Sufrimientos e incomprensiones en el ocaso de la vida

Doña Lucilia soportó con serena docilidad los sufrimientos propios de los últimos años de su peregrinación terrena. En su creciente cariño hacia su madre, el Dr. Plinio buscó aligerarle la carga lo más posible, especialmente cuando las vicisitudes de la edad la relegaron a un aislamiento forzado.

Doña Lucilia en su casa

Las situaciones angustiosas e irremediables que a veces presenta la vida, como callejones sin salida, doña Lucilia las entendió desde la siguiente perspectiva: estamos en el exilio y en él la vida es dura. Por eso es necesario sufrir, unos más que otros. Ella sabía que estaba llamada a sufrir más. Me di cuenta de que ella relacionaba esto con el Sagrado Corazón de Jesús, en la idea de que, unida a Él por una devoción especial, estaba también especialmente unida a sus sufrimientos, lo cual era razonable, vere dignum et iustumest, æquum et salutare.1Por su parte, lo mejor era aceptar su parte de dolor y llevarla hasta el final de su vida. Fue desde esta perspectiva que afrontó todo lo que le ocurrió.

Ocaso irremediable, connaturalidad con el dolor

Mamá pasó por circunstancias que solo se pueden entender estando en ellas. Por ejemplo, era común que las personas de su familia comenzaran a perder la audición a una edad muy temprana y, por lo tanto, quedaran segregadas de la sociedad. Algunos incluso lograban, mediante el movimiento de los labios captar algo y sumarse un poco a la conversación, pero nunca con la vitalidad de quien sabe escuchar bien.

Y sucedió que, a partir de cierta edad, quizá setenta o más, no recuerdo bien, empezó a perder la audición, no gradualmente, sino de repente, casi perpendicularmente, y empezó a tener enormes dificultades para tratar con la gente. Aunque era muy comunicativa, para no estropear la conversación, permanecía en silencio mientras todos hablaban a su alrededor. Ella no tenía con quién hablar, excepto conmigo, porque en cualquier caso yo estaría con ella. Sin embargo, ella notó que, a pesar de mi voz fuerte, estaba haciendo un gran esfuerzo para mantener una conversación y ella no quería eso.

Dr. Plinio con su hermana, el 13 de diciembre 1988

Además, su vista se estaba debilitando, lo que le hizo perder la capacidad de leer. Ella tenía una catarata muy avanzada, fue al oftalmólogo, pero yo tenía miedo de que la operaran, por algún efecto cardíaco o algo así. La cirugía de cataratas en aquella época era complicada, no como hoy que es casi un curativo. En esa situación, vi la tristeza cubriéndola como un paño mortuorio y tendiendo a convertirla en una especie de muerta viviente.

Sin embargo, ella se lo tomó todo con normalidad, con tristeza es cierto, pero con la tranquilidad y la dulzura que la caracterizaban, que representaba su naturalidad con el dolor. Era un cuadro que significó para ella un ocaso terrible e irremediable, que duraría quizá dos años hasta que volviera a salir el sol.

Solución inesperada por un filial sacrificio

Conociendo unos audífonos americanos muy buenos que podrían solucionar su caso, decidí llamar a la firma fabricante para que enviaran un experto. Recuerdo que estábamos al final del almuerzo cuando llegó el especialista. Lo hice entrar, puso la caja con el material y nos hizo una exposición. Se lo explicó en voz alta para que ella pudiera seguirlo y luego hizo la aplicación, insertando un dispositivo en cada oído. Ella inmediatamente comenzó a escuchar muy bien, uniéndose a la conversación.

Vi eso y pensé: “Haré cualquier sacrificio, pero le compraré eso”. Pregunté el precio y el hombre me dio un valor disparatado para aquella época, hace unos cincuenta o sesenta años: ¡400 contos! Mis condiciones no me permitían darle esa cantidad. Pero, confiando, cerré el trato con el empleado y escribí el cheque allí mismo. Esa noche, durante la cena, ella hablaba con total normalidad.

Al principio su actitud era incluso de desconfianza. Porque cuando yo era pequeño ella estaba en Europa y compró un aparato, probablemente muy caro, que era como un abanico de señora, hecho enteramente de carey; colocando la punta entre los dientes, parece que se escucha un poco más de vibración. Dijeron que el caparazón de la tortuga tenía una propiedad especial como un conductor de sonido o algo así. El hecho es que ella trajo este objeto a Brasil. Pero en esas circunstancias, con su avanzado problema de audición, ya no le servía de nada. Estuvo en el cajón durante un tiempo indefinido y luego nunca más fue usado.

Docilidad en las cosas más pequeñas

Ella usó el audífono por el resto de su vida. Sin embargo, a cierta altura, empezó a quitárselo para intentar escuchar sin él, lo cual era una contradicción. Tal vez tenía la esperanza de que, habiendo oído tan bien con el aparato, quitárselo sería como encender el “motor” y empezaría a oír. Yo fui firme y con mucho cariño le dije:

—Querida, no tiene ningún propósito. Tienes el dispositivo, póntelo y úsalo.

