“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.

En las enfermedades, una alegría que mitiga el dolor

Plinio y RoséeEn las enfermedades, la preocupación de doña Lucilia era serena pero vigilante.
Daba preferencia a la homeopatía, cuya acción suave se adecuaba bien a su modo de ser. Cuando era necesario, tanto para ser asistida en sus dolencias como para solucionar las pequeñas incomodidades de sus hijos, consultaba a un excelente médico homeópata en el que tenía mucha confianza, el Dr. Murtinho Nobre, que atendía también a doña Gabriela y a otros familiares.
El Dr. Murtinho será médico de la familia durante casi treinta años, a lo largo de los cuales, por encima y más allá del mero servicio, se creará entre ellos un vínculo de auténtica amistad.
Habitualmente, al recibir los medicamentos recetados por el Dr. Murtinho a los niños, doña Lucilia escribía los nombres en pequeñas hojas de papel; después anotaba en otra las horas en que el enfermito debía tomarlos. Quería estar segura de no olvidarse de ninguna dosis.
A la hora debida, entraba en el cuarto sonriendo, trayendo en la mano los frasquitos. Rosée o Plinio, conforme el caso, se sentían reconfortados tan sólo con verla llegar tan afable, comunicativa, llena de promesas de que la medicina curaría, y extremamente cariñosa en el modo de administrarla.
En esas horas, era tan bondadosa con los niños que muchas veces los familiares bromeaban:
— Lucilia trata tan bien a sus hijos cuando están enfermos que no tienen ganas
de curarse.
SDL_casamientoA este conmovedor procedimiento sabía unir también otro auxilio: la exigencia en el cumplimiento de los preceptos médicos.
En determinados momentos del día entraba con el termómetro, a fin de tomarle la temperatura al joven enfermo. Por más que éste afirmase que ya estaba bien, para poder salir de la cama, doña Lucilia le colocaba la pequeña barra de vidrio bajo el brazo y, después de unos escasos minutos contados por el reloj, que parecían una eternidad al pequeño, recogía el instrumento y se acercaba a la ventana para verlo mejor. Llegaba el momento de oír el veredicto de los labios maternos, que no raramente era de condenación: la terrible columnita de mercurio había subido hasta 38 grados o más. A veces él se impacientaba, y doña Lucilia, con todo su afecto, intentaba calmarlo explicándole las razones por las cuales debería estar más tiempo en la cama. Cuando ella salía del cuarto, el ánimo del niño estaba de nuevo serenado.
Doña Lucilia notaba que sobre todo Plinio se enfadaba mucho con esa rutina: “Si no me pusiese tantas veces el termómetro, la fiebre no subiría así…”, pensaba el niño. Para evitarle ese pequeño sufrimiento, su madre se limitaba, en algunas ocasiones, a ponerle su refrescante mano en la cabeza. Al menos no tendría la desagradable sensación de que el termómetro prolongaba su enfermedad. Y si ni por eso bajaba la fiebre, algo que en él antes hervía se apaciguaba. Ese efecto se acentuaba cuando, en un tono de voz propio a inspirar confianza, su madre le recomendaba un poco más de paciencia, pues el poquito de temperatura febril terminaría por bajar.
Al desaparecer los síntomas de la enfermedad, doña Lucilia tampoco exageraba la alegría, limitándose a decir:
— Bueno, hijo mío, ya te puedes levantar.
Ayudaba al niño a salir alegremente de la cama, pero sin manifestarse demasiado contenta por recelo de que los excesos pudiesen llevarlos a imprudencias.
Constituía éste otro procedimiento en el cual el equilibrio entre el dolor y la alegría era dosificado con sabiduría e inculcado en el alma de sus hijos de forma didáctica.

