En las idas a Santos, doña Lucilia se extasiaba con el paisaje

lucilia_1En las idas a Santos, doña Lucilia se extasiaba con el paisaje Cuando el tren comenzaba a bajar la Serra do Mar, algunas veces se ponía de pie junto a la ventana y, en silencio, contemplaba extasiada aquel paisaje en el cual sobresalían los manacás floridos.
Su mirada se fijaba, sobre todo, en lo más alto de la montaña, donde monumentales rocas desafiaban a los cielos y a las nubes y de donde partían plateados hilos de agua que se desdoblaban en una especie de cortina luminosa, corriendo sobre las oscuras piedras hasta lanzarse espumando en un estanque rocoso cavado por su propia caída. Cuanto más alta estaba la naciente, tanto mayor era la pureza del agua y la energía con que abajo chocaba y se mezclaba con las otras aguas.
Cuando contemplaba el panorama de la sierra, sea en su mirada, sea en la seriedad de su rostro, sea en el sereno entusiasmo que manifestaba, se le notaba aquella inconfundible dulzura que partía de sus elevadas consideraciones. No eran pensamientos de filosofía pura, sino de gran repercusión afectiva a respecto de la obra de Dios, de lo grandioso del paisaje que se abría delante de sus ojos.Doña_Lucilia_matrimonio
Reflexiones como éstas poblaban su rico interior. Y, precisamente porque su alma habitaba en aquellos páramos, cuando llegaba la hora de inclinarse para cuidar, por ejemplo, de un hijo, aquella dulzura se hacía sentir aún más. Era esto lo que cautivaba de forma especial cuando se trataba con ella: una mezcla de elevación que sabe volverse con ternura hacia el inferior, y con veneración y respeto hacia quien es superior. Poseía, en grado excelente, una forma de presencia que irradiaba esa ordenación de espíritu de ella.

Su figura serena, afable, compasiva, pero intransigente en el cumplimiento del deber, piadosa y llena de virtudes, nos hace recordar un luminoso comentario del P. Antonio Royo Marín, O.P., que bajo tantos aspectos parece describir sus trazos morales:

¿Habéis entrado ya en uno de esos hogares benditos en el cual impera una reina serena?
Eternamente calma en sus fuerzas, perpetuamente graciosa y sonriente en el resplandor de su alta virtud, la reina de la serenidad no se turba ni por las inoportunidades de sus niños ni por los accidentes de la salud o las preocupaciones de la casa, ni por las vicisitudes incesantemente móviles de la existencia. El deber es su estrella. Marcha como los reyes antiguos, porque sabe, lo mismo que ellos, que Dios es el motor; Dios, sobre quien ella se apoya; Dios, que nunca le ha faltado; Dios, que tiene en sus manos paternales todos los acontecimientos de su vida de madre y esposa, de ama de casa y de mujer de trabajo.
Su hogar es el reino de la paz, casi del silencio. Si las voces se elevan, es para mezclarse unas a otras en notas de un concierto de alegría. Todo en esa familia funciona como la regularidad del gran péndulo del reloj de la escalera, donde el tac responde al tic con regularidad y cuya oscilación no es más precipitada en la noche que en la mañana.
¿El secreto de la reina de la serenidad? ¡Ah!, ¿quisierais conocerlo? ¿Por qué es tan diferente de tantas otras esta madre, esta ama de casa? Porque ella es… dueña de sí misma (Antonio Royo Marín, O.P., Espiritualidad de los seglares, BAC, Madrid, 1967, pp. 612-613).

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