Peregrinando en la mirada de Doña Lucilia

Los ojos son la ventana del alma. De hecho, nada se compara a la mirada llena de unción de un alma virtuosa, cuya expresión transmite lecciones infinitas, eleva y santifica.

Creo que una de las cosas más pungentes en la vida es conocer una gran mirada –de una gran alma– y, de repente, verse privado de ella porque se cerró para siempre y el alma se fue a Dios. Aquello que se vio no se verá más, no se profundizará más, no se conocerá más como se debería haber conocido, y de ahí en adelante solo es la eternidad…

Comunicación de miradas más allá de la muerte

Mil veces yo peregriné dentro de los ojos de mi madre, pero ¡cuántas y cuántas veces, y a partir de cuántas puertas de esa mirada! Su mirada cuando me miraba, cuando yo la veía mirando dentro de mi mirada; su mirada cuando rezaba; su mirada vista de lado, su mirada vista por detrás, percibida apenas por imponderables, sin verla.

Cuando ella falleció yo me puse esta pregunta: “Para esta vida se terminó, se acabó, nunca más pasearé dentro de esta mirada y nunca más desvendaré esta alma… Ahora, Plinio, pregúntate: ‘¿Tú aprovechaste ese tesoro? ¿Miraste todo lo que tenías que ver y llegaste hasta su último conocimiento? ¿Serás capaz de hacer el viaje retrospectivo y complementarlo a  través de velos sucesivos?’” Yo me hice la pregunta distendido y calmado, en medio del llanto de la muerte. Y con toda serenidad me respondí a mí mismo: “Sí y enteramente.” ¡Se acabó, pero tengo todo, llevo todo, ojalá haya asimilado todo! Tal vez ella haya muerto a tiempo para comunicarme los últimos fuegos de una mirada en que la luz de la vida, el lumen rationis, cintilaban, pero aún tenían bellezas nuevas para comunicarme. Sin embargo, siento como si tal vez hace poco me hubiera comunicado con ella.

Una ventana de la eternidad que se abre

El otro día, un rayo de sol incidió sobre una fotografía de ella, abarcando inclusive las flores alrededor, que tomaron vida, parecían flores paradisíacas, iluminadas por dentro. ¡Algo extraordinario!

Si quisiéramos iluminar una foto, jamás conseguiríamos hacer algo parecido. Me acuerdo un poco de esas imágenes modernas que hay hoy en día en las calles, iluminadas por dentro. Pero era, sin comparación, mejor. Su fisionomía relució, dando la idea de una ventana de la eternidad que se abría, transmitía algo que no tiene nada que ver con esta Tierra. Me dio la impresión de que ella estaba tan viva que se diría que comenzaría a hablar con alguien que estuviera allí para hacerle una pregunta. Digo aún más: con una animación que años antes de su muerte ya no tenía, ya muy abatida por la edad.

Parecía bien dispuesta, hasta fuerte. Se diría que había pasado una temporada por fuera, que descansó…

