Preparando a sus hijos para la Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Los años pasaban, los niños crecían, y se acercaba la hora de que hicieran la Primera Comunión. El ambiente de auténtica piedad y ardiente fe que doña Lucilia fomentaba en casa era sin duda la mejor preparación. Además, su desbordante benevolencia ayudaba a los niños a comprender que, por encima de ella, Nuestro Señor Jesucristo, habiendo derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por la salvación de las almas, les quería infinitamente más que su propia madre.
A partir del momento en que les habló de la Primera Comunión, ella les dio una alta idea de la grandeza de ese augusto acto. Consiguió también que el Vicario de la Parroquia de Santa Cecilia les impartiese a Rosée, Plinio e Ilka, un curso de catecismo.
Con el paso de los días, doña Lucilia notó que los niños estaban sacando mucho provecho de las clases. Sumamente complacida, les daba algunas explicaciones y les preguntaba sobre ciertos puntos. Narraba también trechos de la Historia Sagrada de manera tan elevada y entretenida, y con tanta unción, que les infundía
un gran respeto por los personajes bíblicos.
Se imaginaba cómo sería Palestina. Por ejemplo, describía las arenas de los desiertos de Tierra Santa, marcadas por sublimes recuerdos. El modo de pronunciar ella ciertos nombres: “Mar de Tiberiades…” daba, a quien lo oía, la impresión de estar viendo las olas del mar y, en ellas, reflejada la figura del Salvador.
Hablaba mucho de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Los actos de Él eran mostrados siempre como algo sereno y comedido, llenos de significado, de una sabiduría que transcendía de lejos a todo cuanto hay en el mundo; sus actitudes, como expresiones de suma majestad y superioridad absoluta. A la Santísima Virgen, doña Lucilia la presentaba como afable, bondadosa y desbordante de cariño.

“No quiero que estéis pensando en la fiesta…”

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Llegó, por fin, el gran día para Rosée, Plinio e Ilka. En aquella época, era costumbre en las familias dar una gran fiesta para los niños que por primera vez se acercaban a la Sagrada Mesa, invitando a los hijos de parientes y amigos. Doña Lucilia, por el contrario, llamó a sus hijos y les dijo:

Hijos míos, la Sagrada Comunión es el acontecimiento más importante de la vida después del Bautismo. Por eso, no es conveniente que en este día estéis pensando, desde la mañana, principalmente en la fiesta, ya que desvía la atención de la Eucaristía.
Y transfirió las conmemoraciones sociales de esa gran fecha para el día siguiente, a fin de que los niños se compenetrasen bien de la excelencia del acto y, de esta manera, no se les perturbara en su recogimiento interior. Por el mismo motivo, los dejó hasta la noche con la ropa de la Comunión, la cual era según las costumbres de la época para el niño un Eton traje inspirado en el uniforme del famoso colegio inglés del mismo nombre y para las niñas un vestido de novia, pues Nuestro Señor Jesucristo es el Divino Esposo de las almas vírgenes.
No es de extrañar que el Dr. Plinio, al recordar aquel momento bendito entre todos en el cual recibió por primera vez al Divino Redentor, comentase: “Mamá fue la luz de la preparación para mi Primera Comunión”.

“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.

El Carnaval, según Doña Lucilia

En el Carnaval, dos pequeños marqueses

plinio_marques¡Cuán recatados eran aquellos festejos, llenos de colorido y de alegría, del lejano. 1915, tan contrarios a los de hoy, en los que imperan el frenesí y la inmoralidad! Una de las principales distracciones eran los famosos corsos, tradicionales desfiles de carrozas en los que iban personas disfrazadas. Eran tres los corsos: el de la avenida Paulista, el del Centro —“corso del Triángulo”— y el del Bras. En el primero —más representativo, por recorrer calles tenidas por más aristocráticas en la São Paulo de entonces— los automóviles subían la avenida Angélica, entraban en la Paulista y bajaban por la Brigadeiro Luis Antonio hasta el Largo de São Francisco, volviendo en sentido inverso al punto de partida. Así se formaban dos filas paralelas de automóviles dislocándose en direcciones opuestas, lo que daba ocasión a que los conocidos se saludasen durante el recorrido.

