Ante la expectativa del retorno, los últimos pedidos

Como en la fase final del viaje el programa del Dr. Plinio estaba sobrecargado por contactos con personas de influencia, con disgusto tuvo que hacer menos frecuente su relación epistolar con doña Lucilia. En una de las cartas que su escaso tiempo le permitió escribir, narra —en vista del encanto de su “marquesita” por la Douce France— la estadía en aquel país. Esta última misiva llegada de la “Ciudad Luz” fue recibida por ella a mediados de agosto.

Dr. Plinio dirigiéndose a la Gruta de Lourdes

Dr. Plinio dirigiéndose a la Gruta de Lourdes

París, 9-8-52
Luzinha querida de mi corazón,
Hace ya algunos días que estoy en París, después de un óptimo viaje por España, pasando después por Lourdes, Toulouse, París. En la carta que hoy he enviado a los del 6º piso les doy noticias de España. Para usted van las de Francia.
Lourdes, como siempre, una maravilla…

basilica-lourdes

Lourdes, como siempre, una maravilla…

(…) Me quedé horas en la gruta, comulgué, ayudé en la Misa, recé mucho, y, evidentemente, no me olvidé de la manguinha del corazón, de mi querido don João Paulo, de nuestras “uruguayas” y de toda la familia.
Aquí, ahora soy todo de la marina: cenaré hoy en la casa de un almirante de Pentfentenyo de Kerveguéren, y mañana debe venir de Tolón el almirante Lafont, director de producción de armas de la Marina francesa.
Antes de ayer, convidado por el Archiduque Otto (Hijo primogénito de Carlos I, Emperador de Austria-Hungría destituido por presión de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial. Como tal, el Archiduque Otto era entonces el pretendiente a los tronos de la Doble Monarquía), almorcé en su castillo de Clairfontaine, a una hora de aquí. Castillo muy bonito, muebles de roble encerados, colecciones de esmaltes, cuadros históricos, buena
instalación. La comida: cinco platos, incluido el postre; presentes sólo los esposos y yo; él tiene una conversación brillante, muy agradable; ella quieta, deslumbrada, viva en la mirada y en la sonrisa, pero “prudentona”, evitando decir de más o de menos; y sobretodo cauta, desconfiada. Visita demorada, muy amables, quedamos amigos. Debo regresar a la deliciosa calle Alagoas alrededor del 7 u 8. Ya siento desde aquí el olor del vatapá.
Ahora, la carta se hará colectiva, porque estoy en la recta final; me gustaría escribir a todos pero me falta el tiempo. Lamento el mucho trabajo que el despacho debe estar dándole a Papá. Le envío un abrazo afectuoso, y pido que me diga lo que pasó con la Passaláqua. (…)
Y ahora, Lú querida, vuelvo a usted: prudencia, horarios, acostarse temprano, cuidado con la salud por todos los medios y maneras. Un millón de abrazos y besos del hijo que la quiere hasta lo más hondo del corazón y que le pide la bendición.
Plinio

Contentísima al ver que el ansiado reencuentro se daría en menos de un mes, doña Lucilia respondió inmediatamente.
Dignos de nota, a lo largo de esta serie de cartas, son sus horizontes sobrenaturales y su gran desprendimiento. Para sí no pide nada, solamente para los demás, incluso sin olvidarse de la buena Olga:

São Paulo, 14-VIII-1952
cap13_001Hijo querido de mi corazón.
Después de dos días de espera, recibí por fin, y con gran alegría, hoy, tu carta del día nueve, dándome la grata noticia de que, a partir de mañana en quince o dieciocho días, si Dios quiere, tendré la inmensa felicidad de volverte a ver, abrazarte, cubrirte de besos, y de verte todos los días, al fin… ¡Sólo así, nuestra casa volverá a ser buena y deliciosa!
Espero que Rosée llegue mañana, y pienso que Antonio se quedará aún algunos días para fiscalizar la cosecha. Espero en Dios tener en breve el placer de ver a mi alrededor a todos mis queridos “pollitos”, y… ¡al “ Pisi” (De esta manera hacía doña Lucilia el diminutivo del nombre “Plinio”, cuando su hijo era pequeño) de mi corazón! Hijo mío, temo ser inoportuna, pero ¿te acordaste de la Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña? Si
aún te fuese posible, hazlo, ¿sí?
Me ha agradado mucho saber que has estado en Lourdes, y te agradezco las oraciones hechas por mí. Los jóvenes del sexto piso van mañana a Serra Negra, donde pasaran unos días de vacaciones. Dora y Telémaco irán el día diecinueve de este mes directamente para Cambridge. Es una lástima que no os encontréis por ahí.
¡Escríbeme pronto!
A ver si no te olvidas de traer algún regalito para Olga y su hija. Se sintieron tan lisonjeadas la otra vez, ¿te acuerdas?
Con mucho sueño me despido, enviándote, muchos besos y abrazos, y aún más, el corazón saudoso de tu madre extremosa,
Lucilia
Perdona las faltas, pero me estoy muriendo de sueño…

Aprovechado el margen de esa misma carta, don João Paulo escribe:

Nada de nuevo, de importante, a transmitirte.Si pasas por Pernambuco, y no puedes ir a Uruaé, manda un telegrama a Totonio y a Teté (Don Antonio y doña Teresa, hermanos de don João Paulo). Ellos están pensando en ofrecerte un plato que no conozco y que por ese motivo no puedo recomendártelo.
Abrazos de tu padre y amigo,
João Paulo

