“No hay mal que por bien no venga”

 cap13_004Al haberse prolongado tanto la ausencia del Dr. Plinio, se pudo comprobar una vez más de qué manera ese bendito trato que había entre madre e hijo estaba movido por razones sobrenaturales. Es lo que se nota en la carta siguiente, la última que aquella alba y venerada mano le escribió a fin de exteriorizar los cariñosos sentimientos contenidos en el corazón materno.
Es admirable en la misma el acto de virtud por el cual doña Lucilia renueva su renuncia a la compañía del Dr. Plinio el 13 de diciembre, en aras de lo que ella juzga más ventajoso para él. No solamente expresa su resignación por su ausencia, sino que también le aconseja quedarse más en Europa.

São Paulo, 26-11-962
¡Plinión querido!
Estaba con tantas saudades de una carta tuya que, aunque sea en estilo relámpago como la última que me enviaste, ¡valía la pena recibir otras! Con tanto trabajo, ¡veo que no te será posible regresar nada más acabar el Concilio! Algunos paseos bonitos, despedidas, visitar Florencia, Milán, etc… y después ¡¡¡París!!! ¿Quién puede volver tan de prisa de París? ¿Ni siquiera para pasar el 13 de diciembre, día de tu cumpleaños con mamá? Pero, no hay problema. Has trabajado mucho y ahora debes estar… ¡agotado! Haz todo lo que puedas y vuelve muy animado y contento de volver a ver a tu manguinha y así ¡¡¡pasamos juntos la Navidad!!! ¡Qué fiesta volver a ver a tu manguinha, que te quiere tanto y tanto… ¡¡que ni siquiera tiene palabras para decirlo!! Rosée se ha portado muy bien, viniendo a verme todos los días, y Maria Alice, con su caserón, sus cenas, etc. viene en general cada dos días, y el “Bisnietito” está de exámenes en el colegio.
Cuando converso contigo, aunque sea en “estilo relámpago” no consigo parar y el tiempo pasa rápido; pongamosblos puntos sobre las “íes”.
Saludos a tus amigos Muchos besos y abrazos y la más afectuosa bendición de la madre que tanto y tanto te quiere,
Lucilia

Un salto sobre el océano

Llegando a su término la intensa actividad del Dr. Plinio en Roma, una vez que la primera sesión del Concilio estaba también por finalizar, le escribe una breve carta a doña Lucilia anunciándole su regreso a São Paulo.

cap14_042Roma, 28-XI-62
¡Manguinha querida de mi corazón!
Como debo partir de Roma el día 7, estoy atareadísimo con las ocupaciones finales de la temporada. Por eso, le escribo rápidamente. Debo ir a Asís, Florencia, Venecia y París. Allí pasaré más o menos una semana, para después dar un salto sobre el Océano y ¡caer con inmensas saudades y enorme alegría en los brazos de mi Manguinha querida!
Pienso que me encontrará con un aspecto óptimo. Espero poder decir lo mismo de usted ¡¡Cuidado con la salud!! Le adjunto esta maravilla de Asís y una estampita de una Imagen de Nuestra Señora ante la cual hemos obtenido muchas gracias.
Mil y mil besos saudosísimos, del hijo que la quiere y la respeta hasta al fondo del corazón y le pide la bendición.
Plinio

No demoraría mucho para que las alegrías del regreso del Dr. Plinio consolaran el alma de su madre. En el momento de encontrarse, doña Lucilia no debió quedarse atrás de su hijo en las manifestaciones de afecto. Su encantadora fisonomía, llena de mansedumbre y de ternura, era, por sí sola, el mejor recibimiento que ella le podía dar.

¡Ah!, ¿y mi árbol?

cap12_017En el ocaso de su vida, a doña Lucilia le gustaba rezar y pensar sentada en la antigua mecedora de doña Gabriela. Allí, reclinada serenamente, solía pasar horas y horas, mezclando sus largas oraciones con la contemplación del movedizo y suave juego de luz y sombra que se proyectaba en las paredes internas del escritorio de su apartamento. En la acera de la calle Alagoas se erguía un frondoso árbol cuyo ramaje tocaba la ventana de dicha sala, ofreciendo, sobre todo por la noche debido a la iluminación pública, aquel sencillo espectáculo. No obstante, ese árbol, tan estimado por doña Lucilia, hacía que el apartamento del Dr. Plinio (situado en el primer piso del edificio) fuese un blanco fácil para cualquier terrorista. Conseguir que la Prefectura cortase inmediatamente aquel árbol figuraba entre las diversas medidas de seguridad a tomar. Y lo hizo sin tardanza. Pero para no aumentar la preocupación de su madre, no quiso informarla del peligro a que ambos estaban expuestos, y, por eso, no le dijo nada. Cuál no fue la perplejidad de doña Lucilia cuando, una noche, al mirar las paredes del escritorio, vio que se proyectaba en ellas la banal iluminación de la calle, sin ninguna de aquellas bonitas sombras. Sorprendida, exclamó: “¡Ah! ¡¿el árbol, mi árbol, dónde fue a parar?!” A pesar de todo, se dio cuenta rápidamente, por la actitud de los presentes, que la orden de cortar el árbol había sido dada por su hijo por alguna razón que no podía revelarle. Y nunca más hizo comentario alguno sobre el hecho. Sin embargo, la gravedad de la situación le obligaría al Dr. Plinio a tomar medidas más drásticas.

