Un torrente de afecto como un caudal de luz

Doña Lucilia trataba a su hijo, desde su primera infancia, con mucho respeto, con una sonrisa bondadosa y un torrente de afecto. Por estar siempre vuelto hacia los aspectos más altos de las cosas, el niño Plinio era rechazado por sus compañeros y vivía aislado. Ese aislamiento profundo sólo encontraba alivio en su bondadosa madre. Doña Lucilia era su apoyo.

Si considero las gracias más antiguas que recuerdo haber recibido – entonces, un niñito de dos o tres años –, la primera impresión fue una profunda sensibilidad hacia mi madre. Una sensibilidad que se extendía desde la persona de ella hacia todo lo que fuera más o menos de la misma forma. Muy sensible, por ejemplo, a la compasión que sentía que ella tenía por mí, por el hecho de ser pequeñito, débil, muy enfermizo en mi primera infancia; después, a fuerza de tratamientos, eso cambió, gracias a Dios. Yo notaba su pena amorosa, llena de respeto, con una sonrisa bondadosa, afectuosa y una especie de torrente de afecto, que sentía casi físicamente como un caudal de una luz dulce, que entraba en mí y venía de ella.

Afecto, cortesía, respeto

Eso terminaba constituyendo una especie de regla de tres, por la cual yo me volvía muy sensible a toda especie de compasión hacia los que sufrían. Eso era un reflejo: lo que mamá sentía por mí yo lo tenía con el sufrimiento de los otros; me sensibilizaba profundamente, ponía atención, tenía mucha lástima. Esas disposiciones no eran de una compasión común. Yo tenía mucha facilidad de ver metafísicamente cómo era eso. Entonces, aplicaba a un caso concreto y de ahí pasaba a la metafísica, a la compasión, la misericordia en sí misma, vista en su aspecto más alto, y vibraba con esto profundamente.
De ahí también mucha afectividad. Yo era muy propenso a tratar a todos con afecto, cortesía, respeto, a pensar que me tratarían con esa mansedumbre también, y eso se configuraba para mí como un gozo plateado que constituía la luz de mi infancia.
También sentía una especie de caricia de las cosas bonitas, que fueran de belleza delicada, elevada, que atraían hacia un ambiente superior, hacia algo más elevado, no de un valor social, sino moral. Eso me atraía enormemente. Pero, asimismo, en los contornos de esto el valor social, en la medida en que percibía que el valor social superior exigía un cierto valor moral, sin el cual aquello era una frustración y una vergüenza. Entonces, un respeto por ese valor moral comprendido en esto.

Lo metafísico y el arquetipo de cada cosa

Se tiene una idea mejor de esto conociendo mi afinidad con Versalles. Cuando tenía casi cuatro años, me llevaron al Palacio de Versalles, donde hubo algunas escenas que ya he tenido oportunidad de relatar. Ese gesto de agarrarme al carruaje era porque todo eso representaba un valor moral relacionado con lo social. Recuerdo que en el exterior de la puerta del carruaje había una de esas escenas francesas tan apacibles; un paisajito, un pastor, una pastora, que a mi vista de niño se configuraba como la cosa más inocente posible, con aquellos colores, unas auroras, unos ríos muy delicados; la naturaleza toda muy delicada con personajes que, a su vez, tomaban actitudes muy corteses hacia los demás. Cubierta por un excelente barniz, aquella pintura tomaba un aspecto tal que mi alma se encantaba, por causa de una noción de delicadeza, que era el modo propio de mi alma. Yo pensaba: “¡Cuántas dulzuras hay en esto!” ¡Cómo está Jesucristo en todo esto!”
Así yo veía también en las cosas de la Iglesia, de la Religión, en la imagen del Corazón de Jesús de mi casa. Y creo que son fenómenos de mística ordinaria, mezclados con una ayuda de la gracia para ver el aspecto metafísico, en dosis que no sé bien cuáles son. Visto lo metafísico y
lo arquetípico, entraba una puntica de sobrenatural, de una consolación sensible asociada a todo esto.

