“El Divino Espíritu Santo estará siempre en ti”

cap13_012Mientras no llegasen las primeras cartas de Europa, doña Lucilia llenaría los intervalos de sus largos períodos de oración con la lectura de las cartas que el Dr. Plinio había dejado antes de viajar. De esta manera se sentía algo de su presencia y se hacía más fácil soportar con resignación las saudades de cuando estaban juntos. Pero para su amor materno esto no bastaba. Quería tomar rápidamente contacto epistolar con su muy amado hijo.

São Paulo – 13-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
¡Que Dios te bendiga por el buen éxito del engaño que me hiciste! Tan sólo el día diez Rosée trajo los telegramas de Dakar y el de París, y estoy en paz a pesar de todo…
En primer lugar di gracias a Dios por lo feliz de la temible travesía, y después, emocionadísima, no podía creer todo lo que tu padre, Rosée y Maria Alice me decían, y ¡me exasperaba la idea de pasar tres largos meses sin verte! Trato, en fin, de consolarme con la certeza de cuán benéfico te será este viaje para tu salud, estudios y observaciones. ¡Qué bueno sería si pudieses pasar unos 20 días en Monte Cattini! (Estación de aguas de Italia). Es la tercera vez que intento escribirte pero he tenido la casa llena, a pedido tuyo, se ve, — y… ¡un beso por todo! Rosée ha venido dos veces por día e incluso ha cenado dos veces aquí, y ha traído todo tipo de pasteles para que no me preocupe con los postres y para gran alegría de la cocinera. Mientras no vuelvas, no tendré gusto en ninguna cosa que haga, sólo busco buenas recetas.
Respecto al “money”… hago igual que la otra vez: lo economizo todo para ti, retirando sólo lo indispensable; de manera que si tienes alguna necesidad basta que me envíes un telegrama.
Una cosa te pido con insistencia: manda decir una Misa y encender una gran vela por Rosée en el altar de Nuestra Señora de Begoña en España, para que aumente su fe, por su salud y por su felicidad. Ella está muy delgada y pálida.
Ayer fui a Misa, comulgué y seguí una parte de la procesión del Santísimo hasta la Catedral. Todo en tu intención… ¡Ay! hijo mío querido… ¡tengo tantas saudades!
Sigo constante en mis letanías y rosarios a mi amadísimo Sagrado Corazón de Jesús y a la Virgen Santísima, a los cuales te confié cuando naciste y tengo fe que el Divino Espíritu Santo estará siempre en ti, pues bien lo mereces, ¡hijo querido! Me despido enviándote mis bendiciones, muchos besos y abrazos afectuosos.
De tu mamá,
Lucilia
Rosée ya te ha escrito.

Cuidados maternos de doña Lucilia

Una mañana muy clara, cuando los rayos del sol bañaban el tocador de doña Lucilia, un objeto brilló más intensamente: el cepillo de plata que tanto le hacía recordar la infancia de su hijo. Las saudades le oprimieron el corazón. Habían pasado diez días desde la última vez que había visto a su queridísimo Pigeon, en aquel mismo lugar.
De repente, alguien toca en la puerta del cuarto:
cap12_059— ¿Quién es? —pregunta doña Lucilia con voz musical.
— Soy Olga. El cartero ha traído unas cartas para usted.
Doña Lucilia hizo que entrase inmediatamente. Quién sabe si no estaba entre ellas la tan esperada misiva de su hijo…
¡Con qué alegría encontró una tarjeta suya proveniente de Madrid! El Dr. Plinio, aprovechando una escala del avión allí, no perdió la oportunidad para enviarle a su madre algunas palabras de cariño.
El afecto hizo que doña Lucilia le escribiese al día siguiente, 18 de junio, una larga carta. Madre siempre vigilante, se apresuró en alertar a su hijo sobre las intenciones de uno de aquellos ex compañeros de lucha, a cuyo respecto, ya algunos años antes, ella le había llamado la atención.

