Intransigencia en la defensa de los principios

Así como sucedió durante la Primera Guerra Mundial, también ahora la opinión pública brasileña estaba dividida, aunque no sólo por motivos de preferencias culturales. Había un factor ideológico del cual, en conciencia, no se podía hacer abstracción: por ser el nazismo una doctrina condenada por la Iglesia, le estaba vedado a un católico darle cualquier tipo de apoyo.cap10_002
Un día, una persona de los círculos familiares de doña Lucilia, al visitarla, se declaró favorable al nazismo, enalteciendo sus sangrientos triunfos, además de manifestar el deseo de su victoria en todo el mundo. Y como si eso no bastase, introdujo un tema de otra índole, al afirmar que el divorcio sería una medida indispensable para solucionar los casos extremos en que los cónyuges no lograsen llevar una vida en común.
Esas afirmaciones contundían de frente a la doctrina católica. Y doña Lucilia, siempre tan afable, decidió defender con energía los buenos principios, dando origen a una viva discusión. Levantó la voz hasta el punto de ser oída en la sala de al lado —donde el Dr. Plinio preparaba una clase que iba a dar en la Facultad Sedes Sapientiae— sin perder, no obstante, ni el aplomo ni la dignidad. Era siempre el mismo amor a Dios que, de un lado, la movía a los mayores extremos de bondad, y, de otro, la llevaba a un no menor rechazo del mal.

Un retraso preocupante

Los acontecimientos de Europa, convulsionada por la guerra, hacían hervir aún más las polémicas en Brasil. El Dr. Plinio hacía de las paginas del Legionário la tribuna desde donde desafiaba a los enemigos de la Iglesia, comunistas y nazis.
Doña Lucilia, que seguía con mirada atenta las actividades de su hijo, medía bien los peligros a que se exponía. En una ocasión en que los ánimos estaban mas exaltados, unos extremistas adeptos del nazismo llegaron a hacerle amenazas de muerte al Dr. Plinio. Por eso, a la noche, doña Lucilia nunca se acostaba antes de que su hijo hubiera regresado a casa. Cuando él tardaba más de lo habitual, despertaba a don João Paulo con cierta aflicción y, para moverlo a tomar alguna medida, le preguntaba:
— ¿No tarda Plinio?
Él, como buen nordestino, inclinado al optimismo y a la despreocupación, intentaba calmarla, diciéndole:
— ¡Señora! Llega en cualquier momento.
Ese optimismo nunca fue desmentido por los hechos, ciertamente gracias a las fervorosas oraciones de doña Lucilia. Sin embargo, la placidez de su esposo no era suficiente para tranquilizarla, y replicaba:
sdl— ¡No! Nadie sabe lo que puede pasar…
Y continuaba rezando, confiante en la protección de la Providencia. A veces, cuando la salud se lo exigía, se recostaba en la cama y dejaba la luz encendida, esperando que el ruido de los pasos firmes de su hijo anunciara el fin de la vigilia. Después que el Dr. Plinio la saludaba y ella constataba con sus propios ojos su integridad física, si el tiempo todavía lo permitía, entablaban una pequeña conversación sobre las novedades del día, cómo había ido el trabajo, el apostolado…
Don João Paulo, a fin de convencer a su hijo de que regresase más temprano, le contaba algunas veces los temores de doña Lucilia con aquellas tardanzas. Sin embargo, las obligaciones para con la Causa de la Iglesia tenían precedencia, y no le permitían en absoluto cambiar sus horarios. Doña Lucilia comprendía que esto no podía ser de otra forma y nunca se quejaba, ofreciendo por su esposo y por sus hijos, al Sagrado Corazón de Jesús, el sacrificio que aquella situación representaba.
No obstante, una noche, las horas fueron pasando, y el Dr. Plinio no aparecía.
Siempre que era previsible algún atraso, él solía avisar a su madre para que no se preocupara; sin embargo, aquella noche ella no había recibido ningún aviso. Fácilmente podemos imaginar cuántas y cuán sombrías conjeturas pasaron por la mente de doña Lucilia. ¿Le habría ocurrido algún accidente a su hijo, o habría sufrido algún atentado? Como hacía siempre en las ocasiones de angustia, recurrió al Sagrado Corazón de Jesús; y a los pies de la imagen del Divino Redentor, ya sentada, ya de pie, fue desgranando con serenidad y confianza las cuentas del rosario.
Cuando las primeras claridades de la aurora comenzaron a ahuyentar las tinieblas, cerca de las cinco de la mañana, el Dr. Plinio finalmente llegó. Aún no había terminado de darle la vuelta completa a la llave en la cerradura, cuando ya doña Lucilia se dirigía a la entrada para recibirle. A las angustias de la larga espera, se sucedieron las alegrías de verle allí sano y salvo. Por eso, antes de hacerle cualquier pregunta, le recibió con cariño y, después de los primeros instantes de evidente alivio, le preguntó:
— Pero, hijo mío, ¿qué has hecho hasta ahora?
El Dr. Plinio le explicó en seguida el motivo de tan largo retraso: dos religiosos, por cuya Orden abogaba, habían ido a su despacho para tratar de algunos asuntos. La Orden a la cual pertenecían era uno de sus mejores clientes. Como los sacerdotes apreciaban una buena conversación, tras terminar la consulta iniciaron una charla que se prolongó hasta las cuatro y media de la mañana. Doña Lucilia, todavía un poco inconforme, replicó sorprendida:
— Pero, ¿¡sacerdotes en la calle hasta esas horas!?
— Sí, señora. Y era mi obligación atenderles. Aunque sólo fuera porque buena parte de mi abogacía depende de ellos.
Tranquilizada por la explicación, doña Lucilia decidió acostarse, no sin antes dar las gracias al Sagrado Corazón de Jesús por no haber sucedido nada grave.

