Justicia y bondad

Muchas madres no saben castigar ni premiar a sus hijos en los momentos adecuados. Doña Lucilia fue un modelo en el sentido contrario. En todas las ocasiones de punir, ella punía de verdad; en todos los momentos de premiar, premiaba de verdad. Llevaba las cosas hasta los últimos pormenores. Nunca elogiaba a su hijo, pero siempre lo trataba con inmensa bondad.

Puede darse el caso – y desconfío que hoy sea mucho más frecuente que otrora –
de que una madre pierda la paciencia con el hijo sin ser justa, porque está nerviosa, irritada, los negocios
 no están bien, o simplemente porque ella no controla los nervios, se enoja fuera de hora, después agrada fuera de hora, etc. Ella no es justa en el momento en que pune ni en el momento en que premia.

Boletín con notas de aprovechamiento y comportamiento

cap13_007Doña Lucilia fue un modelo en el sentido contrario. En todas las ocasiones de punir, ella punía de verdad; en todos los momentos de premiar, premiaba de verdad. Ella llevaba las cosas hasta los últimos pormenores. Por ejemplo, ella prestaba mucha atención en las notas que yo sacaba en el colegio. En aquel tiempo el Colegio San Luis, de los padres jesuitas, era el mejor de San Pablo. Todos los meses le entregaban la libreta a cada alumno con las notas de aprovechamiento del estudio y de comportamiento en cada materia. Yo le mostraba la libreta a mi madre, ella la abría y a veces, para evitar que me olvidase, decía: “Mira, voy a ver antes la nota de comportamiento. Porque de la nota de comportamiento tú eres el responsable. Si fueres bueno en comportamiento, mereces un premio; si fueres malo, tienes la culpa, porque depende de ti.” Después ella agregaba, para estimularme: “La nota de aprovechamiento ya no es así, porque no sé si tuve un hijo burro o inteligente. Aún no está demostrado. Y si eres burro, no tienes la culpa. Ahí aparece la nota baja y me doy cuenta de que Plinio es burro. Pero no voy a castigar a un hijo porque es burro, pues no castigaría a un hijo porque es enfermo, por ejemplo. Simplemente constato: mi hijo es burro.”
Mi madre miraba la nota de comportamiento, y en general, siempre fue bien buena: nueve o diez. Ella toleraba nueve en una materia o dos, no más que eso. Porque sacar nueve en algunas materias, quería decir que estaba decayendo en comportamiento, por lo tanto en el carácter, y era necesario ver cuál era la razón de esa decadencia.

Los mejores alumnos eran premiados con medallas de oro o de plata

Colegio San Luis, de los PP. Jesuitas

Colegio San Luis, de los PP. Jesuitas

Al final del año, los padres distribuían un premio destinado a pocos alumnos. Entonces, para cada materia había una medalla de oro y otra de plata, correspondientes al primero y al segundo lugar en cada disciplina. Y una vez yo recibí cuatro medallas. Lo cual era reputado un bello total en el Colegio San Luis. Y ellos prendían las medallas en el pecho del alumno. Mi madre iba siempre a las fiestas de distribución de premios, a fin de prestigiarlas y para que yo comprendiese que, de hecho, era necesario estudiar duro. Pero ese año ella no fue. Cuando llegué a casa, mi madre estaba esperándome. Toqué el timbre, ella fue corriendo a la puerta, y viéndome con cuatro medallas me abrazó y besó mucho. Pero eran cuatro medallas de plata, no de oro; no sé si ella percibió eso. Yo no dije nada y vi que estaba muy contenta. Ella tampoco pudo ir a la fiesta al año siguiente, pues sufría mucho del hígado.
Cuando llegué a casa, toqué el timbre, ella enseguida atendió la puerta y preguntó:
– Entonces, filhão ( en portugués, aumentativo afectuoso de hijo), ¿cómo te fue?
Yo estaba con tres medallas. Ella miró y dijo:
– ¡¿Solo tres medallas?!
Mãezinha (en portugués, diminutivo afectuoso de mamá), una es de oro…
Entonces me abrazó y besó mucho.
Cuento eso, para que noten cómo ella veía hasta las cosas más pequeñas.

