“Tanto le pido a Dios que vuelvas ya como que puedas quedarte un poco más”

Como don João Paulo asumió el encargo de cuidar del despacho de abogacía del Dr. Plinio durante su ausencia, le escribe varias cartas a ese respecto, sin dejar de relatar en ellas en pocas palabras lo que pasaba en casa. Por una del 11 de marzo podemos medir cuánto le agradaba a doña Lucilia cada noticia recibida de su hijo:

Aquí llegó ayer tu carta del 6; recibida con el mayor de los placeres, especialmente por Lucilia que la ha leído por lo menos tres veces, (…) sigue hoy para Buenos Aires, dirigida a Rosée.
Por aquí, nada de nuevo en lo que nos atañe más de cerca. Lucilia está bien, una vez u otra siente que le aprietan las saudades, pero después vuelve a la normalidad, para lo que concurren sus hermanas, casi siempre de visita para las habituales cenas. No te preocupes por eso y aprovecha Europa de la mejor forma posible.

Dr. Plinio visitando Louvre

Dr. Plinio visitando Louvre

Uno de los alivios de doña Lucilia para sus saudades consistía en escribirle largas cartas al Dr. Plinio. Así, poco después de recibir la primera llegada de París, le envía una respuesta. Bien sabemos todo lo que representaba para ella la cultura francesa. No perdía, pues, ocasión de recomendarle a su hijo que visitase los lugares más interesantes.
Por los consejos que le da, se nota como encaraba una tournée por el viejo continente. Le parecía que un viaje por Europa debía tener el carácter de peregrinación en el sentido más amplio del término, pues todas las maravillas allí existentes eran fruto de la civilización cristiana y había que admirarlas con espíritu religioso, casi se diría que meditarlas. De ese modo, a pesar de que su hijo era ya un hombre maduro, se empeñaba en ayudarle a progresar espiritualmente durante esa estadía, recomendándole correr menos e incluso visitar menor número de lugares históricos, a fin de aprovecharlos mejor.
Por eso le pedía a Dios en sus oraciones que el viaje del Dr. Plinio se prolongase lo más posible, a pesar de que las saudades la llevasen a implorar su pronto regreso.

S. Paulo, 12-V-50
¡Mi querido hijo!
Por las cartas que te he enviado (…) habrás tenido noticias nuestras. Por otra escrita ayer por tu padre, ya debes haber sabido del fallecimiento de doña Nené Paula Leite. Como yo, debes sentir mucho esta muerte, pero para ella fue muy bueno, pues se fue junto a Dios, la Santísima Virgen y su queridísimo hijo José Gustavo.
Se sintió indispuesta el domingo, enferma el lunes, y el martes al amanecer entregó su alma a Dios. Tuve mucha pena de Antony y de sus hermanas; ¡estaban tan abatidos! y un tanto desorientados con la rapidez del hecho.
Estoy ansiosa por ver el retratito que Adolphinho le mandó a su madre, que me lo traerá mañana. ¿No crees que “yo también” voy a recibir uno de mi queridão?

"Estatuas"

                             “Estatuas”

Al ver Versalles ¿no te acordaste un poco del palacio de las “estuatas”? ¿Habéis ido al Trianón y al Petit Trianon? ¡No me hablas de ellos y son tan bonitos y próximos del primero! Te recuerdo también, si tienes tiempo, el museo Grévin, que es interesantísimo. Si no te fuese posible ir al [palacio] de Luxembourg y pasas cerca, aproxímate un poco para que puedas ver, desde la calle, Le penseur, obra prima de Rodin, que está colocado
en el pequeño jardín frente al edificio.
Mandé a Rosée, con promesa formal de devolución tu carta describiendo la maravillosa Sevilla, pero escrita desde París. Felizmente las noticias que mandan son buenas. Antonio ya ha viajado para Argentina el día diez y piensa que vendrán todos el día veinticinco o treinta. Tus tías están quejosas por no haber recibido de tu parte ni siquiera una postal. Les mostré tu última carta, en que me decías que ya les habías escrito. Después de tu partida, ellas han redoblado sus cariños conmigo. Hasta Dora, tan buenecita, que, a pesar del ajetreo que tiene por la casa nueva, se esfuerza lo más posible por serme agradable. ¡Que Dios la bendiga y la haga feliz! Zilí y Néstor nos llevaron el domingo pasado al Automóvil Club para que yo lo conociese antes de ser demolido, y allí cenamos los cuatro, además de Antonio Magalhães. Me gustó mucho todo, pero hablando y acordándome a cada momento de mi querido, que ciertamente, “mil veces gracias al buen Dios y a Nuestra Madre María Santísima”, debería también estar viendo cosas muy bonitas y necesarias bajo todos los puntos de vista.
Me olvidaba decirte que tus dos últimas cartas han llegado con los sobres tan mal pegados, o repegados, que con la punta de la uña las abrí rápidamente.
Escríbeme siempre, hablando un poco más de ti. ¿No estarás cansándote demasiado con el ansia de aprovechar el tiempo para ver lo más posible? Hijo mío, por el amor a Dios, ¡más cuidado con tu salud! De nada sirve verlo todo (aunque sea en mayor número) con estas carreras, con este afán. Es mejor ver menos pero examinar más, anotarlo todo bien, con más provecho y sosiego. ¿Cuándo vais a Lourdes y a Roma? Que Dios os acompañe y seáis muy felices. ¡Si Él no fuese Dios pensaría que estoy loca, pues tanto le pido para que vuelvas ya, como para que puedas quedarte un poco más! Es el fruto de
las muchas saudades.
Mando un abrazo para Adolphinho.
¿Y para ti, hijo querido? Todas mis bendiciones, mi afecto y cariño, abrazos y besos.
De tu mamá muy saudosa y extremosa,
Lucilia

