Un cumpleaños marcado por una gran ausencia

cap12_069Se aproximaba una gran fecha, muy querida por el Dr. Plinio: el 22 de abril.
Un año más de su querida madre quedaría hacia atrás. En la estabilidad de las buenas disposiciones y equilibrio de doña Lucilia, el Dr. Plinio sentía un apoyo para aquella determinación de ser fiel al bien que había tomado desde su adolescencia, cuando estudiaba en el Colegio San Luis.
A lo largo de los años, doña Lucilia iba adquiriendo cada vez más la fisonomía bondadosa, dulce, afable y sufridora, pero firme, definida y categórica, que claramente se nota en sus últimas fotografías.
En la mañana de aquél 22 de abril llega un telegrama al apartamento:

BARCELONA – 22.04.50
MILLONES BESOS AFECTUOSÍSIMOS
PLINIO

Don João Paulo le entregó en el mismo instante la segunda carta dejada por el Dr. Plinio, junto con un bellísimo ramo de flores. De esta forma, ya desde la primera hora de la mañana recibía manifestaciones de amor y veneración de su hijo, como si él no estuviera ausente. Ante el cariñoso gesto, su corazón se conmovió. Y de pura alegría no consiguió contener las lágrimas mientras leía estas expresivas líneas:

cap14_02813 de Abril 22-IV ( El Dr. Plinio puso las dos fechas en la carta. La primera era del día en que la escribió)
Mi querido amorcito.
Quise que, nada más despertarse, mis felicitaciones fuesen las primeras, junto con las de Papá. Mil besos, mil abrazos, cariño sin fin, un océano de saudades.
Pocas veces he hecho un sacrificio tan grande como el de marcar un viaje las vísperas de su cumpleaños, que me gustaría inmensamente pasar con usted. Pero, mi bien, fue indispensable organizar las cosas así.
La ida fue anticipada: lo será implícitamente la vuelta.
Hoy comulgaré en su intención y pensaré en usted todo el día… ¡lo que por supuesto haré también los demás días!
Las flores de casa son todas compradas por mí.
Mil felicitaciones, querida. Que Nuestra señora le dé todo a usted.
Pide su bendición con un afecto y un respeto sin cuenta su corpulentísimo y vigorosísimo ex-Pimbinche.
Plinio

Algunos días después, doña Lucilia recibió otra carta del Dr. Plinio aún sobre su cumpleaños, escrita esta vez desde España y fechada el 21 de abril. En ella manifestaba cuánto le dolía no poder estar en São Paulo al día siguiente:

Mãezinha de mi corazón,
Dentro de algunas horas le mandaré un telegrama por el día 22.
Hace días vengo pensando en esta fecha. ¡Cuánto daría yo para que me fuese posible, como por arte de magia, estar ahí en esa fecha, para besarla y abrazarla de corazón (…) y charlar un ratito! Yo le contaría entonces las maravillas que he visto aquí y ¡conversaríamos hasta el amanecer! Pero eso queda para la vuelta, cuando espero contarle cosas y más cosas sobre esta maravillosa Europa (En la parte final de la carta, el Dr. Plinio da noticias de su llegada a España, razón por la cual transcribimos el resto más adelante).

Recurramos una vez más a las cartas enviadas por don João Paulo a su hijo para saber cómo transcurrió ese día para doña Lucilia.

Aquí llegó el día 22 temprano tu telegrama desde Barcelona.
Y, en seguida, el de Adolpho.
Lucilia se conmovió mucho, no solamente con el telegrama, sino con la carta que aquí se quedó para serle entregada en aquel día: derramó el frasco ( Don João Paulo quiere decir de esta manera que lloró mucho) tras exclamaciones de ternura y saudades y después se sumergió profundamente en oraciones.
Todo corrió bien en su cumpleaños: tuvimos una buena cena, con la mesa adornada con unos magníficos claveles rojos; la sala de visitas tuvo unas lindas flores compradas con los cien [reis] que para eso dejaste…

Aquel día estuvo lleno de visitas —que doña Lucilia recibió con los ya conocidos requintes de benevolencia— por lo cual sólo pudo responder a su hijo a lamañana siguiente. Lo hizo con palabras repletas de ardiente amor a Dios:

São Paulo, 23-04-50

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido de mi corazón!
De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. Y además, los bonitos, “bellísimos de verdad”, gladiolos blancos, rojos, amarillos y lilas que Zilí me envió por la mañana. Lloré, es verdad, pero “gracias a
Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, por quien pido toda la protección Divina y la luz del Divino Espíritu Santo. De estos gladiolos, he llevado dos para la capilla del “sexto piso”, uno para la imagen del Inmaculado Corazón de María que está en tu cuarto, donde, como de costumbre, recé por ti; y otros dos para la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en el salón (y el resto —muchos— en el jarrón del emperador).
Estuvieron aquí durante el día, Dadole, Yelita, Yelmo y Marcos, y cenaron: Antonio, Zilí, Cecilia Carmen, María Estela, Dora y Telémaco. — ¿Es necesario decirte las saudades que he tenido y la falta que me hiciste? Pues bien, con menos intensidad, era lo que todos sentían. También me han hecho inmensa falta Rosée y Maria Alice, que me han llamado por teléfono, y Yayá, pobrecita, que está mejor, pero aún con la presión alta. (…)
He ido hoy a oír Misa y comulgar por ti en “mi” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, donde he encargado una Misa en tu intención y por el buen éxito en tus empresas. Es el sacerdote polaco quien va a celebrarla. Me ha dicho que te estima mucho. Está cap12_035horrorizado con el progreso del comunismo; tiene setenta y nueve años, pero no quiere morir sin ver el comunismo deshecho y exterminado por lo que le hizo a Polonia.
Esperaba que ya estuvieses en Portugal y me quedé admirada de ver que me mandabas un telegrama desde Barcelona. Estoy ansiosa por recibir una carta tuya, trayéndome tus impresiones del lugar. Las primeras, generalmente no son favorables; pero después poco a poco, ya ambientado, se aprecia mucho más. Escríbeme siempre, ¿sí? Mira a ver si encomiendas la Misa en Ntra. Sra. de Begoña por las intenciones de Rosée, ¿está bien?
Con muchas saudades, “espiritualmente” (…) rezamos el rosario juntos, te hago una crucecita en la frente y… la cubro de besos y bendiciones. Un largo y saudoso abrazo, Pimbinchen querido, de tu “manguinha” afectuosa,
Lucilia

A las puertas de la ancianidad

cap10_028El 22 de abril de 1946, doña Lucilia completaba 70 años…
En la vida humana, 70 años constituyen un hito. Ahí aparecerán, como que cristalizadas, todas aquellas preferencias y modos de ser que orientaron el desarrollo de una existencia. En aquellos que procuraron seguir el camino de la virtud, reluce entonces como nunca en la fisonomía, en las palabras, en los gestos, en los actos, en la acción de presencia la “suma de las edades” : la inocencia bautismal, los sueños de la infancia, las esperanzas de la adolescencia, el vigor de la juventud, la fuerza y la estabilidad de la edad madura, el perfume de una vejez florida, a la que ahora se añadirían los reflejos de plata de la ancianidad, todo ello modelado por los sufrimientos que a lo largo de la vida tallaron su alma, transformándola en una especie de diamante a los ojos de Dios.
En esta talla, es el caso de recordarlo, no faltó ni siquiera aquel tipo de sufrimiento que su antigua situación nunca le haría prever: las dificultades financieras, después de la muerte de doña Gabriela. Sin embargo, si doña Lucilia hubiera sido una persona con éxito tal vez no habría alcanzado la altura espiritual a la que llegó. Por ejemplo, si la familia hubiera sido muy feliz en los negocios y doña Lucilia se encontrara, por lo tanto, en la plenitud de la fortuna, algo habría faltado en su vida: el valor de la posición que había heredado de sus mayores, sustentada con gran categoría en medio de las dificultades. Es más o menos como ciertos castillos: cuando quedan deshabitados y en ruinas tienen mayor grandeza que muchos otros conservados intactos. Bajo cierto punto de vista, Job, leproso en su muladar, era más magnífico que Salomón en el esplendor de su gloria. De otro lado, en doña Lucilia se había quintaesenciado aquella afectividad brasileña colocada en términos afrancesados —un afecto delicado, educadísimo y noble hasta en la mayor intimidad— y que conservaba cualquiera que fuese la situación, de tal manera que ella era la versión al vivo de Madame de Grand Air (Grave, distinguida y bondadosa marquesa, personaje de las aventuras de Bécassine).
¡Cuán expresivo era aquel modo de dirigirse al Dr. Plinio para pedirle algo!: “¿Filhão, quieres coger para tu madre aquel objeto?” Nunca de forma brusca, sino siempre afable y distinguida.
Un cierto aire de gravedad señorial, propio de una dama paulista de los antiguos tiempos, traslucía en todas sus actitudes, hasta cuando andaba dentro de casa, yendo a una sala, por ejemplo, para buscar una costura. Este aspecto de su personalidad formaba un opuesto armónico con la suavidad, que en su vida ocupaba un lugar preponderante.
Usaba una mecedora traída de los Estados Unidos por un tío suyo. Cuando se levantaba, prefería no ser ayudada. Lo hacía por sí misma y como un monumento.
Caminaba con su paso característico, en general ágil y discreto, a veces pausado y solemne, y desaparecía en sus aposentos…

Una insigne piedad

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Oratorio del Sagrado Corazón de Jesús que estaba en el cuarto de Doña Lucilia

