Un alma irisada

Entre los aspectos de la personalidad de Doña Lucilia se destacaban las armoniosas alternaciones de estados de espíritu, haciendo su alma semejante a las piedras irisadas, en las que los colores nacen unos de otros.

Cuando comencé, por así decir, a conocer a mamá, ella estaba en la edad de 35 años, más o menos. Ella murió con 92 años. Por lo tanto, la conocí, prácticamente durante 60 años. ¡Eso es conocer bien una persona!

El mayor bien que la vida puede dar

Doña Lucilia con Plinio en los brazos

Además, ella me hablaba mucho de su pasado – que, por cierto, no era largo – como también del pasado de la familia, y con eso la conocía aún mejor. He notado muy bien y pude seguir, por la larga evolución que presencié en su alma, cómo fue su holocausto. Doña Lucilia era educada en la concepción de la vida vigente en las señoras del  medio social en que se formó, en la San Pablo del tiempo de ella. Dentro de esa concepción, ella poseía mucho la idea, que el afecto y el cariño, derivados de la mutua comprensión de las almas, y del bien, eran las mayores riquezas de la vida en lo que se refiere a la relación humana en esta Tierra. Eran riquezas menores que la fe; pero, por lo que se refiere a las relaciones terrenas, constituían el mayor bien que la vida puede dar. Según esta visión de la existencia, el papel de la madre de familia, de la esposa, era irradiar eso en torno de sí, de manera que la familia fuera una especie de santuario de esa comprensión mutua, de que se quiere bien; un lugar donde las personas se encontrarán en una determinada convivencia, y allí encontrarán la fuerza necesaria para enfrentar las dificultades de la vida. Por lo tanto, la gran contribución de la mujer era precisamente perfumar la familia con todo eso. Esta concepción, católicamente  entendida, no tiene nada de sentimental, ni de romántico. Por lo tanto, estoy de acuerdo con ella, y es perfectamente verdadera. Inserida en esa concepción venía la idea – con la que estoy de acuerdo- de que cuando una persona irradia de esa manera la bondad, ella vence todos los obstáculos, porque la bondad conmueve todas las almas, arrastra todos los corazones y resuelve, de un modo inefablemente eficaz, las dificultades que otros modos de proceder no solucionan.

Es decir, para los tiempos y en los ambientes en que Doña Lucilia vivió, habría mucho de eso sin ser enteramente eso. Ella misma contaba los hechos de su familia y de su propia vida, en que la bondad no había resuelto nada. Pero ella narraba como episodios excepcionales, memorables por el horror, y medio espantada de que eso hubiera sido posible. Yo comprendía que en una determinada orden de cosas buenas eso podría ser así, y concordaba completamente con ella.

Ánfora de donde el buen perfume del amor cristiano se irradiaba

En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada.

Doña Lucilia hizo consistir, en su programa de vida, ser la madre católica que esparcía ese amor cristiano en torno a sí, llevando a todos a Dios en las vías de la virtud. En su juventud, mamá era muy acogida y festejada, una muchacha notablemente relacionada. No fue solo ella que me contó eso, pero también su madre y sus hermanas. Cuando ella iba a alguna reunión o fiesta en la sociedad, era una dificultad para sacarla del ambiente, porque todo el mundo tenía más una palabra para decirle, todos buscaban agarrarse a ella, en fin, era buscada. Y, en la familia, era muy considerada como un ánfora donde ese buen perfume se irradiaba. Sin embargo, se fue enfrentando con la invasión de la brutalidad moderna, con cuya entrada, después de la Primera Guerra Mundial, comenzó a surgir otro mundo. Con ello, las personas que ella esperaba mover por la bondad ya no se movían así, y la dejaban incomprendida, aislada y puesta de lado, como alguien que ofreciera, por ejemplo, una bebida fuera de moda que nadie más quiere beber. Eso iba significando  para ella una tristeza proveniente del rechazo sufrido. Pero, junto con la tristeza de la repulsa, venía la incomprensión de lo incomprensible: ¿¡Cómo es que esto llegó a ser así!?

Además, se ponía para ella otra cuestión: “Si las cosas se ponen así, estoy sobrando en la vida, sin misión y sin sentido, lista solo para recibir los rechazos, los desprecios, la indiferencia a lo largo de mi existencia. ¿Qué haré? Seguiré siendo la misma, sin quitar ni poner, hasta el fin. El Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María recibirán de mí lo que los otros rechazan. Ella sabía, sin duda, que el hijo de ella también recibía, ampliamente y grandes tragos lo que los otros rechazaban, Pues la trataba y agradaba completamente en ese nivel, piensen los otros lo que quisieran. Evidentemente, esto no quiere decir, que eran brutos, y no delicados con ella. Era aquella incomprensión educada, con un rechazo puesto como un vidrio entre ella y la realidad.

Perdonando sin límites

Doña Lucilia en la década de 1940

Mamá comprendía que su modo de ser tenía un determinado sentido y correspondía al modo de ser de la Iglesia, de Nuestro Señor Jesucristo, dilatado por ella en la medida en que podía. Enfrentando esos rechazos, Doña Lucilia sabía recibir negaciones análogas a las padecidas por nuestro Señor Jesucristo. Así, con una dulzura y una bondad semejante a la de él, a cada golpe de la incomprensión educada, a cada indiferencia, a cada irreflexión de la brutalidad florida, ella respondía como si fuese la primera vez, olvidándolo  enseguida. Esta era su conducta constante: perdonando, perdonando,  y ¡perdonando sin límites!

En este caso, a este respecto, el menor problema axiológico, comprendiendo perfectamente estar realizando una determinada vía, y que las cosas corrían como era razonable que corrieran: muy duras, muy difíciles, pero ella se entregaba totalmente. Esta determinación ella quiso llevar hasta el final. Cuando llegó el momento de su muerte, la gran “Señal de la Cruz” que ella hizo – mamá era muy comedida y no solía hacer grandes señales de la Cruz, ni era costumbre de las señoras de su época- creo que esto significa: “¡Está hecho!” Tal vez ella piensó en el “Consummatumes ” (del latín: “Está consumado” (Jn 19, 30)). De esta manera Doña Lucilia caminó. ¿Habrá comprendido mi vocación a punto de ofrecer ese sacrificio para que yo seguir siendo como era y, gracias a Dios, soy? Es muy probable, todo lleva a creer que sí. Sin embargo, no puedo afirmar porque mamá nunca me dijo, y nunca le pregunté. Tengo la impresión de que nada la mortificaría más si yo me saliese del camino en el que ella me veía. En este sentido, es significativa la actitud de ella cuando volví del viaje que hice a Europa en 1950. Mamá me abrazó, besó, agradó, tomó un poco de distancia y me miró bien. Yo no podía sospechar lo que estaba pasando por la mente de ella, y me dejé mirar. Ella me abrazó de nuevo y dijo: “¡Hijo mío, tú eres el mismo de siempre!” Por ahí se ve lo que representaría para ella si yo no fuera el mismo…

Bondad y ternura son hermanas inseparables de la combatividad

¿Qué valor tuvo su presencia junto a mí? Doña Lucilia quería afirmar la prevalencia de esta virtud cristiana en el ambiente de ella, pero no lo logró. sin embargo ella alcanzó otra cosa: que yo, objeto de ese amor, inundado y extasiado por ese amor, conservara de él una remembranza la vida entera, teniendo por él una admiración llena de veneración y de afecto, y toda clase de placer, en todas las formas y grados; y, llevando a mi combatividad a límites que mi vocación exige, yo conservaría mi encanto por lo que mamá representaba, y comprendía así que esa bondad y esa ternura son las hermanas inseparables de la combatividad verdadera. De manera que me convertía en un luchador, pero no un brutamonte. Si yo fuera a tratar a la brutamonte las almas afligidas, probadas, débiles, habría constituido un desierto en torno de mí, y habría perdido muchas almas que Nuestra Señora deseaba salvar. Más aún: debiendo predicar, hasta el último límite permitido por la Doctrina Católica, la devoción a María Santísima, con un alma de brutamonte yo no lo haría, porque esa devoción comporta todas estas dulzuras de un modo indecible, o no existe. Por lo tanto, lo que constituye la estrella de nuestra misión – propagar la devoción a Nuestra Señora – eso sería deshecho. Además, yo no habría entendido tantos aspectos de la Iglesia Católica tachándoles erróneamente de blandos, de capitulación. ¿Yo habría entendido bien a nuestro Señor Jesucristo? No sé… Y, diciendo eso, digo todo.

Modelo de la dulzura de vivir

El ejemplo de mamá me ayudó a adquirir una disposición de espíritu tranquilo, por donde, gracias a la Virgen, no tengo odio personal a nadie, y quiero bien a cualquier persona que no sea nociva a la Causa católica.