Se desencadena la tormenta

cap10_015

Prefasio del libro “En Defensa de la Acción Católica” del Nuncio Apostólico, Mons. Benito Aloisio Masella

El libro lanzado por el Dr. Plinio en junio de 1943 —en un gesto de holocausto que él mismo calificó de kamikaze — explotó como una bomba y dividió los campos, denunciando, a  los ojos de los que tenía buena fe, los errores diseminados en muchos ambientes del movimiento Católico. Los elementos alcanzados por la mencionada obra, no tuvieron cómo refutar la valiente denuncia del Dr. Plinio. Apelaron entonces a la calumnia, acusándole de haber incurrido en diversos errores doctrinarios sin decir cuáles y de no ser sumiso a la autoridad de los obispos. Esto a pesar de que el libro estuviese prologado por el Nuncio Apostólico, representante del Papa en Brasil y, por lo tanto, bien visto por la Santa Sede.
Como si la detracción contra el autor no bastase, esos elementos pasaron a la persecución abierta, con la intención de neutralizar cualquier acción suya. Arrancaron de sus manos los medios de apostolado, y llegaron al extremo de perjudicarle económicamente haciéndole perder los mejores clientes de su despacho de abogado, como era el caso de la Curia Metropolitana de São Paulo y de las órdenes del Carmen y de San Benito.cap10_016
El Dr. Plinio fue destituido de todos los cargos que poseía en la Archidiócesis, uno tras otro, incluso de la presidencia de la Junta Archidiocesana de la Acción Católica. Se deshicieron, así, innumerables vínculos que mantenía hasta entonces con personalidades eclesiásticas o seglares adeptas de las nuevas doctrinas. Del mismo modo, cesaron casi por completo las numerosas invitaciones para dar discursos y conferencias en reuniones católicas. En una palabra, un pesado ostracismo se abatió sobre él. Apenas le permaneció fiel el pequeño grupo de redactores del Legionário, el semanario archidiocesano del cual era director. Más tarde, las circunstancias le llevarían a renunciar también a este cargo.

“Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas…”

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

Nuncio Apostólico Mons. Benito Aloisio Masella

En medio de esos acontecimientos, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a un sacerdote amigo suyo, el cual no sólo comulgaba de las mismas ideas sino que también apoyaba abiertamente al “Grupo del Legionário”. Después de la comida, dejaron la mesa y continuaron conversando sobre los últimos acontecimientos del caso En Defensa. Junto a una ventana, doña Lucilia le enseñaba principios de costura a su nieta Maria Alice, en aquel entonces ya adolescente. Aquella escena de intimidad familiar daba la impresión de una vida tranquila, de quien ignoraba la tempestad que se cernía.
Dirigiéndose al sacerdote, el Dr. Plinio comentó:
— Qué contraste entre nuestra vida y la de ellas, ¿no?
— Es para que ellas puedan continuar siendo así que nosotros conducimos esta lucha… respondió él.
Era la constatación de que, con la diseminación de los errores denunciados por En Defensa y las consecuentes transformaciones religiosas y sociales, aquella tranquilidad, o mejor, aquella concepción de la existencia familiar, toda impregnada de espíritu sobrenatural, corría el riesgo de desaparecer. Doña Lucilia, aunque consciente de la situación ¿tenía entera comprensión de lo que pasaba? Ya vimos en páginas anteriores cómo había  discernido, en una diminuta noticia de periódico, la difusión de estos errores en Brasil. Vimos también cómo, desde la infancia del Dr. Plinio, ella deseaba el desarrollo y la irradiación de su personalidad y entreveía que, de alguna manera, ésta alcanzaría grandes proporciones.
Sus esperanzas sobre el futuro poco común de su hijo, alimentadas por su intuición de madre, se habían realizado en parte, cuando, todavía muy joven, él se convirtió en líder de las Congregaciones Marianas y del propio Movimiento Católico. Pero, ¿y ahora?
Doña Lucilia nota el cambio en la situación de su hijo.
Tras haber seguido paso a paso la brillante ascensión de su hijo como líder católico, doña Lucilia asistía ahora afligida a la destrucción de toda la obra a la cualbél había consagrado lo mejor de su vida, y cuyo único objetivo era la victoria debla Iglesia sobre el mal.
Al lo largo de varias conversaciones con su madre, el Dr. Plinio le iba narrandoblo que sucedía, describía las vicisitudes, así como las consecuencias que de ahí resultaban para el futuro de la Iglesia. No dejaba tampoco de ponerla al par de la difícil situación financiera en la que había sido lanzado, debido a la pérdida de su mejores clientes.
Ella veía todo eso con su habitual serenidad, sin la menor manifestación de acidez o de resentimiento en relación a aquellos que desencadenaban tal persecución contra su hijo.
Con resignación cristiana, doña Lucilia midió las consecuencias de esos hechos en su situación personal. Antes era la madre de aquel que había sido el diputado más joven y más votado de Brasil, polo de pensamiento de la opinión pública católica y hasta de la no católica; de aquel idealista ante el cual se había abierto la perspectiva de brillantes victorias, hasta el triunfo final de la Iglesia sobre sus enemigos. Ahora se convertía en la madre de un hombre al cual el éxito había dado la espalda y que pasaba a vivir casi completamente aislado. Sin embargo, a doña Lucilia le quedaba un consuelo, y eso era lo más importante: ya fuera en el apogeo del prestigio, ya en medio de la persecución, su querido filhão continuaba siempre siendo el mismo.