Un matrimonio de condes polacos

El pequeño Plinio con su hermana Roseé

El pequeño Plinio con su hermana Rosée

Hasta hoy nos narra con saudades alguien que allá por 1968 fue su joven interlocutor, los encuentros que mantuvo entonces con aquella pacífica y pacificadora, bondadosa y cautivante señora de noventa y dos años de edad. Siempre dispuesta a hacer el bien, doña Lucilia respondía a cualquier pregunta que le hiciesen.
— ¿Su hijo nunca le dio una preocupación en la vida? — indagaba el joven.
Tras unos instantes, durante los cuales intentaba rememorar episodios pasados,
le decía con voz serena:
¿Sabe?, una vez tuve que operarme en Alemania…
Y tras contar un poco los sinsabores del viaje, continuaba:
En Wiesbaden no podía andar con normalidad a causa de un dolor en los pies muy incómodo. Sin embargo, insistía para que mis hijos fuesen a jugar a un parque muy bonito, cerca del hotel, acompañados por la institutriz. Un día, al regresar del paseo, ella me dijo:
— Doña Lucilia, quieren llevarse a Plinio a Polonia…
— ¿Cómo es eso?, le pregunté.
Sí, se trata de un matrimonio de condes polacos. Son muy ricos, poseen castillos y cosas extraordinarias. Quieren hablar con usted para proponerle llevarse a Plinio.
— ¡Me quedé preocupadísima! ¿Qué estaría pasando?
Doña Lucilia, con gran dificultad dadas sus condiciones físicas, quiso ir al parque para ver qué era lo que ocurría. Poco después de llegar, los condes se acercaron y le dijeron:
— ¡Tiene unos niños encantadores! Durante varios días estuvimos observando cómo jugaban, y nos llamó la atención sobre todo el chico. No tenemos hijos y estamos empeñados en adoptar uno. Cuando supimos que era de familia brasileña, pensamos que no sería difícil llevárnoslo. Pero…

plinio_pequeño
Doña Lucilia contaba que habían charlado varias veces con el niño intentando convencerlo para que se fuese con ellos:
Eran verdaderamente muy finos y le preguntaban de un modo agradable :
— ¿No quieres vivir con nosotros en nuestro castillo?
Plinio, desde pequeño, tuvo un gran encanto por los castillos, por eso les interrogaba:
— Pero, ¿tiene puente levadizo?
Los condes, que se daban cuenta del tipo de castillo en el que le gustaría vivir, decían con seguridad que sí. Sin contentarse, indagaba de nuevo:
— Y, ¿hay un foso alrededor del castillo?
Evidentemente la respuesta era afirmativa. Pero él quería más detalles:
— Y, ¿hay agua en ese foso?
A cada pregunta que Plinio les hacía, los nobles respondían de modo positivo.
Al final, cuando el niño estaba ya dispuesto a acompañarlos, le dijeron:
— Pero vas a tener que abandonar a tu madre, a lo que él respondía:
— ¡Ah no! Sin mamá no voy a ningún lado.
Las palabras finales de los condes dejaron muy complacida a doña Lucilia:
— Realmente, su hijo tiene por usted un amor fuera de lo común. Hicimos lo
que pudimos, le prometimos de todo para convencerlo de que viniera con nosotros
a Polonia, pero él fue irreductible. Sin usted se niega terminantemente a
acompañarnos.

Jardín donde Plinio se encontraba con el matrimonio de polacos

Jardín donde Plinio se encontraba con el matrimonio de polacos

Nunca desfallecía ni se abatía

Fachada principal de la Kurhauss

                                                Fachada principal de la Kurhauss

Pasado algún tiempo, ya bastante mejorada, doña Lucilia ya no recibía las visitas en su lecho, sino sentada en una silla de ruedas en el bonito jardín del hospital. Hablaba y agradaba a sus familiares, mientras el brillante sol del verano, filtrado por el ramaje, formaba un bello dibujo de rayos y claroscuros, dando la impresión de una luz que retornaba y de una vida que resurgía…
Doña Lucilia abandonó Berlín tan pronto como le dieron de alta. Para facilitar su recuperación, la familia se dirigió inicialmente al balneario de Binz, en la bella isla de Rügen, en el Mar Báltico, con playas de arenas muy blancas.
En cada fase de la convalecencia, doña Lucilia enfrentaba nuevos tipos de dificultades. Como secuela de la cirugía le quedó un inexplicable dolor en la planta de los pies que le impedía caminar. Así, además de ser necesario que se sometiese a serios tratamientos, tuvo que usar, durante algún tiempo, zapatos con suela metálica, incómodos en extremo. Los dolores aumentaron hasta el punto de obligarla a utilizar una silla de ruedas. A pesar de todos los problemas, doña Lucilia pudo reflexionar sobre las impresiones que le producían los lugares en donde estuvo, conservándolas hasta el fin de su vida como un luminoso recuerdo de la vieja Europa.
Poco después, fue con los suyos a Wiesbaden, famosa estación de aguas situada cerca del Rin, muy apropiada para su recuperación.

En las termas de Wiesbaden

En las primeras décadas de este siglo, hacer una cura con aguas minerales era algo recomendado con cierta frecuencia, por ello, las estaciones termales se multiplicaban por todo Occidente. Wiesbaden, una de las principales de Alemania, contaba aproximadamente con cien mil habitantes. Estaba situada en una hermosa región, de clima saludable y ameno, casi a las orillas del Rin.