Desde Francia, el Dr. Plinio viajó a Inglaterra, tan querida de doña Lucilia, donde se maravilló con la famosa Casa del Parlamento —vasto edificio de estilo neogótico, construido en el siglo XIX según el proyecto de un arquitecto católico— cuyas torres se reflejan hermosamente en el Támesis.
El Dr. Plinio dejó el Reino Unido el 29 de agosto, pasó rápidamente por París, y el día 30 desembarcaba en el Portugal de sus antepasados, no menos amado por doña Lucilia. En este último país, al visitar la histórica y célebre ciudad de Coimbra, estuvo con la Hermana Lucía, a quien Nuestra Señora se había aparecido en Fátima.
Una fotografía del Dr. Plinio sacada en el aeropuerto de Madrid, con unas expresivas palabras en el reverso, le anunciaba a doña Lucilia su breve regreso a São Paulo, dándole el antegozo de estar junto a su hijo nuevamente.

foto-enviadaLú querida mía
Antes de bajar en el Pernambuco tan querido de don João Paulo le envío un millón de besos, y a él muchos abrazos. Y, para consolarla a usted de estos días de atraso en mi llegada, ahí va esta fotografía que me saqué en el aeropuerto de Madrid, viniendo de Lisboa. Besos y besos a Rosée y Maria Alice, y abrazos para las tías, Antonio, Eduardo.
Espero que el banquete de mi llegada esté a la altura del viaje, que fue óptimo, y a respecto del cual tendré mucho que contarle. Pide su bendición con el cariño y respeto de siempre,
Plinio

Una mañana, a primeros de septiembre, doña Lucilia, radiante, pudo abrazar y besar a su “pigeon” querido, no sólo “espiritualmente” sino también de verdad. Ahora sí, para ella la casa tomaba vida, pues el “dueño y señor” había llegado. Qué alegría pensar en la posibilidad de que tal vez aquella misma noche fuesen restauradas las íntimas conversaciones. Tres meses de viaje de su hijo querido por Europa, en contacto con personas de origen y mentalidad tan diferentes, prometían temas para largas y entretenidas conversaciones, si bien que lo más atrayente era su presencia.
Siguiendo una recomendación de su padre, el Dr. Plinio había interrumpido su viaje bajando en Pernambuco para estar con los Corrêa de Oliveira. Por supuesto, doña Lucilia se interesó en conocer cómo estaba la familia de su esposo, a la cual había conocido tras su matrimonio, hacía más de 40 años. ¿Conservaba el Ingenio Uruaé su antigua apariencia? ¿Estaría todo como antiguamente: la capilla, la casa, los muebles, e incluso los vestigios de construcciones de épocas pasadas?

cropped-sdl-11.jpg

Egoístamente me estremecí de alegría

La lentitud en la entrega de la correspondencia les dejaba a doña Lucilia y al Dr. Plinio perplejos. Así, en la posdata de la carta del día 25, el Dr. Plinio informaba a doña Lucilia:

Acabo de llegar de la Embajada y del consulado: ¡qué sorpresa! Ni carta suya ni de papá, Rosée, Adolphinho ni de nadie del 6º piso. (…) ¿Cómo se explica?

Con certeza, la lectura de estas líneas afligió a doña Lucilia. Había enviado varias cartas a su hijo y ¿éste no las había recibido? Felizmente, dos a tres días después, una nueva misiva borraría sus preocupaciones:

cap12_004Mãezinha del corazón
Recibí por fin una carta suya, de Rosée, Maria Alice, Papá. Para todos, muchas gracias. Trataré en esta carta de enviar un recado para cada uno, pues, después de unos días muy buenos en Madrid, debo ir mañana a San Sebastián, camino de Lourdes y París. Gracias a Dios, el viaje está siendo superior, y con mucho, a mi expectativa. Espero partir de Europa rumbo a la deliciosa y saudosa calle Alagoas y a la deliciosísima y saudosísima compañía de mi incomparable Lú, hacia fines de agosto o primeros de septiembre. De esta manera usted puede ir preparando el “vatapá” (Plato típico de la cocina del Estado de Bahía, hecho de pescado o pollo, con frutos secos, leche de coco, y gran cantidad de especias ).
Como Papá es el gran técnico en degustación, es bueno que se vaya preparando.
Me he quedado muy contento con lo que Rosée me ha escrito sobre sus joyas, ¡pero la mejor joya es tener una hija de temple! Un beso para ambas. (…)
Mil millones de besos para usted, mi amor, abrazos afectuosos para Papá.
A ambos pido la bendición. (…)
Plinio

En medio del tono general auspicioso de esta carta, algo entristeció el corazón materno: su hijo tardaría en regresar más de lo que ella había imaginado. Pero doña Lucilia recibió esa noticia con toda tranquilidad de espíritu, pensando en el bien del Dr. Plinio.
En la carta siguiente, como en otras incontables ocasiones, el Dr. Plinio pudo contemplar un vivo ejemplo de esa paz en el alma de su madre:

São Paulo, 6-VIII-52.
¡Hijo querido de mi corazón!
Esta mañana tuve el gran placer de recibir otra carta tuya venida aún de Madrid, fechada el …??! ¿Por qué no colocas la fecha en tus cartas? Después del telegrama recibido hace algunos días en el “sexto” piso, todos hemos enviado nuestras cartas a París — Regina Hotel. No sé exactamente por qué los jóvenes dedujeron de tu telegrama que habías anticipado tu venida para el próximo día dieciséis. Egoístamente me estremecí de alegría, pero, por la carta de hoy, me he armado de nueva paciencia, pensando que, a fin de cuentas, eres algo más que una máquina humana de trabajo. Es forzoso que antes de recomenzar aquí la lucha te distraigas y descanses un poco. ¡”Así debía hacer el tamoio” ! (Es un dicho. Los tamoyos eran unos indígenas pertenecientes a la familia de los tupíes) ¡Se nota que la expectativa de Adolphinho ante tu regreso es ansiosa! Rosée y Antonio están pasando quince días en Paraná y Maria Alice y Eduardo, fueron con su suegro. Debían haber vuelto el sábado o domingo, y hasta hoy no han llegado. Todos los viajes hechos en avión… Dios mío… ¡Me pongo tan nerviosa! ¿Te has acordado de mandar celebrar la Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña, conforme te he pedido en todas las cartas? Si no lo has hecho, escribe desde ahí para que lo hagan. Dora y Telémaco ya han vuelto de Campos del Jordão, y parten para Inglaterra el próximo día 19.
Me han contado que el Padre Demarais está despertando gran interés y entusiasmo con sus conferencias. Las salas quedan repletas, sobre todo de hombres.
Saluda a tus amigos de mi parte, y con mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos, recibe el corazón saudoso de tu madre extremosa,
Lucilia
Cuando te vea llegar, ¡creo que voy a pensar que no es verdad!
N.B. Gracias a Dios he tenido buenas noticias de Maria Alice. Llegó bien, y siguió para Guarujá, donde pasará unos días.

