Una enfermedad interminable

Fue grande su solicitud cuando Plinio se vio atacado por una de esas enfermedades comunes en la infancia y en la adolescencia, no exenta por cierto de riesgos: las paperas.

Esta enfermedad fue especialmente penosa para él, no tanto por la gravedad del mal sino por la lenta convalecencia, verdadero tormento para un niño. Plinio no sabía que las paperas podían pasar de una parte a otra del organismo. Cuando se juzgaba cercana su curación pues los síntomas ya iban disminuyendo progresivamente y comenzaba ya a hacer planes para jugar en el jardín, todo empezaba de nuevo, para su desconsuelo, con la reaparición de las mismas incomodidades. Entonces era la hora del suave bálsamo de la resignación que sólo doña Lucilia sabía aplicar:
cap7_024— Hijo, ten paciencia, esto se pasa, como ya se ha pasado de este lado de la garganta.
Cuando estaba casi sano de la garganta, Plinio sintió una fuerte indisposición.
Su cuarto estaba al lado del de doña Lucilia y la llamó:
— Mamá, por favor.
Ella vino, afable y sonriente, y él le explicó qué era lo que estaba sintiendo.
— Hijo, —le dijo con una voz encantadora— las paperas se han pasado al aparato digestivo.
Él de nuevo tuvo dificultades para mantener la paciencia:
— Y, ¿para dónde más va a pasar esto? ¿Para los ojos, para la lengua?
— No, quédate tranquilo. Ahora es ya de verdad la última vez. Consuélate, voy a conseguirte un juguete. ¡Ten confianza!
Si otra persona le dijese “ten confianza, esto pasa”, él ciertamente no aceptaría el consejo con la misma resignación. Pediría que llamasen al médico, se quedaría inconforme. Pero ese “ten confianza”, dicho por ella, le transmitía de hecho una dulce serenidad de espíritu que lo tranquilizaba. El efecto comunicativo del timbre de voz materno ejercía una profunda influencia sobre el hijo.

Huellas de una caricia

Cierta vez, en el transcurso de una comida en casa de doña Gabriela, uno de los comensales notó que doña Lucilia tenía en el brazo izquierdo un pequeño moretón, fruto evidente de una contusión, mal disfrazada por una pulsera de marfil con incrustaciones de bronce. Al preguntarle la causa de la inusitada señal, doña Lucilia respondió con dulzura:
— Fue una caricia de Plinio.
Todos dieron una carcajada, y ella también se rió. Alguien le preguntó entonces por qué permitía por parte de su hijo tan truculenta prueba de cariño. Ella respondió:
— Rechazar una caricia de un hijo mío, nunca lo haré en la vida. Desde que no sea el mal, Plinio puede hacer lo que quiera

Años de grandes transformaciones

cap7_010Al finalizar la guerra en 1918, se inicia el período que los historiadores denominan «Entre las dos guerras». Los armónicos acordes del vals son sustituidos por los estridentes y cacofónicos sones del jazz; los sobrios y graves carruajes tirados por caballos son suplantados definitivamente por el automóvil, que imprime un nuevo ritmo a la existencia; y las señoras, hasta entonces reinas del hogar, dan los primeros pasos hacia la igualdad de sexos. De golpe, las faldas suben de los tobillos a las rodillas, liberando los pasos de los largos y bellos vestidos de otrora; se iniciaba así, resueltamente, una caminata cuyo término final era —todos lo presentían— el impudor.
En aras de la moda y del pragmatismo, las señoras deciden cortar sus cabellos, hasta aquel momento largos y cuidadosamente peinados, como coronas que realzaban su dignidad. Nace entonces el estilo llamado «à la garçonne» (A la muchacho). El colorete y el lápiz de labios, que la dama celosa de su honor nunca usaría, irrumpen en las costumbres, hasta entonces recatadas. La risa, que antes ocupaba un papel discreto en la vida, pasó a ser considerada símbolo necesario de la felicidad —idea ampliamente difundida por el cine de Hollywood— relegando a un segundo plano, en las reuniones sociales, a todos los que no sabían contar chistes y no tenían el pseudocarisma de provocar una constante hilaridad.cap7_008

Un pequeño y conmovedor episodio ilustrará con nitidez la resistencia que ella oponía al espíritu “moderno”.

