entre ella y la Santa Iglesia una perfecta armonía, constituyendo para él una sola gracia y llevándolo a establecer una relación inmediata entre ambas: por un lado, veía en ella el espíritu de la Santa Iglesia; por otro, la veía dentro del espíritu de la Santa Iglesia. Todo lo que había de bueno en el alma de su madre tenía origen en la Iglesia, y la gracia que notaba en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús parecía concentrarse en el alma de Doña Lucilia. Entonces, era una sola línea: Iglesia-Doña Lucilia, Doña Lucilia-Iglesia, hasta el nacimiento en su alma de la devoción a Nuestra Señora, que también pasó a coronar este circuito de reversibilidades.
«Nunca habría conocido enteramente la Iglesia si no hubiese visto este modelo materno. Doy gracias a la Santísima Virgen por haberme dado esta madre, cuyo gran mérito fue haber encaminado mi alma hacia otra Madre: la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana. El alma de esta otra Madre, que es la Santa Iglesia, tiene un trono para una tercera Madre: María Santísima. A través de una, caminé hacia las otras. Esta
triple maternidad, una físico-espiritual y dos espirituales y sobrenaturales, alienta mi ánimo y mi piedad».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 152 ss.