El Carnaval, según Doña Lucilia

En el Carnaval, dos pequeños marqueses

plinio_marques¡Cuán recatados eran aquellos festejos, llenos de colorido y de alegría, del lejano. 1915, tan contrarios a los de hoy, en los que imperan el frenesí y la inmoralidad! Una de las principales distracciones eran los famosos corsos, tradicionales desfiles de carrozas en los que iban personas disfrazadas. Eran tres los corsos: el de la avenida Paulista, el del Centro —“corso del Triángulo”— y el del Bras. En el primero —más representativo, por recorrer calles tenidas por más aristocráticas en la São Paulo de entonces— los automóviles subían la avenida Angélica, entraban en la Paulista y bajaban por la Brigadeiro Luis Antonio hasta el Largo de São Francisco, volviendo en sentido inverso al punto de partida. Así se formaban dos filas paralelas de automóviles dislocándose en direcciones opuestas, lo que daba ocasión a que los conocidos se saludasen durante el recorrido.

A lo largo del trayecto, las residencias, sus parques y jardines, eran adornadas con lámparas multicolores y, junto a los muros, se montaban pequeños palenques para que las familias viesen pasar el corso. Los disfraces procuraban manifestar más el buen gusto que el deseo de provocar hilaridad y hacer chistes. ¿Inmoralidad?, ¡ni pensarlo! En fin, era un carnaval muy paulista, grave, familiar y aristocrático, en el que la mentalidad optimista difundida poco después por el cine americano, aún no había entrado. Para las personas de aquel tiempo la alegría no era sinónimo de carcajada, aunque la risa tuviese su discreto papel en la vida. Doña Lucilia nunca dejaba de mandar hacer disfraces para los niños. Ella misma los ideaba, procurando representar personajes míticos, como los de las “Mil y una Noches” —marajás, guerreros griegos o romanos, potentados persas, princesas cubiertas de joyas (falsas, claro está)— prefiriéndolos a personajes burlescos, aunque no faltasen: pierrots, arlequines, trovadores y otros tantos. A veces se inspiraba en trajes franceses del Ancien Régime.rosee_024 En una ocasión, disfrazó a Rosée y a Plinio de nobles del siglo XVIII, intentado aproximarse lo más posible de la realidad hasta en los mínimos detalles. No se empeñaba apenas en la confección de las ropas, hechas de tejidos importados de buena calidad, sino, sobre todo, en que ellos tomasen una actitud acorde con el traje. El niño, con la peluca empolvada, sombrero de dos picos, encajes en los puños, tomaba el aspecto distinguido y fino de un marqués; la niña, con la falda llena de encajes y tocado de marquesa, hacía elegantes reverencias. Ciertamente, mientras andaban con aquellos bonitos trajes, los niños se acordaban más particularmente de los personajes de aquellas maravillosas historias de Dumas contadas por doña Lucilia…

El marajá y la princesa persa, en la imaginación de doña Lucilia

Para el carnaval de 1917, doña Lucilia escogió para sus hijos los trajes de marajá y de princesa persa, y ellos, en seguida, quisieron saber de qué se trataba. Con su fino sentido de los matices, ella les explicó pormenorizadamente que los marajás eran príncipes de la India que, como las princesas de Persia, habitaban en fabulosos palacios, envueltos en las míticas brumas de un mundo lejano y misterioso. Decía esto para convidar discretamente a los niños a ponerse en los papeles de marajá y de princesa persa, y a vivirlos durante algunos días.plinio_maraja El disfraz de Plinio consistía en un vistoso turbante, que parecería un tanto pesado si no tuviese como adorno una delicada aigrette (Plumas de la cabeza de la garza real, que se comercializan especialmente para hacer penachos con pedrerías). Ésta, a su vez, estaba fijada en una joya rutilante, que marcaba todavía más la nobleza del conjunto. En el traje de Rosée sobresalía la levedad del tocado de seda, ornado con varias hileras de perlas, tres de las cuales, bastante largas, colgaban a manera de collares. Una fina aigrette daba aún más elevación al conjunto. Los bordados de la blusa, las pulseras y anillos, recordaban la suntuosidad oriental, y un vaporoso tul traía a la memoria todo el aspecto soñador del grandioso Imperio Persa. Los trajes de ambos, de seda preciosa, eran realzados por bellos cinturones. Y los zapatos, revestidos de satén lila, tenían las puntas hacia arriba, recordando el ambiente exótico de los maravillosos palacios de Oriente, lo que los niños encontraron de rara belleza, pues estas puntas parecían estar moldeadas como queriendo alzarse de la vulgaridad del suelo.

