Una señora habilidosa, ¡hasta lo inimaginable!

Irreductibilidad en el cumplimiento del deber, dulzura para corregir los lados malos Doña Lucilia tenía, en alto grado, el equilibrio entre la placidez y  la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención.

Hay una actitud de alma que yo nunca vi en mi madre, la de la manía de un bruto atascado sin razón: “De aquí no salgo, de aquí nadie me saca”. Por el contrario, ella siempre poseía la mayor afabilidad, la mayor disponibilidad, a cualquier momento, para moverse en cualquier dirección.

Ausencia completa de caprichos

Ella murió con 92 años, cuando nací tenía 32. En sesenta años de convivencia con ella, nunca la vi tener un capricho o algo que la atorase de repente. Absolutamente, nunca vi en ella uno de esos espasmos nerviosos, incluso en ocasiones de mucha alegría o de mucha tristeza. Era como algunos de nuestros ríos de la cuenca amazónica, que no tienen piedras en el medio, no hay caídas de agua ni nada: van, van y van… Así era ella.

Mi madre tenía en alto grado el equilibrio entre la placidez brasileña y la disponibilidad, la presteza y el movimiento, la solicitud y la atención, sin nunca salir de la placidez. Quien la viera a primera vista, diría: “¡Qué señora bien sentada y agradablemente instalada!”

Atenta a todo lo que estaba a su alcance

Ella no perdía nunca lo que era capaz de alcanzar con su mirada y que pasara en su periferia. Yo ya dije que ella era solo medianamente inteligente, no era muy inteligente; pero no pasaba cerca de ella algo que estuviera a su alcance que no lo relacionara, sin esfuerzo y sin agitación, sin afán. Y con una aplicación continua, serena. Ella tenía una gran elevación de alma. Sin embargo, no desdeñaba ni lo más minúsculo. Yo a veces la pinchaba, diciéndole que era demasiado meticulosa en ciertas cosas. Ella era meticulosa, pero sin dejar lo más alto, haciendo que lo más alto habitara en todo, estuviera presente en todo, ordenara todo y con un selectivo a la luz de ese punto de partida mental, interno, un selectivo que nunca vi equivocarse. Algo curioso: ella podía tener –sobre todo cuando era más joven y yo había ejercido menos influencia sobre ella– lados un tanto liberales de doctrina subconsciente, que influían en su selectivo. Pero, mostrado ese error –¡y con qué precisión y muchas veces con qué reverente vigor, pero mostradísimo!, ella acababa afinando el paso cuando veía que estaba correcto. Creo que, si puedo decir que recibí algo de la lógica de los jesuitas, recibí de ella enormemente otras cosas. Ella era muy comunicativa de esa elevación. La transmitía mucho, la irradiaba mucho, lo cual, a propósito, se ve en el Quadrinho1; en él se hace evidente.

Suavizadora de los lados malos de las almas

Había una actitud en ella que afinaba, a propósito, mucho con mi modo de entender la devoción a Nuestra Señora –la práctica de la devoción, no su fundamento teológico–, pero un trazo sobresaliente en ella, en su relación con los demás, era el de ser compasiva. Yo no conocí a nadie tan compasivo como ella. De una compasión ordenante, no de una ópera italiana: “¡Pobre hijo! ¡Pobre amada!” Me acuerdo, más de una vez: con relación a esa o aquella persona yo afirmaba un aspecto como cortando con espada… Ella no lo negaba, oía todo, después me decía –con una modulación de voz y una forma de hablar que me dejaba sin saber qué decir, ella no percibía que eso era touchant2, lo hacía con la mayor naturalidad que se pueda imaginar–: “¡Pobrecito, es verdad! Pero ve, tiene tal lado así y tal otro, y otro que, al fin de cuentas, si lo atendiéramos, veríamos que él tiene un atenuante…” Si ella hubiese tratado con aquella persona en la ocasión “X” de la vida de ese individuo y hubiese tenido esa compasión, ella habría ablandado dentro de la persona, no el bien, sino el mal.

Ella era una suavizadora de rebeliones como nunca vi algo igual. Pero por la compasión, por la pena. La persona objeto de esa compasión se desarmaba y tomaba una forma de dulzura, que estoy explicando de un modo muy incompleto, pero hay ciertas cosas que el vocabulario humano no consigue expresar.

¡Cómo vi gente rechazar eso! ¡Y rechazar por autosuficiencia! “¡No quiero que tengan compasión de mí!” U otras cosas del estilo: “Siento que eso me va a desarmar la rebeldía y estoy utilizándola para conseguir tal cosa, por lo tanto, no quiero dejar de rebelarme…” No lo decían, pero yo me daba cuenta. Eso queda en los imponderables en torno a una mesa de comedor o en el living de una casa. La vida cotidiana está hecha de lances de esos.

