“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.

En las enfermedades, una alegría que mitiga el dolor

Plinio y RoséeEn las enfermedades, la preocupación de doña Lucilia era serena pero vigilante.
Daba preferencia a la homeopatía, cuya acción suave se adecuaba bien a su modo de ser. Cuando era necesario, tanto para ser asistida en sus dolencias como para solucionar las pequeñas incomodidades de sus hijos, consultaba a un excelente médico homeópata en el que tenía mucha confianza, el Dr. Murtinho Nobre, que atendía también a doña Gabriela y a otros familiares.
El Dr. Murtinho será médico de la familia durante casi treinta años, a lo largo de los cuales, por encima y más allá del mero servicio, se creará entre ellos un vínculo de auténtica amistad.
Habitualmente, al recibir los medicamentos recetados por el Dr. Murtinho a los niños, doña Lucilia escribía los nombres en pequeñas hojas de papel; después anotaba en otra las horas en que el enfermito debía tomarlos. Quería estar segura de no olvidarse de ninguna dosis.
A la hora debida, entraba en el cuarto sonriendo, trayendo en la mano los frasquitos. Rosée o Plinio, conforme el caso, se sentían reconfortados tan sólo con verla llegar tan afable, comunicativa, llena de promesas de que la medicina curaría, y extremamente cariñosa en el modo de administrarla.
En esas horas, era tan bondadosa con los niños que muchas veces los familiares bromeaban:
— Lucilia trata tan bien a sus hijos cuando están enfermos que no tienen ganas
de curarse.
SDL_casamientoA este conmovedor procedimiento sabía unir también otro auxilio: la exigencia en el cumplimiento de los preceptos médicos.
En determinados momentos del día entraba con el termómetro, a fin de tomarle la temperatura al joven enfermo. Por más que éste afirmase que ya estaba bien, para poder salir de la cama, doña Lucilia le colocaba la pequeña barra de vidrio bajo el brazo y, después de unos escasos minutos contados por el reloj, que parecían una eternidad al pequeño, recogía el instrumento y se acercaba a la ventana para verlo mejor. Llegaba el momento de oír el veredicto de los labios maternos, que no raramente era de condenación: la terrible columnita de mercurio había subido hasta 38 grados o más. A veces él se impacientaba, y doña Lucilia, con todo su afecto, intentaba calmarlo explicándole las razones por las cuales debería estar más tiempo en la cama. Cuando ella salía del cuarto, el ánimo del niño estaba de nuevo serenado.
Doña Lucilia notaba que sobre todo Plinio se enfadaba mucho con esa rutina: “Si no me pusiese tantas veces el termómetro, la fiebre no subiría así…”, pensaba el niño. Para evitarle ese pequeño sufrimiento, su madre se limitaba, en algunas ocasiones, a ponerle su refrescante mano en la cabeza. Al menos no tendría la desagradable sensación de que el termómetro prolongaba su enfermedad. Y si ni por eso bajaba la fiebre, algo que en él antes hervía se apaciguaba. Ese efecto se acentuaba cuando, en un tono de voz propio a inspirar confianza, su madre le recomendaba un poco más de paciencia, pues el poquito de temperatura febril terminaría por bajar.
Al desaparecer los síntomas de la enfermedad, doña Lucilia tampoco exageraba la alegría, limitándose a decir:
— Bueno, hijo mío, ya te puedes levantar.
Ayudaba al niño a salir alegremente de la cama, pero sin manifestarse demasiado contenta por recelo de que los excesos pudiesen llevarlos a imprudencias.
Constituía éste otro procedimiento en el cual el equilibrio entre el dolor y la alegría era dosificado con sabiduría e inculcado en el alma de sus hijos de forma didáctica.

