Un cumpleaños marcado por una gran ausencia

cap12_069Se aproximaba una gran fecha, muy querida por el Dr. Plinio: el 22 de abril.
Un año más de su querida madre quedaría hacia atrás. En la estabilidad de las buenas disposiciones y equilibrio de doña Lucilia, el Dr. Plinio sentía un apoyo para aquella determinación de ser fiel al bien que había tomado desde su adolescencia, cuando estudiaba en el Colegio San Luis.
A lo largo de los años, doña Lucilia iba adquiriendo cada vez más la fisonomía bondadosa, dulce, afable y sufridora, pero firme, definida y categórica, que claramente se nota en sus últimas fotografías.
En la mañana de aquél 22 de abril llega un telegrama al apartamento:

BARCELONA – 22.04.50
MILLONES BESOS AFECTUOSÍSIMOS
PLINIO

Don João Paulo le entregó en el mismo instante la segunda carta dejada por el Dr. Plinio, junto con un bellísimo ramo de flores. De esta forma, ya desde la primera hora de la mañana recibía manifestaciones de amor y veneración de su hijo, como si él no estuviera ausente. Ante el cariñoso gesto, su corazón se conmovió. Y de pura alegría no consiguió contener las lágrimas mientras leía estas expresivas líneas:

cap14_02813 de Abril 22-IV ( El Dr. Plinio puso las dos fechas en la carta. La primera era del día en que la escribió)
Mi querido amorcito.
Quise que, nada más despertarse, mis felicitaciones fuesen las primeras, junto con las de Papá. Mil besos, mil abrazos, cariño sin fin, un océano de saudades.
Pocas veces he hecho un sacrificio tan grande como el de marcar un viaje las vísperas de su cumpleaños, que me gustaría inmensamente pasar con usted. Pero, mi bien, fue indispensable organizar las cosas así.
La ida fue anticipada: lo será implícitamente la vuelta.
Hoy comulgaré en su intención y pensaré en usted todo el día… ¡lo que por supuesto haré también los demás días!
Las flores de casa son todas compradas por mí.
Mil felicitaciones, querida. Que Nuestra señora le dé todo a usted.
Pide su bendición con un afecto y un respeto sin cuenta su corpulentísimo y vigorosísimo ex-Pimbinche.
Plinio

Algunos días después, doña Lucilia recibió otra carta del Dr. Plinio aún sobre su cumpleaños, escrita esta vez desde España y fechada el 21 de abril. En ella manifestaba cuánto le dolía no poder estar en São Paulo al día siguiente:

Mãezinha de mi corazón,
Dentro de algunas horas le mandaré un telegrama por el día 22.
Hace días vengo pensando en esta fecha. ¡Cuánto daría yo para que me fuese posible, como por arte de magia, estar ahí en esa fecha, para besarla y abrazarla de corazón (…) y charlar un ratito! Yo le contaría entonces las maravillas que he visto aquí y ¡conversaríamos hasta el amanecer! Pero eso queda para la vuelta, cuando espero contarle cosas y más cosas sobre esta maravillosa Europa (En la parte final de la carta, el Dr. Plinio da noticias de su llegada a España, razón por la cual transcribimos el resto más adelante).

Recurramos una vez más a las cartas enviadas por don João Paulo a su hijo para saber cómo transcurrió ese día para doña Lucilia.

Aquí llegó el día 22 temprano tu telegrama desde Barcelona.
Y, en seguida, el de Adolpho.
Lucilia se conmovió mucho, no solamente con el telegrama, sino con la carta que aquí se quedó para serle entregada en aquel día: derramó el frasco ( Don João Paulo quiere decir de esta manera que lloró mucho) tras exclamaciones de ternura y saudades y después se sumergió profundamente en oraciones.
Todo corrió bien en su cumpleaños: tuvimos una buena cena, con la mesa adornada con unos magníficos claveles rojos; la sala de visitas tuvo unas lindas flores compradas con los cien [reis] que para eso dejaste…

Aquel día estuvo lleno de visitas —que doña Lucilia recibió con los ya conocidos requintes de benevolencia— por lo cual sólo pudo responder a su hijo a lamañana siguiente. Lo hizo con palabras repletas de ardiente amor a Dios:

