El inapreciable valor de una vida común sin pretensiones

Si le fuese permitido por Dios, Doña Lucilia bajaría del Cielo a consolar a los que sufren en esta tierra para que esos sufrimientos cesen o, en ciertos casos, que soporten el dolor con resignación y dignidad.

Doña Lucilia tenía horror al Infierno, mezcla de temor reverencial y de asco. Le parecía -y con mucha razón- que son personas muy repugnantes las que allá caen. Y hacía expresiones fisionómicas que expresaban ese asco de manera muy categórica.

Horror a los réprobos y compasión por las almas del Purgatorio

De manera que no debemos suponer -ni mucho menos- que ella tuviera el menor movimiento de compasión por aquellos de quien ni Dios tiene compasión: fueron condenados y mandados al Infierno, y ya está todo definido. Pero sentía mucha compasión por las almas que estaban en el Purgatorio y le gustaba rezar por ellas. Comentaba, de vez en cuando, alguna que otra cosa que había leído en libros de piedad sobre el Purgatorio. Pero su principal atención se centraba en el Cielo y el Sagrado Corazón de Jesús. Me pregunto si ella en el Cielo pediría bajar a la tierra a consolarnos. Me parece que lo pediría y tendría un gusto enorme haciendo eso. Pero con el cuidado de no hacerlo tantas veces que nos quitase méritos. Ella tenía una concepción “dura” de las cosas, es decir, que es necesario sufrir en esta tierra. Y por lo tanto, toda idea de transformar la bondad en un medio para el desaparecimiento del dolor, sería una cosa que ella no vería con buenos ojos.
Doña Lucilia sería, eso sí, muy propensa a bajar a la tierra -si le fuese permitido- y consolar a los que están sufriendo para que, en algunos casos, el sufrimiento termine; y, en otros casos, que las personas continúen padeciendo y aguanten el dolor con resignación y dignidad.

¿Cómo eran celebrados los cumpleaños de la Sra. Doña Lucilia…?

Mamá tenía certeza absoluta que yo comparecería para celebrar su cumpleaños. Vivíamos en la misma casa y, además, ella sabía bien cuánto yo la quería y que por tanto era ciertísimo que estaría presente. Ella podría tener un cierto temor de que yo, atrasado por preocupaciones de mi oficina, llegara tarde, pero no comenzaría la comida conmemorativa de su cumpleaños sin mi presencia. Los convidados ya sabían eso y no insistían, y aunque algunas veces quedase un poco preocupada, no me decía nada para no contrariarme. Lo que yo hacía de mi parte en esa ocasión era algo que parecía imposible de hacer, pero cabía en una circunstancia así: un aumento de mi cariño. Cariño mezclado con un poco de broma que yo hacía con ella acerca de un punto cualquiera y que ella sabía muy bien que eran un gracejo.

Por ejemplo, ya conté, que frecuentemente -creo que debido a esa temperatura aquí de Sao Paulo- cuando la besaba, yo sentía en mi rostro la punta de su nariz ligeramente fría y entonces le preguntaba: “¿Cómo así? ¿Esta con mucho frío en la nariz?” Son bromas que se hacen para darle un poquito de alegría a la vida familiar.

…y los del Dr. Plinio

Celebraba mucho más mi cumpleaños que el de ella, pero eso no dependía de mí. Mi cumpleaños era celebrado en el almuerzo y en la cena con un menú reforzado, mientras que en el cumpleaños de ella había solamente una cena a la que comparecían los parientes más allegados.
Para mí ella siempre mandaba a hacer torcazas, porque cuando estuvimos en Alemania, en el hotel de unos termales de aguas medicinales llamada Wiesbaden, servían pichones de torcaza con cierta frecuencia. Y cuando venían con ese plato a la mesa, yo, siempre muy interesado en asuntos gastronómicos, ya me daba cuenta desde lejos y decía aplaudiendo “¡Mamá, palomitos!”.
Doña Lucilia me hacía señal para yo no hacer ruido en un solemne comedor de hotel. Baste decir que en ese gran salón había un ambiente separado por cortinas, con una mesa ya montada para el Kaiser y personas de la Corte. Cuando él llegaba, corrían las cortinas, tocaban el himno de Alemania, aplaudían, el monarca agradecía, se sentaba y después el almuerzo seguía. Pero a pesar de que la atención de los empleados siempre estaba pendiente de que en los tiempos de vacaciones el Kaiser podía aparecer de una hora para otra, el copero quedaba muy contento cuando traía palomitos porque le gustaba ver mi reacción. Y él procuraba traducir la palabra “palomitos” por “pimbinchen”. No existe en alemán ni en portugués esa palabra; era una mezcla de sub-alemán y mal portugués… Me mostraba de lejos el plato y decía: “¡Pimbinchen!” y yo quedaba muy contento.
Entonces cuando llegaba mi cumpleaños ella mandaba comprar “pimbinchens” en el mercado y los preparaba según una receta especial quedando una cosa deliciosa. Colocaba tres o cuatro “pimbinchens” además de un postre. Todo adecuado. Y cuando llegaban los platos ella me decía: “Hijo, los pimbinchens”. Y yo algunas veces manifestaba mayor alegría para contentarla también.
Esa era nuestra vida común familiar sin pretensiones, pero que para mí tenían un valor sin nombre. En lo relacionado con el cumpleaños de ella, Rosé -mi hermana- se encargaba del regalo, porque en general eran artículos para señora de los que yo no tenía la menor idea. Acordaba con mi hermana, arreglábamos las cuentas y ella hacía la compra. De tal manera que yo a veces ni sabía lo que se le había regalado y mamá sabía que eso era así.