Ella dijo:

—¿Crees que es necesario?

—¿Cómo es que no es necesario?

Luego, muy suavemente, con la dulzura de la que hacía gala en las cosas más pequeñas, le ponía el aparato y continuaba hablando.

Velando y revelando, según era necesario

El Dr. Plinio visitando la sepultura de Doña Lucilia en mayo de 1993

En cuanto a mi lucha, ¿cómo lo tomaba y qué sufrimiento implicaba para ella? Mamá siempre tenía mucho cuidado –ya sea conmigo o con mi hermana– de no decir una palabra que pudiera alentar la vanidad y la autocontemplación. Así que no decía nada sobre mí. Pude notar que ella vislumbraba algo de mi misión, pero no sé exactamente qué era y no sé hasta qué punto lo entendía o no.

La realidad de su tiempo era muy diferente de lo que constituyó el escenario de toda mi lucha dentro de la Iglesia. Todo cambió a su alrededor sin que ella cambiara en absoluto. También intervino la mano de la Providencia, velando por ella, y yo mismo velaba a ella lo más que podía, para no preocuparla. Algunos personajes, por ejemplo, los consideraba verdaderos santos. Ella rara vez salía de casa y no tenía mucho contacto con la gente. Yo, en buena medida, le abría los ojos, mostrándole las cosas como eran, dándole una visión más objetiva de la realidad y ofreciéndole así más caminos para amar a Dios. A veces mi padre me susurraba: “Sí, sólo lo dices tú… si fuera otra persona —la otra persona era él— se armaría un alboroto…” Pero yo le decía irreductiblemente algunas verdades.  Cuando una persona llega a cierta edad y se forma una visión definitiva de las cosas, es más prudente intentar no cambiar nada. Porque, a fuerza de querer reformar los principios, de repente un martillazo cae sobre un diamante, y hay que tener cuidado. Pero ese no fue el caso de mamá.

Incomprensiones que mitigaron el sufrimiento

Ella no relacionaba exactamente toda la lucha que yo había librado con el impacto negativo que eso tuvo en mi situación. Para ella, el hijo de una paulistana de cuatrocientos años no dependía del apoyo del clero y de los medios de comunicación católicos. Era un paulista de cuatrocientos años, y eso era todo. ¿Qué podría representar a sus ojos el declive de mi influencia como líder católico y el papel que eso jugó en mi vida? No sé. Ella era de una época en que en São Paulo casi no había buenos profesores y por eso los que elegían esa profesión eran bien pagados. Y ella, por debilidad de madre, se imaginaba que yo era muy buen profesor, y por eso pensaba que ganaba un buen sueldo. Su padre ganaba mucho dinero ejerciendo la abogacía y ella se imaginaba que yo también ganaba mucho. Ella vio que, poco a poco, yo iba progresando económicamente y se hizo a la idea de que yo ahorraba dinero como lo hacía su padre y no me preguntaba nada. Ella pensaba que yo llevaba una vida mucho más tranquila de lo que parecía a primera vista. Mi hermana era una persona casi de mi edad y por tanto actualizada, y entendía mucho mejor las cosas. Y vi cómo ambas tomaban de manera diferente lo que me pasaba. Con motivo del libro “En Defensa de la Acción Católica”, una buena parte del clero rompió conmigo. En esas circunstancias, tuve que explicarle a Doña Lucilia lo que estaba pasando. Ella nunca volvió a mencionar el tema, excepto en una ocasión para contarme que mientras yo estaba trabajando en la oficina, mi hermana había llegado a casa a verla y, en la conversación, le dijo a mi hermana las mismas cosas que yo le había dicho a ella. Naturalmente, ella hervía de indignación: “Plinio, por idealismo, se pone del lado de quien cree que tiene razón y así no progresa”. Mamá me dijo esto con calma, porque pensó que mi hermana era inteligente y podría decirme algo útil. Pero, al final, no percibía el tenor de la lucha, lo que en parte mitigó lo que podría ser la causa de nuevos sufrimientos y dolores…

(Extraído de conferencia del 27/5/1993)

  1. Del latín: es justo y necesario, nuestro deber y salvación. ↩︎

Un hijo engendrado en la extrema ancianidad

Durante décadas, en la sobriedad y el silencio de su alma, el Dr. Plinio conservó toda la veneración que sentía por Doña Lucilia. Hasta que el afecto entusiasta de un hijo, engendrado según la ley del espíritu, pudo discernir el lumen de su alma y convertirse en el abanderado de su figura.

En la Historia, hay almas especialmente amadas por Dios, a quien Él pide grandes sacrificios, uno de los cuales es morir sin haber visto el resultado de aquello que hicieron. A estas almas, sometidas a tan largas esperas y grandes perplejidades, la Santísima Virgen, a veces les obtiene favores de Dios que las reconfortan, en forma de presentimientos proféticos.

En una expectativa serena…

Se veía que Doña Lucilia esperaba algo de la vida, no en el orden del placer o de la realización personal, sino una cierta reciprocidad de mentalidades, de afinidad de pensamientos, de temperamentos, de modos de ser. Su temperamento estaba ávido de abarcar un amplio afecto, una amplia consonancia con un enorme número de personas. Sin embargo, la Providencia no le dio eso.