Doña Lucilia nunca elogiaba a su hijo

Doña Lucilia tuvo este cuidado hasta el fin de su vida: nunca me elogiaba en mi presencia. A veces, una que otra persona me hacía un elogio en mi presencia, pero ella fingía que no oía y continuaba conversando. Había una señora que frecuentaba nuestra casa y tenía un yerno que era colega mío, abogado como yo. Esa persona iba a nuestra residencia y contaba las proezas de su yerno, como abogado. Pero tomaba mucho tiempo narrando. A mi madre le agradaba esa persona, oía todo con mucha atención y quedaba admirativa. Nunca contaba nada de lo que yo había hecho. Y yo tampoco contaba.
Un día le pregunté:
– Mamá, Ud. ve que ella cuenta esas cosas para dar a entender que él es un abogado mucho más capaz que yo. ¿Por qué Ud. no dice algo sobre lo que yo hago?
Ella me dijo, con un tono de voz muy normal:
– Hijo mío, la pobre queda tan alegre, ¿por qué voy a quitarle la alegría?
Eso entraba, en alguna medida, en su actitud. Pero yo veía muy bien que no era solo por ese motivo. Mi madre tenía miedo de que yo, oyendo un elogio contado por ella, quedase vanidoso. Entonces, en ningún momento ella hacía algún elogio a mi respecto. Pero daba pruebas de confianza sin límites en mí, con respecto a todo. Si yo llegase con un papel en blanco y le pidiese firmar, ella firmaba y no preguntaba después qué era. Ese es el mejor de los elogios.
Cierta vez, un sujeto que era mal hijo me dijo:
– ¡Cómo Doña Lucilia confía en ti! Mis padres no confían tanto en mí.

Yo casi le digo: “¡Cada uno tiene lo que le es justo!” Era la justicia.

El niño Plinio se ve afectado por el crup

plinio_marineroAhora, veamos la bondad de mi madre. Yo tuve, cuando tenía unos diez años de edad, una enfermedad gravísima y contagiosísima, llamada angina diftérica, también denominada crup. No es paperas, que es una enfermedad común. Varios de los que están en este auditorio deben haber tenido paperas. Pero crup es una enfermedad infecciosa horrible y muchas veces mortal. Porque es una infección que da en la garganta, y la persona queda postrada con una fiebre elevadísima. Afecta sobre todo a niños, pero, a veces también a gente adulta, si no me engaño. La garganta se va hinchando, se cierra e impide la respiración; la persona muere por falta de aire.
Yo me acuerdo que me desperté una mañana con la voz embargada, y le dije al empleado: “¡Llame a Doña Lucilia!”
Ella llegó y yo le dije: 
– Mi bien, yo no me levanto ahora porque estoy muy enfermo.
– ¿Qué te pasa, hijo mío?
Le expliqué lo que sentía. Ella cogió una caja de juguetes – de los mejores, que más me interesaban –, la puso en la cama y dijo: “Ve jugando aquí, mientras consulto al médico.”
Me acuerdo muy bien que me senté a jugar, porque era un juguete que no daba para utilizar acostado. Sentí mi cuerpo debilitarse y me hundí en la cama de nuevo.
El médico que mi madre había consultado por teléfono indicó algunos remedios. Pero la enfermedad era contagiosísima. Ella podía perfectamente contratar a una enfermera para tratarme, porque era muy enferma del hígado y si le diese crup, se moría con toda seguridad. No quiso saber de ninguna enfermera, desde el comienzo hasta el fin. Había, sobre todo, un momento decisivo en el crup, especialmente contagioso, con respecto al cual el médico, homeópata, previno a mi madre. Yo tomaba el remedio periódicamente y mi fiebre iba subiendo. Ella llamaba por teléfono al médico – que era amigo de la familia y recibía las llamadas con mucho agrado – y él le decía: “No se asuste, la fiebre de Plinio va a subir aún más. Pero en cierto momento, si el remedio le hace bien, la membrana infectada que él tiene en la garganta será expelida. En el momento en que él lance esa membrana, tenga un paño cualquiera en el regazo y haga que la expela en ese paño. Y mande inmediatamente a una de las criadas a llevarlo al jardín, donde ya debe tener un hueco listo, y enterrarlo bien hondo, porque esa membrana es ultracontagiosa. Y si Ud. la pone en cualquier otro lugar de la casa, se le pega a alguien.”
Ella podía contratar a una enfermera, por lo menos para ese momento, pero no lo hizo.
Me acuerdo que estaba sentada junto a mí. En cierto momento, hice una señal de que iba a suceder algo. Pero yo estaba pensando, con mi mentalidad de niño, que me iba a morir. Mi madre me ayudó y expelí la tal membrana en la toalla colocada sobre su regazo. Ella inmediatamente la dobló, para evitar la expansión de los microbios. Después me agradó un poco, llamó a una empleada de la casa y le dijo: “Magdalena, coja esto con la punta de los dedos y entiérrelo en un hueco que fue hecho allá, en el fondo del quintal.”
Magdalena fue corriendo e hizo como Doña Lucilia le había mandado. Gracias a Dios, ni mi madre ni Magdalena se contagiaron. Unos días después, yo ya estaba restablecido.
Cuando expelí la membrana y mi madre vio que, por lo tanto, el peligro había pasado, ella llamó por teléfono al médico para contarle lo sucedido, diciendo:
– ¡Doctor Fulano!
Él respondió:
– No necesita contarme el resto. Su voz alegre ya me lo dice todo…

