Una señora de sociedad enteramente vuelta hacia la devoción

En Doña Lucilia se notaba la unión de la sociedad espiritual con la temporal. Ella era una señora de sociedad y no una monja. Pero, de tal modo estaba embebida de las gracias recibidas del Sagrado Corazón de Jesús, que ambas condiciones se permeaban: la de una señora de sociedad y la de un alma dada completamente a la piedad.

En mi infancia, en el contacto continuo entre madre e hijo, más aún siendo un hijo de tierna edad, yo sentía en Doña Lucilia algo que después, a lo largo de la vida, no hizo sino confirmarse: la dulzura de un espíritu, de un alma elevada a altas meditaciones.

Elevación, bondad, perdón sin límites y soledad

 

No era apenas la dulzura de una persona dotada de buen genio, de buen humor y que trata bien a las personas, sino una cosa mucho más alta. Era el buen genio, el humor afable y acogedor de ella, como penetrado por un rayo de luz que hacía la bondad de mi madre tan a la manera de la bondad de Nuestro Señor Jesucristo, que yo notaba perfectamente que le había sido dado por Él, como si se sacase de un sol un rayo y se atravesase con él un alma. El alma no quedaría con todos los rayos de ese sol, pero quedaría llena del rayo que recibió. Así, ni de lejos ella tenía todas las virtudes de Nuestro Señor Jesucristo, a no ser en
un grado que un buen católico practicante debe tener. Pero había una presencia de elevación, de tristeza, de bondad, de perdón sin límites y de soledad en torno de ella. Una soledad que no era el vacío.
Ella no tenía en torno de sí el vacuo; su soledad estaba toda saturada e impregnada de la irradiación de su bondad. Conociendo eso en ella, yo tenía una especie de confirmación tangible de cómo era en el Sagrado Corazón de Jesús. Y viendo cómo era en Él en un grado infinitamente mayor, y en mi madre era una cosa semejante, eso me confirmaba también en la fe. Es decir, tanto es verdad que Él es así, que ella, a fuerza de rezarle, quedó con algo de eso. De manera que era una acción reversible, medio en péndulo: viendo las imágenes de Él, más de una vez yo me acordaba de ella; y viéndola, más de una vez yo me acordaba de Él.
De ahí resultaba una especie de quererla bien, que era un quererlo bien a Él en ella. Yo la quería inmensamente bien a ella, pero la razón principal era porque, viéndola, en ella yo veía la discípula del Sagrado Corazón de Jesús.
Es necesario decir lo siguiente: nunca noté en ella el más mínimo deseo de imitarlo físicamente, lo cual sería enteramente insoportable, intolerable. Mi amistad, mi afecto por ella se partiría en pedazos si yo notase algo así. No era eso, sino propiamente lo que la Doctrina Católica nos enseña de un alma buena, recta, muy so brenatural, que recibía ese embebecimiento de Él.

Imposibilidad de inventar un Hombre Dios 

Eso me animó la vida entera. En los reveses y aborrecimientos más grandes me daba siempre algo que me alegraba. Era un lado de mi vida, por así decir un jardín, donde nunca penetró lo opuesto. De ahí venía un sentimiento de apoyo muy grande. Yo también percibía que, delante de los que me querían perder, mi madre tomaba una actitud, la cual supongo que nunca llegó a las palabras, pero dejaba claro que, si ellos me llevasen hacia el mal y de ahí resultase algo que ella viese, mi madre creaba un problema, ¡y uno de esos problemas que sería histórico en la familia! Y ellos tenían miedo de enfrentar. Esa energía tenía algo de afín con su bondad. Esa era la energía inquebrantable de la cual Doña Lucilia daba pruebas en ciertas ocasiones. Todo eso era muy formativo para mí. Creo que de algún modo se me comunicaba. Y esa es la prueba de que la bondad era verdadera, no hay duda alguna.
Me acuerdo de que la primera vez que supe que existía gente que ponía en duda la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, ¡quedé aterrado! Mi reflexión era la siguiente: “Pero ¿ellos no ven en cualquier imagen que tiene que haber existido, y que fue Dios? ¡Porque eso no se inventa! ¡Nadie es capaz de inventar ese Hombre, ni ese Dios! ¡O eso se vio, o no existiría!” De hecho, no hay posibilidad de inventarse un Hombre Dios, que represente tan bien el papel que un Hombre Dios puede haber tenido. Eso no puede haber sido producto de una imaginación, y sí producto de la realidad. Solo un Hombre Dios sería capaz
de eso, y el Hombre Dios solo podría ser así. Pero no habría ningún hombre que inventase eso. No me vengan con cuentos, porque yo no creo. Tal individuo fue un gran pintor, otro un gran escultor, un tercero un gran dibujante. ¡Pero inventar eso, no se inventa! Además, todas las imágenes de Él, sobre todo en cuanto Sagrado Corazón, reflejan algo que está unido a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y tienen toda la comunicatividad de la cual hablaba Santa Margarita María Alacoque, que fue quien recibió las revelaciones. Es decir, las propias imágenes de Él son comunicativas. A propósito, la imagencita del cuarto de Doña Lucilia, aunque no tenga un valor económico apreciable, tiene algo que, a mi modo de ver, la imagen que queda en la sala de visitas no tiene. Esta última es más fina, esculpida en alabastro; sin embargo, la del cuarto de ella tiene otra comunicatividad.
En la mañana, ella pasaba horas rezando en el cuarto. Yo creo que ella hacía una especie de transfert de lo que había en aquella imagen para la de alabastro, atribuyéndole a esta lo que veía en aquella. Y mi madre rezaba mucho, pero mucho, también junto a la imagen de la sala de visitas.

Alegría con un fondo de tristeza

La Iglesia del Corazón de Jesús tiene en el techo una pintura que representa la aparición de Nuestro Señor a Santa Margarita María Alacoque. Yo pasé unos treinta o cuarenta años yendo a esa iglesia sin dar una atención especial a esa escena.
En una de las últimas veces que estuve allá, la miré y me di cuenta de algo curioso: al contemplar otrora aquel cuadro, aunque me formase de él una idea objetiva, Nuestra Señora ayudaba a mi espíritu de niño a mitificar, a sublimar el cuadro. Y esa sublimación me hizo mucho bien, porque me hacía sentir la gracia venida del Sagrado Corazón de Jesús a torrentes, sobre todo
la gracia con el aspecto de la tristeza.
Entonces, aquella frase: “He aquí el Corazón que tanto amó a los hombres y por ellos fue tan poco amado…” ¿Cómo puede ser que la tristeza adorne tanto el alma de Él, a tal punto que incluso no se comprende que haya belleza de alma si no hay siempre un rincón de tristeza? Entonces, al contrario del modo de apreciar las cosas hoy en día, viendo una persona enteramente alegre y en la cual no se nota nada de fondo de tristeza, esa persona, para mí,
a priori, se anuncia como no amiga de la cruz. Ahora bien, para el común de los hombres de hoy, la persona en la cual se nota un poco de tristeza es puesta de lado, porque nadie quiere saber de tristeza. Tienen interés solamente por la alegría, quieren que se sea divertido; y la tristeza es la gran rechazada, porque es rechazada la cruz.
Las cosas más o menos del tiempo de mi madre, y de la generación de su madre, aunque fuesen festivas, a medida que se ahondan en el pasado toman el aire de una tristeza digna, bonita. El
Quadrinho ( En portugués: Cuadrito. Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) es la expresión de eso.