Echo de menos las reprimendas de mamá

Echo de menos las reprimendas de mamá

Echo de menos las reprimendas de mamá

Siempre que la fräulein u otra persona se daba cuenta de alguna travesura practicada por los niños, doña Lucilia mandaba a un criado que llamara al infractor.
Éste, localizado sin tardanza por el empleado, recibía el aviso. La conciencia pesada por la falta cometida ya le hacía entrever el motivo de la convocatoria, asaltándole en seguida un estremecimiento de congoja por no encontrar ningún atenuante para el acto practicado.
Doña Lucilia, intransigente en exigir el cumplimiento del deber, sabía, sin embargo, templar esa noble virtud con una dulzura de alma que llevaba a sus hijos a aceptar con amor las obligaciones que les imponía.
Como sufría mucho del hígado y necesitaba bastante reposo pasaba buena parte del tiempo en su cuarto, en un diván, con las venecianas entrecerradas, lo que le daba al ambiente un recogimiento muy afín con su alma. Era ahí donde el niño la encontraba. Introducido en esa corte de justicia, al mismo tiempo grave y dulce, se sentía conquistado por la bienquerencia de doña Lucilia, disipándosele todas las anteriores turbaciones al contemplar la fisonomía pensativa de su madre. Doña Lucilia lo reconvenía, dejando traslucir en la voz una mezcla de tristeza, gravedad y afecto.
Cuando su hijo se aproximaba temeroso del merecido castigo, del cual, con certeza, no escaparía, era tomado en seguida por el encanto del trato materno. Frecuentemente le pasaba el brazo alrededor de la cintura, lo miraba fijamente al fondo de los ojos, incentivando de modo irresistible al pequeño y querido reo a confesar su culpa, y le preguntaba:
— ¿Has hecho eso?
— Sí señora… lo hice.
— ¿No te dije que no deberías hacerlo?
— Sí señora, me lo dijo.
A cada pregunta quedaba el niño más tímido, agobiado por el disgusto de haber contrariado a tan bondadosa madre.
— Dime, ¿cómo has podido hacerlo?
— Tenía ganas de… — intentaba explicarse, convencido de que no atenuaría su culpa.
Doña Lucilia enumeraba en seguida los agravantes del delito, dejando, sin embargo, entrever una salida ingeniosa para el caso:
— Pero no tenías derecho a hacer eso, ¿no habría sido mejor haber buscado a tu madre y decirle: “Mamá, he desobedecido, perdón”? Yo te daría una bendición y, después de un beso, estaría todo solucionado.
Cuando se daba cuenta de que sus palabras habían vencido cualquier resistencia, induciendo a su hijo a un proporcionado arrepentimiento, concluía:
— Está bien. ¿Me prometes que no lo harás más?
Él, entonces, respondía “sí”, ya enteramente persuadido.
Llegaba la hora de la misericordia. Doña Lucilia cambiaba de actitud.
— Está bien. ¿Le pides perdón a mamá?
Formulada la petición, ella pasaba de la reprensión severa, nunca irritada, a un afecto desbordante. Entraba tanta armonía y entendimiento recíproco, que Plinio siempre salía inundado de admiración y de contento, de tal manera que, muchos años después de su muerte, afirmaría: “Aún tengo saudades de los regaños de mamá”.
En sus últimos años de vida, al serle recordada por un amigo esa afirmación, exclamó: “Las tengo de veras”.

Los “bolos” con el cepillo de plata

plinio_doñalucilia

Los “bolos” con el cepillo de plata

A veces era necesario un castigo mayor. En el caso del niño, la reprimenda se hacía con el auxilio de un cepillo de plata de cerdas duras. Al reprenderle decía doña Lucilia:
— Hijo mío, has actuado mal por causa de …
La explicación era dada con seriedad y dulzura.
— ¿Has entendido?
— Sí señora, lo he entendido.
— ¡Extiende la mano!
Cogía el cepillo y le golpeaba repetidas veces. Esta operación era denominada “bolo”:— ¡Vas a recibir tantos “bolos” (“Bolo” en portugués significa pastel, torta) por lo que has hecho!Lo que el niño más temía no eran los golpes en la mano, sino la severa mirada de su madre mientras le castigaba y censuraba diciendo.
— Esto está muy mal hecho.
A veces interrumpía un momento el castigo.
— Dándote “bolos” tu madre está sufriendo más que tú; pero sufro por ti y tú mereces sufrir. — Y continuaba. Terminados los palmetazos, le decía:
— Ahora, pídele perdón a tu madre.
— Mamá, ¿me perdona?
— ¡Te perdono!
Había llegado el momento que ella más ansiaba, acabando por abrazar y besar tiernamente a su hijo.
De tal modo traslucía en su proceder el amor materno que, incluso en las circunstancias en las que sobresalía la inflexibilidad, era imposible que sus hijos no salieran encantados con ella, casi que teniendo ganas de pedirle otro castigo.
Hasta el fin de su vida, el Dr. Plinio guardó, con cariñosa veneración, el instrumento de justicia de su madre: el cepillo de plata.
En el armonioso conjunto de sus virtudes, doña Lucilia pasaba de un extremo a otro sin la menor dificultad. Bastaba que uno de sus hijos enfermase para que brillara de modo especial su benignidad, que redundaba en cuidados y desvelos inimaginable.