São Paulo, 18-6-952
¡Hijo querido de mi corazón!
Tuvimos el día quince —”gracias a Dios”— excelentes noticias sobre ti por medio de Helena Alves de Lima, quien llamó por teléfono a Rosée. Recibí ayer tu postal de Madrid.
Estoy esperando recibir una larga carta tuya, ¡y bien pormenorizada!…
[ Fulano] apareció con mucha naturalidad en el despacho, preguntando qué habías ido hacer y “ad una voce” (A una sola voz), todos dijeron que, muy fatigado, habías ido a descansar; pidió la dirección… ¡y aún nadie la sabía! Les dijo entonces que vendría a pedírmela, pues tiene algunas cosas para decirte. Se encontró ayer con tu padre y le contó la misma historia, y terminó diciendo que vendría para pedir nuevamente tu dirección.“ Cuidado”…
cap12_001Hoy es el cumpleaños de tu tía Yayá. Ella dijo a los Lindenberg que iría a Santos y se vino a almorzar a casa con su hijo y Rosée, y tiene la intención de cenar con su hija. Hoy está haciendo tanto, tanto frío, que estamos temiéndonos una helada, ¡de la que le pido a Dios y a San Judas Tadeo que nos libren! ¡amen!…
¡Escríbeme y cuéntame todo lo que te sea posible, para amenizar las saudades! ¿Has recibido las cartas que escribimos, Rosée, Zilí, tu padre y yo? Cuando me siento para escribirte, me parece escuchar a nuestros bonitos negritos (Las dos lámparas de porcelana que estaban encima del escritorio del Salón Azul, mencionadas anteriormente) preguntarme: ¿cuándo vuelve Plinio? Rosée se ha portado muy bien y sigue al pie de la letra tus instrucciones. Me llevó junto con Maria Alice a dar un gran paseo de automóvil. También me llevó en automóvil hasta la Plaza del Patriarca para sumarme a la procesión
y, después, mandó que me fuesen a buscar. Me hizo asistir al concierto de Gulda (Friedrich Gulda, pianista, famoso en aquella época), el mayor pianista del momento, que me gustó muchísimo. Ha cenado en casa algunas veces y cuando le es posible, viene dos veces por día, trayendo siempre diversas cosas sabrosas del Gerbaux (Pastelería con mucha reputación en São Paulo).
Respecto a acostarme temprano… piano, pianino (Expresión italiana: “Despacio, despacito”), voy entrando en los ejes.
¿Cómo estás de salud? Si te fuese posible pasar unos quince días en Monte Cattini, para sustituir el famoso São Lourenço, sería muy útil.
Al regresar de un té que había ido a tomar en compañía de María Helena Ramos, Rosée paso por aquí un instante para verme una vez más y enseñarme su lindo vestido de invierno, así como una modernísima y bonita estola de piel. Estaba tan chic, tan elegante, que podría competir con cualquier parisina, ¡cualquiera!
¿Por qué no has llevado tu frac? ¡es tan bonito! y ¿no te hará falta? Necesito saber si te encuentras bien y si te sientes satisfecho. ¿Qué paseos habéis hecho? Saluda de mi parte a tus amigos.
Pienso que deberías buscar a Ouro Preto (Embajador de Brasil en Francia), cuya familia fue tan amiga de la nuestra, e incluso, si no me equivoco, fue este Ouro Preto de quien María Eugenia Celso (Prima hermana de Ouro Preto. Ambos descendían de Afonso Celso de Assís Figueiredo, Vizconde de Ouro Preto, Presidente del Consejo de Ministros cuando fue proclamada la República)  escribió a mamá para que te pidiese una recomendación o carta de presentación, cuando eras diputado.
Bien, querido mío, ¡que el Divino Espíritu Santo te guíe y te inspire, y que el Sagrado Corazón y la Virgen Santísima junto con tu buen ángel de la guarda te bendigan y te protejan!
Con el corazón lleno de saudades, te envío mis bendiciones, muchos abrazos y muchos besos.
De tu vieja manguinha,

 