Días de descanso… pero de ausencia

doña_luciliaDoña Lucilia se preocupaba mucho por la salud de su hijo debido a su intensa actividad: apostolado, dirección del Legionário, despacho de abogado, magisterio, conferencias, discursos, palestras. Aunque el Dr. Plinio fuese muy robusto, gracias a los cuidados que su madre le había dispensado en la infancia, estaría siempre expuesto a alguna súbita indisposición por el cansancio resultante de tanta actividad. Por eso le recomendaba salir de São Paulo para descansar algún tiempo, a pesar de que para ella sus ausencias fuesen tan penosas.
Pero, para tener certeza de que esos períodos serían bien aprovechados y de un reposo regenerador, le pedía con afecto que no dejase de escribirle, contándole su vida diaria. Así, al menos para contentarla, él se sentiría obligado a hacer algún paseo y distraerse.
Para tranquilizarla, el Dr. Plinio seguía filialmente sus orientaciones, siempre que alguna necesidad urgente de la causa católica no exigiese lo contrario. Estando en el Gran Hotel de Guarujá, en el verano de 1939, se expresaba así en una carta a doña Lucilia, el 22 de febrero:

¡Mãezinha del corazón!
Le escribo a las diez y media de la noche, después de haber pasado un día singular, pero delicioso: me levanté a las cuatro y media(!), fui a esperar a las seis de la mañana, en Santos, a un gran barco italiano cuyo nombre no recuerdo, pero que es lo más suntuoso que he visto; asistí a la Misa celebrada por el famoso Jesuita P. Laburu, vasco, amigo mío, que vino de Roma, de paso para Argentina; una de las mayores celebridades mundiales en telepatía, hipnotismo, etc. Allí comulgué con José, tomamos un delicioso desayuno, y nos quedamos conversando hasta las nueve y media. Después volví en coche a Guarujá, leí los periódicos, tomé un baño de más o menos una hora o una hora y cuarto, almorcé, caí en la cama a la una y media y me dormí con un sueño profundo hasta las seis y media exactamente. Me levanté, me quede en la terraza hasta las ocho y cuarto, cené muy bien,
caminé por la playa, y ahora estoy mitigando las saudades que son muchas. Me encontré aquí con Ilka y con Zito, que vinieron a verme un instante al hotel. Fueron a São Paulo y deben volverse el viernes (…) El hotel está casi vacío, ¡y está delicioso! ¿Y usted cómo está? ¿Y Papá? ¿Y la queridita Katuchinha? (Maria Alice, la nieta de doña Lucilia). Le voy a escribir. Si me llegan cartas al despacho, al Legionário o allí, mándemelas.
Con un afectuoso abrazo a Papá, 1000000…..0 de besos para usted de su hijo respetuoso, que le pide la bendición y la quiere más de lo que es posible decir,
Plinio

La lectura de estas líneas hacía que doña Lucilia se sintiese consolada por saber que su hijo estaba descansando bien, y recompensada por las grandes saudades que su ausencia le producía.