Mi madre tenía el deseo de hacer el bien a innumerables jóvenes a los que, por diversas razones, no conocía. Este amor estaba muy centrado en mí, en mi hermana, la nieta y el biznieto, pero con algo que iba mucho más allá.

Llegó con esta expectativa al final de una larga vejez, tranquila, un tanto triste, pero de una tristeza luminosa, noble, sin agitación, sin histerias ni angustias. Caminaba hacia las sombras de la muerte con total serenidad y en el fondo con la certeza de que eso un día llegaría.

…sustentada por una confianza

Debido a las circunstancias inherentes a una familia poco numerosa, cuyos miembros estaban absorbidos por las preocupaciones contemporáneas, mi madre pasó largos periodos de soledad hacia el final de su vida, especialmente tras la muerte de mi padre.

Cuando sufrí la crisis vertiginosa de la diabetes1 y la consiguiente intervención quirúrgica en el pie con el inicio de gangrena, se produjo un derrumbe de mis resistencias, minadas por la enfermedad, pero también por disgustos y problemas trascendentales aplastantes. Todo ello me dejaba en un estado de marcada fatiga, por lo que me resultaba muy difícil mantener conversaciones largas, y hablar con ella requería un gran esfuerzo porque tenía la audición y la vista muy mermadas.

Es comprensible que no pudiera hacerle compañía. Por eso, durante mi convalecencia, sólo la dejaba entrar en mi habitación una vez al día, por la noche, justo antes de acostarse. En esas ocasiones, así que llegaba, la colmaba de agrados y gentilezas.

Estaba confiada a una enfermera, que cumplió con competencia un mero servicio profesional, pero sin el afecto propio de un hijo.

Durante el día mi madre pasaba horas en el comedor, sola, tomando el sol. Incapaz de leer un libro ni escuchar música, puede imaginarse sus soliloquios. Debía de ser un final de vida muy triste para alguien que realmente sufría la soledad, caminando contra el viento durante 92 años.

Incluso en esta hora extrema, fue sustentada por una confianza heroica, de modo que nunca perdió la certeza de obtener lo que anhelaba. Por eso, en el fondo, en medio de ese sufrimiento, mamá tenía esta idea: “Al final, algo se hará realidad”. Tengo la impresión de que ella presentía que sus hijos vendrían en gran cantidad. De hecho, vinieron después de su muerte, pero ella los esperaba en vida y eso la animaba. 

Una mirada que dejaba transparecer la constancia de toda una vida

Todo eso podía notarlo en sus ojos. Soy muy sensible a las miradas, porque dicen más que las palabras. Así, en ellos, varias veces la contemplaba ora acogedora, ora risueña; seria, pensativa en tal circunstancia; afable, acariciante en otra. Su mirada sufriente era una síntesis de todas las demás y la que más me conmovía. Cuántas veces la comparé con la llama de una lamparilla, cuya discreta llama se muestra en proporciones variadas, a la manera de expresiones fisonómicas. A veces es triunfante, alcanzando la plenitud de sí misma; a veces se encoge y se vuelve casi tan pequeña que dan ganas de advertirle: “¡Cuidado, te vas a apagar!”. Pero después renace y se muestra tranquila, estable, normal durante toda la noche. De vez en cuando, un estallido. Es un “dolor”, un “sufrimiento” que engendra una chispa con una vida efímera, que se eleva en el aire desapareciendo. La llama permanece impávida en su prisión y en su trono, en su gloria y en su dolor, en su recinto rojo de cristal dentro del cual brilla junto al aceite, que es el afecto del que se alimenta.

De hecho, como la lamparilla ardiendo junto al Corazón Eucarístico de Jesús presente en el sagrario, así fue mamá a los pies de las imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora de las Gracias. Y en el torbellino de mi vida, ella era, en la oscuridad, la llama que no se apagaba, una luz continua que brillaba, siempre ella misma.

Yo pensaba: “Yo conocí todo esto, pero no sé si seré capaz de describírselo a alguien, porque quien no lo ha visto no sabe realmente lo que es, y no hay descripción que pueda dar una idea exacta de ello”.

¡Sus amigos son muy atentos y considerados conmigo!

No se me ocurría pensar que sería llamada a desempeñar una misión post mortem2 con los miembros de nuestro Movimiento. Aunque varios de ellos le habían mostrado atenciones y amabilidades, dejando entrever que habían notado en ella algo de lo que yo veía, la actitud de otros me hacía suponer que moriría sin ver cumplidos sus anhelos maternales.

En los últimos meses de su vida, mi casa empezó a ser frecuentada por los miembros más jóvenes del Grupo que venían a visitarme durante mi convalecencia. Así que empezó a entablar contacto con ellos, recibiéndoles en la sala de visitas, el “Salón Azul”, donde conversaban.

