El «unum» de la Iglesia estampado en las almas santas

Así como en la Iglesia hay un «unum» hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.

Todas mis admiraciones convergen hacia un punto: la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Ella contiene todas las perfecciones y bellezas, es la fuente de todo lo bueno, noble y grandioso. Incluso en las tristezas y en las miserias sin calificación de los días de hoy, la belleza del universo es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¡He aquí la gran verdad!

El unumen la Iglesia y en las almas santas

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Carlomagno – Iglesia Abacial de Saint-Florent du Mont-Glonne – Saint Florent le Veil – Francia

La perfecta armonía entre las esferas espiritual y temporal es uno de los puntos luminosos de la Iglesia Católica. Ella es la síntesis, y todo cuanto el espíritu pueda imaginar de elogioso, sin ningún miedo, puede ser aplicado a ella. Así como en la Iglesia hay un unum hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.
Imaginemos que nos fuese dado conocer a alguno de aquellos hombres antiguos que llenaron de admiración los tiempos de otrora. Por ejemplo, Carlomagno. Incluso sus adversarios –enemigos de la Iglesia Católica, por lo tanto–, cuando se referían a él, lo hacían con respeto. Él poseía una serie enorme de cualidades, pero había una que condensaba en sí todas las otras: ¡él era Carlomagno! Por así decir, su coraje era un coraje “carolingio”. En él había un núcleo de todas las cualidades que era ser él mismo, y todas sus otras cualidades eran como los pétalos de una flor, porque la flor propiamente era él.
Así es en la Iglesia Católica. Todas las almas deben tener su peculiaridad, y en eso está una de las grandezas de la obra de la Creación. Con todo, se puede decir que ciertas cualidades son comunes a algunos santos. Por ejemplo, santos pertenecientes a una misma Orden Religiosa. A pesar de tener características personales, no deja de ser verdad que ellos tienen, de un modo sobresaliente, algo en común que los diferencia de las demás órdenes. Por ejemplo, unos son jesuitas, otros franciscanos. Ahora bien, un alma como la del Bienaventurado Palau tuvo, de un modo muy especial, un amor a la Iglesia Católica hasta el punto de desposarse de modo místico con ella, como el propio Nuestro Señor Jesucristo. Él le consagraba, por lo tanto, un amor tan singular a la Santa Iglesia, que hacía de él su héroe y su cantor. 

Síntesis de virtudes en el alma de Doña Lucilia

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Mi madre, por ejemplo, era la síntesis completa que conocí de la seriedad de espíritu, de la misericordia, de la firmeza y de la bondad. Esas varias cualidades se reunían en ella para formar, digamos, un unum: ser Lucilia Corrêa de Oliveira. No hay una persona que yo haya conocido en cuya alma esas varias cualidades se registraban más, y a veces en cositas insignificantes. Un hecho minúsculo muestra el conjunto de esas cualidades. Se dio con una gata que estaba criando a sus gaticos en uno de los muros de nuestra casa. Era un inmueble pequeño. En el fondo del comedor había un muro que daba hacia un pasaje donde se guardaba un automóvil, y para cubrir ese muro y quedar así con un aspecto más agradable, el propietario de la casa de la cual nosotros éramos apenas inquilinos –una persona de muy buen gusto–, plantó una enredadera para cubrir el muro y quedar así más agradable a la vista. Era un muro muy bajo y yo no le daba mayor atención, ni a la enredadera.