A veces, el Dr. Plinio iba a un balneario hidromineral en el interior paulista, Águas de São Pedro, a fin de distraerse. Desde allí escribió en cierta ocasión a su madre.

“Rosée y tú fuisteis confiados a Dios antes de nacer” Imagen del Sagrado Corazón perteneciente a Doña Lucilia

Imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doañ Lucilia ante el cual rezaba mucho por sus hijos

Luciña de mi Corazón
Ahí va la carta que usted esperaba. Va con retraso, corta y llena de saudades.
Estoy descansando mucho, paseando y comiendo bien: vegetando, en fin, que es lo que necesitaba. (…) ¿Cómo esta usted? ¿Y Papá? ¿Adolphinho ya está bien? Dígale que es una pena que no esté aquí.
Mil besos para usted, abrazos para Papá. Del hijo que la quiere a más no poder, y le pide la bendición.
Plinio

Otras veces, estos viajes eran destinados por el Dr. Plinio para una intensa actividad, que la tranquilidad de un confortable hotel a la orilla del mar hacía más propicia. Por el carácter “telegráfico” de las misivas de su hijo, doña Lucilia percibía que esta vez el descanso había quedado muy distante. Tal es el caso de una bella postal con un paisaje marítimo, enviada en mayo de 1939 desde Guarujá:

Mãezinha querida
Con mil saudades la beso respetuosamente y pido su bendición.
Me está gustando muchísimo.
Del hijo que la quiere inmensísimamente.
Plinio

Eran pocas palabras, pero desbordantes de amor filial. Doña Lucilia, al recibir la tarjeta, quizá la debe haber depositado, hasta la vuelta de su hijo, a los pies de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, junto a la que pasaba ratos más largos durante sus ausencias.

Un afectuoso engaño

Lucilia_correade_oliveira_002Si doña Lucilia se condolía tanto de las víctimas de una guerra en tierras remotas, se compadecía mucho más de aquellos que le eran más próximos. Aunque esas cualidades reluciesen en ella discreta pero vigorosamente, todos los afectos de su corazón se mantuvieron siempre subordinados a una constante elevación de espíritu y amor a Dios, fuente de las virtudes que practicaba.
El modo como trataba a uno de sus parientes lejanos, que había tenido la desgracia de quedarse ciego siendo aún niño debido a una impericia médica, es un ejemplo de esos atributos.
El hecho de ser él ateo declarado hacía que doña Lucilia tuviese todavía más pena del infeliz. Por eso no perdía la oportunidad de hacerle algún bien, con la intención de tocar su alma.
Con frecuencia lo recibía para almorzar o cenar, y en esas circunstancias lo entretenía largas horas. Acto de caridad del cual también participaban don João Paulo y el Dr. Plinio.
Sabiendo que su pariente tenía muy buen apetito, y conociendo su moderación, doña Lucilia convino con la empleada que, cuando ella le hiciese una señal, se acercase con la bandeja y, sin que él lo notase, le sirviese un poco más. Ahora bien, él tenía el hábito de recorrer con el tenedor los bordes y toda la superficie del plato, en busca de los alimentos. De repente, cuándo creía haber terminado, encontraba, con evidente agrado, ¡otra porción de comida! Doña Lucilia procedió así hasta la avanzada vejez de ese pariente, satisfaciendo no sólo sus gustos gastronómicos, sino también disponiéndose para la conversación que más le agradase. Era la solicitud llevada al último extremo.

Pobre, ¡no hagas eso…!