Salones de la Kurhaus

           Salones de la Kurhaus

Doña Lucilia pudo admirar los suntuosos edificios, las artísticas iglesias destinadas al culto católico, como la Bonifatiuskirche (iglesia de San Bonifacio, de estilo gótico de transición), y la Mariahilfekirche (iglesia de María Auxiliadora), el Palacio Ducal, el Teatro Real y el Palacio Pauline construido en el exótico estilo morisco de la Alhambra de Granada.
Hasta 1866 Wiesbaden fue la residencia de los Duques de Nassau. Anexionada en aquella fecha por los prusianos y transformada en la capital de la provincia, se convirtió en seguida en el lugar preferido de los altos oficiales alemanes retirados. Hecho éste que contribuyó al desarrollo de la ciudad, con la apertura de grandes avenidas y la construcción de nobles mansiones, llegando al ápice cuando Guillermo II y su corte la adoptaron como residencia imperial de verano. La aristocracia europea y las celebridades internacionales marcaron con su presencia la vida cultural de la ciudad hasta la Primera Guerra Mundial.

Valle del Rin

                                                           Valle del Rin

La principal actividad del lugar era la explotación de veintiséis manantiales de agua mineral que anualmente eran visitados por centenas de millares de personas. La lujosa Kurhaus (Casa de las Curas), con espléndidas salas y un pórtico sostenido por seis columnas jónicas, fue construida entre 1904 y 1907. Este último año, un visitante escribía: “Al entrar en el zaguán nos sentíamos como en una catedral, encantados por el maravilloso colorido.” Detrás del edificio se encuentra un amplio parque con un apacible lago, una fuente de treinta y seis metros de altura y varios Kuranlagen o establecimientos para la cura. Todo el conjunto ocupaba un área que se extendía hasta el balneario de Dietenmühle y las ruinas del burgo de Sonnenberg. Delante de la Kurhaus había un bonito jardín, flanqueado a ambos lados por columnatas, donde se destacan dos fuentes y la plaza del Emperador Federico, adornada con su estatua.

Fueron muchos los recuerdos de Wiesbaden que, con su tan atrayente charme, narraría doña Lucilia en el futuro. No deja de ser pintoresco, por ejemplo, el episodio que acaeció a la familia Ribeiro dos Santos cuando buscaba un hotel. Encontraron pronto un buen establecimiento, pero, cuando se disponían a entrar, doña Gabriela se dio cuenta de que había un emblema con la negra figura de una cabra (Un macho cabrío negro en Brasil es símbolo del demonio). Espantada, paró de andar diciéndole a su yerno:

— ¡Ay, João Paulo, una cabra negra!… En este lugar no quiero entrar.
Se trataba del hotel llamado Zum schwartzen Bocke, “A la cabra negra”. Tuvieron que buscar otro alojamiento. No tardaron en encontrar el Hotel Nassau, de muy buena categoría y, por cierto, el preferido del Káiser. Éste era huésped tan frecuente que en el restaurante de la casa había en uno de los lados, sobre una gran tarima, una mesa siempre reservada para la familia imperial. Doña Lucilia y los suyos, sobre todo los niños, nunca se olvidarían del orden y del esplendor del establecimiento. Plinio pudo observar extasiado a la matriarca, doña Gabriela, vestida con traje de cola, entrando con paso solemne en el salón de fiestas intensamente iluminado. Tenía la impresión de que ella penetraba en la propia luz.

