Nuevo hogar, nueva separación

cap12_010Una visita al apartamento de doña Lucilia Al amanecer encontraremos los rayos solares penetrando suavemente a través de las discretas penumbras del cuarto de doña Lucilia. Los dos oratorios —del Sagrado Corazón de Jesús y de la Inmaculada Concepción— que presiden el ambiente, son como los dos extremos de un arco iris imaginario que reluce sobre su cama. Desde allí, ora contemplaba ella los Sagrados Corazones de Jesús y María a través de las imágenes de su devoción, ora consideraba con elevación de alma los

cap12_015aspectos evocativos de algunos objetos: un pequeño reloj de alabastro, bronce y esmalte, regalo de don João Paulo; una elegante jarra y un juego de tocador de plata; o un gracioso bibelot de porcelana que representa un zorro, además de pequeños portarretratos de familia.

cap12_014Saliendo del cuarto de doña Lucilia, la primera puerta a la izquierda, en el pasillo, nos conduce a una sala de estar reservada por el Dr. Plinio para sus padres. En la misma, podrían rememorar juntos el pasado y considerar la esperanza de la eternidad. La siguiente puerta da acceso a la habitación del invencible batallador. Allí, delante de una pequeña imagen del Inmaculado Corazón de María, doña Lucilia rezaba durante el día, y más especialmente durante las largas ausencias del Dr. Plinio, implorando a María Santísima que le amparase.

cap12_017Atentos y encantados continuamos el recorrido y, en cierto momento, nos detenemos al oír las melódicas y suaves campanadas de un reloj, que simbolizan bien aquel apacible ambiente. Atraídos, entramos en un escritorio de atmósfera acogedora y bañado por una discreta luz. La digna y sobria mecedora nos hace recordar las innumerables horas en que doña Lucilia, haciendo crochet o dedicándose a sus oraciones, marcaba con su presencia ese lugar. A su lado solía trabajar, en un sofá de cuero rojo, su intrépido filhão, en armónico contraste con la dulzura luminosa de su madre.
En esta sala, doña Lucilia, sentada frente al escritorio de su hijo, hacía las cuentas de su administración doméstica, las pequeñas listas de las compras diarias, o anotaba las instrucciones y órdenes que daría a las empleadas. Cuando quería reservar algún dinero para una finalidad futura, apuntaba el destino en una pequeña hoja de papel y la enrollaba cuidadosamente, guardándola posteriormente en una gaveta, donde se iban juntando, en perfecto orden, los diferentes rollitos.

Recogimiento, distinción y armonía

cap12_024A la salida del escritorio podemos contemplar el sol que, al comienzo de la tarde, penetra caudaloso en la sala más noble de la casa. Allí, una bonita imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en alabastro blanco, domina el distinguido ambiente. Del azul profundo del terciopelo del sofá y los sillones, así como de la variada gama de azules de una alfombra persa, obtuvo su nombre este solemne y acogedor lugar: Salón Azul.

cap12_023Elegante y simple, el escritorio de caoba que doña Lucilia había comprado en París nos trae a la memoria sus elocuentes cartas. Sobre ese mueble, dos exóticos negritos de porcelana, lindamente ataviados según el gusto veneciano del siglo XVIII, sostienen cada cual la pantalla de una lámpara, proporcionando una agradable y acogedora iluminación. Al otro lado del salón, debajo de un gran espejo, hay una consola dorada, cubierta por un mármol crema.. Sobre éste vemos un bonito jarrón rosado, con el que se encantaba el Dr. Plinio ya en su niñez.cap12_030
Otros objetos, como un grabado de la Duquesa de Nemours, madre del Conde d’Eu, o un gracioso bibelot de una niña china y una de las lámparas de bronce rescatadas por doña Lucilia después del regreso de Europa, hacen resaltar la distincióndel lugar.
Junto al Salón Azul, casi como prolongación de éste, pero formando otro ambiente, se encuentra la Salita Rosa. Los mismos rayos de luz que acentuaban la nobleza y seriedad del Salón Azul, parecen transformarse ahora en sonrisa e intimidad, cuando inciden sobre el rosado de la alfombra o el damasco del sofá. La nota ceremoniosa, nunca ajena a la familia, la da especialmente el cuadro de la gran matriarca, doña Gabriela, así como también el evocativo jarrón que había estado entre los muebles del Palacio Imperial.

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…la Salita Rosa

cap12_044Al atardecer, los últimos rayos de sol se posan sobre la platería del comedor, tras lo cual lentamente ceden lugar a las penumbras de la noche. Si algún invitado ilustre es esperado, la gala reluce en los cristales, platas y porcelanas. Después de atravesar el vestíbulo, transponemos la puerta de salida llevándonos el recuerdo de la tranquila, digna y distinguida atmósfera que dejamos, frontalmente opuesta a la agitación y vulgaridad de la calle…

En el ambiente ideal, el ama de casa perfecta

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Sobre ese mueble, dos exóticos negritos…

El gobierno del hogar quedaba a cargo de doña Lucilia, a quien el Dr. Plinio consideraba de hecho la señora de la casa. Muchas veces, conversando con ella, le decía afectuosamente que si no fuese por sus obligaciones sociales, ordenaría que se respondiese al teléfono diciendo: “Casa de doña Lucilia Corrêa de Oliveira”.
Doña Lucilia, a pesar de su avanzada edad, continuaba ejerciendo de modo eximio las funciones de ama de casa, dirigiendo directamente los trabajos cotidianos.
Mantenía el apartamento en un orden impecable —sin nada de rígido—, en el cual transparecían los hermosos reflejos de su alma.
Entre sus primeras preocupaciones figuraba siempre el menú del Dr. Plinio. Doña Lucilia tenía una manera peculiar, mejor diríamos sapiencial, de llevar a cabo los pequeños quehaceres domésticos. Hoy día es corriente encontrar personas que se dejan absorber intensamente por sus ocupaciones. Como no desean de ninguna manera ser interrumpidas, no raras veces reaccionan con acidez para alejar a quien las perturbe. Doña Lucilia era diferente. Por mucho que una tarea exigiese atención, nunca dejaba que ésta la absorbiese hasta el punto de perder el aliento y, sobre todo, la serenidad. Si alguien la interrumpía, no perdía la calma. Según el caso, se limitaba a decir: “Ahora no puedo parar, espere un poquito…”, como quien invita al interlocutor a quedarse allí unos instantes, a su lado. Era un modo especial de actuar, con una dulzura difícil de describir.

Una vez más a Europa

Poco tiempo después de la mudanza, mientras doña Lucilia aún dirigía los últimos retoques de la decoración del apartamento, fue sorprendida por un nuevo hiato en la convivencia con el Dr. Plinio. Como consuelo le quedaba el nuevo y acogedor hogar tan cariñosamente preparado por su hijo. Así, ya desde el comienzo aquellas benditas paredes serían marcadas por la resignación de doña Lucilia.
En la anterior estadía en Europa, el Dr. Plinio había logrado contactos prometedores de los cuales se podían esperar buenos frutos para la causa católica. Por eso juzgó necesario estrechar los lazos establecidos en 1950 y tratar de ampliarlos aún más. De igual forma que en el viaje anterior, al Dr. Plinio le pareció mejor no decirle nada a su madre. Don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos sólo le darían la noticia cuando, desde París, él así lo solicitase.
El “destino” del Dr. Plinio sería, en esta ocasión, São Lourenço, en Minas Gerais, donde pasaría una temporada de reposo. Hijo cariñoso, dejó listas cuatro afectuosas cartas que serían entregadas a su madre, como si hubiesen sido enviadas desde aquel lugar.

Cartas “desde São Lourenço”

cap12_002¿Habrá notado doña Lucilia que el Dr. Plinio había sido más efusivo en sus manifestaciones de amor filial al despedirse de ella en aquella fría mañana de junio? No lo sabemos. De cualquier manera, su maternal corazón le acompañó paso a paso con sus bendiciones, desde el momento en que, yendo con él hasta la salida del apartamento, le vio entrar en el ascensor. El ruido de la puerta que se cerraba marcaba una nueva separación. Con la mirada puesta en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ella se entregó con dedicación a las oraciones por el éxito del viaje, confiando al Divino Redentor sus temores, pues… una vez más su corazón le decía que tal vez el Dr. Plinio estuviese viajando mucho más lejos de lo que había dicho. Días más tarde, habiendo doña Rosée recibido un telegrama en el cual el Dr. Plinio le anunciaba que había llegado bien a París, a pesar de haber tenido un retraso en Dakar, quiso dar inmediatamente la buena nueva a su madre. Poco después, don João Paulo entregó a doña Lucilia las cartas que su hijo había dejado para ella. La lectura de las cartas del “filhão querido” le alivió un poco el pesar intenso de su corazón, pues le hacían recordar la felicidad que le invadía el alma durante las conversaciones con él:

Luzinha querida,
Me ha gustado mucho este lugar, en el cual trato de descansar lo más posible, y obtener el mayor provecho para mi salud. Estoy convencido de que São Lourenço tiene aguas excelentes para mí. Me entiendo muy bien con ellas.
Siento mucha falta, claro, de mi Lú querida, lamentando no haber podido traerla en el bolsillo… como la llevo en el corazón.
Dígame cómo están las cosas: o sea, si Lú ha tratado de acostarse temprano, dormir bastante, llevar una vida tranquila, e ir a algún cine. Cuénteme también cómo va nuestra deliciosa casa, y cómo van los que la visitan.
No necesito decirle que quiero, especialmente, noticias de Papá, Rosée, Maria Alice.
Con mil besos, le pide la bendición el hijo que la respeta y quiere tanto cuanto se puede querer a alguien.
Plinio

Las expresivas manifestaciones de afecto que el Dr. Plinio utilizaba en sus cartas reconfortaban, en gran medida, a doña Lucilia de la privación de su presencia y, si no podían “estar juntos y mirarse”, quedaba por escrito el “quererse bien”.

cropped-sdl-9.jpgManguinha de lo más profundo de mi corazón
¿Cómo sigue usted? Estoy con inmensas saudades de usted y con muchos deseos de regresar pronto junto a la “falda de la madre”.
¿Y cómo está Papá? ¿Qué me cuenta de Rosée, Maria Alice, Adolphinho, toda la familia? Y la vidita de Lú, ¿cómo va? ¿Es sensata? ¿con horarios? ¿Duerme mucho?
Por aquí, sigo aprovechando todas las ocasiones para recuperarme de los cansancios de São Paulo. El clima es óptimo, la alimentación también, en fin, está todo a mi gusto, o por lo menos estaría si Lú estuviese a mi lado.
Envíeme siempre noticias suyas. Quiero saber de todo, inclusive de los sueños, pesadillas, incidentes de la calle, etc. En fin, todo lo que se relaciona con mi marquesa me interesa.
Mil besos, amor mío. Rece por mí. Del hijo que le pide la bendición, y que seguramente la quiere MUCHO MÁS de lo que usted le quiere.
Plinio

¿Dos cartas no serían suficientes para agotar lo que el amor filial tendría para decir a una madre? Quizás, pero tratándose de doña Lucilia, su benevolencia inspiraba palabras siempre nuevas de cariño y retribución.

Mãezinha, mi amor,
Por aquí, todo sigue normalmente, como no podía dejar de ser.
Lo único que no está normal es que tengo unas enormes saudades de mi Lú, con ganas de mandar un paracaidista para raptarla y traerla para aquí. ¡Para algo, como usted ve, los métodos drásticos de los alemanes dan resultado! ¿Papá está bien? ¿Y nuestro “palacio”? ¿Todo está en orden? ¿El ascensor no se ha atascado? ¿Ha habido bastante agua caliente para los baños de la Marquesa? No estoy familiarizado con esta pobre máquina de escribir y, por eso, cometo toda clase de errores. Sin embargo, es una ayuda para mi pereza de escribir a mano.
Mil besos, querida mía. Juicio, juicio, mucha agua de Prata, dormir bien, distracciones, mucha oración: es mi programa para la querida Lú. No imagina cuántas saudades tengo de mi Manguinha.
Le envía un millón de besos y pide su bendición el hijo que la quiere y la respeta inmensísimamente.

Y, por fin, la última de las supuestas cartas enviadas desde São Lourenço venía a coronar con especial cariño las atenciones que el Dr. Plinio, como afectuosísimo hijo, había tenido antes de viajar:

Lú, flor de mi corazón,
Va pasando el tiempo y yo cada vez con más saudades de usted Por mi parte, sigo muy bien. ¿Y usted? ¿Qué me cuenta de Papá, Rosée, Maria Alice? ¿Sus hermanas la han visitado frecuentemente? ¿Adolphinho también? Tengo el plan de traerla aquí la próxima vez que venga.
Dígame detalladamente cómo se encuentra, qué ha hecho, pensado, sentido, soñado: quiero saberlo todo, punto por punto. Si hubiese tenido una pesadilla complicada, donde entre un folletín entero, cuéntemelo también.
Mil abrazos y besos. Pide su bendición el hijo que la quiere cada vez más y más
Plinio

¡Cómo me parece largo, largo, este mes de mayo!

Al volver de Alemania, de paso por París, el Dr. Plinio escribe unas rápidas líneas, el 11 de mayo, día de la Ascensión. Sin embargo, la carta sólo llega a São Paulo alrededor del día 24.
Al enterarse del paso de su hijo por Colonia, doña Lucilia debe haber recordado aquellos lejanos días en que con él, niño, había visitado la “capital católica” de Alemania:

Valle del Rin

Valle del Rin

París, Ascensión, 1950.
Luzinha querida de mi corazón.
Ahí va una inmensa cantidad de garabatos —la mayoría destinada ¡hélas! a [otra persona] — para que usted mate las saudades. Tuve necesidad de hacer una rápida inmersión en Alemania, de la cual he regresado archicansado. En el Rin y en Colonia me acordé mucho de que ya la visitamos juntos. ¿Por qué nadie de ahí —ni usted— me escribe? (…) Puede ir comprando el feijão bien negro, mi amor: dentro de dos días iremos a Lourdes, si Dios quiere, y, de allí, a Roma. En fin, se aproxima el día en que estaré en los brazos de Lú! París es algo indecible. No puedo decirle cuánto me gusta.
Gracias a Dios, mis asuntos van bien. Mande esta carta a Rosée, a quien le escribí hace días. Desde Roma le escribiré. Muchos recuerdos a las tías, a Tío Néstor, a toda la familia (…); y a mi pueblo del 6º piso. Para usted, mi bien, millones de besos saudosísimos, todo el cariño y todo el respeto de su Pimbinchen… de 41 años!

Como los granos de un reloj de arena, cada día del mes de mayo va pasando lentamente en el calendario materno. Junio, con la perspectiva del regreso del Dr. Plinio, tal vez pase más de prisa. Por el momento se suceden las cartas portadoras de algo de su presencia, aliviando un poco al menos la pena de la separación. La del 24 de mayo, la responde al día siguiente, enviándole muchas y variadas noticias, a las cuales se mezclan las aprensiones del momento. En aquellos días, la llamada “guerra fría” llenaba con sus fragores las páginas de los diarios. Se hablaba frecuentemente de una posible invasión de Europa Occidental por las tropas rusas y la consecuente implantación del comunismo en los territorios ocupados, así como había ocurrido en los desgraciados países de la parte oriental del Viejo Continente. Teniendo en mente esa posibilidad, dice doña Lucilia en su carta que la Europa “que venga después del Año Santo no será para desear ser vista”, a menos que “nuestra religión católica” sea victoriosa en la lucha contra los rusos invasores. Se nota, por sus palabras, cómo para ella el asunto comunismo-anticomunismo era una guerra religiosa, en la que estaban en juego los más altos intereses de la Santa Iglesia.

Notre Dame de Paris

                                                              Notre Dame de Paris

S. Paulo 25-V-50
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Me has dado a entender que has recibido pocas cartas mías! (…) Debes tener cartas mías en Madrid, algunas en el consulado de Lisboa y otras (…) en el Colegio Pío Latino. ¡Pensar que yo haya podido escribirte poco! ¡Mandé también dos al hotel Regina!

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¿Adolphinho ha recibido mi carta? ¿Será posible que hayáis ido a Baviera sin ir a Munich? “München wie schon!” (¡Qué bonita es Munich!), decían los alemanes otrora y ¿cómo estará hoy? ¿Habéis visto a Teresa Neumann? (Mística alemana, entonces de gran renombre). Escribidme en seguida desde Roma, ¡sobre todo después de que hayas visto al Papa! Es muy natural que en Italia ya te sientas (con pesar) cercano del regreso, pero, hijo mío, no te entristezcas, no… Acuérdate, y demos gracias a Dios, de que este poco tiempo, para mi tan largo, ha sido suficiente para darte “un aperçu” (Una visión de conjunto) de lo que fue la Europa antigua, de la [ Edad] Media. Y, la que venga después del Año Santo,… no será para desear ser vista, y podrás, entonces, de un modo u otro, verla más tranquilamente y a gusto, principalmente, si por la misericordia de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen, fuesen disipados los malos presagios, y nuestra religión católica, saliese victoriosa.
Me ha gustado mucho la postal con la imagen de Ntra. Sra. de Fátima. ¿Cuándo recibiré una de Lourdes? Este es el mes de María y estoy con la imagen adornada de flores y una vela que, como bien sabes, arreglo en mi cuarto. Y más que nunca, persevero en las letanías y en mi “rosario de coquito” (
Coquito: En Brasil se llama coquinho (se pronuncia coquiño) a un pequeño fruto redondo que dan algunas palmeras, con cuya semilla es frecuente hacer rosarios ),con el que rezo siempre por mi hijo tan querido, hoy tan distante. ¡Cómo me parece largo, largo, este mes de mayo!… en el de junio,si Dios quiere, ya comienzo a esperarte. Quince de junio, me has dicho; ¿no es verdad? Rosée me ha escrito constantemente y pretende llegar el día 29 ó 30. Estoy ansiosa de que lleguen. Tus tías aún no han recibido cartas tuyas. Bien, querido mío, la charla es agradable pero me siento muy cansada, por eso termino. Y para ti, filhão, sólo el corazón lleno de saudades de tu madre extremosa y sus bendiciones,
Lucilia

Los días seguían transcurriendo con lentitud, ora mayor ora menor. Ya próximo el fin de mayo, una auspiciosa postal enviada desde la Ciudad Eterna, que desgraciadamente se había extraviado, interrumpe el silencio epistolar de dos semanas y anuncia que el viaje se acerca a su término.