Ver las cosas por los aspectos más elevados

Recuerdo, por ejemplo, que mamá, mi abuela, mi padre y otras personas de la familia fueron a una especie de réveillon en Paris, por el Año Nuevo. Y Doña Lucilia vino trayendo cotillons, objetos que distribuían para que las señoras los llevaran en la mano mientras bailaban. Ella no danzó, pero los trajo. Al llegar al hotel, amarró algunos cotillons al pie de mi cama. Al despertar de madrugada y percibir que algo estaba amarrado ahí, yo pensé: “¡Otra de mamá!” En este “otra de mamá” estaba la idea de una nueva expresión de su cariño. Me volví hacia el otro lado y me dormí. Cuando desperté por la mañana, vi los cotillons y concluí: “Ya veo. Aunque indispuesta, fue a hacerle compañía a mi papá, y volvió más indispuesta aún; y allá estaba pensando en mí, en medio de la fiesta, y cuando volvió tarde, cansada, estuvo de pie junto a mi cama amarrando esto y sonriéndome, a mí que dormía, recreándose con mi sorpresa a la hora de despertar.”
El cuarto de ella quedaba al lado del mío. Me levanté y fui directamente a sus habitaciones a jugar con ella, despertándola sin consciencia alguna de estarla incomodando. Había en todo eso algo a manera de un globo lleno de gas que tendía a subir, haciéndome ver las cosas por los aspectos más altos, continuamente y por cualquier motivo.

Discerniendo lo que se oponía a las cosas elevadas

En ese sentido, hay otra reminiscencia de mi infancia. Una escena muy confusa, más o menos así: El barco en el que viajábamos era italiano, Duca d’Aosta. Al verlo parado,  o sé dónde, tuve la impresión de que había alguna máquina funcionando para sacar de la embarcación cantidades de agua. Yo veía aquel chorro de agua y pensaba: “La vida es así: es un agua que está saliendo, saliendo, pero al final acaba… ¡Qué bonito es ese chorro!, pero ¡cómo es bueno que comience, dure y acabe!” Había algo arquetípico al respecto, que iba más allá de la idea de un niño de cuatro o cinco años. El tiempo libre que tenía, lo reservaba para reflexiones como esa. No hablé con nadie al respecto, porque me di cuenta de que sería mal visto. Luego vino la sensación de soledad frente a lo admirable, pero mal visto por todos lados, que, por lo tanto, debería florecer, secarse y marchitarse. Y así pasaron los veranos, los inviernos, los manantiales y los otoños, sucediéndose unos a otros y agregando soledades a soledades solo en presencia de Dios. Esta idea me venía mucho al espíritu. A lo que se añadía una noción confusa de que algo no me quería, y que se presentaba por formas de trato que me agredían.
Volviendo de Génova a Brasil, en cierto momento una persona de mi familia se me acercó con aires de burla. Pensé conmigo mismo: “Ya viene este hombre aquí… ¿Pero por qué está riendo? No hay nada de chistoso”. Se acercó con risas, y yo permanecí serio. Después, me agarró y me colocó encima de un barril que estaba en la cubierta y me dijo: “Toca el acordeón”. Comencé a tocar para evitar complicaciones, pero pensando: “¿De qué se está riendo? Eso no me produce ninguna gracia; ¿por qué está burlándose de mí? Yo estoy serio aquí ¿Por qué se está riendo?” Y después me levantaba y me bajaba. Yo sentía algo que más tarde llamaría espíritu revolucionario. Así, a un discernimiento de esas cosas elevadas se unía un discernimiento más fino, relacionado con lo que se oponía a esas cosas elevadas. Era ya un despuntar de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución, que comenzaba en mi plena inocencia.

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Niño que raciocinaba hasta el último punto

