El pequeño Plinio, durmiendo… en la baranda

pliniopqequñoHacia enero de 1968, contaba doña Lucilia a alguien que aún hoy mantiene vivo recuerdo de sus palabras.

Un día, la institutriz de los niños vino a buscarme y preguntó por Plinio. Era aún muy niño y lo había perdido de vista. Suponía que estaba conmigo. Al no verle, me dijo afligida:
— Estaba segura de que se encontraba con usted, como sucede siempre que se escapa del juego.
— Vamos a buscarlo entonces — respondí—. Usted busca en la parte superior de la casa y yo compruebo si está abajo.
Como no lo encontrábamos, invertimos los pisos y la fräulein fue a buscarlo en la planta baja, mientras yo lo hacía en el piso superior. Entonces, al pasar por una sala que daba a un balcón, vi a Plinio, acostadito sobre la baranda, durmiendo tranquilamente. Inmediatamente me di cuenta del peligro que corría, pues cualquier movimiento brusco podría hacerle caer.
Llamé a las dos criadas más fuertes de la casa, diciéndoles que doblasen en dos una manta y la sujetaran firmemente en el jardín de la casa, debajo de la baranda donde él estaba durmiendo, a fin de atajarlo en una eventual caída. Al comprobar que ya estaban ahí —continuaba doña Lucilia con su encantadora manera de expresarse— me dirigí junto con la institutriz hacia la baranda, con cuidado para no hacer ningún ruido que lo despertase bruscamente. Al aproximarme, me subí en una silla, puse mis brazos alrededor de su cuerpo, y lo llamé por su nombre:
— ¡Plinio, hijo mío!…
Él se despertó y volviéndose hacia mí, respondió:
— ¿Qué pasa, mamá?
Inmediatamente lo cogí en mis brazos y, ayudada por la institutriz, lo bajé de la baranda.
Teniéndolo sobre mis rodillas, ya en el comedor, le dije:
— Hijo mío, tienes tantos lugares para descansar: tu cama, el sofá de tu madre,
los sillones, ¿porqué quisiste dormir en un sitio tan peligroso?
Todavía ajeno al riesgo que había corrido, y un poco sorprendido con mi preocupación,
respondió con mucho candor:
— ¡Ah, mamá!, me había subido para contemplar el panorama y, cuando estaba ahí, me entró sueño y me dormí…
— Hijito mío —continué— me vas a prometer que nunca más se repetirá eso. Y él, de buena gana, aceptó.

Siempre atendiendo a las preguntas de su interlocutor, a la simple cuestión de si su hijo le había dado alguna seria preocupación durante su vida, doña Lucilia, a los noventa y dos años, dando colorido a sus palabras mediante indescriptibles y pequeños gestos, repetía esta narración. No nos es difícil comprender por qué, en tiempos pasados, hijos, sobrinos y otros niños que la conocieron se apiñaban alegres a su alrededor, pidiendo que les contase alguna historia.

El noble cojo

Una de esas historia era la del noble cojo, que tenía una lección de carácter moral y religioso. El del noble cojo, hecho ocurrido durante el Ancien Régime.
Así lo describía ella:
A pequeña distancia de una hospedería, situada al borde de una carretera, conversaban animadamente algunos muchachos del pueblo sencillo: fuertes, saludables y de buen ánimo. En cierto momento, se aproximó un carruaje tirado por caballos blancos magníficamente enjaezados y paró delante de la casa. Los adornos dorados del coche, el blasón pintado en sus puertas, los finos cristales de las ventanas, los postillones vestidos con librea, todo, en fin, denotaba el noble origen del ocupante de aquel bello vehículo.
Saltan a tierra los lacayos. Uno sujeta con fuerza a los caballos, otro corre ligero a abrir la puerta, mientras un tercero extiende una escalerilla que llega hasta el suelo. Los muchachos se acercan curiosos para ver quién era el feliz viajero.
A través de las entreabiertas cortinas de damasco rojo, distinguen a un apuesto joven que se prepara para salir. Con elegante gesto, éste se cubre con su tricornio ornado de plumas, y desciende lentamente del carruaje… apoyado en muletas, pues le faltaba un pie.
Los jóvenes, entonces, cayeron en sí. ¡Qué poco vale el dinero! ¡Qué poco valen las apariencias en esta tierra! Ellos, por no tener ningún pie amputado, eran más felices que el noble cojo en medio de toda su opulencia.