Mirada de futuro, de metafísica y de fe

Hay otra mirada, de una fisionomía de ella a los cincuenta años. Es de tal seriedad, que podría ser colocada al lado de una foto de San Pío X o de San Charbel Makhlouf, aunque la mirada de él no tenga esa tristeza. Es una mirada ordenadora para nuestra alma y, puesta en un cuadro en un ambiente, influencia la sala, acompaña a las personas. Si alguien me pregunta cuál fue la influencia de Doña Lucilia en mi formación, yo diría: “¡Vea, ahí está!” Debemos sentirnos en casa en presencia de esa fisionomía, la cual se podría denominar: “Contra-Revolución tendencial.” Mi madre ejercía una acción pacificante ya a distancia. Eso es paz. Ella hizo una verdadera psicología con los brasileños, permitiendo que, antes de esa foto, nos llegara a las manos el “Quadrinho”1. Los dos cuadros hacen una combinación perfecta. El “Quadrinho” la refleja mucho más en la intimidad. El otro expresa su fisionomía cuando se encontraba en otros ambientes. Se ve que ella hace un esfuerzo para no romper lo que resta de amistad con los demás, para poder hacerles bien. La mirada refleja una visión del futuro, pero, sobre todo, en función de la ofensa a Dios, de aquello que ella veía en el Corazón de Jesús, entristecido por los pecados de los hombres. Es un acto de fe, de metafísica viva. Quien hizo ese acto de fe, tiene una limpieza del sentido metafísico colosal. Hay tal integridad, por donde vemos que ella era consciente de que, si aceptara, por ejemplo, una joya un poco moderna, quebraba la fe. Es la fisionomía más seria que vi en mi vida, al mismo tiempo con una calma extraordinaria, la cual se refleja mucho por el conjunto de la fisionomía y por todo el cuerpo, en el cual no hay un músculo contraído. Ella tenía una noción de delicadeza proveniente del hecho de ser muy digna, seria, siendo ella misma, no queriendo ser sino lo que era, sin ambición desmedida. No tenía jamás una sonrisa que significara cualquier connivencia con lo que hubiese de revolucionario en el ambiente. Es una fisionomía que nos prepara para los acontecimientos de Fátima.

El «Quadrinho»

Ejercicio para la visión beatífica

Así veo yo sucesivamente las miradas, las cosas que esta vida nos presenta. Eso es vivir. Y no hacer eso es no vivir. Hablar, en el fondo, es decir cosas de esas. Y quien nunca pensó ni vio, y no tuvo cosas semejantes en vista, y nunca hizo eso, de ese, yo tengo dificultad de explicarme a mí mismo cómo estará pronto para la visión beatífica. Porque la visión beatífica es eso: ¡ver a Dios cara a cara y peregrinar dentro de Él siempre, siempre, inmutable y nuevo para nosotros, afable, majestuoso, acogedor!

Y nosotros dentro de Él superponiendo aspectos sucesivos, para formar una cognición que nunca cesará. Porque jamás lo conoceremos en su totalidad. ¡Eso será nuestra alegría en el Cielo!

 (Extraído de conferencias del 23/12/1976, 7/3/1982 y 20/8/1987)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎

Vitral de Dios

Alma profundamente recogida, Doña Lucilia transmitía a los que se acercaban a ella la luz divina, que iluminaba su interior, así como un vitral atravesado por el sol llena de colores una catedral.

3p186Parece razonable que una persona que, por fidelidad al bien, es incomprendida y no tiene con quién comunicarse durante la vida, reciba como recompensa la posibilidad de comunicarse intensamente después de la muerte; se trata de un premio proporcionado.

Para recurrir a un ejemplo divino, con Nuestro Señor sucedió así. En parte, Él fue odiado por ser incomprendido, pues los más próximos no lo entendían. Cuando Jesús dijo que su Cuerpo era verdadera comida y su Sangre verdadera bebida, algunos discípulos lo abandonaron, pues esa afirmación les pareció demasiado fuerte. Entonces Él se volvió hacia los Apóstoles y preguntó:

– Y vosotros, ¿también me queréis abandonar?

Casi como si dijese:

– Tampoco confío en vosotros.

¿Queréis abandonarme?

A propósito, San Pedro dio una respuesta que no inspiraba confianza, porque, en vez de afirmar que jamás lo abandonaría, preguntó:

– ¿A quién iremos, si solo Vos tenéis palabras de vida eterna?

Lo cual se podría interpretar como: “Si otro tuviese palabras de vida eterna, iríamos a experimentar. Pero como, por así decir, no tenemos dónde caernos muertos, nos quedamos con Vos.”

Por lo tanto, Nuestro Señor no fue comprendido. Resultado: a pesar de haber aún mucha incomprensión, nunca nadie fue tan comprendido post mortem cuanto Él. Se entiende, entonces, que Doña Lucilia, cuya influencia fue tan reprimida en vida, después de su muerte haya recibido la gracia de comunicarse enormemente a los otros.