Un día, durante el almuerzo, vi en la parte superior del muro un movimiento raro por debajo del ramaje, y dije:
– Mamá, vea qué raro ese movimiento encima del muro.
Con aquella dulzura que la caracterizaba, ella no dijo ni sí ni no, pasó por encima del tema, prefiriendo no tratarlo, pero yo quería saber qué había allí.
Ella me respondió:
– Sí, ya noté algo…
Yo dije:
– Pero estoy notándolo solo ahora.
Y dije a una criada portuguesa llamada Ana, que nos servía:
– Ana, vaya a ver qué hay en ese…
Miré a mi madre y la noté sin saber qué hacer. La criada se rio y dijo:
– Doctor, ¿Ud. no se dio cuenta de qué es? Doña Lucilia le está escondiendo algo…
– ¿Qué me está escondiendo ella?
– Es una gata que tiene sus crías ahí.
Yo no me indigné con mi madre, pero me indignó la idea de tener un muro lleno de gaticos andando de un lado para otro. De repente uno saltaba dentro del comedor. A mí me
gustan mucho uno o dos gaticos, más que eso, no.
– Coja una escoba, o una manguera para regar el jardín y saque a esa gata con todas sus crías, hasta que el último gatico esté fuera del terreno de la casa.
Mi madre se volvió hacia mí:
– ¡Ah, pobrecita! No hagas eso. ¿No ves que la pobre después puede perder uno de sus hijitos, dispersarse por ahí y nunca más encontrarlo?
– Mamá, ella no tiene raciocinio.
Ella pierde un hijo como uno de nosotros pierde un cabello.
Doña Lucilia, queriendo tocar más mi sentimiento que mi raciocinio, dijo:
– ¡Pobrecita! No hagas eso.
La palabra “pobrecita” estaba cargada de tanta bondad, tanta pena y tanto afecto, que yo le dije a la criada:
– Ana, cuide de esa gata y llévele leche todos los días.
Por lo tanto, era un pedido al cual yo iba a responder naturalmente “no”, pero mi madre me pidió de tal modo, que yo sería capaz de decir mil veces “sí”.
Es mucho más fácil comprender a un gato que tener compasión de él, pues es un ser irracional. Él no sabe que existe, no sabe nada, es un animal. Pero, como sobre él bajó la pena de Doña Lucilia, se pudo hallar una solución. Tener lástima de esa forma era tener tanta dulzura en el corazón que el gato recibía, en vez de un chorro de agua, la leche para todas sus crías.
A propósito, para ser bien positivo con respecto a ese hecho –una niñería–, yo recibí un pequeño premio con eso. Yo era muy joven, tenía unos 24 o 25 años más o menos, y nunca tuve tiempo para prestar atención en gatos. Sin embargo, con aquella gata y sus crías, comencé a observarlos y percibí cómo es un animal interesante, y pude sacar de ahí varios principios.

(Extraído de conferencia del 10/12/1993)

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Ambientes impregnados de una presencia regia y maternal

Doña Lucilia era una señora proporcionada a la relación con una reina, pero también con el más desafortunado, infeliz y menguado de sus hijos. Su sepultura en el Cementerio de la Consolación y los ambientes de su apartamento parecen estar impregnados de su presencia.

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El»Quadrinho»

Viendo fotografías aisladas de damas de la corte británica en el cortejo o en la tribuna de la nobleza, durante la coronación de la actual Reina, me dio la impresión de que una u otra podría ser la soberana, pues, como es propio de la presencia de la soberana comunicar algo regio a aquellos con quien ella trata, aquellas eran damas conforme a la Reina.
En esa perspectiva yo consiento, de muy buen grado, en atender el pedido de tratar sobre el
“Quadrinho”(1); sobre el ambiente donde mi madre vivió sus últimos años, es decir, el apartamento del primeiro andar (2); y también las gracias que se sienten en el Cementerio de la Consolación, junto a su tumba.

Digna ante la realeza y en la intimidad

No hay sobre la faz de la Tierra alguien más empeñado en elogiar el “Quadrinho” que yo. Allí mi madre no tiene nada de regio, ni debería tenerlo, pero estaría bien en un ambiente donde hubiese una reina. Ella está retratada en trajes domésticos, y se comprende que junto a una noble tuviese un traje de gala. Si estuviese con una reina en la intimidad, ella no necesitaba ser diferente para estar consonante con la majestad real.
¡Cuán atenta y respetuosa, cuán transformada en dedicación, en afecto, en respeto, en embebecimiento, en deseo de colocarse en el debido nexo y en la debida proporción con la
soberana que estuviese allí presente!WhatsApp Image 2024-04-20 at 14.10.41
Tal vez alguien podría preguntarse: ¿Será que una joya o un vestido de seda no le añadiría algo? Yo creo que esa es una pregunta tonta, pues eso iría bien para otra circunstancia, pero no sería necesario para aumentar su dignidad; son cosas diferentes. Caso las circunstancias lo impusieran, la indumentaria sería otra, no hay duda; allí mi madre está en la intimidad de la casa y su dignidad no necesitaba ser aumentada en nada. Sin embargo, si viniesen a avisarle que en su casa estaba una reina, sin duda alguna ella se apresuraría en
adornarse y ponerse su mejor traje de gala. Cuando la noble entrara, mi madre estaría con aquella misma naturalidad. Por lo tanto, en el glorioso cortejo de las damas nobles, habría un lugar para la señora del “Quadrinho”, pues allí ella está en perfecta proporción con la realeza.