Cuánto esa forma de ser me ayudó, a lo largo de la vida, a ejercer un arte que nuestra vocación exige: el arte de esperar sin quedar amargo, agrio, sin revelarme, ni indignarme, sino esperar con la suavidad con que ella esperó.

Quien considera el “cuadrinho” ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

He aquí el enorme valor del ejemplo dado por Doña Lucilia, no solo porque la vi cumpliendo siempre esa actitud, sino porque vi “gotear la sangre del alma ella”. Es decir, la “sangre” por ella derramada ha tenido para mí ¡una inmensa utilidad!

Creo que la verdadero douceur de vivre (dulzura de vivir) renacerá en el Reino de María, en medidas inimaginables. Y Doña Lucilia esperaba este douceur de vivre florecer largamente, ser una categoría del espíritu humano.  Para mí, ella fue un modelo de la dulzura de vivir, como tal vez no entienda quien no la conoció de cerca.

Cuando voy, los domingos por la tarde, visitar la sepultura de ella y veo aquella gran cantidad de personas rezando allí, pienso: “Si ella estuviera viva, qué dulzuras tendría para cada uno, cómo los acogería, individualmente, con un modo tan atrayente, simpático, y, al mismo tiempo, digno!”

¡Uno no puede tener idea de cuánto cabía de señorío y de suave feminidad materna en todo ese modo de ser de ella! Quien considera el “cuadrinho” (Cuadro a óleo, que mucho  agradó al  Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base de las últimas fotografías de Doña Lucilia),  ve algo y piensa que vio todo, porque no tuvo ocasión de encontrar otros ejemplos así en su vida. Pero, de hecho, ve muy poco…

Cuantas veces me pasó por la mente grabar su timbre de voz, pero no sé por qué no lo grabé.

Así quien no la conoció podría haber tenido una idea de lo que era, por ejemplo, el modo de ella dirigir la palabra a una persona. Cómo las frases iban subiendo y decreciendo, la entonación, la inflexión de voz, por donde el deseo gentil y afectuoso de introducir al interlocutor en el asunto se expandía y se manifestaba.

Grandeza y dulzura

Doña Lucilia en traje de gala

Otro aspecto de la personalidad de ella que me encantaba eran las alteraciones armoniosas, o sea, cómo ella, con dulzura y armonía pasaba de un estado de espíritu para otro. En esto había una particular condición de la bondad de ella.

Jamás gusté de personas que saltan su un extremo de estado de espíritu para otro. Me agrada ver cuando un alma va armoniosamente hasta el otro extremo de un determinado estado de espíritu, y notar cómo, dentro de este, está el otro presente. Esto forma el verdadero equilibrio, el cual no consiste en quedarse en el medio término.

Por ejemplo, un guerrero que, en la fuerza de su furor, ataca al adversario y, de repente, es capaz de parar para socorrer a un niño. Sin embargo, si pasa, de repente, alguna cosa que él debe repeler; entonces del medio de su cariño levanta una llamarada de indignación. Eso no es saltar de un extremo a otro, sino es pasar equilibrada y temperantemente de un estado de espíritu a otro. ¡La templanza es eso! Doña Lucilia tenía mucho de eso. Era un alma irisada. En las piedras irisadas, los colores nacen unos de las otros. Las señoras, en mi tiempo de pequeño, se presentaban en sociedad con solemnidad, con gala. Y esta suponía cierto señorío, cierta altanería, por tanto, hasta cierto dominio.

Se nota algo de esto cuando se considera la fotografía de Doña Lucilia en traje de gala, en París. Recuerdo con qué encanto varias veces yo la vi prepararse para ir a fiestas. Mientras se arreglaba, ella iba conversando con mi hermana y conmigo. Éramos pequeñitos y hacíamos preguntas bobas que los niños a veces hacen. Y ella iba hablando con nosotros, con esa afabilidad incomparable.

Cuando ella estaba lista, asumía la postura de la señora que parte en su gala. Me parecía todo aquello muy bonito, pues siempre me gustó las cosas imponentes, y me quedaba encantado.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

Pero, niños como éramos, tanto mi hermana como yo hacíamos las incursiones en medio de eso. Ella cambiaba inmediatamente, volvía a aquella  misma dulzura, jugaba, hablaba con nosotros, y luego retomaba su aire grandioso.

En aquel tiempo las señoras usaban cabellos largos, y era una tarea difícil arreglarlos de manera que queden decorosos y bonitos.

Recuerdo que, en cierta ocasión, ella acababa de peinarse cuando – llevado medio por afecto, medio por admiración – me deshice en agrados sobre ella. Sin tener noción del desastre que estaba haciendo… Y para agradarla aún más, comencé a revolver sus cabellos recién peinados. Las personas que estaban cerca, exclamaron: “¡Plinio, pare, está estropeando el cabello de su madre!” Ella intervino: “Déjenlo que haga todo cuanto quiera. No quiero que mi hijo diga que, a causa de un peinado, lo alejé de mí”.

Solo más tarde entendí todo el alcance de ese gesto.

(Extraído de una conferencia del Dr. Plinio en 17/7/1982)

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

El día 20 de octubre llegan a las manos de doña Lucilia, provenientes de Roma, las primeras noticias de su hijo.

cap14_016Roma, 13-X-1962
Mãezinha, ¡amor querido de mi corazón! Le escribo con tinta roja pues mi pluma de tinta azul se ha roto y, por el momento, no dispongo más que de ésta. Es la una y media de la noche. Este es el primer momento que encuentro disponible para escribirle. Empiezo por mis noticias. El viaje fue excelente. Avión cómodo, buena comida, puntualidad satisfactoria, buena compañía, no faltó nada. O, mejor dicho, faltó todo, pues no estaba a mi lado mi Manguinha querida…
[El mismo día que llegamos fuimos] a ver los “Invalides”, los dos edificios de la “Place de la Concorde” y la “Madeleine”, que fueron limpiados de la pátina que tenían. Han mejorado enormemente. Naturalmente, fuimos también a Notre Dame, maravillosísima como siempre.
Después de una abundante merienda en el “Café de la Paix (Place de l’Opéra)”, volvimos a Orly y de allí, para Roma.
Orly es horroroso. Evidentemente, Fiumicino, el Orly italiano, es todavía más feo.
Roma, por el contrario, está muy bonita. La ciudad desborda de riqueza, la población esta fuerte, alegre, nutrida y bien vestida. El número de automóviles ha crecido prodigiosamente. Las vitrinas están lindas, incluso las que exponen comestibles. (…)
Los del grupo ya están en actividad y yo también. Por ahora, no es posible decir todavía en qué terminará todo esto. ¡Que Nuestra Señora ayude a la Santa Iglesia! En cuanto a mí, me siento bien y con un apetito muy vivo.

La parte final de esta carta tan interesante está dedicada a la expansión de su
filial afecto:

Ahora, hablemos de usted. ¿Cómo está, mi bien? ¿Y su preciosísima salud? ¿Qué ha dicho Brickman? ¿Sus medicinas han surtido efecto? ¿Y el hígado? Dígamelo todo, porque usted sabe cuánto me interesa todo lo que se refiere a usted. Mándeme, pues, todos los pormenores. Les escribo hoy a Rosée y al grupo. ¿Cómo están los tíos? ¿Y tío Néstor? ¿Dora, Telémaco, sus hijos, están todos bien? De Adolphinho y los suyos sabré por el grupo.
Mi amor, usted no se imagina cuántas veces al día me acuerdo de usted y cómo cuento los días para verla de nuevo. Cuide con el mayor esmero de su salud.
Reciba millones de besos, cada cual más cariñoso que el otro, del hijo que tanto y tanto la quiere y la respeta y que le pide oraciones y la bendición,
Plinio

El 21 de octubre, doña Rosée le enviaba al Dr. Plinio una nueva carta con algunos detalles más sobre la vida cotidiana de doña Lucilia:

cap14_029

Doña Rosée

Ayer fue día de fiesta porque Mamá y yo recibimos tus cartas. No puedo decirte la alegría que sentimos. (…) Mamá está excelente. Olga y Carlota hacen “puzzle” con ella por la noche y ha tenido muchas visitas. Ya hice venir dos veces a la preciosa Sinhá.
Brickman la encontró muy bien. En casa están solamente Olga y Carlota. Como esta última tiene manía de limpieza y es muy activa, todo va bien.

La “preciosa Sinhá”  era prima de doña Lucilia. Ambas mantuvieron estrechas relaciones toda la vida, interrumpidas solamente por la muerte de la última. Era una de las pocas personas que quedaban de los antiguos tiempos, por lo que reinaba entre ambas una gran afinidad.

“¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!”

cropped-sdl-7.jpgDoña Lucilia, que mantenía su mirada puesta en Roma, el 23 de octubre escribía otra vez a su hijo:
São Paulo, 23-10-1962
¡Hijo tan querido de mi corazón! (…) ¿Ya has recibido la [carta] de Rosée? Ella y Maria Alice han venido todos los días. Rosée vino ayer, y hoy el tiempo está pésimo… ¡tan frío, tan lluvioso, que congela las muñecas, principalmente a los viejos reumáticos como yo!
¡¡¡Si supieses cómo se hace triste la vida cuando viajas tan lejos!!! Es verdad que han venido mis parientes a visitarme, menos Yayá, Dora y Gizela (hija de doña Dora)  que están en Río. Piensa bien en lo que te digo… cuidado, mucho cuidado con tu apetito… si te pones enfermo, ¿qué vas a hacer? ¡Pierdes el final del “célebre Concilio”, los bonitos paseos, etc.!
Saudosísima, le pido a Dios y a Nuestra Señora que te protejan y te bendigan y te envío mil besos y abrazos de tu… manguinha…
Lucilia

Ante la expectativa del retorno, los últimos pedidos

Como en la fase final del viaje el programa del Dr. Plinio estaba sobrecargado por contactos con personas de influencia, con disgusto tuvo que hacer menos frecuente su relación epistolar con doña Lucilia. En una de las cartas que su escaso tiempo le permitió escribir, narra —en vista del encanto de su “marquesita” por la Douce France— la estadía en aquel país. Esta última misiva llegada de la “Ciudad Luz” fue recibida por ella a mediados de agosto.

Dr. Plinio dirigiéndose a la Gruta de Lourdes

Dr. Plinio dirigiéndose a la Gruta de Lourdes

París, 9-8-52
Luzinha querida de mi corazón,
Hace ya algunos días que estoy en París, después de un óptimo viaje por España, pasando después por Lourdes, Toulouse, París. En la carta que hoy he enviado a los del 6º piso les doy noticias de España. Para usted van las de Francia.
Lourdes, como siempre, una maravilla…

basilica-lourdes

Lourdes, como siempre, una maravilla…

(…) Me quedé horas en la gruta, comulgué, ayudé en la Misa, recé mucho, y, evidentemente, no me olvidé de la manguinha del corazón, de mi querido don João Paulo, de nuestras “uruguayas” y de toda la familia.
Aquí, ahora soy todo de la marina: cenaré hoy en la casa de un almirante de Pentfentenyo de Kerveguéren, y mañana debe venir de Tolón el almirante Lafont, director de producción de armas de la Marina francesa.
Antes de ayer, convidado por el Archiduque Otto (Hijo primogénito de Carlos I, Emperador de Austria-Hungría destituido por presión de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Como tal, el Archiduque Otto era entonces el pretendiente a los tronos de la Doble Monarquía), almorcé en su castillo de Clairfontaine, a una hora de aquí. Castillo muy bonito, muebles de roble encerados, colecciones de esmaltes, cuadros históricos, buena
instalación. La comida: cinco platos, incluido el postre; presentes sólo los esposos y yo; él tiene una conversación brillante, muy agradable; ella quieta, deslumbrada, viva en la mirada y en la sonrisa, pero “prudentona”, evitando decir de más o de menos; y sobretodo cauta, desconfiada. Visita demorada, muy amables, quedamos amigos. Debo regresar a la deliciosa calle Alagoas alrededor del 7 u 8. Ya siento desde aquí el olor del vatapá.
Ahora, la carta se hará colectiva, porque estoy en la recta final; me gustaría escribir a todos pero me falta el tiempo. Lamento el mucho trabajo que el despacho debe estar dándole a Papá. Le envío un abrazo afectuoso, y pido que me diga lo que pasó con la Passaláqua. (…)
Y ahora, Lú querida, vuelvo a usted: prudencia, horarios, acostarse temprano, cuidado con la salud por todos los medios y maneras. Un millón de abrazos y besos del hijo que la quiere hasta lo más hondo del corazón y que le pide la bendición.
Plinio

Contentísima al ver que el ansiado reencuentro se daría en menos de un mes, doña Lucilia respondió inmediatamente.
Dignos de nota, a lo largo de esta serie de cartas, son sus horizontes sobrenaturales y su gran desprendimiento. Para sí no pide nada, solamente para los demás, incluso sin olvidarse de la buena Olga:

São Paulo, 14-VIII-1952
cap13_001Hijo querido de mi corazón.
Después de dos días de espera, recibí por fin, y con gran alegría, hoy, tu carta del día nueve, dándome la grata noticia de que, a partir de mañana en quince o dieciocho días, si Dios quiere, tendré la inmensa felicidad de volverte a ver, abrazarte, cubrirte de besos, y de verte todos los días, al fin… ¡Sólo así, nuestra casa volverá a ser buena y deliciosa!
Espero que Rosée llegue mañana, y pienso que Antonio se quedará aún algunos días para fiscalizar la cosecha. Espero en Dios tener en breve el placer de ver a mi alrededor a todos mis queridos “pollitos”, y… ¡al “ Pisi” (De esta manera hacía doña Lucilia el diminutivo del nombre “Plinio”, cuando su hijo era pequeño) de mi corazón! Hijo mío, temo ser inoportuna, pero ¿te acordaste de la Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña? Si
aún te fuese posible, hazlo, ¿sí?
Me ha agradado mucho saber que has estado en Lourdes, y te agradezco las oraciones hechas por mí. Los jóvenes del sexto piso van mañana a Serra Negra, donde pasaran unos días de vacaciones. Dora y Telémaco irán el día diecinueve de este mes directamente para Cambridge. Es una lástima que no os encontréis por ahí.
¡Escríbeme pronto!
A ver si no te olvidas de traer algún regalito para Olga y su hija. Se sintieron tan lisonjeadas la otra vez, ¿te acuerdas?
Con mucho sueño me despido, enviándote, muchos besos y abrazos, y aún más, el corazón saudoso de tu madre extremosa,
Lucilia
Perdona las faltas, pero me estoy muriendo de sueño…

Aprovechado el margen de esa misma carta, don João Paulo escribe:

Nada de nuevo, de importante, a transmitirte.Si pasas por Pernambuco, y no puedes ir a Uruaé, manda un telegrama a Totonio y a Teté (Don Antonio y doña Teresa, hermanos de don João Paulo). Ellos están pensando en ofrecerte un plato que no conozco y que por ese motivo no puedo recomendártelo.
Abrazos de tu padre y amigo,
João Paulo

Desde Francia, el Dr. Plinio viajó a Inglaterra, tan querida de doña Lucilia, donde se maravilló con la famosa Casa del Parlamento —vasto edificio de estilo neogótico, construido en el siglo XIX según el proyecto de un arquitecto católico— cuyas torres se reflejan hermosamente en el Támesis.
El Dr. Plinio dejó el Reino Unido el 29 de agosto, pasó rápidamente por París, y el día 30 desembarcaba en el Portugal de sus antepasados, no menos amado por doña Lucilia. En este último país, al visitar la histórica y célebre ciudad de Coimbra, estuvo con la Hermana Lucía, a quien Nuestra Señora se había aparecido en Fátima.
Una fotografía del Dr. Plinio sacada en el aeropuerto de Madrid, con unas expresivas palabras en el reverso, le anunciaba a doña Lucilia su breve regreso a São Paulo, dándole el antegozo de estar junto a su hijo nuevamente.

foto-enviadaLú querida mía
Antes de bajar en el Pernambuco tan querido de don João Paulo le envío un millón de besos, y a él muchos abrazos. Y, para consolarla a usted de estos días de atraso en mi llegada, ahí va esta fotografía que me saqué en el aeropuerto de Madrid, viniendo de Lisboa. Besos y besos a Rosée y Maria Alice, y abrazos para las tías, Antonio, Eduardo.
Espero que el banquete de mi llegada esté a la altura del viaje, que fue óptimo, y a respecto del cual tendré mucho que contarle. Pide su bendición con el cariño y respeto de siempre,
Plinio

Una mañana, a primeros de septiembre, doña Lucilia, radiante, pudo abrazar y besar a su “pigeon” querido, no sólo “espiritualmente” sino también de verdad. Ahora sí, para ella la casa tomaba vida, pues el “dueño y señor” había llegado. Qué alegría pensar en la posibilidad de que tal vez aquella misma noche fuesen restauradas las íntimas conversaciones. Tres meses de viaje de su hijo querido por Europa, en contacto con personas de origen y mentalidad tan diferentes, prometían temas para largas y entretenidas conversaciones, si bien que lo más atrayente era su presencia.
Siguiendo una recomendación de su padre, el Dr. Plinio había interrumpido su viaje bajando en Pernambuco para estar con los Corrêa de Oliveira. Por supuesto, doña Lucilia se interesó en conocer cómo estaba la familia de su esposo, a la cual había conocido tras su matrimonio, hacía más de 40 años. ¿Conservaba el Ingenio Uruaé su antigua apariencia? ¿Estaría todo como antiguamente: la capilla, la casa, los muebles, e incluso los vestigios de construcciones de épocas pasadas?