Irreductibilidad con dulzura

Dr. en 1979

Mi madre tenía, así, una especie de forma de compasión que llegaba a lo menudo, entrando en los últimos meandros del sufrimiento de la persona, en aquel pequeño meandro más interno donde el pedazo de vidrio infecta y araña más la herida, y allí ponía una gota de aceite de oliva, tranquilizaba y daba una cosa que no tiene nombre, pero era hecha de compasión. Si alguien quisiere obtener alguna cosa de ella, el camino no es llegar y cobrar un cheque bancario: “Recé veinticinco rosarios, hice noventa y dos penitencias y me abstuve de cinco mil cuatrocientas cosas más que quise hacer ayer y no hice, ¡ahora pagadme!” Me da la impresión de que ella diría: “Pero, hijo mío, ¿hiciste todo eso? ¡Pobrecito! ¡Podías haber hecho mucho menos, yo estaba aquí para darte!” ¿Esa actitud suya era un incentivo a la molicie? Nunca sentí eso en el momento en que ella me incentivaba el cumplimiento del deber; y ella que tuvo que educar a un hijo muelle. Por ejemplo, ella nunca tuvo mucho dinero, pero cuando llovía –ella tenía pánico de los resfriados– aparecía un taxi en el Colegio San Luis, mandado desde casa para recogerme a la salida, porque no quería que me cayera lluvia. Yo era el único niño del Colegio San Luis que tenía taxi, porque los otros, o la familia tenía automóvil y mandaba a buscarlos, o no tenían y no disponían de dinero para pagar el taxi. Era el tranvía y la lluvia. Nunca sucedió y no sucedería que yo, a la hora de levantarme en la mañana le dijera: “Estoy con ganas de dormir media hora más. Mamá, págueme un taxi…” Porque ella no permitiría eso nunca, ¡irreductiblemente! Era hora de levantarse, ¡era preciso levantarse! Y taxi para ir por molicie, ¡no! En esa irreductibilidad era, justamente, la contrapartida sin la cual yo reputaría toda esa dulzura algo melosa. Sin embargo, ¿cómo entraba la dulzura en la irreductibilidad? No sé cómo decir. Era una forma de pena de mí, que yo percibía que ella tenía y participaba de mi sufrimiento, pero si ella no tuviese una resistencia irreductible contra el lado malo, yo no la admiraría. Si yo me tomase por un capricho y no quisiese ir al colegio, la Fräulein le avisaría. Mi madre tenía la costumbre de levantarse tarde, pero se levantaría a cualquier hora e iría, con robe de chambre, a mi cuarto. Se sentaría al pie de mi cama y diría: “Filhão3, ¿qué pasa?” Yo tendría que dar enseguida una explicación de lo que estaba pasando dentro de mí, para poner enseguida aquello en orden. Yo me levantaría. No había salida. Ahí aparecen sus tales habilidades, ¡porque ella era habilidosa hasta lo inimaginable!

(Extraído de conferencia del 8/12/1979)

  1. Cuadro al óleo que le agradó mucho al Dr. Plinio, pintado por uno de sus discípulos con base en las últimas fotografías de Doña Lucilia. ↩︎
  2. Del francés: tocante, que toca la sensibilidad. ↩︎
  3. Del portugués: aumentativo afectuoso de hijo. ↩︎

Abriendo caminos hacia el Sagrado Corazón de Jesús

A ejemplo de la Santísima Virgen, la más complaciente de las madres, Dña. Lucilia se complace en acudir solícitamente en auxilio incluso de personas que le piden la solución de pequeños problemas de la vida cotidiana.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Helsi Carrera

Éste es el caso de Helsi Carrera, de Perú.

Era el 24 de junio de 2022, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. El turno de trabajo de Helsi terminaría a las seis de la tarde, dejándole un tiempo muy justo para, acabada la jornada laboral, quedar con una amiga y juntas ir a misa. Salió aprisa, se montó en el coche y se marchó. Todo iba muy bien hasta que tuvo que parar en una rotonda debido a un enorme atasco. No se movía ningún vehículo siquiera un metro. No le quedó otro remedio que empezar a asistir a la misa que transmitían en directo por internet…

Llamó a su amiga para comunicarle que tardaría más de lo previsto y ella le aconsejó que pidiera el auxilio de los ángeles. Helsi comenzó a rezar, pero enseguida le vino a la mente la figura de Dña. Lucilia. «¡Claro que sí! ¿Cómo no iría a recurrir a ella?», cuenta Helsi. Y le dirigió esta filial oración: «Madrecita, ¡ayúdame! ¡Sácame de aquí! Ábreme el camino para que pueda llegar a la misa en honor del Sagrado Corazón de Jesús, a quien tú amas tanto y de quien eras muy devota!».