Alma profundamente recogida, Doña Lucilia transmitía a los que se acercaban a ella la luz divina, que iluminaba su interior, así como un vitral atravesado por el sol llena de colores una catedral.

Todo en Doña Lucilia era lo contrario de la mentalidad moderna

doña LuciliaUno de los factores que establecían una dificultad en la relación de mi madre con los demás era que muchas personas ya estaban puestas en la mentalidad de la civilización moderna, por la cual solo se habla del presente y del futuro y casi nunca del pasado. Inclusive hechos pasados de una familia, por lo menos en São Paulo y en nuestro ambiente, no se comentaban. Únicamente atraían las novedades que conllevaban la efervescencia de la vida cotidiana. Por esa causa, no se hablaba tampoco respecto a los fallecidos de la familia; era como si nunca hubiesen existido.

Además, cualesquiera comentarios más elevados tendían a ser podados. Por ejemplo: críticas de orden moral: tal acción es buena o mala, tiene tal atenuante o tal agravante, haciendo un análisis de la cuestión. Análisis, no. Se toleraban comentarios muy rápidos seguidos de una exclamación elogiosa o despectiva, pero sucedida inmediatamente por otro tema, sustituyendo al anterior del modo más rápido posible. Entre más breves fuesen las narraciones, más simples las frases y menos pormenores contuviesen, entre más pasajera resultase la intervención de una persona, para dar ocasión a que todos interviniesen también, mejor era la conversación.

Ahora bien, con Doña Lucilia pasaba lo contrario. Los hechos más remotos eran los más interesantes, los episodios típicos que ella contaba para explicar situaciones humanas reportaban a los padres, abuelos, tíos, que no habíamos conocido; esos eran los arquetipos. Además, hacía largos comentarios con voz tranquila, muy matizada. Se mantenía, así, por fuera de la trepidación y de la tensión, en la calma y en el bienestar de quien reflexiona, eleva el alma y tiene un tonus religioso en el espíritu. El temperamento moderno se rebela contra ese modo de ser.

Relación con Dios

votralEso que parece una bagatela, de hecho no lo es. Ese recogimiento constituye una condición previa para la vida espiritual. Alma recogida es aquella que, cuando no está con los otros, no se queda sola, sino que tiene todo un mundo interior con el cual se entretiene. Posee una serie de degustaciones interiores que, cuándo nos aproximamos a ella, nos las transmite para que comencemos a degustarlas también y nos sintamos bien en ese recogimiento.

Sería casi una capacidad de insinuación, de embebernos como el aceite en un papel, por el cual las cosas que a la persona le gustan, ve y siente, ella nos las transmite y comenzamos a gustar, sentir y ver del mismo modo, cuando estamos recogidos.

El recogimiento no consiste en separarse de la convivencia para pensar, sino en convivir con Dios. El alma se encuentra embebida de Dios y, mirándose a sí misma, ve, por así decir, la luz divina que la ilumina. Eso permite un fenómeno sobrenatural llamado intercambio de voluntades, el cual no significa propiamente asumir la voluntad de otra persona, sino cierto bien extrínseco a ella que vemos; más o menos como si trajésemos a nuestro cuarto una lamparita con aceite: trajimos la lamparita, pero vino adentro el aceite.

Así sucede en el intercambio de voluntades: se trata de algo de Dios que embebe aquella alma y que, por su influencia personal, pasa a embebernos también. En último análisis, es Dios, en cuanto presente en un alma, que se comunica y se hace presente en la otra.

Sin embargo, la persona de quien Dios se sirve para comunicarse, no se queda indiferente a eso. Ella se asemeja a un vitral por el cual pasa la luz del sol, llenando de colores el interior de una catedral. La luz es del astro rey, pero el colorido es del vitral.

Don Chautard, en su libro El alma de todo apostolado, cuenta que un abogado parisiense fue a Ars a conocer a San Juan María Vianney. Cuando regresó a París, alguien le preguntó:

– ¿Y qué vio Ud. en Ars?

Él dijo:

– Vi a Dios en un hombre.