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Egoístamente me estremecí de alegría

La lentitud en la entrega de la correspondencia les dejaba a doña Lucilia y al Dr. Plinio perplejos. Así, en la posdata de la carta del día 25, el Dr. Plinio informaba a doña Lucilia:

Acabo de llegar de la Embajada y del consulado: ¡qué sorpresa! Ni carta suya ni de papá, Rosée, Adolphinho ni de nadie del 6º piso. (…) ¿Cómo se explica?

Con certeza, la lectura de estas líneas afligió a doña Lucilia. Había enviado varias cartas a su hijo y ¿éste no las había recibido? Felizmente, dos a tres días después, una nueva misiva borraría sus preocupaciones:

cap12_004Mãezinha del corazón
Recibí por fin una carta suya, de Rosée, Maria Alice, Papá. Para todos, muchas gracias. Trataré en esta carta de enviar un recado para cada uno, pues, después de unos días muy buenos en Madrid, debo ir mañana a San Sebastián, camino de Lourdes y París. Gracias a Dios, el viaje está siendo superior, y con mucho, a mi expectativa. Espero partir de Europa rumbo a la deliciosa y saudosa calle Alagoas y a la deliciosísima y saudosísima compañía de mi incomparable Lú, hacia fines de agosto o primeros de septiembre. De esta manera usted puede ir preparando el “vatapá” (Plato típico de la cocina del Estado de Bahía, hecho de pescado o pollo, con frutos secos, leche de coco, y gran cantidad de especias ).
Como Papá es el gran técnico en degustación, es bueno que se vaya preparando.
Me he quedado muy contento con lo que Rosée me ha escrito sobre sus joyas, ¡pero la mejor joya es tener una hija de temple! Un beso para ambas. (…)
Mil millones de besos para usted, mi amor, abrazos afectuosos para Papá.
A ambos pido la bendición. (…)
Plinio

En medio del tono general auspicioso de esta carta, algo entristeció el corazón materno: su hijo tardaría en regresar más de lo que ella había imaginado. Pero doña Lucilia recibió esa noticia con toda tranquilidad de espíritu, pensando en el bien del Dr. Plinio.
En la carta siguiente, como en otras incontables ocasiones, el Dr. Plinio pudo contemplar un vivo ejemplo de esa paz en el alma de su madre:

São Paulo, 6-VIII-52.
¡Hijo querido de mi corazón!
Esta mañana tuve el gran placer de recibir otra carta tuya venida aún de Madrid, fechada el …??! ¿Por qué no colocas la fecha en tus cartas? Después del telegrama recibido hace algunos días en el “sexto” piso, todos hemos enviado nuestras cartas a París — Regina Hotel. No sé exactamente por qué los jóvenes dedujeron de tu telegrama que habías anticipado tu venida para el próximo día dieciséis. Egoístamente me estremecí de alegría, pero, por la carta de hoy, me he armado de nueva paciencia, pensando que, a fin de cuentas, eres algo más que una máquina humana de trabajo. Es forzoso que antes de recomenzar aquí la lucha te distraigas y descanses un poco. ¡”Así debía hacer el tamoio” ! (Es un dicho. Los tamoyos eran unos indígenas pertenecientes a la familia de los tupíes) ¡Se nota que la expectativa de Adolphinho ante tu regreso es ansiosa! Rosée y Antonio están pasando quince días en Paraná y Maria Alice y Eduardo, fueron con su suegro. Debían haber vuelto el sábado o domingo, y hasta hoy no han llegado. Todos los viajes hechos en avión… Dios mío… ¡Me pongo tan nerviosa! ¿Te has acordado de mandar celebrar la Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña, conforme te he pedido en todas las cartas? Si no lo has hecho, escribe desde ahí para que lo hagan. Dora y Telémaco ya han vuelto de Campos del Jordão, y parten para Inglaterra el próximo día 19.
Me han contado que el Padre Demarais está despertando gran interés y entusiasmo con sus conferencias. Las salas quedan repletas, sobre todo de hombres.
Saluda a tus amigos de mi parte, y con mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos, recibe el corazón saudoso de tu madre extremosa,
Lucilia
Cuando te vea llegar, ¡creo que voy a pensar que no es verdad!
N.B. Gracias a Dios he tenido buenas noticias de Maria Alice. Llegó bien, y siguió para Guarujá, donde pasará unos días.

Con la intención de evitarle a su madre cualquier aflicción, el Dr. Plinio procuraba siempre regresar algunos días antes de la fecha marcada. Don João Paulo aprobaba este procedimiento de su hijo, como podemos ver en este trecho de una carta del 7 de agosto:

Ahí va una carta más de Lucilia que, en la desconfianza, o mejor, ante la incertidumbre de tu salida de París, ha decidido escribir. Aprovechando “el portador”, es decir, el mismo sobre, también te envío esto. Por mi parte, supongo que tu regreso no será a comienzos de septiembre, como dices, sino en el transcurso de este mes, de manera que Lucilia sólo lo sepa cuando llegues a Río o a São Paulo, lo que por cierto, me parecería apropiado.

Para apaciguar las saudades, conversaciones por escrito.

cap12_023São Paulo, una fría tarde de julio de 1952. Los últimos rayos de sol, tras jugar con las ramas de los árboles de la Plaza Buenos Aires, acaban por retirarse, dejando lugar a una espesa neblina que, lentamente, va ocupando las calles del barrio de Higienópolis. En su apartamento, una distinguida dama reza su rosario y piensa en su filhão querido que está del otro lado del océano. Concluidas las oraciones, toca la campanita y pide a la empleada que le traiga el chal color lila.
Después de habérselo puesto sobre los hombros, decide escribirle a su hijo. Con toda calma se dirige al Salón Azul, levanta la tapa del escritorio, toma la pluma y comienza:

S. Paulo II-VII-952
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Cuántas saudades hijo mío! Para apaciguarlas un poco, vengo a conversar contigo por escrito. Releo con frecuencia la única carta que me has escrito, así como las de Rosée y Maria Alice las cuales he guardado para mí. He leído también la que fue recibida con gran regocijo en el 6º piso. (…)
El día de San Pedro fui a la procesión del Sagrado Corazón de Jesús, que, de tan pobre y mal organizada, comprimía el corazón. ¡Qué falta hace el padre Falcone! (Padre Caetano Falcone, Salesiano, fue durante largos años el Rector del Santuario del Sagrado Corazón de Jesús). Rosée ha sido muy dedicada y llena de atenciones. Ha venido todos los días a verme, cenando con frecuencia. Maria Alice también ha aparecido por aquí, trayéndome siempre alguna cosa de regalo. Después de tu partida, Rosée me ha llevado a dos espectáculos de ballet y a un concierto de piano para distraerme un poco.
Dean Acheson (Secretario de Estado del Presidente norteamericano Truman)  está siendo esperado en Río y de allí vendrá a São Paulo.
No sé cuándo ni dónde recibirás esta carta, si aún en Italia o si ya en España… ¡me quedo tan aprensiva con estos viajes de avión, y… con todo lo que te pueda suceder o disgustar! Mira si puedes hablarme un poco más de ti y de todo lo que te concierne. Respecto a los restaurantes es bueno que no te excedas. Si no enfermarás y perderás el placer de la mesa por harto, o por privaciones, lo que es a veces penoso, ¡que lo diga yo!
Estamos pasando por una nueva ola de frío y, con tu padre, estamos los dos abrigaditos en nuestra “casa agradable” que el hijo querido preparó para consuelo de nuestra vejez. Una vez en un autobús y otra en un coche alquilado [fulano de tal] trató, con poco éxito, de conversar con tu padre.
He rezado, comulgado y asistido a las Misas por tu intención, y creo en Dios, Nuestra Señora y el Divino Espíritu Santo, que no te dejarán un momento y te protegerán siempre, haciéndote muy feliz en todo, como tanto lo mereces.
Zilí recibió tu postal el día 30 y se mostró muy emocionada y contenta. ¡“Mille grazie”! (“Mil gracias” en italiano) ¿Te he aburrido demasiado? Cansada, termino ésta enviándote junto con mis bendiciones, muchos y muchos besos y abrazos.
De tu mamá extremosa,
Lucilia
Te pido que no olvides cumplir el pedido que te hice en la última carta de mandar celebrar una Misa y encender una vela, en el altar de Nuestra Señora de Begoña, por la intención de Rosée, ¿sí? Otro beso más y una “crucecita” de mamá.

