La acción de presencia de Doña Lucilia

La acción de presencia de Doña Lucilia no era invasora y conquistadora, sino muy suave. El Dr. Plinio sentía mucho su presencia en el apartamento en que ella residió durante largo tiempo, en la Rua Alagoas. Cuando él iba a su sala de trabajo y se sentaba en una silla mecedora que ella acostumbraba a usar, tenía la sensación de estar en sus brazos, tal como en su infancia.

3p196a

Una de las cosas más difíciles de explicitar es la acción de presencia. Hay en el orden puesto por Dios mil acciones de presencia. Por ejemplo, el edificio antiguo del Éremo de San Benito (Del latín: lugar donde viven eremitas. Antiguo Monasterio benedictino localizado en São Paulo, en el barrio Jardim São Bento). Dadas las ideas que yo tenía con respecto a San Benito de Nursia, Patriarca de los monjes de Occidente, cuando transpuse los umbrales de ese predio por primera vez, tuve una impresión singular, toda ella personal y pensé lo siguiente: “¡Esa es la casa de San Benito! Solo falta encontrarlo en cualquier rincón.”

Ejemplo de una acción de presencia

sao bento

Eremo de San Benito

Esa es la misma impresión que tengo hasta ahora. No hay una sola vez en que yo entre allí y no sienta una verdadera delicia, un verdadero regalo para mi alma. Mi antigua admiración por el espíritu benedictino comenzó cuando, siendo niño aún, oí tocar las campanas del Monasterio de San Benito, la famosa Cantabona; seria, grave, resoluta, indomable y armoniosa. Esa impresión perdura en mí.
Cuando oí la Cantabona por primera vez, me vino la siguiente idea – no con la precisión que estoy diciendo ahora, sino implícitamente –: ciertas almas tienen internamente un timbre como el de las campanas. Me acuerdo de incluso haber leído un libro de poesía, muy de segunda clase pues estaba enfermo y no tenía nada mejor para hojear; no eran poesías inmorales, sino algo pseudo-literario. De repente, encontré una frase que decía solo esto: “Campana, corazón de la Iglesia; corazón, campana de uno. Una siente cuando toca, otra toca cuando siente.”
Ese poeta débil cogió bien esa analogía. Todo hombre tiene interiormente una campana. Y yo me preguntaba cómo sería el alma de aquel del cual se podría decir que la campana del Monasterio de San Benito era como su corazón. Naturalmente, la respuesta es: ¡San Benito! Además, todo lo que leí sobre San Benito – no fue mucho –, cuanto asimilé con respecto a la Orden Benedictina, frecuentando el antiguo Monasterio de San Benito, me daba la impresión de algo semejante al toque de la Cantabona.
Algo que se levantó en Nursia, pasó también a través de Cluny por glorias increíbles y por humillaciones inenarrables. Después, la decadencia de la Orden Benedictina en el Ancien Régime no tiene palabras. En el siglo XIX, Dom Guéranger realza la Orden Benedictina, pero ya los benedictinos que conocí en Francia, posteriormente, cuán inferiores eran a Dom Guéranger… De repente, encuentro en San Pablo esa afirmación. Eso es acción de presencia. ¿Cómo se ejerce? Es una gracia. Sin embargo, cómo se hace presente esa gracia, cómo se hace sentir, no sabemos.