Con la intención de evitarle a su madre cualquier aflicción, el Dr. Plinio procuraba siempre regresar algunos días antes de la fecha marcada. Don João Paulo aprobaba este procedimiento de su hijo, como podemos ver en este trecho de una carta del 7 de agosto:

Ahí va una carta más de Lucilia que, en la desconfianza, o mejor, ante la incertidumbre de tu salida de París, ha decidido escribir. Aprovechando “el portador”, es decir, el mismo sobre, también te envío esto. Por mi parte, supongo que tu regreso no será a comienzos de septiembre, como dices, sino en el transcurso de este mes, de manera que Lucilia sólo lo sepa cuando llegues a Río o a São Paulo, lo que por cierto, me parecería apropiado.

“Las palabras de Cristo no pasan”

cap12_062

En Barcelona pasé días agradabilísimos.

A medida que se van los días, a pesar de las saudades, encontramos a doña Lucilia siempre en paz y señora de sí, como nos lo demuestran sus cartas. En su equilibrada actitud vemos relucir el sentimiento materno, profundo y amoroso, guiado por las virtudes de la fe y la templanza.

São Paulo, 22-7-52.
¡Hijo querido de mi corazón saudoso! Esperaba recibir una carta… ¡y nada! Probablemente tendré una mañana, ¿no es verdad? Me llegan a las manos de ordinario, los martes o miércoles. Ya te envié una la semana pasada para Madrid, ¿fue recibida? Recelo que sean muy largas y fastidiosas, pero ¿sabes querido? éste es todavía el único medio de hacerme la ilusión de que, de algún modo, estoy un poco contigo. No sé por qué, pero siento con frecuencia una fuerte preocupación de corazón o espíritu, como si no te sintieras bien de salud, ni de espíritu. No abuses de los platos deliciosos, pero excesivamente elaborados, de los restaurantes. Cuidado con el hígado, que es nuestro mal de familia.
Por lo demás, “tengamos fe”, los Sagrados Corazones de Jesús y de María, han de velarte y protegerte de todas las formas. ¡Rezo y pido tanto al “Canal de las Gracias”! Y las palabras de Cristo no pasan. Has de ser muy feliz y bendito por Dios. Con tu padre, Rosée y Antonio, cené ayer en casa de Maria Alice.
Maria Alice es un encanto en su casa. Está coleccionando unas recetas para que yo te las prepare, hizo una crema deliciosa —de coco— para su abuelo, y mandó que trajeran una bonita película cinematográfica inglesa, en tamaño natural, para ponerla en la maquina de Eduardo. Maria Alice y Rosée acaban de salir y te envían muchos besos.
¿Has mandado ya decir la Misa que te pedí, en el altar de Nuestra Señora de Begoña? Insisto mucho en ese sentido. A ver si me haces esto, ¿sí?
Nuestra casa sigue siempre deliciosa, esperando a su querido dueño y señor. ¿Has visto ya a todos tus amigos españoles? ¿Cuándo, y adónde vas ahora?
¡Escríbeme enseguida! (Doña Lucilia subraya cuatro veces la palabra “enseguida”)
Con todo mi cariño te bendigo, te beso y te abrazo hasta el fondo del corazón.
De tu madre extremosa,
Lucilia
Recuerdos a tus cuatro buenos amigos.

En el mismo sobre iba otra carta de don João Paulo, informando al Dr. Plinio que doña Lucilia se encuentra con buena salud, satisfecha. Sólo una cosa le duele, la saudade del hijo ausente, que no le sale nunca de la memoria. Pocos días después, algunas novedades de Roma alegrarían el corazón de doña Lucilia.

Roma, 18-7-52
Luzinha, mi amor
Recibí su carta ayer, que me dejó indignado con el correo. He escrito varias veces, ¡y mi Lú me dice que sólo ha recibido una carta mía! Es un escándalo, pura y simplemente.
Pero espero que usted en este ínterin ya haya recibido por lo menos la última que le envié desde Roma. El viaje, como provecho, supera en mucho mi expectativa. Cuento salir de Roma para Barcelona el domingo temprano, lleno de alegría.
¿Rosée tampoco habrá recibido mis cartas? Escriban a Madrid contando noticias muy detalladas, principalmente de la Finca Sta. Alice que me preocupa por el frío. Mi amor querido, millones de besos para usted del hijo que la quiere inexpresablemente, y le pide la bendición.
Plinio
Querido Papá
Gracias por sus informaciones siempre exactas e interesantes. Mil abrazos. Pide sus oraciones.
Plinio

Estas serían las últimas líneas que doña Lucilia recibiría venidas de la bella Italia, pues a esta altura su hijo ya se había dirigido a la gallarda España, tierra que le recordaba algunos remotos antepasados.