Estas últimas palabras de doña Lucilia expresan, una vez más, el desvelo incomparable de una madre católica que nunca dejaba de tener como preocupación primordial a sus propios hijos. Era especialmente por ellos que vivía, rezaba y se sacrificaba, sin descuidar el deber de incluir en sus oraciones a todos sus familiares. Pero las noticias de su hijo eran cada vez mas escasas. Una de las cartas, escrita desde Roma, se extravió, y sólo llegó a las manos de doña Lucilia mucho tiempo después de terminado el viaje. La guardó cuidadosamente, junto con las otras, para leerlas en las horas de soledad. Hela aquí:

Roma, 27 de junio de 1952.
Luzinha querida de mi corazón, Tal como le anunciaba en mi telegrama, que usted debe haber recibido ayer, llegué de París el día 26, en avión, a Roma después de dos hora y pico de viaje, durante el cual sobrevolamos Suiza, pasando sobre el Lago de Ginebra, los Alpes y, por supuesto, el imponentísimo Mont Blanc. El mismo día de nuestra llegada fuimos a la Basílica del Vaticano, donde tuvimos la ocasión de rezar ante el altar del

cap12_057Bienaventurado Pío X, ahora expuesto a la veneración de los fieles, junto al altar de San Pedro y junto al de Nuestra Señora de la Piedad, donde está expuesta la famosísima estatua de Miguel Angel que representa a Nuestra Señora con su Hijo muerto en los brazos. Después nos quedamos en la plaza de San Pedro, viendo, midiendo, examinando y comentando hasta caer la noche. Finalmente, tomamos un coche de caballos y, por las callejuelas sinuosas y pintorescas de la Roma antigua, llegamos hasta
las avenidas más modernas y, por ellas, hasta el hotel. A la mañana siguiente fuimos a recibir la Sagrada Comunión en la Basílica, y después comenzamos a trabajar. Ayer nos quedamos poniendo en orden papeles, pues los que habíamos traído de São Paulo necesitaban ser revisados.
Hoy he comenzado los primeros contactos, y estoy reservando unas horas para la correspondencia, mientras el resto del equipo termina de poner en orden los papeles. Espero quedarme en Roma hasta el 15 de julio y después continuar para España. He dejado encargado que me manden de París las cartas que eventualmente lleguen al Regina. La temperatura aquí está asfixiante, pero a los italianos les parece todo normal. Como París, también Roma está mucho más animada que en 1950. Se ve que las cicatrices de la última guerra están desapareciendo. Aún así ¡hay dos millones de desempleados!
Salí muy satisfecho de París, no sólo por la ciudad, superior a cualquier elogio, sino también por el resultado de los trabajos que allí realicé. Que Nuestra Señora me auxilie para que aquí también todo vaya bien.
Mi amor, me ha gustado mucho su carta, con la narración pormenorizada de todo lo que hace. Envíeme otra, igualmente BIEN METICULOSA, pues, como sabe, en las cosas que me interesan exijo pormenores. Hay uno sobre el cual quiero precisión absoluta: ¿cuántas horas ha dormido por las noches Mme. la Marquise?
Desde París envié postales a toda la familia. Me gustaría saber si las han recibido.
Como tengo muchísimo trabajo por delante, voy a acabar. No hace falta que le diga, querida, cuántas saudades tengo de usted… ¡Son inexpresables! En todo momento, me acuerdo de mi Manguinha del corazón. Y, siempre que me acuerdo de ella, hago la siguiente reflexión: LÚ me quiere bastante como para entender que lo que yo más quiero de ella es que cuide de su propia salud.
Rece por mí, querida, y déle su bendición a este hijo que la quiere tanto cuanto puede, y menos de lo que usted merece, y que le manda millones y millones de besos.
Plinio
Querido Papá:
Muchas gracias por su carta, informativa como todas, y que al mismo tiempo me hizo dar unas buenas carcajadas. El calor que siento por aquí me recuerda el que sentí en Recife. ¡Es algo extraordinario! Así, me acuerdo con envidia de ese frío paulistano del cual usted se queja. Así son las cosas. Cada uno de nosotros está metido en una temperatura que no le gusta.
Roma es impresionante y emocionante desde el punto de vista religioso, pero es para mí un lugar de abundante y delicado trabajo. Así, creo que será ésta la fase más árida de mi viaje. Le pido que siga poniéndome al corriente de lo que vaya pasando por ahí.
Con un abrazo muy saudoso, pide su bendición el hijo que mucho le quiere.
Plinio

cap12_054Debido a que esta carta, como antes se dijo, sólo llegó posteriormente, doña Lucilia seguía sin noticias del Dr. Plinio. De ahí haberle escrito nuevamente presentando una suave queja, a la cual no faltó algo de pintoresco relativo a la ausencia de novedades. A cierta altura de la bonita misiva nos agradará un destacado aspecto de su noble alma: la cuidadosa sensibilidad con respecto al brillo de la sociedad temporal. Ella no veía contradicción entre los esplendores de ésta y la infinita grandeza del Sagrado Corazón de Jesús. Por el contrario, para ella el Divino Maestro estaba en la raíz, era la fuente de todo cuanto de maravilloso pudiese realizar el hombre. Todas estas obras Él las amaba con infinito cariño y de manera proporcionada.

São Paulo, 9-VII-52
¡Hijo querido de mi corazón!
Ansiosa, esperaba desde algunos días ser atendida con una de esas dádivas preciosas que es la carta de un hijo que me llena el corazón de saudades… y sin embargo, nada, ni siquiera una postal. Parece increíble mas, a veces, me pongo a pensar que tal vez mi hijo querido no esté soportando bien esta canícula inusitada en Roma. Todos se ríen cuando lo digo, pero todo es posible, ¡pues eres tan sensible al calor! “ Pour un en cas”  (Por si acaso), como dicen los franceses tan amigos tuyos, te escribo ésta, con la esperanza de que, no alcanzándote en Roma, te sea enviada a las tierras de mis bisabuelos, Portugal y España. (…)
Como un meteoro, —apenas veinticuatro horas— pasó por aquí, el matrimonio Dean cap10_028Acheson. Marjory Prado les ofreció uno de estos raros y grandes Bailes con “letra mayúscula”, con gran profusión de luces, flores y, atrás de la casa, una colosal terraza toda cubierta de tejido rojo oscuro, y recubierto de hiedras, y unos bonitos espejos antiguos, y en el techo cinco lámparas de cristal, y se bailaba por todas partes. Rosée y Maria Alice estuvieron allí con sus respectivos maridos, estaban muy chics y, como abuela, puedo decir que Maria Alice estaba un encanto… Se veían joyas y trajes de gala bellísimos, y la acumulación de gente era tal que Rosée, Maria Alice, Bebé y Nia Washington se buscaban en vano y, al final, ¡salieron sin encontrarse! Cambiaron impresiones al día siguiente. Rosée se quedó visiblemente satisfecha con tu telegrama. Cenamos allí, con mis dos hermanas — Néstor de viaje. Adolphinho, de acuerdo con Rosée, cenó con… ¡los del sexto piso! Antonio le dio a Rosée dos collares más de perlas iguales al que ya le había dado últimamente — más una linda trousse (Pequeña bolsa) de
oro, bien trabajada y toda incrustada de rubíes. Su hija y su yerno le dieron un anillo, de esos modernos, que no aprecio, incrustado de brillantes, y que fue muy elogiado.
Junto a tu padre he sufrido con el frío, que está duro de soportar. Durante el almuerzo, él abre las cortinas y el sol le baña de lleno las espaldas, quedándose contento. Y yo, con saudades, busco a alguien, y a unas manos queridas que están ausentes hace un largo mes.
¿Cómo van tus estudios, tus visitas a esos “mil y un” museos, y tus viajes? ¿Todo a tu gusto? Si fuese posible, debéis hacer una excursión en barco por el Loira a los castillos “intactos” que aún conservan sus márgenes. ¿No vas esta vez a Lourdes, o a Paray-le-Monial ? Te pido que no dejes de mandar celebrar una misa y encender una vela a Nuestra Señora de Begoña, por la intención de Rosée; — ¿De acuerdo, querido? (…)
Con mi corazón, recibe muchas bendiciones, abrazos y besos. De tu madre extremosa,
Lucilia

El 10 de julio, don João Paulo transmite de pasada, en una carta, noticias de doña Lucilia:

En casa todo transcurre normalmente. Tu madre sigue bien.
Tiene, una que otra vez, crisis de intensa saudade. Lee, entonces, tus cartas y las relee, y termina en aquellas interminables oraciones que bien conoces. Y vuelve el buen tiempo.

Por medio de su esposo, doña Lucilia enviaba un recado a su hijo:

A propósito, al escribir ésta, Lucilia me ha pedido que te diga que debes tener el mayor cuidado con los automóviles, en vista del reciente rapto del abogado de Berlín, que tanto la ha impresionado…

Evidentemente el Dr. Plinio tomaría en cuenta la observación materna, pues había comprobado, no pocas veces, el acierto de las intuiciones de doña Lucilia en todo lo que a él podía causarle daño. Sin embargo, más que la propia advertencia le agradaba aquella incesante manifestación de solicitud.