En doña Lucilia, ese deseo de hacer el bien era tan grande que abarcaba hasta a los seres más insignificantes.
En la casa de la calle Itacolomy el comedor daba hacia una entrada de coches que iba hasta el fondo de la residencia. La separaba del terreno vecino un muro no muy alto, cubierto con hiedra para darle al sitio un aspecto más agradable. Un día, durante la comida, el Dr. Plinio notó un movimiento extraño encima del muro, debajo del follaje. Sorprendido, le dijo a doña Lucilia:
— Mamá, mire qué cosa más rara aquel movimiento allá.
Ella no dijo ni sí ni no, y esquivó la respuesta. Pero su hijo quería saber qué era y volvió a insistir.
Doña Lucilia dijo apenas:
— Sí, ya había notado algo.
— Pero yo lo estoy notando sólo ahora — respondió él más categórico.
Dirigiéndose a la empleada que servía la mesa, el Dr. Plinio dijo:
— Ana, vea qué es lo que hay en aquel muro.
Doña Lucilia permaneció silenciosa. La criada se rió y dijo con su acento portugués:
— “Seu doutôire” (en acento cerrado y muy popular: “señor doctor”), ¿usted no se ha dado cuenta? Doña Lucilia le está escondiendo algo.
— ¿Qué me está escondiendo doña Lucilia?
— Es una gata que tiene sus crías allí.
El Dr. Plinio quedó desagradado —¡nunca con doña Lucilia!— con la idea de un muro lleno de gatitos andando de un lado para otro. En poco tiempo los gatos habrían crecido y el jardín estaría superpoblado de esos simpáticos animales. Cuando menos se esperase empezarían a entrar en la casa. Si fuesen uno o dos, pasaría, pero una cría entera…
Inmediatamente, con decisión, le dijo a la criada:
— Coja una escoba, o la manguera de regar el jardín, y eche a la gata con todos los gatitos fuera del terreno de la casa.
Doña Lucilia, con pena de la gata, se volvió hacia su hijo y ligeramente afligida le dijo:
— ¡Ah, pobre! No hagas eso. ¿No ves que ella puede perder alguna de las crías y no encontrarla más?
Era el corazón maternal de doña Lucilia que se sentía como que herido ante tal perspectiva. No obstante, su hijo intentó argumentar:
— Mamá, ella no tiene raciocinio. Pierde una cría como uno de nosotros pierde un cabello.
Pero doña Lucilia quería, más que hacer un silogismo, tocarle los sentimientos:
— ¡Pobrecita! No hagas eso.
“Pobrecita” era dicho con tanta bondad y tanta pena, que el Dr. Plinio no resistió y dijo a la criada:
— Ana, cuide a esa gata y llévele leche todos los días.
Aquella gata, ser irracional, no podía tener conocimiento de su propia existencia. Pero, ya que sobre ella se había posado la compasión llena de dulzura de doña Lucilia… en vez de un chorro de agua, habría leche para toda la gatería.

Nueva mudanza la casa de la calle Itacolomy

Dr. Plinio con Don Duarte y el grupo de El Legionario

                     Dr. Plinio con Don Duarte y un grupo de redactores de El Legionario

Doña Lucilia participó profundamente del pesar que esta sucesión de hechos habrían de causar a su hijo, pero no por eso dejó de tener esperanzas en el Sagrado Corazón de Jesús. “A fin de cuentas —pensaría ciertamente— las vías de la Providencia son inescrutables, y Dios no dejará de sacar provecho de estas pruebas”. Al menos al Dr. Plinio le quedaría más tiempo para dedicarse a la vida intelectual y al apostolado, y para estar junto a su madre, tan saudosa de su “filhão querido” cuando éste se ausentaba.
Y así fue. Asumió la cátedra de Historia de la Civilización en el Colegio Universitario de la famosa Facultad de Derecho del Largo de São Francisco, así como, más tarde, las cátedras análogas de las Facultades de Filosofía, Ciencias y Letras de São Bento y Sedes Sapientiae (posteriormente incorporadas a la Universidad Católica). De esta manera, el Dr. Plinio se entregó a fondo a los estudios históricos y a las actividades de las Congregaciones Marianas, pudiendo también dedicar más tiempo al semanario católico Legionário, del cual ya era director, y que en los años siguientes alcanzaría amplia repercusión nacional.
Sin embargo, el tiempo libre para hacer compañía a doña Lucilia se irá haciendo cada vez más escaso con el transcurso de los años, lo que ella aceptará con toda la resignación de un alma auténticamente católica.
Después de todos esos vaivenes, era necesario, por fin, cuidar de la decoración del hogar, o mudarse para una residencia mejor. Doña Rosée había encontrado una casa en buenas condiciones, próxima a la suya, y fue radiante de alegría a darle la noticia a doña Lucilia. Un poco más pequeña que la de la calle Marqués de Itú, pero mucho mejor arreglada por el propietario —persona de indiscutible buen gusto— la residencia era un verdadero encanto, decorada con unos bonitos papeles de pared y con vitrales de buena calidad, y el alquiler era apenas un poco más caro que el anterior (50 mil reis de diferencia). Por todo eso, se mudaron para allá. El nuevo hogar —en la calle Itacolomy nº 625— en el barrio de Higienópolis, mucho más digno que el anterior, agradó enormemente a doña Lucilia. Doña Rosée se encargó de la decoración, de forma que, en poco tiempo, estaba todo listo y muy adecuado al modo de ser de su madre.
Los hábitos de doña Lucilia variaban de acuerdo con la casa y con el ambiente. Entre los diversos recuerdos de su paso por aquella residencia, se cuenta que, entre las habitaciones del piso superior, había escogido una para cuarto de estar, donde todas las tardes tomaba el té con tranquilidad y distinción, servido en una bandeja preparada con esmero por una fiel empleada portuguesa.

