El «unum» de la Iglesia estampado en las almas santas

Así como en la Iglesia hay un «unum» hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.

Todas mis admiraciones convergen hacia un punto: la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Ella contiene todas las perfecciones y bellezas, es la fuente de todo lo bueno, noble y grandioso. Incluso en las tristezas y en las miserias sin calificación de los días de hoy, la belleza del universo es la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¡He aquí la gran verdad!

El unumen la Iglesia y en las almas santas

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Carlomagno – Iglesia Abacial de Saint-Florent du Mont-Glonne – Saint Florent le Veil – Francia

La perfecta armonía entre las esferas espiritual y temporal es uno de los puntos luminosos de la Iglesia Católica. Ella es la síntesis, y todo cuanto el espíritu pueda imaginar de elogioso, sin ningún miedo, puede ser aplicado a ella. Así como en la Iglesia hay un unum hacia el cual convergen todas sus perfecciones, también las almas santas tienen sus peculiaridades, pero hay algo en ellas que es la síntesis de todas las virtudes.
Imaginemos que nos fuese dado conocer a alguno de aquellos hombres antiguos que llenaron de admiración los tiempos de otrora. Por ejemplo, Carlomagno. Incluso sus adversarios –enemigos de la Iglesia Católica, por lo tanto–, cuando se referían a él, lo hacían con respeto. Él poseía una serie enorme de cualidades, pero había una que condensaba en sí todas las otras: ¡él era Carlomagno! Por así decir, su coraje era un coraje “carolingio”. En él había un núcleo de todas las cualidades que era ser él mismo, y todas sus otras cualidades eran como los pétalos de una flor, porque la flor propiamente era él.
Así es en la Iglesia Católica. Todas las almas deben tener su peculiaridad, y en eso está una de las grandezas de la obra de la Creación. Con todo, se puede decir que ciertas cualidades son comunes a algunos santos. Por ejemplo, santos pertenecientes a una misma Orden Religiosa. A pesar de tener características personales, no deja de ser verdad que ellos tienen, de un modo sobresaliente, algo en común que los diferencia de las demás órdenes. Por ejemplo, unos son jesuitas, otros franciscanos. Ahora bien, un alma como la del Bienaventurado Palau tuvo, de un modo muy especial, un amor a la Iglesia Católica hasta el punto de desposarse de modo místico con ella, como el propio Nuestro Señor Jesucristo. Él le consagraba, por lo tanto, un amor tan singular a la Santa Iglesia, que hacía de él su héroe y su cantor. 

Síntesis de virtudes en el alma de Doña Lucilia

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Mi madre, por ejemplo, era la síntesis completa que conocí de la seriedad de espíritu, de la misericordia, de la firmeza y de la bondad. Esas varias cualidades se reunían en ella para formar, digamos, un unum: ser Lucilia Corrêa de Oliveira. No hay una persona que yo haya conocido en cuya alma esas varias cualidades se registraban más, y a veces en cositas insignificantes. Un hecho minúsculo muestra el conjunto de esas cualidades. Se dio con una gata que estaba criando a sus gaticos en uno de los muros de nuestra casa. Era un inmueble pequeño. En el fondo del comedor había un muro que daba hacia un pasaje donde se guardaba un automóvil, y para cubrir ese muro y quedar así con un aspecto más agradable, el propietario de la casa de la cual nosotros éramos apenas inquilinos –una persona de muy buen gusto–, plantó una enredadera para cubrir el muro y quedar así más agradable a la vista. Era un muro muy bajo y yo no le daba mayor atención, ni a la enredadera.