São Paulo, 23-04-50

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

¡Hijo querido de mi corazón!
De todo corazón, con toda mi alma, te agradezco la carta tan afectuosa que me dejaste y que tanto me reconfortó. Y además, los bonitos, “bellísimos de verdad”, gladiolos blancos, rojos, amarillos y lilas que Zilí me envió por la mañana. Lloré, es verdad, pero “gracias a
Dios” fue de felicidad por haber recibido yo, tan indigna, “liberal”, la inmensa dádiva de los Sagrados Corazones de Jesús y de María Santísima de tener un hijo tan santo, tan bueno y cariñoso, que bendigo con todas las fuerzas de mi alma, por quien pido toda la protección Divina y la luz del Divino Espíritu Santo. De estos gladiolos, he llevado dos para la capilla del “sexto piso”, uno para la imagen del Inmaculado Corazón de María que está en tu cuarto, donde, como de costumbre, recé por ti; y otros dos para la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, en el salón (y el resto —muchos— en el jarrón del emperador).
Estuvieron aquí durante el día, Dadole, Yelita, Yelmo y Marcos, y cenaron: Antonio, Zilí, Cecilia Carmen, María Estela, Dora y Telémaco. — ¿Es necesario decirte las saudades que he tenido y la falta que me hiciste? Pues bien, con menos intensidad, era lo que todos sentían. También me han hecho inmensa falta Rosée y Maria Alice, que me han llamado por teléfono, y Yayá, pobrecita, que está mejor, pero aún con la presión alta. (…)
He ido hoy a oír Misa y comulgar por ti en “mi” iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, donde he encargado una Misa en tu intención y por el buen éxito en tus empresas. Es el sacerdote polaco quien va a celebrarla. Me ha dicho que te estima mucho. Está cap12_035horrorizado con el progreso del comunismo; tiene setenta y nueve años, pero no quiere morir sin ver el comunismo deshecho y exterminado por lo que le hizo a Polonia.
Esperaba que ya estuvieses en Portugal y me quedé admirada de ver que me mandabas un telegrama desde Barcelona. Estoy ansiosa por recibir una carta tuya, trayéndome tus impresiones del lugar. Las primeras, generalmente no son favorables; pero después poco a poco, ya ambientado, se aprecia mucho más. Escríbeme siempre, ¿sí? Mira a ver si encomiendas la Misa en Ntra. Sra. de Begoña por las intenciones de Rosée, ¿está bien?
Con muchas saudades, “espiritualmente” (…) rezamos el rosario juntos, te hago una crucecita en la frente y… la cubro de besos y bendiciones. Un largo y saudoso abrazo, Pimbinchen querido, de tu “manguinha” afectuosa,
Lucilia

Una larga y penosa separación

Por una serie de circunstancias, el Dr. Plinio se vio obligado a marcar un viaje a Europa para mediados de abril, pocos días antes del cumpleaños de su madre, el 22 de ese mismo mes. Sabía bien la aflicción y el dolor que la noticia de su viaje le causaría a doña Lucilia, no solamente por la perspectiva de una larga ausencia, sino también por las diversas preocupaciones que tendría.
En efecto, nacida en el siglo XIX, doña Lucilia conservaba el prisma de su juventud para analizar las demoras y los peligros de una travesía transoceánica. ¡A fortiori tratándose de un viaje en avión! Guardaba vivo el recuerdo del tiempo en que la aeronáutica estaba en sus comienzos y eran comunes los accidentes fatales. E, incluso en 1950, no le servía de consuelo el hecho de haberse hecho habituales y seguros los viajes aéreos intercontinentales.
Entonces, el Dr. Plinio ingenió una pía fraus (Fraude piadoso, o sea, hecho con buena intención). Acordó con don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos, decirle a doña Lucilia que él viajaría a Río de Janeiro, donde solía ir con cierta frecuencia. Así, ella pensaría que se trataba de una corta ausencia. En realidad, solamente iba a estar de paso en Río, pues de allí salían los aviones hacia Europa.
Al llegar a España —primera etapa del viaje— le enviaría a doña Zilí, su tía, un telegrama confirmando la llegada. Ésta podría entonces visitar a doña Lucilia para revelarle toda la verdad. Al mismo tiempo, don João Paulo le entregaría la primera de dos cartas que el Dr. Plinio iba a dejar ya escritas, acompañada de una cesta de flores.
Horas después, el timbre del apartamento sonaría nuevamente: otro ramo de flores, encargado por el Dr. Plinio, sería una nueva manifestación de filial cariño.
El 22 de abril, día del cumpleaños de doña Lucilia, le sería entregada, junto con un ramo de flores, la segunda carta de felicitación, que estaba en poder de don João Paulo. Al menos esas pequeñas atenciones, desbordantes de afecto, la consolarían un poco por la ausencia de su filhão. A su vez, las hermanas y otros parientes de doña Lucilia se comprometieron a
hacerle compañía más asiduamente y a llevarla a pasear para distraerla. Habiendo previsto hasta en sus minucias todos esos detalles, el sábado 15 de abril, por la mañana, el Dr. Plinio fue a despedirse de doña Lucilia, como lo hacía habitualmente antes de viajar.