La sangre de los Rodríguez Camargo y de los Ortiz

“De tanto pensar en Itaicí, tengo la impresión de ya conocerla”, escribió doña Lucilia cierta vez a su hijo, cuando este pasaba unos días en aquella localidad del interior paulista. Lo mismo se podría decir a propósito de cada lugar recorrido por él en sus viajes. De este modo, tanto durante sus fervorosas y tranquilas oraciones de la mañana como durante las comidas, en las horas de contemplación, al recibir visitas, en los quehaceres domésticos o en la hora de la conversación nocturna, por así decir, ella “volaba” con su hijo de Italia a España, “paseaba” por las calles de Barcelona y, quizás, haya “asistido” a una corrida de toros en Madrid…
El día 30 de julio, doña Lucilia recibió la siguiente misiva del Dr. Plinio:

cap12_061

“Los Caracoles” uno de los mejores restaurantes del mundo.

cap12_059

Parque del Retiro, Madrid

Luzinha, mi amor querido.
Poco antes de dejar —muy satisfecho— Italia, recibí una carta suya, quejándose de que yo sólo le había enviado una carta. Respondí en seguida con otra carta, y también en el telegrama a Adolphinho, diciéndole que he escrito varias veces.
Hoy, día de mi llegada a Madrid, es la fiesta de Santiago, patrono de España, día de precepto nacional. Nuestra embajada y nuestro consulado están cerrados. Mañana, cuento con ir a recoger cartas allí, pues, no sin sorpresa, este hotel no tenía correspondencia para mí. En Barcelona pasé días agradabilísimos. La comida regional catalana es un sueño y “Los Caracoles” uno de los mejores restaurantes del mundo. Papá, allá, estaría en su elemento: langostas, langostinos, camarones, mariscos, ostras, calamares, frutos del mar en cantidad, de una variedad y sabor increíbles.
Aquí, llegué temprano, dormí antes del almuerzo, dormí después del almuerzo, fui a una corrida de toros, y paseé por un parque bonito, el Retiro.
Me gustó la corrida, y mucho. Me recordó analógicamente mucha estrategia que he usado en mi vida, haciendo a veces el papel de toro, otras de torero. Durante la corrida hasta tuve una sorpresa: cuando caí en mí, estaba aplaudiendo sinceramente a un torero que realmente había engañado al toro de modo eximio. Pocas veces en mi vida me ha ocurrido aplaudir espontáneamente y con calor. Una de las cosas que me gustó fue el estilo de los toreros: ropas bonitas, valentía hecha de fuerza y de salud sin duda, pero sobre todo de vida, agilidad, inteligencia.
Debo pasar unos días aquí, yendo después a Sevilla. De esta ciudad me vuelvo a Madrid, rumbo a San Sebastián y Lourdes. Después, París. Y, en París, comenzará a ponerse la perspectiva de la vuelta como muy próxima.
Mañana espero tener noticias suyas. Siga mandándolas al Ritz, hasta que yo le dé otra dirección, y comunique esto a todos.
Bien, mi flor, mi corazón, mi bien: con millones y millones de saudades de usted, pide su bendición, y le envía los besos más afectuosos del mundo, su filhão,
Plinio

cap12_060

Siga mandándolas al Ritz…

Al apreciar la corrida de toros a través de las narraciones de su hijo, doña Lucilia una vez más tuvo ocasión de admirar algunos predicados del alma española, en especial la fuerza graciosamente amenizada por lo que ellos llaman “salero” y ennoblecida por el garbo.
Doña Lucilia decidió responder aquel mismo día. En la carta, cada noticia o comentario —sea una palabra de cariño o una pequeña ironía, una expresión de preocupación o incluso de temor— traía la inequívoca nota de serenidad y de elevación de su modo de ser.

São Paulo, 30-VII-1952.
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso placer he recibido hoy tu carta de Madrid, fechada el …?, y me entristeció tu decepción, al no encontrar cartas mías ni de Rosée ya enviadas para ahí. No imaginaba que, en el fondo, tuvieses ese “penchant” (Gusto, inclinación) por las corridas de toros; ¡es la sangre de los Rodríguez Camargo, y de los Ortiz, que aún habla!
Te pido una vez más, como lo he hecho en todas las cartas, que mandes decir una Misa en el altar de Nuestra Señora de Begoña, y enciendas una vela por la intención de tu hermana que ha sido buenísima conmigo. Ciertamente, me causa gran placer la anticipación de tu vuelta para acá, pero, al mismo tiempo, evaluando el pesar muy natural, por cierto, con que lo haces, parece increíble, pero insensiblemente me entristezco de que no puedas quedarte… “un poquito más”.
En cuanto al frío en Paraná, por el momento no ha traído helada, y yo más que nunca he atormentado al buen San Judas Tadeo.
Nuestra casa tan bonita y “cosy”  (Acogedora), está suspirando por ti.
Presta atención (Doña Lucilia subraya tres veces las palabras “presta atención”): Cuando busquéis pasajes de avión, los de ahí, y los de regreso, que no sean junto a la puerta de entrada. En vista del terrible desastre del President —Estados Unidos vía Italia, en que se abrió la puerta y por ella se cayó una señora— me quedé más nerviosa. ¡Cuidado!
Es una pena que Dora y Telémaco ya no te encuentren ahí. Maria Alice y Eduardo pretenden pasar unos días en Guarujá, y Rosée en la finca, en Paraná, donde ya la espera su marido.
Fui dos veces a visitar a las “Paula Leite”. No las encontré cuando fui la primera vez, estaban en la finca y ahora en Santos. Dejé convites hechos a Antoni, que no ha aparecido ni poco ni mucho, ni si quiera por el escritorio. ¡Mi “torero” me está haciendo falta! Los platillos voladores al final ya están alarmando en los E.U., y ahí,… nada, ¿no? Ellos me aterran.
Debes estar cansado de leer tantas… niaiseries (Tonterías), pero es un medio de engañar a las saudades, escribiendo. Reza en Lourdes por mí, que rezo, comulgo, y hago promesas por ti, ¡hijo mío querido! Con muchas bendiciones, te envío los más afectuosos
besos y abrazos. De tu madre extremosa,
Lucilia
Saluda a tus amigos de mi parte.