Visita a un gran hombre de Estado del Imperio

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira

Doña Lucilia, por pertenecer a preclaras estirpes —así como don João Paulo— siempre que se presentaba una oportunidad adecuada, llamaba la atención de sus hijos para el deber de seguir los ejemplos de sus mayores, algunos de los cuales se habían destacado por los relevantes servicios prestados al país. Lo hacía con su amenidad habitual, contándoles innumerables historias de familia que constituían el encanto de los niños y hacían cortas las largas veladas de entonces.
Uno de los más célebres entre estos era el Consejero João Alfredo Corrêa de Oliveira, tío de su esposo, cuyas cualidades de gran estadista de la Monarquía lo elevaron a los más altos cargos del Estado. Habiéndosele presentado a doña Lucilia la ocasión de ir con sus hijos a Río de Janeiro, donde vivía el Consejero, ya de edad avanzada, no quiso que perdiesen la oportunidad de estar con él personalmente. Tal encuentro —juzgaba ella—
perduraría en el recuerdo de los niños para toda la vida, constituyendo un estímulo para seguir la ilustre vía del tío abuelo que habían conocido durante la infancia.
La visita transcurrió con gran cordialidad y causó una profunda impresión en la mente de los pequeños. Poco después, Plinio, por ocasión del 82º cumpleaños de su tío abuelo, le envió un saludo por escrito. En respuesta, con la gentileza de los viejos tiempos, el hombre de Estado escribió en una tarjeta estas palabras:
Río, 15 de marzo de 1918
Querido Plinio,
Recibí y guardo como precioso regalo de cumpleaños las bien trazadas
líneas de tu caligrafía y efusiva redacción, expresándome un dulce
afecto que me tocó el corazón de octogenario.
¡Muy bien! Hago votos para que dé muchos frutos la flor de esperanzas
que se manifiesta en ti. ¡Fe y trabajo! Tienes en tu familia materna
un gran modelo a imitar: don Gabriel Rodrigues dos Santos (D. Gabriel Rodrigues dos Santos, abuelo de doña Lucilia.). Su sangre es prometedora, y Dios bendecirá tu esfuerzo para que la promesa arraigue en hechos ilustres. De tu tío abuelo muy amigo
João Alfredo
No fueron vanos los anhelos que aquel niño suscitó en el atardecer de la vida del ilustre consejero…
Encuentros así, revestidos de las formalidades exigidas por la vida social de entonces —restos preciosos de los esplendores de antaño— eran muy frecuentes.
Hacían parte de la existencia diaria entre las personas de buena familia, que el parentesco, las uniones matrimoniales y los negocios terminaban por relacionar entre sí.

Educando para la vida social

Las señoras reservaban las tardes de algunos días de la semana para hacer visitas.
Éstas obedecían siempre a un pequeño ceremonial, religiosamente respetado hasta que la informalidad populachera, traída por el cine de Hollywood, devastase ampliamente las buenas maneras.
Como tradicional dama paulista, doña Lucilia sabía conjugar, a la perfección, la indispensable rigidez de las reglas de cortesía con la amenidad de una conversación agradable y de un trato impregnado de afecto. No siempre era fácil, pues las relaciones sociales a veces imponían la tarea de recibir a personas con las cuales se podía no simpatizar, sin exteriorizar ningún desagrado o impaciencia. En esta escuela eran educados los niños por la fräulein Matilde, de acuerdo con los padrones de la cortesía europea, bajo la benévola mirada de doña Lucilia.

Muy meticulosa en los trajes

pliniopqequñoTal vez nos sea difícil evaluar hoy en día la importancia dada por las personas de aquella época al modo de vestir. Por ser una sociedad jerarquizada, era normal, e incluso obligatorio, que todos se presentaran condignamente, según su categoría social.
Siempre eximia en todo, doña Lucilia se amoldaba a ese deber con amor, tanto en lo que respecta a sí como a sus hijos. Tenía una noción clara de cómo este proceder ayudaría a crear a su alrededor un ambiente que invitase a la elevación de espíritu y al rechazo de la vulgaridad.
Además, el “age quod agis” ( Haz bien lo que haces) —la regla de todas las obras de doña Lucilia— estaba presente en sus pensamientos, palabras y actos, no con ansiedad sino con suave y decidido empeño. Es bajo este prisma que se entiende su cuidado en el
bien vestir, a fin de respetar los reflejos de Dios presentes en la dignidad humana, pues aquello que San Pablo afirma del apóstol se aplica a todas las personas:
“Estamos hechos para servir de espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres”(I Cor. 4,9).
“Asistí muchas veces al final de su toilette”, contaba el Dr. Plinio algunos años después del fallecimiento de su querida madre. “Recuerdo verla ya lista, sentada delante de la peinadora. En cierto momento, se levantaba y se arreglaba un poco.
Se colocaba delante de un espejo mayor y se miraba detenidamente, con mucho detalle, pero sin presunción. Sin dejar de prestar atención en lo que hacía, mantenía sus pensamientos en altos pináculos. La miraba y pensaba: ¡Qué perfección!” En aquel tiempo en que los buenos trajes nunca se vendían ya hechos, vestir bien constituía, a su manera, un arte que exigía no poco esmero. Doña Lucilia, imaginativa y con muy buen gusto, escogía los tejidos y diseñaba sus propios vestidos, bien como los de Rosée, inspirándose en modelos franceses. Después llamaba a una costurera para hacer las pruebas, lo que no dejaba de ser un pequeño acontecimiento en la rutina doméstica.

Llegada a São Paulo

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Transatlántico italiano Duca D’Aosta, con el cual regresó Doña Lucilia a Brasil