No acompañé esas visitas muy de cerca porque estaba en cama y mi habitación estaba lejos de la sala de visitas. Era consciente de la presencia de algunos de estos jóvenes allí que, cuando venían a visitarme, la saludaban. Pero pensé que sólo eran esos antiguos saludos formales: “Se  ñora, buenas tardes, ¿cómo está?”. Así que no le di importancia.

Cuarto del Dr. Plinio

Sin embargo, me llamó la atención cómo, mientras recorría el pasillo en su silla de ruedas para hablar conmigo y luego continuaba hacia su aposento, su cuerpo estaba más erguido y ella mucho más animada que antes. Pensé: “Quizá sea porque sabe que estoy fuera de peligro y eso le da alivio, un cierto ánimo”.

Más tarde, me enteré de la inmensidad de agrados que le hacían, de las flores que le llevaban, de las conversaciones que mantenían, de cómo les invitaba a tomar el té y de todo lo que les contaba sobre mi pasado. Cuando vemos las fotografías que se hicieron de ella en aquella época, por ejemplo, la que dio origen al “Quadrinho3, aunque se nota una cierta tristeza, está más animada y alegre.

Más de una vez, mamá me dijo muy complacida: “Tus amigos tienen conmigo una atención y consideración como nadie”. Veía que esos encuentros le producían una gran satisfacción porque, aunque no tenía la fuerza de expresión necesaria para hacerlo explícito, podía ver en ellos un factor en la línea de lo que siempre había esperado en la vida, que no encontraba en otras personas.

No podía imaginar que la fuente de la que brotaría el apostolado suyo se encontraba en este punto en el que todo parecía tender a su fin.

Mientras mi actitud era de total sobriedad, guardándolo todo dentro de mi alma, con mucha veneración, pero en silencio, sin comentar nada, allí estaba burbujeando algo del futuro.

El afecto entusiasmado de un hijo

De hecho, en esas ocasiones mi madre conoció a alguien que fue el primero en enarbolar —con la libertad que no tiene un hijo— el estandarte de su figura: mi querido João4. Absolutamente no me hacía idea, de hasta qué punto él había sido el elemento motor del movimiento de cariño y respeto que la rodeó en sus últimos meses de vida, durante mi enfermedad. Era el afecto entusiasmado de un hijo que, según la ley de la carne, ella no tuvo, pero que, según la ley del espíritu, engendró en su extrema vejez.

João me contaba que había conocido a mamá y que se encantó mucho por ella, recibiendo beneficios espirituales en su trato con ella, de los que intentaba hacer partícipes a otros miembros de nuestro Movimiento. Un día tuvo la curiosidad de ver cuál era su actitud en su aislamiento, si tenía alguna expresión que indicase un desfallecimiento o algo parecido.

Junto al comedor está el “Salón Azul” y separando los dos ambientes hay una puerta con cristal transparente cubierta por una de esas cortinitas llamadas brise-bise. João se acercó sigilosamente hasta la puerta y abrió un poco el brise-bise, sin que mi madre se diera cuenta. Con compostura y, en un momento dado, usó el pañuelo, doblándolo de forma tan ordenada, y colocándolo en su regazo con tanta distinción, que este gesto, tan simple en sí mismo, le emocionó. En la soledad y en la prueba, todo lo hacía con la dignidad con la que una persona deja sentir su perfume espiritual, indicando, dentro de la aridez, la verticalidad de un alma recta.

João discernió esto en ella y supo verla con los ojos con los que yo la veía, dándose cuenta del lumen de su alma que otros no notaban. Por eso, él fue, aún en vida de Doña Lucilia, el impulsor del movimiento en torno a ella. Y esto se debe a un pasado de fidelidades que otros no tenían.

Algún tiempo después, esos perfumes que se acumularon en el alma de mi querido João comenzaron a extenderse como incienso y a aromatizar el ambiente.

De hecho, él fue el gran fotógrafo de los últimos meses de mi madre y el responsable de la multiplicación y difusión de sus fotografías.

Aurora que confirmaba las esperanzas

Haciendo la relación con todo lo que ocurrió después, tengo la impresión de que antes de cerrar los ojos ella presintió más o menos lo que estaba por venir, y de ahí ese contentamiento que precedió poco antes de su muerte.

Salón Azul

En los últimos días de su vida, mamá pudo vislumbrar un poco la aurora de algo que se prolongaría más tarde. Y así recibió la confirmación de que no se había equivocado.

Cuando cerró los ojos a esta vida y los abrió a la eternidad, Doña Lucilia entendió que aquellos —hablo en plural para ser discreto— por ella conocidos al final de su vida le traerían el objeto de su espera.

Tuve una muestra de esto en un episodio inolvidable para mí. Había pedido a la Santísima Virgen, en consideración a la fiel dedicación por mi madre, la gracia de recibir alguna señal de que ella había salido del purgatorio. Y, en la misa del séptimo día, se me concedió de la forma más encantadora posible: un rayo de luz incidió sobre una orquídea, iluminándola por completo, y luego se alejó. Me daba la impresión de mamá recorriendo el pasillo de mi departamento, acercándose a mí y luego continuando para no interrumpirme.