La despedida

sdlEra costumbre de doña Lucilia permanecer en la cama hasta tarde, pues su frágil salud le exigía mucho reposo. Aprovechaba entonces para rezar largo tiempo. Al despedirse de su madre, frecuentemente el Dr. Plinio la encontraba aún acostada, absorta en su piadosa oración. Dependiendo de la hora, el cuarto estaba a veces iluminado nada más que por una lámpara y con las venecianas cerradas. Sólo después de las diez de la mañana mandaba abrirlas.
Mãezinha —le dijo—, ya es hora de irme.
Filhão… entonces ¿es el momento de separarnos?
El tono interrogativo y cariñoso de aquellas pocas palabras parecía decir suavemente: “Hijo mío, ¿vas a dejar entonces a tu madre?” Para el Dr. Plinio no debía ser fácil resistir tan suave llamado, pero el deber le obligó a responder:
— Mi bien, tengo que ir.
En esos instantes, doña Lucilia dejaba traslucir su cariño más de lo habitual.
Sin perder su carácter afable, la despedida se revestía siempre de ciertas formalidades, muy al estilo de los Ribeiro dos Santos. El Dr. Plinio besaba primero su mano, después la frente y varias veces las mejillas. A su vez, doña Lucilia le hacía varias crucecitas en la frente, mientras, con los ojos semicerrados, susurraba algunas oraciones o formulaba en su interior algunos pedidos, cuyo contenido nunca revelaba (por discreción, su hijo nunca indagó a ese respecto). Por fin, lo bendecía y lo seguía con la mirada hasta la puerta del cuarto. Retornaba, entonces, a sus devotas oraciones, y sin duda pedía que de lo alto de los Cielos María Santísima lo protegiese de manera especial, pues Ella, la más excelsa de las madres, le atendería con solicitud.
La despedida para ese viaje no fue diferente de las anteriores, al menos en apariencia. No sabemos si el maternal corazón de doña Lucilia se habrá sobresaltado en ese momento, pensando que le estuviesen ocultando algo, aunque no tenía ningún indicio para ello. Así, durante las primeras horas que siguieron a la partida parecía despreocupada y tranquila.

“Mi corazón busca el de Plinio…”

cap11_005Pero no era fácil engañar a un corazón tan ardoroso, todo hecho de cariño… Una secreta desconfianza le decía ser otro el verdadero destino de su hijo. Y, por más que le asegurasen lo contrario, ella no se convencía.
Don João Paulo, en una carta escrita al Dr. Plinio el día 20, relata lo ocurrido en casa después de la partida de éste:

Lucilia, siempre desconfiada [de que esté ocurriendo algo inusitado], instintivamente se ha vuelto aún más recelosa de lo que ya estaba (…); el domingo solicitó una llamada telefónica a Río y al no obtenerla, me hizo pedirla para el lunes.

El lunes 17, el Dr. Plinio aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Una de sus primeras precauciones fue enviar el telegrama a doña Zilí informándole que había tenido un buen viaje. No lo mandó directamente a su casa, pues doña Lucilia, al verlo llegar, en seguida se daría cuenta de lo sucedido, pudiendo sufrir un cierto choque. Por eso, quiso que la noticia le fuese dada por su tía y suavizada con el bálsamo de la cariñosa carta que le había dejado. Así, don João Paulo, después de narrar la llegada del telegrama, añade:

[Néstor] y Zilí vinieron a casa y todo quedó claro. Mucho llanto, mucho rezar y todo se regularizó satisfactoriamente, sobre todo después de la lectura de la primera de las cartas que has dejado para ella. La segunda carta la recibirá el día 22 con las flores que pediré a Zilí que elija, como tú pediste.