Continúa el viaje…

Nuestra Señera de Begoña

Nuestra Señera de Begoña

Doña Lucilia vuelve a insistirle a su hijo, en esta carta, que mande celebrar una Misa en la iglesia de Nuestra Señora de Begoña, en Bilbao, por las intenciones de doña Rosée. Hacía esta petición con frecuencia por ver en una foto de la imagen una acentuada semejanza fisonómica con su hija (El Dr. Plinio pidió a un obispo conocido, que fue a España a fines de aquel año, que celebrase allí la Misa encomendada por doña Lucilia. Éste no sólo lo hizo, sino también le envió postales del santuario). De ahí su especial devoción a esa invocación de la Santísima Virgen.
El día 3 de mayo, uno de los amigos del Dr. Plinio residente en São Paulo partía para París. Si bien llevaba la carta escrita pocos días antes por doña Lucilia, las saudades que ésta tenía le hicieron escribir otra a última hora. En esas líneas se ve de nuevo cómo lo que más deseaba para su hijo era el crecimiento en gracia, y el empeño con que se lo pedía a Dios.
No pierde oportunidad para dar pequeños consejos a su “corpulentísimo expimbinchen”. En aquella época, como secuela de la guerra, Europa aún se debatía en graves crisis. Por eso no estaban a disposición del público, con la abundancia deseada, ciertos alimentos básicos. Llegó a los oídos de doña Lucilia que su hijo había reclamado, en restaurantes, a ese respecto y ella decidió recomendarle que, en el país de los ímpetus heroicos, suavizase los suyos.
Termina la misiva con otra tocante muestra de cuánto la virtud de la gratitud es sólida en su alma:

sdlS. Paulo, 3-5-1950
¡Hijo mío tan querido!
¡Cuántas saudades! ¡Cuántas saudades! (…) Permita Dios que te encuentres muy bien de salud y de espíritu, cada vez (…) más entusiasmado, curioso y lleno de fe, gracias, que, como buen hijo, tanto mereces. Di a tus queridos compañeros y amigos que hago extensivos todos estos votos para ellos.
Hoy a las ocho y media, he ido al Sagrado Corazón de Jesús, donde he comulgado y he asistido a una Misa que había encargado por tu felicidad, y por tus empresas.
Por una carta de Adolphinho, Yayá ha sabido que has creado por ahí algunos “pequeños incidentes”, por la falta de azúcar y mantequilla. Mejor que nadie comprendo el sacrificio que para ti eso representa, pero es necesario que tengas mucha paciencia y prudencia, a fin de evitar algo de irremediable o desagradable para ti y para tus amigos.
Pienso que, “una vez, al menos, para conocer” deberíais ir a los teatros de la “Opera”, “Comédie Française” y al “Odeon”. (…)
Almorcé ayer en casa de Zilí y hoy, debemos cenar todos en casa de Yayá.
Rosée ha escrito siempre y añora a los suyos y a los de la casa, pero Antonio está quedándose tanto en la finca que pienso sólo volverán a principios de junio.
Escríbeme siempre ¿De acuerdo? (…) Saluda de mi parte al “grupo”.
Me olvidaba de hablarte de José Gustavo. Yayá y Dora me han hecho notar la falta que hace en el salón del “sexto”, un buen retrato (más grande) de José Gustavo, en lo que concuerdo plenamente. Acordaos y contentaos con las dádivas de São Sebastião y el buen alquiler del sexto que hizo Antoni, y cuánto le sería grato ver allí un buen retrato de su hijo! (Se refiere a José Gustavo de Souza Queiroz, fallecido hacía poco, quien, por testamento, otorgó parte de sus propiedades a sus compañeros de lucha por la causa católica doña Lucilia desea que no se olviden de él ni de su generoso gesto). Concuerda conmigo; ¿sí? ¡Te lo pido!
Terminando, te pido también oraciones en Fátima, Lourdes y Sta. Catalina (Doña Lucilia se refiere a la capilla de la Medalla Milagrosa, donde Nuestra Señora se le apareció a Santa Catalina Labouré).
¡Saudosa, te abrazo y beso mucho y mucho! Te bendice, tu madre extremosa,
Lucilia

Antes de ir a Portugal, en donde pasaría por Fátima para rezar por doña Lucilia, el Dr. Plinio tuvo la feliz oportunidad de visitar la maravillosa Sevilla.

“Quien no vio Sevilla no vio maravilla”

Incontables aspectos atraerían la atención del Dr. Plinio en la pintoresca ciudad.
Después de un día de visitas, a la noche mientras escribía a doña Lucilia, todas las impresiones le volvieron a la memoria. Decidió entonces contarle a su madre, resumidamente, algunas de ellas. Lo mejor, lo dejó para cuando volviese a São Paulo.

cap11_013Sevilla, 26-IV-1950
Mãezinha querida del corazón,
Querido Papá,
Les escribo desde uno de los lugares más bonitos del mundo. (…) ¡He tenido que despertarme a las 6! El avión Madrid-Sevilla debía despegar a las 8 del aeropuerto de Barajas. Pero esa gente (…) exige la presencia de los pasajeros mucho antes del embarque. Al final, embarcamos malhumorados y aquí llegamos; yo dormité durante casi todo el viaje.
Mal aterrizamos, me llamó la atención el jardincito del aeropuerto: flores como nunca vi en tamaño, color, perfume. Son muy bonitas. Pensé en seguida en mamá y en el placer que tendría en ofrecerle unas rosas de aquí. Después, verificamos por los campos que median entre el aeropuerto y la ciudad, que aquí los prados son abundantemente floridos.
Es primavera. Es necesario haber visto una primavera sevillana para quien quiera hablar de asuntos de la naturaleza. Llegamos al hotel Alfonso XIII. Es una inmensa construcción

Hotel Alfonso XIII

                                    Hotel Alfonso XIII

de 1910, más o menos, en estilo regional: estructura mora y decoración en estilo Renacimiento. El lujo es grande. Visité la suite destinada a los Reyes, decorada con una corona real. Uno de sus huéspedes mas recientes fue el Rey Carol (Carol II, Rey de Rumanía, de 1930-1940). Pero, más que lujosa, es de buen gusto. Estoy escribiendo junto al patio interior, que es indescriptible. (…) Comulgamos aquí, en la Catedral gótica: parece un cuento de hadas.
Tiene de alto unos 30 metros, de largo unos 100 y de ancho unos 60.
El bosque de columnas es admirable. Corresponde a todo cuanto se podría desear. Es de llenar el alma. Me gustaría ir a Granada, que no está muy distante, pero no podremos hacerlo por falta de tiempo.
Debemos estar en Madrid el miércoles, yendo acto seguido a Lisboa… ¡donde espero encontrar correspondencia en cantidad! (…)
Para usted, mamá, mi amor querido, millones y millones de besos.
Para Papá, muchos abrazos llenos de saudades. A ambos les pido la
bendición.
Plinio

P.S.: Mamá, ¿recibió usted mi telegrama de Barcelona por el día 22?
Muestre esta carta a los del 6º piso.

cap11_017

Comulgamos aquí, en la Catedral gótica: parece un cuento de hadas. Tiene de alto unos 30 metros, de largo unos 100 y de ancho unos 60

Poco después de terminar la lectura de estas líneas, doña Lucilia, agradecida, redacta una respuesta a su tan amado hijo, en la cual vemos, una vez más, la resignación con que generosamente ofrece el sacrificio que le pide la Providencia en aras de los intereses de la causa católica y del propio Dr. Plinio:

São Paulo, 6-V-950
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso gusto recibí tu carta de Sevilla y estoy ansiosa por recibir otras desde Fátima, Lourdes y París, y más tarde, desde Roma, del Vaticano, del Santo Padre y en fin, ¡la de tu regreso! Hijo mío, tengo un inmenso gusto en verte hacer este viaje, tan necesario bajo todos los aspectos y en tan buenas condiciones y excelente compañía de tan buenos y dedicados amigos, y, por todo eso, doy infinitas gracias a Dios y a María Santísima, que os acompañará todo el tiempo. Y por eso, querido, no des atención a unos pequeños gemidos, que parten apenas de las saudades, en los que no debemos prestar atención. (…)
No he ido todavía al mes de María, porque ha llovido y refrescado mucho, pero, como sabes, tengo en el cuarto la imagen llena de flores. Delante de ella rezo el rosario y la letanía y otras oraciones, por las bendiciones y felicidades de mi hijo querido, de sus amigos, de mi hija, nieta, por Antonio… etc.
A ver si les escribes a tus tías; ¿sí? Me darías con eso un gran gusto.
Yayá almorzó hoy aquí; está bien y va a organizar un juego de bridge en su casa hoy por la noche.
¿Basta de conversación? Termino enviándote junto con mis bendiciones muchos y muchos besos y abrazos. ¡¡¡El sofá de jacarandá también tiene unas saudades…!!!
Un abrazo más y otro beso de tu madre extremosa,
Lucilia

¡Cuántas saudades… Dios mío!