Creo haber sido ese hecho una forma de darme a entender, tras su muerte, que había visto el triunfo y agradecía por ello.

Y así, sin que nadie lo pudiese imaginar, su misión comenzaría en la sepultura, junto a la que se inició su convivencia personal con cada uno de los que acudían a visitarla para pedirle gracias. Y, una vez más, fue João el gran “culpable” de que tantas personas acudieran allí, para suplicar su intercesión. Por tanto, él tiene un papel especial en el momento de ese agradecimiento, porque todo lo que ella esperaba se instituyó magníficamente.

Socorro en circunstancias inimaginables

Desde entonces, su acción se ha vuelto intensa, lo que significa mucho con relación al futuro, porque una cosa no nace de tan poco para expandirse hasta donde lo ha hecho, sin tender a mucho más.

João Clá en 1967

En mi opinión, doña Lucilia es para mis discípulos lo que ella es para mí, es decir, una especie de reducción al mínimo —porque todo comparado con Nuestra Señora es mínimo— de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Un socorro en todo, de todas las maneras, actuando inesperadamente, de las formas más inimaginables, discreto y con un estilo propio de ella, que era su manera de convivir en vida. A medida que aumenten las pruebas, también aumentarán nuestras oportunidades de pedir su intercesión, tendiendo hacia lo más insigne. Así es como yo lo veo.

Podemos decir que hubo tres fases en la vida de mamá: una prehistoria, en la que su acción fue percibida y sentida en toda su amplitud sólo por mí; después, su acción sentida en los últimos años de su vida por João Clá y algunos otros; por último, la expansión que tuvo lugar en amplitud en el Cementerio de la Consolación donde, en las horas más diversas, siempre se ve a alguien de pie junto a su tumba. ¿Está rezando? No se sabe. Lo cierto es que se está calmando, porque mamá, evidentemente por orden de la Santísima Virgen, por quien pasan todas las gracias de Nuestro Señor Jesucristo, fuente de la gracia, ejerce una acción temperamental sobre aquellos que recurren a ella.

Allí se hacen sentir la misma acción dulcificante, alentadora de los temperamentos, orientadora de las formas de ser, dando confianza y estímulo, y que, en vida, ¡me hicieron muchísimo bien! Yo veía una conexión entre el Sagrado Corazón de Jesús, del que era muy devota, y esta disposición, esta característica forma de ser de su alma.

Traspasando los umbrales de la muerte

El Dr. Plinio en una visita al túmulo de su madre, en agosto de 1987

En un momento dado, sentí algo que no puedo definir, pero era como si, por encima de los umbrales de la muerte y de todo lo que se había puesto para cubrir esa lamparilla, a punto de entrar a la tumba hasta el día del Juicio Final, ella siguiera brillando para mí, y me di cuenta de que ella me acompañaba. Entonces, ¡qué alegría al ver, en el fondo de una gran mirada andaluza5 , vivaz —y de tantas miradas nacidas de ésa—, ¡que ella también estaba viva! Noto en ella el mismo crepitar, el mismo movimiento de una lamparilla, y me di cuenta de cómo se prende un incendio, no de llamas destructivas, sino de lamparillas durante la noche, hasta que llegue el momento de encender fuego en el mundo.

Que la Santísima Virgen establezca el momento en que las lamparillas —y aquí no considero sólo a los jóvenes ojos que se abrieron hace algunos años a tanta luz, sino a todos aquellos que me acompañan en este camino— enciendan ese fuego para que podamos decir: “Emitte Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terræ!”6

Madre mía, enviad a vuestro Esposo, el Divino Espíritu Santo, en aquello que tiene de sublimemente coruscante, el espíritu que ha puesto en Vos, como Vuestro Esposo, y todas las cosas serán recreadas. Entonces, oh Madre, Vos reinaréis y se renovará la faz de la tierra

(Recopilación de conferencias de 1979 a 1993)

  1. A finales de 1967, permaneciendo convaleciente hasta marzo de 1968. ↩︎
  2. Del latín: Después de la muerte. ↩︎
  3. Pequeño cuadro al óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, basado en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  4. Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, fiel discípulo y secretario personal del Dr. Plinio durante más de cuatro décadas; en aquella época, laico. ↩︎
  5. Ídem. ↩︎
  6. Del latín: “Envía tu Espíritu creador y renovarás la faz de la Tierra” (Sl. 103,30)  ↩︎

Reversibilidades deleitables

Las franjas de luz coloridas del arcoíris pueden ser comparadas al alma que practica, con autenticidad y hasta de modo insigne, virtudes a veces diametralmente opuestas. El Dr. Plinio pudo contemplar muchas veces reversibilidades así en Doña Lucilia.

Para atender a un pedido de tratar respecto a la reversibilidad de las virtudes en el alma de Doña Lucilia, comienzo por explicar en qué sentido empleo ese término. El ejemplo más cómodo para expresar eso son los colores del arcoíris.

