Una forma de ser profundamente contrarrevolucionaria

En una carta del Dr. Plinio y en otra de Doña Lucilia se nota la seriedad, el respeto y el cariño, atributos de un mundo profundamente contrarrevolucionario, y en cuanto tal, auténticamente católico, donde hay desigualdades armónicas y bien concatenadas. Es lo contrario del mundo revolucionario, en que el individuo se siente como una pieza de un mecanismo, un fragmento anónimo y sin expresión de un mismo ser total que no significa nada, y, por tanto, a decir verdad, muerto dentro de lo que existe.

Cuando nos referimos a las relaciones humanas, ¿cuándo debemos decir “convivencia” y cuándo debemos usar el término “convivio(Del portugués: convivencia, acción de
convivir. En portugués “convivio” es sinónimo de convivencia, buenas relaciones entre convidados, banquete. A diferencia de “convivio” en español, que es la acción o efecto de convidar, de invitar particularmente a un banquete)? A mi modo de ver, es una pregunta toda hecha de musicalidad, pues la diferencia está en los matices de la lengua portuguesa, por lo menos de la que se habla en Brasil. No sé bien si en el portugués de Portugal, del cual admiro mucho otros matices, esta existe.

Convivioy convivencia

A mi entender, “convivio” es una palabra más noble y más destinada a cosas imponderables, que nos permite hacer sentir la riqueza del significado de una relación. La convivencia es una forma menos noble, en la cual se quiere hacer sentir el género de interpenetración de almas resultante del mero hecho de que las personas estén juntas durante un tiempo muy largo. A esa distinción corresponde una noción más profunda, porque realmente hay una forma de intimidad que solo la convivencia da. Aunque sea un estilo inferior de intimidad, tiene su papel en el todo de las relaciones. Sin embargo, estas relaciones lucran más con el “convivio” que con la convivencia.
Mi
convivio con Doña Lucilia se reflejaba en nuestra correspondencia epistolar. Por ejemplo, al rever recientemente dos cartas, me emocioné al constatar la identidad de fechas. En efecto, nunca imaginé que yo estuviese redactando una carta para mi madre el mismo día en que ella también me estaba escribiendo. Además, tengo mala memoria, e inmediatamente después de haber puesto la carta en el correo me olvidaba del día en que la había redactado. Ni se me ocurrió mirar esa correspondencia antigua, que ni siquiera sabía que Doña Lucilia guardaba.
A propósito, hay inclusive un detalle tocante en ese sentido: algún tiempo antes de que mi madre muriese, noté que ella abría las gavetas de un mueble de su cuarto y rasgaba muchos papeles. No me di cuenta de que ella, previendo su muerte, estaba destruyendo lo que a otros pudiese dar trabajo verificar. No se me pasó por la cabeza, porque la salud de ella era tan normal, que nada podía pensarse de la proximidad de su muerte. Años antes ella había tenido una crisis cardíaca, pero ya habían pasado siete años.
Después de eso vi al médico – después de haber auscultado su corazón –, dirigirse hacia mí y decirme en voz baja: “No sé qué pasa… Parece el corazón de otra persona. ¡Está joven y bueno!” Estoy conmovido de ver que ella conservó, no sé si todas, pero por lo menos muchas de las cartas que le escribí.

