Una larga y penosa separación

Por una serie de circunstancias, el Dr. Plinio se vio obligado a marcar un viaje a Europa para mediados de abril, pocos días antes del cumpleaños de su madre, el 22 de ese mismo mes. Sabía bien la aflicción y el dolor que la noticia de su viaje le causaría a doña Lucilia, no solamente por la perspectiva de una larga ausencia, sino también por las diversas preocupaciones que tendría.
En efecto, nacida en el siglo XIX, doña Lucilia conservaba el prisma de su juventud para analizar las demoras y los peligros de una travesía transoceánica. ¡A fortiori tratándose de un viaje en avión! Guardaba vivo el recuerdo del tiempo en que la aeronáutica estaba en sus comienzos y eran comunes los accidentes fatales. E, incluso en 1950, no le servía de consuelo el hecho de haberse hecho habituales y seguros los viajes aéreos intercontinentales.
Entonces, el Dr. Plinio ingenió una pía fraus (Fraude piadoso, o sea, hecho con buena intención). Acordó con don João Paulo, doña Rosée y sus parientes más próximos, decirle a doña Lucilia que él viajaría a Río de Janeiro, donde solía ir con cierta frecuencia. Así, ella pensaría que se trataba de una corta ausencia. En realidad, solamente iba a estar de paso en Río, pues de allí salían los aviones hacia Europa.
Al llegar a España —primera etapa del viaje— le enviaría a doña Zilí, su tía, un telegrama confirmando la llegada. Ésta podría entonces visitar a doña Lucilia para revelarle toda la verdad. Al mismo tiempo, don João Paulo le entregaría la primera de dos cartas que el Dr. Plinio iba a dejar ya escritas, acompañada de una cesta de flores.
Horas después, el timbre del apartamento sonaría nuevamente: otro ramo de flores, encargado por el Dr. Plinio, sería una nueva manifestación de filial cariño.
El 22 de abril, día del cumpleaños de doña Lucilia, le sería entregada, junto con un ramo de flores, la segunda carta de felicitación, que estaba en poder de don João Paulo. Al menos esas pequeñas atenciones, desbordantes de afecto, la consolarían un poco por la ausencia de su filhão. A su vez, las hermanas y otros parientes de doña Lucilia se comprometieron a
hacerle compañía más asiduamente y a llevarla a pasear para distraerla. Habiendo previsto hasta en sus minucias todos esos detalles, el sábado 15 de abril, por la mañana, el Dr. Plinio fue a despedirse de doña Lucilia, como lo hacía habitualmente antes de viajar.

La despedida

sdlEra costumbre de doña Lucilia permanecer en la cama hasta tarde, pues su frágil salud le exigía mucho reposo. Aprovechaba entonces para rezar largo tiempo. Al despedirse de su madre, frecuentemente el Dr. Plinio la encontraba aún acostada, absorta en su piadosa oración. Dependiendo de la hora, el cuarto estaba a veces iluminado nada más que por una lámpara y con las venecianas cerradas. Sólo después de las diez de la mañana mandaba abrirlas.
Mãezinha —le dijo—, ya es hora de irme.
Filhão… entonces ¿es el momento de separarnos?
El tono interrogativo y cariñoso de aquellas pocas palabras parecía decir suavemente: “Hijo mío, ¿vas a dejar entonces a tu madre?” Para el Dr. Plinio no debía ser fácil resistir tan suave llamado, pero el deber le obligó a responder:
— Mi bien, tengo que ir.
En esos instantes, doña Lucilia dejaba traslucir su cariño más de lo habitual.
Sin perder su carácter afable, la despedida se revestía siempre de ciertas formalidades, muy al estilo de los Ribeiro dos Santos. El Dr. Plinio besaba primero su mano, después la frente y varias veces las mejillas. A su vez, doña Lucilia le hacía varias crucecitas en la frente, mientras, con los ojos semicerrados, susurraba algunas oraciones o formulaba en su interior algunos pedidos, cuyo contenido nunca revelaba (por discreción, su hijo nunca indagó a ese respecto). Por fin, lo bendecía y lo seguía con la mirada hasta la puerta del cuarto. Retornaba, entonces, a sus devotas oraciones, y sin duda pedía que de lo alto de los Cielos María Santísima lo protegiese de manera especial, pues Ella, la más excelsa de las madres, le atendería con solicitud.
La despedida para ese viaje no fue diferente de las anteriores, al menos en apariencia. No sabemos si el maternal corazón de doña Lucilia se habrá sobresaltado en ese momento, pensando que le estuviesen ocultando algo, aunque no tenía ningún indicio para ello. Así, durante las primeras horas que siguieron a la partida parecía despreocupada y tranquila.