Una señora de sociedad, embebida de muchas gracias

Es necesario ver bien un aspecto que existe en Doña Lucilia. Es la sociedad espiritual embebida en la temporal. Porque ella está en su papel de una señora de sociedad y no tiene nada de monja, de religiosa. Sería muy noble si lo fuese. Santa Juana de Chantal, fundadora junto con San Francisco de Sales de una orden femenina, se hizo monja después de viuda. Lucró con eso, fue una gran ventaja. Pero, Doña Lucilia era una señora de sociedad, embebida enteramente de esas gracias recibidas del Sagrado Corazón de Jesús. De manera que ambas condiciones se permeaban: la de una señora de sociedad y la de un alma dada enteramente a la piedad, a la devoción.
A mi modo de ver, el concepto de señora comenzó a morir con la generación de ella, que todavía usó los atavíos, los arreglos en un grado mínimo que tenían en vista hacer sentir que una dama era señora. En las épocas anteriores eso existía más intensamente; pero en
el tiempo en que mi madre vivió todavía existía. Y en las épocas posteriores, la señora comenzó a ser obligada a usar adornos que ya contestaban el señorío, y quedarían mal para Doña Lucilia. De manera que ella no podía caminar en ese rumbo sin desmentirse. Porque eso era una característica muy marcada en ella: en la medida en que estuviese más cercada de las condiciones y del aparato de una señora, más normal ella estaría.

Un velo simbólico

En aquella fotografía sacada en París, en que mi madre está de pie sosteniendo un velo, quien conoce las modas y las costumbres del tiempo, ve que todo era de esa época, pero el modo de usarlo, la actitud de ella y, sobre todo, la expresión de la mirada, eran más antiguos que la moda. Ella trasciende la moda, de alguna manera. Más aún, aquel velo con que ella se hizo fotografiar, curiosamente las señoras no lo usaban. Fue un adorno que ella imaginó para dar lo que pensaba que era enteramente su expresión. Tiene algo de una vaga reminiscencia del estilo antiguo, cuando las señoras, usando vestidos con cola o falda con miriñaque, constituían un ambiente en torno de sí. Aquel velo, que no es de un tejido finísimo, tiene algo que sustituye y todavía prolonga eso: es el ambiente que la señora conlleva en torno de sí.
El velo está muy bien calculado, porque tiene exactamente el tamaño que debe tener, la curva que hace de una mano a la otra es como debe ser. Además, en la fotografía se percibe bien que se trata de un velo, no hay ninguna duda; y el velo es el único tejido que, al ser cargado, podía permitir el gesto leve de la mano, sin dar la impresión de estar cargando un paño pesado.
Las personas tal vez no calculan cómo perdería el cuadro sin el velo, el cual es un símbolo de uno de los aspectos del alma de Doña Lucilia. Creo que ella no tenía una intención explícita, sino que hizo eso intuitiva, instintivamente.

Ella estaba permanentemente meditando

Algunas impresiones causadas por el cuadro lucran al ser explicitadas.Yo innumerables veces, viendo aquello, poco a poco fui explicitando. Por ejemplo, mi madre era un poco baja, y yo hasta bromeaba con ella a ese respecto. En su tiempo, señoras bajas como ella eran frecuentes. Pero el fotógrafo, inteligente, la interpretó muy bien y le consiguió un escalón exactamente del tamaño necesario para la estatura, la mirada y el porte de ella.
Con relación a ese fondo que representa la entrada de una ópera, una cosa grandiosa, palaciego sin ser un palacio – es un teatro palaciego, como era la Ópera de París, por ejemplo –, ella está colocada de tal manera que no parece una pose, sino un poco
négligée, un poco por acaso, pero es el “por acaso” idealmente escogido por el ojo francés para que ella quedase bien como era. Aquel hombre interpretó, inclusive, la virtud de ella muy bien.
Mi madre estaba permanentemente meditando, con el espíritu puesto en una clave determinada, que tenía mucho que ver con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella no decía, ni sabía decirlo, sin embargo, eso se irradiaba de toda su persona y le daba aquella dulzura discreta de personalidad, pero también una profundidad que, por ejemplo, el
Ancien Régime no comportaba y detestaba En el ambiente de la Edad Media, mucho más serio, podríamos imaginarla mejor, pues allí ella casi que estaría in sede propria. Eso porque el romanticismo sentimental de su tiempo – no considerado en cuanto filosofía, sino como un capítulo de la historia de las almas –, que la marcó de algún modo, tenía en algunos aspectos una seriedad, que es la de ella, y representa el aspecto gótico del romanticismo.
Había vetas buenas del romanticismo y estas tenían algo de “goticizante”. Así, podríamos imaginarla en la Catedral de
Notre Dame rezando: ella estaría enteramente a gusto.

El tono de su voz podría ser comparado a un órgano

Sin embargo, en esa fotografía en París todo eso va muy bien con ella, porque, propiamente es la fotografía de su tiempo y donde ella era aquello. O entonces, en otra foto, en la cual ella está sentada en un banco de madera, pensando. Ella está tan bien expresada allí, que tendríamos dificultad en imaginarla vestida con otros trajes que llegó a vestir. Porque tuvo que hacer una adaptación. Ella no podía, por ejemplo, ir al dentista, vestida como está en esa fotografía. Pero era una adaptación de tal forma que ella como que ignoraba la ropa que estaba vistiendo. No obstante, en aquellas fotografías ella no la ignoraba: percibía la armonía con ella y se sentía bien. Con relación a los vestidos más recientes, ella los ignoraba y prolongaba el estado de espíritu con que ella está incluso en el Quadrinho. Ese era su modo de ser.
Mi madre hablaba del Sagrado Corazón de Jesús sin describirlo, propiamente. Pero en el modo de ella decir: “Recé al Sagrado Corazón de Jesús”, o “Estaba muy afligida, me dirigí a Él”, en eso entraba implícitamente una descripción de Él.
Sería necesario haber oído su voz para entender bien. Mi madre no hablaba alto, pero tenía un aterciopelado en la voz tan sonoro, tan suave, que hasta cierto punto podía ser comparado a un armonio o un órgano. No es decir que fuese una voz de un timbre propio a una cantora, nunca. Tenía cierta musicalidad, no de artista, sino psicológica. El timbre de voz era agradable, sin ser extraordinario, con algo de psicológico que expresaba tan bien todo cuanto ella sentía.

La luminosidad de su mirada

Eso se hacía notar en el timbre de voz, en la impostación y hasta en el portugués utilizado por ella. No era un portugués adornado; eran palabras de la vida corriente, pero sin ningún error. Frases de una construcción muy simple, aunque enteramente correctas, y un vocabulario fácil. Inclusive en el estado de semi lucidez al final de su vida, ninguna vez la vi a la procura de una palabra. Aquello salía con naturalidad. Pero ella no se apresuraba para contar, no corría y no amarraba, iba lentamente. Era una velocidad exactamente adecuada a lo que convenía.
En el modo afable de tratar a las personas, ella era muy amable. Sin embargo, conservaba una actitud por donde no era posible faltarle al respeto. Ni le pasaba por la mente a alguien faltarle al respeto.
Su mirada era aterciopelada, de un café muy oscuro, que tomaba una luminosidad conforme al grado de intensidad con que ella quería caracterizar, marcar lo que decía. Cuando estaba alegre, era una luz suave, envolvente; cuando tomaba la cosa muy en serio y estaba impresionada, la mirada adquiría una tonalidad de un oscuro cargado, bien definido.
Al pasar la mirada de una cosa a otra, lo hacía con un movimiento tan temperante que se parecía a sus pasos: un caminar un tanto rápido, pero a pesar de eso muy acompasado.