Diferencia y semejanza de modos de ser

Leyendo de nuevo las dos cartas juntas, como un tercero que las analiza desde afuera, me pareció que tenían una diferencia, y al mismo tiempo una semejanza, prodigiosas de modos de ser individuales.
¿En dónde está la diferencia prodigiosa? En la carta de Doña Lucilia se nota el temperamento femenino, por lo tanto, muy delicado y vuelto hacia las cosas con cuidado, exponiendo acompasadamente y con primor todos los pormenores de lo que ella escribía, pesando bien todas las palabras, a la manera de un mosaico bien arreglado donde cada piedrita fue pulida adecuadamente antes de ser colocada en su lugar con esmero.
En mi misiva se ve una cosa diferente: es un luchador que está viajando para luchar mejor, que escribe a las carreras en medio de una serie de cosas que necesita hacer, que redacta expresando con todo el impulso posible unas dos o tres ideas centrales. El impulso podrá valer alguna cosa, los pormenores nada. Porque las ideas centrales están fuertemente – yo diría categóricamente – afirmadas, y el resto queda insinuado, seguro de que ella sabría peinar los bordes despeinados del tapete que yo le mandaba. Y que, recibiendo de mí esas líneas generales, ella comprendería después cómo era cada cosita. Y sería una pérdida de tiempo pasar mi mano a la manera de la mano cuidadosa de ella, sobre los pormenores que
mi madre instalaría en su mente mucho mejor de lo que yo mismo podría hacer. Entonces, mis cartas no son bien cuidadas, con excepción de un punto: de que las ideas centrales estuviesen bien firmes, bien expuestas y, si fuese posible, hasta fulgurantes. El resto se arregla. Mi madre lo arregla… Allá va la carta.
Sin embargo, descontada esa diversidad de modos de expresar – en que entra mi categórico nativo, mi gusto por las hipérboles, al contrario del gusto de ella por lo comedido –, se nota la semejanza. Y la semejanza está en la enorme valorización dada por cada uno a la relación de afecto con el otro. Y cada una de las dos cartas, a su modo, afirma este afecto de una manera que es, al mismo tiempo, la manifestación de la certeza entera del afecto de la otra parte. El empeño de ambos lados no es comprobar el afecto de la otra parte, sino conseguir manifestar enteramente el afecto que se tiene.

Seriedad, respeto y cariño

A pesar de la diferencia – ella es madre, y yo, hijo –, es un afecto impregnado de mucha seriedad, de mucho respeto y cariño. Entonces, la misma escuela de seriedad, respeto y cariño existente en las dos cartas, está expresada por cada uno a su modo.
Así, la seriedad y el modo pensativo de ser de ella se expresa en la propia lentitud. La lentitud del curso de las cosas es la lentitud de un pensamiento que camina atento a todas las circunstancias y a todos los pormenores, que no tiene prisa de concluir y que va asimilando todo, que percibe, y después expone con la misma lentitud todo cuanto se piensa. Y en la carta todo tiene la secuencia de ese pensar y sentir.
Todo se expresa en orden, y se diría que es una grande dame que pasa avanzando tranquila y altiva, dejando para atrás la larga cola de sus impresiones.

Esa es la seriedad, la gravedad. Podríamos decir que los otros atributos de la carta van en el mismo sentido. Es decir, el respeto es el mismo. Además, ella está segurísima de todo el respeto – decir respeto es muy poco –, de la veneración entrañada y profunda que yo tengo hacia ella.
Pero al mismo tiempo se nota que por mucho que la madre debe respetar a su hijo, ella me respeta a mí, y que se respeta enormemente a sí misma como madre. No hay, por ejemplo – no estoy criticando, es un modo de sentir las cosas –, ciertas fórmulas que comenzaron a usarse después del tiempo en que ella me formó, como expresiones así – para que el padre o la madre firmasen cartas para los hijos –: “Tu padre y amigo”, o “Tu madre y amiga”. Amigo es tanto menos que padre o que madre, que da la impresión de que en la fórmula “su madre y amiga Fulana de Tal”, el término “amiga” casi que reduce la palabra madre al tamaño de un punto final.
Entre mi madre y yo no había nada de esas relaciones medio alegres entre camarada y camarada. Se ve que Doña Lucilia habla con la gravedad de quien le está hablando a un hijo. Y que ella siempre se habituó a hablar desde arriba, respetándolo y respetándose, y enseñándole así a respetar y también a tomar el gusto de ser respetado.
La carta que le escribí, por más apresurada y hasta improvisada que sea, es densa y casi explosiva de respeto, el cual se nota en todos los pormenores, en todo el afecto, en todos los modos. Pero no es solo respeto, sino también veneración.
En cuanto al cariño, de parte a parte son tan parecidos, que se diría que es un solo cariño procedente de dos polos, de un lado y del otro del Atlántico, que se encuentran. Allí existe la afirmación de una forma de ser, de pensar y de sentir las cosas que vale la pena describir de esa manera. No porque estuviésemos en juego ella y yo, sino porque hay ese predicado de ser profundamente contrarrevolucionario y, en cuanto tal, auténticamente católico.