Hotel del Chivo Negro

                      Hotel del Chivo Negro

Gracias a una de las historias que contaba doña Lucilia ya en su ancianidad, nos fue posible saber por qué se refería a su hijo, en una u otra carta, con el apodo de Pimbinchen.
Un día sirvieron pichón en el restaurante del hotel. Plinio, tras apreciar el plato, le comentó alegremente a doña Lucilia que los pichones le habían parecido muy sabrosos. El camarero entendió la palabra “pichoncitos” (que en portugués se dice pombiños) de manera imperfecta: pimbin y añadió el sufijo chen, que en alemán es un diminutivo. A partir de ese día, comenzaron a preparar habitualmente pichoncitos en las comidas y nada más llegar a la puerta, el camarero extendía la bandeja en dirección al niño y sonriendo anunciaba:
— ¡Pimbinchen!
De tanto oírlo, Plinio pensó que pimbinchen quería decir en alemán “pichones” y empleó esta palabra innumerables veces. A doña Lucilia le parecía gracioso y no lo corregía. De ahí en adelante, y hasta edad avanzada, cuando quería recordar aquellos tiempos trataba a su hijo de Pimbinchen o Pigeon, que significa “paloma” en francés.
Sin embargo, doña Lucilia y su familia no se encontraban en aquella ciudad sólo para beneficiarse del elevado ambiente del hotel o de los sabrosos manjares ofrecidos en su restaurante, sino de las termas situadas cerca de allí. A pocos pasos estaba la entrada de una de las dos largas galerías que conducían a la Kurhaus.
Detrás de aquel magnífico edificio se podían divisar algunas de las fuentes con chorros de agua sulfurosa y caliente.
De acuerdo con el buen gusto de los antiguos tiempos, que buscaba no sólo la higiene y la eficacia, sino también la belleza de las líneas y de las maneras, en la atención prestada al público se conjugaban lo práctico y lo bello. Así, eran usados unos buenos vasos de vidrio grueso cuidadosamente lavados y colgados de unos ganchos. Cuando doña Lucilia se presentaba con el vale que había comprado a la entrada, uno de los guardas responsables por el servicio, con ayuda de una larga pinza de madera, sumergía el vaso en el agua que borbollaba y, gentilmente,se lo ofrecía con prontitud.

Kurhauss en la actualidad

                                                Kurhauss en la actualidad

Un 22 de abril, nacía para la tierra; un 21 de abril, nacía para el cielo

luciliaNacida el 22 de abril de 1876, primer sábado tras las alegrías de la Pascua, Lucilia era la segunda de los cinco hijos de un matrimonio formado por D. Antonio Ribeiro dos Santos, abogado, y Dª Gabriela Rodrigues dos Santos.

Así reza la partida de bautismo de doña Lucilia, que se encuentra en el libro parroquial de la ciudad de Pirassununga.

A los veintinueve días del mes de junio de mil ochocientos setenta y seis, en esta Parroquia, bauticé e impuse los santos óleos a Lucilia, nacida el pasado veintidós de abril, hija legítima de D. Antonio Ribeiro dos Sanctos y de Dª Gabriela dos Sanctos Ribeiro. Fueron padrinos la Virgen Señora de la Peña y D. Olympio Pinheiro de Lemos, todos ellos de esta parroquia.

*******

Veintiuno de abril de 1968. En su apartamento de la calle Alagoas, en el céntrico barrio de Higienópolis, Dª Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira se encontraba en su lecho de dolor. Estaba asistida por un amigo de su hijo, el joven médico Dr. Luis Moreira Duncan, pues en aquel momento no se encontraba en casa su médico particular, el conocido Dr. Abraham Brickman.

En aquel 21 de abril de 1968, suave crepúsculo de una larga y hermosa vida, doña Lucilia lanzó sobre su extenso pasado una mirada llena de dulzura, calma, bondad, sentido de observación y de algo de tristeza.

Ella lo enfrentó todo. Vivió, sufrió, luchó contra las adversidades de la vida sin conservar resentimientos ni acidez, sin hacer recriminaciones, pero sin transigir ni ceder. Era el fin y el ápice de una serena ascensión en línea recta.

Quien la observase en su lecho de muerte tendría la impresión de que, en un nivel propio al ama de casa que era, un poco de la gloria celestial iluminaba ya su fisonomía tan afable, tan amable y tan pacífica hasta el fin. Era la tranquilidad de quien se sentía protegida por la Providencia y sabía que sólo le restaba entregar el alma a Dios, junto al cual le estaría reservada esta triple ventura: gloria, luz y alegría.

Así, en la mañana del 21 de abril, con los ojos bien abiertos, dándose entera cuenta del solemne momento que se aproximaba, hizo una gran señal de la cruz y, con entera paz de alma y confianza en la misericordia divina, adormeció en el Señor...Beati mortui qui in Domino moriuntur (Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, Apoc. 14, 13).

Lucilia002

“Salió con majestad de una vida que supo llevar con                                           honra”.