Continúa el viaje…

Nuestra Señera de Begoña

Nuestra Señera de Begoña

Doña Lucilia vuelve a insistirle a su hijo, en esta carta, que mande celebrar una Misa en la iglesia de Nuestra Señora de Begoña, en Bilbao, por las intenciones de doña Rosée. Hacía esta petición con frecuencia por ver en una foto de la imagen una acentuada semejanza fisonómica con su hija (El Dr. Plinio pidió a un obispo conocido, que fue a España a fines de aquel año, que celebrase allí la Misa encomendada por doña Lucilia. Éste no sólo lo hizo, sino también le envió postales del santuario). De ahí su especial devoción a esa invocación de la Santísima Virgen.
El día 3 de mayo, uno de los amigos del Dr. Plinio residente en São Paulo partía para París. Si bien llevaba la carta escrita pocos días antes por doña Lucilia, las saudades que ésta tenía le hicieron escribir otra a última hora. En esas líneas se ve de nuevo cómo lo que más deseaba para su hijo era el crecimiento en gracia, y el empeño con que se lo pedía a Dios.
No pierde oportunidad para dar pequeños consejos a su “corpulentísimo expimbinchen”. En aquella época, como secuela de la guerra, Europa aún se debatía en graves crisis. Por eso no estaban a disposición del público, con la abundancia deseada, ciertos alimentos básicos. Llegó a los oídos de doña Lucilia que su hijo había reclamado, en restaurantes, a ese respecto y ella decidió recomendarle que, en el país de los ímpetus heroicos, suavizase los suyos.
Termina la misiva con otra tocante muestra de cuánto la virtud de la gratitud es sólida en su alma:

sdlS. Paulo, 3-5-1950
¡Hijo mío tan querido!
¡Cuántas saudades! ¡Cuántas saudades! (…) Permita Dios que te encuentres muy bien de salud y de espíritu, cada vez (…) más entusiasmado, curioso y lleno de fe, gracias, que, como buen hijo, tanto mereces. Di a tus queridos compañeros y amigos que hago extensivos todos estos votos para ellos.
Hoy a las ocho y media, he ido al Sagrado Corazón de Jesús, donde he comulgado y he asistido a una Misa que había encargado por tu felicidad, y por tus empresas.
Por una carta de Adolphinho, Yayá ha sabido que has creado por ahí algunos “pequeños incidentes”, por la falta de azúcar y mantequilla. Mejor que nadie comprendo el sacrificio que para ti eso representa, pero es necesario que tengas mucha paciencia y prudencia, a fin de evitar algo de irremediable o desagradable para ti y para tus amigos.
Pienso que, “una vez, al menos, para conocer” deberíais ir a los teatros de la “Opera”, «Comédie Française” y al “Odeon”. (…)
Almorcé ayer en casa de Zilí y hoy, debemos cenar todos en casa de Yayá.
Rosée ha escrito siempre y añora a los suyos y a los de la casa, pero Antonio está quedándose tanto en la finca que pienso sólo volverán a principios de junio.
Escríbeme siempre ¿De acuerdo? (…) Saluda de mi parte al “grupo”.
Me olvidaba de hablarte de José Gustavo. Yayá y Dora me han hecho notar la falta que hace en el salón del “sexto”, un buen retrato (más grande) de José Gustavo, en lo que concuerdo plenamente. Acordaos y contentaos con las dádivas de São Sebastião y el buen alquiler del sexto que hizo Antoni, y cuánto le sería grato ver allí un buen retrato de su hijo! (Se refiere a José Gustavo de Souza Queiroz, fallecido hacía poco, quien, por testamento, otorgó parte de sus propiedades a sus compañeros de lucha por la causa católica doña Lucilia desea que no se olviden de él ni de su generoso gesto). Concuerda conmigo; ¿sí? ¡Te lo pido!
Terminando, te pido también oraciones en Fátima, Lourdes y Sta. Catalina (Doña Lucilia se refiere a la capilla de la Medalla Milagrosa, donde Nuestra Señora se le apareció a Santa Catalina Labouré).
¡Saudosa, te abrazo y beso mucho y mucho! Te bendice, tu madre extremosa,
Lucilia

Antes de ir a Portugal, en donde pasaría por Fátima para rezar por doña Lucilia, el Dr. Plinio tuvo la feliz oportunidad de visitar la maravillosa Sevilla.