Dos mundos: el de la Revolución y el de la Contra-Revolución

¿Qué tiene eso de profundamente contrarrevolucionario y católico? Si comparamos las máximas revolucionarias con el ambiente que envuelve esas dos cartas y la tradición que está por detrás de ese ambiente – la antigua y milenaria tradición de la Civilización Cristiana – y, por detrás de eso, la Iglesia Católica, maestra y fuente de vida de esa tradición, y, en la Iglesia Católica, Nuestra Señora y Nuestro Señor Jesucristo, entonces comprenderemos la diferencia completa entre la Revolución y la atmósfera de esas dos cartas. Son dos mundos.
Se podría preguntar: Delante de esos dos mundos, ¿en cuál de ellos se siente bien encajada una persona? A mi modo de ver, alguien solo se siente verdaderamente hombre en el mundo de las desigualdades armónicas y bien concatenadas. En el otro, el individuo se siente como la pieza de un mecanismo, tan solamente una molécula de un mismo vaso de agua, fragmento anónimo y sin expresión de un mismo ser total que no significa nada
y, por lo tanto, a decir verdad, muerto dentro de lo que existe.
Imaginen, por ejemplo, que una sala enorme, construida de cemento, estuviese organizada de manera que tuviese los elementos necesarios para que en ella viviesen doscientos colibríes revoloteando de un lado a otro, según sus inclinaciones y peculiaridades, atraídos por esta o aquella flor. Comparen uno de esos colibríes con un grano de arena sepultado en medio de la losa, fijo, remachado y haciendo parte de la masa de cemento, sin nunca moverse ni sentir, apenas existiendo. Esa es la diferencia entre un alma masificada en el anonimato igualitario y la que vive de su propia vida, en un “convivio” lleno de seriedad, respeto y cariño, en medio de desigualdades armónicas como el revoloteo de los colibríes, unos de los cuales van hacia arriba, otros hacia abajo, jamás se chocan ni vuelan en el mismo plano. ¡En fin, es otro mundo! 

(Extraído de conferencia de 8/3/1980) 

Transcribimos aquí las dos cartas que Dr. Plinio hace referencia en su conferencia.

São Paulo, 6-V-950
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso gusto recibí tu carta de Sevilla y estoy ansiosa por recibir otras desde Fátima, Lourdes y París, y más tarde, desde Roma, del Vaticano, del Santo Padre y en fin, ¡la de tu regreso! Hijo mío, tengo un inmenso gusto en verte hacer este viaje, tan necesario bajo todos los aspectos y en tan buenas condiciones y excelente compañía de tan buenos y dedicados amigos, y, por todo eso, doy infinitas gracias a Dios y a María Santísima, que os acompañará todo el tiempo. Y por eso, querido, no des atención a unos pequeños gemidos, que parten apenas de las saudades, en los que no debemos prestar atención. (…)
No he ido todavía al mes de María, porque ha llovido y refrescado mucho, pero, como sabes, tengo en el cuarto la imagen llena de flores. Delante de ella rezo el rosario y la letanía y otras oraciones, por las bendiciones y felicidades de mi hijo querido, de sus amigos, de mi hija, nieta, por Antonio… etc.
A ver si les escribes a tus tías; ¿sí? Me darías con eso un gran gusto.
Yayá almorzó hoy aquí; está bien y va a organizar un juego de bridge en su casa hoy por la noche.
¿Basta de conversación? Termino enviándote junto con mis bendiciones muchos y muchos besos y abrazos. ¡¡¡El sofá de jacarandá también tiene unas saudades…!!!
Un abrazo más y otro beso de tu madre extremosa,
Lucilia