Termina la cena en casa de los Corrêa de Oliveira, en la calle Vieira de Carvalho.
El matrimonio se levanta, reza las oraciones finales de la comida, y el marido se dirige a su cuarto a fin de rehacerse del cansancio del trabajo, mientras doña Lucilia se entrega a la oración a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
Después de rezar por todas sus intenciones, en especial por su hijo tan querido, besa las manos, las rodillas y los pies del Sagrado Corazón de Jesús. Finalmente, una última mirada amorosa a la figura de Aquel que es la Bondad en persona. Lentamente se aparta, se sienta en un sofá cercano, y con el pensamiento recorre las vías de su maternal corazón:
“Bien, mañana un portador va a encontrarse con mi Pimbinchen. ¡Ay! ¡qué pena que no sea yo! ¡Cuánto me gustaría hacer este viaje para poder verlo! La única forma de entrar en contacto con él es escribirle una carta”.
Se levanta, abre el escritorio, enciende la luz y, con delicada letra, casi dibujada, transpone a una hoja de papel la expresión de sus cariños y saudades.

¡Hijo tan querido!
cap12_001Ignoro aún si has recibido ya mi primera carta, pues las tuyas nada dicen a este respecto; en cuanto a la segunda, escrita el veintitrés, sigue con ésta, porque pensábamos que sería más rápido y seguro enviarla en manos de [un portador amigo] que ha sido obligado a retrasar el viaje. Así que van ahora dos. Recibí anteayer una del día veintiuno y estoy ansiosa de oír tus impresiones y descripciones de España y de nuestro Portugal, que no conozco, así como de todas las otras cosas que te quedan por ver. Nada me dices de tu salud. ¿No estarás, movido por la curiosidad, abusando de tus fuerzas? Por el amor a Dios, no hagas imprudencias de gourmands e gourmets (Los golosos y aquellos que saben apreciar la buena mesa), y no te muevas excesivamente, cosa que no te ha permitido hasta aquí tu género de vida. (…)
En cuanto a las noticias que me pides del sexto piso, mejor las tendrás [por el mismo portador, nuestro amigo].
Rosée y Maria Alice han escrito, preguntando siempre por ti. En cuanto a ellas, parece que nada hay de nuevo. Lo único que dicen es que, cuanto más conocen Buenos Aires, más lo aprecian. Han salido bastante con Ernestina P. Alves e hija. Antonio ha vendido bien el café y está en la finca de donde pretende volver hacia el diez y seguir viaje después a Argentina.
¿Te has acordado de mandar celebrar la Misa en Ntra. Sra. de Begoña como te pedí? La que he mandado celebrar en tu intención el día tres de éste, en el Sagrado Corazón de Jesús, será oída con mi máxima fe y amor; y también comulgaré, pidiendo a Dios que te bendiga, te haga siempre un verdadero católico, recto, bueno y justo, para su mayor gloria y, como siempre, el mejor y más querido de los hijos, por quien doy, incluso, los pocos días que me quedan. Es muy probable que cuando vayas a Versalles, te acuerdes de las estuatas blancas; En el Trianón, de los carruajes reales, y paseando “a pie” por la avenida de los Campos Elíseos, en el “Rond Point”, te acuerdes de los pequeños teatros de marionetas ¡Cuántas saudades… Dios mío!

A esta altura —se nota por la exposición de las ideas— doña Lucilia no resiste, abandona la pluma sobre el tintero, y se ve obligada a hacer uso del pañuelo para recoger algunas lágrimas que le corren por las mejillas. Probablemente se vuelve hacia la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y, con los ojos fijos en esa fina y piadosa representación de nuestro Redentor, pide una vez más por el filhão querido”…
Después de haber dominado su nostalgia, continúa:

Es bueno que tengas un buen y pequeño mapa de la ciudad, fácil de ser manejado, lo que te facilitará los paseos. Por lo demás, nada te recomiendo, pues sabrás mejor que yo lo que debes hacer.
Escríbeme siempre; ¿sí? No te olvides de mí en Nuestra Señora de Lourdes; ¿sí? ¿Cómo están tus amigos? ¿También les está gustando mucho? Dales a todos saludos de mi parte.
Con muchas saudades, te bendice, te abraza y te besa mucho, tu madre extremosa,
Lucilia

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Noticias desde España

El Escorial

                                                                    El Escorial

Finalmente, hacia el 25 de abril, doña Lucilia recibió la primera carta de su hijo con las tan ansiadas noticias e impresiones de viaje.
Estaba seguramente deseosa de saber cuál era la reacción del Dr. Plinio en las tierras del Cid Campeador. No obstante, siendo el pueblo español de psicología tan diferente de la del brasileño, preveía que su hijo podía sentir no pequeña extrañeza. Por eso le previene, en la carta anterior, para que no se dejase llevar por las primeras impresiones, las cuales “generalmente no son favorables” y que procurase ambientarse en seguida y, de ese modo, sacar todo el provecho del viaje.
Debido a la formación recibida de doña Lucilia, desde el principio el Dr. Plinio apreció, sobre todo, la catolicidad militante de ese heroico pueblo, que había emprendido, hacía poco tiempo, victoriosa lucha contra el comunismo. Era esa virtuosa combatividad la nota más sobresaliente en los hermosos monumentos que visitó en compañía de sus cultos y vivaces amigos españoles, empeñados en el simpático afán de hacerle conocer las principales maravillas del país.

Madrid, 18-IV-50
Mãezinha querida de mi corazón y querido Papá
Les escribo después de tres días de intensos viajes, o sea, 24 horas de avión, un día de visitas en Madrid y un día en El Escorial. Lo hago con enormes saudades. Es media noche, hora de una última conversación en el Fasano con mi gente del 6º piso y pocos minutos antes de mi conversación tête-à-tête (En francés, “cara a cara”) con Lú…. ¡Cómo me gustaría tenerlos a todos aquí junto a mí!
El viaje aéreo fue bueno. Espero que hayan recibido el telegrama que le mandé a Tía Zilí desde el propio aeropuerto, el día de mi llegada. Hacia las 24 hs. hicimos escala en Recife, aeropuerto bien arreglado pero con un calor tremendo. Se veía bien la ciudad con todos sus contornos, gracias a la iluminación. Es bastante grande. Dormimos pasablemente y, al día siguiente, volamos sobre el Sahara, que pudimos ver muy bien y por mucho tiempo. El día aún estaba claro cuando sobrevolamos Gibraltar, viendo bien el fuerte. Llegamos a Madrid entre las 21 y 22 horas. (…)
Nuestro hotel es razonable. Me encontré a la llegada al Cel. Barrera (hijo del Marqués de Valdegamas y Conde de Miraflores) (…) que llevaba dos días esperándome.
[Estaba] con su cuñado Olagüe (historiador prodigiosamente culto e inteligente y que parece muy influyente aquí) (…)
Visité el Prado con ellos (Olagüe es un perfecto conocedor del mismo). Los Murillos, Velázquez, Ticianos, Flamencos, Goyas, pululan por allí. La riqueza del Museo es indescriptible. Sobre la belleza de los cuadros es superfluo decir cualquier cosa. Después fuimos a la casa de Lope de Vega donde Olagüe nos presentó a la Embajadora (notable) de Francia, en cuya compañía la visitamos. Todos los intervalos fueron llenados por los dos Barrera.
Me acosté así más muerto que vivo.

Cama donde murió Felipe II

                   Cama donde murió Felipe II

Hoy por la mañana, ¡Barrera! Después, Olagüe para un paseo al Escorial. Éste, como las otras cosas que he visto aquí, no es descriptible con palabras. Recé ante el sepulcro de Felipe II y la cama en que expiró y la sepultura de Don Juan de Austria. Hay un enorme autógrafo de Santa Teresa y el tintero con que ella escribió. Fue un día entero, horriblemente cansador. Mañana, Toledo. ¡Otro gran, pero compensatorio cansancio, con los Barreras!
Hice ayer una visita al P. Llundain. (…) Mañana, si Dios quiere, continuarán las visitas.
¿Y Lú? ¿Ha dormido bien? ¿Se ha ido a dormir temprano? ¿Ha tenido energía en materia de saudades? (…) ¿Ha bebido mucha agua Prata? ¿Ha tomado muchos taxis? ¿Y Papá? ¿ha tenido mucho trabajo con el despacho? ¿Ha comido mucho coco? (…)
Espero que Tía Yayá esté mejor. Muchos abrazos para ella, Dora y Telémaco.
Muchos besos para Tía Zilí. Ya he probado su excelente estuche. (…) Para los del 6º piso, todos los abrazos posibles.