Reversibilidades de alma, como la luz blanca y los colores del arcoíris

Comedor del departamento de Doña Lucilia

Nadie puede describir el fenómeno que se da en el arcoíris diciendo lo siguiente: “Las pobres gotas de agua, que fluctuaban en el aire, fueron traspasadas por una luz; esa luz sufrió un castigo, se reventó, se deshizo en colores diversos; ¡de ahí surgió el arcoíris!” Sería una tontería.

Es propio de la luz, que es una, abrirse en varias luces. No hay una ruptura, una dilaceración, y sí una abertura noble.

Imaginen que hubiese una persona dotada de una lupa de gran potencia. No estoy pensando en ningún telescopio del tipo de Cabo Cañaveral1 ni nada de gran porte, sino una lupa pequeña, pero potentísima. Supongamos que la lupa, por reglas científicas aún no explicadas, tuviese el don de atraer, de hacer converger las luces del arcoíris, de manera que entrasen en ella y salieran, de un lado a otro, blancas como es la luz del sol.

Entre la luz antes y después de constituido el arcoíris, hubo una reversibilidad. Es en este sentido que empleo la palabra cuando hablo de las reversibilidades de las virtudes en el alma de mi madre. ¿Cómo se puede notar esa reversibilidad en un alma? Cuando ella practica una virtud o mucho después, de modo auténtico, real, a veces insigne, practica una virtud opuesta a aquella, pero simétrica –las virtudes nunca son enemigas unas de las otras; ellas pueden decirse adiós de lejos, pero son aliadas y amigas–, entonces, en ese caso se dice que hay una reversibilidad.

Y nuestro espíritu, ávido de unum, exclama: “¡Oh, unum! ¡Cómo es bello que la misma alma tenga virtudes opuestas, no contradictorias, como las franjas de luz del arcoíris!

Una especie de fondo común de todos los actos de virtud

Durante toda la vida yo vi en el alma de mi madre dos aspectos. Uno era la virtud lanzando un dardo hacia lo alto, pero al llegar arriba, se piensa en otra línea que podría haber ido del punto de partida hacia otro lado. El alma realiza aquello y vuelve al punto inicial.

Con la profundización del análisis psicológico de mi parte, tal vez con el progreso de su alma también –ella no se quedó viviendo el tiempo entero parada, ella profundizó– o con el propio curso del tiempo, yo pasé a notar en ella otra cosa: cuando ella practicaba ciertos actos de virtud, no iba a practicar después otro acto para poder hacer la reversibilidad. Sino que el acto de virtud opuesto estaba como durmiendo en la raíz de aquel que fue practicado. Y había una especie de fondo común de todos los actos de virtud en una reversibilidad interna, continua y suave, que formaba el unum de ella; algo propio al espíritu humano, aunque no hay palabras para expresarlo.

En esta perspectiva, podemos decir que yo pasé a considerarla apreciando eso, incluso en las acciones más triviales de la vida. Yo observaba ese modo de ser en ella, por ejemplo, hasta en las preocupaciones o cuando ella pasaba de los grandes pensamientos a las pequeñas cosas.

Nada es niñería para quien sabe admirar

Detalle del cuarto de Doña Lucilia

En la calle donde yo vivo hay árboles que forman una ojiva frondosa, pero dejan ver el sol. A mi madre le gustaba mucho ver los rayos del sol entrando por la ventana del comedor.

Ella comentaba una serie de cosas con respecto a ellos, utilizando sin pretensiones palabras caseras, comunes, pero por donde yo percibía que ella veía aquello con una elevación de alma muy grande.

Mientras ella estaba contemplando eso, supongamos que entrase el té, llevado por una empleada. Como grandeza eso no puede ser más menudo: el sol y una bandeja de té constituyen los dos extremos de un arco.

Si entrara en ese momento también una pariente a visitarla, ella diría: “Fulana, ¿cómo te va? ¿Y este y aquél?” Se interesaría por la vida de la visitante. Da la impresión de que algo del sol contemplado iluminaba la niñería, y nada era niñería, porque era visto por quien sabía admirar el sol de esa forma.

Ella tenía una gaveta en su mesa de toilette, que quedaba en su habitación. Allí guardaba un mundo de pequeños objetos que las señoras acostumbran a tener. No eran de toilette, sino libros de oración, medallas, fotografías, cartas, recuerdos de toda especie. Y a ella le gustaba tener todo bien dispuesto, aunque no una disposición dura, cepillada con cepillo de acero, sino hecha con cepillo de tortuga…

Había en ella una peculiaridad minúscula: ella era rápida al andar, sin embargo, generalmente lenta en el actuar. Y de vez en cuando hacía algo con un poco de prisa y dejaba las cosas desordenadas –eso cuando aún caminaba y ejercía los quehaceres de una ama de casa–. Tenía razón, porque tendría tiempo para arreglarlas después.

Habiendo ella ido a la despensa, a la cocina, dado cualquier orden, atendido una llamada, yo la veía volver al cuarto y, digamos que yo estuviera en mi sala de trabajo, no la llamaba, sino que iba atrás para hablar con ella.