Un mago que nada tenía de demoníaco

En 1918 doña Lucilia quiso que su hijo representase un papel que le exigía una visión muy diferente: la de mago. Según la idea clásica, un hombre que busca mostrarse cargado de los misterios de Oriente y trayendo, en el fondo de sus indagaciones y de sus experiencias místicas, no se sabe qué simulaciones de secretos y de poder. Entre sorprendido y desconfiado, Plinio, en la época con nueve años, le preguntó a doña Lucilia si los magos no tenían parte con el demonio. Ella lo tranquilizó, diciéndole que podía estar seguro de que el disfraz nada tenía que ver con el padre de las tinieblas. A fin de cuentas los Reyes venidos de Oriente para adorar al Niño Jesús en la gruta de Belén eran también magos. Así, en la colección de fotografías de doña Lucilia, vemos a su hijo con un sombrero cónico, una varita mágica en la mano, fisonomía misteriosa y pensativa, tanto cuanto conseguía imaginar.

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El pequeño Plinio, durmiendo… en la baranda

pliniopqequñoHacia enero de 1968, contaba doña Lucilia a alguien que aún hoy mantiene vivo recuerdo de sus palabras.

Un día, la institutriz de los niños vino a buscarme y preguntó por Plinio. Era aún muy niño y lo había perdido de vista. Suponía que estaba conmigo. Al no verle, me dijo afligida:
— Estaba segura de que se encontraba con usted, como sucede siempre que se escapa del juego.
— Vamos a buscarlo entonces — respondí—. Usted busca en la parte superior de la casa y yo compruebo si está abajo.
Como no lo encontrábamos, invertimos los pisos y la fräulein fue a buscarlo en la planta baja, mientras yo lo hacía en el piso superior. Entonces, al pasar por una sala que daba a un balcón, vi a Plinio, acostadito sobre la baranda, durmiendo tranquilamente. Inmediatamente me di cuenta del peligro que corría, pues cualquier movimiento brusco podría hacerle caer.
Llamé a las dos criadas más fuertes de la casa, diciéndoles que doblasen en dos una manta y la sujetaran firmemente en el jardín de la casa, debajo de la baranda donde él estaba durmiendo, a fin de atajarlo en una eventual caída. Al comprobar que ya estaban ahí —continuaba doña Lucilia con su encantadora manera de expresarse— me dirigí junto con la institutriz hacia la baranda, con cuidado para no hacer ningún ruido que lo despertase bruscamente. Al aproximarme, me subí en una silla, puse mis brazos alrededor de su cuerpo, y lo llamé por su nombre:
— ¡Plinio, hijo mío!…
Él se despertó y volviéndose hacia mí, respondió:
— ¿Qué pasa, mamá?
Inmediatamente lo cogí en mis brazos y, ayudada por la institutriz, lo bajé de la baranda.
Teniéndolo sobre mis rodillas, ya en el comedor, le dije:
— Hijo mío, tienes tantos lugares para descansar: tu cama, el sofá de tu madre,
los sillones, ¿porqué quisiste dormir en un sitio tan peligroso?
Todavía ajeno al riesgo que había corrido, y un poco sorprendido con mi preocupación,
respondió con mucho candor:
— ¡Ah, mamá!, me había subido para contemplar el panorama y, cuando estaba ahí, me entró sueño y me dormí…
— Hijito mío —continué— me vas a prometer que nunca más se repetirá eso. Y él, de buena gana, aceptó.

Siempre atendiendo a las preguntas de su interlocutor, a la simple cuestión de si su hijo le había dado alguna seria preocupación durante su vida, doña Lucilia, a los noventa y dos años, dando colorido a sus palabras mediante indescriptibles y pequeños gestos, repetía esta narración. No nos es difícil comprender por qué, en tiempos pasados, hijos, sobrinos y otros niños que la conocieron se apiñaban alegres a su alrededor, pidiendo que les contase alguna historia.