Durante aquellos 70 años nunca desfalleció en doña Lucilia el amor a Nuestra Señora, cuya omnipotente intercesión junto al Sagrado Corazón de Jesús comprendía tan bien. Desde su nacimiento, María Santísima velaba por ella, pues, como ya vimos, doña Gabriela le había escogido como madrina a la Virgen de la Peña.
Había en su cuarto, en el mismo oratorio de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, otra más pequeña de Nuestra Señora de las Gracias. En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción. Como era de esperar, tratándose de una persona tan devota de la Santísima Virgen, tenía lugar de destaque en su piedad —desde la más remota juventud— la recitación del Santo Rosario. Su devoción mariana relucía, sobre todo, durante el mes de mayo, ocasión en que adornaba con flores algunas imágenes de Nuestra Señora que había en la casa. Doña Lucilia pertenecía a la Asociación de Madres Cristianas y participó de algunos retiros —bien podemos imaginar con qué recogimiento, seriedad y amor— promovidos por la entidad. Otro testimonio de sus constantes oraciones nos lo proporcionan los muchos devocionarios que, con cuidado, guardaba en una gaveta de su cuarto para tenerlos a mano cuando lo deseara.
El paso del tiempo no había hecho disminuir su deseo de comparecer a las solemnidades religiosas para poder satisfacer los mejores anhelos de su insigne piedad, a pesar del esfuerzo que el peso de sus sufridos 70 años le exigía.
En una carta escrita al Dr. Plinio, el 26 de junio de 1946, terminaba diciendo:

Fui ahora, por la noche, a la novena del Sagrado Corazón de Jesús en la iglesia de Santa Cecilia y deseo volver mañana, y, si Dios me ayuda, como todos los años, iré a la Misa, comulgaré, e iré a la procesión del día 28, pasado mañana por la tarde. Seguí también parte de la de Corpus, que estuvo concurridísima, y en la plaza de la Catedral recibimos la bendición. A la vuelta, extenuada, me metí en la cama hasta el día siguiente.
Bien, queridísimo, cansada y con sueño, me despido mandándote con mis más afectuosas bendiciones, muchos besos, abrazos y saudades.
De tu mamá extremosa
Lucilia

Cuando doña Lucilia le envió esta carta, el Dr. Plinio se encontraba en São Sebastião, en el litoral paulista, para tratar de las disposiciones testamentarias de su amigo José Gustavo, fallecido poco tiempo antes.

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En el lado izquierdo de la cama, suspendido en la pared, otro oratorio de madera abrigaba la imagen de Nuestra Señora de la Concepción.

Intransigencia en la defensa de los principios

Así como sucedió durante la Primera Guerra Mundial, también ahora la opinión pública brasileña estaba dividida, aunque no sólo por motivos de preferencias culturales. Había un factor ideológico del cual, en conciencia, no se podía hacer abstracción: por ser el nazismo una doctrina condenada por la Iglesia, le estaba vedado a un católico darle cualquier tipo de apoyo.cap10_002
Un día, una persona de los círculos familiares de doña Lucilia, al visitarla, se declaró favorable al nazismo, enalteciendo sus sangrientos triunfos, además de manifestar el deseo de su victoria en todo el mundo. Y como si eso no bastase, introdujo un tema de otra índole, al afirmar que el divorcio sería una medida indispensable para solucionar los casos extremos en que los cónyuges no lograsen llevar una vida en común.
Esas afirmaciones contundían de frente a la doctrina católica. Y doña Lucilia, siempre tan afable, decidió defender con energía los buenos principios, dando origen a una viva discusión. Levantó la voz hasta el punto de ser oída en la sala de al lado —donde el Dr. Plinio preparaba una clase que iba a dar en la Facultad Sedes Sapientiae— sin perder, no obstante, ni el aplomo ni la dignidad. Era siempre el mismo amor a Dios que, de un lado, la movía a los mayores extremos de bondad, y, de otro, la llevaba a un no menor rechazo del mal.