Afabilidad de la señora del Quadrinho 

¡Noten, también, la afabilidad maternal! Se diría: “¿Entonces es una matriarca?” No propiamente. En el “Quadrinho”, mi madre no parece tener en vista la excelencia, el resplandor estupendo de aquello que un día ella alcanzaría por medio de sus oraciones. Sin embargo, parece haber visto a cada uno introducido en aquella misma intimidad, tratando con ella, con su distinción propia, en las distancias y hasta en las caricias, en el calor de la intimidad. Si ella, no obstante, era una señora puesta en proporción a la relación con una reina, tampoco quedaría más grande ni más pequeña al tratar con el más desafortunado, infeliz y menguado de sus hijos. Tomemos en consideración una imagen piadosa de la Santísima Virgen, por ejemplo, Nuestra Señora de las Gracias. Imaginemos que, en el momento en el cual Ella se fijase en nosotros –como se fijó en Santa Catalina Labouré–, Dios quisiera hacernos conocerla mirándolo a Él. Pues bien, ante el esplendor y la majestad de Dios, su Divino Hijo, Ella sería la misma. Si Judas Iscariote se le hubiera acercado – arrastrándose por el piso, vertiendo sangre, pus y mal olor– y dijera “Yo no tengo el valor de miraros…”, me da la impresión de que Nuestra Señora diría “Hijo mío”, incluso si él le fuera a hablar inmediatamente después de que Ella hubiera asistido al cierre del sepulcro de Nuestro Señor y de estar todo consumado.
Ahora bien, tomemos en consideración también la tumba del Cementerio de la Consolación. A mí me parece muy bonito el hecho de que, todo cuanto se tiene presente al ver el “Quadrinho” se vuelve, de algún modo, sensible a nosotros estando delante de su sepulcro. Sin embargo, yo no sería favorable a la idea de poner el “Quadrinho” allá, pues, por sus expresiones propias, la atmósfera que impregna el lugar es capaz de decir cosas que el 2331“Quadrinho” no dice. Noten que se trata de una tumba convencional, de un buen granito, con una cruz recostada sobre la piedra que la recubre. No hay nada en la naturaleza de aquel material que sugiera las impresiones que se tienen allí.
Alguien preguntará: “¿Por qué Ud. no mandó a hacer una cosa que sugiriera esas impresiones?” Yo no tenía ningún elemento para creer que debería ser diferente, y que a los ojos de los hombres ella fuera otra cosa más que una señora de familia tradicional, sepultada en el Cementerio de la Consolación.
Mi sistema, en esos asuntos, es andar paso a paso, mientras no haya indicios para suponer que algo va a suceder, y como no había datos, entonces actué de acuerdo con los convencionalismos.
El resultado fue bueno, porque el encanto que se siente allá no tiene explicación, y si el granito fuese rosado o de otro color más festivo, se diría: “De lejos vimos el granito maravilloso”. Y no es así. El granito oscuro es digno y serio, no es sino eso.