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“Mirad cómo Él está llorando por vosotros”

5011_M_fa921190aLa conformidad de doña Lucilia con el espíritu de la Iglesia la hacía eximia cumplidora de las prácticas religiosas. En aquellos tiempos, impregnados aún de la benéfica presencia de San Pío X en el Solio Pontificio, la liturgia enriquecía con todo su sacro esplendor las solemnidades religiosas conmemorativas de los principales misterios de la Fe. Los fieles se asociaban a tales celebraciones, ya por el ejercicio de las prácticas y devociones recomendadas por la Iglesia ya por la asistencia a los oficios divinos. Doña Lucilia, siempre que se lo permitía su frágil salud, comparecía a éstos piadosamente.
Sin embargo, no se limitaba a eso. En casa, procuraba crear el ambiente propio a las diferentes fiestas del calendario litúrgico. Tal era el caso, sobre todo, de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua.
Durante la Semana Santa, no sólo en las iglesias sino también en los hogares —como era tradición en todas las familias católicas— se cubrían con tejidos morados las imágenes y los crucifijos, se suspendían los entretenimientos de los niños, los mayores se abstenían del juego, la mayoría de las personas se vestía de luto, y todos hablaban a media voz en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Doña Lucilia congregaba a los pequeños a su alrededor y les explicaba, con mucha gravedad, cada paso de la Pasión, haciéndoles ver las funestas consecuencias del pecado. Con el objetivo de hacer que sus pequeños oyentes se compadeciesen de Nuestro Señor, les mostraba grabados piadosos y, en palabras accesibles a la comprensión infantil, les decía:
— Mirad cómo Él está llorando por vosotros. Está también llorando por los demás, porque sufrió por todos…
El Viernes Santo reunía a todos los parientes que vivían en su casa y, a las tres de la tarde, organizaba una vigilia de oraciones ante un crucifijo heredado de su recordado padre.
Doña Lucilia daba inicio al acto con la letanía al Sagrado Corazón de Jesús; seguía la letanía a la Virgen; después pedía por el alma de éste, de aquél, no había persona fallecida en la familia, por cuya alma se olvidase de rezar. Intercalaba las oraciones vocales con intervalos de oraciones en silencio, y todos permanecían en actitud de recogimiento. Nadie se atrevía a salir antes de terminar.
Tras las graves tristezas de la Semana Santa venían, a partir del mediodía del Sábado Santo, las triunfales alegrías de la Resurrección, que ella se encargaba también de transmitir a los niños. En varias esquinas de la ciudad se veía la tradicional quema de Judas, en la cual los niños vengaban la traición mil veces infame cometida contra Nuestro Señor Jesucristo.
Desde el sábado, doña Lucilia organizaba el paseo del día siguiente, donde no faltaban los manjares y golosinas tan del gusto de los niños y cuya preparación siempre dirigía.