¿Cómo se ve la presencia de Dios en un hombre? Es, más o menos, como la del sol en un vitral: no vemos el sol de un lado y del otro el vitral, sino que la luz atraviesa el vidrio, lo ilumina y, con la misma mirada, contemplamos el vitral y el sol.

Entonces, las características personales, en cuanto iluminadas internamente por la santidad infinita de Dios, hacen ver a Dios a través de ellas.

Respeto y confianza en los superiores

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El»Quadrinho»

Doña Lucilia ejercía esa acción junto a las personas, preparándolas, entre otras cosas, para admirar y reverenciar a las autoridades legítimas. Una característica muy presente en ella era el respeto y la confianza en los superiores. Quien fuese superior, a cualquier título, ella lo respetaba y tendía a mitificarlo.

Por ejemplo, mi madre tenía una tía solo seis años mayor que ella, de la cual era muy amiga. Siempre que se encontraban, inclusive cuando las dos ya eran abuelas, ella se dirigía a esa tía diciendo: “Tía Fulana, Ud…”. No lo hacía de un modo forzado; conversaban como dos amigas, pero mi madre la trataba así.

Se comprende que entre dos señoras muy amigas, una con sesenta años y otra con sesenta y seis, la edad no haga ninguna diferencia. Pero, por ser tía y un poco mayor, mi madre se sentía más unida a ella tratándola de “tía” y “Ud.” que de “tú”.

Hoy se diría: “Nosotras somos amiguísimas, ¡imagine que yo la tratase de ‘Ud.’! Eso nos distancia.” En el espíritu de Doña Lucilia, eso unía más.

Nunca noté en mi madre la más mínima señal de tristeza porque otros tuvieran más que ella. Al contrario, muchas veces se alegraba al ver a alguien que poseía más haberes adquiridos. Más aún, jamás se lamentaba de su propia situación. Siempre contenta, satisfecha, lo opuesto del igualitario inflexible a quien mandan a tributar respeto a alguien y enseguida piensa: “¡Qué verdugo!”

Cuando alguien se acercaba a Doña Lucilia, inhalaba toda esa dulzura propia de la atmósfera del alma del no envidioso, que ama a quien es más. Ella tenía mucho de esa dulzura, sabía hacer dulce lo que era venerable. Acercándose a ella, la dulzura circundaba y convidaba. Basta ver el Quadrinho1 para constatar eso. Allí está una persona que la edad hizo venerable, pero con tal intimidad que una jovencita de quince años tendría una conversación con ella, si quisiera.

Ver la arquetipia de las cosas

Dr._plinioLa Fräulein Mathilde2 acostumbraba a contar en sus memorias que, en París, fue gobernanta en una familia de unos condes polacos riquísimos, en cuya residencia había un espejo tan bonito que, en determinada hora del día, cuando los criados abrían las ventanas del salón para limpiar, había gente del lado de afuera para ver el espejo. Era una atracción turística para cierto género de curiosos.

Si Doña Lucilia estuviese del lado de afuera admirando ese espejo y, de repente, parase un camión frente a la casa y fuese desembarcado otro mueble precioso para ser colocado en el mismo salón, su reacción normal sería de alegría: “¡Qué lindo va a quedar ese salón! ¡Me imagino la satisfacción de la condesa!” Y volvería a la casa contenta, contando cómo era el mueble, imaginando cómo quedaría bonito en el salón. Ella habría ganado su mañana. Esa es la actitud católica delante de un hecho así.

A mi modo de ver, Doña Lucilia tenía la capacidad de considerar, en todo, el aspecto por el cual cada ser era imagen o semejanza de Dios; por lo tanto, de ver la arquetipia de las cosas y, por detrás de esta, lo que había en ella de divino. Mi madre veía eso más o menos en todo y constituía el unum de su alma, el cual traté de describir refiriéndome al respeto y a la admiración. Es algo de Dios que se deja ver por medio de ella.

(Extraído de conferencia del 2/8/1980)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con  base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.