“Mi corazón busca el de Plinio…”

cap11_005Pero no era fácil engañar a un corazón tan ardoroso, todo hecho de cariño… Una secreta desconfianza le decía ser otro el verdadero destino de su hijo. Y, por más que le asegurasen lo contrario, ella no se convencía.
Don João Paulo, en una carta escrita al Dr. Plinio el día 20, relata lo ocurrido en casa después de la partida de éste:

Lucilia, siempre desconfiada [de que esté ocurriendo algo inusitado], instintivamente se ha vuelto aún más recelosa de lo que ya estaba (…); el domingo solicitó una llamada telefónica a Río y al no obtenerla, me hizo pedirla para el lunes.

El lunes 17, el Dr. Plinio aterrizó en el aeropuerto de Barajas, en Madrid.
Una de sus primeras precauciones fue enviar el telegrama a doña Zilí informándole que había tenido un buen viaje. No lo mandó directamente a su casa, pues doña Lucilia, al verlo llegar, en seguida se daría cuenta de lo sucedido, pudiendo sufrir un cierto choque. Por eso, quiso que la noticia le fuese dada por su tía y suavizada con el bálsamo de la cariñosa carta que le había dejado. Así, don João Paulo, después de narrar la llegada del telegrama, añade:

[Néstor] y Zilí vinieron a casa y todo quedó claro. Mucho llanto, mucho rezar y todo se regularizó satisfactoriamente, sobre todo después de la lectura de la primera de las cartas que has dejado para ella. La segunda carta la recibirá el día 22 con las flores que pediré a Zilí que elija, como tú pediste.

Una vez rehecha del golpe de los primeros momentos, doña Lucilia cogió en seguida la pluma para escribir la primera de las muchas cartas que las enormes saudades le harían enviar a su filhão querido. Para nuestra alegría, ha sido encontrada casi intacta la correspondencia intercambiada entre ella y el Dr. Plinio en este período, lo cual nos permite penetrar con discreción y respeto en el suave y acogedor interior de aquel corazón materno.
De forma conmovedora y con palabras llenas de unción, le cuenta, en la primera carta, cómo sus presentimientos no la habían engañado:

¡Hijo querido de mi corazón!
Acabo de recibir tu carta y tu telegrama. Alabado sea Dios, has llegado sano y salvo. No era en vano que yo le decía a tu padre: “¡mi corazón busca el de Plinio y no le encuentra en Río y sí por los aires!” En fin, me alegro por todo lo que Dios y la Santísima Virgen hacen por ti, que eres el mejor de los hijos y al que bendigo con todo mi corazón, con todas las fuerzas de mi alma.
Muchos abrazos, besos y saudades, de tu vieja manguinha.

En otra carta escrita poco después aparece la gratitud hacia su hijo por haberle ocultado el verdadero destino del viaje, con lo que le ahorró innumerables aflicciones. En líneas llenas de dulzura, reflejo de su nobleza de alma, así se expresa:

¡Plinio querido!
Con tanta cosa para escribirte y que me salía a borbotones, se me olvidaba decirte —cosa que me habría afligido mucho—, cuánto he apreciado la delicadeza de tu mentira generosa. No me la tragué totalmente, pues, desconfiada y afligida, repetía siempre, — ¡Qué va!, no me engañáis, mi hijo está de viaje,… ¡mi corazón no encuentra el suyo en Río y sí volando, por los aires!
Tu padre y todos, en fin, procuraban engañarme hasta el punto de tranquilizarme y ponerme de nuevo a esperarte, pero sólo por unas horas. Como todo lo que haces, fue muy bien hecho y te lo agradezco reconocida. ¡A ver si cuidas bien tu salud! Nada de imprudencias. Y, saludos para todos. (…).
Muchos besos más, bendiciones y abrazos de tu madre extremosa.
Lucilia
¿Cuándo vais a Fátima? Rezad por nosotros, especialmente por tu ahijada y sobrina.

