Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

Un afectuoso engaño

Lucilia_correade_oliveira_002Si doña Lucilia se condolía tanto de las víctimas de una guerra en tierras remotas, se compadecía mucho más de aquellos que le eran más próximos. Aunque esas cualidades reluciesen en ella discreta pero vigorosamente, todos los afectos de su corazón se mantuvieron siempre subordinados a una constante elevación de espíritu y amor a Dios, fuente de las virtudes que practicaba.
El modo como trataba a uno de sus parientes lejanos, que había tenido la desgracia de quedarse ciego siendo aún niño debido a una impericia médica, es un ejemplo de esos atributos.
El hecho de ser él ateo declarado hacía que doña Lucilia tuviese todavía más pena del infeliz. Por eso no perdía la oportunidad de hacerle algún bien, con la intención de tocar su alma.
Con frecuencia lo recibía para almorzar o cenar, y en esas circunstancias lo entretenía largas horas. Acto de caridad del cual también participaban don João Paulo y el Dr. Plinio.
Sabiendo que su pariente tenía muy buen apetito, y conociendo su moderación, doña Lucilia convino con la empleada que, cuando ella le hiciese una señal, se acercase con la bandeja y, sin que él lo notase, le sirviese un poco más. Ahora bien, él tenía el hábito de recorrer con el tenedor los bordes y toda la superficie del plato, en busca de los alimentos. De repente, cuándo creía haber terminado, encontraba, con evidente agrado, ¡otra porción de comida! Doña Lucilia procedió así hasta la avanzada vejez de ese pariente, satisfaciendo no sólo sus gustos gastronómicos, sino también disponiéndose para la conversación que más le agradase. Era la solicitud llevada al último extremo.

Pobre, ¡no hagas eso…!

En doña Lucilia, ese deseo de hacer el bien era tan grande que abarcaba hasta a los seres más insignificantes.
En la casa de la calle Itacolomy el comedor daba hacia una entrada de coches que iba hasta el fondo de la residencia. La separaba del terreno vecino un muro no muy alto, cubierto con hiedra para darle al sitio un aspecto más agradable. Un día, durante la comida, el Dr. Plinio notó un movimiento extraño encima del muro, debajo del follaje. Sorprendido, le dijo a doña Lucilia:
— Mamá, mire qué cosa más rara aquel movimiento allá.
Ella no dijo ni sí ni no, y esquivó la respuesta. Pero su hijo quería saber qué era y volvió a insistir.
Doña Lucilia dijo apenas:
— Sí, ya había notado algo.
— Pero yo lo estoy notando sólo ahora — respondió él más categórico.
Dirigiéndose a la empleada que servía la mesa, el Dr. Plinio dijo:
— Ana, vea qué es lo que hay en aquel muro.
Doña Lucilia permaneció silenciosa. La criada se rió y dijo con su acento portugués:
— “Seu doutôire” (en acento cerrado y muy popular: “señor doctor”), ¿usted no se ha dado cuenta? Doña Lucilia le está escondiendo algo.
— ¿Qué me está escondiendo doña Lucilia?
— Es una gata que tiene sus crías allí.
El Dr. Plinio quedó desagradado —¡nunca con doña Lucilia!— con la idea de un muro lleno de gatitos andando de un lado para otro. En poco tiempo los gatos habrían crecido y el jardín estaría superpoblado de esos simpáticos animales. Cuando menos se esperase empezarían a entrar en la casa. Si fuesen uno o dos, pasaría, pero una cría entera…
Inmediatamente, con decisión, le dijo a la criada:
— Coja una escoba, o la manguera de regar el jardín, y eche a la gata con todos los gatitos fuera del terreno de la casa.
Doña Lucilia, con pena de la gata, se volvió hacia su hijo y ligeramente afligida le dijo:
— ¡Ah, pobre! No hagas eso. ¿No ves que ella puede perder alguna de las crías y no encontrarla más?
Era el corazón maternal de doña Lucilia que se sentía como que herido ante tal perspectiva. No obstante, su hijo intentó argumentar:
— Mamá, ella no tiene raciocinio. Pierde una cría como uno de nosotros pierde un cabello.
Pero doña Lucilia quería, más que hacer un silogismo, tocarle los sentimientos:
— ¡Pobrecita! No hagas eso.
“Pobrecita” era dicho con tanta bondad y tanta pena, que el Dr. Plinio no resistió y dijo a la criada:
— Ana, cuide a esa gata y llévele leche todos los días.
Aquella gata, ser irracional, no podía tener conocimiento de su propia existencia. Pero, ya que sobre ella se había posado la compasión llena de dulzura de doña Lucilia… en vez de un chorro de agua, habría leche para toda la gatería.