Un retraso preocupante

Los acontecimientos de Europa, convulsionada por la guerra, hacían hervir aún más las polémicas en Brasil. El Dr. Plinio hacía de las paginas del Legionário la tribuna desde donde desafiaba a los enemigos de la Iglesia, comunistas y nazis.
Doña Lucilia, que seguía con mirada atenta las actividades de su hijo, medía bien los peligros a que se exponía. En una ocasión en que los ánimos estaban mas exaltados, unos extremistas adeptos del nazismo llegaron a hacerle amenazas de muerte al Dr. Plinio. Por eso, a la noche, doña Lucilia nunca se acostaba antes de que su hijo hubiera regresado a casa. Cuando él tardaba más de lo habitual, despertaba a don João Paulo con cierta aflicción y, para moverlo a tomar alguna medida, le preguntaba:
— ¿No tarda Plinio?
Él, como buen nordestino, inclinado al optimismo y a la despreocupación, intentaba calmarla, diciéndole:
— ¡Señora! Llega en cualquier momento.
Ese optimismo nunca fue desmentido por los hechos, ciertamente gracias a las fervorosas oraciones de doña Lucilia. Sin embargo, la placidez de su esposo no era suficiente para tranquilizarla, y replicaba:
sdl— ¡No! Nadie sabe lo que puede pasar…
Y continuaba rezando, confiante en la protección de la Providencia. A veces, cuando la salud se lo exigía, se recostaba en la cama y dejaba la luz encendida, esperando que el ruido de los pasos firmes de su hijo anunciara el fin de la vigilia. Después que el Dr. Plinio la saludaba y ella constataba con sus propios ojos su integridad física, si el tiempo todavía lo permitía, entablaban una pequeña conversación sobre las novedades del día, cómo había ido el trabajo, el apostolado…
Don João Paulo, a fin de convencer a su hijo de que regresase más temprano, le contaba algunas veces los temores de doña Lucilia con aquellas tardanzas. Sin embargo, las obligaciones para con la Causa de la Iglesia tenían precedencia, y no le permitían en absoluto cambiar sus horarios. Doña Lucilia comprendía que esto no podía ser de otra forma y nunca se quejaba, ofreciendo por su esposo y por sus hijos, al Sagrado Corazón de Jesús, el sacrificio que aquella situación representaba.
No obstante, una noche, las horas fueron pasando, y el Dr. Plinio no aparecía.
Siempre que era previsible algún atraso, él solía avisar a su madre para que no se preocupara; sin embargo, aquella noche ella no había recibido ningún aviso. Fácilmente podemos imaginar cuántas y cuán sombrías conjeturas pasaron por la mente de doña Lucilia. ¿Le habría ocurrido algún accidente a su hijo, o habría sufrido algún atentado? Como hacía siempre en las ocasiones de angustia, recurrió al Sagrado Corazón de Jesús; y a los pies de la imagen del Divino Redentor, ya sentada, ya de pie, fue desgranando con serenidad y confianza las cuentas del rosario.
Cuando las primeras claridades de la aurora comenzaron a ahuyentar las tinieblas, cerca de las cinco de la mañana, el Dr. Plinio finalmente llegó. Aún no había terminado de darle la vuelta completa a la llave en la cerradura, cuando ya doña Lucilia se dirigía a la entrada para recibirle. A las angustias de la larga espera, se sucedieron las alegrías de verle allí sano y salvo. Por eso, antes de hacerle cualquier pregunta, le recibió con cariño y, después de los primeros instantes de evidente alivio, le preguntó:
— Pero, hijo mío, ¿qué has hecho hasta ahora?
El Dr. Plinio le explicó en seguida el motivo de tan largo retraso: dos religiosos, por cuya Orden abogaba, habían ido a su despacho para tratar de algunos asuntos. La Orden a la cual pertenecían era uno de sus mejores clientes. Como los sacerdotes apreciaban una buena conversación, tras terminar la consulta iniciaron una charla que se prolongó hasta las cuatro y media de la mañana. Doña Lucilia, todavía un poco inconforme, replicó sorprendida:
— Pero, ¿¡sacerdotes en la calle hasta esas horas!?
— Sí, señora. Y era mi obligación atenderles. Aunque sólo fuera porque buena parte de mi abogacía depende de ellos.
Tranquilizada por la explicación, doña Lucilia decidió acostarse, no sin antes dar las gracias al Sagrado Corazón de Jesús por no haber sucedido nada grave.

Una prueba más de confianza

Dr. Plinio homenajeando a Anchieta en la Constutuyente

                Dr. Plinio homenajeando a Anchieta, cuando era diputado  en la Constutuyente

Las rentas personales de doña Lucilia eran escasas. En cuanto a su hijo, sólo disponía de la remuneración de diputado, la cual, aunque bastase para todo, cesaría en breve, pues, una vez promulgada la nueva Constitución, el mandato llegaría a su fin.
Más que nunca, doña Lucilia confió sus necesidades y preocupaciones al manso y humilde Sagrado Corazón de Jesús, en el cual siempre había encontrado alivio y consuelo.
Como se había reabierto el Curso Anexo a la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, surgió una vacante para la cátedra de Historia de la Civilización. Entre los de la generación del Dr. Plinio, nadie más apto que él para tal cargo.
El magisterio le proporcionaría evidentes ventajas para el apostolado, pues de aquella tribuna podría transmitir a sus alumnos una visión de la Historia desde el punto de vista católico. Su profundo conocimiento de la materia y su prestigio como líder católico facilitaron la designación.
Apenas se enteró del nombramiento, doña Lucilia llamó por teléfono a su hijo para darle la buena noticia. El mismo día el Dr. Plinio escribía:
Mi querida Mãezinha
Bien puede imaginarse la gran satisfacción que me dio su llamada telefónica de hoy, no solamente por la excelente noticia de que fue portadora, sino también por la oportunidad de mitigar las saudades acumuladas desde hace tantos días. Parece que, por fin, Nuestra Señora está permitiendo que nuestra vida tome un rumbo de relativa estabilidad. Mi salario como profesor del Colegio Universitario sería suficiente para continuar dándole un conto (Un “conto” equivalía a un millón de reis, moneda de la época en Brasil, anterior al cruceiro), reservando para mí quinientos mil reis mensuales, cosa que, hace ya muchos años, no estoy habituado a gastar. Gracias le sean dadas a Ella, que, de tal manera se ha mostrado Madre mía y nuestra. ¡Y es
exactamente en el Mes de María que aparece la buena noticia! Cuento con pasar el domingo ahí, embarcando el mismo día, pues las votaciones llegaron a su período crítico. En fin, aún así parece y espero ardientemente que, hasta el fin de semana como mucho, eso estará resuelto. Después vendrá la discusión de la redacción, y el punto final que espero con tanta ansiedad.
¿Cómo está el frío allí? ¿Y usted?
Bendígame, y rece mucho a Nuestra Señora por el hijo que mucho la quiere y le pide la bendición.
Plinio