Hay cosas que fueron hechas para quedar implícitas

Ahora bien, si un predio puede tener una acción de presencia, a fortiori los seres humanos. Porque, ya sea en el orden de la naturaleza y, sobre todo, en el orden de la gracia, la presencia de un ser humano es incomparablemente mayor que la de un predio. La gracia puede estar presente en un predio como un jarrón con flores. Es una cosa extrínseca al predio que alguien pone allí y suaviza, adorna el ambiente. Otra cosa enteramente diferente es el modo por el cual la gracia habita en el alma. Para usar una comparación, claudicante como todas las comparaciones, tiene algo de un injerto que pasa a vivir una vida nueva en el alma y le da un élan nuevo que el alma no tenía. Pero acaban conviviendo en el sentido más íntimo de la palabra, la persona pasa a tener las dos vidas, la natural y la sobrenatural de la gracia, formando un solo existir y un solo ser.votral
En esas condiciones, es claro que un Fundador puede hacer sensible la presencia de los ideales de su fundación, y la Providencia tiene designios especiales con este o aquel hombre. Esta es la acción de presencia. Sin embargo, ¿cómo explicitarla? ¿Cómo describir lo indescriptible? Digo incluso más: si hubiese alguien capaz de decir completamente lo que es ese género de cosas muy imponderables, empobrecería el tema, porque son cosas hechas para ser vistas en el imponderable. El lenguaje explícito tiene un valor muy grande, pero hay cosas que fueron hechas para que queden implícitas. Y explicitar ciertas cosas implícitas sería lo mismo que encender dentro de una catedral un farol enorme que hiciese todo clarísimo. Una catedral pide penumbras.
Hace poco vi un vitral y me pareció muy bonito. Pero no tendría esa impresión si no hubiese penumbra en el ambiente. En nuestras almas hay, así, no sombras sino penumbras, y estas hacen parte de la convivencia. Es hasta donde yo sé ir en este tema. La orilla del gran mar de la acción de presencia es esta. Más allá de eso están las olas indecisas.

Exenta de superficialidad de alma

cap13_008

Doña Lucilia con su bisnieto

Yo pensaba en mi madre mientras hacía estos comentarios. Ella, llamada para aquel ambiente de la vida privada en la cual vivió su larga existencia, no tenía acciones de presencia invasoras ni conquistadoras. Poseía, por el contrario, una acción de presencia muy suave de quien ligeramente dice esto: “Si quieres entrar en esta presencia, hay algo para ti. Si no quieres, pasa que yo no te detengo, ni te pido, ni te reclamo nada, te miro con benevolencia y rezo por ti. Puedes pasar…” Nada más.
Sería necesario que una persona saliese de cierto estado de alma por donde se podía verla como a una señora cualquiera, porque quien quisiese hacer eso, sería perfectamente fácil, no habiendo de parte de ella un gesto, ni una idea de imponerse.
Para mí, como yo la sentí, era una presencia al mismo tiempo riquísima de expresión en el primer contacto, pero proporcionaba otras impresiones más profundas, más elevadas, más ricas a medida que se iba caminando hacia adelante de un modo insondable, en que la misma impresión originaria se acentuaba. Pero acentuándose, revelaba bellezas nuevas y, revelando bellezas nuevas, iba atrayendo y enseñando más.
Era naturalmente una presencia muy variada y siempre muy expresiva para quien quisiese prestar atención. Había una cosa que ella no tenía: superficialidad de alma. Ella no tenía el
estado de espíritu por el cual se ve todo por las ramas; nunca la vi en una situación de esas. Si hubiese sucedido, mi amor a ella decrecería un tanto. Y si fuese creciente, empalidecía.

Discreción, respeto, consideración y humildad

Cuando ella era más joven, hacía pasteles y dulces, uno de ellos llamado pavê, con galletas y chocolates. Es un dulce agradable, aunque corriente. Sin embargo, era un pastel súper adornado, recubierto de azúcar, con unos dulces color plata, unas guirnaldas formando un dibujo, desconfío que para cada cumpleaños ella componía un nuevo trazado. Habiendo quedado anciana, de repente el pastel desapareció. Yo fingí que no había notado. Vi que las fuerzas no daban más y ella misma lo quería hacer, no dejaba a la empleada.
Me acuerdo de ella en la despensa de nuestra casa, en la cual hay una especie de pequeños armarios, donde preparaba el pastel. Creo que no lo colocaba en el horno, pero ella misma hacía la masa. Se quedaba allí de pie, preparándolo, industriosa, más para acá, más para allá, arregla por aquí… Ella estaba con cataratas avanzadas y se notaba que tenía cierta dificultad para ver, pero amasaba por aquí, amasaba por allá, con empeño. Era su pavê ideal.
Yo miraba de reojo, para dejarla enteramente a gusto. Después me quedaba trabajando, rezando o haciendo alguna cosa, pero contemplando su vivir. Generalmente eso salía casi a última hora y ella siempre estaba un poco apresurada. Por sufrir del hígado, necesitaba descansar en cierta posición. Entonces se iba a su cuarto con unos pasitos pequeños, rápidos, a fin de tener un gran reposo. Después se vestía, se arreglaba, iban llegando las primeras personas de la familia, algún amigo, y comenzaba la fiesta de cumpleaños. Cuando llegaba el momento de pasar a la sala de visitas, ella estaba conversando. Ahí yo prestaba atención en la preocupación de ella – ultra disfrazada – en el momento en que entrasen los dulces, por ver si yo comía bastante del que ella había hecho. Si yo comía mucho era porque el dulce estaba bien hecho. Si comiese poco, ella había fracasado… El dulce siempre estaba bien hecho. Pero ella me conocía tan, tan bien, que yo nunca hice esa jugada – que a alguien le parecería acertada – de comer más de lo que quería para agradarla, porque ella sabía perfectamente si me estaba gustando o no el dulce. Comía tanto cuanto quería, pero yo veía que ella miraba un poco de reojo el dulce para ver si, ya cortado, estaba con el aspecto que ella quería; después veía de reojo mis ojos para ver qué
me estaba pareciendo. Y si yo no dijese nada, ella tampoco decía nada. Era, por lo tanto, una especie de discreción y respeto por el otro, aunque fuese hijo, consideración y humildad. Después que prestaba su servicio ella se retraía, no pedía y no imponía nada más, ella había atendido.