2) En alemán: señorita. Gobernanta del Dr. Plinio y su hermana Rosée, de nacionalidad alemana.

02

Dos ojos que son un firmamento

El principal punto de adhesión entre el Dr. Plinio y su madre era el hecho de que ella estaba continuamente vuelta hacia una “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual se relacionaba con todo el mundo.
Eso, que podría parecer etéreo, se expresa muy bien en el Quadrinho (
en portugués, diminutivo de cuadro) de Doña Lucilia, especialmente en los ojos.

Doña Lucilia era una señora de familia o, como se dice hoy de una manera horrible, “de habilidades domésticas”. Vivía para el oficio de una existencia de señora dentro de su casa. No fue una señora de estudios, pues en su tiempo no era costumbre que las señoras estudiaran. Tenía las ideas generales de las señoras que vivían en un ambiente de hombres cultos. Era profundamente católica.

Estado de espíritu siempre noble, elevado y sereno

Pero yo no osaría decir que ese punto fuese el principal de la adhesión entre ella y yo. Ciertamente no habría adhesión si ella no fuese así. Eso es seguro, pero no es lo fundamental. El principal punto de adhesión era un modo de ser de su alma que me parecía estar continuamente vuelto hacia una “transesfera” (Término creado por el Dr. Plinio para significar que, por encima de las realidades visibles, existen las invisibles. Las primeras constituyen la esfera, o sea, el universo material; y las invisibles, la transesfera) el cual, aunque ella se encargase muy bien de todo, lo mejor de su atención y de su afecto estaba dirigido hacia esa “transesfera” muy noble, elevada, dulce, serena y lúcida, desde lo alto de la cual ella se relacionaba con todo el mundo, de tal manera que se percibía que su alma estaba, al mismo tiempo, en la “transesfera” y en las pequeñas cosas concretas.
Me acuerdo de que a ella le gustaba mucho una flor llamada primavera. En la hacienda del Amparo de Nuestra Señora, donde acostumbro a hospedarme, hay una enredadera
con esa flor. Sabiendo que mi madre apreciaba la primavera, los miembros de nuestro Movimiento allí residentes cortaban muchas de aquellas flores y me las daban para llevarle cada vez que yo regresaba a São Paulo.
Cuando llegaba, yo le entregaba las flores, y veía la manera como ella las miraba encantada. A veces, suave y discretamente, mi madre incluso paraba un poco la respiración y después hacía un comentario. Pero yo notaba que el comentario no era nada en comparación con lo que estaba en su espíritu a ese respecto. Sin embargo, lo que ella decía estaba relacionado con una “transesfera” de la que aquellas flores no eran sino el símbolo. Era en último análisis una relación con Dios Nuestro Señor, con Nuestra Señora y con todo lo demás que toca en el mundo sobrenatural.
De ese sentido elevadísimo en el cual Doña Lucilia habitaba procedían todos sus estados de alma, los cuales constituían mi mayor encanto por ella, y que procuré asimilar y transformar en míos tanto cuanto pude.
Este era el principal punto de atracción. Es un poco nebuloso, etéreo, pero las personas se dan cuenta de eso viendo el Quadrinho. Porque viéndolo se nota lo que eso quiere decir en concreto, aunque sea un poco inexplicable.