Ambientes impregnados de la presencia de Doña Lucilia

Analicemos ahora su residencia. Yo noto en el apartamento la misma atmósfera del “Quadrinhoy de la sepultura. Los salones, el comedor y el hall poseen un ornato que contribuye, a su modo, a expresar mucho de su alma. En esos ambientes figuran objetos antiguos de la familia de mi madre, con los cuales ella se sentía muy auténtica y muy a gusto. Con excepción de la silla mecedora, que está ligada al pasado de la familia, los demás muebles fueron mandados a hacer por mi padre en el Liceo de Artes y Oficios, cuando yo aún era niño, y son de un estilo usado en la Belle Époque (3), antes de la Primera Guerra Mundial. Aquel estilo artístico se encuentra caracterizado en la altura de loscap12_017
estantes.
Doña Lucilia tenía un reloj inglés fabricado en madera –modesto, digno, bueno– y también un pequeño escritorio acoplado a él. El sofá, yo lo mandé a hacer posteriormente, pero no es moderno. Las cortinas datan del tiempo de mi madre y también son cortinas convencionales. Cuando se entra en alguno de esos ambientes, se tiene la impresión de que ella está presente. Me parecen aún más expresivos los dos salones contiguos, en uno de los cuales está la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, delante de la cual ella rezaba tanto.
La mesita redonda junto al sofá de la sala de trabajo no existía en el tiempo de mi madre, porque era donde yo me quedaba conversando con ella. Sin embargo, cuando ella ya no estaba, yo mandé colocar allí ese mueble junto con un abatjour para llenar –¡pobre llenar!– su ausencia, mientras yo leía un poco, recostado durante las siestas. En fin, da la impresión de que todo está impregnado de su presencia.

(Extraído de conferencia del 28/9/1981)

Notas
1) En portugués, diminutivo de cuadro. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos, con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia.
2) En portugués, segundo piso del edificio donde vivían el Dr. Plinio y sus padres.
3) Del francés: Bella Época. Período entre 1871 y 1914, durante el cual Europa experimentó profundas transformaciones culturales, dentro de un clima de alegría y brillo social.

Convivencia amena y formativa

Lleno de saudades, el Dr. Plinio recuerda su convivencia con Doña Lucilia con  ocasión de las temporadas de reposo que pasó en Aguas da Prata, donde su madre,
sin importarle sus propios sufrimientos, distraía y formaba a su hijo con las historias de Bécassine.

Doña Lucilia comentó conmigo innumerables veces las historias de Bécassine. Como la Fräulein me enseñaba francés y yo ya había estado en Francia, sabía hablar un poco de esa lengua. Por eso, yo mismo leía la historieta, no era necesario que mi madre me la contara. Pero ella me explicaba las escenas y actuaba con mucho sentido educativo, porque a veces me incentivaba a hacer comentarios.
Y yo, siempre muy locuaz y expansivo desde mi primera infancia –a propósito, es un hábito que no perdí–, hacía muchas preguntas porque no entendía bien ciertas narraciones, y ella
me dejaba hablar a gusto, sobre todo cuando era más niño. Yo leía otras cosas por mí mismo y comentaba, mientras ella rectificaba o desarrollaba mis comentarios. Sin embargo, la raíz era mi comentario y no su explicación.

Entre más ella sufría, más se entregaba

com-guarda-chuva-all-francaiseLo que más me acuerdo con respecto a Bécassine se refiere a una temporada que pasé en Águas da Prata. En aquel tiempo era un poblado, pero después creció. Allá había aguas consideradas muy benéficas para quien padecía de enfermedades hepáticas. Como mi madre sufría mucho del hígado, íbamos allá con frecuencia para hacer estancias que, según las costumbres del tiempo y la orden médica, deberían ser de veintiún días. Generalmente viajábamos durante mis vacaciones. Iban mi padre y mi madre, mi hermana y yo; a veces también mi abuela y otros parientes. Ellos no necesitaban ir por indicación médica, sino apenas para distraerse, pues el ambiente del hotel era simple y tenía comida de buena calidad. Sobre todo, ¡me acuerdo de los excelentes cabritos, de la mantequilla muy buena, hecha con leche de cabra, y del excelente pan! Para mí, eso ya bastaba.
En esa temporada a la cual me refiero, yo tenía unos doce años, más o menos, y me enfermé. El médico me recomendó acostarme inmediatamente, y ella se quedó cuidándome. Yo no necesitaba nada más, pues tenía una confianza total en ella, y ni siquiera quise saber cuál era la enfermedad. Entonces, con paciencia, bondad y afecto muy grandes, mi madre me hacía compañía. A veces se sentaba a mi lado o en mi cabecera, apoyada sobre las almohadas y colocando delante de mí la historieta de Bécassine para que la hojeáramos juntos. Sin embargo, cuando yo estaba saludable sucedía lo contrario: Doña Lucilia se acostaba durante el día y cerraba la veneciana de su cuarto, por donde entraba una luminosidad muy agradable; nunca fui amigo de luces muy fuertes, siempre preferí la luz tamizada. En esas ocasiones, yo iba hasta su cuarto llevando a Bécassine, me recostaba a su lado y comentábamos la historieta. Yo estaba seguro de que ella tenía por eso una gran atracción, pues siempre mostraba mucho interés y complacimiento. A tal punto nunca me pasó por la mente que a ella no le estuviese gustando aquello. Solo a mis cuarenta años, más o menos, me surgió la duda a ese respecto, pero ya era tarde…