Doña Lucilia rechaza la nueva moda

En cierta ocasión, durante una comida de la cual participaban amigos y parientes, todos intentaban convencer a doña Lucilia de que se cortara el cabello à la garçonne y se pintara, pues era la única persona de aquella rueda social que no adhería a la nueva moda. Tal vez su mansa pero inquebrantable persistencia en la fidelidad a las antiguas costumbres redundara en cierta fricción moral con los más allegados.
Mientras pudo, durante la conversación, doña Lucilia fue esquivando hábilmente el problema, para no mostrarse desagradable a los visitantes; sin embargo, éstos proseguían su incómoda insistencia. En determinado momento, notando que las presiones pasaban del límite tolerable en un asunto sólo concerniente a ella, reaccionó, como tantas veces hacía, guardando un expresivo silencio. Sentado a su lado, Plinio, entonces con aproximadamente doce años y de natural locuaz y afirmativo, asistía callado a toda la conversación; no les estaba permitido a los menores hablar en la mesa. Encantado con su madre, y notando en ella cómo su presentación externa se adecuaba al noble interior de su alma, al darse cuenta del silencio al que ella había optado decidió intervenir para sustentar la buena posición. Apartó su silla y, arrodillándose afligido ante doña Lucilia, cariñosamente imploró:
— Mamá, ¿me promete que no se cortará el pelo ni usará lápiz de labios?

Enternecida con la actitud de su hijo, se volvió hacia los presentes y, bromeando, concluyó suave y amablemente la discusión:

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…ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

— ¿Ven? Plinio no quiere que me corte el pelo. Entonces no me lo voy a cortar…
Un silencio general se hizo en la sala. Y nunca más ni los familiares ni las amigas trataron este asunto hasta el final de los largos días de doña Lucilia. Cuando, por última vez, sus hijos la vieron yaciente en su ataúd, ella estaba con sus venerables cabellos plateados y sus labios, para siempre cerrados, exentos de carmín. Murió atendiendo al pedido que su hijo, aún niño y con una gran aflicción en el alma, le había hecho de rodillas.

Preparando a sus hijos para la Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Los años pasaban, los niños crecían, y se acercaba la hora de que hicieran la Primera Comunión. El ambiente de auténtica piedad y ardiente fe que doña Lucilia fomentaba en casa era sin duda la mejor preparación. Además, su desbordante benevolencia ayudaba a los niños a comprender que, por encima de ella, Nuestro Señor Jesucristo, habiendo derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por la salvación de las almas, les quería infinitamente más que su propia madre.
A partir del momento en que les habló de la Primera Comunión, ella les dio una alta idea de la grandeza de ese augusto acto. Consiguió también que el Vicario de la Parroquia de Santa Cecilia les impartiese a Rosée, Plinio e Ilka, un curso de catecismo.
Con el paso de los días, doña Lucilia notó que los niños estaban sacando mucho provecho de las clases. Sumamente complacida, les daba algunas explicaciones y les preguntaba sobre ciertos puntos. Narraba también trechos de la Historia Sagrada de manera tan elevada y entretenida, y con tanta unción, que les infundía
un gran respeto por los personajes bíblicos.
Se imaginaba cómo sería Palestina. Por ejemplo, describía las arenas de los desiertos de Tierra Santa, marcadas por sublimes recuerdos. El modo de pronunciar ella ciertos nombres: “Mar de Tiberiades…” daba, a quien lo oía, la impresión de estar viendo las olas del mar y, en ellas, reflejada la figura del Salvador.
Hablaba mucho de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Los actos de Él eran mostrados siempre como algo sereno y comedido, llenos de significado, de una sabiduría que transcendía de lejos a todo cuanto hay en el mundo; sus actitudes, como expresiones de suma majestad y superioridad absoluta. A la Santísima Virgen, doña Lucilia la presentaba como afable, bondadosa y desbordante de cariño.

“No quiero que estéis pensando en la fiesta…”

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Llegó, por fin, el gran día para Rosée, Plinio e Ilka. En aquella época, era costumbre en las familias dar una gran fiesta para los niños que por primera vez se acercaban a la Sagrada Mesa, invitando a los hijos de parientes y amigos. Doña Lucilia, por el contrario, llamó a sus hijos y les dijo:

Hijos míos, la Sagrada Comunión es el acontecimiento más importante de la vida después del Bautismo. Por eso, no es conveniente que en este día estéis pensando, desde la mañana, principalmente en la fiesta, ya que desvía la atención de la Eucaristía.
Y transfirió las conmemoraciones sociales de esa gran fecha para el día siguiente, a fin de que los niños se compenetrasen bien de la excelencia del acto y, de esta manera, no se les perturbara en su recogimiento interior. Por el mismo motivo, los dejó hasta la noche con la ropa de la Comunión, la cual era según las costumbres de la época para el niño un Eton traje inspirado en el uniforme del famoso colegio inglés del mismo nombre y para las niñas un vestido de novia, pues Nuestro Señor Jesucristo es el Divino Esposo de las almas vírgenes.
No es de extrañar que el Dr. Plinio, al recordar aquel momento bendito entre todos en el cual recibió por primera vez al Divino Redentor, comentase: “Mamá fue la luz de la preparación para mi Primera Comunión”.

“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.