Un día, durante el almuerzo, vi en la parte superior del muro un movimiento raro por debajo del ramaje, y dije:
– Mamá, vea qué raro ese movimiento encima del muro.
Con aquella dulzura que la caracterizaba, ella no dijo ni sí ni no, pasó por encima del tema, prefiriendo no tratarlo, pero yo quería saber qué había allí.
Ella me respondió:
– Sí, ya noté algo…
Yo dije:
– Pero estoy notándolo solo ahora.
Y dije a una criada portuguesa llamada Ana, que nos servía:
– Ana, vaya a ver qué hay en ese…
Miré a mi madre y la noté sin saber qué hacer. La criada se rio y dijo:
– Doctor, ¿Ud. no se dio cuenta de qué es? Doña Lucilia le está escondiendo algo…
– ¿Qué me está escondiendo ella?
– Es una gata que tiene sus crías ahí.
Yo no me indigné con mi madre, pero me indignó la idea de tener un muro lleno de gaticos andando de un lado para otro. De repente uno saltaba dentro del comedor. A mí me
gustan mucho uno o dos gaticos, más que eso, no.
– Coja una escoba, o una manguera para regar el jardín y saque a esa gata con todas sus crías, hasta que el último gatico esté fuera del terreno de la casa.
Mi madre se volvió hacia mí:
– ¡Ah, pobrecita! No hagas eso. ¿No ves que la pobre después puede perder uno de sus hijitos, dispersarse por ahí y nunca más encontrarlo?
– Mamá, ella no tiene raciocinio.
Ella pierde un hijo como uno de nosotros pierde un cabello.
Doña Lucilia, queriendo tocar más mi sentimiento que mi raciocinio, dijo:
– ¡Pobrecita! No hagas eso.
La palabra “pobrecita” estaba cargada de tanta bondad, tanta pena y tanto afecto, que yo le dije a la criada:
– Ana, cuide de esa gata y llévele leche todos los días.
Por lo tanto, era un pedido al cual yo iba a responder naturalmente “no”, pero mi madre me pidió de tal modo, que yo sería capaz de decir mil veces “sí”.
Es mucho más fácil comprender a un gato que tener compasión de él, pues es un ser irracional. Él no sabe que existe, no sabe nada, es un animal. Pero, como sobre él bajó la pena de Doña Lucilia, se pudo hallar una solución. Tener lástima de esa forma era tener tanta dulzura en el corazón que el gato recibía, en vez de un chorro de agua, la leche para todas sus crías.
A propósito, para ser bien positivo con respecto a ese hecho –una niñería–, yo recibí un pequeño premio con eso. Yo era muy joven, tenía unos 24 o 25 años más o menos, y nunca tuve tiempo para prestar atención en gatos. Sin embargo, con aquella gata y sus crías, comencé a observarlos y percibí cómo es un animal interesante, y pude sacar de ahí varios principios.

(Extraído de conferencia del 10/12/1993)

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Idea de patriotismo muy acentuada

Además de ser una paulista típica, Doña Lucilia también era una brasileña en todo el sentido de la palabra, y tenía una idea del patriotismo muy acentuada. No obstante, los dos polos de su espíritu eran Portugal y Francia. Sus antepasados eran originarios de una familia muy respetada de Porto, y tenía una  admiración
especialísima por Francia.

cropped-sec3b1ora_doc3b1a_lucilia_009.jpgDoña Lucilia fue una paulista característica; aunque muy abierta, muy afectiva hacia todos los otros Estados de Brasil, no tenía exclusivismos. A propósito, se casó con un pernambucano, y cuando ella notaba en mí o en mi hermana trazos del alma pernambucana, muy combativa, le parecía gracioso.

Brasileña en el sentido propio del término

Mi hermana, por ejemplo, tenía una forma de ser muy combativa: lo que quería, lo quería, y no cedía. Generalmente las niñas de São Paulo son más flexibles, más armoniosas. Ella no. Cierta vez mi madre le preguntó a mi padre:
– ¿De quién sacó la niña ese temperamento?
Él respondió:
– A la tía Memela.
Mi madre preguntó quién era la tía Memela. Se trataba de una tía de mi padre, famosa en Pernambuco por su fuerza de voluntad. Cuando ella quería algo, tenía que ser hecho. La tía Memela incluso usaba una porra. Si alguien de hecho se resistía, le daba un porrazo a los esclavos y a los hijos, pues ella era todavía del tiempo de la esclavitud. Cuando mi hermana estaba muy recalcitrante, mi madre sonreía y decía:
– ¡Ahí está la tía Memela!
Además de ser una paulista típica, mi madre era también una brasileña en todo el sentido de la palabra. Tenía una idea de patriotismo muy acentuada y, por lo tanto, no era una persona que admitiese de buen grado que algún país estuviese por encima de Brasil. A veces mi hermana y yo nos burlábamos de ella, afectuosamente. Hay algunos animales aquí en Brasil que son muy feos. En cierta ocasión hicimos un viaje por el interior de Brasil, en automóvil, y veíamos pasar unos pájaros enormes llamados
seriemas. ¡Son unos monstruos! Yo vi aquella cantidad de seriemas y le pregunté a mi madre:
Mãezinha(1), ¿qué son esos animales?
Ella, sin percibir que a mí me parecían horrorosos, dijo:
Seriemas.
Y yo, para molestarla, dije:
– Ahí está lo que Brasil produce… es la tierra de la seriema.
A ella no le gustaba eso. Le parecía que Brasil debía ser tratado con todo respeto.