***** 

París, 6 de mayo de 1950
Luzinha queridísima
Querido Papá
Les escribo una carta desastrosa, porque el teclado [de la máquina de escribir] es diferente del nuestro, especialmente en lo que se refiere a las letras a, m, q. En todo caso, es mejor que nada y puedo ir más deprisa, aprovechando así el tiempo en París.
Les escribí desde España, estuve posteriormente en Portugal, incluso en Fátima, desdedonde les escribí postales. En Lisboa, recibí las cartas de ahí. Viajé por todo Portugal en dos días fulminantes, y en seguida fui a París en avión.
Nuestro hotel está a dos pasos del Louvre. Ya he estado en Versalles. He visitado Notre Dame, S. Germain l’Auxerrois, donde fue dada la señal para la masacre de S. Bartolomé, etc. Es inútil y absolutamente imposible decir la impresión que todos estos monumentos causan. Debemos ir mañana a S. Cloud y a Fontainebleau. Me han gustado enormemente las noticias que Papá me dio sobre los negocios.
En cuanto a recibir mi sueldo, es simplísimo: basta ir a la Secretaría de Hacienda el día 13 y pedir que le paguen. Todas las formalidades están ya cumplidas. Me gustó inmensamente ver con cuánto sentido común mi Lady Perfection (Apodo cariñoso dado por el Dr. Plinio a su madre, quien gustaba hacer todas las cosas perfectamente) está tomando esta separación. Me estoy muriendo de saudades de nuestras conversaciones. Hay aquí un conjunto de relojes que marcan las diversas horas del mundo entero. Cuando paso por él, pienso siempre en lo que estará haciendo mi Marquesa a esta hora. Y tengo una preocupación no pequeña en lo que se refiere a los horarios de oración.
Estoy absolutamente sin noticias de Rosée y de los suyos. Le mandé un telegrama cuando llegué a Madrid y no he obtenido respuesta. Las cartas de ahí nada me dicen al respecto. Quiero que esta carta sea leída a la gente del 6º piso y enviada después a Buenos Aires.
Tampoco tengo ninguna noticia de la gente del 6º piso. ¿Qué hace esa banda de perezosos? Sólo he recibido una carta de Tía Zilí, carta muy cariñosa, que respondí hace muchos días. Les he escrito a Tía Yayá, Dora y Telémaco, (…) Antony y a los del 6º piso. Ninguna respuesta: “Voilà qui est beau”  (“¡Qué belleza!” Equivale a una queja por la ausencia de correspondencia) Pienso que aún me quedaré en París una semana, e iré después a Lourdes y a Roma. Cuando llegue a Roma, mamá puede comenzar a preparar la feijoada.
Mil millones de besos y abrazos para mi Manguinha del corazón.
Mil abrazos para Papá. A ambos pido la bendición.
Abrazos también a las tías, Antonio, Dora y Telémaco y a toda la familia. Para la gente del 6º piso nada, mientras no me respondan. Del hijo que muchísimo les quiere,
Plinio

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Nuevo hogar, nueva separación

cap12_010Una visita al apartamento de doña Lucilia Al amanecer encontraremos los rayos solares penetrando suavemente a través de las discretas penumbras del cuarto de doña Lucilia. Los dos oratorios —del Sagrado Corazón de Jesús y de la Inmaculada Concepción— que presiden el ambiente, son como los dos extremos de un arco iris imaginario que reluce sobre su cama. Desde allí, ora contemplaba ella los Sagrados Corazones de Jesús y María a través de las imágenes de su devoción, ora consideraba con elevación de alma los

cap12_015aspectos evocativos de algunos objetos: un pequeño reloj de alabastro, bronce y esmalte, regalo de don João Paulo; una elegante jarra y un juego de tocador de plata; o un gracioso bibelot de porcelana que representa un zorro, además de pequeños portarretratos de familia.

cap12_014Saliendo del cuarto de doña Lucilia, la primera puerta a la izquierda, en el pasillo, nos conduce a una sala de estar reservada por el Dr. Plinio para sus padres. En la misma, podrían rememorar juntos el pasado y considerar la esperanza de la eternidad. La siguiente puerta da acceso a la habitación del invencible batallador. Allí, delante de una pequeña imagen del Inmaculado Corazón de María, doña Lucilia rezaba durante el día, y más especialmente durante las largas ausencias del Dr. Plinio, implorando a María Santísima que le amparase.