Estas breves líneas fueron portadoras de dos alegrías: una era el anuncio de que el Dr. Plinio pasaría el domingo en São Paulo; otra era la perspectiva del próximo fin de los trabajos de la Constituyente y de su regreso definitivo, lo que producía a doña Lucilia un júbilo mayor que todos los sinsabores por los que atravesaba.
Era imposible que pasara desapercibido el especial afecto recíproco entre doña Lucilia y su hijo, que trasluce en esta como en tantas otras cartas. A pesar de que el espíritu de Hollywood había invadido ampliamente la sociedad, diseminando poco a poco una mentalidad egoísta y pragmática, no faltaría quien se en cantase al comprobar los océanos de ternura y bienquerencia que desbordaban de esa convivencia entre madre e hijo. Un pequeño episodio, que tiene además su lado pintoresco, nos puede dar una idea de ello.

El Sagrado Corazón de Jesús “será tu salvaguardia y protector”

Pocos días después, aún desde Cambará, doña Lucilia escribe otra misiva a su hijo, tras una fuerte crisis del hígado durante la cual doña Rosée la trató con desvelo. Plinio, además de estar estudiando en la Facultad de Derecho, había comenzado a hacer la “línea de tiro”, el servicio militar. Doña Lucilia manifiesta con afecto el deseo de verlo de uniforme, le pregunta por sus estudios y su salud, pero no toca el asunto que tanto le preocupaba en la carta anterior. Había colocado sus aflicciones a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que Él no dejaría de proteger al “hijo querido de su corazón”.

Cambará, 23-5-929

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido!
Con tantas saudades de ti, tan deseosa de una conversación contigo, y sin embargo hace días que no te escribo, porque tuve una recaída fuerte de hígado que me retuvo algunos días en la cama, donde fui tratada por tu hermanita ¡con un cariño y dedicación que me hicieron bien al corazón! Estoy aún con el hígado muy inflamado y me siento abatida, incluso a consecuencia de la larga y fuerte dieta que tengo.

24-5-929
Interrumpí ayer ésta, porque Rosée tuvo tres visitas hasta la noche, y, una cosa extraordinaria que tengo que contarte, fui ayer al circo que está cerca de casa, en donde
asistí a medio espectáculo, y fui y volví en automóvil muy despacio, y allá di unas buenas carcajadas. Hoy estoy mucho mejor, pero ¡aún con miedo del regreso!
¡La Sorocabana (La compañía de trenes) salta y corcovea tanto que da la impresión de que “sin querer”, se está domando un caballo bravo!
Te envié una larga carta certificada, en respuesta a aquella en la que me hablabas de la cena en el Club Comercial y, por lo que veo, no la recibiste, lo cual me disgustó mucho. ¿En qué quedó esta última propuesta de venta del empleo? Estoy ansiosa por verte uniformado… y “entusiasmado” por las marchas y contramarchas.
¿Has estudiado mucho? Hace cuatro días que no recibo cartas de ahí, ¿será posible que estés de nuevo con alguna gripe en la garganta? ¡Dios no lo permita! Quiero encontrarte muy fuerte, y guapetón. ¡Me agradó mucho, inmensamente, saber que, cuando tienes saudades de mí, rezas delante de mi oratorio! ¡Yo también rezo tanto por ti, y el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!,
hijo querido de mi corazón. Espero ir con Toni el lunes, pero preferiría que él quisiese ir el miércoles, para que mi hígado se acomode un poco más antes de embarcar de nuevo. Mándanos con urgencia noticias de Gabriel. (…) ¿Cómo está tu abuela?
Le escribí hace tres días a ella y a Zilí, que me respondió.
Dale de mi parte un buen abrazo a nuestra Frau, y dile que vuelvo con Popadinchen.
Un abrazo a tu abuela.
Recibe con mi bendición, muchos y muchos besos de tu mamá muy “saudosa” y extremosa,
Lucilia

“Insisto en que vengas cuanto antes”

De regreso a São Paulo, permaneció poco tiempo en la capital, pues en julio fue con doña Gabriela a Santos, donde estuvo hasta el final del mes. El desprendimiento, el deseo de hacer el bien y de convivir con su hijo son una constante en las cartas escritas por ella.