Sepultura de Don Juan de Austria

                                         Sepultura de Don Juan de Austria

Para Papá, con abrazos muy afectuosos, innumerables saudades.
Y para usted, mi Mãezinha, ¿qué? Todo cuanto puede haber en este
mundo en materia de abrazos, besos, cariños, respeto, saudades, afecto;
y que bendiga a su filhão.
Plinio

En una carta escrita por el Dr. Plinio el día 21, desde Barcelona (Continuación de una de las cartas anteriores), daba noticias del itinerario que seguiría hasta París:

He llegado hoy temprano a Barcelona, donde espero quedarme hasta el lunes. En seguida iré a pasar dos días en Sevilla. Si puedo, iré a Granada, de allí a Lisboa y a Fátima. (…)
Aquí es imposible saber con antelación a qué hoteles uno va a ir en cada ciudad. Así, le pido que me mande noticias a Madrid, a casa de un señor cuya dirección va abajo. Ponga la carta que usted escriba dentro de un sobre dirigido a mí. Ponga este sobre, con una tarjeta suya de saludo, en otro sobre más grande con la dirección que le indico y las cartas me llegarán. Lo mismo puede hacer Tía Yayá. (…) Estoy muy deseoso de noticias suyas y de Papá. Quería tener también noticias sobre Rosée y sus asuntos. (…) Bien, mi amor, mil abrazos, mil besos, mil saudades, todo en fin. Pide su bendición el hijo que la respeta y quiere hasta el máximo.
Plinio

 

Una larga y penosa separación

Por una serie de circunstancias, el Dr. Plinio se vio obligado a marcar un viaje a Europa para mediados de abril, pocos días antes del cumpleaños de su madre, el 22 de ese mismo mes. Sabía bien la aflicción y el dolor que la noticia de su viaje le causaría a doña Lucilia, no solamente por la perspectiva de una larga ausencia, sino también por las diversas preocupaciones que tendría.
En efecto, nacida en el siglo XIX, doña Lucilia conservaba el prisma de su juventud para analizar las demoras y los peligros de una travesía transoceánica. ¡A fortiori tratándose de un viaje en avión! Guardaba vivo el recuerdo del tiempo en que la aeronáutica estaba en sus comienzos y eran comunes los accidentes fatales. E, incluso en 1950, no le servía de consuelo el hecho de haberse hecho habituales y seguros los viajes aéreos intercontinentales.
Entonces, el Dr. Plinio ingenió una pía fraus (Fraude piadoso, o sea, hecho con buena intención). Acordó con don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos, decirle a doña Lucilia que él viajaría a Río de Janeiro, donde solía ir con cierta frecuencia. Así, ella pensaría que se trataba de una corta ausencia. En realidad, solamente iba a estar de paso en Río, pues de allí salían los aviones hacia Europa.
Al llegar a España —primera etapa del viaje— le enviaría a doña Zilí, su tía, un telegrama confirmando la llegada. Ésta podría entonces visitar a doña Lucilia para revelarle toda la verdad. Al mismo tiempo, don João Paulo le entregaría la primera de dos cartas que el Dr. Plinio iba a dejar ya escritas, acompañada de una cesta de flores.
Horas después, el timbre del apartamento sonaría nuevamente: otro ramo de flores, encargado por el Dr. Plinio, sería una nueva manifestación de filial cariño.
El 22 de abril, día del cumpleaños de doña Lucilia, le sería entregada, junto con un ramo de flores, la segunda carta de felicitación, que estaba en poder de don João Paulo. Al menos esas pequeñas atenciones, desbordantes de afecto, la consolarían un poco por la ausencia de su filhão. A su vez, las hermanas y otros parientes de doña Lucilia se comprometieron a
hacerle compañía más asiduamente y a llevarla a pasear para distraerla. Habiendo previsto hasta en sus minucias todos esos detalles, el sábado 15 de abril, por la mañana, el Dr. Plinio fue a despedirse de doña Lucilia, como lo hacía habitualmente antes de viajar.

La despedida

sdlEra costumbre de doña Lucilia permanecer en la cama hasta tarde, pues su frágil salud le exigía mucho reposo. Aprovechaba entonces para rezar largo tiempo. Al despedirse de su madre, frecuentemente el Dr. Plinio la encontraba aún acostada, absorta en su piadosa oración. Dependiendo de la hora, el cuarto estaba a veces iluminado nada más que por una lámpara y con las venecianas cerradas. Sólo después de las diez de la mañana mandaba abrirlas.
Mãezinha —le dijo—, ya es hora de irme.
Filhão… entonces ¿es el momento de separarnos?
El tono interrogativo y cariñoso de aquellas pocas palabras parecía decir suavemente: “Hijo mío, ¿vas a dejar entonces a tu madre?” Para el Dr. Plinio no debía ser fácil resistir tan suave llamado, pero el deber le obligó a responder:
— Mi bien, tengo que ir.
En esos instantes, doña Lucilia dejaba traslucir su cariño más de lo habitual.
Sin perder su carácter afable, la despedida se revestía siempre de ciertas formalidades, muy al estilo de los Ribeiro dos Santos. El Dr. Plinio besaba primero su mano, después la frente y varias veces las mejillas. A su vez, doña Lucilia le hacía varias crucecitas en la frente, mientras, con los ojos semicerrados, susurraba algunas oraciones o formulaba en su interior algunos pedidos, cuyo contenido nunca revelaba (por discreción, su hijo nunca indagó a ese respecto). Por fin, lo bendecía y lo seguía con la mirada hasta la puerta del cuarto. Retornaba, entonces, a sus devotas oraciones, y sin duda pedía que de lo alto de los Cielos María Santísima lo protegiese de manera especial, pues Ella, la más excelsa de las madres, le atendería con solicitud.
La despedida para ese viaje no fue diferente de las anteriores, al menos en apariencia. No sabemos si el maternal corazón de doña Lucilia se habrá sobresaltado en ese momento, pensando que le estuviesen ocultando algo, aunque no tenía ningún indicio para ello. Así, durante las primeras horas que siguieron a la partida parecía despreocupada y tranquila.

“Mi corazón busca el de Plinio…”

cap11_005Pero no era fácil engañar a un corazón tan ardoroso, todo hecho de cariño… Una secreta desconfianza le decía ser otro el verdadero destino de su hijo. Y, por más que le asegurasen lo contrario, ella no se convencía.
Don João Paulo, en una carta escrita al Dr. Plinio el día 20, relata lo ocurrido en casa después de la partida de éste:

Lucilia, siempre desconfiada [de que esté ocurriendo algo inusitado], instintivamente se ha vuelto aún más recelosa de lo que ya estaba (…); el domingo solicitó una llamada telefónica a Río y al no obtenerla, me hizo pedirla para el lunes.

El lunes 17, el Dr. Plinio aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Una de sus primeras precauciones fue enviar el telegrama a doña Zilí informándole que había tenido un buen viaje. No lo mandó directamente a su casa, pues doña Lucilia, al verlo llegar, en seguida se daría cuenta de lo sucedido, pudiendo sufrir un cierto choque. Por eso, quiso que la noticia le fuese dada por su tía y suavizada con el bálsamo de la cariñosa carta que le había dejado. Así, don João Paulo, después de narrar la llegada del telegrama, añade:

[Néstor] y Zilí vinieron a casa y todo quedó claro. Mucho llanto, mucho rezar y todo se regularizó satisfactoriamente, sobre todo después de la lectura de la primera de las cartas que has dejado para ella. La segunda carta la recibirá el día 22 con las flores que pediré a Zilí que elija, como tú pediste.

Una vez rehecha del golpe de los primeros momentos, doña Lucilia cogió en seguida la pluma para escribir la primera de las muchas cartas que las enormes saudades le harían enviar a su filhão querido. Para nuestra alegría, ha sido encontrada casi intacta la correspondencia intercambiada entre ella y el Dr. Plinio en este período, lo cual nos permite penetrar con discreción y respeto en el suave y acogedor interior de aquel corazón materno.
De forma conmovedora y con palabras llenas de unción, le cuenta, en la primera carta, cómo sus presentimientos no la habían engañado:

¡Hijo querido de mi corazón!
Acabo de recibir tu carta y tu telegrama. Alabado sea Dios, has llegado sano y salvo. No era en vano que yo le decía a tu padre: “¡mi corazón busca el de Plinio y no le encuentra en Río y sí por los aires!” En fin, me alegro por todo lo que Dios y la Santísima Virgen hacen por ti, que eres el mejor de los hijos y al que bendigo con todo mi corazón, con todas las fuerzas de mi alma.
Muchos abrazos, besos y saudades, de tu vieja manguinha.

En otra carta escrita poco después aparece la gratitud hacia su hijo por haberle ocultado el verdadero destino del viaje, con lo que le ahorró innumerables aflicciones. En líneas llenas de dulzura, reflejo de su nobleza de alma, así se expresa:

¡Plinio querido!
Con tanta cosa para escribirte y que me salía a borbotones, se me olvidaba decirte —cosa que me habría afligido mucho—, cuánto he apreciado la delicadeza de tu mentira generosa. No me la tragué totalmente, pues, desconfiada y afligida, repetía siempre, — ¡Qué va!, no me engañáis, mi hijo está de viaje,… ¡mi corazón no encuentra el suyo en Río y sí volando, por los aires!
Tu padre y todos, en fin, procuraban engañarme hasta el punto de tranquilizarme y ponerme de nuevo a esperarte, pero sólo por unas horas. Como todo lo que haces, fue muy bien hecho y te lo agradezco reconocida. ¡A ver si cuidas bien tu salud! Nada de imprudencias. Y, saludos para todos. (…).
Muchos besos más, bendiciones y abrazos de tu madre extremosa.
Lucilia
¿Cuándo vais a Fátima? Rezad por nosotros, especialmente por tu ahijada y sobrina.