Un radiante y cálido sol acogió a doña Lucilia y a sus hijos a su llegada al puerto de Santos, donde les esperaba don João Paulo, el 17 de abril de 1913. Ella había anticipado su regreso, dejando en Europa a doña Gabriela y a otros familiares. Finalizaba de esta forma, al pisar tierras brasileñas, un importante capítulo de su vida. Mientras el tren que la llevaba a São Paulo subía con lentitud la Serra do Mar, doña Lucilia contemplaba de nuevo aquellas elevaciones recubiertas de una exuberante vegetación tropical, salpicada aquí y allá de los vistosos y por ella tan apreciados manacás, intensamente floridos. Al llegar a la Estación de la Luz, en la capital paulista, ya estaban allí algunos criados para darles la bienvenida, recoger el equipaje y prestarles pequeños servicios. Eran los más antiguos de la casa, a quienes las saudades por tan larga ausencia proporcionaban ahora una mayor alegría por la vuelta de aquellos que tanto respetaban. Evidentemente, los tiempos eran otros. El espíritu patriarcal y familiar aún impregnaba de una profunda bienquerencia las relaciones entre las clases sociales, haciendo que los reencuentros entre patronos y empleados, tras separaciones prolongadas, se revistiesen de la dulzura de verdaderos acontecimientos de familia.
Después de un corto trayecto hasta la Alameda Barón de Limeira, Doña Lucilia llega al palacete Ribeiro dos Santos, y en pocos segundos está ante la escalinata de mármol de la entrada principal. Los miembros más jóvenes de la servidumbre salen a la calle para recibir a los recién llegados, y Doña Lucilia los acoge con palabras de bondad.
Tras intercambiar los primeros saludos, sube los escalones y penetra en la atmósfera noble y recogida del santuario familiar. ¡Cuántos recuerdos le vienen al espíritu en ese momento! Comienza a recorrer, despacio, aquellos ambientes tan adecuados a su gusto: la sala de visitas, el salón… Sin embargo, su mirada se vuelve interrogativa al notar, en una y otra sala, que las lámparas ya no eran las mismas ni hacían juego con el ambiente. ¿Qué había ocurrido?

cap6_003

                                                                             Estación de la Luz

Las lámparas de bronce

En efecto, durante el viaje de la familia a Europa había sido contratado un ingeniero para hacer algunas reformas en la casa. Doña Lucilia acababa de comprobar que, lamentablemente, el cambio de las lámparas no era de lo más acertado.
Sin ningún sobresalto ni impaciencia indagó entre varios criados el destino de las antiguas lámparas de bronce, hasta que uno de ellos le contó que habían sido vendidas a un pequeño comerciante del barrio.
Tras un merecido y necesario descanso después del largo viaje, doña Lucilia trató de reparar el error cometido por el ingeniero. Sin embargo, tras recorrer algunas de las mejores tiendas de la ciudad, concluyó que era imposible conseguir lámparas iguales o mejores que las anteriores. Por eso, decidió ir a hablar con el comprador de las antiguas.
Encontró al modesto comerciante sentado a la puerta de su casa, limpiando afanadamente las hermosas piezas de cristal y el armazón de bronce dorado que constituían el encanto de aquellos objetos, ya desmontados.
Al ver aproximarse a una distinguida señora se levantó en seguida, quitándose el sombrero en señal de respeto. Doña Lucilia lo saludó amablemente y le explicó lo ocurrido, haciéndole notar la dificultad en que se encontraba, y manifestó el deseo de readquirir las lámparas. Le preguntó cuánto pediría por ellas, y el hombre, a pesar de su simplicidad, gentilmente respondió:
— ¿Pero cómo, señora mía? ¡Nada! Le pido que me conceda el placer de servirla.
Doña Lucilia no sería ella misma si no se negase:
— No, eso no. Usted ha invertido dinero en ellas, ha gastado material de limpieza, ha perdido el tiempo y dedicado su trabajo en abrillantarlas. Al comprárselas, me estoy beneficiando; es natural que le pague incluso algo más.
Teniendo ante sí a tan noble dama, el comerciante se sentía movido a actos de caballerosidad:
— Es verdad, pero el placer de servirle a usted es más valioso para mí que la propia ganancia. Hágame el favor de quedarse con las lámparas.
— En ese caso, perdóneme, pero no puedo quedármelas. Usted me deja en una situación muy difícil, porque en São Paulo no hay otras iguales.
Él continuó insistiendo y no aceptó ni propina. Días después, las lámparas estaban de nuevo en casa de los Ribeiro dos Santos, perfectas e instaladas otra vez.
El noble comportamiento de este simple comerciante, más propio a figurar en las páginas de una historia del Ancien Régime, nos deja entrever de qué manera doña Lucilia estimulaba en las almas la práctica de la virtud tan sólo con una dulce y elevada acción de presencia.