Historia de una obra maestra

Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura…

Si quieren saber cuál es el principal punto de atracción del alma de mi madre, para la mía, vean el fondo de su mirada en el Quadrinho y comprenderán. Aquello dice mucho más que cualquier palabra o descripción. Cuando un discípulo mío pintó ese cuadro – teniendo como base una de las últimas fotografías que le tomaron – lo hizo durante un largo viaje, dentro de una furgoneta, en las condiciones más desfavorables que se puedan imaginar para un trabajo de ese tipo. El resultado fue que él terminó la pintura y no le gustó. Entonces borró todo, excepto los ojos, que le parecían haber quedado bien. Así, en el lienzo quedaron apenas los dos ojos. Y a él le daba la impresión de que los ojos de ella le suplicaban que retomara la pintura. Él entonces lo hizo y, a pesar de otras vicisitudes, salió aquella obra maestra. Pues bien, yo me conmuevo imaginando aquellos dos ojos en la tela. Sería casi lo que mi madre fue para mí: dos ojos a lo largo de la vida…
Todo el resto, una tela. ¡Pero aquellos dos ojos eran para mí un firmamento!
Me acuerdo de cuántas y cuántas veces yo miraba a sus ojos profundamente. Y mi madre tenía una cosa curiosa: cuando ella se sentía analizada, tomaba una actitud bien fija y se dejaba mirar. Yo tenía la impresión de que tocaba con la mano el fondo de su alma, de tal manera me quedaba claro quién era ella. ¡Y quedaba encantadísimo, encantadísimo!

(Extraído de conferencia de 2/2/1978)

 

Intercambio de voluntades

El Dr. Plinio estaba tan unido a Doña Lucilia que había una identidad de voluntades
entre ambos, o sea, tenían el mismo estado de espíritu y la misma mentalidad.
Respetadas las legítimas diferencias temperamentales, esa unión se daba en
el pensar, en el querer y en el sentir.

Dadas las cualidades de Doña Lucilia – naturalmente la condición de madre, que ella ejercía con la plenitud de afecto a la cual ya tuve ocasión de referirme varias veces –, ella modeló mucho mi estado de espíritu. Pero yo también tenía muchísimos deseos de ser modelado por su estado de espíritu.

Identidad de voluntades

Yo siento mucho eso en una fotografía en la que estoy con ella en Águas da Prata. Ella tenía, máximo, unos cuarenta años, y yo era niño aún. En esa foto estoy apoyado en mi madre, queriendo saber qué dice, qué está pensando, en fin, queriendo saber todo.

Doña Lucilia con Plinio en Águas da Prata

Como relación entre madre e hijo, a mí me parecía eso enteramente normal, y tenía la idea de que, más o menos, todos los hijos tenían una relación análoga con sus respectivas madres. Después, con el paso del tiempo, percibí que no era así.
Probablemente por razones de herencia, yo tenía un fondo temperamental parecido al de ella, pero había además una gracia por la cual su manera de concebir la vida y de sentir las cosas era enteramente afín conmigo.
Ya fueran asuntos de piedad, ya de la vida moral interna de cada persona. De tal manera afín que no percibo que hubiese habido en ese campo la menor diferencia entre nosotros. Y lo que ella veía y sentía era exactamente lo que yo también veía y sentía, aunque en otros campos hubiese diferencias muy grandes, exigidas por mi vocación, como, por ejemplo, mi carácter combativo.
Por ejemplo, el modo de ver la Iglesia, el Sagrado Corazón de Jesús, de sentir la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, el modo de querernos bien, de sentir cómo las personas se deben relacionar, la manera de pensar en las cosas que ella no sabía que eran metafísicas, etc.
Todo eso tiene en mí mucha más expresión, claro, pues mi vocación lo exige. Pero la esencia, la materia prima es exactamente la misma de ella.
Con una semejanza que llega a no tener elementos de desemejanza, de tal manera que aún no he visto una semejanza igual a esa entre dos personas.
A mi modo de ver, esto describe bien lo que parece ser la identidad de voluntades.
A veces la expresión “hacer la voluntad de alguien”, para los oídos contemporáneos no parece decir todo cuanto está en ella contenido. Porque “hacer” manifiesta, generalmente, la idea de una acción externa.
Por lo tanto, “hacer la voluntad” sería realizar actos exteriores según la intención de la persona.
Ahora bien, en la identidad de voluntades se trata de algo más profundo: tener el estado de espíritu, la mentalidad de otro; respetadas las legítimas diferencias temperamentales, en poseer aquel núcleo interno de pensar, querer y sentir, que es precisamente el punto donde la unión se da.