Una vez rehecha del golpe de los primeros momentos, doña Lucilia cogió en seguida la pluma para escribir la primera de las muchas cartas que las enormes saudades le harían enviar a su filhão querido. Para nuestra alegría, ha sido encontrada casi intacta la correspondencia intercambiada entre ella y el Dr. Plinio en este período, lo cual nos permite penetrar con discreción y respeto en el suave y acogedor interior de aquel corazón materno.
De forma conmovedora y con palabras llenas de unción, le cuenta, en la primera carta, cómo sus presentimientos no la habían engañado:

¡Hijo querido de mi corazón!
Acabo de recibir tu carta y tu telegrama. Alabado sea Dios, has llegado sano y salvo. No era en vano que yo le decía a tu padre: “¡mi corazón busca el de Plinio y no le encuentra en Río y sí por los aires!” En fin, me alegro por todo lo que Dios y la Santísima Virgen hacen por ti, que eres el mejor de los hijos y al que bendigo con todo mi corazón, con todas las fuerzas de mi alma.
Muchos abrazos, besos y saudades, de tu vieja manguinha.

En otra carta escrita poco después aparece la gratitud hacia su hijo por haberle ocultado el verdadero destino del viaje, con lo que le ahorró innumerables aflicciones. En líneas llenas de dulzura, reflejo de su nobleza de alma, así se expresa:

¡Plinio querido!
Con tanta cosa para escribirte y que me salía a borbotones, se me olvidaba decirte —cosa que me habría afligido mucho—, cuánto he apreciado la delicadeza de tu mentira generosa. No me la tragué totalmente, pues, desconfiada y afligida, repetía siempre, — ¡Qué va!, no me engañáis, mi hijo está de viaje,… ¡mi corazón no encuentra el suyo en Río y sí volando, por los aires!
Tu padre y todos, en fin, procuraban engañarme hasta el punto de tranquilizarme y ponerme de nuevo a esperarte, pero sólo por unas horas. Como todo lo que haces, fue muy bien hecho y te lo agradezco reconocida. ¡A ver si cuidas bien tu salud! Nada de imprudencias. Y, saludos para todos. (…).
Muchos besos más, bendiciones y abrazos de tu madre extremosa.
Lucilia
¿Cuándo vais a Fátima? Rezad por nosotros, especialmente por tu ahijada y sobrina.

Ese día, como había contado don João Paulo, doña Lucilia lloró mucho y rezó aún más. A pesar de que su dulce consuelo era el Sagrado Corazón de Jesús, no poco debe haberla reconfortado la lectura y relectura de la carta dejada por su hijo:

cap10_030Manguinha querida de mi corazón,
Cuando usted lea esta carta ya estaré en las Españas. No necesito decirle con cuántas saudades he partido… mucho mayores, me parece, que las suyas. (…)
Ahora, amor mío, algunas recomendaciones:
1- HORARIO: aproveche este tiempo para llevar una verdadera vida de hospital, almorzando y cenando temprano, ACOSTÁNDOSE TEMPRANO, tomando MUCHA agua Prata, etc. Será un período de reposo al cabo del cual encontraré a mi “pito de ferro” (“Pito” significa “reprimenda”. El Dr. Plinio posiblemente use aquí este apelativo para, de manera cariñosa, referirse a doña Lucilia por sus continuos y maternales avisos y regaños, siempre para el bien de su hijo) más fuerte que nunca, si Dios quiere;
2- ORACIONES: razonables, ya que nada de lo que no es razonable puede agradar a Dios. Así, cuenta, peso y medida hasta para rezar.
Nada de oraciones hasta altas horas de la noche. Rece mucho, pero rece de día;
3- DISTRACCIONES: vaya con frecuencia a algún cine (Es de señalar que, en aquellos remotos años 50, el cine estaba muy lejos de la bajeza moral alcanzada en nuestros días. No eran raras las películas que podían ser vistas por personas que apreciasen la moralidad de las costumbres.), a casa de sus hermanas, etc. Invite también a Sinhá. No quiero que usted se quede mucho tiempo sola en casa;
4- Espero que, con las precauciones que he tomado, el dinero va a sobrar.
Vea si me consigue la alfombrita y cambia el terciopelo de las sillas rojas y plateadas. Mande al liceo ( Liceo de Artes y Oficios, en el que se realizaban excelentes trabajos de ebanistería) las dos sillitas que fueron del cuarto de vestir de la abuela. Quiero encontrar todo esto en orden cuando vuelva;
5- No economice en automóvil, especialmente cuando se trate de ir al Corazón de Jesús. Vaya frecuentemente y quédese allí todo el tiempo que quiera.
Creo, ángel querido, que estaré de vuelta la última semana de junio, pues aquí tengo conferencias y compromisos. Pero no puedo decir qué día llegaré. Le escribiré asiduamente. No le doy la dirección, pues no se a qué hotel voy. Ni tampoco sé exactamente el número de días que deberé quedarme en cada país.
No necesito decirle por qué me he visto obligado a este otro sacrificio: estar ausente el día 22. Lo he hecho para regresar a tiempo.
No podré llamarle por teléfono el día 22 pero seguramente le mandaré un telegrama.
Querida de mi corazón, confíe mucho en Nuestra Señora, que iré a venerar en sus principales Santuarios: Fátima, Lourdes y la Rue du Bac, donde se apareció a Santa Catalina Labouré, bajo la invocación de la Medalla Milagrosa.
Sensatez, amor. NADA DE LIBERALISMOS (Referencia del Dr. Plinio a las afectuosas discusiones que a veces mantenía con doña Lucilia. Ella, debido a su extrema bondad, siempre resaltaba los lados buenos de los otros y omitía los malos. Para animar un poco la conversación, el Dr. Plinio recordaba éste o aquel defecto de las personas objeto de comentario entre ellos y, en tono de cariñosa broma, llamaba a doña Lucilia de liberal). Pienso que no es necesario recomendarle que se acuerde de vez en cuando de mí.
Con millones de abrazos y besos, y todo el afecto y respeto de este mundo, pide su bendición su hijo, el corpulentísimo y vigorosísimo “pimbinche”.
Plinio
Para mi vuelta, una feijoada (Plato típico brasileño, preparado con judías negras, tocino, carne seca, salchichas, etc. Es semejante a la fabada, pero más oscura y densa) de primera clase con aguardiente, judías negras y harina tostada.
Mire las cortinas del hall y del comedor y los resortes de mi cama.
Tome mucha agua Prata y empache a Papá de coco y cocadas (Dulce elaborado con coco rallado y almíbar).
P.

“¿Hijo mío, por qué no vienes a conversar conmigo por la noche?”

cap10_022

Dr. Plinio con el Grupo de «El Legionario»

En cierta ocasión, doña Lucilia le hizo a su hijo una tentadora propuesta: pedía un cambio de horarios que, en el fondo, era un pequeño “robo” de tiempo a favor de ella y en perjuicio de los muchachos del sexto piso…
— Hijo mío —le dijo afablemente— tú que tienes tan buen apetito, siempre cenas y comes en casa, para hacerme compañía. ¿Por qué no inviertes tu programa? Cena fuera con tus amigos y… por la noche ven a conversar conmigo.
Era la dulce propuesta de un plan, ideado ciertamente en las incontables horas de soledad, en que el afecto por el hijo batallador desbordaba en deseos de estar juntos.
La sugestión traía implícita una perplejidad, pues no entendía claramente por qué motivo su hijo le dedicaba tanto tiempo a los amigos. Ya que ella gustaba tanto de conversar con él, bien podía ser favorecida con algunos minutitos más…
Pero la causa católica exigía de él una actitud inflexible. El Dr. Plinio dio una respuesta, la más amable y afectuosa posible, pero dejando el asunto en el aire. Y, aunque apenado, no hizo el cambio que ella deseaba. Doña Lucilia, tranquila y en paz, continuó todas las noches su paciente vigilia mientras esperaba su vuelta.
Don João Paulo, que siempre tuvo el hábito de acostarse temprano, le preguntaba a veces a su esposa por qué no se recogía también. Ella respondía con alguna amable evasiva y continuaba esperando la “conversación” con su hijo. En una nota enviada desde Santos por el Dr. Plinio, éste pintorescamente se refiere a la actitud que su padre tomaba a respecto de aquellas conversaciones en horas tardías:
30-VI
A la querida Mãezinha, con un largo y saudoso beso, le mando muchos recuerdos.
Dígale a papá que ahora, en el momento en que escribo, son las doce y media de la noche, hora de nuestra conversación y de sus refunfuños. Mándele un abrazo,
Plinio
Nota
Agradézcale a la tía Yayá su excelente pan. Le mandé hoy un telegrama
a tía Zilí.