Una prueba de amor por Brasil

señoradoñalucilia_009En diversas ocasiones el Dr. Bier le comentó a doña Lucilia que el Káiser le había preguntado por “la paciente brasileña”. Un día, el ilustre médico, sin conocer mucho la psicología del pueblo al que pertenecía su paciente, cometió una imprudencia, aunque con intención de agradarla. Dirigiéndose a ella le dijo:
— Conversando con el Káiser, hemos pensado más de una vez en el desembarco de tropas alemanas en Brasil.
Doña Lucilia, aunque un tanto débil, exclamó:
— ¿Cómo? ¿Desembarco de tropas alemanas en Brasil?
— Sí, ese es nuestro proyecto. Si hay una conflagración mundial, después de tomar Francia, nos dirigiremos a Brasil, a fin de constituir allí una colonia alemana grande y bien organizada.
— Usted se equivoca, Brasil ofrece muchas dificultades…
— ¡Está todo estudiado! — respondió sonriendo el Dr. Bier. — El Káiser ya ha delimitado en el mapa la parte del territorio que será colonia alemana.
Indignada, doña Lucilia no se contuvo:

kaiser

        Guillermo II

— ¡Tenga cuidado, doctor! Nuestra selva es traicionera. Y es necesario ocuparla si se quiere dominar cualquier parte de nuestro territorio. En ella se refugiarán los brasileños, y allí no estarán solamente los civilizados, sino también los indios, con flechas envenenadas. ¡Les enseñarán cómo Brasil sabe defenderse!
Muchos años después, al narrar el hecho, aún vibraba de patriotismo.
Durante la visita del día siguiente, el médico comentó:
— Madame, vine a traerle los saludos del Káiser.
— ¿Por qué?
— El Káiser le manda saludos porque siempre fue admirador de las señoras patriotas. Le conté su reacción ante la posibilidad de que invadiéramos Brasil y se puso contento, pues no había pensado en los obstáculos que usted mencionó…
Doña Lucilia, todavía bajo la influencia de la vibración patriótica del día anterior, respondió:
— ¡No deseo sus saludos!
A pesar de este episodio, doña Lucilia continuó a lo largo de toda su vida manteniendo relaciones muy cordiales con el Dr. Bier.

Operación con éxito

  Policlínica de la Real Universidad de Federico Guillermo

                               Policlínica
de la Real Universidad de Federico Guillermo

La intervención quirúrgica ponía a toda la familia en una gran expectación, a la que, evidentemente, no era ajena doña Lucilia. A pesar de ser un médico famoso, el Dr. Bier había realizado hasta aquel momento una única extracción de vesícula y ese tipo de operación era una aventura a la que raramente se lanzaba un cirujano. A esto se sumaban los relatos de muertes o, quizá peor, de serias lesiones post-operatorias que dejaban al paciente casi inválido para el resto de su vida. La técnica quirúrgica no había alcanzado aún los perfeccionamientos de hoy e incluso la anestesia era bastante arriesgada.
¿Cómo sería la intervención quirúrgica de doña Lucilia? ¿Tendría buen resultado? El día marcado, después de una mañana llena de incertidumbres, sus familiares recibieron con enorme alivio la noticia de que la operación del Dr. Bier había sido coronada de éxito.
Doña Lucilia, a pesar de tener la vida a salvo, tendría aún que soportar sufrimientos que sólo cesarían poco a poco. El post-operatorio fue doloroso y complicado, dada la falta de recursos de la medicina de entonces. Los dolores y aflicciones por los cuales pasó durante aquellos días fueron tales que le dejaron huellas para el resto de su vida. En menos de una semana aparecieron varios mechones blancos en su negro cabello.
Gracias a su espíritu de resignación encontró una manera de convivir con el dolor. Se mantenía siempre acostada, evitando cualquier esfuerzo físico, para no consumir sus últimas resistencias. Su fisonomía denotaba estar profundamente traumatizada, como la de alguien que hubiese sufrido un “terremoto” interior. A pesar de todo, cuando sus hijos se acercaban a ella, siempre los recibía con indecible cariño. La sonrisa y el afecto nunca estaban ausentes en aquella maternal intimidad. Constituían para su madre, que tan abatida se encontraba, como ventanas para el día de mañana.

Perdón para quienes la trataron mal


Después de la cirugía, doña Lucilia sólo podía tomar alimentos líquidos. Una de las primeras comidas, que le ofreció una enfermera con aires dictatoriales, fue una sopa de sesos. Pero doña Lucilia se sentía indispuesta cuando era obligada a comer ese plato, por menor que fuese la cantidad. Con su invariable suavidad y elevadas maneras preguntó de qué era aquella sopa. La enfermera, al comprender que tenía frente a sí a una paciente muy delicada, y dándose cuenta por la inflexión de su voz de la incompatibilidad con aquel alimento, evitó decirle la verdad afirmando solamente que se trataba de una comida indicada por el propio Dr. Bier.