Deseo de tener siempre la presencia de su hijo

3p186Cuando mis padres estaban vivos, todos los días yo almorzaba con ellos y, terminado el almuerzo, salía corriendo para el trabajo. Ellos estaban tan habituados a eso, que ni siquiera prestaban atención si yo había salido o no, pues daban por cierto que, habiendo acabado de almorzar, ya estaba fuera de la casa. Pero un día, tal vez por haber olvidado algo en casa, volví y encontré esta escena: los dos en una sala de estar; mi padre sentado y mi madre, de pie, le decía:
– ¿De verdad crees que ese menú está bien? ¿A Plinio le gustará comer esos platos? ¿O será mejor hacer otra cosa? Mi padre, que estaba con sueño y con ganas de hacer la siesta, respondió:
– ¡Oh, señora! Haz con él lo que yo haría. Si yo tuviese que organizar un menú, diría: “Joven, para la cena hay esto. Si quieres, come; ¡si no quisieres, vete a comer afuera!”
Ahora bien, eso era justamente lo que mi madre no quería. Su deseo era que yo cenase con ella. Ella no dijo nada, pero noté que había quedado desconcertada porque quería una ayuda que él no le dio. De hecho, él no podía ayudar, pues esas son cosas que una dueña de casa piensa y un hombre no. Ella se quedó quietecita y después salió de la sala. Me retiré de tal forma que ellos no percibiesen que yo había presenciado la escena. Pero salí pensando: “¡Se ve muy bien que padre es padre, pero madre es madre!”
Por ese pequeño episodio, comprendemos la ventaja inapreciable de tener una Madre en el Cielo, como Nuestra Señora, que tiene para con los hijos aquellas accesibilidades, bondades, que las madres tienen. ¡Más aún siendo Ella, al mismo tiempo, Madre de Dios! Por esa causa, debemos rezar con confianza, porque Ella atiende siempre nuestros pedidos.

(Extraído de conferencia del 15/12/1991). 

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

Un inseparable Ángel de la Guarda

Hay una cuestión muy curiosa en la doctrina católica, y quien la explica es Santo Tomás de Aquino, basado en autores como San Jerónimo. Defiende el Doctor Angelicus que mientras el niño está en gestación, en el claustro materno, todavía no tiene Ángel de la Guarda propio, sino que lo custodia el mismo Ángel de la madre. Sólo a partir del momento en que el niño nace, Dios le asigna un Ángel de la Guarda específico para guardarlo y acompañarlo durante toda su vida.

…no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre…

El Autor (Mons. Joao S. Clá Dias) acredita haber acontecido con Doña Lucilia y el Dr. Plinio algo muy peculiar: si bien es verdad que él al nacer, el día 13 de diciembre de 1908, recibió su Ángel de la Guarda, no dejó de tener como protector también al Ángel de su madre, tal era la misión que Doña Lucilia tenía junto a su hijo. Además de esto, correspondiendo al llamado de la Providencia, que consistía en mostrar de forma rutilante la bienquerencia, el afecto, el espíritu materno y la bondad, Doña Lucilia vivió constantemente teniendo al Dr. Plinio como que delante de sí, aunque fuese sólo con su mirada interior. Y su corazón no la engañaba. No se consagró a él sólo como madre, sino que hizo también el papel de Ángel de la Guarda de su inocencia durante la infancia, e incluso a lo largo de toda su vida. Es imposible, por tanto, querer separar la vocación del hijo de la vocación de la madre, porque la historia de ella está entrelazada con la de él, y la fidelidad de ella, ligada a la fidelidad de él.

Un significativo episodio ilustra cuánto Doña Lucilia, obediente a la entrega exigida por la gracia, tenía siempre como interés principal el bien de los otros más que el suyo propio, mostrándose, al mismo tiempo, muy afable, dulce y acogedora. Cuando Plinio era niño de uno o dos años de edad, se despertaba con frecuencia a altas horas de la madrugada y no conseguía conciliar el sueño, porque se sentía mal. En lo alto de la puerta del cuarto había una abertura de vidrio que dejaba entrar un tenue haz de luz, como si fuese un camino que llegase hasta su lecho. Mirando aquello, medio confuso y sin duda debido al malestar, veía unas sombras extrañas que le parecían ser unos hombrecitos andando por el cuarto, subiendo y bajando por aquel pasillo de luz… Lo recordaría él, décadas más tarde: «El cuarto estaba lleno de sombras, que naturalmente me parecían amenazas pa-vorosas… Yo, entonces, tenía miedo y sentía una especie de soledad horrorosa». En otra ocasión, añadió: «Yo me sentía en el naufragio de un niño de esa edad que se despierta y quiere entrar en contacto con alguien, y, en aquella soledad oscura, siente que se hunde…»
En esos momentos, sintiendo su dependencia y no bastándose a sí mismo, el niño necesita protección y amparo, así como una dosis de seguridad, que en general, se los da la madre. Por eso, en medio de aquella aflicción, Plinio empezaba a invocar a Doña Lucilia. Aunque hablase ya antes de los seis meses, todavía no conseguía articular bien las palabras y no sabía decir sino «manguinha», tanto más que mãezinha o mãe son muy difíciles de pronunciar para un niño.