doña_lucilia

                                                       Palacete Ribeiro dos Santos

Últimos momentos en París

Una institutriz para sus hijos

Fraulein Mathilde Heldmann

        Fraulein Mathilde Heldmann

Poco antes de abandonar París, doña Lucilia pasó por un drama. No fue pequeña su aflicción al darse cuenta, en determinado momento, de que la institutriz alemana de los niños, fräulein Mina, había sido alcanzada por una terrible enfermedad: la tuberculosis. Incurable en aquella época, llevaba en poco tiempo a la sepultura a buena parte de sus víctimas. Es posible imaginar la aprensión de doña Lucilia hasta cerciorarse de que los niños no habían sido infectados por el mortal bacilo. ¿Qué hacer? Dado el alto grado de contagio de la enfermedad, no había otra solución: la institutriz tendría que dejar sus funciones inmediatamente.
Al despedirse, fue objeto de inigualables manifestaciones de bienquerencia por parte de doña Lucilia, en reconocimiento por los servicios prestados.
¿Quién podría, en adelante, ayudar a esta tierna y celosa madre en la formación de sus hijos? Problema aún más preocupante a respecto de Rosée, pues, según los hábitos de la época, las niñas no estudiaban en colegio sino en casa, protegidas por el recato familiar.
Por otro lado, doña Lucilia tenía el propósito de dar a Rosée y a Plinio una educación eximia. Así, pensaba: “Quiero proporcionarles todo lo que pueda. Estando a mi alcance aprimorar su inteligencia, es indispensable encontrar una institutriz de primera calidad porque ninguna universidad les será mas benéfica que una educadora con experiencia. Lo que aprendan durante la infancia les va a valer más que todo lo que puedan lograr siendo adultos”.
Sin pérdida de tiempo colocó un anuncio en los periódicos. Habiéndose presentado algunas candidatas, seleccionó con minuciosidad la que le parecía más competente. Su preferencia recayó sobre otra alemana, fräulein Matilde Heldmann, que ya había ejercido la profesión en varias casas de la nobleza y de la alta burguesía europeas. A pesar de que los honorarios que exigía eran poco accesibles, doña Lucilia decidió hacer un sacrificio contratándola.
Fräulein Matilde se revelará tan excelente profesora y educadora que será considerada una de las mejores institutrices de São Paulo en su tiempo.

Una paciencia que nunca se agotó

“A la querida tía Lucilia, mil agradecimientos de Tito”.

Cuando preparaba las maletas, el último día de su estancia en París, doña Lucilia se sorprendió al encontrar una caja de cartulina. Al abrirla, vio que contenía un fino vestido a su medida. ¡Que extraño! ¿Cómo podía ser eso si ella no había hecho ningún encargo? Buscó un poco en la caja y encontró una tarjeta de Tito, con las palabras transcritas. Evidentemente la letra no era del niño, sino de su madre, la cual manifestaba, de manera tan delicada, su reconocimiento a la inagotable paciencia de doña Lucilia con el desdichado sobrino, no solo durante la peor fase de su enfermedad, sino entre los esplendores de París. El regalo no haría crecer en nada la bondad de doña Lucilia en relación al pobre Tito, pues más era imposible…

Llorando por dejar Francia…

capV102

Sainte Chapelle

Doña Lucilia, sus hijos y la institutriz preparan la partida. Grandes maletas, algunos baúles, cajas, todo se apila ordenadamente en la Gare de Lyon, a la espera de embarcar en el tren que los llevará hasta Génova.
Son los últimos momentos de su permanencia en la Ciudad de la Luz. Tras despedirse de los familiares, suben a los vagones, mientras alguien se ocupa de que los cargadores metan todo el equipaje. A la hora marcada, un silbato y el tren parte… Estando los niños en manos de la institutriz, doña Lucilia, recostada junto a la ventana, contempla París que pasa y tal vez nunca más vuelva. Meditativa como siempre, comienza a pensar en todo lo que había visto en Francia, mientras algunas lágrimas le corren por las mejillas.
Poseía una acentuada propensión para discernir en el espíritu de los pueblos los aspectos más sutiles y finos, los que despiertan una afectividad penetrante y delicada; afectividad que fácilmente se transforma en cariño, en deseo de sacrificarse por el prójimo, de ayudarle y favorecerle. En su horizonte, los franceses poseían y representaban, por excelencia, esa delicadeza de sentimientos. Lo mejor de un pueblo, para doña Lucilia, radicaba en esos lados de alma más preciosos y tiernos y, por eso mismo, más expuestos a recibir los golpes de la dureza y crueldad humanas.
Notaba cómo esas cualidades eran realzadas por la cultura francesa, que hacía sobresalir la suavidad en la convivencia social, creando un elevado tipo humano y un trato perfecto. En éste, brillaba en particular el sentido de la medida, la cordialidad, la amenidad y el encanto.

capV105

Notre Dame

Tales características eran la expresión de algo que debería florecer en el alma de todos los pueblos, pero que al final de cuentas, en el doux pays, para bien de la Civilización Cristiana, había florecido enteramente. Admirar Francia, dejarse embeber y modelar por ella, era un deber de todos los hombres, según la concepción de doña Lucilia. El tren acelera. A lo lejos, la aguja de la Torre Eiffel queda como único punto de referencia. Junto a ésta corre el Sena. La imaginación de doña Lucilia vuela hasta la otra margen, donde están la Place de l’Etoile, la Av. de Friedland, el Rond Point, l’Opéra, el Louvre, el Sacré-Coeur de Montmartre, la Sainte Chapelle, Notre Dame… “¡Ah! ¡Todo ese conjunto magnífico quedó atrás!” piensa ella pesarosa.
La familia está a camino de Roma, con la esperanza de un encuentro con el Papa, punto de honra de todo católico. En la época era, ni más ni menos, el gran San Pío X. La perspectiva de recibir la bendición de un Pontífice que, ya en vida, tenía fama de santidad, suavizaba un poco los dolores de doña Lucilia por tener que abandonar su ciudad preferida.
Si embargo, ¡oh, tristeza! llegando a Génova no fue posible continuar el viaje, porque se había propagado una epidemia en la Ciudad Eterna. Fueron obligados, en aquel puerto italiano, a coger un barco y regresar a Brasil.

capV103

Sacré-Coeur de Montmartre

París

capV105La familia se entretuvo algunos días visitando Colonia, donde tomarían a continuación un tren para París. De esta manera, recorriendo las cautivantes tierras alemanas en diversas direcciones, fueron varios los aspectos que doña Lucilia y los suyos tuvieron la felicidad de apreciar antes de que la Primera Guerra Mundial ensangrentara Europa y destruyera los Imperios Centrales.