Evidentemente hacíamos más oraciones el uno por el otro pero no dialogando. Son cosas del modo de ser paulista antiguo. Eso no quiere decir que sea lo ideal pero tampoco me parece reprensible. Me parece un modo de proceder que podría tal vez ser mejor, pero así estaba bien.

(Extraído de conferencia de 22/4/1993)

Mirada linda y venerable

Existen innumerables tipos de miradas: como la del lince, aterciopeladas; como de la madreperla, chispeantes. La mirada de Doña Lucilia estaba llena de respeto y dulzura. Cuando miraba al Dr. Plinio, en la
convivencia diaria, él tenía la impresión de que la mirada de ella lo consideraba desde lo alto, desde lejos; era inexpresable, pero admirable

¿Qué es la luz de una mirada? Que hay miradas con luz, es una noción corriente, todos lo sabemos. Yo conocí muchas miradas con luz; además de la venerable y linda mirada de Doña Lucilia, percibí también innumerables personas en el momento en que la gracia visita el alma. Entonces, veía y pensaba: “Claro. ¡Nuestra Señora en este momento le está ayudando!”. Se ve una cierta luz. Por ejemplo, la luz de la vocación se nota en las miradas.
Hay un universo de miradas ¿Qué es propiamente eso? Es de sentido común que el mejor modo de ver lo que pasa en el alma de alguien es mirar sus ojos. El estado de alma tiene su efecto en el cerebro, en el sistema nervioso, en la musculatura ocular y, aunque involuntariamente, los ojos van mostrando lo que el alma va sintiendo. Así, los estados de mucha complacencia o de mucho entusiasmo del alma producen en la mirada, por no sé qué canales, una luz que es el efecto de la luz percibida por el espíritu. Y por esa causa hay diferencias de belleza en las miradas.
Hay miradas que son como de lince, ven a lo lejos. Al verlas se tiene la impresión de que, en los últimos confines del horizonte visual o mental, aquellas miradas están sobrevolando. Es una forma de pulcritud.
Hay otras miradas, por el contrario, que parecen precaverse contra las largas distancias, e iluminan de un modo ameno las proximidades, convidando a la intimidad y a las grandes elevaciones interiores.
Así, ¡cuántas y cuántas miradas, de cuántas y cuántas formas! Se puede decir que hay un universo. Hay miradas que representan una forma peculiar de alma, por la que ellas son como aterciopeladas. Otras manifiestan un tipo de alma diferente, y se podría decir que son de madreperla. Existen miradas que expresan otros estados de espíritu, por los que se podría afirmar que son chispeantes. Y así en delante, casi hasta el infinito. La mirada de mi madre era para mí llena de respeto, de dulzura, de intimidad y, sobre todo, lo que me agradaba más en esa mirada era cuando me miraba – en aquella intimidad, tantas veces nos mirábamos – y yo tenía la impresión de que me consideraba desde lo alto, desde lejos, ¡algo que no sabría cómo expresar, pero era algo admirable!