capV002
Doña Lucilia, sin darse por vencida, insistía:
— Quería decirle que los sesos me desagradan mucho. ¿No será de eso la sopa?
La enfermera, mirándola fijamente, afirmó sin rodeos:
— Es sopa de sesos, pero el Dr. Bier ha dado orden expresa de que se la sirviésemos.
Doña Lucilia dio renovadas muestras de desagrado sin conseguir convencer a la implacable enfermera. Poco después de haberla tomado, comenzó a sentir fuertes náuseas que dieron origen a un súbito agravamiento de su estado de salud.
No tardó mucho para que la tiranía se convirtiese en desesperación. La pobre enfermera, al ver las dramáticas consecuencias de su gesto, buscó acto continuo al médico de guardia. Sin embargo, constató que éste había saltado por la ventana para ir a una fiesta, dejando completamente abandonados a los pacientes. No sabiendo qué hacer, recurrió a un médico de otro sector para que atendiese a doña Lucilia.
Al amanecer, en la visita que hacía a sus enfermos, el Dr. Bier verificó que las condiciones de doña Lucilia eran muy malas y quiso saber con germánica exactitud qué había pasado. Sin dejar de decir la verdad en ningún momento, doña Lucilia evitó acusar a la enfermera librándola así de un justo castigo. Por detrás del cirujano, la tirana, en postura de súplica, con las manos juntas, imploraba a doña Lucilia que no le hiciese perder el empleo. Tan pronto como se vio salvada, se deshizo en manifestaciones de gratitud por el noble gesto de que había sido objeto. A pesar de todo, el Dr. Bier con espíritu investigador, receloso de alguna falta en la atención, no se dio por satisfecho y mandó llamar al médico responsable a fin de aclarar la situación.
Ese hecho dio lugar, una vez más, a que doña Lucilia volviera a practicar de manera insigne la virtud de la caridad para con el prójimo. Normalmente, hasta las personas bien educadas serían propensas a manifestar su inconformidad, tanto por el mal trato recibido por parte de la enfermera, como por la grave negligencia del médico de guardia. Merecían éstos, con razón, recibir un castigo ejemplar, que tal vez llegase hasta la expulsión de ambos de aquel hospital, sobre todo trantándose de una de las mejores instituciones europeas en el género. Si constaba tal falta en la hoja de servicios, sus carreras se verían perjudicadas de alguna manera. Tanto al médico como a la enfermera no les quedaría otra alternativa que la de trabajar en alguna de las numerosas colonias del Imperio Alemán: Namibia, África Oriental Alemana o cualquier isla perdida en medio del Pacífico.

capV001

Con el candor que le era tan característico, doña Lucilia se volvió hacia su famoso cirujano y sin especificar quién la había asistido, dijo:
— El médico estuvo aquí.
Así, en contra de su propio derecho, salvó la situación de aquellos que le tendrían que haber dado la atención que exigía su estado de salud. Como es evidente, el irresponsable médico de guardia también se deshizo en agradecimientos hacia su protectora.
Es imposible que no encontremos en esas actitudes los trazos de un heroico acto de virtud, fruto de una verdadera grandeza de alma. Era así que doña Lucilia se comportaba invariablemente con aquellos que, con mayor o menor gravedad, la hacían sufrir.

Tranquilízate, hijo mío

Tito, sobrino sordomudo de Doña Lucilia

Tito, sobrino sordomudo de Doña Lucilia

Tito, el sobrino de temperamento difícil, siempre aceptaba eximiamente el consejo que con frecuencia le daban: “Anda a buscar a la tía Lucilia, es la única que sabe calmarte completamente”. Durante el viaje era él una de las más frecuentes visitas de doña Lucilia, quien siempre lo recibía con ternura y paciencia, sin ahorrar esfuerzos, a fin de resolver los problemas del niño. Se comprende que haya guardado toda la vida un enorme afecto por su bienhechora.
Debido a sus males, además de no saber controlar la voz, era incapaz de medir el efecto de sus palabras al dirigirse a una persona que se encontraba en una situación tan penosa como la de doña Lucilia. Le faltaba, por su poca edad, el sentido de las circunstancias y de la oportunidad, lo que explica que le dijese casi a gritos:
— Tía Lucilia, están diciendo que usted se va a morir. ¡Y yo no quiero que se
muera!
Es posible imaginar fácilmente cuál sería la reacción de cualquier persona ante ese trágico pronóstico: seguramente llanto, desánimo u otras actitudes semejantes. Sin embargo, no fue esta la conducta de doña Lucilia. Compadeciéndose del sufrimiento del niño y dirigiéndose a él con el semblante sereno y la voz llena de dulzura, le dijo:
— Tranquilízate, hijo mío, que no voy a morirme…