“Quien no vio Sevilla no vio maravilla”

Incontables aspectos atraerían la atención del Dr. Plinio en la pintoresca ciudad.
Después de un día de visitas, a la noche mientras escribía a doña Lucilia, todas las impresiones le volvieron a la memoria. Decidió entonces contarle a su madre, resumidamente, algunas de ellas. Lo mejor, lo dejó para cuando volviese a São Paulo.

cap11_013Sevilla, 26-IV-1950
Mãezinha querida del corazón,
Querido Papá,
Les escribo desde uno de los lugares más bonitos del mundo. (…) ¡He tenido que despertarme a las 6! El avión Madrid-Sevilla debía despegar a las 8 del aeropuerto de Barajas. Pero esa gente (…) exige la presencia de los pasajeros mucho antes del embarque. Al final, embarcamos malhumorados y aquí llegamos; yo dormité durante casi todo el viaje.
Mal aterrizamos, me llamó la atención el jardincito del aeropuerto: flores como nunca vi en tamaño, color, perfume. Son muy bonitas. Pensé en seguida en mamá y en el placer que tendría en ofrecerle unas rosas de aquí. Después, verificamos por los campos que median entre el aeropuerto y la ciudad, que aquí los prados son abundantemente floridos.
Es primavera. Es necesario haber visto una primavera sevillana para quien quiera hablar de asuntos de la naturaleza. Llegamos al hotel Alfonso XIII. Es una inmensa construcción

Hotel Alfonso XIII

                                    Hotel Alfonso XIII

de 1910, más o menos, en estilo regional: estructura mora y decoración en estilo Renacimiento. El lujo es grande. Visité la suite destinada a los Reyes, decorada con una corona real. Uno de sus huéspedes mas recientes fue el Rey Carol (Carol II, Rey de Rumanía, de 1930-1940). Pero, más que lujosa, es de buen gusto. Estoy escribiendo junto al patio interior, que es indescriptible. (…) Comulgamos aquí, en la Catedral gótica: parece un cuento de hadas.
Tiene de alto unos 30 metros, de largo unos 100 y de ancho unos 60.
El bosque de columnas es admirable. Corresponde a todo cuanto se podría desear. Es de llenar el alma. Me gustaría ir a Granada, que no está muy distante, pero no podremos hacerlo por falta de tiempo.
Debemos estar en Madrid el miércoles, yendo acto seguido a Lisboa… ¡donde espero encontrar correspondencia en cantidad! (…)
Para usted, mamá, mi amor querido, millones y millones de besos.
Para Papá, muchos abrazos llenos de saudades. A ambos les pido la
bendición.
Plinio

P.S.: Mamá, ¿recibió usted mi telegrama de Barcelona por el día 22?
Muestre esta carta a los del 6º piso.

cap11_017

Comulgamos aquí, en la Catedral gótica: parece un cuento de hadas. Tiene de alto unos 30 metros, de largo unos 100 y de ancho unos 60

Poco después de terminar la lectura de estas líneas, doña Lucilia, agradecida, redacta una respuesta a su tan amado hijo, en la cual vemos, una vez más, la resignación con que generosamente ofrece el sacrificio que le pide la Providencia en aras de los intereses de la causa católica y del propio Dr. Plinio:

São Paulo, 6-V-950
¡Hijo querido de mi corazón!
Con inmenso gusto recibí tu carta de Sevilla y estoy ansiosa por recibir otras desde Fátima, Lourdes y París, y más tarde, desde Roma, del Vaticano, del Santo Padre y en fin, ¡la de tu regreso! Hijo mío, tengo un inmenso gusto en verte hacer este viaje, tan necesario bajo todos los aspectos y en tan buenas condiciones y excelente compañía de tan buenos y dedicados amigos, y, por todo eso, doy infinitas gracias a Dios y a María Santísima, que os acompañará todo el tiempo. Y por eso, querido, no des atención a unos pequeños gemidos, que parten apenas de las saudades, en los que no debemos prestar atención. (…)
No he ido todavía al mes de María, porque ha llovido y refrescado mucho, pero, como sabes, tengo en el cuarto la imagen llena de flores. Delante de ella rezo el rosario y la letanía y otras oraciones, por las bendiciones y felicidades de mi hijo querido, de sus amigos, de mi hija, nieta, por Antonio… etc.
A ver si les escribes a tus tías; ¿sí? Me darías con eso un gran gusto.
Yayá almorzó hoy aquí; está bien y va a organizar un juego de bridge en su casa hoy por la noche.
¿Basta de conversación? Termino enviándote junto con mis bendiciones muchos y muchos besos y abrazos. ¡¡¡El sofá de jacarandá también tiene unas saudades…!!!
Un abrazo más y otro beso de tu madre extremosa,
Lucilia

