Tranquilízate, hijo mío

Tito, sobrino sordomudo de Doña Lucilia

Tito, sobrino sordomudo de Doña Lucilia

Tito, el sobrino de temperamento difícil, siempre aceptaba eximiamente el consejo que con frecuencia le daban: “Anda a buscar a la tía Lucilia, es la única que sabe calmarte completamente”. Durante el viaje era él una de las más frecuentes visitas de doña Lucilia, quien siempre lo recibía con ternura y paciencia, sin ahorrar esfuerzos, a fin de resolver los problemas del niño. Se comprende que haya guardado toda la vida un enorme afecto por su bienhechora.
Debido a sus males, además de no saber controlar la voz, era incapaz de medir el efecto de sus palabras al dirigirse a una persona que se encontraba en una situación tan penosa como la de doña Lucilia. Le faltaba, por su poca edad, el sentido de las circunstancias y de la oportunidad, lo que explica que le dijese casi a gritos:
— Tía Lucilia, están diciendo que usted se va a morir. ¡Y yo no quiero que se
muera!
Es posible imaginar fácilmente cuál sería la reacción de cualquier persona ante ese trágico pronóstico: seguramente llanto, desánimo u otras actitudes semejantes. Sin embargo, no fue esta la conducta de doña Lucilia. Compadeciéndose del sufrimiento del niño y dirigiéndose a él con el semblante sereno y la voz llena de dulzura, le dijo:
— Tranquilízate, hijo mío, que no voy a morirme…

En la capital del Imperio Germánico

Después de navegar bajo un tórrido clima por los mares tropicales, el vapor entró en aguas europeas. Sin hacer escala, pasó a lo largo de las costas portuguesas, españolas y francesas, atravesó el agitado Canal de la Mancha, y penetró en las brumas del Mar del Norte. Al final, atracó en el famoso puerto de Hamburgo, ciudad repleta de tradiciones medievales. La familia no pudo quedarse allí por mucho tiempo, debido al estado de doña Lucilia. En seguida, cogieron un tren para Berlín, capital del Imperio Germánico.
Doña Lucilia no tuvo oportunidad de prestar atención en los diversos aspectos de la ciudad, a pesar de que para ella la observación de los ambientes constituía uno de los lados más interesantes de la vida. Sus familiares se dirigieron hacia el bellísimo Fürstenhof (Hotel de los Príncipes), el cual ofrecía, entre costumbres ceremoniosas, todos los requintados lujos de la Europa anterior a la Primera Guerra Mundial. Ella, en cambio, tuvo que ir directamente al hospital.

Policlínicade la Real Universidad de Federico Guillermo

                                    Policlínica
de la Real Universidad de Federico Guillermo

Doña Lucilia sería operada durante los primeros días de julio en la Policlínica de la Real Universidad de Federico Guillermo, la niña de los ojos del Káiser.
Dedicada no sólo al tratamiento de las más variadas enfermedades sino también a la investigación científica, esa institución hospitalaria era mantenida con un cuidado extraordinario. El orden se hacía presente hasta en los menores detalles, de tal manera que las mismas piedras de los patios estaban pintadas de blanco.
Aquella blancura en medio de unos jardines eximiamente arreglados, proporcionará a doña Lucilia algo de alivio en los sinsabores que tendrá que soportar durante su convalecencia.
Diariamente, después del desayuno, doña Gabriela y don João Paulo dejaban a los niños con la institutriz y se dirigían al hospital para hacer compañía a doña Lucilia. Los demás familiares iban también a verla siempre que podían. Nos ha sido posible recoger la narración de una de esas visitas, realizada por su madre, esposo e hijos. Al encontrar a doña Lucilia acostada en la cama, la primera impresión que se tenía era la de ver una estatua más que un ser vivo: los cabellos sueltos, largos y negros cayendo por detrás de la almohada formaban una cortina, los ojos vueltos hacia el techo, absortos en pensamientos, los brazos extendidos a lo largo del cuerpo.

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A pesar de su estado, toda su actitud era de firmeza, estabilidad, continuidad, decisión ante el riesgo que estaba por venir. Ella no cambiaba, sino que avanzaba en línea recta. Era una deliberación serena, imperturbable y suave, como quien dice: “Ha de ser así y lo será; Dios proveerá”.
Cuando se daba cuenta de la presencia de los suyos, doña Lucilia procuraba manifestarles el cariño de siempre, mas con un fondo de gravedad y tristeza.