Una trans-palabra que conoceremos en el Cielo

La vida entera yo quise tener una mirada. Cuando leí que Nuestro Señor miró a San Pedro y este se convirtió, me vino un deseo enorme de, un día, poner mis ojos en los de Él, verlo y ser visto por Él. Y tener ese intercambio de miradas por donde se percibe que cada alma penetra en la otra, con la idea de que aquello traería un florecimiento, una elevación, y que Él me daría misericordias, condescendencias, bondades… ¡Algo de lo cual yo tenía un deseo enorme! Después me vino, naturalmente, la idea de ser mirado por Nuestra Señora. Sobre todo, cuando leí en la “Divina Comedia” – a propósito, no leí la “Divina Comedia”, sino trechos de ella – que Dante al llegar al Cielo – él se representa estando vivo, razón por la cual no pudo ver la esencia divina – mira a Nuestra Señora, y en la mirada de Ella percibe un reflejo de la mirada de Dios: ¡ahí está el ápice del Paraíso! ¡Ah! Si Ella pudiese mirarme, aunque fuese un momento, y dijese solo esto: “Hijo mío…”, tengo la impresión de que me desharía; ¡yo no querría otra cosa sino eso! En realidad, sucede que a veces tenemos un poco de esa impresión cuando entramos en un lugar donde está el Santísimo Sacramento. Para mí, sobre todo cuando el lugar está vacío: una capilla, una iglesia. Hay algo en el ambiente enteramente diferente de lo que está afuera.
Tenemos la impresión de que penetramos en una mirada que nos envuelve, nos asume y nos dice, casi por todos los sentidos, algo que no sabemos qué es; es una trans-palabra que conoceremos en el Cielo.

(Extraído de conferencia de 21/11/1979)

 

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Rosas pintadas por Doña Lucilia

Contemplando una rosa

El encanto de doña Lucilia por las flores permaneció igual hasta los últimos días de su vida. Los atrayentes colores de la naturaleza vegetal, cuya belleza el ingenio humano nunca ha conseguido superar, fácilmente cautivaban su espíritu, siempre dispuesto a entrar en armonía con el menor vestigio de maravilloso. Un joven, sabiendo que ella apreciaba las rosas, en especial las de tono coral, pasó cierto día por una floristería para comprarle la más bonita que encontrase. Al entregársela a doña Lucilia, ella manifestó la alegría de quien recibe un significativo regalo. La tomó con delicadeza, la apartó un poco y, mirándola detenidamente, tejió algunos comentarios elevados. Entremezclaba sus palabras con instantes de silencio, en los cuales contemplaba un poco más aquellos bonitos pétalos. La profundidad de lo que decía no estaba tanto en el sentido literal de las palabras, sino en la disposición de su espíritu, en la serenidad con que se expresaba, en los matices de su voz y en su reacción fisonómica. La bondad luciliana nunca se manifestaba sin la compañía de las luces, hoy cada vez más raras, de la virtud de la gratitud. De ese modo, aquel día —que se llenó con aquella simple rosa— hizo referencia varias veces a ese regalo tan simple, comentando con encanto los pétalos, el color, la forma, el tallo…
Esa rosa bien podría ser tomada como un símbolo o un reflejo de la armoniosa templanza de sus cualidades, y de la generosidad de su bienquerencia.

Un comentario perfecto

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Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…

El discernimiento psicológico de doña Lucilia había crecido con los años, haciéndose singularmente penetrante al aproximarse del umbral de la eternidad. Ella aplicaba ese admirable discernimiento con la misma calma con que practicaba todas las acciones, tan pronto se le presentaban personas, figuras u objetos. Los miraba atentamente, sin que su fisonomía indicase que estuviese haciendo un gran esfuerzo, y, tras reflexionar un poco, emitía su juicio, invariablemente sabio, ponderado y justo.
En una ocasión, al serle mostradas algunas fotografías de una imagen de Nuestra Señora de Fátima, el Dr. Plinio aprovechó para preguntarle qué impresión le causaba. Después de mirar detenidamente los bellos rasgos de la Virgen de Fátima, respondió:
— Muy afligida, muy grave, muy seria… pero muy maternal…
Los que estaban allí se quedaron pasmados por el acierto del comentario de doña Lucilia. El propio Dr. Plinio no resistió, y afirmó en un volumen de voz que ella no pudiese oír:
— ¡Es el comentario perfecto!
La escena fue conmovedora. Su análisis, nada doctoral o científico, parecía descender de muy alto, como ocurre con quien tiene el espíritu colocado continuamente en ciertos parajes iluminados por Dios. Se notaba que ella, de alguna forma, estaba en constante oración.