Preocupaciones filiales

Hasta el final de su larga vida doña Lucilia soportó con suave resignación la incómoda enfermedad del hígado, que frecuentemente la obligaba a guardar cama durante algunos días.
A la par de los continuos socorros médicos prestados por el Dr. Murtinho, éste también recomendaba a su paciente asiduas temporadas en la estación termal de Águas da Prata, que comenzaba a tener fama. En el fondo, tal vez juzgaba que surtían más efecto los medios de cura dados por Dios que las medicinas creadas por la imperfección del ingenio humano, principio éste adoptado también por doña Lucilia.

cap8_017A medida que los años pasaban y doña Lucilia se iba haciendo mayor, su hijo multiplicaba la solicitud para con ella. Hacía esto para que fuese menos penosa la soledad de aquella que no tuvo la debilidad de adaptarse a las innovaciones de la “modernidad” para obtener ciudadanía en el mundo. Con objeto de distraerla, convidaba con frecuencia a su mesa a algunos de sus amigos más allegados del “Grupo del Legionário”
Al escribir a su madre, aquel mismo día veintiocho de junio, desde la sede del Legionário en cuya redacción se quedaba trabajando hasta altas horas, el Dr. Plinio le cuenta que había recibido dos cartas de un compañero de lucha, el cual había tenido la dicha de cenar a menudo con doña Lucilia, quedando indeleblemente marcado por el trato con ella. Además, intentaba de nuevo tranquilizarla en relación al cumplimiento de los compromisos familiares, destacando algunos con letras mayúsculas. Doña Lucilia le recomendaba mucho a su hijo que prestara especial asistencia a doña Rosée, aunque ya estuviese casada, pedido que él cumplió hasta el último día de vida de su hermana.

São Paulo, 28-IV-1937

José Gustavo de Sousa Queiroz

José Gustavo de Sousa Queiroz

Mãezinha querida de mi corazón,
Recibí con mucho agrado su telegrama y su carta. Confieso que me
olvidé de darle a Ana 22 los recados referentes a las ventanas, etc., etc.
Si me acuerdo, se los daré. ¡No puedo prometer dárselos si no me acuerdo!
Me atrinchero detrás de ese sofisma y paso a otro asunto.
Recibí dos cartas de José Gustavo (José Gustavo de Sousa Queiroz, miembro del “Grupo del Legionário” que fallecería todavía joven), en dos días consecutivos. Una,
la primera que recibí, estaba fechada en Perugia, si no me engaño. La
segunda vino de a bordo del Neptunia, buque en el que viajó. Vea qué desorden. Ambas cartas eran muy afectuosas. Una de ellas contenía referencias particulares a usted y a las “sosegadas cenas del domingo”, de las cuales él me pide que le diga que no se olvida, ni siquiera camino de Europa.
Ayer comí con Tía Yayá, después FUI A CASA DE ZITO(D. José de Oliveira Pirajá, esposo de doña Ilka), PARA SALUDARLO POR SU CUMPLEAÑOS, recorriendo a pie todo el trecho que hay entre las calles Augusta y Brigadier Luis Antonio en la Avenida Brasil, porque no me sabía bien el camino. He cenado FRECUENTEMENTE con Rosée, y ella va hoy a casa. (…)
Ayer, fuimos a cenar en la Caverna. Después fuimos a dar unas vueltas de automóvil, un excelente Packard. A las once y media aparcamos en el Trianón, donde tomamos alguna cosa. Después fuimos para casa.(…)
Es posible que vaya a pasar algunos días en Santo Amaro o en Santos.
Pero depende aún. Mándeme decir detalladamente cómo esta de salud, lo que está haciendo y lo que no está haciendo, etc.
Maria Alice debe estar ahí el día dos, caso Papá venga el día uno, de manera que usted se quedará una noche sola. Ella no podía viajar antes porque las ropas no están listas, o algo así. Tengo la impresión de que Maria Alice está muy sola. Y no es sólo
ella…
Con muchos y afectuosísimos besos, le pide la bendición su hijo querido
Plinio.