Ese día, como había contado don João Paulo, doña Lucilia lloró mucho y rezó aún más. A pesar de que su dulce consuelo era el Sagrado Corazón de Jesús, no poco debe haberla reconfortado la lectura y relectura de la carta dejada por su hijo:

cap10_030Manguinha querida de mi corazón,
Cuando usted lea esta carta ya estaré en las Españas. No necesito decirle con cuántas saudades he partido… mucho mayores, me parece, que las suyas. (…)
Ahora, amor mío, algunas recomendaciones:
1- HORARIO: aproveche este tiempo para llevar una verdadera vida de hospital, almorzando y cenando temprano, ACOSTÁNDOSE TEMPRANO, tomando MUCHA agua Prata, etc. Será un período de reposo al cabo del cual encontraré a mi “pito de ferro” (“Pito” significa “reprimenda”. El Dr. Plinio posiblemente use aquí este apelativo para, de manera cariñosa, referirse a doña Lucilia por sus continuos y maternales avisos y regaños, siempre para el bien de su hijo) más fuerte que nunca, si Dios quiere;
2- ORACIONES: razonables, ya que nada de lo que no es razonable puede agradar a Dios. Así, cuenta, peso y medida hasta para rezar.
Nada de oraciones hasta altas horas de la noche. Rece mucho, pero rece de día;
3- DISTRACCIONES: vaya con frecuencia a algún cine (Es de señalar que, en aquellos remotos años 50, el cine estaba muy lejos de la bajeza moral alcanzada en nuestros días. No eran raras las películas que podían ser vistas por personas que apreciasen la moralidad de las costumbres.), a casa de sus hermanas, etc. Invite también a Sinhá. No quiero que usted se quede mucho tiempo sola en casa;
4- Espero que, con las precauciones que he tomado, el dinero va a sobrar.
Vea si me consigue la alfombrita y cambia el terciopelo de las sillas rojas y plateadas. Mande al liceo ( Liceo de Artes y Oficios, en el que se realizaban excelentes trabajos de ebanistería) las dos sillitas que fueron del cuarto de vestir de la abuela. Quiero encontrar todo esto en orden cuando vuelva;
5- No economice en automóvil, especialmente cuando se trate de ir al Corazón de Jesús. Vaya frecuentemente y quédese allí todo el tiempo que quiera.
Creo, ángel querido, que estaré de vuelta la última semana de junio, pues aquí tengo conferencias y compromisos. Pero no puedo decir qué día llegaré. Le escribiré asiduamente. No le doy la dirección, pues no se a qué hotel voy. Ni tampoco sé exactamente el número de días que deberé quedarme en cada país.
No necesito decirle por qué me he visto obligado a este otro sacrificio: estar ausente el día 22. Lo he hecho para regresar a tiempo.
No podré llamarle por teléfono el día 22 pero seguramente le mandaré un telegrama.
Querida de mi corazón, confíe mucho en Nuestra Señora, que iré a venerar en sus principales Santuarios: Fátima, Lourdes y la Rue du Bac, donde se apareció a Santa Catalina Labouré, bajo la invocación de la Medalla Milagrosa.
Sensatez, amor. NADA DE LIBERALISMOS (Referencia del Dr. Plinio a las afectuosas discusiones que a veces mantenía con doña Lucilia. Ella, debido a su extrema bondad, siempre resaltaba los lados buenos de los otros y omitía los malos. Para animar un poco la conversación, el Dr. Plinio recordaba éste o aquel defecto de las personas objeto de comentario entre ellos y, en tono de cariñosa broma, llamaba a doña Lucilia de liberal). Pienso que no es necesario recomendarle que se acuerde de vez en cuando de mí.
Con millones de abrazos y besos, y todo el afecto y respeto de este mundo, pide su bendición su hijo, el corpulentísimo y vigorosísimo “pimbinche”.
Plinio
Para mi vuelta, una feijoada (Plato típico brasileño, preparado con judías negras, tocino, carne seca, salchichas, etc. Es semejante a la fabada, pero más oscura y densa) de primera clase con aguardiente, judías negras y harina tostada.
Mire las cortinas del hall y del comedor y los resortes de mi cama.
Tome mucha agua Prata y empache a Papá de coco y cocadas (Dulce elaborado con coco rallado y almíbar).
P.

