Hijo, mamá ha comprado esto para ti

cap12_002Aunque la felicidad eterna de los suyos fuese la principal preocupación de doña Lucilia, continuaba observando las pequeñas obligaciones provenientes de la mutua relación familiar, en las cuales el afecto era la primera regla. Por eso, al aproximarse el final del año, o el cumpleaños de alguien, doña Lucilia iba pen¬sando ya en los regalos.

La elección era hecha según la medida del afecto, y nunca en función del valor de los recuerdos anteriormente recibidos. Ella nunca condescendería a rebajar una amistad a una relación casi comercial.

Para doña Lucilia, las festividades de fin de año comenzaban siempre unos días antes, o sea, a partir del cumpleaños del Dr. Plinio, el 13 de diciembre. Con mucha antelación iba separando el dinero necesario para los gastos y —con su manera peculiar— lo envolvía en un papel en el que escribía la finalidad, for¬mando pequeños rollos. Lo cual estaba muy acorde con la minuciosidad y perfección con que hacía las menores cosas.

A su hijo siempre le regalaba corbatas. Desde hace mucho tiempo ella no las compraba personalmente, y lo dejaba a cargo de don João Paulo. Como éste, desde joven, se vestía con muy buen gusto, doña Lucilia confiaba siempre en su elección. ¿Por qué? Porque “João Paulo se viste bien”. Era para ella un paradigma.

cap12_001Para el Dr. Plinio lo que le daba verdadero valor al regalo eran las palabras — envueltas en tanto cariño que llenaban el alma de dulzura— escritas por su madre, no en una tarjeta, sino en el papel de seda de la propia caja de la corbata. Ese pormenor, un tanto inusitado, daba especial sabor a su gesto, pues dejaba traslucir un trazo de su personalidad.

Doña Lucilia, al entregar a su hijo el regalo, con afecto decía:

— Filhão, mamá ha comprado esto para ti.

Preparando a sus hijos para la Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Plinio en el día de su Primera Comunión

Los años pasaban, los niños crecían, y se acercaba la hora de que hicieran la Primera Comunión. El ambiente de auténtica piedad y ardiente fe que doña Lucilia fomentaba en casa era sin duda la mejor preparación. Además, su desbordante benevolencia ayudaba a los niños a comprender que, por encima de ella, Nuestro Señor Jesucristo, habiendo derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por la salvación de las almas, les quería infinitamente más que su propia madre.
A partir del momento en que les habló de la Primera Comunión, ella les dio una alta idea de la grandeza de ese augusto acto. Consiguió también que el Vicario de la Parroquia de Santa Cecilia les impartiese a Rosée, Plinio e Ilka, un curso de catecismo.
Con el paso de los días, doña Lucilia notó que los niños estaban sacando mucho provecho de las clases. Sumamente complacida, les daba algunas explicaciones y les preguntaba sobre ciertos puntos. Narraba también trechos de la Historia Sagrada de manera tan elevada y entretenida, y con tanta unción, que les infundía
un gran respeto por los personajes bíblicos.
Se imaginaba cómo sería Palestina. Por ejemplo, describía las arenas de los desiertos de Tierra Santa, marcadas por sublimes recuerdos. El modo de pronunciar ella ciertos nombres: “Mar de Tiberiades…” daba, a quien lo oía, la impresión de estar viendo las olas del mar y, en ellas, reflejada la figura del Salvador.
Hablaba mucho de la dulzura de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Señora. Los actos de Él eran mostrados siempre como algo sereno y comedido, llenos de significado, de una sabiduría que transcendía de lejos a todo cuanto hay en el mundo; sus actitudes, como expresiones de suma majestad y superioridad absoluta. A la Santísima Virgen, doña Lucilia la presentaba como afable, bondadosa y desbordante de cariño.