Tras saber, algunos días después, que doña Lucilia había sufrido una indisposición,
el Dr. Plinio, aunque lleno de ocupaciones, escribe una nueva misiva a su madre:

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Doña Lucilia, su hija doña Rosée (derecha), su nieta doña Maria Alice (izquierda) y su bisnieto Francisco Eduardo

Mãezinha de mi corazón
Rápidamente, a la una menos veinte de la madrugada, le escribo unas palabritas para decirle cuánto siento que se haya puesto enferma y cuánto deseo que se restablezca pronto. En este sentido, ahora mismo acabo de rezar a Nuestra Señora pidiendo que todo le vaya lo mejor posible.
Por aquí, nada de nuevo. El día del cumpleaños de tía Zilí, ella nos invitó a mí y a Rosée para comer juntos en la Caverna (…)
Cené en casa de Rosée y, tras un día entero en la calle, me acuesto exhausto, haciendo esfuerzo para poderle escribir.
Espero que la sonrosada portadora (Parece ser que se refiere a su sobrina, Maria Alice) de esta carta le alivie un poco las saudades. “Un poco” porque tengo la presuntuosa ilusión de ser insustituible. Y a pesar de presuntuosa, creo que esa ilusión no está muy distante de la realidad. (…)
Ayer, la Vasp me invitó, como Director del Legionário, a hacer un viaje de avión a Río, de ida y vuelta, gratuita. Era un viaje dedicado a todos los periodistas. No acepté y mandé a un representante. Y por esto merezco una especialísima aprobación de mi Mãezinha. Ahora por la noche estuve con aquel muchacho. Imagínese que él partió a las 8, llegó a las 9 y media, salió me parece que a las 2 y media y llegó a las 4. Por lo tanto, fue a almorzar a Río y volvió. En el tiempo en que el abuelo Gabriel hacía ese viaje a lomo de burro, ¡imagine su asombro si pensase que su bisnieto podría ir y venir de Río en el mismo día! Bien, mi Mãezinha querida, mejore mucho, aproveche mucho, rece mucho por mí y tenga mucho cuidado con su salud.
Le pide la bendición con mucho afecto el hijo respetuoso, que le envía mil besos.
Plinio
(Nota, la firma va a máquina porque es más fácil. Dado que la portadora
es quien es, pienso que usted no dudará de la autenticidad)

Discernimiento de Doña Lucilia

Doña Lucilia y Dr. Plinio en la Sede de El Legionario

                              Doña Lucilia y Dr. Plinio en la Sede de El Legionario

Uno de los muchos dones con que la Providencia quiso colmar a doña Lucilia, a fin de que ella cumpliese de modo eximio su misión de madre y formadora, fue el discernimiento de las psicologías. Este la hizo, por ejemplo, escoger una institutriz alemana para educar a sus hijos, al notar que el sentido del orden y del cumplimiento del deber del pueblo alemán serían factores altamente benéficos en la formación de los niños. Sólo esto explica por qué no eligió una institutriz francesa, ya que tanto admiraba a Francia.