cap12_017Atentos y encantados continuamos el recorrido y, en cierto momento, nos detenemos al oír las melódicas y suaves campanadas de un reloj, que simbolizan bien aquel apacible ambiente. Atraídos, entramos en un escritorio de atmósfera acogedora y bañado por una discreta luz. La digna y sobria mecedora nos hace recordar las innumerables horas en que doña Lucilia, haciendo crochet o dedicándose a sus oraciones, marcaba con su presencia ese lugar. A su lado solía trabajar, en un sofá de cuero rojo, su intrépido filhão, en armónico contraste con la dulzura luminosa de su madre.
En esta sala, doña Lucilia, sentada frente al escritorio de su hijo, hacía las cuentas de su administración doméstica, las pequeñas listas de las compras diarias, o anotaba las instrucciones y órdenes que daría a las empleadas. Cuando quería reservar algún dinero para una finalidad futura, apuntaba el destino en una pequeña hoja de papel y la enrollaba cuidadosamente, guardándola posteriormente en una gaveta, donde se iban juntando, en perfecto orden, los diferentes rollitos.

Recogimiento, distinción y armonía

cap12_024A la salida del escritorio podemos contemplar el sol que, al comienzo de la tarde, penetra caudaloso en la sala más noble de la casa. Allí, una bonita imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en alabastro blanco, domina el distinguido ambiente. Del azul profundo del terciopelo del sofá y los sillones, así como de la variada gama de azules de una alfombra persa, obtuvo su nombre este solemne y acogedor lugar: Salón Azul.

cap12_023Elegante y simple, el escritorio de caoba que doña Lucilia había comprado en París nos trae a la memoria sus elocuentes cartas. Sobre ese mueble, dos exóticos negritos de porcelana, lindamente ataviados según el gusto veneciano del siglo XVIII, sostienen cada cual la pantalla de una lámpara, proporcionando una agradable y acogedora iluminación. Al otro lado del salón, debajo de un gran espejo, hay una consola dorada, cubierta por un mármol crema.. Sobre éste vemos un bonito jarrón rosado, con el que se encantaba el Dr. Plinio ya en su niñez.cap12_030
Otros objetos, como un grabado de la Duquesa de Nemours, madre del Conde d’Eu, o un gracioso bibelot de una niña china y una de las lámparas de bronce rescatadas por doña Lucilia después del regreso de Europa, hacen resaltar la distincióndel lugar.
Junto al Salón Azul, casi como prolongación de éste, pero formando otro ambiente, se encuentra la Salita Rosa. Los mismos rayos de luz que acentuaban la nobleza y seriedad del Salón Azul, parecen transformarse ahora en sonrisa e intimidad, cuando inciden sobre el rosado de la alfombra o el damasco del sofá. La nota ceremoniosa, nunca ajena a la familia, la da especialmente el cuadro de la gran matriarca, doña Gabriela, así como también el evocativo jarrón que había estado entre los muebles del Palacio Imperial.

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…la Salita Rosa

cap12_044Al atardecer, los últimos rayos de sol se posan sobre la platería del comedor, tras lo cual lentamente ceden lugar a las penumbras de la noche. Si algún invitado ilustre es esperado, la gala reluce en los cristales, platas y porcelanas. Después de atravesar el vestíbulo, transponemos la puerta de salida llevándonos el recuerdo de la tranquila, digna y distinguida atmósfera que dejamos, frontalmente opuesta a la agitación y vulgaridad de la calle…

En el ambiente ideal, el ama de casa perfecta

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Sobre ese mueble, dos exóticos negritos…