En la capital del Imperio Germánico

Después de navegar bajo un tórrido clima por los mares tropicales, el vapor entró en aguas europeas. Sin hacer escala, pasó a lo largo de las costas portuguesas, españolas y francesas, atravesó el agitado Canal de la Mancha, y penetró en las brumas del Mar del Norte. Al final, atracó en el famoso puerto de Hamburgo, ciudad repleta de tradiciones medievales. La familia no pudo quedarse allí por mucho tiempo, debido al estado de doña Lucilia. En seguida, cogieron un tren para Berlín, capital del Imperio Germánico.
Doña Lucilia no tuvo oportunidad de prestar atención en los diversos aspectos de la ciudad, a pesar de que para ella la observación de los ambientes constituía uno de los lados más interesantes de la vida. Sus familiares se dirigieron hacia el bellísimo Fürstenhof (Hotel de los Príncipes), el cual ofrecía, entre costumbres ceremoniosas, todos los requintados lujos de la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial. Ella, en cambio, tuvo que ir directamente al hospital.

Policlínicade la Real Universidad de Federico Guillermo

                                    Policlínica
de la Real Universidad de Federico Guillermo

Doña Lucilia sería operada durante los primeros días de julio en la Policlínica de la Real Universidad de Federico Guillermo, la niña de los ojos del Káiser.
Dedicada no sólo al tratamiento de las más variadas enfermedades sino también a la investigación científica, esa institución hospitalaria era mantenida con un cuidado extraordinario. El orden se hacía presente hasta en los menores detalles, de tal manera que las mismas piedras de los patios estaban pintadas de blanco.
Aquella blancura en medio de unos jardines eximiamente arreglados, proporcionará a doña Lucilia algo de alivio en los sinsabores que tendrá que soportar durante su convalecencia.
Diariamente, después del desayuno, doña Gabriela y don João Paulo dejaban a los niños con la institutriz y se dirigían al hospital para hacer compañía a doña Lucilia. Los demás familiares iban también a verla siempre que podían. Nos ha sido posible recoger la narración de una de esas visitas, realizada por su madre, esposo e hijos. Al encontrar a doña Lucilia acostada en la cama, la primera impresión que se tenía era la de ver una estatua más que un ser vivo: los cabellos sueltos, largos y negros cayendo por detrás de la almohada formaban una cortina, los ojos vueltos hacia el techo, absortos en pensamientos, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo.

lucilia
A pesar de su estado, toda su actitud era de firmeza, estabilidad, continuidad, decisión ante el riesgo que estaba por venir. Ella no cambiaba, sino que avanzaba en línea recta. Era una deliberación serena, imperturbable y suave, como quien dice: “Ha de ser así y lo será; Dios proveerá”.
Cuando se daba cuenta de la presencia de los suyos, doña Lucilia procuraba manifestarles el cariño de siempre, mas con un fondo de gravedad y tristeza.

Viaje a Europa, viaje marcado por el dolor y no por los sueños

capV001Al otro lado del mar estaba el Viejo Continente, atrayendo a todos los amantes de la auténtica tradición y de las costumbres elevadas, que no eran pocos en aquella “São Paulinho” de la Belle Epoque. Doña Lucilia, según narramos anteriormente, sobresalía en esas cualidades. Sin embargo, no fue su encanto por Europa la única ni la principal razón que la hizo viajar allí en junio de 1912. Necesitaba encontrar una solución definitiva para una penosa enfermedad que le aquejaba: la formación de cálculos en la vesícula biliar. De vez en cuando le asaltaba un terrible malestar que, en la mayoría de los casos, era anuncio de dolores muy agudos que le obligaban a recogerse. Se manifestaban con progresiva frecuencia, haciéndose necesario que adoptase un severo régimen alimenticio. Algunas veces, los dolores en la vesícula llegaban a ser exasperantes y en aquellos tiempos no existían los recursos tan comunes en nuestros días… A pesar de todo, ninguno de sus familiares la vio nunca reaccionar con inconformidad, pues su temperamento estaba modelado por la resignación.
Cuando los achaques de la enfermedad alcanzaron el paroxismo, se temió mucho que una crisis la llevase a la muerte. De hecho, no eran raros en aquella época los casos de fallecimiento provocados por esa molestia. Por otro lado, aunque se supiese que en las situaciones extremas el único remedio era extraer la vesícula, la medicina no había encontrado un modo de hacerlo sin graves riesgos para la vida del enfermo.
Se había difundido por el mundo entero la noticia del éxito alcanzado en Alemania por el Dr. August Karl Bier, médico particular del Káiser, en una extracción de vesícula biliar, y los parientes de doña Lucilia, debido a la gran estima que le tenían, no ahorraron esfuerzos para llevarla al famoso especialista.

capV003

                      Dr. August Karl Bier

Entre los que la acompañarían no figuraban sólo su esposo y sus hijos, sino que también irían sus hermanos, cuñados y sobrinos y, principalmente, su madre, doña Gabriela.