Santos, 16-7-929
¡Hijo querido!
Tu tía Zilí debía haberte entregado ayer una carta mía, y se olvidó de hacerlo debido a la prisa en que anduvo por ahí y a la preocupación con el asunto de la casa.
Insisto en que vengas cuanto antes, pues debemos regresar el día treinta, si Dios quiere, y ahora es una buena oportunidad para que reposes y cambies de clima, y en
mi compañía, lo cual es más difícil. No es necesario que esperes que la tal muchacha se encargue del empleo para poder salir, pues no tienes ningún compromiso con eso, y
aunque tu presencia fuese necesaria, te llamarían por teléfono. Ven pronto. Tu padre debe llegar ahí mañana temprano y venir por la tarde.
Te besa y te bendice mucho tu mamá extremosa,
Lucilia
Recuerdos a la Frau y a todos los de casa.

doña_luciliaLos estudios de Derecho absorben mucho a su hijo, quien tarda en ponerse en camino. Como las cartas se hacen raras, ya por el poco tiempo de que él disponía, ya porque el correo no las entrega, doña Lucilia se queja de no recibir noticias. Con palabras llenas de cariño, él se defiende de la “infundada” reclamación de su madre. La misiva, en tono levemente jocoso, nos da idea de cómo el carácter tradicional y elevado del trato del Dr. Plinio con ella permitía ligeras bromas, como sabroso condimento.

Mi Queridísimo amorcito.
Recibí hoy con muchas saudades su carta; sin embargo, al intenso
sentimiento de saudades se sobrepuso otro, el resentimiento. ¿Será posible,
Mãezinha, que piense que no siento saudades de usted por el simple motivo de haberle escrito una carta que no fue recibida ni respondida? ¿Será posible que piense que si no le escribí más es porque no tengo tiempo, pues me divierto continuamente? Es bueno, mi amor, que considere el hecho de que solamente he estudiado y nada más, y que a mis estudios, que ya de por sí eran muy apretados (me tengo que levantar a las 6 hasta los domingos para estudiar y sacar las buenas notas que
tanto la alegran) se añadió el de filosofía, mucho más intenso por causa del Supremo plinio_abogadoTribunal Federal (…) y la vasta Literatura Internacional. Dicho esto, que me parece más que suficiente no sólo para neutralizar su opinión respecto a mí sino para hacerle cambiar de idea, quiero tener noticias de su salud y de su “higadorio”, pues ya tratamos de su corazón injustamente lastimado.
¿Cómo está abuela? La casa sin ustedes está triste como una tumba y quien salva la situación es Rosée.
¿Cuándo vuelven?
Las relaciones que usted me consigue ya no me dejan en paz. (…)
No tengo que decir que esta carta es para abuela y para usted, pues las dos están en mi corazón de la misma manera.
Las abrazo y beso con cariño efusivo y les pido la bendición.
Plinio.

Como es fácil notar, durante las largas ausencias de doña Lucilia, Plinio trataba de atenuarle las saudades escribiéndole sobre su vida cotidiana, cada vez más tomado no sólo por los estudios, sino también por su apostolado en las Congregaciones Marianas.

Trasponiendo el umbral de los 50 años

doña_luciliaVeintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas!
Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida. ¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro? Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

            Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo. Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

plinio_facultad_derechoCuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe. En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios.
Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular.
Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso.
Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

“Debes tener fe en el Sagrado Corazón de Jesús, que ciertamente no nos abandonará”

Lucilia_correade_oliveira_021De regreso a São Paulo, doña Lucilia no disfrutaría en seguida de la compañía de su querido hijo. Se encontraba Plinio en el final de los estudios secundarios, preparándose para entrar en la Facultad de Derecho. Los últimos exámenes los haría en Ribeirão Preto, junto con uno de sus primos, Procopio, a quien familiarmente llamaban Pinho (Hijo del hermano de doña Lucilia, don Gabriel. “Pinho” se pronuncia “piño”). No deja de ser notable el espíritu de fe de doña Lucilia, que trasluce en la carta escrita a su hijo en esa ocasión. A él no le faltaban ni dotes naturales de inteligencia ni la conveniente preparación para los exámenes que realizaría, pero, por encima de todo, doña Lucilia ponía su confianza en el Sagrado Corazón de Jesús. Tal vez sin saberlo, llevaba a los suyos a seguir la misma máxima de San Ignacio: En las empresas difíciles, hay que abandonarse a Dios con perfecta confianza, como si el éxito del negocio debiese venir de lo alto por una especie de milagro; no obstante, poner todo por obra para hacerlo y tener éxito como si dependiese enteramente de nuestra industria.(Máximas de San Ignacio, recopiladas por el P. Bouhours, S.I., Río de Janeiro, 1934, pp. 45-46).

