Cuadro y Fotografías para el Recuerdo

Cuadro de Doña Gabriela

Cuadro de Doña Gabriela

Bondad con los necesitados, admiración, respeto y veneración para con los superiores. Aquel artístico y fino París de comienzos de siglo, ofreció a doña Lucilia una excelente oportunidad para manifestar su intenso amor por doña Gabriela. Después de buscar un poco, encontró un artista que, con precisión y talento, se dispuso a pintar a su madre: el notable retratista Léon Comerre.
Doña Gabriela intentó disuadir a su cariñosa hija, pero todo fue en vano, ni siquiera los argumentos financieros pudieron moverla de su posición. Doña Lucilia, en tono de súplica, le pidió que aceptase el homenaje de ese ofrecimiento. Gesto que dejó para la posteridad los imponentes trazos de su venerada madre.
Quería dejar a sus hijos el cuadro como herencia pues, según afirmaba, valía más que un blasón de familia.
En esa ocasión, un pequeño hecho puso en evidencia el perfil moral de aquella dama paulista. Cuando la obra de arte estaba casi concluida, el pintor le enseñó a doña Gabriela un álbum que contenía fotos y diseños de diferentes joyas de gran valor. Le preguntó cuáles debería reproducir en el cuadro para realzar la belleza de su noble figura. Sorprendida, respondió que debería ser retratada exactamente como estaba, sin aquellas joyas y ornatos, que en realidad no poseía.

Fotografías en traje de gala

Además de los episodios que venimos narrando, hay algo más que nos dará, con indiscutible autenticidad, una noción bastante aproximada de las reacciones psicológicas de doña Lucilia en medio de las bellezas y los encantos de París. A comienzos del siglo XX, el arte de la fotografía ya estaba bastante desarrollado, aunque no hubiese alcanzado las perfecciones de nuestros días. Eran los buenos tiempos de las fotos en pose, estudiadas, planeadas, muy demoradas. No raras veces se igualaban a una pintura o la excedían en la representación de la realidad. Creemos que las fotos de doña Lucilia, sacadas en ese período, ilustran bien lo que sobre ella hemos dicho.
Deseando guardar unos recuerdos que, por cierto, atravesarían las décadas, reservó un día para ir con doña Gabriela, don João Paulo y sus hijos a un buen fotógrafo.

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée

En la fotografía los niños aparecen vestidos con el esmero y el cariño tan propios de doña Lucilia; ambos de blanco, color de su preferencia. En la mirada de Rosée se nota ya el brillo de la inteligencia y la vivacidad. En Plinio se esboza de forma definida el espíritu contemplativo y reluce la inocencia.

Sentada en el banco de un jardín

En cuanto a doña Lucilia, el hábil fotógrafo supo interpretar su psicología, procurando dejarla al natural. El vestido de gala que usa es distinguido y de alta calidad, pero sin ostentación. No lo copió de ningún catálogo ni fue propuesto por ninguna costurera. Sus trajes eran planeados por ella misma en todos sus pormenores, tras observar diversos modelos. Pensaba meticulosamente en todo, en la combinación de colores, en las formas y, mientras no contrariasen a la moral, se adaptaba a las circunstancias y a la moda del momento.doña lucilia en banca

Era común que los fotógrafos tuvieran en sus estudios objetos decorativos para montar un escenario de acuerdo con el gusto de los clientes. El fondo de cuadro que aparece detrás de doña Lucilia corresponde a una mezcla de tempestad y de luz clara, representando una escena imaginaria al aire libre.
Probablemente el fotógrafo quiso establecer un contraste entre el aire de ceremonia de doña Lucilia y el ambiente de jardín. Bien podría ser la situación de una dama que, ya arreglada, está esperando el momento de salir para una fiesta; como no quiere arrugar su vestido en el confortable sofá de la sala de visitas y, al mismo tiempo, quiere disfrutar del aire fresco de una atmósfera pura y cristalina, como la de París al inicio de la primavera, se sienta en un banco del jardín. Su actitud denota distinción, categoría y delicadeza de alma.
El gesto de la mano con el abanico trasluce nobleza; la posición de la otra mano, sobre la que apoya la cabeza, sugiere elevación de espíritu y el hábito de meditar que tanto la caracterizaban. Las cejas, espesas, bastante oscuras y definidas, expresan la precisión y la fuerza de su personalidad. El arco que forman simboliza tal vez su firmeza de carácter,
nada concesivo al mal.

capV090 En su modo de ser se destacan algunos aspectos: calma, bondad, suave tristeza, resignación y mucha energía de alma para ser fiel a las vías de la Providencia. La mirada, además de seria, es firme, reflexiva y analítica. Con frecuencia analizaba a las almas bajo el prisma de la obligación de ser buenas unas con las otras. Sus ojos miran a fondo: parecen considerar la creciente desilusión que la humanidad y la vida le venían causando. También se unen en su figura gravedad y suavidad, virtudes muy difíciles de conjugar.