El gobierno del hogar quedaba a cargo de doña Lucilia, a quien el Dr. Plinio consideraba de hecho la señora de la casa. Muchas veces, conversando con ella, le decía afectuosamente que si no fuese por sus obligaciones sociales, ordenaría que se respondiese al teléfono diciendo: “Casa de doña Lucilia Corrêa de Oliveira”.
Doña Lucilia, a pesar de su avanzada edad, continuaba ejerciendo de modo eximio las funciones de ama de casa, dirigiendo directamente los trabajos cotidianos.
Mantenía el apartamento en un orden impecable —sin nada de rígido—, en el cual transparecían los hermosos reflejos de su alma.
Entre sus primeras preocupaciones figuraba siempre el menú del Dr. Plinio. Doña Lucilia tenía una manera peculiar, mejor diríamos sapiencial, de llevar a cabo los pequeños quehaceres domésticos. Hoy día es corriente encontrar personas que se dejan absorber intensamente por sus ocupaciones. Como no desean de ninguna manera ser interrumpidas, no raras veces reaccionan con acidez para alejar a quien las perturbe. Doña Lucilia era diferente. Por mucho que una tarea exigiese atención, nunca dejaba que ésta la absorbiese hasta el punto de perder el aliento y, sobre todo, la serenidad. Si alguien la interrumpía, no perdía la calma. Según el caso, se limitaba a decir: “Ahora no puedo parar, espere un poquito…”, como quien invita al interlocutor a quedarse allí unos instantes, a su lado. Era un modo especial de actuar, con una dulzura difícil de describir.

Una vez más a Europa

Poco tiempo después de la mudanza, mientras doña Lucilia aún dirigía los últimos retoques de la decoración del apartamento, fue sorprendida por un nuevo hiato en la convivencia con el Dr. Plinio. Como consuelo le quedaba el nuevo y acogedor hogar tan cariñosamente preparado por su hijo. Así, ya desde el comienzo aquellas benditas paredes serían marcadas por la resignación de doña Lucilia.
En la anterior estadía en Europa, el Dr. Plinio había logrado contactos prometedores de los cuales se podían esperar buenos frutos para la causa católica. Por eso juzgó necesario estrechar los lazos establecidos en 1950 y tratar de ampliarlos aún más. De igual forma que en el viaje anterior, al Dr. Plinio le pareció mejor no decirle nada a su madre. Don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos sólo le darían la noticia cuando, desde París, él así lo solicitase.
El “destino” del Dr. Plinio sería, en esta ocasión, São Lourenço, en Minas Gerais, donde pasaría una temporada de reposo. Hijo cariñoso, dejó listas cuatro afectuosas cartas que serían entregadas a su madre, como si hubiesen sido enviadas desde aquel lugar.

Cartas “desde São Lourenço”

cap12_002¿Habrá notado doña Lucilia que el Dr. Plinio había sido más efusivo en sus manifestaciones de amor filial al despedirse de ella en aquella fría mañana de junio? No lo sabemos. De cualquier manera, su maternal corazón le acompañó paso a paso con sus bendiciones, desde el momento en que, yendo con él hasta la salida del apartamento, le vio entrar en el ascensor. El ruido de la puerta que se cerraba marcaba una nueva separación. Con la mirada puesta en la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ella se entregó con dedicación a las oraciones por el éxito del viaje, confiando al Divino Redentor sus temores, pues… una vez más su corazón le decía que tal vez el Dr. Plinio estuviese viajando mucho más lejos de lo que había dicho. Días más tarde, habiendo doña Rosée recibido un telegrama en el cual el Dr. Plinio le anunciaba que había llegado bien a París, a pesar de haber tenido un retraso en Dakar, quiso dar inmediatamente la buena nueva a su madre. Poco después, don João Paulo entregó a doña Lucilia las cartas que su hijo había dejado para ella. La lectura de las cartas del “filhão querido” le alivió un poco el pesar intenso de su corazón, pues le hacían recordar la felicidad que le invadía el alma durante las conversaciones con él:

Luzinha querida,
Me ha gustado mucho este lugar, en el cual trato de descansar lo más posible, y obtener el mayor provecho para mi salud. Estoy convencido de que São Lourenço tiene aguas excelentes para mí. Me entiendo muy bien con ellas.
Siento mucha falta, claro, de mi Lú querida, lamentando no haber podido traerla en el bolsillo… como la llevo en el corazón.
Dígame cómo están las cosas: o sea, si Lú ha tratado de acostarse temprano, dormir bastante, llevar una vida tranquila, e ir a algún cine. Cuénteme también cómo va nuestra deliciosa casa, y cómo van los que la visitan.
No necesito decirle que quiero, especialmente, noticias de Papá, Rosée, Maria Alice.
Con mil besos, le pide la bendición el hijo que la respeta y quiere tanto cuanto se puede querer a alguien.
Plinio

Las expresivas manifestaciones de afecto que el Dr. Plinio utilizaba en sus cartas reconfortaban, en gran medida, a doña Lucilia de la privación de su presencia y, si no podían “estar juntos y mirarse”, quedaba por escrito el “quererse bien”.

cropped-sdl-9.jpgManguinha de lo más profundo de mi corazón
¿Cómo sigue usted? Estoy con inmensas saudades de usted y con muchos deseos de regresar pronto junto a la “falda de la madre”.
¿Y cómo está Papá? ¿Qué me cuenta de Rosée, Maria Alice, Adolphinho, toda la familia? Y la vidita de Lú, ¿cómo va? ¿Es sensata? ¿con horarios? ¿Duerme mucho?
Por aquí, sigo aprovechando todas las ocasiones para recuperarme de los cansancios de São Paulo. El clima es óptimo, la alimentación también, en fin, está todo a mi gusto, o por lo menos estaría si Lú estuviese a mi lado.
Envíeme siempre noticias suyas. Quiero saber de todo, inclusive de los sueños, pesadillas, incidentes de la calle, etc. En fin, todo lo que se relaciona con mi marquesa me interesa.
Mil besos, amor mío. Rece por mí. Del hijo que le pide la bendición, y que seguramente la quiere MUCHO MÁS de lo que usted le quiere.
Plinio

¿Dos cartas no serían suficientes para agotar lo que el amor filial tendría para decir a una madre? Quizás, pero tratándose de doña Lucilia, su benevolencia inspiraba palabras siempre nuevas de cariño y retribución.

Mãezinha, mi amor,
Por aquí, todo sigue normalmente, como no podía dejar de ser.
Lo único que no está normal es que tengo unas enormes saudades de mi Lú, con ganas de mandar un paracaidista para raptarla y traerla para aquí. ¡Para algo, como usted ve, los métodos drásticos de los alemanes dan resultado! ¿Papá está bien? ¿Y nuestro “palacio”? ¿Todo está en orden? ¿El ascensor no se ha atascado? ¿Ha habido bastante agua caliente para los baños de la Marquesa? No estoy familiarizado con esta pobre máquina de escribir y, por eso, cometo toda clase de errores. Sin embargo, es una ayuda para mi pereza de escribir a mano.
Mil besos, querida mía. Juicio, juicio, mucha agua de Prata, dormir bien, distracciones, mucha oración: es mi programa para la querida Lú. No imagina cuántas saudades tengo de mi Manguinha.
Le envía un millón de besos y pide su bendición el hijo que la quiere y la respeta inmensísimamente.

Y, por fin, la última de las supuestas cartas enviadas desde São Lourenço venía a coronar con especial cariño las atenciones que el Dr. Plinio, como afectuosísimo hijo, había tenido antes de viajar:

Lú, flor de mi corazón,
Va pasando el tiempo y yo cada vez con más saudades de usted Por mi parte, sigo muy bien. ¿Y usted? ¿Qué me cuenta de Papá, Rosée, Maria Alice? ¿Sus hermanas la han visitado frecuentemente? ¿Adolphinho también? Tengo el plan de traerla aquí la próxima vez que venga.
Dígame detalladamente cómo se encuentra, qué ha hecho, pensado, sentido, soñado: quiero saberlo todo, punto por punto. Si hubiese tenido una pesadilla complicada, donde entre un folletín entero, cuéntemelo también.
Mil abrazos y besos. Pide su bendición el hijo que la quiere cada vez más y más
Plinio