El noble cojo

Una de esas historia era la del noble cojo, que tenía una lección de carácter moral y religioso. El del noble cojo, hecho ocurrido durante el Ancien Régime.
Así lo describía ella:
A pequeña distancia de una hospedería, situada al borde de una carretera, conversaban animadamente algunos muchachos del pueblo sencillo: fuertes, saludables y de buen ánimo. En cierto momento, se aproximó un carruaje tirado por caballos blancos magníficamente enjaezados y paró delante de la casa. Los adornos dorados del coche, el blasón pintado en sus puertas, los finos cristales de las ventanas, los postillones vestidos con librea, todo, en fin, denotaba el noble origen del ocupante de aquel bello vehículo.
Saltan a tierra los lacayos. Uno sujeta con fuerza a los caballos, otro corre ligero a abrir la puerta, mientras un tercero extiende una escalerilla que llega hasta el suelo. Los muchachos se acercan curiosos para ver quién era el feliz viajero.
A través de las entreabiertas cortinas de damasco rojo, distinguen a un apuesto joven que se prepara para salir. Con elegante gesto, éste se cubre con su tricornio ornado de plumas, y desciende lentamente del carruaje… apoyado en muletas, pues le faltaba un pie.
Los jóvenes, entonces, cayeron en sí. ¡Qué poco vale el dinero! ¡Qué poco valen las apariencias en esta tierra! Ellos, por no tener ningún pie amputado, eran más felices que el noble cojo en medio de toda su opulencia.

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“Mirad cómo Él está llorando por vosotros”

5011_M_fa921190aLa conformidad de doña Lucilia con el espíritu de la Iglesia la hacía eximia cumplidora de las prácticas religiosas. En aquellos tiempos, impregnados aún de la benéfica presencia de San Pío X en el Solio Pontificio, la liturgia enriquecía con todo su sacro esplendor las solemnidades religiosas conmemorativas de los principales misterios de la Fe. Los fieles se asociaban a tales celebraciones, ya por el ejercicio de las prácticas y devociones recomendadas por la Iglesia ya por la asistencia a los oficios divinos. Doña Lucilia, siempre que se lo permitía su frágil salud, comparecía a éstos piadosamente.
Sin embargo, no se limitaba a eso. En casa, procuraba crear el ambiente propio a las diferentes fiestas del calendario litúrgico. Tal era el caso, sobre todo, de la Navidad, del Viernes Santo y de la Pascua.
Durante la Semana Santa, no sólo en las iglesias sino también en los hogares —como era tradición en todas las familias católicas— se cubrían con tejidos morados las imágenes y los crucifijos, se suspendían los entretenimientos de los niños, los mayores se abstenían del juego, la mayoría de las personas se vestía de luto, y todos hablaban a media voz en señal de duelo por la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Doña Lucilia congregaba a los pequeños a su alrededor y les explicaba, con mucha gravedad, cada paso de la Pasión, haciéndoles ver las funestas consecuencias del pecado. Con el objetivo de hacer que sus pequeños oyentes se compadeciesen de Nuestro Señor, les mostraba grabados piadosos y, en palabras accesibles a la comprensión infantil, les decía:
— Mirad cómo Él está llorando por vosotros. Está también llorando por los demás, porque sufrió por todos…
El Viernes Santo reunía a todos los parientes que vivían en su casa y, a las tres de la tarde, organizaba una vigilia de oraciones ante un crucifijo heredado de su recordado padre.
Doña Lucilia daba inicio al acto con la letanía al Sagrado Corazón de Jesús; seguía la letanía a la Virgen; después pedía por el alma de éste, de aquél, no había persona fallecida en la familia, por cuya alma se olvidase de rezar. Intercalaba las oraciones vocales con intervalos de oraciones en silencio, y todos permanecían en actitud de recogimiento. Nadie se atrevía a salir antes de terminar.
Tras las graves tristezas de la Semana Santa venían, a partir del mediodía del Sábado Santo, las triunfales alegrías de la Resurrección, que ella se encargaba también de transmitir a los niños. En varias esquinas de la ciudad se veía la tradicional quema de Judas, en la cual los niños vengaban la traición mil veces infame cometida contra Nuestro Señor Jesucristo.
Desde el sábado, doña Lucilia organizaba el paseo del día siguiente, donde no faltaban los manjares y golosinas tan del gusto de los niños y cuya preparación siempre dirigía.