Los desvelos de doña Lucilia por el “filhão enfermo”

Doña Lucilia, aunque no descuidase en nada las prescripciones médicas, nunca imponía un tratamiento a quien tenía edad para mandar en sí mismo. El desvelo por su hijo no disminuiría; al contrario, se extremaría a lo largo de los años, representando para él un auténtico reposo y un estimulante consuelo en medio de la lucha que conducía por la ortodoxia católica. De eso es ilustrativo el siguiente episodio:
Un día, el Dr. Plinio fue atacado por una fortísima indisposición. Doña Lucilia se dio cuenta inmediatamente, y con su matizada voz le preguntó:
doña_lucilia— Filhão, estás indispuesto, ¿no?
La pregunta, muy afectuosa pero incisiva, dejaba claro que ella había notado su estado y no era posible esconderlo. El Dr. Plinio respondió con aquella franqueza filial, contrario armónico de la suavidad materna:
— Mi bien, realmente estoy indispuesto, pero detesto medicarme. Yo no quería decir nada para evitar que usted insistiese en que tomara remedios y, lo peor de todo, que me recomendase alguna dieta. Por eso no le quiero decir no, pero sobre todo no quiero decirle sí…
La situación era bastante difícil para doña Lucilia. Quería ayudar a su hijo, pero no deseaba contrariarlo. Ella no perdió la calma y se aproximó a la cama colocándole la mano sobre su frente para ver si tenía fiebre.
En ese pequeño gesto casero ya estaba dado el primer paso para la cura, pues el frescor de sus delicadas manos transmitía una benéfica serenidad, reflejo de su paz de alma que ninguna aflicción conseguía perturbar.
Ella le dijo entonces:
— Tienes fiebre.
El Dr. Plinio ciertamente pensó: “Ahora me va a poner el termómetro, y éste va a marcar 38° o 39°. Se va a preocupar y voy a meterme en un engranaje que detesto…”
Dicho y hecho. Con sus pequeños pero ágiles pasos, ella salió del cuarto, regresando
instantes después con el fatídico instrumento. El Dr. Plinio se lo colocó para no contrariarla y, pasado el tiempo necesario, controlado minuciosamente en el reloj por doña Lucilia, se lo devolvió a su madre. En la penumbra del cuarto, ella miró con cierta dificultad la temperatura. Pero, en vez de proferir una sentencia, como hacía cuando él era niño, apenas le dijo:
— No es nada. ¿Qué quieres hacer, hijo mío?
Apartada la tortura, para alivio suyo, él respondió:
— Mi bien, quiero pasar el tiempo acostado y quieto.
Doña Lucilia, entonces, trayendo una silla de su cuarto, se sentó al lado de la cama de su hijo y tranquilamente se puso a rezar. Se quedó así algunas horas, hasta llegar la noche. En cierto momento, el Dr. Plinio le dijo:
— Mi bien, estoy con mucha hambre y usted ciertamente querrá que yo coma algo.
— Dime lo que quieres, que tu madre te lo trae — fue su pronta respuesta.
En seguida ella misma salió para preparar el plato que su hijo había pedido. Llevó la comida al cuarto, se empeñó en servírselo, y al final dijo:
— Otra vez no le escondas nada a tu madre, porque ella lo va a notar, pero no te va a imponer nada. La salud que, a ruegos de Nuestra Señora, la Providencia le había dado al Dr. Plinio, era excelente; y así, a la mañana siguiente ya estaba bien. Al levantarse fue al cuarto de doña Lucilia, que le pregunto:
— Filhão ¿cómo estás?
Y la vida de todos los días recomenzó.
Muchos años más tarde, el Dr. Plinio, al referirse a este pequeño episodio, comentó
que sólo cuando su madre le hizo el pedido de no esconderle nada notó
cómo para ella aquel pequeño mal no era una bagatela. Si la enfermedad se hubiese agravado, doña Lucilia habría cuidado de él con extremos de celo, hasta el fin. Y concluyó el Dr. Plinio “es probable que si yo muriese, ella también muriera. Una cosa es absolutamente cierta: ella preferiría morir a continuar viviendo”.