De pie, en una escalera

doña lucilia traje de galaLo artificial es el subterfugio de aquellos que no poseen cualidades. No pasó por la mente de doña Lucilia el deseo de representar lo que no era. Siempre muy digna, compuesta y virtuosa, no tenía necesidad de echar mano de algunos medios que maquillasen los aspectos menos agradables de su personalidad. Ella era admirable en todo. Aunque un fotógrafo le sugiriese actitudes inauténticas, es decir, que no estuvieran en su modo de ser, no encontraría consonancia de su parte. Es lo que se nota en esa fotografía. El aire noble y natural con que se presenta muestra bien el alto grado de virtud alcanzado por ella en la calma y en la serenidad. En su mirada no se percibe la menor preocupación por el fotógrafo, y sí por asuntos más elevados. Así mismo, no es su intención impresionar a quien en el futuro vea la fotografía.
No hay nada de autoritario en su actitud, sino la dulzura y afabilidad características de quien se habituó a ser siempre obedecida con afecto y sin resistencia. Se diría que el objetivo la sorprendió en el momento de bajar con entera naturalidad el peldaño de una escalera. El tul —concebido por ella como adorno— parece en sus manos más diáfano que una nube, y toma un aire de levedad y distinción que es casi de cuentos de hadas, realzando sus expresivos gestos. Si embargo, nada suplanta la luminosa bondad reflejada en su semblante y, sobre todo, en su mirada.

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El encuentro con la Princesa Isabel y una Princesa Rusa

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Iglesia de Saint-German l’Auxerrois

Seculares paredes de piedra, sublimes vitrales de colores, ojivas grandiosas y columnas gastadas por los vientos de la Historia… Las campanas tocan conclamando a los fieles para la Santa Misa. Doña Gabriela y doña Lucilia transponen los umbrales de la puerta de entrada y se dirigen a los primeros asientos, próximos del altar. Están en la Iglesia de Saint-German l’Auxerrois, conocida por haber sido el lugar de donde salió el tocsin (toque de campana) que desencadenó, en 1572, los sucesos de la famosa “Noche de San Bartolomé”.
Poco antes de iniciarse la Misa, atraviesa el arco que une la sacristía con el presbiterio una distinguida dama. Durante el Santo Sacrificio, su mirada se posa diversas veces sobre doña Gabriela. Ésta, a quien tal actitud no pasó desapercibida, en determinado momento interrumpe las oraciones de su hija para susurrarle que se trata de la Princesa Isabel.
— Sí, ya la he reconocido mamá, realmente es la Princesa Isabel.
Finalizada la Santa Misa, ambas ven que se aproxima una noble señora y se presenta como la Baronesa de Muritiba, dama de honor de la Princesa. Viene a comunicarles que la Princesa se había dado cuenta de que pertenecían a la aristocracia brasileña y les manda decir que tendría mucho placer en conocerlas.
Doña Lucilia y su madre se dirigen a la sacristía a fin de saludar a la Princesa, y durante la conversación son invitadas por ésta a tomar el té junto con toda la familia en su residencia.

Princesa Isabel

Princesa Isabel

Llegado el día, toda la familia, inclusive los niños, se dirigió a Boulogne-sur-Seine.
Fueron recibidos por la dama de honor de la Princesa y conducidos a un salón donde, poco después, entraría la imperial anfitriona. La familia formó un semicírculo alrededor de la Princesa, mientras ésta iba saludando atentamente uno por uno; todos retribuían sus saludos de modo respetuoso. Siguió el té, en un ambiente de afabilidad y elevación, sellándose a partir de ese momento una larga amistad entre la Princesa y doña Gabriela, así como entre las respectivas familias.