¡Hijo querido!
De corazón te agradezco el “beso telegráfico” que me enviaste y, respecto a los exámenes, tengo que decirte que debes tener fe en el Sagrado Corazón de Jesús que ciertamente no nos abandonará, tanto más que por medio de dos novenas que estoy haciendo, obtendremos de Él la de Nuestra Señora de la Concepción y de San Antonio. Dile a Pinho que estas novenas son también hechas en su intención, y que espero en Dios que seáis ambos felicísimos.
Quise escribirte ayer, pero las visitas y complicaciones de toda suerte me impidieron hacerlo. La mesa de la salita estuvo ayer triste sin ti y sin Pinho. Rei y Marcos hicieron un examen escrito ayer y ya saben que tendrán buenas notas. ¡Felizmente!
El profesor de Rosée la retuvo ayer tres horas tocando el piano, y me dio pena porque estaba extenuada al final de la lección. ¿Por qué no me has escrito todavía? ¡Desde que amanece estoy esperando una carta tuya!…
Me olvidé de poner en tu maleta las tijeritas y el limpiador de uñas. Mira a ver si necesitas alguna cosa y un poco más de dinero para que te lo envíe todo junto.
Le pido a Dios que podamos pasar juntos, alegres y felices el bonito día trece (cumpleaños de Plinio).Ten cuidado con tu salud.
¿Continúas estudiando mucho? ¿Ya has hecho una visita a Sinhazinha y Joaquim? Acuérdate también de Mariano.
Con un afectuoso abrazo al querido Pinho, te bendigo y beso mucho y mucho, tu madre extremosa,
Lucilia

En plena era hollywoodiana, manutención del trato ceremonioso

cap7_007Aunque ya estuvieran en plena era de la influencia liberalizante e igualitaria del American way of life, los parientes próximos de doña Lucilia conservaban entre sí un trato de agradable ceremonia, que estaba en entera consonancia con el modo de ser de esta dama paulista.
Era imposible que hicieran entre ellos bromas poco respetuosas. Durante las comidas, si querían pedirle a alguien la cesta de pan, nunca dirían, por ejemplo:
— Déme pan.
Sino:
— ¿Haría el favor de pasarme el pan?
Una vez fue a almorzar en casa de doña Gabriela una joven de familia muy rica y de gran prestigio social. En cuanto abandonaron la mesa, al llegar a la sala de visitas, dijo ella:
— ¡Qué alivio!
— ¿Alivio por qué? le pregunto su amiga Rosée.
— Porque terminó el almuerzo.
— Pero, ¿estaba mala la comida?
— No, ¡no te imaginas! En nuestra casa se decía que era dificilísimo comer aquí, pues ustedes son tan ceremoniosos que el visitante mal se sabe equilibrar…
Este hecho ilustra perfectamente cómo imaginaban ciertas personas la atmósfera de ceremonia reinante en el distendido y tranquilo hogar de doña Gabriela, donde el respeto debido a alguien que, a cualquier título, mereciese especial cortesía, hacía naturalmente parte de los hábitos domésticos. Ese modo de proceder le causaba alegría a doña Lucilia y se conjugaba bien con su gusto por todo cuanto era decoroso y elevado.
Doña Lucilia no sería ella misma si no aliase a la admiración por un trato impregnado de dignidad aquel continuo y envolvente afecto suyo. Es este precioso don el que nuevamente veremos traslucir, de forma cristalina, en algunas cartas escritas por ella a sus hijos en esa época.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer”

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

En un viaje a Río de Janeiro, en 1925, doña Gabriela, cuya ancianidad florida traía consigo el peso de los años, recibió, como siempre, el incansable y cariñoso apoyo de doña Lucilia, quien la acompañó. Ésta, aunque prestando todo el auxilio a su madre, en ningún momento se olvidaría de sus queridos hijos.
Doña Lucilia nunca dejó de estimular a Plinio para que estudiara con ahínco y sacara buenas notas, resaltando cómo el esfuerzo hecho redundaría en gracias y bendiciones de Dios. Ella procuraba no sólo que sus hijos tuviesen mucha cultura, sino que ante todo supieran siempre reportarse a la Providencia Divina.
No eran ajenos a sus pensamientos los mil pequeños hechos de la vida cotidiana, de lo cual ella trataba con su invariable deseo de perfección.

Algunas cartas dejan entrever con claridad cómo, aparte del papel que le competía ejercer como formadora, doña Lucilia tenía exacta noción de que debería ser intercesora de Rosée y Plinio ante los Tronos de Nuestro Señor y de su Madre Santísima. Y no apenas para alcanzar su salvación eterna, sino también para que Dios los asistiese y protegiese en todas las circunstancias de la vida.
Doña Lucilia confiaba en que sus oraciones serían plenamente atendidas, pues si Dios le había dado esos dos hijos era para que los condujera por el buen camino.
¿Cómo dejaría Él de oír las oraciones de una madre tan piadosa?