El Vaticano apoya al Dr. Plinio

cap10_021Hacía ya cierto tiempo que la Santa Sede venía dando señales inequívocas de que aprobaba el libro-bomba del Dr. Plinio, En Defensa de la Acción Católica.
Entre otros hechos de indudable significado, se destacaban dos que valían por un testimonio de confianza del Papa: en breve espacio de tiempo fueron elevados al episcopado dos sacerdotes que públicamente lo apoyaban. A este respecto, afirmaría más tarde el Dr. Plinio: “Nuestra alegría subió al cielo como un himno. Una estrella se encendía, brillando en la noche de nuestro exilio, sobre los destrozos de nuestro naufragio.”
Esas dos sorpresas no fueron las mayores. Un día, tuvo la alegría de recibir una carta enviada por la Santa Sede, en nombre de Pío XII:

Palacio del Vaticano, 26 de febrero de 1949.
Preclaro Señor,
Movido por tu dedicación y piedad filial, ofreciste al Santo Padre el libro “En Defensa de la Acción Católica”, en cuyo trabajo revelaste un primoroso cuidado y una persistente diligencia.
Su Santidad se regocija contigo porque explicaste y defendiste con penetración y claridad la Acción Católica, de la cual posees un conocimiento completo, y a la cual tienes un gran aprecio, de modo que se hizo claro para todos cuán importante es estudiar y promover esta forma auxiliar del apostolado jerárquico.
El Augusto Pontífice hace votos de todo corazón para que de este trabajo tuyo resulten ricos y maduros frutos, y recojas no pequeños ni pocos consuelos; y como prenda de ello, te concede la Bendición Apostólica.
Entre tanto, con la debida consideración, me declaro muy tuyo afectísimo.
J.B. Montini, Sustituto.

En esta carta, firmada por el Substituto de la Secretaria de Estado de la Santa
Sede futuro Pablo VI ¡el libro del kamikaze era alabado y recomendado por el
propio Papa! Esta vez todo quedaba claro.

“¡De tanto pensar en Itaicy, tengo la impresión de conocerlo!”

Entre las crecientes actividades del grupo, al cual se habían sumado nuevos elementos, estaba un retiro anual, que el Dr. Plinio nunca se perdía, ni siquiera en medio de las más absorbentes ocupaciones. De uno de estos, realizado en el Seminario de los Jesuitas en Itaicy, en el año de 1949, escribe él a su madre, en una carta desbordante de cariño:

cap8_017Luzinha, mi flor,
Aquí van los tan anhelados garabatos, para decirle que estoy bien, y
pasando una temporada excelente.
En efecto, el lugar es admirable, el clima bueno y la comida óptima.
El pobre sacerdote es el que por cierto, prematuramente ya está con el
cerebro medio licuefacto. Es francés de la zona de Lourdes, y quizás es
por esto que tiene un aspecto de españolazo corpulento y jovial, cabellos
de plata, muy amable. Pero durante la prédica abre paréntesis para
“des radotages” (Expresión en francés para designar afirmaciones desprovistas de sentido) que muestran que está con el espíritu medio “ramolli” (Esclerosado).
¿Y usted, mi flor, cómo está? ¿Y Papá? Si hay telegramas, mándemelos con Adolphinho.
El resto de la correspondencia que se quede ahí. No quiero molestias.
Un abrazo para Papá.
Para usted, mi Marquesita, mil y mil besos del hijo que le pide la bendición.
Plinio

En respuesta, doña Lucilia le cuenta la visita que había hecho a la fräulein Matilde, en aquel entonces hospitalizada. Manifiesta así, una vez más, a la antigua institutriz de sus hijos, la gratitud por la formación que les dio. Casi al final de la carta revela cuánto estaba presente su hijo en sus pensamientos, de tal manera que le parecía conocer los lugares a donde él iba, sin haberlos visto nunca.