Domingo de Pascua en el Parque Antárctica

Parque Antártica

Parque Antártica

Desde que salía el sol, el día se anunciaba como un inocente y feliz Domingo de Resurrección de los lejanos años de 1915 o 1916. La víspera, como todos los años, doña Lucilia llenaba una cesta de mimbre con huevos de Pascua, bebidas y bocadillos, dado que era costumbre en la familia llevar a los niños de pic-nic.
En determinado momento, se abría la puerta del palacete Ribeiro dos Santos y, bajo la vigilancia de las institutrices, salía un tropel de niños que, apiñados en taxis, iban en alegre algarabía por las calles de los Campos Elíseos, tan apacibles entonces. Junto a ellos, amparándolos con su diligente y tranquila presencia, iba doña Lucilia. En general escogía el Parque Antárctica para la fiesta al aire libre.
Llegados al lugar, daba libertad a los niños para que fuesen a jugar por las diferentes alamedas ajardinadas, cubiertas por la sombra de imponentes árboles. Mientras los pequeños se dispersaban, las institutrices, bajo la orientación de doña Lucilia, escondían entre la vegetación apetitosos sándwiches de sardinas portuguesas, lomo de cerdo, jamón y queso, con rodajas de huevos duros, además de los huevos de Pascua de chocolate o de azúcar cande, envueltos en papeles plateados. Estos últimos ofrecían la agradable sorpresa de contener bombones.

Cuando todo estaba listo, los niños acudían alegres a la voz de doña Lucilia, que los llamaba para que vinieran a descubrir aquellas delicias. Venían veloces. Plinio, nada entusiasta de carreras, se quedaba atrás, pensando consigo mismo: “Mamá me echará una mano”. Mientras los otros, con avidez, iban en busca de los tesoros culinarios escondidos, y las manifestaciones de alegría eran señal de haber sido encontrados los primeros manjares, él se acercaba a doña Lucilia, que complacida observaba toda aquella vivacidad infantil, y le preguntaba:

Parque Antártica

Parque Antártica

— Y entonces mi bien, ¿dónde están las cosas?
Cariñosamente ella respondía:
—Filhão (Se pronunciaría filión. Es el aumentativo de la palabra portuguesa filho, hijo, con la cual doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio de manera cariñosa), ¡hay que buscarlas!
Poco después volvía a insistir:
— Pero, no sé dónde pueden estar.
Entonces, mirando en la dirección en donde había algo escondido, sonreía diciendo:
—Filhão, mira a ver si encuentras alguna cosa por allí.
Confiante en que el consejo materno siempre indicaba el camino seguro, seguía el rumbo trazado por la mirada de doña Lucilia. Ella permanecía sentada observándolo. Si tardaba en encontrar las deseadas golosinas, se levantaba e iba hacia él que, siempre muy enfático, nuevamente le decía:
— ¡Mi bien! ¡No estoy encontrando los huevos! Dígame donde están, que no
los estoy encontrando…
— ¡Busca, busca! Mira un poco por ahí.
Al final, Plinio descubría algunas delicias, que, por supuesto, eran sus predilectas, escondidas especialmente para él… En seguida abrazaba y besaba a doña Lucilia como expresión de filial agradecimiento. Seguidamente ella le ordenaba con afecto:
— Vete a jugar, hijo mío.
* * *
señoradoñalucilia_009Con su placidez y serenidad, en medio de aquella inocente alegría, doña Lucilia enseñaba a los niños a buscar la verdadera felicidad sólo en aquellas formas de placer que conservasen y desarrollasen un bienestar sólido, tranquilo, agradable, y sonriente. No valía la pena sacrificarla por nada que trajese perturbación, aun cuando esto pudiese producirles una pseudo alegría.
Era incompatible con modos de ser febriles y agitados. Ayudaba a eso el equilibrio de su temperamento, siempre recto ante la fruición y verdadero símbolo del orden. Como consecuencia de eso, su alma era ávida de todo cuanto es bello y maravilloso, creando a su alrededor una aureola de sublimidad. Testigos de entonces no dudan en afirmar haber observado en más de una ocasión que, estando doña Lucilia en alguna sala, el ambiente era uno; cuando ella salía, cambiaba completamente. Por eso los niños de la familia buscaban tanto su compañía, y para no frustrar los anhelos de los pequeños, no ahorraba esfuerzos en la preparación de las fiestas infantiles.