En todo esto había alguna cosa que era la inocencia del católico que no pecó, de la gracia bautismal, y además una continua acción de la gracia extendiendo los límites de esa inocencia, haciendo notar cosas que después irían en cadena hasta ver la Revolución y la Contra-Revolución. Más o menos todo me llevaba a eso.
También sentía un abismo que comenzaba a abrirse entre los de mi edad y yo. Porque,  pesar de ser algo sensible y no lógico, era siempre conforme a la lógica; yo raciocinaba hasta el último punto. Esas cosas que veía eran premisas evidentes de las cuales yo sacaba consecuencias. Pero percibía que mis compañeros de edad no querían saber de eso, ni siquiera querían mirar, y estaban en otra clave; por tanto, yo tendría que relacionarme con ellos desde la rodilla hacia abajo, para que pudiéramos convivir.
Tentación de orgullo, gracias a Nuestra Señora no tuve. Al contrario, me sentí hasta disminuido por ser diferente de los demás, quedando medio al margen, y haciendo, pues era necesario, un acto de humildad para ser fiel a todo eso. Sin embargo, a la vez iba sintiendo el aislamiento y la necesidad de tener una profunda vida interior, pues sabía que era muy buena, muy conforme a la Religión, muy lógica, pero que no era visible a nadie. Con todo, yo pensaba lo siguiente: “Quien rechaza esas cosas podría decirse mi amigo, pero yo no acepto esa amistad, ella no es válida porque yo soy así. Y si quieren de mí un tercero que no soy yo, el niño juicioso, recto, educado, agradable, pero sin nada de todo esto – es así que tengo que mostrarme para convivir con ellos –, entonces en realidad no gustan de mí, pues tengo que usar una máscara para vivir entre ellos.” No es la máscara de la hipocresía, sino de la diplomacia.

La ferme, un regalo muy bonito

En cierta ocasión, en Navidad, recibí de un tío un regalo muy bonito. Era una caja venida de Francia, intitulada “La ferme”. Al abrirla, uno se encontraba con la escena de una hacienda común. Después, levantando otra tapa, se veía junto a la hacienda una aldeíta encantadora, francesa, con todo cuanto hay en una especie de villa cercana a una hacienda: la iglesita, los campesinos, aquellos montes de heno tan característicos, el perrito, la campesina, un riachuelo pintado en el suelo con su puentecito, pequeñas enredaderas con fruticas rojas pintadas en las ventanas de las casas…
Hasta hoy, al narrar, siento aún la repercusión del encanto que me causaron esas cosas. En el medio, había un hombre muy derecho, elegante, con un abrigo negro muy bien cortado y un sombrero de copa gris – lo que era el auge de la elegancia –, con guantes en las manos, saludando a alguien; era un saludo perpetuo, invariable e inmóvil, pero con tanta distinción y afabilidad que yo quedaba encantado. Y pensaba cómo sería bueno conocer a ese hombre y saludarlo del mismo modo, y conversar con él. Intercambiaríamos ideas sobre asuntos muy agradables, muy elevados y dulces…
Pero si yo quisiera conversar sobre eso con mis compañeros, caerían en carcajadas. De ahí, un aislamiento profundo que sólo encontraba consuelo en mamá, con quien no
hablaba de esas cosas, pero yo sabía que ella las sentía. Así, Doña Lucilia era mi apoyo.

(Extraído de conferencia de 20/6/1987)

“Tanto le pido a Dios que vuelvas ya como que puedas quedarte un poco más”

Como don João Paulo asumió el encargo de cuidar del despacho de abogacía del Dr. Plinio durante su ausencia, le escribe varias cartas a ese respecto, sin dejar de relatar en ellas en pocas palabras lo que pasaba en casa. Por una del 11 de marzo podemos medir cuánto le agradaba a doña Lucilia cada noticia recibida de su hijo:

Aquí llegó ayer tu carta del 6; recibida con el mayor de los placeres, especialmente por Lucilia que la ha leído por lo menos tres veces, (…) sigue hoy para Buenos Aires, dirigida a Rosée.
Por aquí, nada de nuevo en lo que nos atañe más de cerca. Lucilia está bien, una vez u otra siente que le aprietan las saudades, pero después vuelve a la normalidad, para lo que concurren sus hermanas, casi siempre de visita para las habituales cenas. No te preocupes por eso y aprovecha Europa de la mejor forma posible.

Dr. Plinio visitando Louvre

Dr. Plinio visitando Louvre

Uno de los alivios de doña Lucilia para sus saudades consistía en escribirle largas cartas al Dr. Plinio. Así, poco después de recibir la primera llegada de París, le envía una respuesta. Bien sabemos todo lo que representaba para ella la cultura francesa. No perdía, pues, ocasión de recomendarle a su hijo que visitase los lugares más interesantes.
Por los consejos que le da, se nota como encaraba una tournée por el viejo continente. Le parecía que un viaje por Europa debía tener el carácter de peregrinación en el sentido más amplio del término, pues todas las maravillas allí existentes eran fruto de la civilización cristiana y había que admirarlas con espíritu religioso, casi se diría que meditarlas. De ese modo, a pesar de que su hijo era ya un hombre maduro, se empeñaba en ayudarle a progresar espiritualmente durante esa estadía, recomendándole correr menos e incluso visitar menor número de lugares históricos, a fin de aprovecharlos mejor.
Por eso le pedía a Dios en sus oraciones que el viaje del Dr. Plinio se prolongase lo más posible, a pesar de que las saudades la llevasen a implorar su pronto regreso.