¡Manguinha! ¡Manguinha!

— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y la «manguinha» ¡dormía con un sueño casto, suave y profundo!
Doña Lucilia había mandado que la cama de su hijo quedase bien junto a la suya, para que la pudiese despertar durante la noche, siempre que estuviera enfermo o con insomnio. Entonces, pasaba a la cama de su madre y, golpeándola en el brazo, llamaba:
— ¡Manguinha! ¡Manguinha!
Y nada… Doña Lucilia ¡no se despertaba! Hasta que, sin poder resistir más, utilizaba un último recurso. No tenía duda: se subía encima de ella, se sentaba sobre su pecho y, «truculento» (Aunque los términos truculento y truculencia tengan, en el uso corriente, el significado de crueldad o atrocidad, el Dr. Plinio los utilizaba con cierta frecuencia en sentido figurado) desde la infancia, con los deditos trataba de abrirle los ojos, diciendo:— ¡Manguinha!

Al final, ella se despertaba, se incorporaba en la cama, encendía la lámpara de la mesilla y, tomándolo en sus brazos, preguntaba: — ¿Qué pasa, hijo mío? ¿Te estás sintiendo mal? Él le contaba que no estaba consiguiendo dormir, porque veía unos hombrecitos y estaba receloso de que le ocurriese alguna cosa.
Entonces, ella comenzaba a acariciarlo, a jugar y a contarle historias, tratándolo con toda bondad, a fin de distraerlo. «Yo sentía todo de una sola vez: un afecto aterciopelado, profundo, envolvente y tranquilizador; una pena que mostraba cuánto ella comprendía mi dolor y el embarazo en que me encontraba».
Sólo cuando su hijo ya estaba completamente distendido, le decía, besándolo con mucho amor:
— ¿Cómo te sientes ahora, hijo mío? ¿Quieres dormir?
— ¡Quiero, sí!
Ella lo acostaba, lo cubría y se quedaba esperando a que se durmiese. Después, apagaba la luz y volvía a conciliar el sueño. Hasta el fin de su vida el Dr. Plinio se acordaría de la fisonomía de Doña Lucilia, cuando ésta le decía:
— Hijo mío, siempre que quieras o tengas una necesidad, despierta a tu mamá, que ella te atenderá con mucha alegría.
En otra ocasión comentaría: «Mi más antigua reflexión sobre ella fue, al despertarme durante la noche, ver cómo ella dormía. Yo la despertaba abriendo sus ojos con la mano y pidiendo que no me dejara solo. Al observar su primer movimiento saliendo del sueño, sin tener ningún desagrado, sino desdoblándose en ternura y protección, entendí aquella elevación dentro de ella. Es mi más antiguo análisis psicológico». Y, algunos años después, afirmaría: «Así como el heliotropismo hace que la planta busque al sol, una especie de “luciliotropismo” me hacía tender hacia ella. En sus menores cuidados, al acariciarme, sonriendo y jugando, cuando yo pasaba de mi cama de niño de dos o tres años a su cama, me veía envuelto por algo mucho más elevado. Comprendí entonces la dulzura de los más altos pináculos, la distensión y suavidad de los grandes ideales: lo majestuoso, ¡cómo era dulce, cómo era atrayente! Debido a que aprendí y vi en ella esa elevación de alma hasta el fin de su vida, le di el trato, lleno de veneración, propio a un alma como la de ella. Siendo mi madre, merecía todo mi respeto y yo apreciaba esa condición, pero no era sólo ése el motivo de mi veneración. Puesto que ella era de aquella manera y tenía en el alma aquella grandeza, yo sentía todas sus cualidades derramarse sobre mí, circundarme y penetrar en mí por osmosis, a la cual yo abría mis poros».

Cfr. CLÁ DIAS, EP, João Scognamiglio. El Don de Sabiduría en la mente, vida y obra en Plinio Corrêa de Oliveira. Editrice Vaticana 2016 Parte I pp. 119 ss.

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.