“A París sólo le falta una cosa…”

capV102Después de los Sagrados Corazones de Jesús y María, dos eran los principales puntos de referencia de doña Lucilia: ante todo, su “hijo querido”; y después, en el mundo de la cultura, París. Así, a pesar del inmenso deseo de tenerlo a su lado, quedaba consolaba con el hecho de saber que él estaba en la “Ciudad Luz”.
Envuelta en consideraciones que, por esta razón, eran una mezcla de tristeza y de alegría, abrió un sobre que en aquel instante había llegado de la capital del charme.

París, 12-6-1952
Manguinha querida de mi corazón.
Con un millón de besos y mil millones de saudades (me parece que esta vez tengo aún más saudades de usted), espero a todo momento un minuto para escribirle y sólo ahora lo encuentro.
Dígame CON URGENCIA cómo se encuentra, si es prudente en materia de oraciones y horarios, si ha procurado distraerse, si ha tomado agua Prata, y… ¡si se ha acordado de mí! Quiero un relato minucioso. Por mi parte, me está yendo muy bien, y me parece que París está con mucho más movimiento y recuperada que la otra vez, en el que estaba mortecina y aún sangrando por la guerra. Y cuanto más tiempo estoy aquí, tanto más siento que este es el pueblo rey, elegido y preferido de Dios (El Dr. Plinio se hace eco de la afirmación de San Pío X, del 29 de noviembre de 1911 (Alocución consistorial Vi ringrazio, Acta Apostolicae Sedis, Typis Polyglottis Vaticanis, Roma, 1911)).
A París sólo le falta una cosa: Lú.
Con muchas saudades, le pide la bendición y le besa con afecto inmenso su hijo respetuoso.
Plinio
Besos, abrazos para las Tías Zilí y Yayá, abrazos a Tatão. Y dígale a Cecilia que le agradezco su postal.
P.

Esa misiva —así como otras que el Dr. Plinio le iba enviando a lo largo de su ausencia— tenían el sabor de un encuentro con su hijo querido. Con sólo leer las palabras iniciales “Manguinha querida de mi corazón”, le parecía verle sentado en el sofá de jacarandá, listo para empezar a conversar con ella. Superfluo es decir que esa relación a distancia no se establecía sólo por medio de cartas. De manera más intensa y profunda, se producía espiritualmente en el Sagrado Corazón de Jesús.
A pesar de que a doña Lucilia le gustase tanto estar junto a su hijo, su desprendimiento le hacía tener aún mayor empeño en que él consiguiese alcanzar los objetivos de su viaje.

S. Paulo, 24-6-1952
¡Hijo querido de mi corazón!
Con cuánta alegría y saudades recibí tu carta… o mejor dicho, ¡recibimos nosotros cuatro tus cartas!, que ¡sólo fueron entregadas el día veintiuno!
Ha llegado hoy la postal que enviaste para Yayá, que se va a quedar muy contenta cuando le sea entregada.
Dora va a pasar un mes en Campos do Jordão y el día siete, más o menos, de agosto, continuará para ahí. Rosée ha venido todos los días e incluso a cenado frecuentemente aquí. Anteayer me llevó a ver el ballet del Marqués de Cuevas, que es, en su género, lo mas bonito que he visto. En las piezas de Inés de Castro, y del prisionero del Cáucaso, me acordé muchísimo de ti. ¡Antonio aún no ha regresado de la finca!… Los pobres propietarios rurales han pasado un mal rato temiendo una helada, pues el frío ha sido intenso, y la temperatura cayó en Santa Catarina a ¡diez bajo cero! Felizmente, gracias a Dios, en Santa Alice (Finca de su yerno, Antonio de Castro Magalhães, en el municipio de Cambará, al norte del Estado de Paraná), todo va bien.
Y tú, querido mío, ¿qué has hecho? Ya lo sabemos… siempre trabajando… y trabajando más… Pero por mi fe, amor, oraciones y comuniones, confío, en los Sagrados Corazones de Jesús y de la Virgen Madre Santísima, y aún en el Divino Espíritu Santo, has de ser muy, muy feliz, podrás recibir la bendición y protección del Santo Papa y volverás feliz para los brazos de la madre que tiene ¡el mejor y más querido hijo del mundo!
Fui hoy, día de San Juan, a comulgar por tus intenciones, a [la iglesia de] Santa Teresita.
¡Cuando pienso en que desde París partirás en avión para Lourdes, Roma, España y yo que sé para dónde más… siempre en avión, me quedo sin respiración!
He interrumpido tantas veces esta carta que incluso ya no tengo mucha noción de lo que he escrito. Una de esas interrupciones fue de Rosée y Maria Alice, que me han llevado a dar una vuelta enorme por Pacaembú, Jardim América, Indianópolis y camino del aeropuerto.
He llegado un poco atontada y cansada.
Te pido hijo querido que escribas con frecuencia. Las que me escribiste desde São Lourenço y desde ahí son leídas todos los días, “para engañar al tiempo”. Me consuela ver que todos los que han venido aquí te echan de menos y hablan con saudades. Acaban de entrar para cenar Yayá y Adolphinho, y Rosée ya estaba, pero faltas tú, hijo mío. Que seas muy feliz, que te diviertas mucho en esa bonita tierra de Lourdes y de Paray-le-Monial. Como se ve, es privilegiada y llena de bendiciones… …y, ¡maravillosa! Aprovecha lo mejor posible y vuelve, Dios lo permita, descansado, fuerte y satisfecho.
Con muchas bendiciones y abrazos, te besa afectuosamente, tu manguinha,
Lucilia
¿Has recibido mi carta?