La enfermedad “incurable” de una princesa rusa

capV090Si el donaire era lo que distinguía a doña Gabriela, doña Lucilia cautivaba por la extrema delicadeza y bondad, no sólo de maneras, sino de alma, despertando la confianza de los que la conocían. 
Una joven princesa rusa se hospedaba con su esposo en el mismo piso que doña Lucilia y frecuentemente se encontraban en una u otra dependencia del hotel. No pasó mucho tiempo sin que la princesa tomase la iniciativa de saludarla, manifestando su simpatía hacia ella. El pueblo ruso, tan intuitivo como el brasileño, está dotado de una percepción muy rápida no sólo de las situaciones, sino también de la psicología de las personas. Quizá esta cualidad le habrá facilitado a la princesa penetrar en el alma de doña Lucilia, dando ocasión a una confidencia sui generis.
Encontrándose ambas en el corredor, próximo al cuarto de doña Lucilia, la princesa se le acercó llorando y le dijo:
— Madame, sepa disculparme, sé que no tengo derecho de dirigirme a usted de esta manera. Ni siquiera nos conocemos. Pero por su mirada y su modo de ser, veo que usted es una persona bondadosa y compasiva. Me encuentro en una enorme aflicción y quería saber si puedo desahogarme con usted…
Siempre acogedora, doña Lucilia le abrió inmediatamente las puertas del corazón. Llena de angustia, la princesa le contó que un famoso médico de París le había diagnosticado un cáncer y que, en consecuencia, tendría que ser sometida a una operación muy dolorosa y arriesgada. Se encontraba extremamente afligida, ante la previsión de los sufrimientos y del riesgo que le esperaban. No quería morir prematuramente, necesitaba educar a sus hijos y tenía toda una vida por delante. Sollozando, dulcemente le decía:
— Hablando con usted tengo la esperanza de recibir algún consejo que me ayude a encontrar una salida para esto…
Doña Lucilia en pocos minutos la tranquilizó:
— No desanimemos, los médicos algunas veces se equivocan, no son infalibles, uno puede corregir el diagnóstico de otro. He oído que, sobre esta materia, hay en Suiza un médico muy bueno. Quien sabe, usted puede ir hasta allí, pide una consulta…
Sus palabras impregnadas de bienquerencia y su tono de voz comunicaban una profunda paz. La pobre princesa fue sintiendo penetrar en su alma, aun dentro de la tragedia, el suave bálsamo del buen consejo. Entre sollozos escuchó que doña Lucilia la estimulaba a rezar para no dejarse vencer por la desesperación.
Poco después, la princesa resolvió hablar con su esposo. Él no estuvo de acuerdo:
— El médico que te ha visto es uno de los mayores que hay sobre el tema; no se equivoca. La realidad es ésta y debes aceptar la situación…
A pesar de ese primer revés, la joven dama no se desanimó. El desacuerdo con su marido se prolongó durante varios días, hasta que acabó por convencerlo de que hiciesen el viaje a Suiza.
En el momento de la despedida, en medio de palabras de consuelo y de ánimo, doña Lucilia le dio su dirección en Brasil para que, necesitándola, no dejase de buscarla.
Pasado algún tiempo, cuando doña Lucilia ya estaba en São Paulo, recibió una carta de su confidente, en la cual le agradecía todo lo que había hecho por ella.
Contaba que el médico suizo, después de varios exámenes, había desmentido enteramente el diagnóstico de su colega parisiense. De esta manera, la princesa daba por resuelto el caso gracias a la bondadosa y sapiencial orientación de doña Lucilia.

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El niño que quiso comprar el castillo del Rey Sol

Versaille

Palacio de Versalles

Una de las maravillas del mundo es Versalles, y doña Lucilia ansiaba contemplar lo que conocía sólo por descripciones e ilustraciones. Sin embargo, pensaba más en la formación cultural de sus hijos que en sí misma. Era indispensable que al salir de Francia guardaran un recuerdo de aquella maravilla. Por eso dedicó un día para visitar Versalles con su esposo y los niños.
Antes de llegar, les explicó lo que era necesario saber sobre el castillo: su significado, su historia, sus glorias.
Años más tarde, al recordar esta visita, modulando las palabras con su voz armoniosa, doña Lucilia destacaba dos episodios:
Paseábamos por aquellos bellos jardines y galerías de Versalles; yo llevaba a Plinio de la mano, mientras João Paulo llevaba a Rosée. Muy atraído por la belleza de las esculturas, Plinio se estaba quedando atrás; quería parar y mirar una por una.
— Mamá —me decía— me gustan mucho esas estuatas (quería decir estatuas).