Un rayo de sol incide sobre la cruz hecha de flores

A este respecto me conmovió un episodio que ocurrió con ocasión de la Misa de séptimo día del fallecimiento de mi madre. Cuando ella murió, le pedí a Nuestra Señora que me diese la certeza de que ella había salido del Purgatorio. Porque, evidentemente, me atormentaba mucho la idea de que ella pudiese estar sufriendo. Y cuando sucedió el hecho de aquel rayo de luz que incidió sobre las orquídeas que adornaban el centro de una cruz hecha de flores, el modo por el cual el rayo de luz, de repente, se movió y salió, era como si
ella saliese de mi campo visual con aquella ligereza. Pero era el paso ligero y al mismo tiempo calmado de ella, no de pasitos vulgares. Era el paso de una conciencia leve. Podía cargar algún peso, pero no era el del pecado, ni de la rabia, del odio, de la envidia, esas amarguras así por el estilo.

La luz creció en intensidad mientras incidía sobre la cruz. De manera que, en cierto momento aquellas flores quedaron cargadas de tal intensidad luminosa, que las orquídeas parecían estar iluminadas por dentro. Y fue lentamente desvaneciéndose, con una suavidad que mi madre ponía en sus transiciones. Después salió “andando”.
No creo que se pueda hablar de milagro, pero fue un fenómeno donde lo sobrenatural estaba patente. Fue claramente una señal. A propósito, el pedido que hice a Nuestra Señora fue propiamente el siguiente: “Yo tengo conciencia de haber sido para ella un muy buen hijo. Así, invoco mi condición de buen hijo para pediros que me deis una señal de que ella no está en el Purgatorio. En nombre del buen hijo que fui, lo cual sé que Vos apreciabais, os pido eso.”
Como aquel rayo, por así decir, se perdió dentro de la pared, así también Doña Lucilia partió. Pero de un modo tan característico suyo, que era un último cariño. 

 (Extraído de conferencia de 15/4/1989)  

Admirable porque tenía el espíritu de la Iglesia

Estando en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, Doña Lucilia se encontraba en el lugar que le era propio; todo se armonizaba con ella. Y en su reacción delante de la Santa Iglesia Católica, ella aceptaba todo, inhalaba todo y se adaptaba a todo. El centro de su devoción era el Sagrado Corazón de Jesús; había una especie de intercambio por el cual ella era el efecto que volvía a la causa.

Como ya tuve ocasión de decir, en mis más tiernos años la Iglesia Católica se personificaba para mí, físicamente, en la Iglesia del Corazón de Jesús.

La iglesia del Corazón de Jesús: serenidad, bondad y grandeza

Sagrado Corazón de Jesús del Santuario dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, en Campos Eliseos

Naturalmente, yo tenía una idea exacta de que la Santa Iglesia era una institución enorme, existente en toda la Tierra, pero lo que conocía de esa institución era la Iglesia del Corazón de Jesús. Yo notaba en esa iglesia lo que aprecio hasta hoy en ella: una mezcla de serenidad, de bondad, de grandeza, al mismo tiempo de distinción, de afabilidad y algo de envolvente, que penetra hasta el fondo del alma y le da una paz, una fuerza, un juicio sano, de buena calidad – lo que es bueno es bueno, lo que es malo es malo, etc. –, que me parece emanar del Sagrado Corazón de Jesús a ruegos de Nuestra Señora.
Los domingos, yo iba con Doña Lucilia a Misa. Y cuando no me quedaba a su lado, permanecía cerca; toda la familia se sentaba junta. Yo la miraba y me parecía que había una enorme penetración del espíritu y de la atmósfera de aquella iglesia en ella. De manera que yo la veía allá y pensaba: “Ella está aquí como en el lugar que le es propio. Todo se armoniza con ella, todo es conforme con ella, y noto, en su reacción delante de la Santa Iglesia, que ella acepta todo, por así decir, inhala todo y se adapta a todo.”
A veces, cuando yo volvía a casa con mi madre o la encontraba durante el día, conversaba con ella y pensaba: “Qué curioso, pero algo en ella me hace recordar la atmósfera de la iglesia.” No estábamos en la iglesia, conversábamos sobre las pequeñas cosas que una madre habla con su hijo.

Doña Lucilia: modelada en la atmósfera de la Iglesia del Corazón de Jesús

No era raro que yo recibiese una reprensión por mi relajamiento en materia de ropa: corbatas con el nudo mal hecho, una serie de irregularidades de todo orden; el zapato con el cordón abierto, que no amarraba porque ni siquiera me daba cuenta. El nudo de la corbata yo lo hacía tan distraído, que ni sabía cómo estaba y ni me miraba en el espejo. Ver un nudo de corbata en el espejo, ¡no me acuerdo de haber hecho eso nunca! Naturalmente, ella quería que yo me presentase bien.

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doña Lucilia

Sin hablar de otras cosas. Toda la vida yo bebí mucha agua. Eran dos, tres, cuatro vasos de agua seguidos, en las comidas. Y los sorbos eran demasiado grandes. Hasta hoy tengo esa tendencia. Yo miraba la forma de ser de Doña Lucilia: ella bebía comedidamente, con sorbos no pequeños, pero razonables; comía pedazos de tamaño razonable. Era diferente de mi hambre y de mi sed…
El temperamento de un hombre también es diferente al de una señora, evidentemente. Por lo tanto, esas cosas varían. Pero las reglas de educación obligan al hombre a contenerse un tanto. Ella me hacía reprensiones, pero todo con una dulzura, una afabilidad, una bondad… Lo que me llevaba a pensar: “Ella es toda modelada en la atmósfera de la iglesia del Corazón de Jesús”.
En un oratorio pequeño de madera, en nuestra casa, Doña Lucilia tenía una imagen del Sagrado Corazón de Jesús hecha en Francia, a la cual le tenía mucha devoción. Y esa imagen me parecía perfectamente adecuada para la Iglesia del Corazón de Jesús. De hecho, imaginando aquella imagen en tamaño grande, serviría magníficamente para figurar en una iglesia dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. Eso hacía una especie de intercambio por el cual mi madre era el efecto que volvía a la causa.