Carta desde París

El deseo de doña Lucilia referente a Fátima fue atendido antes de lo que ella imaginaba. Tal vez ese mismo día 6 de mayo, le llega a las manos, enviada por su hijo, una bonita tarjeta postal con la imagen de Nuestra Señora de Fátima dirigida a ella y a don João Paulo:

cap11_025Lisboa, 30/4/1950
De Fátima, donde he rezado por ambos, envío muchos abrazos, besos, saudades, y pido la bendición.
Plinio
PS. Digan a Tía Zilí que recé por lo que ella pidió.

cap11_024De paso rápidamente por la tierra de Camões, el Dr. Plinio tuvo la oportunidad de observar trazos bien característicos del alma portuguesa, presentes por su remoto origen en el modo de ser de doña Lucilia: la riqueza de afectividad y la dulzura lusas. Por ello, doña Lucilia, si bien nunca hubiese ido a la tierra de sus ancestrales, le tenía un gran amor.

La primera carta recibida desde París trajo a la memoria de doña Lucilia la temporada que había pasado en aquella incomparable ciudad, cuando la Belle Epoque entonaba su “canto de cisne”. Tanto más que el Dr. Plinio hace referencia a algunos lugares adonde su madre lo había llevado cuando pequeño —como por ejemplo el palacio de Versalles—, y que tanto le habían gustado.

Dr. Plinio en Portugal

                                                                        Dr. Plinio en Portugal

París, 6 de mayo de 1950
Luzinha queridísima
Querido Papá
Les escribo una carta desastrosa, porque el teclado [de la máquina de escribir] es diferente del nuestro, especialmente en lo que se refiere a las letras a, m, q. En todo caso, es mejor que nada y puedo ir más deprisa, aprovechando así el tiempo en París.
Les escribí desde España, estuve posteriormente en Portugal, incluso en Fátima, desde donde les escribí postales. En Lisboa, recibí las cartas de ahí. Viajé por todo Portugal en dos días fulminantes, y en seguida fui a París en avión.
Nuestro hotel está a dos pasos del Louvre. Ya he estado en Versalles. He visitado Notre Dame, S. Germain l’Auxerrois, donde fue dada la señal para la masacre de S. Bartolomé, etc. Es inútil y absolutamente imposible decir la impresión que todos estos monumentos causan. Debemos ir mañana a S. Cloud y a Fontainebleau.
Me han gustado enormemente las noticias que Papá me dio sobre los negocios.
En cuanto a recibir mi sueldo, es simplísimo: basta ir a la Secretaría de Hacienda el día 13 y pedir que le paguen. Todas las formalidades están ya cumplidas.
Me gustó inmensamente ver con cuánto sentido común mi Lady Perfection (Apodo cariñoso dado por el Dr. Plinio a su madre, quien gustaba hacer todas las cosas perfectamente) está tomando esta separación. Me estoy muriendo de saudades de nuestras conversaciones. Hay aquí un conjunto de relojes que marcan las diversas horas del mundo entero. Cuando paso por él, pienso siempre en lo que estará haciendo mi Marquesa a esta hora. Y tengo una preocupación no pequeña en lo que se refiere a los horarios de oración.
Estoy absolutamente sin noticias de Rosée y de los suyos. Le mandé un telegrama cuando llegué a Madrid y no he obtenido respuesta. Las cartas de ahí nada me dicen al respecto. Quiero que esta carta sea leída a la gente del 6º piso y enviada después a Buenos Aires.
Tampoco tengo ninguna noticia de la gente del 6º piso. ¿Qué hace esa banda de perezosos?
Sólo he recibido una carta de Tía Zilí, carta muy cariñosa, que respondí hace muchos días. Les he escrito a Tía Yayá, Dora y Telémaco, (…) Antony y a los del 6º piso. Ninguna respuesta: “Voilà qui est beau” (“¡Qué belleza!” Equivale a una queja por la ausencia de correspondencia).
Pienso que aún me quedaré en París una semana, e iré después a Lourdes y a Roma. Cuando llegue a Roma, mamá puede comenzar a preparar la feijoada.
Mil millones de besos y abrazos para mi Manguinha del corazón.
Mil abrazos para Papá. A ambos pido la bendición.
Abrazos también a las tías, Antonio, Dora y Telémaco y a toda la familia.
Para la gente del 6º piso nada, mientras no me respondan.
Del hijo que muchísimo les quiere,
Plinio