Quien no conoció Alemania, o cualquier otro país europeo en aquel tiempo, no sabe verdaderamente a qué grado llegó la civilización occidental de entonces. En el caso de Alemania, la grandeza, la distinción y el brillo se unían a los tan elogiados atributos germánicos del sentido de organización, de disciplina, además del característico candor, valores que doña Lucilia discernía, apreciaba y también practicaba. Sin embargo, las cualidades con las que sentía mayor consonancia eran las de un país vecino, Francia.

París

Sería en aquel París, donde las luces de la Historia todavía se hacían sentir en cada esquina, que doña Lucilia acabaría por recuperar enteramente la salud. Ya desde los primeros pasos dados fuera de la estación de tren, observó encantada aquellos edificios, incidiendo su primer análisis sobre la armonía de las líneas, a veces simples, pero siempre distinguidas. Poco después pensará: “¡Cuántas epopeyas y tragedias, cuántos dolores y alegrías, cuyos ecos influyeron sobre el mundo entero, impregnan estas paredes!”
La ciudad no le era del todo extraña a doña Lucilia. Sentía como si hubiera convivido con ella desde su primera juventud, por la asidua lectura de autores franceses y, especialmente, del “Journal de l’Université des Annales” (Revista francesa en la que sobresalía una sección que reproducía conferencias hechas por historiadores y literatos de renombre. Las mismas eran ilustradas con personajes vestidos según la época a la que el orador se refería); como también por el trato con familiares y amigos que, con frecuencia, iban a París por temporadas.

De esta forma, al ver muchos de aquellos edificios por primera vez, tenía la sensación de encontrarse con viejos conocidos, de los cuales había concebido una imagen ideal a través de las descripciones leídas u oídas. Con el paso del tiempo, su encanto por las tradiciones históricas apreciables en la magnífica urbe no haría sino crecer. El colorido de los vitrales de Notre-Dame, el reflejo de la luna sobre las blancas piedras de los monumentos, las aguas del Sena al fluir bajo unos puentes de bellísima cantería, dando la impresión de correr cargadas de reminiscencias; en fin, todo la maravillaba.
No era menor su admiración por el esplendor de aquella refinada sociedad de los últimos años de la Belle Epoque, que entonces alcanzaba su máximo brillo.

Además, inocente como un cordero y delicada como un armiño, le agradaba mucho apreciar las bellas sonoridades de la lengua francesa, que hablaba a la perfección.
En este París, a tantos títulos así amado, fue donde se estableció doña Lucilia durante algún tiempo, teniendo en vista también la formación de sus hijos.

capV106

*******

Nunca desfallecía ni se abatía

Fachada principal de la Kurhauss

                                                Fachada principal de la Kurhauss

Pasado algún tiempo, ya bastante mejorada, doña Lucilia ya no recibía las visitas en su lecho, sino sentada en una silla de ruedas en el bonito jardín del hospital. Hablaba y agradaba a sus familiares, mientras el brillante sol del verano, filtrado por el ramaje, formaba un bello dibujo de rayos y claroscuros, dando la impresión de una luz que retornaba y de una vida que resurgía…
Doña Lucilia abandonó Berlín tan pronto como le dieron de alta. Para facilitar su recuperación, la familia se dirigió inicialmente al balneario de Binz, en la bella isla de Rügen, en el Mar Báltico, con playas de arenas muy blancas.
En cada fase de la convalecencia, doña Lucilia enfrentaba nuevos tipos de dificultades. Como secuela de la cirugía le quedó un inexplicable dolor en la planta de los pies que le impedía caminar. Así, además de ser necesario que se sometiese a serios tratamientos, tuvo que usar, durante algún tiempo, zapatos con suela metálica, incómodos en extremo. Los dolores aumentaron hasta el punto de obligarla a utilizar una silla de ruedas. A pesar de todos los problemas, doña Lucilia pudo reflexionar sobre las impresiones que le producían los lugares en donde estuvo, conservándolas hasta el fin de su vida como un luminoso recuerdo de la vieja Europa.
Poco después, fue con los suyos a Wiesbaden, famosa estación de aguas situada cerca del Rin, muy apropiada para su recuperación.

En las termas de Wiesbaden

En las primeras décadas de este siglo, hacer una cura con aguas minerales era algo recomendado con cierta frecuencia, por ello, las estaciones termales se multiplicaban por todo Occidente. Wiesbaden, una de las principales de Alemania, contaba aproximadamente con cien mil habitantes. Estaba situada en una hermosa región, de clima saludable y ameno, casi a las orillas del Rin.