Así mismo, ella distinguía entre los amigos del Dr. Plinio, los que lo eran auténticamente, de uno u otro que no lo era.
Dos episodios demuestran la singularidad de ese don.
Una vez, el Dr. Plinio convidó a cenar en su casa a un joven colega de los medios católicos. Durante la cena, doña Lucilia observó discretamente al invitado, notando algo peculiar en él. Cuando el joven se retiró, ella le dijo a su hijo:
— Ten cuidado con aquella mano… su modo de agarrar el tenedor es muy extraño.
Doña Lucilia relacionaba, tal vez de forma intuitiva, aquel modo “extraño” con algún defecto moral no enteramente explícito. Una certeza se instaló en su espíritu: aquel amigo no debería ser merecedor de confianza. Y, madre celosa, por eso había alertado al Dr. Plinio.
Su presentimiento fue confirmado en breve por los hechos: algún tiempo después ese joven abandonó a sus correligionarios, causando grandes sinsabores al Dr. Plinio.
En otra ocasión, el Dr. Plinio invitó a almorzar en su casa a uno de sus amigos más allegados, perteneciente a las Congregaciones Marianas. Durante la comida sonó el teléfono y, poco después, vino la empleada a avisar que el Sr. X tenía un asunto urgente que tratar con el Dr. Plinio. Este interrumpió el almuerzo para atenderlo y, como el teléfono estaba en una sala contigua, doña Lucilia y el visitante también se dirigieron hacia allá.
Ya en ese tiempo la posición de intransigencia en relación a los adversarios de la Iglesia le había granjeado al Dr. Plinio muchas enemistades, incluso entre las filas católicas, pues era grande el número de aquellos que, para no luchar, preferían cualquier tipo de componendas con el mundo. Y en los asuntos que serían tratados en esa llamada se jugaban altos intereses de la causa católica. Doña Lucilia observaba todo en silencio con su tranquila y luminosa mirada.
En lo más íntimo, ciertamente rezaba por su hijo, para que el Sagrado Corazón de Jesús lo amparase en esa dificultad.
Terminada la llamada, volvieron a la mesa y la conversación retomó su curso. Cuando el visitante se retiró, doña Lucilia le preguntó al Dr. Plinio:
— ¿Viste su reacción mientras hablabas por teléfono?
— No, mamá, estaba tan absorto en la conversación que no presté atención.
Con un tono de voz grave pero que dejaba traslucir aún más todo el afecto que le profesaba, ella le advirtió:
— Hijo mío, cuidado con ese amigo… Siempre que tú estabas con la fisonomía preocupada, él manifestaba contento; cuando dabas una buena respuesta a tu interlocutor y ponías los puntos sobre las íes, demostraba indiferencia o tristeza…
¡Ese no es tu amigo! Poco tiempo después el Dr. Plinio recibía de ese “amigo” una verdadera “puñalada” en la espalda…
Uno se puede preguntar cómo doña Lucilia, persona tan sabidamente bondadosa, tenía una desconfianza que la llevaba a discernir el mal a través de detalles aparentemente insignificantes. De hecho, el concepto de bondad que se difundió en numerosos medios católicos brasileños, en especial a partir del final de la década de los 30 —debido a los errores de la Acción Católica que el Dr. Plinio poco después denunciaría en su primera obra— era muy diferente de la verdadera concepción que de esa virtud enseña la Iglesia.
Desde entonces existe la tendencia a confundir la bondad con una complacencia en relación a ciertas formas de mal, lo que significa casi siempre cerrar los ojos obstinadamente ante él, como si no existiese.
Totalmente diferente era el alma de doña Lucilia, en la cual se reunían, en una admirable síntesis, la bondad y una inquebrantable firmeza de principios; la misericordia y un aguzado sentido de la justicia; la afabilidad y una entera seriedad de espíritu. Este conjunto armónico de virtudes la ayudaba, con cierta frecuencia, a percibir lo que las situaciones y las personas tenían de bueno y de malo.