Río de Janeiro, 11-10-1925
¡Pigeon querido!
Tuve un inmenso placer al recibir tu carta y mucho, mucho te agradezco el excelente boletín. Me das tanto gusto con estas notas, hijo mío, que ciertamente este esfuerzo
te revertirá en bendiciones, y por esto Dios te ayudará mucho, y velará por ti con especial cariño, y por eso te pido insistentemente que no emplees más esta expresión
de… + mala sombra… en relación a persona alguna, y mucho menos a la tuya, pues como sabes, tú y Rosée fueron confiados a Dios antes de nacer, y por tanto con fe
y amor a Dios vosotros no podréis dejar de ser felices, tanto más que, por vosotros, yo rezo día y noche y es natural que las oraciones de una madre católica, aunque
sean de poco mérito, sean atendidas por Nuestra Señora que también es madre, y Nuestro Señor Jesucristo.
Continúa estudiando bien y no demasiado, no sea que perjudiques tu salud, y harás unos buenos exámenes y vencerás esta primera “étape”. Espero que tú y Rosée hayáis hecho la comunión conforme os pedí.
No he recibido aún la carta de Rosée, a la cual se refería por teléfono. ¿Y tu padre por qué no me escribe? ¿Le estáis contagiando la pereza a él ?… ¡Dios quiera
que no sea así! ¡Pienso ir a Santos y de ahí a São Paulo el próximo sábado si tío Toni o papá nos vienen a buscar para que pueda saciar tantas saudades de mis queridos!
La abuela ha estado un poco mal esta semana y sólo hoy con la presencia de tu tío Gabriel y tío Antonio, se animó un poco.
Adiós mis queridos… ¿hasta el domingo? Abraza por mí a tu padre y a Rosée, y a ti, hijo de mi corazón, dándote mi bendición te envió millares de besos y abrazos.
De tu madre extremosa,
Lucilia.
Sólo ahora por la noche tu tío me entregó la cartita de mi Rosette querida. Bésala por mí. Escribe a tu abuela,pues ella no ha recibido la última, porque no la pusiste junto a la mía. Te escribo con una pluma tan mala, que sólo las saudades de una conversación con vosotros me obliga a usarla.

El Niño Jesús entre los doctores del templo

la Virgen con el Niño Jesús, discutiendo en el templo con los Doctores de la Ley

la Virgen con el Niño Jesús, discutiendo en el templo con los Doctores de la Ley

Doña Lucilia, a pesar de, en su delicadeza, no comprender ciertos métodos o argumentos más enérgicos utilizados por su hijo, no era ajena en modo alguno a la batalla que él trababa diariamente para mantenerse fiel a los principios de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, enseñados por ella a lo largo de los años. Por ciertos comentarios suyos a respecto de sus propios compañeros, por su relación con ellos, así como por otros pequeños detalles, doña Lucilia notaba que lo que Plinio necesitaba era sobre todo el auxilio de lo alto. Tal vez por eso, después de la Misa dominical en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, ella se detenía a rezar largamente ante un bello conjunto de imágenes de un altar lateral, que representan el encuentro de la Virgen con el Niño Jesús, discutiendo en el templo con los Doctores de la Ley Su hijo nunca le preguntó el motivo de aquellas oraciones, y ella tampoco se lo reveló. Pero seguramente rezaba para que el Divino Infante, vencedor de la soberbia y de la incredulidad de los orgullosos escribas, le concediera también a aquel niño, que estaba allí a sus pies, la victoria en las polémicas mantenidas con sus compañeros de colegio.

¿Por qué tienes que ser así de malo?

Aunque doña Lucilia tuviera una perfecta noción de cómo el mundo iba empeorando cada vez más y de las dificultades que, en consecuencia, habrían de enfrentar sus hijos, jamás les permitía una falta de objetividad al apreciar a las personas. En cierta ocasión, estando ella conversando con Plinio, hizo éste un comentario despectivo a respecto de un conocido, cargando demasiado las tintas sobre algunos defectos de la persona en cuestión. Doña Lucilia, siempre dispuesta a tomar la defensa de los otros, en seguida atajó:
— ¿Por qué tienes que ser así de malo, hijo mío? ¿No ves que no se debe ser así? ¡Ten pena, a fin de cuentas!…
Su agradable tono de voz era el de quien quería decir: “De ese pobre miserable di sólo lo que es justo. ¿No ves cómo soy benévola con él? Es hijo de Fulanita, persona que tiene lados muy buenos y a quien, por eso, yo quiero mucho.” A ese respecto, el Dr. Plinio comentará más tarde: “Era tal la bondad con la cual mamá corregía a sus hijos, que yo me sentía enteramente envuelto por su benevolencia. Ésta contribuía más para apartarme del peligro de reincidir en la falta, que el propio temor de una repetición de la censura”.