Salones de la Kurhaus

           Salones de la Kurhaus

Doña Lucilia pudo admirar los suntuosos edificios, las artísticas iglesias destinadas al culto católico, como la Bonifatiuskirche (iglesia de San Bonifacio, de estilo gótico de transición), y la Mariahilfekirche (iglesia de María Auxiliadora), el Palacio Ducal, el Teatro Real y el Palacio Pauline construido en el exótico estilo morisco de la Alhambra de Granada.
Hasta 1866 Wiesbaden fue la residencia de los Duques de Nassau. Anexionada en aquella fecha por los prusianos y transformada en la capital de la provincia, se convirtió en seguida en el lugar preferido de los altos oficiales alemanes retirados. Hecho éste que contribuyó al desarrollo de la ciudad, con la apertura de grandes avenidas y la construcción de nobles mansiones, llegando al ápice cuando Guillermo II y su corte la adoptaron como residencia imperial de verano. La aristocracia europea y las celebridades internacionales marcaron con su presencia la vida cultural de la ciudad hasta la Primera Guerra Mundial.

Valle del Rin

                                                           Valle del Rin

La principal actividad del lugar era la explotación de veintiséis manantiales de agua mineral que anualmente eran visitados por centenas de millares de personas. La lujosa Kurhaus (Casa de las Curas), con espléndidas salas y un pórtico sostenido por seis columnas jónicas, fue construida entre 1904 y 1907. Este último año, un visitante escribía: “Al entrar en el zaguán nos sentíamos como en una catedral, encantados por el maravilloso colorido.” Detrás del edificio se encuentra un amplio parque con un apacible lago, una fuente de treinta y seis metros de altura y varios Kuranlagen o establecimientos para la cura. Todo el conjunto ocupaba un área que se extendía hasta el balneario de Dietenmühle y las ruinas del burgo de Sonnenberg. Delante de la Kurhaus había un bonito jardín, flanqueado a ambos lados por columnatas, donde se destacan dos fuentes y la plaza del Emperador Federico, adornada con su estatua.

Fueron muchos los recuerdos de Wiesbaden que, con su tan atrayente charme, narraría doña Lucilia en el futuro. No deja de ser pintoresco, por ejemplo, el episodio que acaeció a la familia Ribeiro dos Santos cuando buscaba un hotel. Encontraron pronto un buen establecimiento, pero, cuando se disponían a entrar, doña Gabriela se dio cuenta de que había un emblema con la negra figura de una cabra (Un macho cabrío negro en Brasil es símbolo del demonio). Espantada, paró de andar diciéndole a su yerno:

— ¡Ay, João Paulo, una cabra negra!… En este lugar no quiero entrar.
Se trataba del hotel llamado Zum schwartzen Bocke, “A la cabra negra”. Tuvieron que buscar otro alojamiento. No tardaron en encontrar el Hotel Nassau, de muy buena categoría y, por cierto, el preferido del Káiser. Éste era huésped tan frecuente que en el restaurante de la casa había en uno de los lados, sobre una gran tarima, una mesa siempre reservada para la familia imperial. Doña Lucilia y los suyos, sobre todo los niños, nunca se olvidarían del orden y del esplendor del establecimiento. Plinio pudo observar extasiado a la matriarca, doña Gabriela, vestida con traje de cola, entrando con paso solemne en el salón de fiestas intensamente iluminado. Tenía la impresión de que ella penetraba en la propia luz.

Hotel del Chivo Negro

                      Hotel del Chivo Negro

Gracias a una de las historias que contaba doña Lucilia ya en su ancianidad, nos fue posible saber por qué se refería a su hijo, en una u otra carta, con el apodo de Pimbinchen.
Un día sirvieron pichón en el restaurante del hotel. Plinio, tras apreciar el plato, le comentó alegremente a doña Lucilia que los pichones le habían parecido muy sabrosos. El camarero entendió la palabra “pichoncitos” (que en portugués se dice pombiños) de manera imperfecta: pimbin y añadió el sufijo chen, que en alemán es un diminutivo. A partir de ese día, comenzaron a preparar habitualmente pichoncitos en las comidas y nada más llegar a la puerta, el camarero extendía la bandeja en dirección al niño y sonriendo anunciaba:
— ¡Pimbinchen!
De tanto oírlo, Plinio pensó que pimbinchen quería decir en alemán “pichones” y empleó esta palabra innumerables veces. A doña Lucilia le parecía gracioso y no lo corregía. De ahí en adelante, y hasta edad avanzada, cuando quería recordar aquellos tiempos trataba a su hijo de Pimbinchen o Pigeon, que significa “paloma” en francés.
Sin embargo, doña Lucilia y su familia no se encontraban en aquella ciudad sólo para beneficiarse del elevado ambiente del hotel o de los sabrosos manjares ofrecidos en su restaurante, sino de las termas situadas cerca de allí. A pocos pasos estaba la entrada de una de las dos largas galerías que conducían a la Kurhaus.
Detrás de aquel magnífico edificio se podían divisar algunas de las fuentes con chorros de agua sulfurosa y caliente.
De acuerdo con el buen gusto de los antiguos tiempos, que buscaba no sólo la higiene y la eficacia, sino también la belleza de las líneas y de las maneras, en la atención prestada al público se conjugaban lo práctico y lo bello. Así, eran usados unos buenos vasos de vidrio grueso cuidadosamente lavados y colgados de unos ganchos. Cuando doña Lucilia se presentaba con el vale que había comprado a la entrada, uno de los guardas responsables por el servicio, con ayuda de una larga pinza de madera, sumergía el vaso en el agua que borbollaba y, gentilmente,se lo ofrecía con prontitud.