Nada puede quebrantar a Plinio

Otro sufrimiento afligía a doña Lucilia: no poder hacer nada en favor de su hijo, a no ser cap10_007auxiliarlo por medio de la oración. No obstante, algunos hechos que de vez en cuando le llegaban a los oídos por medio de ésta o aquélla persona conocida, la llenaban de consuelo, pues, le revelaban cómo, en medio de tantas tribulaciones, nada abatía el ánimo de su hijo.
Un día, por ejemplo, el Dr. Plinio volvía en balsa de Guarujá hacia Santos, con destino a São Paulo, en compañía de su cuñado, Antonio de Castro Magalhães. A pequeña distancia de ellos estaba sentado un matrimonio, de mucho realce en la sociedad paulista de aquella época. Al reconocerlo sonrieron con amabilidad, dando muestras de querer entablar conversación con él. El Dr. Plinio conocía al marido hacía mucho tiempo, pero nunca había sido presentado a la esposa, razón por la que creyó ser más atento no tomar la iniciativa de acercarse al matrimonio para saludarlo personalmente. Juzgó su deber conservar esa actitud de reserva aún cuando la esposa le saludó también de modo amable, y por eso permaneció en el lugar en que se encontraba, conversando con su cuñado. A cierta altura, el marido no se contuvo más y, dejando a la esposa, se levantó y fue alegremente a hablar con el Dr. Plinio. La gentil actitud del eminente matrimonio dejaba ver cómo se mantenía intacto en la sociedad paulista el prestigio del intrépido batallador.
Antonio notó perfectamente lo que había de reservado en la cortesía del Dr. Plinio y, al encontrarse después con doña Lucilia, le contó ese pequeño episodio.
Cuando, de noche, ella estuvo con su hijo para la “conversación” habitual, el tema fue éste. Llena de alegría, ella entonces le contó el comentario de su yerno: “¡Nada puede quebrantar a Plinio!”

Serenidad a toda prueba

sdlEn razón de ese modo de ser, ninguna circunstancia, por peor que fuese, lograba perturbar la paz de alma de doña Lucilia. Un día, en la tranquila São Paulo de aquel entonces, una tragedia conmovió a la ciudad entera. Debido al incendio de un autobús en la Avenida Angélica, murieron entre las inclementes llamas muchos de los pasajeros. El vehículo era de la línea “Avenida”, la misma que el Dr. Plinio solía tomar para ir a su despacho de abogacía.
Cuando se entero del pavoroso accidente, el primer pensamiento de doña Lucilia fue que su hijo podía ser una de las víctimas.
Si para un corazón materno no hay nada más angustioso que la perspectiva de la muerte de un hijo, fue incalculable la aflicción que se apoderó del espíritu de doña Lucilia. Pero se acogió confiante a la protección del Sagrado Corazón de Jesús, delante de cuya imagen se puso a rezar a la espera de alguna información segura. Doña Rosée, siempre muy expedita, en seguida empezó a tratar de localizar a su hermano. Telefoneó a varios amigos para averiguar si tenían noticias más exactas y les pidió que comprobaran la identidad de las víctimas. Ahora bien, justamente ese día uno de los amigos del Dr. Plinio del “Grupo del Legionário”, José Gustavo de Souza Queiroz, estaba hospitalizado con una grave enfermedad que acabaría llevándoselo de esta vida poco tiempo después.
El Dr. Plinio había abreviado sus ocupaciones en el centro de la ciudad para hacerle una larga visita. Sin embargo, se había olvidado de dejar aviso en casa. Al final, alrededor de las ocho y media de la noche, llegó sin tener la menor idea de la situación que reinaba en el hogar. Al doblar la esquina de la calle Sergipe divisó a su sobrina Maria Alice junto al portón de la casa, andando inquieta de un lado para otro. Ella y doña Rosée salieron a su encuentro y, todavía sobresaltadas, le contaron lo ocurrido.
Calculando la angustia de doña Lucilia, el Dr. Plinio entró deprisa en la casa. La encontró afligida pero tranquila, sentada en la mecedora. La abrazó y la besó como de costumbre y le preguntó cómo se sentía después de esa atroz tribulación. Con la suavidad de siempre, doña Lucilia respondió: — Hijo mío, ¡qué alegría verte de nuevo! Estaba aprensiva, pero confiaba en que no te había pasado nada… Ahora voy a acostarme, porque la preocupación
me afectó el hígado y no me estoy sintiendo bien.
Después de un día de tanto sufrimiento no partió siquiera una queja de doña Lucilia. Con el alma en paz se fue a su cuarto, dando gracias a Dios por tener a su hijo junto a sí.

Una tempestad se anuncia en el horizonte

cap10_004Esta situación del mundo y de la Iglesia, discernida con incomparable lucidez por el Dr. Plinio, le llevará a adoptar una resolución llena de trágicas consecuencias para sí y para su querida madre: el lanzamiento del libro-bomba En Defensa de la Acción Católica, que desempeñaría un papel decisivo en el futuro de la Iglesia en Brasil. Doña Lucilia seguía, a través del Legionário, las pugnas trabadas por su hijo, y ciertamente notaba nubes muy cargadas que se iban acumulando en el horizonte. De hecho, una descomunal tempestad se abatiría en breve sobre el Dr. Plinio.
En Febrero de 1943, doña Lucilia había bajado a Guarujá con doña Rosée y su familia. Como ya iban bastante adelantados los trámites con la Nunciatura para la publicación de aquella obra, el Dr. Plinio estuvo con su madre apenas de paso, viéndose obligado a retornar en seguida a São Paulo, para dar un mayor impulso a los asuntos del libro. Desde el litoral, doña Lucilia le escribió lamentando su ausencia. Al final de la carta, doña Rosée agregó algunas palabras, reforzando los irresistibles apelos de su madre para que volviera a reunirse con ellas:

Guarujá, 24-2-943
¡Hijo querido!
Aún no recibí las noticias de tía Cotinha que me habías prometido, pero imagino que, al entrar en la maraña de tus ocupaciones, te olvidaste de todo, hasta de…
¡oh, no! de mí, ni “por hipótesis”, ¿estás consciente de eso? Sentí mucho verte partir, pero espero en Dios que puedas volver el próximo sábado. La estadía aquí está realmente muy agradable. Rosée me ha colmado de agrados y cuidados, y Antonio es siempre muy amable, y ambos se muestran deseosos de que vuelvas, y yo… ¡no pienso en otra cosa! Esa conferencia en Campinas, ¿no puede ser anticipada o postergada?
Yelita y su hijito llegaron hace dos días, y el niño está tan contento que le dijo ayer a su madre que le parece estar en un sueño tan bueno, que ¡hasta tiene miedo de despertar!
Feliz tiempo, ¿verdad? Nelia debe venir al hotel el próximo sábado y Nelita [vendrá también] para acá, lo que será muy bueno para Maria Alice, que, como viste, habla poco. Lee todo el tiempo que está en casa y está siempre callada. Necesita compañías de su edad.
¿En qué quedó la compra de nuestra casa? ¿Han aparecido otros pretendientes?
¿Cómo te han tratado Olga y Sebastiana? ¡Les recomendé tanto que lo hicieran con todo esmero!
Ya hice dos baños de pie con agua de mar, y tengo mucha fe en su buen resultado. Ayer y hoy fui a la playa y es una pena que la lluvia nos impida salir ahora por la tarde.
¿No han venido cartas de tu padre? Manda a Olga que las lleve al correo con la dirección de aquí. Saludos a José Gustavo.
Con mis bendiciones, te envío muchas saudades, besos y abrazos. De tu mamá muy extremosa y amiga,
Lucilia

Mi Pinimino (Apodo del tiempo de niño),
¿Cuándo vienes? Estamos ansiosos de tu vuelta. Dile al sacerdote de Campinas que tienes que visitar a Mamá. Gracias a Dios se ha estado sintiendo óptimamente, come muy bien, duerme bien, pasea y toma los soñados baños de pie. Vuelve pronto, mi bien. Besos
de Rosée.

El Sagrado Corazón de Jesús “será tu salvaguardia y protector”

Pocos días después, aún desde Cambará, doña Lucilia escribe otra misiva a su hijo, tras una fuerte crisis del hígado durante la cual doña Rosée la trató con desvelo. Plinio, además de estar estudiando en la Facultad de Derecho, había comenzado a hacer la “línea de tiro”, el servicio militar. Doña Lucilia manifiesta con afecto el deseo de verlo de uniforme, le pregunta por sus estudios y su salud, pero no toca el asunto que tanto le preocupaba en la carta anterior. Había colocado sus aflicciones a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que Él no dejaría de proteger al “hijo querido de su corazón”.

Cambará, 23-5-929

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido!
Con tantas saudades de ti, tan deseosa de una conversación contigo, y sin embargo hace días que no te escribo, porque tuve una recaída fuerte de hígado que me retuvo algunos días en la cama, donde fui tratada por tu hermanita ¡con un cariño y dedicación que me hicieron bien al corazón! Estoy aún con el hígado muy inflamado y me siento abatida, incluso a consecuencia de la larga y fuerte dieta que tengo.

24-5-929
Interrumpí ayer ésta, porque Rosée tuvo tres visitas hasta la noche, y, una cosa extraordinaria que tengo que contarte, fui ayer al circo que está cerca de casa, en donde
asistí a medio espectáculo, y fui y volví en automóvil muy despacio, y allá di unas buenas carcajadas. Hoy estoy mucho mejor, pero ¡aún con miedo del regreso!
¡La Sorocabana (La compañía de trenes) salta y corcovea tanto que da la impresión de que “sin querer”, se está domando un caballo bravo!
Te envié una larga carta certificada, en respuesta a aquella en la que me hablabas de la cena en el Club Comercial y, por lo que veo, no la recibiste, lo cual me disgustó mucho. ¿En qué quedó esta última propuesta de venta del empleo? Estoy ansiosa por verte uniformado… y “entusiasmado” por las marchas y contramarchas.
¿Has estudiado mucho? Hace cuatro días que no recibo cartas de ahí, ¿será posible que estés de nuevo con alguna gripe en la garganta? ¡Dios no lo permita! Quiero encontrarte muy fuerte, y guapetón. ¡Me agradó mucho, inmensamente, saber que, cuando tienes saudades de mí, rezas delante de mi oratorio! ¡Yo también rezo tanto por ti, y el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!,
hijo querido de mi corazón. Espero ir con Toni el lunes, pero preferiría que él quisiese ir el miércoles, para que mi hígado se acomode un poco más antes de embarcar de nuevo. Mándanos con urgencia noticias de Gabriel. (…) ¿Cómo está tu abuela?
Le escribí hace tres días a ella y a Zilí, que me respondió.
Dale de mi parte un buen abrazo a nuestra Frau, y dile que vuelvo con Popadinchen.
Un abrazo a tu abuela.
Recibe con mi bendición, muchos y muchos besos de tu mamá muy “saudosa” y extremosa,
Lucilia

Trasponiendo el umbral de los 50 años

doña_lucilia

                           Doña Lucilia a los 50 años

Alegrías, dolores y aprensiones
Veintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas! Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7.) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida.
¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro?
Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

           Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo.
Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha (23 de febrero de 1927), la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

Cuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe.
En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios. Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular. Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

     Don Gabriel, tío del Dr. Plinio

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso. Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

El Sagrado Corazón de Jesús “será tu salvaguardia y protector”