“A París sólo le falta una cosa…”

capV102Después de los Sagrados Corazones de Jesús y María, dos eran los principales puntos de referencia de doña Lucilia: ante todo, su “hijo querido”; y después, en el mundo de la cultura, París. Así, a pesar del inmenso deseo de tenerlo a su lado, quedaba consolaba con el hecho de saber que él estaba en la “Ciudad Luz”.
Envuelta en consideraciones que, por esta razón, eran una mezcla de tristeza y de alegría, abrió un sobre que en aquel instante había llegado de la capital del charme.

París, 12-6-1952
Manguinha querida de mi corazón.
Con un millón de besos y mil millones de saudades (me parece que esta vez tengo aún más saudades de usted), espero a todo momento un minuto para escribirle y sólo ahora lo encuentro.
Dígame CON URGENCIA cómo se encuentra, si es prudente en materia de oraciones y horarios, si ha procurado distraerse, si ha tomado agua Prata, y… ¡si se ha acordado de mí! Quiero un relato minucioso. Por mi parte, me está yendo muy bien, y me parece que París está con mucho más movimiento y recuperada que la otra vez, en el que estaba mortecina y aún sangrando por la guerra. Y cuanto más tiempo estoy aquí, tanto más siento que este es el pueblo rey, elegido y preferido de Dios (El Dr. Plinio se hace eco de la afirmación de San Pío X, del 29 de noviembre de 1911 (Alocución consistorial Vi ringrazio, Acta Apostolicae Sedis, Typis Polyglottis Vaticanis, Roma, 1911)).
A París sólo le falta una cosa: Lú.
Con muchas saudades, le pide la bendición y le besa con afecto inmenso su hijo respetuoso.
Plinio
Besos, abrazos para las Tías Zilí y Yayá, abrazos a Tatão. Y dígale a Cecilia que le agradezco su postal.
P.

Esa misiva —así como otras que el Dr. Plinio le iba enviando a lo largo de su ausencia— tenían el sabor de un encuentro con su hijo querido. Con sólo leer las palabras iniciales “Manguinha querida de mi corazón”, le parecía verle sentado en el sofá de jacarandá, listo para empezar a conversar con ella. Superfluo es decir que esa relación a distancia no se establecía sólo por medio de cartas. De manera más intensa y profunda, se producía espiritualmente en el Sagrado Corazón de Jesús.
A pesar de que a doña Lucilia le gustase tanto estar junto a su hijo, su desprendimiento le hacía tener aún mayor empeño en que él consiguiese alcanzar los objetivos de su viaje.

S. Paulo, 24-6-1952
¡Hijo querido de mi corazón!
Con cuánta alegría y saudades recibí tu carta… o mejor dicho, ¡recibimos nosotros cuatro tus cartas!, que ¡sólo fueron entregadas el día veintiuno!
Ha llegado hoy la postal que enviaste para Yayá, que se va a quedar muy contenta cuando le sea entregada.
Dora va a pasar un mes en Campos do Jordão y el día siete, más o menos, de agosto, continuará para ahí. Rosée ha venido todos los días e incluso a cenado frecuentemente aquí. Anteayer me llevó a ver el ballet del Marqués de Cuevas, que es, en su género, lo mas bonito que he visto. En las piezas de Inés de Castro, y del prisionero del Cáucaso, me acordé muchísimo de ti. ¡Antonio aún no ha regresado de la finca!… Los pobres propietarios rurales han pasado un mal rato temiendo una helada, pues el frío ha sido intenso, y la temperatura cayó en Santa Catarina a ¡diez bajo cero! Felizmente, gracias a Dios, en Santa Alice (Finca de su yerno, Antonio de Castro Magalhães, en el municipio de Cambará, al norte del Estado de Paraná), todo va bien.
Y tú, querido mío, ¿qué has hecho? Ya lo sabemos… siempre trabajando… y trabajando más… Pero por mi fe, amor, oraciones y comuniones, confío, en los Sagrados Corazones de Jesús y de la Virgen Madre Santísima, y aún en el Divino Espíritu Santo, has de ser muy, muy feliz, podrás recibir la bendición y protección del Santo Papa y volverás feliz para los brazos de la madre que tiene ¡el mejor y más querido hijo del mundo!
Fui hoy, día de San Juan, a comulgar por tus intenciones, a [la iglesia de] Santa Teresita.
¡Cuando pienso en que desde París partirás en avión para Lourdes, Roma, España y yo que sé para dónde más… siempre en avión, me quedo sin respiración!
He interrumpido tantas veces esta carta que incluso ya no tengo mucha noción de lo que he escrito. Una de esas interrupciones fue de Rosée y Maria Alice, que me han llevado a dar una vuelta enorme por Pacaembú, Jardim América, Indianópolis y camino del aeropuerto.
He llegado un poco atontada y cansada.
Te pido hijo querido que escribas con frecuencia. Las que me escribiste desde São Lourenço y desde ahí son leídas todos los días, “para engañar al tiempo”. Me consuela ver que todos los que han venido aquí te echan de menos y hablan con saudades. Acaban de entrar para cenar Yayá y Adolphinho, y Rosée ya estaba, pero faltas tú, hijo mío. Que seas muy feliz, que te diviertas mucho en esa bonita tierra de Lourdes y de Paray-le-Monial. Como se ve, es privilegiada y llena de bendiciones… …y, ¡maravillosa! Aprovecha lo mejor posible y vuelve, Dios lo permita, descansado, fuerte y satisfecho.
Con muchas bendiciones y abrazos, te besa afectuosamente, tu manguinha,
Lucilia
¿Has recibido mi carta?

¡Cómo me parece largo, largo, este mes de mayo!

Al volver de Alemania, de paso por París, el Dr. Plinio escribe unas rápidas líneas, el 11 de mayo, día de la Ascensión. Sin embargo, la carta sólo llega a São Paulo alrededor del día 24.
Al enterarse del paso de su hijo por Colonia, doña Lucilia debe haber recordado aquellos lejanos días en que con él, niño, había visitado la “capital católica” de Alemania:

Valle del Rin

Valle del Rin

París, Ascensión, 1950.
Luzinha querida de mi corazón.
Ahí va una inmensa cantidad de garabatos —la mayoría destinada ¡hélas! a [otra persona] — para que usted mate las saudades. Tuve necesidad de hacer una rápida inmersión en Alemania, de la cual he regresado archicansado. En el Rin y en Colonia me acordé mucho de que ya la visitamos juntos. ¿Por qué nadie de ahí —ni usted— me escribe? (…) Puede ir comprando el feijão bien negro, mi amor: dentro de dos días iremos a Lourdes, si Dios quiere, y, de allí, a Roma. En fin, se aproxima el día en que estaré en los brazos de Lú! París es algo indecible. No puedo decirle cuánto me gusta.
Gracias a Dios, mis asuntos van bien. Mande esta carta a Rosée, a quien le escribí hace días. Desde Roma le escribiré. Muchos recuerdos a las tías, a Tío Néstor, a toda la familia (…); y a mi pueblo del 6º piso. Para usted, mi bien, millones de besos saudosísimos, todo el cariño y todo el respeto de su Pimbinchen… de 41 años!

Como los granos de un reloj de arena, cada día del mes de mayo va pasando lentamente en el calendario materno. Junio, con la perspectiva del regreso del Dr. Plinio, tal vez pase más de prisa. Por el momento se suceden las cartas portadoras de algo de su presencia, aliviando un poco al menos la pena de la separación. La del 24 de mayo, la responde al día siguiente, enviándole muchas y variadas noticias, a las cuales se mezclan las aprensiones del momento. En aquellos días, la llamada “guerra fría” llenaba con sus fragores las páginas de los diarios. Se hablaba frecuentemente de una posible invasión de Europa Occidental por las tropas rusas y la consecuente implantación del comunismo en los territorios ocupados, así como había ocurrido en los desgraciados países de la parte oriental del Viejo Continente. Teniendo en mente esa posibilidad, dice doña Lucilia en su carta que la Europa “que venga después del Año Santo no será para desear ser vista”, a menos que “nuestra religión católica” sea victoriosa en la lucha contra los rusos invasores. Se nota, por sus palabras, cómo para ella el asunto comunismo-anticomunismo era una guerra religiosa, en la que estaban en juego los más altos intereses de la Santa Iglesia.