“¿Hijo mío, por qué no vienes a conversar conmigo por la noche?”

cap10_022

Dr. Plinio con el Grupo de «El Legionario»

En cierta ocasión, doña Lucilia le hizo a su hijo una tentadora propuesta: pedía un cambio de horarios que, en el fondo, era un pequeño “robo” de tiempo a favor de ella y en perjuicio de los muchachos del sexto piso…
— Hijo mío —le dijo afablemente— tú que tienes tan buen apetito, siempre cenas y comes en casa, para hacerme compañía. ¿Por qué no inviertes tu programa? Cena fuera con tus amigos y… por la noche ven a conversar conmigo.
Era la dulce propuesta de un plan, ideado ciertamente en las incontables horas de soledad, en que el afecto por el hijo batallador desbordaba en deseos de estar juntos.
La sugestión traía implícita una perplejidad, pues no entendía claramente por qué motivo su hijo le dedicaba tanto tiempo a los amigos. Ya que ella gustaba tanto de conversar con él, bien podía ser favorecida con algunos minutitos más…
Pero la causa católica exigía de él una actitud inflexible. El Dr. Plinio dio una respuesta, la más amable y afectuosa posible, pero dejando el asunto en el aire. Y, aunque apenado, no hizo el cambio que ella deseaba. Doña Lucilia, tranquila y en paz, continuó todas las noches su paciente vigilia mientras esperaba su vuelta.
Don João Paulo, que siempre tuvo el hábito de acostarse temprano, le preguntaba a veces a su esposa por qué no se recogía también. Ella respondía con alguna amable evasiva y continuaba esperando la “conversación” con su hijo. En una nota enviada desde Santos por el Dr. Plinio, éste pintorescamente se refiere a la actitud que su padre tomaba a respecto de aquellas conversaciones en horas tardías:
30-VI
A la querida Mãezinha, con un largo y saudoso beso, le mando muchos recuerdos.
Dígale a papá que ahora, en el momento en que escribo, son las doce y media de la noche, hora de nuestra conversación y de sus refunfuños. Mándele un abrazo,
Plinio
Nota
Agradézcale a la tía Yayá su excelente pan. Le mandé hoy un telegrama
a tía Zilí.

El Vaticano apoya al Dr. Plinio

cap10_021Hacía ya cierto tiempo que la Santa Sede venía dando señales inequívocas de que aprobaba el libro-bomba del Dr. Plinio, En Defensa de la Acción Católica.
Entre otros hechos de indudable significado, se destacaban dos que valían por un testimonio de confianza del Papa: en breve espacio de tiempo fueron elevados al episcopado dos sacerdotes que públicamente lo apoyaban. A este respecto, afirmaría más tarde el Dr. Plinio: “Nuestra alegría subió al cielo como un himno. Una estrella se encendía, brillando en la noche de nuestro exilio, sobre los destrozos de nuestro naufragio.”
Esas dos sorpresas no fueron las mayores. Un día, tuvo la alegría de recibir una carta enviada por la Santa Sede, en nombre de Pío XII:

Palacio del Vaticano, 26 de febrero de 1949.
Preclaro Señor,
Movido por tu dedicación y piedad filial, ofreciste al Santo Padre el libro “En Defensa de la Acción Católica”, en cuyo trabajo revelaste un primoroso cuidado y una persistente diligencia.
Su Santidad se regocija contigo porque explicaste y defendiste con penetración y claridad la Acción Católica, de la cual posees un conocimiento completo, y a la cual tienes un gran aprecio, de modo que se hizo claro para todos cuán importante es estudiar y promover esta forma auxiliar del apostolado jerárquico.
El Augusto Pontífice hace votos de todo corazón para que de este trabajo tuyo resulten ricos y maduros frutos, y recojas no pequeños ni pocos consuelos; y como prenda de ello, te concede la Bendición Apostólica.
Entre tanto, con la debida consideración, me declaro muy tuyo afectísimo.
J.B. Montini, Sustituto.