Pocos días después, aún desde Cambará, doña Lucilia escribe otra misiva a su hijo,doña_lucilia tras una fuerte crisis del hígado durante la cual doña Rosée la trató con desvelo. Plinio, además de estar estudiando en la Facultad de Derecho, había comenzado a hacer la “línea de tiro”, el servicio militar. Doña Lucilia manifiesta con afecto el deseo de verlo de uniforme, le pregunta por sus estudios y su salud, pero no toca el asunto que tanto le preocupaba en la carta anterior. Había colocado sus aflicciones a los pies del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que Él no dejaría de proteger al “hijo querido de su corazón”.
¡Hijo querido!
Con tantas saudades de ti, tan deseosa de una conversación contigo, y sin embargo hace días que no te escribo, porque tuve una recaída fuerte de hígado que me retuvo
algunos días en la cama, donde fui tratada por tu hermanita ¡con un cariño y dedicación que me hicieron bien al corazón! Estoy aún con el hígado muy inflamado y me siento abatida, incluso a consecuencia de la larga y fuerte dieta que tengo.
24-5-929
Interrumpí ayer ésta, porque Rosée tuvo tres visitas hasta la noche, y, una cosa extraordinaria que tengo que contarte, fui ayer al circo que está cerca de casa, en donde asistí a medio espectáculo, y fui y volví en automóvil muy despacio, y allá di plinio_4unas buenas carcajadas. Hoy estoy mucho mejor, pero ¡aún con miedo del regreso!
¡La Sorocabana (La compañía de trenes) salta y corcovea tanto que da la impresión
de que “sin querer”, se está domando un caballo bravo!
Te envié una larga carta certificada, en respuesta a aquella en la que me hablabas de la cena en el Club Comercial y, por lo que veo, no la recibiste, lo cual me disgustó mucho. ¿En qué quedó esta última propuesta de venta del empleo? Estoy ansiosa por verte uniformado… y “entusiasmado” por las marchas y contramarchas.
¿Has estudiado mucho? Hace cuatro días que no recibo cartas de ahí, ¿será posible que estés de nuevo con alguna gripe en la garganta? ¡Dios no lo permita! Quiero
encontrarte muy fuerte, y guapetón.
¡Me agradó mucho, inmensamente, saber que, cuando tienes saudades de mí, rezas delante de mi oratorio! ¡Yo también rezo tanto por ti, y el Sagrado Corazón de Jesús, nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!, hijo querido de mi corazón.
Espero ir con Toni el lunes, pero preferiría que él quisiese ir el miércoles, para que mi hígado se acomode un poco más antes de embarcar de nuevo. Mándanos con
urgencia noticias de Gabriel. (…) ¿Cómo está tu abuela? Le escribí hace tres días a ella y a Zilí, que me respondió. Dale de mi parte un buen abrazo a nuestra Frau, y
dile que vuelvo con Popadinchen.
Un abrazo a tu abuela.
Recibe con mi bendición, muchos y muchos besos de tu mamá muy “saudosa” y extremosa,
Lucilia

Trasponiendo el umbral de los 50 años

doña_luciliaVeintidós de abril de 1926. Doña Lucilia cumple cincuenta años. Nunca esperó alcanzar esa edad pues, debido a su frágil salud, tenía continuamente la sensación de que, en cualquier momento, podría fallecer. En realidad, todavía viviría 42 largos años más.
Para conmemorar la feliz fecha, se reunieron en el palacete Ribeiro dos Santos sus familiares más allegados; pero, en contraste con la atmósfera de alegría general, ¡cuán diferentes eran las reflexiones de su corazón! La vida le había dado ya bastantes decepciones, y hacía mucho que ella no conservaba ninguna ilusión.
Estaban inmersos en el pasado los añorados y tranquilos días de su infancia en la apacible Pirassununga de antaño; la radiante juventud en la “São Paulinho” de la Belle Epoque; la fundación de su hogar, en medio de las incertidumbres del inicio del siglo XX; el nacimiento de sus hijos; la operación en Alemania; los agradables días en París y la educación de Rosée y Plinio… En fin, cuántas alegrías, pero también ¡cuántos dolores y tristezas!
Con la mirada serena y la conciencia tranquila, doña Lucilia podía decir con San Pablo al final de cada etapa de su existencia: “Bonum certamen certavi”, “he combatido el buen combate”. Pero faltaba mucho aún para poder afirmar: “Cursum consummavi, fidem servavi”, “he terminado mi carrera, he guardado la Fe” (II Tim. 4, 7) pues lo más difícil estaba todavía por ser recorrido.
El mundo que la había visto nacer, impregnado de las últimas fragancias de la Civilización Cristiana, había dejado de existir. Y ella, fiel al ideal que había abrazado —el reinado del Sagrado Corazón de Jesús— se encontraba casi completamente aislada en una sociedad cada vez más distante de los divinos preceptos y entregada desenfrenadamente al goce de la vida. ¿Qué desagradables sorpresas le reservaría aún el futuro? Le preocupaba sobremanera el rumbo que tomarían sus hijos. A medida que iban madurando, los peligros necesariamente aumentaban y, con ellos, las aprensiones maternas.

El matrimonio de su hija

Reosée en el día de su matrimonio

            Reosée en el día de su matrimonio

¡Cuántas circunstancias hay, en la vida de todos, en las cuales se mezclan el dolor y la alegría! Fue lo que sucedió con doña Lucilia al aproximarse el día del matrimonio de su hija con Antonio de Castro Magalhães, activo hombre de negocios, hijo de unos acomodados agricultores de Minas Gerais. Para darle esplendor a la fiesta de bodas, doña Lucilia no ahorró ningún esfuerzo. Sin embargo, en medio del júbilo de aquella fecha la tristeza de la separación ya oprimía su maternal y solicito corazón, pues para ella nada era mejor que estar en compañía de los seres amados: “¿Qué será de mí cuando Rosée se vaya lejos y, si yo vivo un poco más, tú también hagas tu nido?” Expresivas palabras escritas por doña Lucilia en una carta a Plinio, al año del matrimonio de su hija.
Algún tiempo después, Plinio y su cuñado compran la hacienda Santa Alice, en Cambará, al norte del Estado de Paraná, terreno muy fértil y con un futuro prometedor, que Antonio pasó a dirigir debido a su experiencia en las cosas del campo, pasando allí largas temporadas con su esposa. A pesar de que la hacienda distaba 500 Km. de São Paulo, le fue posible a doña Lucilia visitarla, pues una vía férrea unía Cambará con la capital paulista.