Eximia y admirable porque era hija y tenía el espíritu de la Santa Iglesia

Y muy temprano Nuestra Señora me dio la gracia de percibir que la Iglesia era, en su fuente, verdaderamente buena. Y que mi madre era bondadosa porque recibía la influencia de la Iglesia. Realmente mi madre era la Iglesia. Y Doña Lucilia era tan eximia y admirable porque era hija y tenía el espíritu de la Santa Iglesia.
A medida que mi sentido de análisis fue creciendo, yo la fui analizando para ver si el fruto de mi análisis confería con el afecto que le tenía a ella, y si ese afecto era razonable. Yo quería saber, entonces, si la raíz del afecto de ella hacia mí tenía una raíz religiosa, como era el mío hacia ella, o si entraban más las relaciones naturales entre madre e hijo, como soy hijo de ella, era natural que ella me quisiese bien, así como también, siendo ella mi madre, yo la amaba según la naturaleza. Sin embargo, el afecto sobrenatural dejaba lejos al natural. Cierta vez estábamos conversando sobre asuntos variados durante el almuerzo. Nuestro comedor tiene ventanas que dan hacia la Plaza Buenos Aires, y ella se encantaba al ver los árboles de la plaza. Generalmente, durante el día ella se sentaba frente a las ventanas, de tal forma que veía el panorama mientras comía. En esa ocasión, ella almorzaba calmamente y mirando hacia la Plaza Buenos Aires, mientras conversábamos. En la noche, ella se sentaba en la cabecera de la mesa. En una de esas conversaciones, en la cual noté que ella estaba enteramente distendida, comencé a hablar sobre el protestantismo, criticando duramente esa herejía. Ella tomó eso como lo más natural del mundo. Entonces, le dije: “Si usted se hiciese protestante, yo me voy de la casa, dejándola aquí. Continuaría manteniéndola económicamente, pero vendría a verla solo dos o tres veces al año, no más, porque ya no la querría.”
Si la razón principal del afecto de ella por mí fuese la mera relación entre madre e hijo, y no el afecto sobrenatural, ella se llevaría un susto. Ahora bien, ella continuó almorzando con una calma absoluta, concordando como quien oye una banalidad. Entonces quedé contento.

(Extraído de conferencia de 15/2/1986)

Sentido del holocausto

Doña Lucilia no concebía las alegrías del Cielo como un eterno
prolongamiento de Hollywood. Pero sabía que los sufrimientos de esta
vida terrena, soportados con paz y serenidad, preparan una eternidad
donde todo se compensa, se ajusta, se arregla, y la axiología
 se satisface
enteramente. Ella tenía un sentido del holocausto llevado hasta el
máximo grado, y hacía todas las cosas para adorar a Nuestro Señor,
comprendiendo que su actitud causaba alegría a su Sagrado Corazón.

Doña Lucilia tenía el vocabulario elevado, aunque doméstico, de una señora de su tiempo. Ella no sabía construir una bonita frase, sin embargo, nunca cometía un error de gramática. Muchas veces yo prestaba atención. Incluso ciertos defectos pequeños: por ejemplo, repetir una palabra en la misma frase, no le salía.

La madre perfecta

Mi madre era muy educada, pero su modo de ser no se explicaba en términos de educación. Ella utilizaba incluso las reglas de educación, pero en el modo de usarlas entraba una bondad muy grande. En ella no había una sola aplicación de reglas de educación en que no entrase su alma. No tenía una actitud fría, meramente protocolaria. No sé si era capaz de eso.
Para mí, ella fue la madre perfecta. Cuando yo llegaba de la ciudad, generalmente la encontraba haciendo alguna cosa, escribiendo una carta en mi sala de trabajo, o en su cuar
to arreglando las cosas en una gaveta con objetos que ella movía y removía de todos los modos.
Cuando la encontraba en mi sala de trabajo, veía que ella había pasado mucho tiempo allí esperándome y queriéndome bien, contenta por estar en un ambiente que, según su parecer, estaba marcado por mí. En realidad, era marcado por ella, pero según su parecer de madre estaba marcado por mí, porque yo trabajaba mucho en la sala de trabajo y pasaba, por lo tanto, bastante tiempo allí.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera.

Así, al entrar en la sala de trabajo la encontraba impregnada de bienquerencia y de espera. Pero tengo la impresión de que si yo – Dios me libre – hubiese hecho algo malo a mi madre, ella me recibiría de la misma forma, y tal vez aún con más afecto.
Es necesario hacer notar este punto, y así toda la doctrina de Nuestro Señor en el Evangelio sobre el perdón de los pecados se entiende con ese ejemplo más próximo a nosotros, que la ilustra.
Hay un corolario: ella no era enemiga de nadie, primer punto. Y segundo punto, no era indiferente a nadie. Ella no tenía la indiferencia que se tiene para con un anónimo. Cualquier persona era un hijo de Dios, un católico, y ella no quería que sufriese nada malo. De ahí resulta que, por ejemplo, aunque casi no conociese a los jóvenes que venían a casa, si estuviesen leyendo cualquier texto en el
hall, cuando ella pasaba cerca mandaba inmediatamente un recado por medio de la empleada para que ellos no leyesen ahí, porque perjudicarían sus ojos, debido a la poca luz de aquel ambiente.

Respeto no en pie de guerra,sino de corazón abierto

De parte de ella, todos los agrados y cuidados posibles. Eso era continuo. Sin embargo – para ver cómo era su psicología –, ella sabía que conmigo, con algunas deliberaciones tomadas no había otra salida: están tomadas.
Cuando yo era muy joven tenía el hábito de leer acostado. Constaba en el tiempo de ella que leer acostado hacía mal a la vista. No sé si es verdad. Y mi madre me llamó la
atención más de una vez, con su afabilidad característica: “
Filhão (Del portugués, aumentativo afectuoso de hijo), estás leyendo acostado, ¡eso hace mal a la
vista!” pero a mí me parecía que esa era la posición ideal para leer y estudiar. ¡Por lotanto, así tenía que ser! Yo le dije a ella una vez, sin la más mínima brutalidad: “¡Mãezinha (Del portugués, diminutivo afectuoso de madre), no insista, porque no voy a cambiar ese hábito!” Hasta su muerte, ella nunca más insistió. Se dio cuenta de que había sido una deliberación que yo había tomado, y no había otra salida. Y, por lo tanto, no valía la pena insistir, sino tener resignación. Doña Lucilia tenía una forma de sensibilidad como no conocí en nadie. Digo más: yo fui muy beneficiado con eso, porque si yo no la hubiese conocido, tendría dificultad para comprender cómo es eso. Porque hay ciertas cosas que un libro no muestra. Esa forma de sensibilidad, para quien no fuese un bruto o un animal, era tocante.
Inclusive en esto: si ella estuviese sentada a mi lado, ya estoy viendo…
Naturalmente, ella consideraba el adjetivo “animal” altamente despreciativo. Ella enseguida golpearía levemente mi mano – eran tres toques con mucho afecto para conmigo y mucha compasión para con el otro –: “No, pobrecito, al fin de cuentas, nosotros lo queremos bien, ¡perdonémoslo!”
Sin embargo, en materia de regla,deber es deber, por lo tanto, hay que cumplirlo. Ese es otro asunto. Mi madre no era una persona a quien se le faltase el respeto. Ella sabía muy bien hacerse respetar. Sin embargo, no era en pie de guerra – un respeto de lanza en ristre –, sino un respeto de corazón abierto.
¡Eso se volvió tan raro que no sé qué decir!