Dos polos de su espíritu: Portugal y Francia

Plinio y Rosée

Plinio y Rosée en Parías, 1912

No obstante, los dos polos de su espíritu eran Portugal y Francia. A ella le gustaba mucho contar que su familia era originaria de Porto, cuáles habían sido los acontecimientos dramáticos que llevaron a su antepasado portugués a huir al Brasil, en qué condiciones se dio la fuga, cómo se instaló en São Paulo…
A mi madre le complacía mucho mostrar esa unión con Portugal. En cierta ocasión, ella  conoció a un sacerdote que vino a preguntarle si era de tal familia de Porto. Ella dijo:
– Muy remotamente, sí. Uno de mis antepasados desciende de esa familia.
– Ah, porque es una familia muy respetada en Porto. La conozco mucho.
Entonces mi madre les mandó saludos. Cosas de esas a ella le gustaban.
El otro polo – no es necesario decir que especialísimamente– era la douce France.

Cirujano de fama mundial y médico del Kaiser

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Dr. August Karl Bier

Pero, para que vean cómo era el patriotismo de Doña Lucilia, cuento el siguiente episodio.
Cuando mi madre tenía un poco más de treinta años, estuvo muy enferma. Los médicos en São Paulo le dijeron que era necesario extraerle la vesícula biliar. Pero, hasta aquel momento, no se hacía ese tipo de operación en Brasil. Había un gran médico alemán, el Dr. Bier, cirujano de fama mundial, que le había extraído la vesícula biliar a una señora de la India. Fue el primer caso en la Historia. Doña Lucilia sería el segundo caso en someterse a ese riesgo. Pero no habiendo otro remedio, quiso disponerse a eso. Fue a Europa y se sometió a la cirugía. El médico iba todos los días a verla; le gustaba mucho conversar con ella, y aunque mi madre no hablaba alemán, conversaba con él en francés. El Dr. Bier era también médico del Káiser Guillermo II. Cierto día, él llegó al pie de su cama y, no sin cierta ingenuidad asombrosa –como médico, él tenía la obligación de evitar cualquier cosa que contrariase a su paciente, pero creo que no percibió lo que estaba haciendo–, dijo: – Señora, tengo que contarle una cosa que la va a animar.
Mi madre preguntó amablemente:
– ¿Qué es, Doctor Bier?
– Estuve hoy temprano con el Emperador para examinarlo, y lo encontré con su Estado Mayor. Ud. no sabe lo que tenían encima de la
mesa y estaban analizando: era un mapa de Brasil, y estudiaban la posibilidad del desembarco de un escuadrón alemán para tomarse una porción del país, estableciendo una colonia allá.
¡Es lo último que él debía decirle a una persona recién operada! Pero creo que él consideraba un honor tan grande para una región el hecho de ser colonizada por Alemania, que es la única explicación que encuentro…