Ese día, como había contado don João Paulo, doña Lucilia lloró mucho y rezó aún más. A pesar de que su dulce consuelo era el Sagrado Corazón de Jesús, no poco debe haberla reconfortado la lectura y relectura de la carta dejada por su hijo:

cap10_030Manguinha querida de mi corazón,
Cuando usted lea esta carta ya estaré en las Españas. No necesito decirle con cuántas saudades he partido… mucho mayores, me parece, que las suyas. (…)
Ahora, amor mío, algunas recomendaciones:
1- HORARIO: aproveche este tiempo para llevar una verdadera vida de hospital, almorzando y cenando temprano, ACOSTÁNDOSE TEMPRANO, tomando MUCHA agua Prata, etc. Será un período de reposo al cabo del cual encontraré a mi “pito de ferro” (“Pito” significa “reprimenda”. El Dr. Plinio posiblemente use aquí este apelativo para, de manera cariñosa, referirse a doña Lucilia por sus continuos y maternales avisos y regaños, siempre para el bien de su hijo) más fuerte que nunca, si Dios quiere;
2- ORACIONES: razonables, ya que nada de lo que no es razonable puede agradar a Dios. Así, cuenta, peso y medida hasta para rezar.
Nada de oraciones hasta altas horas de la noche. Rece mucho, pero rece de día;
3- DISTRACCIONES: vaya con frecuencia a algún cine (Es de señalar que, en aquellos remotos años 50, el cine estaba muy lejos de la bajeza moral alcanzada en nuestros días. No eran raras las películas que podían ser vistas por personas que apreciasen la moralidad de las costumbres.), a casa de sus hermanas, etc. Invite también a Sinhá. No quiero que usted se quede mucho tiempo sola en casa;
4- Espero que, con las precauciones que he tomado, el dinero va a sobrar.
Vea si me consigue la alfombrita y cambia el terciopelo de las sillas rojas y plateadas. Mande al liceo ( Liceo de Artes y Oficios, en el que se realizaban excelentes trabajos de ebanistería) las dos sillitas que fueron del cuarto de vestir de la abuela. Quiero encontrar todo esto en orden cuando vuelva;
5- No economice en automóvil, especialmente cuando se trate de ir al Corazón de Jesús. Vaya frecuentemente y quédese allí todo el tiempo que quiera.
Creo, ángel querido, que estaré de vuelta la última semana de junio, pues aquí tengo conferencias y compromisos. Pero no puedo decir qué día llegaré. Le escribiré asiduamente. No le doy la dirección, pues no se a qué hotel voy. Ni tampoco sé exactamente el número de días que deberé quedarme en cada país.
No necesito decirle por qué me he visto obligado a este otro sacrificio: estar ausente el día 22. Lo he hecho para regresar a tiempo.
No podré llamarle por teléfono el día 22 pero seguramente le mandaré un telegrama.
Querida de mi corazón, confíe mucho en Nuestra Señora, que iré a venerar en sus principales Santuarios: Fátima, Lourdes y la Rue du Bac, donde se apareció a Santa Catalina Labouré, bajo la invocación de la Medalla Milagrosa.
Sensatez, amor. NADA DE LIBERALISMOS (Referencia del Dr. Plinio a las afectuosas discusiones que a veces mantenía con doña Lucilia. Ella, debido a su extrema bondad, siempre resaltaba los lados buenos de los otros y omitía los malos. Para animar un poco la conversación, el Dr. Plinio recordaba éste o aquel defecto de las personas objeto de comentario entre ellos y, en tono de cariñosa broma, llamaba a doña Lucilia de liberal). Pienso que no es necesario recomendarle que se acuerde de vez en cuando de mí.
Con millones de abrazos y besos, y todo el afecto y respeto de este mundo, pide su bendición su hijo, el corpulentísimo y vigorosísimo “pimbinche”.
Plinio
Para mi vuelta, una feijoada (Plato típico brasileño, preparado con judías negras, tocino, carne seca, salchichas, etc. Es semejante a la fabada, pero más oscura y densa) de primera clase con aguardiente, judías negras y harina tostada.
Mire las cortinas del hall y del comedor y los resortes de mi cama.
Tome mucha agua Prata y empache a Papá de coco y cocadas (Dulce elaborado con coco rallado y almíbar).
P.

Llegada a São Paulo

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Un radiante y cálido sol acogió a doña Lucilia y a sus hijos a su llegada al puerto de Santos, donde les esperaba don João Paulo, el 17 de abril de 1913. Ella había anticipado su regreso, dejando en Europa a doña Gabriela y a otros familiares. Finalizaba de esta forma, al pisar tierras brasileñas, un importante capítulo de su vida. Mientras el tren que la llevaba a São Paulo subía con lentitud la Serra do Mar, doña Lucilia contemplaba de nuevo aquellas elevaciones recubiertas de una exuberante vegetación tropical, salpicada aquí y allá de los vistosos y por ella tan apreciados manacás, intensamente floridos. Al llegar a la Estación de la Luz, en la capital paulista, ya estaban allí algunos criados para darles la bienvenida, recoger el equipaje y prestarles pequeños servicios. Eran los más antiguos de la casa, a quienes las saudades por tan larga ausencia proporcionaban ahora una mayor alegría por la vuelta de aquellos que tanto respetaban. Evidentemente, los tiempos eran otros. El espíritu patriarcal y familiar aún impregnaba de una profunda bienquerencia las relaciones entre las clases sociales, haciendo que los reencuentros entre patronos y empleados, tras separaciones prolongadas, se revistiesen de la dulzura de verdaderos acontecimientos de familia.
Después de un corto trayecto hasta la Alameda Barón de Limeira, Doña Lucilia llega al palacete Ribeiro dos Santos, y en pocos segundos está ante la escalinata de mármol de la entrada principal. Los miembros más jóvenes de la servidumbre salen a la calle para recibir a los recién llegados, y Doña Lucilia los acoge con palabras de bondad.
Tras intercambiar los primeros saludos, sube los escalones y penetra en la atmósfera noble y recogida del santuario familiar. ¡Cuántos recuerdos le vienen al espíritu en ese momento! Comienza a recorrer, despacio, aquellos ambientes tan adecuados a su gusto: la sala de visitas, el salón… Sin embargo, su mirada se vuelve interrogativa al notar, en una y otra sala, que las lámparas ya no eran las mismas ni hacían juego con el ambiente. ¿Qué había ocurrido?

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                                                                             Estación de la Luz

Las lámparas de bronce

En efecto, durante el viaje de la familia a Europa había sido contratado un ingeniero para hacer algunas reformas en la casa. Doña Lucilia acababa de comprobar que, lamentablemente, el cambio de las lámparas no era de lo más acertado.
Sin ningún sobresalto ni impaciencia indagó entre varios criados el destino de las antiguas lámparas de bronce, hasta que uno de ellos le contó que habían sido vendidas a un pequeño comerciante del barrio.
Tras un merecido y necesario descanso después del largo viaje, doña Lucilia trató de reparar el error cometido por el ingeniero. Sin embargo, tras recorrer algunas de las mejores tiendas de la ciudad, concluyó que era imposible conseguir lámparas iguales o mejores que las anteriores. Por eso, decidió ir a hablar con el comprador de las antiguas.
Encontró al modesto comerciante sentado a la puerta de su casa, limpiando afanadamente las hermosas piezas de cristal y el armazón de bronce dorado que constituían el encanto de aquellos objetos, ya desmontados.
Al ver aproximarse a una distinguida señora se levantó en seguida, quitándose el sombrero en señal de respeto. Doña Lucilia lo saludó amablemente y le explicó lo ocurrido, haciéndole notar la dificultad en que se encontraba, y manifestó el deseo de readquirir las lámparas. Le preguntó cuánto pediría por ellas, y el hombre, a pesar de su simplicidad, gentilmente respondió:
— ¿Pero cómo, señora mía? ¡Nada! Le pido que me conceda el placer de servirla.
Doña Lucilia no sería ella misma si no se negase:
— No, eso no. Usted ha invertido dinero en ellas, ha gastado material de limpieza, ha perdido el tiempo y dedicado su trabajo en abrillantarlas. Al comprárselas, me estoy beneficiando; es natural que le pague incluso algo más.
Teniendo ante sí a tan noble dama, el comerciante se sentía movido a actos de caballerosidad:
— Es verdad, pero el placer de servirle a usted es más valioso para mí que la propia ganancia. Hágame el favor de quedarse con las lámparas.
— En ese caso, perdóneme, pero no puedo quedármelas. Usted me deja en una situación muy difícil, porque en São Paulo no hay otras iguales.
Él continuó insistiendo y no aceptó ni propina. Días después, las lámparas estaban de nuevo en casa de los Ribeiro dos Santos, perfectas e instaladas otra vez.
El noble comportamiento de este simple comerciante, más propio a figurar en las páginas de una historia del Ancien Régime, nos deja entrever de qué manera doña Lucilia estimulaba en las almas la práctica de la virtud tan sólo con una dulce y elevada acción de presencia.