Un perdón en la punta de los labios

… Así es como veo el Quadrinho…

En el Quadrinho¹ y en la fotografía con base en la cual él fue pintado, ese núcleo aparece muy bien. Allí hay un estado de temperamento. Doña Lucilia sabe, sin duda, que está siendo fotografiada, y presta atención en quien la fotografía. Pero ella tiene una segunda atención muy por encima de
eso. Sin embargo, es medio indefinible; parece ser un balance de conjunto de su existencia, del mundo, de la humanidad, colocados en presencia de Dios, como quien dice: “Dado que así son las cosas, ¿cuál es mi posición personal delante de todo eso? Así fue mi vida, así es el universo, así es la
Iglesia. Hice el balance total.”
Me parece que ese balance está muy presente en ese semblante, no obstante, como quien ya sacó el resultado y tomó una actitud al mismo tiempo encantada y suavemente decepcionada.
Se sentía mucho eso al final de la vida de mi madre, como si ella dijese: “Todo no es sino cosas contingentes, pasajeras, solo Dios queda en su sublimidad, en su eternidad, en su bondad. Sin embargo, Él ama esas cosas y tiene para ellas un lugar de compasión. Yo comprendo eso y participo del rechazo de Él al mal y de su amor a lo que hay de bueno en eso. Así, me distancio de todo, reconociendo lo que está bien en mí y en la obra de Dios.” Eso supone una suavidad, una bondad y también una amplitud de miras, muy por encima, por ejemplo, del pensamiento medio habitual de las señoras y de los hombres de hoy. Se nota en esa fisionomía un modo de estar tranquilo, ameno, afable, y un perdón en la punta de los labios para cualquier falta, por peor que haya sido. Aunque también, si la persona no pide perdón y la cosa queda rota hasta el fin, Doña Lucilia muere en la suavidad delante de esa ruptura. Así es como veo el Quadrinho.
Yo creo que, a fuerza de ser tratados así por Doña Lucilia, algo de eso acaba penetrando en nosotros. Y penetrando, puede aún desarrollarse. Sin embargo, se debe notar muy bien que eso es de tal manera contrario al espíritu moderno, que supone una modificación muy grande que se puede hacer con una rapidez asombrosa por medio de una gracia.

Demoras desgarradoras

¿Cuándo viene esa gracia? Ahí se entra en el terreno desgarrador de las demoras de Dios y de Nuestra Señora.
Hoy mismo, no sé por qué, pensando en eso, me pasó por la cabeza la cuestión de la dispersión del pueblo judío que sucedió cuarenta años después de Nuestro Señor muriera. Es decir, Él profetizó y pasó casi medio siglo hasta cumplirse. ¿Por qué casi medio siglo? Para Él era poco, pero para la vida de un hombre… Los Apóstoles, por ejemplo, durante cuarenta años vieron a Jerusalén próspera, comiendo, bebiendo, durmiendo; en el Templo, cuyo velo se había rasgado durante el terremoto, se repetían los sacrificios, eran elegidos sacerdotes prevaricadores, su religión seguía funcionando normalmente. Santiago murió sin ver la destrucción de Jerusalén. ¡Es una cosa asombrosa! Y surgen problemas internos: San Bernabé con San Pablo; San Pedro con San Pablo. Ellos pasan, por lo tanto, por todas esas cosas y el Templo impávido, casi burlándose de los Apóstoles.
Podemos imaginar, durante cuarenta años, las poblaciones que subían la montaña del Templo cantando, etc., y nada, nada. De repente, viene aquella devastación.