Una larga y penosa separación

Por una serie de circunstancias, el Dr. Plinio se vio obligado a marcar un viaje a Europa para mediados de abril, pocos días antes del cumpleaños de su madre, el 22 de ese mismo mes. Sabía bien la aflicción y el dolor que la noticia de su viaje le causaría a doña Lucilia, no solamente por la perspectiva de una larga ausencia, sino también por las diversas preocupaciones que tendría.
En efecto, nacida en el siglo XIX, doña Lucilia conservaba el prisma de su juventud para analizar las demoras y los peligros de una travesía transoceánica. ¡A fortiori tratándose de un viaje en avión! Guardaba vivo el recuerdo del tiempo en que la aeronáutica estaba en sus comienzos y eran comunes los accidentes fatales. E, incluso en 1950, no le servía de consuelo el hecho de haberse hecho habituales y seguros los viajes aéreos intercontinentales.
Entonces, el Dr. Plinio ingenió una pía fraus (Fraude piadoso, o sea, hecho con buena intención). Acordó con don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos, decirle a doña Lucilia que él viajaría a Río de Janeiro, donde solía ir con cierta frecuencia. Así, ella pensaría que se trataba de una corta ausencia. En realidad, solamente iba a estar de paso en Río, pues de allí salían los aviones hacia Europa.
Al llegar a España —primera etapa del viaje— le enviaría a doña Zilí, su tía, un telegrama confirmando la llegada. Ésta podría entonces visitar a doña Lucilia para revelarle toda la verdad. Al mismo tiempo, don João Paulo le entregaría la primera de dos cartas que el Dr. Plinio iba a dejar ya escritas, acompañada de una cesta de flores.
Horas después, el timbre del apartamento sonaría nuevamente: otro ramo de flores, encargado por el Dr. Plinio, sería una nueva manifestación de filial cariño.
El 22 de abril, día del cumpleaños de doña Lucilia, le sería entregada, junto con un ramo de flores, la segunda carta de felicitación, que estaba en poder de don João Paulo. Al menos esas pequeñas atenciones, desbordantes de afecto, la consolarían un poco por la ausencia de su filhão. A su vez, las hermanas y otros parientes de doña Lucilia se comprometieron a
hacerle compañía más asiduamente y a llevarla a pasear para distraerla. Habiendo previsto hasta en sus minucias todos esos detalles, el sábado 15 de abril, por la mañana, el Dr. Plinio fue a despedirse de doña Lucilia, como lo hacía habitualmente antes de viajar.

La despedida

sdlEra costumbre de doña Lucilia permanecer en la cama hasta tarde, pues su frágil salud le exigía mucho reposo. Aprovechaba entonces para rezar largo tiempo. Al despedirse de su madre, frecuentemente el Dr. Plinio la encontraba aún acostada, absorta en su piadosa oración. Dependiendo de la hora, el cuarto estaba a veces iluminado nada más que por una lámpara y con las venecianas cerradas. Sólo después de las diez de la mañana mandaba abrirlas.
Mãezinha —le dijo—, ya es hora de irme.
Filhão… entonces ¿es el momento de separarnos?
El tono interrogativo y cariñoso de aquellas pocas palabras parecía decir suavemente: “Hijo mío, ¿vas a dejar entonces a tu madre?” Para el Dr. Plinio no debía ser fácil resistir tan suave llamado, pero el deber le obligó a responder:
— Mi bien, tengo que ir.
En esos instantes, doña Lucilia dejaba traslucir su cariño más de lo habitual.
Sin perder su carácter afable, la despedida se revestía siempre de ciertas formalidades, muy al estilo de los Ribeiro dos Santos. El Dr. Plinio besaba primero su mano, después la frente y varias veces las mejillas. A su vez, doña Lucilia le hacía varias crucecitas en la frente, mientras, con los ojos semicerrados, susurraba algunas oraciones o formulaba en su interior algunos pedidos, cuyo contenido nunca revelaba (por discreción, su hijo nunca indagó a ese respecto). Por fin, lo bendecía y lo seguía con la mirada hasta la puerta del cuarto. Retornaba, entonces, a sus devotas oraciones, y sin duda pedía que de lo alto de los Cielos María Santísima lo protegiese de manera especial, pues Ella, la más excelsa de las madres, le atendería con solicitud.
La despedida para ese viaje no fue diferente de las anteriores, al menos en apariencia. No sabemos si el maternal corazón de doña Lucilia se habrá sobresaltado en ese momento, pensando que le estuviesen ocultando algo, aunque no tenía ningún indicio para ello. Así, durante las primeras horas que siguieron a la partida parecía despreocupada y tranquila.

“Mi corazón busca el de Plinio…”

cap11_005Pero no era fácil engañar a un corazón tan ardoroso, todo hecho de cariño… Una secreta desconfianza le decía ser otro el verdadero destino de su hijo. Y, por más que le asegurasen lo contrario, ella no se convencía.
Don João Paulo, en una carta escrita al Dr. Plinio el día 20, relata lo ocurrido en casa después de la partida de éste:

Lucilia, siempre desconfiada [de que esté ocurriendo algo inusitado], instintivamente se ha vuelto aún más recelosa de lo que ya estaba (…); el domingo solicitó una llamada telefónica a Río y al no obtenerla, me hizo pedirla para el lunes.

El lunes 17, el Dr. Plinio aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Una de sus primeras precauciones fue enviar el telegrama a doña Zilí informándole que había tenido un buen viaje. No lo mandó directamente a su casa, pues doña Lucilia, al verlo llegar, en seguida se daría cuenta de lo sucedido, pudiendo sufrir un cierto choque. Por eso, quiso que la noticia le fuese dada por su tía y suavizada con el bálsamo de la cariñosa carta que le había dejado. Así, don João Paulo, después de narrar la llegada del telegrama, añade:

[Néstor] y Zilí vinieron a casa y todo quedó claro. Mucho llanto, mucho rezar y todo se regularizó satisfactoriamente, sobre todo después de la lectura de la primera de las cartas que has dejado para ella. La segunda carta la recibirá el día 22 con las flores que pediré a Zilí que elija, como tú pediste.

Una vez rehecha del golpe de los primeros momentos, doña Lucilia cogió en seguida la pluma para escribir la primera de las muchas cartas que las enormes saudades le harían enviar a su filhão querido. Para nuestra alegría, ha sido encontrada casi intacta la correspondencia intercambiada entre ella y el Dr. Plinio en este período, lo cual nos permite penetrar con discreción y respeto en el suave y acogedor interior de aquel corazón materno.
De forma conmovedora y con palabras llenas de unción, le cuenta, en la primera carta, cómo sus presentimientos no la habían engañado:

¡Hijo querido de mi corazón!
Acabo de recibir tu carta y tu telegrama. Alabado sea Dios, has llegado sano y salvo. No era en vano que yo le decía a tu padre: “¡mi corazón busca el de Plinio y no le encuentra en Río y sí por los aires!” En fin, me alegro por todo lo que Dios y la Santísima Virgen hacen por ti, que eres el mejor de los hijos y al que bendigo con todo mi corazón, con todas las fuerzas de mi alma.
Muchos abrazos, besos y saudades, de tu vieja manguinha.