Indignación y protesta de Doña Lucilia

Guillermo II y sus generalesEntonces, él le explicó que en el Estado de Santa Catarina ya vivían muchos alemanes y, por lo tanto, podían enviar más. Por otro lado, Alemania tenía tales tropas, tales navíos… y le contó a ella toda la historia. Y mi madre oyendo aquello con frialdad.
Él le preguntó:
– ¿Por qué Ud. está así?
– Es natural, Doctor. ¿Ud. en qué está pensando? Ud. está hablando de cortar mi patria, someter una parte de ella a la suya; ¿Ud. piensa que yo estoy contenta de algo como eso? ¡Estoy indignadísima y protesto!
– ¿Pero su país tendría medios de oponerse a eso?
– Mire, nosotros tenemos bosques muy densos, y dentro de ellos, indios con flechas envenenadas. Ellos huirán hacia el interior de las selvas, ustedes los persiguen y reciben una lluvia de flechas envenenadas que vienen de todos lados, ¡y bien que se lo merecerían!
Él sacó un cuadernillo y tomó nota:
– Le voy a contar esto al Káiser.
Era un gran médico, realizó una excelente operación; ella lo estimaba mucho, pero el Dr. Bier no se dio cuenta de la situación psicológica de su cliente. Un gran médico debe ser un poco psicólogo, pero él no se dio cuenta.
Al día siguiente él volvió a examinarla y le dijo:
– Señora Oliveira, tengo un recado del Káiser para Ud.
Mi madre pensó que él nunca más trataría de la cuestión, y preguntó:
– ¿Qué?
– El Káiser le mandó saludos y sus simpatías, porque aprecia mucho a las señoras patriotas, tal como Ud. se mostró.
Creo que el Káiser percibió que su médico había cometido un error y quiso arreglarlo un poco de esa forma. Es un modo amable de intentar contornear el problema. Pero ella no estaba para eso; hizo una fisionomía contrariada y dijo:
– Mire, dígale al Káiser que yo no acepto sus saludos. Si va a visitar Brasil con intenciones amistosas, está muy bien. Con la intención de tomárselo… ¡no cederemos ni una pulgada!

(Extraído de conferencia del 16/9/1985)


1) En portugués, diminutivo afectuoso de “mamá”, con el cual el Dr. Plinio trataba a Doña Lucilia.

Un corazón materno extraordinario

A veces, el Dr. Plinio iba a pasear con Doña Lucilia en la Plaza Buenos Aires, en San Pablo. Teniendo un corazón materno extraordinario, ella interrumpía su caminata para agradar a los niños que allí jugaban.

Algunas veces yo paseaba con Doña Lucilia. Ella no acostumbraba mucho a salir de casa y yo tampoco tenía mucho tiempo para pasear con ella, pues mi vida era bastante ocupada. Pero a veces salíamos.

Un modo singular de pasear

Lucilia_correade_oliveira_012Cuando ella estaba viva, el tránsito en la Avenida Angélica era mucho menor que hoy en día. Entonces atravesábamos esa vía arteria e íbamos a pasear en la Plaza Buenos Aires. Dábamos una vuelta a la manzana y después volvíamos a casa. Al final de la vida de mi madre eso se volvió imposible. Por un lado, porque al estar más anciana tenía más dificultad para caminar.
Por otro, a causa del tránsito que aumentó mucho, era una verdadera temeridad hacerla atravesar la esquina cercana a nuestro departamento. Por eso dejé de llevarla hasta la plaza.
En el tiempo en que podíamos pasear juntos, ella andaba de un modo singular. Yo me hacía a su izquierda, manteniéndome al lado de afuera de la acera, de tal forma que ella caminaba al lado del jardín de la plaza. Íbamos conversando sobre algunas cositas pero ella con frecuencia paraba y me hacía observar esta o aquella planta, tal otro follaje, o entonces, como siempre iban muchos niños que vivían en aquellos apartamentos a jugar allí, ella paraba y los agradaba. Tenía una habilidad extraordinaria o, mejor dicho, un corazón materno excepcional para agradar a los niños. Entonces ella los encantaba y las mamás y las niñeras sonreían, le hacían un pequeño saludo, y continuaba andando. De manera que era una vuelta demorada, porque había cierto número de cosas para ver. A este propósito, desconfío que si ella no supiese que yo no disponía de mucho tiempo, demoraría aún más. Pero ella percibía que mi tiempo era muy contado y entonces abreviaba un poco.