S. Paulo, 12-V-50
¡Mi querido hijo!
Por las cartas que te he enviado (…) habrás tenido noticias nuestras. Por otra escrita ayer por tu padre, ya debes haber sabido del fallecimiento de doña Nené Paula Leite. Como yo, debes sentir mucho esta muerte, pero para ella fue muy bueno, pues se fue junto a Dios, la Santísima Virgen y su queridísimo hijo José Gustavo.
Se sintió indispuesta el domingo, enferma el lunes, y el martes al amanecer entregó su alma a Dios. Tuve mucha pena de Antony y de sus hermanas; ¡estaban tan abatidos! y un tanto desorientados con la rapidez del hecho.
Estoy ansiosa por ver el retratito que Adolphinho le mandó a su madre, que me lo traerá mañana. ¿No crees que “yo también” voy a recibir uno de mi queridão?

"Estatuas"

                             “Estatuas”

Al ver Versalles ¿no te acordaste un poco del palacio de las “estuatas”? ¿Habéis ido al Trianón y al Petit Trianon? ¡No me hablas de ellos y son tan bonitos y próximos del primero! Te recuerdo también, si tienes tiempo, el museo Grévin, que es interesantísimo. Si no te fuese posible ir al [palacio] de Luxembourg y pasas cerca, aproxímate un poco para que puedas ver, desde la calle, Le penseur, obra prima de Rodin, que está colocado
en el pequeño jardín frente al edificio.
Mandé a Rosée, con promesa formal de devolución tu carta describiendo la maravillosa Sevilla, pero escrita desde París. Felizmente las noticias que mandan son buenas. Antonio ya ha viajado para Argentina el día diez y piensa que vendrán todos el día veinticinco o treinta. Tus tías están quejosas por no haber recibido de tu parte ni siquiera una postal. Les mostré tu última carta, en que me decías que ya les habías escrito. Después de tu partida, ellas han redoblado sus cariños conmigo. Hasta Dora, tan buenecita, que, a pesar del ajetreo que tiene por la casa nueva, se esfuerza lo más posible por serme agradable. ¡Que Dios la bendiga y la haga feliz! Zilí y Néstor nos llevaron el domingo pasado al Automóvil Club para que yo lo conociese antes de ser demolido, y allí cenamos los cuatro, además de Antonio Magalhães. Me gustó mucho todo, pero hablando y acordándome a cada momento de mi querido, que ciertamente, “mil veces gracias al buen Dios y a Nuestra Madre María Santísima”, debería también estar viendo cosas muy bonitas y necesarias bajo todos los puntos de vista.
Me olvidaba decirte que tus dos últimas cartas han llegado con los sobres tan mal pegados, o repegados, que con la punta de la uña las abrí rápidamente.
Escríbeme siempre, hablando un poco más de ti. ¿No estarás cansándote demasiado con el ansia de aprovechar el tiempo para ver lo más posible? Hijo mío, por el amor a Dios, ¡más cuidado con tu salud! De nada sirve verlo todo (aunque sea en mayor número) con estas carreras, con este afán. Es mejor ver menos pero examinar más, anotarlo todo bien, con más provecho y sosiego. ¿Cuándo vais a Lourdes y a Roma? Que Dios os acompañe y seáis muy felices. ¡Si Él no fuese Dios pensaría que estoy loca, pues tanto le pido para que vuelvas ya, como para que puedas quedarte un poco más! Es el fruto de
las muchas saudades.
Mando un abrazo para Adolphinho.
¿Y para ti, hijo querido? Todas mis bendiciones, mi afecto y cariño, abrazos y besos.
De tu mamá muy saudosa y extremosa,
Lucilia

Dr. Plinio en el año 1952

       Dr. Plinio en el año 1952

Antes de un rápido viaje a Alemania, el Dr. Plinio traza unas breves líneas en una postal con una vista de París. Durante las dos semanas siguientes, no llegaría a São Paulo ninguna correspondencia:

Lú, mi querida Manguinha.
¿Cómo decir las saudades que he sentido leyendo sus cartas? Me han dado ganas de volar hasta ahí para un encuentro lleno de besos; y volver, abriendo un paréntesis en esta ausencia tan larga. Me ha gustado inmensamente saber (…) que usted está bien… aunque saudosa a más no poder. Lo que veo aquí es el asombro de los asombros. He venido hoy de Versalles por segunda vez. ¿Ya está preparando la feijoada? Cuando llegue a Roma, puede ir comprando los condimentos.
Millones y millones de abrazos y besos de este filhão que la quiere y respeta indeciblemente y pide su bendición
Plinio

El niño que quiso comprar el castillo del Rey Sol

Versaille

Palacio de Versalles

Una de las maravillas del mundo es Versalles, y doña Lucilia ansiaba contemplar lo que conocía sólo por descripciones e ilustraciones. Sin embargo, pensaba más en la formación cultural de sus hijos que en sí misma. Era indispensable que al salir de Francia guardaran un recuerdo de aquella maravilla. Por eso dedicó un día para visitar Versalles con su esposo y los niños.
Antes de llegar, les explicó lo que era necesario saber sobre el castillo: su significado, su historia, sus glorias.
Años más tarde, al recordar esta visita, modulando las palabras con su voz armoniosa, doña Lucilia destacaba dos episodios:
Paseábamos por aquellos bellos jardines y galerías de Versalles; yo llevaba a Plinio de la mano, mientras João Paulo llevaba a Rosée. Muy atraído por la belleza de las esculturas, Plinio se estaba quedando atrás; quería parar y mirar una por una.
— Mamá —me decía— me gustan mucho esas estuatas (quería decir estatuas).

"Estatuas"

“Estuatas”

Iba contemplándolo todo. En cierto momento me preguntó:
— Mamá, una cosa. ¿Cuánto vale este castillo?
— Hijo mío, esto no tiene precio. Hay ciertas cosas en el mundo que no tienen
precio. Valen tanto, tanto, que nadie tiene dinero para comprarlo.
— No, eso no es así… — añadió poco convencido. Plinio se metió la mano en el bolsillo y, para mi sorpresa, sacó una libra esterlina
de oro.
— Mamá, el tío Gabriel me ha dado esta moneda y con ella quiero comprar este castillo, porque quiero vivir aquí.
Intenté demostrarle que era imposible realizar su deseo solamente con aquella moneda, pero me di cuenta de que no había quedado muy convencido, a pesar de haberse sometido con docilidad.
Casi al final de la visita entramos en un gran pabellón donde estaban expuestos los carruajes de los Reyes de Francia. Uno de ellos era dorado, de líneas elegantes, con ventanas de cristal abombado y asientos tapizados con sedas y damascos, tenía en las puertas unas bonitas pinturas recubiertas con el famoso barniz Martin y bellas plumas en el techo. Este carruaje dejó embelesado a Plinio.
Puso su manita en un picaporte y se dio cuenta de que podía abrirlo. Quiso entrar para ver cómo era por dentro. João Paulo inmediatamente intervino:
— No puedes entrar en la carroza, tienes que verla desde fuera.
— No sé si no le escuchó bien, pero estaba entrando cuando João Paulo lo cogió
por el brazo:
— No, tú no entras. Dame la mano, pues quien va a ocuparse de ti soy yo. Siempre razonable, Plinio se quedó fuera contemplando aquella maravilla.
En el momento de marcharnos su padre le dice:
— Bueno, ahora vámonos.
— ¡No! Yo voy a quedarme aquí.
— Tú no te quedas, ven conmigo.
— ¡No, yo no me voy!
Logró zafarse de la mano de João Paulo y se agarró a una de las ruedas del carruaje; tal era el deslumbramiento que le producía aquella maravilla.
Sonriendo, su padre le dijo:
— ¡Vas a ver si vienes o no!
Lo cogió en brazos y se lo llevó. Doña Lucilia, con el corazón desbordante de afecto por su hijo, procuró con mucha habilidad hacer valer la autoridad paterna y al mismo tiempo proteger la inocencia del niño. Con esa suavidad tan propia de ella, consiguió convencer a Plinio de que era necesario regresar al hotel.

Carruaje