¡Tu reloj es Plinio!

cap12_002Con el transcurso de los años, la soledad de doña Lucilia se acentuaba. Poco a poco las personas de su tiempo iban siendo arrastradas por la vorágine de la vida. Como ella continuaba siempre igual a sí misma, se establecía un distanciamiento inevitable en relación a las generaciones que iban surgiendo: éstas, tenían los ojos vueltos hacia la modernidad; ella había colocado los suyos en la eternidad.
Además, una progresiva dificultad de audición aumentaba su aislamiento. Pero su entera conformidad con la voluntad de Dios la ayudaba a soportar resignadamente esos sufrimientos.

Un consuelo le quedaba, y no pequeño. Era el creciente afecto de sus hijos, que procuraban aliviarle así el peso de la cruz. Doña Lucilia lo retribuía empleando todo su tiempo no sólo en “aconsejar y perfeccionar”, sino también en rezar cada vez más por ellos.
Una vez, cuando la familia terminaba de almorzar, llegó doña Yayá, una de sus hermanas. Al entrar, dijo en un tono de mucha intimidad:
— ¿Pero vaya? ¿Todavía estáis almorzando? ¡Yo ya terminé hace mucho tiempo!
Doña Lucilia hacía las comidas más tarde para acompañar al Dr. Plinio, pues él tenía un horario que no era el del común de las personas. Por eso, doña Yayá agregó en seguida:
— Lucilia, tú podrías coger los relojes que hay en esta casa y guardarlos todos.
— Pero ¿por qué, Yayá? — indagó calmamente doña Lucilia.
Porque tu reloj es Plinio. Siempre tomas sus horarios como punto de referencia: es la hora de Plinio levantarse, la hora de Plinio salir, la hora de Plinio volver, la hora de Plinio comer… ¡De manera que el reloj para ti no vale nada!
El comentario de su hermana correspondía a la realidad, en buena medida, por lo que doña Lucilia lo tomó con entera naturalidad, respondiendo apenas con una sonrisa afable, como quien dice: “Realmente es así”.
A semejante madre, que llevaba la estima por su hijo hasta el punto de regular su horario por el de él, le costó mucho un período durante el cual él tuvo que ausentarse innumerables noches seguidas.

Expectativa ansiosa

Sucedió que, a causa de ciertas exigencias de la ley de inquilinato, le fue necesario al Dr. Plinio vivir durante algún tiempo en una casa de su propiedad, situada en la calle Timbiras. Por este motivo, ya no regresaba a la calle Vieira de Carvalho después de las reuniones con los miembros del “Grupo del Legionário”, en aquella época realizadas en la sede de la calle Martim Francisco nº 665, en el barrio de Santa Cecilia ( En la planta baja de esta casa, el Dr. Plinio y sus compañeros de lucha empezaron a reunirse, desde febrero de 1945). Quedaron así suspendidas, mientras duró esa separación forzada, las “conversaciones de medianoche” con doña Lucilia.
Para hacerle menos penosa a su madre la falta de su compañía, el Dr. Plinio la llamaba por teléfono todas las noches. Esas llamadas, no obstante, eran en horas diferentes. Un día don João Paulo le describió a su hijo la escena:
— Tendrías que ver a tu madre por la noche, a la espera de tu llamada.
— Pero, ¿cómo?
— ¡Ah!, para ella tu llamada telefónica es el acontecimiento de la noche. Un buen rato antes de que tú llames, se sienta en una poltrona al lado del teléfono y se pone a rezar, a la espera. Porque, cuando suena el aparato, quiere atender al primer toque. Se queda, así, en esa expectativa, un tiempo enorme.
Al oír estas palabras, el Dr. Plinio sintió una profunda emoción. Notó la gran elevación de alma de su madre, que perfumaba con especial cariño todas las acciones que orlaron, a manera de miríadas de estrellas, su serena, noble y virtuosa peregrinación por esta tierra de exilio.