Gratitud hacia el hijo que cumplía su obligación

Generalmente, cuando ya estaba bien anciana, volvía cansada. Al llegar a la esquina de la calle de nuestra casa, si ella quería, parábamos para que respirase un poco. Después entrábamos en el edificio. Yo la acompañaba hasta arriba, abría la puerta y la hacía entrar.
Ella me besaba a ambos lados del rostro y me agradaba. A pesar de que era mi obligación acompañarla en el paseíto – la obligación más elemental de un hijo –, ella siempre me lo agradecía. Yo me despedía y me iba al trabajo.

(Extraído de conferencia del 26/8/1983)

El servicio de Dios por encima de todo

Doña Lucilia no permitía que su hijo arriesgase la vida por causa de una revolución política cualquiera. Pero prefería morir o verlo muerto si él no tomase las armas en una guerra en defensa de la Santa Iglesia.

En 1950, el Obispo de Jacarezinho se empeñó en que yo me lanzase como candidato a diputado federal por esa ciudad. Yo estaba llegando de Europa y tenía apenas quince o veinte días para hacer campaña electoral.

Alegría por una candidatura frustrada

sdlAsí, pasé repentinamente de París a las carreteras que unían varias ciudades del Norte de Paraná, en aquel tiempo las más polvorientas que se pueda imaginar, sin hablar de los sobresaltos e incomodidades de la campaña electoral.
Cuando me despedí de mi madre para ir a Paraná, así como también en el regreso a São Paulo, después de la campaña electoral, ella me trató, como de costumbre, con mucho afecto y cariño, pareciéndome todo normal. No presté mayor atención en sus reacciones, tratándola con la confianza sin límites que yo le tenía, habituado a la idea de que todo lo que ella hiciese era siempre lo mejor posible, estaba perfecto. A propósito, casi puedo decir
que solo prestaba atención en ella para admirarla, quererla e imitarla.
Cuando comenzaron a llegar los resultados de los escrutinios se constató que, aunque yo había recibido una buena votación para tan poco tiempo de campaña, no completaba el número suficiente de votos para mi elección.
Al recibir la noticia de que yo no había sido elegido, Doña Lucilia, con la serenidad y el timbre de voz al mismo tiempo grave y dulce que le eran característicos, me dijo:
– ¡Cómo me alegro de tu derrota!
Yo quedé espantado y le dije:
– Pero, mi bien, ¿por qué dice una cosa de esas? ¿No ve que yo podría ser diputado y prestar servicios a la Religión?
– Hijo mío, es verdad. Y si Dios así lo quisiese, yo también lo querría. Pero me alegro de que Él no lo haya querido, porque por lo menos no te vas a Río y te quedas más cerca de mí.
– Pero, ¿no le gustaría tener un hijo elegido una vez más como diputado?
– La vida, hijo mío, no es eso. Por debajo del servicio de Dios, vivir es estar juntos, mirarse y quererse bien.
Ese es un concepto tan anti-moderno, como no conozco ningún otro. Noten que, si yo tuviese que vivir en Tonkín para el servicio de Dios, ella habría concordado enteramente. Por lo tanto, no era una palabra vacía.

Morir por la Religión, sí; pero no por una revolucioncita

Cierta vez hubo una convocatoria de reservistas para una de nuestras revoluciones, y ella quiso que yo me escabullese. Entonces, un tío mío, bromeando con ella, le dijo: – Entonces, Lucilia, el día en que Brasil entre en guerra, ¿no podrá contar con ese soldado?
Ella respondió:
– No, ¡te engañas mucho! Si es para una guerra justa, yo preferiría morir o ver a mi hijo muerto, a constatar que él no tomó las armas, sobre todo en defensa de la Religión. Pero por causa de esa revolucioncita no quiero arriesgar la vida de mi hijo.
Mi tío, que era liberal hasta la raíz de los cabellos, quedó horrorizado con esa impostación de morir por la Religión.
Se despidieron, ella cerró la puerta y volvió a entrar en la casa con aquella calma recogida, poblada de sobrenatural.
(Extraído de conferencia del 24/5/1969)

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