¡Me gusta que él esté aquí!

plinio_marineroCuando yo me daba cuenta de que todos los niños de la familia estaban jugando afuera, en el jardín, ¡yo huía! Pasaba por mi cuarto –contiguo al de ella–, cogía a Bécassine y me iba a sus aposentos. Ahora bien, si ella estaba con los ojos cerrados, no la despertaba, claro, pero eso sucedía de un modo relativamente raro. Generalmente, mi madre estaba rezando o descansando, viendo algo, e incluso en oración, yo entraba sin escrúpulos de interrumpir, pues me parecía que después ella tendría tiempo para rezar, y decía:
Mãezinha (1), el otro día dejamos Bécassine en tal punto, ¿podemos continuar ahora?
– ¡Claro, hijo mío, ven aquí!
A veces, para liberarla, mi padre entraba y decía:
– Plinio, ¿no ves que tu madre está descansando?
Y ella decía con mucha bondad:
– A mí me gusta que él esté aquí.
Yo miraba a mi padre y decía:
– ¿Ya vio?, ella está gustando…
Creo que ella hacía, por detrás de mí, alguna señal para que él no insistiese. Entonces mi padre hacía una cara de desolación, como diciendo: “No hay remedio…”, y salía del cuarto.

(Extraído de conferencia del 9/6/1984)

NOTA
1) En portugués, diminutivo afectuoso de madre.

El ‘tonus’ de la personalidad de Doña Lucilia

Junto a una afectividad toda brasileña, Doña Lucilia tenía el charme (1) francés. Al sentirse envuelto por ese afecto vivo, el Dr. Plinio reconocía la connaturalidad del ambiente de su infancia con el ambiente descrito en el libro de Bécassine.

plinio_doc3b1aluciliaLa formación en la juventud de Doña Lucilia fue hecha en función de Francia como la tierra de la luz, donde las cosas son como deben ser, y de donde emanaba el patrón de pensamiento, elegancia, distinción y de maintien (2) para toda la Tierra. Por esa razón, ella tenía esa noción muy viva a través de libros, de periódicos, de revistas y de la visita hecha a ese país. Mi madre tenía una idea tan exacta de todo aquello, que para ella las historias de Bécassine eran un encanto de pequeñas descripciones de un mundo conocido por ella, en el cual había estado y había sido la luz un poco lejana, pero continua, de toda su formación intelectual y psicológica.

Una señora afrancesada

Podemos tener un poco esa idea viendo la fotografía tomada en París, en la cual ella aparece de pie. Es un tipo físico brasileño, pero el tonus (3) es francés. ¡No solo porque le tomaron la foto en Francia, porque si le tomaran la foto en la Cochinchina, ella sería exactamente así!
Si prestamos atención en un cuadro de Doña Gabriela, mi abuela, notamos que ella no era una marquesa, ¡pero tiene cualquier cosa que hace recordar a Madame de Grand-Air! Doña Lucilia sabía muy bien que su madre no era marquesa, pero miraba a Madame de Grand-Air como una especie de variante parisina de Doña Gabriela.
¡Todo el mundo en el tiempo de ella era así!