La encontraba sentada en una silla de paja que le gustaba mucho – son, de hecho, muy bonitas–, tocando los objetos. Conversaba con ella, que me prestaba atención, pero con cierto esfuerzo, principalmente en sus últimos diez o quince años de vida, cuando su audición fue bajando y la facilidad de hablar, de concatenar las ideas fueron también disminuyendo. Y yo, naturalmente apresurado al hablar… En fin, ajustábamos las velocidades.

Ella iba al mismo tiempo organizando la gaveta y yo analizando sus gestos. A veces ella dudaba un poco y me preguntaba: “¿Queda mejor así o así?” Cuando acababa, me miraba contenta y cerraba la gaveta.

Eran reversibilidades deleitables de apreciar en el alma de ella. 

(Extraído de conferencia del 21/4/1981)

  1. El Dr. Plinio hace referencia a los potentes telescopios del Centro Espacial Kennedy, localizado en Cabo Cañaveral, región costera de los Estados Unidos conocida como Space Cost (Costa Espacial), desde donde se lanzan al espacio la mayoría de las naves espaciales norteamericanas.  ↩︎

Afecto luciliano en oposición a la autosuficiencia

Contrariamente al concepto liberal y comunista de bondad, Doña Lucilia ejercía sobre las almas una acción benigna e intransigente, amenizando y sanando los aislamientos y amarguras, frutos de la orfandad inherente al hábito de la autosuficiencia.

Hay ciertas formas de sinceridad y de intensidad de afecto que solo les es dado tener a los combativos.

El descrédito causado por el pacifista

Tomen el Quadrinho en él reluce la bondad

No creo en la amistad del pacifista. Él se pone como amigo de todos, pero eso es justamente lo que no es, pues quien no quiere pelear con nadie no es amigo de nadie. Porque por su modo de ser, en su presencia toda injusticia se resuelve mediante un diálogo de paz y, por lo tanto, no se necesita punir.

Ahora bien, si alguien me calumnió y yo pruebo que aquello es una calumnia, no se trata de hacer un diálogo para saber si soy inocente: el otro es un calumniador. Luego, exijo que él se desdiga, y tengo dos derechos: uno es la retractación debida ami reputación; el otro es un derecho de verlo punido.

Quien fuese mi amigo debería asociarse a ambos derechos míos. El pacifista no hace eso. Entre el calumniador y el calumniado, él procura hacer un arreglo, por el cual el calumniado, en el fondo, tiene que ver la impunidad de la calumnia hecha contra sí. Además, se percibe en la conducta de ese tipo de pacifista que, si queremos forzarlo a una actitud lógica, él pelea con nosotros y no con el calumniador. Por lo tanto, no merece crédito. Esa es una de las mentiras de la Revolución.

Concepto equivocado de bondad

Otras mentiras de la Revolución dicen con respecto al concepto de bondad. Una afirma que toda persona con cierta elevación y distinción no tiene lástima de quien no posee esas mismas cualidades y hace sentir su superioridad por falta de misericordia. Luego, espíritu jerárquico y bondad son incompatibles. La bondad consiste en el igualitarismo.

Otra mentira es: intransigencia y bondad son incompatibles, porque la intransigencia hace sufrir. Ahora bien, quien es bondadoso tiene horror al sufrimiento; luego, es propio de la bondad tener horror a la intransigencia.

Yo podría presentar aún otras contradicciones de ese mismo género. Pueden estar seguros de que ellas tienen un peso enorme para hacer antipática la Causa de la Contra-Revolución. Acción materna e intransigente

El modo de ser de mi madre prueba que varias de esas pseudo-contradicciones no existen. Por ejemplo, su acción sobre las almas es la más maternal posible, pero es una acción intransigente. O sea, ella conduce al cumplimiento de los Mandamientos y a la fidelidad a la Providencia. Y si no es eso, se percibe que hay una ruptura con ella, pues a pesar de todas las bondades, ella es intransigente.

Tomen el Quadrinho1: en él reluce la bondad. Por otro lado, el modo como ella se presenta y es, es enteramente el de una señora de la élite de su tiempo y, por lo tanto, a leguas del patrón democrático hoy en día en vigor. Por otro lado, trasluce de bondad. Así, una serie de aparentes antítesis de esas que a la Revolución le gusta lanzar en oposición a la Contra-Revolución, Doña Lucilia las destruye simplemente por su ser, sin nada más, únicamente porque ella es, porque está presente, ella provoca esa destrucción.

Bajo ese punto de vista, ella ayuda a los miembros del Grupo a comprenderme mejor, porque perciben a través de ella cómo esos preconceptos que llevan a mucha gente a pensar que soy un Ferrabrás, [personaje de la ficción medieval, tendiente a lo bravucón] un tirano, no son realidad. Ahí está su papel.

Gracia que convida a la unión y a la simpatía estables

He notado el siguiente fenómeno: un gran número de personas recibe gracias por intercesión de mi madre. Mientras dura el recuerdo de esas gracias, hay una posición muy conmovida y fervorosa; después, eso se desvanece. Al desvanecerse, se manifiesta la debilidad humana que no sabe ser grata. Sabemos que la gratitud es la más frágil de las virtudes… Pero hay otra cuestión.