Los tres mosqueteros

cap6_044Viendo doña Lucilia que se aproximaba el final de la infancia de sus hijos, juzgó adecuado inculcarles el gusto por la literatura.
Doña Lucilia no tenía la más mínima pretensión de ser una literata. Su mayor empeño era hacer crecer el espíritu analítico de aquellos niños, en los que comenzaban a despuntar las primeras manifestaciones de preferencias o rechazos, ya propias de la adolescencia.
Las tramas que ella elaboraba siempre terminaban de modo ejemplar: el personaje era premiado por su virtud o, cuando era derrotado, lo describía en su aislamiento, en la tranquilidad majestuosa de una conciencia limpia, otro tipo de premio del cual sabía realzar con maestría los aspectos apacibles y gloriosos. Sería superfluo decir que los resúmenes hechos por doña Lucilia excluían cualquier tipo de episodios o detalles que atentaran contra la moral.
Para fijar la atención de los pequeños, en aquellos lejanos tiempos que ya prenunciaban el apogeo cinematográfico, era necesario que la historia fuera novelesca, llena de aventuras imprevistas y sensacionales. Si el tema escogido no las tenía, en seguida se desinteresaban por la narración y continuaban oyéndola con ojos distraídos y distantes. En esas circunstancias, la elección de doña Lucilia no podía recaer sobre un tema más apropiado que el de Los tres mosqueteros, una de las más famosas novelas de Alejandro Dumas.
La censura de doña Lucilia expurgaba implacablemente de esa obra las inmoralidades de todo género que en ella pululan. La historia también se desarrollaba en pleno Ancien Régime, en el reinado de Luis XIII. Doña Lucilia, rodeada de sus pequeños oyentes, les iba pintando en la imaginación, con vivos colores, a través de sus armoniosas palabras, aquella remota época como un período áureo en el que Occidente estaba a punto de alcanzar un ápice de buen gusto, de buenas maneras, de elegancia y de nobleza de actitudes.cap6_046
Contaba que el ejército francés tenía entonces un cuerpo de élite, especialmente dedicado a la protección del Rey. Que, además de espada, aquellos soldados utilizaban un arma de fuego inventada recientemente: el mosquete. De ahí que fueran conocidos por el nombre de mosqueteros.
Ella afirmaba que D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis eran los más valientes héroes entre los mosqueteros del Rey. “Todos para uno y uno para todos”, era el lema de los cuatro amigos, que pertenecían a la compañía del Señor de Tréville, hombre de buena nobleza y de confianza del Rey. Y llamaba la atención de los niños para el hecho de que el Señor de Tréville era muy paternal con sus mosqueteros, sin dejar de exigirles una perfecta disciplina. Después de la atrayente introducción, los pequeños, con su imaginación prendida, estaban ávidos de oír a doña Lucilia describir la personalidad de cada uno de los mosqueteros, con sus virtudes y defectos. Los cuatro mosqueteros eran hidalgos característicos de su tiempo, y ella procuraba, destacando ese aspecto, estimular a los niños a tomar por modelo sus cualidades caballerescas.
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Mejor que la descripción de los valientes mosqueteros era el aparente contraste entre la narradora y sus héroes: ella, suave, delicada, afable; ellos, acostumbrados a los peligros, al riesgo, a las rudezas propias de la guerra. Las palabras de doña Lucilia eran tan expresivas que despertaban en los inocentes corazones de sus oyentes el entusiasmo por los hechos heroicos, sobre todo los que se realizaban en el cuadro pintoresco y noble de la guerre en dentelles (Literalmente: “guerra con encajes”. Expresión usada por los franceses para referirse a la época en que se combatía con traje de corte.), llevada a cabo por esos insignes batalladores, también eximios en brillar en los salones, con sus reverencias, encajes y penachos.