Domingo de Pascua en el Parque Antárctica

Parque Antártica

Parque Antártica

Desde que salía el sol, el día se anunciaba como un inocente y feliz Domingo de Resurrección de los lejanos años de 1915 o 1916. La víspera, como todos los años, doña Lucilia llenaba una cesta de mimbre con huevos de Pascua, bebidas y bocadillos, dado que era costumbre en la familia llevar a los niños de pic-nic.
En determinado momento, se abría la puerta del palacete Ribeiro dos Santos y, bajo la vigilancia de las institutrices, salía un tropel de niños que, apiñados en taxis, iban en alegre algarabía por las calles de los Campos Elíseos, tan apacibles entonces. Junto a ellos, amparándolos con su diligente y tranquila presencia, iba doña Lucilia. En general escogía el Parque Antárctica para la fiesta al aire libre.
Llegados al lugar, daba libertad a los niños para que fuesen a jugar por las diferentes alamedas ajardinadas, cubiertas por la sombra de imponentes árboles. Mientras los pequeños se dispersaban, las institutrices, bajo la orientación de doña Lucilia, escondían entre la vegetación apetitosos sándwiches de sardinas portuguesas, lomo de cerdo, jamón y queso, con rodajas de huevos duros, además de los huevos de Pascua de chocolate o de azúcar cande, envueltos en papeles plateados. Estos últimos ofrecían la agradable sorpresa de contener bombones.

Cuando todo estaba listo, los niños acudían alegres a la voz de doña Lucilia, que los llamaba para que vinieran a descubrir aquellas delicias. Venían veloces. Plinio, nada entusiasta de carreras, se quedaba atrás, pensando consigo mismo: “Mamá me echará una mano”. Mientras los otros, con avidez, iban en busca de los tesoros culinarios escondidos, y las manifestaciones de alegría eran señal de haber sido encontrados los primeros manjares, él se acercaba a doña Lucilia, que complacida observaba toda aquella vivacidad infantil, y le preguntaba:

Parque Antártica

Parque Antártica

— Y entonces mi bien, ¿dónde están las cosas?
Cariñosamente ella respondía:
—Filhão (Se pronunciaría filión. Es el aumentativo de la palabra portuguesa filho, hijo, con la cual doña Lucilia llamaba al Dr. Plinio de manera cariñosa), ¡hay que buscarlas!
Poco después volvía a insistir:
— Pero, no sé dónde pueden estar.
Entonces, mirando en la dirección en donde había algo escondido, sonreía diciendo:
—Filhão, mira a ver si encuentras alguna cosa por allí.
Confiante en que el consejo materno siempre indicaba el camino seguro, seguía el rumbo trazado por la mirada de doña Lucilia. Ella permanecía sentada observándolo. Si tardaba en encontrar las deseadas golosinas, se levantaba e iba hacia él que, siempre muy enfático, nuevamente le decía:
— ¡Mi bien! ¡No estoy encontrando los huevos! Dígame donde están, que no
los estoy encontrando…
— ¡Busca, busca! Mira un poco por ahí.
Al final, Plinio descubría algunas delicias, que, por supuesto, eran sus predilectas, escondidas especialmente para él… En seguida abrazaba y besaba a doña Lucilia como expresión de filial agradecimiento. Seguidamente ella le ordenaba con afecto:
— Vete a jugar, hijo mío.
* * *
señoradoñalucilia_009Con su placidez y serenidad, en medio de aquella inocente alegría, doña Lucilia enseñaba a los niños a buscar la verdadera felicidad sólo en aquellas formas de placer que conservasen y desarrollasen un bienestar sólido, tranquilo, agradable, y sonriente. No valía la pena sacrificarla por nada que trajese perturbación, aun cuando esto pudiese producirles una pseudo alegría.
Era incompatible con modos de ser febriles y agitados. Ayudaba a eso el equilibrio de su temperamento, siempre recto ante la fruición y verdadero símbolo del orden. Como consecuencia de eso, su alma era ávida de todo cuanto es bello y maravilloso, creando a su alrededor una aureola de sublimidad. Testigos de entonces no dudan en afirmar haber observado en más de una ocasión que, estando doña Lucilia en alguna sala, el ambiente era uno; cuando ella salía, cambiaba completamente. Por eso los niños de la familia buscaban tanto su compañía, y para no frustrar los anhelos de los pequeños, no ahorraba esfuerzos en la preparación de las fiestas infantiles.