El Dr. Antonio protege y defiende en juicio a un enemigo…

Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio

Para hablar desde el lado natural, Doña Lucilia contaba episodios de la vida de su padre que hacían ver que había algo hereditario en eso.
En aquel tiempo, la campaña electoral de un político se hacía a lo largo de un recorrido en tren, porque no había carreteras, y el político bajaba en una u otra estación y conversaba con quince o veinte personas. Así hacía un viaje político. En el trayecto entre Pirassununga y São Paulo mi abuelo tenía muchas relaciones e influencia electoral en varias ciudades.
En una de esas ciudades había un opositor, de apellido Morais, que disputaba la influencia con mi abuelo, cuya señora se entendía muy bien con mi abuela. Ella le decía a mi abuela sin disimulos: “Mi marido no tiene juicio. Él debería ser amigo del Dr. Ribeiro (Dr. Antonio Ribeiro dos Santos, abuelo materno del Dr. Plinio) y seguirlo. Yo tengo una confianza en el Dr. Ribeiro que no tengo con mi marido.” Un día mi abuelo estaba viajando y el tren paró en una ciudad donde notó un bullicio y preguntó qué pasaba. Le contaron que Morais había sido acusado de un crimen en esa ciudad, había huido a São Paulo, había sido apresado por la policía y llevado de regreso al interior. Entonces los enemigos de Morais, amigos de mi abuelo, estaban esperando la llegada del acusado, que sería juzgado allá al día siguiente, para recibirlo con abucheos. Él ni siquiera tenía quién hiciese su defensa, pues los abogados se habían esquivado de defenderlo, por “respeto humano”, para no ser mal vistos en la ciudad. Y Morais estaba desesperado.
Mi abuelo les dijo: “Me sorprende que Uds. le estén haciendo eso a un enemigo vencido. Sepan que yo voy a esperar a Morais, y les pido que no lo abucheen, porque le voy a dar mi mano, y si Uds. lo abuchean, me estarán abucheando a mí. No permito que un enemigo mío, derrotado, sea tratado de esa manera.”
Llegó el tren que traía a Morais con los guardias. Mi abuelo se acercó, lo saludó muy cordialmente – y le dijo:– Morais, ¿quieres ir conmigo hasta la prisión? Si vas conmigo, te garantizo que no habrá nadie que te abuchee.
– Ribeiro – respondió él –, en esta situación en que me encuentro, acepto.
Los dos fueron caminando hasta la prisión, que quedaba cerca de la estación del tren,  en medio de los enemigos de Morais quietos, por causa de la presencia de mi abuelo.
Al llegar a la prisión, mi abuelo le dijo:
– Estás sin abogado. Nosotros no nos llevamos bien, pero, si quieres, interrumpo mi viaje, hago aquí una parada y preparo tu defensa. Morais aceptó.
Mi abuelo pasó la noche trabajando. Al día siguiente, por lo que contaba mi madre, había hecho una defensa maravillosa y encontró una forma de que Morais quedase libre. Era comprensible, por no tratarse de un bandido profesional, sino de un hombre de buena condición que de repente, por una cuestión electoral, cometió un crimen.
Esa forma en que mi abuelo trató a Morais no impidió que este después hiciese canalladas contra él, de lo cual aquí estamos seguros, porque la gratitud es muy rara.

… y lo socorre en la hora de la muerte

Residencia de la Familia Ribeiro dos Santos, en São Paulo, donde el Dr. Plinio pasó su infancia y juventud

Años después, mi abuelo se mudó a São Paulo, perdió contacto con Morais y no pensó más en eso. En una noche fría, de llovizna – no había teléfono en São Paulo –, tocan la puerta de la casa. Alguien traía una carta de la mujer de Morais para mi abuelo, diciendo: “Dr. Ribeiro, estamos en la situación más atroz que puede haber. Mi marido se está muriendo de tuberculosis. Nos encontramos en pésimas condiciones; no tenemos víveres, ni cama, estamos durmiendo en un colchón sobre el suelo, y ni siquiera tenemos remedios. ¿Será que puedo contar todavía con su generosidad, para darnos dinero para alimentar a Morais, etc.?”
A esa hora de la noche, mi abuelo mandó a venir un tílburi, un pequeño carruaje que existía antiguamente, a pesar de la llovizna, etc., fue a la casa de Morais, llevando víveres, cobijas y otras cosas, para Morais y su mujer. Al llegar allá, preguntó cuál era la fórmula del médico y fue a una farmacia. El farmaceuta dormía, pero él hizo que abriesen la farmacia y compró el remedio. poco después, Morais murió con la cabeza apoyada en una almohada, en los brazos de mi abuelo, que, si no me engaño, había llevado la almohada. Y Morais estaba con una enfermedad contagiosa, que en aquel tiempo era casi incurable…
Mi madre contaba esa historia con mucho entusiasmo por su padre. Y hacía eso evidentemente con la intención de que yo siguiese el buen ejemplo. Eso era patente. A propósito, ella hacía muy bien, estaba dentro de su papel de madre.
Ella me contó el caso de Morais más de una vez, y nunca manifestó ninguna acidez contra él. Mi madre explicaba muy bien cómo Morais era malo, para que yo comprendiese la generosidad de su padre. Si Morais estuviese vivo y necesitase ayuda de mi madre, ella haría lo que fuese necesario en ese momento.

Una señora rusa de alta condición social pide consejo a Doña Lucilia

Hubo también un hecho que se dio en un hotel en París. Cierto día, una señora rusa de alta condición social, tocó la puerta del cuarto de mi madre y dijo:
Madame, ¿me permite? Yo veo en Ud. tanta bondad que, aunque no tenga ningún derecho de venir a expandir mi dolor con Ud., vengo a pedirle permiso, tenga paciencia conmigo. Voy a exponerle el sufrimiento que tengo, y voy a preguntarle si Ud. tiene un consejo a darme…
Pueden imaginar si el pedido fue atendido… ¡Ella era hecha para atender!
– Entre, por favor, siéntese, conversemos.
La señora contó que le habían detectado un cáncer. Era una enfermedad incurable, y ella estaba con pavor.

Aquí entraban los jeitinhos (En portugués, forma hábil e inteligente de resolver un problema o de salir de una situación difícil) de Doña Lucilia. Ella tenía cierta experiencia de la enfermedad, como tiene una dueña de casa atenta a esas cosas para el cumplimiento del deber, pero no tenía un sentido clínico especial. Pero ella le daba una jeitinho a las cosas. Ella oyó todo y dijo:
– Mire, ¿el médico le dio la certeza de que eso es cáncer realmente y de que es incurable?
– Sí,
Madame, el médico me la dio.
– Pero, vea, los médicos se pueden engañar. Yo le aconsejo que vaya al Dr. Fulano, que es un gran médico aquí en París y puede hacer un examen mejor. Le aconsejo mucho que vaya allá. Espere y tenga confianza en Dios que eso se arregla.
La rusa lloró, se terminó de secar las lágrimas y fue al médico. Y después no se encontraron más en el hotel. Pasado algún tiempo, mi madre recibió una carta de la rusa diciendo que no sabía cómo agradecer. Había ido a consultar al médico, y este le había dado un remedio que la curó, alejando de ella la pesadilla.

La acción de mi madre es de una naturaleza que recompone, y el afecto que ella tenía para con los otros era desinteresado. Ella quería el bien de los otros porque es bueno, en sí, que los otros estén bien. El orden creado por Dios pide eso. Y, por lo tanto, lo hacía por amor de Dios.