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                                                       Palacete Ribeiro dos Santos

Últimos momentos en París

Una institutriz para sus hijos

Fraulein Mathilde Heldmann

        Fraulein Mathilde Heldmann

Poco antes de abandonar París, doña Lucilia pasó por un drama. No fue pequeña su aflicción al darse cuenta, en determinado momento, de que la institutriz alemana de los niños, fräulein Mina, había sido alcanzada por una terrible enfermedad: la tuberculosis. Incurable en aquella época, llevaba en poco tiempo a la sepultura a buena parte de sus víctimas. Es posible imaginar la aprensión de doña Lucilia hasta cerciorarse de que los niños no habían sido infectados por el mortal bacilo. ¿Qué hacer? Dado el alto grado de contagio de la enfermedad, no había otra solución: la institutriz tendría que dejar sus funciones inmediatamente.
Al despedirse, fue objeto de inigualables manifestaciones de bienquerencia por parte de doña Lucilia, en reconocimiento por los servicios prestados.
¿Quién podría, en adelante, ayudar a esta tierna y celosa madre en la formación de sus hijos? Problema aún más preocupante a respecto de Rosée, pues, según los hábitos de la época, las niñas no estudiaban en colegio sino en casa, protegidas por el recato familiar.
Por otro lado, doña Lucilia tenía el propósito de dar a Rosée y a Plinio una educación eximia. Así, pensaba: “Quiero proporcionarles todo lo que pueda. Estando a mi alcance aprimorar su inteligencia, es indispensable encontrar una institutriz de primera calidad porque ninguna universidad les será mas benéfica que una educadora con experiencia. Lo que aprendan durante la infancia les va a valer más que todo lo que puedan lograr siendo adultos”.
Sin pérdida de tiempo colocó un anuncio en los periódicos. Habiéndose presentado algunas candidatas, seleccionó con minuciosidad la que le parecía más competente. Su preferencia recayó sobre otra alemana, fräulein Matilde Heldmann, que ya había ejercido la profesión en varias casas de la nobleza y de la alta burguesía europeas. A pesar de que los honorarios que exigía eran poco accesibles, doña Lucilia decidió hacer un sacrificio contratándola.
Fräulein Matilde se revelará tan excelente profesora y educadora que será considerada una de las mejores institutrices de São Paulo en su tiempo.

Una paciencia que nunca se agotó

“A la querida tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito”.

Cuando preparaba las maletas, el último día de su estancia en París, doña Lucilia se sorprendió al encontrar una caja de cartulina. Al abrirla, vio que contenía un fino vestido a su medida. ¡Que extraño! ¿Cómo podía ser eso si ella no había hecho ningún encargo? Buscó un poco en la caja y encontró una tarjeta de Tito, con las palabras transcritas. Evidentemente la letra no era del niño, sino de su madre, la cual manifestaba, de manera tan delicada, su reconocimiento a la inagotable paciencia de doña Lucilia con el desdichado sobrino, no solo durante la peor fase de su enfermedad, sino entre los esplendores de París. El regalo no haría crecer en nada la bondad de doña Lucilia en relación al pobre Tito, pues más era imposible…

Llorando por dejar Francia…

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Sainte Chapelle

Doña Lucilia, sus hijos y la institutriz preparan la partida. Grandes maletas, algunos baúles, cajas, todo se apila ordenadamente en la Gare de Lyon, a la espera de embarcar en el tren que los llevará hasta Génova.
Son los últimos momentos de su permanencia en la Ciudad de la Luz. Tras despedirse de los familiares, suben a los vagones, mientras alguien se ocupa de que los cargadores metan todo el equipaje. A la hora marcada, un silbato y el tren parte… Estando los niños en manos de la institutriz, doña Lucilia, recostada junto a la ventana, contempla París que pasa y tal vez nunca más vuelva. Meditativa como siempre, comienza a pensar en todo lo que había visto en Francia, mientras algunas lágrimas le corren por las mejillas.
Poseía una acentuada propensión para discernir en el espíritu de los pueblos los aspectos más sutiles y finos, los que despiertan una afectividad penetrante y delicada; afectividad que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse por el prójimo, de ayudarle y favorecerle. En su horizonte, los franceses poseían y representaban, por excelencia, esa delicadeza de sentimientos. Lo mejor de un pueblo, para doña Lucilia, radicaba en esos lados de alma más preciosos y tiernos y, por eso mismo, más expuestos a recibir los golpes de la dureza y crueldad humanas.
Notaba cómo esas cualidades eran realzadas por la cultura francesa, que hacía sobresalir la suavidad en la convivencia social, creando un elevado tipo humano y un trato perfecto. En éste, brillaba en particular el sentido de la medida, la cordialidad, la amenidad y el encanto.

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Notre Dame

Tales características eran la expresión de algo que debería florecer en el alma de todos los pueblos, pero que al final de cuentas, en el doux pays, para bien de la Civilización Cristiana, había florecido enteramente. Admirar Francia, dejarse embeber y modelar por ella, era un deber de todos los hombres, según la concepción de doña Lucilia. El tren acelera. A lo lejos, la aguja de la Torre Eiffel queda como único punto de referencia. Junto a ésta corre el Sena. La imaginación de doña Lucilia vuela hasta la otra margen, donde están la Place de l’Etoile, la Av. de Friedland, el Rond Point, l’Opéra, el Louvre, el Sacré-Coeur de Montmartre, la Sainte Chapelle, Notre Dame… “¡Ah! ¡Todo ese conjunto magnífico quedó atrás!” piensa ella pesarosa.
La familia está a camino de Roma, con la esperanza de un encuentro con el Papa, punto de honra de todo católico. En la época era, ni más ni menos, el gran San Pío X. La perspectiva de recibir la bendición de un Pontífice que, ya en vida, tenía fama de santidad, suavizaba un poco los dolores de doña Lucilia por tener que abandonar su ciudad preferida.
Si embargo, ¡oh, tristeza! llegando a Génova no fue posible continuar el viaje, porque se había propagado una epidemia en la Ciudad Eterna. Fueron obligados, en aquel puerto italiano, a coger un barco y regresar a Brasil.

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Sacré-Coeur de Montmartre

Cuadro y Fotografías para el Recuerdo

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Bondad con los necesitados, admiración, respeto y veneración para con los superiores. Aquel artístico y fino París de comienzos de siglo, ofreció a doña Lucilia una excelente oportunidad para manifestar su intenso amor por doña Gabriela. Después de buscar un poco, encontró un artista que, con precisión y talento, se dispuso a pintar a su madre: el notable retratista Léon Comerre.
Doña Gabriela intentó disuadir a su cariñosa hija, pero todo fue en vano, ni siquiera los argumentos financieros pudieron moverla de su posición. Doña Lucilia, en tono de súplica, le pidió que aceptase el homenaje de ese ofrecimiento. Gesto que dejó para la posteridad los imponentes trazos de su venerada madre.
Quería dejar a sus hijos el cuadro como herencia pues, según afirmaba, valía más que un blasón de familia.
En esa ocasión, un pequeño hecho puso en evidencia el perfil moral de aquella dama paulista. Cuando la obra de arte estaba casi concluida, el pintor le enseñó a doña Gabriela un álbum que contenía fotos y diseños de diferentes joyas de gran valor. Le preguntó cuáles debería reproducir en el cuadro para realzar la belleza de su noble figura. Sorprendida, respondió que debería ser retratada exactamente como estaba, sin aquellas joyas y ornatos, que en realidad no poseía.

Fotografías en traje de gala

Además de los episodios que venimos narrando, hay algo más que nos dará, con indiscutible autenticidad, una noción bastante aproximada de las reacciones psicológicas de doña Lucilia en medio de las bellezas y los encantos de París. A comienzos del siglo XX, el arte de la fotografía ya estaba bastante desarrollado, aunque no hubiese alcanzado las perfecciones de nuestros días. Eran los buenos tiempos de las fotos en pose, estudiadas, planeadas, muy demoradas. No raras veces se igualaban a una pintura o la excedían en la representación de la realidad. Creemos que las fotos de doña Lucilia, sacadas en ese período, ilustran bien lo que sobre ella hemos dicho.
Deseando guardar unos recuerdos que, por cierto, atravesarían las décadas, reservó un día para ir con doña Gabriela, don João Paulo y sus hijos a un buen fotógrafo.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

En la fotografía los niños aparecen vestidos con el esmero y el cariño tan propios de doña Lucilia; ambos de blanco, color de su preferencia. En la mirada de Rosée se nota ya el brillo de la inteligencia y la vivacidad. En Plinio se esboza de forma definida el espíritu contemplativo y reluce la inocencia.