Generalmente, las personas en las cuales el recuerdo vivo de esas gracias se desvanece sin su culpa, revelan una especie de rechazo en volver a apelar y pedir a mamá, que va mucho más allá de la aridez, queda en el límite de lo explicable, roza en una especie de incomprensión y antipatía. No una antipatía militante, sino una actitud así aborrecida:

“¡No quiero pedir!”

Hasta que, de repente, por la intercesión de ella, la persona pasa por cierto apuro y es llevada a pedirle alguna cosa. Pidiendo, la obtiene y vuelve la acción de aquella admiración, de aquella consolación. Eso se repite, hasta desaparecer en ese tipo de almas un género determinado de obstáculo interior en ser uno solo con ella y, digámoslo, simpatizar con ella vehemente y establemente. Ahora bien, es lo que Doña Lucilia parece pedir en las gracias que ella confiere. Porque, mientras la persona está bajo la acción de una gracia recibida por ella, comprende perfectamente ciertas cosas, como, por ejemplo, su insuficiencia. El mito de la autosuficiencia –muy revolucionario y difundido no sé en qué proporciones– se desarma y desaparece. Entonces la simpatía, la propensión por alguien que nos ama, que nos quiere, pero nos ve con cierta compasión un poco sonriente y nos promete su afecto, eso vuelve a flote. Cuando la persona se olvida de las gracias recibidas, el estado de espíritu de autosuficiencia reaparece y ella no quiere ser objeto de tanto cariño ni de tanta amistad, porque quiere abrir por sí misma su propio camino.

Un vicio profundamente revolucionario: la autosuficiencia

Es preciso hacer notar que la autosuficiencia es el propio presupuesto tanto de la doctrina liberal, como de la comunista. En la idea de los ciudadanos libres e iguales está subyacente el concepto de que cada uno se basta a sí mismo, porque, si hay algunos que necesitan de otros, la desigualdad desaparece en rigor de justicia, pues si alguien dio y otro recibió, quedó obligado. El modo por el cual se agradece es decir “muito obrigado2, o sea, estoy obligado a algo con relación al bienhechor. Es el sentido de la expresión francesa “remercie, remercier”: estoy a tu merced por lo que me hiciste. El vínculo, por así decir, feudal, va imponiéndose, mientras que, en la autosuficiencia, no: ciudadanos libres, iguales, todos votan, cada uno deposita su voto en la urna y vale tanto cuanto el del otro, y la suma aritmética de lo que fue contabilizado es el camino a seguir.

Una cosa curiosa es que el hábito de la autosuficiencia constituye una especie de orfandad, fuente de cuántas amarguras interiores y de cuántos aislamientos, ¡no sé qué decir! Creo que entre autosuficiencia, orfandad y neurosis hay una relación muy próxima. Muchas y muchas veces me pregunto: si sobre mí no hubiese flotado el afecto de mi madre, ¿yo sería un hombre calmado como soy y habría tenido la facilidad de comprensión y la apetencia de la devoción a Nuestra Señora, que es esa disposición del alma agradecida llevada a un grado superlativo, en fin, en el nivel de la hiperdulía?

Sin embargo, percibo que esas situaciones falsas crean una especie de apego, porque el hombre es una criatura muy rara y llena de posiciones paradójicas. Y cuando tiene una paradoja muy irracional, él adora esa paradoja. Y al mismo tiempo que sufre los tormentos de la autosuficiencia, no le gusta ser ayudado, porque “él resuelve”.

Esa posición lleva la persona a implicar con Doña Lucilia, porque ella ofrece una superabundancia de bondad, de cariño, de protección, pero en la cual la dependencia aparece y la autosuficiencia desaparece.

El individuo no puede ser el gran hombre que quería ser a sus propios ojos, el dueño de su propia vida, que resuelve porque es un gran hombre. Por el contrario, tiene que reconocer que hubo en relación con él una cosa llamada misericordia, compasión, dada por quien no tenía obligación de dar, que fue tratado como hijo, que fue enteramente gratuito y le dio en abundancia lo que él no podía esperar, acompañado de la sensación de que él no vive sin eso.

En las horas en que ese reconocimiento no está presente, la persona es llevada a esta esperanza tonta: “Yo ahora quiero ver si vivo sin la ayuda de ella”. Es un horror, pero, por eso mismo, probable.

Por ejemplo, de los diez leprosos del Evangelio, nueve no fueron a agradecer. ¿Por qué? En el fondo, autosuficiencia. Si todos fueran a hablar con Nuestro Señor, Él los recibiría rebosando de bondad, pero el mito de que ellos resolvieron su caso desaparecía.

Hay un proverbio portugués, al menos en el portugués de Brasil: “El uso de la pipa tuerce la boca”. El vicio de la autosuficiencia vuelve a la persona incapaz de recibir socorro. Y, vuelvo a decir, es un vicio profundamente revolucionario.

(Extraído de conferencia del 21/8/1982)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  2. En portugués, literalmente: [Estoy] “muy obligado”. Es la forma habitual de agradecimiento en esta lengua ↩︎