Viaje a Europa, viaje marcado por el dolor y no por los sueños

capV001Al otro lado del mar estaba el Viejo Continente, atrayendo a todos los amantes de la auténtica tradición y de las costumbres elevadas, que no eran pocos en aquella “São Paulinho” de la Belle Epoque. Doña Lucilia, según narramos anteriormente, sobresalía en esas cualidades. Sin embargo, no fue su encanto por Europa la única ni la principal razón que la hizo viajar allí en junio de 1912. Necesitaba encontrar una solución definitiva para una penosa enfermedad que le aquejaba: la formación de cálculos en la vesícula biliar. De vez en cuando le asaltaba un terrible malestar que, en la mayoría de los casos, era anuncio de dolores muy agudos que le obligaban a recogerse. Se manifestaban con progresiva frecuencia, haciéndose necesario que adoptase un severo régimen alimenticio. Algunas veces, los dolores en la vesícula llegaban a ser exasperantes y en aquellos tiempos no existían los recursos tan comunes en nuestros días… A pesar de todo, ninguno de sus familiares la vio nunca reaccionar con inconformidad, pues su temperamento estaba modelado por la resignación.
Cuando los achaques de la enfermedad alcanzaron el paroxismo, se temió mucho que una crisis la llevase a la muerte. De hecho, no eran raros en aquella época los casos de fallecimiento provocados por esa molestia. Por otro lado, aunque se supiese que en las situaciones extremas el único remedio era extraer la vesícula, la medicina no había encontrado un modo de hacerlo sin graves riesgos para la vida del enfermo.
Se había difundido por el mundo entero la noticia del éxito alcanzado en Alemania por el Dr. August Karl Bier, médico particular del Káiser, en una extracción de vesícula biliar, y los parientes de doña Lucilia, debido a la gran estima que le tenían, no ahorraron esfuerzos para llevarla al famoso especialista.

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                      Dr. August Karl Bier

Entre los que la acompañarían no figuraban sólo su esposo y sus hijos, sino que también irían sus hermanos, cuñados y sobrinos y, principalmente, su madre, doña Gabriela.

 Un tren los llevaría hasta Santos, donde tomarían un barco hasta el puerto de
Río de Janeiro, para, allí, embarcarse rumbo a Europa en el Hohenstaufen, un confortable transatlántico alemán, el 11 de junio de 1912.
Fruto de un esmerado deseo de perfección, doña Lucilia, a pesar de su estado de salud, hizo ella misma los preparativos del viaje, previendo pasar una larga temporada en el exterior.
Antes de dejar su hogar, el mismo día de la partida, le asaltaron unos violentos dolores que la obligaron a permanecer recostada una parte del trayecto hasta Santos. A pesar de que sufría mucho, incluso durante el recorrido hacia Río de Janeiro, no perdió ni un solo instante su invariable y virtuosa serenidad de alma, lo que hizo que pudiera contemplar el deslumbrante panorama con que Dios favoreció a esa ciudad.
Se alojaron en el Hotel de los Extranjeros, uno de los primeros de la entonces Capital Federal, a la espera de partir para Alemania.