En el oratorio, una carta

plinio_facultad_derechoCuando Plinio ingresó en la Facultad de Derecho, una de las preocupaciones que más pesaban en el espíritu de doña Lucilia era la de su fidelidad a la Iglesia Católica. Muchos jóvenes de los medios sociales que ella conocía no habían tenido el valor de enfrentar la presión de los compañeros y del ambiente, y terminaron por abandonar la práctica de la religión hasta llegar a perder la fe. En el transcurso de los meses, sin embargo, constató con gran alegría que su hijo permanecía firme en su adhesión a los buenos principios.
Pero aún temía: ¿cómo enfrentaría Plinio la ardua lucha de la vida? Talento y madurez no le faltaban; pero de ahí a saber si alcanzaría éxito en sus realizaciones, siguiendo la estela de sus ilustres antepasados, era otra cuestión. Por eso procuraba aconsejarlo y guiarlo, sin entrometerse no obstante en su vida particular.
Poco después de entrar en la Universidad, Plinio consiguió un empleo en el Patronato Agrícola a través de su tío, don Gabriel, entonces Secretario de Agricultura de São Paulo. Doña Lucilia, considerando que esos eran los primeros pasos de su hijo hacia un brillante porvenir, empezó a pedir con fervor al Sagrado Corazón de Jesús que lo protegiese y le proporcionase éxito en el empleo.
Testimonio de que sus oraciones estaban siendo atendidas fue una carta enviada a don Gabriel por el distinguido hombre de letras don Eugenio Egas, director del Departamento Agrícola en donde Plinio trabajaba, y en la que pedía que el joven no fuese transferido a otro sector, pues le haría mucha falta. La carta era tan elogiosa que don Gabriel se la entregó a doña Lucilia, seguro de darle una alegría, y ella, en señal de gratitud, la guardó en su oratorio junto a la imagen del Sagrado Corazón, donde la conservó durante largos años.
He aquí el texto:

Patronato Agrícola, 20-VI-27
Apreciado don Gabriel, llegó a mi conocimiento que su sobrino Plinio va para las Carreteras. Para el Patronato es un desastre. El joven es excelente, puntual, correcto y como sabe lenguas nos presta un gran servicio, cuando somos buscados por alemanes, austríacos y semejantes.
No le traslade, se lo pido encarecidamente. La cuestión del sueldo, una vez que usted, amigo mío, traslade al Sr. Renato Abate (que de poco sirve, por ser estudiante de medicina y no tener horario aprovechable) no tiene importancia, pues el presupuesto en
vigor tiene dinero para pagarle, en la base de los 525 mil reis. Sea como sea, tengo que decirle que Plinio representa las bellas cualidades de dos familias de Tradición: Corrêa de Oliveira y Ribeiro dos Santos.
Mi despacho va a sufrir con la salida de un funcionario tan fino, correcto, educado y celoso.
Por lo demás, él es estudiante de derecho, por lo que el ambiente del Patronato le es propicio. ¿Qué va a hacer entre ingenieros? Esperando, amigo, que no nos prive del trabajo de ese distinguido joven, me suscribo como sabe,
Su viejo amigo
Eugenio Egas

En plena era hollywoodiana, manutención del trato ceremonioso

cap7_007Aunque ya estuvieran en plena era de la influencia liberalizante e igualitaria del American way of life, los parientes próximos de doña Lucilia conservaban entre sí un trato de agradable ceremonia, que estaba en entera consonancia con el modo de ser de esta dama paulista.
Era imposible que hicieran entre ellos bromas poco respetuosas. Durante las comidas, si querían pedirle a alguien la cesta de pan, nunca dirían, por ejemplo:
— Déme pan.
Sino:
— ¿Haría el favor de pasarme el pan?
Una vez fue a almorzar en casa de doña Gabriela una joven de familia muy rica y de gran prestigio social. En cuanto abandonaron la mesa, al llegar a la sala de visitas, dijo ella:
— ¡Qué alivio!
— ¿Alivio por qué? le pregunto su amiga Rosée.
— Porque terminó el almuerzo.
— Pero, ¿estaba mala la comida?
— No, ¡no te imaginas! En nuestra casa se decía que era dificilísimo comer aquí, pues ustedes son tan ceremoniosos que el visitante mal se sabe equilibrar…
Este hecho ilustra perfectamente cómo imaginaban ciertas personas la atmósfera de ceremonia reinante en el distendido y tranquilo hogar de doña Gabriela, donde el respeto debido a alguien que, a cualquier título, mereciese especial cortesía, hacía naturalmente parte de los hábitos domésticos. Ese modo de proceder le causaba alegría a doña Lucilia y se conjugaba bien con su gusto por todo cuanto era decoroso y elevado.
Doña Lucilia no sería ella misma si no aliase a la admiración por un trato impregnado de dignidad aquel continuo y envolvente afecto suyo. Es este precioso don el que nuevamente veremos traslucir, de forma cristalina, en algunas cartas escritas por ella a sus hijos en esa época.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer”

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

En un viaje a Río de Janeiro, en 1925, doña Gabriela, cuya ancianidad florida traía consigo el peso de los años, recibió, como siempre, el incansable y cariñoso apoyo de doña Lucilia, quien la acompañó. Ésta, aunque prestando todo el auxilio a su madre, en ningún momento se olvidaría de sus queridos hijos.
Doña Lucilia nunca dejó de estimular a Plinio para que estudiara con ahínco y sacara buenas notas, resaltando cómo el esfuerzo hecho redundaría en gracias y bendiciones de Dios. Ella procuraba no sólo que sus hijos tuviesen mucha cultura, sino que ante todo supieran siempre reportarse a la Providencia Divina.
No eran ajenos a sus pensamientos los mil pequeños hechos de la vida cotidiana, de lo cual ella trataba con su invariable deseo de perfección.

Algunas cartas dejan entrever con claridad cómo, aparte del papel que le competía ejercer como formadora, doña Lucilia tenía exacta noción de que debería ser intercesora de Rosée y Plinio ante los Tronos de Nuestro Señor y de su Madre Santísima. Y no apenas para alcanzar su salvación eterna, sino también para que Dios los asistiese y protegiese en todas las circunstancias de la vida.
Doña Lucilia confiaba en que sus oraciones serían plenamente atendidas, pues si Dios le había dado esos dos hijos era para que los condujera por el buen camino.
¿Cómo dejaría Él de oír las oraciones de una madre tan piadosa?