A lo largo del trayecto, las residencias, sus parques y jardines, eran adornadas con lámparas multicolores y, junto a los muros, se montaban pequeños palenques para que las familias viesen pasar el corso. Los disfraces procuraban manifestar más el buen gusto que el deseo de provocar hilaridad y hacer chistes. ¿Inmoralidad?, ¡ni pensarlo! En fin, era un carnaval muy paulista, grave, familiar y aristocrático, en el que la mentalidad optimista difundida poco después por el cine americano, aún no había entrado. Para las personas de aquel tiempo la alegría no era sinónimo de carcajada, aunque la risa tuviese su discreto papel en la vida. Doña Lucilia nunca dejaba de mandar hacer disfraces para los niños. Ella misma los ideaba, procurando representar personajes míticos, como los de las “Mil y una Noches” —marajás, guerreros griegos o romanos, potentados persas, princesas cubiertas de joyas (falsas, claro está)— prefiriéndolos a personajes burlescos, aunque no faltasen: pierrots, arlequines, trovadores y otros tantos. A veces se inspiraba en trajes franceses del Ancien Régime.rosee_024 En una ocasión, disfrazó a Rosée y a Plinio de nobles del siglo XVIII, intentado aproximarse lo más posible de la realidad hasta en los mínimos detalles. No se empeñaba apenas en la confección de las ropas, hechas de tejidos importados de buena calidad, sino, sobre todo, en que ellos tomasen una actitud acorde con el traje. El niño, con la peluca empolvada, sombrero de dos picos, encajes en los puños, tomaba el aspecto distinguido y fino de un marqués; la niña, con la falda llena de encajes y tocado de marquesa, hacía elegantes reverencias. Ciertamente, mientras andaban con aquellos bonitos trajes, los niños se acordaban más particularmente de los personajes de aquellas maravillosas historias de Dumas contadas por doña Lucilia…

El marajá y la princesa persa, en la imaginación de doña Lucilia

Para el carnaval de 1917, doña Lucilia escogió para sus hijos los trajes de marajá y de princesa persa, y ellos, en seguida, quisieron saber de qué se trataba. Con su fino sentido de los matices, ella les explicó pormenorizadamente que los marajás eran príncipes de la India que, como las princesas de Persia, habitaban en fabulosos palacios, envueltos en las míticas brumas de un mundo lejano y misterioso. Decía esto para convidar discretamente a los niños a ponerse en los papeles de marajá y de princesa persa, y a vivirlos durante algunos días.plinio_maraja El disfraz de Plinio consistía en un vistoso turbante, que parecería un tanto pesado si no tuviese como adorno una delicada aigrette (Plumas de la cabeza de la garza real, que se comercializan especialmente para hacer penachos con pedrerías). Ésta, a su vez, estaba fijada en una joya rutilante, que marcaba todavía más la nobleza del conjunto. En el traje de Rosée sobresalía la levedad del tocado de seda, ornado con varias hileras de perlas, tres de las cuales, bastante largas, colgaban a manera de collares. Una fina aigrette daba aún más elevación al conjunto. Los bordados de la blusa, las pulseras y anillos, recordaban la suntuosidad oriental, y un vaporoso tul traía a la memoria todo el aspecto soñador del grandioso Imperio Persa. Los trajes de ambos, de seda preciosa, eran realzados por bellos cinturones. Y los zapatos, revestidos de satén lila, tenían las puntas hacia arriba, recordando el ambiente exótico de los maravillosos palacios de Oriente, lo que los niños encontraron de rara belleza, pues estas puntas parecían estar moldeadas como queriendo alzarse de la vulgaridad del suelo.

Un mago que nada tenía de demoníaco

En 1918 doña Lucilia quiso que su hijo representase un papel que le exigía una visión muy diferente: la de mago. Según la idea clásica, un hombre que busca mostrarse cargado de los misterios de Oriente y trayendo, en el fondo de sus indagaciones y de sus experiencias místicas, no se sabe qué simulaciones de secretos y de poder. Entre sorprendido y desconfiado, Plinio, en la época con nueve años, le preguntó a doña Lucilia si los magos no tenían parte con el demonio. Ella lo tranquilizó, diciéndole que podía estar seguro de que el disfraz nada tenía que ver con el padre de las tinieblas. A fin de cuentas los Reyes venidos de Oriente para adorar al Niño Jesús en la gruta de Belén eran también magos. Así, en la colección de fotografías de doña Lucilia, vemos a su hijo con un sombrero cónico, una varita mágica en la mano, fisonomía misteriosa y pensativa, tanto cuanto conseguía imaginar.