Los tres mosqueteros

cap6_044Viendo doña Lucilia que se aproximaba el final de la infancia de sus hijos, juzgó adecuado inculcarles el gusto por la literatura.
Doña Lucilia no tenía la más mínima pretensión de ser una literata. Su mayor empeño era hacer crecer el espíritu analítico de aquellos niños, en los que comenzaban a despuntar las primeras manifestaciones de preferencias o rechazos, ya propias de la adolescencia.
Las tramas que ella elaboraba siempre terminaban de modo ejemplar: el personaje era premiado por su virtud o, cuando era derrotado, lo describía en su aislamiento, en la tranquilidad majestuosa de una conciencia limpia, otro tipo de premio del cual sabía realzar con maestría los aspectos apacibles y gloriosos. Sería superfluo decir que los resúmenes hechos por doña Lucilia excluían cualquier tipo de episodios o detalles que atentaran contra la moral.
Para fijar la atención de los pequeños, en aquellos lejanos tiempos que ya prenunciaban el apogeo cinematográfico, era necesario que la historia fuera novelesca, llena de aventuras imprevistas y sensacionales. Si el tema escogido no las tenía, en seguida se desinteresaban por la narración y continuaban oyéndola con ojos distraídos y distantes. En esas circunstancias, la elección de doña Lucilia no podía recaer sobre un tema más apropiado que el de Los tres mosqueteros, una de las más famosas novelas de Alejandro Dumas.
La censura de doña Lucilia expurgaba implacablemente de esa obra las inmoralidades de todo género que en ella pululan. La historia también se desarrollaba en pleno Ancien Régime, en el reinado de Luis XIII. Doña Lucilia, rodeada de sus pequeños oyentes, les iba pintando en la imaginación, con vivos colores, a través de sus armoniosas palabras, aquella remota época como un período áureo en el que Occidente estaba a punto de alcanzar un ápice de buen gusto, de buenas maneras, de elegancia y de nobleza de actitudes.cap6_046
Contaba que el ejército francés tenía entonces un cuerpo de élite, especialmente dedicado a la protección del Rey. Que, además de espada, aquellos soldados utilizaban un arma de fuego inventada recientemente: el mosquete. De ahí que fueran conocidos por el nombre de mosqueteros.
Ella afirmaba que D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis eran los más valientes héroes entre los mosqueteros del Rey. “Todos para uno y uno para todos”, era el lema de los cuatro amigos, que pertenecían a la compañía del Señor de Tréville, hombre de buena nobleza y de confianza del Rey. Y llamaba la atención de los niños para el hecho de que el Señor de Tréville era muy paternal con sus mosqueteros, sin dejar de exigirles una perfecta disciplina. Después de la atrayente introducción, los pequeños, con su imaginación prendida, estaban ávidos de oír a doña Lucilia describir la personalidad de cada uno de los mosqueteros, con sus virtudes y defectos. Los cuatro mosqueteros eran hidalgos característicos de su tiempo, y ella procuraba, destacando ese aspecto, estimular a los niños a tomar por modelo sus cualidades caballerescas.
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Mejor que la descripción de los valientes mosqueteros era el aparente contraste entre la narradora y sus héroes: ella, suave, delicada, afable; ellos, acostumbrados a los peligros, al riesgo, a las rudezas propias de la guerra. Las palabras de doña Lucilia eran tan expresivas que despertaban en los inocentes corazones de sus oyentes el entusiasmo por los hechos heroicos, sobre todo los que se realizaban en el cuadro pintoresco y noble de la guerre en dentelles (Literalmente: “guerra con encajes”. Expresión usada por los franceses para referirse a la época en que se combatía con traje de corte.), llevada a cabo por esos insignes batalladores, también eximios en brillar en los salones, con sus reverencias, encajes y penachos.

Excelente educadora, analizaba a los personajes desde el punto de vista de la moral católica. Como juez imparcial, reprobaba con severidad lo que en ellos era censurable, y exaltaba las virtudes y otros predicados dignos de alabanza. Cuando hablaba del pundonor y de la corrección de Athos, dejaba traslucir su propia integridad moral. Al pintar el coraje de D’Artagnan, lo hacía con tanta admiración que los niños creían sentir el heroico viento de la intrepidez acariciándoles el rostro.
Por otro lado, doña Lucilia procuraba mostrarles cómo era despreciable el “ideal” de un Porthos, cuya preocupación primordial consistía en el goce de la vida, y les explicaba la superioridad de la carrera intelectual, la preeminencia del espíritu sobre la materia. Finalmente, hacía relucir a los ojos de los niños lo que había de elevado en el tipo humano de un valiente Aramis, eclesiástico y guerrero.
Con la mente repleta de hechos de armas, grandes héroes, épocas de esplendor y de hidalguía, extasiados sobre todo con aquella atractiva narradora, los niños esperaban, no sin impaciencia, el próximo día en que doña Lucilia continuaría el cuento.cap6_048