Quería el bien de las personas sin esperar ninguna retribución

Por ejemplo, en ese pequeño episodio de los jóvenes que estaban leyendo en el hall poco iluminado, ella se inquietó porque era una tristeza, en su concepción oculista, que estuviesen comprometiendo la propia vista. Eso en sí es un mal, no solo por no estar de acuerdo con el orden de las cosas, sino también porque van a estar sufriendo, con perjuicio por perder algo que Dios les dio, que es una buena vista. Y ella quería el bien de ellos, sin esperar ninguna retribución. Se ve que en el fondo estaba la idea del amor de Dios.
Mi madre tenía una noción de orden muy clara, acompañada de la idea de que en esta Tierra esas cosas no tienen recompensa, pero que las grandes tristezas de la vida preparan en el Cielo alegrías nobles y serenas, así como esas tristezas eran nobles y serenas.
Ella no concebía la alegría en el Cielo con pandereta en mano, como un eterno prolongamiento de Hollywood.
Sino una cosa diferente. Toda la paz, toda la serenidad que ella tenía aquí en medio de la tristeza, preparaba una eternidad donde todo eso se compensa, se ajusta, se arregla, y donde la axiología (Ramo de la Filosofía que estudia los “valores”, es decir, los motivos y las aspiraciones superiores y universales del hombre, las condiciones y razones que orientan su existencia, para los cuales él tiende por un impulso inevitable de su naturaleza) se satisface en sus últimos postulados. Es la fe católica, evidentemente.
Entraba mucho una adoración personal a Nuestro Señor, y, sabiendo que el Corazón de Él quedaría alegre con su actitud, ella lo hacía para adorarlo. Todas esas razones constituyen un sentido armónico y un sentido del holocausto llevado hasta el máximo grado.
No vi a nadie llevar el holocausto hasta el punto al cual ella lo llevó.
¡Yo la conocí ya así, y ella fue de ese modo el tiempo entero!

Solo aceptaba cartas manuscritas

Solo aceptaba cartas manuscritas

¿Se acuerdan de aquella historia cuando, de niño, yo pasaba de mi cama a la de ella y me sentaba encima de su pecho para despertarla? Abría sus ojos con mis manos. Yo me daba cuenta de que ella pasaba inmediatamente de un sueño profundo a una actitud de perdón. Tan pronto como ella notaba que era yo quien estaba allí, enseguida se sentaba. No era una actitud ambigua para ver si yo volvía a dormir dentro de poco. Ella renunciaba a retomar su sueño. Abría un paréntesis en el sueño y jugaba conmigo, me decía cosas, me agradaba, etc.
Yo me sentía tan invadido por esa bondad, que las angustias de la noche huían. Me acordé de eso cuando, leyendo la vida de Santa Teresita del Niño Jesús, oí hablar de las tentaciones que ella tenía durante la noche. Ella decía entonces que no comprendía por qué en el Oficio las carmelitas rezaban: “Para que huyan los malos sueños y los fantasmas nocturnos…” Eso era porque había angustias nocturnas.
Tengo la impresión de que yo me despertaba angustiado. Me sentía aislado, inseguro, mal, en una especie de naufragio. Además, era enfermo y débil. Entonces pasaba a la cama de ella, sin tener la más mínima duda. Yo sabía que iba a ser bien recibido a cualquier hora de la noche.
Y cuando ella me hacía acostarme de nuevo en mi cama, yo me acuerdo que en más de una ocasión reflexionaba: “Propiamente yo me las arreglo con ella. ¡Con mi madre me las arreglo hasta el fin, porque ella no me niega nada!” Creo que eso me calmaba, entonces dormía bien. Al día siguiente era más confianza, quererla más, más respeto, más admiración…
A propósito, ¡es preciso decir que yo la quería muy bien hasta donde me es posible querer bien a una persona! Naturalmente, Nuestro Señor y Nuestra Señora están por encima de toda comparación. Pero yo la quería totalmente bien, hasta donde podía querer bien a una persona.
Pero, vean bien, ella no tenía bondades relajadas. Ella insistía conmigo en las cosas más pequeñas. Cuando yo salía de São Paulo siempre le escribía cartas, y a ella le gustaba, las leía, las volvía a leer y las guardaba.
Pero yo omitía poner la fecha, porque toda la vida tuve pereza de escribir. Y tenía un defecto cualquiera en la mano, por el cual me dolía un poco al escribir; además, tenía letra muy fea. Todo eso hacía que no me gustase escribir. Y ella solo quería carta escrita a mano, no aceptaba hecha a máquina. Decía que carta a máquina era inexpresiva, y que ella no me sentía en la carta escrita a máquina. Y tenía razón. Yo escribía a máquina rapidísimo y en cinco minutos salía una carta enorme, evidentemente desbordante de cariño.
Pero ella no quería. Afirmaba que la tomaba como no recibida.
Yo cedía, porque ella tenía derecho a querer eso de mí. Pero, por pereza de escribir no ponía la fecha. En la respuesta, ella recordaba: “
Filhão querido, cuando me escribas, no olvides poner la fecha arriba…” En la siguiente ocasión yo me olvidaba y ella insistía de nuevo. ¡Eso era hecho con tanta dulzura, que yo quedaba literalmente encantado!

(Extraído de conferencia del 31/8/1985)

 

Las últimas fotografías

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Al salir de casa por primera vez reinició las reuniones con sus amigos y discípulos, uno de los cuales fotografió el acontecimiento

A mediados de marzo de 1968, el Dr. Plinio recibió finalmente el alta de la larga convalecencia post-operatoria. Al salir de casa por primera vez reinició las reuniones con sus amigos y discípulos, uno de los cuales fotografió el acontecimiento.
Al final de aquella tarde, quedaban aún en la máquina diez fotografías del último rollo. Así, cuando el Dr. Plinio volvió a su casa, el fotógrafo le preguntó si lo autorizaba a emplear lo que había sobrado de aquella película para fotografiar a doña Lucilia. La respuesta inmediata fue: “Propóngaselo directamente a ella”.
Eran las ocho y media de la noche. Doña Lucilia estaba en su momento de entretenimiento, después de la cena, hojeando un calendario propagandístico que reproducía fotografías de bellos edificios medievales de Italia. Fuera de la sala, el joven sintió escrúpulos de perjudicar, aunque fuese por tiempo insignificante, el placer de doña Lucilia al contemplar aquellos valiosos vestigios de la Civilización Cristiana. ¿Sería el caso de interrumpirla? Tanto más que sólo una película cinematográfica sería capaz de retratar toda la riqueza de fisonomías y gestos de tan respetable y encantadora dama.
Tras algunos minutos de indecisión, decidió entrar en el comedor y exponerle respetuosamente su pedido. La reacción de doña Lucilia no fue menos encantadora que la escena hasta allí presenciada. Su respuesta, aún hoy recordada con saudades, parecía provenir de una elevada cima de paz.

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… hojeando un calendario propagandístico…

— Pero usted, con tantas otras cosas para fotografiar, ¿va a gastar su rollo conmigo?
— Usted no se hace idea del placer que me daría tener unas fotos suyas.
— ¿Tiene mucha prisa? ¿Me podría esperar un instante?
— Cómo no, con mucho gusto.
Al retirarse el joven, doña Lucilia llamó a la empleada y le dio algunas instrucciones. Desde afuera, se oía:
— ¿Sabes Mirene? Está aquí un señor muy amable queriendo sacarme unas fotografías. Yo le dije que utilizase su rollo en otras cosas, pero él insiste, y desea realmente sacar esas fotografías. Ve, pues, a mi cuarto y tráeme el material de toilette, porque querría que me arreglases un poco los cabellos. Trae también aquel chal mejor, aquel que me regaló doña Rosée.
La empleada volvió poco después con el material.