Río de Janeiro, 11-10-1925
¡Pigeon querido!
Tuve un inmenso placer al recibir tu carta y mucho, mucho te agradezco el excelente boletín. Me das tanto gusto con estas notas, hijo mío, que ciertamente este esfuerzo
te revertirá en bendiciones, y por esto Dios te ayudará mucho, y velará por ti con especial cariño, y por eso te pido insistentemente que no emplees más esta expresión
de… + mala sombra… en relación a persona alguna, y mucho menos a la tuya, pues como sabes, tú y Rosée fueron confiados a Dios antes de nacer, y por tanto con fe
y amor a Dios vosotros no podréis dejar de ser felices, tanto más que, por vosotros, yo rezo día y noche y es natural que las oraciones de una madre católica, aunque
sean de poco mérito, sean atendidas por Nuestra Señora que también es madre, y Nuestro Señor Jesucristo.
Continúa estudiando bien y no demasiado, no sea que perjudiques tu salud, y harás unos buenos exámenes y vencerás esta primera “étape”. Espero que tú y Rosée hayáis hecho la comunión conforme os pedí.
No he recibido aún la carta de Rosée, a la cual se refería por teléfono. ¿Y tu padre por qué no me escribe? ¿Le estáis contagiando la pereza a él ?… ¡Dios quiera
que no sea así! ¡Pienso ir a Santos y de ahí a São Paulo el próximo sábado si tío Toni o papá nos vienen a buscar para que pueda saciar tantas saudades de mis queridos!
La abuela ha estado un poco mal esta semana y sólo hoy con la presencia de tu tío Gabriel y tío Antonio, se animó un poco.
Adiós mis queridos… ¿hasta el domingo? Abraza por mí a tu padre y a Rosée, y a ti, hijo de mi corazón, dándote mi bendición te envió millares de besos y abrazos.
De tu madre extremosa,
Lucilia.
Sólo ahora por la noche tu tío me entregó la cartita de mi Rosette querida. Bésala por mí. Escribe a tu abuela,pues ella no ha recibido la última, porque no la pusiste junto a la mía. Te escribo con una pluma tan mala, que sólo las saudades de una conversación con vosotros me obliga a usarla.

El último disfraz

plinio y rosee de españolesLa infancia va abandonando a Roseé y a Plinio, pero no disminuye el maternal desvelo de doña Lucilia. Apenas muda de tonus, y en algunos aspectos todavía se intensifica más.
Las tragedias y desilusiones de la vida se hacían cada vez más patentes a los ojos de los jovencitos, no cabiéndoles más algo que no correspondiese a la realidad, como eran los disfraces.
Estando la familia en Águas da Prata en época de carnaval, hubo una fiesta en el hotel en que se hospedaban, y quedaba un poco pesado y falto de gracia, ante parientes y conocidos, el no participar de la alegría general. Doña Lucilia, habilidosamente, improvisó para sus hijos unos trajes típicos españoles; sería la última vez que Plinio vestiría un disfraz. Como en anteriores ocasiones, ella supo darles un carácter mucho más real que ilusorio.
En consonancia con aquella formación que les proporcionaba, dirigida a admirar la tradición, ella procuraba siempre, en esas circunstancias, expresar mediante trajes los valores de una nación o de un tipo humano determinado. En este caso concreto, ella intentaba inculcar en sus hijos de forma totalmente auténtica la España del sí y del no, de los toros, de los grandes santuarios y de los guerreros.

“Me parece oírte y verte el día entero”

Doña Zilí, hermana de Doña Lucilia

Doña Zilí, hermana de Doña Lucilia

En la mirada de la insigne dama que vivifica estas páginas reluce aquella suavidad toda luciliana, de la cual la siguiente carta es una expresión escrita.
Fue enviada a su querido hijo que, con Roseé, pasaba unos días en Santos, en casa de la hermana de doña Lucilia, doña Zilí, a mediados de 1921.

¡Hijo querido!
Te escribo deprisa por encontrarme mal y muy cansada por las muchas visitas que hemos recibido ayer y hoy.
¡He tenido tantas, tantas saudades de ti, hijo mío, que no sabría decírtelo aunque quisiera!… Me parece oírte y verte el día entero… Haré todo lo posible para ir a verte a ti y a mi filhona (Así como doña Lucilia llamaba frecuentemente a Plinio filhão, así también llamaba a veces filhona a Rosée) el lunes, si Dios quiere.
Me dices que la casa de tía Zilí está muy bonita, lo cual es natural con su buen gusto, y deseo mucho verla. Recibí ayer y hoy por la tarde tus cartitas que tanto me alegran… Tu abuela también se queda tan contenta, hijo mío, que te pido le escribas siempre; ¿está bien? Sé siempre bueno, obediente y delicado con tus buenos tíos, y con la fräulein Dettmer (Institutriz de Ilka.), y cariñoso con Ilka.
Di a tío Augusto, que le envío un abrazo y que me alegra que continúe mejorando de su gripe.
Un fuerte abrazo a tío Néstor, muchos besos para tía Zilí e Ilka, y para ti… muchas bendiciones y el corazón saudoso de tu mamá,
Lucilia
No dejes de tomar la medicina de Murtinho Recuerdos para la fräulein Dettmer.