São Paulo, 14-4-949
¡Mi filhão querido!
Tu cartita tan tierna y tan buena, fue recibida con el máximo cariño, alegría y… ¡mil gracias!
Espero en Dios que, con tus buenos amigos, sigas gozando de este buen reposo para ti y para el teléfono.
Fui ayer con Rosée a visitar a la Fräulein Matilde en el hospital Sta. Catalina y a llevarle unas flores de tu parte. Se quedó muy satisfecha y me pidió que te dijera muchas cosas buenas en su nombre, que te repito con tu habitual ¡tá-tá-tá, y tá-tá-tá!
cap14_028En cuanto a las obras del pintor, todo está paralizado. Estuve ahí ayer con Rosée, a quien le pareció buena la pintura, y él estaba dándole en ese momento la segunda mano al baño. Pintó las piezas de arriba de las ventanas, sobre las cortinas. Con unos ladrillos sueltos, que encontró, cubrió la pared del baño. No pintó las puertas y ventanas porque no entró en tu presupuesto, y también porque no va a trabajar más esta semana. ¡El pobre!… ¡Está sin recursos y ayer pidió dinero para comer! ¡Siento mucho que encuentren todo tan atrasado! Te mando el presupuesto hecho para las baldosas de la cocina, que me pareció muy alto. En fin, creí más prudente esperarte, para que le des la respuesta. Es mejor que no te preocupes más con esto, por ahí. Hoy fui con tu padre a Misa, y comulgué en la iglesia de Sta. Cecilia. Fuimos después a la de la Buena Muerte, donde hicimos la guardia del Santísimo. “Caímos” allá en una suscripción para el ropaje de Mons. Aguinaldo, que antes de terminado el sufragio, ya “todo de rojo”, se paseaba de un lado para otro tan satisfecho que daba gusto verle.
Acabaste, por fin, pidiéndome la correspondencia que te envío. Dios permita que no traiga motivos para dolores de cabeza.
Las saudades son tantas que, de tanto pensar en Itaicy, ¡tengo la impresión de conocerlo!
Doy gracias a Dios por las buenas noticias traídas por Adolphinho, pero… ¡deseo que vengas pronto! Me haces de veras ser una gran egoísta… mea culpa.
Saludos a todo el buen grupo, y recibe con mis bendiciones, saudosos abrazos, y muchos besos de tu madre extremosa,
Lucilia.

¡Tu reloj es Plinio!

cap12_002Con el transcurso de los años, la soledad de doña Lucilia se acentuaba. Poco a poco las personas de su tiempo iban siendo arrastradas por la vorágine de la vida. Como ella continuaba siempre igual a sí misma, se establecía un distanciamiento inevitable en relación a las generaciones que iban surgiendo: éstas, tenían los ojos vueltos hacia la modernidad; ella había colocado los suyos en la eternidad.
Además, una progresiva dificultad de audición aumentaba su aislamiento. Pero su entera conformidad con la voluntad de Dios la ayudaba a soportar resignadamente esos sufrimientos.

Un consuelo le quedaba, y no pequeño. Era el creciente afecto de sus hijos, que procuraban aliviarle así el peso de la cruz. Doña Lucilia lo retribuía empleando todo su tiempo no sólo en “aconsejar y perfeccionar”, sino también en rezar cada vez más por ellos.
Una vez, cuando la familia terminaba de almorzar, llegó doña Yayá, una de sus hermanas. Al entrar, dijo en un tono de mucha intimidad:
— ¿Pero vaya? ¿Todavía estáis almorzando? ¡Yo ya terminé hace mucho tiempo!
Doña Lucilia hacía las comidas más tarde para acompañar al Dr. Plinio, pues él tenía un horario que no era el del común de las personas. Por eso, doña Yayá agregó en seguida:
— Lucilia, tú podrías coger los relojes que hay en esta casa y guardarlos todos.
— Pero ¿por qué, Yayá? — indagó calmamente doña Lucilia.
Porque tu reloj es Plinio. Siempre tomas sus horarios como punto de referencia: es la hora de Plinio levantarse, la hora de Plinio salir, la hora de Plinio volver, la hora de Plinio comer… ¡De manera que el reloj para ti no vale nada!
El comentario de su hermana correspondía a la realidad, en buena medida, por lo que doña Lucilia lo tomó con entera naturalidad, respondiendo apenas con una sonrisa afable, como quien dice: “Realmente es así”.
A semejante madre, que llevaba la estima por su hijo hasta el punto de regular su horario por el de él, le costó mucho un período durante el cual él tuvo que ausentarse innumerables noches seguidas.