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… ponme el chal…

— Arréglame bien esta parte del cabello, que parece no estar bien… Ahora ponme el chal… Ve allí delante y mira si sus puntas están bien…
Al cabo de unos diez o quince minutos, le dijo a la empleada:
— Ahora, dile al señor que está ahí afuera que ya estoy lista.
Al entrar nuevamente en la sala, el joven oyó las melodías de aquella voz aterciopelada, siempre afable y acogedora:
— Estoy a su disposición. Cuando usted quiera sacar las fotografías, por favor, dígamelo.
— Estoy listo también. Si me lo permite, comienzo a sacarlas en seguida.
— Está muy bien. ¿Quiere hacer el favor de decirme qué posiciones debo tomar?
Formado en la escuela de fotografía según la cual no se indican las poses, sino que se deben sacar instantáneas y después seleccionar las mejores, el joven procuró inmediatamente retroceder a la época que había dado nacimiento a ese arte.
Doña Lucilia era de aquellos tiempos en que para cada foto se estudiaba una pose, casi como para un cuadro. Después de sacar algunas fotos en el comedor, una de las cuales retrata a doña Lucilia con el calendario que estaba hojeando en las manos, se le ocurrió al joven fotografiarla junto al Sagrado Corazón de Jesús, en el salón de visitas, y le preguntó:
— Doña Lucilia, ¿le importaría que la fotografiase en el salón?
— ¡Ah, sí, con todo gusto! Aguarde usted un instante que llamo a la empleada para que me lleve hasta allí.

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… se le ocurrió al joven fotografiarla junto al Sagrado Corazón de Jesús…

— No, yo mismo conduzco la silla.
— Encima eso, usted además de tomarse el trabajo de sacar esas fotografías, ¿quiere hacer el esfuerzo de conducirme hasta allá? No se preocupe, que llamo a la empleada.
— No, no, será para mí un placer —dijo el joven, mientras iba empujando la silla de ruedas.
— ¡Muchas gracias! ¡Es usted muy amable!
La flexibilidad con que aceptaba y cumplía las indicaciones de cada pose dejó encantado al joven fotógrafo, que declara haberle hecho algunas sugerencias sólo para contentarla. Según él, cualquier actitud de doña Lucilia era digna de un cuadro al óleo.
Cuando se acabó el rollo llevó de nuevo a doña Lucilia hasta el comedor, mientras le agradecía haber podido sacar aquellas fotografías.
— ¡No! —respondió ella— quien debe darle las gracias soy yo. Ha sido usted muy amable…

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“A París sólo le falta una cosa…”

capV102Después de los Sagrados Corazones de Jesús y María, dos eran los principales puntos de referencia de doña Lucilia: ante todo, su “hijo querido”; y después, en el mundo de la cultura, París. Así, a pesar del inmenso deseo de tenerlo a su lado, quedaba consolaba con el hecho de saber que él estaba en la “Ciudad Luz”.
Envuelta en consideraciones que, por esta razón, eran una mezcla de tristeza y de alegría, abrió un sobre que en aquel instante había llegado de la capital del charme.

París, 12-6-1952
Manguinha querida de mi corazón.
Con un millón de besos y mil millones de saudades (me parece que esta vez tengo aún más saudades de usted), espero a todo momento un minuto para escribirle y sólo ahora lo encuentro.
Dígame CON URGENCIA cómo se encuentra, si es prudente en materia de oraciones y horarios, si ha procurado distraerse, si ha tomado agua Prata, y… ¡si se ha acordado de mí! Quiero un relato minucioso. Por mi parte, me está yendo muy bien, y me parece que París está con mucho más movimiento y recuperada que la otra vez, en el que estaba mortecina y aún sangrando por la guerra. Y cuanto más tiempo estoy aquí, tanto más siento que este es el pueblo rey, elegido y preferido de Dios (El Dr. Plinio se hace eco de la afirmación de San Pío X, del 29 de noviembre de 1911 (Alocución consistorial Vi ringrazio, Acta Apostolicae Sedis, Typis Polyglottis Vaticanis, Roma, 1911)).
A París sólo le falta una cosa: Lú.
Con muchas saudades, le pide la bendición y le besa con afecto inmenso su hijo respetuoso.
Plinio
Besos, abrazos para las Tías Zilí y Yayá, abrazos a Tatão. Y dígale a Cecilia que le agradezco su postal.
P.

Esa misiva —así como otras que el Dr. Plinio le iba enviando a lo largo de su ausencia— tenían el sabor de un encuentro con su hijo querido. Con sólo leer las palabras iniciales “Manguinha querida de mi corazón”, le parecía verle sentado en el sofá de jacarandá, listo para empezar a conversar con ella. Superfluo es decir que esa relación a distancia no se establecía sólo por medio de cartas. De manera más intensa y profunda, se producía espiritualmente en el Sagrado Corazón de Jesús.
A pesar de que a doña Lucilia le gustase tanto estar junto a su hijo, su desprendimiento le hacía tener aún mayor empeño en que él consiguiese alcanzar los objetivos de su viaje.

S. Paulo, 24-6-1952
¡Hijo querido de mi corazón!
Con cuánta alegría y saudades recibí tu carta… o mejor dicho, ¡recibimos nosotros cuatro tus cartas!, que ¡sólo fueron entregadas el día veintiuno!
Ha llegado hoy la postal que enviaste para Yayá, que se va a quedar muy contenta cuando le sea entregada.
Dora va a pasar un mes en Campos do Jordão y el día siete, más o menos, de agosto, continuará para ahí. Rosée ha venido todos los días e incluso a cenado frecuentemente aquí. Anteayer me llevó a ver el ballet del Marqués de Cuevas, que es, en su género, lo mas bonito que he visto. En las piezas de Inés de Castro, y del prisionero del Cáucaso, me acordé muchísimo de ti. ¡Antonio aún no ha regresado de la finca!… Los pobres propietarios rurales han pasado un mal rato temiendo una helada, pues el frío ha sido intenso, y la temperatura cayó en Santa Catarina a ¡diez bajo cero! Felizmente, gracias a Dios, en Santa Alice (Finca de su yerno, Antonio de Castro Magalhães, en el municipio de Cambará, al norte del Estado de Paraná), todo va bien.
Y tú, querido mío, ¿qué has hecho? Ya lo sabemos… siempre trabajando… y trabajando más… Pero por mi fe, amor, oraciones y comuniones, confío, en los Sagrados Corazones de Jesús y de la Virgen Madre Santísima, y aún en el Divino Espíritu Santo, has de ser muy, muy feliz, podrás recibir la bendición y protección del Santo Papa y volverás feliz para los brazos de la madre que tiene ¡el mejor y más querido hijo del mundo!
Fui hoy, día de San Juan, a comulgar por tus intenciones, a [la iglesia de] Santa Teresita.
¡Cuando pienso en que desde París partirás en avión para Lourdes, Roma, España y yo que sé para dónde más… siempre en avión, me quedo sin respiración!
He interrumpido tantas veces esta carta que incluso ya no tengo mucha noción de lo que he escrito. Una de esas interrupciones fue de Rosée y Maria Alice, que me han llevado a dar una vuelta enorme por Pacaembú, Jardim América, Indianópolis y camino del aeropuerto.
He llegado un poco atontada y cansada.
Te pido hijo querido que escribas con frecuencia. Las que me escribiste desde São Lourenço y desde ahí son leídas todos los días, “para engañar al tiempo”. Me consuela ver que todos los que han venido aquí te echan de menos y hablan con saudades. Acaban de entrar para cenar Yayá y Adolphinho, y Rosée ya estaba, pero faltas tú, hijo mío. Que seas muy feliz, que te diviertas mucho en esa bonita tierra de Lourdes y de Paray-le-Monial. Como se ve, es privilegiada y llena de bendiciones… …y, ¡maravillosa! Aprovecha lo mejor posible y vuelve, Dios lo permita, descansado, fuerte y satisfecho.
Con muchas bendiciones y abrazos, te besa afectuosamente, tu manguinha,
Lucilia
¿Has recibido mi carta?