Cuadro y Fotografías para el Recuerdo

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Bondad con los necesitados, admiración, respeto y veneración para con los superiores. Aquel artístico y fino París de comienzos de siglo, ofreció a doña Lucilia una excelente oportunidad para manifestar su intenso amor por doña Gabriela. Después de buscar un poco, encontró un artista que, con precisión y talento, se dispuso a pintar a su madre: el notable retratista Léon Comerre.
Doña Gabriela intentó disuadir a su cariñosa hija, pero todo fue en vano, ni siquiera los argumentos financieros pudieron moverla de su posición. Doña Lucilia, en tono de súplica, le pidió que aceptase el homenaje de ese ofrecimiento. Gesto que dejó para la posteridad los imponentes trazos de su venerada madre.
Quería dejar a sus hijos el cuadro como herencia pues, según afirmaba, valía más que un blasón de familia.
En esa ocasión, un pequeño hecho puso en evidencia el perfil moral de aquella dama paulista. Cuando la obra de arte estaba casi concluida, el pintor le enseñó a doña Gabriela un álbum que contenía fotos y diseños de diferentes joyas de gran valor. Le preguntó cuáles debería reproducir en el cuadro para realzar la belleza de su noble figura. Sorprendida, respondió que debería ser retratada exactamente como estaba, sin aquellas joyas y ornatos, que en realidad no poseía.

Fotografías en traje de gala

Además de los episodios que venimos narrando, hay algo más que nos dará, con indiscutible autenticidad, una noción bastante aproximada de las reacciones psicológicas de doña Lucilia en medio de las bellezas y los encantos de París. A comienzos del siglo XX, el arte de la fotografía ya estaba bastante desarrollado, aunque no hubiese alcanzado las perfecciones de nuestros días. Eran los buenos tiempos de las fotos en pose, estudiadas, planeadas, muy demoradas. No raras veces se igualaban a una pintura o la excedían en la representación de la realidad. Creemos que las fotos de doña Lucilia, sacadas en ese período, ilustran bien lo que sobre ella hemos dicho.
Deseando guardar unos recuerdos que, por cierto, atravesarían las décadas, reservó un día para ir con doña Gabriela, don João Paulo y sus hijos a un buen fotógrafo.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

En la fotografía los niños aparecen vestidos con el esmero y el cariño tan propios de doña Lucilia; ambos de blanco, color de su preferencia. En la mirada de Rosée se nota ya el brillo de la inteligencia y la vivacidad. En Plinio se esboza de forma definida el espíritu contemplativo y reluce la inocencia.

Sentada en el banco de un jardín

En cuanto a doña Lucilia, el hábil fotógrafo supo interpretar su psicología, procurando dejarla al natural. El vestido de gala que usa es distinguido y de alta calidad, pero sin ostentación. No lo copió de ningún catálogo ni fue propuesto por ninguna costurera. Sus trajes eran planeados por ella misma en todos sus pormenores, tras observar diversos modelos. Pensaba meticulosamente en todo, en la combinación de colores, en las formas y, mientras no contrariasen a la moral, se adaptaba a las circunstancias y a la moda del momento.doña lucilia en banca

Era común que los fotógrafos tuvieran en sus estudios objetos decorativos para montar un escenario de acuerdo con el gusto de los clientes. El fondo de cuadro que aparece detrás de doña Lucilia corresponde a una mezcla de tempestad y de luz clara, representando una escena imaginaria al aire libre.
Probablemente el fotógrafo quiso establecer un contraste entre el aire de ceremonia de doña Lucilia y el ambiente de jardín. Bien podría ser la situación de una dama que, ya arreglada, está esperando el momento de salir para una fiesta; como no quiere arrugar su vestido en el confortable sofá de la sala de visitas y, al mismo tiempo, quiere disfrutar del aire fresco de una atmósfera pura y cristalina, como la de París al inicio de la primavera, se sienta en un banco del jardín. Su actitud denota distinción, categoría y delicadeza de alma.
El gesto de la mano con el abanico trasluce nobleza; la posición de la otra mano, sobre la que apoya la cabeza, sugiere elevación de espíritu y el hábito de meditar que tanto la caracterizaban. Las cejas, espesas, bastante oscuras y definidas, expresan la precisión y la fuerza de su personalidad. El arco que forman simboliza tal vez su firmeza de carácter,
nada concesivo al mal.

capV090 En su modo de ser se destacan algunos aspectos: calma, bondad, suave tristeza, resignación y mucha energía de alma para ser fiel a las vías de la Providencia. La mirada, además de seria, es firme, reflexiva y analítica. Con frecuencia analizaba a las almas bajo el prisma de la obligación de ser buenas unas con las otras. Sus ojos miran a fondo: parecen considerar la creciente desilusión que la humanidad y la vida le venían causando. También se unen en su figura gravedad y suavidad, virtudes muy difíciles de conjugar.

De pie, en una escalera

doña lucilia traje de galaLo artificial es el subterfugio de aquellos que no poseen cualidades. No pasó por la mente de doña Lucilia el deseo de representar lo que no era. Siempre muy digna, compuesta y virtuosa, no tenía necesidad de echar mano de algunos medios que maquillasen los aspectos menos agradables de su personalidad. Ella era admirable en todo. Aunque un fotógrafo le sugiriese actitudes inauténticas, es decir, que no estuvieran en su modo de ser, no encontraría consonancia de su parte. Es lo que se nota en esa fotografía. El aire noble y natural con que se presenta muestra bien el alto grado de virtud alcanzado por ella en la calma y en la serenidad. En su mirada no se percibe la menor preocupación por el fotógrafo, y sí por asuntos más elevados. Así mismo, no es su intención impresionar a quien en el futuro vea la fotografía.
No hay nada de autoritario en su actitud, sino la dulzura y afabilidad características de quien se habituó a ser siempre obedecida con afecto y sin resistencia. Se diría que el objetivo la sorprendió en el momento de bajar con entera naturalidad el peldaño de una escalera. El tul —concebido por ella como adorno— parece en sus manos más diáfano que una nube, y toma un aire de levedad y distinción que es casi de cuentos de hadas, realzando sus expresivos gestos. Si embargo, nada suplanta la luminosa bondad reflejada en su semblante y, sobre todo, en su mirada.

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