Expectativa ansiosa

Sucedió que, a causa de ciertas exigencias de la ley de inquilinato, le fue necesario al Dr. Plinio vivir durante algún tiempo en una casa de su propiedad, situada en la calle Timbiras. Por este motivo, ya no regresaba a la calle Vieira de Carvalho después de las reuniones con los miembros del “Grupo del Legionário”, en aquella época realizadas en la sede de la calle Martim Francisco nº 665, en el barrio de Santa Cecilia ( En la planta baja de esta casa, el Dr. Plinio y sus compañeros de lucha empezaron a reunirse, desde febrero de 1945). Quedaron así suspendidas, mientras duró esa separación forzada, las “conversaciones de medianoche” con doña Lucilia.
Para hacerle menos penosa a su madre la falta de su compañía, el Dr. Plinio la llamaba por teléfono todas las noches. Esas llamadas, no obstante, eran en horas diferentes. Un día don João Paulo le describió a su hijo la escena:
— Tendrías que ver a tu madre por la noche, a la espera de tu llamada.
— Pero, ¿cómo?
— ¡Ah!, para ella tu llamada telefónica es el acontecimiento de la noche. Un buen rato antes de que tú llames, se sienta en una poltrona al lado del teléfono y se pone a rezar, a la espera. Porque, cuando suena el aparato, quiere atender al primer toque. Se queda, así, en esa expectativa, un tiempo enorme.
Al oír estas palabras, el Dr. Plinio sintió una profunda emoción. Notó la gran elevación de alma de su madre, que perfumaba con especial cariño todas las acciones que orlaron, a manera de miríadas de estrellas, su serena, noble y virtuosa peregrinación por esta tierra de exilio.

En lo alto de una ventana, un halo plateado…

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edificio de la calle Vieira de Carvalho donde el Dr. Plinio vivió con sus padres en el 4º piso y se reunía con sus amigos de lucha en el 6º

Una vez pasados los meses durante los cuales el acontecimiento de la noche para doña Lucilia era la llamada telefónica de su hijo, podemos imaginar bien con qué discreta expectativa empezó ella otra vez a esperar su regreso para la habitual “conversación”. Pero, a pesar de que las actividades del Dr. Plinio en el Movimiento Católico habían sido reducidas a su mínima expresión, como resultado del ostracismo a que estaba relegado, su tiempo disponible quedó todavía más escaso. La consolidación del pequeño “Grupo del Legionário” (El periódico circuló hasta la última semana de diciembre de 1947) exigía de él una dedicación total, en perjuicio de la convivencia con su tierna madre.
En agosto de 1948 transfirió la sede del grupo al sexto piso de la calle Vieira de Carvalho nº 27 (Entre los discípulos del Dr. Plinio, el lenguaje corriente consagró la palabra “grupo” para designar al conjunto formado por ellos). Todas las noches, después de la reunión en dicho lugar, bajaba con sus compañeros de lucha para el Fasano, restaurante situado justo en frente, al otro lado de la calle. Iban a comer algo antes de la medianoche, hora en que comenzaba el riguroso ayuno eucarístico de aquel tiempo. Doña Lucilia se quedaba en el cuarto piso, esperando su regreso pacientemente, en el salón. Mientras las horas pasaban, desgranaba las cuentas de su rosario, rezaba sus novenas o permanencia absorta en reflexiones, siguiendo a su hijo con el corazón.

«Ocupábamos, muchas veces, una mesa cercana a una de las ventanas del restaurante,”
contaba el Dr. Plinio. “Ella sabía la hora en que estaríamos ahí y, desde la ventana del apartamento, miraba en nuestra dirección…” La conversación en el Fasano, atrayente y elevada, se prolongaba después en la calzada, hasta que todos se dirigían a sus casas. Pero, muy a la manera brasileña, la despedida se prolongaba con un comentario de éste, un dicho de aquél… Así, mientras la charla se extendía, el Dr. Plinio, levantando maquinalmente los ojos hacia el edificio de enfrente, divisaba, en una de las ventanas un halo de cabellos plateados enmarcando una fisonomía rebosante de afecto.
“Todas las noches la veía siempre en el mismo lugar, mirando al grupo que conversaba en la puerta del Fasano,” recordaba el Dr. Plinio. “No sé por qué ella mantenía el salón oscuro, tal vez para no aparecer, y los reflejos de la luz de la calle hacían brillar furtivamente sus cabellos plateados. ¡Aquella figura me conmovía a tal punto que yo no sabría expresarlo! Aún hoy, cuando paso por la calle Vieira de Carvalho, miro con muchas saudades hacia aquella ventana.”
Así se quedaba ella, a la espera de que su hijo subiera para poder conversar un poco, mezclando con las alegrías de la convivencia sus cuidados para con él y sus amigos. Una vez, al comentar lo mucho que le gustaba verlos en la calzada, aprovechó para aconsejarle que no se distrajeran, pues había notado que un coche casi había atropellado a uno de los muchachos, que estaba demasiado cerca de la calle.