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Al llegar al puerto el día del embarque, doña Lucilia se sintió tan mal que se contorcía de dolor. Tuvo que subir al barco llevada por su esposo y por un cuñado, ante la mirada entristecida de sus hijos.
El vapor leva anclas. Mientras se aleja de tierra firme, los pasajeros se colocan a lo largo de la cubierta o se recuestan confortablemente en chaises longues y asisten al emocionante y bonito espectáculo de la partida.
Doña Lucilia comienza a sentir muy pronto en su debilitado organismo los efectos del balanceo marítimo que sólo agravaría sus males. Acostada en su camarote, le ruega al Sagrado Corazón de Jesús que le dé fuerzas para soportar con paciencia y virtud todas las incomodidades de tan larga travesía. Después de haber salido del puerto, y cuando la embarcación ya alcanzaba alta mar, algunos parientes bajan a su camarote para animarla, describiéndole la hermosura del majestuoso escenario de la bahía de Guanabara visto desde el navío.
En poco tiempo el transatlántico navega mar adentro. Para algunos comenzaban unos días de inolvidable descanso; para otros, de juegos y pasatiempos; y para unos pocos, de contemplación de las maravillosas inmensidades oceánicas. Sin embargo, doña Lucilia se quedará casi siempre confinada en su cuarto. No era raro encontrarla de pie, asida a los apliques de la pared de su camarote, buscando una posición que le hiciera más soportables sus sufrimientos, pues, como suele suceder en esos casos, si se acostaba aumentaba su malestar. La preocupación de los que la acompañaban era grande. Una tarde, el hermano mayor de doña Lucilia, don Gabriel, pasó casualmente por delante de la carpintería del barco y cuál no fue su sorpresa cuando se da cuenta de que algunos empleados daban los últimos retoques a un ataúd. Inmediatamente les preguntó:

D. Gabriel Ribeiro dos Santos, hermano de Doña Lucilia

D. Gabriel Ribeiro dos Santos, hermano de Doña Lucilia

¿Para quién es ese ataúd?
— Para Frau Lucilia. Está tan mal que el capitán nos mandó que lo dejásemos listo por si acaso fallece.
Don Gabriel exigió con toda vehemencia que lo tirasen al mar…
El episodio permanecerá en los anales de la familia. Por un lado estaba la candidez de un germano, respondiendo con honesta y leal objetividad a la pregunta que le era dirigida, sin darse cuenta de las consecuencias que la respuesta podría tener. Y por otro, la aflicción de quien jamás querría pensar en la muerte de su hermana.
En cuanto a doña Lucilia, con esa paz de alma tan propia de los justos aún cuando se ven envueltos en la tormenta de las pruebas, nunca hablará de sus propios dolores, a no ser después de mucha insistencia. Renuncia de sí, afecto y dedicación desinteresada por los otros, eran las disposiciones con que recibía a quien quiera que cruzase el umbral de la puerta de su camarote. Trataba a sus dos hijos con una extrema bondad, dejándoles grabado en sus almas de forma indeleble el cariñoso recuerdo de su manera de proceder.

En las idas a Santos, doña Lucilia se extasiaba con el paisaje

lucilia_1En las idas a Santos, doña Lucilia se extasiaba con el paisaje Cuando el tren comenzaba a bajar la Serra do Mar, algunas veces se ponía de pie junto a la ventana y, en silencio, contemplaba extasiada aquel paisaje en el cual sobresalían los manacás floridos.
Su mirada se fijaba, sobre todo, en lo más alto de la montaña, donde monumentales rocas desafiaban a los cielos y a las nubes y de donde partían plateados hilos de agua que se desdoblaban en una especie de cortina luminosa, corriendo sobre las oscuras piedras hasta lanzarse espumando en un estanque rocoso cavado por su propia caída. Cuanto más alta estaba la naciente, tanto mayor era la pureza del agua y la energía con que abajo chocaba y se mezclaba con las otras aguas.
Cuando contemplaba el panorama de la sierra, sea en su mirada, sea en la seriedad de su rostro, sea en el sereno entusiasmo que manifestaba, se le notaba aquella inconfundible dulzura que partía de sus elevadas consideraciones. No eran pensamientos de filosofía pura, sino de gran repercusión afectiva a respecto de la obra de Dios, de lo grandioso del paisaje que se abría delante de sus ojos.Doña_Lucilia_matrimonio
Reflexiones como éstas poblaban su rico interior. Y, precisamente porque su alma habitaba en aquellos páramos, cuando llegaba la hora de inclinarse para cuidar, por ejemplo, de un hijo, aquella dulzura se hacía sentir aún más. Era esto lo que cautivaba de forma especial cuando se trataba con ella: una mezcla de elevación que sabe volverse con ternura hacia el inferior, y con veneración y respeto hacia quien es superior. Poseía, en grado excelente, una forma de presencia que irradiaba esa ordenación de espíritu de ella.