A pesar de sentirse indispuesta, un trato impregnado de bondad

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Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…

Hasta donde alcanzaron sus fuerzas, doña Lucilia ejerció a la perfección las funciones sociales de un ama de casa. Pudimos observar esto de modo especial cuando ella hacía sus oraciones vespertinas. Su preocupación cuando oía que el teléfono había sido atendido por voces que no le eran familiares, por querer saber de su empleada quién estaría esperando a su hijo, se repetía incansablemente.
— ¡Mirene! ¿Quién está ahí? —preguntaba, enteramente dispuesta a recibir al inesperado visitante.
Un bonito hecho relacionado con ese eximio modo de ser fue presenciado por un joven, que hasta hoy da testimonio a ese respecto, constituyendo una prueba de la gran virtud de esta insigne dama paulista: “Doña Lucilia me hizo entrar en el comedor, nada más terminar el piadoso rezo del rosario, y después de darme las acostumbradas explicaciones del porqué de la tardanza del Dr. Plinio en atenderme, me invitó a sentarme para tomar el té de la tarde en su compañía.” Casi tres horas de conversación pasaron como si fuesen minutos.
Tres décadas después, aquel joven aún recuerda con emoción la extrema gentileza y el envolvente afecto de doña Lucilia hacia él en aquella ocasión: “Todo el tiempo procuró entretenerme, discurriendo sobre los temas que más me agradaban, siempre en un clima de serenidad y bienquerencia.
“Me acuerdo haber salido tan alegre y feliz de aquella conversación —cuenta él— que más me parecía haber estado con un ángel que propiamente con una criatura humana. Recibí una tal comunicación de bienestar, que llegué a pensar que doña Lucilia era una señora que nunca había sufrido el menor incómodo en la vida, pues en ningún momento dejó traslucir la mas mínima señal de enfado o de cansancio, dispuesta a hacer el bien a mi alma hasta los límites permitidos por el reloj”.
Y continuaba su narración, describiendo los juegos de fisonomía de doña Lucilia, los pequeños y elegantes gestos, la voz, la mirada, las manos. Aquel mismo día, después de esta conversación, el Dr. Plinio lo llamó a su despacho para hacer una llamada telefónica al médico de doña Lucilia. Eran las nueve y media de la noche del sábado.
El joven quedó abismado al oír que el Dr. Plinio decía al médico que doña Lucilia había pasado todo el día muy indispuesta, y con tal malestar que ciertamente ello le impediría conciliar el sueño. Después de relatarle al clínico todos los síntomas, con pormenores, el Dr. Plinio pidió a su auxiliar que anotase el nombre de la inyección recetada. El mencionado joven, por tener cierto conocimiento del remedio en cuestión, se dio cuenta de cuál era realmente el estado físico de doña Lucilia, quien con tanta normalidad lo había entretenido por tan largo tiempo.
“En doña Lucilia —recuerda él— la bondad era una segunda naturaleza. Este hecho me dejó aún más patente que ella había pasado la vida haciendo bien a los demás — pertransiit benefaciendo (Anduvo de lugar en lugar haciendo el bien (At. 10, 38)).
No habiendo quien fuese a comprar la inyección, él mismo se ofreció para hacerlo. Después, debido a la ausencia del enfermero de guardia, el Dr. Plinio le pidió que se la colocase a doña Lucilia, dado que tenía práctica en ello. Ocurrió entonces otro episodio que marcó la historia de este feliz joven. Al entrar en el cuarto de doña Lucilia, se tomó de encanto y de emoción al verla tan dignamente recostada en la cama.
— Doña Lucilia, estoy aquí para ponerle una inyección recetada por su médico —dijo al saludarla.
Según narra este testigo, “era extraordinaria la instintiva preocupación de doña Lucilia hacia los demás, aunque estuviese sintiéndose indispuesta, como en aquella circunstancia. Además del momentáneo disturbio por el cual pasaba, estaba a muy pocos meses de la muerte y, no obstante, su atención se volvía hacia los demás.
“En aquel ambiente de compostura y recato, a la luz de una lámpara de mesa, su primera actitud fue la de mirarme atentamente y decir:
“¡Pero cómo, justamente esta noche de sábado le estoy dando todo este trabajo! Perdóneme por perjudicar sus planes.
“Sin demostrar el menor desagrado al serle aplicada la inyección, que provocó cierto dolor, doña Lucilia dijo a continuación:
“— Me ha entristecido mucho haberle causado a usted este trastorno.
“— En nada, doña Lucilia. Al contrario, soy yo quien me entristezco al verla sufrir con esta inyección.
“— En absoluto. Bien, se lo agradezco mucho —concluyó doña Lucilia, con su insuperable dulzura de trato.”
Este episodio trae una vez más el recuerdo de su límpida mirada. Y también de su sonrisa…