Un afecto delicadísimo

becassineComo mi madre tenía ese afrancesamiento del modo de ser, junto a una afectividad toda brasileña, su afecto era delicadísimo, educadísimo, noble y de salón, ¡incluso en la mayor intimidad! Y yo me sentía envuelto por ese afecto vivo, en el cual yo reconocía la connaturalidad con el ambiente del libro de Bécassine.
Digamos, por ejemplo, Madame de Grand-Air llegando al bautismo de Bécassine. ¡Ella tenía para con los Labornez una acogida, que yo sentía multiplicada por mil en la forma de afecto de mi madre hacia mí de niño!
No me puedo olvidar de que ella, cuando habitualmente hablaba conmigo, decía “filhão”(4), aunque yo fuese mucho menor que ella. ¡No sé por qué! Y yo la llamaba “mãezinha”(5).
Pero incluso el “filhão” –que es un modo más íntimo de llamar– era tan ceremonioso y en el tono de voz había inflexiones tan nobles y, al mismo tiempo, tan afectuosas, y entra ban en el corazón de modo tan directo, que yo pensaba: “¡Esto, desde el punto de vista afectivo, es una quintaesencia de lo que está narrado en esa historieta, porque la de Grand Air no quería a esa gente suya como mi madre me quiere!”
Digamos, por ejemplo, regresando de Águas da Prata en tren. Era natural que una gran parte del viaje yo volviera sentado a su lado. ¡Aunque conversando raramente, porque los asuntos se agotan, pero solo para sentirnos juntos! Si en algún momento Doña Lucilia quisiese que yo cogiese una maletica arriba, nunca diría: “Plinio, ¡coge la maleta ahí arriba!”.
Ella diría: “Hijo mío –o entonces, filhão–, ¿quieres coger para tu madre la maleta ahí arriba?”
Yo no estoy logrando expresarme, pero son cosas más o menos inefables, no se narran por entero. Sin embargo, era afrancesado. Mi madre era para mí una versión de la vida del mundo de Madame de Grand-Air, como, a propósito, lo era también, a su modo, mi abuela.

Rasgos de Madame de Grand-Air en Doña Gabriela

capv086Mi abuela, por ejemplo, era quien presidía la mesa. Es natural, era la dueña de la casa. En aquellas familias antiguas de mucha gente, era frecuente haber entre diez a quince personas en la mesa para almorzar y cenar. Ella presidía, y mantenía la conversación de la vida de familia, cuando no discutían temas como religión y ateísmo. En cierto momento –¡era invariable!– mi abuela se levantaba de la comida e iba a una silla mecedora. Algún tiempo después se iba a sus aposentos a hacer la siesta o algo así, la vida de una señora.
Yo todavía me acuerdo de la forma en que mi abuela se levantaba
de la silla. Nos daba la impresión del montaje de un monumento. Cuando ella estaba de pie, el monumento estaba constituido. Solo entonces comenzaba a andar. Ella tenía unos pies minúsculos, era gorda como Madame de Grand-Air y andaba exactamente con aquel paso lento de ese personaje, y desaparecía en sus aposentos dejando a todo el mundo conversando. Sin embargo, su presencia se quedaba, confiriéndole nobleza a todo. Yo miraba la figura de Madame de Grand-Air y me acordaba de mi abuela.

Completando el cuadro con una nota portuguesa

Mi madre trataba a mi abuela con mucho respeto. Por ser su madre, pero también porque veía lo que había de poco común en Doña Gabriela. Además, la trataba con mucha cortesía, con mucho afecto, y todo eso formaba un mundo “grandairoso”, que se mezclaba armónicamente con la influencia portuguesa.
Mi padre, como ya dije otras veces, era pernambucano, de una pequeña ciudad a unas tres o cuatro horas de Recife. En aquel tiempo el polo cultural de Recife no era París, sino Lisboa. Entonces mi padre sabía canciones y poesías portuguesas, había leído bastante de los autores de esa nación, su formación jurídica tenía una nota lusa muy fuerte. Él representaba la nota brasileña y portuguesa que se juntaba a la nota francesa de ellas, formando un todo. Por ejemplo, él era un hombre de carcajadas sonoras, tenía una voz fuerte y de un timbre agradable. Cuando él se reía, su risa cubría la casa. ¡Era una carcajada saludable! Pero cuando trataba a mi madre y a mi abuela era muy respetuoso, muy atento. Y a ellas se les hacían divertidas las “portuguesadas” nordestinas de él. Y ese fue el ambiente peculiar dentro del cual yo me formé, viendo en muchos aspectos la relación con Bécassine.

(Extraído de conferencia del 15/5/1980)

NOTAS
1) En francés: encanto.
2) En francés: porte, compostura.
3) Del latín: tonalidad, tono.
4) En portugués, diminutivo afectuoso de hijo.
5) En portugués, diminutivo afectuoso de mamá.