En esta carta, firmada por el Substituto de la Secretaria de Estado de la Santa
Sede futuro Pablo VI ¡el libro del kamikaze era alabado y recomendado por el
propio Papa! Esta vez todo quedaba claro.

“¡De tanto pensar en Itaicy, tengo la impresión de conocerlo!”

Entre las crecientes actividades del grupo, al cual se habían sumado nuevos elementos, estaba un retiro anual, que el Dr. Plinio nunca se perdía, ni siquiera en medio de las más absorbentes ocupaciones. De uno de estos, realizado en el Seminario de los Jesuitas en Itaicy, en el año de 1949, escribe él a su madre, en una carta desbordante de cariño:

cap8_017Luzinha, mi flor,
Aquí van los tan anhelados garabatos, para decirle que estoy bien, y
pasando una temporada excelente.
En efecto, el lugar es admirable, el clima bueno y la comida óptima.
El pobre sacerdote es el que por cierto, prematuramente ya está con el
cerebro medio licuefacto. Es francés de la zona de Lourdes, y quizás es
por esto que tiene un aspecto de españolazo corpulento y jovial, cabellos
de plata, muy amable. Pero durante la prédica abre paréntesis para
“des radotages” (Expresión en francés para designar afirmaciones desprovistas de sentido) que muestran que está con el espíritu medio “ramolli” (Esclerosado).
¿Y usted, mi flor, cómo está? ¿Y Papá? Si hay telegramas, mándemelos con Adolphinho.
El resto de la correspondencia que se quede ahí. No quiero molestias.
Un abrazo para Papá.
Para usted, mi Marquesita, mil y mil besos del hijo que le pide la bendición.
Plinio

En respuesta, doña Lucilia le cuenta la visita que había hecho a la fräulein Matilde, en aquel entonces hospitalizada. Manifiesta así, una vez más, a la antigua institutriz de sus hijos, la gratitud por la formación que les dio. Casi al final de la carta revela cuánto estaba presente su hijo en sus pensamientos, de tal manera que le parecía conocer los lugares a donde él iba, sin haberlos visto nunca.

São Paulo, 14-4-949
¡Mi filhão querido!
Tu cartita tan tierna y tan buena, fue recibida con el máximo cariño, alegría y… ¡mil gracias!
Espero en Dios que, con tus buenos amigos, sigas gozando de este buen reposo para ti y para el teléfono.
Fui ayer con Rosée a visitar a la Fräulein Matilde en el hospital Sta. Catalina y a llevarle unas flores de tu parte. Se quedó muy satisfecha y me pidió que te dijera muchas cosas buenas en su nombre, que te repito con tu habitual ¡tá-tá-tá, y tá-tá-tá!
cap14_028En cuanto a las obras del pintor, todo está paralizado. Estuve ahí ayer con Rosée, a quien le pareció buena la pintura, y él estaba dándole en ese momento la segunda mano al baño. Pintó las piezas de arriba de las ventanas, sobre las cortinas. Con unos ladrillos sueltos, que encontró, cubrió la pared del baño. No pintó las puertas y ventanas porque no entró en tu presupuesto, y también porque no va a trabajar más esta semana. ¡El pobre!… ¡Está sin recursos y ayer pidió dinero para comer! ¡Siento mucho que encuentren todo tan atrasado! Te mando el presupuesto hecho para las baldosas de la cocina, que me pareció muy alto. En fin, creí más prudente esperarte, para que le des la respuesta. Es mejor que no te preocupes más con esto, por ahí. Hoy fui con tu padre a Misa, y comulgué en la iglesia de Sta. Cecilia. Fuimos después a la de la Buena Muerte, donde hicimos la guardia del Santísimo. “Caímos” allá en una suscripción para el ropaje de Mons. Aguinaldo, que antes de terminado el sufragio, ya “todo de rojo”, se paseaba de un lado para otro tan satisfecho que daba gusto verle.
Acabaste, por fin, pidiéndome la correspondencia que te envío. Dios permita que no traiga motivos para dolores de cabeza.
Las saudades son tantas que, de tanto pensar en Itaicy, ¡tengo la impresión de conocerlo!
Doy gracias a Dios por las buenas noticias traídas por Adolphinho, pero… ¡deseo que vengas pronto! Me haces de veras ser una gran egoísta… mea culpa.
Saludos a todo el buen grupo, y recibe con mis bendiciones, saudosos abrazos, y muchos besos de tu madre extremosa,
Lucilia.