"Estatuas"

«Estuatas»

Iba contemplándolo todo. En cierto momento me preguntó:
— Mamá, una cosa. ¿Cuánto vale este castillo?
— Hijo mío, esto no tiene precio. Hay ciertas cosas en el mundo que no tienen
precio. Valen tanto, tanto, que nadie tiene dinero para comprarlo.
— No, eso no es así… — añadió poco convencido. Plinio se metió la mano en el bolsillo y, para mi sorpresa, sacó una libra esterlina
de oro.
— Mamá, el tío Gabriel me ha dado esta moneda y con ella quiero comprar este castillo, porque quiero vivir aquí.
Intenté demostrarle que era imposible realizar su deseo solamente con aquella moneda, pero me di cuenta de que no había quedado muy convencido, a pesar de haberse sometido con docilidad.
Casi al final de la visita entramos en un gran pabellón donde estaban expuestos los carruajes de los Reyes de Francia. Uno de ellos era dorado, de líneas elegantes, con ventanas de cristal abombado y asientos tapizados con sedas y damascos, tenía en las puertas unas bonitas pinturas recubiertas con el famoso barniz Martin y bellas plumas en el techo. Este carruaje dejó embelesado a Plinio.
Puso su manita en un picaporte y se dio cuenta de que podía abrirlo. Quiso entrar para ver cómo era por dentro. João Paulo inmediatamente intervino:
— No puedes entrar en la carroza, tienes que verla desde fuera.
— No sé si no le escuchó bien, pero estaba entrando cuando João Paulo lo cogió
por el brazo:
— No, tú no entras. Dame la mano, pues quien va a ocuparse de ti soy yo. Siempre razonable, Plinio se quedó fuera contemplando aquella maravilla.
En el momento de marcharnos su padre le dice:
— Bueno, ahora vámonos.
— ¡No! Yo voy a quedarme aquí.
— Tú no te quedas, ven conmigo.
— ¡No, yo no me voy!
Logró zafarse de la mano de João Paulo y se agarró a una de las ruedas del carruaje; tal era el deslumbramiento que le producía aquella maravilla.
Sonriendo, su padre le dijo:
— ¡Vas a ver si vienes o no!
Lo cogió en brazos y se lo llevó. Doña Lucilia, con el corazón desbordante de afecto por su hijo, procuró con mucha habilidad hacer valer la autoridad paterna y al mismo tiempo proteger la inocencia del niño. Con esa suavidad tan propia de ella, consiguió convencer a Plinio de que era necesario regresar al hotel.

Carruaje

El “robo” del pastel de la Marquise de Sévigné

Cuando volvíamos al Hotel Royal —decía ella— decidí llevar a mis hijos a una confitería. Se llamaba Marquise de Sévigné. Rosée y Plinio se quedaron fascinados con las vitrinas tan bien arregladas, repletas de dulces, caramelos y bombones de bonitos colores y envolturas atrayentes. Rosée escogió su dulce y Plinio quiso un pastel de café. La dependienta los empaquetó y se los entregó a los niños. Plinio cogió el suyo y salió. Lo llamé y le dije:

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— Hijo mío, ¿sólo vas a llevarte el tuyo? No está bien que un caballero deje que la dama cargue algo. Debes coger el de tu hermana y llevarlo tú también.
Sin oponer resistencia, agarró ambos paquetes, uno en cada mano, y salimos a la calle.
Él caminaba delante, muy satisfecho, y detrás íbamos Rosée y yo. De repente vi pasar a un hombre cerca de mí, con sombrero, perilla y unos bigotes bastante finos, que aparentaba ser muy bien educado. Me guiñó un ojo, en señal de que iba a gastar una broma amistosa y de que me pedía que yo le permitiese ese respetuoso atrevimiento de su parte.
Justo al pasar delante de Plinio le quitó los dos paquetes, diciéndole:
— ¡Muchas gracias! ¡De verdad, muchas gracias! Eres muy gentil, te agradezco
que me hayas dado este regalo — y siguió caminando.
Plinio echó a correr detrás del hombre y se agarró a sus piernas haciéndole parar y afirmando:
— No es correcto lo que usted está haciendo.
— Pero, ¿cómo? Tú me has dado estos dulces.
— No, usted está cometiendo dos pecados: primero me ha robado, ya que yo no le he dado los dulces; y segundo, usted está mintiendo al decir que se los he dado, pues yo no he dicho eso. Haga el favor de devolvérmelos, porque no son suyos.
Después de discutir un poco con Plinio, el hombre acabó por devolverle los dulces.
Volviéndose hacia mí, se quitó el sombrero y me saludó:
— Madame, su hijo es encantador. Todas las mañanas hago un hueco en mi trabajo para pasar por el Rond Point y poder asistir a las discusiones que mantiene en el teatro de marionetas. La felicito por el hijo que tiene.

Hotel Royal

Hotel Royal