Sentada en el banco de un jardín

En cuanto a doña Lucilia, el hábil fotógrafo supo interpretar su psicología, procurando dejarla al natural. El vestido de gala que usa es distinguido y de alta calidad, pero sin ostentación. No lo copió de ningún catálogo ni fue propuesto por ninguna costurera. Sus trajes eran planeados por ella misma en todos sus pormenores, tras observar diversos modelos. Pensaba meticulosamente en todo, en la combinación de colores, en las formas y, mientras no contrariasen a la moral, se adaptaba a las circunstancias y a la moda del momento.doña lucilia en banca

Era común que los fotógrafos tuvieran en sus estudios objetos decorativos para montar un escenario de acuerdo con el gusto de los clientes. El fondo de cuadro que aparece detrás de doña Lucilia corresponde a una mezcla de tempestad y de luz clara, representando una escena imaginaria al aire libre.
Probablemente el fotógrafo quiso establecer un contraste entre el aire de ceremonia de doña Lucilia y el ambiente de jardín. Bien podría ser la situación de una dama que, ya arreglada, está esperando el momento de salir para una fiesta; como no quiere arrugar su vestido en el confortable sofá de la sala de visitas y, al mismo tiempo, quiere disfrutar del aire fresco de una atmósfera pura y cristalina, como la de París al inicio de la primavera, se sienta en un banco del jardín. Su actitud denota distinción, categoría y delicadeza de alma.
El gesto de la mano con el abanico trasluce nobleza; la posición de la otra mano, sobre la que apoya la cabeza, sugiere elevación de espíritu y el hábito de meditar que tanto la caracterizaban. Las cejas, espesas, bastante oscuras y definidas, expresan la precisión y la fuerza de su personalidad. El arco que forman simboliza tal vez su firmeza de carácter,
nada concesivo al mal.

capV090 En su modo de ser se destacan algunos aspectos: calma, bondad, suave tristeza, resignación y mucha energía de alma para ser fiel a las vías de la Providencia. La mirada, además de seria, es firme, reflexiva y analítica. Con frecuencia analizaba a las almas bajo el prisma de la obligación de ser buenas unas con las otras. Sus ojos miran a fondo: parecen considerar la creciente desilusión que la humanidad y la vida le venían causando. También se unen en su figura gravedad y suavidad, virtudes muy difíciles de conjugar.

De pie, en una escalera

doña lucilia traje de galaLo artificial es el subterfugio de aquellos que no poseen cualidades. No pasó por la mente de doña Lucilia el deseo de representar lo que no era. Siempre muy digna, compuesta y virtuosa, no tenía necesidad de echar mano de algunos medios que maquillasen los aspectos menos agradables de su personalidad. Ella era admirable en todo. Aunque un fotógrafo le sugiriese actitudes inauténticas, es decir, que no estuvieran en su modo de ser, no encontraría consonancia de su parte. Es lo que se nota en esa fotografía. El aire noble y natural con que se presenta muestra bien el alto grado de virtud alcanzado por ella en la calma y en la serenidad. En su mirada no se percibe la menor preocupación por el fotógrafo, y sí por asuntos más elevados. Así mismo, no es su intención impresionar a quien en el futuro vea la fotografía.
No hay nada de autoritario en su actitud, sino la dulzura y afabilidad características de quien se habituó a ser siempre obedecida con afecto y sin resistencia. Se diría que el objetivo la sorprendió en el momento de bajar con entera naturalidad el peldaño de una escalera. El tul —concebido por ella como adorno— parece en sus manos más diáfano que una nube, y toma un aire de levedad y distinción que es casi de cuentos de hadas, realzando sus expresivos gestos. Si embargo, nada suplanta la luminosa bondad reflejada en su semblante y, sobre todo, en su mirada.

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El encuentro con la Princesa Isabel y una Princesa Rusa

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Iglesia de Saint-German l’Auxerrois

Seculares paredes de piedra, sublimes vitrales de colores, ojivas grandiosas y columnas gastadas por los vientos de la Historia… Las campanas tocan conclamando a los fieles para la Santa Misa. Doña Gabriela y doña Lucilia transponen los umbrales de la puerta de entrada y se dirigen a los primeros asientos, próximos del altar. Están en la Iglesia de Saint-German l’Auxerrois, conocida por haber sido el lugar de donde salió el tocsin (toque de campana) que desencadenó, en 1572, los sucesos de la famosa “Noche de San Bartolomé”.
Poco antes de iniciarse la Misa, atraviesa el arco que une la sacristía con el presbiterio una distinguida dama. Durante el Santo Sacrificio, su mirada se posa diversas veces sobre doña Gabriela. Ésta, a quien tal actitud no pasó desapercibida, en determinado momento interrumpe las oraciones de su hija para susurrarle que se trata de la Princesa Isabel.
— Sí, ya la he reconocido mamá, realmente es la Princesa Isabel.
Finalizada la Santa Misa, ambas ven que se aproxima una noble señora y se presenta como la Baronesa de Muritiba, dama de honor de la Princesa. Viene a comunicarles que la Princesa se había dado cuenta de que pertenecían a la aristocracia brasileña y les manda decir que tendría mucho placer en conocerlas.
Doña Lucilia y su madre se dirigen a la sacristía a fin de saludar a la Princesa, y durante la conversación son invitadas por ésta a tomar el té junto con toda la familia en su residencia.

Princesa Isabel

Princesa Isabel

Llegado el día, toda la familia, inclusive los niños, se dirigió a Boulogne-sur-Seine.
Fueron recibidos por la dama de honor de la Princesa y conducidos a un salón donde, poco después, entraría la imperial anfitriona. La familia formó un semicírculo alrededor de la Princesa, mientras ésta iba saludando atentamente uno por uno; todos retribuían sus saludos de modo respetuoso. Siguió el té, en un ambiente de afabilidad y elevación, sellándose a partir de ese momento una larga amistad entre la Princesa y doña Gabriela, así como entre las respectivas familias.

La enfermedad “incurable” de una princesa rusa

capV090Si el donaire era lo que distinguía a doña Gabriela, doña Lucilia cautivaba por la extrema delicadeza y bondad, no sólo de maneras, sino de alma, despertando la confianza de los que la conocían. 
Una joven princesa rusa se hospedaba con su esposo en el mismo piso que doña Lucilia y frecuentemente se encontraban en una u otra dependencia del hotel. No pasó mucho tiempo sin que la princesa tomase la iniciativa de saludarla, manifestando su simpatía hacia ella. El pueblo ruso, tan intuitivo como el brasileño, está dotado de una percepción muy rápida no sólo de las situaciones, sino también de la psicología de las personas. Quizá esta cualidad le habrá facilitado a la princesa penetrar en el alma de doña Lucilia, dando ocasión a una confidencia sui generis.
Encontrándose ambas en el corredor, próximo al cuarto de doña Lucilia, la princesa se le acercó llorando y le dijo:
— Madame, sepa disculparme, sé que no tengo derecho de dirigirme a usted de esta manera. Ni siquiera nos conocemos. Pero por su mirada y su modo de ser, veo que usted es una persona bondadosa y compasiva. Me encuentro en una enorme aflicción y quería saber si puedo desahogarme con usted…
Siempre acogedora, doña Lucilia le abrió inmediatamente las puertas del corazón. Llena de angustia, la princesa le contó que un famoso médico de París le había diagnosticado un cáncer y que, en consecuencia, tendría que ser sometida a una operación muy dolorosa y arriesgada. Se encontraba extremamente afligida, ante la previsión de los sufrimientos y del riesgo que le esperaban. No quería morir prematuramente, necesitaba educar a sus hijos y tenía toda una vida por delante. Sollozando, dulcemente le decía:
— Hablando con usted tengo la esperanza de recibir algún consejo que me ayude a encontrar una salida para esto…
Doña Lucilia en pocos minutos la tranquilizó:
— No desanimemos, los médicos algunas veces se equivocan, no son infalibles, uno puede corregir el diagnóstico de otro. He oído que, sobre esta materia, hay en Suiza un médico muy bueno. Quien sabe, usted puede ir hasta allí, pide una consulta…
Sus palabras impregnadas de bienquerencia y su tono de voz comunicaban una profunda paz. La pobre princesa fue sintiendo penetrar en su alma, aun dentro de la tragedia, el suave bálsamo del buen consejo. Entre sollozos escuchó que doña Lucilia la estimulaba a rezar para no dejarse vencer por la desesperación.
Poco después, la princesa resolvió hablar con su esposo. Él no estuvo de acuerdo:
— El médico que te ha visto es uno de los mayores que hay sobre el tema; no se equivoca. La realidad es ésta y debes aceptar la situación…
A pesar de ese primer revés, la joven dama no se desanimó. El desacuerdo con su marido se prolongó durante varios días, hasta que acabó por convencerlo de que hiciesen el viaje a Suiza.
En el momento de la despedida, en medio de palabras de consuelo y de ánimo, doña Lucilia le dio su dirección en Brasil para que, necesitándola, no dejase de buscarla.
Pasado algún tiempo, cuando doña Lucilia ya estaba en São Paulo, recibió una carta de su confidente, en la cual le agradecía todo lo que había hecho por ella.
Contaba que el médico suizo, después de varios exámenes, había desmentido enteramente el diagnóstico de su colega parisiense. De esta manera, la princesa daba por resuelto el caso gracias a la bondadosa y sapiencial orientación de doña Lucilia.

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