Excelente educadora, analizaba a los personajes desde el punto de vista de la moral católica. Como juez imparcial, reprobaba con severidad lo que en ellos era censurable, y exaltaba las virtudes y otros predicados dignos de alabanza. Cuando hablaba del pundonor y de la corrección de Athos, dejaba traslucir su propia integridad moral. Al pintar el coraje de D’Artagnan, lo hacía con tanta admiración que los niños creían sentir el heroico viento de la intrepidez acariciándoles el rostro.
Por otro lado, doña Lucilia procuraba mostrarles cómo era despreciable el “ideal” de un Porthos, cuya preocupación primordial consistía en el goce de la vida, y les explicaba la superioridad de la carrera intelectual, la preeminencia del espíritu sobre la materia. Finalmente, hacía relucir a los ojos de los niños lo que había de elevado en el tipo humano de un valiente Aramis, eclesiástico y guerrero.
Con la mente repleta de hechos de armas, grandes héroes, épocas de esplendor y de hidalguía, extasiados sobre todo con aquella atractiva narradora, los niños esperaban, no sin impaciencia, el próximo día en que doña Lucilia continuaría el cuento.cap6_048

“Yo también rezo tanto por ti…”

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a                          Doña Lucilia

No era sólo por razones naturales que doña Lucilia les dedicaba a sus hijos tan intenso afecto. La raíz más profunda de éste era su elevada devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a quien tanto rezaba, como relataría años más tarde, en una carta a Plinio, con palabras llenas de unción:

¡Me agradó inmensamente saber que cuando me
echas de menos, rezas delante de mi oratorio! Yo también
rezo tanto por ti; ¡el Sagrado Corazón de Jesús,
nuestro amor, será tu salvaguarda y protector!, hijo
querido de mi corazón.

Tal devoción unida a la atmósfera de recogimiento que doña Lucilia mantenía en el hogar, lo hacía propicio a la oración y a la contemplación. El Dr. Plinio recuerda que, muchas veces, al volver de algún paseo o fiesta infantil, encontraba la casa inmersa en un ambiente que le hacía evocar el sonido grave, noble y suave del carillón de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Eso contrastaba con la superficialidad y disipación que, ya en los remotos años veinte, iban marcando cada día más a la sociedad de nuestro siglo, haciéndole entender mejor el modo de ser, invariable y profundo, de doña Lucilia. “Fue por ese motivo que tomé una resolución: por mi parte, ¡también voy a vivir así!” concluyó el Dr. Plinio.
En el fondo, iba enseñando a sus hijos a vivir de manera virtuosa, pues era su más ardiente deseo. De ahí su gran empeño en darles una esmerada formación religiosa. A una excelente observadora como ella no le fue necesario mucho tiempo para notar que la fräulein Matilde, a pesar de ser una eximia educadora, no tenía la atención tan volcada hacia lo sobrenatural como sería de desear. Tanto mejor para sus hijos, pues su propia madre asumirá esta tarea tan alta.
Doña Lucilia también estimulaba en Rosée y Plinio la piedad en relación a las imágenes colocadas por ella en sus cuartos, y a veces las besaba cuando entraba allí.
Dr._plinioEl Dr. Plinio, ya octogenario, se acordaba de aquellos tiempos en que tenía seis, tal vez siete años de edad, época en que profundizó sus consideraciones sobre Nuestro Señor Jesucristo, al contemplar sus imágenes en casa y en la iglesia, o leyendo libritos para niños:
“Ya en mis primeros años, tenía la convicción de que Él era el Hombre-Dios, porque mamá lo dejaba clarísimo en las narraciones de Historia Sagrada”.
Tan rica y penetrante fue la influencia que tenía sobre sus hijos que Plinio, con tan sólo cuatro años, de pie sobre una mesa, llegó a dar clases de catecismo a los La educación de sus hijos  criados de la casa, transmitiéndoles lo que había oído de los piadosos labios maternos.
Por otra parte, a los niños les impresionaba vivamente ver el completo rechazo de doña Lucilia al demonio, el adversario del género humano. Tenía repugnancia hasta de su nombre, que no pronunciaba sino cuando era indispensable, y así mismo con expresión discretamente desagradada. Opinaba con toda razón que el simple hecho de mencionar a tan abyecto ente, sin absoluta necesidad, podía ser interpretado como si se le invocara.