En lo alto de una ventana, un halo plateado…

2p214-3

edificio de la calle Vieira de Carvalho donde el Dr. Plinio vivió con sus padres en el 4º piso y se reunía con sus amigos de lucha en el 6º

Una vez pasados los meses durante los cuales el acontecimiento de la noche para doña Lucilia era la llamada telefónica de su hijo, podemos imaginar bien con qué discreta expectativa empezó ella otra vez a esperar su regreso para la habitual “conversación”. Pero, a pesar de que las actividades del Dr. Plinio en el Movimiento Católico habían sido reducidas a su mínima expresión, como resultado del ostracismo a que estaba relegado, su tiempo disponible quedó todavía más escaso. La consolidación del pequeño “Grupo del Legionário” (El periódico circuló hasta la última semana de diciembre de 1947) exigía de él una dedicación total, en perjuicio de la convivencia con su tierna madre.
En agosto de 1948 transfirió la sede del grupo al sexto piso de la calle Vieira de Carvalho nº 27 (Entre los discípulos del Dr. Plinio, el lenguaje corriente consagró la palabra “grupo” para designar al conjunto formado por ellos). Todas las noches, después de la reunión en dicho lugar, bajaba con sus compañeros de lucha para el Fasano, restaurante situado justo en frente, al otro lado de la calle. Iban a comer algo antes de la medianoche, hora en que comenzaba el riguroso ayuno eucarístico de aquel tiempo. Doña Lucilia se quedaba en el cuarto piso, esperando su regreso pacientemente, en el salón. Mientras las horas pasaban, desgranaba las cuentas de su rosario, rezaba sus novenas o permanencia absorta en reflexiones, siguiendo a su hijo con el corazón.

«Ocupábamos, muchas veces, una mesa cercana a una de las ventanas del restaurante,”
contaba el Dr. Plinio. “Ella sabía la hora en que estaríamos ahí y, desde la ventana del apartamento, miraba en nuestra dirección…” La conversación en el Fasano, atrayente y elevada, se prolongaba después en la calzada, hasta que todos se dirigían a sus casas. Pero, muy a la manera brasileña, la despedida se prolongaba con un comentario de éste, un dicho de aquél… Así, mientras la charla se extendía, el Dr. Plinio, levantando maquinalmente los ojos hacia el edificio de enfrente, divisaba, en una de las ventanas un halo de cabellos plateados enmarcando una fisonomía rebosante de afecto.
“Todas las noches la veía siempre en el mismo lugar, mirando al grupo que conversaba en la puerta del Fasano,” recordaba el Dr. Plinio. “No sé por qué ella mantenía el salón oscuro, tal vez para no aparecer, y los reflejos de la luz de la calle hacían brillar furtivamente sus cabellos plateados. ¡Aquella figura me conmovía a tal punto que yo no sabría expresarlo! Aún hoy, cuando paso por la calle Vieira de Carvalho, miro con muchas saudades hacia aquella ventana.”
Así se quedaba ella, a la espera de que su hijo subiera para poder conversar un poco, mezclando con las alegrías de la convivencia sus cuidados para con él y sus amigos. Una vez, al comentar lo mucho que le gustaba verlos en la calzada, aprovechó para aconsejarle que no se distrajeran, pues había notado que un coche casi había atropellado a uno de los muchachos, que estaba demasiado cerca de la calle.

Una tempestad se anuncia en el horizonte

cap10_004Esta situación del mundo y de la Iglesia, discernida con incomparable lucidez por el Dr. Plinio, le llevará a adoptar una resolución llena de trágicas consecuencias para sí y para su querida madre: el lanzamiento del libro-bomba En Defensa de la Acción Católica, que desempeñaría un papel decisivo en el futuro de la Iglesia en Brasil. Doña Lucilia seguía, a través del Legionário, las pugnas trabadas por su hijo, y ciertamente notaba nubes muy cargadas que se iban acumulando en el horizonte. De hecho, una descomunal tempestad se abatiría en breve sobre el Dr. Plinio.
En Febrero de 1943, doña Lucilia había bajado a Guarujá con doña Rosée y su familia. Como ya iban bastante adelantados los trámites con la Nunciatura para la publicación de aquella obra, el Dr. Plinio estuvo con su madre apenas de paso, viéndose obligado a retornar en seguida a São Paulo, para dar un mayor impulso a los asuntos del libro. Desde el litoral, doña Lucilia le escribió lamentando su ausencia. Al final de la carta, doña Rosée agregó algunas palabras, reforzando los irresistibles apelos de su madre para que volviera a reunirse con ellas:

Guarujá, 24-2-943
¡Hijo querido!
Aún no recibí las noticias de tía Cotinha que me habías prometido, pero imagino que, al entrar en la maraña de tus ocupaciones, te olvidaste de todo, hasta de…
¡oh, no! de mí, ni “por hipótesis”, ¿estás consciente de eso? Sentí mucho verte partir, pero espero en Dios que puedas volver el próximo sábado. La estadía aquí está realmente muy agradable. Rosée me ha colmado de agrados y cuidados, y Antonio es siempre muy amable, y ambos se muestran deseosos de que vuelvas, y yo… ¡no pienso en otra cosa! Esa conferencia en Campinas, ¿no puede ser anticipada o postergada?
Yelita y su hijito llegaron hace dos días, y el niño está tan contento que le dijo ayer a su madre que le parece estar en un sueño tan bueno, que ¡hasta tiene miedo de despertar!
Feliz tiempo, ¿verdad? Nelia debe venir al hotel el próximo sábado y Nelita [vendrá también] para acá, lo que será muy bueno para Maria Alice, que, como viste, habla poco. Lee todo el tiempo que está en casa y está siempre callada. Necesita compañías de su edad.
¿En qué quedó la compra de nuestra casa? ¿Han aparecido otros pretendientes?
¿Cómo te han tratado Olga y Sebastiana? ¡Les recomendé tanto que lo hicieran con todo esmero!
Ya hice dos baños de pie con agua de mar, y tengo mucha fe en su buen resultado. Ayer y hoy fui a la playa y es una pena que la lluvia nos impida salir ahora por la tarde.
¿No han venido cartas de tu padre? Manda a Olga que las lleve al correo con la dirección de aquí. Saludos a José Gustavo.
Con mis bendiciones, te envío muchas saudades, besos y abrazos. De tu mamá muy extremosa y amiga,
Lucilia

Mi Pinimino (Apodo del tiempo de niño),
¿Cuándo vienes? Estamos ansiosos de tu vuelta. Dile al sacerdote de Campinas que tienes que visitar a Mamá. Gracias a Dios se ha estado sintiendo óptimamente, come muy bien, duerme bien, pasea y toma los soñados baños de pie. Vuelve pronto, mi bien. Besos
de Rosée.

Recuerdos evocativos

 doña_luciliaHemos visto cómo doña Lucilia guardaba celosamente, en sus archivos caseros, diversas cartas de sus hijos. ¿Por qué motivo no llegaron todas hasta nosotros? ¿Escogería apenas algunas? No lo sabemos. Tal vez reservase las más cariñosas o las que más saudades le trajesen; quizás haya prestado algunas a otros familiares y se extraviaron. Curiosamente, se encuentran a veces entre sus papeles simples notas sin mayor significado aparente, pero ilustrativas de la elevada bienquerencia que le profesaba el Dr. Plinio.
En medio de las graves reflexiones de un retiro espiritual, por ejemplo, él le escribe estas breves palabras:

Mãezinha querida,
Gracias a Dios el retiro transcurre bien, con un excelente predicador, óptima comida y un panorama maravilloso. Lamento mucho que usted no haya ido a Prata.
¿Cómo está Katucha? ¿Y Papá? Espero estar ahí el lunes temprano para matar las saudades, que no son pocas.
Con mil besos para usted y un abrazo para Papá le pide la bendición el hijo muy afectuoso y respetuoso.
Plinio

La siguiente nota fue enviada por doña Lucilia a su hijo, nuevamente en retiro. Realizábase éste en el Seminario del Verbo Divino, en Santo Amaro.