Saudades y esperanza de reencontrarla

16265307_241108586347785_5711736621450719215_n

El» Quadrinho»

Ahora bien, lo que estoy diciendo aquí no es nada. La profundidad, la forma de dulzura que había en mi madre, y algo por donde ella, en el fondo, reportaba eso a Dios, es algo que debería haber sido visto. Quien ve el Quadrinho (Cuadro a óleo que agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia) tiene una idea. Era así el día entero, bajo las más variadas formas, constituyendo un tipo de acción de presencia inenarrable, que aún permanece en la que era su casa. Por las escrituras públicas, yo soy dueño del inmueble, pero para mí aquella es la casa de Doña Lucilia y yo me complazco en que sea su casa. Para mí el charme de esa casa es que era la casa de Doña Lucilia y me da la impresión de que ella está presente allá. De qué forma, tampoco lo sé. Pero cuando se atiende el teléfono: “¡Casa del Dr. Plinio Corrêa de Oliveira!”, a mí me darían ganas de rectificar y decir: “¡No! Casa de Doña Lucilia Corrêa de Oliveira, porque es la casa de ella.”
Mi madre viajó raras veces y salía poco a la calle. Cuando era más joven, naturalmente salía un poco más, como todo el mundo. En las raras veces en que viajaba, yo aún vivía en casa de mi abuela. Era una de esas casas patriarcales con mucha gente viviendo.
Cuando ella viajaba, me daba la impresión de que la casa entera se quedaba vacía y de que nada era nada. Podía haber gente, podía no haber gente: si mi madre no estaba, la casa estaba vacía. Por el contrario, cuando fuimos a vivir en el apartamento de la Rua Alagoas – solo ella, yo y mi padre, pero él viajaba mucho por negocios y, por lo tanto, durante la mayor parte del tiempo estábamos apenas nosotros dos –, y yo viajaba dejándola sola, me daba la impresión de que lo mejor de mí mismo había quedado en casa rezando, y de que era mi parte más banal la que había salido. De manera que, cuando volvía a casa, yo tenía la impresión de que me encontraba con lo mejor de mí mismo y algo
más, que era la casa habitada por ella. Es lo que aún siento cuando vuelvo a casa. Voy a cenar, rezo las oraciones que mi madre rezaba y siempre me acuerdo del lugar donde ella se quedaba durante la cena, en la cabecera de la mesa. En el almuerzo ella se sentaba frente a una ventana que da hacia la Plaza Buenos Aires, para ver la vegetación. Entonces no era la cabecera, sino un lado de la mesa. No obstante, para hacer su deseo, yo concordaba enteramente.
Siempre que me siento junto a la mesa, me acuerdo de ella, de cómo ella pondría el brazo… Pero con esta circunstancia: tengo aún la impresión de que ella está presente y de que yo me encuentro, de algún modo, con lo mejor de mí mismo cuando estoy en su casa. A tal punto que siento más su presencia en casa que junto a su sepultura. Y siento su presencia intensamente en el cuarto en que mi madre dormía, y también en el resto de la residencia, porque ella habitaba tan densa y tan ricamente la casa. Inclusive en mi sala de trabajo. Cuando me siento en una silla mecedora en la cual mi madre acostumbraba a sentarse, tengo la sensación de que era como cuando yo era niño: ella me ponía en sus brazos. Y así son mis saudades, mi admiración y mi esperanza de reencontrarla.