La vida espiritual tiene a veces demoras desgarradoras. Se desea una gracia durante décadas y no viene. De repente, llega. ¿Por qué Nuestra Señora tarda en atender? ¿Por qué Santa Ana y San Joaquín tenían que estar ancianos cuando la Santísima Virgen nació? Simplemente no se sabe…
¡Debemos ponernos a pedir, pedir y pedir! A veces esa gracia es concedida sin que la percibamos.
Continuamos suplicando, y no notamos que la gracia ya nos fue dada. Son los misterios de la conducta de Nuestra Señora.
Por ejemplo, cuando deseamos mucho ese intercambio de voluntades, el querer mucho ya es un comienzo del trueque, sin duda. Sin embargo, no lo percibimos; cuando manifestábamos ese deseo ya era el comienzo del intercambio. Es muy misterioso, pero es así.
La naturaleza de las disposiciones de alma que las personas obtienen pidiendo la intercesión de mi madre, al rezar junto a su sepultura, es tal que se nota que solo se trata de un comienzo, y esas gracias siguen hacia adelante. Las personas perciben que, andando en la luz de esas gracias, van por un camino definido, en el cual no se es urgido a andar, pero que, gustosamente, son atraídas y
convidadas a recorrer.
Hay un pasaje de las Sagradas Escrituras que dice: “Atraednos con el perfume de vuestros ungüentos y en pos de ti correremos” (cf. Cant. 1, 3-4). Eso se aplica a todas las acciones de la gracia. Por lo tanto, puede adecuarse también a la gracia obtenida por la intercesión de Doña Lucilia.
Hay un “perfume” que lleva a la persona a correr, al notar que está abierta delante de sí una larga caminata rumbo al puerto o al punto exacto.

Amor y reparación

…la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación…

Mi madre rebosaba de adoración a Nuestro Señor Jesucristo, y le agradecía muchísimo. Pero la nota característica de su piedad con relación al Sagrado Corazón de Jesús consistía en el amor y en la reparación. Para ella, el Sagrado Corazón de Jesús era visto por excelencia como el gran rechazado, el gran agraviado, que amó a los hombres de un modo inextinguible y fue siempre mal   correspondido. Y ella lo adoraba en cuanto ofendido. Con una adoración evidentemente reparadora, pues tenía la intención de reparar. Además, ella pedía mucho, era muy suplicante.
Así, adoración, reparación y petición eran las tres notas características de un culto que rebosaba de gratitud. Un pequeño hecho que me parece que nunca conté, y que Doña Lucilia narraba con una gratitud única: cuando estalló la revolución de 1930, [el Presidente] Washington Luis convocó a todos los jóvenes a tomar las armas para defenderlo. Y mi madre no quiso, de ningún modo, que yo fuese. Yo tampoco quería. Fui a una hacienda de amigos en Campos do Jordão, y allí me quedé durante el período de la revolución.
Doña Lucilia quedó muy preocupada con este asunto, temiendo que, de repente, nos reclutasen y yo fuese llevado al frente de combate.
Un día ella fue a rezar por esa intención delante de la imagen del Corazón de Jesús, en la sala de visitas de la casa. Le llevó una rosa y le pidió que, con la mayor urgencia, hiciese cesar ese tormento, y le diese una señal de que atendería esa súplica.
En seguida, bajó de la sala al jardín, probablemente para continuar rezando un poco. Comenzó, entonces, a oír el tronar de los cañones, se alarmó y fue a ver qué estaba sucediendo. Poco después llegaron informaciones de que se trataba del fin de la revolución. Doña Lucilia fue corriendo a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús a agradecerle y encontró la rosa toda deshojada en el piso. Hasta el fin de su vida ella vibraba de gratitud cuando contaba eso.
No obstante, la nota preponderante de su devoción al Sagrado Corazón de Jesús era la reparación. Eso se reflejaba de un modo muy equilibrado en el trato de ella conmigo, en mis tiempos de niño.
Cuando yo hacía una acción mala, ella me llamaba y me decía las razones por las cuales eso era malo. Naturalmente, me explicaba que ofendía a Dios, que era pecado, etc. De vez en cuando ella también decía: “¿No te das cuenta de que eso hace sufrir a tu madre?” Al decir eso ella dejaba entrever tanto sufrimiento, pero tan lleno de afecto y de una tristeza infligida injustamente a ella
por mí, que me partía el alma. Y me ayudaba mucho a hacer el propósito de no repetir lo que había hecho.
(Extraído de conferencia del 5/3/1983)

1) Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.