 Un tren los llevaría hasta Santos, donde tomarían un barco hasta el puerto de
Río de Janeiro, para, allí, embarcarse rumbo a Europa en el Hohenstaufen, un confortable transatlántico alemán, el 11 de junio de 1912.
Fruto de un esmerado deseo de perfección, doña Lucilia, a pesar de su estado de salud, hizo ella misma los preparativos del viaje, previendo pasar una larga temporada en el exterior.
Antes de dejar su hogar, el mismo día de la partida, le asaltaron unos violentos dolores que la obligaron a permanecer recostada una parte del trayecto hasta Santos. A pesar de que sufría mucho, incluso durante el recorrido hacia Río de Janeiro, no perdió ni un solo instante su invariable y virtuosa serenidad de alma, lo que hizo que pudiera contemplar el deslumbrante panorama con que Dios favoreció a esa ciudad.
Se alojaron en el Hotel de los Extranjeros, uno de los primeros de la entonces Capital Federal, a la espera de partir para Alemania.

capV007

Al llegar al puerto el día del embarque, doña Lucilia se sintió tan mal que se contorcía de dolor. Tuvo que subir al barco llevada por su esposo y por un cuñado, ante la mirada entristecida de sus hijos.
El vapor leva anclas. Mientras se aleja de tierra firme, los pasajeros se colocan a lo largo de la cubierta o se recuestan confortablemente en chaises longues y asisten al emocionante y bonito espectáculo de la partida.
Doña Lucilia comienza a sentir muy pronto en su debilitado organismo los efectos del balanceo marítimo que sólo agravaría sus males. Acostada en su camarote, le ruega al Sagrado Corazón de Jesús que le dé fuerzas para soportar con paciencia y virtud todas las incomodidades de tan larga travesía. Después de haber salido del puerto, y cuando la embarcación ya alcanzaba alta mar, algunos parientes bajan a su camarote para animarla, describiéndole la hermosura del majestuoso escenario de la bahía de Guanabara visto desde el navío.
En poco tiempo el transatlántico navega mar adentro. Para algunos comenzaban unos días de inolvidable descanso; para otros, de juegos y pasatiempos; y para unos pocos, de contemplación de las maravillosas inmensidades oceánicas. Sin embargo, doña Lucilia se quedará casi siempre confinada en su cuarto. No era raro encontrarla de pie, asida a los apliques de la pared de su camarote, buscando una posición que le hiciera más soportables sus sufrimientos, pues, como suele suceder en esos casos, si se acostaba aumentaba su malestar. La preocupación de los que la acompañaban era grande. Una tarde, el hermano mayor de doña Lucilia, don Gabriel, pasó casualmente por delante de la carpintería del barco y cuál no fue su sorpresa cuando se da cuenta de que algunos empleados daban los últimos retoques a un ataúd. Inmediatamente les preguntó:

D. Gabriel Ribeiro dos Santos, hermano de Doña Lucilia

D. Gabriel Ribeiro dos Santos, hermano de Doña Lucilia

¿Para quién es ese ataúd?
— Para Frau Lucilia. Está tan mal que el capitán nos mandó que lo dejásemos listo por si acaso fallece.
Don Gabriel exigió con toda vehemencia que lo tirasen al mar…
El episodio permanecerá en los anales de la familia. Por un lado estaba la candidez de un germano, respondiendo con honesta y leal objetividad a la pregunta que le era dirigida, sin darse cuenta de las consecuencias que la respuesta podría tener. Y por otro, la aflicción de quien jamás querría pensar en la muerte de su hermana.
En cuanto a doña Lucilia, con esa paz de alma tan propia de los justos aún cuando se ven envueltos en la tormenta de las pruebas, nunca hablará de sus propios dolores, a no ser después de mucha insistencia. Renuncia de sí, afecto y dedicación desinteresada por los otros, eran las disposiciones con que recibía a quien quiera que cruzase el umbral de la puerta de su camarote. Trataba a sus dos hijos con una extrema bondad, dejándoles grabado en sus almas de forma indeleble el cariñoso recuerdo de su manera de proceder.