Un rayo de luz lila y plata

cap12_017El otro día pasé por la Rua Vieira de Carvalho (Calle situada en el centro antiguo de São Paulo), donde vivimos durante algunos años, en el quinto piso de un edificio. Nuestra sede ocupaba el séptimo y el octavo piso, y todas las noches yo iba con miembros de nuestro Movimiento a un restaurante llamado Fasano. No sé de qué manera ella, que no oía bien, intuía más o menos cuando bajábamos para ir al restaurante. Después de comer, nos quedábamos aún conversando durante algún tiempo en el andén. Al salir del restaurante, yo volvía naturalmente mis ojos hacia el predio del frente. Evidentemente miraba hacia el quinto piso, que tenía una ventana cuadriculada, y la veía siempre en la misma cuadrícula, exactamente como está en el Quadrinho, mirando. Y todo el tiempo que nos quedábamos ahí afuera, a veces era mucho, yo veía aquella cabecita mirando. Por su discreción, no hacía ninguna señal, pero estaba profundamente entretenida. Cuando nos despedíamos, ella percibía que yo iba a atravesar la calle y a subir. Entonces, ella no iba a abrir la puerta, sino que se quedaba por ahí rezando – la imagen del Corazón de Jesús estaba cerca de la ventana –, yo abría la puerta, entraba e iba a hablar con ella. Mi madre, a veces, hacía algún comentario: “Cómo ese o aquel te retuvo largamente…”, pero sin mal humor. “A cierta
altura me llevé un susto, porque pasó un automóvil y casi coge a uno de Uds….” Eran cosas así.

El Quadrinho me da la impresión exacta de aquella a quien yo veía en la ventana. Era aquel rayo de luz lila y plata que atravesaba la Rua Vieira de Carvalho bien ancha, con unos árboles magníficos pero que no estorbaban el camino, y llegaba hasta mí, yo sorbía eso.
¿Si me fuese dado volver al quinto piso, yo volvería? No sé. ¿No es mejor quedarme con la imagen que tengo en la memoria? Nosotros nos mudamos de residencia, el Fasano cerró, el tránsito se volvió torrencial e inundó aquello. Yo tengo el Quadrinho y la Consolación (cementerio de São Paulo donde está enterrado el cuerpo de Doña Lucilia). Más que eso, tengo la esperanza del Cielo.

(Extraído de conferencias del 25/8/1980 y 20/11/1980)

El inapreciable valor de una vida común sin pretensiones

Si le fuese permitido por Dios, Doña Lucilia bajaría del Cielo a consolar a los que sufren en esta tierra para que esos sufrimientos cesen o, en ciertos casos, que soporten el dolor con resignación y dignidad.

Doña Lucilia tenía horror al Infierno, mezcla de temor reverencial y de asco. Le parecía -y con mucha razón- que son personas muy repugnantes las que allá caen. Y hacía expresiones fisionómicas que expresaban ese asco de manera muy categórica.

Horror a los réprobos y compasión por las almas del Purgatorio

De manera que no debemos suponer -ni mucho menos- que ella tuviera el menor movimiento de compasión por aquellos de quien ni Dios tiene compasión: fueron condenados y mandados al Infierno, y ya está todo definido. Pero sentía mucha compasión por las almas que estaban en el Purgatorio y le gustaba rezar por ellas. Comentaba, de vez en cuando, alguna que otra cosa que había leído en libros de piedad sobre el Purgatorio. Pero su principal atención se centraba en el Cielo y el Sagrado Corazón de Jesús. Me pregunto si ella en el Cielo pediría bajar a la tierra a consolarnos. Me parece que lo pediría y tendría un gusto enorme haciendo eso. Pero con el cuidado de no hacerlo tantas veces que nos quitase méritos. Ella tenía una concepción “dura” de las cosas, es decir, que es necesario sufrir en esta tierra. Y por lo tanto, toda idea de transformar la bondad en un medio para el desaparecimiento del dolor, sería una cosa que ella no vería con buenos ojos.
Doña Lucilia sería, eso sí, muy propensa a bajar a la tierra -si le fuese permitido- y consolar a los que están sufriendo para que, en algunos casos, el sufrimiento termine; y, en otros casos, que las personas continúen padeciendo y aguanten el dolor con resignación y dignidad.