¡Tu reloj es Plinio!

cap12_002Con el transcurso de los años, la soledad de doña Lucilia se acentuaba. Poco a poco las personas de su tiempo iban siendo arrastradas por la vorágine de la vida. Como ella continuaba siempre igual a sí misma, se establecía un distanciamiento inevitable en relación a las generaciones que iban surgiendo: éstas, tenían los ojos vueltos hacia la modernidad; ella había colocado los suyos en la eternidad.
Además, una progresiva dificultad de audición aumentaba su aislamiento. Pero su entera conformidad con la voluntad de Dios la ayudaba a soportar resignadamente esos sufrimientos.

Un consuelo le quedaba, y no pequeño. Era el creciente afecto de sus hijos, que procuraban aliviarle así el peso de la cruz. Doña Lucilia lo retribuía empleando todo su tiempo no sólo en “aconsejar y perfeccionar”, sino también en rezar cada vez más por ellos.
Una vez, cuando la familia terminaba de almorzar, llegó doña Yayá, una de sus hermanas. Al entrar, dijo en un tono de mucha intimidad:
— ¿Pero vaya? ¿Todavía estáis almorzando? ¡Yo ya terminé hace mucho tiempo!
Doña Lucilia hacía las comidas más tarde para acompañar al Dr. Plinio, pues él tenía un horario que no era el del común de las personas. Por eso, doña Yayá agregó en seguida:
— Lucilia, tú podrías coger los relojes que hay en esta casa y guardarlos todos.
— Pero ¿por qué, Yayá? — indagó calmamente doña Lucilia.
Porque tu reloj es Plinio. Siempre tomas sus horarios como punto de referencia: es la hora de Plinio levantarse, la hora de Plinio salir, la hora de Plinio volver, la hora de Plinio comer… ¡De manera que el reloj para ti no vale nada!
El comentario de su hermana correspondía a la realidad, en buena medida, por lo que doña Lucilia lo tomó con entera naturalidad, respondiendo apenas con una sonrisa afable, como quien dice: “Realmente es así”.
A semejante madre, que llevaba la estima por su hijo hasta el punto de regular su horario por el de él, le costó mucho un período durante el cual él tuvo que ausentarse innumerables noches seguidas.

Expectativa ansiosa

Sucedió que, a causa de ciertas exigencias de la ley de inquilinato, le fue necesario al Dr. Plinio vivir durante algún tiempo en una casa de su propiedad, situada en la calle Timbiras. Por este motivo, ya no regresaba a la calle Vieira de Carvalho después de las reuniones con los miembros del “Grupo del Legionário”, en aquella época realizadas en la sede de la calle Martim Francisco nº 665, en el barrio de Santa Cecilia ( En la planta baja de esta casa, el Dr. Plinio y sus compañeros de lucha empezaron a reunirse, desde febrero de 1945). Quedaron así suspendidas, mientras duró esa separación forzada, las “conversaciones de medianoche” con doña Lucilia.
Para hacerle menos penosa a su madre la falta de su compañía, el Dr. Plinio la llamaba por teléfono todas las noches. Esas llamadas, no obstante, eran en horas diferentes. Un día don João Paulo le describió a su hijo la escena:
— Tendrías que ver a tu madre por la noche, a la espera de tu llamada.
— Pero, ¿cómo?
— ¡Ah!, para ella tu llamada telefónica es el acontecimiento de la noche. Un buen rato antes de que tú llames, se sienta en una poltrona al lado del teléfono y se pone a rezar, a la espera. Porque, cuando suena el aparato, quiere atender al primer toque. Se queda, así, en esa expectativa, un tiempo enorme.
Al oír estas palabras, el Dr. Plinio sintió una profunda emoción. Notó la gran elevación de alma de su madre, que perfumaba con especial cariño todas las acciones que orlaron, a manera de miríadas de estrellas, su serena, noble y virtuosa peregrinación por esta tierra de exilio.