Kurhauss en la actualidad

                                                Kurhauss en la actualidad

Un 22 de abril, nacía para la tierra; un 21 de abril, nacía para el cielo

luciliaNacida el 22 de abril de 1876, primer sábado tras las alegrías de la Pascua, Lucilia era la segunda de los cinco hijos de un matrimonio formado por D. Antonio Ribeiro dos Santos, abogado, y Dª Gabriela Rodrigues dos Santos.

Así reza la partida de bautismo de doña Lucilia, que se encuentra en el libro parroquial de la ciudad de Pirassununga.

A los veintinueve días del mes de junio de mil ochocientos setenta y seis, en esta Parroquia, bauticé e impuse los santos óleos a Lucilia, nacida el pasado veintidós de abril, hija legítima de D. Antonio Ribeiro dos Sanctos y de Dª Gabriela dos Sanctos Ribeiro. Fueron padrinos la Virgen Señora de la Peña y D. Olympio Pinheiro de Lemos, todos ellos de esta parroquia.

*******

Veintiuno de abril de 1968. En su apartamento de la calle Alagoas, en el céntrico barrio de Higienópolis, Dª Lucilia Ribeiro dos Santos Corrêa de Oliveira se encontraba en su lecho de dolor. Estaba asistida por un amigo de su hijo, el joven médico Dr. Luis Moreira Duncan, pues en aquel momento no se encontraba en casa su médico particular, el conocido Dr. Abraham Brickman.

En aquel 21 de abril de 1968, suave crepúsculo de una larga y hermosa vida, doña Lucilia lanzó sobre su extenso pasado una mirada llena de dulzura, calma, bondad, sentido de observación y de algo de tristeza.

Ella lo enfrentó todo. Vivió, sufrió, luchó contra las adversidades de la vida sin conservar resentimientos ni acidez, sin hacer recriminaciones, pero sin transigir ni ceder. Era el fin y el ápice de una serena ascensión en línea recta.

Quien la observase en su lecho de muerte tendría la impresión de que, en un nivel propio al ama de casa que era, un poco de la gloria celestial iluminaba ya su fisonomía tan afable, tan amable y tan pacífica hasta el fin. Era la tranquilidad de quien se sentía protegida por la Providencia y sabía que sólo le restaba entregar el alma a Dios, junto al cual le estaría reservada esta triple ventura: gloria, luz y alegría.

Así, en la mañana del 21 de abril, con los ojos bien abiertos, dándose entera cuenta del solemne momento que se aproximaba, hizo una gran señal de la cruz y, con entera paz de alma y confianza en la misericordia divina, adormeció en el Señor...Beati mortui qui in Domino moriuntur (Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, Apoc. 14, 13).

Lucilia002

“Salió con majestad de una vida que supo llevar con                                           honra”.

Una prueba de amor por Brasil

señoradoñalucilia_009En diversas ocasiones el Dr. Bier le comentó a doña Lucilia que el Káiser le había preguntado por “la paciente brasileña”. Un día, el ilustre médico, sin conocer mucho la psicología del pueblo al que pertenecía su paciente, cometió una imprudencia, aunque con intención de agradarla. Dirigiéndose a ella le dijo:
— Conversando con el Káiser, hemos pensado más de una vez en el desembarco de tropas alemanas en Brasil.
Doña Lucilia, aunque un tanto débil, exclamó:
— ¿Cómo? ¿Desembarco de tropas alemanas en Brasil?
— Sí, ese es nuestro proyecto. Si hay una conflagración mundial, después de tomar Francia, nos dirigiremos a Brasil, a fin de constituir allí una colonia alemana grande y bien organizada.
— Usted se equivoca, Brasil ofrece muchas dificultades…
— ¡Está todo estudiado! — respondió sonriendo el Dr. Bier. — El Káiser ya ha delimitado en el mapa la parte del territorio que será colonia alemana.
Indignada, doña Lucilia no se contuvo:

kaiser

        Guillermo II

— ¡Tenga cuidado, doctor! Nuestra selva es traicionera. Y es necesario ocuparla si se quiere dominar cualquier parte de nuestro territorio. En ella se refugiarán los brasileños, y allí no estarán solamente los civilizados, sino también los indios, con flechas envenenadas. ¡Les enseñarán cómo Brasil sabe defenderse!
Muchos años después, al narrar el hecho, aún vibraba de patriotismo.
Durante la visita del día siguiente, el médico comentó:
— Madame, vine a traerle los saludos del Káiser.
— ¿Por qué?
— El Káiser le manda saludos porque siempre fue admirador de las señoras patriotas. Le conté su reacción ante la posibilidad de que invadiéramos Brasil y se puso contento, pues no había pensado en los obstáculos que usted mencionó…
Doña Lucilia, todavía bajo la influencia de la vibración patriótica del día anterior, respondió:
— ¡No deseo sus saludos!
A pesar de este episodio, doña Lucilia continuó a lo largo de toda su vida manteniendo relaciones muy cordiales con el Dr. Bier.