Dr. Plinio en el año 1952

       Dr. Plinio en el año 1952

Antes de un rápido viaje a Alemania, el Dr. Plinio traza unas breves líneas en una postal con una vista de París. Durante las dos semanas siguientes, no llegaría a São Paulo ninguna correspondencia:

Lú, mi querida Manguinha.
¿Cómo decir las saudades que he sentido leyendo sus cartas? Me han dado ganas de volar hasta ahí para un encuentro lleno de besos; y volver, abriendo un paréntesis en esta ausencia tan larga. Me ha gustado inmensamente saber (…) que usted está bien… aunque saudosa a más no poder. Lo que veo aquí es el asombro de los asombros. He venido hoy de Versalles por segunda vez. ¿Ya está preparando la feijoada? Cuando llegue a Roma, puede ir comprando los condimentos.
Millones y millones de abrazos y besos de este filhão que la quiere y respeta indeciblemente y pide su bendición
Plinio

El niño que quiso comprar el castillo del Rey Sol

Versaille

Palacio de Versalles

Una de las maravillas del mundo es Versalles, y doña Lucilia ansiaba contemplar lo que conocía sólo por descripciones e ilustraciones. Sin embargo, pensaba más en la formación cultural de sus hijos que en sí misma. Era indispensable que al salir de Francia guardaran un recuerdo de aquella maravilla. Por eso dedicó un día para visitar Versalles con su esposo y los niños.
Antes de llegar, les explicó lo que era necesario saber sobre el castillo: su significado, su historia, sus glorias.
Años más tarde, al recordar esta visita, modulando las palabras con su voz armoniosa, doña Lucilia destacaba dos episodios:
Paseábamos por aquellos bellos jardines y galerías de Versalles; yo llevaba a Plinio de la mano, mientras João Paulo llevaba a Rosée. Muy atraído por la belleza de las esculturas, Plinio se estaba quedando atrás; quería parar y mirar una por una.
— Mamá —me decía— me gustan mucho esas estuatas (quería decir estatuas).

"Estatuas"

“Estuatas”

Iba contemplándolo todo. En cierto momento me preguntó:
— Mamá, una cosa. ¿Cuánto vale este castillo?
— Hijo mío, esto no tiene precio. Hay ciertas cosas en el mundo que no tienen
precio. Valen tanto, tanto, que nadie tiene dinero para comprarlo.
— No, eso no es así… — añadió poco convencido. Plinio se metió la mano en el bolsillo y, para mi sorpresa, sacó una libra esterlina
de oro.
— Mamá, el tío Gabriel me ha dado esta moneda y con ella quiero comprar este castillo, porque quiero vivir aquí.
Intenté demostrarle que era imposible realizar su deseo solamente con aquella moneda, pero me di cuenta de que no había quedado muy convencido, a pesar de haberse sometido con docilidad.
Casi al final de la visita entramos en un gran pabellón donde estaban expuestos los carruajes de los Reyes de Francia. Uno de ellos era dorado, de líneas elegantes, con ventanas de cristal abombado y asientos tapizados con sedas y damascos, tenía en las puertas unas bonitas pinturas recubiertas con el famoso barniz Martin y bellas plumas en el techo. Este carruaje dejó embelesado a Plinio.
Puso su manita en un picaporte y se dio cuenta de que podía abrirlo. Quiso entrar para ver cómo era por dentro. João Paulo inmediatamente intervino:
— No puedes entrar en la carroza, tienes que verla desde fuera.
— No sé si no le escuchó bien, pero estaba entrando cuando João Paulo lo cogió
por el brazo:
— No, tú no entras. Dame la mano, pues quien va a ocuparse de ti soy yo. Siempre razonable, Plinio se quedó fuera contemplando aquella maravilla.
En el momento de marcharnos su padre le dice:
— Bueno, ahora vámonos.
— ¡No! Yo voy a quedarme aquí.
— Tú no te quedas, ven conmigo.
— ¡No, yo no me voy!
Logró zafarse de la mano de João Paulo y se agarró a una de las ruedas del carruaje; tal era el deslumbramiento que le producía aquella maravilla.
Sonriendo, su padre le dijo:
— ¡Vas a ver si vienes o no!
Lo cogió en brazos y se lo llevó. Doña Lucilia, con el corazón desbordante de afecto por su hijo, procuró con mucha habilidad hacer valer la autoridad paterna y al mismo tiempo proteger la inocencia del niño. Con esa suavidad tan propia de ella, consiguió convencer a Plinio de que era necesario regresar al hotel.

Carruaje