¿Cómo eran celebrados los cumpleaños de la Sra. Doña Lucilia…?

Mamá tenía certeza absoluta que yo comparecería para celebrar su cumpleaños. Vivíamos en la misma casa y, además, ella sabía bien cuánto yo la quería y que por tanto era ciertísimo que estaría presente. Ella podría tener un cierto temor de que yo, atrasado por preocupaciones de mi oficina, llegara tarde, pero no comenzaría la comida conmemorativa de su cumpleaños sin mi presencia. Los convidados ya sabían eso y no insistían, y aunque algunas veces quedase un poco preocupada, no me decía nada para no contrariarme. Lo que yo hacía de mi parte en esa ocasión era algo que parecía imposible de hacer, pero cabía en una circunstancia así: un aumento de mi cariño. Cariño mezclado con un poco de broma que yo hacía con ella acerca de un punto cualquiera y que ella sabía muy bien que eran un gracejo.

Por ejemplo, ya conté, que frecuentemente -creo que debido a esa temperatura aquí de Sao Paulo- cuando la besaba, yo sentía en mi rostro la punta de su nariz ligeramente fría y entonces le preguntaba: “¿Cómo así? ¿Esta con mucho frío en la nariz?” Son bromas que se hacen para darle un poquito de alegría a la vida familiar.

…y los del Dr. Plinio

Celebraba mucho más mi cumpleaños que el de ella, pero eso no dependía de mí. Mi cumpleaños era celebrado en el almuerzo y en la cena con un menú reforzado, mientras que en el cumpleaños de ella había solamente una cena a la que comparecían los parientes más allegados.
Para mí ella siempre mandaba a hacer torcazas, porque cuando estuvimos en Alemania, en el hotel de unos termales de aguas medicinales llamada Wiesbaden, servían pichones de torcaza con cierta frecuencia. Y cuando venían con ese plato a la mesa, yo, siempre muy interesado en asuntos gastronómicos, ya me daba cuenta desde lejos y decía aplaudiendo “¡Mamá, palomitos!”.
Doña Lucilia me hacía señal para yo no hacer ruido en un solemne comedor de hotel. Baste decir que en ese gran salón había un ambiente separado por cortinas, con una mesa ya montada para el Kaiser y personas de la Corte. Cuando él llegaba, corrían las cortinas, tocaban el himno de Alemania, aplaudían, el monarca agradecía, se sentaba y después el almuerzo seguía. Pero a pesar de que la atención de los empleados siempre estaba pendiente de que en los tiempos de vacaciones el Kaiser podía aparecer de una hora para otra, el copero quedaba muy contento cuando traía palomitos porque le gustaba ver mi reacción. Y él procuraba traducir la palabra “palomitos” por “pimbinchen”. No existe en alemán ni en portugués esa palabra; era una mezcla de sub-alemán y mal portugués… Me mostraba de lejos el plato y decía: “¡Pimbinchen!” y yo quedaba muy contento.
Entonces cuando llegaba mi cumpleaños ella mandaba comprar “pimbinchens” en el mercado y los preparaba según una receta especial quedando una cosa deliciosa. Colocaba tres o cuatro “pimbinchens” además de un postre. Todo adecuado. Y cuando llegaban los platos ella me decía: “Hijo, los pimbinchens”. Y yo algunas veces manifestaba mayor alegría para contentarla también.
Esa era nuestra vida común familiar sin pretensiones, pero que para mí tenían un valor sin nombre. En lo relacionado con el cumpleaños de ella, Rosé -mi hermana- se encargaba del regalo, porque en general eran artículos para señora de los que yo no tenía la menor idea. Acordaba con mi hermana, arreglábamos las cuentas y ella hacía la compra. De tal manera que yo a veces ni sabía lo que se le había regalado y mamá sabía que eso era así.

Evidentemente hacíamos más oraciones el uno por el otro pero no dialogando. Son cosas del modo de ser paulista antiguo. Eso no quiere decir que sea lo ideal pero tampoco me parece reprensible. Me parece un modo de proceder que podría tal vez ser mejor, pero así estaba bien.

(Extraído de conferencia de 22/4/1993)

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.