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

El Sagrado Corazón de Jesús “será tu salvaguardia y protector”

Pocos días después, aún desde Cambará, doña Lucilia escribe otra misiva a su hijo, tras una fuerte crisis del hígado durante la cual doña Rosée la trató con desvelo. Plinio, además de estar estudiando en la Facultad de Derecho, había comenzado a hacer la “línea de tiro”, el servicio militar. Doña Lucilia manifiesta con afecto el deseo de verlo de uniforme, le pregunta por sus estudios y su salud, pero no toca el asunto que tanto le preocupaba en la carta anterior. Había colocado sus aflicciones a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que Él no dejaría de proteger al “hijo querido de su corazón”.

Cambará, 23-5-929

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido!
Con tantas saudades de ti, tan deseosa de una conversación contigo, y sin embargo hace días que no te escribo, porque tuve una recaída fuerte de hígado que me retuvo algunos días en la cama, donde fui tratada por tu hermanita ¡con un cariño y dedicación que me hicieron bien al corazón! Estoy aún con el hígado muy inflamado y me siento abatida, incluso a consecuencia de la larga y fuerte dieta que tengo.

24-5-929
Interrumpí ayer ésta, porque Rosée tuvo tres visitas hasta la noche, y, una cosa extraordinaria que tengo que contarte, fui ayer al circo que está cerca de casa, en donde
asistí a medio espectáculo, y fui y volví en automóvil muy despacio, y allá di unas buenas carcajadas. Hoy estoy mucho mejor, pero ¡aún con miedo del regreso!
¡La Sorocabana (La compañía de trenes) salta y corcovea tanto que da la impresión de que “sin querer”, se está domando un caballo bravo!
Te envié una larga carta certificada, en respuesta a aquella en la que me hablabas de la cena en el Club Comercial y, por lo que veo, no la recibiste, lo cual me disgustó mucho. ¿En qué quedó esta última propuesta de venta del empleo? Estoy ansiosa por verte uniformado… y “entusiasmado” por las marchas y contramarchas.
¿Has estudiado mucho? Hace cuatro días que no recibo cartas de ahí, ¿será posible que estés de nuevo con alguna gripe en la garganta? ¡Dios no lo permita! Quiero encontrarte muy fuerte, y guapetón. ¡Me agradó mucho, inmensamente, saber que, cuando tienes saudades de mí, rezas delante de mi oratorio! ¡Yo también rezo tanto por ti, y el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!,
hijo querido de mi corazón. Espero ir con Toni el lunes, pero preferiría que él quisiese ir el miércoles, para que mi hígado se acomode un poco más antes de embarcar de nuevo. Mándanos con urgencia noticias de Gabriel. (…) ¿Cómo está tu abuela?
Le escribí hace tres días a ella y a Zilí, que me respondió.
Dale de mi parte un buen abrazo a nuestra Frau, y dile que vuelvo con Popadinchen.
Un abrazo a tu abuela.
Recibe con mi bendición, muchos y muchos besos de tu mamá muy “saudosa” y extremosa,
Lucilia

Trasponiendo el umbral de los 50 años

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                           Doña Lucilia a los 50 años

Alegrías, dolores y aprensiones
Veintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas! Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7.) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida.
¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro?
Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

           Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo.
Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha (23 de febrero de 1927), la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

Cuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe.
En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios. Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular. Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

     Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso. Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

“Yo también rezo tanto por ti…”

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a                          Doña Lucilia

No era sólo por razones naturales que doña Lucilia les dedicaba a sus hijos tan intenso afecto. La raíz más profunda de éste era su elevada devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a quien tanto rezaba, como relataría años más tarde, en una carta a Plinio, con palabras llenas de unción:

¡Me agradó inmensamente saber que cuando me
echas de menos, rezas delante de mi oratorio! Yo también
rezo tanto por ti; ¡el Sagrado Corazón de Jesús,
nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!, hijo
querido de mi corazón.

Tal devoción unida a la atmósfera de recogimiento que doña Lucilia mantenía en el hogar, lo hacía propicio a la oración y a la contemplación. El Dr. Plinio recuerda que, muchas veces, al volver de algún paseo o fiesta infantil, encontraba la casa inmersa en un ambiente que le hacía evocar el sonido grave, noble y suave del carillón de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Eso contrastaba con la superficialidad y disipación que, ya en los remotos años veinte, iban marcando cada día más a la sociedad de nuestro siglo, haciéndole entender mejor el modo de ser, invariable y profundo, de doña Lucilia. “Fue por ese motivo que tomé una resolución: por mi parte, ¡también voy a vivir así!” concluyó el Dr. Plinio.
En el fondo, iba enseñando a sus hijos a vivir de manera virtuosa, pues era su más ardiente deseo. De ahí su gran empeño en darles una esmerada formación religiosa. A una excelente observadora como ella no le fue necesario mucho tiempo para notar que la fräulein Matilde, a pesar de ser una eximia educadora, no tenía la atención tan volcada hacia lo sobrenatural como sería de desear. Tanto mejor para sus hijos, pues su propia madre asumirá esta tarea tan alta.
Doña Lucilia también estimulaba en Rosée y Plinio la piedad en relación a las imágenes colocadas por ella en sus cuartos, y a veces las besaba cuando entraba allí.
Dr._plinioEl Dr. Plinio, ya octogenario, se acordaba de aquellos tiempos en que tenía seis, tal vez siete años de edad, época en que profundizó sus consideraciones sobre Nuestro Señor Jesucristo, al contemplar sus imágenes en casa y en la iglesia, o leyendo libritos para niños:
“Ya en mis primeros años, tenía la convicción de que Él era el Hombre-Dios, porque mamá lo dejaba clarísimo en las narraciones de Historia Sagrada”.
Tan rica y penetrante fue la influencia que tenía sobre sus hijos que Plinio, con tan sólo cuatro años, de pie sobre una mesa, llegó a dar clases de catecismo a los La educación de sus hijos  criados de la casa, transmitiéndoles lo que había oído de los piadosos labios maternos.
Por otra parte, a los niños les impresionaba vivamente ver el completo rechazo de doña Lucilia al demonio, el adversario del género humano. Tenía repugnancia hasta de su nombre, que no pronunciaba sino cuando era indispensable, y así mismo con expresión discretamente desagradada. Opinaba con toda razón que el simple hecho de mencionar a tan abyecto ente, sin absoluta necesidad, podía ser interpretado como si se le invocara.