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El pequeño Plinio, durmiendo… en la baranda

pliniopqequñoHacia enero de 1968, contaba doña Lucilia a alguien que aún hoy mantiene vivo recuerdo de sus palabras.

Un día, la institutriz de los niños vino a buscarme y preguntó por Plinio. Era aún muy niño y lo había perdido de vista. Suponía que estaba conmigo. Al no verle, me dijo afligida:
— Estaba segura de que se encontraba con usted, como sucede siempre que se escapa del juego.
— Vamos a buscarlo entonces — respondí—. Usted busca en la parte superior de la casa y yo compruebo si está abajo.
Como no lo encontrábamos, invertimos los pisos y la fräulein fue a buscarlo en la planta baja, mientras yo lo hacía en el piso superior. Entonces, al pasar por una sala que daba a un balcón, vi a Plinio, acostadito sobre la baranda, durmiendo tranquilamente. Inmediatamente me di cuenta del peligro que corría, pues cualquier movimiento brusco podría hacerle caer.
Llamé a las dos criadas más fuertes de la casa, diciéndoles que doblasen en dos una manta y la sujetaran firmemente en el jardín de la casa, debajo de la baranda donde él estaba durmiendo, a fin de atajarlo en una eventual caída. Al comprobar que ya estaban ahí —continuaba doña Lucilia con su encantadora manera de expresarse— me dirigí junto con la institutriz hacia la baranda, con cuidado para no hacer ningún ruido que lo despertase bruscamente. Al aproximarme, me subí en una silla, puse mis brazos alrededor de su cuerpo, y lo llamé por su nombre:
— ¡Plinio, hijo mío!…
Él se despertó y volviéndose hacia mí, respondió:
— ¿Qué pasa, mamá?
Inmediatamente lo cogí en mis brazos y, ayudada por la institutriz, lo bajé de la baranda.
Teniéndolo sobre mis rodillas, ya en el comedor, le dije:
— Hijo mío, tienes tantos lugares para descansar: tu cama, el sofá de tu madre,
los sillones, ¿porqué quisiste dormir en un sitio tan peligroso?
Todavía ajeno al riesgo que había corrido, y un poco sorprendido con mi preocupación,
respondió con mucho candor:
— ¡Ah, mamá!, me había subido para contemplar el panorama y, cuando estaba ahí, me entró sueño y me dormí…
— Hijito mío —continué— me vas a prometer que nunca más se repetirá eso. Y él, de buena gana, aceptó.

Siempre atendiendo a las preguntas de su interlocutor, a la simple cuestión de si su hijo le había dado alguna seria preocupación durante su vida, doña Lucilia, a los noventa y dos años, dando colorido a sus palabras mediante indescriptibles y pequeños gestos, repetía esta narración. No nos es difícil comprender por qué, en tiempos pasados, hijos, sobrinos y otros niños que la conocieron se apiñaban alegres a su alrededor, pidiendo que les contase alguna historia.

El noble cojo

Una de esas historia era la del noble cojo, que tenía una lección de carácter moral y religioso. El del noble cojo, hecho ocurrido durante el Ancien Régime.
Así lo describía ella:
A pequeña distancia de una hospedería, situada al borde de una carretera, conversaban animadamente algunos muchachos del pueblo sencillo: fuertes, saludables y de buen ánimo. En cierto momento, se aproximó un carruaje tirado por caballos blancos magníficamente enjaezados y paró delante de la casa. Los adornos dorados del coche, el blasón pintado en sus puertas, los finos cristales de las ventanas, los postillones vestidos con librea, todo, en fin, denotaba el noble origen del ocupante de aquel bello vehículo.
Saltan a tierra los lacayos. Uno sujeta con fuerza a los caballos, otro corre ligero a abrir la puerta, mientras un tercero extiende una escalerilla que llega hasta el suelo. Los muchachos se acercan curiosos para ver quién era el feliz viajero.
A través de las entreabiertas cortinas de damasco rojo, distinguen a un apuesto joven que se prepara para salir. Con elegante gesto, éste se cubre con su tricornio ornado de plumas, y desciende lentamente del carruaje… apoyado en muletas, pues le faltaba un pie.
Los jóvenes, entonces, cayeron en sí. ¡Qué poco vale el dinero! ¡Qué poco valen las apariencias en esta tierra! Ellos, por no tener ningún pie amputado, eran más felices que el noble cojo en medio de toda su opulencia.

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