“No quiero que estéis pensando en la fiesta…”

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Recuerdo de la Primera Comunión de Plinio

Llegó, por fin, el gran día para Rosée, Plinio e Ilka. En aquella época, era costumbre en las familias dar una gran fiesta para los niños que por primera vez se acercaban a la Sagrada Mesa, invitando a los hijos de parientes y amigos. Doña Lucilia, por el contrario, llamó a sus hijos y les dijo:

Hijos míos, la Sagrada Comunión es el acontecimiento más importante de la vida después del Bautismo. Por eso, no es conveniente que en este día estéis pensando, desde la mañana, principalmente en la fiesta, ya que desvía la atención de la Eucaristía.
Y transfirió las conmemoraciones sociales de esa gran fecha para el día siguiente, a fin de que los niños se compenetrasen bien de la excelencia del acto y, de esta manera, no se les perturbara en su recogimiento interior. Por el mismo motivo, los dejó hasta la noche con la ropa de la Comunión, la cual era según las costumbres de la época para el niño un Eton traje inspirado en el uniforme del famoso colegio inglés del mismo nombre y para las niñas un vestido de novia, pues Nuestro Señor Jesucristo es el Divino Esposo de las almas vírgenes.
No es de extrañar que el Dr. Plinio, al recordar aquel momento bendito entre todos en el cual recibió por primera vez al Divino Redentor, comentase: “Mamá fue la luz de la preparación para mi Primera Comunión”.

“Hijo mío, más dulzura en tus palabras”

Plinio y Rosée

                                  Plinio y Rosée

Un bello día, doña Lucilia paseaba con sus hijos por una calle de Poços de Caldas. Se acercó a ellos un grupo de leprosos a caballo, con largos bastones en cuyas puntas había unas tazas de metal con las que pedían limosna a los transeúntes.
Los niños quedaron explicablemente impresionados con el aspecto de esos infelices.
En aquel tiempo corrían muchos rumores de que los leprosos querían transmitir su enfermedad a otras personas, pues pensaban que contagiando a siete, ellos sanarían. Se decía que usaban la taza de metal de los bastones no sólo para recoger el dinero, sino también para tocar con ellas al benefactor, con esa censurable intención.
A pesar de las explicaciones, Plinio no entendió bien de qué se trataba y, creyendo en los rumores, comentó con horror el triste estado de aquellas víctimas de la terrible enfermedad, obligadas a mendigar y resignadas a su propia situación.
Ante aquel horrible espectáculo, el niño exclamó:
— ¡Mamá, no tienen derecho de ser así! ¡No se puede ser así!
Doña Lucilia, siempre materna, pero en ese momento con una nota de gravedad le reprendió:
— ¡Hijo mío! más dulzura en tus palabras. Nuestro Señor Jesucristo también redimió los pecados de esos pobres infelices. Él los aceptará en el Cielo. ¿Y tú no los aceptas?
Esas palabras, venidas del fondo del corazón de doña Lucilia, marcaron el alma del niño, que entendió mejor la causa del afecto desbordante de su madre, o sea, el amor a Dios, ya que hasta en relación a aquellos pobres leprosos cuya vista tanto espanto causaba, ella tenía sentimientos de conmiseración.

Doña Lucilia no gustaba que se burlasen de los demás

doña_luciliaDoña Lucilia se compadecía de modo muy especial de los desvalidos, a quienes dispensaba, siempre que era necesario, todo tipo de afabilidades y de consuelos.
No obstante, ella exigía respeto en relación a cualquier persona y, como norma general de conducta, jamás permitía que se burlasen de nadie.
Si por acaso escapaba de los labios de sus hijos un dicho impropio contra alguien —y los niños son fácilmente propensos a esto— ella intervenía, reprendiéndolos con dulzura, y les enseñaba que uno no debe burlarse de nadie. Intentaba mostrarles el lado bueno del infeliz nombrado, a fin de evitar que Rosée y Plinio desarrollasen en sí una tendencia contraria a la caridad verdaderamente bien entendida.
De esta manera suplía una deficiencia de la fräulein Matilde, quien, a pesar de formar muy bien a los niños, era un poco tendiente a hacer críticas.
Incluso cuando sus hijos eran ya adultos, doña Lucilia aún les amonestaba afectuosamente en circunstancias análogas.