Acto seguido, empezó a disolverse la congestión y Helsi pudo, llena de satisfacción, comentar con su amiga la solícita bondad de Dña. Lucilia.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)

 

Estoy contigo y tu petición ha sido escuchada»

Muy temerosa por el futuro de su hijo, Claudia rezaba y lloraba mucho. Un día se acordó de que un sacerdote heraldo le había dicho que a una madre le está permitido darles la bendición a sus hijos.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Durante la pandemia de la Covid-19, Benjamín, el hijo más pequeño de Claudia Espejo, residente también en Perú, estuvo dos años sin asistir a la escuela. Cuando por fin se restableció la normalidad, manifestó una enorme dificultad de adaptación en la vuelta a clase. Se sometió a un test psicológico, en el que se le detectó un trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). La psicóloga recomendó que le consultaran a un neuropediatra, quien dio un preocupante diagnóstico: trastorno del espectro autista nivel 1.

Benjamín junto a la estampa de Dña. Lucilia, enmarcada, que fue encontrada entre sus papeles

Muy temerosa por el futuro de su hijo, Claudia rezaba y lloraba mucho. Un día se acordó de que un sacerdote heraldo le había dicho que a una madre le está permitido darles la bendición a sus hijos. Entonces, una noche en la que estaba rezando con ellos, cogió agua bendita y le hizo una señal de la cruz en la espalda a Benjamín, haciéndole a Dña. Lucilia esta súplica: «Te entrego a mi hijo. Ayúdame como madre y adóptalo». Y siguió rezando por él en casa y en la iglesia, ante el Santísimo Sacramento.

Pronto comenzó a percibir cambios en las actitudes del pequeño. Un nuevo examen psicológico arrojó un resultado muy alentador: 90­% de recuperación, cuadro confirmado por la profesora contratada para ayudarlo en casa. Y la monitora del colegio informó que se estaba esforzando para progresar cada día y sus notas habían mejorado; era «un niño muy noble y con un gran corazón».

Ahora bien, un día en que Claudia estaba ordenando los cajones de Benjamín, con enorme sorpresa encontró entre los papeles una estampa de Dña. Lucilia. Y nos envió este conmovedor relato: «No sé explicar cómo llegó allí esa foto. Cuando la cogí en mis manos sentí que me decía: “Estoy contigo y tu petición ha sido escuchada”. El cambio de Benjamín fue algo realmente inexplicable. Puse la estampa en mi habitación y cada vez que la miro siento el amor de una madre, yo que tengo cuatro hijos y lo daría todo por ellos».

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, enero 2023)

Solución inmediata a un angustiante problema

«Cuando el médico confirmó el diagnóstico y pidió el examen del líquido, entregamos en ese mismo instante a Bernardo en las manos de Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira.

 Elizabete Fátima Talarico Astorino

Bernardo José Eger con una estampa de Dña. Lucilia y otra del Dr. Plinio

El día 19 de agosto de 2022, Bernardo José Eger —de 5 años, hijo de Kevin Eger y Dailane Eger, residentes en São Paulo— tuvo que ser internado de urgencia debido a inquietantes convulsiones. Llegó al hospital casi inconsciente, con la coordinación motora bastante afectada. Tras analizar los distintos exámenes que le hicieron para identificar la causa de las convulsiones, una médica les informó que, además de otros síntomas característicos, la rigidez de la nuca indicaba una posible meningitis. Unas horas después, otro especialista confirmaba la temible valoración de su colega y solicitó una prueba del líquido cefalorraquídeo, para verificar el nivel de avance de la enfermedad y determinar el tratamiento adecuado.

Cuenta Dailane: «Cuando el médico confirmó el diagnóstico y pidió el examen del líquido, entregamos en ese mismo instante a Bernardo en las manos de Dña. Lucilia Corrêa de Oliveira, madre del Dr. Plinio, por la cual tenemos una especial devoción».

Tras una hora de angustia y de oraciones, Kevin y Dailane fueron llamados para que conocieran el resultado de las pruebas. Narra ella: «Para asombro del equipo médico, y también nuestro, el líquido cefalorraquídeo no presentaba alteración alguna. La valoración médica, que ya había sido hecha dos veces, fue repetida una tercera, con el mismo buen resultado: sin rigidez de nuca, la fiebre le había bajado, todo estaba normalizado. Se trataba de un milagro, obrado por la intercesión de Dña. Lucilia».

Bernardo permaneció internado unos días más para «estudios» médicos, en los que se constató que estaba totalmente normal y estable. «El 24 de agosto, volvimos a casa como si no hubiera pasado nada. Alabado sea Dios y la Virgen en sus ángeles y en sus santos. Gracias a Dña. Lucilia», concluye Dailane.

(Extraído de Revista Heraldos del Evangelio, noviembre 2022)