Hijo querido,
Mándame decir con el portador si necesitas más azúcar o alguna otra cosa.
Te envío un pan, y pretendo mandarte mañana un pastel, pero, para eso, deseo saber si esos buenos y excelentes padres no se resentirán al notar que estás recibiendo
golosinas de fuera. En cuanto al azúcar, es justo que lo hagas debido a la escasez del mismo. En ese caso ¿quieres que te mande una lata con azúcar en polvo?
Saudosa, te envía muchos besos y abrazos tu madre extremosa,
Lucilia

Hasta en una sencilla tarjeta doña Lucilia deja trasparecer su maternal afecto:

¡Hijo querido!
Ayer me llamaron por teléfono, del Colegio San Agustín, pidiéndome tu artículo, y yo les dije que te habías ido a Santos, de donde vendrías el lunes. Mira a ver si consigues hacerlo desde ahí. No encontré los libros perdidos, pero estoy casi segura de que están en tu maleta.
Que Dios te bendiga y permita que aproveches bien tu estadía allí. Saudades y mil besos de tu madre extremosa,
Lucilia

El Dr. Plinio frente al Gran Hotel de Guarujá

El Dr. Plinio frente al Gran Hotel de Guarujá

Durante el verano de 1941 el Dr. Plinio fue a Río de Janeiro, donde aprovechó la oportunidad para descansar un poco. Como siempre, prometió a su madre escribirle contando con detalles el viaje. De esa estadía en la Ciudad Maravillosa son las líneas que siguen:

Río, 2-II-41
Mãezinha de mi corazón, Con muchísimas saudades de usted vengo a cumplir mis promesas enviándole mi primera carta.
El calor está muy fuerte, pero el paseo tiene sus ventajas. Ya cené en el Brahma, ya fui a Nicteroy y al Jardín Botánico, donde recogí para usted éstas plantitas llamadas “saca-corchos” y conocí la victoria regia.
Estuve con el Pe. Franca que me festejo mucho, con Mons. Aquino Corrêa (Fue Obispo de Cuiabá, Gobernador de Mato Grosso, orador sacro, escritor y miembrode la Academia Brasileña de Letras), con el P. Félix (P. Félix Pereira de Almeida, antiguo compañero del Dr. Plinio en el Colegio San Luis). El Sr. Cardenal y el Sr. Nuncio están en Petrópolis.
Cuento con visitar hoy San Francisco y San Benito.
Le pido que me mande con urgencia las tarjetas de visita.
¿Cómo está usted? ¿Y Rosée? ¿Y Katucha? Muchos besos a ella.
Mil y mil besos para usted del hijo que mucho y mucho la quiere del fondo del corazón y le pide respetuosamente la bendición.
Plinio

A doña Lucilia no le pasaba desapercibido que los contactos realizados por el Dr. Plinio con personalidades eclesiásticas de influencia no se limitaban a simples visitas de cortesía. Tal vez ella no discernía con entera claridad el alcance de la guerra de bastidores que ya se trababa en los medios católicos, pero por las palabras de su hijo y por la intensa actividad desarrollada por él, notaba que algo importante se preparaba. Sería sólo dos años después que saldría a relucir esa pugna.
Mientras tanto, veamos otra tarjeta enviada por el Dr. Plinio, esta vez desde Santos, el 5 de julio de 1941. Durante esta estadía, por sus muchas ocupaciones, no le sobró tiempo sino para escribirle unas breves líneas a su madre:

Como ya hablé ayer dos veces con usted, hoy sólo va una tarjeta para decirle que estoy muy bien, pero con mil saudades de usted y de Papá.
Bendiga al hijo que la quiere muchísimo.

En los cuidados de la propia salud, preocupación por sus hijos

El precario estado de salud de doña Lucilia les causaba a sus hijos una constante aprensión, y les llevaba a no ahorrar esfuerzos ni recursos a fin de aliviarla, en todo lo que estaba a su alcance, de la penosa enfermedad de hígado que la acometía. Por tal motivo, nunca dejaron de proporcionarle largas permanencias en Águas da Prata, que redundaban en sensibles mejorías para ella.
Sin embargo, en la sinceridad de su desprendimiento, y más preocupada por los otros que por sí misma, doña Lucilia no quería ser un peso en el presupuesto de sus hijos. Tenía recelo de que hicieran excesivos gastos por ella y, como se puede comprobar por la afectuosa respuesta del Dr. Plinio, llegó a exteriorizar eso en una de sus cartas, infelizmente perdida:

Lucilia_correade_oliveira_004Santos, 27 de marzo [de 1942]
Mãezinha,
Recibí su última carta de la cual le debo decir francamente que, si una parte me agradó mucho, la otra no me desagradó menos. Me agrado mucho, claro está, saber que, gracias a Dios, usted se está sintiendo mejor.
Sin embargo, la forma por la que usted se refiere al interés que Rosée y yo tomamos por su salud me desagradó categóricamente. En todo, mi bien querido, es necesario ser lógico. En primer lugar, lo que Rosée y yo estamos haciendo no pasa de trivialidades, hechas ciertamente con gran afecto, pero que ni por eso dejan de estar en la órbita de las trivialidades. ¿Qué hay de más natural en que ella le lleve a su casa, y allá le dispense todo el cariño? ¿No es, pues, su hija? ¿Qué es ser hija? Por mi parte, ¿qué hay de más normal que emplear algún dinero para el bienestar de mi madre? Si el dinero que con el auxilio de Nuestra Señora he podido ganar, no se empleara con suma satisfacción en este asunto, merecería yo el castigo de que se me escapase enteramente de las manos, puesto que, gastándolo así, no hago otra cosa sino cumplir una obligación grave cuya observancia, por mi parte, es de esos “minimuns” que se exigen de cualquier persona de sentimientos corrientemente bien formados.
Por otro lado, aunque el sacrificio fuera grande, siendo para usted estaría idealmente bien, y no podría estar mejor. Si yo necesitara de usted un sacrificio pesado se lo pediría, y lo aceptaría con tan absoluta naturalidad, con tal seguridad de la entera dedicación con que usted lo prestaría, que ni se me ocurriría lamentarme por el caso. No sé por qué usted ha de imaginarse que la reciprocidad no debe ser la misma…
Así, mi bien, nada de lloriqueo, de lamentaciones, de agradecimientos. Agradezca simplemente a Dios y a Nuestra Señora que tengamos con qué enfrentar las necesidades, y pídales que continúe siempre siendo así. Por lo demás, el asunto está definitivamente terminado, ¿ha oído mi bien?

A continuación, la carta nos pone una vez más ante la perspectiva de la Segunda Guerra Mundial, en la que Brasil acababa de entrar. De hecho, tras haber mantenido, junto con el bloque macizamente católico de las naciones latinoamericanas, cierta neutralidad, nuestro país entró en la guerra cuando la opinión pública se puso contra el nazismo de modo definido. Solidario con los Estados Unidos, que acababan de sufrir el ataque de Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), Brasil rompió relaciones diplomáticas con los países del Eje.
A propósito de los nuevos panoramas, el Dr. Plinio comentaba en la misma carta:

[Imagino que le contaron] el excelente paseo que hicimos al fuerte Munduba (Frente a la isla de la Moela, en Santos). Era impresionante la sensación de, en pleno territorio nacional, encontrarnos en una auténtica “Maginot” excavada dentro de la propia roca, y conversar sobre la posible bajada de paracaidistas, la eventual llegada de escuadras extranjeras, la acción de la quinta columna en Santos, etc., etc. Es un nuevo capítulo que se abre, una nueva era en que entramos, en la historia nacional. En otros términos, empezamos a ser “gente”, a correr riesgos, a tratar de cosas serias, y la infancia política en que nuestra situación geográfica y nuestra debilidad nos colocaban parece haber cesado de una vez. Así se abre el capitulo: ¿Cómo terminará? ¿Cuál será el mapa del mundo cuando todo esto amaine? Es lo que sólo Dios sabe.

Debo llegar el martes, no sé bien a qué hora, pero seguramente después del almuerzo. Ahí mataremos, si Dios quiere, las saudades, que están hasta rindiendo intereses de tan grandes que son.
Papá ya debe haber llegado. Mándele un abrazo apretado. Para usted, mi bien querido, muchos y muchos besos y abrazos de su hijo saudosísimo que le pide respetuosamente la bendición.
Plinio
En la soledad de su cuarto, doña Lucilia debe haber leído y releído esas líneas innumerables veces, consolada por haber recibido de Dios un hijo tan dedicado y
generoso.