Notre Dame de Paris

                                                              Notre Dame de Paris

S. Paulo 25-V-50
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Me has dado a entender que has recibido pocas cartas mías! (…) Debes tener cartas mías en Madrid, algunas en el consulado de Lisboa y otras (…) en el Colegio Pío Latino. ¡Pensar que yo haya podido escribirte poco! ¡Mandé también dos al hotel Regina!

cap14_028
¿Adolphinho ha recibido mi carta? ¿Será posible que hayáis ido a Baviera sin ir a Munich? “München wie schon!” (¡Qué bonita es Munich!), decían los alemanes otrora y ¿cómo estará hoy? ¿Habéis visto a Teresa Neumann? (Mística alemana, entonces de gran renombre). Escribidme en seguida desde Roma, ¡sobre todo después de que hayas visto al Papa! Es muy natural que en Italia ya te sientas (con pesar) cercano del regreso, pero, hijo mío, no te entristezcas, no… Acuérdate, y demos gracias a Dios, de que este poco tiempo, para mi tan largo, ha sido suficiente para darte “un aperçu” (Una visión de conjunto) de lo que fue la Europa antigua, de la [ Edad] Media. Y, la que venga después del Año Santo,… no será para desear ser vista, y podrás, entonces, de un modo u otro, verla más tranquilamente y a gusto, principalmente, si por la misericordia de Dios y la intercesión de la Santísima Virgen, fuesen disipados los malos presagios, y nuestra religión católica, saliese victoriosa.
Me ha gustado mucho la postal con la imagen de Ntra. Sra. de Fátima. ¿Cuándo recibiré una de Lourdes? Este es el mes de María y estoy con la imagen adornada de flores y una vela que, como bien sabes, arreglo en mi cuarto. Y más que nunca, persevero en las letanías y en mi “rosario de coquito” (
Coquito: En Brasil se llama coquinho (se pronuncia coquiño) a un pequeño fruto redondo que dan algunas palmeras, con cuya semilla es frecuente hacer rosarios ),con el que rezo siempre por mi hijo tan querido, hoy tan distante. ¡Cómo me parece largo, largo, este mes de mayo!… en el de junio,si Dios quiere, ya comienzo a esperarte. Quince de junio, me has dicho; ¿no es verdad? Rosée me ha escrito constantemente y pretende llegar el día 29 ó 30. Estoy ansiosa de que lleguen. Tus tías aún no han recibido cartas tuyas. Bien, querido mío, la charla es agradable pero me siento muy cansada, por eso termino. Y para ti, filhão, sólo el corazón lleno de saudades de tu madre extremosa y sus bendiciones,
Lucilia

Los días seguían transcurriendo con lentitud, ora mayor ora menor. Ya próximo el fin de mayo, una auspiciosa postal enviada desde la Ciudad Eterna, que desgraciadamente se había extraviado, interrumpe el silencio epistolar de dos semanas y anuncia que el viaje se acerca a su término.

“Tanto le pido a Dios que vuelvas ya como que puedas quedarte un poco más”

Como don João Paulo asumió el encargo de cuidar del despacho de abogacía del Dr. Plinio durante su ausencia, le escribe varias cartas a ese respecto, sin dejar de relatar en ellas en pocas palabras lo que pasaba en casa. Por una del 11 de marzo podemos medir cuánto le agradaba a doña Lucilia cada noticia recibida de su hijo:

Aquí llegó ayer tu carta del 6; recibida con el mayor de los placeres, especialmente por Lucilia que la ha leído por lo menos tres veces, (…) sigue hoy para Buenos Aires, dirigida a Rosée.
Por aquí, nada de nuevo en lo que nos atañe más de cerca. Lucilia está bien, una vez u otra siente que le aprietan las saudades, pero después vuelve a la normalidad, para lo que concurren sus hermanas, casi siempre de visita para las habituales cenas. No te preocupes por eso y aprovecha Europa de la mejor forma posible.

Dr. Plinio visitando Louvre

Dr. Plinio visitando Louvre

Uno de los alivios de doña Lucilia para sus saudades consistía en escribirle largas cartas al Dr. Plinio. Así, poco después de recibir la primera llegada de París, le envía una respuesta. Bien sabemos todo lo que representaba para ella la cultura francesa. No perdía, pues, ocasión de recomendarle a su hijo que visitase los lugares más interesantes.
Por los consejos que le da, se nota como encaraba una tournée por el viejo continente. Le parecía que un viaje por Europa debía tener el carácter de peregrinación en el sentido más amplio del término, pues todas las maravillas allí existentes eran fruto de la civilización cristiana y había que admirarlas con espíritu religioso, casi se diría que meditarlas. De ese modo, a pesar de que su hijo era ya un hombre maduro, se empeñaba en ayudarle a progresar espiritualmente durante esa estadía, recomendándole correr menos e incluso visitar menor número de lugares históricos, a fin de aprovecharlos mejor.
Por eso le pedía a Dios en sus oraciones que el viaje del Dr. Plinio se prolongase lo más posible, a pesar de que las saudades la llevasen a implorar su pronto regreso.

S. Paulo, 12-V-50
¡Mi querido hijo!
Por las cartas que te he enviado (…) habrás tenido noticias nuestras. Por otra escrita ayer por tu padre, ya debes haber sabido del fallecimiento de doña Nené Paula Leite. Como yo, debes sentir mucho esta muerte, pero para ella fue muy bueno, pues se fue junto a Dios, la Santísima Virgen y su queridísimo hijo José Gustavo.
Se sintió indispuesta el domingo, enferma el lunes, y el martes al amanecer entregó su alma a Dios. Tuve mucha pena de Antony y de sus hermanas; ¡estaban tan abatidos! y un tanto desorientados con la rapidez del hecho.
Estoy ansiosa por ver el retratito que Adolphinho le mandó a su madre, que me lo traerá mañana. ¿No crees que “yo también” voy a recibir uno de mi queridão?

"Estatuas"

                             “Estatuas”

Al ver Versalles ¿no te acordaste un poco del palacio de las “estuatas”? ¿Habéis ido al Trianón y al Petit Trianon? ¡No me hablas de ellos y son tan bonitos y próximos del primero! Te recuerdo también, si tienes tiempo, el museo Grévin, que es interesantísimo. Si no te fuese posible ir al [palacio] de Luxembourg y pasas cerca, aproxímate un poco para que puedas ver, desde la calle, Le penseur, obra prima de Rodin, que está colocado
en el pequeño jardín frente al edificio.
Mandé a Rosée, con promesa formal de devolución tu carta describiendo la maravillosa Sevilla, pero escrita desde París. Felizmente las noticias que mandan son buenas. Antonio ya ha viajado para Argentina el día diez y piensa que vendrán todos el día veinticinco o treinta. Tus tías están quejosas por no haber recibido de tu parte ni siquiera una postal. Les mostré tu última carta, en que me decías que ya les habías escrito. Después de tu partida, ellas han redoblado sus cariños conmigo. Hasta Dora, tan buenecita, que, a pesar del ajetreo que tiene por la casa nueva, se esfuerza lo más posible por serme agradable. ¡Que Dios la bendiga y la haga feliz! Zilí y Néstor nos llevaron el domingo pasado al Automóvil Club para que yo lo conociese antes de ser demolido, y allí cenamos los cuatro, además de Antonio Magalhães. Me gustó mucho todo, pero hablando y acordándome a cada momento de mi querido, que ciertamente, “mil veces gracias al buen Dios y a Nuestra Madre María Santísima”, debería también estar viendo cosas muy bonitas y necesarias bajo todos los puntos de vista.
Me olvidaba decirte que tus dos últimas cartas han llegado con los sobres tan mal pegados, o repegados, que con la punta de la uña las abrí rápidamente.
Escríbeme siempre, hablando un poco más de ti. ¿No estarás cansándote demasiado con el ansia de aprovechar el tiempo para ver lo más posible? Hijo mío, por el amor a Dios, ¡más cuidado con tu salud! De nada sirve verlo todo (aunque sea en mayor número) con estas carreras, con este afán. Es mejor ver menos pero examinar más, anotarlo todo bien, con más provecho y sosiego. ¿Cuándo vais a Lourdes y a Roma? Que Dios os acompañe y seáis muy felices. ¡Si Él no fuese Dios pensaría que estoy loca, pues tanto le pido para que vuelvas ya, como para que puedas quedarte un poco más! Es el fruto de
las muchas saudades.
Mando un abrazo para Adolphinho.
¿Y para ti, hijo querido? Todas mis bendiciones, mi afecto y cariño, abrazos y besos.
De tu mamá muy saudosa y extremosa,
Lucilia

Dr. Plinio en el año 1952

       Dr. Plinio en el año 1952

Antes de un rápido viaje a Alemania, el Dr. Plinio traza unas breves líneas en una postal con una vista de París. Durante las dos semanas siguientes, no llegaría a São Paulo ninguna correspondencia:

Lú, mi querida Manguinha.
¿Cómo decir las saudades que he sentido leyendo sus cartas? Me han dado ganas de volar hasta ahí para un encuentro lleno de besos; y volver, abriendo un paréntesis en esta ausencia tan larga. Me ha gustado inmensamente saber (…) que usted está bien… aunque saudosa a más no poder. Lo que veo aquí es el asombro de los asombros. He venido hoy de Versalles por segunda vez. ¿Ya está preparando la feijoada? Cuando llegue a Roma, puede ir comprando los condimentos.
Millones y millones de abrazos y besos de este filhão que la quiere y respeta indeciblemente y pide su bendición
Plinio

Carta desde París

El deseo de doña Lucilia referente a Fátima fue atendido antes de lo que ella imaginaba. Tal vez ese mismo día 6 de mayo, le llega a las manos, enviada por su hijo, una bonita tarjeta postal con la imagen de Nuestra Señora de Fátima dirigida a ella y a don João Paulo:

cap11_025Lisboa, 30/4/1950
De Fátima, donde he rezado por ambos, envío muchos abrazos, besos, saudades, y pido la bendición.
Plinio
PS. Digan a Tía Zilí que recé por lo que ella pidió.

cap11_024De paso rápidamente por la tierra de Camões, el Dr. Plinio tuvo la oportunidad de observar trazos bien característicos del alma portuguesa, presentes por su remoto origen en el modo de ser de doña Lucilia: la riqueza de afectividad y la dulzura lusas. Por ello, doña Lucilia, si bien nunca hubiese ido a la tierra de sus ancestrales, le tenía un gran amor.