En lo alto de una ventana, un halo plateado…

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edificio de la calle Vieira de Carvalho donde el Dr. Plinio vivió con sus padres en el 4º piso y se reunía con sus amigos de lucha en el 6º

Una vez pasados los meses durante los cuales el acontecimiento de la noche para doña Lucilia era la llamada telefónica de su hijo, podemos imaginar bien con qué discreta expectativa empezó ella otra vez a esperar su regreso para la habitual “conversación”. Pero, a pesar de que las actividades del Dr. Plinio en el Movimiento Católico habían sido reducidas a su mínima expresión, como resultado del ostracismo a que estaba relegado, su tiempo disponible quedó todavía más escaso. La consolidación del pequeño “Grupo del Legionário” (El periódico circuló hasta la última semana de diciembre de 1947) exigía de él una dedicación total, en perjuicio de la convivencia con su tierna madre.
En agosto de 1948 transfirió la sede del grupo al sexto piso de la calle Vieira de Carvalho nº 27 (Entre los discípulos del Dr. Plinio, el lenguaje corriente consagró la palabra “grupo” para designar al conjunto formado por ellos). Todas las noches, después de la reunión en dicho lugar, bajaba con sus compañeros de lucha para el Fasano, restaurante situado justo en frente, al otro lado de la calle. Iban a comer algo antes de la medianoche, hora en que comenzaba el riguroso ayuno eucarístico de aquel tiempo. Doña Lucilia se quedaba en el cuarto piso, esperando su regreso pacientemente, en el salón. Mientras las horas pasaban, desgranaba las cuentas de su rosario, rezaba sus novenas o permanencia absorta en reflexiones, siguiendo a su hijo con el corazón.

«Ocupábamos, muchas veces, una mesa cercana a una de las ventanas del restaurante,”
contaba el Dr. Plinio. “Ella sabía la hora en que estaríamos ahí y, desde la ventana del apartamento, miraba en nuestra dirección…” La conversación en el Fasano, atrayente y elevada, se prolongaba después en la calzada, hasta que todos se dirigían a sus casas. Pero, muy a la manera brasileña, la despedida se prolongaba con un comentario de éste, un dicho de aquél… Así, mientras la charla se extendía, el Dr. Plinio, levantando maquinalmente los ojos hacia el edificio de enfrente, divisaba, en una de las ventanas un halo de cabellos plateados enmarcando una fisonomía rebosante de afecto.
“Todas las noches la veía siempre en el mismo lugar, mirando al grupo que conversaba en la puerta del Fasano,” recordaba el Dr. Plinio. “No sé por qué ella mantenía el salón oscuro, tal vez para no aparecer, y los reflejos de la luz de la calle hacían brillar furtivamente sus cabellos plateados. ¡Aquella figura me conmovía a tal punto que yo no sabría expresarlo! Aún hoy, cuando paso por la calle Vieira de Carvalho, miro con muchas saudades hacia aquella ventana.”
Así se quedaba ella, a la espera de que su hijo subiera para poder conversar un poco, mezclando con las alegrías de la convivencia sus cuidados para con él y sus amigos. Una vez, al comentar lo mucho que le gustaba verlos en la calzada, aprovechó para aconsejarle que no se distrajeran, pues había notado que un coche casi había atropellado a uno de los muchachos, que estaba demasiado cerca de la calle.