Su figura serena, afable, compasiva, pero intransigente en el cumplimiento del deber, piadosa y llena de virtudes, nos hace recordar un luminoso comentario del P. Antonio Royo Marín, O.P., que bajo tantos aspectos parece describir sus trazos morales:

¿Habéis entrado ya en uno de esos hogares benditos en el cual impera una reina serena?
Eternamente calma en sus fuerzas, perpetuamente graciosa y sonriente en el resplandor de su alta virtud, la reina de la serenidad no se turba ni por las inoportunidades de sus niños ni por los accidentes de la salud o las preocupaciones de la casa, ni por las vicisitudes incesantemente móviles de la existencia. El deber es su estrella. Marcha como los reyes antiguos, porque sabe, lo mismo que ellos, que Dios es el motor; Dios, sobre quien ella se apoya; Dios, que nunca le ha faltado; Dios, que tiene en sus manos paternales todos los acontecimientos de su vida de madre y esposa, de ama de casa y de mujer de trabajo.
Su hogar es el reino de la paz, casi del silencio. Si las voces se elevan, es para mezclarse unas a otras en notas de un concierto de alegría. Todo en esa familia funciona como la regularidad del gran péndulo del reloj de la escalera, donde el tac responde al tic con regularidad y cuya oscilación no es más precipitada en la noche que en la mañana.
¿El secreto de la reina de la serenidad? ¡Ah!, ¿quisierais conocerlo? ¿Por qué es tan diferente de tantas otras esta madre, esta ama de casa? Porque ella es… dueña de sí misma (Antonio Royo Marín, O.P., Espiritualidad de los seglares, BAC, Madrid, 1967, pp. 612-613).

La Navidad con Doña Lucilia

Las conmemoraciones de Navidad, en que el Divino Infante toca particularmente con sus gracias a los limpios de corazón, era objeto de un especial empeño de Doña Lucilia. 

sao paulo - brazilEn una sala donde los niños tenían vedada la entrada, un pino, cuyo tamaño los impresionaba porque llegaba hasta el techo, era hábilmente transformado en árbol de Navidad por doña Lucilia. Colgaba en sus ramas diferentes adornos, como figuras de angelitos de papel, además de caramelos de licor, de colores variados, rosquillas de pan de miel y otras golosinas. En las cuatro esquinas de la sala había muchos tipos de dulces, comprados y arreglados por ella.
Los niños esperaban junto a las institutrices en una sala del piso superior. Al sonar las campanadas de medianoche, bajaban en fila hasta el jardín por una escalera externa, dándose las manos unos a otros y cantando músicas alemanas de Navidad. Cuando la puerta de la sala se abría, entraban todavía agarrados de las manos y contemplaban el árbol que, con innumerables velitas encendidas, traía cada año una sorpresa. A dos pasos de él, doña Lucilia —encantada con la inocencia infantil— sonreía a los niños que iban llegando. Era como si tuviera en el corazón un árbol de Navidad para cada uno. Era ella quien dirigía la fiesta, realzando su carácter fundamentalmente religioso. Tras haber entrado todos los niños, doña Lucilia mandaba que guardaran silencio y se arrodillaba, seguida de los demás, delante del pesebre que había montado junto al árbol de Navidad. Rezaba una oración al Niño Jesús, que todos repetían. Concluida ésta, los niños se levantaban y, nuevamente dándose las manos, daban vueltas dos o tres veces alrededor del árbol, cantando Noche de Paz. Después, iban corriendo hacia las mesas cargadas de delicias y recibían los regalos traídos por San Nicolás… Doña Lucilia opinaba que era demasiado laico hablar de Papá Noel.Lucilia_correade_oliveira_021
Toda aquella atmósfera navideña de entonces, a la cual ella le daba un toque propio, ayudaba a hacer notar una gracia que envolvía el ambiente, venida de lo más alto de los Cielos, induciendo a los asistentes a dos disposiciones de espíritu: el maravillamiento recogido y humilde ante lo sublime; y la gratitud llena de dulzura de quien recibe una misericordia sin límites.

La reversibilidad en el espíritu de doña Lucilia era una de sus más notables cualidades. En medio del inocente júbilo de la Navidad existía siempre en ella un fondo de tristeza,  pues veía despuntar a lo lejos el drama de la Pasión. En sentido opuesto, al considerar la Muerte de Nuestro Señor, algo en su alma denotaba ya las alegrías triunfales de la Resurrección.