La primera carta recibida desde París trajo a la memoria de doña Lucilia la temporada que había pasado en aquella incomparable ciudad, cuando la Belle Epoque entonaba su “canto de cisne”. Tanto más que el Dr. Plinio hace referencia a algunos lugares adonde su madre lo había llevado cuando pequeño —como por ejemplo el palacio de Versalles—, y que tanto le habían gustado.

Dr. Plinio en Portugal

                                                                        Dr. Plinio en Portugal

París, 6 de mayo de 1950
Luzinha queridísima
Querido Papá
Les escribo una carta desastrosa, porque el teclado [de la máquina de escribir] es diferente del nuestro, especialmente en lo que se refiere a las letras a, m, q. En todo caso, es mejor que nada y puedo ir más deprisa, aprovechando así el tiempo en París.
Les escribí desde España, estuve posteriormente en Portugal, incluso en Fátima, desde donde les escribí postales. En Lisboa, recibí las cartas de ahí. Viajé por todo Portugal en dos días fulminantes, y en seguida fui a París en avión.
Nuestro hotel está a dos pasos del Louvre. Ya he estado en Versalles. He visitado Notre Dame, S. Germain l’Auxerrois, donde fue dada la señal para la masacre de S. Bartolomé, etc. Es inútil y absolutamente imposible decir la impresión que todos estos monumentos causan. Debemos ir mañana a S. Cloud y a Fontainebleau.
Me han gustado enormemente las noticias que Papá me dio sobre los negocios.
En cuanto a recibir mi sueldo, es simplísimo: basta ir a la Secretaría de Hacienda el día 13 y pedir que le paguen. Todas las formalidades están ya cumplidas.
Me gustó inmensamente ver con cuánto sentido común mi Lady Perfection (Apodo cariñoso dado por el Dr. Plinio a su madre, quien gustaba hacer todas las cosas perfectamente) está tomando esta separación. Me estoy muriendo de saudades de nuestras conversaciones. Hay aquí un conjunto de relojes que marcan las diversas horas del mundo entero. Cuando paso por él, pienso siempre en lo que estará haciendo mi Marquesa a esta hora. Y tengo una preocupación no pequeña en lo que se refiere a los horarios de oración.
Estoy absolutamente sin noticias de Rosée y de los suyos. Le mandé un telegrama cuando llegué a Madrid y no he obtenido respuesta. Las cartas de ahí nada me dicen al respecto. Quiero que esta carta sea leída a la gente del 6º piso y enviada después a Buenos Aires.
Tampoco tengo ninguna noticia de la gente del 6º piso. ¿Qué hace esa banda de perezosos?
Sólo he recibido una carta de Tía Zilí, carta muy cariñosa, que respondí hace muchos días. Les he escrito a Tía Yayá, Dora y Telémaco, (…) Antony y a los del 6º piso. Ninguna respuesta: “Voilà qui est beau” (“¡Qué belleza!” Equivale a una queja por la ausencia de correspondencia).
Pienso que aún me quedaré en París una semana, e iré después a Lourdes y a Roma. Cuando llegue a Roma, mamá puede comenzar a preparar la feijoada.
Mil millones de besos y abrazos para mi Manguinha del corazón.
Mil abrazos para Papá. A ambos pido la bendición.
Abrazos también a las tías, Antonio, Dora y Telémaco y a toda la familia.
Para la gente del 6º piso nada, mientras no me respondan.
Del hijo que muchísimo les quiere,
Plinio

¡Cuántas saudades… Dios mío!

Termina la cena en casa de los Corrêa de Oliveira, en la calle Vieira de Carvalho.
El matrimonio se levanta, reza las oraciones finales de la comida, y el marido se dirige a su cuarto a fin de rehacerse del cansancio del trabajo, mientras doña Lucilia se entrega a la oración a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús.
Después de rezar por todas sus intenciones, en especial por su hijo tan querido, besa las manos, las rodillas y los pies del Sagrado Corazón de Jesús. Finalmente, una última mirada amorosa a la figura de Aquel que es la Bondad en persona. Lentamente se aparta, se sienta en un sofá cercano, y con el pensamiento recorre las vías de su maternal corazón:
“Bien, mañana un portador va a encontrarse con mi Pimbinchen. ¡Ay! ¡qué pena que no sea yo! ¡Cuánto me gustaría hacer este viaje para poder verlo! La única forma de entrar en contacto con él es escribirle una carta”.
Se levanta, abre el escritorio, enciende la luz y, con delicada letra, casi dibujada, transpone a una hoja de papel la expresión de sus cariños y saudades.

¡Hijo tan querido!
cap12_001Ignoro aún si has recibido ya mi primera carta, pues las tuyas nada dicen a este respecto; en cuanto a la segunda, escrita el veintitrés, sigue con ésta, porque pensábamos que sería más rápido y seguro enviarla en manos de [un portador amigo] que ha sido obligado a retrasar el viaje. Así que van ahora dos. Recibí anteayer una del día veintiuno y estoy ansiosa de oír tus impresiones y descripciones de España y de nuestro Portugal, que no conozco, así como de todas las otras cosas que te quedan por ver. Nada me dices de tu salud. ¿No estarás, movido por la curiosidad, abusando de tus fuerzas? Por el amor a Dios, no hagas imprudencias de gourmands e gourmets (Los golosos y aquellos que saben apreciar la buena mesa), y no te muevas excesivamente, cosa que no te ha permitido hasta aquí tu género de vida. (…)
En cuanto a las noticias que me pides del sexto piso, mejor las tendrás [por el mismo portador, nuestro amigo].
Rosée y Maria Alice han escrito, preguntando siempre por ti. En cuanto a ellas, parece que nada hay de nuevo. Lo único que dicen es que, cuanto más conocen Buenos Aires, más lo aprecian. Han salido bastante con Ernestina P. Alves e hija. Antonio ha vendido bien el café y está en la finca de donde pretende volver hacia el diez y seguir viaje después a Argentina.
¿Te has acordado de mandar celebrar la Misa en Ntra. Sra. de Begoña como te pedí? La que he mandado celebrar en tu intención el día tres de éste, en el Sagrado Corazón de Jesús, será oída con mi máxima fe y amor; y también comulgaré, pidiendo a Dios que te bendiga, te haga siempre un verdadero católico, recto, bueno y justo, para su mayor gloria y, como siempre, el mejor y más querido de los hijos, por quien doy, incluso, los pocos días que me quedan. Es muy probable que cuando vayas a Versalles, te acuerdes de las estuatas blancas; En el Trianón, de los carruajes reales, y paseando “a pie” por la avenida de los Campos Elíseos, en el “Rond Point”, te acuerdes de los pequeños teatros de marionetas ¡Cuántas saudades… Dios mío!

A esta altura —se nota por la exposición de las ideas— doña Lucilia no resiste, abandona la pluma sobre el tintero, y se ve obligada a hacer uso del pañuelo para recoger algunas lágrimas que le corren por las mejillas. Probablemente se vuelve hacia la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y, con los ojos fijos en esa fina y piadosa representación de nuestro Redentor, pide una vez más por el filhão querido”…
Después de haber dominado su nostalgia, continúa:

Es bueno que tengas un buen y pequeño mapa de la ciudad, fácil de ser manejado, lo que te facilitará los paseos. Por lo demás, nada te recomiendo, pues sabrás mejor que yo lo que debes hacer.
Escríbeme siempre; ¿sí? No te olvides de mí en Nuestra Señora de Lourdes; ¿sí? ¿Cómo están tus amigos? ¿También les está gustando mucho? Dales a todos saludos de mi parte.
Con muchas saudades, te bendice, te abraza y te besa mucho, tu madre extremosa,
Lucilia

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