En otra carta escrita poco después aparece la gratitud hacia su hijo por haberle ocultado el verdadero destino del viaje, con lo que le ahorró innumerables aflicciones. En líneas llenas de dulzura, reflejo de su nobleza de alma, así se expresa:

¡Plinio querido!
Con tanta cosa para escribirte y que me salía a borbotones, se me olvidaba decirte —cosa que me habría afligido mucho—, cuánto he apreciado la delicadeza de tu mentira generosa. No me la tragué totalmente, pues, desconfiada y afligida, repetía siempre, — ¡Qué va!, no me engañáis, mi hijo está de viaje,… ¡mi corazón no encuentra el suyo en Río y sí volando, por los aires!
Tu padre y todos, en fin, procuraban engañarme hasta el punto de tranquilizarme y ponerme de nuevo a esperarte, pero sólo por unas horas. Como todo lo que haces, fue muy bien hecho y te lo agradezco reconocida. ¡A ver si cuidas bien tu salud! Nada de imprudencias. Y, saludos para todos. (…).
Muchos besos más, bendiciones y abrazos de tu madre extremosa.
Lucilia
¿Cuándo vais a Fátima? Rezad por nosotros, especialmente por tu ahijada y sobrina.

Ese día, como había contado don João Paulo, doña Lucilia lloró mucho y rezó aún más. A pesar de que su dulce consuelo era el Sagrado Corazón de Jesús, no poco debe haberla reconfortado la lectura y relectura de la carta dejada por su hijo:

cap10_030Manguinha querida de mi corazón,
Cuando usted lea esta carta ya estaré en las Españas. No necesito decirle con cuántas saudades he partido… mucho mayores, me parece, que las suyas. (…)
Ahora, amor mío, algunas recomendaciones:
1- HORARIO: aproveche este tiempo para llevar una verdadera vida de hospital, almorzando y cenando temprano, ACOSTÁNDOSE TEMPRANO, tomando MUCHA agua Prata, etc. Será un período de reposo al cabo del cual encontraré a mi “pito de ferro” (“Pito” significa “reprimenda”. El Dr. Plinio posiblemente use aquí este apelativo para, de manera cariñosa, referirse a doña Lucilia por sus continuos y maternales avisos y regaños, siempre para el bien de su hijo) más fuerte que nunca, si Dios quiere;
2- ORACIONES: razonables, ya que nada de lo que no es razonable puede agradar a Dios. Así, cuenta, peso y medida hasta para rezar.
Nada de oraciones hasta altas horas de la noche. Rece mucho, pero rece de día;
3- DISTRACCIONES: vaya con frecuencia a algún cine (Es de señalar que, en aquellos remotos años 50, el cine estaba muy lejos de la bajeza moral alcanzada en nuestros días. No eran raras las películas que podían ser vistas por personas que apreciasen la moralidad de las costumbres.), a casa de sus hermanas, etc. Invite también a Sinhá. No quiero que usted se quede mucho tiempo sola en casa;
4- Espero que, con las precauciones que he tomado, el dinero va a sobrar.
Vea si me consigue la alfombrita y cambia el terciopelo de las sillas rojas y plateadas. Mande al liceo ( Liceo de Artes y Oficios, en el que se realizaban excelentes trabajos de ebanistería) las dos sillitas que fueron del cuarto de vestir de la abuela. Quiero encontrar todo esto en orden cuando vuelva;
5- No economice en automóvil, especialmente cuando se trate de ir al Corazón de Jesús. Vaya frecuentemente y quédese allí todo el tiempo que quiera.
Creo, ángel querido, que estaré de vuelta la última semana de junio, pues aquí tengo conferencias y compromisos. Pero no puedo decir qué día llegaré. Le escribiré asiduamente. No le doy la dirección, pues no se a qué hotel voy. Ni tampoco sé exactamente el número de días que deberé quedarme en cada país.
No necesito decirle por qué me he visto obligado a este otro sacrificio: estar ausente el día 22. Lo he hecho para regresar a tiempo.
No podré llamarle por teléfono el día 22 pero seguramente le mandaré un telegrama.
Querida de mi corazón, confíe mucho en Nuestra Señora, que iré a venerar en sus principales Santuarios: Fátima, Lourdes y la Rue du Bac, donde se apareció a Santa Catalina Labouré, bajo la invocación de la Medalla Milagrosa.
Sensatez, amor. NADA DE LIBERALISMOS (Referencia del Dr. Plinio a las afectuosas discusiones que a veces mantenía con doña Lucilia. Ella, debido a su extrema bondad, siempre resaltaba los lados buenos de los otros y omitía los malos. Para animar un poco la conversación, el Dr. Plinio recordaba éste o aquel defecto de las personas objeto de comentario entre ellos y, en tono de cariñosa broma, llamaba a doña Lucilia de liberal). Pienso que no es necesario recomendarle que se acuerde de vez en cuando de mí.
Con millones de abrazos y besos, y todo el afecto y respeto de este mundo, pide su bendición su hijo, el corpulentísimo y vigorosísimo “pimbinche”.
Plinio
Para mi vuelta, una feijoada (Plato típico brasileño, preparado con judías negras, tocino, carne seca, salchichas, etc. Es semejante a la fabada, pero más oscura y densa) de primera clase con aguardiente, judías negras y harina tostada.
Mire las cortinas del hall y del comedor y los resortes de mi cama.
Tome mucha agua Prata y empache a Papá de coco y cocadas (Dulce elaborado con coco rallado y almíbar).
P.